El futuro por decidir

Christiana Figueres

Fragmento

Introducción: La década crítica

INTRODUCCIÓN

La década crítica

Escribimos este libro antes del estallido de la COVID-19. De hecho, solo logramos hacer las tres primeras paradas de una gira de promoción del libro planeada para un año, antes de apresurarnos a recluirnos en nuestras respectivas casas durante el confinamiento global que lo ha cambiado todo por completo. Desde entonces nos ha sorprendido constatar que muchos aspectos del futuro distópico que describimos en el segundo capítulo se han puesto de manifiesto súbitamente. Hoy estamos más decididos que nunca a contribuir a la reconfiguración de nuestro futuro.

Hemos sido testigos de un mundo en llamas, desde la Amazonia hasta California, desde Australia hasta el Ártico siberiano. Se hace tarde y ha llegado el momento decisivo, tanto tiempo aplazado. ¿Nos quedamos observando el mundo arder o decidimos hacer lo necesario para lograr un futuro diferente?

La decisión que tomemos estará determinada por nuestra comprensión de nosotros mismos y determinará a su vez lo que será de nosotros. Es una decisión tan sencilla como compleja, pero sobre todo es urgente.

En Washington, a las diez de la mañana de un viernes, una niña de doce años marcha con sus amigos, sosteniendo un cartel pintado a mano de la Tierra envuelta en llamas rojas. En Londres, manifestantes adultos vestidos de negro y pertrechados con cascos de policía antidisturbios forman una cadena humana que bloquea el tráfico en Piccadilly Circus, mientras otros se pegan al pavimento frente a la sede de Shell. En Seúl, las calles están repletas de alumnos de primaria con mochilas multicolores que portan pancartas con el rótulo «climate strike» (huelga por el clima), en inglés, pensando en los medios de comunicación internacionales. En Bangkok, centenares de estudiantes adolescentes toman las calles. Con firme determinación y con pesadumbre, caminan detrás de su líder desafiante, una niña de once años que lleva un cartel: «Los océanos se están levantando y nosotros también».

Por todo el mundo, millones de jóvenes —inspirados por Greta Thunberg, la adolescente que inició una protesta en solitario frente al Parlamento sueco— están participando en acciones de desobediencia civil para llamar la atención sobre el cambio climático. Los estudiantes comprenden las predicciones científicas y están aterrorizados por la disminución de la calidad de vida en su horizonte. Exigen actuaciones decisivas e inmediatas. Están contribuyendo a elevar el nivel de indignación por la insuficiencia de nuestros esfuerzos para abordar la crisis, y se han sumado a ellos científicos, padres y profesores. Desde la búsqueda de la independencia en India hasta el movimiento por los derechos civiles en Estados Unidos, la desobediencia civil ha cobrado relevancia cuando una injusticia imperante devenía intolerable, como estamos viendo en la actualidad con el cambio climático. La inaceptable injusticia generacional y la deplorable falta de solidaridad con las personas más vulnerables han abierto las compuertas de la protesta. Aquellos que se verán más afectados han tomado las calles. Su ira es la energía que necesitamos con desesperación, pues puede impulsar una oleada de rebeldía contra el statu quo y catalizar el ingenio necesario para hacer realidad nuevas posibilidades.

Proteger del peligro aquello que amamos es un instinto humano natural que, cuando sentimos que no halla respuesta, puede transformarse fácilmente en ira. La ira que se suma a la desesperación es incapaz de obrar cambio alguno. La ira que deviene convicción resulta imparable.

Estas protestas no deberían sorprendernos. Estamos al tanto de la posible existencia del cambio climático al menos desde la década de 1930, y tenemos la certeza desde 1960, cuando el geoquímico Charles Keeling midió el CO2 de la atmósfera terrestre y detectó un aumento anual.[1]

Desde entonces hemos hecho poco para contrarrestar el cambio climático, y el resultado ha sido el incremento de las emisiones de los gases de efecto invernadero que lo provocan. Continuamos persiguiendo el crecimiento económico mediante la desenfrenada extracción y quema de combustibles fósiles, que tienen un impacto fatal sobre nuestros bosques, océanos y ríos, suelo y aire. Hemos fallado en gestionar sabiamente los propios ecosistemas que nos sostienen. Hemos causado estragos en ellos, tal vez de forma involuntaria, pero implacable y decisiva.

Nuestra negligencia ha catapultado el cambio climático desde un problema existencial hasta la grave crisis actual, y nos vamos aproximando rápidamente a los límites más allá de los cuales la Tierra tal como la conocemos cesará de existir. Y, sin embargo, estos estragos resultan invisibles para muchos. Pese a la creciente frecuencia e intensidad de los desastres naturales, todavía no hemos atado los cabos entre la destrucción en curso de nuestro hábitat natural y nuestra capacidad futura para garantizar la seguridad de nuestros hijos, alimentarnos, habitar los litorales y preservar la integridad de nuestros hogares. Cuando menos, las tragedias humanas de 2020 nos han mostrado que nuestra vida y medios de subsistencia son plenamente dependientes de nuestro respeto a la naturaleza. Terminar con las injusticias, restaurar los espacios naturales, erradicar el racismo y resolver la crisis climática, todo ello solo puede lograrse si reconocemos que constituye esencialmente el mismo reto: que los seres humanos convivamos en armonía en este planeta.

Los gobiernos han tomado medidas graduales para abordar el problema, tratándolo como una cuestión independiente, cuando lo cierto es que afecta a todos los temas que necesitamos abordar. El esfuerzo de mayor envergadura fue el Acuerdo de París, que delineó una estrategia unificada para combatir el cambio climático. Todas las naciones del mundo lo adoptaron de forma unánime en diciembre de 2015, y la mayoría lo ratificaron convirtiéndolo en ley en un tiempo récord. Desde entonces muchas corporaciones, grandes y pequeñas, se han fijado metas loables en la reducción de emisiones; muchos gobiernos locales han promulgado políticas efectivas; y numerosas instituciones financieras han desplazado un capital significativo de inversiones en combustibles fósiles a tecnologías limpias alternativas. No obstante, algunos gobiernos han comenzado a declarar una emergencia climática porque, por esenciales que sean las actuales acciones correctivas, tomadas en conjunto resultan todavía insuficientes para detener el aumento de emisiones a nivel mundial y que estas empiecen a disminuir. Cada día que pasa es un día menos que tenemos para estabilizar nuestro planeta, cada vez más frágil, en la actualidad en camino de tornarse inhabitable para los humanos. Se nos está agotando el tiempo. Una vez que alcancemos umbrales críticos, el daño al medioambiente, y consiguientemente a nuestro futuro en este planeta, será irreparable.

A lo largo de los años ha habido todo tipo de reacciones públicas al cambio climático. En un extremo están los negacionistas climáticos, que dicen no «creer» en el cambio climático. El expresidente Donald Trump es el ejemplo más prominente. Negar el cambio climático equivale a decir que no crees en la gravedad. La ciencia que lo estudia no es una creencia, una religión ni una ideología política. Presenta hechos que son medibles y verificables. Al igual que la gravedad ejerce su fuerza sobre todos nosotros tanto si creemos en ella como si no, el cambio climático nos está afectando ya a todos con independencia de dónde hayamos nacido o de dónde vivamos. La irresponsabilidad de no «creer en el cambio climático» se está tornando más evidente con cada nuevo suceso catastrófico. Los negacionistas climáticos están protegiendo descaradamente los intereses económicos a corto plazo de la industria de los combustibles fósiles, en detrimento de los intereses a largo plazo de sus propios descendientes.

En el otro extremo están aquellos que reconocen la validez de la ciencia, pero que están empezando a perder la confianza en que podamos hacer algo para abordar el cambio climático. La gente siente verdadero pesar por la horrible pérdida de ecosistemas y biodiversidad, por lo mucho que estamos a punto de perder, incluido el futuro de la vida humana tal como la conocemos. Muchos de quienes están embargados por esta pena han perdido toda fe en nuestra capacidad colectiva para desafiar el curso de la historia humana. Cada nuevo documental, cada nuevo estudio científico, cada información sobre un desastre hace más profundo el dolor. La aflicción puede ser para algunos una poderosa experiencia transformadora, y posiblemente una de las principales razones por las que el cambio climático ha avanzado en buena medida sin control durante tanto tiempo es que no hemos acertado a sentir de verdad lo que significará. Es importante que todos dediquemos el tiempo y el espacio suficientes a sentir nuestro dolor en lo más profundo y a expresarlo abiertamente. A medida que sintonicemos con la emoción pura, muchos de nosotros experimentaremos un periodo perturbador y oscuro de desesperación, pero no podemos permitirle que erosione nuestra capacidad de movilizarnos con valentía en pro de la transformación.

Un grupo más numeroso de personas, situadas entre esos dos extremos, comprenden la ciencia y reconocen las evidencias, pero no emprenden acción alguna porque no saben qué hacer, o porque es mucho más sencillo no pensar en el cambio climático. Este nos asusta y nos abruma. En gran medida, muchos de nosotros escondemos la cabeza bajo el ala. Cada vez que vemos una noticia sobre condiciones meteorológicas extremas (los huracanes que solían producirse una vez cada quinientos años en una región y que actualmente suceden dos veces en un mes, las sequías que borran pueblos enteros de la faz de la tierra, las olas de calor que baten un récord tras otro, los desastres que ilustran lo que está sucediendo realmente) sentimos un nudo en el estómago. Pero luego quitamos las noticias y nos distraemos con algo que probablemente nos haga sentirnos menos hipócritas. Preferimos actuar como si no pasara nada o como si no hubiera forma de detenerlo. De esa manera podemos engañarnos pensando que la vida continuará sin impedimentos. Aunque se trata de una reacción comprensible, es también un error colosal. La complacencia actual nos asegura un futuro de escasez, inestabilidad y conflictos sin escapatoria.

Ya hemos avanzado demasiado por la senda de la destrucción para ser capaces de «solucionar» el cambio climático. A estas alturas, la atmósfera está demasiado cargada de gases de efecto invernadero y la biosfera excesivamente alterada para que podamos dar marcha atrás al reloj del calentamiento global y sus efectos. Nosotros y nuestros descendientes viviremos en un mundo con unas condiciones medioambientales alteradas para siempre. No podemos recuperar las especies extintas, los glaciares derretidos, los arrecifes de coral muertos o los bosques primarios destruidos. Lo mejor que podemos hacer en mantener los cambios dentro de un rango manejable, evitando la calamidad total, impidiendo el desastre que resultará del aumento desenfrenado de las emisiones. Al menos esto podría hacernos salir del estado de crisis. Es lo mínimo que hemos de hacer.

Pero podemos hacer mucho más.

Abordando ya las causas del cambio climático, podemos minimizar de inmediato los riesgos y salir fortalecidos. Hoy tenemos la oportunidad única de crear un futuro en el que la situación no solo se estabilice, sino que mejore efectivamente. Podemos tener un transporte más eficiente y económico que resulte en menos tráfico, podemos tener un aire más limpio que fomente una salud mejor y el disfrute de la vida urbana, y podemos cultivar un uso más inteligente de los recursos naturales que se traduzca en la reducción de la contaminación de la tierra y del agua. Lograr la mentalidad necesaria para conseguir estas mejoras medioambientales señalaría que la humanidad ha madurado.

Sin disminuir la enormidad de lo que estamos afrontando con el cambio climático, somos capaces de cambiar de rumbo, y ninguna evidencia objetiva dice lo contrario. Nuestras sociedades se han enfrentado con anterioridad a retos difíciles: la esclavitud y el racismo institucionalizados, la opresión y la exclusión de las mujeres, el crecimiento del fascismo. Sin duda, ninguno de estos problemas ha sido definitivamente resuelto, pero, afrontados de manera colectiva, sabemos que son superables. El cambio climático es más complejo todavía debido al desenlace que presagia para la especie humana, pero todos estamos bien preparados para abordarlo. Ya hemos logrado una serie de éxitos sociales y políticos; contamos con la mayor parte, si no con la totalidad, de las tecnologías que necesitaremos; tenemos el capital necesario y sabemos qué políticas son más efectivas. Podemos hacerlo.

Pero estamos lejos de hacer lo necesario.

Tanto si tu actitud hacia el cambio climático es de complacencia como si es de dolor o de ira, este libro es una invitación a que participes en la creación del futuro de la humanidad con la confianza en que, pese a la naturaleza aparentemente enorme del desafío, disponemos como colectivo de lo que se precisa para abordar el cambio climático en la actualidad.

Aquellos de nosotros que hoy estamos vivos tenemos el privilegio único de forjar un futuro dinámico y saludable mediante nuestras acciones en el presente. Hemos escrito este libro para pediros a cada uno de vosotros que protejáis lo que amáis.

Esta invitación requiere tu respuesta inmediata.

Dos fechas deberían grabarse en la mente de todos y cada uno de nosotros: 2030 y 2050.

En 2050 como muy tarde, e idealmente en 2040, deberíamos haber detenido la emisión a la atmósfera de más gases de efecto invernadero de los que la Tierra es capaz de absorber de forma natural mediante sus ecosistemas (un equilibrio conocido como cero emisiones netas o neutralidad de carbono). Con el fin de alcanzar esta meta científicamente establecida, nuestras emisiones globales de gases de efecto invernadero deben estar disminuyendo con claridad a principios de la década de 2020 y haberse reducido al menos un 50 por ciento en 2030.

El objetivo de reducir a la mitad las emisiones globales para 2030 representa el mínimo absoluto que debemos alcanzar si aspiramos a tener al menos una probabilidad de al menos el 50 por ciento de salvaguardar a la humanidad de los peores impactos. Estamos en una década crítica. No es exagerado decir que lo que hagamos respecto de la reducción de emisiones entre hoy y el año 2030 determinará la calidad de la vida humana en este planeta en los próximos centenares de años, cuando menos. Si no hemos reducido a la mitad nuestras emisiones en 2030, es sumamente improbable que seamos capaces de reducir a la mitad las emisiones cada década hasta alcanzar la neutralidad de carbono en 2050.

Este es nuestro límite final. No podemos excederlo.

¿Por qué?

Los efectos del cambio climático no avanzan en línea recta. Un poco más no equivale a un poco peor. Varias regiones de nuestro planeta son críticamente vulnerables, como el hielo marino estival del Ártico, la capa de hielo de Groenlandia, los bosques boreales de Canadá y Rusia, y la cubierta forestal tropical de la Amazonia. Estas han mantenido una temperatura estable en la tierra durante milenios.[2] Si esos ecosistemas fueran pasto de las llamas o se vieran en peligro de alguna otra forma, la temperatura global aumentaría precipitadamente, ocasionando un daño irreparable a nivel mundial. Piensa en esto como en un incontrolable efecto dominó de devastación.[3]

Las decisiones actuales en materia de energía, transportes y uso del suelo tendrán efectos directos y a largo plazo sobre el cambio climático, ya que fijarán sus respectivos niveles de emisiones durante décadas, y las emisiones acumuladas podrían empujarnos a superar más allá de los puntos de inflexión de manera permanente y catastrófica.[4] (Véase el gráfico del apéndice) No podremos volver a contenerlo. Los hitos de 2030 y 2050 se basan en la ciencia más reciente, que nos dice cuánto tiempo podemos continuar haciendo poco o nada antes de que se produzca el desastre.

He aquí las buenas noticias.

Todavía estamos, aunque solo apenas, dentro de una franja en la que podemos evitar lo peor y gestionar los efectos restantes a largo plazo. Pero solamente si hacemos lo que se requiere de nosotros a corto plazo. Esta es la última vez en la historia en que estaremos en condiciones de hacerlo.

Pronto será demasiado tarde.

Sabemos lo que hacer y tenemos todo cuanto necesitamos para ello. La preocupación por el cambio climático varía en función de cada país, pero una creciente mayoría de personas desean que sus gobiernos aborden la cuestión.[5] Para no poner en peligro el futuro de nuestros hijos, hemos de conectar la urgencia del ahora con la realidad de ese futuro.

Tendemos a pensar en «salvar el planeta» como en salvar ciertos elementos ecológicos icónicos: los osos polares, las ballenas jorobadas o los glaciares montañosos. La lógica prevalente es que la naturaleza está sufriendo y los humanos somos cómplices, luego, deberíamos actuar. Aunque en muchos sentidos se trata de un noble sentimiento, también puede darnos la sensación de que el problema está «ahí afuera» y no guarda relación alguna con nuestra vida cotidiana.

El cambio climático se ha malinterpretado durante mucho tiempo como un problema medioambiental que afecta a la supervivencia del planeta. La verdad es que el planeta continuará evolucionando. Lo ha hecho durante cuatro mil quinientos millones de años, experimentando drásticas transformaciones que, en su mayor parte, no propiciaron la existencia de la especie humana. En la actualidad, disfrutamos de unas condiciones ambientales únicas que sí favorecen la vida humana, pero olvidamos que la civilización moderna tal como la conocemos tiene solo alrededor de seis mil años de antigüedad.[6]

El planeta sobrevivirá, sin duda de un modo diferente, pero sobrevivirá.

La pregunta es si estaremos aquí para presenciarlo.

Por eso el cambio climático es el padre de todos los problemas.

Esta crisis eclipsa y abarca cualquier otro asunto que pueda importarnos. El cambio climático debería preocupar a todos aquellos a quienes les importe la justicia social. Afecta desproporcionadamente a los pobres de todos los países, no solo porque con frecuencia estos se hallan más expuestos y son siempre más vulnerables a las perturbaciones relacionadas con el clima, sino también porque disponen de menos recursos con los que responder al desastre.

El cambio climático debería preocupar a todos aquellos a quienes les importe la salud. La quema de combustibles fósiles libera los gases de efecto invernadero que son responsables del cambio climático. Pero esa misma quema (del carbón para la generación industrial de calor y electricidad, y del gasóleo o la gasolina para el transporte) contamina asimismo el aire local con partículas. Los agentes contaminantes microscópicos del aire burlan las defensas de nuestro cuerpo, y penetran profundamente en nuestros sistemas respiratorio y circulatorio, dañándonos los pulmones, el corazón y el cerebro. Son tan perniciosos para la salud humana que más de siete millones de personas mueren cada año a causa de la contaminación del aire.

El cambio climático debería preocupar a todos aquellos a quienes les importe la estabilidad económica y el valor de las inversiones.[7] No es ningún secreto que el carbón ha perdido su viabilidad financiera en la mayoría de las regiones del mundo, porque ya no puede competir con opciones de energías renovables más baratas y más limpias como la solar.[8] Las minas y las centrales de carbón están cerrando, y está cobrando cada vez más fuerza el movimiento de desinversión en el carbón, al que probablemente siga la desinversión en los demás combustibles fósiles.[9] Los bancos centrales del mundo entero están evaluando el riesgo macroeconómico de los billones de dólares invertidos en esos recursos con alto contenido de carbono. Está creciendo la opinión de que necesitamos virar paulatinamente pero con decisión hacia recursos de energías limpias, que mantendrán su valor a largo plazo con más seguridad.[10]

Por último, y de manera fundamental, el cambio climático debería preocupar a todos aquellos a quienes les importe la justicia intergeneracional (que tendríamos que ser todos y cada uno de nosotros). Si no acertamos a actuar como deberíamos, las generaciones futuras serán impotentes a la hora de remediar las consecuencias inexorables de nuestro fracaso. De ahí nuestra profunda responsabilidad moral hacia ellas. No tomar decisiones difíciles hoy privará a nuestros hijos y nietos de su futuro legítimo.

Algunos creen que estamos programados para reaccionar ante las amenazas solo si estas son inmediatas. Las amenazas del cambio climático ya son inmediatas. Supertormentas, ciclones, incendios forestales, sequías e inundaciones por doquier nos proporcionan amplias pruebas del cambio climático, y estos desastres aumentarán en frecuencia, escala y localización. No podemos continuar negando o ignorando el cambio climático. Ahora debemos dejarnos de intentos vagos y actuar, en cambio, en proporción a la magnitud del desafío.

Primera parte. Dos mundos

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Dos mundos

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