Sangre de lobos

Alberto Rojas

Fragmento

1. Pólvora y oro

1

Pólvora y oro

Madrid, 28 de octubre de 1940

Para Valdivia había dos clases de personas: las que son capaces de matar a un ser humano y las que no. Él pertenecía al primer tipo y reconocía de un vistazo a los de su calaña. Sentado en la oscuridad, desquiciado por la incertidumbre y atrofiado por la postura, se puso a recordar a las tres personas a las que había arrebatado la vida. De cada una de ellas guardaba en su memoria el momento exacto en el que se produjo y la sensación que le dejó. El primero fue Eugenio Merino, el profesor que abusó de él y de sus compañeros en el orfanato. Con catorce años fue capaz de abrirle la cabeza con un candelabro de su despacho después de que sus amigos le confesaran que aquel tipo había hecho con ellos lo mismo que con él. Nadie vio nada ni declaró nada, pero muchos de sus compañeros sabían que había sido él, lo que le valió su respeto. El crujido del cráneo se transmitió a su mano, su brazo, su hombro y así hasta su cerebro, que registró cómo el metal rompía la estructura ósea y dañaba los tejidos cerebrales. Y aquel sonido seco: crac. Valdivia lo resolvía consigo mismo desde la responsabilidad: había que hacer algo con aquel violador de niños y le tocó a él. Fin del asunto.

El segundo muerto llegó tres años después. Un gángster rival del barrio de las Injurias, que vio amenazado su territorio por la pujanza de la banda de Valdivia, fue a buscarlo con otros cuatro amigos. Juancho Ventura, alias el Buitre, intentó negociar de la única forma que sabía hacerlo, pero se le fue la mano y le rompió todo aquello que podían romperle. Valdivia estuvo dos meses en el hospital comiendo con pajita y meando en un orinal, así que lo primero que hizo cuando se recuperó fue ir a buscarlo. Lo encontró de noche saliendo de un cine de la Gran Vía. Cuando se disponía a meterse en la estación de metro de Callao, Valdivia le alcanzó por la espalda, le agarró del pescuezo con la mano derecha y le clavó un punzón largo en la parte izquierda del cuello. No llegó ni a darse la vuelta. Cayó fulminado escaleras abajo. De esa muerte recordaba la sangre caliente y oscura, casi negra, corriendo por su mano, y el fuerte olor corporal de aquel delincuente. «A veces, matar tan de cerca a alguien te sitúa en un nivel de intimidad con el muerto similar al sexo», pensó. En su memoria quedó registrada una mezcla de sudor, ropa sucia y alcohol. De aquel crimen no se arrepentía lo más mínimo. Las reglas de la calle no eran para pusilánimes. Tampoco nadie vio nada, pero el mensaje llegó al barrio, exactamente a las personas que tenían que recibirlo.

El tercer muerto le había dejado, de los tres, el recuerdo más desagradable, más que nada porque fue una mujer. Fue el último invierno de la guerra, cuando huía de un atraco en una moto Triumph a toda velocidad cerca de Lavapiés. Al girar hacia la glorieta de Atocha, no la vio cruzar con la niebla que lo cubría todo y se la llevó por delante. De aquello conservó una cicatriz en la barbilla, otra en la ceja derecha, varias costillas rotas, el olor preciso del perfume de la chica y su imagen tirada en el suelo, con un hilo de sangre corriéndole bajo la melena rubia y una cesta de fruta y verdura desparramada junto a ella en el asfalto. No pudo verle la cara porque escapó a toda velocidad levantando la moto del suelo, pero al día siguiente leyó sobre aquel accidente en el ABC. Desde entonces, de manera obsesiva, soñaba con aquella esquina y con aquella mujer. En su pesadilla, trataba de reducir la velocidad y esquivarla, pero era en vano porque siempre se le volvía a aparecer entre la niebla. Valdivia suspiró y se recostó en la pared para apartar a la joven de su pensamiento.

Con sus fantasmas ya convocados, comenzó a angustiarse de verdad. Estaba en un habitáculo en el que apenas cabía sentado. Tampoco podía ponerse de pie del todo. La puerta era gruesa y metálica y no dejaba entrar un rayo de luz. No había cerradura por dentro. Podían haber pasado doce horas o treinta y seis, y seguía sin saber si era de día o de noche. No había oído a nadie fuera y temía que lo hubieran olvidado. No había trampilla para que nadie le diera comida o bebida. Quizá era una buena señal y no pensaban dejarlo ahí mucho más tiempo. Hacía un rato que se aguantaba las ganas de orinar. Por la textura del polvo que se acumulaba en el suelo, pensó que se encontraba en el interior de una carbonera. Empezaba a oler mal. Hacía calor allí dentro. Debía de estar en un sótano profundo porque no se escuchaba nada fuera. Echaba de menos su paquete de tabaco Craven A, que había quedado en alguna parte. Le dolía la cabeza. Notó algo de resaca y dolores en los brazos de los golpes y arañazos, además de un pinchazo en el cuello.

Entonces recordó el mejor consejo que nunca le dieron: «Cuando estés sufriendo piensa en algo positivo». Se lo dijo su amigo Cruz en un lugar parecido a éste la primera vez que los metieron a ambos en un cuarto sin luz como castigo en el orfanato. Así que recurrió a la misma imagen de aquella ocasión: la fotografía de una modelo desnuda de cintura para arriba que miraba hacia una ventana que había a su izquierda. Tenía el pelo recogido, los pezones puntiagudos y una cintura que él imaginaba entre sus propias manos. Recordaba el pie de foto en inglés palabra por palabra: «Lee Miller, fotografiada por el retratista Man Ray. La perfección de sus pechos es tal que ha inspirado una copa de champán con sus formas». Valdivia no sabía cómo había llegado a sus manos aquel recorte de una revista llamada Vogue, pero lo guardaba desde aquel día. Palpó su cartera en el bolsillo derecho, donde aquella página de papel, arrugado y ya casi sin definición, continuaba junto a él.

Las tetas de Lee Miller con forma de copa de champán lo sacaron del aturdimiento. Después de horas de parálisis y miedo comenzó a pensar de manera racional. Cerró los ojos, aunque estaba oscuro, y respiró profundamente. Tres veces. Valdivia se sentía más fresco al activar sus patrones de supervivencia. Los tipos que le habían detenido no dijeron quiénes eran, ni de dónde venían. Había estado tomando unos cócteles en el bar Cock, los suficientes para engrasar la conversación con la mujer a la que tenía que seducir. Recordó que la calle estaba tranquila. Al entrar en la antesala, le dio un apretón de manos a Alfonso, el portero, como era su costumbre. Ese gesto incluía dos movimientos ocultos: en la palma siempre viajaba un billete de tres pesetas que ya no hacía la travesía de vuelta. Valdivia miraba a Alfonso un segundo a los ojos. Si el portero agachaba ligeramente la cabeza, significaba que el camino estaba despejado y no había policía franquista en el local. Si abría los ojos como platos durante ese cruce de miradas, significaba peligro. Pero Alfonso, delgado y triste como un personaje de un cuadro del Greco, bajó la cabeza y abrió la puerta. Un golpe de humo de tabaco, música, conversaciones y calor humano le dio la bienvenida.

La fichó nada más entrar entre el gentío y ella hizo lo mismo desde el final de la barra, apoyada en una banqueta como esperando a alguien, en el mejor sitio del local, donde podía controlarlo todo, la posición favorita de Valdivia. La miró un segundo, dos, tres... Pero trató de ceñirse al trabajo. En la mesa frente a la chimenea vio a la hija del embajador alemán, Astrid Müller, una chica enorme de pelo rubio, piel enrojecida por el sol del Retiro y brazos de estibador. Estaba con un grupo de amigos entre los que reconoció a Hanna Kirchner, la esposa del cónsul austríaco, una mujer estridente y malencarada que no sabía beber, tenía una dentadura horrible y perdía los estribos cada noche hacia la quinta o sexta copa. Todos se preguntaban cómo había conseguido ese estatus una mujer como ella. También había españoles de los llamados germanófilos, agentes del régimen, algún capitán del ejército de Franco vestido de calle, el hijo del gobernador civil... Había que levantar la vista hacia la mesa de la esquina derecha, la opuesta a la barra, para encontrarse con el otro bando de la guerra que se disputaba en Europa: los hijos y las mujeres de los embajadores de Canadá, Estados Unidos y el Reino Unido, junto con los chicos de su servicio de seguridad. Era esta última, la esposa del representante de su graciosa majestad, lady Hoare, exjugadora de tenis, el objetivo de esa noche. En el giradiscos sonaba Guilty, de Al Bowlly.

En la barra, Harry, el maestro coctelero, estaba ya preparándole su Old Fashioned. Cuando estuvo servido se lo llevó a los labios dejando una sonrisa como saludo, y repensó la estrategia. Le gustaba aquel cóctel fuerte, oscuro, denso. En su cautiverio recordó el sabor del bourbon en la oscuridad, su color cálido y su gesto al primer trago: aguantarlo en la boca, cerrar los ojos y saborearlo durante unos segundos. Harry no seguía los manuales clásicos para prepararlo, porque prefería un golpe de azúcar en vez de dos, con lo que quedaba amargo. Lady Hoare estaba sentada en el sillón; llevaba el collar de oro amarillo y oro blanco que le había regalado su marido y se encontraba rodeada por varios hombres a ambos lados. Pensó que era difícil iniciar una aproximación, terminar el trabajo de seducción iniciado semanas atrás e intentar salir con ella del bar hacia algún hotel cercano. Había que esperar a que subiera la música y el alcohol para que se levantaran a bailar. Se acodó tranquilo en la barra y encendió un cigarrillo. Entonces volvió a mirar a su derecha y observó a aquélla de nuevo, ahora con más calma.

Trató de hacer memoria en la negrura del agujero en el que lo habían metido: morena, media melena, unos treinta años, de enormes ojos oscuros, piernas torneadas, sin medias, vestido color marfil y tacones rojo garnet a juego con el lápiz de labios, que quedó impregnado en la boquilla de ébano con la que fumaba tabaco rubio, aunque no recordaba la marca. El tocado con rejilla dejaba a la vista parte del rostro donde aparecía un lunar a la derecha de sus labios. Tenía las pestañas muy largas y una nariz recta y armoniosa. Llevaba un bolso pequeño cuya asa era una cadenita dorada. Iba maquillada, pero de forma sutil. Adoptaba la actitud de las mujeres que saben que están en su mejor momento. Uñas pintadas de rojo oscuro, de manicura. Ella le sonrió directa y dio un trago a su copa, un Manhattan rojo sangre. Valdivia pensó ya entonces: «Qué suerte, qué fácil y qué extraño». Él era un tipo apuesto, atlético, el pelo muy negro, algo crecido y peinado hacia atrás con brillantina, ojos verdes y barba corta y bien arreglada con cuchilla, labios gruesos, traje azul marino de raya diplomática con corbata del color del oro viejo. Pero que una mujer tan atractiva inicie así el acercamiento, sola en una coctelería, en la muy católica España del año I de la Victoria, pensó Valdivia con sorna, era demasiada fortuna.

—Tiene usted competencia esta noche, ¿verdad?

—¿Disculpe?

—Competencia, decía. La mujer inglesa. Está rodeada. Como Inglaterra estos días de guerra. Qué curioso.

—¿Quién es usted?

—Yo sólo soy una espectadora. No se preocupe. Ya me iba.

Parecía divertirse a costa de Valdivia, que dio un paso más hacia la mujer. Ahora la distancia entre ellos era de tan sólo un palmo. Ella no mostró síntomas de que la intimidara lo más mínimo.

—¿Y qué hay de su competencia, señorita? ¿Tiene alguna competencia aquí?

—Esperaba que usted me lo dijera.

—Tal vez espera demasiadas cosas de mí sin conocerme de nada.

La mujer sonrió y bajó la voz mientras se acercaba algo más al rostro de Valdivia, como para hacerle una confesión.

—Mire, su pretendienta inglesa se levanta al baño. Quizá sea el momento de abordarla. Ella ya le ha visto desde lejos. No le pierde de vista. Y más desde que habla conmigo.

Valdivia se había bebido su cóctel a toda velocidad. Prefirió no contestar de inmediato y ganar unos segundos para pensar. Se dio la vuelta y levantó su copa vacía hacia Harry, el maestro coctelero, que comenzó a prepararle otro. La música había subido de volumen, como las risas y las conversaciones.

—Esto le divierte. Me parece bien. A eso venimos a un lugar como éste. A divertirnos. Antes de nada, ¿cómo se llama usted?

—Llámeme Carla.

—Pero ¿se llama Carla?

—Eso es irrelevante. ¿Cómo se llama usted?

—Le concedo la oportunidad de llamarme como quiera.

—Haremos una cosa. Hay otra coctelería saliendo a la izquierda, a pocos metros de aquí. No es tan bonita como ésta, pero allí ni usted ni yo tendremos competencia. Despídase de la inglesa. Yo le espero fuera. No tarde.

La mujer se lo había dicho tan cerca de su cara que había notado el roce eléctrico de sus labios en la mejilla izquierda, lo que le produjo una leve pero evidente excitación en alguna parte baja de su anatomía. Entonces salió dejando su perfume Musk, según detectó su olfato, suspendido entre el humo de tabaco, subida a los tacones de la noche. Valdivia apagó su cigarrillo, se bebió de un trago el Old Fashioned y dejó un billete sobre la barra de latón. Antes de abandonar el local, se dio la vuelta. Vio a lady Hoare ascender por las escaleras del baño, apoyada en el hombro de la hija del embajador canadiense. Iba muy achispada, en el punto perfecto para comenzar el trabajo. Un saludo afectuoso, unos bailes, unos cócteles más y al hotel. Miró el collar de oro amarillo y blanco que refulgía en su cuello, rodeado por la luz naranja almíbar del local. Sin embargo, aquella mujer le esperaba fuera y prometía una buena dosis de algo desconocido. Valdivia se consideraba un jugador. Y todo buen jugador, a veces, tiene que hacer apuestas arriesgadas.

Al entrar en la oscura antesala de madera, justo antes de salir a la calle, ya llevaba preparado otro billete para Alfonso, el portero. Por eso supo que algo no iba bien. Su corazón se aceleró y la adrenalina se activó al instante. Alfonso no estaba. En cambio, notó la presencia de una figura en la esquina derecha que se movió muy rápido. Valdivia se puso en guardia como gesto reflejo, pero lo que de verdad le inquietaba iba a llegar del otro lado: alguien le colocó un capuchón desde la izquierda mientras que otra persona le clavaba algo en el cuello. Una jeringuilla. Se le hizo de noche de repente, pero pudo contar tres atacantes. Valdivia quiso gritar, pero una mano le tapaba la boca por detrás y le cerraba la nariz con violencia. Intentó morderla y no lo consiguió. Entonces, con su mano izquierda, buscó su navaja automática en el bolsillo del pantalón y la sacó abriendo la hoja. Sonó el clic. La lanzó hacia delante sin éxito y alguien lo desarmó con un solo golpe seco y contundente que lo hizo soltar la navaja y gritar aún más de dolor, de nuevo en vano. Eran tipos profesionales, curtidos. Empezaba a faltarle el aire y boqueaba de manera agónica. ¿Quién le atacaba? ¿Quiénes eran esos individuos? ¿Dónde estaba el portero y por qué no le había avisado? Valdivia procuró zafarse con un codazo que impactó en el primero, que lanzó un gruñido, lo que le dio ánimos, mientras que con la mano derecha trató de liberarse del capuchón para recuperar la visión. «Vamos, hijos de puta», intentó decir. El corazón le bombeaba muy fuerte y el oxígeno no llegaba a activar sus extremidades. Comenzó a marearse y sintió pánico, como al intentar respirar bajo el agua. El que lo tenía atrapado por detrás debía de ser un tipo enorme por la longitud de los brazos, que casi le rodeaban el torso. En unos segundos percibió que le fallaban las fuerzas. Agarró la mano del matón que le cerraba la boca y consiguió separarla al menos para meter un poco de oxígeno en sus pulmones. La bocanada le sonó a la última exhalación de un moribundo que se ahoga. Estaba a merced de aquellos hombres. Alguien le había inyectado algún somnífero con la jeringuilla porque todo le daba vueltas. Dio otro golpe más a la derecha que impactó en la puerta de metal, éste con menos fuerza, y una patada para quitarse al oponente de la izquierda. Todo inútil. Cayó de rodillas. Dos personas lo levantaron, una de cada lado tirando de los hombros, mientras que alguien abría la puerta del bar. Antes de perder el conocimiento del todo, notó el fresco de la noche y cómo lo metían en el maletero de un coche. Estaba a punto de vomitar. Sólo escuchó una voz de hombre antes de que lo cerraran.

—Gracias, Mercedes.

Madrid, 29 de octubre de 1940

El cerrojo chirrió en la oscuridad. Alguien abrió el portón de metal muchas horas después. Un hombre tiró de su brazo y las piernas, encogidas, se liberaron al fin. Valdivia sintió una mezcla de dolor y alivio, porque las tenía entumecidas, con los músculos atrofiados. No fue capaz de ponerse de pie hasta que otro hombre lo cogió del otro brazo y lo levantó con fuerza. Quizá fueran los dos tipos que lo metieron en el coche muchas horas antes. Ahora pudo ver un pasillo de cemento sin ventanas, iluminado por bombillas amarillas que lo deslumbraban, con puertas a ambos lados. Lo llevaron casi en volandas hasta una sala al fondo y lo dejaron caer en una silla; a continuación le ataron las manos en el respaldo y entonces una luz le obligó a cerrar los ojos de inmediato. Intuyó la presencia de un hombre frente a él que estaba de pie. Una bocanada de humo de tabaco invadió su siguiente respiración, lo que le hizo recordar que hacía muchas horas que no fumaba. Tosió.

—¿Quién es usted?

Su voz sonó tranquila, autoritaria y contundente. Tenía acento extranjero, inglés. Valdivia entreabrió los ojos para saber algo más sobre su interlocutor. No era muy alto aunque parecía fuerte, tenía la cara redonda, llevaba gafas de montura muy fina, un bigote grande y curvado hacia abajo como un manillar y estaba calvo, aunque intentaba disimular su alopecia llevando el pelo crecido desde el lado izquierdo al lado derecho de la cabeza. Era el que daba órdenes cuando lo detuvieron, pero no pudo fijar mejor sus rasgos porque estaba a contraluz.

—¿Quién es usted? —repitió.

—Me llamo Andrés Valdivia.

—¿Y qué más?

Entonces recordó los viejos trucos del orfanato. No mirar a la cara al interrogador para no desafiarle, agachar la cabeza, mostrar indignación al cabo de un rato, no ponerse a llorar ni mostrarse derrotado. Pensó en la siguiente respuesta e improvisó.

—Me llamo Andrés Valdivia y soy del norte de Madrid, me crie en el orfanato de San Antonio y vivo en una casa del barrio de las Injurias. Me gano la vida como transportista.

Ni siquiera en silencio lo oyó llegar desde atrás. Las horas que había pasado aislado le habían mermado las facultades. El golpe, con la palma de la mano abierta, impactó cerca en la oreja derecha y lo tumbó hacia el otro lado con la silla incluida. Lo dejó sordo por un momento, como si le hubiera estallado el tímpano. Un pitido agudo atenuó todo el sonido ambiente de la sala. El hombre que estaba a su izquierda levantó a Valdivia y su silla de madera. Se sentía mareado.

—¿En qué dice que trabaja usted?

—Yo trabajo como transp...

No terminó la frase. Ahora llegó desde el otro lado, más fuerte aún que el anterior. Estaba acostumbrado a recibir, pero también a defenderse. Estar atado impedía cualquier alternativa. No sabía cuántos golpes quedaban por delante. Valdivia coleccionaba motivos para estar detenido por cientos de delitos y pasar en la cárcel una buena temporada, pero empezaba a intuir que aquello era distinto.

El interrogador se acercó aún más, a unos centímetros de su oído derecho.

—Le gustaba el collar de la señora Hoare, ¿verdad?

Valdivia ya no respondió. Se limitó a mirar a su alrededor. Había, en una esquina, un hombre observándole apoyado en la pared. Vestía camisa blanca bajo un guardapolvo oscuro. En la mano llevaba unas tijeras, un peine y una maquinilla de rapar el pelo. El tipo del bigote de manillar le llamó con un gesto. Entonces cogió un balde de agua caliente que ya estaba preparado sobre una mesa auxiliar, con una brocha de barbero, y comenzó a humedecer la cara de Valdivia y a extender por su rostro espuma de afeitar.

—¿Qué coño están haciendo?

—No se preocupe, señor Valdivia. Va a ser útil a una buena causa por primera vez en su vida. Vamos a cortarle el pelo, a afeitarlo y a hacerle unas fotos. Nada más. De momento.

Había ralentizado ese «de momento» a propósito, como si quisiera remarcarlo.

—¿Para qué son las fotos? ¿Qué significa eso?

El barbero, porque seguro que era barbero dada su maestría con la navaja, ya había empezado con la patilla derecha. No se demoró demasiado y no abrió la boca. Cuando hubo terminado comenzó con la tijera, aligerando las capas de arriba para dejarlas algo más cortas. Por los lados y por detrás, el peluquero rapó dos o tres centímetros por encima de las orejas para luego igualar con la tijera con el resto, disimulando el escalón. Un peinado uppercut siguiendo el patrón de las revistas americanas de moda que aún podían encontrarse en los quioscos. Sin referencia ni espejo en el que mirarse, Valdivia sólo podía deslumbrarse con el foco que aún tenía delante. Alguien había llevado un traje oscuro colgado de una percha. Ahora descansaba sobre la mesa de madera, aunque no podía verlo bien sentado y atado como estaba.

El hombre del bigote de manillar revisaba unos papeles y daba instrucciones en voz baja a sus subordinados. Cuando el peluquero hubo terminado con Valdivia, media hora después, habló también en susurros: «Ya está preparado, señor Stubs». Debía de ser el nombre del tipo del mostacho retorcido. Un apellido inglés, pensó Valdivia. Uno de los matones le desató las manos y los pies de la silla. Entonces se puso de pie y le temblaron las piernas, pero aun así pensó en escapar. Contó cuatro hombres en la habitación más el peluquero. Malas cartas. Un plan le pasó por la cabeza en tres segundos. Romper el foco de un puñetazo, agarrar la silla para golpear al resto y salir hacia el pasillo en la oscuridad en busca de una vía de escape. Como si le leyera el pensamiento, el hombre del bigote sacó una pistola y le apuntó con cierta pereza.

—No haga tonterías —le advirtió—. Limítese a seguir mis órdenes y no resultará herido. Quítese la ropa y póngase ese traje de ahí.

Resignado, comenzó a quitarse la chaqueta y a desabotonarse la camisa. La corbata debía de estar en el zulo en el que lo habían encerrado. Se acercó a la mesa y entonces lo reconoció de los recortes de prensa y de las noticias del No-Do que ofrecían en los cines. Era un uniforme negro, con una gorra de plato en la que brillaba una calavera y unas tibias cruzadas. En la guerrera había un águila con una esvástica entre sus patas. Iban a vestir a Valdivia como a un agente del Tercer Reich.

Madrid, 28 días antes (1 de octubre de 1940)

Stubs se había levantado tarde, con sueño y dolor de cabeza. La luz que entraba por su ventana indicaba que estaba llegando con retraso a algún sitio y que iba a hacer esperar a alguien. Aún en la cama, hizo memoria. «Tienes que estar en el café Comercial a las diez de la mañana», pensó. Nunca usaba agendas, como manda el sentido común y el oficio de alguien como él. Eran las 8.45. Se metió en la ducha fría, como cada mañana, espartano, y se afeitó con cierta premura, se atusó el bigote con fijador y usó un poco más para hacer que su pelo atravesara su cabeza de un lado a otro y tapara su calvicie. Vestido con un traje gris, cogió un ejemplar del diario ABC del día anterior y se puso en marcha. El sol de Madrid le recibió como se recibe el beso de una madre. Fue cruzándose con un grupo de monjas, algún tullido con muletas víctima de la guerra recién terminada, pedigüeños en las esquinas, gitanas vendiendo flores en Alonso Martínez y estudiantes con la camisa azul de Falange esperando el autobús en la glorieta de Bilbao. Cada vez había más tráfico. Coches con el antiestético gasógeno, taxis destartalados, carros de caballos y mulas de carga llevando ruinas de familias rotas. Desde su casa en la calle Argensola tardó quince minutos en llegar al Comercial, que en esos momentos estaba tranquilo. En la puerta, un limpiabotas insistió en repasar el lustre de sus zapatos de cuero. Se sentó en el trono de madera mientras desplegaba el periódico y releía una noticia que lo tenía inquieto. Terminada la operación, le costó levantarse por su voluminosa barriga y pagó con una generosa propina.

Según su reloj de bolsillo eran ya las diez. Echó un vistazo rápido al interior desde fuera. Estaba casi vacío. Tres estraperlistas que vendían joyas y productos de belleza de manera discreta se quedaron mirando apoyados en la barra cuando atravesaba la puerta giratoria del café. En las sombras del establecimiento, al fondo, había una especie de reservado lejos del ventanal y de las miradas. Allí lo esperaba su cita, el inspector Rosales.

—¿Cómo está, inspector?

—Sigo vivo, pero no sé por cuánto tiempo.

Rosales acudió a él cojeando para darle la mano. No arrastraba la pierna por ninguna lesión, sino por el peso de la pistola que llevaba oculta en el tobillo.

—¿Por qué querrían matarlo a estas alturas?

—Por hablar con usted, por ejemplo.

El camarero, casi un niño con una chaqueta blanca, les interrumpió. Pidieron dos cafés. Rosales era pequeño, cejijunto, feo, desconfiado y tenía una delgadez enfermiza. Dos surcos oscuros envejecían y entristecían sus ojos, que se hundían en una piel amarillenta. Su pelo se había tornado en gris ceniza. Había envejecido una década desde que se conocieron en los últimos días de la Guerra Civil hacía algo más de un año. Llevaba un traje muy usado que le quedaba grande, el traje de algún muerto. Tendía a tartamudear con su voz de lija, aunque procuraba disimularlo.

—No se preocupe. Seré muy breve. ¿Tiene lo que le pedí?

Rosales miró a ambos lados de la sala, tamborileó con los dedos sobre la mesa de mármol oscuro y sacó unos documentos de un sobre marrón cogidos con una grapa.

—Esto es de los archivos de la extinta República. No los mire aquí. Lléveselos. Como sabe, yo soy el único inspector en Madrid que no ha sido purgado tras la victoria de Franco y sé dónde buscar. Ésta es la ficha de Andrés Valdivia, el hombre del que me habló. Lo que encontrará ahí es la descripción de un vulgar delincuente a partir de su última detención hace cuatro años por el atraco a una joyería en la calle Serrano.

—Un aficionado, entonces.

—En absoluto, Stubs. Es lo que intento decirle. Lo trincamos después de un chivatazo de una banda rival. Si no, aún estarían buscándole. Es muy bueno en lo suyo. O, mejor dicho, era muy bueno.

—¿Por qué? ¿Es que ha dejado de atracar?

—Sí. Ahora ya no atraca joyerías, pero ha perfeccionado el arte del robo. Esto que voy a contarle no viene en ningún informe. El tipo tiene tantos recursos que es difícil que me caiga mal. Estuvo unos meses en la cárcel hasta que comenzó la guerra y alguien pidió voluntarios en las prisiones para luchar contra los fascistas a cambio de conmutar la pena. El caso es que, nada más salir, dijo que tenía un fuerte dolor en el abdomen. Lo llevaron a un hospital de campaña de esos de las Brigadas Internacionales, donde sedujo a una enfermera llegada de Nueva York. Al final consiguió que lo operaran del apéndice sin estar enfermo de apendicitis y se las arregló para no ir al frente, claro. Luego dijo que sabía idiomas y escribir a máquina, así que lo dejaron en Madrid y desapareció. Posee un enorme talento para la supervivencia. Con el tiempo ha sabido distinguir dónde está de verdad el dinero y ahora va de seductor de guante blanco y desvalija a diplomáticos, nobles y generales del ejército. Conoce su oficio y es bueno adoptando personalidades diferentes. Es un navajero de barrio, pero ha aprendido a moverse como un duque. Hasta habla inglés.

—Lo sé. Lo he visto usarlo cuando intentaba ligarse a la esposa del embajador. ¿Dónde lo ha aprendido?

—Recuerde a la chica de Nueva York de la que le he hablado. Vivió con ella durante año y medio y ella le enseñó lo que sabe. Después a ella la echaron de España como al resto de los brigadistas. Por cierto, Valdivia no quiere ligarse a la esposa de ningún embajador, pero imagino que eso ya lo sabe. Sólo quiere robarles algo. Seguramente, ya lo haya hecho, aunque ellas raramente lo denuncian por vergüenza. Algunas no se dan cuenta hasta días o semanas después.

—¿Cómo ha sobrevivido tanto tiempo ese Valdivia sin ser detenido? ¿Es un tipo peligroso?

—Es listo y puede ser muy peligroso, sí. Apostaría que ya tiene unos cuantos muertos en el armario. Ha aprovechado la ausencia de autoridad durante la guerra para su actividad criminal. Aquí estábamos muy ocupados ganando batallas o perdiéndolas, como era mi caso. Los policías tuvimos que evitar saqueos, transportar prisioneros, vigilar instituciones, proteger a políticos que huían como cobardes y mantener el orden en las calles. Pero aquí llevamos años sin investigar un allanamiento, un homicidio o una violación. En esa salsa se ha movido Valdivia. Y se ha movido bien. No sabemos a cuánta gente ha robado ni a cuánto asciende el botín. He preguntado a algunos soplones que lo conocen o que han trabajado con él en otra época. Valdivia ha aguantado toda la guerra saqueando casas recién bombardeadas y haciéndose pasar por funcionario de la República, secretario, vendedor de municiones o director de la orquesta militar. Cuando entraron los nacionales, cambió de casa, de barrio y de bando el mismo día. Era castaño claro y ahora, de repente, es moreno y se ha dejado barba. Va presumiendo por ahí de ser empresario hostelero, dueño de una compañía tabacalera o representante de la relojera suiza Rolex en España. El nuevo régimen ama a tipos como él. Pero es todo falso.

—Vaya con el tal Valdivia... Muchas gracias por el documento.

—Ya le digo que lo que le he contado no viene en ningún documento.

—Lo sé, Rosales. Yo quería verle por otro asunto. ¿Ha leído lo de la visita a Madrid de Heinrich Himmler, el Reichsführer de las SS?

—Lo ha leído todo el mundo. Poco puedo decirle. Sé que viene a instruir a los hombres de Franco. Quieren montar una policía secreta a imagen de la Gestapo. Llegará con sus mejores interrogadores y agentes.

Dos hombres de traje pasaron hablando de fútbol hacia el servicio de la cafetería. Rosales bajó la voz y agachó la cabeza.

—También irán a Las Ventas. Franco quiere que los nazis vean una corrida de toros.

—¿En serio?

—Sí, yo tengo que estar ese día de servicio por allí. ¿Le gustan a usted los toros, Stubs?

—Me parecen una atrocidad monstruosa fruto de un pueblo sangriento como el suyo. No se ofenda, Rosales.

—Lo sabía. No me olvido de que es usted inglés. ¿Cómo va su guerra, la de ustedes?

—Mal. Los alemanes tienen en sus manos Francia, Bélgica, Holanda, Polonia e intentarán invadir Gran Bretaña muy pronto. No soy optimista.

Rosales se levantó e hizo ademán de buscar un billete en su bolsillo para pagar sus cafés, porque monedas casi no había por falta de metal.

—Espere, inspector. Se olvida de que los cafés los pago yo.

Stubs deslizó un paquete en un sobre blanco bajo la mesa. Rosales lo cogió y lo abrió. Dentro había un fajo de billetes grandes.

—Yo no soy un policía corrupto. No se confunda conmigo.

—No me confundo. Por eso acudo a usted. ¿Puedo hacerle una última pregunta personal?

Rosales asintió mientras guardaba el dinero en el bolsillo interior del traje.

—¿Por qué no le han fusilado todavía, como al resto de los policías leales a la República?

—Aquí lo llaman Ley de Depuración. Durante los últimos días de la toma de Madrid por los fascistas me negué a fusilar a cinco militares acusados de traición. Decían los comunistas que eran de la quinta columna que los franquistas tenían supuestamente en Madrid. En vez de eso, los metí bajo llave en una celda y me enfrenté al pelotón de fusilamiento. Al final, me condenaron a muerte a mí. Si no me mataron, fue porque el día que tenían que llevarme al paredón entraron los invasores y entonces todo el mundo huyó. Para mi sorpresa, aquellos cinco militares simpatizantes de Franco testificaron a mi favor. Pero el resto de mi familia no ha tenido tanta suerte. Mi esposa murió de tifus, mi hija perdió una pierna en un bombardeo y mi hermano huyó con ella a Francia. Este dinero es para todos ellos.

Al señalar el dinero, a buen recaudo bajo su chaqueta, puso el dedo en el lugar donde los seres humanos tenemos el corazón.

—¿Ya no fuma, Rosales?

—No tengo dinero para pagarlo.

—Tenga, le regalo uno de estos habanos. Son de la marca Romeo y Julieta, los mismos que fuma nuestro nuevo primer ministro.

—Es ese Churchill, ¿verdad? Lo he visto en el No-Do. No me gustaría tenerle como enemigo.

—¿Sabe? Mi padre combatió con Churchill en la guerra de los Bóers. Sentía una enorme devoción por él. Hasta que llegó a España y conoció a mi madre. Bueno, cuídese, Rosales. Váyase ya. Que no nos vean salir juntos de aquí.

Stubs apuró su café y pagó la cuenta. Ya en la calle, comprobó que la claridad que reflejaban los edificios de la glorieta de Bilbao era diferente. Seguía siendo de día, pero una oscuridad extraña velaba el sol. «Luz negra», pensó.

—Los periódicos dicen que es un eclipse. Los pájaros se han ido a dormir.

Hablaba el limpiabotas.

—Oiga, ¿dónde puedo comprar entradas para ir a los toros?

Madrid, ocho días antes (20 de octubre de 1940)

A Stubs le costó llegar hasta el patio de arrastre, la entrada más directa al palco real de la plaza de Las Ventas. Allí, un gentío con el brazo en alto esperaba al general Franco y a la delegación alemana, dirigida por el siniestro Heinrich Himmler, Reichsführer o jefe de seguridad del Tercer Reich. Junto a él viajaban sus más cercanos colaboradores, la cúpula de la orden negra. Habían vestido a los niños del colegio alemán con las camisas pardas de las Juventudes Hitlerianas para recibir a la comitiva, mientras se descolgaban unas enormes banderas con esvásticas desde la fachada, igual que habían hecho los nazis en los países que iban ocupando. Un escalofrío recorrió el cuerpo de Stubs. Aparecieron los coches oficiales a las tres y media de la tarde, la hora prevista. Miles de personas los recibieron con el brazo en alto. Stubs no secundó el gesto, lo que hizo que varios espectadores lo miraran con recelo. Entonces buscó con la mirada al fotógrafo que había contratado. No tardó en hallarlo entre la prensa gráfica, haciendo fotos a los ocho o nueve nazis recién llegados, orgullosos y henchidos bajo sus abrigos largos y sus gorras de plato. Una gota de agua le mojó la calva disimulada con su propio pelo lateral, lo que le produjo una alegría inmediata. «Ojalá la lluvia os joda la fiesta», pensó.

Sacó su entrada del bolsillo y entonces leyó los nombres de los toreros: Marcial Lalanda, Rafael Ortega «Gallito» y Pepe Luis Vázquez. Buscó su sitio numerado y se sentó a esperar. Nunca había visto un espectáculo taurino y el colorido le llamó la atención. El amarillo del albero como un sol ardiente, el rojo sangre de las barreras de madera y, finalmente, el brillo de los trajes de los toreros que ya salían al paseíllo, mientras levantaban el brazo ante Franco y Himmler, que ya ocupaban sus localidades. Encendió un habano, igual que otros compañeros de graderío. Un timbal le sobresaltó. Una banda interpretó los himnos nacionales de España y Alemania y entonces comenzó la corrida.

En los dos primeros toros no se fijó en la faena, sino en los asistentes. Contó el séquito alemán y el español, y trató de localizar a algún otro diplomático entre el público. Vio al embajador de la Francia ocupada, al de Austria y al de Italia. Pero a ninguno del otro bando. «Bueno, es que el otro bando somos sólo nosotros los británicos», pensó. Miró varias veces con detenimiento a Himmler. Con sus gafas redondas de profesor universitario y su rostro sin gestualidad parecía un tipo vacío, sin alma. Respondía a Franco con monosílabos, no sonrió ni una sola vez y no parecía interesarle el festejo. Mediado el tercer toro, cuando a Stubs comenzaban a dolerle las rodillas por la incomodidad y estrechez del asiento, Himmler se levantó del suyo. Iba al servicio, sin duda. Dos alemanes se fueron con él. Stubs hizo lo mismo; apagó el habano contra el suelo, obligó a ponerse de pie a toda su fila y salió por el vomitorio camino del inodoro más cercano al palco real. Cuando fue a subir las escaleras, le detuvo una voz.

—Oiga, ¿dónde va?

Stubs se dio la vuelta. Eran dos hombres de paisano que custodiaban los accesos al último piso. Policías. Uno de ellos le resultaba desconocido, pero el otro era el inspector Rosales.

—Voy arriba, al servicio.

—No se puede subir. Aquí en esta planta tiene servicios también —dijo el extraño.

—Tranquilo, sé quién es. Adelante, suba —intervino Rosales.

Stubs respondió con una sonrisa y subió las escaleras aparentando normalidad. En el último piso, reservado a las autoridades, todo estaba tranquilo. Avanzó a su derecha, donde se abrían más vomitorios desde los que llegaba el ambiente de la plaza: tímidos olés y palmas de vez en cuando. A unos metros, otros cuatro vigilantes custodiaban la entrada al palco. Notó que su corazón se aceleraba, y no era de subir escaleras. Junto a ellos se abría un servicio masculino. Trató de serenarse y avanzó hasta él. Los hombres comentaban algo entre ellos y ni le miraron. Al entrar, una mano le cerró el paso. Era mucho más alto que él. A su altura vio el doble relámpago de las SS en un lado del cuello de la guerrera y al otro cuatro puntas plateadas que indicaban el rango de comandante. Cuando levantó la vista y lo miró a la cara quedó paralizado y no supo qué decir. Conocía ese rostro. El hombre, con uniforme y gorra de plato en la mano, le hablaba mientras le cerraba el paso.

Sie können nicht eingeben.

Todos los idiomas se le juntaron de repente en la boca para tratar de responderle. Español, inglés, alemán... Sólo acertó a preguntar: «¿Perdone?».

Dentro se movía una figura pálida que trataba de lavarse la cara y reponerse tras vomitar. Era Heinrich Himmler. Resultaba paradójico que un carnicero semejante se mareara con la sangre de los animales. Un ayudante le ayudó a volver a ponerse la gorra.

Ich werde nicht wieder zu so einem Mord gehen —dijo Himmler, con mala cara, al salir del servicio.

El alemán que le había hablado y le había impedido la entrada salió mirando muy fijamente a Stubs, a un palmo de distancia, como si supiera que él era medio inglés. Stubs entonces tuvo un chispazo de lucidez y recordó dónde había visto esa misma mirada mientras los veía alejarse con el sonido de las botas claveteadas sobre el suelo de piedra. Los policías españoles que custodiaban la entrada al palco se acercaron a Stubs para preguntarle.

—¿Qué ha dicho el Himmler?

—Que no le gustan los toros. Le parecen una atrocidad.

Stubs les respondió esto mientras comenzaba a bajar los peldaños de dos en dos y salía a grandes zancadas por el patio de arrastre, donde le esperaba el fotógrafo apoyado en la puerta.

—¿Tienes las fotos de los nazis?

—De todos. Guapos y sonrientes.

—Bien, vete al laboratorio y me las traes esta misma tarde a mi casa.

Stubs caminaba como si su vivienda se estuviera quemando, resoplando como una locomotora, con el fotógrafo intentando seguirle a la vez que guardaba la cámara y los objetivos en la mochila.

—¿Ya? ¿Qué prisa hay, señor?

—Toda la del mundo. Vamos. Y no hables de esto con nadie. ¿Me has oído?

Cuando salieron de la plaza un poderoso trueno dio paso a una lluvia que le empapó la cortina de pelo, la calva y la chaqueta de tweed. La corrida tuvo que suspenderse en el tercer toro. «Que se jodan», dijo Stubs mientras se enganchaba al estribo del tranvía.

Madrid, 29 de octubre de 1940

—Buenos días, señor embajador.

Hoare, vizconde de Templewood, estaba asomado a la ventana de su despacho, con una taza de té en la mano, absorto en sus pensamientos. Era mayor que Stubs, unos sesenta años, pero se hallaba en cambio en mejor forma física. Era vegetariano, no bebía alcohol, no fumaba y todos los días hacía una tabla completa de ejercicios de una hora de duración antes del amanecer. Había sido soldado y mantenía sus costumbres espartanas. Tenía el pelo ralo, platino y peinado a raya. Llevaba un pantalón amarillo mostaza y un jersey azul marino. Sobre la mesa de madera de su despacho había un casco alemán de pincho, recuerdo de su etapa en la Gran Guerra, y una Union Jack en miniatura atada a un pequeño mástil dorado. También había tres libros de cuero que había sacado de la gran biblioteca de la derecha. Los últimos rayos de sol de aquel día iluminaban los títulos sobre los lomos de cuero. Distinguió El origen de las especies, de Darwin, La riqueza de las naciones, de Adam Smith, y un volumen de Dickens que no consiguió identificar. Sir Samuel John Gurney Hoare y él tenían pendiente una conversación hacía tiempo.

—¿Señor?

Hoare no se dio la vuelta todavía, aunque era evidente que le estaba escuchando. Bebió un sorbo más de té y entonces se giró.

—Pase; cierre la puerta y siéntese.

—Usted dirá.

—¿Qué hace usted aquí?

—Me ha llamado, señor embajador...

—No, no. Me refiero a su trabajo en esta embajada.

—Soy el agregado cultural.

—No, dice que es el agregado cultural. Vamos a dejarnos de juegos. Sé que lo destinó aquí el primer ministro y eso me pasa a mí por encima; sé que reporta usted directamente a su gente en Londres y tampoco puedo oponerme. Sé que tiene su propio horario y que va por libre. Pero quiero que sepa que estamos en un país abiertamente hostil hacia nosotros. La semana pasada Franco se reunió con Hitler en Hendaya. Ese ministro suyo, Serrano Suñer, está deseando tener la más mínima excusa para echarnos de aquí a patadas. He doblado la guardia en la puerta de la embajada y tengo miedo a que una turba la invada cualquier día. Y entonces, me cuentan que usa a parte de mis hombres, sin mi consentimiento, para no sé qué actividades en el sótano de este edificio. Recuerde que he trabajado muchos años en inteligencia. No he querido escuchar más rumores hasta conversar con usted. Hable.

—¿De qué, señor embajador?

—De lo que hace ahí.

Stubs suspiró largamente. Sabía que, tarde o temprano, iba a tener que desvelarlo. El primer ministro no era partidario de desvelar nada, pero en esta ocasión ya no había otra salida.

—¿Ha oído hablar del DOE, señor embajador? Ya sabe, la Dirección de Operaciones Especiales.

—Lo suponía. ¿Es usted un espía?

—Eso es. Lo de agregado cultural es una tapadera, como ya ha descubierto.

—Lo he descubierto yo e imagino que lo saben en todas y cada una de las embajadas de esta ciudad. Y en el Pardo.

—No lo creo. No soy tan descuidado.

—¿Qué está haciendo en el sótano? Si algún día tengo que huir o refugiarme en otra embajada amiga, quiero saber por qué. Me gusta co

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