Marea roja

José Manuel del Río

Fragmento

Prólogo

Prólogo

Cuando era un chaval —dieciséis años, calculo— fui a una fiesta en una casa en Bastiagueiro, una playa a las afueras de A Coruña. Era una suerte de chalet que se alquilaba para hacer saraos. Tenía un jardín grande con una especie de galpón donde se instalaba la barra y corría el alcohol. Cuando llegué al lugar y me dirigí a servirme una copa, vi, dispuestas sobre aquella barra, una sucesión de granuladas líneas blancas. Una formación de precisión militar de rayas de cocaína, inalterables, a la espera, listas para su consumo nasal. Gratis. Me pasó algo parecido en no pocos lavabos de garitos nocturnos. Ahí estaban los tiros, junto a los grifos, prestos y dispuestos. A saber quién los había preparado. En fin de año, desde los catorce o quince, era tradición probar la farlopa. Cuando tenía diecisiete ya conocía a gente jodida, detenida y también muerta.

De crío recuerdo ir en coche de mi tío por la Ría de Arousa mientras nos hacía un narco-tour. «Esta casa es de narcos, este hotel también, este pazo, aquella ferretería no abre nunca y su dueño conduce un Porsche...» Con veinte años devoraba las noticias que aparecían en El País o La Voz de Galicia si me hablaban de ajustes de cuentas, descargas aprehendidas o planeadoras del tamaño de un portaviones varadas en una playa. Por la céntrica y coruñesa calle Juan Flórez, mientras tanto, conducía la hija de Sito Miñanco un descapotable blanco que se detenía en las tiendas bien a comprarse ropa. Mi cabeza acumulaba datos. Y los procesaba de forma folclórica: «esto hay que contarlo», me decía. Y no es que no estuviera contado. Los periodistas de la costa gallega fueron premiados muchas veces por jugarse la vida frente a los narcos. Pero faltaba, otra vez como una folclórica, desatarnos sobre el escenario.

Por aquel entonces ya conocía a José Manuel (también llamado de aquella J.M., Pep, y quizá algunos otros sobrenombres callejeros). Hoy es el autor de esta joya que usted, querido lector o lectora, está a punto de consumir. Estudiamos BUP juntos, yo un curso por encima. Y, aunque entonces no compartimos sensaciones acerca de la narcoatmósfera que respirábamos (hubiera sido como charlar sobre lo increíble de la lluvia en invierno: la normalidad), algo me dice que su cerebro, si acaso involuntariamente, también estaba procesando información. Solo así se explica este libro, una vomitona maravillosa de vivencias, recuerdos, información, curiosidad, imaginación y olfato narrativo que adquirió forma de novela. De gran novela.

José Manuel y yo formamos parte de una generación que comprendió mejor la singularidad del sitio en el que habíamos crecido precisamente cuando nos largamos de allí. Los gallegos llevamos siglos largándonos de allí: hemos cuasi colonizado Cuba, Argentina, Venezuela, Suiza y New Jersey. Pero en silencio. Si sobre los irlandeses de Boston, los italianos de Nueva York y los judíos de Brooklyn se han desplegado kilómetros de cultura, los gallegos despreciamos el lobby social y cultural afanados en nuestro minifundismo vital. Me temo que José Manuel pertenece a la reacción: la primera generación gallega emigrante que ha tenido tiempo, recursos y formación para atender a lo infinito y jugoso de nuestra identidad.

A mí me dio por escribir Fariña, llevarlo a mi terreno, el periodístico, y ordenar todo aquello que había visto, oído y leído. A José Manuel le dio por hacer lo propio con Marea Roja. Y en su salto muestra su brillante forma de escribir. Ojo con esto porque no abunda. A mí este libro me ha recordado a las mejores novelas callejeras de Irvine Welsh, a la sensibilidad de los personajes que logra David Trueba y al escenario sociológico de fondo del mismísimo Richard Price. Casi nada, pero valga la monstruosa comparación para señalar al lector hacia dónde se encamina: he aquí una nueva exploración de una realidad (oscura y dura) que el autor —gallego— ha vivido y que plasma con la forma y las licencias que otorga la ficción. He aquí una delicia que se suma, desde ya, a la explotación cultural de lo gallego.

Y esto no ha hecho más que empezar.

Disfruten.

NACHO CARRETERO

Bajamar

BAJAMAR

Capítulo 1

1

El agua se tiñó de rojo. Otra vez.

Andrés contempló el azul veteado con el grana de las microalgas que infestaban la ría. Un mes sin faenar. Ese apéndice del Atlántico que entraba en la ciudad de A Coruña era tóxico: lo decía un decreto del gobierno gallego. Así que recogió el rastro que lanzó desde el esquife antes de tocar fondo y bajó el motor rotativo, que también parecía haberse manchado en las hélices. Consiguió arrancarlo a la tercera, se reventó el callo del pulgar derecho y pegó un puñetazo fútil al mar. Mal enemigo. Dejó las aguas mansas de O Burgo y encaró el dique de Abrigo para atar el bote hasta que aquella plaga abandonase al fin la costa. Ya no iba a seguir gastando combustible en balde.

El tiempo le daba igual.

Era viejo y no vivía.

Solo esperaba.

Al salir de la ría las olas picaron a dos metros y el mariscador dirigió la embarcación en diagonal a la corriente. Mientras, el océano lo abofeteaba cuando la quilla se hundía. El peor enemigo. Hasta jugando las devuelve todas. Entonces divisó un crucero que maniobraba con los prácticos para entrar en el muelle de transatlánticos, esos barcos que no tienen que preocuparse del color del mar ni de lo que se envenena bajo su pigmento. Sin tiempo para otra distracción, la buzada de cubierta se puso casi en vertical con el siguiente embate. Y Andrés soltó el timonel para hacer contrapeso en proa y lograr que su bote se acomodase a la cadencia de las ondas, cada vez menos violentas.

Cresta.

Valle.

Cada vez menos violentas.

Ese barrunto de furia se calmó cuando el agua ya lo acunaba en su regazo doliente. El mariscador tomó de nuevo el mando y, después de encender un cigarro, observó la dársena de A Coruña a través de la misma apatía que en otro millar de ocasiones. Pero le temblaban las manos. Más de lo habitual. Varios arroaces rasgaron el susurro del mar en aquel paisaje de cuadro al óleo. Luego lo acompañaron entre retozos hasta el dique y ahí amarró el Gavilán con el redondo. Su nudo preferido: comienza con un ballestrinque dando vueltas a la cuerda alrededor de los dos postes, se ahorca y, en el Atlántico, mejor se asegura con otro ballestrinque.

Siempre sintió vergüenza por haber bautizado a una embarcación de tres metros de eslora, pero a Ana le gustó dar boato a lo material. Incluso a unos tablones de madera pintados de un blanco roído. Y con un nombre que sonaba pretencioso. A yate asistido por tripulación de dos dígitos, a velero de competición internacional, a bergantín con centenario trinquete restaurado. No a aquel cascarón sobre el que su hijo escribió Gavilán en el lateral a finales de 1981. Brocha gorda y caligrafía académica del niño de trece años que era entonces. Una caligrafía que destrozaría el tiempo, como todas. Sin embargo, los chorretones verdes de la G parecían igual de frescos que en la primera pincelada. A los pocos meses nació su segundo hijo, Hugo, aunque no fuese un hijo de sangre. Pero Andrés no quería pensar en eso; no quería pensar en nada. Ni reparó en que la puesta de sol coloreaba un horizonte más rojo que el agua.

Los nimbos de Galicia llameaban un fuego distante.

—Un quinto y un licor de hierbas —pidió al entrar en el bar que había en mitad del rompeolas.

—Tan testarudo... —murmuró Xan, el camarero.

—Tenía que asegurarme de que esa hija de puta seguía ahí.

—¿Es que ves a alguno del gremio en mi barra? Esperan en sus casas o han bajado a Muxía a enrolarse en el primer barco que encuentren. Ahora comentan que puede durar varias semanas más. Solo gastas dinero con tu tozudez y ya no estás en los ochenta para desperdiciarlo. —Luego, dándose la vuelta hacia la nevera—: Non, oh. Iso queda lonxe.

Andrés chasqueó la lengua, harto de escuchar otra vez esas palabras de la misma persona.

—Lo tendré muy en cuenta. Sírveme.

—Sabes que mis consejos vienen desde el cariño de tantas botellas que te he inclinado.

Y el camarero agarró otra de esas botellas.

—Tampoco estoy en los ochenta para meterme catorce horas al día en un barco de bajura, ahí rodeado de chavales berreando.

—Quédate tranquilo en tierra hasta que se vaya la marea tóxica. —La chapa tintineó en el suelo—. Faime caso, carallo. Xa non hai nada pra ti no mar.

—¿No lo notas? —Sonrisa de oreja a oreja—. Todo lo que hay en tierra es todavía más tóxico.

El único cliente del bar cogió la cerveza por el gollete y la terció hacia la frente. Ya no quería hablar más. Se le quitaban las manías al cuarto botellín, cuando se convencía de que aquel mundo y aquel tipo dejaban de insultarlo.

Andrés acabó una decena de quintos hasta que Xan abrió la boca para decir que no quedaba papel para apuntar lo que debía en cerveza, licor café y un supuesto bocata de calamares. En esos últimos años no le sirvió nada que no fuese alcohol. Y el mariscador se levantó del taburete ante la retranca de mala hostia.

—Me cago en tus muertos...

—¡No hace falta que te pongas así!

Los dedos callosos estrujaron el gaznate de Xan.

—Dime cómo puedo explicar a una persona que no comprende nada que no comprende nada.

Respondió un sonido sibilante de la garganta que luchaba por respirar.

Andrés soltó ese cuello y encajó una patada a una silla al salir. ¿Cuándo te he dejado de pagar, imbécil? En otra época no escuchaba tu cariño, solo me tenías respeto. Tantos años tras la barra y no sabes que la gente va al bar por el camarero y no por las copas, que son las mismas en todos los sitios de mierda como este.

Con paso balbuceante atravesó el kilómetro de paseo marítimo que llevaba a su piso del barrio de Monte Alto. Comenzaba a jarrear sobre las losetas, pero siguió caminando hasta divisar la torre de Hércules y, más cerca, la cárcel. Cruzó la carretera y se detuvo entre dos coches aparcados. Estaba muy mareado para resistirse a la primera arcada, la única contra la que hay que luchar.

Sangre en su bilis.

Sacó el pañuelo con la A que había bordado Ana, su mujer, y se lo restregó por la boca hasta que logró erguirse. Mírate en el retrovisor, bajo la boina deshilachada, con la piel amarillenta llena de surcos y esas venitas de borracho recorriendo la nariz. Ojalá hubieras muerto antes y así recordarían a alguien digno. Es a lo que podías aspirar: a quedar en la memoria de ciertas personas. Y dejaste escapar la oportunidad. Tal vez tu momento fue hace una década, cuando estrellaste el Citröen Tiburón contra la fuente de Cuatro Caminos. Tal vez.

Subió a trompicones por un talud hasta acercarse al muro oeste de la prisión. Se sentó en la tierra empapada, sacó un impermeable que guardaba en su macuto y no se movió en toda la noche. Iluminado por el resplandor sepia de la farola que parpadeaba a quince metros.

Un cigarro tras otro.

Manos temblorosas.

Desde allí podía divisar las rejas de las celdas y Andrés sabía que a Dani le iban a dar la libertad condicional en cualquier momento.

Capítulo 2

2

La pila de papeles se movía perezosa de un lateral a otro de la mesa, luego retornaba a la posición central. Se anotaba algo al margen y volvía a desplazarse a uno de los dos lados. Allí tachaban la anotación y colocaban una nueva sobre el borrón. En todo caso, nadie parecía interesado en su contenido hasta que el hombre situado en el medio subrayó varias veces una palabra.

Y habló:

—¿Dispone de alguna otra oferta laboral, señor Piñeiro?

De nuevo la voz ronca del jurista. Pelo cano, fijado con un litro de gomina y mechones azulinos cayendo por su nuca al corte Boston. El interrogado odiaba ese timbre carrasposo y ese peinado de dandi tardío.

—¿Otra...? Esta oferta lleva años esperando por mí.

Las cejas de los tres miembros de la junta carcelaria ya quedaron en permanente asimetría.

—Todavía resulta extraño que sea tan importante para el bar El Submarino. No han cubierto el puesto durante estos años en los que debimos de tener al único camarero de la ciudad en prisión.

—Mi empleador sería Abica S.L. Puede verlo en la documentación.

—¿Piensa que con las dos siglas mágicas de una sociedad cambia algo? Pues para su desgracia lo he comprobado: solo disponen de aquel bar mugriento. Y mire, hará un mes que causalmente pasaba un domingo a la mañana por allí. En la puerta no había lo que se dice un ambiente de chocolate con churros.

—Desconozco si ahora la empresa administra otros negocios con un perfil de clientela... diferente.

El jurista se tomó un instante para calcular la seriedad de la respuesta.

—No se preocupe, los camareros acostumbran a conocer todo de todos en un par de semanas. Bien, pasemos a su entorno familiar. ¿Por qué sigue siendo un misterio para los educadores de esta cárcel? Sus visitas se reducen a algún primo lejano que se contenta con saludarlo una vez al año. —Y precisando la información anotada—: Perdón, la última ha sido hace dos años. Este se ha quedado sin aguinaldo por Navidades.

—Hijo único y padres mayores. Lo sabe de sobra.

—Por eso también sé que viven en la avenida Hércules, a unos minutitos andando, y nunca hemos tenido ocasión de que nos presenten.

—Mi padre es un anciano con una papilla por hígado que casi no pisa la calle —un dedo apuntó a la pila de papeles—, debería salir en sus informes. Y mi madre es muy... muy remilgada, así que póngala en semejantes circunstancias de las que es la última a la que se puede culpar. No paraba de llorar cuando entraba a estos agujeros y al tercer vis familiar juró que no volvería a verme hasta que estuviese libre. Incluso besó el Jesucristo que lleva al cuello para no incumplirlo. —Palmas hacia el techo laminado—. Y mientras ustedes ahí... haciéndola sufrir.

—Presumo que no ha seguido tales creencias religiosas. Por ejemplo, lo de poner la otra mejilla nos hubiera ahorrado mucho trabajo.

—Cuando ella no comprende algo, recurre a supersticiones.

—No anotaron esos tres vises en su hoja-penal, aunque la información podría haberse extraviado entre los años que ha estado preso y su viaje carcelario por media Galicia. De aquella la burocracia penitenciaria era menos rigurosa de lo deseado. —Carraspeo—. Oiga, ¿es consciente de que la descripción de sus padres ha sonado a sarta de excusas? ¿No tiene interés en saber cómo se encuentran?

—Mi madre me cuenta cada pastel que prepara, ¿por quién me toma?

—¿Y cómo se comunica con Ana Reivelo?, ¿no guardará un teléfono en la celda? Me sabría mal vetarle la condicional por confesar un desliz. No lo etiqueto como uno de esos internos que creen que acaban siendo nuestros amigos.

—Yo no soy su amigo...

—Y nos sueltan aquí que el peculio lo sacan de vender porros en el patio.

—Ana me escribe cartas con pluma y tintero.

—¿Pluma y tintero?

—Piensa que es muy decimonónico.

—¿Ha dicho «decimonónico»?

—Va hasta el final de la calle todos los lunes a dejar su cartita en el buzón amarillo.

—«Decimonónico» ha dicho el tipo.

—¿Siguen siendo amarillos? —Dudó en voz baja la mujer de la izquierda de la mesa—. Juraría que los habían quitado.

—Y entiendo que se pregunten de nuevo por qué no camina un poco más para visitarme y ahorrarse los sellos, pero ¿va estar cómoda una persona así en esos cuartuchos con cama? Es el asco más lógico en una vida llena de ascos.

—Su madre puede quedarse de pie.

—Qué hospitalidad —rezongó el hijo.

—Bajo el dintel de la puerta.

—Hasta el aire está sucio —continuó la queja—. Novias de diez mil pesetas la hora... otras cobran bastante más por sus genitales.

—Es que dentro caben muchas cosas —replicó el jurista. Después, ladeando la cabeza hacia la mujer—: Resulta que ahora hay unos amarillos y otros verdes, realmente no sé cuál es la diferencia.

—¿Si te equivocas de color devuelven la carta o ya has perdido la oportunidad?

—La mandarán al remitente, ¿no?

—Creo que los verdes son para sobres ecológicos o algo así —dijo el hombre a la derecha de la mesa—. Están de moda esas cosas.

—Los nuevos expedientes penitenciarios vienen en papel reciclado.

Dani pegó un grito:

—¡Y esas novias tienen que dar su porcentaje a unos cuantos funcionarios de la galería!

La conversación volvería a ser solo en dos direcciones.

—Grata sorpresa, señor Piñeiro. —El jurista miró al frente—. Se presenta a delator de nuestros corruptos.

—Prefiero la condicional.

—Y yo que mantenga los lazos familiares... pero qué casualidad, usted elige el medio que la prisión no registra. Podría escribirle un ministro y no nos enteraríamos. Solo a los reclusos de primer grado se les controla la correspondencia y ya lleva bastante con nosotros para que se le escape el detalle.

—¿El detalle de que en 1998 trasladaron a los reclusos de primer grado? En nuestro módulo echamos en falta a aquel tipo que se comía los dedos de sus pies.

—Por eso desde hace dos años nos denominan CIS.

—Centro de Inserción Social es un buen eufemismo.

—Y ahora suelta «eufemismo». —Luego, recuperando el volumen—: Coincido con usted, señor Piñeiro, un eufemismo a la altura de que no podamos evaluar sus cartas. Y las de un preso que saca estas palabritas en su quinta entrevista para la libertad condicional han de ser interesantes.

—Le aseguro que no hay nada de especial interés. —Pausa, dos segundos—. Y tampoco me contactan ministros. —La puntilla sonó a cristales rotos.

—¿Designaría el domicilio de sus padres como su vivienda habitual? —intervino decidido el timbre femenino de aquel sanedrín. A la educadora social ya le disgustaba el sarcasmo que mantenían el jurista y el reo.

—Es lo más conveniente.

—Implicaría estar allí a disposición de la Audiencia Provincial de Pontevedra que controla la ejecutoria de su sentencia.

—Lo asumo, señorita.

—También nos preocupa su antiguo entorno —embestía el psicólogo con gafas para treinta dioptrías. Apenas le concernían los fríos datos y, en definitiva, cualquier expediente penitenciario es un compendio de letras y números que se cierra con dos dedos—. Los informes hablan de una tendencia criminal a edad muy temprana, acumuló once expedientes de menor. Robos, trapicheos, incluso atacó con explosivos a un agente y le destrozó medio pie.

—Por explosivos se refiere a un petardo, pero al final lo mejor que puedo decir de ese entorno es que es antiguo. —Añadió—: Repetir lo que justo acaba de comentar usted.

—Me consta que saldrá de cualquier pregunta de mis compañeros que lo ponga en aprietos. —Había que rotar la cabeza hasta la posición central—. Aunque esta sala tiene memoria. Su libertad condicional fue rechazada en cuatro ocasiones. Si bien lleva los últimos meses involucrado en las actividades del centro, acogiéndose a los días de redención por trabajo que implican una rebaja en su condena e incluso ha disfrutado de permisos y un escaso tercer grado sin incidentes, yo también haré un ejercicio de sinceridad; para no ser menos. ¿Cómo expresarlo...? Albergo temores de que en su persona se haya cumplido el mandato constitucional que justifica esta gran empresa. De nombre «cárcel». ¿Lo conoce?

—Las penas estarán orientadas a la reeducación del reo —entonado igual que un mandamiento bíblico.

—Bravo. —Dos aplausos retumbaron—. En este punto ya admito que ha venido instruido y que su trabajo en la biblioteca, conjeturo que será el motivo, lo dota de un léxico que no acostumbramos a escuchar en las entrevistas. No obstante, tuvo graves problemas en la prisión de Pontevedra y siguió su currículum de partes disciplinarios cuando acabó entre nuestras paredes. De aquella no éramos un CIS y fue a juicio por dos reyertas. Recuerdo que en una sucedió algo grave. —El jurista repasó los papeles buscando el dato—. En una... voilà!, un recluso perdió el ojo derecho. Obviemos el nombre y pasemos al lenguaje forense que tanto me apasiona, es extraordinariamente preciso. —Y juntó las lentes imantadas que colgaban separadas sobre el esternón—. Varón blanco, nacional, cuarenta años, un metro y noventa centímetros, cien kilos y a la espera de juicio por tentativa de homicidio. —El puente de las lentes volvió a separarse—. El tipo es un auténtico animal carcelario y ahora tiene una cuenca orbital vacía. Sospecho que el parche pirata le dará galones en la primera galería. Es que hasta tal vez sea decimonónico.

—Fue mi último parte y después salí absuelto. No puedo ayudarles a encontrar ese ojo.

—Salió absuelto porque según nuestras anotaciones ningún testigo quiso declarar en su contra. Muchas cosas quedan escritas, no lo olvide, como las cartas de su madre. —El jurista meneó el expediente contra la mesa de formica—. Reconozco que es una persona difícil de examinar, por eso lo que ahora tratamos de intuir es si está arrepentido del delito que cometió. Solo intuir... Atienda —salivando la boca—, me gusta referirme a este edificio con una palabra en desuso: penitenciaría. Culpa, castigo y al fin penitencia. Es el proceso que esperan a cien metros, detrás del muro, y tenemos que dar fe de él.

—Entré en prisión en el 92 y estamos en el 2000. Verano del 2000. Parece que han pasado tantas cosas fuera, a cien metros... Quiero decir, si el Deportivo acaba de ganar una liga con un gol de Donato, eso despeja cualquier duda de que estamos ante un tiempo nuevo. Yo no voy a desperdiciarlo.

—Entonces hablemos del pasado. Lo cuestionaré directamente por primera vez en nuestra relación, señor Piñeiro: ¿está arrepentido del delito que cometió?

—Me arrepentí cada uno de los 4.204.800 minutos que he cumplido de condena y lo haré los que me queden de vida.

—Ya... ¿Quién podría dudar de semejante respuesta?

—Nunca formularon la pregunta hasta hoy.

—Pues esta Junta de Tratamiento ha malgastado muchos años.

—¿Le cuento los minutos?

—Echaré en falta nuestro toma y daca constante. —Presionó un sello contra un tampón de tinta—. Ojalá los números de su expediente me permitiesen ir al otro color, pero usted entró aquí sabiendo que no me lo permitían. Cuánto rencor nos tiene por cuatro negativas.

El verde estampó la hoja separada del mamotreto de papeles.

Dani se acercó a Santi y a Lolo en el patio. Buenos amigos ahí dentro, donde no se puede elegir. Aunque también lo fueron cuando estaban en las calles, donde sí eliges tu ruina. Santi creció con él robando ciclomotores y Lolo era un conocido traficante. El primero rondaba la libertad condicional y el segundo pasaba allí unas horas tras suspenderse su juicio, pendiente de la conducción policial hasta la nueva cárcel de Teixeiro. En ella aguardaría la fecha que decidiría sus próximos once años. De haber condena no los gastaría en la prisión de la ciudad, que se caía a trozos con las mayestáticas vistas del emblema coruñés: la torre de Hércules. El edificio iba a transformarse en un parque; o en un museo, o en unas oficinas funcionariales, o en un hotel, o en cualquier otro lugar donde se pudiese entrar y salir sin grilletes. A nadie aparentaba importarle cómo aprovechar una construcción infame en un enclave tan bello.

La belleza indómita del fin del mundo.

Finis Terrae: ahí se detuvo el Imperio romano.

—¿Y bien?

—Teníamos razón —arrastrando las palabras—. Me voy.

—¡La hostia! —Santi lo abrazó—. ¡Al fin aflojaron contigo!

—Tuve que volver a hablar mal de mi antiguo entorno. —Dani se zafó del apretón—. Si supiesen cuánto de mi antiguo entorno está aquí dentro, me habrían dado la maldita condicional a la primera.

—¿Funcionó lo del Submarino? —preguntó Lolo.

—No estoy seguro de que haya sido la mentira clave, aunque te conseguiré una oferta de Los Putos Ruineros S.L. Lo demás es torear la mala baba del jurista y contestar con las palabras que ellos usan. —Tras pellizcarse la barriga a dos manos—: Que crean que te han metido su discurso aquí, en las entrañas.

—A mí nadie me quita comerme la celda hasta el juicio, pero el abogado sigue hablando de una nulidad en la entrada y registro. ¿Te imaginas lo ridículo que es, Dani? Entra la policía en mi casa, pillan diez kilos de farlopa tras meses de investigación y resulta que no han firmado un papel. Y estos ni siquiera se molestan en falsearlo después. No me entra en la cabeza, no hay nadie más culpable que yo. —La mano de Lolo describió un gesto aristocrático—. Es que me daría vergüenza salir del juzgado saludándoles así.

—Nos veo a los tres celebrando fin de año en el Moby Dick —dijo Santi.

—¿Ese tugurio sigue abierto?

—¿Escuchas, Lolito? Este preguntando si su segunda casa sigue abierta. Hay más gente que nunca. Ahora hasta me encuentro a mujeres en el garito y las nuevas generaciones andan muy fuertes con las pastillas. Vine directamente de allí en el último permiso y con aquellas pupilas casi no me dejaban ni entrar en la cárcel. —Santi rio a mandíbula batiente—. ¿Has pensado qué vas a hacer con tu condicional? —Sus risotadas se apagaron con un interruptor.

—No lo tengo muy claro.

—El Panadero te ayudará. Te has comido la condena sin abrir la boca. ¡Joder, y tanto que te ayudará!

Pero Santi no sabía qué cara tenía el Panadero. Y esa cara ni siquiera podía imaginarse, había que verla.

—No es buena idea dejarme caer por Villagarcía.

—Si lo sabe el Panadero, lo sabe don Abel —intervino Lolo, nombrando a alguien todavía más intangible—. Aunque ni hace falta que aparezcas en su zona. Hablas con Turuto y él ya cumple las órdenes aquí. Lo que no entiendo es por qué no lo has llamado cuando has estado de permiso o esas semanitas de tercer grado. Coño, no nos llamaste a ninguno de tus colegas. ¿Qué mierda te pasa?

—¿Ir a pedir limosna a Turuto? Cada mañana le robaba su bocata en el colegio y ahora es el gran gánster. Me gustaría comprender cómo ha trepado con la de chicos duros que había ahí fuera.

—Tiene amistad con todo el mundo. Con los de Villa, los de Cambados, los de Laxe y, sobre todo, con los colombianos. Esos son los amigos que te ponen ahí arriba, tú lo sabes... tú lo sabes.

—Según su humor también te ponen muy abajo. —Después, con ironía—: ¿Ha pasado de paisas a caleños?, ¿o andará en tratos con rolos?

Lolo se mordió los labios, incómodo por poder equivocarse en el gentilicio que correspondía a cada cártel.

—Medellín siempre fue lo chungo, ¿no? —resolvió.

Otro hablando de mitos. Dani seguía bien informado. Cronológicamente: Cártel de Medellín, Cártel de Cali y Cártel del Norte del Valle. Pero a los oligarcas de la cocaína ya los obligaban a mirar a un gigantesco país con una gigantesca frontera suturada a Estados Unidos. México va a ser lo chungo a partir de ahora.

—No quiero esa ayuda. He cumplido treinta y dos y lo último que pienso es tratar con ciertos personajes. Apúntame para las visitas si no sales este mes. —Dani chocó el puño con Santi—. Y a ti te veo fuera, que gastas más vidas que un gato. —Hizo lo mismo con Lolo.

—Eso de la nulidad suena a que el abogado anda con la llave que abre todas las celdas, aunque no me quiero ilusionar. De resultar mal, siguen Alex y los demás en Teixeiro. Estaré en familia. Me han dicho que acaba de firmar otros cinco años.

—Alex no va a pisar la calle nunca más. La educadora social tiene un nombre para eso: institucionalizado.

—¿Institu... qué?

Dani entendió que la conversación debía terminar o lo excarcelarían en el siguiente turno.

Mañana.

No te sobran días cuando has perdido más de tres mil.

—Me voy a la playa antes de que cambien de opinión. —Regurgitó y escupió una flema al suelo—. El jurista es un tipejo impredecible.

La algarabía en prisión cuando alguien redime su pena. Hay algo falso durante las palmaditas en la espalda. Se marcha un amigo y tú te quedas. En el mejor de los casos sin un amigo, en otros muchos solo. Encerrado en el agujero. Y con una cabeza que sabe lo hondo que es. Ocho años de precipicio por ejemplo. Dani asumió aquella certeza mientras recorría el patio despidiéndose de sus compañeros. Ahora estaba en paz con todos. Quinquis, gitanos, eslavos, hasta los subsaharianos que copaban buena parte de los módulos le felicitaban sin cortesías de código carcelario. Entre los primeros había muchos de su generación, camaradas ahí dentro, especialmente cuando el «producto nacional», como decían los funcionarios, dejó de ser mayoría tras los muros. Hombres con el brazo en barbecho, los cinco puntos tatuados encima de la tabaquera de las manos, la chupa de cuero apolillada y una mirada yerma que chispeaba cuando revendían metadona al pisar la calle. Salían a un mundo donde los heroinómanos ya no tenían el consuelo de la jeringa compartida. Las nuevas generaciones pensaban que eran pedigüeños que no merecían más que la muerte. Eso tenían claro los nacidos en los ochenta y su cerebro frito por todas las drogas; menos la heroína.

En cambio, la delincuencia gitana seguía siendo tan imprevisible en una cárcel como fuera de ella. A pesar de que siempre hubiese algún payo mediante, la amistad con los gitanos era difícil, pero cuando la conseguías suponía que estabas blindado. En cuántas ocasiones Dani bajó con los colegas de las chabolas de Peña Moa y la marabunta agolpada en la calle del Orzán se abría bíblicamente para resguardarse en los garitos. Ese era otro de los problemas: a determinados gitanos no les permitían entrar en casi ningún lado. Hasta que se cansaban y reventaban el pub. Además, hacer negocios con ellos era demencial. Solo les interesaba la heroína; y la heroína cada vez le interesaba a menos gente viva.

En el grupo de presos eslavos se metía a cualquiera que naciese más allá de Polonia. Los rusos se ajustaban al fenotipo. Llevaban años operando en Galicia. Apretar un gatillo y luego despedazar el cuerpo, «cosas muy del Este», solía decir Dani. Últimamente se especializaban en robos: alunizaje, butrón o AK-47 y pasamontañas. Y por eso había un buen número de lunáticos rubios disfrutando del tercer grado en aquella cárcel. Herméticos, pero ambiciosos, siempre intentando arrimarse al primer traficante con su español de cincuenta palabras. Sin embargo, entrar en la venta al por mayor de droga les estaba vetado. Los capos no se fían de bandidos que hablan en un lenguaje extraño como su alfabeto cirílico y, si quieres pasar de dividir gramitos, has de disponer de la infraestructura. Te puede servir una planeadora, un buque nodriza, un barco de bajura; también un sindicato de estibadores corrupto, una pandilla de guardias civiles comprada o una producción en serie de contenedores de doble densidad. Nada que ellos aspirasen a poseer en aquel terruño. No estaban en Brighton Beach, ni en Miami Dade, ni siquiera en Odessa. Y tampoco eran insignes de la mafiya.

—Dani, en dos meses salgo y lo celebramos con unas buenas... —Anatoli se viró a su grupo, soltando la lengua encriptada para buscar una palabra. «Putas», le chivaron—. Spasibo, pu-tas.

Dani carcajeó con el resto de orates rusos. Pero Anatoli era el único que le merecía confianza. Poseía algo que lo emparentaba con un humano, su ocasional sonrisa hacía pensar que quizá tenía una madre, que quizá también piedad y que quizá «las cosas muy del Este» que contaban de él solo fueran rumores presidiarios. Y si allí había alguien del Este, era ese veinteañero de Novosibirsk. La inercia criminal más extraña terminó con alguien de Siberia acusado de reventar seis bancos entre Santiago y Vigo, detenido en A Coruña por irse sin pagar un menú de rollito primavera, cerdo agridulce, flan y cuatro botellas de sake, antes de caer delante de un policía local que lo arrastró al Hospital Juan Canalejo con el peor coma etílico que recordaba en toda su carrera. Después quiso saber más del sujeto inconsciente que tenía tantos pasaportes en los bolsillos. La unidad de investigación creyó reconocerlo en los segundos que el atracador aparecía sin pasamontañas en una caja de ahorros. El resultado del proceso: los empleados nunca lo señalaron en las ruedas de reconocimiento, la pericial fisionómica del vídeo no coincidía con sus rasgos y los bolsillos solo guardaban los pasaportes y mil pesetas, las que debía en el chino. Aunque apalear a un carcelero cuando cumplía prisión preventiva no había sido una buena idea. Pertenecía a esa hornada de criminales que se formaron con la caída del régimen soviético. En apenas unos meses habían entendido el capitalismo mejor que nadie.

—Recuerda mis palabras —dijo Dani—. Cuando tenga problemas, tú serás el primero al que acudiré.

Después lo abrazó, garantizando la sentencia, mientras el ruso le plantó un beso en la boca según su antigua tradición.

Los presidiarios subsaharianos completaban la demografía de la cárcel. Antes había unos cuantos senegaleses por delitos menores contra la propiedad. Tan menores que, atendiendo a su buen humor, ya no los mandaban a Teixeiro. Pero los nigerianos aprovecharon los noventa para dar varios pasos adelante en el crimen por tierras gallegas. Atiborraron los prostíbulos con sus compatriotas obligadas por deudas y el vudú a cambio de pisar Europa. Y cuando uno vende seres humanos enseguida comprueba que es un negocio que se ramifica en muchos otros. También en la distribución de droga desde feudos africanos. Aun así, eran apreciados por el resto de reclusos. Los «negros» controlaban a los pocos «moros» de punzón afilado en el bolsillo. Sáhara para arriba. Y otro color de piel.

Dani sintió el vacío más lleno cuando atravesó el módulo de salida. El único que se veía desde cualquier ángulo exterior y el único que por tamaña razón pintaron de granate y blanco. La entrada era digna de cualquier pulcra institución gubernamental con sus frisos níveos, pero el resto del centro no tenía ni color concreto, comentaban que «tenía el color del polvo» como si pudiesen ubicarse así sus paredes desconchadas en la escala cromática. La humedad devoró el edificio. Y por ese relente se la conocía como la Alcatraz gallega. No estaban en una isla, aunque las celdas eran igual de diminutas y nadie se atrevería a comparar las brumas de la bahía de San Francisco con las tormentas coruñesas que se desataban a cien metros del penal. En aquellos acantilados ya habían encallado dos buques petrolíferos que envenenaron la costa: el Urquiola y el Mar Egeo. Un capitán se hundió con su barco y al otro lo rescataron del suyo para imputarlo en un macroproceso judicial. Como si aún faltase un tercer petrolífero por partirse en Galicia.

Así fue.

Lolo clavó la vista en su amigo mientras recorría el patio hasta desaparecer en el interior de la cárcel. Lo sintió engullido por «la institución».

—Santi, no les creí cuando me lo contaron ahí fuera. ¿Será cierto que alguien que ha pasado ocho años en prisión puede cambiar tanto?

—Con ocho años encerrados nosotros haríamos cualquier cosa para no volver a pisar esto, pero ¿Dani?, ¿Dani Gasolina? Has olvidado que su nombre era Gasolina. Aprendió lo del preso institucionalizado porque quería su discursito para que la junta lo sacase de aquí. Es posible que incluso se lo haya creído, aunque fuera solo necesita una chispa. —Hizo visera con la mano—. Y míralo, ya está fuera.

Lolo apretó los párpados.

— ¿Institu... qué?

Capítulo 3

3

Una brisa envolvió a Dani al emerger del piélago de la cárcel. Esta vez no eran 48 horas bajo la capucha y la bolsa de deportes al hombro con un par de prendas de ropa y el neceser. Esta vez se enfrentaba a la libertad, al no hay hora para volver a casa porque ya no hay casa.

Y la bolsa que cargaba pesaba un quintal.

El aire que se levantaba en espirales hasta su rostro lo calmó a modo de ansiolítico. Había escuchado cómo los viejos reclusos colapsan delante del mundo libre, cómo lloriquean por las esquinas hasta que simulan robar la primera farmacia para retornar al único lugar al que pertenecen. Pero su cabeza se arraigó a la viñeta veraniega que contemplaba. Él no volvería a entrar en el monstruo que quedaba a sus espaldas. Y menos por un atraco simulado.

Tres de la tarde del 4 de julio del 2000, una familia cruzó de acera hacia las escaleras asilvestradas que llevaban a la playa de As Lapas, enfrente del presidio. Las miradas desabridas al delincuente en condicional precedieron a las maniobras esquivas. El cabello rapado al dos, varios aros plateados en el lóbulo izquierdo, la camiseta blanca que soslayaba el endeble sol gallego, los tejanos rotos a la altura de las rodillas y las J’hayber negras no inspiraban confianza al sumarles unos antebrazos tatuados con letras y una serpiente atravesando una calavera. Sin embargo, cuando la madre pisó la arena minutos más tarde asumió que quizá había gente mala atractiva. ¿Por qué no? Aquellas facciones cuidadosamente rotas desde una mandíbula que cuadraba los labios carnosos bajo la nariz algo torcida y que, a su vez, dividía una mirada negra. Sí, gente mala atractiva. Solo quizá.

Dani se colocó sus gafas de espejo, encendió el Ducados que le regaló el funcionario de la garita y divisó el paseo marítimo, desde el final de Labañou a su barrio de Monte Alto. Esta ciudad debería responder de muchas cosas. Ya lo creo.

—Impuntual hasta para escapar del hoyo —dijo una reconocible voz afónica—. No entiendo por qué comentan que has cambiado

—¿Eso son canas? —preguntó Dani, haciendo un molinillo con la mano.

—Han pasado bastantes años y bastantes disgustos.

—Unos cuantos para no estar seguro de que vendrías, carnal.

—Tenías preparada tu frasecita. —Y dándose la vuelta hacia nadie—: ¿Quién decía que ya no era el mismo?

Tal vez la amistad masculina se pueda dividir en carnales, amigos y conocidos. Aquel hombre moreno, demacrado, de pelo barajado en rizos y facciones veladas por la barba encanecida era Mario, «el carnal»; vocativo de tradición entre ellos. Por algo se tatuaron la palabra. Las cicatrices dan veracidad a una historia.

—¿No se supone que ibas a Tailandia para rejuvenecer? —preguntó Dani tras el voltaico estrujón.

Dos hombres duros examinándose con gesto bovino, peleando para que no saliese una lágrima. Se reconocieron fantasmas de un tiempo mejor.

—Me fui buscando a Buda y encontré un montón de niñas que disparaba pelotas de ping-pong por el coño. —Mario cortó cualquier solemnidad del reencuentro—. Luego me dijeron que estaba bastante más lejos, en el Tíbet, y ya me entró pereza. Agradece que te mandé una sola postal, porque tendrías que haber repartido mis fotos con las tailandesas por toda la galería.

—¿El hermano de Lolo te dio el recado?

—Cuatro de julio, media mañana. Me debes dos horas.

—Cógelas, si quieres te paso los minutos a horas y verás que he perdido bastantes... Un momento, ¿qué porquería traes? Es igual que la cárcel, no puedes ni adivinar su color. —Dani abrió los brazos para referirse al Talbot astroso que lo esperaba—. Eras tú el que decía que lo más importante de un gánster es su coche.

—Tuve que deshacerme del M3 y lo de ser un gánster fue detrás. Así que no traicioné mis palabras.

—¿Tanto se complicó? ¿En el fondo no te largaste para no seguir visitándome por las prisiones y eso que me escribiste de «problemas con los de azul» fue una jodida patraña? —Sabiendo que la última respuesta era un no.

—Igual piensas que llevaba desde el 96 en la otra punta del planeta por las pelotas de ping-pong. Aquello lo hacían para degenerados, que en esas tierras son legión. ¿Sabes lo que es un kathoey?

—¿Me contarás qué ocurrió para que te tuvieses que largar? —Subiéndose la camiseta hasta los pezones—. No me han pegado un micro en el pecho.

—Ser tu mejor amigo te debería de parecer suficiente. A la policía se lo parecía. Y nunca fui hábil en los negocios sin tus consejos. El resultado... lo supones.

—¿Deudas?

—Deudas.

—¿Con quién?

—Si estoy aquí, es porque ya son pasado.

—¿Con quién?

—Con la puta vida. ¿Se las quieres cobrar?

—Imposible, esa nunca da crédito —dijo Dani, agarrando la maneta del Talbot y olvidando el tema hasta que su amigo quisiese hablarlo, porque tenía otros cuantos encima de la mesa.

Se complicó de la siguiente forma que Mario calló: en las Navidades de 1996 compró un ático en el centro de la ciudad por doce millones de pesetas. Tuvo un movimiento alcista en billetes de diez mil y lo invirtió en unos metros cuadrados que salían bien de precio en efectivo. El mismo día que alguien le firmó las escrituras de propiedad celebró una fiesta en la nueva casa. Salió de ella a cuatro patas a las cuatro de la mañana para montar en las cuatro ruedas de su M3. Rumbo a una discoteca en Vilaboa con tal de ver un culo brasileño. Cuatro kilómetros de distancia. Se saltó el primer semáforo sin darse cuenta de que allí había un semáforo y pegó al parabrisas a un chico de dieciséis años. Cuando oyó el ruido hosco en los bajos del coche no se detuvo. Aunque tampoco siguió de farra. Condujo su M3 ensangrentado hasta muy cerca de donde encallaron dos buques petrolíferos.

Luces apagadas.

Primera marcha puesta.

Salto desde el asiento.

Y el coche precipitándose.

No distinguió ni su sonido al caer al agua. El embate de las olas tronaba con una cadencia de cuatro segundos. Se fue a Tailandia al día siguiente por si la policía tenía la matrícula que legó un tullido. Sin el instrumento del delito eso era lo único que podía implicarlo. El tiempo prescribió el crimen, pero no la deuda con alguien que no acudiría a los juzgados para cobrarla. Los doce millones fueron dinero fiduciario, a invertir y a devolver, y antes de ponerlo a la venta el piso acabó embargado porque el testaferro no resultó de fiar con el verdadero propietario perdido en el sudeste de Asia. Ahora volvía a A Coruña gracias a que le iban a condonar ese pasivo del balance. Aunque, cuando tu mejor amigo afronta una condena así, lo resumes escribiendo «problemas con los de azul» en una postal.

El motor del Talbot gimoteó como un anciano con neumonía. Ellos se rieron. Estirar los carrillos debería ser terapéutico en cualquier situación. Pero ninguno sabía con exactitud qué situación era aquella, solo que todavía tenía que ser peor de lo que aparentaba.

—Nos vamos a comer a La Subidita —dijo Mario.

—Olvídate.

—Tienen disponible tu mesa de siempre. Les cambió la voz al escuchar el nombre, así que por los viejos tiempos. Jamón asado, mollejas y flan de queso.

—No.

—¿Me puedes decir qué te sucede? Y no quería que la conversación inicial fuese tan profunda, porque imagino que te suceden muchas cosas y que debemos charlarlas con calma para ver cómo puedo ayudar. O cómo acabar de joderte, ya sabes, el golpe que te convierte en indestructible.

Dani reclinó el asiento del coche.

—De momento dame una vuelta por la ciudad.

—Solo veo ese flan de queso bamboleándose en el plato. Me estoy muriendo de hambre, neno.

—Y yo me estoy muriendo por ver esas calles.

—Las calles nunca se han ido. ¿Dónde te has metido en tus permisos y en el tiempecito aquel que solo ibas al talego a dormir?

Dani punteó un edificio verde, esquinero con la carretera de circunvalación de la costa.

—Justo ahí.

—¿En casa de Isra? ¿Te dieron el tercer grado para andar unos metros hasta la buhardilla de un yonqui?

—No te refieras así a él.

—Tienes razón. No es un yonqui, es nuestro yonqui.

—Vamos, saca este trasto, que hay otro coche esperando para aparcar.

—Si hasta me han multado por no poner el tíquet... —Mario reparó en la notita amarilla que engancharon en el parabrisas—. Pensé que estaba exento por ser un vehículo clásico.

La potencia del Talbot y el extrañamiento de Dani anunciaban el recorrido por A Coruña con la misma armonía que un carromato paseando a un turista. Mario intentaría darle estridencia poniendo al día a su amigo en las batallas que se había perdido, en Bangkok y en otros muchos sitios. Repasando el destino de cada uno de sus conocidos a escoger entre tumba, cárcel o el poco heroico matrimonio con hijos. La tradición narrativa oral de Galicia se sublimaba con personas que habían vivido así, porque no hay nada más adictivo que la nostalgia. Al final, memoria selectiva. Una historia que no se cuenta es una historia que no existe y eso lo sabían bien en el noroeste, donde podían relatar un centenar de anécdotas propias y otras tantas ajenas que acababan por cruzar protagonistas, realidad y ficción.

Marcha atrás. Maniobrando para salir de la plaza de aparcamiento.

—Cuando iba a dejar Tailandia me enteré de que David andaba por la India de yogui, ¿te lo puedes creer? Su hermana hacía voluntariado y el personaje se fue allí a meditar. A meditar sobre lo loco que estaba. Lozán, el del bar del barrio, me da el contacto al avisarle de que volvía para acá en un par de meses. Escribo una carta, neno, pero por escribir. Lo último que pienso es que va a llegarle algo. Y el día antes de coger el avión me responde. Que me reúna con él en Goa, que aquello es tremendo y que en vez de meditar se dedica a meterse bolas de opio como supositorios. Me convence, claro. Eso convence a cualquiera. Pillo dos aviones, cuatro trenes, ¡trenes en el techo!, y no recuerdo cuántos buses... ¿diez?, para aparecer en un hotelucho de Calcuta.

—¿Está cerca de Goa? —preguntó Dani.

—Está en el otro extremo de la India. Intento ponerte en perspectiva de lo que tarda uno en moverse por allí con una mochila y unas rupias.

—¿Y llegaste a Goa para ver a David?

—Enseguida voy con eso. Deja que fluya.

—Tienes que perdonarme.

—En Calcuta, desde que salgo del hotel un barbudo me sigue a todas partes. Al principio creí que era una paranoia mía, muchos barbas allí son calcados, pero meto cuatro esquinas a nivel contravigilancia de la nuestra y él me persigue, definitivamente me persigue. Le coloco un cuchillo en el cuello tras la última esquina.

Dani se tensó cuando el piloto embragó para poner segunda.

—Eso es muy tuyo, no nuestro.

—Y el hombre ni se inmuta. Luego acerca su mano a un zurrón que lleva colgado y le aprieto la hoja contra la nuez. Al final gesticula para que lo abra yo. Pues lo abro y hay unas bellotas de opio sacando el juguito. El cabrón era un comerciante. Le compro dos, casi me las regala. Por supuesto elijo metérmelas por la boca, como hace la gente maja...

Pero Dani había elegido desconectar. Apoyando la cabeza en la ventanilla, escrutaba una urbe que parecía ajena. Iniciaron el trayecto de trece kilómetros de paseo marítimo. Lo inauguraron meses antes de que él entrase en prisión y por entonces ocupaba un pedacito del arenal de Riazor. Ahora el mar refulgía a escamas entre la nueva balaustrada y se oía un murmullo creciente a medida que se acercaban a la playa del Orzán. Dos semáforos en verde y ya estarían allí.

—... y al final la mitad de la población de Calcuta duerme en la calle, por la noche intentas no pisarlos. Había un tipo con las tripas abiertas muriéndose ahí a las tantas, que debía de ser amigo del barbas, que a su vez hacía guardia enfrente del hotel. Es un concepto que no conocía, el del camello que va detrás del comprador subiéndole cada vez el precio. Pues saca como un puro del zurrón y se lo pone en la boca al de los intestinos colgando...

—¿Las pandillas de ahora seguirán quedando en las terceras escaleras de la playa del Orzán?

—Ah, ¿continúas sufriendo de esa hiper...? Venga, ayúdame con la palabreja porque no he vuelto a conocer a nadie que la tenga.

—Hipertimesia. Sí, todavía llevo cada segundo de mi biografía grabado. Y también la de los demás. —Después, rechinando los colmillos—: Solo he de decidir dónde quiero ir cuando pienso en el pasado.

Quizá por esa afección Dani era menos propenso a la nostalgia.

Mario cimbró las cejas, pasmado de que una duda tan banal interrumpiese sus historias y puso las luces de emergencia, parando el vehículo en el segundo carril de la carretera mientras una disonancia de cláxones lo apuraba desde atrás. Todo por la memoria, virtud o castigo, de su compañero.

—Debes bajar. Yo no me muevo de aquí.

Dani se apeó, observó el atolladero de coches y marcó un pulgar hacia arriba. Se arrimó a la baranda de la playa del Orzán justo encima de sus míticas terceras escaleras.

Siempre cambian las caras y siguen las mismas cabezas.

Allí abajo, pegados al muro para resguardarse de la arena que se aventaba desde la orilla, había una treintena de chavales. Lata de cerveza en mano y porro en boca o viceversa. Rondando sus felices dieciocho. Cabellos decolorados, tatuajes tribales, bañadores de flores que rayaban la rodilla. Distinguió a uno gordo que se le hizo familiar bajo unas gafas blancas Oakley en el eje de la conversación a gritos, delante de unas chicas taladradas por piercings, con los senos morenos refractando la luz a través del acero de sus pezones. Tendría que haber nacido en el 82. Lo que me costaba imaginar eso bajo un jersey de punto y ahora te sacan de dudas a pleno sol delante de los compañeros de instituto y de los viejos que pasean dos metros por arriba, con las manos cruzadas en la espalda igual que si llevaran esposas. Mi viejo también caminaba así. O camina. Y yo tendría que haber nacido en el 82. Como Hugo.

—¡Muévete, hijo de perra!

Un taxista sacaba la cabeza por la ventanilla insultando a Mario, que al final consiguió un atasco digno de los días de partido. Su amigo ponía el freno de mano y empuñaba la maneta de la puerta cuando entró Dani a la carrera.

—Ya no nos peleamos por estas cosas. Has de entender que libertad condicional no es exactamente libertad. —Y con una caída de ojos—: Seguimos, por favor.

Al llegar a Riazor el asfalto describía una curva larga y luego un zigzag para bordear las dos discotecas más conocidas de la ciudad. Se ubicaban a cien metros la una de la otra, pero parecía haber otra distancia si estudiabas sus colas. La que casi tocaba la arena mezclaba a los pijos con canallitas para que aquello tuviese algo de auténtico. La segunda, que se apostaba entre las rocas cercanas a un desagüe, aglutinaba la gente no tan famosa, no tan guapa, no tan bien vestida; y a todos los que no habían dejado entrar en la otra discoteca.

Dani siempre estuvo cómodo en ambas. Tenía algo que le permitía amigar con el primer bohemio de tabique incandescente que le daba la matraca sobre Vicente Huidobro, y girarse para pegarle un mandoble a otro tabique acompañado de un cuerpo baturro que le había derramado cerveza por la espalda. Además, el chico hablaba bien, lenguaje cultivado de crío por la saña que puso su madre en meterle la lectura por la boca, no por los ojos, con esa falsa ínfula del futuro primer universitario de la familia. Al menos le sirvió para ocuparse de la biblioteca de la cárcel en los últimos tiempos de encierro. Y también pegaba bien, pero eso lo aprendió fuera de casa. Otras sañas.

—¿Ves la pirámide? —Mario marcó un monolito con forma triangular, muy esbelto para referirse a una «pirámide»—. Es el Millenium. Dicen que lo acabarán en unas semanas y que le van a poner luces de colores dentro. Algo así como una plaza del Sol para las uvas en fin de año.

—¿Plaza del Sol en Labañou?, ¿enfrente de esas olas y con el viento que hace aquí? No se atreverán a dar ni una campanada. Pensé que la locura de Paquito terminaba en el tranvía que nadie usa.

—El milenio cambia, los barrios cambian. Ya quitaron casi todas las chabolas y ahora mira, giro a la izquierda... —gesto flamenco— ¡olé!

—Me hablaron de este centro comercial con un montón de salas de cine.

—¡Trece! Comprar, comer y mandar a los niños a la de dibujos animados mientras tú te cuelas en la de Tarantino. —Tras decirlo, Mario consideró que igual su amigo no sabía quién era Tarantino ni tantas personas que se habían hecho famosas en los últimos años. Llenó el silencio—: Y aparcamiento gratis. Los de los pueblos siempre miran eso, aparcamiento gratis aquí y allá, no tienen otra cosa en la boca. En el tranvía no montan, pero están muy preocupados por diez metros cuadrados señalizados con pintura plástica. Así que aquellos cines que frecuentábamos están casi todos cerrados... no disponían de plazas de aparcamiento.

—¿No existe el Goya?

Mario cabeceó.

Neno, ahora me doy cuenta del tiempo que te han secuestrado.

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