{

La buena lluvia sabe cuándo caer

Anchee Min

Fragmento

cap-1

1

Era el 31 de agosto de 1984. Medianoche en China, por la mañana en Estados Unidos. Estaba a punto de caer del cielo y aterrizar en Chicago. Lo que hacía que estuviera nerviosa y asustada era el hecho de que no hablaba inglés y no tenía dinero. Los quinientos dólares que llevaba en el monedero eran prestados. Pero no podía dejarme llevar por el miedo. Tenía veintisiete años y la vida había terminado para mí en China. Era la escoria de madame Mao, imagen, lo que significaba que no merecía ni que me escupieran. Había trabajado durante ocho años en empleos de baja categoría en el Estudio de Cine de Shangai. Se me consideraba una «semilla seca»; no tenía posibilidad alguna de germinar.

Sentada en el avión que atravesaba el océano Pacífico, sentía como si soñara con los ojos bien abiertos. Intenté imaginar la vida que me esperaba, pero mi mente retrocedió al pasado. Me vi de niña, en el parvulario, donde todos me llamaban Peste. Mi madre estaba enferma de tuberculosis y nunca tenía ocasión de lavarme la manta que yo llevaba a casa todos los meses.

—Solo es cuestión de tiempo —decía madre.

Tenía treinta y un años y no confiaba en durar mucho. Al verla respirar con fatiga y al pensar en que mi abuelo había muerto de tuberculosis a los cincuenta y cinco y mi abuela a los cuarenta y nueve, no tenía el valor de seguir pidiéndole que me lavara la manta.

Cuando volvía a clase con la prenda sin lavar, la maestra ponía los ojos en blanco. «¡Y mira ese par de zarpas!», exclamaba apartándose con cara de asco. Yo me moría de vergüenza. Habría deseado decirle que había tratado de hacerlo yo misma, pero que las tijeras no cortaban porque estaban oxidadas. Tampoco podía contar con la ayuda de mi padre. Rara vez estaba en casa. Se pasaba el tiempo llamando a puertas ajenas para pedir dinero prestado, vestido con harapos remendados en las rodillas y los codos. La gente lo evitaba en cuanto lo veía acercarse.

Con el calor y la humedad del verano, comenzaron a salirme granos en la frente, los cuales, al infectarse, se hinchaban y supuraban. Las moscas se posaban en mi cabeza. Yo intentaba no rascarme los granos, pero el picor era insoportable. Para reducir el riesgo de pasar microbios a los demás, me limitaban el juego y en clase me mantenían alejada del resto de mis compañeros, sobre todo cuando nos explicaban un cuento.

Supliqué a mi madre que me llevara al médico. Para entonces uno de los granos era del tamaño de una uva. Mi madre me respondió que no tenía dinero. De sus cuatro hijos, yo era la única que no estaba enferma.

—Tu padre ha agotado a todos nuestros parientes —dijo madre—. Ya no hay nadie dispuesto a ayudarnos.

Todos los meses veía a mis padres enfrentarse al pago atrasado de las deudas contraídas con familiares, amigos y compañeros de trabajo. Ni siquiera teníamos una toalla. Llevábamos años compartiendo los seis el mismo trapo mugriento. La conjuntivitis se extendió entre todos los miembros de nuestra familia. Al final mi madre me dijo que los granos no me matarían.

En Shangai se nos consideraba de clase media. Yo deseaba que mis padres fueran proletarios como nuestros vecinos, para así tener derecho a una asistencia médica gratuita. Por desgracia, los dos eran maestros y, por lo tanto, los tenían por simpatizantes de la burguesía. Había que reformarlos. Cuando estalló la Revolución Cultural en 1965, mi madre fue enviada a una fábrica. Su cometido consistía en seleccionar botas de goma de moldes en una cadena de montaje. Para llegar allí tenía que coger tres autobuses todas las mañanas, con lo que tardaba una eternidad. Mi padre trabajaba aún más lejos, en una imprenta.

Un día me mandaron a casa con una nota del parvulario. Al inspector de la oficina de salud pública le preocupaba que mi infección pudiera propagarse. Ordenaron a mis padres que «tomaran medidas» o el gobierno lo haría por ellos. Mi madre optó por no responder.

Una tarde de lunes un triciclo azul con estrellas rojas pintadas a los lados vino a buscarme. Me llevaron a un hospital, donde un cirujano me quitó los granos infectados. La intervención me dejó una cicatriz de dos dedos de largo en el lado izquierdo de la frente.

Mi madre se quedó horrorizada cuando me retiró los vendajes. Se quejó de que no había dado su consentimiento para que me operaran.

—Pero ¡si le han destrozado la cara a mi hija!

Le contestaron que el físico de una chica no significaba nada en una sociedad del proletariado. «¡Debería estar agradecida de que la operación no le haya costado nada, gracias al Partido Comunista y al sistema socialista!»

Cuando terminé la escuela primaria, seguía sin amigos. Llevaba la ropa llena de remiendos y los zapatos medio destrozados. Los matones competían entre ellos para darme en la cabeza con paraguas y ábacos y parecían disfrutar con el sonido que hacían las bolas al golpearme el cráneo. Cuanto más me encogía, más entusiasmo provocaba. Nunca les conté a mis padres lo que me ocurría en el colegio, pues pensaba que solo serviría para empeorar la situación.

—Te voy a dejar en la calle —me amenazó mi maestra de parvulario—. ¡Son las diez de la noche! Tu madre se está aprovechando de mí. ¡Yo también tengo tres niños pequeños a los que atender!

Me asusté. Al final mi madre apareció. Estaba tan flaca que parecía un fantasma bajo la tenue luz de la calle.

El día que mi madre cobraba, yo iba con mis hermanos a esperarla a la parada del autobús número 24 de la carretera de Shanxi. Llevábamos días hambrientos. Yo limpiaba el tarro del arroz a lametazos. También cogía corazones de manzana y chupaba palos de polo de los cubos de basura de la calle. Pensar en madre comprando pan nos ayudaba a soportar los dolores de estómago. En cuanto la veíamos bajar del autobús, gritábamos de alegría. Una vez llegó con malas noticias: le habían robado el monedero durante el trayecto.

Esperar a mi madre en el hospital era otra cosa que hacía a menudo. Mi madre estaba tan desesperada por que le concedieran un permiso para descansar que casi se alegraba cuando se mareaba, pues sabía que su enfermedad podría valerle la anhelada autorización. Yo la veía devolver el medicamento para asegurarse de que su estado no mejorara.

Mi madre antes era una belleza. Aunque nunca le interesó su propia hermosura, la elogiaban por tener unos «ojos indios» brillantes de párpado doble y una silueta esbelta. Le encantaba la poesía china antigua y el canto, si bien con sus pobres pulmones le resultaba casi imposible mantener las notas altas.

Otro recuerdo muy vivo que conservo es el de esperar a mi madre en una casa de empeños. Había una puerta negra enorme y un mostrador alto. Mi madre se ponía de puntillas y levantaba las manos con el bolso hacia el mostrador. La noche anterior se había dedicado a remendar ropa y coser botones. Empeñaba las prendas de invierno en verano y las de verano en invierno. Al final se quedó sin cosas para empeñar. Nunca olvidaré la cara de desilusión que ponía cuando no aceptaban los objetos que llevaba.

En una ocasión vi cómo se le iluminaba la mirada cuando un familiar nos regaló a los niños de la casa unas chaquetas para el Año Nuevo. Yo esperaba estrenar la mía al día siguiente para ir a la escuela. Sin embargo, desaparecieron. Mi madre nunca nos contó qué fue de aquellas chaquetas. Yo sabía que las había empeñado. Debió de convencerse de que podría recuperarlas antes del día de vencimiento, pero no consiguió el dinero necesario.

Recuerdo el rastro de sangre en la nieve que iba dejando mi madre a su paso. Se le agrietaban las heridas congeladas y le sangraba la parte trasera de los pies. Llevaba un calzado de plástico que cortaba como un cuchillo en invierno. No podía comprarse unos zapatos o unos calcetines de algodón.

Yo caminaba detrás de ella, siguiendo sus huellas ensangrentadas. Me asombraba que nunca se quejara de dolor. De vez en cuando hacía una mueca y soltaba un grito apagado.

En los días previos a mi partida a Estados Unidos acudí a una peluquería de la carretera de Shanxi. Se llamaba el Jazmín Blanco de Shangai. Me preguntaron sobre la naturaleza de la «ocasión».

—El peinado debe ir acorde con la ocasión —afirmó la peluquera.

Le expliqué que me iba al extranjero, a América. La peluquera me miró de arriba abajo, incrédula. Yo saqué mi pasaporte y le mostré el visado estadounidense.

—¡América! —gritó la peluquera para que lo oyera todo el salón. Las empleadas abandonaron a sus clientes y se apiñaron a mi alrededor.

—¡No puedes ir a América con pintas de campesina! —dijo una de ellas.

—¡Ni se te ocurra pasearte por las calles de Estados Unidos con ese pelo liso que parece una mopa! —añadieron otras.

Asentí.

Tras un serio debate, las peluqueras me sugirieron un peinado llamado Esmeralda.

Yo no tenía ni idea de qué significaba «Esmeralda». Me explicaron que era el peinado de moda en Shangai y que estaba inspirado en una hermosa gitana llamada Esmeralda, protagonista de una película extranjera recién estrenada en el país, El jorobado de Notre Dame.

Corrí a ver la película para asegurarme de que el peinado Esmeralda era lo que yo quería. El cine se hallaba a una manzana de la peluquería, así que me venía bien.

Me quedé prendada de Esmeralda. Regresé a la peluquería y pedí el peinado que llevaba su nombre. Siete horas más tarde la peluquera anunció que había terminado. Durante el proceso tuve que soportar que me tiraran, rizaran y secaran el pelo con secador de mano y cepillo. Los productos químicos que utilizaban olían peor que el estiércol. Los rulos calientes de cerámica que tenía puestos en la cabeza pesaban. Al final me llevaron de nuevo a mi asiento. Cuando vi mi reflejo en el espejo, casi me caigo de la silla.

—¡Esto no tiene nada de Esmeralda! —grité—. ¡Es una cesta de algas!

La voz del comandante de vuelo se oyó a través de los altavoces. No entendí lo que decía. Miré a mi alrededor y, al ver que los pasajeros situados a mi izquierda y a mi derecha se abrochaban el cinturón de seguridad, hice lo propio.

El avión comenzó a descender. Vi un mar de luces por la ventanilla. La belleza me dejó atónita. «El capitalismo se pudre y el socialismo prospera» fue la frase que me vino a la mente. ¿Acaso era aquello el resultado de la putrefacción?

El aparato traqueteó al tocar tierra. Los pasajeros gritaron con entusiasmo cuando por fin se detuvo. Uno tras otro, todos se levantaron, cogieron sus pertenencias y salieron.

—¿Chicago? —le pregunté a la azafata.

—No. —Sonrió.

—¿No Chicago? —Saqué mi billete.

—Esto es Seattle.

Y me hizo señas para que no impidiera el paso. El resto de sus palabras no las entendí.

Seguí a los pasajeros que avanzaban hacia una sala grande. El nerviosismo creciente que sentía comenzó a asfixiarme. La mano con la que sujetaba el pasaporte estaba mojada de sudor.

No tenía la sensación de que me llevaban mis propias piernas. El sonido dentro de mi cabeza era más alto que el del exterior. Era el ruido de un tractor con los tornillos flojos recorriendo una carretera llena de baches.

Temía que me cogieran. No era la persona que había afirmado ser, una estudiante con la preparación necesaria para ir a una universidad americana. Pero ¿qué alternativa tenía? No me habrían expedido un pasaporte si no hubiera mentido descaradamente y manifestado lealtad eterna al Partido Comunista. El consulado estadounidense en Shangai no me habría concedido el visado si no hubiera hecho trampas y no me hubiera presentado en inglés como quien canta una canción. Arremetí hacia delante como un toro ensangrentado. No había tenido tiempo de asustarme hasta aquel momento.

Mi padre estaba muerto de miedo por mí. Pensaba que no lo lograría. Nadie con un poco de sentido común, o que tuviera algo que perder, haría lo que yo me había propuesto. Pero yo no tenía nada que perder. Era una rana atrapada que daba sus últimas patadas. Salté los obstáculos que tenía delante.

Una vez fuera del avión, fui en busca del servicio de señoras. Ver todos los letreros en inglés me confundía. Seguí a una mujer hasta una sala con un símbolo que mostraba a una señora con falda. Me alegré de que fuera el lugar que buscaba. No había nadie haciendo cola. Miré a mi alrededor para asegurarme de que estaba donde yo pensaba. Entré en uno de los retretes y cerré la puerta. Nunca había visto un váter tan limpio y espacioso. Saltaba a la vista un rollo de papel. Era de un blanco inmaculado y suave al tacto. Me pregunté cuánto costaría. No pensaba utilizarlo si había que pagar por ello. Me senté y tiré del papel unos centímetros. Miré alrededor y agucé el oído. No sonó ninguna alarma. No tenía claro si podía hacer uso del papel. Saqué un palmo más, y luego otro.

Me lo acerqué a la nariz y percibí un leve aroma embriagador. Tal vez fuera gratis, concluí. Me pasé el papel por detrás con cuidado. No me rascó las nalgas. Qué sensación tan increíble. Me había criado con un papel higiénico que parecía de lija. De hecho, era el que había metido en la maleta, papel hecho de paja.

La presencia de personas con distinto color de piel, cabello y ojos confirmaba que ya no estaba en China. Confié en que mi peinado de algas no ofendiera a nadie. Avancé lentamente hacia la cola que había para pasar por inmigración. Oí al hombre situado detrás de la cabina gritar: «¡Siguiente!». Sentí que el corazón se me salía del pecho.

Me obligué a dar un paso adelante. Todo comenzó a dar vueltas a mi alrededor. Me hallaba frente a un funcionario de inmigración. Quería sonreírle y decir: «¡Hola!», pero se me trabó la mandíbula. En mi mente seguía viendo una única imagen, la de un grupo de campesinos tratando de tirar de un Buda hecho de barro a través de un río. La estatua se rompía y se disolvía en el agua.

Alargué la mano derecha, toda temblorosa, para entregarle mi pasaporte.

El funcionario era un hombre blanco de mediana edad con bigote. Una amplia sonrisa se dibujó en su rostro mientras me recibía con unas palabras que más tarde aprendí que eran «¡Bienvenida a América!».

Mi mente se quedó en blanco. Intenté respirar. ¿Me estaba haciendo una pregunta o me estaba saludando? ¿Había dicho «¿De dónde es usted?» o «¿Cómo está?»?

Yo había estudiado con un libro titulado English 900 Sentences (900 frases en inglés). Según ese libro, «Mucho gusto» era lo primero que uno decía cuando conocía a alguien. Estaba claro que aquello no era lo que me había dicho el funcionario. ¿Cómo debía responderle? ¿Diciendo: «Bien, gracias, ¿y usted, cómo está?» o «Soy de China»?

¿Y si se trataba de un saludo? ¿Había dicho «América»? Eso me parecía haber oído. Y «América» significaba «Estados Unidos», ¿no? ¿Acaso me había preguntado: «¿Por qué está usted en América?»?

Noté la mirada del funcionario mientras sus ojos se clavaban en mí. Opté por darle la respuesta que tenía preparada.

Levantando la barbilla, esbocé una sonrisa forzada. Saqué las palabras del pecho lo mejor que pude.

—¡Muchas gracias!

El funcionario cogió mi pasaporte y lo examinó.

—¿An… ah Q? —dijo—. ¿Ah… Q? ¿A… Kee? ¿A…Q?

En mi pasaporte, mi nombre figuraba escrito como «An-Qi». No me dieron la opción de elegir la transcripción fonética. El sistema de transliteración pinyin fue inventado por el gobierno comunista. Si el verdadero nombre se pronunciaba «Anchee», en pinyin debía escribirse «An-Qi». El funcionario comunista responsable de la reforma lingüística del chino pensaba que un extranjero diría «Chee» al leer «Qi». Ningún ciudadano chino podía escribir su nombre de otra manera en su pasaporte.

¿Debería haber respondido: «Sí, soy Ah-Q»? No lo creo. «Ah-Q» era el nombre de un famoso idiota chino. Si hubiera sido «Ah-B» o «Ah-C», con mucho gusto habría contestado que sí. Pero no había ido a Estados Unidos para que me llamaran idiota.

El hombre volvió a hablar. Esta vez no logré entender una sola palabra. El funcionario se quedó esperando mi respuesta. Le oí decir:

—¿Me entiende?

Cada vez subía más el tono de voz. El hombre estaba perdiendo la paciencia.

El Buda de barro se disolvió. El río se lo tragó.

El funcionario me miró de arriba abajo con recelo.

Haciendo acopio de todo mi valor, dije de nuevo:

—¡Muchas gracias!

El hombre me hizo señas para que me acercara y comenzó a hablar deprisa.

Presa del pánico, grité:

—¡Muchas gracias!

La sonrisa del hombre desapareció. No me hizo más preguntas, pero me quitó el pasaporte. Señaló una sala situada a su espalda, a unos seis metros, con una puerta que tenía una ventana de cristal de gran tamaño.

Mi mundo quedó en silencio. Me fallaron las rodillas.

Me llevaron a una sala de color marrón. Apareció una señora, que se presentó como intérprete, y comenzó a hablar en mandarín con mucho acento.

—No sabe ni una palabra de inglés, pero está aquí para ir a la universidad. ¿Cómo explica eso, señorita Min?

Le conté que había mentido y que era culpable.

—Según sus papeles, habla usted inglés con fluidez —prosiguió la intérprete—. Supongo que no los rellenó usted, ¿verdad? Tenemos que deportarla, señorita Min.

Me vine abajo.

—He venido a América porque no tengo futuro en China. Si no hubiera habido tanta gente en plena noche en el Bund del río Huangpu, me habría suicidado. No estaría aquí, causándoles molestias.

—Lo siento, señorita Min. —La mujer apartó la vista.

—No tuve la suerte de morir en China —dije llorando—. Si me deportan, será como si estuviera muerta. Solo el billete de avión me ha costado como quince años de salario. Mi familia se ha endeudado por mí. ¡Le suplico que me dé una oportunidad!

—Señorita Min, usted no podría salir adelante en este país. —La intérprete negó con la cabeza—. Aunque la soltáramos, no sería capaz de sobrevivir en una universidad americana. ¿Lo entiende? ¡Se convertirá en una carga para nuestra sociedad!

—No seré una carga para nadie. No necesito mucho para vivir. Soy una trabajadora excelente. ¡Si dentro de tres meses no hablo inglés, yo misma me deportaré!

—Señorita Min…

—¡Se lo ruego, estoy en suelo americano! Puede que no sepa comunicarme, pero sé dibujar. Haré que la gente me entienda. Mire, aquí tengo unas imágenes de mis cuadros. Voy a ir al Instituto de Arte de Chicago…

La intérprete miró mis cuadros sin inmutarse.

—¡Ayúdeme! Le estaré eternamente agradecida.

La mujer se mordió el labio y miró la hora en su reloj.

—Siento muchísimo molestarla —añadí entre lágrimas.

La intérprete se me quedó mirando en silencio; luego salió repentinamente de la sala.

cap-2

2

Fui cuidadosamente seleccionada por los cazatalentos de madame Mao mientras deshierbaba un algodonal a golpe de azada. Corría el año 1976. Me hallaba en un campo de trabajo situado cerca del mar de China Oriental. La mitad de los jóvenes del país habían sido enviados a zonas rurales para trabajar en lugares como aquel. Mao había ganado la Revolución Cultural. Valiéndose de los estudiantes, a los que llamaba los Guardias Rojos, había logrado eliminar a sus opositores políticos. Pero la juventud había comenzado a provocar disturbios en las ciudades, de modo que Mao decidió enviarla al campo. Nos dijo que para tener «una verdadera educación debíamos aprender de los campesinos».

No tardamos mucho en darnos cuenta de que estábamos en el infierno. Creíamos estar cultivando arroz para ayudar a Vietnam, pero apenas cosechábamos lo suficiente para cubrir nuestras propias necesidades. La salinidad de la tierra la hacía hostil. Durante las temporadas de siembra trabajábamos dieciocho horas al día. En los campos próximos al mar de China Oriental había cien mil jóvenes de entre diecisiete y veinticinco años. El Partido Comunista gobernaba con mano dura. A aquellos que se atrevían a desobedecer las normas, se les aplicaban severos castigos, incluida la ejecución. No había fines de semana, vacaciones, días de baja por enfermedad ni citas. Vivíamos en barracones de estilo militar sin duchas ni váteres. Trabajábamos como esclavos. Desde niños nos habían inculcado la idea de que debíamos nuestra vida al Partido Comunista.

Como si fuera un paquete, me enviaron al Estudio de Cine de Shangai. Debía formarme como actriz para protagonizar las películas propagandísticas de madame Mao, aunque yo no sabía nada de interpretación. Me habían elegido únicamente porque mi aspecto se correspondía con la imagen que madame Mao tenía de una heroína del proletariado. Tenía un rostro curtido y un cuerpo musculoso capaz de cargar con kilos y kilos de estiércol. Me quedaba paralizada en cuanto oía que la cámara comenzaba a rodar, pero puse todo mi empeño para así poder escapar del campo de trabajo.

En 1976 la nación se vio conmocionada por partida doble. El presidente Mao falleció el 9 de septiembre, y sumidos como estábamos aún en un hondo pesar por su pérdida, madame Mao fue derrocada. Mi estatus cambió de la noche a la mañana. Pasé a ser considerada «la escoria de madame Mao», culpable por asociación. Mi «belleza proletaria» era «prueba del gusto y la maldad de madame Mao».

¿Cómo podía ser desleal a Mao si era leal a madame Mao? Nunca en mi vida había tenido una opinión propia. Los libros de texto de la escuela me enseñaron a admirar a aquellos que morían en pro del comunismo. La gente se lanzaba desde edificios, se colgaba, ingería pesticida, se ahogaba en ríos, tomaba somníferos y se cortaba las venas solo para demostrar su lealtad a Mao.

Descubrí que suicidarse era más complicado de lo que pensaba. Me sentía indigna de la muerte, porque no era culpable. Yo no tenía la culpa de que madame Mao me hubiera elegido. Ella quería «un papel en blanco en el que pintar con el color que fuera de su agrado». Yo me limité a seguir sus órdenes. En el Estudio de Cine de Shangai me enseñaron incluso a beber agua «al estilo proletario».

—No, no bebes agua como es debido, camarada Min —me gritaba mi instructor—. Levantas el meñique, y eso es de señorita burguesa. ¡Tienes que coger el vaso, beberte toda el agua de un trago y limpiarte la boca con las dos mangas!

Carecía de talento para la interpretación. El ayudante de cámara tenía que sujetarme con alfileres la punta del traje para que no se me viera temblar. La espalda se me empapaba de sudor en cuanto oía la palabra «¡Acción!». Una y otra vez imaginaba que me enviaban de nuevo al campo.

No podía dormir. Recordaba el gélido invierno en el campo de trabajo, cuando me desperté y descubrí que una rata había parido a mis pies. Me aterraba el sabor del agua salada del estanque artificial. Me cepillaba los dientes con agua que contenía organismos vivos, los cuales iban a parar al fondo de mi taza. Tenía las uñas de los pies y las manos manchadas de marrón de los fertilizantes químicos y la piel agrietada debido a los hongos y las infecciones, que se extendían entre los dedos de mis pies y hacían que me sangraran. La cara se me pelaba a lo largo de las arrugas de sudor que tenía a ambos lados de la nariz.

El estercolero era el lugar donde hacíamos nuestras necesidades. Para ello tenía que ponerme en cuclillas sobre una tabla de madera mojada. Tardé una semana en dar con la manera de mantener el equilibrio como un acróbata mientras evacuaba. Tenía que mover los brazos de un lado a otro detrás de la espalda para impedir que me atacaran los mosquitos…, unos mosquitos con una trompa provista de un aguijón capaz de atravesar una lona recia. Si caía, me esperaba un lecho de estiércol plagado por millones de gusanos.

Lo que temía no eran las penurias, sino la permanencia de ellas. Podía soportar cargar con cincuenta kilos de estiércol equilibrados sobre los hombros con una pértiga de bambú y un cubo colgado de una cuerda en cada extremo. Recorría infinidad de arrozales con el agua hasta las rodillas. Trabajaba en turnos de día y de noche. Estaba orgullosa de las callosidades que me habían salido entre el cuello y los hombros. Entonces me lesioné la médula espinal en un accidente; una soga de las que sujetaban los cubos estaba podrida y se rompió, lo que me hizo perder el equilibrio y caer al canal. A partir de entonces no pude doblar la espalda. Tenía que arrodillarme en las aguas turbias para seguir plantando arroz.

Señalada como culpable, me ordenaron que asistiera a las concentraciones públicas de denuncia contra madame Mao. Por el escenario desfilaron las víctimas de la ex primera dama para dar su versión de la tortura que habían soportado. Nadie mencionó a Mao. Su esposa fue considerada la única responsable de los millones de muertes que se habían producido durante la Revolución Cultural. Fue sentenciada a la pena capital.

Vi el juicio por televisión. Madame Mao ofreció su última actuación como la heroína de su ópera de propaganda. Agitando los brazos en el aire, gritó: «¡Soy el perro de Mao! ¡Mao me pidió que mordiera, y yo mordí!».

Mientras me miraba con una sonrisa triunfal, una de las actrices más veteranas reveló que, en su lucha contra madame Mao, no me había enseñado ni una sola lección valiosa a nivel interpretativo. «Me aseguré de que el tiempo que pasamos juntas fuera en vano. Min no es una recién llegada inocente. Madame Mao la tenía como un soldado de infantería.» Su rostro arrugado floreció como un crisantemo en otoño. «Mirad la cara colorada y exhausta de Min. Seguro que tramaba algo. Esas ojeras que tiene indican que es plenamente consciente de su papel, el de una burguesa individualista. ¡Abajo con ella, por fin!»

Llevaba mucho tiempo sin cartearme con Yan, mi mejor amiga en el campo de trabajo. Lo último que quería era perjudicarla con mi estatus negativo. Mi madre me contó que los funcionarios del estudio de cine se habían presentado en casa para anunciar mi caída. Mi padre creía que mi madre había empeorado las cosas al reivindicar mi inocencia.

Mi madre era conocida en su unidad de trabajo por ser atrasada en términos políticos. No solo no sabía recitar correctamente las enseñanzas de Mao, sino que negaba todo aquello que no deseaba que ocurriera. Por ejemplo, no quiso perseguir a un hombre que intentó abusar de mí cuando yo tenía siete años. Por entonces iba a segundo, y un día que volvía caminando del colegio a casa se me acercó un joven para pedirme que le ayudara a leer un directorio de un bloque de pisos. Como yo era demasiado baja para poder llegar al panel y ver lo que ponía, el hombre me aupó. Cuando terminé de identificar los caracteres no me dejó en el suelo. «En el panel del primer piso hay otro carácter con el que necesito que me ayudes», me dijo.

Fuimos al piso de arriba, pero allí no había ningún panel. Le pedí que me soltara, pero él se negó. Me abrazó y me sentó en la escalera. Le dije que quería irme a casa. Él me contestó que solo me dejaría marchar si yo le dejaba ver mi ropa interior. Yo estaba dispuesta a complacer a un adulto, pero mis braguitas estaban demasiado rotas y sucias para enseñárselas a nadie. El hombre me forzó. Yo forcejeé para zafarme de él. El sonido de un portazo en la otra punta del pasillo me permitió escapar.

En cuanto llegué a casa, le conté lo ocurrido a mi madre. Ella me dijo que no quería oír nada de aquello, lo cual me desconcertó. Cuando le hablé del interés que había mostrado por mi ropa interior, mi madre gritó: «¡No! Eso no ha pasado. ¡No puede ser!».

Puede que mi madre fuera una persona impotente y desvalida, pero era una figura dominante en mi vida. Me amenazó con renegar de mí cuando el director de mi escuela primaria me honró por acatar su orden de denunciar a mi profesora favorita por ser una espía americana. Mi madre se negó a colgar en la pared el diploma con el que premiaron mi acción, en el que ponía BUENA NIÑA DE MAO. Otros padres se habrían sentido honrados y emocionados.

Mi madre decía que el colegio estaba convirtiendo a sus hijos en unos monstruos. No creía que los libros de Mao tuvieran que ser la única lectura de los niños. Yo me preguntaba si debía denunciarla a las autoridades. Me parecía una broma que mi madre se hubiera sacado un título universitario en enseñanza primaria. Ella me contaba que nunca había tenido la oportunidad de impartir una clase de verdad porque era incapaz de disciplinar a sus estudiantes. Madre era trasladada una y otra vez de escuelas malas a escuelas peores. Al final fue a parar a un centro lleno de adolescentes atribulados y presidiarios.

En su unidad de trabajo la apodaban «Maestra Idiota». Se apellidaba Dai, que también puede pronunciarse dai, es decir, «retrasado» o «idiota». Yo me peleaba con ella y trataba de convencerla de que se comportara como una persona «normal». No me importaba hacerle sufrir cuando le decía que merecía el apodo de Maestra Idiota. No cejé en mi empeño hasta que un día mi tío, el hermano menor de mi madre, reveló la causa de la enfermedad mental de mi madre.

Mi tío me explicó que mi madre había sufrido un trauma con ocho años. Sucedió durante un viaje en 1938. Su familia se hallaba en un barco que había zarpado de la provincia de Shandong rumbo a Shangai huyendo de los japoneses. Los hermanos más próximos a mi madre se estaban muriendo de fiebre tifoidea. La superstición llevó a la gente a creer que la embarcación se hundiría si los niños perecían a bordo. Mi madre vio cómo su hermana y su hermano eran arrojados al mar estando aún con vida.

Yo recordaba la obsesión de mi madre con el agua. Se pasaba horas enteras sentada frente al mar, ya fuera en el Bund de Huangpu o en un estanque del Parque del Pueblo. Si no había agua cerca, se sentaba ante un cuadro que representara el agua. Se quedaba contemplando la escena, con la barbilla apoyada en la mano. Una vez me planté detrás de ella para ver cuánto rato permanecía allí. Esperaba que se diera la vuelta y me viera, pero no fue así. Fue a mí a quien se le acabó la paciencia. La explicación de mi tío tenía sentido.

Madre nunca me aclaró el motivo por el que teníamos que ofrecer pan cocido al vapor a un viejo sastre sin hogar que vivía bajo una escalera en la casa de al lado. El hombre tenía un tumor del tamaño de una patata en la nuca. Supliqué a mi madre que antes me dejara darle un mordisco al pan. Me dijo que no. «Dar a los demás lo que a uno le sobra no se llama bondad.»

Un día mi madre nos recogió del colegio temprano. Llevaba una mascarilla de algodón, y no hacía frío. Le pregunté por qué tenía que llevarla. Me respondió que su tuberculosis había empeorado. Los médicos la habían declarado contagiosa. Por eso le habían dado permiso para abandonar el trabajo durante tres meses.

—Vamos a celebrarlo —dijo mi madre—. ¡Por fin puedo ver a mis hijos de día!

Cuando llegamos a casa, madre se dedicó a limpiarla con una alegría absoluta. Yo estaba contentísima de poder disfrutar de su compañía.

Madre comenzó a vestir de negro. Cuando le pregunté por qué, me explicó: «Así estaré vestida como es debido si mañana no despierto». Lo dijo con una sonrisa en los labios, pero sus palabras me hicieron tener pesadillas. Soñé que mi madre, tumbada en su lecho de muerte, me pedía que cuidara de mis hermanos. Cuando le pregunté sobre los hombres y el amor por primera vez, iba a cumplir los diecisiete y estaba a punto de partir para el campo de trabajo. Madre se sintió incómoda. «Debería darte vergüenza», fueron sus únicas palabras. Es un recuerdo que desearía no tener. Nunca más volví a hacerle una pregunta de esa índole. Durante todos los años de colegio, me habían sentado junto a una «niña mala» para que ejerciera influencia sobre ella y la ayudara. Se la consideraba «moralmente corrupta», lo que significaba que había tenido una relación impropia con un hombre. Todo el mundo la menospreciaba. Yo aprendí de su lección y evité la atención de cualquier persona del sexo masculino. Aun así, tenía curiosidad por saber cómo tendría lugar un matrimonio. Mi madre me dijo: «El hombre que esté llamado a ser tu marido te buscará cuando llegue el momento».

Por desgracia, el hombre llamado a ser mi marido nunca apareció, lo cual no supuso un problema hasta que cumplí los veintisiete. Si algo había descubierto de mí misma, era mi incapacidad para atraer a los hombres. No sabía cómo acercarme a ellos, cómo expresarme y mostrar mi interés. Me fallaba tanto la confianza en mí misma que dejé de intentarlo. Sin embargo, la necesidad de afecto me apenaba.

Yo no sabía que mi madre sufriera por mí. Le desconcertaba el hecho de que ningún joven hubiera llamado a mi puerta. Muchos años más tarde, después de que ella falleciera, mi padre reveló los extraordinarios esfuerzos que había realizado. Mi madre iba a los campus universitarios de Shangai y merodeaba por los edificios de la facultad de medicina. Cuando aparecía un hombre atractivo, lo abordaba con mi foto y le preguntaba si estaba interesado en salir conmigo. Los guardias de seguridad del campus la perseguían hasta echarla del recinto.

Se me saltaron las lágrimas al imaginar a mi madre en una situación tan humillante. Era la única manera que se le ocurría para poder ayudarme. Imaginé su sufrimiento y su valentía. Solo entonces me di cuenta de la profundidad de su amor.

Mi padre no soportaba verse arrastrado por mi madre y sus hijos en una salida de ningún tipo. Su única pasión era la astronomía. Entre semana trabajaba en la imprenta y no tenía tiempo de dedicarse a su propio proyecto. El domingo era el único día que tenía para ello. Le molestaba hacer cualquier otra cosa que no fuera sentarse delante de su pequeño escritorio a trabajar en sus mapas estelares. Yo veía a mi padre contemplar el firmamento y le preguntaba por qué le interesaba. Él contestaba que era porque las estrellas no le harían daño.

Mi madre decía que a mi padre le quedaban pocas «agallas», o valor. La primera vez que perdió las agallas fue cuando los soldados japoneses invadieron su pueblo en 1937. El jardín delantero de la casa de su familia se convirtió en un campo de instrucción militar. Al principio, a los soldados japoneses adolescentes les daba miedo matar. Fueron entrenados hasta que se transformaron en máquinas asesinas. Mi padre presenció cómo ataban a su primo a un poste y lo mataban a bayonetazos. Después de aquello nunca volvió a ser el mismo.

La segunda vez que mi padre perdió las agallas fue por una postal a Rusia. En aquel momento tenía veintisiete años y había estado en contacto con un catedrático ruso que lo animó a ir a la Universidad de Moscú a estudiar astronomía. Mi padre deseaba saber si aún le permitirían ir, ya que China estaba rompiendo sus relaciones con Rusia. No quería que lo acusaran de actuar con reserva, de modo que decidió comunicarse de una manera abierta, pensando que sería la opción más segura. Envió una postal para que todo el mundo viera la pregunta que dirigía al catedrático a través de la embajada rusa en China.

Cuarenta años más tarde se enteró de que la postal nunca llegó a la embajada rusa. En lugar de ello fue a parar a la mesa del jefe de seguridad de la unidad de trabajo de mi padre. Lo tacharon de «traidor en potencia», aunque él nunca fue informado de ello. Mi padre no entendía la razón por la que nunca ascendía de puesto por muy bien que realizara su cometido.

Mis padres esperaban de mí que fuera fuerte y formal. Por muy asustada que estuviera, tenía que llevar una máscara de valentía. Me convirtieron en cuidadora en cuanto aprendí a caminar. Me encargaba de cerrar las ventanas para que los vecinos no se quejaran a mi madre del llanto de mi hermana pequeña. Cuando los cuatro pequeños de la familia nos hicimos mayores, pasamos a compartir una sola habitación los seis. No había intimidad. Nos estorbábamos los unos a los otros constantemente. Compartíamos un baño con veinte vecinos más. Evitar las prisas matutinas siempre era un reto. Las relaciones entre vecinos eran tensas debido a que el cuarto de baño servía además de cocina, lavadero y fregadero. Yo podía estar esperando a que la madre de mi vecino saliera del retrete mientras veía a su hermana preparando el desayuno en el fuego, a su hija cepillándose los dientes en el fregadero y a otra vecina lavando sábanas en la tina que tenían al lado. Cuando me tocaba a mí utilizar el baño, siempre me daba apuro. Le tenía terror al mal olor. Que alguien se duchara suponía que nadie podía hacer uso del espacio.

cap-3

3

Vi la sombra de una chica frente a mi mosquitera. Despuntaba el día y hacía un frío glacial. La oí bajar de su cama, salir al baño y volver. Se llamaba Chen Chong. Más tarde, en Hollywood, se convertiría en Joan Chen, una mujer que encarnaba la belleza, la elegancia y el glamour. Sería un icono sexual de Asia. Pero por aquel entonces acababa de cumplir los quince y era una más de mis compañeras de cuarto. El día que la conocí apareció con su abuela. Era una muchacha de rostro ovalado, tez suave como el marfil y ojos grandes, almendrados y cristalinos. Me recordaron a una libélula. Tenía una nariz recta y unos labios carnosos como pétalos. Llevaba una camisa blanca sin mangas hecha en casa. Me fijé en sus hombros fuertes. Según su madre, era nadadora y miembro del equipo de tiro con carabina en su escuela de secundaria. La había descubierto un cazatalentos del Estudio de Cine de Shangai. La joven era tímida y vergonzosa. Encorvaba la espalda para ocultar su pecho en pleno desarrollo. Su abuela la empujó con suavidad hacia nosotras y le pidió que se presentara.

La chica mostró sus hermosos «dientes de tigre» al sonreír. Llevaba el pelo recogido en dos cuernos de búfalo. No se presentó con una frase típica de nuestra época, de esas que sonaban a eslogan, tales como «Estoy aquí para responder a la llamada del Partido Comunista, para aprender de mis camaradas y servir al pueblo en cuerpo y alma». En lugar de eso, deletreó el nombre de su padre, seguido del de su madre y, por último, el suyo propio.

—Su abuela debe de haberle inculcado lo que debe hacer si se pierde en la ciudad —comentaron las compañeras de habitación entre risitas. Cuando le preguntaron cómo era que estaba allí, la muchacha respondió que le habían ordenado ir a clases de interpretación. Le habían asignado el papel de una niña comunista en una película de propaganda de madame Mao, pero la producción se había cancelado, y no sabía qué hacer ni adónde ir. Llevaba consigo el trabajo escolar porque a sus padres nos les hacía ninguna gracia que perdiera horas de clase.

Cuando le pidieron que explicara el significado de su nombre de pila, respondió: «Chong significa cargar hacia delante». Me enteré de que sus padres eran médicos y su abuela, la redactora jefe del conocidísimo libro La medicina familiar. La anciana nos pidió a todas que ayudáramos a su nieta a madurar. Como solo quedaban libres las literas de arriba, la abuela eligió una situada frente a la mía. Ató ramas de bambú alrededor de la estructura de la cama para colocar una mosquitera. Cuando terminó, sacó unos rollos de cuerda, con la que cercó la cama a modo de barricada. Temía que Chong se cayera al suelo por la noche. «La niña nunca ha dormido en una litera, y es de las que se mueven mucho.»

Chen Chong, que estaba chupando unas ciruelas secas agridulces, apremió a su abuela para que se marchara. Más tarde nos acompañó a la clase de entrenamiento de artes marciales y luego a un acto público de denuncia contra madame Mao.

El Estudio de Cine de Shangai cambió de manos en menos de una semana. Había una nueva producción a punto para su rodaje en exteriores. Oímos que el director buscaba una «imagen fresca» para protagonizar la película. El nuevo rostro representaría un fuerte contraste con los gustos de madame Mao. Sería la cara de la belleza china clásica con un toque de modernidad. La producción ya se había iniciado y el director se había convertido en una mosca drogada que iba dando tumbos sin rumbo fijo en una búsqueda desesperada de su protagonista.

El director y sus hombres se presentaron en nuestro destartalado dormitorio y se fijaron en Chong. Cuando se reunieron todos para analizar las facciones de la joven, el operador jefe comentó que su rostro tenía la posibilidad de funcionar de ambas maneras, como una belleza clásica tradicional y una proletaria, según el ángulo de la cámara y el maquillaje. «Una chica con la que podemos trabajar», concluyeron.

Se llevaron a la pequeña Chen Chong para unas tomas de prueba. Cuando regresó a la habitación, me enseñó un montón de instantáneas en blanco y negro. Le pregunté qué pensaba de aquellas fotos. Ella negó con la cabeza. «Hacen que parezca una niña.»

Las imágenes eran de una belleza increíble. La luz, las sombras y la perspectiva hacían que pareciera una joven diosa. No me cupo la menor duda de que sería una estrella.

—Perdona que te moleste —susurró Chen Chong plantada frente a mi mosquitera.

Me explicó que había bajado de la litera para ir al baño y que no sabía cómo volver a subir. Temía quedarse enredada entre las cuerdas. No quería despertar a todo el mundo encendiendo la luz de la bombilla desnuda. Pero sin luz no podía regresar a su cama.

—¿Tienes frío? —le pregunté al tiempo que me sentaba.

La muchacha asintió entre tiritones.

Abrí la cortina de la mosquitera.

—Podemos compartir mi cama si quieres.

Se metió en la cama de un salto, la mar de contenta.

La cama era estrecha. La dejé dormir junto a la pared para que no tuviera que preocuparse por la posibilidad de caerse al suelo. Cuando acabó de ponerse cómoda, tiré de las mantas hacia arriba para taparla. En pocos minutos se quedó profundamente dormida.

Pensé en el campo de trabajo y en Yan. La echaba de menos. En sus últimas cartas no mencionaba el sufrimiento, las penurias, la desesperanza. Siempre conseguía sonreír ante la adversidad. Con todo, yo sabía que estaba llegando al límite de sus fuerzas. El campo de trabajo era la guarida de una bestia. Me explicó que se sentía mejor cuando sufría sola. A mí me daba vergüenza no poder rescatarla. Me sentía como si la hubiera traicionado.

El cuerpo de la chica entró en calor. Mientras dormía, Chen Chong se quitó los gruesos pantalones de deporte dando patadas y se le resbaló la cabeza de la almohada. Entonces comenzó a agitarse, buscaba la comodidad de una almohada. Intenté levantarle la cabeza para ponerle debajo la mía, pero ella me agarró el brazo como si estuviera ahogándose. Traté de que me soltara, pero no lo logré.

Con los ojos cerrados, Chong pegó la cabeza a mi brazo como si fuera una almohada. No pude hacer nada más que limitarme a escuchar el sonido rítmico de su respiración. Menuda criatura, pensé.

Al rayar el día, el sonido del tráfico de la ciudad se coló a través de la ventana. Se me había dormido el brazo derecho. Noté el peso del cuerpo de Chong. Intenté que me soltara, pero se aferró a mi brazo. La empujé suavemente. Era una roca inamovible.

Con la luz del alba se perfiló su silueta. Chong se volvió otra vez y dejó al descubierto su cuello de cisne. Llevaba un sujetador apretado. Me pregunté cómo podía respirar con aquel sostén que parecía la tela con la que se vendaban los pies. En cuestión de unos meses se vería elevada a la categoría de superestrella y convertida en objeto de adoración y obsesión. Chen Chong protagonizaría películas estadounidenses. Interpretaría el papel de la emperatriz en El último emperador de Bernardo Bertolucci, que ganaría nueve premios Oscar, incluido el de mejor película.

La muchacha que reposaba sobre mi brazo tenía unas hermosas pestañas de un negro aterciopelado. Se la veía en todo su esplendor, dormida como estaba. Me pregunté si me recordaría en el futuro. Íbamos por distintas vías y en dirección contraria. Resultaba extraño que pudiéramos compartir aquel momento.

Los primeros rayos del sol atravesaron la mosquitera. Chong abrió los ojos y sonrió. Sus pestañas revolotearon como las alas de una mariposa. Le costó un instante recordar dónde estaba. Al darse cuenta de que había utilizado mi brazo de almohada, me pidió disculpas. Me siguió hasta el patio trasero, donde nos cepillamos los dientes. Me dio la sensación de que tenía algo que decirme.

Escupí el agua y le pregunté:

—¿Qué pasa?

—¿Te gustaría venir conmigo a mi casa? —dijo con timidez.

Yo titubeé porque no sabía si estaba al corriente de mi estatus.

—Te invitaré a un tomate. —Hizo un ademán para describir el tamaño del tomate—. ¡Y a arroz con azúcar!

Le advertí de mi condición social. Me dijo que ya sabía lo de mi deshonra.

La miré.

—¿Y aun así me invitas? ¿Por qué?

Chong sonrió con picardía.

A mí no me parecía buena idea ir con ella.

—Podemos escabullirnos juntas —sugirió con una vocecilla—. Nadie se dará cuenta.

—¿Por qué no invitas a otra persona? A alguien que sea una buena influencia para ti.

—Tú me caes bien.

—¿Y si nos cogen? Tendrás problemas.

—Si nos cogen, me haré la inocente. Me burlaré de ellos. No veo por qué no podría aprovecharme del hecho de que todos piensen que soy demasiado joven para según qué cosas.

La seguí hasta su casa. Su abuela me dio una cálida bienvenida. Chen Chong me ofreció unos tomates enormes y dulces y arroz con azúcar. Descubrí que a mi joven amiga le encantaba reír, y que tenía una risa contagiosa. Consiguió que por un momento olvidara mis problemas. Cuando me comentó que era una gran lectora, le pregunté por sus libros preferidos. Para mi sorpresa, no eran chinos. Me contó que había estudiado inglés, lo que me impresionó muchísimo, y que acababa de leer una novela estadounidense titulada Love Story. Yo le dije que había leído la traducción china.

—Conozco a gente como los amantes de la novela —me explicó Chong—. La chica es mi vecina de abajo. Compartimos la cocina. Ella estaba enamorada de un chico que se estaba muriendo de una enfermedad. Su único deseo era llevar en su seno un hijo de él, ¡y su deseo se cumplió! Pero el niño nació delicado y bizco. La muchacha lo crió sola después de que su amado muriera. Oigo llorar al pequeño y a la madre gritar y maldecir. No sé qué pensar de la historia de amor,

Suscríbete para continuar leyendo y recibir nuestras novedades editoriales

¡Ya estás apuntado/a! Gracias.X

Añadido a tu lista de deseos