Introducción
Cuando partió de Munich a Berlín el 7 de marzo de 1945 en un vehículo militar todoterreno, Eva Braun estaba a punto de terminar de escribir su historia.1 Esta había comenzado en 1929 en la tienda del fotógrafo muniqués Heinrich Hoffmann, donde conoció a Adolf Hitler, presidente del ultraderechista Partido Nacionalsocialista Obrero Alemán (NSDAP), entonces una formación de escaso éxito en Alemania. Ahora, Eva Braun viajaba a la capital contra la voluntad de Hitler para morir con él.
Hitler le había ordenado que se quedara en el Obersalzberg, cerca de Berchtesgaden, donde él poseía una gran hacienda, su «fortaleza en las montañas», ya que Berlín, sobre todo después de los ataques aéreos aliados del 3 de febrero, había sido destruida en buena parte; varias veces al día sonaba la alarma antiaérea. Ya en enero, el Ejército Rojo soviético había alcanzado el río Oder. Por el oeste se acercaban estadounidenses y británicos, apoyados por numerosos aliados. En la Cancillería del Reich nadie contaba, pues, con la aparición de Eva Braun. Con su llegada, comentaría más tarde Albert Speer en sus Memorias, «un heraldo de la muerte entró de forma plástica y real en el búnker».2 En ese momento se liberó efectivamente de la existencia de meretriz que había llevado durante muchos años. Desde entonces, su nombre está unido de forma inseparable al de Hitler. Ella misma se convirtió a su lado en leyenda al morir juntos. Pero ¿fue eso lo que ella había querido?
Nadie, escribe el historiador británico Ian Kershaw, ha marcado el siglo XX con más fuerza que Adolf Hitler. También «una sociedad moderna, progresista y cultivada» es susceptible de «hundirse en la barbarie» con una rapidez inimaginable, sostiene.3 Es indiscutible que la conmoción de esa experiencia histórica sigue mostrando sus efectos. El nombre de Hitler se ha convertido, pues, en un símbolo. En todo el mundo se relaciona con violencia, inhumanidad, racismo, nacionalismo perverso, genocidio y guerra. Desde que el presidente del Reich, Paul von Hindenburg, nombrara a Hitler canciller del Reich el 30 de enero de 1933, alcanzando así el NSDAP el poder de forma legal, se han realizado innumerables intentos de revelar las estructuras de la dictadura nacionalsocialista, pero sobre todo de interpretar el «fenómeno» de Hitler.4 Ese debate dura hasta hoy.
En comparación con ello, Eva Braun, la vieja amiga y finalmente esposa de «el mal en persona», aparece como históricamente insignificante, «una sombra muy pálida del Führer»,5 o incluso «una decepción de la historia», como escribiera Hugh Trevor-Roper, un cero a la izquierda. El motivo de ese juicio es la creencia de que Eva Braun «no desempeñó ningún papel en las decisiones que provocaron los peores crímenes del siglo», y de que solo fue parte de un seudoidilio privado que quizá incluso permitiera a Hitler «continuar con el horror de forma aún más consecuente».6 De este modo, Eva Braun queda relegada siempre al margen en las biografías de Hitler. Las pocas obras que se ocupan de la historia de su vida ponen el acento en su supuestamente trágico «destino de mujer», y renuncian —si es que no presentan ya de por sí un claro sello ideológico— a la contextualización de la compañera de Hitler en su entorno social, cultural y político.7
La falta de consideración de Eva Braun como figura histórica se explica también por la imagen dominante de Hitler en la bibliografía. Y es que la descripción de Hitler como persona sigue siendo hoy controvertida. Algunos de sus biógrafos afirman incluso que Hitler fue una «no persona». Por ejemplo, Joachim C. Fest le concedió a principios de los años setenta una concentración de poder opresiva y una «singular grandeza», si bien criticó al mismo tiempo su palidez individual como sujeto histórico, su apariencia de estatua y lo teatral de su figura, además de constatar su «incapacidad para la vida cotidiana».8 Décadas más tarde, también Ian Kershaw opinó que «todo el ser» de Hitler cristalizó en su papel de Führer, de forma que no quedó nada de una existencia «personal» o «más profunda»; la vida privada de ese déspota dotado de un «poder carismático» de «rango extraordinario», no consistió más que en una yuxtaposición de «rituales vacíos».9 Incluso ahora que han pasado sesenta años y desde la convicción de que las ciencias históricas entretanto han «medido con exactitud» el «abismo» del Estado nacionalsocialista, los historiadores siguen fijando la mirada en la «mueca del monstruo».10
Pero ¿no alberga esta interpretación el peligro de subyugarse a la autoestilización de Hitler, de considerar secundaria su persona y de esa forma deshumanizarlo? ¿No se escapa así a nuestra capacidad autocrítica de comprensión? Al fin y al cabo, su ministro de Ilustración Popular y Propaganda, Joseph Goebbels, no paró de propagar la idea de que el Führer sacrificaba su vida y su felicidad privadas por el pueblo alemán. Hitler se situaba «por encima de todas las preocupaciones y deficiencias de la vida cotidiana como una roca en el mar».11 ¿No se estará esbozando de forma retrospectiva una figura artificial que se lo pondrá más difícil a las generaciones futuras a la hora de definir su actitud hacia la propia historia y de comprender el carácter de la dictadura nacionalsocialista?
En modo alguno se tratará de justificar aquí un énfasis excesivo en el individuo en la historiografía. Tampoco se trata de mostrar «comprensión» por la vida privada del dictador, un Lucifer en persona convertido en una figura de dudosa fascinación. Lejos de todo ello, una investigación seria sobre Eva Braun, capaz de interpretar las fuentes con espíritu crítico —algo que ningún autor ha hecho hasta ahora—, ofrece la posibilidad de alumbrar una nueva perspectiva sobre Hitler que podría contribuir a desdemonizarlo.
Surge entonces la cuestión de quién fue realmente esa mujer y qué óptica permite proyectar sobre el «criminal del siglo». A fin de cuentas, Eva Braun y Adolf Hitler estuvieron unidos por una relación que duró más de catorce años, y que no terminó hasta su suicidio conjunto. Además, esa relación constituyó para Hitler, aun a escondidas de la opinión pública alemana, uno de sus pocos vínculos personales con una mujer. Su aspecto físico —joven, rubia, deportista, atractiva, con alegría de vivir— no encajaba en absoluto con un Hitler que en fotos privadas muestra un aire envejecido y rígido y una «cara de psicópata» (Joachim Fest). Eva Braun, dicen, amaba la moda, el cine y el jazz, leía obras de Oscar Wilde —autor prohibido en Alemania a partir de 1933—, le gustaba viajar y practicaba deporte en exceso.12 Así pues, su vida apenas encajaba en el modelo de la mujer alemana propagado por la ideología nacionalsocialista, según el cual esta tenía que ser en primer lugar madre y vigilar el hogar del hombre. Entonces, ¿qué unió a Eva Braun con Hitler? ¿Cómo se pueden caracterizar sus relaciones con los hombres del círculo más cercano al Führer, con Göring, con Speer o con Bormann? ¿Y qué luz arroja todo ello sobre Hitler? ¿Vivió con su amante en un contramundo privado que se diferenciaba fundamentalmente de la imagen oficial del Führer? ¿O eran ambos mundos inseparables, tanto para Eva Braun como para Hitler?
Todo parece indicar que Eva Braun era una joven de talento ordinario, procedente de un hogar convencional pequeñoburgués. No llamaba la atención ni por su origen ni por sus intereses. En todo caso, se ha considerado llamativa su falta de cualquier interés por los acontecimientos políticos de su época.13 Esa imagen muestra a una Eva Braun que no era ni mundana ni jovial como Magda Goebbels, ni políticamente influyente como Annelies von Ribbentrop —la hija del fabricante de espumosos Otto Henkell—, como tampoco dotada del fanatismo de una Gerda Bormann. Pero es precisamente lo supuestamente ordinario y mediocre de su existencia lo que reta a reconstruir su historia, ya que su «normalidad» produce un efecto anacrónico en la atmósfera del «mal» que la rodeó, y eso permite ver ese mal desde una perspectiva nueva.
Encuentro
Sobre las 14.30 horas del 30 de abril de 1945, Erich Kempka, chófer de Adolf Hitler desde 1932, recibe una llamada en el sótano de la Cancillería del Reich en Berlín: que vaya a buscar unos doscientos litros de gasolina y los deje a la entrada del búnker del Führer, en el jardín de la Cancillería del Reich. El resto se lo explicarán allí. Cuando Kempka llega con un grupo de hombres con las latas de gasolina a cuestas, Otto Günsche, Sturmbannführer de la SS, le anuncia que el Führer ha muerto. Él, Günsche, dice tener el encargo de quemarlo inmediatamente, ya que Hitler no deseaba acabar exhibido «en un museo de cera ruso». Los dos hombres entran en el búnker, donde Martin Bormann entrega el cadáver de Eva Braun a Kempka. Eva Braun lleva un vestido oscuro, de tacto húmedo en la zona del corazón. Kempka sube la escalera con ella en brazos para alcanzar la salida. Delante de él andan el sirviente Heinz Linge y el médico, doctor Ludwig Stumpfegger, con el cadáver de Hitler. Les siguen Günsche, Bormann y Joseph Goebbels. Poco antes de las tres, colocan juntos los cadáveres sobre el suelo liso de arena, los rocían con cinco latas de gasolina y les prenden fuego. Los hombres se colocan frente a la entrada del búnker y hacen el saludo hitleriano con el brazo en alto por última vez mientras arden los cadáveres. Tras el estallido de varias granadas de artillería en el recinto, se apresuran a buscar refugio en el búnker.1
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El estudio de Heinrich Hoffmann
Casi dieciséis años antes, en octubre de 1929, Hitler y Eva Braun se encontraron por primera vez en el estudio del fotógrafo Heinrich Hoffmann. Después de la Primera Guerra Mundial, Hoffmann se había dado a conocer en Munich como fotógrafo de prensa, retratista, editor y convencido nacionalsocialista de la primera hornada. Regentaba un estudio en la Amalienstrasse 25, cerca de la plaza del Odeón, en el centro de Munich, que llamó «Photohaus Hoffmann». Desde allí suministraba sus imágenes al diario ilustrado Münchner Illustrierte Presse y a agencias nacionales y extranjeras. Hoffmann, cuyo padre también fue fotógrafo y, según dicen, obligó a su único hijo a continuar con la profesión, tenía una empresa propia en Munich desde 1909.1 Antes de 1914, se hizo un nombre incluso en círculos artísticos gracias a un servicio gráfico —el «Informe fotográfico Hoffmann»— y a los retratos. Pero la prosperidad de su negocio se la debía al NSDAP. Durante la Primera Guerra Mundial, sirvió en un «Departamento de Reparación de Aviones» en el frente francés como miembro de la reserva civil prusiana Landsturm. Después, puso su trabajo al servicio de la creciente oleada del movimiento nacionalista y ultraderechista.2
FOTÓGRAFO PARTICULAR DEL NSDAP
No es posible reconstruir con exactitud cuándo y en qué circunstancias Hoffmann y Hitler se encontraron por primera vez. La hija de Hoffmann, Henriette von Schirach, declararía más tarde que su padre entabló contacto con Hitler a través del poeta nacional Dietrich Eckart. Hoffmann señaló en sus memorias que los motivos de su primer encuentro fueron de naturaleza puramente profesional. El 30 de octubre de 1922, una agencia gráfica estadounidense le ofreció cien dólares por una fotografía de Hitler.3 La «prensa estadounidense», explicó Hoffmann al respecto en un alegato inédito en defensa propia escrito en 1947, le ofreció en su día «una elevada cantidad por la primera instantánea de Hitler». Para hacerse con el dinero «a toda costa», aseguró haber organizado un encuentro aparentemente casual, proponiéndole a Hermann Esser, un amigo íntimo de Hitler que estaba a punto de casarse, que el 5 de julio de 1923 celebrara la boda en su casa, la de Hoffmann, para conocer así a Hitler, uno de los testigos.4
En realidad, Hoffmann ya había ingresado en el Partido Obrero Alemán (DAP) el 6 de abril de 1920, es decir, medio año después de Hitler. Anton Drexler fundó en Munich este partido, que desde hacía poco se llamaba Partido Nacionalsocialista Obrero Alemán (NSDAP). Entonces, Hoffmann publicaba la revista semanal Auf Gut Deutsch («En buen alemán»), editada por el escritor radical-nacionalista y antisemita Dietrich Eckart, el amigo paternal y mentor de Hitler, en la que, bajo el eslogan «¡Alemania, despierta!», el fracasado poeta arremetía contra la República de Weimar, el bolchevismo y el judaísmo.5 Hay muchos indicios de que Hoffmann hizo al principio amistades en el círculo de personas que compartían su cosmovisión —entre ellos Eckart, Hitler y el periodista Hermann Esser— antes de prestar múltiples servicios al NSDAP y a Hitler en especial, su más agresivo «agitador de sótanos de cervecerías» y presidente del partido desde el 29 de julio de 1921.6 En un primer momento, Hoffmann respetó el deseo de Hitler de no ser fotografiado siempre que se lo pidiera. Las primeras imágenes fueron los retratos que Hoffmann hizo y difundió de un Hitler prisionero tras el fracasado Putsch del 9 de noviembre de 1923, que brindó al líder nazi una gran popularidad en todo el país, aunque él acabó en la cárcel. Al año siguiente, publicó un folleto ilustrado con el título El despertar de Alemania en palabra e imagen. En 1926, el dinámico Hoffmann fundó, junto con Hitler y el amigo común y primer jefe de propaganda del NSDAP Hermann Esser, el órgano del partido Illustrierter Beobachter, con numerosas ilustraciones y de periodicidad semanal. Ese mismo año, el Völkischer Beobachter publicó por primera vez fotografías a propuesta de Hoffmann, obviamente de su propio estudio.
Desde el punto de vista técnico, el NSDAP estaba ahí a la altura de los tiempos. Hasta pocos años antes, era habitual utilizar grabados o dibujos para ilustrar los artículos de los periódicos. Incluso el New York Times no empezaría a publicar con regularidad fotografías hasta 1922. La irrupción del fotoperiodismo, posibilitada por el desarrollo de la cámara de imagen reducida en 1925, no había hecho más que empezar.7 En comparación con Estados Unidos, y también con Inglaterra o Francia, donde el diario británico The Daily Mirror y el francés Illustration mantenían desde 1907 un servicio telegráfico de imágenes entre Londres y París, la expansión de la imagen impresa en los diarios alemanes fue lenta.8
Entre las imágenes publicadas en el Völkischer Beobachter había una serie que, con ocasión del primer congreso del partido tras su refundación en Weimar el 4 de julio de 1926, mostraba por primera vez a Hitler saludando con el brazo en alto a miles de seguidores que marchaban a su lado.9 Con su capacidad de iniciativa y su habilidad fotográfica, Hoffmann apostó, ya en la fase inicial de la ascensión del NSDAP, por el poder de las imágenes y por su presidente, con quien al principio no todos estaban de acuerdo en el seno del partido. Hoffmann se hizo pronto imprescindible para la campaña de propaganda de Hitler contra sus competidores, dentro y fuera del partido. Se convirtió en el «fotógrafo personal» de Hitler.10 A partir de entonces, era casi imposible encontrar al líder del NSDAP sin Hoffmann al lado. En viajes, campañas electorales o a la hora del almuerzo en el local preferido de Hitler en Munich, Hoffmann siempre estaba ahí.
Sin embargo, la decisión de apostar de forma exclusiva por Hitler y el NSDAP no empezaría a dar frutos sino con los años. En 1929, las elecciones a los distintos parlamentos alemanes y las concentraciones masivas brindaron al empresario Hoffmann cada vez más encargos. Uno de ellos fue el Congreso del NSDAP en Munich del 1 al 4 de agosto, con un espectacular desfile de sesenta mil miembros de la División de Asalto (SA) y del Escuadrón de Defensa (SS), como también la concentración en la que Hitler y el zar de la prensa y presidente del Partido Popular Nacional Alemán, Alfred Hugenberg, llamaron a convocar una consulta popular contra el «Plan Young» el 26 de octubre en el circo Krone de Munich. Además de eso, el NSDAP registró ese año por primera vez triunfos electorales. Si en las elecciones al Reichstag del año anterior, el 20 de mayo de 1928, parecía que los nacionalsocialistas se hundirían en la insignificancia al obtener únicamente un porcentaje de votos del 2,6 por ciento, la tendencia de las elecciones municipales y a los parlamentos regionales alemanes marcaba claramente hacia arriba.11 Con el trasfondo de la evolución de la crisis económica mundial y el aumento de desempleados hasta los 3,32 millones, el NSDAP obtuvo escaños en Sajonia, Baden y Baviera. En Turingia, su porcentaje de votos subió incluso del 4,6 al 11,3 por ciento.
En vista de estas cifras, no es casualidad que Hoffmann, entonces de cuarenta y cuatro años, expandiera su empresa precisamente en el otoño de 1929, al comienzo de la crisis económica mundial. A fin de cuentas, el fotógrafo podía sacar provecho tanto de los crecientes encargos del NSDAP como de su propia instrumentalización por parte de Hitler. Además, en esa época a las agencias gráficas les iba bien, ya que cada vez más periódicos ilustraban sus artículos con fotografías. Así pues, la demanda de fotos procedentes de todo el mundo aumentó sin cesar. El pequeño taller artesanal de Hoffmann, oculto en un patio trasero de la Schellingstrasse 50, se convirtió entonces en una empresa próspera que, tras la mudanza a la Amalienstrasse 25 en septiembre de 1929, pasó a figurar como «NSDAP-Photohaus Hoffmann». Poco antes de la inauguración del nuevo estudio, incluso fueron contratados nuevos empleados. Entre ellos figuraba una Eva Braun de diecisiete años.12
«HERR WOLF»
Al parecer, Eva Braun solía trabajar «detrás del mostrador» de la Photohaus Hoffmann. Ahora bien, las informaciones sobre lo que hacía exactamente ahí son contradictorias. Así, Henriette von Schirach, una mujer que tenía que saberlo porque era hija de Hoffmann y amiga de Eva Braun de su misma edad, explica en un pasaje de sus memorias que Braun fue «aprendiz en el laboratorio de fotografía» de su padre, para comentar en otro que lo que hacía era vender «rollos de película» en la «tienda de fotografía».13 En realidad, ambas cosas eran ciertas. Eva Braun, según declaró más tarde Heinrich Hoffmann, fue en su negocio «una aprendiz y una ayudante», y trabajó «en la oficina, en la venta y también en el laboratorio», pero más tarde se dedicó «exclusivamente a la fotografía».14
El de fotógrafa era entonces un oficio femenino bien considerado y popular. La profesión era joven y moderna, y a muchas mujeres les atraía la idea de ser un día fotógrafas de moda o retratistas. A Eva Braun le interesaba sobre todo la moda. Pero primero había que aprender con Hoffmann a manejar la cámara y a revelar las imágenes. Desde el principio se contaba también entre sus tareas atender pequeños recados de Hoffmann o de sus clientes y trabajar en la venta. La incipiente fotografía casera, junto con la fotografía de prensa, ofrecía al fin y al cabo un mercado que no paraba de crecer. Así, la Photohaus Hoffmann ofrecía no solo la realización de trabajos fotográficos, sino que vendía también el equipo necesario para fotografiar, ya manejable por cualquiera. Asimismo, se ofrecían fotos y postales de producción propia, cuya distribución también controlaba Eva Braun, según recordó más tarde Baldur von Schirach, el futuro líder de las Juventudes del NSDAP y yerno de Heinrich Hoffmann.15 Entre los motivos preferidos de Hoffmann se contaban sus compañeros de partido del NSDAP, pero sobre todo los retratos de su presidente, Adolf Hitler.
Cabe suponer que Eva Braun se encontró con Hitler por primera vez en octubre de 1929, pocas semanas después de haber empezado a trabajar.16 Parece que ese día se quedó en el local después de la hora de cierre para ordenar papeles cuando Hoffmann le presentó a un tal «Herr Wolf» y le pidió que fuera a buscar cerveza y Leberkäse (un embutido bávaro) para los tres a un restaurante cercano. Durante la comida, el extraño la estuvo devorando «continuamente con los ojos», y más tarde le ofreció «acompañarla a casa en su Mercedes», algo que ella rechazó. Al final, antes de abandonar el estudio, su jefe, Hoffmann, le preguntó: «¿No has adivinado quién era ese Herr Wolf? ¿No miras nunca nuestras fotos?». Y como ella negó con la cabeza, Hoffmann respondió: «Era Hitler, nuestro Adolf Hitler».17
Esta descripción se halla en la primera biografía de Eva Braun, publicada en 1968 por un periodista turco-estadounidense, el doctor Nerin Emrullah Gün. Según él, Eva Braun explicó a una de sus hermanas —probablemente Ilse, la mayor— ese primer encuentro con Hitler, que tuvo lugar «uno de los primeros viernes de octubre» de 1929, es decir, el 4 o el 11. Pero ¿cuán creíble es Gün, cuya obra sigue citándose hoy generosamente y que da la impresión de que la propia Eva Braun le hubiera dictado la historia? ¿De quién y en qué circunstancias obtuvo sus informaciones? ¿Y cómo hay que valorar su propia personalidad, bastante extravagante?
Durante la Segunda Guerra Mundial, Gün trabajó en el departamento de prensa de la embajada turca en Budapest. Poco antes del fin de la guerra, el 12 de abril de 1945, fue arrestado e internado en el campo de concentración de Dachau. La Gestapo había ordenado su detención como supuesto enemigo de Alemania. Dos semanas más tarde, el 29 de abril de 1945, fue liberado junto con el resto de los prisioneros por el VII Ejército de EE.UU. Gün, quien a partir de entonces pasó a llamarse Gun para simplificar, vivió después en Estados Unidos y escribió un libro sobre el asesinato del presidente John F. Kennedy que pudo ser lo que despertó las sospechas de la CIA, que le consideró un posible implicado en el asesinato del presidente y miembro del Partido Comunista. Le acusaron de haber practicado el espionaje en Europa y de haber falsificado documentos.18
A mediados de los años sesenta, Gun viajó a la República Federal de Alemania para asistir a una celebración con motivo del aniversario de la liberación del campo de concentración de Dachau por parte de los aliados. En esa ocasión concertó citas con la familia de Eva Braun y con otros antiguos miembros del círculo más próximo a Hitler. A Franziska Braun, la madre de Eva Braun, la visitó en su casa de Ruhpolding, en Baviera. Además, interrogó a las hermanas Ilse y Gretl, así como a la mejor amiga de Eva Braun, Herta Schneider. Gun obtuvo entonces acceso a fotografías y cartas privadas de Eva Braun, que fueron publicadas por primera vez en su libro. Sin embargo, el autor no precisa en él el origen exacto de sus informaciones y pasa con facilidad de las anécdotas inventadas a las informaciones reales facilitadas por los testigos de la época, de modo que el conjunto no resulta concluyente para el lector. Por ejemplo, Ilse Hess, la esposa de Rudolf Hess, explicó en una carta a Albert Speer fechada el 25 de junio de 1968 que Gun, «el autor del libro sobre Everl»,* vivió «durante semanas» en su casa de Hindelang porque estaba preparando una biografía sobre su marido; ella acabó llamándole «Mr. I pay all», «expresión favorita» de Gun.19 El comentario delata un escaso respeto, ya que, al parecer, Gun poseía pocas informaciones de calado, y a Ilse Hess sus intenciones no le parecían serias. Así pues, cabe suponer que el periodista también se alojó el año anterior en casa de la familia Braun cuando investigaba para su libro sobre Eva Braun. No hay, sin embargo, prueba de ello.
Así pues, los detalles del desarrollo del primer encuentro entre Eva Braun y Hitler no están documentados con una certeza absoluta, aunque la historia se produjo probablemente como la describe Gun. No está claro por qué Hoffmann presentó a Hitler a su nueva aprendiz como Wolf, un seudónimo que al líder nazi le gustaba utilizar desde hacía tiempo, sobre todo cuando estaba de viaje.20 Probablemente quiso impedir con ello una reacción nerviosa o incluso histérica de la chica. En cualquier caso, Hoffmann no pudo evitar la atracción mutua que surgió espontáneamente entre ellos. A partir de entonces, de hecho, un Hitler que tenía ya cuarenta años no visitaba el estudio sin hacer cumplidos y pequeños regalos a una Eva Braun de diecisiete.
A Hitler no le costaba nada hacer esas visitas. La Photohaus Hoffmann se encontraba en la esquina de la Amalienstrasse con la Theresienstrasse, justo encima del Café Stefanie, uno de los lugares de reunión favoritos de los líderes del NSDAP, que hasta la Primera Guerra Mundial había sido un punto de encuentro de la bohemia del barrio de Schwabingen, con habituales como Heinrich Mann, Erich Mühsam, Eduard Graf von Keyserling y Paul Klee. La sede central del partido estaba solo una manzana más allá, en la Schellingstrasse 50, y unos bloques más lejos se encontraban la redacción y la imprenta del Völkischer Beobachter. Heinrich Hoffmann y su familia habían vivido con anterioridad en el edificio de la Schellingstrasse 50. Los «talleres» de Hoffmann estaban al lado. Allí, Hoffmann fotografió a Hitler, Göring y otros grandes del partido.21 En la Schellingstrasse estaba también la Osteria Bavaria, frecuentada por Hitler y sus compañeros de partido. Era el restaurante italiano más antiguo de Munich, que sigue existiendo hoy con el nombre de Osteria Italiana. Henriette von Schirach describió el local como «una pequeña y fría vinería con un pequeño patio pintado de rojo pompeyano y adornado con azulejos y mosaicos romanos, además de un "templo", es decir, una hornacina con dos columnas delante» que a menudo estaba reservado para Hitler. Sin embargo, Traudl Junge, quien más tarde sería la secretaria del líder nazi, comentó que la mesa del líder del NSDAP era «la más incómoda, en el fondo del todo y en una esquina».22
La verdad es que pocas veces comía solo. Entre los acompañantes más habituales de Hitler a principios de los años veinte figuraba, además de Heinrich Hoffmann, el germano-estadounidense Ernst F. Sedgwick Hanfstaengl,23 nombrado responsable de prensa extranjera del NSDAP en 1931. Era el hermano menor del editor de libros de arte Edgar Hanfstaengl, y había tomado las riendas de la empresa familiar, la editorial Kunstverlag Franz Hanfstaengl. Hasta el final de la Primera Guerra Mundial dirigió la filial neoyorquina de la editorial, para regresar después a Munich. Del viejo círculo muniqués de Hitler también formaban parte Adolf Wagner, poderoso jefe del Gau de Munich-Alta Baviera —conocido como «el déspota de Munich»—, y el sirviente Julius Schaub, además de Christian Weber, un «antiguo tratante de caballos con barriga prominente» (Joachim Fest) y amigo del alma, y Hermann Esser, uno de los miembros fundadores del NSDAP, llamado «el pequeño Hitler» por Goebbels. A este grupo hay que añadir al joven Martin Bormann, miembro del NSDAP desde 1927, y a Otto Dietrich, jefe de prensa del NSDAP a partir de 1931, al igual que el Obergruppenführer de la SS Joseph «Sepp» Dietrich, Max Amman y Wilhelm Brückner, Obergruppenführer de la SS y a partir de 1930 oficial adjunto de Hitler.24

Eva Braun posando encima del escritorio en la Photohaus Hoffmann (1930).
(bpk/Biblioteca Estatal Bávara/Heinrich Hoffmann)
Lo cierto es que Hitler solo invitaba de vez en cuando a Eva Braun a comer o a excursiones por las afueras de Munich, al cine o a la ópera. Al recordar el comienzo de la relación entre el amigo de su padre y Eva Braun, Henriette von Schirach aseguró que Hitler era capaz de hacer «unos cumplidos encantadores»: «¿Me permite invitarla a la ópera, Fräulein Eva? Es que siempre estoy rodeado de hombres, ¿sabe usted?, así que sé apreciar la felicidad de estar con una mujer». Quién podía «resistirse» a ello, observó Schirach.25 A pesar de que la relación no parece haber sido sino superficial al principio, Hitler habría ordenado pronto recabar información sobre la muchacha. Martin Bormann, de quien Hitler había sido recientemente testigo de boda, recibió en 1930 el encargo de comprobar si la familia Braun era «aria», es decir, sin antepasados judíos.26 Bormann, ascendido entretanto a la plana mayor de la SA, sería a partir de 1933 y hasta la muerte de Hitler uno de los más íntimos confidentes del dictador.27
Eva Braun, en ese momento ni siquiera mayor de edad, probablemente no tuvo conocimiento de las pesquisas de Bormann. Cabe imaginar que, a la joven, la fama de su nuevo conocido la imponía, y que se mostró receptiva a sus ideas políticas. No está documentado si ella o sus padres defendían posiciones antisemitas. Dado que Ilse Braun, la hermana cuatro años mayor, trabajaba como ayudante en la consulta de un médico judío con el que mantenía una buena amistad, no parece que hubiera prejuicios ideológicos por parte de la familia. Las fotografías de Eva Braun en sus primeros años de trabajo en el estudio fotográfico Hoffmann muestran, por lo demás, a una chica joven de aspecto muy aniñado, a la que por lo visto no le avergonzaba que la fotografiaran haciendo poses en el estudio.28 Su relación con Hitler fue meramente «platónica» hasta 1932. Heinrich Hoffmann declaró al respecto en sus memorias, publicadas en 1955 en Londres y traducidas al alemán en 1974 con el título Hitler, wie ich ihn sah («Hitler, tal como yo le vi»), que su empleada forzó la relación y fue contando por ahí «que Hitler estaba enamorado de ella y que seguramente conseguiría llevarle al altar». Sin embargo, un «vivo interés» por parte de él no era al principio reconocible.29 En realidad, las observaciones de Hoffmann revelan las diferencias entre una chica joven recién salida de la adolescencia y un soltero ya entrado en años. Mientras ella expresaba sus sentimientos de una manera espontánea y efusiva, él mantenía el más estricto secretismo respecto a los suyos.
EL DEPOSITARIO PRIVADO
La intimidad entre Hitler y Hoffmann —indispensable durante las largas sesiones en el estudio fotográfico y testimoniada por innumerables retratos de un Hitler con pose desenfrenada— se extendía también a la vida privada.30 Henriette von Schirach recordaría más tarde que en 1929 su familia se instaló «en un piso de lo más moderno en Bogenhausen» que «a Hitler le gustaba visitar». Allí solía comer espaguetis «con un poco de nuez moscada y abundante salsa de tomate, y después nueces y manzanas», para fantasear luego un rato al piano.31 En casa de los Hoffmann, señala Albert Speer en sus Memorias, Hitler se sentía «como en casa». En el jardín del fotógrafo en el barrio muniqués de Bogenhausen podía moverse sin respetar formalidad alguna, como observó Speer en el verano de 1933, echarse «en la hierba en mangas de camisa» o leer en voz alta pasajes de «algún volumen de Ludwig Thoma».32
En ese momento, Hoffmann y Hitler ya eran amigos desde hacía por lo menos un decenio. Junto a Hoffmann, su primera esposa Therese (Lelly) y sus niños, Hitler conoció una «vida hogareña» y fue acogido como un miembro más de la familia, explicaría más tarde el yerno de Hoffmann, Baldur von Schirach.33 Al mismo tiempo, Hoffmann y los suyos constituían el núcleo del círculo privado que rodeó al soltero líder nazi. Tras la muerte prematura de Therese Hoffmann en 1928, parece ser que el vínculo entre los dos hombres se estrechó aún más. Así, por deseo de Hitler, durante los muchos viajes al servicio de un NSDAP de éxito creciente, no solo el propio Hoffmann formaba parte del equipo que acompañaba al líder nazi, sino también su hija Henriette, quien refrescaba al grupo de hombres con algo de ternura juvenil.34 También celebraban juntos las fiestas familiares, como la confirmación de Heinrich hijo en 1931, la boda de Henriette al año siguiente o la segunda boda de Hoffmann en abril de 1934. Y aún más: las bodas se celebraron en el piso de Hitler en la Prinzregentenplatz.35
Hoffmann también estuvo presente en el Obersalzberg y en Berlín como eterno camarada.36 El fotógrafo, que nunca ocupó cargo alguno en el partido o en el Estado, gozaba de una confianza —y, con ello, de una posición de poder— que jerarcas del partido como Goebbels y Bormann le envidiaban, y que le facilitó un contacto casi ilimitado con Hitler hasta 1944. A otros, como el director del Departamento de Política Económica de la Jefatura del NSDAP, Otto Wagener, les molestaba que Hitler hablara «de los asuntos más secretos con su acompañante más cercano», y que él, Wagener, «a veces llegaba a oír por casualidad a Hoffmann diciendo cosas de importancia decisiva».37
Pero ¿por qué eligió Hitler a Hoffmann como amigo íntimo y acompañante permanente si era conocido por ser un hedonista con mucho aguante en la bebida y un carácter y unas costumbres personales que en realidad no encajaban en absoluto con él? La relevancia de la cuestión reside en que encontramos en ello una analogía de la relación de Hitler con Eva Braun, cuya apariencia física y temperamento tampoco parecían encajar con los de su amante. A Hoffmann y Hitler les unían la experiencia común de la Primera Guerra Mundial, convicciones nacionalistas y antisemitas, un origen pequeñoburgués y el deseo juvenil de ser artistas. Pero la posición del «fotógrafo personal» vino alimentada de forma decisiva por la fidelidad y lealtad que juró a Hitler desde el principio. Así, Hoffmann respetó estrictamente todas las prohibiciones impuestas en relación con las fotografías y su publicación, y retocaba las imágenes según las indicaciones de Hitler.38 El líder nazi, por su parte, se preocupó de mantener hasta el final el carácter más o menos oficioso de la posición de su ilustrador personal, de manera que este quedó atrapado en una relación de dependencia controlable en cualquier momento.

Hitler estudiando poses de orador, fotografiado por Heinrich Hoffmann (1926).
(bpk/Biblioteca Estatal Bávara/Heinrich Hoffmann)
Ciertamente, Hoffmann no fue solamente un camarada político, un amigo y un fotógrafo, sino también una especie de mediador, podría decirse incluso embajador privado de Hitler, con una mezcla de tareas que se solapaban con la labor de propaganda, la vida privada y, más tarde, también actividades de política cultural. No era sino en casa de Hoffmann donde Hitler podía citarse con Eva Braun para tomar el té de la tarde o cenar en un ambiente distendido y vedado a la opinión pública.39 Y también era Hoffmann el elegido si Hitler tenía que encargar a alguien la tutela de su amiga, para que los no iniciados siguieran en babia cuando ella le acompañaba a actos del partido bajo la protección del «fotógrafo oficial del NSDAP». En los primeros años, Hitler encargó también a Hoffmann la gestión de transacciones financieras relacionadas con Eva Braun, como por ejemplo la compra de una casa. Al mismo tiempo, le encomendó tareas políticas muy alejadas del campo de la fotografía propagandística y sobre las que Hoffmann no poseía conocimientos especializados. Por ejemplo, en 1937 se le permitió, entre el estupor y el enfado de muchos contemporáneos suyos, elegir las piezas que se iban a exhibir en la prestigiosa Casa del Arte Alemán de Munich y asumir luego la dirección permanente de la Gran Exposición Alemana de Arte, que se celebraba todos los años. Hoffmann se convirtió entonces en uno de los asesores personales y marchantes de arte de Hitler que practicaban a lo grande el robo de obras de arte. Su pertenencia a la Comisión para la Valoración de los Productos de Arte Degenerado, fundada por Goebbels en mayo de 1938, y la obtención del título de profesor en julio de ese mismo año, son expresiones de la posición de confianza de la que disfrutó.40
Durante los preparativos de la guerra contra Polonia, que forzaron la firma de un pacto de no agresión con la Unión Soviética, Hitler nombró incluso enviado especial a su hombre de confianza, y el ministro de Asuntos Exteriores, Joachim von Ribbentrop, se lo llevó en su delegación a Moscú la noche del 22 de agosto de 1939. Hoffmann presumiría más tarde de que su tarea no fue solo fotografiar ese acontecimiento, sino sobre todo informar a Hitler sobre Stalin y su séquito.41 El motivo de esto último residía principalmente en que Hoffmann se había vuelto imprescindible para Hitler como portador de secretos. En Moscú, el leal factótum podría estar presente en todas partes y suministrarle información sobre el comportamiento de todos los presentes, incluidos los alemanes. «Observar y mantener los oídos abiertos», rezaba el encargo de Hoffmann. Así pues, sorprende poco que Ribbentrop sugiriera más tarde que Stalin «desaprobó» sus actividades.42 En realidad, la presencia de Hoffmann seguramente también incomodó a Ribbentrop y al embajador alemán, el conde Friedrich Werner Graf von der Schulenburg.
Por tanto, lo que había que hacer era subestimar la importancia de Hoffmann, degradarle a la categoría de «ameno conversador» poseído por la «libertad de hacer cualquier locura» y que, en contraposición al Führer, no tenía ni idea de política, de modo que las conversaciones de Hitler con él sobre ese tema acababan siendo inútiles.43 En sus memorias de posguerra, Hoffmann alentó esa afirmación al presentarse con toda naturalidad como una persona apolítica.44 Durante su proceso de desnazificación, en 1947-1948, cuando la prensa le calificaba de «uno de los parásitos más codiciosos de la peste hitleriana», tuvo que hacer creíble ante el tribunal que había guardado la mayor distancia posible respecto al sistema nazi para salvar su propia existencia, y para ello proyectó sobre su propia figura una luz aún más modesta. En un escrito de defensa inédito del año 1947, aseguró haber «evitado siempre los temas políticos» con Hitler, puesto que este habría caído pronto bajo la «mala influencia» de otros y se habría mostrado irreceptivo a «consejos provenientes de círculos familiares». Su «tarea», según Hoffmann, habría consistido sobre todo en transmitir a Hitler los deseos de terceros. A la acusación de haber sido el principal propagandista gráfico del NSDAP, reaccionó con el argumento de que su nombre no figuraba en los listados oficiales nazis y de que jamás había existido un «propagandista gráfico del Reich».45
Eso era incluso cierto: no existía un cargo oficial con esa denominación. Sin embargo, Hoffmann usó a partir de 1933, después de abrir una filial en Berlín —Presse Hoffmann, en Kochstrasse 10— y al parecer por iniciativa propia, el título de «informador gráfico del Reich para el NSDAP (miembro de la Asociación del Reich de las Oficinas Alemanas de Correspondencia y Noticias, sociedad registrada)». En Munich era dueño no solo de la Photohaus, sino también del local Der Braune Photoladen («La tienda de fotos parda») en la Barer Strasse 10, así como de la Editorial de Imágenes Nacionalsocialistas, en la Theresienstrasse 74.46 Con sus «Álbumes gráficos» —censurados por Hitler—, publicados en tiradas millonarias con títulos como «Hitler en sus montañas» (1935), «Hitler, como nadie le conoce» (1936), «Hitler, apartado del día a día» (1937) o «Hitler conquista el corazón alemán» (1938), Hoffmann desempeñó una función importante dentro de la «propaganda del Führer». Con sus supuestas «instantáneas» de alguien de confianza, él marcó la «imagen privada del Führer» y estilizó a Hitler en sus primeros años de canciller como «padre de la nación», sugiriendo una cercanía del Führer a los «camaradas del pueblo» que en realidad no existía. La circunstancia de que no ocupara un cargo en el Reich ni persiguiera una carrera en el partido, permaneciendo en lugar de eso unido directamente a Hitler por una cuestión de fidelidad y fe, creó al mismo tiempo las condiciones necesarias para consolidar su singular campo de actuación. En retrospectiva, bajo la presión de las autoridades de la desnazificación, parecía aconsejable afirmar que la relación con Hitler había tenido un carácter «puramente privado». Y la excusa de Hoffmann de que solo sus «empleados» usaron «alguna vez» el título de informador gráfico del Reich solo se entiende a la luz de la sentencia de la Sala Primera de la Audiencia de Munich de enero de 1947, que le clasificó en el grupo de los «principales culpables», le condenó a diez años de trabajos forzados y le retiró sus bienes.47
Los motivos que empujaron a Hoffmann a distorsionar su papel político en el sistema nazi tras el fin de la guerra pudieron haberle movido también a no revelar lo que sabía sobre la vida privada de Hitler. De hecho, la relación de Hitler con Eva Braun, que a fin de cuentas había empezado en la tienda de fotografía de Hoffmann, también se abordó en el proceso de la Sala Primera en 1947, en el que se le acusó de haber «acumulado poder político» a través de la relación de su joven empleada con el presidente del NSDAP. Así pues, no se podía esperar de Hoffmann que arrojara luz para la posteridad sobre las sombrías relaciones entre Hitler y Eva Braun, sino que más bien se vio forzado a hacer creíbles ante el tribunal su desconocimiento y su distancia. Habló por ejemplo de una «amistad muy poco romántica», y silenció su propio trato con Eva Braun y su familia.48
En torno a la cuestión de si fue Hoffmann quien acabó encarrilando la unión entre Eva Braun y Hitler, solo se puede, pues, especular. Tampoco se muestra con claridad la relación personal que él y su segunda esposa, Erna, mantuvieron con la amante de su famoso amigo, que oficialmente no existía pero que desempeñaba un papel especial en la vida de Hitler. Eso sí, el hecho de que también la hermana menor de Braun, Gretl, se pusiera más tarde a trabajar como empleada de Hoffmann, da cuenta de un cierto sentido de responsabilidad por la situación financiera de las dos. Como ponen de manifiesto las fotos de la segunda boda de Gretl Braun en el año 1950, esa unión no se rompió del todo después de la guerra.49 En las memorias de Hoffmann, publicadas en 1955, la descripción de los acontecimientos en torno a Eva Braun no queda más que esbozada, y de una manera muy particular. Una explicación de peso al respecto es que el proceso de desnazificación contra Hoffmann no se archivó definitivamente hasta un año antes de su muerte, el 16 de diciembre de 1957. Por eso, las memorias de Hoffmann tienen que leerse como el intento de un cómplice de lavarse las manos.50
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Munich después de la Primera
Guerra Mundial
Cuando Eva Braun conoció a Hitler en Munich en el otoño de 1929, la capital bávara ya se hallaba bajo el firme control del NSDAP. Desde su refundación en 1925, el número de afiliados al partido se había más que triplicado. Ahora, el NSDAP ya no era en Baviera uno entre muchos movimientos étnico-nacionales, sino que en cuestión de cuatro años había barrido a todas las organizaciones rivales. Concurría a las elecciones regionales de todo el Reich con un éxito incipiente. Pero aunque Hitler, su presidente y más exitoso agitador, ya había llamado la atención en toda Alemania y el 16 de noviembre de 1928 había intervenido por primera vez ante 16.000 personas en el Palacio de Deportes de Berlín, su base de poder seguía estando en Munich. Allí, en su ciudad preferida, era una atracción desde hacía años. Llenaba todas las semanas con miles de asistentes cervecerías como la Hofbräuhaus. Además, con el IV Congreso del NSDAP en Nuremberg del 1 al 4 de agosto de 1929, organizó por primera vez un espectáculo de propaganda al que pronto seguirían muchos otros.1
UNA CIUDAD ENTRE LOS EXTREMOS
¿Por qué los nacionalsocialistas tuvieron tanto éxito precisamente en Baviera? ¿Qué era lo que formó allí, tras la derrota de Alemania en la Primera Guerra Mundial, el caldo de cultivo para el nacionalismo desaforado y las ideas antidemocráticas y antisemitas? Una de las posibles explicaciones reside en la manera en que se produjo el profundo cambio de sistema político en el Reino de Baviera hacia el final de la guerra. Como es sabido, esa sacudida, la revolución alemana de 1918, se originó en la capital bávara. Allí fue más radical y duró más tiempo que en cualquier otro lugar del Reich alemán. Ya el 7 de noviembre, antes del fin de los combates y cuatro días antes de que la tregua se acordara oficialmente en un vagón de tren cerca de la ciudad de Compiègne (en el norte de Francia), el hastío de la guerra, la miseria social y la consiguiente radicalización política aceleraron el fin de la secular monarquía bávara de los Wittelsbach. El rey Luis III huyó de Munich después de una concentración masiva encabezada por Kurt Eisner, un periodista y socialista radical judío, dos días antes del derrocamiento del káiser Guillermo II en Berlín y de la abolición de la monarquía en todo el Reich alemán. Para la derecha radical de Baviera, ello supuso el nacimiento de la llamada «leyenda de la puñalada en la espalda». La propaganda nacionalsocialista contra el «bolchevismo judío» logró pocos años después aprovechar la vaga idea de haber sido «traicionados» por judíos y comunistas en el interior del país, y de haber perdido por ello la guerra.2
Llegó entonces un gobierno revolucionario interino encabezado por Eisner, quien asumió la presidencia de un Consejo de los Obreros, Soldados y Campesinos constituido a marchas forzadas, que se presentó bajo el lema de «¡Viva la paz! ¡Abajo la dinastía!» y proclamó el «Estado libre de Baviera» y la «República democrática y social de Baviera». Pero, una vez «barridas las antiguallas de los reyes Wittelsbach», el nuevo gobierno se reveló completamente incompetente.3 Desde luego, los planes de reforma agraria a partir del modelo soviético no sirvieron para resolver las dificultades económicas y sociales que existían en Baviera. Eisner, impulsor de una vaga «comunidad espiritual» que se veía a sí mismo como el representante de una nueva Alemania pacifista, fue además un rotundo fracaso como político. Sus compañeros revolucionarios, que según Hagen Schulze eran «todos literatos, poetas de cancionero, impostores y también psicópatas», tampoco lo hicieron mucho mejor.4 El gobierno de izquierda radical de Eisner se hallaba así diametralmente opuesto a una población mayoritariamente conservadora, especialmente en el mundo rural. Pero también los representantes de la burguesía urbana detestaban en su mayoría el régimen de Eisner. Thomas Mann, por ejemplo, opinaba el 8 de noviembre de 1918 que tanto Munich como Baviera estaban gobernadas por «literatos judíos», traficantes, arribistas y «granujas judíos», y se preguntaba cuánto tiempo «seguirían permitiéndose» tales cosas.5
En realidad, Eisner, quien por cierto no era bávaro de nacimiento, estuvo sometido desde el principio a desenfrenados ataques antisemitas. Recibió infames cartas amenazantes, y hubo incluso llamamientos a asesinarlo. La campaña en su contra culminó el 21 de febrero de 1919, cuando el conde Anton von Arco-Valley, un estudiante y antiguo oficial, lo asesinó en plena calle después de las elecciones a la Asamblea Nacional bávara, antes de que pudiera presentar su dimisión. Al no existir un orden estatal que mereciera tal nombre, después del atentado llegó la amenaza de anarquía. «No han entendido a Eisner» —resumió con ocasión del crimen la escritora Ricarda Huch para explicar el humor de sus compatriotas bávaros—, de igual modo que él no los ha entendido a ellos. ¿Y acaso hubiera sido posible? No había en él ni una gotita, ni un granito de jovialidad monárquica bávara, como tampoco de grosería, descuido ni carácter bondadoso; era un moralista abstracto; puede que escribiera críticas de teatro realmente buenas y poemas seguramente malos, pero la crítica y la teoría no hacen a un gobernante ni a un artista; hay que tener el talento necesario.»6
Siguieron dos repúblicas de consejos que acabaron hundiendo Munich en el caos político. Bajo Ernst Niekisch, presidente del «Consejo Central Muniqués de la República Bávara», la primera disolvió el Parlamento, destituyó al legítimo primer ministro socialdemócrata y sucesor de Eisner y, de acuerdo con el ideal soviético, suspendió las «relaciones diplomáticas» con el Reich. No llegó a ser en la historia bávara más que un episodio de una semana. La siguiente, la segunda república de consejos, dirigida por el Partido Comunista Alemán (KPD) y apoyada por la Unión Soviética, tampoco existió más que catorce días. Sin embargo, la violencia que acarrearon esas dos repúblicas, con sangrientos choques entre los revolucionarios comunistas y sus rivales, marcaría el clima político durante años. Así, más de seiscientas personas murieron en Munich el 3 de mayo de 1919 en enfrentamientos callejeros, cuando tropas de la Reichswehr («Defensa del Reich»), con la ayuda de grupos bávaros de los Freikorps («cuerpos de voluntarios»), aplastaron la llamada «dictadura del Ejército Rojo». Las principales figuras de la república de los consejos fueron asesinadas por los Freikorps o recibieron duras condenas por alta traición, como los escritores Ernst Toller y Erich Mühsam. Miles de seguidores de los «espartaquistas» acabaron en la cárcel. La metrópolis bávara se convirtió luego en el baluarte de un anticomunismo de cuño excepcionalmente duro y de un antisemitismo radical.7
VIDA COTIDIANA Y CÍRCULOS POLÍTICOS
La vida cotidiana en Munich se vio gravemente afectada durante los primeros días de la revolución, como también en la época del «terror» que siguió al asesinato de Eisner. Muchas tiendas permanecieron cerradas, ya que el suministro de víveres estaba paralizado y además había saqueos. No circulaban los tranvías, y el reparto del correo también se vio restringido. De vez en cuando había toque de queda, las conversaciones telefónicas privadas estaban prohibidas y se censuró la correspondencia. Durante los combates entre las tropas gubernamentales y el segundo gobierno de los consejos, Munich padeció además un corte de suministro de víveres. El sistema de pagos se hundió.
Sin embargo, cada uno valoró estos acontecimientos de manera completamente distinta, según su posición política, edad, profesión, sexo y clase social.8 Thomas Mann, por ejemplo, el 17 de mayo de 1919 escribió en su diario: «La falta de alimentos solo es temporal. Tendré que almorzar en el hotel. La casita está fría, de modo que temo resfriarme, concretamente problemas dentales. Pero mis dos habitacioncitas, muy cómodas y pacíficas, tranquilidad perfecta».9 En cambio, el hambre, el desorden público, los altercados callejeros armados y los asesinatos supusieron para amplias capas de la población una experiencia traumática que, con el trasfondo de la derrota en la Primera Guerra Mundial, formaron el caldo de cultivo para un número extraordinariamente elevado de agrupaciones étnico-nacionales. Poco cambiaron las cosas con la lenta estabilización de la situación económica que se produjo en términos generales en todo el Reich alemán a partir de 1924.
Pese a todo, no se puede hablar de una evolución forzosa hacia la futura toma del poder por los nacionalsocialistas. La erupción política del NSDAP no se produjo sino con el comienzo de la crisis económica mundial en 1929-1930.10 Eso sí, el antisemitismo ya existente, que propagaban incluso diarios prestigiosos como el Münchner Neueste Nachrichten, contaba con una «base sólida» en la metrópolis bávara después de la confusión de las repúblicas de los consejos, muchos de cuyos protagonistas procedían de familias judías.11 Klaus Mann, cuya aburguesada vida cotidiana se vio «muy poco afectada» por la revolución y la guerra civil, recordaría que en sus años mozos Munich era «la ciudad más tonta, aburrida y provinciana del mundo», y que «círculos liberales» le atribuían una «mala prensa»:
Munich se consideraba el baluarte de la reacción, el centro de corrientes e intrigas antidemocráticas. El editor de un semanario de izquierdas de Berlín presentaba todas las noticias de la ciudad del río Isar bajo el titular: «Desde zona enemiga en el extranjero». Los muniqueses, por su parte, estaban convencidos de que Berlín estaba gobernada por una banda de arribistas judíos y agitadores bolcheviques.12
Ciertamente, el gobierno bávaro que alcanzó el poder en 1920 con el primer ministro Gustav Ritter von Kahr siguió una línea de enfrentamiento contra la República de Weimar y concedió un considerable campo de actuación a enemigos de la república ultraderechistas. El monárquico Kahr, antiguo funcionario real y a la sazón miembro del Partido Popular Bávaro (BVP), no consideraba a Hitler un enemigo político, sino un aliado en la lucha contra el comunismo. De igual manera, la llamada «Reichswehr bávara», surgida de organizaciones bávaras de Freikorps durante la lucha contra la república de los consejos, presentaba una orientación étnico-conservadora, y estableció los pilares para el desarrollo de un fuerte poder antidemocrático y autoritario en Baviera. Sin ese particular círculo político, y sin el impulso y apoyo económico por parte de influyentes círculos étnico-nacionalistas de la sociedad muniquesa, el ascenso de Hitler hubiera sido impensable.
EL MOVIMIENTO NACIONALSOCIALISTA
Finalmente, no se puede subestimar la importancia de las tradicionales cervecerías muniquesas para el reclutamiento de un buen número de simpatizantes del NSDAP. La mayor parte de la vida del partido tenía lugar en los locales gastronómicos de la ciudad. Pero eso no era nada nuevo. En Alemania, los restaurantes y bares tenían una larga tradición como lugares de reunión política. Desde la época de las guerras campesinas a principios del siglo XVI, pero sobre todo desde la revolución burguesa de 1848 y sus «republicanos de restaurante», esa tradición seguía vigente. Los restaurantes eran un componente decisivo de la cultura política, también en Munich. Así pues, no es casualidad que el NSDAP surgiera de las «sobremesas políticas» en una de las numerosas cervecerías de Munich. Su predecesor, el Partido Obrero Alemán (DAP), se había fundado el 5 de enero de 1919 en el Fürstenfelder Hof. Más tarde, el 12 de septiembre de 1919, Hitler se unió a ese grupúsculo de extremistas de derechas, cuyo primer despacho se inauguró un mes más tarde en una salita apartada de la cervecería Sterneckerbräu, que servía al mismo tiempo como lugar de reunión semanal. Hitler aprobó el primer programa de partido del NSDAP en el famoso Hofbräuhaus, con sus 3.500 plazas, donde los comunistas habían proclamado la segunda república muniquesa de los consejos el 13 de abril de 1919.
A principios de siglo, ese local del centro de la ciudad antigua, fundado originalmente para despachar una cerveza especial a la corte real, se había convertido en un lugar de interés turístico para visitantes de todo el mundo. El periodista y cronista de viajes francés Jules Huret escribió que había que ir al Hofbräuhaus para «entrar en contacto con los auténticos bebedores de cerveza»: «Un horrible olor a cerveza y tabaco llena las salas. Cientos de bebedores se sientan juntos en toscos bancos con sus pesadas mesas de roble, fumando puros o pipas largas. Son gente del pueblo llano, obreros, braceros, cocheros, codo con codo con funcionarios de todas las edades, empleados, propietarios de tiendas, pequeños burgueses...». Reinaba, según Huret, un ambiente «de lo más libre, a veces incluso desenvuelto», y «el desenfado y la naturalidad no dejaban nada que desear».13
Con su descripción de la concurrencia del Hofbräuhaus, Huret caracterizó su estructura social, integrada por gente de todas las capas de la población, ya diez años antes de la fundación del NSDAP. Entre los objetivos declarados del «programa de 25 puntos» del partido, que Hitler dio a conocer en el Hofbräuhaus el 24 de febrero de 1920 ante un público de dos mil personas, se contaba la unión de todos los alemanes en una «Gran Alemania», la anulación de los tratados de paz de Versalles y Saint Germain, la reclamación de «tierra y suelo» para el pueblo alemán, y la resolución de que ningún judío podía ser ciudadano y de que todos los «no alemanes» llegados después del 2 de agosto de 1914 —el día de la movilización del ejército alemán— debían ser forzados a abandonar el Reich.14 Con este programa, proclamado en grandes concentraciones, el NSDAP intentó distanciarse de otras agrupaciones étnico-germanas. La organización más fuerte de ese tipo, operativa en todo el país, seguía siendo, con diferencia, la Federación Nacionalista Alemana de Protección y Oposición (Deutschvölkischer Schutz- und Trutzbund), fundada en Bamberg en febrero de 1919. A finales de 1919 tenía ya más de 25.000 miembros, mientras que a finales de 1929 el NSDAP solo contaba con 2.350. Una condición necesaria para ingresar tanto en el Trutzbund como en el NSDAP era demostrar un «origen ario». El emblema de ambas agrupaciones ultraderechistas también era idéntico: la cruz gamada.15
Pero ya en el transcurso del año 1920, Hitler se reveló como un exitoso propagandista de su partido, hasta entonces insignificante. Daba discursos varias veces al mes, más a menudo que cualquier otro miembro del partido, la mayor parte de las veces en los sótanos de las cervecerías de Munich o en el circo Krone, pero también en Rosenheim, en Stuttgart y en Austria, y, flanqueado por miembros de su agresiva y paramilitar SA, llenaba incluso las salas más grandes. De hecho, sus actos proporcionaban un elevado «nivel de entretenimiento». Sin embargo, para el éxito del NSDAP se precisaba algo más que la «fascinante retórica» de Hitler y su poder sobre el «alma colectiva» entre los vahos del humo del tabaco. Fueron necesarios una verdadera «atmósfera de crisis» y patrocinadores y mecenas procedentes de los mejores círculos de la sociedad.16
A principios de los años veinte el escritor etnicista Dietrich Eckart, un bohemio y dandi que antes de la Primera Guerra Mundial había vivido en Berlín, facilitó a Hitler el contacto, valioso desde el punto de vista financiero y social, con el fabricante de pianos berlinés Edwin Bechstein y su esposa, Helene. Los dos vivían entre la capital del Reich y Munich, y estuvieron entre los primeros patrocinadores importantes del NSDAP, además de facilitar a Hitler nuevos contactos de peso, por ejemplo con la familia del compositor Richard Wagner en Bayreuth.17 Ernst Hanfstaengl se esforzó igualmente, a partir de 1922, por «actuar a favor de Hitler». Fascinado por el «aura de lo extraordinario» que le atribuía y por su «singular apariencia», se convirtió en un compañero cercano con contactos internacionales.
