El placer de decidir

Rolf Tarrach

Fragmento

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Prólogo

El presente texto tiene su origen en un par de conferencias que he impartido en los últimos años.1 La primera estuvo dirigida a los directivos de una gran multinacional. La segunda, bastante más breve, a jóvenes, aunque entre el público había algunas personalidades, entre ellas el presidente de un importante grupo editorial y de comunicación, que al acabar la conferencia se mostró interesado en publicarla si la transcribía.

A finales del año 2014, poco antes de dejar el rectorado de la Universidad de Luxemburgo, empecé a escribir unas «Letters to Nils», textos cortos pensados para la familia, para los amigos y sus hijos, que tratan sobre todo lo que considero que ha sido importante en mi vida y mucho de lo que creo es importante en una vida en general. Debido a los muy diversos compromisos que he ido adquiriendo en el último año, las «Letters» han quedado por el momento en barbecho, pero algunas de sus reflexiones han encontrado cobijo aquí.

Este texto está dirigido a varios colectivos: a los jóvenes y no tan jóvenes, a quienes espero anime a decidir y ayude a bien decidir, y con ello a disfrutar haciéndolo; a las personas que por sus cargos o profesión deben decidir con frecuencia, como les ocurre a empresarios, periodistas y políticos, quienes espero encuentren útil su lectura para decidir con acertado discernimiento, y finalmente a quienes quieran ser felices decidiendo.

Aunque el razonamiento científico impregna el texto, no se trata de un escrito científico o académico, y, de hecho, no estoy seguro de tener todas las competencias necesarias en esta materia para escribir un libro de tales características. Por ello, no hay referencias ni, apenas, definiciones, ni se utilizan en general términos científicos, ni se presentan análisis detallados. Lo que sí hay son muchas reflexiones personales, anécdotas y experiencias que he vivido (en la esperanza de que mi memoria me permita reproducirlas de la forma más fiel posible), y, desde luego, información que he tomado de las lecturas que han influido en mí, en especial artículos y libros sobre temas científicos, políticos, económicos y empresariales, y de las conferencias a las que he asistido y de las mesas redondas y discusiones en las que he participado. Para hacer comprender aquello que quiero transmitir casi siempre empleo ejemplos en vez de explicaciones teóricas, y estos ejemplos son de tres tipos: aquellos que he aprendido de otros mediante lectura, discusión o audición, los que son vivencias propias y aquellos que he inventado, o que al menos creo haber inventado. Estos últimos casi siempre serán introducidos por un «Consideremos», mientras que los segundos se reconocerán porque serán presentados explícitamente como vivencias, anécdotas o experiencias personales.

A lo largo de mi vida he tenido la suerte de conocer a no pocas personas extraordinarias, entre ellas algunos jefes de Estado y de Gobierno, algunos grandes empresarios y bastantes premios Nobel en las tres disciplinas científicas y en Economía, todos los cuales sin duda han influido en mi forma de pensar. Pero personas no tan conocidas, más discretas, a menudo tanto o más inteligentes y sutiles que muchas de esas personalidades, han contribuido globalmente en mayor medida a mi manera de pensar. A casi todas ellas las he conocido por azar. El azar desempeña un papel muy destacado en nuestras vidas, pero lo importante es que cuando nos ofrece una oportunidad nos encuentre preparados para aprovecharla de manera óptima. En esas circunstancias, y asegurarlas es mérito nuestro, estamos en condiciones de decidir correctamente y de disfrutar haciéndolo, aprovechando al máximo esas oportunidades que se nos ofrecen.

También he tenido la suerte de disfrutar de una vida interesante y estimulante que me ha permitido aprender mucho de lo que en ella importa. Toda vida acaba en la muerte, y está muy bien que así sea, pero todo lo acumulado en nuestro cerebro, esa inmensidad de conocimientos que distingue tanto cualitativa como cuantitativamente a nuestra especie de las otras, se pierde en el instante de la defunción, en un proceso que transforma en poco tiempo la increíble complejidad estructural y funcional del cerebro en materia sin organización, es decir, en entropía. Pues bien, este libro también quiere transmitir algo de lo que he aprendido a mi familia, a mis amigos y a mis conciudadanos, por si les pudiese ser útil y contribuir así a hacerlos más felices, lo único que al final realmente importa. Además, todo lo implícita o explícitamente transmitido escapa en cierto modo a la explosión entrópica final.

No hay duda de que mi vida de físico cuántico y, quiero creer, científico riguroso (a la vez que escéptico) también ha influido en los temas escogidos y en su tratamiento, y estoy orgulloso de ello, porque me ha permitido entender cosas que van más allá del lugar común. El desarrollo de cada tema es más bien escueto y se limita a lo esencial, a lo necesario y suficiente para poder entenderlo. Muchos merecerían una exposición más extensa y profunda que la que aquí se ofrece; solo quiero pedir disculpas por el carácter relativamente sucinto del texto. Cuando se hacen comparaciones en este, siempre debe suponerse que son ceteris paribus, es decir, que todos los demás elementos no mencionados son idénticos o irrelevantes y, por lo tanto, no es necesario considerarlos. Tampoco repetiremos la frase «salvo excepciones»; hay muy pocas circunstancias que no permitan excepciones —que la vida acaba en la muerte es una—,2 por lo que no tiene sentido recordarlo continuamente. De igual modo se prescindirá de la frase «con los conocimientos de los que disponemos hoy en día o, más bien, de los que dispongo yo», porque en su segunda versión es una limitación evidente e inevitable. En casi todos los múltiples ejemplos cuantitativos que presento las cifras no suelen estar alejadas de los últimos datos científicos que conozco, aunque frecuentemente3 las adecuo para simplificar el razonamiento y hacer la lectura más fácil. Cuando hago pronósticos, representan aquello que creo que ocurrirá, no aquello que me gustaría que ocurriera. A veces no sigo mis propias recomendaciones, e incluso me contradigo, o así lo parece. La coherencia absoluta no es humana y limita la creatividad; espero contar con la indulgencia del lector. Muchas de las traducciones de citas son responsabilidad del autor y he cuidado más el significado que la literalidad. Para los nombres de las personalidades que cito utilizo el idioma de la persona, cuando es uno de los que conozco, y si no lo traduzco al castellano. Frecuentemente cito frases o adagios de ellos; su conjunto refleja en parte mi idiosincrasia. Finalmente, y parafraseando con cierta licencia al premio Nobel y extraordinario físico Richard Feynman, «no entiendan lo que digo, sino comprendan lo que quiero decir».

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Introducción

En una sociedad avanzada como la nuestra algunos podemos permitirnos el lujo de plantearnos en algún momento de la vida las preguntas ¿para qué estamos aquí?, ¿qué objetivo, qué sentido tiene mi vida?, preguntas que cruzan la mente con más frecuencia a medida que envejecemos y el final de la vida está más cerca que su comienzo. La vida es un breve paréntesis en la no-vida, pero siendo seres conscientes, algunos no resistimos de vez en cuando la tentación de ser trascendentes o de querer serlo. Muchos cierran el paréntesis sin plantearse nunca en serio este tipo de preguntas. Viven la vida, sencillamente; primum vivere, deinde philosophari. Es una actitud científicamente sólida, ya que la ciencia no ha sido capaz de descubrirle ningún sentido a la vida, y menos aún un sentido trascendente. Todo lo que sabemos sobre nuestro universo y sobre la vida parece ser el producto de la combinación de lo que se llama azar, por un lado, y, por otro, del determinismo, con todos sus matices, de las leyes de la naturaleza, sin que nada apunte a un Gran Diseño. Otros son en algún grado creyentes y encuentran las respuestas en sus creencias. Es una actitud pragmática, porque delega la búsqueda de respuestas en una creencia, que generalmente ha perfeccionado estas respuestas a lo largo de los siglos en un proceso irónicamente darwiniano. Finalmente, aun otros, no creyentes, le dan un sentido a la vida ellos mismos, en el bien entendido de que es su vida, ya que no suelen interesarse por el proselitismo. Pero tomar el sentido de la vida del exterior y realizarlo con ayuda exterior no posee el atractivo que tiene decidir cuál es uno mismo y luchar, uno mismo, por su realización.

El sentido que yo le di a mi vida en algún momento de la misma es muy sencillo: ser feliz,4 contribuir a que mi familia y mis amigos lo sean y ayudar a que los jóvenes, que representan el futuro de nuestra especie, también lo sean. No parece ser un objetivo muy ambicioso, ni grandioso, ni trascendental, pero es posible que, independientemente de lo que se declare con la adecuada prosopopeya, sea, en última instancia, lo que persiguen en general los no creyentes y seguramente muchos de los indiferentes. La pregunta verdaderamente interesante viene ahora: ¿cómo conseguimos esa felicidad?

Que la respuesta a esta pregunta no tiene validez universal es evidente si recordamos cuáles son algunos de los países muy poblados en los que más del 40% de la población se declara muy feliz, siendo las otras tres opciones menos positivas: Indonesia, India y México. No parecen ser países en los que las condiciones objetivas de bienestar justifiquen estos altos porcentajes. En Europa solo responden así, declarándose pertenecientes al grupo más feliz en una categorización en cuatro grupos, entre el 15 y el 20% de los encuestados. Debe de ser que lo que se entiende por felicidad es muy distinto en culturas diferentes.

La felicidad es un tema científicamente complejo, y me refiero aquí a la que los eruditos llaman eudaimonía, más intelectual, filosófica y social, y no al hedonismo, más relacionado con los placeres de los sentidos. Así, aumentos importantes de bienestar material en países en desarrollo vienen demasiadas veces acompañados de incrementos en el número de personas afectadas por desórdenes mentales o familiares y en el nivel de exclusión social. Todo parece indicar que la felicidad sostenible se debe a lo que hacemos, no a lo que tenemos, y lo que hacemos depende fundamentalmente de lo que decidimos. Por ello bastantes pensadores y economistas abogan hoy en día por una redefinición del objetivo central de la política: en vez de riqueza debe ser bienestar, solo correlacionados hasta un cierto nivel de aquella. Así debería ser, pero falta por ver si la sociedad, tan habituada al consumo material, se dejará convencer.

Mi felicidad se basa en cinco pilares: comprender,5 decidir, actuar (¡y crear!), sentir y compartir. Este libro trata explícitamente de una parte del primer pilar y del segundo. Comprender es más que saber,6 es saber conociendo sus límites, sus orígenes, sus aplicaciones, su contexto, su potencial, sus peligros, su sentido, su significado, su valor, sus sesgos, sus incertidumbres y ambigüedades. Es un saber comme il faut. Algunas de estas características del comprender, así como los múltiples errores que pueden cometerse al generarlo o al adquirirlo,7 serán tratadas en el primer capítulo (aunque el saber en sí solo marginalmente), porque conocerlas es esencial para decidir bien. Este capítulo es, en cuanto al contenido, algo más científico que los siguientes.

El segundo capítulo trata del decidir, de sus ingredientes, de lo que el cerebro nos ofrece como instrumento para hacerlo eficazmente: los conocimientos esenciales, descartando todo lo irrelevante, los aspect

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