Paralelismos y paradojas

Edward W. Said
Daniel Barenboim

Fragmento

Prefacio

Prefacio

ARA GUZELIMIAN

—¡Tienes que conocer a mi amigo Edward Said!

Daniel Barenboim insistió mucho en esto. Él y yo acabábamos de tener la primera conversación importante de nuestra relación mientras trabajábamos en diversos aspectos de un proyecto del Carnegie Hall, llamado Perspectives, que exploraba sus múltiples intereses y colaboraciones musicales. Con su ilimitada curiosidad por todo lo que le rodea, empezó a acribillarme a preguntas sobre mi propia historia personal. En cuanto se enteró de mis orígenes en Oriente Próximo, insistió en presentarme inmediatamente a Edward Said.

La amistad entre Edward Said y Daniel Barenboim se remonta a un encuentro casual, una década atrás, a principios de los noventa, en el vestíbulo de un hotel londinense y ha dado pie a una extraordinaria colaboración. La pasión por la música y las ideas es, con certeza, la fuerza que los une, pero también la poderosa atracción subyacente a unas coyunturas personales paralelas. Ambos proceden de un complejo solapamiento de culturas.

Edward Said nació en Jerusalén, en una familia palestina, pero se crió en El Cairo, después de ser separado por primera vez de sus raíces. Como miembro de una familia árabe cristiana anglicanizada que vivía en una sociedad predominantemente musulmana, podría decirse que se sintió de nuevo desplazado. Y otra vez se vio desplazado en Estados Unidos cuando, ya adolescente, ingresó en un internado. Incluso la historia de su padre es geográficamente compleja. Antes de nacer Edward, Wadie Said vivió durante un tiempo en Estados Unidos, cuya nacionalidad obtuvo; luchó incluso en el ejército de Estados Unidos antes de regresar a Palestina y Egipto. Esa naturaleza errante se encuentra en muchas historias de familias de Oriente Próximo.

Los orígenes de Daniel Barenboim son igualmente complejos. Nació en una familia judía rusa que emigró durante la generación de sus abuelos a Buenos Aires, donde había una próspera colonia judía, la tercera mayor en cualquier ciudad del mundo de aquella época. Más tarde, junto con sus padres, emigró al recién creado Estado de Israel; desde entonces, su hogar ha estado en Londres, París, Jerusalén, Chicago y Berlín.

Para ambos, la música ha sido una pasión que les caracteriza y les ha hecho lo que son, alimentada por las grabaciones y la sorprendentemente rica vida musical que había en El Cairo y Buenos Aires en los años posteriores a la Segunda Guerra Mundial. Cuando Daniel Barenboim me incluyó entre sus amigos se debió en parte al descubrimiento de sorprendentes paralelismos con mis propios orígenes. Nací en una familia armenia en El Cairo y muchos de mis primeros recuerdos son musicales: mi hermano tocando las Invenciones de Bach en sus lecciones de piano o toda la familia yendo a un concierto en el antiguo Teatro de la Ópera de El Cairo (ese teatro para el que Verdi escribió Aida), donde recuerdo haber visto un piano blanco muy adornado que se decía había pertenecido al rey Faruk. Mis padres asistieron a algunos conciertos y óperas memorables que también presenció el Edward Said adolescente; de hecho, mi madre recuerda muy bien la tienda de material de oficina del padre de Edward.

Actualmente, Edward Said es más conocido como intelectual extraordinariamente influyente e innovador y como profundo estudioso de la literatura y la cultura, especialmente de la relación entre cultura y sociedad, en particular en lo que se refiere al orientalismo, un campo de estudio en el que ha sido pionero. Es también un apasionado y enérgico comentarista de los conflictos, interminables y complejos, de Oriente Próximo. Pero la música sigue siendo esencial en su vida intelectual y personal. Ha escrito una gran cantidad de ensayos sobre música y sigue siendo un consumado pianista.

Como director musical tanto de la Orquesta Sinfónica de Chicago como de la Deutsche Staatsoper de Berlín, Daniel Barenboim, es una figura capital del mundo de la música. Es uno de los artistas que ha grabado más discos de la historia, con trabajos a lo largo de casi cincuenta años desde sus primeros discos, cuando era adolescente. Ha dejado clara su postura independiente numerosas veces de forma pública y valerosa y ha sido un abierto defensor de la música de Wagner en Israel, así como un luchador contra la persistencia del antisemitismo en la política cultural de Alemania. Fue el primer y más destacado músico israelí que actuó en Cisjordania (actuación organizada, como era de esperar, por Edward Said).

La amistad Barenboim-Said ha tenido numerosas y fructíferas manifestaciones públicas. En 1999 impulsaron el atrevido experimento de reunir a músicos israelíes y árabes en Weimar, Alemania, con motivo de la celebración del 250 aniversario del nacimiento de Goethe. El taller de Weimar se ha repetido desde entonces, en Alemania y en Chicago. Edward Said ha adaptado y escrito un texto para las interpretaciones en concierto del Fidelio de Beethoven hechas por Daniel Barenboim en Chicago, así como el estudio que acompañaría la posterior grabación de la ópera hecha por Barenboim en Berlín. Los dos han mantenido numerosos diálogos públicos sobre temas musicales, dos de los cuales fueron el punto de partida de este libro.

Las conversaciones que aparecen aquí se han desarrollado a lo largo de cinco años. Son un compendio, selectivo y necesariamente comprimido, de un diálogo ininterrumpido entre dos mentes extraordinariamente creativas.

Quiero expresar mi agradecimiento, antes que nada, a Edward Said y Daniel Barenboim por el enorme placer de su compañía, tanto en persona como por escrito. Los tres tenemos una deuda de gratitud con nuestra editora, Shelley Wanger, por su aliento, matizado por un exigente ojo crítico. Gracias también a Patrick Sharpe por su meticulosa transcripción de horas de conversación, así como al profesor David Freedberg y a Francesca Nespoli, de la Casa Italiana de la Universidad de Columbia por proporcionarnos un ambiente propicio para varias de estas conversaciones. Zaineb Istrabadi, Sandra Fahy, John Deverman y Antje Werkmeister ayudaron de innumerables maneras, especialmente manteniéndonos a todos en contacto durante los casi constantes viajes de los señores Said y Barenboim. Y finalmente mi reconocimiento a mi esposa Jan y a mi hijo Alec por su amor y su buena disposición a entregar nuestro comedor a innumerables montones de páginas manuscritas llenas de anotaciones.

Nueva York, 6 de febrero de 2002

Introducción

Introducción

EDWARD W. SAID

Dos de las conversaciones de este libro tuvieron lugar cara al público en Nueva York y, por lo tanto, tienen la característica de que tratan de mantener interesado, si no siempre divertido o satisfecho, a un auditorio numeroso. La primera la tuvimos en el teatro Miller, de la Universidad de Columbia, en octubre de 1995, como parte de un congreso académico de fin de semana dedicado a Richard Wagner. La idea era aprovechar la breve presencia de Daniel Barenboim en la ciudad para que hablara en público de sus muchos años de dirigir obras de Wagner en Beirut, Berlín, Chicago, Salzburgo y muchos otros lugares. Lo que añadía valor a la conversación era que Daniel era el único músico que participaba en el congreso y, por lo tanto, aportaba una perspectiva esencial y, sin duda, práctica, a lo que, de lo contrario, habría sido una excelente conmemoración académica.

El otro diálogo público, cinco años más tarde, fue organizado y moderado por nuestro común amigo Ara Guzelimian, director artístico del Carnegie Hall, que nos reunió en el escenario del Carnegie’s Weill Recital Hall durante el programa de conciertos de la Orquesta Sinfónica de Chicago dirigida por Daniel.

En parte porque ambos habíamos disfrutado y nos habíamos beneficiado de nuestro diálogo inicial sobre Wagner en 1995, continuamos reuniéndonos durante los siguientes cinco años y grabamos más conversaciones sobre música, cultura y política durante los raros períodos en que estuvimos juntos el tiempo suficiente en un mismo lugar. (Todas estas conversaciones tuvieron lugar antes del 11 de septiembre.) Al principio manteníamos nuestras conversaciones en solitario, con la única compañía de una grabadora que giraba silenciosamente al fondo. Aunque fueron intermitentes y tuvieron lugar en Nueva York y Weimar (en agosto de 1999), descubrimos que había una serie de temas recurrentes que reflejaban los intereses profesionales de cada uno, de Daniel como pianista y director de orquesta, y los míos como profesor y escritor para quien la música ha sido una parte importante de su vida. Por lo tanto, teníamos muchas más cintas de las que finalmente usamos para este libro por la sencilla razón de que las repeticiones, los tanteos, el proceso a veces lento de explorar un nuevo tema de forma vacilante y laboriosa, así como la mera meticulosidad, surgían necesariamente en lo que nos decíamos el uno al otro en la intimidad de nuestra compañía. No había público que cautivar o divertir. Después de todo, según razonábamos, como amigos íntimos con intereses conjuntos de todo tipo (y no era el menor el hecho de que ambos —Daniel israelí, yo palestino— teníamos los ojos puestos en el proceso de paz en curso en Oslo con expectativas distintas y, por lo menos al principio, con perspectivas diferentes), estábamos juntos explorando los paralelismos, así como las paradojas de nuestras vidas diciendo: ¿Qué hay de malo en hacerlo a nuestro aire, de forma natural? Más tarde, cuando la idea de publicar nuestras conversaciones atrajo la atención de amigos y editores, pensamos que sería maravilloso que pudiéramos persuadir a un amigo mutuo que supiera mucho de música y de nuestra parte del mundo para que se uniera a nosotros, para que pudiéramos dar forma y disciplina a las discusiones que fueran surgiendo.

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