Prólogo
Benévolo ha sido el destino con mi persona; si no siempre en su trato, sí al menos al permitirme ser partícipe de muchos de los acontecimientos más importantes que han sacudido esta castigada tierra durante las últimas décadas.
Tantos años después, tras haber sido guerrero, matón, esclavo, criador de caballos e incluso tabernero, al fin he encontrado la paz que perseguí ignorando que únicamente podría hallarla buscando en mi interior. Tantos años después, apoyado en el alféizar de mi ventana, veo como las primeras lluvias del invierno caen alegres sobre la tierra sedienta que celebra el fin del estío, mientras los niños corretean, ajenos al frío que comienza a soliviantar mis viejos huesos. Juegan risueños, despreocupados, y pienso con orgullo que el que a su temprana edad aún ignoren lo que es el miedo es, en parte, gracias a mí. Pronto se escucharán los gritos de sus madres, llamándolos para que regresen al hogar, cambien sus ropas empapadas por otras secas y se calienten alrededor del fuego. Y verlos felices y seguros calentará también mi corazón.
Mientras los observo, doy vueltas a algo que, después de tantos años, he logrado desentrañar. Al fin me he dado cuenta de qué es lo que mueve esta tierra; no únicamente Gallaecia, ni Lusitania, ni tan siquiera Hispania entera, sino toda la Oikumene, como dirían los antiguos griegos. Hubo un tiempo en que hubiera respondido, sin dudarlo, que esa mágica palanca no era otra que el acero: una espada bien equilibrada y un brazo fuerte con el que blandirla. Pero ahora sé que me equivocaba. Un buen acero siempre es necesario, pero lo realmente importante son los motivos que te empujan a esgrimirlo: las ideas, los sentimientos; el amor y la amistad. Si en algún momento Marco escuchara de mí estas palabras, pensaría que al fin me he convertido a su credo... No a aquel que durante años he visto cómo manipulan los poderosos en su propio beneficio, sino el del mísero carpintero de Judea que fue crucificado por los suyos como si se tratara de un vulgar ladrón. Tampoco eso es cierto, pero supongo que esto es lo que sucede cuando duermes con alguien que piensa así, y lo que es más importante, actúa así. Nunca he renegado de las creencias de mi pueblo —mis creencias—, pero al fin, tantos años después, hasta mis cansados huesos claman por la paz. Paz para todos: hispanos, godos, suevos, britanos..., para todos, incluso para mí.
Mucho he vivido ya, y sé que mi final se encuentra cercano. Con casi setenta largos inviernos sobre mis cada vez más encorvadas espaldas, atrás quedaron los días de miseria y de gloria, de victoria y de derrota. Tan solo yo y unos pocos los recordamos ya, y sé que cuando me siento por las tardes alrededor del fuego con esos mismos mozalbetes que ahora se mojan con las primeras gotas de lluvia y les relato con pasión lo que estos viejos ojos han contemplado, me escuchan impresionados, como se atiende al narrador de cuentos que desgrana una buena historia, pero sin apenas llegar a creer un ápice de mis palabras. Marco dice que nuestra historia no morirá con nosotros, que lo que se escribe perdura. Sin embargo, yo siempre he creído que lo que queda en los corazones es lo único que permanece.
Pero mi vieja cabeza no me deja centrarme... Hubo un tiempo en que lucía una rebelde mata de cabello pajizo, de la que solo queda ya el recuerdo y un desmadejado cabello blanco que acierto a recogerme en una coleta en las ocasiones especiales. Estaba hablando del amor y de la amistad, y he de reconocer que en ambos he sido afortunado en esta vida. Aunque también he sufrido grandes desilusiones, cierto es que siempre he podido salir adelante de cada una de ellas; y si bien en un principio me gustara creer que se debía únicamente a mi propia fortaleza, hoy me doy cuenta de que mucho han tenido que ver aquellos que se encontraban en ese entonces a mi lado.
Muchos han partido ya, pero aún tengo la suerte de disfrutar de la compañía de unos pocos, y es por ellos por los que debo hacer un último esfuerzo para recordar y resistir. No los decepcionaré, aunque cada vez se me hace más difícil levantarme por las mañanas, a pesar de que mi vejiga apenas me deje pegar ojo por las noches, a pesar de que mi garganta se reseca de tanto hablar. Pero Marco todavía toma notas sobre mi historia, o mejor dicho, sobre nuestra historia, y le he prometido que no me dejaré vencer por la oscuridad hasta que esta haya finalizado, o al menos hasta que haya llegado al mismo día de hoy. Será lo mejor: estoy demasiado cansado para continuar, y aunque nunca pensé que llegaría este momento, siento que en mi vida ya está todo hecho. Ahora tan solo quiero llegar a la noche y descansar tranquilo hasta cada nuevo amanecer, hasta que llegue aquel en que el sol se levante sobre el horizonte, pero mis ojos no puedan ya contemplarlo.
Por venir están los días en los que me reencuentre con tantos viejos amigos que han dejado huellas indelebles en mi corazón. Algunos me esperan desde hace muchos años, y otros hace tan solo unos pocos, pero sé que todos aguardan con paciencia a que al fin Attax, el alano, reclame su lugar entre ellos y vuelva a cabalgar a su lado.
I
Un frío gélido continuaba dominando las noches en la llanura desolada de Coviacum. Pocos lugares he visitado a lo largo de mi dilatada vida con los que irremediablemente asocie, casi como primera impresión, esa sensación de frío pertinaz que apenas daba tregua a nuestros ateridos huesos.
Nos encontrábamos en el mes de mayo, y ya el astro rey debería haber empezado a calentar el suelo para que las tierras de cultivo de los hispanos pudieran dar más tarde sus preciosos frutos. Pero aunque por el día el sol comenzaba, tímidamente, a hacerse notar, por las noches la temperatura descendía hasta volver a hacernos temblar. A la caída de la tarde, los lugareños se hacinaban en sus casas, tratando de retener el calor desprendido por la lumbre.
Pero mucho me temo que la reflexiva quietud que se respiraba entonces no se debía tan solo al intenso frío: días después de la cruenta lucha que se había desarrollado junto a la muralla de Coviacum, y aunque ya los cadáveres de los vencedores y los vencidos habían sido retirados por uno y otro bando, el recuerdo del duro combate pesaba como una losa sobre nuestras cabezas. Yo mismo, veterano de tantas batallas, sentía erizarse el vello de mis brazos al recorrer los solitarios muros después de la puesta de sol. Allí, a la sombra de los vivos, las almas de los difuntos debían de caminar aún, buscando el lugar por donde escapar de este mundo y dirigirse al más allá, muchas de ellas sin saber por qué debían abandonar aquella tierra, y otras, la mayoría, aferrándose a una última imagen que llevarse de los suyos, de los que permanecerían mientras ellos se convertían, poco a poco, en meros recuerdos. Ni siquiera el tacto metálico de mi espada, tan útil en otras ocasiones, era capaz de tranquilizarme en esos momentos. No era de extrañar, pues de nada serviría el acero contra lo que me rodeaba, entre las almas de los guerreros muertos que todavía deambulaban allí donde sus días habían terminado, desconsolados al ver como las fogatas de la vida prendían de nuevo en el interior de los muros.
Wulfila sanó. No fue fácil ni rápido, pero con los cuidados de Vera y las atenciones de todos nosotros, unidos a su propia fuerza de voluntad, el godo fue mejorando de los fuertes dolores que lo aquejaban, aunque todavía pasarían varias lunas hasta que pudiera aferrar de nuevo el escudo que le había salvado la vida. Poco a poco nuestras heridas también se fueron curando —más rápidamente las de nuestros cuerpos que las de nuestras almas—, pero aunque pareciera que tras la batalla habíamos pasado lo peor, también fue duro sobreponerse a la tensa convivencia de los días siguientes.
Dos jornadas después de la batalla, Salla, con buen criterio, dispuso la partida de la mayoría de los guerreros godos supervivientes —algo menos de dos centenares—, y los envió hacia el este bajo el mando de uno de los hombres de confianza del difunto Segismund, en busca del camino que su rey había emprendido de regreso a la Galia. Gracias a la intercesión de Marco, él mismo y el puñado de fieles que quedaban con él obtuvieron permiso para mantenerse acampados en las afueras del poblado hasta que dieran sepultura a los cadáveres de los suyos y los heridos más graves tuvieran tiempo de mejorar; luego seguirían los pasos de los restos de su desarbolado ejército en dirección a Tolosa.
Creo que el propio Salla también debió de sentirse aliviado con su partida, y no solo los habitantes del castro. Entre los que partieron, no todos habían entendido las órdenes de su joven líder, que habían puesto fin a la batalla justo después de que el inmenso ariete hubiera logrado por fin reducir a astillas el portón; aunque la perspectiva que les aguardase en el interior, con los guerreros del castro dispuestos a vender cara su piel en la defensa de la barricada llameante y los habitantes del mismo arrojando toda suerte de objetos desde lo alto de la muralla, no fuese precisamente un camino de rosas.
Tras los largos días de asedio y un primer ataque infructuoso, cuando por fin el portón había caído y lo más cruento de la batalla tenía lugar en el estrecho pasillo que habíamos preparado detrás, Salla detuvo el combate al ver que el espacio en el que habían chocado atacantes y defensores se había convertido ya en un charco sangriento atestado de los cadáveres de los suyos. Desde mi punto de vista, fue una decisión inteligente: más allá del impacto que supuso que nosotros, sus amigos, nos encontráramos entre sus adversarios, sus hombres habían quedado confinados en una posición muy comprometida a merced de los defensores. Como el joven nos confesó más tarde, él se había opuesto desde el principio a continuar con el asedio, pues las altas murallas prometían elevadas pérdidas sin que la perspectiva de botín compensara el riesgo; pero no estuvo en sus manos tomar decisiones definitivas hasta que el destino —o más bien nuestras armas— hizo que los dos cabecillas de la tropa goda dejaran sus vidas sobre la muralla.
Finalmente, del alrededor de un millar de duros guerreros godos que iniciaron el asalto, en el momento de la rendición quedaban en pie menos de dos centenares; me maravillaba cada vez que pensaba que no solo les habíamos hecho frente, sino que habíamos sido capaces de causar semejante matanza. Incluso en ese momento seguían siendo más hombres que los que nosotros podíamos oponerles, pero a nosotros nos apoyaban los civiles del poblado, y además la inercia del combate nos era propicia. Una vez que lograron reducir el portón a escombros a golpes de ariete, los godos comenzaron a atravesar a duras penas la barricada que había detrás, pero quedaron allí inmovilizados, sin poder hacer valer su ventaja numérica frente a los mejores hombres que nos quedaban, que aguantaban en férrea formación, conscientes de que la vida de los suyos dependía de que se mantuvieran firmes. Y eso fue lo que hicieron, mientras sus compañeros, apoyados por los civiles, bien posicionados en la muralla sobre el portón, golpeaban sin piedad a los godos que trataban de cruzar la barricada con cualquier cosa que tuvieran a mano, provocando un muerto tras otro.
Yo, por mi parte, entendía la decisión del joven, pero los gestos agrios, airados, de algunos de los guerreros godos los días posteriores a la batalla denotaban que muchos de ellos habrían preferido continuar la lucha, costara lo que costara, y tratar al menos de vengar la afrenta a la que se habían visto sometidos: ser rechazados por un puñado de labriegos hispanos.
La batalla que narro tuvo lugar en las murallas de un antiguo castro —ese es el nombre que le daban sus habitantes al poblado— conocido como Coviacum. Allí, los defensores, la mayoría hispanos de las aldeas vecinas que se habían reunido para cobijarse tras los muros de la fortificación, entre los que nos encontrábamos nosotros después de abandonar el ejército godo y huir del brutal saqueo al que este había sometido a la cercana ciudad de Asturica Augusta, habíamos repelido una y otra vez a los atacantes, un enorme contingente de godos que se entretenía en saquear la comarca vecina en busca de botín durante el camino de regreso a sus hogares, allá en la Galia.
Teníamos todas las de perder: contábamos con menos hombres que el enemigo y, por descontado, muy pocos de ellos eran guerreros veteranos, como los que rugían al otro lado de la muralla. Pero finalmente nos habíamos impuesto sobre los atacantes. Nos costó la sangre de todos nosotros; no solo la de los improvisados guerreros del castro, entre ellos su líder Lucio, sino también la de cada uno de los ancianos, niños y mujeres de Coviacum que, conscientes de que no habría piedad para ellos una vez que las defensas fueran desarboladas, vencieron sus miedos y lucharon con uñas y dientes por cada palmo de terreno, su terreno.
Marco, Galieno, Issa y yo mismo, e incluso las mujeres que nos acompañaban, habíamos participado en la lucha. Es más, tras la muerte de Lucio, los habitantes del castro habían confiado en Marco para que asumiese el mando de la defensa. Pero el combate, a pesar de resultar propicio, había terminado marcando a fuego una sombra indeleble en nuestros corazones. Durante el mismo perdimos a Galieno, el valiente y jovial Galieno, y con él murió una parte de cada uno de nosotros. Conocía al chico desde que era un mocoso, y me acompañaba desde que era un muchacho, desde que abandonáramos la finca en llamas en la que había crecido, al igual que su amigo Marco, que, con el semblante demudado por el dolor, y tratando de disimular las lágrimas, se encontraba a mi lado mientras lo enterrábamos.
Galieno luchó como un valiente. Rápido, fuerte, ágil, osado y generoso, muchos guerreros godos habían perecido bajo el empuje de su espada. Pero quiso el destino que fuera a encontrar la muerte a manos del cabecilla godo que lideraba el ataque. Liuva, el gardingo. Maldito sea por siempre su nombre y el de los suyos.
Él tampoco salió bien parado, pues cayó sobre aquella misma muralla que trataba de tomar por la fuerza. Mientras yo luchaba con denuedo en el otro extremo del recinto, mis muchachos al final habían logrado acabar con él. Galieno, antes de sufrir el golpe que segó su vida, lo había herido en una pierna; y tras él, Marco e Issa habían terminado el trabajo. A la vez que una certera flecha del britano se clavaba en la espalda del godo, la afilada hoja del hispano encontraba el hueco para hincarse con violencia en el pecho de su rival.
Aunque a regañadientes, al final tuve que rendirme ante la insistencia de Marco, y el entierro del cuerpo de Galieno, allí bajo la fría tierra de Coviacum, fue oficiado por un sacerdote cristiano. Por otra parte era lógico, porque desde pequeño Galieno había profesado su fe, aunque luego disfrutara sobremanera en el campo de batalla y en el campo del amor tanto como cualquier bárbaro pagano. Lucila, nuestra anfitriona y la dirigente del poblado tras la muerte de su hermano en la batalla, asistió al funeral acompañada de uno de los dos sacerdotes del lugar. El tipo, bajito y un poco metido en carnes, estuvo departiendo largo rato sobre su credo, utilizando enrevesados y absurdos juegos de palabras que yo no entendía; y por las caras de muchos de los presentes, creo que no era el único. Así que, tras escuchar las primeras palabras del sacerdote, me limité a dejar volar mi mente en silencio, con los ojos cerrados y sin soltar la empuñadura de mi espada, despidiéndome a mi manera.
Al funeral asistimos sus amigos: Issa, su pareja hispana, Vera, y tras ellos las últimas incorporaciones a nuestro peculiar y heterogéneo grupo: Sunna, una bella mujer de semblante grave y origen vándalo a la que habíamos rescatado de la casa del obispo de Asturica, y firmemente asido a su mano un pequeño sinvergüenza al que le había prometido, en un impulso, que lo protegería durante la batalla y que no se separaba de nosotros desde entonces, tras quedar huérfano en la contienda. También estuvieron los que habían luchado a nuestro lado, encabezados por el veterano Arcadio y su inseparable Linto, e incluso algunos de los que aquellos días habían luchado contra nosotros. Fue una escena extraña, pero no en vano eran también sus amigos, aunque el destino hubiera dispuesto que tuviéramos que enfrentarnos de tan cruel manera. Marco rezando con los párpados fuertemente apretados, yo aferrado a mi espada, Issa mirando al sacerdote con el ceño ligeramente fruncido, como si su incansable verborrea molestara a su reflexión; las lágrimas de Vera, la palidez de Sunna, y Arcadio y Linto escrutando con ojos furiosos a los godos, atentos a cada uno de sus movimientos... Salla, vestido elegantemente con una enorme capa negra y desarmado, cruzó el poblado seguido del gigantesco Ibbas y del fiel Witiza para apoyarnos en esos duros momentos. Nada más llegar, y ante las frías miradas de muchos de los hispanos que se encontraban cerca de nosotros, el joven godo nos abrazó fuertemente uno a uno, y por último, antes de regresar a donde lo esperaban los suyos, se dirigió a la tosca estela bajo la que descansaría para siempre el cuerpo de Galieno y, de rodillas, extrajo del interior de su capa con solemne lentitud una pequeña cruz ribeteada de hueso que llevó primero a sus labios y después introdujo suavemente en la tierra antes de levantarse y hacer con sus manos la señal de la cruz. Salla también era seguidor de Cristo, no debía olvidarlo, aunque, como el resto de su pueblo, de la rama arriana, así que era tenido por los cristianos hispanos como un hereje digno del peor de los tormentos. Amor fraternal lo llaman...
Pero, de alguna manera, aquel sencillo entierro en el que nos reunimos amigos y enemigos, paganos y cristianos, entristecidos todos por la misma pena, me permitió intuir que existe algo más importante que las ideas, los rencores e incluso los dioses, algo que puede llegar a unirnos a todos los hombres, aunque sea por un efímero instante que, rota la magia, pronto se desvanece.
Yo, aferrado a la empuñadura de mi acero, me repetía a mí mismo que, si bien Galieno había partido, me esperaría allá donde Anderico y tantos otros ya me aguardaban desde hacía años y se divertiría con ellos hasta que me llegara el momento de ir a su encuentro para disfrutar de la eternidad juntos. Pero ese momento debía esperar, pues a mí aún me quedaba mucho que hacer en aquella Hispania convulsa en la que me había tocado nacer, y por la que sentía que todavía merecía la pena luchar.
Una semana después de la última batalla, antes del amanecer ya me encontraba en la muralla esperando el sagrado momento en que el sol apareciera por el oriente e iluminara mi rostro, cuando llegó a mi lado Arcadio, moqueando ostensiblemente.
—Tienes que convencer al chico para que se quede, alano —me espetó, a modo de saludo.
Giré lentamente el cuello y lo miré, alzando una ceja.
—Pensé que odiabas todo lo que proviniera de los godos, amigo, pero si insistes hablaré con Salla.
—Maldito idiota, eso no ha tenido ni pizca de gracia. ¡Hablo de Marco! Tiene que quedarse y ocupar el lugar de Lucio —me dijo mientras apoyaba su espalda en la fría piedra, soltando un nuevo reniego al notar la humedad.
—Eso tendrás que decírselo a él, Arcadio —respondí con seriedad, consciente de que tal cosa nunca ocurriría.
El tío de Marco le había hecho prometerle, cuando partimos de su casa de Lucus, que volvería una vez acabada la campaña, ya saciada la sed de venganza del joven, para atender los negocios familiares y ocupar su lugar en la sociedad lucense. Yo, por mi parte, le había prometido a Cayo que protegería a su sobrino hasta llevarlo sano y salvo de vuelta, y también tenía mis propios motivos para querer regresar a la ciudad —entre ellos Aspasia, mi bella hispana, a la que nunca pensé que extrañaría tanto y con la que pretendía tener unos cuantos mocosos antes de que fuera demasiado tarde... si es que no lo era ya—, por lo que era el primer interesado en retomar la antigua calzada hasta nuestro hogar. Un hogar. Cuando lo pensaba, se me hacía extraño que, tras tantos años de deambular sin rumbo por media Hispania, por fin pudiera referirme a algún lugar como mi casa.
Arcadio interrumpió bruscamente mis pensamientos.
—Lucila no se lo quiere decir, pues no desea comprometerlo. Pero nos hace falta un líder después de la muerte de Lucio.
—Lucila tiene suficientes arrestos para dirigir esto ella solita —repuse, plenamente convencido después de haber conocido el temperamento de la mujer.
—No me hagas reír, alano. Claro que los tiene, pero entonces los ancianos la obligarán a desposarse y será a su esposo al que escuchen. Por favor...
—Pues cásate tú con ella. —La mirada furiosa que me dirigió Arcadio me hizo sonreír y esbozar un gesto conciliador—. De acuerdo, de acuerdo... Te prometo que lo hablaré con él. Tranquilo, optio.
Las chispas recién desvanecidas volvieron a inflamar sus ojos, y pareció que iba a estallar en ese mismo momento, pero se contuvo y miró a su alrededor para comprobar que nadie nos había escuchado.
—¡No me llames así! Todo lo que te dije aquella noche eran meras ocurrencias de un viejo y desengañado borracho.
—Lo que quieras, optio —le respondí, divertido, ensayando un remedo de saludo militar.
El veterano Arcadio, que hacía las veces de capataz, protector y consejero de Lucila, como también lo había sido de su difunto hermano Lucio, había servido bajo las águilas de Roma durante casi toda su vida, hasta que el destino lo había llevado a conocer al padre de los chicos cuando vagaba sin rumbo por la castigada Hispania, y junto a él, en aquel castro perdido, había encontrado su lugar.
Abandonó mi lado farfullando algo sobre su opinión acerca de los alanos chismosos y lo que habría que hacerles, pero no le hice caso y esperé a que el sol terminara de asomar en el horizonte antes de descender de la muralla.
Era lógico que pidieran a Marco que se quedara en el castro. Para los hombres y las mujeres de Coviacum éramos héroes: habíamos escoltado a la hermana de su líder desde la saqueada Asturica hasta el castro, la habíamos traído sana y salva pese a multitud de peligros, y habíamos llegado además en el momento justo para liderar la defensa del castro contra la repentina aparición de una horda de invasores. No estaba mal como carta de presentación, la verdad. Ellos hablaban de la mano de Dios, que nos había guiado para ejecutar sus designios. Pero después de algunas conversaciones con Salla y los suyos, yo tenía una idea, mucho menos halagüeña para nosotros, de cómo se había desarrollado el asunto en realidad. Y mucho me temía que, más que salvadores enviados por su dios, éramos, en cierto modo, responsables de que semejante tormenta de acero se hubiera abatido sobre las sencillas gentes de Coviacum. No creo que Arcadio nos hubiera culpado por ello, pero ciertamente era una historia que no me apetecía compartir.
Tras algunas breves pero reveladoras charlas con Salla, al fin se habían confirmado mis sospechas sobre los motivos de la insistencia goda en hacerse con el castro. Nuestra apresurada huida desde Asturica no había pasado tan desapercibida como esperábamos, aunque tuviésemos motivos para temer lo contrario. Durante el asalto a la ciudad por el ejército godo, nosotros, que descansábamos ajenos a todo en el palacio del obispo Toribio, fuimos sorprendidos por un grupo de saqueadores. El destino quiso que su cabecilla fuera el favorito de Liuva, su hombre de confianza: Segga. Por fortuna para Lucila, y por desgracia para nuestros intereses, cuando tratábamos de escapar del infierno en el que se había convertido la casa del obispo nos topamos en la entrada con el godo arrastrando a la hispana, mientras sus hombres ponían patas arriba la casa en busca de riquezas. La huida ya no era posible con Segga en nuestro camino: habíamos acumulado demasiadas cuentas pendientes, tanto con él como con su jefe, durante nuestra estancia con el ejército godo, y una vez cara a cara en medio de aquella locura, el enfrentamiento era inevitable.
Luchamos hasta acabar con nuestros atacantes y huimos a la carrera de la casa, llevándonos con nosotros a la noble hispana y a Sunna, que formaba parte del servicio del obispo Toribio, a las que acabábamos de conocer. Escondiéndonos de la locura que se adueñó de las calles de Asturica y la convirtió en un auténtico infierno, logramos salir de la ciudad y seguimos la ruta propuesta por Lucila, únicamente porque nos había ofrecido unos buenos caballos con los que viajar a Lucus si accedíamos a escoltarla. Tras pocos días de marcha llegamos al castro.
Aunque detectamos ciertos movimientos de jinetes por la zona, tras varios días de tranquilidad por fin nos convencimos de que se trataba tan solo de algunos exploradores desgajados de la partida goda que andaban echando un vistazo por la zona y de que nuestras preocupaciones habían terminado. Pero no fue así; ya sabíamos que al menos uno de los guerreros de Segga, herido por una flecha, seguía con vida cuando nos marchamos y podía relacionarnos con el altercado ante su jefe. Esperaba que hubiera muerto desangrado antes de tener la oportunidad, pero se ve que al maldito cabrón le dio tiempo de delatarnos. En cuanto Liuva tuvo noticias, envió a algunos de sus hombres a seguirnos el rastro, mientras él continuaba en la ciudad, rumiando su venganza y esquilmando las pocas riquezas que había en Asturica. Y sus sabuesos dieron con nosotros y revelaron nuestro paradero a su señor.
Pocos nombres recuerdo con tanto odio como el del gardingo. Liuva... El arrogante guerrero ya consideraba que había acumulado motivos de sobra para querernos muertos, pero el haber acabado con su hombre de confianza convirtió sus deseos de venganza en una auténtica obsesión. Para ser justo, si alguien hubiera acabado con alguno de mis muchachos y yo lo supiese vivo y en las cercanías, también habría estado dispuesto a perseguirlo hasta el mismísimo infierno; y el godo, al que nunca tuve por un hombre cabal, y que disponía de hombres a su mando y una considerable influencia entre el resto de los cabecillas, no escatimó esfuerzos por hacer lo propio, hasta rebasar con creces, a mi parecer, los límites de la sensatez. Sin embargo, ante la pregunta de si yo habría dado por buena la pérdida de cerca de siete centenares de guerreros para tener una oportunidad de vengar la muerte de Marco, no sabría qué responder.
Así, antes de que el dux Cyrila, el comandante de la columna que había saqueado Asturica sin piedad, emprendiera de nuevo la marcha hacia la Galia con la bolsa menos llena de lo que le hubiera gustado, Liuva se encargó de convencer a otro importante y ambicioso líder godo, Segismund, para que lo siguiera si quería encontrar el oro que Asturica no les había reportado. Segismund, un lobo hambriento de riquezas, enseguida prestó oídos al gardingo. Este, según luego sabría Salla por los rumores de la tropa, inventó una fantástica historia sobre las supuestas riquezas que se guardaban en Coviacum, al resguardo de ojos indiscretos. Lo primero que debió de extrañar a Segismund era que Liuva compartiera con él semejante secreto, pero el gardingo lo persuadió explicándole que él solo no contaba con suficientes hombres para lograr su propósito y que necesitaba su apoyo y el de los suyos. Finalmente, Segismund se dejó regalar los oídos con las fantasías de Liuva acerca del botín que guardaban aquellos toscos muros: un lugar perdido para un tesoro perdido. Una gran columna de guerreros se desgajó del ejército principal, dispuestos a hacerse con el castro y regresar a su hogar cargados de oro, plata y joyas, y entre ellos, Salla y los cincuenta hombres que su padre había dejado a su mando, pues el propio Cyrila había ordenado que quedaran bajo las órdenes de Segismund.
El muchacho pensaba que, en el fondo, el viejo dux se avergonzaba de su falta de firmeza al dejarse convencer por los argumentos de Segismund y el burgundio Gundemar, partidarios de permitir un desahogo a la tropa, pues muchos de los guerreros habían comenzado a protestar por el escaso botín que la campaña les había reportado a causa de las órdenes de Teodorico de respetar a la población local. El saqueo de Asturica se condujo con una brutalidad que el comes Akhila, el padre de Salla, siempre recto, moderado y fiel a los designios del monarca, y perfectamente capaz de transmitir esta disciplina a sus hombres, de seguro habría reprobado. Y dado que Akhila ondeaba la bandera de Teodorico contra el usurpador Agriwulf en la cercana Gallaecia, después de que el warno traicionara la confianza del rey al ponerse al frente de los suevos que quedaban en la región en lugar de someterlos al dominio godo, tal y como dictaban sus órdenes, sin duda pensó que lo mejor era enviar a Salla lejos del lugar, para que no tuviera ocasión de informar a su padre de los excesos cometidos en la puerta de entrada de la provincia, Asturica Augusta.
Liuva tejió su ardid con sumo cuidado, apurando a Segismund a realizar el trayecto lo más rápido posible con la amenaza de que sus espías le habían informado de que los hispanos del poblado estaban inquietos y podían estar valorando huir con sus riquezas a cuestas. Y así, en poco tiempo se encontraban frente a las murallas dispuestos a tomar el castro al asalto, Segismund soñando con montañas de oro y plata y Liuva, con nuestras cabezas cercenadas. Lo que no podía esperar el godo era que semejante peñasco le fuera a resultar tan difícil de tomar por la fuerza. Lo que creía que sería un paseo militar en el que acabaría con sus odiados enemigos sin apenas esfuerzo se convirtió en una maldición para los suyos. Y la situación aún se agravó más cuando Segismund fue a reunirse con sus ancestros, allá en la pocilga en la que lo esperaran, gracias al filo de mi espada, pues la locura de Liuva no hizo sino inflamarse todavía más tras la afrenta que supuso la inesperada derrota sufrida en la primera tentativa de asalto planteada.
A pesar de haber dejado en el intento a casi la mitad de sus hombres, y con la amenaza de exponerse a una nueva derrota, el gardingo no cejó en su empeño. Entonces, al mando de la expedición, y con los hombres de Segismund apoyando su afán de vengar a su capitán, Liuva perseveró en su idea de tomar la plaza costara lo que costara, a pesar de las objeciones planteadas por algunos de los cabecillas más sensatos, como el propio Salla, que entendían que el botín que podían obtener no representaba premio suficiente para compensar la cantidad de vidas perdidas bajo aquellas murallas. Cualquier hombre caído en Coviacum sería un guerrero menos para defender la causa de Teodorico en la Galia, por lo que era de suponer que el propio rey pediría explicaciones por el riesgo asumido, incluso en caso de victoria. Pero para Liuva ya no existía Teodorico, ni era prciso prestar atención a aquellos alfeñiques que se sentaban en su tienda; Liuva solo pensaba en nuestras cabezas ensartadas en afiladas estacas. Así que despachó a aquellos que le llevaban la contraria con airadas acusaciones de cobardía y siguió adelante, hasta que terminó con su propia cabeza adornando nuestra barricada. Al recordarlo no pude evitar sonreírme por las ironías del destino.
Froté mis magullados brazos, que los rayos del sol comenzaban a calentar agradablemente, bajé de la muralla y recorrí el camino de tierra que cruzaba el castro hasta la pequeña casa de piedra en la que nos habíamos instalado. El poblado, anteriormente atestado por la cantidad de refugiados que se habían parapetado tras las murallas ante el avance godo, ahora resultaba demasiado grande para los supervivientes del asedio, por lo que ya no compartíamos estancia con los lugareños, sino que teníamos una cabaña propia Marco, Issa y yo mismo. Nuestras mujeres —si es que podíamos llamarlas así— continuaban viviendo con Lucila, y nuestros amigos godos soportaban como podían las inclemencias del clima de la meseta en un pequeño campamento levantado a los pies de las murallas.
Cuando llegué al pequeño collado donde estaba nuestra cabaña me encontré con Sunna, que me esperaba en la puerta con gesto contrariado y los brazos en jarras. Sonreí al verla; estaba bellísima, con su sencillo traje de color parduzco, su manto gris sobre los hombros y aquel mohín de disgusto con el que me escrutaba, los claros ojos brillando y los labios ligeramente entreabiertos. Realmente, debía dejar de pensar en ella de esa manera, ya que en breve regresaríamos a Lucus; pero simplemente no era algo consciente, aquellos pensamientos me asaltaban a traición, sin apenas pasar por el filtro de mi cabeza.
—Y bien, ¿dónde te habías metido, viejo cascarrabias? —me espetó, indignada—. Si tú eres un irresponsable, al menos tus costillas no deberían sufrirlo. Además, tengo otras cosas que hacer aparte de esperarte aquí plantada.
—No me trates como si fueras mi madre, Sunna; nunca he tenido madre, y no sé bien cómo debo responder...
—No sé por qué me preocupo por ti, si ni tú mismo lo haces, bárbaro desconsiderado. —Meneó la cabeza y se giró hacia la cabaña.
Durante la batalla recibí un feo lanzazo en las costillas, y si salvé la vida fue únicamente gracias a la excelente malla que vestía y que antes había pertenecido a Segga. Tras el golpe, en la cota quedó un agujero del tamaño de mi puño, y hacía varios días que descansaba junto a la cantidad de trabajos pendientes que tenía Belas, el herrero, apilados por doquier en su oscuro taller. Pero aunque la herida no fue grave, mis costillas sí que sufrieron bastante: el costado se me amorató al instante, y con el paso de los días había ido pasando por toda la gama de tonalidades entre el rojo negruzco y el morado verdoso. Además, los dolores al respirar eran considerables, y mejor no hablar de rozar siquiera la zona con algo más recio que la ropa que la cubría.
Como había supuesto desde el principio, al menos un par de costillas estaban rotas o astilladas; ese fue también el diagnóstico de Vera tras un primer vistazo, y luego el físico del poblado lo corroboró. Me aconsejó que no hiciera grandes esfuerzos y me surtió de una buena cantidad de un ungüento pastoso de fuerte olor, que cualquiera sabía qué ingredientes contenía. Sunna se había ofrecido a aplicármelo cada día, visto que Vera debía pasar la mayor parte del tiempo atendiendo al pobre Wulfila, que no solo estaba más grave, sino que además protestaba bastante menos que yo. Así que la vándala, mañana tras mañana, palpaba con cuidado mi costado lastimado, aplicando el apestoso mejunje con sus manos frías, delicadas pero firmes, para luego vendarme el torso. Con el tiempo, fue resultando peor soportar el tacto de las manos de Sunna sobre mi piel sin que mi traicionero cuerpo reaccionase de manera ostensiblemente inadecuada aparte del dolor de la propia herida; pero alguien debía atenderme, por mucho que yo tratara de evitarlo buscando cualquier excusa que se me ocurriera.
—De acuerdo, de acuerdo, tienes razón —dije para intentar apaciguarla mientras entraba detrás de ella, deteniéndome en el umbral—. ¿Dónde están los muchachos?
—Issa salió temprano con Vera, y Marco ha ido con Linto a ver a Lucila.
Mierda, pensé rápidamente. Encima, esta vez a solas. Pero Sunna ya tenía todo dispuesto para la cura, así que no había marcha atrás. Me sentí algo ridículo, como un estúpido adolescente con la cabeza llena de absurdas fantasías, así que decidí dejarme de mojigaterías y afrontar aquello como un adulto.
—Pues venga, aunque te advierto que estoy muchísimo mejor —mentí sin tapujos.
Entré en la desangelada cabaña, invadida por el familiar olor de la mezcla que Sunna convertía en la espesa cataplasma, que ya se encontraba preparada en un pequeño recipiente que reposaba sobre la mesa. Suspiré, me quité la capa y luego aparté también la tosca camisa de lana. Hacía frío, y sentí un ligero temblor que recorrió mi cuerpo, quizá no solo debido al aire gélido, sino también a la desagradable sensación de vulnerabilidad que me asaltaba al descubrirme frente a la vándala. Ella, aparentemente ajena a mi incomodidad, tomó el cuenco de la mesa y se acercó removiendo su contenido con energía, lo colocó en el suelo, a mi lado, y tras retirar las vendas sucias comenzó a aplicar el ungüento, palpando la herida con cuidado. Lo que en un principio tuvo un color violáceo comenzaba a verse ligeramente verdoso por los bordes, aunque el centro seguía oscuro y caliente, además de considerablemente inflamado. Al menos ya no me costaba tanto respirar como los primeros días, pero sí que me dolía horrores cuando lo presionaban como lo hacía Sunna en ese momento. Me removí, protestando por lo bajo, aunque lo cierto es que agradecía poder fijar mi mente en el dolor y apartar de ella todo lo demás. Por todos los dioses... Llevaba demasiado tiempo sin una mujer, y cuando estaba a punto de volver a Lucus con mi absurda promesa de fidelidad a Aspasia, formulada en un momento de arrobamiento místico —o locura senil, según se mire— a la mártir santa Eulalia, intacta, todo aquello comenzaba a resultarme extremadamente penoso. Menos mal que la vándala no me hacía ningún caso y eso convertía mi lucha interior en poco más que una preocupación estéril que solo afectaba a mi propio orgullo.
Con mano experta, muy concentrada, continuó aplicando el emplasto, extendiéndolo con sus dedos hasta formar una fina capa homogénea sobre la herida. Yo, con los ojos cerrados, aguanté tratando de permanecer inmóvil, a la vez que pensaba en vacas rumiando —o en ratones correteando, o en lo más absurdo que se me ocurriera—, ya que es prácticamente imposible excitarse cuando uno piensa en cosas así. Cuando llevaba ya un buen rato, de repente paró el metódico proceso y se levantó en busca de las gasas de lino limpias con las que me vendaría. Que cada día tuviéramos que sustituir buenas y caras gasas como aquellas que ni siquiera habían tenido tiempo de ensuciarse para mí era un dispendio inadmisible, pero Lucila insistió en proveernos de ellas para curar nuestras heridas durante el tiempo que disfrutáramos de su hospitalidad.
Sunna comenzó a vendarme con cuidado, presionando con una mano la gasa sobre mi costado, y yo la ayudé dando vueltas sobre mí mismo, mientras ella afianzaba fuertemente el tejido. Cuando había dado apenas tres vueltas estaba ya algo mareado, no sabía si por el olor del mejunje, por el movimiento, o por estar a solas con Sunna en la misma habitación. Las malditas vacas huyeron a la carrera de mi prado imaginario. Pero, por fortuna, en ese momento, Issa penetró ruidosamente en la habitación.
—Siento molestaros —dijo, con el pelo alborotado y un gesto de culpabilidad en el rostro. El chico debía de haber salido temprano con Vera para contemplar el amanecer, igual que yo, pensé divertido—. Te estaba buscando, Attax; fui hasta la muralla pensando que te encontraría, pero...
—De allí vengo, Issa, pero ahora Sunna me tiene prisionero por este rasguño.
—Marco quiere que nos reunamos con él en la tienda de Salla; nos esperarán allí.
—¡Este muchacho no se va a dar cuenta nunca de que tiene que darle descanso a esa pierna! —exclamé, enfadado.
Marco había sufrido un corte a la altura del muslo durante la lucha, y hacía días que lucía un aparatoso vendaje y debía caminar ayudándose de una tosca muleta. También a él le habían recomendado reposo para que su herida sanara. El único de los nuestros que había escapado ileso de la batalla fue Issa, aunque todavía lucía vendajes en los dedos por los cortes que se había hecho al disparar sin descanso la cantidad de flechas con las que había inundado el frente godo.
—Mira quién fue a hablar —me interrumpió Sunna, socarrona.
Issa no pudo por menos que sonreírse, y seguidamente me hizo un gesto indicándome que me esperaría fuera.
Mientras hablaba con el britano, Sunna había terminado de vendarme, y ahora comprobaba que había quedado el vendaje lo suficientemente firme para aguantar sin desprenderse hasta la próxima cura.
—Es una lástima que no tengas más barriga, alano; así estaría segura de que no se te escurrirían las vendas. Pero estás demasiado flaco para eso.
—La culpa es de estos mocosos, que en lugar de darme tranquilidad y banquetes, como merezco, me obligan a luchar sin descanso.
Me dio una ligera palmada en el costado que hizo que me doblara sobre mí mismo.
—Veo que estás mucho mejor, alano, tienes razón —repuso con ironía ante mi mirada dolida—. De todas formas, mañana vendré a la misma hora.
Recogió sus cosas y salió por la puerta sin despedirse; la seguí con la mirada mientras abandonaba la estancia, y me volví a vestir con la tosca camisola y la vieja capa antes de recorrer otra vez los fríos caminos de Coviacum. Fuera me esperaba Issa, despidiéndose cariñosamente de Vera, que salió a toda prisa en pos de Sunna. Me hacía gracia el rol que desempeñaba la vándala, aun sin proponérselo, en la vida de la hispana. Tras varios meses rodeada únicamente por duros y zafios guerreros —además, eso sí, de su amado Issa y el atento Salla—, la aparición en nuestro grupo de otra mujer, bastante mayor que ella, parecía que le había reportado la tranquilidad y seguridad que ni siquiera había sido consciente de que le faltara. Sunna se había convertido en una especie de madre para la hispana.
—¡Vamos, chico! —dije, acelerando el paso.
—¿Cuándo nos iremos, Attax? —me preguntó él, poniéndose enseguida a mi lado—. Vera no hace más que preguntarme qué pasará con Sunna: si nos acompañará o si se quedará en Coviacum.
Buena pregunta... ¿Qué haría la vándala? Cierto era que la habíamos salvado de una muerte segura en Asturica y la habíamos llevado con nosotros hasta el castro, pero no sabía si nos acompañaría hasta Lucus o preferiría tratar de volver a lo que quedara de su vida en casa del obispo —que a esas alturas suponíamos muerto o prisionero de los godos—, o tal vez quedarse en Coviacum junto a Lucila. Me la imaginé regresando con nosotros a Lucus, e incluso sirviendo humeantes cuencos de guiso en nuestra taberna; desde luego, tenía carácter suficiente para lidiar sin problemas con los parroquianos. Valoré la idea con sentimientos encontrados: por un lado no deseaba perderla de vista, pero por otro... pensar en su mera presencia en Lucus me ponía nervioso. Aspasia, mi bella hispana, era celosa: no quería ni figurarme lo que me diría si me pillaba persiguiendo a Sunna con la mirada. Pero todo eso no era más que adelantar acontecimientos: primero debíamos ofrecerle que nos acompañara, y luego ella tenía que aceptar.
—Le preguntaremos a nuestro importante y cojo amigo, Issa. Últimamente se le da muy bien eso de decidir por los demás.
Seguimos descendiendo por el camino hasta salir por el desvencijado portón. Tras el asalto, los habitantes de Coviacum se habían apresurado a reutilizar aquellos maderos que todavía podían aprovecharse, y habían dispuesto otros tantos —arrancándolos incluso de las propias casas, muchas de ellas ahora vacías— para volver a atrancar la puerta. Ni de lejos era tan maciza como antes del ataque, pero al menos daba una sensación de seguridad que permitía a los lugareños dormir relativamente tranquilos. En los alrededores apenas quedaba ya rastro de la masacre que tuvo lugar sobre aquella misma tierra que pisábamos. Tan solo, por orden de Marco y con el consentimiento de Lucila, continuaba clavada en el suelo la estaca donde reposaba empalada la cabeza de Liuva, cada vez más deteriorada. Los lugareños la habían aceptado como una especie de trofeo que les recordaba su heroica victoria y además les servía de advertencia a los godos que permanecían en los alrededores. Para Marco tenía también otro significado, y era el constante recuerdo de su venganza por la muerte de Galieno. Ni un instante del tiempo que permanecimos en Coviacum lo olvidó, ni tampoco durante mucho tiempo después.
Escupí mecánicamente al pasar a su lado, y no pude dejar de fijarme en sus flácidas facciones infestadas de moscas. Particularmente, me parecía más desagradable cuando estaba vivo, con sus ojos animados por aquel orgullo desmedido, que entonces, convertido en un maltratado despojo.
Tras un pequeño paseo extramuros, llegamos hasta donde Lucila, por consejo de Arcadio, había permitido acampar a Salla y a los suyos. El campamento se encontraba lo suficientemente alejado del portón para asegurar que no pudieran acercarse hasta el poblado por sorpresa, aunque aquel pequeño grupo de menos de treinta godos en disposición de empuñar un arma no representara realmente una amenaza. Además, todos era hombres de Akhila, y por extensión de Salla, unidos a su padre por juramento de lealtad, muchos incluso durante varias generaciones. Eran hombres duros y violentos, no podía negarlo, pero fieles a Salla hasta las últimas consecuencias, y por las buenas intenciones del joven sí que estaría yo dispuesto a poner la mano en el fuego.
Habían desplegado una decena de grandes tiendas, trasladadas desde su campamento original a varios estadios de la muralla. En cuatro de ellas pasaban las noches los hombres ilesos, y en las restantes, los heridos más graves iban mejorando poco a poco, cuando no pasaban a engrosar las filas de los caídos. Allí estaban todos, salvo Wulfila, que por empeño de Marco se encontraba dentro del poblado, bajo los atentos cuidados de Vera, que como él mismo había comprobado en Emerita eran suficientes para hacer sanar casi cualquier dolencia. Entre sanos y heridos, podría haber cerca de ochenta hombres. Tan solo se quedaron aquellos guerreros cuyas heridas les impedían caminar, mientras que el resto, con brazos en cabestrillo, costillas rotas u otras dolencias menores, habían partido hacía días con el grueso de los supervivientes, con destino a la Galia.
Salla estaba de un humor huraño: en poco recordaba al joven vivaracho que habíamos conocido un año antes. Solo en contadas ocasiones, como en el funeral de Galieno, habíamos podido hablar abiertamente. Por lo general se concentraba con todas sus fuerzas en ayudar a sus hombres en la agotadora tarea de dar sepultura a la atroz cantidad de muertos del ejército godo. Probablemente lo hacía para evitar pensar y recordar que él había sido uno de los culpables indirectos de la muerte de Galieno. También sufría por Wulfila, aunque al menos las heridas de aquel iban sanando lentamente. Además, al final le tocaría a él explicar ante Teodorico las causas del estrepitoso fracaso, las cuantiosas pérdidas sufridas y, como colofón, su orden de detener la batalla. No era, desde luego, una situación envidiable.
Por lo que había hablado con Marco, al muchacho le atormentaba la situación que habíamos vivido pocos días atrás. En cuanto vio el resultado del primer ataque lanzado por Segismund, fue consciente de que lo más inteligente sería recoger el campamento y partir en busca de otra presa más fácil, pero el autoritario mando de Liuva echó por tierra todas sus quejas. Obligado a continuar con el asedio y evitar de esa manera la imagen de cobarde amotinado que quería dibujar Liuva ante el resto de los capitanes, decidió concentrarse al menos en minimizar las probabilidades de un nuevo fiasco para los suyos, así que a él se debió la presencia de aquel monstruoso ariete que terminó por reducir el portón a un montón de maderos inservibles. Liuva, por su parte, confiaba simplemente en la fuerza bruta. Como gardingo del rey y comandante de un fuerte grupo de guerreros, vencedores en muchas batallas, su plan consistía, simple y llanamente, en escalar los muros como buenamente pudieran y acuchillar hispanos hasta dar con nosotros y poder llevar a cabo la venganza que lo obsesionaba. En cambio, por mucho que tratara de difamarlo, los que estuvieron a punto de darle la victoria habían sido Salla y su «juguete», como llamaba Liuva al ariete. Se reía ante el que lo quisiera escuchar de las precauciones que tomaba el chico para que los guerreros que lo cargarían estuvieran protegidos frente a los ataques desde la muralla, afirmando que semejante panda de campesinos no podía representar obstáculo alguno, y que bastaría con el arrojo de sus hombres para destrozarlos. Valiente estúpido que adornaba el portalón del castro.
Los hombres de Salla pasaban poco tiempo en su campamento, ocupados en la tarea de enterrar a sus muertos en el lugar designado para tal fin, a poco más de una milla de distancia de las tiendas, cerca de donde se habían asentado originalmente bajo el mando de Segismund. Eran muy pocos para la cantidad de caídos que debían enterrar, por lo que la mayor parte del día la pasaban trabajando a destajo con la pala. Los lugareños, con Lucila a la cabeza, habían insistido en que los caídos godos no podían ser enterrados en las cercanías de la muralla, como en un inicio había solicitado Salla. Por un lado lo entendía, para evitar el debilitamiento de la base de los muros, pero el argumento que esgrimieron los sacerdotes y la propia Lucila me pareció estúpido e infantil —pero claro, yo soy un bárbaro—: no querían que los cadáveres de esos herejes mancillaran la tierra de Coviacum. Al menos, Marco había conseguido que les cedieran dos recias carretas con las que transportar los cuerpos desde el castro hasta el emplazamiento elegido como su última morada. Cada vez que veía a Ibbas y le preguntaba con sorna por su espalda, me miraba furioso, y me decía que, después de semejante martirio, entendería que sus compañeros lo incineraran cuando muriera en el campo de batalla.
Saludamos con la cabeza a un par de cansados guerreros que hablaban en voz baja, sentados junto a una cacerola humeante, y ellos a su vez nos reconocieron y nos indicaron dónde encontrar a su jefe, que estaba en la tienda que compartía con Ibbas, Witiza y otros dos guerreros. Abrimos la recia tela, y allí estaba Marco, sentado cómodamente en una especie de taburete bajo y con la pierna herida descansando en otro. Mientras, Salla caminaba sin parar, recorriendo la estancia una y otra vez con las manos entrelazadas tras su espalda.
—Habéis madrugado hoy —saludé antes de acercarme hasta donde estaba Marco.
—Y tú has tardado, Attax —me respondió Marco de mal humor, sin dejar de darle vueltas entre sus manos a una sencilla lamparilla de aceite que más de una vez estuvo a punto de acabar en el suelo.
El chico tenía mala cara: apenas había dormido en los días posteriores a la batalla y se había dejado una descuidada barba que le daba un aspecto desaliñado.
—Sentaos, amigos —nos indicó Salla—. Llegáis justo a tiempo para darnos vuestro punto de vista. —El godo parecía sereno, e incluso mostraba cierta resignación en su rostro—. Marco y yo debatíamos sobre la reacción que cabe esperar de Teodorico frente a lo que ha sucedido aquí estos días.
Suspiré, y me propuse tratar de ser sincero pero no hiriente.
—Tú todavía eres joven, Salla, pero ya aprenderás que, en esta vida, quien tiene la razón es quien primero expone sus argumentos. Y tú sigues aquí mientras la mayoría de los guerreros ha partido. Mucho me temo, muchacho, que eso no va a beneficiarte: cuando llegues junto a Teodorico, este ya habrá oído la historia de labios de algunos de los capitanes más descontentos, que aprovecharán que no estás presente para criticar tu actuación. Yo que tú procuraría no demorar demasiado la partida. Es más, me plantearía incluso partir en la dirección opuesta, bien lejos de la corte de Tolosa.
—No hagas caso a Attax, Salla. Gracias a ti se han salvado más de dos buenos centenares de guerreros que podían haber encontrado la muerte por el empeño de un demente, y eso también tiene que verlo el rey.
Me encogí de hombros.
—Haz lo que quieras, Salla, pero no olvides mis palabras.
—Aun así, sea lo que sea que me espere en Tolosa, tengo que regresar. No puedo defraudar a mi padre y a los míos.
Al oír hablar del padre del muchacho me di cuenta de que no sabía nada sobre cómo le iba en su misión en Gallaecia.
—¿Sabes algo de tu padre, Salla? ¿Cómo le va al bueno de Akhila?
—Apenas hay noticias. El dux Cyrila solo había logrado acceder a algunos escuetos informes que hablaban de que, tras alguna pequeña victoria inicial, se encontraba guerreando en lo más profundo de Gallaecia.
—Regresa con nosotros a Lucus: siempre necesitaremos hombres valientes como tú y los tuyos —intervino Marco, animado de repente por la agradable perspectiva.
Salla nos miró con tristeza, con una leve sonrisa aleteando en sus labios.
—Os agradezco el cumplido, pero me debo a mi familia y a su honor. Tengo que regresar y aceptar lo que Teodorico disponga.
—Déjalo, Marco —intervine antes de que el muchacho tuviera ocasión de insistir—. ¿No ves que quiere volver para poder casarse con la vacaburra aquella, cómo se llamaba, Amalasunta?
Las carcajadas de Marco y de Issa fueron secundadas tímidamente por el godo.
—Gracias por vuestros ánimos, y por tus consejos, Attax. Pero la decisión está tomada: en cuanto Wulfila y el resto de los heridos mejoren lo suficiente, ni antes ni después, partiremos hacia Tolosa.
—Pues no se hable más; dado que la decisión está tomada, pasemos a asuntos menos polémicos. ¿Cómo os va con vuestra ardua labor como enterradores?
Salla esbozó una sonrisa cansada.
—Bien, pese a las quejas de Ibbas y los dolores de mi espalda. En tres días más habremos terminado. Es un trabajo arduo y fatigoso, pero es lo menos que podemos hacer por nuestros camaradas. Aunque ya está bien de hablar de mí; hablemos ahora de vosotros. ¿Cuándo regresaréis a vuestro añorado Lucus?
—Una vez que hayáis partido, nada nos retendrá aquí —respondió Marco con rapidez.
—Ten cuidado con lo que dices, Marco, porque creo que más de uno de los de dentro de la muralla pretenden que eches raíces en el castro.
Esta vez fue Salla el que rio con ganas, para disgusto de Marco, que me miró indignado.
—No mates al mensajero, chico; solo te transmito algo que me han sugerido que te traslade —respondí con sorna—. Yo ya les he dicho que es imposible, que debes regresar a Lucus porque tu palabra está en juego. —Me encogí de hombros antes de continuar—. Pero son insistentes.
—¿Cuánto crees que falta para que Wulf pueda montar, Salla? —preguntó el hispano.
—Supongo que al menos una semana más. Pero intentaré que no se prolongue demasiado. —Me dirigió una mirada de soslayo, que me indicó que apreciaba mi consejo, y luego hizo un guiño a Issa—. Me temo que Vera lo cuida demasiado bien, y no deseo que se acostumbre y acabe por ablandarse.
—Nosotros también partiremos. Preparad todo para irnos en esa fecha —dijo Marco con firmeza, mirándonos a Issa y a mí.
—Tendré que apurar entonces a Belas para que termine de arreglarme la cota, porque creo que se está demorando adrede, pensando que me quedaré aquí mucho tiempo...
Issa interrumpió mi chanza para preguntar lo que preocupaba a Vera.
—¿Y qué pasará con Sunna, Marco? ¿Crees que podría venir con nosotros a Lucus? ¿Le ofrecerás esa posibilidad?
—Hará lo que ella quiera, pero me agradaría que nos acompañara, si esa es su decisión.
—Pues vamos, Issa —interrumpí; a pesar de que estaba seguro de que mi expresión había permanecido impasible, Salla me escrutaba con la ceja algo alzada, y yo no quería arriesgarme a ninguna pregunta indiscreta—. Dejemos aquí a los grandes señores en su tienda de mando, que tenemos que arreglar nuestras cosas para el regreso a Lucus. —Terminé la frase haciendo amago de levantarme.
—¿Adónde vas con tanta prisa, Attax? —me preguntó Salla, sonriente—. Pero ¡si acabas de llegar, hombre!
Volví a sentarme con un leve suspiro; aunque por el brillo travieso de sus ojos apostaría a que barajó la idea de hacerme pasar un mal rato —condenado muchacho, ¿cómo había llegado a adivinar lo que Marco e Issa ni siquiera sospechaban?—, finalmente decidió no indagar más sobre el asunto, y pasamos gran parte de la mañana hablando de lo acontecido en Asturica, el proceder de Cyrila y sus capitanes, las propias sensaciones de Salla y las consecuencias del saqueo. Al fin me enteré de algo que me tenía en ascuas desde que aquella noche me despertara sobresaltado en medio de semejante infierno: ¿cómo habían logrado los godos penetrar en la ciudad sin que mediara lucha alguna?
Por lo que Salla había conseguido a averiguar, poco después de que nosotros llegáramos la ciudad, una pequeña comitiva de ciudadanos acudió al encuentro de los cabecillas de la columna solicitando parlamentar. Enseguida recordé al irascible hispano que había dejado su lugar junto al obispo Toribio durante nuestra recepción protestando airadamente por la actitud de los godos, que abandonaban la provincia quedando aún suevos en la región. No me habría extrañado que estuviera detrás de la iniciativa de tratar de negociar con las tropas godas antes de que fuera demasiado tarde; y sin duda Segismund, que aguardaba con ansia cualquier oportunidad que le permitiera sacar tajada allí por donde pasara, y que nos había demostrado que no le importaba mentir para obtener ventaja, se ofrecería gustoso para acabar con los suevos de Asturica si aquellos dignos ciudadanos se comprometían a franquearles el paso. Y, efectivamente, durante la noche, mientras la mayor parte de los habitantes de Asturica dormían confiados tras sus altas y fuertes murallas, las puertas se abrieron para dejar paso al ejército godo, dejando la urbe a su merced.
Lo que no podían esperar los confiados conspiradores era que sus conciudadanos, e incluso ellos mismos, también sufrirían el destino que habían dispuesto para sus odiados vecinos suevos. El ejército godo pasó a sangre y fuego la ciudad, sin respetar hombres, mujeres, niños ni ancianos, y ni tan siquiera las iglesias y sus sacerdotes. Cualquier objeto de valor fue arrancado de las temblorosas manos de sus legítimos dueños, y el caos cundió para la mera diversión de los guerreros. Como nosotros mismos pudimos comprobar, aquella fatídica noche el infierno se instaló en Asturica Augusta.
El temor de Salla radicaba en que, después de semejante despropósito, la actitud de la población hispana hacia el ejército en repliegue se transformara de la simple desconfianza en hostilidad abierta. Según se difundiera la noticia del brutal saqueo, los guerreros godos serían odiados y vilipendiados allá por donde pasaran, desde el lugar donde nos encontrábamos hasta que cruzaran los montes Pireneos para regresar a la Galia. Sin duda, se lo habían ganado. Comprendía los temores del joven, pues en los próximos días se vería obligado a recorrer el camino hasta su tierra acompañado únicamente por unas pocas decenas de guerreros, muchos de ellos convalecientes de sus heridas; y no sería raro que tan reducido grupo pudiera llegar a ser el blanco de la ira de alguna partida de hispanos deseosos de vengarse, tanto de las tropelías cometidas en Asturica como de aquellas otras de las que no teníamos conocimiento, y que probablemente habrían perpetrado las distintas partidas de godos conforme iban avanzando, cegados por su sed de botín, una vez rota la barrera de contención que había mantenido la disciplina hasta ese momento. El chico tenía razón; no me gustaría estar en su pellejo, ni durante el camino ni tras su llegada a la corte.
Por otro lado, me tranquilizó pensar que el muchacho al menos iba bien acompañado, rodeado de sus hombres de confianza, no solo fieles, sino también excelentes guerreros. Dudaba que encontrasen entre la población local algún grupo capaz de ponerlos en un aprieto, siempre y cuando se limitaran a avanzar sin provocar problemas. Pero eso no quitaba las miradas furiosas y los insultos que tendrían que soportar durante el trayecto. Sin duda, sería una despedida bien distinta a como había sido la llegada de Teodorico a la diócesis. Por suerte, el rey godo había sido previsor y había establecido pequeños puestos guarnecidos allí tras el paso del ejército, por lo que podrían buscar refugio en ellos cuando la situación así lo requiriera, o al menos tratar de avituallarse si los hispanos se negaban a venderles provisiones.
Estuvimos conversando animadamente hasta que el primer turno de los hombres de Ibbas regresó al campamento para descansar y otro grupo partió para relevar a sus compañeros en su ingrata tarea. La rutina en el campamento godo era sencilla: un puñado de hombres permanecía en él para ocuparse de los heridos, así como de las labores básicas, como cazar, cocinar y proteger las armas, mientras el resto, dividido en dos grupos, se turnaba para cavar las tumbas de los caídos. Por mi parte, poco habría tardado en incinerarlos y ver como sus cenizas se elevaban en el gélido viento del atardecer; pero claro, yo solo era un bárbaro, y ellos llevaban más de una semana viendo los cuerpos pudrirse al sol...
II
Los días transcurrían lentamente, ajetreados para los godos fuera de la muralla y plácidos para nosotros, entre otras cosas porque Marco no quería dar muestras que hicieran presagiar nuestra inminente partida. Aunque el mes de mayo ya se encontraba cerca de su fin, en aquella llanura del demonio no había manera de entrar en calor, salvo introduciéndote de lleno en la fogata, algo que no estaría muy lejos de intentar si tanto Arcadio como Linto continuaban con su acoso para que convenciera a Marco de que aceptara su ofrecimiento. No había día en que no me lo recordaran, daba igual que fuéramos de caza o que simplemente nos encontráramos compartiendo, relajados, unos tragos de la amarga cerveza que preparaban las mujeres del castro: al final siempre volvíamos a hablar de lo mismo, e igual era mi discurso. No dejé de pasar tiempo con ellos, porque eran buena gente, y también porque necesitaba evadirme de mi dolor por la muerte de Galieno tratando de mantener mi mente y mi cuerpo ocupados; pero a veces llegaban a exasperarme.
También compartí algunos ratos con Ibbas y con Witiza, pero en su caso, los momentos que tenían para holgazanear eran escasos. Era una lástima no poder juntarlos a los cuatro, pues aunque de orígenes tan dispares y pareceres a priori irreconciliables, hubiera apostado a que con el tiempo o, mejor aún, en otras circunstancias habrían acabado por hacer buenas migas, pues sin duda tenían más en común de lo que los separaba. Pero nadie en este mundo habría sido capaz de conseguir que Arcadio aceptara sentarse con un godo, ni tan siquiera para apurar un buen pellejo de vino.
Cuando el cielo se oscurecía sobre la llanura y llegaba la noche a Coviacum, ya en la tranquilidad de nuestra cabaña, Marco, Issa y yo nos enfrascábamos en largas conversaciones intrascendentes, durante las que evitábamos cualquier referencia a lo vivido sobre las murallas, porque todos sabíamos que si hablábamos del tema nos sería difícil conciliar el sueño más tarde. Nunca se lo revelé, o al menos no hasta que todos los secretos salieron a la luz para acabar plasmándose en este escrito, pero durante mucho tiempo una pesadilla recurrente surcó los inquietos sueños de Marco, rompiendo noche tras noche la tensa calma de nuestro descanso. Cuando por fin el cansancio nos vencía, y las voces se apagaban para dejar paso al silencio, no solía pasar mucho tiempo hasta que nos sobresaltaba un grito que parecía extraído del mismo fragor de la batalla. Las primeras veces tanto Issa como yo nos levantamos, preocupados, para encontrarnos con el rostro de Marco agitado y bañado en sudor, mientras el muchacho seguía inmerso en su cruel pesadilla. Cuando empezó a repetirse noche tras noche, nos limitamos ya a aguardar a que el momento pasara, frustrados por no poder aliviar aquella ansiedad, pero sin atrevernos a despertarlo. Yo sufría pensando que, incluso inconscientemente, Marco continuaba martirizándose con la idea de que su arrogancia había sido la causante de la muerte de Galieno. No era justo, ni para él ni para la memoria de su amigo; todos habíamos elegido libremente acompañarlo durante la campaña. Marco incluso se había asegurado de exonerarnos de cualquier obligación contraída en el pasado para que tomáramos nuestra decisión sin condicionantes, y aun así habíamos partido junto a él sin dudarlo. Y lo habíamos hecho sabiendo a lo que nos enfrentábamos, aunque tal vez yo era el único que podía entenderlo en toda su magnitud gracias a mis años y a mi experiencia; pero también Galieno e Issa tenían conocimiento de lo que era la guerra, con sus riesgos, sus placeres y sus sinsabores, donde has de matar para evitar perecer, pues tus enemigos dependen igualmente de verte muerto para ver ellos la luz del siguiente día. La derrota y la muerte eran posibilidades que, aunque todos apartáramos de nuestra mente, iban siempre aparejadas a la vida del guerrero. Y al unirnos a un ejército en campaña teníamos claro a lo que nos exponíamos.
Pero por más que estuviera dispuesto a exponer con convicción estos argumentos ante Marco las veces que hiciera falta, su solidez comenzaba a desmoronarse en cuanto debía reconocer, al menos frente a mi propia conciencia, que yo mismo no dejaba de maldecirme por haberle fallado a Galieno en la muralla, por no haber estado a su lado cuando más me necesitaba. También yo temía haber pecado de arrogante al considerar que los jóvenes a los que había instruido podrían luchar en solitario contra guerreros curtidos como aquellos. Aunque, cuando deambulaba sin rumbo por la muralla al atardecer, sumido en mis dudas y mi culpa, y todavía los hombres con los que me cruzaba se acercaban a mí para contarme que el muchacho se había desenvuelto aquel día como un auténtico veterano, enviando a la tumba a un enemigo tras otro hasta el fatídico momento en que cruzó su acero con el maldito Liuva, pensaba que había resultado más que digno de mi confianza. Pero de poco me servía cuando mi conciencia continuaba reprochándome no haber estado ahí, donde podría haber desviado la atención del gardingo hacia mi persona y evitar que los muchachos tuvieran que enfrentarse a su furia demente. Parco consuelo era pensar, cuando ya el alcohol nublaba mi mente y amenazaba con obligarme a caer al fin en mi recio catre, que entonces Galieno podría haber encontrado la muerte en otro lugar de la muralla, que el destino es inexorable y es quien decide por nosotros. Y entonces todo se volvía negro y daba vueltas a mi alrededor.
Las pocas ocasiones en las que estaba en paz conmigo mismo trataba de pensar en que esos meses de convivencia nos habían unido aún más, si es que eso era posible, y que además, gracias a ese viaje, Issa había pasado a ser uno más de los nuestros, de nuestra familia; también habíamos conocido a Salla, a Akhila y a los suyos. Habíamos tenido la oportunidad de luchar junto a un ejército curtido y de conocer de primera mano cómo se desenvolvía una de las mayores potencias militares del escenario bélico hispano, formando parte del engranaje puesto en marcha para dar el mayor golpe asestado hasta ese entonces a las ambiciones suevas en el territorio. Un bautismo de sangre grandioso en medio de un ejército victorioso, que había permitido a Galieno ganarse con su valor y su habilidad el respeto de sus compañeros godos y, más tarde, la abierta admiración de los hispanos. Aquel muchacho, destinado por su nacimiento a pasar su vida como la de cualquier siervo, trabajando de sol a sol, había tenido la oportunidad de cambiar su suerte, conocer otros paisajes, probar las tentadoras mieles que ofrece la vida en las grandes urbes y disfrutar del triunfo en una batalla. Aunque no dudo que también hubiera sido feliz en el ambiente en el que había nacido —tenía la rara habilidad de sentirse a gusto en cualquier circunstancia y, simplemente aprovechar las oportunidades sin darle demasiadas vueltas a la cabeza—, muchas veces nos dijo que jamás se habría atrevido a soñar con que su dios le tuviera reservado tan espléndido destino cuando lo salvó de los suevos, allá en Conimbriga. Sin embargo, yo no podía quitarme de la cabeza el pensamiento de que había muerto demasiado pronto.
Los pocos momentos en que Marco necesitaba mostrar todo su dolor, aquellos eran los principales argumentos que esgrimía para que el muchacho se diera cuenta de que no todo había sido en balde. Cuando al final el chico se tranquilizaba, o por el contrario me dejaba con la palabra en la boca y abandonaba bruscamente nuestra cabaña, yo salía a buscar un pellejo de cerveza y un rincón oscuro y solitario en el que pasar las horas a solas con mis propios pensamientos.
En una de aquellas ocasiones en las que me encontraba en la muralla, con la espalda apoyada contra el muro, dando un trago tras otro del pellejo de cerveza, una figura me sorprendió.
—¿Quién va? —pregunté, procurando controlar mi voz para que no delatara mi ebriedad.
—Soy yo, grandullón. Sunna.
Traté de incorporarme hasta encontrar una postura más digna, buscando además la manera de espantarla lo más rápido posible, mientras fuera capaz de mantenerme erguido.
—¿Qué haces aquí, mujer? Es tarde y hace un frío de mil demonios.
—Lo mismo te digo, anciano: no deberías estar aquí solo a tu edad.
Le dediqué una larga mirada ofendida a la que respondió con una leve sonrisa. Me dejé caer de nuevo, fastidiado. Antes de que pudiera evitarlo, el alcohol soltó mi lengua.
—No estoy solo; estoy con mis recuerdos, mi culpa y mi dolor —respondí amargamente, conteniendo un hipido.
La miré de nuevo. Pese a que protegía su rostro del frío sosteniendo sobre su cabeza la capucha de la gruesa capa de piel de nutria que le había regalado Lucila, podía ver aquellos insondables ojos azules que parecían transportarme hasta mi niñez, hasta el cálido regazo de Iselda. Pero Iselda también había abandonado este mundo, así como Anderico y Gelimer; sin quererlo, se me humedecieron los ojos y tuve que agachar la cabeza para evitar que Sunna se percatara de ello.
Ante mi sorpresa, en lugar de reprenderme o simplemente dejarme allí como el borracho que era, se puso a mi lado y se apoyó a su vez en el gélido muro. Antes de que me diera cuenta me arrancó el pellejo de cerveza de la mano, tras rozármela antes con la suya y hacer que se me erizara el vello de la nuca aún más de lo que lo hacía con el implacable frío.
Bebió un trago y se limpió los labios antes de hablar.
—Es por lo del chico, por lo de Galieno, ¿verdad?
Ni siquiera le respondí, solo hice un gesto con la cabeza que esperaba que adivinara bajo mi capucha.
—Ha tenido la muerte de un héroe, Attax. —Creo que era la primera vez que me llamaba por mi nombre, y me sonó extraño en su cálida voz—. Además, su sacrificio no fue en vano, como el de muchos otros. Los suyos han vencido, y será recordado por mucho tiempo entre las gentes de este lugar, y para siempre en vuestros corazones.
—Pero no debía morir aquí, aún no... —dije, como si fuera un niño inconsolable.
—¿Quién eres tú, Attax el alano o acaso un dios con poder sobre el destino de los hombres?
No esperaba respuesta. Me pasó el pellejo y bebí casi automáticamente al tenerlo entre mis manos. Enseguida me lo quitó y lo puso sobre su regazo.
—Las cosas suceden como han de suceder, y Galieno fue feliz en su muerte. Yo lo vi en la muralla: su coraje y su determinación eran propios del que cumple su destino. Ese joven nació para ese momento, para dar su vida por su amigo Marco. Vio su ocasión, fue a por ella y cayó en paz.
Las palabras de Sunna poco a poco hicieron mella en mi embotada mente. La escuché en silencio, perdido en sus ojos.
—No me puedo creer que tú, el alano, el único de tu pueblo que conozco, sienta tal tristeza por la pérdida de un amigo valiente. ¿Acaso no eres el último de los tuyos? ¿No has superado ya la pérdida de tu pueblo, de tus ancestros?
Casi perdí el control y me eché a llorar como un niño ante la reprimenda de su aya. Mi pueblo. Los alanos, y los vándalos que más tarde nos acogieron.
—¿Has visto alguna vez un estandarte con una serpiente negra sobre un fondo verde? —pregunté de improviso, tratando de que mi voz no se quebrara.
—No sé a qué te refieres, pero veo que no me has estado escuchando —protestó, frunciendo el ceño.
—Era la enseña de la familia vándala con la que viví tras la muerte de los míos. Ha sido una pregunta absurda, pero es que me recuerdas tanto a Iselda...
—Apenas sé nada sobre mi pueblo, Attax. Nací varios años después de su huida, y lo poco que recuerdo son apenas breves retazos de las historias que me contó mi madre cuando niña.
—No creo que pueda decirse que huyeran: el nombre de Genserico aún desata el temor entre los romanos. El vándalo es un pueblo de hombres valientes y mujeres indómitas —repuse infantilmente.
—Como todos, Attax; hay valientes y miserables en todos los pueblos. Y tú te rodeas de valientes.
—Discúlpame por toda esta cháchara absurda, debo de estar haciéndome mayor —contesté, convencido de estar quedando en ridículo ante las palabras de la mujer.
—Pues todavía te queda mucho camino por recorrer, anciano. Y aún hay gente que te necesita, así que deja de compadecerte y busca fuerzas para seguir adelante, como has hecho toda tu vida.
Apenas me conocía, pero sabía más de mí de lo que esperaba. Dudaba que Issa le hubiera contado nada; sus palabras debían de nacer de lo que leía en mi rostro, cuya expresión se revelaba mucho menos hermética de lo que me gustaba pensar.
Me devolvió el pellejo de cerveza, colocándolo entre mis piernas, y se levantó sin esfuerzo.
—Vamos, vete a la cama. Ni tan siquiera tú deberías estar fuera con este frío, gran hombre.
—Sunna...
Ella se dio la vuelta y un impulso absurdo cruzó mi mente. Quise decirle muchas cosas. Adelanté mi mano para rozar su muñeca, y ella la retiró con delicadeza. Las palabras murieron en mi garganta y se convirtieron en un simple:
—Gracias.
—No hay de qué, Attax, no hay de qué.
Me dio la espalda y se perdió por entre las sombras de la muralla hasta el poblado.
No pude seguirla. Me quedé allí mismo, pensando en sus palabras, y cuando rato después llegué a nuestra desangelada cabaña caí dormido incluso antes de haber tocado el jergón. Al día siguiente me desperté con los huesos doloridos, un fuerte resfriado y al menos una idea clara: esa mujer era muy inteligente, y además lo sabía. Peligrosa combinación.
Aproveché la mañana para dar un paseo hasta la herrería. Al fin Belas había reparado mi malla. Era un trabajo sólido, aunque menos fino de lo que me habría gustado, pues para tapar el roto dejado por la lanza del godo el herrero había utilizado anillas procedentes de una de las muchas cotas que desde la batalla habían pasado a formar parte de la armería del castro, y había tenido más en cuenta la practicidad que la estética, por lo que el remiendo destacaba en la fina cota por su factura más basta y su color más oscuro. En fin, ya habría tiempo más adelante para llevarla a un artesano más delicado y gastar unas cuantas monedas en que recuperara su apariencia original. Valoré incluso la posibilidad de ordenar que me fabricaran anillas nuevas, idénticas al resto, en lugar de reutilizar otras, si tenía suficiente dinero y humor para gastarlo. Aunque nunca he tenido riquezas, ni grandes sumas de monedas, siempre me trajo sin cuidado despilfarrarlas cuando se trataba de armas o de mujeres. Eran mi debilidad y lo asumía con gusto.
Cuando ya la recogía para llevármela tras agradecer su trabajo a Belas y saldar la cuenta, me detuvo la vacilante voz del herrero.
—No tenía muy claro si te serviría, alano, pero he querido guardarte un pequeño presente.
Lo miré extrañado, sin entender a qué se refería, mientras él se agachaba al lado de la mesa que ocupaba una esquina de la habitación y con la diestra recogía un voluminoso bulto envuelto en un paño.
—Me dijeron que tu escudo había quedado... digamos que inservible; así que supuse que necesitarías uno nuevo.
El fornido herrero apoyó el bulto en la mesa de madera y descubrió un enorme escudo de buena madera de fresno, reforzado con hierro en los bordes y en el pronunciado umbo. Por su aspecto, y por lo que al propio herrero le costaba moverlo, me pareció que pocos de los guerreros que conocía serían capaces de utilizarlo durante la batalla, pero el que lo hiciera no solo contaría con una protección digna de un campeón, sino también con un arma excelente en las distancias cortas. Casi sentía lástima del adversario que recibiera la caricia de aquel en su cuerpo. Seguro que a Ibbas le encantaría manejar un escudo así, y yo mismo también podría sacarle un buen partido. Pensar en lo que podía hacer con algo así en mis manos, y el hecho de que el herrero lo hubiera considerado adecuado a mi fuerza y destreza, halagaba mi vanidad. Aunque, después de todo, teniendo en cuenta los planes que barajábamos a partir de entonces, bien pudiera ser que acabara acumulando polvo en mi estancia o de adorno en la pared de la taberna. Me invadió una cierta melancolía. Ambas vidas me atraían: la del guerrero en plena acción y la de aquel que ya se ha ganado un merecido reposo y un lugar donde asentarse y medrar. Pero eran caminos divergentes, por más que en mi vida hubieran vuelto a entremezclarse, y había que elegir uno de ellos. Y rogaba a los dioses que, una vez decidido a asentarme en Lucus, el camino de la guerra, el que dejaba de lado, no retorciera sus pasos para ir a buscarme de nuevo hasta aquella ciudad.
Acaricié la superficie del escudo sin saber bien qué decir: era un magnífico regalo, y yo no me esperaba nada parecido. Belas carraspeó.
—Urso también quiso colaborar aportando la madera; él mismo la escogió y la preparó. Os estamos muy agradecidos, a ti y a los tuyos, por lo que habéis hecho por nosotros.
Bueno, ya sabía en qué habían estado entretenidos en realidad durante todos aquellos días de retraso en el arreglo de la cota. Aunque, después de todo, ni el herrero ni el carpintero eran ajenos al acoso al que se habían propuesto someternos en el poblado. Debíamos salir de allí antes de que realmente pensara que era importante y me pusiera a pavonearme por aquellos polvorientos caminos esperando las reverencias de los lugareños.
Algunos días más tarde, justo dos noches antes de nuestra —todavía secreta— partida, Lucila, como si adivinara nuestras intenciones, organizó un peculiar encuentro para agasajarnos, del que incluso participaron indirectamente los soldados godos, que por fin habían terminado la agotadora labor de dar sepultura a sus muertos. Se hicieron llegar al campamento buenas bandejas de viandas e incluso unos cuantos pellejos de cerveza para los guerreros, mientras que Salla fue invitado a compartir mesa con nosotros y los lugareños. Era un buen gesto, de diplomacia hábil, buscando cerrar heridas y demostrando de paso a Marco su confianza sin paliativos en su criterio. Porque, a pesar de todo, Salla era para ellos un perfecto desconocido, del que tenían como única referencia su actuación frente al destrozado portón y la decisión que allí tomó, pero del que no podían saber si era mejor o peor que lobos como Liuva o Segismund. Después de todo, el muchacho había comandado a parte de los hombres que habían pugnado por reducir el poblado, y probablemente también a sus habitantes, a humeantes cenizas. En mi fuero interno entendía su actitud, aunque mi amistad con el joven y los suyos hacía que la situación en la que estaban me causara cierta desazón. La postura inicial tomada por Lucila y los suyos respecto a los godos que quedaron tras la batalla fue la de rehusar entablar conversaciones con los supervivientes; solo tras la intercesión de Marco había consentido que permanecieran extramuros, sin estorbar a los hispanos, y únicamente hasta que se recuperaran sus heridos y enterraran a sus muertos. También era comprensible: muchos buenos padres, hijos, amigos y compañeros habían muerto durante los ataques, y los que acampaban a las afueras habían tomado parte en aquellos, aunque yo no pudiera verlos de otra manera más que como a mis amigos.
Así, semejante ocasión, tan inusual como esperanzadora, hizo que dejáramos a un lado las malas caras y los gestos mohínos y nos preparáramos para disfrutar todo lo que pudiéramos de aquella velada que reuniría a todos nuestros amigos, máxime cuando quedaban pocas horas para retomar nuestro camino hacia Lucus y despedirnos de todos ellos, y en esta ocasión —probablemente— por última vez. Una parte de nuestras vidas quedaría para siempre en aquel lugar, allí donde Galieno había abandonado el mundo de los que vagamos por esta desconsolada tierra, y donde dejaríamos atrás, esa vez sí, a Salla y a los suyos, y también a Lucila y a las gentes de Coviacum.
Aparte del entierro de Galieno, y dejando a un lado el caso de Wulfila, esa sería la primera ocasión en que godos —en este caso representados por su cabecilla— e hispanos iban a compartir espacio. No esperábamos grandes avances, ni realmente era ese el objetivo de la reunión; más bien suponía que lo que intentaba Lucila era halagar a Marco en un último esfuerzo por retenerlo. Pero al menos era un paso, y para nosotros sería más reconfortante si Salla se encontraba presente.
Advertido desde la tarde, Marco acudió a trasladar a Salla la grata noticia y a hacerle partícipe de que también Wulfila podría acompañarlo durante el banquete, ya que era el único de los suyos que vivía intramuros, y creo que hasta la propia Lucila había llegado a encariñarse con el joven durante su convalecencia.
Aprovechamos la tarde para acicalarnos lo mejor que pudimos, lo cual no pasaba más que por procurarnos unas capas limpias que cubrieran nuestros raídos ropajes y quitarnos algo de la mugre que llevábamos días cargando sobre nosotros con indiferencia. Salí de la cabaña y, venciendo el frío que comenzaba a apoderarse del lugar después de una plácida mañana, me despojé de la camisola y zambullí mi cabeza en una tina de agua para tratar de desenredar mi alborotado cabello. Estuve un buen rato intentando introducir mis dedos entre aquella maraña que tenía por melena, echando de menos alguno de los elaborados peines de hueso de los que había dispuesto para tal menester tantos años atrás en la cálida Hispalis, y tras un buen rato al fin quedé, si no contento, sí al menos satisfecho con el resultado. Hacía ya mucho tiempo que había dejado de cuidar como antaño mi largo cabello rubio, que con el tiempo había adquirido cada vez más hebras plateadas. Cuando era joven me acicalaba para la batalla como una doncella al dirigirse al lecho nupcial, dedicando largos ratos a desenredar, peinar y trenzar el pelo con delicadeza con cintas de cuero que impidieran que la melena me entorpeciera la visión durante la lucha. Era un ritual cuyo principal objetivo no era únicamente domar mi revoltosa mata de pelo, sino sobre todo concentrarme en la batalla que seguiría a continuación. Mientras me mantenía ocupado en aquella labor, apenas pensaba en lo que vendría después. Repetía mecánicamente los mismos movimientos, dejándome llevar en una rítmica cantinela con tintes de ritual iniciático, que culminaba con mi espada clavada en la tierra y la oración ante ese tótem que para los alanos representaba a nuestro dios. Pero hacía años que había dejado atrás ese ritual, y allí, con las frescas gotas de agua recorriendo mi espalda, añoré por primera vez en mucho tiempo aquella costumbre. Pensé que la había abandonado cuando dejé de luchar solo. Antaño únicamente tenía que preocuparme por mí mismo: era uno solo, un enorme y salvaje alano que no tenía amigos durante la batalla. Marco alguna vez me dijo que en la antigüedad a esos guerreros se les llamaba «monómacos»; pues sí, el alano monómaco, ese había sido yo. Pero desde que tenía que estar atento a mis muchachos, y la relación que nos unía era mucho más estrecha que cualquiera que se pueda entablar con los guerreros de un anónimo muro de escudos, había olvidado mis propios ritos para volcarme en sus necesidades en las horas previas a la lucha.
Justo en el momento en que cubría mi cabeza con un desgastado paño que me había llevado de la casa, aparecieron Sunna y Vera por el camino cargando con un par de capas de lana, gruesas y algo polvorientas.
—¿Ya estás curado? —me saludó la vándala cuando me vio vestido tan solo con el calzón y frotándome la rebelde cabellera con el paño.
—Curado y preparado para llenar el estómago; ¿qué más puede pedir un viejo guerrero como yo? —contesté.
—Supongo que no despreciarás una buena capa, ¿no?
—Si viene de vosotras por supuesto que no, señoritas —respondí con una inclinación galante.
Se sonrieron un breve instante y entraron en la cabaña mientras las seguía con la mirada. Yo continué allí fuera frotándome el cuero cabelludo con cierto placer, tras tanto tiempo sin haberlo experimentado.
Dentro de la cabaña, las mujeres, con las prendas que nos había cedido Lucila, y que a Issa le quedaban grandes y a mí demasiado justas, se pusieron manos a la obra, tratando de adaptarlas en lo posible a nuestras medidas. El mundo es así: no hay dos hombres iguales, ni mujer que los soporte.
Allí, en pie, sin apenas movernos mientras ellas bailaban a nuestro alrededor manipulando las toscas telas, tuvimos que sobrellevar estoicamente sus risas, mientras, armadas con sendas buenas agujas, intentaban que al menos no pareciéramos un par de pordioseros indeseables. Cuando acabaron con nosotros, aunque desde luego no pasaríamos por grandes señores —no como Salla, del que tenía la impresión de que aun vestido con una humilde túnica remendada lo seguiría pareciendo—, al menos íbamos limpios y podríamos presentarnos ante Lucila sin desmerecer. Eso era algo que anteriormente me habría traído sin cuidado, porque mi lugar no estaba entre los grandes y poderosos, sino entre la escoria y los siervos que jugaban a los dados mientras sus señores se atiborraban de suculentos manjares. Pero desde hacía años mi vida había cambiado, llevándome a visitar más triclinia de los que en un principio hubiera soñado, y al final me había terminado convenciendo de que ese cambio había supuesto una mejora en mi existencia. Lejos quedaban aquellos momentos en Hispalis, en los que mientras Balbo recibía a algunos de sus socios en su tranquilo triclinium, yo rondaba por la cocina con la esperanza de parecer un buen chico y lograr que Livinia me diera a probar alguna de las sobras del banquete del señor. Creo que nunca lo merecí, pero la vieja cocinera, aunque se asegurase de hacer ostentación de lo escandalizada que estaba por mi presencia, siempre terminaba haciéndome un lugar en la cocina y consiguiéndome parte de los manjares que los señores degustaban, que me servía refunfuñando en aquellas enormes bandejas para poder protestar airadamente mientras yo los devoraba con fruición ante su atenta mirada.
Marco había partido hacía ya un buen rato hacia el campamento godo, de donde regresaría con Salla a tiempo para asistir al convite. Mientras, nosotros, una vez preparados, nos reuniríamos con Wulfila. El joven se alojaba en una de las cabañas contiguas a la casa de Lucila, donde compartía la humilde estancia con uno de sus siervos y su reservada mujer, que no sé si era así de callada por naturaleza o porque le intimidaba la presencia del extranjero, o incluso la nuestra cuando acudíamos a visitarlo, pues aún no había tenido ocasión de escuchar su voz o de verla con la mirada alzada.
Aunque la mujer siempre estaba pendiente de cómo se encontraba el godo, también eran muchas las horas que Vera pasaba cada día al lado de Wulfila, como hiciera no hacía tantos meses en Emerita por Salla y por Marco. Gracias a sus cuidados y a los de sus anfitriones, el joven fue mejorando poco a poco; nosotros mismos pudimos ir comprobando su lenta evolución cada vez que íbamos a visitarlo, aunque solo habíamos tenido ocasión de hablar con él durante las últimas visitas, en las que el godo ya se encontraba plenamente consciente, pues en las anteriores solía dormir, no siempre plácidamente, dejando que el descanso actuara como un bálsamo para su castigado cuerpo.
Pero, paso a paso, fue evolucionando b
