1
Legado
«Ya basta de prodigios y portentos», dice Un Ojo. Debemos culparnos a nosotros mismos por malinterpretarlos. El impedimento de Un Ojo no perjudica en absoluto su maravillosa percepción.
Un relámpago surgido de un cielo despejado destruyó la Colina Necropolitana. Un rayo golpeó la placa de bronce que sella la tumba de los forvalakas y anuló la mitad del conjuro de confinamiento. Llovieron piedras. Las estatuas sangraron. Los sacerdotes en varios templos informaron de víctimas sacrificiales sin corazones o hígados. Una víctima escapó después de que fueran abiertas sus entrañas y no fue recapturada. En los Acuartelamientos de la Bifurcación, donde eran alojadas las Cohortes Urbanas, la imagen de Teux se volvió completamente del revés. Durante nueve noches consecutivas, diez buitres negros dieron vueltas sobre el Bastión. Luego uno expulsó al águila que vivía en la Torre de Papel.
Los astrólogos se negaban a hacer lecturas, temiendo por sus vidas. Un adivino loco vagaba por las calles proclamando el inminente fin del mundo. En el Bastión, el águila no solo se fue, sino que la hiedra de las defensas exteriores se marchitó y dio paso a una enredadera con un aspecto completamente negro excepto a la más intensa luz del sol.
Pero eso ocurre todos los años. En retrospectiva los estúpidos pueden convertir cualquier cosa en un presagio.
Deberíamos haber estado mejor preparados. Teníamos cuatro hechiceros modestamente buenos para montar guardia contra los mañanas depredadores..., aunque nunca en absoluto tan sofisticados como para adivinar a través de las entrañas de una oveja.
De todos modos, los mejores augurios son aquellos que adivinan a partir de los portentos del pasado. Compilan registros fenomenales.
Berilo se tambalea perpetuamente, a punto de caer al caos por un precipicio. La Reina de las Ciudades Joya era vieja y decadente y estaba loca, llena con el hedor de la degeneración y el deterioro. Solo un estúpido se sorprendería ante cualquier cosa que hallara arrastrándose por la noche por sus calles.
Tenía todos los postigos abiertos de par en par, rogando por una brisa procedente del puerto, pescado podrido incluido. No había viento suficiente ni para agitar una telaraña. Me sequé el rostro e hice una mueca a mi primer paciente.
—¿Retortijones de nuevo, Rizos?
Sonrió débilmente. Su rostro estaba pálido.
—Es el estómago, Matasanos. —Su cráneo se parece a un huevo de avestruz muy pulido. De ahí su nombre. Comprobé la lista de servicios. Nada que Rizos pudiera desear evitar—. La cosa está mal, Matasanos. De veras.
—Hum. —Adopté mi expresión profesional, seguro de lo que era. Su piel estaba fría, pese al calor—. ¿Has comido últimamente fuera de la comisaría, Rizos? —Una mosca se posó sobre su cabeza, se pavoneó allí como un conquistador. Él ni se dio cuenta.
—Sí. Tres, cuatro veces.
—Hum. —Mezclé una pócima lechosa de aspecto desagradable—. Bebe esto. Hasta el fondo.
Todo su rostro se frunció al primer sorbo.
—Mira, Matasanos, yo...
El olor del potingue me revolvió las tripas.
—Bebe, amigo. Dos hombres murieron antes de que ensayara esto. Luego Desgarbado lo tomó y vivió. —La noticia de aquello había corrido.
Bebió.
—¿Quieres decir que se trata de veneno? ¿Que el maldito Tristón me metió algo dentro?
—Tómatelo con calma. Te pondrás bien. Sí, parece que fue algo así. —Había tenido que abrir a Bisojo y al Salvaje Bruce para averiguar la verdad. Era un veneno sutil—. Échate aquí en la camilla donde te llegue la brisa..., si esa hija de puta viene alguna vez. Y quédate quieto. Deja que surta efecto.
Lo instalé.
—Ahora cuéntame lo que comiste fuera. —Tomé una pluma y un gráfico sujeto a una tablilla. Había hecho lo mismo con Desgarbado, y con el Salvaje Bruce antes de que muriera, y había conseguido que el sargento del pelotón de Bisojo rastreara sus movimientos. Estaba seguro de que el veneno había venido de una de las varias tabernas de mala muerte frecuentadas por la guarnición del Bastión.
Una de las comidas que enumeró Rizos encajaba con lo que ya había averiguado.
—¡Bingo! Ya tenemos a los bastardos.
—¿Quiénes? —Parecía dispuesto a arreglar las cosas él mismo.
—Tú descansa. Veré al capitán. —Palmeé su hombro, miré en la habitación contigua. Rizos era el único que tenía cita para la visita médica matutina.
Tomé el camino largo, por la Muralla Trejana, que domina el puerto de Berilo. A medio camino hice una pausa y miré al norte, pasados el espigón y el faro y la Isla Fortaleza en el Mar de las Tormentas. Velas multicolores salpicaban la sucia agua pardo grisácea mientras las embarcaciones costeras de un solo palo recorrían el entramado de rutas que unen las Ciudades Joya. En las capas superiores el aire era tranquilo, pesado y brumoso. No podía verse el horizonte. Pero encima del agua el aire estaba en movimiento. Siempre corría brisa alrededor de la Isla, aunque evitaba la orilla como si temiera la lepra. Más cerca, el incesante girar de las gaviotas era lánguido e indiferente, como prometía ser el día para la mayoría de los hombres.
Otro verano al servicio del Síndico de Berilo, sudoroso y sucio, protegiéndole sin que te lo agradeciera de los rivales políticos y de sus indisciplinadas tropas nativas. Otro verano partiéndote el culo por tipos como Rizos. La paga era buena, pero no para el alma. Nuestros antepasados se sentirían azarados de ver que habíamos caído tan bajo.
Berilo es miseria coagulada, pero también antigua e intrigante. Su historia es un pozo sin fondo lleno de lodosa agua. A veces me divierto sondeando sus oscuras profundidades, intentando aislar los hechos de la ficción, la leyenda y el mito. No es tarea fácil, porque los primeros historiadores de la ciudad la escribieron con un ojo puesto en complacer a los poderes de la época.
El período más interesante, para mí, es el reino antiguo, que es el menos satisfactoriamente cubierto por las crónicas. Fue entonces, en el reinado de Niam, cuando llegaron los forvalakas, fueron vencidos tras una década de terror y fueron confinados en su oscura tumba arriba en la Colina Necropolitana. Ecos de ese terror persisten todavía en el folclore y en las advertencias maternas a los hijos díscolos. Nadie recuerda ahora qué eran los forvalakas.
Seguí andando, desesperado de ganarle al calor. Los centinelas, a la sombra de sus garitas, llevaban toallas alrededor del cuello.
Me sorprendió una brisa. Miré hacia el puerto. Un barco estaba rodeando la Isla, una gran y pesada bestia que empequeñecía las barcas de pesca y las falúas. Un cráneo plateado destacaba en el centro de su hinchada vela negra. Los rojos ojos de ese cráneo relucían. Ardían fuegos detrás de sus rotos dientes. Una brillante banda de plata rodeaba el cráneo.
—¿Qué demonios es eso? —preguntó un guardia.
—No lo sé, Albo. —El tamaño del barco me impresionó más que su llamativa vela. Los cuatro hechiceros menores que teníamos en la Compañía podían igualar aquella espectacularidad. Pero nunca había visto una galera con cinco hileras de remos.
Recordé mi misión.
Llamé a la puerta del capitán. No respondió. Entré y lo encontré roncando en su gran silla de madera.
—¡Ey! —aullé—. ¡Fuego! ¡Disturbios en el Quejido! ¡Danzador en la Puerta del Amanecer! —Danzador era un general de los tiempos antiguos que casi destruyó Berilo. La gente todavía se estremece al oír su nombre.
El capitán ni se inmutó. Ni abrió los ojos ni sonrió.
—Eres presuntuoso, Matasanos. ¿Cuándo vas a aprender a usar los canales? —Usar los canales significaba ir primero a molestar al teniente. No interrumpir su cabezada a menos que los Azules estuvieran atacando el Bastión.
Le expliqué lo de Rizos y mi gráfico.
Bajó los pies del escritorio.
—Parece un trabajo para Compasión. —Su voz tenía un filo duro—. La Compañía Negra no sufre impunemente ataques maliciosos contra sus hombres.
Compasión era nuestro más despiadado líder de pelotón. Creía que una docena de hombres serían suficientes, pero dejó que Silencioso y yo nos uniéramos a ellos. Yo podía remendar a los heridos. Silencioso sería útil si los Azules jugaban duro. Silencioso nos hizo aguardar medio día mientras efectuaba un rápido viaje a los bosques.
—¿Qué demonios has ido a buscar? —le pregunté cuando volvió, cargado con un saco de aspecto andrajoso.
Se limitó a sonreír. Se llama Silencioso y silencioso es.
El lugar se llamaba la Taberna del Muelle. Era un lugar agradable. Yo había pasado más de una velada allí. Compasión asignó tres hombres a la puerta de atrás y un par a cada una de las dos ventanas. Envió a otros dos al tejado. Cada edificio de Berilo tiene una puerta que da al tejado. La gente duerme en él durante el verano.
Nos condujo al resto a través de la puerta delantera de la Taberna del Muelle.
Compasión era un tipo bajo y arrogante, aficionado a los gestos espectaculares. Su entrada debía ser a lo grande.
La clientela se inmovilizó, contempló nuestros escudos y nuestras hojas desnudas, las partes de nuestros rostros apenas visibles a través de los huecos de nuestras protecciones faciales.
—¡Verus! —gritó Compasión—. ¡Trae tu culo hasta aquí!
El abuelo de la familia propietaria apareció. Se deslizó hacia nosotros como un chucho esperando una patada. Los clientes empezaron a murmurar entre sí.
—¡Silencio! —atronó Compasión. Sabía sacar todo un rugido de su pequeño cuerpo.
—¿En qué puedo ayudaros, honrados señores? —preguntó el viejo.
—Puedes hacer que vengan tus hijos y tus nietos, Azul.
Algunas sillas chirriaron. Un soldado dio un golpe con su hoja contra una mesa.
—Sentaos tranquilos —dijo Compasión—. Simplemente estáis comiendo, eso es todo. Solo perderéis una hora.
El viejo empezó a temblar.
—No comprendo, señor. ¿Qué es lo que he hecho?
Compasión sonrió perversamente.
—Haces bien el papel de inocente. Se trata de asesinato, Verus. Dos acusaciones de asesinato por envenenamiento. Dos intentos de asesinato por envenenamiento. Los magistrados suelen decretar el castigo de los esclavos. —Se estaba divirtiendo.
Compasión no era una de mis personas favoritas. Nunca había dejado de ser el chico que arranca las alas a las moscas.
El castigo de los esclavos significa ser abandonado a las aves carroñeras tras la crucifixión pública. En Berilo solo los criminales son enterrados sin incinerar, o directamente no son enterrados.
Brotó un rugido de la cocina. Alguien estaba intentando salir por la puerta de atrás. Nuestros hombres ponían objeciones.
La sala común estalló. Una oleada de humanidad blandiendo dagas nos golpeó.
Nos obligaron a retroceder hasta la puerta. Evidentemente, los que no eran culpables temían ser condenados con aquellos que sí lo eran. La justicia de Berilo es rápida, primitiva y dura, y raras veces proporciona al acusado la oportunidad de defenderse.
Una daga se deslizó más allá de un escudo. Uno de nuestros hombres se derrumbó. No soy buen luchador, pero me situé cubriendo su lugar. Compasión dijo algo sarcástico que no capté.
—Acabas de perder tu oportunidad de alcanzar la gloria —repliqué—. Estás fuera de los Anales para siempre.
—Y una mierda. Tú no dejas nada fuera.
Una docena de ciudadanos fueron abatidos. La sangre formaba charcos en las depresiones del suelo. Fuera se estaban congregando espectadores. Pronto algún aventurero nos golpearía por detrás.
Una daga mordió a Compasión. Perdió la paciencia.
—¡Silencioso!
Silencioso ya estaba por la labor, pero de un modo silencioso. Eso significaba ningún sonido y muy poca exhibición de furia.
Los clientes de la Taberna del Muelle empezaron a abofetearse el rostro y a manotear el aire, olvidándonos por completo. Saltaban y danzaban, se agarraban unos a otros, chillaban y aullaban lastimosamente. Varios se derrumbaron.
—¿Qué demonios has hecho? —pregunté.
Silencioso sonrió, dejando al descubierto unos afilados dientes. Pasó una morena zarpa por delante de mis ojos. Vi la Taberna del Muelle desde una perspectiva ligeramente alterada.
El saco que había traído de fuera de la ciudad resultó ser uno de esos nidos de avispas con los que, si tienes mala suerte, puedes tropezarte en los bosques al sur de Berilo. Sus ocupantes eran esos monstruos con aspecto de abejorros llamados avispas lampiñas. Poseen un mal genio que no tiene rival en toda la naturaleza. Se lanzaron a toda velocidad contra la gente de la taberna, sin molestar a nuestros chicos.
—Un espléndido trabajo, Silencioso —dijo Compasión tras haber descargado su furia sobre algunos clientes indefensos. Condujo a los supervivientes a la calle.
Examiné a nuestro hermano herido mientras el soldado que había resultado ileso acababa con los otros heridos. Ahorrar al Síndico el coste de un juicio y una ejecución, lo llamaba Compasión. Silencioso observaba aún sonriente. Tampoco es un tipo agradable, aunque raras veces participa activamente.
Tomamos más prisioneros de los esperados.
—Son un buen puñado. —Los ojos de Compasión destellaron—. Gracias, Silencioso. —La fila se extendía a lo largo de toda una manzana.
El destino es una zorra voluble. Nos condujo a la Taberna del Muelle en el momento crítico. Al registrar el lugar, nuestro brujo descubrió un auténtico primer premio: todo un grupo oculto en un escondite en la bodega. Entre ellos estaban algunos de los Azules más conocidos.
Compasión empezó a preguntar en voz alta cuán espléndida debía ser la recompensa que merecía nuestro informador. No había tal informador, por supuesto. Sus palabras eran para salvar a nuestros mansos hechiceros de convertirse en los principales blancos. Nuestros enemigos se romperían la cabeza buscando espías fantasma.
—Sacadlos —ordenó Compasión. Aún sonriendo, observó al lúgubre grupo—. ¿Creéis que intentarán algo? —No lo hicieron. Su suprema confianza acobardó a cualquiera que hubiera podido tener alguna idea.
Recorrimos el camino de vuelta por laberínticas calles casi tan viejas como el mundo, con nuestros prisioneros arrastrando pesadamente los pies. No dejaba de maravillarme. Mis camaradas son indiferentes al pasado, pero yo no puedo evitar sentirme fascinado —y ocasionalmente intimidado— por lo mucho que se sumerge en el pasado la historia de Berilo.
Compasión señaló un alto inesperado. Habíamos llegado a la Avenida de los Síndicos, que serpentea desde la Casa de la Aduana hacia arriba hasta la puerta principal del Bastión. Había una procesión en la avenida. Aunque habíamos llegado primero a la intersección, Compasión cedió el paso.
La procesión consistía en un centenar de hombres armados. Parecían más duros que nadie en Berilo excepto nosotros. Frente a ellos cabalgaba una figura oscura sobre el más grande garañón negro que yo hubiera visto nunca. El jinete era bajo, afeminadamente delgado, e iba vestido con un desgastado atuendo de piel negra. Llevaba un morrión negro que ocultaba enteramente su cabeza. Guantes negros cubrían sus manos. Parecía ir desarmado.
—Maldita sea —susurró Compasión.
Me sentí inquieto. Aquel jinete me hizo estremecer. Algo primitivo muy dentro de mí sintió deseos de echar a correr. Pero la curiosidad me ganó. ¿Quién era? ¿Había venido al puerto con aquel extraño barco? ¿Por qué estaba allí?
La mirada sin ojos del jinete nos barrió indiferentemente, como si la pasara por encima de un rebaño de ovejas. Luego la volvió hacia atrás y la clavó en Silencioso.
Silencioso le devolvió la mirada y no mostró ningún miedo. Y, pese a todo, pareció en cierto modo como disminuido.
La columna pasó, firme, disciplinada. Estremecido, Compasión dio orden de que siguiéramos. Entramos en el Bastión tan solo unos metros detrás de los extranjeros.
Habíamos arrestado a la mayoría de los líderes Azules más conservadores. Cuando se difundió la noticia de la incursión, los tipos veleidosos decidieron flexionar sus músculos. Desencadenaron algo monstruoso.
El clima perpetuamente abrasivo hace algo a la razón de los hombres. La gente de Berilo es salvaje. Las revueltas se producen casi sin ninguna provocación. Cuando las cosas van mal los muertos alcanzan el número de miles. Esta fue una de las peores ocasiones.
El ejército es la mitad del problema. Un desfile de débiles Síndicos con cortos períodos en el cargo hace que la disciplina se relaje. Llega un momento en que las tropas se hallan fuera de todo control. Generalmente, sin embargo, actuarán contra los disturbios. Ven la supresión de los disturbios como una licencia para saquear.
Ocurrió lo peor. Varias cohortes de los Acuartelamientos de la Bifurcación exigieron un donativo especial antes de responder a una directriz de restablecer el orden. El Síndico se negó a pagar.
Las cohortes se amotinaron.
El pelotón de Compasión estableció rápidamente un punto fuerte cerca de la Puerta del Muladar y retuvo a las tres cohortes. La mayor parte de nuestros hombres perdieron la vida, pero ninguno huyó. El propio Compasión perdió un ojo, un dedo, fue herido en el hombro y la cadera y tenía más de un centenar de agujeros en su escudo cuando llegó la ayuda. Vino a mí más muerto que vivo.
Al final, los amotinados se dispersaron antes que enfrentarse al resto de la Compañía Negra.
Las revueltas fueron las peores que recuerdo. Perdimos casi un centenar de hermanos intentando reprimirlas. No podíamos permitirnos perder más. En el Quejido las calles estaban alfombradas de cadáveres. Las ratas se pusieron gordas. Nubes de buitres y cuervos emigraron desde el campo.
El capitán ordenó que la Compañía permaneciera en el Bastión.
—Dejemos que las cosas sigan su curso —dijo—. Ya hemos hecho suficiente. —Estaba más allá de sentirse disgustado, amargado—. Nuestra comisión no requiere que nos suicidemos.
Alguien hizo un chiste acerca de dejarnos caer sobre nuestras espadas.
—Parece que eso es lo que espera el Síndico.
Berilo había minado nuestro espíritu, pero a nadie había dejado tan desilusionado como al capitán. Se culpaba de nuestras pérdidas. De hecho, intentó renunciar.
La gente se había instalado en un hosco, rencoroso, inconexo esfuerzo por sostener el caos, interfiriendo con cualquier intento de luchar contra los incendios o prevenir los saqueos, pero por lo demás simplemente no haciendo nada. Las cohortes amotinadas, engrosadas por los desertores de otras unidades, estaban sistematizando el asesinato y el pillaje.
La tercera noche me hallaba de guardia en la Muralla Trejana, debajo del manto de las estrellas, un tonto en un turno de centinela voluntario. La ciudad estaba extrañamente tranquila. Puede que me hubiera sentido más inquieto si no hubiera estado tan cansado. Tal como estaban las cosas, hacía todo lo posible por mantenerme despierto.
Tam-Tam vino a mi lado.
—¿Qué demonios haces aquí fuera, Matasanos?
—Matar el tiempo.
—Pareces un muerto clavado en un palo. Ve a descansar un poco.
—Tú tampoco tienes muy buen aspecto, enano.
Se encogió de hombros.
—¿Cómo está Compasión?
—Todavía no ha ido al bosque. —En realidad tenía pocas esperanzas respecto a él. Señalé con el dedo—. ¿Sabes algo acerca de eso de ahí fuera? —Un grito aislado resonó en la distancia. Tenía una cualidad que lo ponía aparte de todos los demás gritos recientes. Esos estaban llenos de dolor, rabia y miedo. Este tenía ecos de algo más siniestro.
Tosió y carraspeó de esta forma que tienen de hacerlo él y su hermano Un Ojo. Por si no lo sabes, imaginan que es un secreto que vale la pena conservar. ¡Hechiceros!
—Corre el rumor de que los amotinados rompieron los sellos de la tumba de los forvalakas mientras estaban saqueando la Colina Necropolitana.
—¿Eh? ¿Esas cosas andan sueltas?
—El Síndico cree que sí. El capitán no se lo toma en serio.
Yo tampoco, aunque Tam-Tam parecía preocupado.
—Parecían duros. Los que estuvieron aquí el otro día.
—Hubiéramos debido reclutarlos —dijo, con cierto tono de tristeza. Él y Un Ojo llevan mucho tiempo en la Compañía. Han visto mucho de su declive.
—¿Por qué están aquí?
Se encogió de hombros.
—Descansa un poco, Matasanos. No te mates. Al final no representará ninguna diferencia. —Se alejó, perdido en los páramos de sus pensamientos.
Alcé una ceja. Él estaba tocado. Me volví a los fuegos y a las luces y a la inquietante ausencia de alboroto. Mis ojos seguían cruzándose, mi visión se nublaba. Tam-Tam tenía razón. Necesitaba dormir.
De la oscuridad me llegó otro de aquellos extraños y desesperanzados gritos. Este más cerca.
—Arriba, Matasanos. —El teniente no se mostró gentil—. El capitán te quiere en la sala de oficiales.
Gruñí. Maldije. Amenacé con mutilaciones en primer grado. Sonrió, apretó un nervio en mi codo, me hizo rodar al suelo.
—Ya estoy de pie —gruñí, tanteando en busca de mis botas—. ¿De qué se trata?
Ya se había ido.
—¿Saldrá Compasión de esta, Matasanos? —preguntó el capitán.
—No lo creo, pero he visto milagros más grandes.
Todos los oficiales y sargentos estaban allí.
—Queréis saber lo que ocurre —dijo el capitán—. El visitante del otro día era un enviado de ultramar. Ofreció una alianza. Los recursos militares del norte a cambio del apoyo de las flotas de Berilo. Me pareció razonable. Pero el Síndico se muestra testarudo. Todavía está trastornado por la conquista de Ópalo. Le sugerí que fuera más flexible. Si estos norteños son unos villanos, entonces la opción de la alianza puede ser el menor de varios males. Mejor una alianza que un tributo. Nuestro problema es ¿dónde nos situamos nosotros si el delegado presiona?
Arrope dijo:
—¿Debemos negarnos si nos dice que luchemos contra esos norteños?
—Quizá. Luchar contra un hechicero puede significar nuestra destrucción.
¡Bam! La puerta de la sala se abrió de golpe. Un hombre bajo, moreno, nervudo, precedido por el gran pico curvo de una nariz, entró en tromba. El capitán se puso en pie de un salto e hizo resonar sus tacones.
—Síndico.
Nuestro visitante clavó ambos puños sobre la mesa.
—Ordenaste a tus hombres que se retiraran al Bastión. No os pago para que os escondáis como perros apaleados.
—No nos pagas para que nos convirtamos en mártires, señor —respondió el capitán con su voz de razonar con idiotas—. Somos un cuerpo de guardia, no una policía. Mantener el orden es tarea de las Cohortes Urbanas.
El Síndico estaba cansado, perturbado, asustado, al borde del desequilibrio emocional. Como todos.
—Hay que ser razonables —sugirió el capitán—. Berilo ha pasado un punto de no retorno. El caos se ha apoderado de las calles. Cualquier intento por restablecer el orden está condenado. La cura ahora es la enfermedad.
Me gustó aquello. Había empezado a odiar Berilo.
El Síndico se encogió sobre sí mismo.
—Todavía están los forvalakas. Y ese buitre del norte, aguardando junto a la Isla.
Tam-Tam se sobresaltó de su semisueño.
—¿Junto a la Isla?
—Aguardando a que yo le suplique.
—Interesante. —El pequeño hechicero volvió a sumirse en su semisueño.
El capitán y el Síndico discutieron sobre los términos de nuestro cometido. Yo saqué nuestra copia del acuerdo. El Síndico intentó estirar algunas cláusulas con un «Sí, pero...». Evidentemente, deseaba pelear si el enviado empezaba a hacer presión.
Elmo empezó a roncar. El capitán nos despidió y reanudó su discusión con nuestro empleador.
Supongo que siete horas pueden pasar como una noche de sueño. No estrangulé a Tam-Tam cuando me despertó. Pero refunfuñé y protesté hasta que amenazó con convertirme en un asno rebuznando en la Puerta del Amanecer. Solo entonces, después de vestirme y reunirnos con una docena de los demás, me di cuenta de que no tenía la menor idea de lo que estaba ocurriendo.
—Vamos a ir a echar un vistazo a una tumba —dijo Tam-Tam.
—¿Eh? —Algunas mañanas no soy muy brillante.
—Vamos a ir a la Colina Necropolitana para echar un vistazo a esa tumba de los forvalakas.
—Ey, espera un minuto...
—¿Gallina? Siempre pensé que lo eras, Matasanos.
—¿De qué estás hablando?
—No te preocupes. Llevarás contigo tres de los principales hechiceros, sin nada más que hacer que cuidar de nuestros culos. Un Ojo iría también, pero el capitán desea que se quede por aquí.
—Lo que quiero saber es por qué.
—Para averiguar si los vampiros son reales. Pueden ser una invención de ese barco fantasma.
—Un buen truco. Quizá hubiéramos debido pensar en él. —La amenaza de los forvalakas había conseguido lo que no había logrado la fuerza de las armas: acallar las revueltas.
Tam-Tam asintió. Pasó sus dedos por el pequeño tambor cuyo batir le había dado su nombre. Archivé el pensamiento. Es peor que su hermano cuando se trata de admitir deficiencias.
La ciudad estaba tan tranquila como un viejo campo de batalla. Como un campo de batalla, estaba lleno de hedor, moscas, carroñeros y muertos. El único sonido era el resonar de nuestras botas y, en una ocasión, el lúgubre llanto de un triste perro montando guardia junto a su caído amo.
—El precio del orden —murmuré. Intenté ahuyentar al perro. No se movió.
—El coste del caos —contradijo Tam-Tam. Tump en su tambor—. No es en absoluto lo mismo, Matasanos.
La Colina Necropolitana es más alta que la altura sobre la que se asienta el Bastión. Desde el Recinto Superior, donde se encuentran los mausoleos de los ricos, pude ver el barco norteño.
—Ahí está, esperando —dijo Tam-Tam—. Como dijo el Síndico.
—¿Por qué no entran simplemente? ¿Quién se lo impediría?
Tam-Tam se encogió de hombros. Nadie más ofreció una opinión.
Alcanzamos la tumba de varios pisos. Su aspecto era como rezaba el rumor y la leyenda. Era muy, muy antigua, como golpeada por un rayo y con las huellas de las cicatrices de herramientas. Una gruesa puerta de roble había sido reventada. Fragmentos y astillas yacían esparcidos a lo largo y ancho de una docena de metros a su alrededor.
Goblin, Tam-Tam y Silencioso unieron sus cabezas. Alguien hizo un chiste acerca de que de esa forma puede que tuvieran un cerebro entre los tres. Goblin y Silencioso ocuparon entonces sus puestos flanqueando la puerta, a unos pocos pasos de distancia. Tam-Tam se situó directamente frente a ella. Agitó los pies en el suelo como un toro a punto de embestir, halló el punto, se dejó caer acuclillado con los brazos extrañamente alzados, como una parodia de un maestro de artes marciales.
—¿Qué os parece, estúpidos, si abrís la puerta? —gruñó—. Idiotas. He tenido que traer idiotas. —Bam-bam sobre el tambor—. Ahí quietos, tocándose las narices.
Un par de nosotros agarramos la arruinada puerta y tiramos. Estaba demasiado combada para ceder mucho. Tam-Tam tabaleó su tambor, lanzó un grito abominable y saltó dentro. Goblin se precipitó al portal tras él. Silencioso los siguió deslizándose rápidamente.
Dentro, Tam-Tam dejó escapar un chillido de rata y empezó a estornudar. Salió tambaleándose, lloriqueando, frotándose la nariz con el dorso de las manos. Sonó como si tuviera un terrible resfriado cuando dijo:
—No era ningún truco. —Su piel de ébano se había vuelto gris.
—¿Qué quieres decir? —pregunté.
Señaló la tumba con el pulgar. Goblin y Silencioso estaban dentro ahora. Empezaron a estornudar.
Me deslicé hasta el portal, miré dentro. No pude ver nada. Solo denso polvo a la luz del sol. Entonces entré. Mis ojos se ajustaron.
Había huesos por todas partes. Huesos formando montones, huesos apilados, huesos dispuestos cuidadosamente por alguien loco. Eran unos huesos singulares, similares a los de los hombres, pero de extrañas proporciones a mis ojos de médico. Originalmente debían de haber sido unos cincuenta cuerpos. Realmente los habían metido apretujados allí cuando lo hicieron. Forvalakas, sin duda, puesto que Berilo entierra a sus villanos sin incinerar.
También había cadáveres recientes. Conté siete soldados muertos antes de que empezaran los estornudos. Llevaban los colores de una de las cohortes amotinadas.
Arrastré un cuerpo hasta fuera, lo solté, me tambaleé unos pocos pasos, tenía náuseas. Cuando recuperé el control, me volví para examinar mi botín.
Los otros estaban a mi alrededor, verdosos.
—Ningún fantasma hizo eso —dijo Goblin. Tam-Tam asintió con la cabeza. Estaba más impresionado que nadie. Más de lo que exigía lo que estábamos viendo, pensé.
Silencioso se dedicó a sus cosas, conjurando de alguna forma una pequeña pero enérgica brisa que penetró por la puerta del mausoleo y volvió a salir, cargada con polvo y olor a muerte.
—¿Estás bien? —le pregunté a Tam-Tam.
Echó una mirada a mi maletín de médico y me hizo un gesto con la mano.
—Estaré bien. Solo estaba recordando.
Le di un minuto, luego pinché:
—¿Recordando?
—Éramos muchachos, Un Ojo y yo. Acababan de vendernos a N’Gamo, para convertirnos en aprendices suyos. Vino un mensajero de un poblado de las colinas. —Se arrodilló al lado del soldado muerto—. Las heridas son idénticas.
Me sentí impresionado. Nada humano mataba de esa forma, pero el daño parecía deliberado, calculado, la obra de una inteligencia maligna. Eso lo hacía más horrible.
Tragué saliva, me arrodillé, inicié mi examen. Silencioso y Goblin volvieron a entrar en la tumba. Goblin llevaba una pequeña bola ambarina de luz que hacía girar en sus manos ahuecadas.
—No hay sangre —observé.
—Esas cosas toman la sangre —dijo Tam-Tam. Silencioso arrastró fuera otro cuerpo—. Y los órganos, cuando tienen tiempo. —El segundo cuerpo había sido abierto en canal desde la garganta hasta la ingle. Faltaban el corazón y el hígado.
Silencioso volvió dentro. Goblin salió. Se sentó en una lápida rota y sacudió la cabeza.
—¿Y bien? —preguntó Tam-Tam.
—Definitivamente auténtico. No es ninguna broma de nuestro amigo. —Señaló. El barco norteño continuaba su patrulla en medio de un enjambre de botes de pesca y barcos de cabotaje—. Había cincuenta y cuatro de ellos sellados aquí arriba. Se devoraron unos a otros. Este era el último que quedó.
Tam-Tam saltó como si hubiera sido abofeteado.
—¿Qué ocurre? —pregunté.
—Eso significa que la cosa era la más astuta, cruel, detestable y loca de todo el lote.
—Vampiros —murmuré—. En esta época.
—No estrictamente un vampiro —dijo Tam-Tam—. Se trata del hombre leopardo, que camina sobre dos piernas durante el día y a cuatro patas por la noche.
Yo había oído hablar de hombres lobo y de hombres oso. Los campesinos alrededor de mi ciudad natal cuentan ese tipo de historias. Pero nunca había oído hablar de un hombre leopardo. Se lo dije a Tam-Tam.
—El hombre leopardo es del lejano sur. De la jungla. —Miró hacia el mar—. Tienen que ser enterrados vivos.
Silencioso depositó otro cadáver.
Hombres leopardo bebedores de sangre, comedores de hígados. Antiguos, con la astucia de la oscuridad, llenos de un milenio de odio y de hambre. La materia de la que se forman las pesadillas.
—¿Puedes ocuparte de eso?
—N’Gamo no pudo. Yo nunca podré igualarme a él, y él perdió un brazo y un pie intentando destruir a un joven macho. Lo que tenemos aquí parece ser una vieja hembra. Amargada, cruel y lista. Nosotros cuatro juntos podríamos retenerla. Pero vencerla, no.
—Pero si vosotros y Un Ojo conocéis a esa cosa...
—No. —Se estremeció. Sujetó tan fuerte su tambor que crujió—. No podemos.
El caos murió. Las calles de Berilo permanecían tan absolutamente silenciosas como las de una ciudad destruida. Incluso los amotinados se ocultaban hasta que el hambre los empujaba a los graneros de la ciudad.
El Síndico intentó apretarle las clavijas al capitán. El capitán lo ignoró. Silencioso, Goblin y Un Ojo rastrearon al monstruo. La cosa funcionaba a un nivel puramente animal, resarciéndose del hambre de años. Las distintas facciones asediaron al Síndico con demandas de protección.
El teniente nos llamó de nuevo a la sala de oficiales. El capitán no perdió tiempo.
—Nuestra situación es grave —dijo. Se puso a caminar arriba y abajo—. Berilo está exigiendo un nuevo Síndico. Todas las facciones le han pedido a la Compañía Negra que se mantenga al margen.
El dilema moral escalaba con las apuestas.
—No somos héroes —continuó el capitán—. Somos duros. Somos testarudos. Intentamos honrar nuestros compromisos. Pero no morimos por causas perdidas.
Protesté; la voz de la tradición cuestionando la proposición no formulada.
—La cuestión que nos ocupa es la supervivencia de la Compañía, Matasanos.
—Hemos aceptado el oro, capitán. El honor es la cuestión. Durante cuatro siglos la Compañía Negra ha cumplido con la letra de sus obligaciones. Ten en cuenta el Libro de Set, registrado en los Anales del Analista Coral mientras la compañía estaba al servicio del Arconte de Hueso, durante la Revuelta de los Milenaristas.
—Tenlo en cuenta tú, Matasanos.
Me sentí irritado.
—Me atengo a mi derecho como soldado libre.
—Tiene derecho a hablar —admitió el teniente. Es más tradicionalista que yo.
—Está bien. Dejémosle hablar. No tenemos por qué escuchar.
Reiteré aquella oscura hora en la historia de la Compañía..., hasta que me di cuenta de que estaba argumentando conmigo mismo. La mitad de mí deseó dejarlo.
—¿Matasanos? ¿Has terminado?
Tragué saliva.
—Encuéntrame un argumento legítimo y lo aceptaré.
Tam-Tam me dedicó un tamborileo burlón. Un Ojo rio quedamente.
—Esto es un trabajo para Goblin, Matasanos. Él fue abogado antes de abrirse camino hasta esta miseria.
Goblin picó el anzuelo.
—¿Yo fui un abogado? Tu madre fue la...
—¡Ya basta! —El capitán dio una palmada sobre la mesa—. Le hemos dado la razón a Matasanos. Adelante con ello. Encontrad una salida.
Los otros parecieron aliviados. Incluso el teniente. Mi opinión, como Analista, tenía más peso del que me hubiera gustado.
—La salida obvia es la terminación del hombre que mantiene nuestro vínculo —observé. Mis palabras colgaron en el aire como un viejo mal olor. Como el hedor en la tumba de los forvalakas—. En nuestro maltrecho estado actual, ¿quién puede culparnos si un asesino logra infiltrarse?
—Tienes un asqueroso retorcimiento mental, Matasanos —dijo Tam-Tam. Me dedicó otro tamborileo.
—¿Las ollas llamando a las marmitas? Mantendremos la apariencia de honor. Podemos fallar. A menudo lo hacemos.
—Me gusta —dijo el capitán—. Interrumpamos la reunión antes de que el Síndico acuda a preguntar qué ocurre. Tú quédate, Tam-Tam. Tengo un trabajo para ti.
Fue una noche de gritos. Una noche cálida y pegajosa del tipo que derriba las últimas y delgadas barreras entre el hombre civilizado y el monstruo acurrucado en su alma. Los gritos venían de hogares donde el miedo, el calor y el exceso de gente ponía demasiada tensión en las cadenas del monstruo.
Un viento frío rugía procedente del golfo, perseguido por enormes nubes de tormenta con rayos saliendo de sus vientres. El viento barrió lejos el hedor de Berilo. La lluvia limpió las calles. A la luz de la mañana Berilo parecía una ciudad distinta, tranquila, fresca y limpia.
Las calles estaban llenas de charcos mientras nos dirigíamos a la zona de los muelles. El agua todavía gorgoteaba en las zanjas. Al mediodía el aire volvería a estar cargado y más húmedo que nunca.
Tam-Tam nos aguardaba en una barca que había alquilado. Dije:
—¿Cuánto te has embolsado en el trato? Esta bañera parece que va a hundirse antes de rebasar la Isla.
—Ni un cobre, Matasanos. —Parecía decepcionado. Él y su hermano eran grandes maestros en el mercado negro—. Ni un cobre. Esta es una embarcación más resistente y estanca de lo que parece. Su dueño es un contrabandista.
—Aceptaré tu palabra. Tú lo sabrás. —No obstante, subí cautelosamente a bordo. Frunció el ceño. Se suponía que debíamos fingir que la avaricia de Tam-Tam y Un Ojo no existía.
Salíamos a mar abierto a establecer un acuerdo. Tam-Tam tenía carta blanca del capitán. El teniente y yo le acompañábamos para darle una rápida patada si se pasaba. Silencioso y media docena de soldados nos acompañaban para imponer respeto.
Una lancha de la aduana nos dio el alto junto a la Isla. Nos habíamos ido antes de que pudiera ponerse en camino. Me agaché, miré por debajo de la botavara. El barco negro se fue haciendo más y más grande.
—Esa maldita cosa es una isla flotante.
—Demasiado grande —gruñó el teniente—. Los barcos de este tipo no resisten a un mar embravecido.
—¿Por qué no? ¿Cómo lo sabes? —Incluso mareado me sentía curioso hacia mis hermanos.
—Navegué como grumete cuando era joven. Aprendí cosas sobre los barcos. —Su tono desalentó un nuevo interrogatorio. La mayoría de los hombres desean mantener en privado sus antecedentes. Como cabe esperar de una compañía de villanos mantenidos juntos por su presente y su nosotros-contra-el-mundo.
—No es demasiado grande si tienes una embarcación taumatúrgica para atarla —señaló Tam-Tam. Estaba inquieto, y tabaleaba su tambor con un ritmo nervioso al azar. Tanto él como Un Ojo odiaban el agua.
Bien. Un misterioso encantador norteño. Un barco tan negro como los suelos del infierno. Mis nervios empezaron a deshilacharse.
Su tripulación echó una escalerilla para que subiéramos. El teniente lo hizo con rapidez. Parecía impresionado.
No soy marinero, pero el barco parecía bien ordenado y disciplinado.
Un oficial joven nos recibió a Tam-Tam, Silencioso y a mí y nos pidió que le acompañáramos. Nos condujo escaleras abajo y a través de pasillos hacia popa, sin hablar.
El emisario del norte permanecía sentado con las piernas cruzadas en medio de ricos almohadones, respaldado por las abiertas portillas de popa, en una cabina digna de un potentado oriental. Me quedé boquiabierto. Tam-Tam se derritió de avaricia. El emisario se echó a reír.
La risa fue un shock. Una risita aguda más propia de una jovencita de quince años que de un hombre más poderoso que cualquier rey.
—Disculpad —dijo apoyando delicadamente una mano donde debería de estar su boca si no llevara aquel morrión negro. Luego—: Sentaos.
Mis ojos se desorbitaron en contra de mi voluntad. Cada observación procedía de una voz claramente distinta. ¿Había todo un comité dentro de aquel casco?
Tam-Tam tragó aire. Silencioso, siendo silencioso, simplemente se quedó sentado. Yo seguí su ejemplo e intenté no mostrarme demasiado ofensivo con mi asustada y curiosa mirada.
Tam-Tam no demostró ser el mejor diplomático aquel día. Estalló:
—El Síndico no va a durar mucho más. Queremos llegar a un acuerdo...
Silencioso le clavó un dedo del pie en la cadera.
—¿Este es nuestro osado príncipe de los ladrones? —murmuré—. ¿Nuestro hombre de nervios de acero?
El delegado dejó escapar una risita.
—¿Tú eres el médico? ¿Matasanos? Perdónale. Él me conoce.
Un miedo helado me envolvió con sus oscuras alas. El sudor humedeció mis sienes. No tenía nada que ver con el calor. Una fría brisa marina fluyó a través de las portillas de popa, una brisa por la cual los hombres matarían en Berilo.
—No hay ningún motivo para temerme. Fui enviado para ofrecer una alianza que beneficiará a Berilo tanto como a mi gente. Sigo convencido de que ese acuerdo puede forjarse..., aunque no con el autócrata actual. Os enfrentáis a un problema que requiere la misma solución que el mío, pero vuestra misión os sitúa en un compromiso.
—Lo sabe todo. Es inútil hablar —croó Tam-Tam. Dio un golpe a su tambor, pero su acción no le sirvió de nada. Se estaba atragantando.
El delegado observó:
—El Síndico no es invulnerable. Ni siquiera protegido por vosotros. —Un gran gato se había comido la lengua de Tam-Tam. El enviado me miró. Me encogí de hombros—. Supongamos que el Síndico expiró mientras vuestra Compañía estaba defendiendo el Bastión contra la multitud.
—Ideal —dije—. Pero ignora la cuestión de nuestra seguridad posterior.
—Rechazáis a la multitud, luego descubrís la muerte. Os quedáis sin empleo, así que abandonáis Berilo.
—¿Y adónde vamos? ¿Y cómo escapamos de nuestros enemigos? Las Cohortes Urbanas nos perseguirán.
—Decidle a vuestro capitán que, al descubrir el fallecimiento del Síndico, si yo recibo una petición por escrito de mediar en la sucesión, mis fuerzas os relevarán en el Bastión. Podréis abandonar Berilo y acampar en el Macizo de la Aflicción.
El Macizo de la Aflicción es un promontorio de piedra caliza en forma de punta de flecha acribillado por pequeñas e incontables cavernas. Se proyecta sobre el mar a un día de marcha al este de Berilo. En él se alza un faro-torre de vigilancia. El nombre procede del gemido constante del viento al pasar por las cavernas.
—Eso es una maldita trampa mortal. Esos tipos se limitarán a asediarnos y se reirán de nosotros hasta que nos devoremos los unos a los otros.
—Un simple asunto de hacer llegar unos cuantos botes y sacaros de allí.
Tilín, tilín. Una campana de alarma resonó diez centímetros detrás de mis ojos. Aquel hijoputa estaba jugando con nosotros.
—¿Por qué demonios deberías hacer eso?
—Vuestra Compañía quedar
