Letizia. La reina impaciente

Leonardo Faccio

Fragmento

El descontento de sí misma

El descontento de sí misma

Antes de ser reina de España, a Letizia Ortiz no la llamaron siempre con el mismo nombre. Ha sido «Leti» para sus amigas íntimas. O fue «Let» cuando firmaba notas apresuradas en servilletas de papel, y «L.O.R.» cuando enviaba cartas por correo con sus iniciales de remitente. Siendo niña, la futura reina de España jugaba con sus hermanas a ser la perfecta bailarina rusa de ballet y en las clases de danza a las que asistía se hacía llamar «Marisova», por el nombre de su profesora Marisa Fanjul, pero sus amigos de infancia solo veían en ella a una niña flaca y la llamaban «la Grulla». Cuando decidió ser periodista, en el diario La Nueva España, de Oviedo, la ciudad donde nació y donde hizo sus primeras prácticas en la prensa, a Letizia Ortiz la habían apodado «Letizia con Zeta», de tanto reclamar que escribieran bien su nombre. Le decían «Letizia Noticia», porque cada día llegaba con historias que para ella merecían lugar en las páginas del día siguiente. O le decían «la Fantástica», por actuar como la incisiva en la que quería convertirse. En su tiempo de reportera en un periódico de México, Letizia Ortiz firmaría con el seudónimo «Ada». Años después, cuando fue presentadora en la televisión pública de España, sus compañeros de trabajo veían en Letizia Ortiz una actitud de periodista estrella, y la llamaban «Letizia la Ficticia», pero a sus compañeros con menor imaginación les bastaba «la Ambición Rubia». Hija de una enfermera y un periodista, nieta de una locutora y actriz y de un vendedor de máquinas de escribir, con un abuelo materno que fue de esos taxistas conversadores de Madrid, la reina de España creció en una familia que parecía más hecha para contar dramas que para protagonizarlos. Uno de los personajes de Todo sobre mi madre, la película de Almodóvar que ganó un Óscar, decía: «Una es más auténtica cuanto más se parece a lo que ha soñado de sí misma». Un seudónimo te permite ser otro, y cada año Letizia Ortiz se iba pareciendo más a la mujer en la que deseaba convertirse.

Hoy los escoltas de la Guardia Real de España la llaman «Jefa».

A veces, cuando Su Majestad no está presente en el Palacio de la Zarzuela, en un acto oficial, le dicen «Chiquitina».

Más que chiquita, la reina de España es muy delgada, pero delgada y fibrosa. Y al verla de pie, tiene una leve inclinación hacia delante, como si sintiese que el viento avanza en su contra. Tiene un mentón altivo, usa tacones de doce centímetros y, tras la aparente fragilidad de su cuerpo de corredora de fondo, sobresale una voz estridente que, a veces, suena como una radio encendida a todo volumen.

—Yo era Ada sin H —me dijo una mañana la reina, y alzó su dedo como quien da una lección—. Mi historia no tiene nada de mágico.

La noche anterior no había dormido en su casa.

Había viajado a Girona con Felipe VI para presidir una entrega de premios a científicos, empresarios y escritores. Al día siguiente, cuando estaba en unas conferencias sobre ciencia, economía y publicidad, unas cien personas gritaban lemas contra la monarquía a unos trescientos metros de allí. Querían una Cataluña independiente. Gritar su desprecio en la cara del rey. Mientras en un rincón del Palacio de Congresos de Girona la reina me explicaba cómo se escribe su seudónimo de juventud, en Cataluña se tramaba una declaración de independencia.

Desde niña la reina había querido ser independiente.

Se había dedicado a un oficio que vive entre la urgencia y la indiscreción, entre las noticias falsas y la verdad. Había trabajado durante diez años en tres diarios, una agencia de noticias y había sido presentadora en tres cadenas de televisión. Había hecho su primer programa público de radio a los doce. A los diecisiete fue novia de un profesor de literatura diez años mayor. A los veintidós le permitieron ingresar en un curso de doctorado antes de acabar la carrera de Periodismo. A los veinticinco se casó con su novio de la adolescencia. Un año después se divorció de él. Antes de cumplir treinta había comprado su primera casa y llegado a dar las noticias en Bloomberg TV, CNN+ y TVE, donde presentó el telediario con mayor audiencia.

Días antes de aparecer en público como la novia de Felipe de Borbón, la futura reina fue víctima de su propio exceso de velocidad.

—Le gustaba pisar el acelerador —dijo en una entrevista Alfredo Urdaci, quien fue su jefe en Televisión Española—. A ella le gustaba correr.

De camino al que sería uno de sus últimos días de trabajo en televisión, Letizia Ortiz provocó un choque múltiple en la carretera M30 que rodea el centro de Madrid.

—Está usted viva de milagro —le dijeron unos enfermeros de urgencias que la asistieron—. Podría haberse matado.

Ser reina exige hacer honor al refrán «las cosas de palacio van despacio», aunque a veces ella se resista a la obligada mesura del protocolo. Esa mañana de lluvia en una carretera de Madrid, la reina que siempre vivió rápido no pudo frenar a tiempo. Hoy viaja custodiada por la Guardia Real y sus discursos son supervisados por funcionarios del Estado español.

En su primer año de reinado, Letizia se presentó en más de ciento cincuenta oportunidades ante las cámaras de televisión. En la mayoría lucía delgadísima y elegante, como si fuera una modelo muda. En esas oportunidades, solo habló veintidós veces en público con discursos de unos tres minutos. Sumándolos todos, la reina habló durante poco más de una hora a los ciudadanos, lo que duran dos telediarios. Una parte de su trabajo es presidir ceremonias que tratan desde los derechos de la mujer hasta la libertad de prensa, la lucha contra el cáncer o la final de un campeonato de fútbol. Ahora ella se ve por la televisión del Estado, la misma cadena en la que leyó por última vez, en octubre de 2003, las últimas noticias.

La entrada de Letizia Ortiz a la monarquía dura lo que un pestañeo en la historia de España. En 2003 anunciaron su compromiso, se casaron al año siguiente y una década después los príncipes eran reyes tras la abdicación de Juan Carlos I. La madre de Felipe VI, la reina Sofía, dice que ella fue la primera de la Casa Real en enterarse.

—Me voy a ver el telediario de la tres —cuenta la reina Sofía en La reina muy de cerca, el libro de Pilar Urbano—. Tiene mucho estilo, ¿verdad?

El príncipe Felipe consiguió el afecto de los ciudadanos cuando se impuso a su padre para casarse con la presentadora de noticias de la que se había enamorado. La televisión cambió su futuro y también el de la familia real. A ella le costó asumir la idea de que, por ser princesa, tuviera que renunciar a opinar. En la ceremonia de petición de mano de la pareja real, ante una montonera de micrófonos, mientras ella explicaba que se iba a ir retirando de su trabajo de presentadora de noticias, el príncipe la interrumpió: «No le va a faltar trabajo y va a tener el día bien ocupado». Ella le dijo: «Déjame terminar». Al día siguiente, la mayor parte del cotilleo no fue sobre la petición de mano, sino sobre cómo la futura princesa se había atrevido a responder la interrupción de su novio. Era un titular de revista de peluquería. La criticaron por ser irrespetuosa con los protocolos.

—Lo que más le ha costado es acostumbrarse a callar —dijo Felio Vilarrubias, jefe de protocolo de los Premios Príncipe de Asturias—. Y a no creer que está al mismo nivel que el príncipe.

Hasta ese día la futura princesa de España era una bonita y enfática presentadora de telediarios. A partir del episodio de la pedida de mano, Letizia Ortiz empezó a revelarse como la novia insumisa del príncipe. Hoy entre los empleados de la Casa Real circulan anécdotas sobre su vehemencia.

Una tarde, tras un almuerzo familiar que los reyes ofrecían en el Palacio de la Zarzuela al rey Constantino de Grecia, se la pasó monologando durante veinte minutos sobre el conflicto entre Estados Unidos e Irak. Ella había estado como reportera de Televisión Española en la guerra de Irak y se sentía autorizada a opinar. Su suegro, el rey Juan Carlos I, la tuvo que interrumpir.

—Ya sabemos que eres la más inteligente de la familia —le dijo—. Pero, por favor, deja hablar a los demás.

El rey que se había vuelto viral por decirle a Hugo Chávez «¿por qué no te callas?» le pedía a su nuera lo mismo. No estaba dispuesto a tolerar en su mesa que Letizia hablara como un televisor encendido. Tiempo después se supo que Juan Carlos I había recibido cien millones de dólares por influir en 1990 a favor de la intervención de España en la invasión de Irak.

Aunque se había retirado del telediario, en la Casa Real la princesa seguía discutiendo las noticias.

—Ella intentó seguir ejerciendo como periodista —declaró Alfredo Urdaci, su último jefe en Televisión Española—. Durante semanas realizó llamadas proponiendo incluso ocupar puestos sin gran relevancia. Pero la idea se desechó.

En la Casa Real, Letizia lucía como una princesa sin modales, una mujer habituada a pensar en voz alta a la que le pedían sosegarse y callar. Pero era más que eso.

—Ella tenía hambre de saber —me dijo Fermín Bouza, su profesor de Opinión Pública en la Universidad Complutense—. Andaba entre libros, no los leía todos pero los citaba. A ella le removió el mundo ilustrado. Es el mundo que más aprecia.

Una compañera de trabajo en la agencia de noticias EFE, donde hicieron prácticas como estudiantes de periodismo, la recuerda siempre con una opinión en la punta de la lengua. Había viajado de vacaciones con ella a las fiestas de San Fermín, en Pamplona. Eran una corte de cinco amigos y luego de una noche de fiesta, como no había hoteles disponibles, se habían quedado a dormir en una plaza. Letizia Ortiz quería ducharse y no se quedó callada hasta convencer a sus amigos de viajar hasta San Sebastián solo para conseguir una ducha pública y ponerse guapa.

—Quería dirigirlo todo —me dice su compañera—. Tenía un objetivo y no había nada que la despistara.

Letizia es una mujer que ha llegado a pedir a Correos de España que tilden las letras mayúsculas, por lo menos en los telegramas que ella manda.

—Es una persona que se toma todo muy en serio —recuerda su compañera de la agencia EFE—. Jamás te la puedes imaginar tranquila y tumbada en un sofá.

La recuerda también frente al espejo, quejándose de sus orejas levemente salidas y de su barbilla prominente, porque le hacía cara de bruja. La recuerda limpiando todos los días con alcohol el auricular de un teléfono en su oficina de la agencia de noticias. La recuerda poniendo música en un automóvil y cambiándola cada veinte segundos sin que nadie se lo pidiese.

El día que la futura reina les pidió en Pamplona una ducha, sus amigos se desviaron más de una hora en coche hasta San Sebastián solo para dejar de escucharla hablar.

La reina que aterrizó en una monarquía dependiente de la popularidad había crecido con sobrenombres cuyos significados oscilan entre lo que otros pensaban de ella y lo que ella quería llegar a ser. Pilar Rubiera, periodista del diario La Nueva España, recuerda que a Letizia Ortiz no le gustaba que le corrigieran sus textos.

—Odiaba que la corrigiesen —me dice Rubiera—, y siempre nos recordaba que su nombre era con Z. Quería reafirmar su personalidad.

Javier Cuervo, que durante los veranos hace las veces de editor en el diario La Nueva España, recuerda el día que él borró la palabra «melifluas» de una de sus notas.

—Fue como si quisiera cortarle un dedo —me dice el verdugo.

A la futura reina, que se exigía las veinticuatro horas a sí misma, se le pasaban las revoluciones y, sin darse cuenta, como si su misión fuera salvar el mundo, era imperativa con todos.

Letizia Ortiz quería escribir sobre cine, historia, teatro y libros que leía. Sus editores la recuerdan como una chica insistente que citaba a filósofos en las noticias locales. En sus primeras prácticas como periodista, citó una diatriba de Séneca contra el hedonismo y mencionó las orgías gastronómicas de Nerón en una nota sobre la caída en la venta de helados. Días después, explicó las propiedades terapéuticas del agua según las religiones de Oriente en una noticia sobre el alza en la venta de piscinas. La aspirante al suplemento de cultura no se daba por vencida. Un año después, en el diario La Nueva España, Letizia Ortiz firmaba una sección de reseñas de libros titulada «La Brújula».

A los veintiún años, la futura reina le decía a los lectores lo que debían leer.

—Una jefa creía que era una trepadora —me dijo Pedro Vallín, su compañero de prácticas en La Nueva España—. Pero en realidad es inofensiva. Alguien que expresa sus ambiciones no es un peligro para nadie. No conspira. Letizia iba de frente.

Jorge Zepeda Patterson, para quien trabajó en el suplemento de ocio del diario mexicano Siglo 21, no puede olvidar su vehemencia.

—Observé que el suplemento se había llenado de notas firmadas por Letizia Ortiz.

Zepeda llamó a la editora para preguntar por la reiteración de su nombre. Desde entonces, ella firmaría con el seudónimo «Ada».

—Yo escribía mucho —me recordó la reina sobre sus días en aquel diario de México— y mis editores no podían publicar todo con mi verdadero nombre.

En el suplemento de ocio, Letizia Ortiz citaba a Benito Pérez Galdós para recomendar un bar que tenía, según ella, «más importancia en la política que un ministerio», y evocaba a García Márquez para hablar de otro bar cuyos cócteles merecían beberse «bien conversados». Aunque a ratos sonara recargado y pretencioso, el entusiasmo de Letizia conseguía llamar la atención.

Aquella mañana en el Palacio de Congresos de Girona, cuando recordó su seudónimo de juventud y dijo que su historia no tenía «nada de mágico», a la reina no le tocaría hablar en público.

Debía guardar silencio, pero me habló de su pasado durante cinco minutos.

Cuando era niña, tuvo una amiga que se llamaba Inmaculada y en su honor eligió la última sílaba de su nombre como seudónimo.

—Pero a las Inmaculadas —le recordé— les dicen Inma y no «Ada».

Ella respondió sin titubear.

—Yo le decía Ada. El nombre me gustaba mucho.

Antes de marcharse, la reina bajó la voz.

—Te hablarán mal de mí —me advirtió.

El problema de llamarte «reina»

El problema de llamarte «reina»

Llamamos «reina» no a una mujer majestuosa y distante, sino a una novia, a una amiga, a mamá. Decimos frasecitas sobre ellas: «reina de la noche», «reina por un día», «mi reina». En la comunidad gay y transexual son frecuentes los apelativos «reina» y «reinona». Antes el título de reina giraba en torno a una ilusión de monogamia y castidad. Las reinas eran mujeres que, tras ser controladas por sus padres, pasaban a manos de su marido y al luto de por vida en caso de viudez. De la reina Letizia se decía que no estaba capacitada para representar a su país por ser una mujer divorciada, hija de padres divorciados y de origen plebeyo. Juan de Borbón, abuelo de Felipe VI, decía que «Una reina no puede tener pasado, porque el pasado siempre es presente». Al rey Juan Carlos I se le adjudica otra frase: «Que nadie tenga nunca que decir que se ha acostado con la reina». Pregunté por la reina de España a Jaime Peñafiel, un periodista que trabajó durante más de veinte años elogiando reinas en la revista ¡Hola!.

—Doña Letizia es muy lista, pero no es la soberana más adecuada para España —me dijo el periodista que sigue la tradición—. Una reina no puede tener pasado.

La prensa rosa y los reyes se equivocan. En solo tres generaciones el mapa genético de las monarquías de Europa ha cambiado por completo. El príncipe Haakon de Noruega se casó con Mette Marit Tjessem, que había sido camarera y era madre de un hijo; Guillermo Alejandro de Holanda se casó con Máxima Zorreguieta, una economista argentina a quien siempre le cuestionan ser hija de un ministro del dictador Videla. Federico de Dinamarca está casado con Mary Elizabeth Donaldson, una abogada australiana directora de ventas en una agencia inmobiliaria. Carlos de Inglaterra se casó con Camilla Parker, su sempiterna amante en la sombra, de quien se supone trabajó durante un año como diseñadora de interiores; y Victoria, princesa heredera de la corona sueca, está casada con Daniel Westling, su personal trainer. Felipe de Borbón conoció a la reina cuando ella estaba en lo más alto de su carrera ante las cámaras. Desde el 2000, en las diez monarquías que existen hoy en Europa, excepto en Bélgica, no hubo bodas exclusivas entre miembros de los círculos monárquicos, como fue tradición en las familias reales hasta fines del siglo pasado. La monarquía es, por definición, el poder del rey. Solo las reinas Isabel II de Inglaterra y Margarita de Dinamarca tienen hoy estatus de monarca y suman, entre ambas, más de ciento setenta años. En el resto de las monarquías parlamentarias, como son las europeas, el rey es el jefe del Estado bajo el control del poder legislativo. «Reina» es una veneración metafórica que decimos a una mujer que admiramos. Es una ilusión de poder, belleza o linaje. Pero la etimología del término siempre va asociada al rey: la reina es la esposa del rey. Si nos atenemos a la Historia, «reina» podría ser hoy un piropo sexista y degradante.

Las reinas de España suelen ser vistas como mujeres sufridas. Más que una elegante autoridad, la mujer del rey ha sido sobre todo una presencia discreta con la obligación de procrear. Desde que en el siglo XV la reina Isabel I fuera coronada en España, sus veintiséis sucesoras que llegan hasta la reina Letizia han tenido entre todas ciento sesenta y nueve hijos. Un promedio de seis hijos por reina. En las pinacotecas, las reinas de España han tenido un protagonismo triste. No han sido retratadas en un acto triunfal sino en momentos históricos que también eran los más desgraciados de sus vidas. En el Museo del Prado, Isabel la Católica, la reina más importante entre las reinas de España, aparece agonizante en una escena de 1504 mientras dicta el testamento por el cual se funda un Estado unificado con los reinos de Castilla y Aragón. Los cronistas de la época resaltan el carácter estoico de Isabel I al no demostrar dolor durante los partos. Se negaba a ser vista con piedad. En su retrato más famoso, más allá de la relevancia histórica, impresiona su gesto dramático que excede la voluntad documental. En otra pintura del Museo del Prado, aparece su hija, la reina Juana I, más conocida como «Juana la Loca», con un gesto extraviado y junto al ataúd de su marido.

—Esta figura es un símbolo de la conciencia desdichada —me dijo en voz baja, frente al cuadro, Javier Barón, jefe de conservación en el Museo del Prado.

Barón también aclaró que ambas escenas de reinas sufrientes sucedieron en el siglo XVI y fueron pintadas a mediados del XIX. Después de la Revolución francesa el autor podía especular con su visión de la monarquía.

—Todas las reinas de España lo pasaron muy mal —me había dicho el historiador del arte Javier Maderuelo—. Llevaron una vida difícil en una corte sobria y en condiciones de vida austeras.

Isabel II, conocida como «La de los Tristes Destinos», se había casado con un primo y fue satirizada en una acuarela donde fornica con otro hombre en presencia de su marido. Sería una sátira frecuente en la familia real española. En 2012, la reina Sofía, hija de los reyes de Grecia y esposa de Juan Carlos I, apareció en la calle en un montaje fotográfico donde un hombre joven sin ropa la abrazaba bajo el lema «ya no tienes que pasar la noche sola». Era la publicidad de una agencia que busca parejas para mujeres casadas. Durante años, el rey Juan Carlos I mantuvo una historia con C

Suscríbete para continuar leyendo y recibir nuestras novedades editoriales

¡Ya estás apuntado/a! Gracias.X

Añadido a tu lista de deseos