Presentación
Rodrigo Uría Meruéndano nació en 1941, en Madrid, y murió con sesenta y seis años, en julio de 2007, durante un crucero por aguas del Adriático. Vivió unas décadas cruciales de la historia de España y las aprovechó al máximo. Pocos podían presagiar que aquel joven pilarista, premioso y mal estudiante de derecho y ciencias políticas, partícipe en las luchas universitarias contra la dictadura y errático a la hora de decidir acerca de su futuro, iba a revolucionar el despacho de su padre, don Rodrigo Uría González, catedrático y prestigioso mercantilista. Pocos de entre quienes lo conocieron de joven imaginaban que iba a convertirse en promotor y director de uno de los bufetes de abogados más importantes del país, presente en los mayores negocios que se desencadenaron en el mundo empresarial durante los años de reconversión y crecimiento de la economía española, y presente también en el ámbito internacional de la abogacía.
Rodrigo Uría Meruéndano descubrió el derecho cuando empezó a ejercerlo, pero no le interesaba la investigación jurídica ni fue nunca un académico, como su padre, al que, sin embargo, admiraba profundamente por ello. No quería ser el «hijo de don Rodrigo», «Rodriguín», como algunos colegas de su padre lo llamaban de manera condescendiente en la universidad o en otros despachos de entonces, más evolucionados algunos, como el de Garrigues, y con los que parecía imposible rivalizar. Cuando por fin decidió que sí, que sería abogado, ya había decidido también que sería algo diferente a lo que representaba su padre, por mucho que siempre se empeñara en mantener la tradición académica y la vinculación con la universidad que encarnaban tanto Rodrigo Uría González como su socio inseparable, Aurelio Menéndez. La idea de que a él le correspondía centrarse en otros ámbitos era una cuestión de afirmación personal, pero, además, una consecuencia de su firme talante competitivo, que mantuvo a lo largo de toda la vida, y de su convicción de lo que hacía falta para situar la abogacía española en los nuevos tiempos. Se preparó para ello: se fue a Nueva York a trabajar en un gran bufete y a su regreso se entregó en cuerpo y alma al desarrollo de un nuevo modelo de despacho, con el que conquistó su propio espacio, cuya independencia defendió en todo momento.
Él no iba por ahí diciendo: «A mí lo que me gusta es el artículo 28 del Código de Comercio», confesaba en una entrevista, aunque había estudiado mucho sobre derecho. Pero no era un abogado obsesionado por la ley escrita (black letter lawyer), ni tampoco un «abogado estrella» como él mismo aseguraba. Ni lo era, ni le interesaba. Lo suyo era sobre todo otra cosa. Era un agudo observador de las situaciones, capaz de adivinar el cambio de los tiempos, de percibir la manera de respirar del mundo empresarial y político, de diseñar estrategias y ofrecer alternativas, de hacerse cargo en pocos minutos de las situaciones más complejas y de simplificarlas. Era un consejero, un negociador nato e imaginativo, un perspicaz adivino de los caracteres humanos y un hábil manipulador de fortalezas y debilidades. Lo que más le interesaba de su profesión era que obligaba a estar siempre en la batalla y que, por lo tanto, lo mantenía a uno «vivo», como le gustaba decir. Por eso reclamaba de su equipo no solo que fueran excelentes abogados profesionalmente impecables, sino que tuvieran aficiones, que leyeran y se mantuvieran atentos a la realidad que los rodeaba, que vivieran e incluso que fueran simpáticos, aunque eso no siempre fuera fácil.
En ese empeño descubrió y explotó sus cualidades organizativas y de liderazgo, y, sobre todo, su extrema habilidad para buscar, rodearse de los mejores y mantenerlos activos, para encontrar el talento allí donde estuviera y sacar lo mejor de cada cual, para formar equipos y empujarlos a innovar de manera permanente, a superar los obstáculos de una dura carrera profesional en el despacho. Siempre dijo que esa había sido la clave de su éxito profesional: la gente de la que se rodeó, que no solo respondió a sus expectativas, sino que consiguió poner orden y encauzar su actividad desbordante. Rodrigo era muy exigente, implacable, aunque también generoso a la hora de reconocer los méritos, sobre todo aquellos que se ganaban a pulso, y podía ser despectivo en extremo con quienes pretendían vivir de las rentas o de sus apellidos, de los «estirados» y de los débiles de carácter. Reconocía que la cualidad que más le gustaba era su sentido del humor, que lo tenía, y la que menos, la agresividad, aunque la vida lo había dulcificado. Decía que había aprendido a ver a las demás personas con un ojo menos crítico, más comprensivo, más tolerante.
Rodrigo Uría Meruéndano fue protagonista de la modernización de la abogacía española, de una verdadera revolución, en gran medida empresarial, y de su prestigio en el mundo. El despacho se convirtió en una partnership siguiendo el modelo anglosajón, en el que quienes entraban debían aspirar a convertirse en socios después de una carrera dura pero conocida en sus pasos y en los méritos necesarios para llegar a la cima. A eso dedicó gran parte de su vida. Aunque en el despacho dejó su impronta, lo institucionalizó para que le sobreviviera. Fue por eso uno de los protagonistas de la transición de la sociedad española, menos nombrado que quienes ocuparon puestos políticos, a muchos de los cuales, sin embargo, conocía. Como repitió en muchas ocasiones, renunció a cualquier protagonismo político porque lo consideraba incompatible con su tarea profesional, pero llevaba la política en la sangre desde sus tiempos en la universidad y las luchas contra la dictadura de los años cincuenta y sesenta, cuando se afilió a las Juventudes Socialistas y contribuyó a la creación de la FUDE (Federación Universitaria Democrática Española). Habría podido quedarse en Nueva York, donde le ofrecieron convertirse en socio de un bufete importante, si no hubiera coincidido con la muerte de Franco. Tenía que estar en España cuando aquello ocurriera, por incierto que fuera el futuro.
Su quehacer resulta incomprensible sin ese matiz, aunque tampoco se entiende sin el círculo de amigos de su padre, que venía desde los tiempos falangistas de la Guerra Civil en Burgos, y en particular sin Dionisio Ridruejo. Fueron también sus padres y sus amigos quienes le inculcaron la pasión por el arte, sobre todo por la pintura. Rodrigo confraternizó con pintores y galeristas desde muy joven, muy especialmente con Eduardo Úrculo, y frecuentó a quienes rompieron los moldes del arte oficial, porque lo que le gustaba era la vanguardia y el arte abstracto. Quemó todas las etapas que vivió su generación y vivió las secuelas de la movida madrileña. El mismo año en que una de las revistas más simbólicas de aquel momento, La Luna, publicaba su foto como parte de la «generación del 87», el despacho había abierto su segunda sede en Barcelona y lanzaba un proyecto para converger con despachos de otros países en una gran alianza europea. Asimismo, por aquellos días Rodrigo ponía fin a la aventura de recuperar un cuadro de Goya exportado de manera ilegal, para lo que le había pedido ayuda su amigo Javier Solana —entonces ministro de Cultura—, e iniciaba su intervención en la adquisición de la colección Thyssen-Bornemisza. Para entonces ya era miembro del patronato del Museo del Prado, lo único que pidió a cambio de aquellas colaboraciones. Le tocó en suerte asistir al feliz desenlace de la larga y complicada historia de la ampliación de aquel museo. El día que fue nombrado presidente de ese patronato, en el año 2004, se consideró el hombre más feliz del mundo y le dedicó un recuerdo a su madre, Blanca Meruéndano, «pintora secreta», como la llamaba su amigo Pedro Laín, de la que Rodrigo había recibido sus primeras lecciones de pintura, precisamente por los pasillos del Prado.
«Yo no puedo ser pesimista en relación con España», dijo en una entrevista a comienzos de 2007, poco tiempo después de que en otra hubiera afirmado, rotundo, que había que tener «un respeto enorme por la Constitución», pues había visto cómo cambiaban las estructuras económicas y empresariales del país, y cómo se había consolidado la democracia. Sus ímpetus revolucionarios habían desaparecido mucho tiempo atrás. Ya en 1975, cuando le pidió a Jimmy Johnson, socio del bufete Cleary Gottlieb, en Bruselas, que acogiera en prácticas a algún abogado joven del bufete, le había explicado que, antes o después, España entraría por la senda de la modernización y que había que prepararse para ello. Él lo hizo. Su optimismo no era incompatible con su espíritu crítico respecto de ciertos aspectos institucionales y de la cultura económica y política de la España democrática, así como con cierta inquietud hacia la evolución del mundo en los comienzos del siglo XXI. Pero su balance era, sin duda, positivo.
Como rezaba el pie de aquella fotografía que se publicó en La Luna en 1987, Rodrigo era «un coleccionista de arte exquisito y un amante de la noche, de sus bares y sus copas». En alguna entrevista hacia sus últimos años dijo que si alguna vez se perdía lo buscaran en un bar. Era un buen orador en los actos públicos y un conversador incansable en mesas y sobremesas, desconcertante en muchas ocasiones, «ocurrente, brillante, sagaz, duro —más que duro, implacable—, mordaz, juguetón, inventivo, leal a sus amigos y cautivador», «un personaje extravagantemente excepcional», como lo describió su amigo José María Castañé. Siempre le gustaron las mujeres. Se casó dos veces, con Janine Ronsmans primero, de quien se divorció, y luego con Mónica Prado, de quien se separó. Tuvo cuatro hijos, dos en cada matrimonio: Paula y Dionisio; Blanca y Ángela. No era fácil la convivencia con él. En aquella misma entrevista dijo que le gustaban mucho sus hijos, pero siempre dejó claro que si decidían ser abogados —y lo fueron dos de ellos—, nunca entrarían en el despacho, porque esa era la norma estatutaria aplicable a los hijos de todos los socios. Rodrigo tenía un carácter fuerte, en ocasiones insoportable, y una lengua irrefrenable que no dejaba a nadie indiferente, aunque siempre medía bien ante quién estaba.
Yo no conocí a Rodrigo Uría. Este libro surgió por iniciativa de José María Segovia y de Luis de Carlos, y debía haber estado listo cuando se cumplieron diez años de su muerte. Descubrir al personaje y contar su biografía me ha llevado más tiempo del que yo calculé en un principio, y habría resultado imposible sin el apoyo del despacho Uría Menéndez y sin las conversaciones y entrevistas que he mantenido con algunos de los que trabajaron con él o lo conocieron, probablemente muchos menos de los que deberían estar. Además de apoyarse en alguna bibliografía y prensa de la época, así como en algunas entrevistas publicadas con el propio Rodrigo y en testimonios suyos grabados, este libro se sostiene fundamentalmente en las conversaciones con sus colegas y amigos que he podido hacer, y en las que poco antes de que muriera Rodrigo Uría grabó Miguel Aguilar, permitiendo, con gran generosidad, que yo las utilizara. En ellas se ha basado gran parte de lo que cuento en los primeros capítulos.
Vaya por tanto mi agradecimiento a todos ellos: a Janine Ronsmans y a Mónica Prado; a Paula y Dionisio Uría Ronsmans, y a Blanca y Ángela Uría Prado; a José María Castañé; a José María Segovia, Luis de Carlos, Charles Coward, Fernando Pérez de la Sota, José Pérez Santos, Juan Cadarso, Romana Sadurska y Nina Alejandrino; a Antonio Garrigues, José Pedro Pérez-Llorca, Miquel Roca, Coloma Armero, David Giner y Rodrigo Bercovitz; a Miguel Satrústegui, Miguel Ángel Cortés, Miguel Zugaza y Manuela Mena; a Javier Solana, Guillermo de la Dehesa, Milagro Laín, Rafael Salama, Prudencio García, Miguel Ángel Aguilar, María Antonia Monés, Francisco Calahorra y Diego Prado. Todos ellos me hablaron de Rodrigo, de distintas facetas de su vida y de su manera de ser y actuar, aunque, por supuesto, lo que aquí se dice es responsabilidad exclusivamente mía.
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Las dos familias, Uría y Meruéndano
Decía Rodrigo que el apellido Uría tenía origen vasco, pero que la familia se había afincado muy pronto en Asturias, en la parte occidental, concretamente en Ibias, para trasladarse después a Oviedo. Los Uría no eran aristócratas, porque en Asturias apenas había dos familias de aristocracia antigua, el condado de Toreno y el marquesado de San Miguel. El resto de los títulos eran del siglo XIX. Los Uría eran una familia de la alta burguesía, bien conocida en el principado; eran profesionales liberales, sobre todo abogados, y también propietarios rentistas. Algunos antepasados tuvieron cierta presencia política en aquella sociedad de notables dentro de una provincia minera e industrial que también contaba con una relevante tradición cultural e intelectual, como correspondía al prestigio del que gozaba su universidad, con una larga historia y una tradición intelectual vinculada al krausismo. Del llamado «grupo de Oviedo» formaron parte, entre otros, Adolfo Posada, Adolfo Álvarez Buylla, Rafael Altamira y Aniceto Sela.[1]
El abuelo de Rodrigo, Juan Uría y Uría, era abogado y político. Fue alcalde de Oviedo en 1901 y, unos años después, en 1910, obtuvo acta de diputado, «cunero», por el distrito de Belmonte, un pequeño municipio de la provincia de Cuenca. Era liberal, del partido de Canalejas, y exhibía con orgullo ciertas cicatrices que, según él, habían sido producidas por los cristales que saltaron en el atentado que, en 1912, le costó la vida al líder del Partido Liberal, entonces presidente del Gobierno. Luego militó en el republicano Partido Reformista de Melquíades Álvarez.
Su hermano José era un excelente pintor que estudió con Salvador Martínez Cubells y estuvo muchos años en Roma, en la Academia de España. Entre sus cuadros, propiedad del Museo del Prado, se encuentra Después de una huelga, una pintura de gran realismo social, propio de la época, depositado en el Museo de Bellas Artes de Asturias, en Oviedo.
Con respecto a otro hermano del abuelo, Manuel Uría y Uría, la familia no solía hablar mucho de él porque, al parecer, fue gobernador en Filipinas y protagonizó allí alguna historia oscura. Sí se hablaba, y mucho, de las anécdotas de otro de ellos, Rodrigo Uría y Uría, del que heredarían el nombre el padre y el propio Rodrigo. Era soltero y lo llamaban «El Solitario de Tiñana». Fue autor de varios libros, entre ellos uno titulado Meditaciones de un impío. Tenía un humor ácido y socarrón, que ejercía para componer versos sobre otros miembros de la familia.
Había también una hermana, Carmen, la pequeña, conocida como la «Mamabuela», que los emparentaba con los García-San Miguel, aquella otra familia de abogados, empresarios y políticos, en este caso con título. Carmen se casó con Victoriano García-San Miguel, marqués de Teverga, coronel de ingenieros y miembro del Partido Liberal, diputado por Luarca desde 1901 y senador por Málaga en 1908, consejero del Banco Asturiano de Industria y Comercio y del Banco de Valencia.
La gran familia, para Rodrigo, era esa, la familia Uría, la de su abuelo Juan y sus hermanos. Cada hijo había recibido del bisabuelo una casa, en distintos lugares de Asturias. La de su abuelo Juan estaba en Celorio, y allí podían reunirse hasta cuarenta personas, porque en la generación siguiente fueron nueve hermanos.
Uno de ellos, Rodrigo Uría González, que sería padre de Rodrigo, nació el 26 de noviembre de 1906, en la parroquia de Villapérez, a las faldas del Naranco. Tuvo cuatro hermanos y cuatro hermanas y uno que murió de pequeño. Rodrigo era el menor de los varones, que se casaron todos; de las cuatro hermanas, ninguna. El segundo varón, ingeniero de minas, casado y con dos hijos, murió asesinado en el 36 por los obreros de la fábrica en la que trabajaba. Desde entonces, cada una de las cuatro mujeres se dedicó a una de las familias de los varones. A ellos les «tocó» la tía Isabel. Eran mujeres «muy bondadosas», recordaba Rodrigo, propias del fascismo que había en España cuando él las conoció, después de la guerra.
Pero si la familia Uría era una referencia importante para Rodrigo, no lo fue menos la de su madre, los Meruéndano, aunque fuera más reducida. Su madre, Blanca Meruéndano Cantalapiedra, era hija de un abogado del Estado. Los dos abuelos de Rodrigo eran, por tanto, abogados. El materno, Francisco o Paco, llegó a Oviedo desde Galicia, el Ribeiro, en los años veinte como jefe de la abogacía del Estado, casado ya con su abuela, Blanca Cantalapiedra Chao, a la que llamaban «Mamiña», y sus dos hijas, Blanca y Charo.
Rodrigo no conoció a su abuelo, pero recordaba que su abuela se refería a él como «el pobre Paco», no solo porque hubiera muerto, sino porque «careció de influencia». El personaje era ella. Descendía por vía directa de Eduardo Chao, un farmacéutico de Ribadavia, ilustrado y fundador de la Institución Libre de Enseñanza, que llegó a ser ministro de Fomento con Salmerón, en la Primera República, y probablemente fue masón. A Rodrigo, aunque llevaba el apellido Chao en octavo lugar, le gustaba recordarlo. Aquel Eduardo Chao no tuvo más que una hija, que se casó con un ingeniero de minas, de apellido Cantalapiedra. Tuvieron a su vez una hija, Blanca, y se fueron a Cuba, donde la madre murió de manera prematura. Blanca fue para su padre «la niña de sus ojos». En algún veraneo en Galicia debió de conocer al «pobre Paco», se casaron y se fueron a vivir a Oviedo.
De aquel matrimonio Meruéndano Cantalapiedra nacieron tres hijos: Blanca, la madre de Rodrigo; la tía Charo, que se quedó soltera, y el tío Eduardo. La abuela Blanca y sus dos hijas, Blanca y Charo, tuvieron una gran presencia en la infancia de Rodrigo porque vivieron con la familia en Madrid durante unos años. Blanca y Charo eran prácticamente antitéticas, según recordaba Rodrigo. Blanca era monísima, simpática y con una sonrisa fantástica; Charo, menos agraciada y muy retraída; era como «alemana», y fue ella quien le enseñó a leer. La abuela era republicana, volteriana, institucionista, y él, Rodrigo, fue su primer nieto. Quizá por eso se empeñaba tanto en hablar con él y en leerle; estaba convencida de que si su nieto no aprendía francés, nunca leería nada que mereciera la pena. En España no había libros, no se publicaba casi nada, y los permitidos sufrían la escasez y mala calidad del papel en que se imprimían.
La abuela lo llamaba muchas veces Eduardo, y Rodrigo al principio no sabía por qué. Luego entendió que echaba de menos a su tercer hijo, su tío Eduardo, todo un personaje, que estaba ausente. Había sido del Grupo de Acción Republicana, de Azaña, durante la Segunda República. Se preparaba para seguir los pasos del padre y convertirse en abogado del Estado, pero tuvo que exiliarse. Estuvo en Francia, en un campo de concentración, y finalmente pudo llegar a Cuba. Era un hombre culto, un gran lector, y en la Cuba que entonces presidía Prío Socarrás hizo una buena carrera de periodista en la revista Bohemia, muy importante allí, y sobre todo en la televisión, en la que tuvo un gran éxito. La deriva dictatorial de Batista, primero, y la revolución castrista, después, lo convencieron para salir de la isla y, aprovechando el nombramiento como embajador en Portugal de su amigo el poeta y escritor avilesino Luis Amado Blanco, se instaló en Lisboa a comienzos de los años sesenta. Pudo así reencontrarse con su familia española. Rodrigo lo conoció entonces, cuando él tenía dieciocho años. El tío Eduardo, que había tenido gran éxito con las mujeres, se casó en Lisboa con una mujer algo simple, según decía su abuela. La llegada de un nuevo embajador cubano, un comisario político de Castro, lo llevó a pedir asilo político en España. Fue el padre de Rodrigo quien le conseguiría un trabajo en Madrid.
Las dos familias de Rodrigo, la paterna, los Uría, más numerosa y afincada en Asturias, y la materna, los Meruéndano o, mejor dicho, «las» Meruéndano, sobre todo su abuela y su madre, trasladadas a Madrid, le transmitieron herencias un tanto encontradas. Los Uría, salvo alguna excepción, constituían una familia de notables, de prohombres bien asentados en la región, abogados y políticos, liberales en su origen y conservadores en su deriva, sobre todo en los años treinta, y, en el caso de las cuatro tías de Rodrigo, muy católicas. La familia materna, los Meruéndano, era más bohemia, con antepasados un tanto novelescos y tradiciones más republicanas e institucionistas.
Rodrigo Uría González, el padre de Rodrigo, había sido un buen estudiante. Entró en la universidad para estudiar derecho en 1922, con dieciséis años y pantalón corto. Su brillante carrera terminó en 1927 con premio extraordinario. Entre 1931 y 1935 estuvo pensionado por la Junta para Ampliación de Estudios en tres ocasiones en diversas universidades alemanas, tras presentar su tesis doctoral en la Universidad Central de Madrid en 1930. Al principio su interés se había centrado en el derecho público, pero no tardó en evolucionar hacia el derecho privado por consejo de dos de sus grandes maestros: el romanista y civilista Manuel Traviesas y el catedrático de historia del derecho Ramón Prieto Atance. En la Universidad de Oviedo, lugar donde había estudiado, fue nombrado por concurso de méritos profesor auxiliar de derecho mercantil, encargado de la cátedra y de la docencia de esa materia.
Rodrigo Uría González y Blanca Meruéndano Cantalapiedra se conocieron en Oviedo a comienzos de los años treinta y se enamoraron. Se podía considerar que eran vecinos y, además, ambas familias habían perdido sus casas en la revolución de octubre de 1934, que protagonizaron las izquierdas cuando entró la católica CEDA en el Gobierno, temiéndose que aquello significara el principio del triunfo del fascismo. Eran tiempos convulsos en toda Europa y la República española pugnaba por consolidarse con grandes dificultades. Aunque la revolución de octubre del 34 representó un fracaso a nivel nacional, prendió en Cataluña, sobre todo con contenidos de carácter nacionalista, y en Asturias, donde se convirtió en una verdadera revolución social, cruenta en su explosión y violenta en la represión. Las casas de los Uría y los Meruéndano fueron asaltadas y ocupadas por los sindicatos obreros. Los Uría tenían otra, a la que se mudaron. Los Meruéndano perdieron todos los recuerdos, las fotografías, los libros, las cartas... todo ardió en aquella revolución. Lo que la abuela Blanca pretendía al contarle tantas cosas, pensaba más adelante su nieto, era luchar por conservar la memoria familiar.
Al poco tiempo de pasada la revolución, en noviembre de 1934, Rodrigo Uría González solicitó la suspensión de la pensión en el extranjero, que por entonces disfrutaba en la Universidad de Siena, para opositar a la cátedra de derecho mercantil de la universidad ovetense. No tuvo éxito y siempre reconoció los méritos de quien obtuvo la plaza, Antonio Polo, al que profesaba admiración y amistad. Rodrigo Uría achacó su mala fortuna a la pérdida de muchos materiales preparatorios de la oposición en el incendio de su casa durante la revolución de octubre, aunque también contó que había extraviado la cartera con sus notas de trabajo y la memoria de cátedra cuando volvía en tren desde Siena. Tuvo que rehacer las páginas perdidas. Asimismo, se presentó poco más tarde a las oposiciones a cátedra de la Universidad de La Laguna, otra vez sin éxito. En septiembre de 1935 renunció a la pensión de la JAE (Junta para la Ampliación de Estudios), que se la había renovado unos meses antes.[2]
Al estallar la sublevación militar del 18 de julio de 1936, Rodrigo Uría González estaba, por tanto, en Oviedo. La máxima autoridad militar en la ciudad, el coronel Antonio Aranda, tenía fama de liberal y de masón. Inicialmente, apoyó la formación de milicias de obreros y mineros para defender la República; sin embargo, no tardaría en cambiar de bando y adherirse a los sublevados, declarando el estado de guerra. Oviedo fue entonces rodeada por las milicias republicanas. Sufrió un largo y duro asedio, de más de un año, que, amén de la violencia propia de una situación de guerra, hizo padecer hambre y epidemias a la población. La conquista final de Asturias por parte de las tropas nacionales se confirmó con la caída de Gijón el 21 de octubre de 1937, que puso fin al sitio de Oviedo.
2
La Guerra Civil y la posguerra
La Guerra Civil fue determinante para Rodrigo Uría González, como para toda su generación. En su caso, fue entonces, además, cuando se perfiló su futuro profesional de la mano de Joaquín Garrigues y Díaz-Cañabate, y se forjó un círculo de amistades que duraría toda su vida.
Rodrigo Uría González se hizo falangista, según pensaba después su hijo, en medio de la euforia de los primeros meses de la Guerra Civil. No había cumplido los treinta años cuando se produjo la sublevación. Ocupaba su plaza de profesor auxiliar en la universidad y participó en la defensa de la ciudad frente al cerco republicano, como le agradeció el claustro en abril de 1937. Apenas dos meses después recibió una carta de Joaquín Garrigues y Díaz-Cañabate, que ya era por entonces, a pesar de su juventud, un maestro consagrado en derecho mercantil. Había obtenido su cátedra, con tan solo veintisiete años, en la Universidad Central de Madrid en 1927, en una sonada oposición contra otros ocho candidatos. Pronto se destacó frente al candidato «oficial», lo que provocó una movilización en contra de Garrigues que llevó a José Antonio Primo de Rivera, de quien era amigo, a interceder ante su padre, el general y dictador Miguel Primo de Rivera, entonces presidente del Directorio. Hubo altercados en el momento de la votación, pero, finalmente, primaron los méritos y Joaquín Garrigues obtuvo la plaza, convirtiéndose en el catedrático más joven de la Universidad Central, en la que llegaría a vicerrector en los años treinta. Abrió, además, su propio despacho y fue miembro de la Comisión Jurídica Asesora del régimen republicano.
Joaquín Garrigues era siete años mayor que Rodrigo Uría, quien, en 1932, aconsejado por sus maestros ovetenses, fue a verlo a Madrid para sondear la posibilidad de trabajar con él. En aquella ocasión, Garrigues le dio largas. Unos años más tarde, con el ánimo decaído tras perder sus oposiciones, Rodrigo Uría volvió a verlo e insistió en su petición, y recibió entonces una contestación más esperanzadora. La invitación no se formalizó, sin embargo, hasta mayo de 1937, en plena Guerra Civil. Joaquín Garrigues le escribió para proponerle que fuera a trabajar con él a Salamanca, donde se había trasladado para dirigir el servicio de estudios jurídicos de Falange. La respuesta del joven Rodrigo Uría fue inmediata. Para asegurarse, envió primero un telegrama, en el que decía que podían contar con él, y después mostró su entusiasmo por carta:
Para mí es un honor, que aprecio y agradezco en lo mucho que vale, haber sido elegido por usted para colaborar en los trabajos jurídicos que usted tenga a bien encomendarme; tanto es así que me asalta el temor de que acaso no logre, a pesar de mi buena voluntad, dar el rendimiento que en los momentos actuales el cargo exige, defraudando así la confianza que en mí deposita. [...] Por mi cualidad de movilizado en el servicio de armas, necesito proveerme de las oportunas autorizaciones para trasladar mi residencia desde Oviedo a Salamanca, pero espero que en pocos días pueda incorporarme a ese servicio.[1]
Garrigues estaba trabajando para Falange en Salamanca, capital de los sublevados, pero no por eso se hallaba libre de sospechas. Como otros jóvenes profesionales o intelectuales, había asistido con cierto desencanto a la evolución política de la República de la mano del filósofo José Ortega y Gasset, al que todos admiraban y seguían. El 17 de julio de 1936 había salido con su familia hacia Fuenterrabía, donde veraneaban, pero, estallada la guerra, la inseguridad y la incertidumbre lo llevaron a refugiarse en Francia, en San Juan de Luz. Escribió al entonces presidente de la Junta Nacional de los militares sublevados, el general Cabanellas, y las palabras de este lo convencieron para volver a la zona «nacional». Regresó a España y se fue a Zaragoza, donde pidió incorporarse a la universidad. Allí, pese a recibir autorización de la comisión de cultura de la Junta, fue detenido por la Guardia Civil el 19 de enero de 1937 y trasladado, esposado, a la prisión provincial de Valladolid. Su pasado republicano lo convertía en sospechoso. Veinticinco días después, gracias a los apoyos recibidos, fue puesto en libertad y, a finales de marzo de 1937, se trasladó a Salamanca, donde se convirtió en jefe de la Asesoría Jurídica de Falange. Entró así a formar parte de quienes pretendían sentar las bases de un nuevo Estado, cuyos contornos todavía no estaban definidos y por cuyo control pugnaban las diferentes familias políticas que habían confluido en el apoyo a la sublevación militar.
Joaquín Garrigues era más un técnico en derecho que un ideólogo político. Se le dieron facilidades para que organizara su departamento y eso le permitió reclutar a Rodrigo Uría y también a Francisco Javier Conde, otro joven profesor universitario, sospechoso asimismo por haber trabajado con Manuel Martínez Pedroso, catedrático de derecho político y socialista, aunque Conde había abandonado las ideas socialistas tras su estancia en Berlín, entre 1933 y 1936, donde había estudiado con Carl Schmitt. Había sido suspendido de empleo y sueldo, pero Garrigues lo llamó en mayo de 1937 y pudo incorporarlo a su equipo, aunque el propio Garrigues seguía vigilado. Se quejó de ello por carta al entonces poderoso «cuñadísimo» de Franco, Ramón Serrano Suñer, y al propio Caudillo.
Todavía tuvo que enfrentarse Garrigues a otro encarcelamiento y dos juicios sumarísimos como consecuencia de un comentario que hizo, en privado, acerca de una posible mediación que permitiera acabar con la guerra. Lo había oído en una radio extranjera. El comentario llegó a lo más alto y Garrigues fue detenido. Del primer juicio sumarísimo, muy breve pero grave, porque se le acusaba del delito de auxilio a la rebelión, salió absuelto, aunque continuó en prisión, en Santander, incomunicado. El segundo se convirtió en un proceso político sobre su pasado, que seguía considerándose «dudoso» por razones tan peregrinas como su colaboración y amistad con el republicano Sánchez Román, su participación en la «formidable organización revolucionaria denominada FUE» o la supuesta influencia política de su despacho durante la República. Ante ese segundo juicio, cuya tramitación tardó varios meses, se movilizó toda la familia, sobre todo su mujer, su padre y su hermano Emilio. Desde la cárcel, Joaquín Garrigues preparó su defensa, seleccionó a sus testigos y puso especial empeño en dar instrucciones a las dos personas con las que tenía más confianza en Burgos y que creyó que podían ayudarlo: Francisco Javier Conde y Rodrigo Uría. Este lo mantuvo informado por escrito de sus gestiones y le daba ánimos. «La carta del gran Uría me satisface mucho —le escribió Garrigues a su mujer—. ¡Qué amigo tan extraordinario!»[2]
Fueron meses muy duros para Joaquín Garrigues, aunque al final los testimonios en su favor resultaron abrumadores, entre otros el del propio Raimundo Fernández Cuesta o los de Pilar Primo de Rivera y Pedro Laín Entralgo, amén de que tirara del recuerdo de su amistad con el propio José Antonio. La sentencia resultó condenatoria, al declararse probado el delito de auxilio a la rebelión militar; la pena solicitada fue, sin embargo, muy leve: seis meses de cárcel, de los cuales ya había cumplido cuatro. En las pugnas políticas del momento entre quienes hacían méritos para recibir los favores de Franco, aquel juicio había representado probablemente un ataque a Fernández Cuesta, del que entonces dependía jerárquicamente Garrigues, así como un ajuste de cuentas del también ministro González Bueno, en venganza por su fracasado proyecto de Fuero de los Españoles, que achacaba a la oposición del que presentó el grupo integrado por Garrigues, Ridruejo y Conde.[3]
Cuando Garrigues salió de la cárcel escribió una carta a Rodrigo Uría:
No sabe cuánto le agradezco el gallardo comportamiento que tuvo Vd. en mi juicio, como corresponde a hombres enteros que saben hablar con la voz de la verdad, allí donde otros hablan con voz temblona de la lisonja y el disimulo. Cuando pase el tiempo y haya olvidado a estos hombrecillos que, para satisfacer su envidia, me concedieron el honor de sufrir un poco por España, entonces —y siempre— yo recordaré este gesto suyo, amigo Uría, al tenderme la mano, porque creía así defender la verdad contra la mentira y el embrollo. Aunque Vd., por su generosidad, no las acepte —terminaba su carta—, yo le doy otra vez las gracias. Y para siempre.[4]
Volvió a hacerlo muchos años más tarde, en 1976, cuando se jubiló don Rodrigo Uría y se le rindió homenaje en un acto presidido por el entonces ministro de Educación, Aurelio Menéndez, y por el propio Joaquín Garrigues. Emocionado, este recordó la Guerra Civil y dijo que debía muchas cosas a su discípulo, entre otras, su vida misma.[5]
En 1937, incorporada Asturias definitivamente al territorio controlado por el ejército sublevado, el Ministerio de Educación Nacional de Pedro Sainz Rodríguez confirmó a Rodrigo Uría en su puesto de profesor auxiliar, después de haber recibido los informes favorables de la Comisión Depuradora y de las autoridades de Oviedo, pero «sobre todo por su comportamiento en la defensa de aquella capital». Recordaba mucho más tarde su hijo Rodrigo que, en algún libro dedicado al «heroico» cerco de Oviedo, se hablaba de un joven profesor a cargo de una ametralladora, que debía de ser su padre, y, de hecho, cuando este murió encontró en un cajón dos cruces rojas al mérito militar, de las que su progenitor nunca había hecho mención.
Quizá gracias a esos méritos, en mayo de 1938 consiguió sacar de la cárcel a su novia, Blanca Meruéndano, a la hermana de esta, Charo, y a la madre de ambas. En la dura represión que siguió a la rendición final en Asturias, cuando varios cientos de personas pasaron por expedientes de depuración, encarcelamientos y consejos de guerra, la familia Meruéndano tenía suficientes antecedentes como para resultar sospechosa de simpatías republicanas. De hecho, el hermano de Blanca y Charo, Eduardo, seguidor de Azaña, terminó exiliándose, como ya hemos comentado. La intervención de Rodrigo liberó a las tres mujeres de prisión, y un familiar, el tío Felipe, que tenía coche, se las llevó en un viaje entonces interminable hasta Orense, de donde provenían los Meruéndano, y allí las dejó. Rodrigo y Blanca siguieron escribiéndose y regresaron a Oviedo, junto con la abuela y la tía Charo, al terminar la guerra.
Fue entonces, en 1939, cuando Joaquín Garrigues volvió a ofrecerle a Rodrigo Uría trabajar con él, tanto en el despacho que reabrió nada más volver a Madrid, en la calle Antonio Maura, como en su cátedra de la Universidad Central. La casa de Garrigues había sido saqueada durante la guerra, pero sus libros, sus archivos y expedientes estaban intactos, lo que le permitió reanudar su actividad como abogado, que fue creciendo y consolidándose en los años siguientes. También recuperó su cátedra. En agosto de 1939, el entonces decano de la Facultad de Derecho y miembro de la Primera Junta de Gobierno de la Universidad Central, el sacerdote salmantino y catedrático de derecho canónico Eloy Montero Gutiérrez, actuando como juez instructor, terminó de estudiar el expediente de Joaquín Garrigues y decidió que fuera admitido de inmediato sin ningún tipo de sanción. Los testimonios a su favor de responsables de Falange, de la judicatura y de la universidad habían sido abrumadores.
Garrigues no solo recuperó su cátedra, sino que se incorporó al Instituto de Estudios Políticos, un organismo concebido en los momentos entusiastas de la posguerra como escuela de mandos, cuerpo consultivo y comisión general de codificación para el nuevo Estado. El instituto nació en el seno de Falange y permaneció siempre en la órbita del Movimiento, aunque en los años cincuenta el almirante Carrero Blanco quiso llevárselo a la Presidencia de Gobierno. Tuvo una participación relevante en el proceso de institucionalización del nuevo régimen, así como en la incorporación de un importante plantel de intelectuales y expertos. Allí se discutieron y elaboraron anteproyectos de ley, tanto de las llamadas Leyes Fundamentales del Reino como de otras leyes orgánicas, y se divulgaron sus principios doctrinales a través de conferencias, seminarios y publicaciones, tanto libros como revistas. Supuso también, aunque quizá no con la intensidad y la homogeneidad que se pretendía, una fuente de reclutamiento de la clase política. La mayor parte de los miembros del instituto provenían del falangismo convencional, del partido único que a partir de 1943 fue bautizado como Movimiento Nacional, pero hubo en su seno facciones minoritarias que marcaron la institución. De hecho, los tres primeros directores del instituto pertenecieron a alguna de ellas. Alfonso García Valdecasas, el primero, había sido miembro de la Agrupación al Servicio de la República y fundador después del Frente Español y de Falange; era un monárquico de raíces orteguianas. Fernando María Castiella era un católico proveniente de la Asociación Nacional de Propagandistas. Francisco Javier Conde, el tercero, era un falangista schmittiano, como vimos, con reminiscencias también orteguianas. Compartían esas raíces otros miembros destacados del instituto: el economista Valentín Andrés Álvarez, el sociólogo Salvador Lissarrague, los historiadores Luis Díez del Corral y José Antonio Maravall o el propio Joaquín Garrigues.
La incorporación de Garrigues al Instituto de Estudios Políticos significaba su rehabilitación, como fue también el caso, por ejemplo, de Ramón Carande. Ambos tenían un cierto pasado que en el nuevo régimen algunos tachaban de «liberal», y que les había acarreado problemas. Se les permitió recuperar su estatus en respuesta a su «arrepentimiento y espíritu de servicio», según decía un decreto del 10 de octubre de 1941. Carande fue nombrado director de la sección de economía del instituto, junto con José Vergara Doncel, y Joaquín Garrigues lo fue de la de Reforma del Derecho Privado. A este le correspondió la tarea de revisar el Código de Comercio y la reglamentación de la actividad empresarial, en especial de las sociedades anónimas, en un primer momento para adaptarlas a los ejemplos alemán e italiano, que conocía bien gracias a su asistencia a distintos congresos y universidades en ambos países. Eran los años de la inmediata posguerra y del alineamiento de la España franquista con los países del Eje envueltos en la Segunda Guerra Mundial. Ni la economía de libre mercado ni el derecho privado tenían un claro encaje en la ideología totalitaria, y la tarea no era fácil. Garrigues manifestó su preferencia por el modelo corporativo italiano, que hacía compatible la iniciativa privada con la subordinación de la empresa al interés nacional, frente al modelo alemán, más totalitario. En cualquier caso, la elaboración de la ley definitiva no llegaría hasta 1951, pasados ya los entusiasmos fascistas, y se basó en supuestos muy alejados de los de diez años atrás.[6]
Rodrigo Uría acompañó a Garrigues en todas esas tareas, incluidas las del Instituto de Estudios Políticos. Fue pasante en su despacho, como era habitual en aquella época al iniciar la carrera. Los jóvenes abogados aprendían el oficio ayudando al titular del bufete y encargándose personalmente de los asuntos que este delegaba en ellos. ¡Y qué más podía soñar Rodrigo Uría que hacerlo bajo el magisterio de don Joaquín Garrigues! También era habitual que, en un momento dado, cuando alguno de esos pasantes ya se había hecho un nombre, decidiera emanciparse y abrir su propio despacho. Fue lo que hizo Uría González en 1946, poco después de que se produjera la fusión de los bufetes de Joaquín Garrigues y de su hermano Antonio.
Durante aquellos años, Rodrigo Uría había compatibilizado su trabajo en el bufete y en el Instituto de Estudios Políticos con su puesto como profesor auxiliar de la cátedra de Garrigues y la preparación de sus propias oposiciones a cátedra. En 1940 había publicado su libro sobre el seguro marítimo, por el que cobró cinco mil pesetas que, como recordaba después su hijo, le sirvieron para casarse, por fin, con su novia, Blanca Meruéndano. Tres años más tarde obtuvo la cátedra de derecho mercantil en la Universidad de Salamanca. Unos meses después se le concedió dispensa de docencia en aquella ciudad, al haber sido nombrado encargado de la cátedra de derecho mercantil de la recién creada Facultad de Ciencias Políticas y Económicas, en la Universidad Central de Madrid. Esa situación duró nueve años y, en algún momento, desde Salamanca, el rector le pidió que pusiera fin a una tesitura de interinidad que se prolongaba en exceso. Finalmente, en 1953, Rodrigo Uría obtuvo por oposición la cátedra de la que venía encargándose desde años atrás en Madrid.
Ya era catedrático y titular de su propio despacho. Uría siempre fue más un catedrático con bufete que un abogado que impartiera clases. Su reconocimiento profesional y su consideración de maestro en el derecho mercantil, que por entonces se renovaba para adaptarse a las nuevas realidades económicas, fueron en aumento. Su relación con su maestro y amigo don Joaquín Garrigues resultaría determinante en el desarrollo de lo que se ha dado en llamar «la escuela de derecho mercantil española». En 1936, Garrigues había publicado el segundo tomo de su Curso de derecho mercantil, y ya después de la guerra vieron la luz los tres volúmenes del tomo primero del Tratado de derecho mercantil (1947-1949). En 1946, fruto de la estrecha colaboración entre ambos, apareció la Revista de Derecho Mercantil, de la que Rodrigo Uría fue director, y que se convirtió en vehículo y expresión de todos los que se dedicaban a aquella rama del derecho. En 1953 se editó el Comentario a la ley de sociedades anónimas, elaborado conjuntamente por los dos, y ese mismo año otro relevante mercantilista, Girón Tena, publicó su Derecho de las sociedades anónimas. En 1958 aparecieron los Contratos bancarios, de Garrigues, y el manual Derecho mercantil, de Rodrigo Uría —«el Uría»—, que se convertiría en libro de texto y referencia para varias generaciones de mercantilistas.
Aquel cuerpo de doctrina, junto con una colección de monografías de gran calidad, muchas de las cuales se publicaron en la Revista, renovaron el derecho mercantil español, dejando obsoleto el vigente hasta entonces y, de ser prácticamente desconocido, se convirtió en uno de los más acreditados de Europa. Joaquín Garrigues y Díaz-Cañabate fue el pionero, el fundador y la referencia para los más jóvenes. Rodrigo Uría González no solo siguió su camino, sino que, formando triunvirato con Antonio Polo y José Girón, competidores suyos en las oposiciones a cátedra pero también amigos y colegas, fueron más allá y sentaron las bases de un nuevo derecho acorde con la «doctrina de la empresa». Aquella renovación facilitó y acompañó, sin duda, los cambios en el mundo empresarial y e
