PRÓLOGO
PREGUNTA: ¿Por qué se siente tan incómoda la gente con el tema del sexo? ¿Por qué es un tabú?
RESPUESTA: Hay una razón muy sencilla. Llevamos siglos de represión en nuestra vida sexual. Todos los profetas, los mesías y los salvadores nos han dicho que el sexo es pecado.
Tal y como yo lo entiendo, el sexo es la única energía, es la energía de la vida. Lo que cada uno hace con ella depende de cada cual. Puede convertirse en pecado, y también en lo más sublime de la consciencia. Todo depende de cómo se utilice esa energía.
En cierta época, no sabíamos utilizar la electricidad. La electricidad siempre ha existido —en forma de rayos— y antes mataba a las personas, pero ahora está a nuestro servicio, hace cuanto queremos. El sexo es bioelectricidad. Lo que hay que plantearse es cómo utilizarlo, y el principio fundamental es no condenarlo. En cuanto condenas algo, no puedes utilizarlo.
Se debería aceptar el sexo como algo normal, natural en la vida, igual que dormir o tener hambre.
Además, el sexo puede ir unido a la meditación, y cuando el sexo va unido a la meditación, cambia todo su sentido.
El sexo sin meditación solo sirve para la reproducción. El sexo con meditación puede aportar una suerte de renacer, puede transformarte en un ser humano nuevo.
P: ¿Hay que mantener relaciones sexuales mientras se está meditando?
R: Sí. O por decirlo de otra manera, hay que meditar mientras se hace el amor. Y es que un cambio tan pequeño puede suponer una diferencia enorme...
Había una vez dos monjes hablando en un monasterio, porque tenían un par de horas todas las tardes para meditar y pasear. Se pusieron a discutir si podrían fumar, porque no estaba prohibido, pero ellos no estaban seguros de que fuera lícito hacerlo. Así que pensaron que lo mejor sería preguntárselo al abad.
Al día siguiente, uno de los monjes estaba muy inquieto, y cuando vio venir al otro, fumando, no daba crédito a sus ojos. Dijo:
—No entiendo nada. Le he preguntado al abad: «¿Puedo fumar mientras medito?». Y él me ha dicho: «¡De ninguna manera!». Y se enfadó mucho. Pero tú estás fumando. ¿No se lo has preguntado?
El otro monje respondió:
—Sí se lo he preguntado, pero yo le pregunté: «¿Puedo meditar mientras fumo?». Y me dijo: «Buena idea. ¿Para qué perder el tiempo? Si mientras fumas también puedes meditar, estupendo. ¡Adelante!».
No voy a decir que mientras estéis meditando mantengáis relaciones sexuales, no. Lo que digo es que meditéis mientras hacéis el amor. Y es uno de los estados más tranquilos, silenciosos y armoniosos, cuando la meditación resulta más fácil. Cuando te aproximas a una situación orgásmica, se detienen los pensamientos, te transformas más en energía, en fluido, en pura palpitación. Y ese es el momento en el que hay que estar alerta: pase lo que pase, la palpitación, el orgasmo cada vez más cercano, sabes que hay un punto sin retorno. Simplemente observa. Esta es la vigilancia más secreta e interna; si uno puede percibir esa consciencia, se puede percibir todo lo demás en la vida, porque el sexo es la experiencia más íntima y absorbente.
He escrito un libro, un librito. Se titula Del sexo a la superconsciencia, pero nadie se ha fijado en la superconsciencia, solo en el sexo, y quienes lo han leído son monjes, monjas... ¡de todas las religiones! He escrito cuatrocientos libros sobre toda clase de temas, temas de enorme importancia para quienes, como los monjes, buscan la verdad. Pero el problema es que estos sufren, y su sufrimiento se debe a su sexualidad reprimida.
P: Ha dicho que el sexo por sí mismo solo dará como resultado más y más niños. ¿Cuál es el resultado cuando se aúnan sexo y meditación?
R: Te reproduces a ti mismo. Descubres que no eres completo tal y como eres. Existen niveles más elevados de inteligencia, de consciencia. A medida que consigas esos niveles más elevados de consciencia e inteligencia, te sorprenderás: empezará a desaparecer tu interés por el sexo, porque el sexo generará algo más grande que la vida, porque generará consciencia. La vida pertenece a un orden inferior; la consciencia pertenece a un orden más elevado. Y en cuanto se es capaz de generar consciencia, no existe ninguna barrera que impida hacer el amor; pero parecerá muy aburrido. No proporcionará ninguna alegría; parecerá una mera pérdida de energía. Preferirás emplear tu energía en la creación de pirámides cada vez más altas de consciencia en tu interior hasta llegar al punto definitivo, que yo llamo «la iluminación».
P: Entonces, cualquier cosa sin consciencia es pecado. ¿Es eso lo que diría?
R: En sus orígenes, la palabra pecado significaba «olvido», y es muy interesante recordarlo.
Consciencia significa «recuerdo», «atención», y pecado significa «olvido», «falta de atención».
Pero no voy a emplear la palabra pecado porque todas las religiones la han empleado y contaminado. Hablaré simplemente de inconsciencia, de olvido, que es el significado original de la palabra.
P: ¿Y qué es la virtud?
R: Consciencia, mayor atención.
P: ¿Respecto a todo?
R: Respecto a todo. Y en la medida en que eres plenamente consciente, tu vida entera es una virtud, cuanto hagas tendrá el sabor de la pureza, la fragancia de lo divino.
PRIMERA PARTE
Del sexo a la superconsciencia
1
LA BÚSQUEDA DEL AMOR
¿Qué es el amor?
Vivirlo y conocerlo es muy fácil, pero definirlo con palabras resulta difícil. Es como preguntarle a un pez: «¿Qué es el mar?». El pez contestará: «Esto es el mar. Está por todas partes, me rodea». Pero si insistes un poco y dices: «Por favor, define el mar, no te limites a señalármelo», entonces el pez tendrá un gran problema.
También en la vida de los seres humanos, todo lo que es bueno, lo que es bello y auténtico solo puede vivirse, solo puede experimentarse. Puedes ser todo eso, pero resulta muy difícil definirlo, hablar de ello. La lástima es que solo lleva hablándose cinco o seis mil años sobre algo que los seres humanos deberían vivir, algo que están destinados a vivir. Se habla y se discute sobre el amor, se cantan canciones de amor, se entonan cánticos religiosos de amor, pero el amor en sí no tiene espacio en la vida de los seres humanos.
Si profundizamos en el hombre, descubriremos que no existe palabra más falsa en su vocabulario que «amor». Y lo más penoso es que se piensa que quienes realmente han falsificado el amor, quienes han impedido que fluya el amor, son sus creadores. La religión habla del amor, pero la clase de amor que ha rodeado al hombre hasta ahora solo ha servido para cerrar todas las puertas al amor en su vida.
En este sentido, no existe una diferencia fundamental entre Oriente y Occidente, entre India y Estados Unidos. El caudal del amor aún no se ha manifestado en los seres humanos. Y le echamos la culpa al hombre, o le echamos la culpa a la mente. Decimos que los seres humanos son malos, o que la mente envenena, y por eso no fluye el amor en nuestras vidas. La mente no envenena. Quienes dicen que la mente es un veneno lo que han hecho es envenenar el amor y no dejar que nazca. En este mundo, nada es venenoso. Nada es venenoso en la creación: todo es néctar. Son los seres humanos quienes han transformado ese néctar en veneno, y los mayores culpables son los llamados maestros, los santones y los santos, la gente que se considera a sí misma religiosa.
Es muy importante comprender esto, y con todo detalle, porque si no se ve con claridad no hay posibilidad de que exista el amor en la vida de ningún ser humano.
Seguimos utilizando las mismas cosas que han impedido que el amor naciera como cimiento del propio amor. En el transcurso de los siglos se han repetido y reiterado principios completamente erróneos, y no logramos ver sus fallos fundamentales precisamente porque no cesa la repetición. Todo lo contrario, se considera que los seres humanos se equivocan porque son incapaces de cumplir los requisitos de esos principios.
El ser humano actual es el producto de una cultura con una antigüedad de cinco, seis o diez mil años, pero se culpa de los errores al ser humano, no a la cultura. El hombre está podrido, pero se elogia la cultura. «Nuestra gran cultura, nuestra gran religión»: todo es «grande». ¡Y este ser humano es el fruto que ha dado!
Pero no; el hombre se equivoca y debe cambiar. Nadie se atreve a levantarse y preguntar si no serán la cultura y la religión lo que no ha llegado a imbuir a los seres humanos de amor en el transcurso de esos diez mil años y si no es allí donde realmente reside el error. Si el amor no ha evolucionado durante los últimos diez mil años, ¿qué posibilidad existe, basándose en la misma cultura y en la misma religión, de que el amor llegue a imbuir a los seres humanos en el futuro? Lo que no se ha conseguido en los diez mil años transcurridos tampoco se logrará en los próximos diez mil. El ser humano del mañana será el mismo que el de hoy en día. Los seres humanos siempre han sido así, y así seguirán siendo, y, sin embargo, continuamos ensalzando nuestras culturas y nuestras religiones, ensalzando a los santos y los santones. Ni siquiera estamos dispuestos a plantearnos que nuestra cultura y nuestra religión puedan tener fallos.
Pues yo quiero deciros que sí los tienen. Y la prueba es el ser humano de hoy en día. ¿Qué otra prueba puede existir? Si plantamos una semilla y el fruto es ponzoñoso y amargo, ¿qué nos demuestra? Pues que la semilla era ponzoñosa y amarga. Claro, resulta difícil predecir si una semilla en concreto dará un fruto amargo o no. Podemos examinarla con todo cuidado, apretarla o abrirla, pero no podemos saber si el fruto resultará amargo o no. Se planta una semilla, brota una planta. Con el paso de los años, crecerá un árbol, que extenderá sus ramas hacia el cielo, que dará frutos... y solo entonces se sabrá si la semilla que se había plantado era amarga o no.
El ser humano actual es el fruto de las semillas de la cultura y la religión plantadas hace diez mil años y que han estado cultivándose desde entonces. El fruto es amargo, lleno de conflictos y odio, pero seguimos elogiando las mismas semillas y pensando que de ellas surgirá el amor.
He de deciros que eso no va a ocurrir, porque el potencial fundamental para el nacimiento del amor lo han matado las religiones. Lo han emponzoñado. Se ve más amor entre los animales, las plantas, que no tienen ni religión ni cultura, que entre los seres humanos. Se encuentra más amor entre las tribus atrasadas de las selvas —que no tienen ni una religión, ni una civilización, ni una cultura evolucionadas— que entre los pueblos supuestamente adelantados, cultos y civilizados de la actualidad.
¿Por qué los seres humanos están cada vez más yermos de amor cuanto más civilizados y cultos son, cuanto más se someten a la influencia de las religiones, cuanto más acuden a los templos y las iglesias a rezar? Por supuesto, existen ciertas razones; quisiera exponer dos. Si se llegan a comprender, se podrán liberar las fuentes del amor, que están bloqueadas, y el río volverá a fluir.
El amor está en el interior de todos los seres humanos. No hay que traerlo desde fuera. No hay necesidad de buscarlo en ninguna parte. Está ahí. Es el deseo por la vida que existe en todo ser humano. Es la chispa de la vida que existe en todo ser humano, pero está rodeado de altas barreras, por todos lados, y no puede manifestarse. Hay rocas por todas partes, y ese caudal no puede fluir.
La búsqueda del amor, la disciplina del amor, no es algo que se pueda aprender en ningún sitio.
Había una vez un escultor que estaba trabajando en una piedra. Una persona que fue a ver cómo se hacía una escultura no vio la menor señal de que se estuviera esculpiendo una estatua, solo que alguien estaba partiendo una piedra aquí y allá a golpe de martillo y cincel.
—¿Qué haces? —preguntó aquel hombre—. ¿No vas a hacer una escultura? He venido a ver cómo se esculpe una estatua, pero lo único que veo es que estás dando golpes a una piedra.
—La estatua está escondida en la piedra. No hay que hacerla. Hay que separar la masa de piedra inútil que la rodea, y entonces se manifestará la escultura. Una estatua no se crea; simplemente se descubre. Se destapa, se saca a la luz —respondió el escultor.
El amor está oculto en el interior de los seres humanos; solo hace falta liberarlo. No hay que producirlo, sino dejarlo al descubierto. Hay algo que nos cubre y nos impide que el amor salga a la superficie.
Preguntémosle a un médico qué es la salud. ¡Es muy curioso, pero ningún médico en todo el mundo podrá decir en qué consiste la salud! La ciencia médica se ocupa de la salud, pero nadie es capaz de definirla. Si se pregunta a un médico, contestará: «Solo puedo hablar de lo que son las enfermedades y sus síntomas. Conozco los diferentes términos y descripciones técnicas de todas y cada una de las enfermedades. Pero ¿la salud? De la salud no sé nada. Lo único que puedo decir es que la salud es lo que queda cuando no hay enfermedad». Esto se debe a que la salud está oculta en el interior de los seres humanos. No podemos definirla.
La enfermedad viene del exterior: de ahí que se pueda definir. La salud está en el interior: de ahí que no la podamos definir. Solo podemos afirmar que la salud es la ausencia de enfermedad; pero eso no es una definición de la salud, no se dice nada directo sobre la salud. La verdad es que no hay que crear la salud. La salud es nuestra naturaleza intrínseca.
El amor está en nuestro interior. El amor es nuestra naturaleza intrínseca. Por eso es una tremenda equivocación pedir a los seres humanos que cultiven el amor. El problema no consiste en cómo cultivar el amor, sino en averiguar por qué no se puede manifestar. ¿Cuál es el obstáculo? ¿Dónde está la barrera?
Si no existen barreras, el amor se manifestará. No hay necesidad de enseñarlo ni de explicarlo. Toda persona estaría llena de amor si no se impusieran las barreras de una cultura errónea. Es algo inevitable: nadie puede evitar el amor. El amor es nuestra naturaleza intrínseca.
El Ganges fluye desde el Himalaya. Su fluir es algo natural: está vivo, tiene agua, seguirá su curso y encontrará el mar. No le preguntará a un policía o a un sacerdote qué camino tiene que seguir para llegar al mar. ¿Quién ha visto un río parado en un cruce preguntándole a un policía dónde está el mar? No; la búsqueda del mar está dentro de su ser. Y como tiene energía, romperá las montañas y las rocas, atravesará las llanuras, y llegará al mar. Por muy lejos que esté el mar, por muy oculto que esté, el río lo encontrará. Y el río no tiene ni mapas ni guías para saber por dónde tiene que pasar.... pero al final llega a su destino.
Pero ¿y si se construyen diques? Supongamos que se erigen grandes muros en el cauce del río. Entonces, ¿qué pasa? Un río supera las barreras naturales, pasa por encima de ellas, pero si los seres humanos crean barreras, es posible que el río no llegue al mar.
Es importante comprender esta diferencia. Ninguna barrera de la naturaleza es realmente una barrera; por eso un río llega al mar. Atravesando las montañas, llega al mar. Pero si los seres humanos se inventan barreras, si los seres humanos hacen correcciones, pueden impedir que un río llegue al mar.
En la naturaleza existe una unidad intrínseca, una armonía. Las obstrucciones naturales, las obstrucciones que la naturaleza parece presentar, quizá sean retos para generar energía; sirven de provocaciones para invocar lo que está latente en el ser. Después de sembrar una semilla, nos da la impresión de que la capa de tierra la está aplastando, obstruyendo su crecimiento. Pero no es así; si la capa de tierra no estuviera allí, la semilla no germinaría. Desde fuera parece que la capa de tierra aplasta la semilla, pero la aplasta para que pueda ablandarse, desintegrarse y transformarse en brote. Desde fuera parece que la tierra obstruye el camino de la semilla, pero la tierra es una amiga que ayuda a crecer a la semilla.
La naturaleza es armonía, una sinfonía rítmica, pero la artificiosidad que han impuesto los seres humanos a la naturaleza, las cosas que han urdido para ella los seres humanos y los artilugios que han arrojado los humanos a la corriente de la vida han creado obstrucciones. Han dejado de fluir muchos ríos, y después se echa la culpa de ello a los propios ríos. No solemos culpar a una semilla: si esta no llega a convertirse en planta, pensamos que quizá la tierra no sea adecuada, que quizá la semilla no haya recibido suficiente agua o suficiente calor. Pero si no brotan las flores del amor en la vida de alguien, decimos: «Tú eres el responsable». A nadie se le ocurre que si no ha crecido esa planta, si no se ha desarrollado y florecido pueda deberse a una tierra inadecuada, a la escasez de agua o la falta de calor.
Las obstrucciones básicas son obra del hombre, son creación de los seres humanos. El río del amor está destinado a fluir y llegar al mar de la vida. Los seres humanos estamos aquí para fluir como el amor y alcanzar lo divino.
¿Cuáles son los obstáculos que ha creado el hombre? Lo primero es que, hasta el momento presente, toda la cultura humana ha estado en contra del sexo, de la pasión. Esta oposición, esta negación, ha destruido la posibilidad de que nazca el amor en los seres humanos.
La verdad es que el sexo es el punto de partida de todos los viajes del amor. La cuna del viaje hacia el amor —el Gangotri del amor, la fuente, el origen del Ganges del amor— es el sexo. Y todo le es hostil: todas las culturas, las religiones, todos los gurús, todos los santones. Atacan al Gangotri mismo, en su mismo origen, y el río se detiene allí: «El sexo es pecado... el sexo va contra la religión... el sexo es peligroso». Y no nos entra en la cabeza que es la energía sexual lo que, en última instancia, se transforma y transmuta en amor.
La evolución del amor no es sino la energía sexual transformada. Al ver un trozo de carbón no se nos ocurriría pensar que se transformará en un diamante. No existe ninguna diferencia esencial entre un trozo de carbón y un diamante. Tienen los mismos elementos. Mediante un proceso que dura milenios, el carbón se convierte en diamante.
Pero el carbón no se considera valioso. Cuando se guarda en una casa, se almacena donde no puedan verlo las visitas. Los diamantes se llevan alrededor del cuello o en el pecho, para que los vea todo el mundo. Los diamantes y el carbón son lo mismo, pero entre los dos no parece que haya ninguna relación visible, ninguna conciencia de que sean dos puntos de un proceso que realiza el mismo elemento. Si menospreciamos el carbón —algo muy probable, porque a primera vista no tiene nada que ofrecer, sino hollín— la posibilidad de que se transforme en diamante se detiene ahí. Sin embargo, este mismo carbón podría haberse transformado en diamante.
La energía sexual se transforma en amor. Pero todo el mundo la menosprecia, le es hostil. Los llamados bienpensantes están en su contra. Y este antagonismo ni siquiera ha permitido que la semilla germine. Ha destruido el palacio del amor en sus cimientos, en el primer paso. El carbón no se transforma en diamante porque no se acepta su evolución, no se acepta su proceso de transformación. ¿Cómo puede transformarse algo que menospreciamos, que nos disgusta, con lo que estamos en continua pelea?
A los seres humanos se les ha puesto en contra de su propia energía. A los seres humanos se les ha predispuesto a luchar contra la energía sexual. En la superficie, se enseña a los seres humanos a dejar a un lado todos los conflictos, todas las luchas, todas las peleas, pero en el fondo, lo que fundamentalmente se les enseña es a luchar: «La mente es veneno, así que lucha contra ella. Hay que combatir el veneno. El sexo es pecado, así que lucha contra él». ¡Y en la superficie se nos dice que rechacemos los conflictos! ¡Las enseñanzas que constituyen la base del conflicto interno del hombre le piden que deje a un lado el conflicto! Por un lado enloquecen a la gente, y por el otro abren manicomios para tratarlos. Por un lado propagan los gérmenes de la enfermedad, y por el otro construyen hospitales para tratar a los enfermos.
Es muy importante comprender una cosa en este contexto. No se puede apartar a los seres humanos del sexo. El sexo es la fuente misma de la vida; nacemos de él. La existencia ha aceptado la energía del sexo como punto de partida de la creación, y los santos dicen que es pecaminosa... ¡algo que la misma vida no considera pecado! Y si se piensa en Dios como el Creador, y si Dios considera el sexo pecado, entonces no existe mayor pecador en este mundo que Dios, no existe mayor pecador que Dios en este universo.
Observad cómo se abre una flor: ¿os habéis parado a pensar que cuando una flor se abre es un acto de pasión, un acto sexual? ¿Qué ocurre mientras se abre la flor? Las mariposas se posarán sobre ella y llevarán el polen, el esperma, a otra flor. Un pavo real despliega su plumaje en una danza esplendorosa: un poeta le dedicará sus versos, los santos también se llenarán de júbilo ante su visión. Pero ¿no se dan cuenta de que ese despliegue es una expresión manifiesta de pasión, de que es fundamentalmente un acto sexual? El pavo real danza para seducir a su amada. El pavo real hace señales a su amada, a su esposa. El pájaro canta, el pavo real danza, un niño se transforma en adolescente, una chica se convierte en una hermosa mujer: todo esto son expresiones de la energía sexual, manifestaciones de la energía sexual. Toda la vida, todas las expresiones, toda floración es fundamentalmente energía sexual. Y las religiones y las culturas emponzoñan la mente de los seres humanos para que se enfrenten a esta energía sexual. Intentan enrolar a los seres humanos en una lucha contra ella. Han enredado a la gente en esta batalla contra su propia energía básica, y la gente es desgraciada, falsa, está privada de amor y da lástima.
No hay que luchar contra el sexo, sino reconciliarse con él y elevar a las alturas el caudal de la vida.
Mientras bendecía a una pareja de recién casados, un sabio conocedor de los Upanishads le dijo a la novia: «Que seas madre de diez hijos, y que al final, tu marido sea tu undécimo hijo». Si la pasión se transforma, la esposa puede convertirse en madre; si la lujuria se transforma, el sexo puede convertirse en amor. Es solo la energía sexual lo que florece y se convierte en la energía del amor.
Pero hemos imbuido en los seres humanos el antagonismo con respecto al sexo, con el resultado de que no solo no ha florecido el amor en ellos —porque el amor es una evolución que supera la energía sexual y solo puede producirse si esta se acepta—, sino que su mente cada vez piensa más en el sexo debido a este rechazo. Todas las canciones, toda la poesía, todo el arte y la pintura, los templos y estatuas que hay en ellos se centran, más o menos directamente, en el sexo. Nuestra mente gira en torno al sexo. Ningún animal es sexual en el sentido en que lo somos los seres humanos. Los seres humanos son sexuales veinticuatro horas al día: despiertos o dormidos, sentados o de pie, el sexo ha pasado a serlo todo para ellos. Debido a su enemistad con el sexo, debido a la condena y a la represión, se ha convertido en una especie de úlcera.
No podemos librarnos de algo que es la raíz misma de la vida, pero en este constante conflicto interno, puede degradarse la vida de una persona, y eso es lo que ocurre. Las religiones son las principales responsables del excesivo peso de la sexualidad de la humanidad, tan evidente. No son las «malas personas», sino las «buenas personas» y los santos los responsables. Hasta que toda la raza humana no rechace esta forma de actuar, tan errónea, de los dirigentes religiosos y las «buenas personas», no habrá posibilidad de que nazca el amor.
Recuerdo la siguiente anécdota: un día, uno de esos supuestos hombres santos salía de su casa —iba a ver a un amigo— cuando en la puerta se encontró con un conocido de la infancia que había ido a verle. El hombre santo dijo:
—¡Bienvenido seas! Pero ¿dónde te has metido todos estos años? ¡Pasa! Mira, había prometido ir a ver a unos amigos, y sería difícil posponer la visita, así que quédate en mi casa. Volveré pronto, dentro de una hora, y entonces hablaremos largo y tendido. Tenía muchas ganas de verte, desde hace tiempo.
—¿Y no sería mejor que fuera contigo? Llevo la ropa muy sucia, pero si me dejas algo limpio, me cambio y te acompaño —replicó el amigo.
Hacía algún tiempo, un hombre rico le había regalado al santo ropa muy valiosa, y la tenía reservada para una ocasión importante. La cogió con alegría. Su amigo se puso una chaqueta y un turbante preciosos, y unos zapatos muy bonitos. ¡Parecía un rey! Al ver a su amigo, el santo sintió un poco de envidia: en comparación, él parecía un criado. Empezó a pensar si no habría cometido un error al despojarse de sus mejores prendas, ahora se sentía inferior. Todo el mundo prestaría atención a su amigo, y a él le tomarían por un criado, un sirviente. Con la ropa que llevaba aquel día, parecería un mendigo.
Trató de apaciguar sus sentimientos pensando que era un hombre de Dios, que continuamente hablaba de Dios, del alma, de cosas nobles. Al fin y al cabo, ¿qué importancia tiene una buena chaqueta o un turbante caro? Dejémoslo como está. ¿Qué más da? Pero cuanto más intentaba convencerse de su insignificancia, más se obsesionaba con la chaqueta y el turbante.
Por fuera intentó hablar con su amigo sobre otros asuntos, pero por dentro su mente no paraba de darle vueltas a lo de la chaqueta y el turbante. Aunque iban juntos, los viandantes que pasaban a su lado solo miraban a su amigo, no a él. Empezó a deprimirse.
Llegaron a la casa donde se dirigían, y el santo presentó a su amigo.
—Es mi amigo, Jamaal, un amigo de la infancia. Es un hombre encantador. —Y de repente espetó—: ¡Y la ropa es mía!
El amigo se quedó pasmado. También sus anfitriones se quedaron perplejos: ¿qué forma de comportarse era aquella? El santo también se dio cuenta de que el comentario no venía a cuento, pero ya era demasiado tarde. Se arrepintió de su metedura de pata y como consecuencia se contuvo aún más.
Al salir de la casa, le pidió disculpas a su amigo. El amigo dijo:
—No daba crédito. ¿Cómo has podido decir una cosa así?
El santo dijo:
—Lo siento. Se me ha escapado.
Pero de la boca no puede escaparse nada. A veces se te escapan las palabras sin darte cuenta, pero solo ocurre si tienes algo en la mente; la lengua no comete errores. Insistió:
—Perdóname. He hecho mal. No sé cómo se me ha ocurrido decir semejante cosa.
Pero sabía perfectamente cómo había ocurrido: la frase había aflorado de su mente.
Fueron a casa de otro amigo. El santo iba repitiéndose que no debía mencionar que la ropa era suya: fortaleció su mente para no ceder a la tentación. Al llegar a la puerta de la casa tomó la firme decisión de no decir que la ropa era suya.
El pobre no comprendía que cuanto más decidido estuviera a no hablar de la ropa, más firmemente se enraizaba el sentimiento de que debía decir que era suya. Al fin y al cabo, ¿por qué se toman esas decisiones tan firmes? Cuando alguien toma una firme decisión, como hacer voto de castidad, lo único que pasa es que la sexualidad empuja desesperadamente desde el interior. ¿Por qué, si no, habría que hacer un firme propósito? Si alguien hace el firme propósito de comer menos, o ayunar, lo que pasa es que esa persona tiene un profundo deseo de comer más. Tales esfuerzos derivan, inevitablemente, en un conflicto interior. Lo que queremos combatir no son sino nuestras debilidades. Por consiguiente, el conflicto interior es una consecuencia natural.
Absorto en su lucha interior, el santo fue a la siguiente casa. Empezó a hablar con sumo cuidado: «Os presento a mi amigo...», pero se dio cuenta de que nadie le prestaba atención. Todo el mundo miraba a su amigo y su ropa con admiración, y pensó: «¡Es mi chaqueta, y es mi turbante!». Pero volvió a recordar, muy serio él, que no debía hablar de la ropa. «Todo el mundo, rico o pobre, tiene ropa, como sea. Es algo trivial, este mundo es maya, puro espejismo», se decía para sus adentros. Pero la ropa se balanceaba ante sus ojos, como un péndulo, de un lado a otro, de un lado a otro.
Volvieron a hacer las presentaciones:
—Os presento a mi amigo, un amigo de la infancia. Es una persona maravillosa. Y la ropa que lleva... Es suya, no mía.
La gente se quedó atónita. Nunca habían visto a nadie que presentara a un amigo de semejante forma: «¡La ropa es suya, no mía!».
Al salir de la casa, volvió a deshacerse en excusas: «Ha sido una gran metedura de pata», reconoció. Ya no sabía qué hacer y qué no hacer: «¡Pero si a mí la ropa no me había importado tanto hasta ahora! Dios mío, ¿qué me pasa?», pensó. El pobre no sabía que cualquiera quedaría atrapado en la estrategia.
Su amigo, muy indignado, le dijo que no pensaba ir a ningún otro sitio con él. Aquel hombre, un hombre de Dios, le agarró del brazo y le rogó: «Por favor, no te vayas. Me sentiría desgraciado el resto de mi vida por haberme portado tan mal con un amigo. Juro que no volveré a hablar de la ropa. Lo juro de todo corazón, juro ante Dios que no volveré a hablar de la ropa».
Pero no hay que fiarse de quienes hacen juramentos, porque es obvio que hay algo más profundo que el juramento removiéndose en su interior, y precisamente para contrarrestarlo tienen que hacer el juramento. Un juramento o un firme propósito está en la superficie, en el exterior. Surge en la parte consciente de la mente; pero lo que motiva el propósito está dentro, en los laberintos de la mente inconsciente. Si se divide la mente en diez partes, solo una de ella, únicamente la parte superior, se compromete con el juramento; las otras nueve partes se oponen a él. El cumplimiento del voto de castidad, por ejemplo, solo compete a una parte de la mente; las nueve restantes piden ayuda a la existencia, reclaman precisamente lo que la propia existencia ha implantado en los seres humanos.
Fueron a casa de un tercer amigo. El santo se refrenó, trató de controlarse firmemente hasta cuando respiraba.
Las personas que se reprimen son muy peligrosas, porque en su interior hierve un volcán, y solo son rígidas y controladas de puertas para fuera. Recordad, por favor, que todo lo que está bajo control requiere tanto esfuerzo y tanta energía que no se puede mantener el control todo el tiempo. En algún momento hay que relajarse; en algún momento hay que descansar. ¿Cuánto tiempo puedes estar con los puños apretados? ¿Veinticuatro horas? Cuanto más aprietes los puños, más te cansarás y más pronto tendrás que abrirlos. De todo cuanto requiere un esfuerzo, y cuanto mayor esfuerzo requiera, más pronto te cansarás y empezará a ocurrir lo que querías evitar. Tu mano puede estar abierta todo el tiempo, pero tu puño no puede estar apretado permanentemente. Cualquier cosa que requiera un esfuerzo para mantenerse en su sitio no puede ser un modo de vida natural, no puede ser algo espontáneo. Si hace falta esforzarse, también hará falta descansar. Y por eso, cuanto más autocontrol ejerce un santo, más peligroso es, porque tendrá la necesidad de relajar esa contención. Sobre veinticuatro horas de autocontrol tendrá que relajarse un par de horas, y durante ese tiempo se recrudecerán de tal modo los «pecados» reprimidos que se verá en medio de un infierno.
Pues bien, el santo y su huésped fueron a casa del tercer amigo. El santo se controlaba al máximo para no hablar de la ropa. ¡Qué situación! Aunque solo seas un poquito religioso podrás imaginarte su situación a partir de tus propias experiencias. Si alguna vez has jurado no hacer algo o has hecho algún voto, o te has controlado en algo, comprenderás muy bien el penoso estado en que se encontraba el santo.
Entraron en la casa. El santo sudaba a mares, tan agitado estaba. Su amigo también iba preocupado, al ver la tensión que aquel estaba sufriendo.
En el momento de las presentaciones, pronunció cada palabra lenta y cuidadosamente:
—Os presento a mi amigo. Es un viejo amigo, y un hombre magnífico... —Titubeó unos momentos, y como si le dieran un enorme empujón desde su interior se desvaneció todo el autocontrol—. ¿La ropa? ¡Lo siento, no voy a hablar de eso, porque he jurado no hacerlo!
Lo que le ocurrió a este hombre le ha ocurrido a toda la humanidad en lo referente al sexo. Como está condenado, el sexo se ha convertido en una obsesión, una enfermedad, una herida. Es pecado.
Desde la más tierna edad se enseña a los niños y a las niñas que el sexo es pecado. La niña crece y el niño crece, llegan a la adolescencia, se casan e inician un viaje al mundo del sexo con la firme convicción de que el sexo es pecado. En India, a la chica le dicen además que su marido es su dios. ¿Cómo puede venerarlo como a un dios, cuando la lleva al pecado? ¿Cómo es posible? Al chico le dicen: «Esta es tu esposa, tu compañera de por vida, tu media naranja». Pero ella le conduce hacia el infierno, porque las escrituras dicen que la mujer es la puerta del infierno. «¿Y esta puerta del infierno es mi compañera de por vida, mi media naranja?» Esa media naranja que le va a llevar al infierno, al pecado... ¿cómo puede haber armonía con ella?
Tales enseñanzas han destruido la vida conyugal del mundo entero. Cuando se destruye así la vida de una pareja no le queda ninguna posibilidad al amor. Y si ni siquiera pueden amarse libremente marido y mujer —entre quienes la fuerza del amor es de lo más espontáneo y natural—, ¿cómo pueden los humanos amarse los unos a los otros? Ese amor entre marido y mujer puede elevarse a tales alturas, a unas dimensiones tan sublimes, que romperán todas las barreras y se extenderán más y más. Es posible. Pero si se corta, si se sofoca cuando está brotando, si se lo envenena, entonces no hay nada que pueda crecer, nada que se pueda extender.
El gran místico Ramanuja había acampado en una aldea. Fue a verle un hombre y le dijo que quería sentir a Dios. Ramanuja le preguntó:
—¿Has estado enamorado de alguien?
—No. Nunca me han preocupado esas cosas tan terrenales —contestó aquel hombre—. Nunca me he rebajado a eso. Quiero sentir a Dios.
—¿Nunca te ha preocupado en absoluto el amor? —insistió Ramanuja.
—Estoy diciendo la verdad —contestó enérgicamente el hombre.
El pobre hablaba como pensaba que debía hacerlo. En aquella época, estar enamorado habría supuesto una descalificación en un entorno religioso. Estaba seguro de que si decía que había amado a alguien, el místico le pediría que se librara de ese amor de inmediato, que renunciara a sus afectos y abandonara todas las emociones terrenales antes de buscar un guía espiritual. De modo que aunque el hombre hubiera amado a alguien, siguió contestando negativamente.
Pero ¿dónde puede encontrarse a alguien que no haya amado aunque sea un poco? Ramanuja preguntó por tercera vez:
—Dime una cosa. Piensa despacio. ¿Ni siquiera has sentido un poco de amor por alguien? ¿Ni siquiera has amado a una sola persona un poco?
El aspirante contestó:
—Perdón, pero ¿por qué me preguntas lo mismo una y otra vez? No quiero saber nada del amor, ni a mil metros de distancia. Quiero sentir a Dios.
Ante esto, Ramanuja replicó:
—Entonces, tendrás que disculparme. Por favor, ve a ver a otro. Según mi experiencia, si has amado a alguien, a cualquiera, si al menos has visto un destello de amor, ese amor puede extenderse hasta llegar a Dios. Pero si nunca has amado, no hay nada en tu interior que pueda crecer. No tienes la semilla que puede crecer hasta convertirse en árbol. Acude a otro.
Si no hay amor entre marido y mujer —si la esposa no ha conocido el amor por el esposo y el esposo no ha conocido el amor por la esposa—, tampoco podrán amar sus hijos. La esposa solo podrá amar a su hijo en la medida en que ame a su esposo, porque ese hijo es el reflejo de su esposo. Si no existe amor por el esposo, ¿cómo puede existir amor por el hijo? Y si no se da amor al hijo —limitarse a criar a un niño no es amor—, ¿cómo va a querer el hijo a los padres? Esa unidad de la vida llamada «familia» ha sido emponzoñada por la condena del sexo y la etiqueta de lo pecaminoso. Y es la forma extendida de la familia lo que denominamos mundo. ¿Y después nos quejamos de que el amor no se encuentra en ninguna parte? En tales circunstancias, ¿cómo va a encontrarse el amor en alguna parte?
Todos dicen que aman. Madres, esposas, padres, hermanos, amigos: todos aseguran sentir amor. Pero si miramos la vida como algo colectivo, el amor no se manifiesta por ninguna parte. Si hubiera tantas personas que amaran, el mundo estaría colmado de amor; habría millones de flores del amor por todas partes, la lámpara del amor estaría encendida por todas partes. Si en cada casa brillara una lámpara del amor, ¡cuánta luz habría en este mundo! Por el contrario, lo que encontramos es una atmósfera de odio, de cólera, de guerras. No encontramos ni un solo vislumbre de amor.
Es mentira que todo el mundo ame, y mientras sigamos creyendo esa mentira no podremos iniciar el viaje para que el amor se haga realidad. Aquí nadie quiere a nadie. Y hasta que no se acepte plenamente que el sexo es algo natural, nadie podrá querer a nadie.
Quiero deciros que el sexo es bueno, es divino. La energía del sexo es energía divina, energía buena. Por eso, esa energía crea nueva vida. Es la mayor fuerza, la más misteriosa.
Olvidaos de esa condena del sexo. Si queréis que el amor colme vuestra vida, renunciad a ese conflicto con el sexo. Aceptad el sexo con buena voluntad. Reconoced lo que de sagrado tiene. Reconoced que es una bendición. Seguid adentrándoos en sus profundidades, y os sorprenderéis al ver que cuanto más aceptáis el sexo como algo sagrado, más sagrado será. Y cuanto más entréis en conflicto con él, como si fuera algo pecaminoso y sucio, más pecaminoso y feo se tornará.
Cuando un hombre se acerca a su mujer, debería tener la sensación de hallarse ante lo sagrado, como si se adentrara en un templo. Y cuando la mujer se aproxima al marido, debería inundarle la sensación de lo sagrado, de lo reverencial, como si estuviera en presencia de un dios. Cuando dos amantes se sienten más cercanos, cuando realizan el acto del amor, en realidad están entrando en un templo. En su intimidad, lo que se pone en funcionamiento es lo sagrado, la fuerza creativa de la existencia.
Tal y como yo lo entiendo, el hombre vislumbró los primeros destellos del despertar, de la meditación, en los momentos de hacer el amor, no en otra situación. En los momentos de hacer el amor los seres humanos se dieron cuenta por primera vez de que es posible semejante dicha. Quienes meditaron sobre esta verdad, quienes reflexionaron sobre el fenómeno del sexo, sobre el acto amoroso, vieron que en esos momentos, en el momento del orgasmo, la mente se vacía. Durante unos instantes desaparecen todos los pensamientos. Y ese vacío de la mente, esa anulación de los pensamientos, inunda de dicha. Así descubrieron el secreto.
También descubrieron otro secreto: que si se puede liberar la mente de pensamientos por otros medios aparte del sexo, se obtiene la misma dicha. De aquí surgieron los sistemas del yoga y de vaciar la mente que dieron lugar a la meditación. En la raíz misma de la meditación está la experiencia del acto amoroso. Así, los seres humanos descubrieron que es posible apaciguar la mente, que se puede liberar la mente de pensamientos sin practicar el sexo, y que se puede obtener la misma dicha que proporciona el sexo.
Además, la experiencia del acto amoroso solo puede tener una duración limitada, porque es un derroche y una descarga de energía; pero la experiencia de la meditación se puede mantener continuamente.
Quisiera deciros que quien llega a la meditación experimenta la misma dicha veinticuatro horas al día, la misma que siente una pareja durante el orgasmo. No existe otra diferencia fundamental entre la dicha de ambas experiencias. El sabio que dijo que vishayanand y brahmanand —la dicha que procede de la complacencia de los sentidos y la dicha que procede del acceso a lo sagrado— son hermanos gemelos, dijo una gran verdad. Nacen del mismo vientre. Nacen de la misma experiencia. Tenía razón.
De modo que el primer principio que quiero enseñaros es que si deseáis conocer ese fenómeno llamado amor el primer paso consiste en aceptar lo que de sagrado, divino y santo tiene el sexo, de todo corazón, plena y sinceramente. Y os sorprenderá ver que cuanto más plena y sinceramente aceptéis el sexo, más libres os sentiréis de él. Cuanto menos se acepta el sexo, más atado se está a él, como el santo que acabó esclavo de su ropa. Cuanto más lo aceptes, más libre serás. A la aceptación completa de la vida, a todo lo que es natural en la vida, yo lo llamo religiosidad. Y esa religiosidad libera a la persona.
Considero irreligiosos a quienes niegan y rechazan lo natural de la vida: «Esto es malo, eso es pecaminoso, aquello es peligroso. Renunciad a esto, renunciad a lo otro». Quienes hablan de renuncia son precisamente los irreligiosos.
Aceptad la vida tal y como es, con toda su naturalid
