PRÓLOGO
La anciana agarró el andador, colgó el bastón junto al cesto y trató de adoptar una apariencia decidida. Una vieja de setenta y nueve años a punto de cometer su primer atraco a un banco requería de cierta autoridad. Enderezó la espalda, se cubrió el rostro con el sombrero y abrió la puerta. Entró lentamente en la oficina bancaria apoyada sobre su andador de marca Carl-Oskar. Quedaban cinco minutos para el cierre y tres clientes aguardaban su turno. El andador chirrió débilmente pese a haberlo lubricado con aceite de oliva. La rueda estaba torcida desde que había chocado con el carro de la limpieza del centro geriátrico. Pero un día como este ello carecía de la menor relevancia. Lo importante era que el andador disponía de un cesto grande con espacio para mucho dinero.
Märtha Anderson, del barrio estocolmés de Södermalm, avanzó ligeramente encorvada. Llevaba puesto un abrigo corriente y moliente de color indeterminado, que había escogido para no llamar la atención. Era de estatura superior a la media, robusta, que no gorda, y calzaba unos recios zapatos de suela gruesa que, llegado el caso, le facilitarían la huida. Ocultaba sus venosas manos en un par de guantes de cuero bastante raídos y su corto pelo blanco bajo un sombrero marrón de ala ancha. Alrededor del cuello llevaba un chal de color fosforito. En caso de sorprenderla el flash de una cámara, la prenda sobreexpondría automáticamente todo lo que hubiera a su alrededor, difuminando los rasgos de su cara. Aunque se trataba más bien de una medida extra de seguridad, puesto que llevaba la boca y la nariz tapadas con el sombrero.
La pequeña sucursal de Götgatan presentaba el habitual aspecto de los bancos de hoy en día: una sola caja, paredes asépticas y anodinas, suelo reluciente y encima de una mesilla folletos sobre ventajosos créditos y consejos para hacerse rico. Ay, mi querido folletista...Yo me sé otros métodos mucho mejores, pensó Märtha. Se sentó entonces en el sofá de las visitas y simuló estudiar los pósteres anunciadores de préstamos combinados y fondos de inversión, aunque apenas podía tener las manos quietas. Se introdujo discretamente una en el bolsillo en busca de las pastillas, esas insanas delicias objeto de las advertencias de los médicos y de los agradecimientos de los dentistas. Pero Alaridos Selváticos sonaba a rebeldía, y le parecieron que ni pintadas para un día como ese. Además, algún vicio tenía que tener.
Sonó un pitido en la pantalla de turnos y un hombre de unos cuarenta años se apresuró hasta la caja. Su trámite fue resuelto en un pispás, y luego una adolescente fue atendida casi igual de rápido. A continuación le tocó a un caballero de respetable edad que empezó a trastear torpemente con sus papeles mientras musitaba algo. Märtha comenzó a perder la paciencia. No podía permanecer ahí demasiado tiempo. Corría el riego de que alguien advirtiera su postura corporal u otro detalle susceptible de delatarla. Eso no le convenía ahora que pretendía pasar por una señora mayor cualquiera que acudía al banco para retirar dinero. Aunque, bien mirado, era precisamente eso lo que pretendía hacer, salvo que la cajera iba a quedarse estupefacta por el importe. Märtha se palpó dentro del bolsillo del abrigo el recorte de Dagens Industri que había extraído de un artículo sobre el coste de los atracos para los bancos. Había guardado el titular: «¡Esto es un atraco!». En realidad fueron precisamente esas palabras las que le habían servido de inspiración.
Cuando el hombre de la ventanilla estaba a punto de finalizar, Märtha se levantó apoyándose en el andador. Durante toda su vida había sido una ciudadana de bien en la que todos habían confiado. De hecho, en su época escolar incluso la habían nombrado delegada de clase. Y ahora se disponía a convertirse en una delincuente. Por otro lado, ¿cómo hubiera podido, si no, asegurarse una buena vejez? Necesitaba dinero si quería un hogar decente, para ella y los suyos, y ya era demasiado tarde para arrepentirse. Ella y sus viejos amigos del coro disfrutarían de una «tercera edad» dorada. En pocas palabras, un poco de marcha para el cuerpo en el otoño de la vida. El señor que tenía delante se lo tomaba con calma pero, finalmente, volvió a sonar un pitido y apareció su número. Lenta, aunque dignamente, fue aproximándose hasta la caja. Iba a arruinar en ese preciso instante toda la confianza y la reputación que se había granjeado a lo largo de la vida. Pero ¿qué podía hacer en una sociedad ladrona que maltrataba a sus ancianos? O te resignabas y sucumbías, o te adaptabas. Ella era de las que se adaptaban.
Escudriñó a su alrededor en los últimos metros antes de llegar a la ventanilla y se detuvo frente a la caja. Colocó el bastón sobre el mostrador y saludó amablemente a la empleada con una leve inclinación de la cabeza. A continuación le entregó el recorte del periódico.
¡Esto es un atraco!
La mujer de la caja lo leyó y alzó la vista con una sonrisa.
—¿En qué puedo ayudarla?
—¡Tres millones! ¡Rápido! —respondió Märtha.
La cajera amplió aún más su sonrisa.
—¿Desea retirar dinero?
—¡No! Son ustedes los que van a retirarlo por mí. ¡Ahora mismo!
—Entiendo. Pero la pensión todavía no ha llegado. Se abona a mediados de mes, comprenderá la buena señora.
Märtha se quedó fría. El asunto estaba tomando unos derroteros totalmente diferentes de los previstos. Había que actuar de inmediato. Entonces agarró el bastón y lo introdujo por la ventanilla, agitándolo en actitud amenazante en la medida de sus posibilidades.
—¡Dese prisa! ¡Mis tres millones!
—Pero la pensión...
—Haga lo que le digo. Tres millones. ¡Póngalos en el andador!
La muchacha, harta, se puso en pie y fue a buscar a dos colegas varones, en la flor de su edad, los cuales acudieron con la mejor de sus sonrisas. El que estaba más cerca de Märtha, que guardaba cierto parecido con Gregory Peck (¿o quizá con Cary Grant?) le dijo:
—Verá cómo arreglamos lo de su pensión. Y mi colega llamará con sumo gusto para pedirle un coche del servicio de transporte para discapacitados.
Märtha escrutó a través del cristal y vio en segundo plano a la muchacha con el auricular ya en la mano.
—En ese caso tendré que robarles en otra ocasión —contestó Märtha recogiendo rápidamente el bastón y el recorte del diario.
Después de sonreírle tiernamente todos los allí congregados, la acompañaron, primero hasta la puerta y, luego, al taxi. Incluso la ayudaron a plegar el andador.
—Residencia El Diamante —indicó Märtha al chófer mientras se despedía del personal del banco agitando la mano.
Se guardó con cuidado el trozo de periódico en el bolsillo. Todo había sucedido justo como había previsto. Una anciana con andador podía hacer muchas cosas que otras personas no podían. Buscó en el bolsillo una nueva dosis de Alaridos Selváticos y, satisfecha, empezó a canturrear para sí. Ahora, para que su plan surtiera efecto, solo precisaba de la ayuda de sus amigos del coro, con los que había vivido y cantado más de dos décadas. Como era natural, no podía preguntarles directamente si querían ser maleantes. Tenía que ganárselos con astucia. Pero en el futuro, de eso estaba convencida, le agradecerían que los hubiera ayudado a cambiar sus vidas para mejor.
Un zumbido en la lejanía seguido de un nítido plin despertó a Märtha. Abrió los ojos y trató de comprender dónde se hallaba. En la residencia, como no podía ser de otro modo. Y la había desvelado, obviamente, Bertil Engström, alias Rastrillo, que tenía que levantarse siempre en plena noche para comer. Solía meter algo en el microondas y olvidarse luego del asunto. Märtha se puso en pie y, con ayuda del andador, se encaminó a la cocina. Sacó refunfuñando del microondas un envase de plástico lleno de macarrones con albóndigas en salsa de tomate y observó adormilada los edificios de enfrente. Unas lámparas encendidas iluminaban la noche. Al otro de la calle estarán todavía las cocinas, pensó. En el pasado habían dispuesto de cocina propia, pero los nuevos propietarios las habían eliminado a fin de reducir personal. Antes de que El Diamante S. A. se hiciera con el centro geriátrico las comidas habían constituido los momentos álgidos del día, y en el salón principal flotaba un delicioso aroma. ¿Y ahora? Märtha bostezó y se reclinó sobre la encimera. No, casi todo había ido a peor y la cosa se había puesto tan fea que a menudo prefería perderse en ensoñaciones. ¡Qué maravilloso sueño...! Había tenido la vívida sensación de encontrarse verdaderamente en esa sucursal bancaria, como si su subconsciente hubiera asumido el mando para tratar de transmitirle algún mensaje. En el colegio siempre había protestado contra las injusticias. También en su época de maestra se había opuesto a las disposiciones absurdas y a los reglamentos estúpidos. Pero aquí en la residencia, extrañamente, no había hecho más que conformarse. ¿Cómo podía haberse vuelto tan apática? Aquellos que estaban en contra del régimen de un país hacían la revolución. ¿No sería posible rebelarse también en ese lugar si lograba convencer a los demás? Aunque lo de los atracos tal vez fuera pasarse un poco de la raya... Se le escapó una risita nerviosa. Porque precisamente era eso lo que la asustaba: que sus sueños casi siempre se hacían realidad.
1
Al día siguiente, mientras los huéspedes (o clientes, como decían ahora) de El Diamante S. A. tomaban su café de la mañana en el salón común, Märtha estuvo reflexionando sobre el modo de actuar. De pequeña, en su casa de Österlen, no te quedabas esperando a que alguien hiciera algo. Si había que meter la paja en el granero, lo hacías, o si una yegua iba a parir, te encargabas de preparar todo lo necesario. Alzó las manos para observárselas. Se sentía orgullosa de ellas. Eran robustas y evidenciaban que no había dudado en usarlas cuando había sido preciso. Mientras el murmullo de su alrededor se intensificaba y remitía por momentos, Märtha examinó la deslucida sala de estar. Desprendía un fuerte olor a tienda benéfica y los muebles parecían sacados directamente de un vertedero. En la vetusta y gris edificación de fibrocemento de finales de los cuarenta todo se le antojaba una mezcla de escuela añeja y sala de espera de dentista. No sería aquí donde terminaría sus días con café de máquina dispensadora en la mano y comida de plástico en la barriga. ¡Ni hablar! Märtha respiró profundamente, apartó a un lado el vaso de plástico con el café y se inclinó hacia delante.
—Escuchad... ¿Qué os parece otra taza de café en mi cuarto? —preguntó mientras hacía señas a los amigos para que la acompañaran a su estancia—. Creo que tenemos bastantes cosas de las que hablar.
Y comoquiera que todos estaban al corriente de que había introducido de tapadillo un arsenal de licor de mora, asintieron satisfechos y se pusieron en pie como un resorte. A la cabeza de ellos se colocó el elegante pero nocturnamente voraz Rastrillo, seguido de Lumbreras el inventor y de las dos amigas de Märtha: Stina, la amante del chocolate belga, y Anna-Greta, la señora mayor a cuyo lado todas las demás ancianas palidecían. Todos intercambiaron miradas. Märtha solía invitar a licor cuando se traía algo entre manos. Hacía tiempo desde la última vez, pero, por lo visto, había llegado nuevamente el momento.
Ya dentro de la habitación, Märtha fue a por la botella, quitó del sofá la prenda que tenía a medio tricotar e invitó a sus amigos a que se sentaran. Luego echó un vistazo a la mesa de caoba con el mantel de flores recién planchado. Llevaba tiempo queriendo buscar otra cosa, pero la vieja mesa era grande y sólida y todos cabían a su alrededor, así que se conformaría con ella. Al poner la botella sobre la mesa su mirada se detuvo en la cómoda con las fotografías de su familia en Österlen. Tras el cristal y el marco le sonreían sus padres y su hermana frente al hogar familiar de Brantevik. Se iban a enterar ahora esos abstemios. Desplegó entonces demostrativamente las copitas de cristal y las llenó hasta arriba de licor.
—¡Salud, panda de zánganos! —exclamó levantando su vaso.
—¡No! ¡De un trago! —respondieron los amigos alegremente.
—Y ahora cantemos «Todo para dentro» —insistió Märtha.
La pandilla escenificó entonces una versión muda de la conocida cancioncita de borrachera, dado que en la residencia había que evitar hacer ruido para que no te pescaran con el alcohol de contrabando. Märtha repitió silenciosamente el estribillo una vez más y todos rieron. Todavía no los había descubierto nadie y se lo pasaban igual de bien cada vez. La anciana volvió a plantar la copa y miró de reojo a los demás. ¿Se animaba a contarles su sueño? No, primero debía inducirlos a reflexionar como ella. Entonces tal vez podría convencer a todos. Eran un grupo de amigos muy cohesionado que con apenas cincuenta años ya habían decidido vivir juntos cuando se hicieran mayores. ¿No deberían ser capaces de tomar nuevas decisiones de mutuo acuerdo? Obviamente, tenían mucho en común. Tras jubilarse habían actuado en hospitales y casas parroquiales con su coro, Cuerda Vocal, y unos años atrás se habían mudado al mismo centro geriátrico. Durante bastante tiempo Märtha había estado defendiendo como alternativa crear un fondo común para comprar un palacete en Escania, lo cual resultaba una idea bastante más atractiva. Había leído en el diario Ystad Allehanda que las viejas fortificaciones estaban tiradas de precio y que, además, algunas de ellas contaban con fosos a su alrededor.
«Si nos visita algún antipático funcionario o nuestros hijos vienen a exigirnos un anticipo de su herencia, basta con recoger el puente levadizo», había argumentado en sus intentos por convencer a los demás. Pero cuando repararon en que los castillos eran caros de mantener y requerían de sirvientes se decantaron por la residencia Lirio de los Valles, rebautizada El Diamante por los nuevos propietarios.
—¿Qué tal la comida de anoche? —preguntó Märtha una vez que Rastrillo consiguió apurar las últimas gotas de su copa.
Parecía somnoliento, pero, como no podía ser de otro modo, había tenido tiempo de colocarse una rosa en el bolsillo de la pechera y un pañuelo recién planchado en torno al cuello. Bien es cierto que era un caballero algo canoso, pero conservaba su encanto y era tan elegante que hasta las mujeres de menos edad se fijaban en él.
—¿Cómo que comida? Pero ¡si es bazofia! Por lo menos el alcohol te sirve para algo. Lo de ayer fue peor que los panecillos de los buques —declaró Rastrillo apartando la copita.
En su juventud se había enrolado de marinero, pero tras abandonar la vida en el mar se formó como jardinero. Ahora se conformaba con cuidar sus plantas y hierbas aromáticas en el balcón. Su gran pena era que todo el mundo lo llamara Rastrillo. Por el simple hecho de que le encantara la jardinería y una vez se hubiera tropezado con esa herramienta no tenían por qué estigmatizarlo de por vida, opinaba. Pero cuando propuso otros apodos, como Flor, Hoja o Pétalo, nadie le hizo ni caso.
—¿No has pensado en la posibilidad de prepararte un bocadillo de queso, por ejemplo? ¿Comida silenciosa que no pite? —rezongó Anna-Greta.
También ella se había despertado la noche anterior y le había costado trabajo volver a conciliar el sueño. Era una mujer áspera, pero decidida y correcta, en un cuerpo tan alto y delgado que Rastrillo solía decir que probablemente hubiera nacido dentro de un canalón.
—Es que siempre me viene ese olor a comida y condimentos del piso de arriba y no puedo evitar que me entre hambre —se disculpó.
—Tienes razón. El personal debería compartir lo suyo. Con esa comida plastificada que nos dan es imposible quedar satisfecho —añadió Stina Åkerblom limándose discretamente las uñas.
Aquella antigua modista cuyo sueño había sido convertirse en bibliotecaria era la más joven de los presentes, apenas setenta y siete años. Aspiraba a una vida tranquila y agradable, poder comer bien y pintar acuarelas. No que le sirvieran comida basura. Después de tantos años en el exclusivo barrio estocolmés de Östermalm estaba habituada a un cierto nivel.
—Al personal le ponen la misma comida que a nosotros —explicó Märtha—. Son los nuevos dueños de El Diamante los que tienen su oficina y la cocina en el piso superior.
—En ese caso deberíamos instalar un montacargas para bajar la comida hasta donde estamos nosotros —terció Oscar Krupp, conocido como Lumbreras.
Era el manitas de la panda y tenía un año más que Stina. Había sido inventor, con taller propio en Sundbyberg. También era de buen comer, de cuerpo rollizo y fofo, y consideraba que el ejercicio físico era una ocupación para gente sin nada mejor que hacer.
—¿Os acordáis del folleto que nos mandaron antes de instalarnos aquí hace unos años? —preguntó Märtha—. «Excelente comida del restaurante», decía. Además, íbamos a disfrutar de paseos a diario, visitas artísticas, pedicura y un peluquero propio. Con los nuevos propietarios ya nada funciona. Ha llegado el momento de que nos oigan.
—¡Revuelta en la residencia! —proclamó Stina con su voz más melodramática, desplegando el brazo con tal ímpetu que su lima de uñas acabó por los suelos.
—Exactamente. Un pequeño motín —añadió Märtha.
—Pero no estamos en alta mar —masculló Rastrillo.
—Quizá los nuevos dueños tengan algunos problemas económicos. Seguro que la cosa va mejorando poco a poco —repuso Anna-Greta ajustándose sus gafas de principios de los cincuenta. Había trabajado toda su vida en un banco y era consciente de que todo empresario necesitaba obtener beneficios.
—¿Ir mejorando? ¡Y un cuerno! —renegó Rastrillo—. Esos cerdos no paran de subirnos la cuota y no lo hemos notado en nada.
—No seas tan negativo —dijo Anna-Greta volviéndose a recolocar las gafas, que de tan viejas y desgastadas como estaban se le resbalaban constantemente por la nariz. De hecho, solo cambiaba los cristales, nunca la montura, que consideraba intemporal.
—¿Cómo que negativo? Debemos exigir mejoras. Y en todo... Aunque empezaremos por la comida —opinó Märtha—. Escuchadme: seguro que tienen algo rico en la cocina de arriba. Cuando el personal se haya ido a casa había pensado...
Conforme Märtha fue contando su plan el regocijo se contagió por toda la mesa. De repente los ojos de los ancianos comenzaron a centellear con tanta intensidad como el agua de la playa un día soleado de verano. Todos ojearon el techo de refilón, se intercambiaron miradas y levantaron el pulgar.
Después de que los amigos abandonaran la habitación, Märtha volvió a colocar el licor de mora en el fondo del armario y se puso a canturrear para sí misma. Innegablemente ese sueño le había infundido energía. Nada es imposible, pensó. Pero para lograr un cambio es necesario destacar las alternativas. Eso era lo que tenía intención de hacer ahora. Los amigos creerían luego que habían tomado la decisión por sí solos.
2
Una vez que todos salieron del ascensor y se situaron frente a la oficina de El Diamante S. A., Märtha alzó el brazo para imponer silencio a los demás. Buscó en el armarito donde guardaban las llaves y le llamó la atención una de cabeza triangular, de esas que las ferreterías no pueden copiar. Tras cogerla, la insertó en la cerradura, la giró y la puerta se abrió.
—Justo lo que pensaba. Es la llave maestra. Genial. Ahora vamos a entrar, pero no os olvidéis de estar callados.
—Y tú lo dices —gruñó Rastrillo, que consideraba a Märtha una parlanchina irremediable.
—¿Y si nos pillan? —dijo Stina angustiada.
—No lo harán. Seremos sigilosos —tronó Anna-Greta, que, como todas las personas que oyen poco, hablaba dando voces sin darse cuenta.
Los andadores chirriaron desacompasadamente en la lenta y cautelosa incursión de los cinco por la habitación. Dentro olía a despacho y a cera para muebles. Sobre el escritorio había unas carpetas minuciosamente ordenadas.
—Mmm... Esto tiene pinta de ser la oficina. La cocina debe de estar por ahí —dijo Märtha señalando en una dirección. Entonces se adelantó a los demás y fue a correr las cortinas de los ventanales—. Ya podéis encender.
Tras parpadear las lámparas del techo, se apareció ante ellos una espaciosa estancia dotada de frigorífico, congelador y amplios armarios de pared. En medio había una isla con ruedas y junto a la ventana una mesa de comedor con seis sillas.
—¡Una cocina de verdad! —constató Lumbreras tomando aire y acariciando la puerta de la nevera.
—Seguro que aquí hay comida de la buena —dijo Märtha antes de abrirla.
Sus estantes estaban abarrotados de pollo, solomillo de buey, una pierna de cordero y varios tipos de queso. En los cajones de abajo había lechugas, tomates, remolacha y fruta. Luego abrió la puerta del congelador, no sin cierta dificultad.
—Asado de alce y bogavante. Madre de Dios... —exclamó Märtha, dejando la puerta abierta para que todos pudieran ver—. Aquí hay de todo menos spettekaka. Deben de organizar muchos festines por aquí arriba.
Todos se quedaron mirando un largo instante sin poder articular palabra. Lumbreras se acarició su pelo corto, Rastrillo se llevó la mano al corazón y suspiró, Stina lanzó un resuello y Anna-Greta se lamentó.
—Esto tiene que haber costado un montón de dinero —murmuró.
—Nadie se dará cuenta si nos llevamos algunas cosillas —dijo Märtha.
—Pero no podemos robarles su comida —señaló Stina.
—No les estamos robando. ¿Con qué dinero creéis que han comprado estos alimentos? Simplemente nos llevamos lo que hemos pagado. Coged esto...
Märtha sacó un pollo y Rastrillo, siempre hambriento por las noches, fue el más rápido en cazarlo.
—También necesitamos arroz, especias y harina para poder preparar una salsa —indicó Lumbreras, ya despabilado.
Aparte de haber tenido un taller, había sido un excelente cocinero. Como la comida que le preparaba su mujer no había quien se la tragara no tuvo otro remedio que aprender a cocinar. Cuando más tarde advirtió que su esposa no solo era una inútil en la cocina, sino que para ella la vida no era más que un problema monumental, acabó divorciándose. Todavía tenía pesadillas en las que su ex mujer se presentaba junto a su cama con un rodillo de amasar en la mano y se ponía a lloriquear. Pero le había dado un hijo, lo que lo colmaba de alegría.
—Nos hace falta también un buen vino para la salsa —declaró Lumbreras. Miró a su alrededor y reparó en un botellero montado sobre la pared—. ¿Habéis visto esas botellas de vino? Dios mío...
—Esas no las podemos coger porque nos descubrirían —sentenció Märtha—. Si nadie se da cuenta de que hemos estado aquí podremos volver varias veces.
—No, no... La comida sin vino es como un coche sin ruedas —proclamó Lumbreras. Dicho esto se acercó al botellero y extrajo dos botellas de la mejor marca. Al apreciar el gesto de Märtha, le puso la mano en el hombro con afán tranquilizador—. Abrimos las botellas, nos bebemos el vino y lo sustituimos luego por jugo de remolacha —explicó.
Märtha miró con aprobación a Lumbreras. Siempre tenía soluciones para todo y era un optimista impenitente que consideraba que los problemas estaban para resolverlos. Le recordaba a sus padres. En cierta ocasión ella y su hermana se disfrazaron con la ropa de ellos, poniendo todo patas arriba. Ciertamente las reprendieron, pero no dejaron de reírse luego. «Más vale una casa manga por hombro e hijos alegres que no un hogar perfecto con niños reprimidos.» Esa era su teoría. Y su lema: «Todo tiene arreglo». Märtha así lo creía también. Al final todo acaba solucionándose.
En un suspiro aparecieron tablas de cortar, sartenes y cacerolas. Todos colaboraban. Märtha puso el pollo en el horno, Lumbreras elaboró un sabrosa salsa, Rastrillo preparó una estupenda ensalada y Stina trató de no quedarse descolgada en la medida de lo posible. Cuando era una jovencita había asistido a una escuela de gestión doméstica, pero a lo largo de toda su vida había contado con ayuda en la cocina, de modo que terminó olvidando por completo lo aprendido. Lo único con lo que se sentía verdaderamente segura era cortando pepinos.
Anna-Greta se encargó de poner la mesa y del arroz.
—Se le da bien hacer lo que le mandan —susurró Märtha haciendo una seña en dirección a su amiga—. Pero es lenta y siempre tiene que contar las cosas.
—Con tal de que no cuente los granos de arroz... —repuso Lumbreras.
Poco después un delicioso aroma empezó a extenderse por la cocina y Rastrillo sirvió una ronda de vino engalanado con una chaqueta azul y un pañuelo recién lavado en torno al cuello, todo repeinado y fragante de loción de afeitar. Al observar que se había puesto de punta en blanco, Stina sacó discretamente su polvera y su lápiz de labios. En un momento de distracción de los demás se pintó los labios y se empolvó la nariz.
Las conversaciones y las risas se confundían con el traqueteo de platos y cacharros. Cierto es que la comida tardó un buen rato en estar lista, pero ¿a quién le importaba cuando podían disfrutar todos de un buen vino mientras tanto? Finalmente se sentaron a la mesa alegres y pizpiretos cual jovenzuelos.
—¿Una copa más?
Rastrillo sirvió más vino y se sintió como en los viejos tiempos, cuando trabajaba de camarero en cruceros por el Mediterráneo. Quizá no sirviera ya con tanta agilidad, pero su porte era igual de digno y sus inclinaciones eran de manual. Entre bocado y bocado, todos brindaron y entonaron con voz potente canciones de su repertorio coral. Lumbreras encontró una vieja botella de champán del bueno, que no tardó tampoco en dar la vuelta a la mesa. Stina alzó su copa, echó atrás la cabeza y bebió.
—Todo para dentro —dijo jovialmente, imitando una expresión aprendida en fecha reciente de sus hijos. La antigua modista no quería parecer vieja y trataba siempre de estar a la última. Apartó luego el vaso y miró a su alrededor—. Ahora, queridos amigos, ¡a bailar!
—Hazlo tú —respondió Lumbreras posándose las manos sobre el vientre.
—A bailar, claro que sí —dijo Rastrillo.
El anciano se levantó, pero se tambaleaba tanto que Stina optó por dirigirse sola a la pista de baile.
—«Más aguerrido es aventurarte y tus dados tirar que consumirte cual llama en extinción» —declamó Stina extendiendo los brazos. Aunque nunca lograra cumplir su sueño de ser bibliotecaria había cultivado el interés por la literatura. Lo que ella pudiera desconocer de Verner von Heidenstam, Selma Lagerlöf y Esaias Tegnér es que no valía la pena saberlo.
—Ahora se va a poner otra vez a recitar a los clásicos. Mientras no nos lea en voz alta La Ilíada... —murmuró Märtha.
—O nos dé la tabarra con La saga de Gösta Berling —intervino Lumbreras.
—«Más bello es escuchar el quebrar de una cuerda que nunca haber tensado un arco» —prosiguió Stina.
—Mmm... Exacto. Eso mismo podríamos utilizar como lema —reflexionó Märtha.
—Cómo que una cuerda... —interrumpió Rastrillo—. Nada de eso. Más vale oír la cama quebrar que siempre acostarte solo.
Stina se quedó inmóvil y se puso como un tomate.
—¡Rastrillo! ¿Por qué tienes que ser siempre tan grosero? ¡Ya vale! —lo censuró Anna-Greta frunciendo los labios.
—Bueno, ahora ya hemos tensado el arco, ¿verdad? —dijo Stina—. En lo sucesivo subiremos aquí como mínimo una vez a la semana. —Cogió su copa y la levantó—. ¡Salud! ¡Esto hay que repetirlo!
Todos brindaron, y así continuaron hasta que empezaron a cerrárseles los ojos y a balbucear ligeramente. Además, Märtha empezó a hablar con su acento escanés, lo que solo hacía cuando estaba muy cansada. Era una señal de advertencia y ella misma atisbó el peligro.
—Ahora, queridos amigos, vamos a fregar los platos y poner todo en orden antes de bajar a nuestras habitaciones —propuso Märtha.
—Friega tú —contestó Rastrillo al tiempo que le llenaba la copa.
—No, tenemos que limpiar y guardar todo en los armarios para que nadie se dé cuenta de que hemos estado aquí —insistió apartando a un lado el vaso.
—Si estás cansada puedes reclinarte sobre mi brazo —dijo Lumbreras dándole una amistosa palmadita en la mejilla.
Y por el motivo que fuera, ni siquiera Märtha lo sabía, esta posó su cabeza en el brazo de Lumbreras y se quedó dormida.
A la mañana siguiente, cuando Ingmar Mattson, el director de El Diamante S. A., llegó al trabajo, oyó unos extraños sonidos provenientes de la oficina, un sordo murmullo se dijera procedente de una manada de osos escapados del zoo de Skansen. Echó un vistazo a la oficina y no vio nada, pero reparó en que la puerta de la cocina se encontraba abierta.
—Qué demonios... —masculló antes de tropezarse con un andador y caer al suelo.
Cuando perjurando se puso en pie presenció la escena que tenía ante sí. El extractor estaba encendido y en torno a la mesa de la cocina dormían cinco de los ancianos de El Diamante con la ropa puesta. Sobre la mesa había platos con restos de comida y copas de vino vacías mientras la puerta del frigorífico, de par en par, no dejaba de mecerse. El señor Mattson contempló el desastre. A todas luces los clientes de la residencia se hallaban en peor estado de lo que creía. Tendría que pedir a la enfermera Barbro que tomara cartas en el asunto.
3
La ruidosa alarma de un coche se había disparado al otro lado de la calle y un ventilador zumbaba a lo lejos. Märtha parpadeó y abrió los ojos. Un rayo de luz penetró a través de la ventana y sus ojos empezaron a habituarse lentamente a la claridad. Los cristales estaban sucios y precisaban de una buena limpieza, al igual que las cortinas de flores de tonos claros que había puesto para crear un ambiente agradable. Por lo visto no quedaba nadie que se preocupara de mantener las cosas limpias. En cuanto a ella, no le alcanzaban las fuerzas ya para ese tipo de tareas. Märtha dio un gran bostezo, pero sus ideas seguían envueltas en una especie de nebulosa y se negaban a tomar forma concreta. ¡Ay!, se sentía realmente estropajosa. Después de lo de la fiesta era como si unos pequeños cirros de chicle se le hubieran instalado en la cabeza. Pero qué bien se lo habían pasado. Lástima que no les hubiera dado tiempo a limpiar y volver a sus habitaciones. Si no se hubieran quedado dormidos...
Märtha se sentó en el borde de la cama y se puso las zapatillas. ¡Dios, qué vergüenza habían pasado! El señor Mattson les había gritado encolerizado. Claro, el vino y todas las pastillas que les entregaban a diario no combinaban muy bien... Miró hacia la mesilla de noche. Ahí estaba el abrebotellas que le había dado Lumbreras. «Para las próximas celebraciones», en sus propias palabras. Pero la cosa se había acabado ya. Tras la fiesta, la enfermera Barbro encerró en sus cuartos a todos y solo les permitía salir acompañados de alguien del personal. Les habían administrado también una pastillitas rojas «para tranquilizarse». ¡Qué aburrido era todo ahora!
Por cierto, lo de las pastillas. ¿Por qué atiborraban siempre a los ancianos con medicamentos? Les daban casi más pastillas que comida. ¿No sería eso lo que los volvía tan lánguidos? Antes se pasaban todo el tiempo jugando a las cartas y se metían a hurtadillas en las habitaciones de los demás después de las ocho. Pero desde que El Diamante había asumido el negocio todo ello se había acabado. De hecho, ahora no hacían casi nada y, cuando intentaban jugar a las cartas, o se dormían o se olvidaban de los naipes que habían puesto sobre la mesa. Stina, a quien le encantaba Selma Lagerlöf y Werner von Heidenstam, no tenía fuerzas ni para hojear las revistas de chismorreos, y Anna-Greta, que acostumbraba a poner música de instrumentos de viento y a Jokkmokks-Jokke, se quedaba con la mirada perdida en el tocadiscos, sin animarse a sacar los vinilos. Lumbreras llevaba tiempo sin idear invento alguno y Rastrillo descuidaba sus flores. Pasaban la mayor parte del día viendo la televisión y nadie tomaba la iniciativa para hacer nada. No. Algo iba mal. Tremendamente mal.
Märtha se levantó apoyándose en el andador y se dirigió al cuarto de baño. Se lavó pensativa la cara y realizó su aseo matinal. ¿No era ella la que había decidido protestar y montar una revolución? Ahora, sin embargo, andaba de un lado para otro sin hacer nada. Se contempló en el espejo y advirtió su aspecto estropeado. Su rostro se veía pálido y su cabello cano desordenado. Entre suspiros se estiró para coger el cepillo del pelo, pero golpeó entonces por accidente la cajita con las pastillas rojas, que quedaron desperdigadas por todo el suelo del baño, cual coléricas motas rojas a sus pies. No le apetecía para nada recogerlas, así que, gruñendo, las mandó todas con una firme patada por el desagüe de la ducha.
Luego procedió también a realizar una purga entre el resto de las pastillas y pocos días más tarde empezó a sentirse más espabilada. Retomó el punto y, como siempre le había encantado la novela negra, reanudó la lectura de la pila de libros con espantosos asesinatos que guardaba sobre la mesilla de noche. Las ansias revolucionarias volvieron a prender en ella.
Lumbreras oyó a alguien llamar a la puerta y enseguida comprendió que se trataba de Märtha. Tres golpecitos decididos justo al lado del tirador y luego silencio. No podía ser otra persona. Se levantó a duras penas del sofá con una sonrisa en los labios y se bajó el suéter para taparse la oronda barriga. Hacía tiempo que no lo visitaba, lo cual le había extrañado. Se había dicho un día tras otro que iría a hacerle una visita él llegada la noche, pero al final siempre se quedaba dormido frente al televisor. Buscó a su alrededor una caja de cartón, metió en ella a toda prisa el montón de anotaciones, destornilladores y tornillos depositados en el sofá y guardó todo bajo la cama. Escondió dos camisas azules y unos calcetines con agujeros detrás de los cojines del sofá y sopló las migas de pan para arrojarlas al suelo. Cuando hubo finalizado, apagó el televisor y fue a abrir.
—Pero ¡si eres tú! Pasa.
—Lumbreras, tenemos que hablar —le espetó entrando en la estancia a zancada limpia.
Él asintió con la cabeza y puso a calentar agua en la jarra eléctrica. En el armario esquivó dos placas de circuitos, un martillo y varios cables hasta dar con el café instantáneo. Detrás del tarro de café había dos tazas. Tras hervir el agua, las llenó y puso en cada una un poco de café en polvo.
—Por desgracia no tengo pastas, pero...
—Está bien así. —Märtha cogió la taza de café y se dejó caer en el sofá—. ¿Sabes?, cuesta creerlo, pero me temo que nos están drogando. Nos dan demasiadas pastillas. Por eso estamos tan perezosos.
—Pero ¿qué me estas contando? Quieres decir que... —dijo mientras empujaba discretamente bajo el sillón una radio Grundig previamente desarmada, confiando en que Märtha no la hubiera visto—. Eso es inadmisible.
—Exactamente. Nosotros que pretendíamos protestar...
Lumbreras le cogió la mano y le dio una palmadita en el dorso.
—Pero, querida, todavía no es tarde.
Los ojos de Märtha resplandecieron y su rostro recobró vida.
—¿Sabes?, he estado pensando en una cosa. En la cárcel te dejan salir al aire libre todos los días, pero aquí apenas nos sueltan.
—Bueno, aire libre precisamente no es...
—Los presos pueden respirar aire puro, les proporcionan una dieta nutritiva con comida casera y tienen la posibilidad de trabajar en talleres. De hecho, su situación es mejor que la nuestra.
—¿Trabajar en talleres? —reiteró Lumbreras saliendo de su modorra.
—¿Entiendes? Quiero morir joven y cuanto más tarde mejor. Pero deseo vivir a lo grande mientras el cuerpo aguante —sentenció.
Märtha se inclinó y le dijo algo al oído. Él, con los ojos como platos, empezó a sacudir la cabeza. Pero ella no se dio por vencida.
—Lumbreras, he estado meditando muy bien todo esto...
—Es cierto. ¿Y por qué no íbamos a hacerlo? —repuso. Entonces se reclinó sobre el respaldo del sillón y empezó a desternillarse.
4
La enfermera Barbro avanzaba a toda prisa por el pasillo golpeando con fuerza sus tacones contra el suelo. Abrió la puerta del almacén, sacó el carrito y colocó las medicinas en la bandeja. Cada uno de los veintidós residentes tenía su propio programa de píldoras, que ella supervisaba. El señor Mattson ponía especial énfasis en la medicación. Los ancianos tenían su prescripción facultativa a medida. Algunas de las pastillas, entre otras, las rojas, se administraban a todo el mundo, al igual que algunas de las celestes, que el director acababa de introducir. Estas últimas hacían perder el apetito a los ancianos.
—Eso hará que coman menos y que no tengamos que comprar tanta comida —había declarado el director.
La señorita Barbro dudaba de que fuera tan buena idea pero no se había atrevido a abordar el asunto con el señor Mattson porque, antes que nada, deseaba llevarse bien con él. Quería hacer algo de su vida. Era hija de madre soltera empleada del hogar en el exclusivo barrio de Djursholm. En casa no nadaban precisamente en la abundancia. Una vez que acompañó a su madre al trabajo y pudo ver en aquella casa hermosos cuadros, plata reluciente y un parquet de lujo. Y conoció a los señores, ataviados con pieles y elegantes prendas. Nunca olvidaría ese destello de otro tipo de vida. El director Mattson se contaba también entre esas personas de éxito. Tenía unos veinte años más que ella, era enérgico, aguerrido y atesoraba varios años de experiencia en el mundo de los negocios. Ante todo poseía una gran capacidad de influencia y poder, lo que hizo comprender a la señorita Barbro que iba a poder a ayudarle en su devenir vital. Así pues, escuchaba ávidamente todas sus palabras como una hija atiende a su padre. Y lo admiraba. Tal vez le sobraran algunos kilos y trabajara demasiado, pero era rico, y con sus ojos oscuros, su cabello moreno y su carácter engatusador recordaba a un italiano. No tardó mucho en enamorarse de él. Ciertamente estaba casado, pero las esperanzas de ella iban más allá y en breve iniciaron un romance. Acababa de prometerle unas vacaciones.
La señorita Barbro recorrió rápidamente el pasillo y fue entregando a los ancianos sus pastillas. Luego devolvió el carrito al almacén y regresó a la oficina. Ahora solo quedaba resolver todo el papeleo del escritorio para que Katja, la sustituta, se encontrara con la mesa limpia al llegar. La enfermera se sentó frente al ordenador y sus ojos adquirieron una expresión soñadora. Mañana, pensó. Mañana por fin Ingmar y ella podrían hacer lo que les viniera en gana el uno con el otro.
Al día siguiente, Märtha vio que el señor Mattson recogía a la enfermera Barbro con su coche. Ajá, se dijo, pues durante bastante tiempo había sospechado que había algo entre ellos. El director se va de congreso y se la lleva a ella. Muy bien. Nos viene divinamente, pensó. Apenas el automóvil se hubo alejado del edificio, Märtha fue al encuentro de sus amigos para contarles lo de las pastillas, las cuales desaparecieron rápidamente.
Unos días más tarde se oyó cháchara y risas en la sala de estar. Lumbreras y Rastrillo jugaban al backgammon, Stina pintaba una acuarela y Anna-Greta escuchaba música en el tocadiscos o se echaba solitarios.
—Los solitarios están bien para tener el cerebro a cien —canturreó Anna-Greta colocando las cartas sobre la mesa.
Se cuidaba mucho de hacer trampas y nunca se le pasaba anunciar cada vez que lograba resolverlo. Su rostro alargado y el moño en la nuca la dotaban de una apariencia de maestra de principios del xix, aunque fuera una antigua empleada de banca. Una inteligente compra de acciones la habían hecho rica y se enorgullecía de su rapidez para los cálculos mentales. En una ocasión el personal de la residencia para mayores se había ofrecido a gestionar sus cuentas, pero al ver su sombrío gesto por respuesta nadie se había atrevido a preguntarle de nuevo. No en vano era originaria de Djursholm y conocía el valor del dinero. Además, en la escuela siempre había sido la mejor en matemáticas. Märtha la miró furtivamente de refilón y se preguntó si era posible convencer a una persona tan impecable para que se uniera a una pequeña aventura. Porque ya estaba decidido. Lumbreras y ella habían pergeñado un plan y solo esperaban la ocasión adecuada.
La ausencia de la enfermera Barbro se convirtió en la calma antes de la tormenta. En apariencia todo seguía como de costumbre, pero algo había ocurrido dentro de cada uno de ellos. Los cinco cantaron «Alegre como un pájaro» y el primer movimiento de «Dios encubierto», como solían hacer antes de que El Diamante S. A. tomara el relevo, y el personal aplaudió y sonrió por primera vez en mucho tiempo. La sustituta de la enfermera Barbro, Katja Erikson, una muchacha de diecinueve años procedente de Farsta, preparó unos bollos para el café de la tarde, le llevó unas herramientas a Lumbreras y permitió que todo el mundo se dedicara a lo que quisiera. La autoestima de los inquilinos de El Diamante S. A. se vino arriba, y el día en que Katja se marchó en su bicicleta y la señorita Barbro regresó la semilla del desafío y la rebelión ya había comenzado a germinar.
—Bueno, tendremos que prepararnos para lo peor —declaró Lumbreras con un suspiro al ver a Barbro entrar por las puertas acristaladas.
—Ahora racionalizará aún más a instancias del director Mattson —señaló Märtha—. Aunque, por otro lado, puede resultar beneficioso para nuestra causa —añadió con un ligero guiño.
—En eso tienes razón —dijo Lumbreras devolviéndole el guiño.
No habían pasado más que unas horas desde la llegada de la señorita Barbro cuando tuvieron ocasión de escuchar el golpear de puertas y el repiqueteo de sus tacones altos contra el suelo. Por la tarde la enfermera convocó a todo el mundo en la sala de estar, se aclaró la garganta y puso un fajo de papeles sobre la mesa.
—Por desgracia nos vemos obligados a realizar algunos recortes —sentenció a modo de prólogo. Llevaba el cabello arreglado, y en su muñeca se vislumbraba una nueva pulsera de oro—. En época de crisis todos tenemos que colaborar en la medida de lo posible. Desafortunadamente debemos reducir el personal, de modo que a partir de la próxima semana solo seremos dos, aparte de mí. Eso quiere decir que ustedes únicamente podrán salir una vez a la semana.
—Que yo sepa, a los prisioneros les dejan hacer ejercicio a diario. No pueden hacer eso —protestó Märtha a voz en grito, pero Barbro fingió no oírla.
—Además, tendremos que recortar en comida, naturalmente —continuó—. A partir de ahora solo se servirá una comida principal al día. El resto consistirá en bocadillos.
—¡Ni lo sueñe! Tenemos derecho a una cantidad suficiente de comida y, además, deberían comprar más fruta y verdura —rugió Rastrillo.
—Me pregunto si la cocina de arriba estará cerrada con llave —susurró Märtha.
—¡Otra vez esa cocina no! —contestó Stina, y se le cayó la lima de uñas.
Al llegar la noche, cuando el personal se había ido a casa, Märtha subió a la cocina a pesar de todo. Rastrillo se alegraría muchísimo si le llevaba una ensalada. Se encontraba un poco alicaído porque su hijo no había dado señales de vida y necesitaba que lo animaran. A Märtha también le habría gustado tener familia, pero el gran amor de su vida la había abandonado cuando su hijo tenía dos años. Al pequeño se le formaban hoyuelos al reírse, y su pelo era rubio y rizado. Durante cinco años fue la principal alegría de su vida. El último verano lo pasaron en el campo, visitando los caballos en los establos, recogiendo arándanos y pescando en el lago. Pero una mañana de domingo, mientras Märtha dormía, el niño cogió la caña y se escabulló de la habitación. Lo encontró junto a uno de los pilotes del embarcadero. La vida de Märtha se detuvo, y de no haber sido por sus padres, tal vez nunca hubiera sido capaz de seguir adelante. Después estuvo con algunos hombres, pero siempre que se quedaba embarazada sufría abortos espontáneos. Finalmente se le pasó la edad y desechó la idea de formar una familia. El no tener hijos era su gran aflicción, aunque no la exteriorizara. Prefería ocultar su dolor. Una risa puede esconder tanto... La gente se deja engañar muy fácilmente, pensó.
Märtha despertó de sus pensamientos, se metió sigilosamente en la oficina de Barbro y abrió el armarito de las llaves. Al llegar al piso superior recordó el olor a comida y, esperanzada, cogió la llave maestra. Se paró en seco. En lugar del orificio de la llave había uno de esos extraños dispositivos para introducir tarjetas de plástico. ¡El Diamante S. A. había transformado la cocina en un fortín inexpugnable! Se vio invadida por un sentimiento de decepción y tardó un buen rato en recomponerse lo suficiente como para marcharse de ahí. Pero no se daba por vencida, así que bajó con el ascensor hasta la planta inferior. Tal vez hubiera una despensa o un almacén en el sótano.
Al abrirse las puertas del ascensor lo primero que hizo fue preguntarse dónde estaba, pero al fondo del pasillo atisbó una débil luz proveniente de una vetusta puerta con un cristal en la parte superior. Esa puerta también estaba cerrada a cal y canto. A pesar de ello, la llave principal encajó en la cerradura. Märtha empujó con cuidado la puerta y una ráfaga de gélido aire invernal la sorprendió. Fantástico, aquí hay una salida, pensó. El frío le refrescó la memoria y se acordó de la llave de la casa de sus padres. Tenía el mismo tipo de cabeza triangular que la llave maestra. Si daba el cambiazo seguro que nadie se daría cuenta de nada. Märtha cerró la puerta, accionó el interruptor y se internó en el otro pasillo. En una de las puertas podía leerse: gimnasio. solo para el personal. Märtha la abrió y echó un vistazo.
Dentro no había ninguna ventana y tardó un momento en encontrar el botón de la luz. Los tubos fluorescentes parpadearon y se encendieron y pudo ver ante ella una comba, pesas y varias bicicletas estáticas. Junto a las paredes había banquetas, cintas para correr y extraños aparatos cuyo nombre desconocía. Vaya... La dirección de El Diamante S. A. escatimaba recursos a la hora de fomentar la salud entre los huéspedes de la residencia pero los empleados disponían de gimnasio propio. Cuántas veces no habían exigido recuperar su zona de gimnasia y la junta directiva se lo había denegado. A Märtha le dieron ganas de dar una patada a la puerta, lo cual resultaba algo problemático a su edad, pero optó por soltar todos los exabruptos que le vinieron a la mente, se arqueó como una gata y levantó el puño amenazadoramente.
—¡Os vais a enterar, so cerdos! Dentro de poco...
Al volver a la oficina puso bajo la puerta la llave de su casa paterna y la empujó. Colgó luego la llave falsa en el armarillo. Ya nadie sospecharía nada si dejaba de funcionar. Acto seguido, se escondió la llave maestra en el sujetador, fue a meterse en la cama y se cubrió con la colcha hasta la barbilla. El primer paso para una revolución era la libertad de movimientos. Ahora dispondrían de ella. Cerró los ojos, esbozó una sonrisa y se quedó dormida. Soñó con una panda de ancianos que robaban un banco y eran recibidos luego en la cárcel con vítores.
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