De la mano. Testimonios de una enfermera

Christie Watson

Fragmento

cap-2

Introducción

Algo por lo que merece la pena arriesgar la vida

La enfermería se dejaba a «aquellos que eran demasiado viejos, demasiado débiles, demasiado borrachos, demasiado sucios, demasiado estúpidos o demasiado malos para hacer otra cosa».

FLORENCE NIGHTINGALE

No siempre quise ser enfermera. Antes pasé por la elección de toda una serie de carreras que tenía exasperado al tutor de orientación profesional de mi deficiente instituto. «Bióloga marina» fue una de las opciones de la lista. Me veía todo el día en bañador, en un clima soleado, nadando entre delfines. Cuando descubrí que gran parte del trabajo de un biólogo marino consistía en analizar el plancton de la costa de Gales, me lo pensé dos veces. Durante un verano en Swansea, pasé bastante tiempo viendo a mi tía bisabuela limpiar siluros en la enorme pila de la cocina; y también salí en barco junto a unos hoscos hombretones con barba y botas amarillas que orinaban en el mar y no dejaban de soltar imprecaciones. Y para desayunar había berberechos y pan de algas. La biología marina quedaba definitivamente descartada.

«Derecho», apuntó uno de los profesores cuando mis padres, para entonces también exasperados, le preguntaron qué podía dárseme bien. «Es capaz de pasarse el día entero discutiendo.» Pero yo no tenía aptitudes para el estudio sistemático. En cambio, prestaba atención a otros animales y la conservación. Soñaba con hacer fotografías para National Geographic, lo que me llevaría a viajar a lugares cálidos y exóticos de sol resplandeciente donde, después de todo, podría pasarme el día entero en bañador y vivir en chanclas. Asistía a manifestaciones y colaboraba con campañas contra la vivisección, e iba a la zona comercial de ladrillos grises del centro de Stevenage a repartir panfletos en los que se veía a perros torturados, conejos con los ojos rojos a causa de las pruebas de cosméticos que llevaban a cabo con ellos, y gatitos esqueléticos y sanguinolentos. Me prendía unas chapas baratas de mercadillo con lemas políticos cuyo broche se abría y me aguijoneaba, hasta que una noche me descubrí una pequeña constelación de pinchacitos en el pecho. Cuando mi madre compró un pollito disecado en un mercadillo y lo colocó entre todos sus adornos, me negué a volver a entrar en la sala de estar. En señal de protesta, me comí mi cena vegetariana en la escalera diciendo: «O el pollo o yo. No quiero tener nada que ver con un asesinato».

Mi madre, con una paciencia infinita, siempre perdonaba mis rabietas de adolescente, y quitó de allí al pollito, me hizo otro sándwich de queso y me dio un abrazo. Fue ella quien me enseñó el lenguaje de la bondad, aunque entonces yo no me diera cuenta. Al día siguiente, en el colegio, robé una rata para salvarla de una disección a manos del departamento de biología. La llamé Furter y pensé que estaría a salvo viviendo con la otra rata que ya tenía de mascota, Frank, que se subía a mi hombro y se quedaba allí con su larga cola rodeándome como un vistoso collar. Por supuesto, Frank se comió a Furter.

Nadadora, trompetista de jazz, agente de viajes, cantante, científica... La astronomía también fue una posibilidad hasta que, a los doce años, descubrí que mi padre, que me había enseñado los nombres de las constelaciones, se lo había inventado todo. No se lo dije, sin embargo; seguí dejando que señalase hacia arriba con el dedo y me contase sus historias, su placer por la narración estallando contra el cielo. «Mira allí, la forma de un hipopótamo. ¿La ves? Se llama el Hombro de Oriel. Y aquello es el Jacinto de Campo. ¿Ves que tiene forma de campanilla? ¿Ves el azul casi plateado de aquellas estrellas? Los pescadores creen que, si miras fijamente las estrellas durante un buen rato, te susurrarán los secretos de la Tierra. Como cuando oyes los secretos del mar en una caracola. Si prestas atención, puedes oír al mismo tiempo todo y nada.»

Me pasé horas y horas mirando las estrellas para oír los secretos de la Tierra. Por la noche sacaba de debajo de la cama una caja de cartón repleta de tesoros: viejas cartas, un llavero roto, el reloj de mi difunto abuelo, un dracma, un chicle que había despegado de debajo de un pupitre después de que lo tuviera en la boca el chico que me gustaba, piedras que había ido recogiendo en distintos sitios y una caracola enorme. Me quedaba allí de pie, en mi habitación, mirando las estrellas con la caracola pegada a la oreja.

Una noche vinieron unos ladrones a robarnos la carne que guardábamos en una nevera en la caseta del jardín. Qué tiempos aquellos, en los que la gente compraba la carne a granel en los mercadillos y los vendedores llegaban en aquellos camiones gigantes con sus altavoces y sus delantales blancos sucios. Qué tiempos aquellos, en los que la policía aparecía en medio de la noche para investigar el robo de unos pollos congelados, y mi estudio de las estrellas se veía interrumpido por sus gritos. El universo había respondido a la llamada de mi caracola: el vegetarianismo era importantísimo. No estoy segura de cuál de las dos escenas sería más insólita aquella noche: si la de unos chavales cargando con un pollo congelado y un paquete gigantesco de costillas de cordero o la de la adolescente flacucha con una caracola enorme pegada a la oreja en una habitación iluminada por la luz de la luna.

La cuestión de a qué iba a dedicarme —y en quién iba a convertirme— me consumía de un modo que no parecía preocupar a mis amigos. En aquel momento no entendía que lo que quería era llevar muchas vidas, experimentar formas distintas de vivir. Entonces no sabía que terminaría encontrando justo lo que buscaba (salvo por lo del bañador y el sol): que tanto la enfermería como la escritura consisten en ponerse en la piel de otras personas todo el tiempo.

Tuve empleos a tiempo parcial desde los doce años. Trabajé en una cafetería limpiando hornos (una faena asquerosa con mujeres aborrecibles que utilizaban la misma bolsita de té tres veces). Hice una de las rutas de la lechería, llevando la leche durante un invierno helador, hasta que dejé de sentir los dedos. Hice también una ruta repartiendo periódicos, hasta que me descubrieron tirándolos en un callejón cochambroso. En el colegio no me esforzaba, nunca hacía los deberes. Mis padres intentaron ampliar mis horizontes, darme ideas de cosas a las que podía dedicarme e inculcarme una ética de trabajo: «La educación es un pasaporte hacia donde quieras. Tienes una mente brillante, pero no quieres usarla». Poseía una inteligencia natural, pero, a pesar de las herramientas que me dieron mis padres y de su joie de vivre, mi pobrísima ética de trabajo escolar y mi inconstancia continuaron. Ellos siempre me animaron a leer y me obsesioné con la filosofía, en busca de las respuestas a innumerables preguntas: Sartre, Platón, Aristóteles, Camus... Me enganché. El amor por los libros es el mejor regalo que mis padres me han hecho. Me gustaba deambular por ahí con algo cerca para leer; escondía libros por todos lados: Mujercitas en el Black Alley; Dostoievski detrás de los cubos de basura de Catweazel; Dickens debajo del coche averiado de Tinker.

A los dieciséis, dejé el instituto y me fui a vivir con mi novio, de veintitantos, y sus compañeros de piso, otros cuatro veinteañeros. Aquello era un caos increíble, pero yo estaba feliz y contenta. Trabajaba en un videoclub, llevaba vídeos VHS a los del restaurante chino de al lado a cambio de una ración de chow mein de pollo para llevar —mi vegetarianismo empezaba a desvanecerse— y me afanaba por meter en la tienda películas para mayores de dieciocho años y por llenarla de amigos. Fui a la escuela de agricultura para hacerme granjera y duré quince días. Un curso de turismo del Business and Technology Education Council me duró una semana. Si dijese que andaba sin rumbo, me quedaría corta.

Me quedé hecha polvo el día que, tras llegar tarde a una entrevista, no me dieron el trabajo de animadora infantil en Pizza Hut. Cuando mi relación se rompió, a pesar de que tenía dieciséis años y era una completa ingenua, fue un verdadero golpe emocional. Mi orgullo me impedía volver a casa. Sin trabajo y sin casa. Así que trabajé para Community Service Volunteers, que en aquel momento fue la única organización que encontré que aceptara voluntarios de dieciséis años, en lugar de dieciocho, y que además proporcionaba alojamiento. Me enviaron a un centro residencial gestionado por la Spastics Society (ahora se llama Scope) y tenía una paga de veinte libras semanales por cuidar de personas adultas con graves discapacidades físicas: las ayudaba a lavarse, a ir al baño, a comer y a vestirse. Fue la primera vez que sentí que estaba haciendo algo que mereciera la pena. Había empezado a comer carne, tenía una causa más importante. Me rapé la cabeza, me vestía con ropa que compraba en tiendas de segunda mano y me gastaba toda la paga en sidra y tabaco. No tenía nada, pero era feliz. Y fue la primera vez que me relacioné con enfermeros. Observaba a los enfermeros profesionales con la misma intensidad con la que una niña mira a sus padres cuando está enferma. No apartaba los ojos de ellos. No tenía palabras para describir lo que hacían, ni para su trabajo.

«Deberías dedicarte a la enfermería —me dijo una enfermera—. Te dan una beca y un sitio para vivir.»

Fui a la biblioteca local y descubrí un edificio entero lleno de gente de la calle, sin hogar, como yo. Había ido muchas veces a la biblioteca del instituto y a la de Stevenage, cuando era pequeña, pero aquel era algo más que un sitio donde aprender cosas y sacar libros prestados. Era un santuario. Había un indigente durmiendo, y los bibliotecarios le dejaban en paz. Un hombre, con un cartelito en torno al cuello que decía que tenía autismo y que estaba allí para ayudar, alcanzaba un libro del estante superior a una mujer que iba en un vehículo de movilidad personal. Había niños que corrían libremente, y grupos de adolescentes que reían.

Allí descubrí a Mary Seacole, quien —como Florence Nightingale— atendió a los soldados como enfermera durante la guerra de Crimea. Mary Seacole comenzó a experimentar con la práctica de la enfermería dando medicinas a una muñeca, luego progresó hasta los animales domésticos y terminó ayudando a seres humanos. Yo no había considerado nunca las posibilidades de la enfermería como profesión, pero en ese momento empecé a recordar: mi hermano y yo abríamos a propósito los muñecos de peluche y les sacábamos el relleno, o arrancábamos los ojos de cristal a las muñecas para que yo pudiera arreglárselos. Me acordé de mis compañeros de primaria haciendo cola para que les controlara la anemia; debí de jactarme de mis conocimientos especializados, antes de ponerlos en fila en el patio de la escuela e ir bajándoles los párpados, uno a uno, para comprobar si tenían que comer hígado o cebolla. Y la cantidad interminable de amigos con dolor de garganta cuyo cuello palpaba suavemente con los dedos, como si fuera un clarinete. «Tienes un ganglio.»

No había mucho escrito sobre lo que suponía la enfermería, ni sobre cómo dedicarse a ello, así que no tenía ni idea de si sería apta. Descubrí que la práctica de la enfermería es anterior a las fechas que aparecen recogidas en los libros de historia y que ha existido desde hace largo tiempo en todas las culturas. Uno de los primeros textos escritos relacionados con la enfermería es el Charaka-samjita, que fue compilado en la India en torno al siglo I a. C. y que afirma que las personas que se dedican a la enfermería deben ser empáticas con todo el mundo. Y la enfermería también tiene vínculos fuertes con el islam. A principios del siglo VII, las musulmanas de verdadera fe se hacían enfermeras. La primera enfermera profesional de la historia del islam fue Rufaida ben Saad, y aparece descrita como una enfermera ideal debido a su capacidad de compasión y empatía.

Solidaridad, compasión, empatía: esas son las características que la historia nos dice que hacen bueno a un enfermero. A menudo he venido a acordarme de aquella visita a la biblioteca de Buckinghamshire, pues, a lo largo de mi carrera, tales cualidades parecen haber estado ausentes con demasiada frecuencia: las hemos olvidado o ya no las valoramos. A los dieciséis años, sin embargo, yo estaba llena de energía optimista e idealismo. Y cuando cumplí los diecisiete, decidí intentarlo. Se acabaron los cambios de orientación laboral y los bandazos de un lado a otro, me haría enfermera. Además, sabía que habría fiestas.

Pocos meses después, acabé en un curso de enfermería a pesar de que me faltaban un par de semanas para la edad oficial de admisión (diecisiete años y medio). Me mudé a la residencia de enfermeros de Bedford. La residencia estaba detrás del hospital, un gran bloque de pisos lleno del ruido de portazos y carcajadas ocasionales. En mi pasillo se alojaban sobre todo enfermeros de primer año, varios radiografistas y estudiantes de fisioterapia, y también algún que otro médico en rotación. Los estudiantes de enfer

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