She is one of the boys

E.M. Molleja

Fragmento

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Prólogo

—Chase, tienes que salvarme de esta familia de locos de una puta vez. ¡Mierda! De verdad que acabaré loca si estoy un segundo más aquí —le supliqué a mi hermano mayor a través de la conexión de Skype.

Vi cómo se reía a carcajadas de mí. No pude evitar sonreír sarcásticamente porque llevaba burlándose de mi suerte desde el momento en que nuestra madre nos informó de que yo pasaría el verano con la tía Deph aquí, en Nueva Orleans. Muy lejos de ellos.

—Joder, Chase, hablo en serio —repliqué irritada, ya que no parecía querer dejar de reírse de mí.

—Relájate, hermanis, solo te quedan... —Miró a un lado por unos segundos y luego movió sus ojos verde oscuro de nuevo hacia mí— unas diez semanas más de exilio.

—¿Por qué mamá tuvo la grandiosa idea de que pasara tiempo con mis estúpidas primas este verano? —le pregunté mientras me aseguraba de que ni Katia ni Lana estuviesen escuchando la conversación.

—Bastante fácil: quiere que te comportes como una niña buena. Quiere una hija, no tres hijos, supongo —me contestó, tomando un trago de su cerveza.

Puse los ojos en blanco y di un salto asustada al escuchar que se abría su puerta. Sonreí automáticamente al ver que se trataba de Sawyer y West.

Apenas había pasado una semana desde que me había ido de la ciudad y ya quería que se terminara el verano para volver con ellos. Necesitaba, sí o sí, una revancha de la última competición de eructos. Estaba segura de que el tonto de West había hecho trampas. Hasta entonces yo era la que encabezaba la lista de victorias y no pudo lidiar con la presión de tenerme a mí ganándole.

—Mierda, ¿qué haces? ¿Estás viendo porno? —saltó West, curioso, sobre la espalda de Chase.

Se escuchó la profunda carcajada de Sawyer en el fondo, lo cual me hizo sonreír aún más.

Cómo echaba de menos a esos condenados.

—Oh, solo es Dylan. —West empujó a mi hermano fuera de la silla para poner su gran trasero de jugador en ella—. ¿Qué hay, bebé?

«Bebé.» Desde que tenía memoria de nuestra amistad, ese era el apodo con el que me llamaba. Me había costado tiempo acostumbrarme a él, pero ahora ya no me molestaba, al contrario.

—La pobre está desesperada —se burló Chase mientras se levantaba del suelo de su habitación, pasándose una mano por su pelo liso y oscuro.

—Cuéntanos, ¿cómo va la tortura?

Sawyer se dejó ver en la cámara, con una media sonrisa en los labios. Como siempre, llevaba su ondulado cabello dorado despeinado y sus ojos verde esmeralda estaban posados en mí mientras esperaba mi respuesta.

Debía ser honesta en algo: Sawyer era indiscutiblemente atractivo y era fácil entender por qué las chicas se volvían locas por él. Pero no había que olvidar lo idiota que podía llegar a ser. Eso era suficiente para borrar cualquier pensamiento lujurioso de mi cerebro.

—Todos en esta familia son vegetarianos. He comido cosas que tengo miedo de preguntar lo que contienen. La tía Deph tiene una pizarra llena de reglas y normas que debemos seguir en casa. Una de ellas es no decir ni una puta palabrota, ¿pueden creerlo? No sé ni siquiera cómo mierda he sobrevivido una semana. Las habitaciones de las chicas son tan rosadas que no puedo entrar sin marearme y solo hablan de chicos, chicos, chicos y chicos... No tienen idea de lo que son los chicos en verdad, y viven diciéndome que me vería mejor vistiendo de otra manera, usando maquillaje y estúpidas cosas como esas.

—¿Deberíamos ir a rescatarte? —intervino West, dedicándome una de sus sonrisas de «soy muy sexy y lo sé»—. Pero he de preguntarte algo primero: ¿tus primas están buenas? Podríamos secuestrarlas a ellas también.

—¡Ey! —Chase lo golpeó con fuerza en la cabeza—. No hay nada que preguntar, hombre.

Hice una mueca de asco mientras le dedicaba un gesto de desaprobación.

—Eres asqueroso, ¿es que no tienes suficiente con acostarte con media escuela? —dije cruzándome de brazos.

—Solo estaba preguntando, joder... Chase, no vuelvas a hacer eso; ha dolido —le pidió West a mi hermano, tocándose la cabeza y haciendo una mueca de dolor.

—Pero ¿no has hecho nada para divertirte? —me preguntó Sawyer, llevándose a la boca la cerveza de Chase—. ¿Nada de fiestas, clubes, bares, sexo, alcohol? Ya sabes, las cosas típicas de verano... ¿Ningún chico tampoco?

—¿Sexo? —Los ojos de Chase saltaron de ira durante un segundo—. ¿Chicos? ¿De qué coño hablas, Sawyer?

No pude evitar reírme.

Bien, así estaban las cosas: mi hermano y yo podíamos divertirnos mucho con los chicos, y ser los mejores amigos del mundo, y yo llamarlo «idiota» y él a mí «estúpida», y soltarnos palabrotas como si fuéramos dos colegas. Pero él estaba casi convencido de que yo seguía siendo una chica —una chica que era su hermana—, y a la cual debía cuidar de idiotas como West o Sawyer.

—Al lugar más lejos que he ido es a la iglesia... a hacer trabajo comunitario —gruñí, enojada de tan solo recordarlo.

—Mierda, pobre chica. —Los claros ojos de Sawyer se agrandaron de sorpresa—. Quizá sí deberíamos ir por ti.

—¿Qué haces? —preguntó una femenina y suave voz a mis espaldas.

Di un respingo de sorpresa y me volví hacia una de mis primas, Katia. Al parecer había estado haciendo ejercicio, ya que traía ropa deportiva y su precioso cabello liso y negro recogido en una alta cola de caballo. A decir verdad, mis primas eran realmente atractivas. Tenían ese aspecto de chicas populares, pero, gracias a los dioses, sin ser unas completas capullas.

Siempre iban bien vestidas, bien peinadas, muy conjuntadas y... femeninas, muy femeninas.

—¿Ese es Chase? —Katia acercó sus ojos celestes al portátil mientras se quitaba los auriculares de las orejas—. ¡Chase!

—¡Katia! —le respondió mi hermano en su mismo tono, aunque claramente fingido—. ¡Cuánto tiempo ha pasado!, ¿verdad? Estás genial.

—Sí, tus pechos se ven geniales.

¡Menos mal que solo yo en la habitación pude alcanzar a escuchar el asqueroso comentario de mi calenturiento amigo West!

—Tú también has cambiado mucho, ya no eres el niño del diente torcido. —Katia sonrió encantadoramente—. ¿Quiénes son tus amigos?

—Son los idiotas de Sawyer y West. —Me apresuré a decir, ya se los había mencionado antes—. Entran en nuestra casa como si fuese la suya. Es molesto, lo sé.

Ellos se rieron entre dientes ante mi comentario.

—Somos su llaga en el culo —dijo Sawyer divertido, para luego llevarse la mano a la boca, como recordando algo—. Lo siento, no quise decir «culo».

Oculté mi cara entre mis manos, aguantando la risa.

Es por estos momentos que principalmente prefiero estar con chicos y no con chicas. Es decir, ellos son más divertidos, joder. Además, nunca te traicionarían, ni hablarían a tus espaldas. Lo más importante es que siempre están si los necesitas, y aunque estos tres quizá sean los chicos más idiotas que he conocido, los quiero como a nadie.

Por favor, no les digan que acabo de decir que los quiero.

Katia parecía realmente incómoda, pero a la vez podía notar, con mi desgraciadamente don de chica, que también disfrutaba contemplando a aquellos «dioses» que podía ver en la pantalla. Sobre todo porque había sido testigo de cientos de miradas de otras chicas idénticas a la que ella tenía ahora. Miradas embobadas, curiosas y... que delataban sus ganas de hacerles a los chicos muchas cosas que en algunas ocasiones me hacían sentir avergonzada de tener una vagina.

Sí, West, Sawyer y Chase eran bastante atractivos, con un estatus popular en la escuela, incluso podían parecer «perfectos» a la vista de cualquiera. Pero a mí todo eso no me afectaba; de hecho, era casi inmune a sus encantos, puesto que los había visto hacer competiciones para ver quién se lanzaba el mejor pedo o quién eructaba durante más tiempo. He arrastrado a mi hermano repetidas veces a su habitación estando borracho, después de haber estado de fiesta y, créanme, a veces me he arrepentido de no grabar sus espectáculos. Llora, se ríe y comparte secretos que muchas veces hubiera preferido no saber.

Como cuando me dijo una vez que había estado a punto de matar a Sawyer porque le había dicho que yo tenía un bonito trasero. Eso fue algo que no quería saber.

—Así que ¿no vendrán ni siquiera a visitarnos? —escuché que Katia les preguntaba a los chicos, ahora sentada donde yo me encontraba hacía minutos.

Vaya, para ser una «chica de iglesia», era una jugadora bastante rápida.

—Planeábamos llevarnos a Dylan secuestrada, pero entonces recordamos las consecuencias que nos podría traer eso —comentó West divertido.

Imaginé que había recordado la vez que trataron de hacerme una broma pesada que consistía en cogerme por sorpresa al salir de la escuela y, bueno, terminaron con unas fuertes patadas en donde no les da el sol y con una visita imprevista a la enfermería.

—Está bien aquí, no se preocupen, la primera semana siempre es así de aburrida.

Katia se volvió a mirarme, dedicándome una sonrisa que no pude descifrar. Era una sonrisa atrevida, críptica... Bien, ¿a dónde carajo se había ido la dulce Katia que nunca opinaba?

—Tranquilos, la mantendré ocupada, se lo aseguro.

—¡Eh! ¿Qué se supone que significa e...? —Antes de que Chase pudiera terminar la pregunta, Katia ya había cortado la llamada.

—¡Oye!, pero ¿qué coño te pasa? —le pregunté, enojada—. ¿Por qué has hecho eso?

—Porque es hora de que tu verano comience de verdad, Dylan.

Empezaba a asustarme.

¿Acaso era bipolar?

—Tienes que aprender a que si quieres que mamá confíe en ti y te permita hacer todo lo que quieras, solo debes fingir un poco. Como Lana y yo hacemos.

—¿Bien...? —Les juro que no podía cerrar la boca debido a la sorpresa.

¿Ven? Es por esta clase de cosas que prefiero juntarme con chicos. Las chicas por lo general tienen múltiples personalidades, que van de chica callada a totalmente desquiciada en cuestión de segundos.

—¿La tía Stephanie quiere convertirte en una niña buena? Pues bien, eso es lo que haremos. Pero... a mi manera. —Sonrió mientras me levantaba de la silla tirando de la camiseta del equipo de fútbol americano de la escuela que West me había regalado en mi cumpleaños hace años.

Y solo les diré una cosa: después de esa extraña conversación donde Katia me prometió un verano diferente al que me había imaginado hasta entonces, tuve muy poco tiempo de comunicarme de nuevo con mis chicos durante el resto del verano, ya que estuve muy ocupada haciendo cosas bastante bestias en compañía de Katia y Lana, cosas que no tenían nada que ver con lo que hacen «las niñas buenas» los domingos en la iglesia. Hubo una gran cantidad de acción que nunca esperé experimentar con... chicas. Pero, joder, el verano fue uno de los mejores de mi vida.

De todas formas, a pesar de toda esa diversión, estaba ansiosa por ver por fin la cara de mis amigos cuando volviera.

Había cambiado mucho durante el verano.

Y no sabía cómo se lo tomarían.

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La llegada

—Estoy de camino. Espero que sus culos estén esperándome en la estación cuando llegue, ¿me entiendes, Chase? —le advertí a través del teléfono, subiéndome al tren con destino a casa.

Aunque mi verano no había sido tan malo como esperaba, la sensación de volver a mi ciudad, con mis chicos, a mi vida habitual, era verdaderamente reconfortante.

Hacía un momento me había despedido de mi tía y de Katia y Lana, quienes, a pesar de estar tristes por mi partida, parecían al mismo tiempo ansiosas por lo que me esperaba al regresar a casa.

—Ve allá y mueve ese gran trasero dentro de esos sensuales shorts.

Durante el verano, tiraron casi toda mi ropa «masculina» y reemplazaron la mayoría de mi equipaje con ropa nueva. No se trataba de ropa color rosa ni de alguna prenda de otro color que me hiciera sentir mareada. Siendo honesta, era el tipo de ropa que me permitía usar. ¿Diferente? Sí, bastante, pero a la vez seguía siendo yo, solo que con unos arreglos nuevos: un ligero corte en mis ondas castañas, un poco de maquillaje, nueva ropa de la cual no me quejaba.

Nunca creí que diría esto..., pero me divertí mucho con las chicas.

Sí, con chicas.

Sin embargo, era hora de volver a la realidad. Probablemente, la realidad significaba tener que enfrentarme a las caras y las burlas que sabía que vendrían cuando los chicos me vieran con mi nuevo aspecto.

Por suerte, mi carácter seguía intacto, por lo que aún continuaba teniendo dos buenos puños que podían impactar en sus caras fácilmente si se atrevían a sobrepasar el límite con sus comentarios.

Mientras viajaba a casa, no pude evitar pensar en todas las cosas que había experimentado con Lana y Katia. «Épicas» es la mejor palabra para definirlas. Debo confesar que me sentí culpable durante algunos microsegundos al ser consciente de que la tía Deph no sospechaba en absoluto que, en vez de ir a «reuniones con grupos de la iglesia», íbamos de fiesta como si no hubiese un mañana.

Resulta que mis queridas primas tenían unas amistades un tanto salvajes, las cuales no estaban nada cerca de ser parte de «grupos de la iglesia». Era complicado seguirles el paso en sus planes diarios de hacerse mierda y vivir para contarlo, sobre todo cuando era yo quien tenía la mejor tolerancia al alcohol de las tres, y muchas veces tenía que arrastrarlas escaleras arriba sin que nadie se percatara de sus estados de ebriedad. Hubo muchos sustos incluidos en estas misiones.

No hubo un día, después de esa llamada vía Skype, que me sintiera aburrida o fastidiada. Pasar tiempo con Katia y Lana era tan divertido que más de una vez me olvidaba de contestar los numerosos e-mails que los chicos me enviaban para saber de mí. Aunque eso no quitaba que no dejara en ningún momento de pensar en ellos, preguntándome si se lo estarían pasando tan bien como yo.

Y por supuesto que se lo estaban pasando de maravilla. Quien conociera lo suficiente a West, Chase y Sawyer tenía claro que uno de sus muchos puntos fuertes eran las fiestas... y las chicas. Siempre había sido así.

Ah... Hogar, dulce, hogar.

Hice una profunda respiración, aspirando el aire de la ciudad mientras bajaba del tren. Al fin estaba en casa. Por ahora todo lo que quería hacer era dormir una siesta que durara una semana.

Katia y Lana se habían encargado de darme pocas horas de sueño y muchas horas de diversión, así que había dormido muy poco los últimos meses. Gloriosas resacas.

Saqué mi teléfono del bolsillo para llamar a Chase mientras caminaba dentro de la estación con mi equipaje ya en la mano.

Joder, ¿se había vuelto más pesado o qué mierda?

—Querido hermano —lo saludé con mi mejor voz burlona en cuanto contestó—. ¿Dónde diablos estás?

—Estamos esperándote en la salida, mueve tu trasero hasta aquí.

Colgó el teléfono antes de que pudiese decir alguna otra cosa y, maldiciendo en silencio, comencé a caminar hacia la salida, cruzándome con una multitud de sudorosas y ocupadas personas.

Todo en mí saltó de felicidad en cuanto vi a mis tres chicos parados justo en la puerta de la estación.

Dios, cómo los había echado de menos.

Mi hermano, vestido con su habitual camisa de botones y sus vaqueros favoritos, hablaba animadamente con West, quien llevaba una camiseta del equipo de Baltimore de fútbol americano y se reía de algo que Chase estaba diciendo. Sawyer permanecía junto a ellos escuchando con atención, manteniendo su reputación de «chico encantador», con su camiseta gris bajo una chaqueta de cuero, unos vaqueros gris oscuro y unas muy geniales zapatillas negras.

Así, mirándolos de muy muy muy lejos, podía entender que a las chicas de la escuela les parecieran atractivos. Repito, mirándolos de muy muy muy lejos.

Me acerqué a ellos, sonriente, aunque intentando ocultar lo ansiosa que me encontraba por ver sus reacciones. Me situé justo frente a los tres, esperando alguna respuesta efusiva de su parte ante mi presencia. Sin embargo, al parecer ellos ahora estaban ocupados mirando por encima de la multitud, buscando a alguien..., buscándome a mí.

Estaba a unos pocos metros de ellos, ¿cómo era posible que no pudieran verme? ¿Tan cambiada estaba?

—Eh, tontos —dije lo suficientemente alto para que me escuchasen.

Los tres bajaron la mirada hacia mí al mismo tiempo y sus ojos me examinaron durante demasiado rato, tanto como para hacerme sentir incómoda. Creo que se estaban asegurando de que fuese verdaderamente yo.

Les sostuve la mirada, fastidiada.

¿Pensaban quedarse ahí parados sin decir nada? Hombre, ya me estaba entrando hambre.

—¿Y qué carajo te ha pasado a ti? —West dio un paso atrás, sorprendido, pestañeando repetidas veces, como si esa acción fuese a traer a la Dylan de antes.

Los tres habían paseado su mirada desde mis zapatillas negras con tachuelas doradas hasta mis desnudas piernas y mis shorts de mezclilla (nunca había usado shorts en público) y mi nueva camiseta atada sobre el ombligo. Como aún no terminaba de acostumbrarme a la falta de ropa en mi piel, necesité acompañar el atuendo con una chaqueta de estampado militar.

Además, llevaba una considerable cantidad de maquillaje ahora mismo.

—Dylan..., ¿eres tú? —preguntó Chase, frunciendo el ceño.

Su rostro todo arrugado me decía que se encontraba sumergido en una especie de procesamiento mental. Sí, le pasaba cuando su única neurona trabajaba en exceso.

—Pareces... eh..., bueno..., una chica. —Sawyer no podía apartar sus ojos de mí.

Puse los ojos en blanco, tratando de no mostrar nerviosismo ante su comentario.

—Bueno, la última vez que fui al baño seguía teniendo vagina, así que supongo que sí, que debo parecer una chica —bromeé con sarcasmo.

Los tres se rieron de mi respuesta, hasta parecían estar aliviados al percatarse de que seguía siendo yo.

—¡Mierda! Me has dado un susto tremendo, Dylan, pensé que la tía Deph y mamá habían logrado cambiarte —suspiró mi hermano, llevándose una mano al corazón—. Pensé que te habíamos perdido, hermanis.

Se acercó para tomar mi equipaje.

—Cierto —convino West, sonando igual de aliviado.

—Cierto —añadió Sawyer también.

Me encogí de hombros, sintiéndome demasiado tímida de repente. Llegados a este punto no sabía si hubiese preferido sus burlas en lugar de esta rara reacción.

—¡Bien! Salgamos de aquí ya, necesito arreglar unos asuntos antes de esta noche —comentó West, logrando aligerar la extraña atmósfera que se había creado.

—¿Quién será la afortunada esta noche, West? —le pregunté burlona, esperando su evidente respuesta.

Siempre había una chica.

—Nada de eso —contestó, con sus ojos azules revoloteando con entusiasmo—. Iremos a una fiesta, bebé.

—La fiesta del final de verano —dijo Sawyer, dedicándome una media sonrisa—. Este año será una fiesta bestial. ¡Estará genial!

—Y tú, sexy shorts, vendrás con nosotros. —West se acercó a colocar su brazo sobre mis hombros, poniendo todo su robusto peso sobre mí.

—Oye, idiota, no soy tu mesa, largo de aquí. —Lo empujé lejos, aunque sin tener éxito en eso de no reírme.

—Sí, esta vez te llevaremos con nosotros. Pensamos que es una compensación por no haber ido a secuestrarte a Nueva Orleans y haber dejado que pasaras todo un verano con una especie de Hitler —me explicó Chase mientras salíamos hacia el aparcamiento en busca de su camioneta—. Estoy casi seguro de que ni siquiera te dejaban ver una fiesta por televisión.

No respondí a eso.

Sí, claro, si él supiera...

—¿Acaso tenían televisión? —preguntó Sawyer, divertido.

Los cuatro soltamos una carcajada.

—Sí, tenían una..., solo una. Y con canales restringidos —le contesté, encogiéndome de hombros.

Porque era cierto, la tía Deph tenía un serio problema en cuanto a lo que Katia y Lana podían ver en la televisión. Era como si pensara que un programa como Anatomía de Grey podría corromperlas y llevarlas a tener sexo en un hospital, por lo que el único aparato de la casa estaba en la sala de estar y se utilizaba en pocas ocasiones, y solo para ver películas familiares estrictamente elegidas por la tía Deph.

Se volvieron hacia mí, mirándome como si estuviese loca.

—¿Estás bromeando? —preguntó West con los ojos muy abiertos—. Vaya, eso sí que es una mierda.

—Lo es, pero ya la tortura pasó, hermanis, es hora de que festejemos al mejor estilo de la ciudad —intervino Chase, que parecía emocionado.

Cuando ya nos encontrábamos cerca del jeep de mi hermano, fue imposible para mí no escuchar el absurdo, pero digno comentario que salió de la boca de mi amigo West.

—¿Dylan siempre ha tenido ese culo? —le preguntó a Sawyer, intentando que yo no le oyera, pero fracasando.

Puse los ojos en blanco.

¿En serio?

—Sí, West, siempre ha estado ahí —le contestó Sawyer, con cierto fastidio.

—¿Y cómo mierda no me había dado cuenta?

Una pequeña sonrisa se escapó de mis labios sin poderla detener.

Pero... ¿por qué sonreía ahora? Eran comentarios típicos de ellos dos; incluso debía asquearme al saber que estaban mirando mi trasero.

¿Acaso me gustaba que me miraran de diferente forma?

Joder, se trataba de West y Sawyer. ¿Qué rayos pasaba conmigo?

Debía sacudir esos pensamientos y enfocarme en la supuesta fiesta.

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2

Mikey’s

Le rogué a Chase que fuésemos primero a comer algo —preferiblemente, comida rápida— antes de llegar a casa y tener que lidiar con los chillidos de emoción de mi madre mirando mi cabello y mi maquillaje con su sonrisa de «al fin lo logré» estampada en su rostro. Y aunque mi hermano sabía que quería ver la reacción de mi madre como fuese, prefirió aceptar mi oferta, así que nos detuvimos a comer en Mikey’s, el café bar más popular en nuestro vecindario.

Sus hamburguesas de carne con extra de queso fundido eran celestiales.

Mierda, estaba muerta de hambre.

El lugar me encantaba sin duda. Desde hacía años se había convertido en nuestro lugar. Tenía ese ambiente de cafetería de los setenta, suelo de cuadros negros y blancos, sillones rojos, una magnífica rockolla, muchos retratos de Elvis y de otros artistas que nunca me he detenido a ver. Era algo muy al estilo Memphis. Un clásico.

No habíamos puesto nuestros traseros completamente en nuestras sillas cuando Paige se nos acercó, haciéndome poner los ojos en blanco automáticamente.

Paige era la camarera de Mikey’s y, según los chicos, una diosa del sexo. No sabía si era verdad, ni quería saberlo nunca en mi vida, pero ciertos rumores decían que había estado coqueteando con los tres casi al mismo tiempo y que al menos uno de ellos había sucumbido a sus encantos. Sinceramente, no quería saber quién había sido, no se lo pregunté ni se lo preguntaría jamás.

—¡Ah! Miren nada más... Dylan, has vuelto a la ciudad —me saludó mientras sonreía ampliamente, dejando ver el trozo de chicle que masticaba entre sus dientes.

Puaj.

—¿Cómo te ha ido en el verano?

A pesar de que no podía negar que era demasiado... amigable con los hombres, siendo honesta, Paige era bastante agradable, le encantaba demostrar su cariño hacia los chicos y las chicas en general.

—Estuvo realmente genial —le contesté, forzando una sonrisa—. Me divertí mucho.

—Me alegro, Dylan. Entonces ¿les sirvo lo de siempre?

—Sí —respondimos al unísono, divertidos.

Nos guiñó el ojo y luego se fue caminando, contoneando sus voluptuosas caderas como si fuera a partirse por la mitad en cualquier momento.

—Aún no puedo creer que uno de ustedes estuvo con Paige —confesé, recostándome sobre mi asiento—. ¿Acaso no tienen un poco de sentido común?

—Lo entenderás algún día, bebé —se explicó West, esbozando su característica sonrisa traviesa—. Para un hombre, no es fácil resistirse a eso. —Señaló el levantado culo de la camarera.

Rodé los ojos, haciendo una mueca de asco e indignación esta vez.

—Cierto, olvidé con quién estaba hablando —dije en tono burlón, cruzándome de brazos.

—Aunque tú tampoco estás tan mal, Dyl. Dime, ¿desde cuándo tienes un trasero tan... de chica? —preguntó, inclinándose sobre la mesa mientras me dedicaba una mirada divertida de provocación.

—¡Joder, es mi hermana, West! —le reprochó Chase, disgustado—. Hermana que me encantaría que se deshiciera de esos shorts en cuanto llegue a casa antes de que alguien se los arranque... con los ojos.

—Nadie le arrancará nada. —Sawyer interrumpió la discusión, dejando escapar una sonrisa en mi dirección—. Está bien como está.

Mi rostro traicionero no pudo evitar sonrojarse ante tantos comentarios sobre mi cuerpo, lo que me hizo enojar conmigo misma porque no era algo usual en mí.

—Dejemos de hablar del culo de mi hermana, por favor —pidió un Chase mortificado por la situación—. ¿Podríamos hablar de la fiesta de esta noche mejor?

—Bien, ¿cómo se supone que iré? ¿Crees que mamá dejará que vaya con ustedes? Apenas los puede ver, ¿recuerdan? Ella los odia —comenté, sin poder evitar sentir una pizca de orgullo por mis chicos que se habían ganado el odio de mi desagradable madre.

—Eso es pan comido, Dylan, solo relájate, ¿de acuerdo? —Sawyer, que estaba en el asiento junto a mí, pasó su brazo por encima de mis hombros y me apretó cariñosamente contra él.

Bien, esto era algo habitual entre nosotros, un abrazo fraternal, por así decirlo, al igual que hacía con West; era un abrazo entre amigos. Sin embargo, algo había cambiado dentro de mí, y las extrañas sensaciones que comenzaba a sentir por estos chicos me estaban preocupando.

¿Qué carajo me habían hecho Katia y Lana en Nueva Orleans?

Se suponía que solo sería un cambio físico, estoy segura de que en mi agenda de verano no había escrito: «Volverme una chica idiota a la que le gustan los chicos idiotas».

No poder estar con ellos y actuar normalmente no estaba en mis planes para nada.

Aunque una parte de mí, bastante bastante profunda, siempre había sido consciente de que no sería «uno de los chicos» para siempre, había estado alargando el momento, hasta que, posiblemente..., se fueran a la universidad, lejos, tal vez.

Le respondí a Sawyer con una sonrisa forzada.

—Sorpréndanme entonces —les dije antes de que las hamburguesas llegaran y le dedicara toda mi atención a mi bebé con extra de queso.

Mierda..., cómo había echado de menos el Mikey’s.

Después de que Chase y yo dejáramos a los chicos en Mikey’s —ya que no queríamos tener que discutir con mamá—, nos dirigimos finalmente a casa. Estaba tratando de evitar el momento a toda costa; a decir verdad, aún no quería tener que ver a mi madre. No quería escuchar lo que diría en cuanto me viera.

¿Por qué simplemente no pude irme a vivir con papá?

Nuestros padres se divorciaron cuando yo tenía diez años. Y no los culpo. La verdad no tengo ni puta idea de cómo se casaron, los dos son realmente diferentes, son como el agua y el aceite. Incluso peor, si eso es posible.

Mi madre es una obsesiva compulsiva que siempre viste de marca y se preocupa por su imagen como si su vida dependiese de ello. En cambio, mi padre es bastante agradable, liberal y humilde, por eso nuestra relación va mucho mejor, además de porque le parece bien que sea amiga de Sawyer y West. A ver, ¿desde cuándo un padre normal y corriente acepta que su hijita esté todo el tiempo rodeada de chicos?

Mamá fue tan insistente que el juez le dio la custodia de nosotros dos, ya que nuestro hermano mayor, Marcus, tenía dieciocho en ese entonces. Sip, soy la única genéticamente chica de la familia.

Casi nunca vemos a Marcus. Su trabajo en una empresa en Seattle como publicista limita nuestros encuentros a ocasiones especiales como Acción de Gracias y Navidad, así que he de esperar meses para poder pasar tiempo con el único hermano que ha estado al tanto desde el principio de mi estado de única chica de la familia.

—¡Oh, querida!

«Oh, aquí viene», pensé.

Esa voz chillona me sacó de mis tranquilos pensamientos.

—Mírate, qué guapa estás. —Mi madre se acercó para abrazarme, haciéndome daño en la mejilla con sus grandes aretes de diamantes—. Me encanta la nueva tú.

—Sigo siendo yo, querida madre —le comenté, sonriendo con hipocresía—, la misma y vieja Dylan.

Su sonrisa se fue desvaneciendo de su trabajado rostro hasta que sus labios formaron una dura línea recta. Esa expresión la conocía; estaba intentando no discutir conmigo.

—Joder, estoy cansada, así que debería dormir una siesta antes de salir esta noche —anuncié, quitándole mi equipaje a Chase de las manos.

Mi madre me miró con horror al escuchar la palabra con jota, tanto que Chase y yo no logramos aguantarnos la risa.

Me encantaba hacerla enojar. Era mi deporte favorito, además del fútbol americano.

—¿Salir esta noche? ¿A dónde se supone que irás? —preguntó, recuperándose de mi ataque pasivo mientras se cruzaba de brazos.

—Tendremos una noche de hermanos, mamá. —Chase se acercó a mí para rodearme los hombros con su brazo—. Solo Dylan y yo, para celebrar su regreso a la ciudad.

Ella nos miró con suspicacia.

—¿Cómo puedo saber que no estarán con esos tontos que tienen como amigos?

Mis manos se hicieron puños en cuanto escuché el ofensivo comentario de mi madre. Por suerte, Chase se percató de ello y me dio un disimulado apretón en el hombro en un intento de calmarme.

—Estaremos en Mikey’s toda la noche. Puedes simplemente preguntarle a Breenan si estamos ahí. Sabes que él no te mentiría. Hoy es noche de karaoke.

Me encantaba que mi hermano fuese un experto en mentir, yo necesitaba ese don.

Con tan solo una llamada al amable dueño de Mikey’s, Breenan, para decirle que le dijera a mamá que estábamos en su bar, él se lo diría sin chistar. No sería la primera vez que le pediríamos que mintiera por nosotros.

Estaba en el top cinco de nuestras personas favoritas, sin duda.

—Bueno, no regresen tarde. Yo estaré jugando al bingo con mis amigas en el club, así que no sé a qué hora llegaré, ¿de acuerdo? —Entonces tomó su bolso, se miró en el espejo y luego se dirigió hacia la puerta—. Bienvenida, Dylan.

Le sonreí como despedida y en cuanto desapareció de nuestra vista, explotamos en risas.

—Eso fue bastante fácil —comentó Chase divertido—. Ahora prepárate, hermanis, esta noche será larga.

Y yo no podía esperar.

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3

El juego de la botella

Bien, ¿qué debería ponerme para la fiesta?

Tenía un montón de ropa encima de mi cama mientras valoraba las opciones de vestimenta para la fiesta.

Una parte de mí se preguntaba por qué rayos parecía una de esas típicas chicas que tienen miles de prendas y, aun así, se pasan horas decidiendo qué ponerse. No sabía por qué, pero me estaba comportando de forma muy extraña últimamente. Tal vez con mis primas no podía notarlo porque me encontraba sumergida en el momento, pero, estando de vuelta en mi vida normal, los cambios se estaban haciendo evidentes... y molestos también.

Joder, por lo general escogía lo que estuviera limpio y a la vista. Una olida para confirmar que podía usarse y listo, me iba a la escuela.

Ahora había estado durante tres horas mirando el montón de ropa encima de mi cama sin saber cómo vestirme. ¿Sexy tal vez? ¿Al estilo Dylan? ¿Un poco conservadora? Dios, no tenía idea de esta mierda.

Así que simplemente pensé como Katia y opté por usar una blusa de camuflaje corta. Sí, podía verse mi abdomen, pero me importaba una mierda, la verdad, ya estaba cansada de pensar en ropa, y hoy saldría a divertirme, a enseñarles a West, a Sawyer y a Chase que Dylan Carter se había convertido en una fiestera profesional.

Combiné mi blusa rápidamente con unos vaqueros claros ajustados a la cintura, un cinturón y unas viejas Vans grises. Todo lo acompañé con mi gorra favorita, la cual West me había obsequiado el día que ganó ese gran partido de fútbol contra la escuela de Bashmore. Estaba tan feliz de haber ganado que, en medio de su arrebato de emoción, se acercó a mí y me colocó su gorra con la excusa de que se la cuidara mientras celebraba la victoria. Nunca me pidió que se la devolviera.

Fue un momento épico.

—Hermanis, ¿ya estás lista? West y Sawyer estarán aquí pronto —le escuché decir a Chase tras mi puerta.

—¡Ya casi termino de arreglarme! —le hice saber mientras me colocaba una diminuta capa de brillo de labios.

La puerta se abrió con fuerza, haciéndome saltar, y Chase asomó la cabeza con una graciosa expresión de confusión.

—¿Acabas de decirme que tú, Dylan Paige Carter, estabas «arreglándote»? —me preguntó de la forma más burlona que pudo.

Puse los ojos en blanco, aunque divertida.

—¿Quién eres y qué has hecho con mi hermana?

—Oh, que te jodan Chase. —Le enseñé el dedo medio y

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