Dicen que el mundo es plano y que se apoya en los lomos de cuatro elefantes que a su vez están de pie sobre el caparazón de una tortuga gigante.
Dicen que los elefantes, al ser unas bestias tan enormes, tienen los huesos de roca y de hierro, y los nervios de oro para facilitar la conductividad de larga distancia.*
Dicen que el quinto elefante llegó chillando y barritando a través de la atmósfera del mundo joven hace muchísimos años y que aterrizó con la bastante fuerza como para separar los continentes y levantar las montañas.
En realidad nadie lo vio aterrizar, lo que suscitó esta interesante pregunta filosófica: cuando millones de toneladas de elefante furioso caen dando vueltas del cielo, pero no hay nadie que lo oiga, ¿entonces, desde un punto de vista filosófico, el elefante hace ruido?
Y si no hubo nadie que lo viera estrellarse, ¿entonces se estrelló de verdad?
En otras palabras, ¿acaso no fue únicamente un cuento para niños, una evasiva para no tener que explicar ciertos hechos naturales curiosos?
En cuanto a los enanos, a quienes pertenece la leyenda, y quienes cavan minas mucho más profundas que nadie, ellos dicen que hay una pizca de verdad en el asunto.
En un día claro, desde un punto lo bastante alto de las Montañas del Carnero, la mirada abarcaba una distancia enorme sobre las llanuras. En pleno verano se podían contar las columnas de polvo que levantaban las caravanas de bueyes al avanzar pesadamente, a una velocidad máxima de tres kilómetros por hora, con cada pareja tirando de dos carretas atadas entre sí con cuatro toneladas de carga cada una. Las cosas tardaban mucho en llegar a cualquier parte, pero cuando llegaban ciertamente era en grandes cantidades.
Hacia las ciudades del Mar Circular las carretas cargaban materias primas, y a veces gente en busca de fortuna y también de un puñado de diamantes.
Hacia las montañas las carretas cargaban bienes manufacturados, cosas inauditas de allende los mares y gente que había encontrado la sabiduría y también unas cuantas cicatrices.
Solía haber una jornada de viaje entre cada convoy. Todos juntos convertían el paisaje en una máquina del tiempo desplegada. En un día claro, se podía ver el martes pasado.
Los heliógrafos centelleaban en el aire lejano mientras las columnas de polvo se enviaban mensajes sobre la presencia de bandidos, sobre cargamentos y sobre el mejor sitio para conseguir doble ración de huevos, triple de patatas y un filete que se saliera del plato por todos los lados.
En las carretas viajaba mucha gente. Era barato, salía mejor que caminar y al final uno terminaba llegando.
Había quien viajaba gratis.
El cochero de un carro estaba teniendo problemas con su tiro. Los animales se mostraban inquietos. Aquello le habría parecido normal al cochero en las montañas, donde toda clase de criaturas salvajes podía ver a los bueyes como comida itinerante, pero allí no había nada que fuera más peligroso que las coles.
Detrás de él, en un espacio angosto al fondo de la carga de leña cortada, algo dormía.
Era un simple día más en Ankh-Morpork…
El sargento Colon estaba subido a una escalera de mano temblorosa colocada en un extremo del Puente de Latón, una de las vías públicas más transitadas de la ciudad. Con una mano se agarraba a un poste alto que tenía una caja en la punta, y con la otra sostenía un libro ilustrado casero delante de la ranura que había al frente de la caja.
—Y esto es otra clase de carro —dijo—. ¿Lo pillas?
—Zí —dijo una vocecita muy pequeña desde dentro de la caja.
—Muy bieeen —dijo Colon, aparentemente satisfecho.
Dejó caer el libro y señaló hacia el otro extremo del puente.
—Y ahora, ¿ves esas dos señales que hay pintadas en los adoquines?
—Zí.
—¿Y quieren decir…?
—Que si un carro va de una a otra en menos de un minuto es que va demasiado deprisa —recitó la vocecilla.
—Muy bien. ¿Y entonces tú…?
—Le hago una pintura.
—¿Con cuidado de sacar…?
—La cara del conductor o la licencia de la carreta.
—¿Y si es de noche…?
—Uso la salamandra para darle luz…
—Muy bien, Rodney. Y uno de nosotros pasará todos los días y recogerá tus pinturas. ¿Te hace falta algo?
—No.
—¿Qué es eso, sargento?
Colon bajó la vista hacia una cara muy grande, morena y vuelta del revés, y sonrió.
—Buenas tardes, Todo —dijo mientras bajaba pesadamente por la escalera de mano—. Lo que está viendo, señor Jolson, es la guardia moderna del nuevo milenienienio… nio.
—La veo un poco pequeña, Fred —dijo Todo Jolson, mirando la caja con ojo crítico—. Ahí dentro no vais a caber todos.
—Me refiero a que es un invento genial, Todo.
—Ah, vale.
—Si alguien pasa por aquí demasiado deprisa, a la mañana siguiente lord Vetinari verá su pintura. Los iconógrafos no mienten, Todo.
—No, Fred. Porque son demasiado tontos.
—Su señoría ya se ha hartado de que los carros pasen demasiado deprisa por el puente, ¿sabes?, y nos ha pedido que hagamos algo al respecto. Yo ahora soy Jefe de Tráfico, ya sabes.
—¿Eso es bueno, Fred?
—¡Pues yo diría que sí! —dijo el sargento Colon con fervor—. Es cosa mía impedir que las, hum, arterias de la ciudad se atasquen, creando un colapso total del comercio y la ruina de todos nosotros. Se podría decir que es el trabajo más vital que hay.
—¿Y lo haces tú solo, todo eso?
—Bueno, principalmente. Principalmente. El cabo Nobbs y los demás ayudan, claro.
Todo Jolson se rascó la nariz.
—Es de algo parecido que te quería hablar, Fred —dijo.
—No hay problema, Todo.
—Delante de mi restaurante ha aparecido algo muy raro, Fred.
El sargento Colon siguió al hombre enorme y los dos doblaron la esquina. A Fred solía gustarle la compañía de Todo porque, al lado de Todo, él era muy flaco. Todo Jolson era un hombre que podría aparecer en un atlas y cambiar la órbita de otros planetas más pequeños. Los adoquines se resquebrajaban bajo sus pies. Combinaba en un solo cuerpo —y aún sobraba mucho espacio— al mejor chef de Ankh-Morpork y a su degustador más entusiasta, una circunstancia digna del paraíso del puré de patatas. El sargento Colon no se acordaba de cuál era el verdadero nombre de pila de Jolson. Se había quedado con su apodo por aclamación general, ya que nadie que lo viera por primera vez por la calle se podía creer que aquello fuera todo Jolson.
En la Vía Ancha había un carro parado de gran tamaño. El resto del tráfico estaba embotellado intentando maniobrar alrededor del mismo.
—Me han traído la carne a la hora del almuerzo, Fred, y cuando mi carretero ha salido… —Todo Jolson señaló la aparatosa construcción triangular que había encajada en torno a una de las ruedas del carro. Estaba hecha de acero y madera de roble, y alguien le había tirado pintura amarilla encima de cualquier manera.
Fred le dio unos golpecitos con cautela.
—Ya veo qué problema tienes por aquí —dijo—. ¿Y cuánto tiempo se ha pasado tu carretero ahí dentro?
—Bueno, le he dado de comer…
—Y haces unas comidas muy buenas, Todo, lo he dicho siempre. ¿Cuál era el plato especial de hoy?
—Filete golpeado con salsa de crema y picadura de buey, y de postre merengue de la muerte negra —dijo Todo Jolson.
Hubo un momento de silencio mientras los dos visualizaban aquella comida. Fred Colon soltó un pequeño suspiro.
—¿Mantequilla en la picadura?
—No me insultarías sugiriendo que no sería capaz de ponerla, ¿verdad?
—Comprendo que hay que estarse mucho tiempo para una comida como esa —dijo Fred—. El problema es que al patricio le ponen de muy mal humor los carros que aparcan en la calle más de diez minutos, Todo. Le parece que es una especie de crimen.
—Tardar diez minutos en comerse una de mis comidas no es un crimen, Fred, es una tragedia —dijo Todo—. Aquí pone: «Guardia de la Ciudad: extracción 15$». Son las ganancias de un par de días, Fred.
—Lo que pasa —dijo Fred Colon— es que habrá papeleo, ¿sabes? No puedo hacer como si esto no hubiera pasado. Ojalá pudiera. Hay copias y recibos en el pinchapapeles de mi despacho. Si yo estuviera al mando de la Guardia, claro que sí… pero es que tengo las manos atadas…
Los dos hombres estaban un poco separados el uno del otro, con las manos en los bolsillos, sin que pareciera que se prestaban mucha atención mutua. El sargento Colon empezó a silbar por lo bajo.
—Yo sé un par de cosas —dijo Todo, con cautela—. La gente se cree que los camareros no tienen orejas.
—Yo sé montones de cosas, Todo —dijo Colon, haciendo tintinear las monedas de su bolsillo.
Los dos hombres miraron el cielo durante un tiempo.
—Puede que me quede algo de helado de miel de ayer…
El sargento Colon bajó la mirada hasta el carro.
—Pero bueno, señor Jolson —dijo, en tono de sorpresa absoluta—. ¡Algún cabrón le ha puesto una especie de cepo a su rueda! Vaya, pues vamos a tomar cartas en el asunto.
Colon se sacó un par de palas redondas y pintadas de blanco del cinturón, divisó la torre de señales de la Casa de la Guardia que asomaba por encima de la vieja fábrica de limonada, esperó a que la gárgola vigía le hiciera la señal, y no sin cierto despliegue de aplomo y estilo, emprendió una imitación de un hombre de brazos rígidos que jugaba dos partidas de ping-pong a la vez.
—El equipo llegará enseguida… Ah, mira eso…
A poca distancia en la misma calle había dos trolls ocupados en ponerle meticulosamente un cepo a una carreta de heno. Al cabo de un par de minutos uno de ellos echó un vistazo por casualidad a la torre de la Casa de la Guardia, le dio un codazo a su compañero, sacó él también dos palas y, con bastante menos ímpetu que el sargento Colon, mandó una señal. Cuando recibió la respuesta, los dos trolls miraron a su alrededor, divisaron al sargento Colon y echaron a andar pesadamente hacia él.
—¡Tachán! —exclamó Colon con orgullo.
—Asombrosa, esta nueva tecnología —se admiró Todo Jolson—. Y debían de estar a, ¿cuánto? ¿A cuarenta o cincuenta metros de aquí?
—Eso es, Todo. En los viejos tiempos habría tenido que soplar el silbato. Y además ahora llegarán aquí sabiendo que soy yo quien los ha llamado.
—En lugar de tener que mirar y ver que eras tú —dijo Jolson.
—Bueno, sí —dijo Colon, consciente de que lo que acababa de ocurrir tal vez no fuera el rayo de luz más brillante del nuevo amanecer de la revolución de las comunicaciones—. Por supuesto, habría funcionado igual de bien si hubieran estado a varias calles de distancia. O hasta en la otra punta de la ciudad. Y si yo le dijera a la gárgola que, como decimos, «tirara» el mensaje desde la torre «grande» que hay sobre el Edificio Tump, en cuestión de minutos llegaría a Sto Lat, para que veas.
—Y eso está a treinta kilómetros.
—Por lo menos.
—Asombroso, Fred.
—Los tiempos avanzan, Todo —dijo Colon mientras los trolls llegaban—. Agente Pedernal, ¿quién le ha dicho a usted que encepara el carro de mi amigo? —preguntó en tono imperioso.
—Bueno, sargento, esta mañana dijo que teníamos que ponerle el cepo a todos los…
—Pero a este no —repuso Colon—. Quíteselo ahora mismo y no hablemos más del tema, ¿eh?
El agente Pedernal pareció llegar a la conclusión de que no le estaban pagando para que pensara, y en realidad ya iba bien, porque el sargento Colon no creía que los trolls valieran mucho la pena en ese cometido.
—Si usted lo dice, sargento…
—Y mientras lo hacéis, yo y Todo vamos a tener una pequeña charla, ¿verdad, Todo? —dijo Fred Colon.
—Verdad, Fred.
—Bueno, digo charlar, pero sobre todo lo que voy a hacer yo es escuchar, porque voy a tener la boca llena.
De las ramas de los abetos cayó una cascada de nieve. El hombre se abrió paso como pudo, se detuvo un momento a recobrar el aliento y luego cruzó el claro con paso ligero.
Oyó el primer sonido grave del cuerno al otro lado del valle.
Tenía una hora, entonces, si es que podía confiar en ellos. Puede que no llegara hasta la torre, pero había otras salidas.
Tenía planes. Podía ser más listo que ellos. Evitar la nieve todo lo que pudiera, desandar sus pasos, usar los arroyos… Era posible, se había hecho antes.
De eso estaba seguro.
A unos kilómetros de distancia, unos cuerpos esbeltos partieron bosque a través. Empezaba la cacería.
En otra parte de Ankh-Morpork, el Gremio de Bufones estaba en llamas.
Lo cual era un problema, porque la brigada de bomberos del Gremio constaba básicamente de payasos.
Y aquello sí que era un problema, porque si le enseñas a un payaso un cubo de agua y una escalera de mano, solamente conoce una forma de actuar. Los años de formación se imponen. Es la nariz roja lo que le habla. No lo puede evitar.
Sam Vimes, de la guardia de la ciudad de Ankh Morpork, estaba apoyado en una tapia y se dedicaba a contemplar el espectáculo.
—De verdad que tenemos que volver a presentarle al patricio esa propuesta de un cuerpo civil de bomberos —dijo. En la acera de enfrente un payaso cogió una escalera, se giró, tiró de un golpe al payaso que tenía detrás dentro de un cubo de agua y luego se giró otra vez para ver qué era aquel jaleo, mandando de esta manera a su víctima (que ya se levantaba) de vuelta al cubo con un sorprendente trompeteo. La multitud observaba en silencio. Si fuera gracioso, los payasos no lo estarían haciendo.
—Todos los gremios están en contra de la idea —dijo el capitán Zanahoria Fundidordehierroson, su lugarteniente, mientras al payaso de la escalera de mano le vertían un cubo de agua dentro de los pantalones—. Dicen que sería invasión de competencias.
El fuego se había adueñado de una habitación del primer piso.
—Si dejamos que se queme, el entretenimiento en esta ciudad no volverá a ser lo mismo —dijo Zanahoria en tono serio.
Vimes lo miró de reojo. Aquel era un comentario genuino de Zanahoria: sonaba inocente a más no poder, y sin embargo era posible entenderlo de otra manera.
—Está claro que no —dijo—. Aun así, supongo que es mejor que hagamos algo.
Dio un paso adelante e hizo bocina con las manos.
—¡Muy bien, aquí la Guardia! ¡Cadena de cubos! —gritó.
—Oooh, ¿es necesario? —preguntó alguien entre la multitud.
—Sí, lo es —dijo el capitán Zanahoria—. ¡Vamos, todos, si formamos dos filas acabaremos en un santiamén! ¿Qué me decís, eh? ¡Hasta puede ser divertido!
Y lo hicieron, observó Vimes. Zanahoria trataba a todo el mundo como si fueran unos muchachotes la mar de majos, y de alguna manera, por alguna razón inexplicable, ellos se resistían a hacerle quedar mal.
Para decepción de la multitud el fuego quedó apagado enseguida, tan pronto como los payasos fueron desarmados y alejados de allí por gente amable.
Zanahoria reapareció, secándose la frente, mientras Vimes encendía un puro.
—Parece que el tragafuegos estaba enfermo —dijo.
—Es posible que la gente no nos perdone nunca —dijo Vimes mientras se ponían a patrullar de nuevo—. Oh, no… ¿y ahora qué?
Zanahoria estaba mirando hacia arriba, hacia la torre de señales más cercana.
—Disturbio en la calle Cable —dijo—. Es para Todos Los Agentes, señor.
Echaron a correr. Siempre se hacía cuando había una llamada a Todos Los Agentes. El que estaba en un aprieto podía muy bien ser uno mismo.
A medida que se acercaban al lugar, vieron más y más enanos en las calles, y Vimes reconoció los indicios. Todos los enanos tenían un aire preocupado y caminaban en la misma dirección.
—Se ha acabado —dijo Vimes mientras doblaban un recodo—. Se nota por el aumento repentino de transeúntes sospechosamente inocentes.
Fuera cual fuese la emergencia, había sido algo grande. La calle estaba llena de escombros y de una cantidad considerable de enanos tirados por todos lados. Vimes aminoró la marcha.
—Es la tercera vez en lo que va de semana —dijo—. ¿Qué les ha dado a todos?
—Es difícil decirlo, señor —dijo Zanahoria. Vimes lo miró con el ceño fruncido. A Zanahoria lo habían criado los enanos. Además, siempre que podía evitarlo, nunca decía una mentira.
—Eso no es lo mismo que «no lo sé», ¿verdad? —dijo.
El capitán pareció incómodo.
—Creo que es… algo más o menos político —dijo.
Vimes se fijó en un hacha arrojadiza clavada en una pared.
—Sí, eso ya lo veo —dijo.
Alguien se acercaba por la calle, y probablemente se trataba de la razón por la que había estallado el disturbio. El guardia interino Bluejohn era el troll más grande que Vimes había conocido nunca. Se elevaba como una montaña. Era tan grande que no sobresalía entre una multitud porque él solo ya era la multitud. La gente no conseguía verlo porque siempre estaba en medio. Y tal como le pasa a mucha gente demasiado grande, era instintivamente gentil y más bien tímido y con cierta tendencia a dejar que los demás le dieran órdenes. Si el destino lo hubiera llevado a unirse a una banda callejera, él sería el matón. En la Guardia era el escudo antidisturbios. Por detrás de su espalda se asomaban otros agentes.
—Parece que ha empezado en el delicatessen de Tal’Adr —dijo Vimes, mientras el resto de la Guardia llegaba—. Tomadle declaración a Tal’Adr.
—No es buena idea, señor —le aseguró Zanahoria—. Él no ha visto nada.
—¿Cómo sabes que no ha visto nada? No se lo has preguntado.
—Ya lo sé, señor. Él no ha visto nada. Ni tampoco ha oído nada.
—¿Mientras una multitud furiosa le destroza el restaurante y se lía a puñetazos frente a su puerta?
—Exacto, señor.
—Ah. Ya entiendo. Me estás diciendo que no hay nadie tan sordo como el que no quiere oír, ¿verdad?
—Algo parecido, señor, sí. Mire, ya se ha acabado todo, señor. No creo que nadie haya salido gravemente herido. Va a ser lo mejor, señor. Por favor…
—¿Es una de esas cosas privadas de enanos, capitán?
—Sí, señor…
—Bueno, pues esto es Ankh-Morpork, capitán, no una mina en las montañas, y mi trabajo es mantener la paz, y esto de aquí, capitán, no se le parece en nada. ¿Qué va a decir la gente si hay disturbios en las calles?
—Dirán que es un día más de la vida en la gran ciudad, señor —dijo Zanahoria en tono inexpresivo.
—Sí, supongo que es lo que dirían, ahora que lo mencionas. Sin embargo… —Vimes agarró a un enano gimoteante—. ¿Quién ha hecho esto? —exigió saber—. No estoy de humor para que me tomen el pelo. ¡Venga, quiero un nombre!
—Agi Robamartillos —murmuró el enano, forcejeando.
—Muy bien —dijo Vimes, soltándolo—. Apunta eso, Zanahoria.
—No, señor.
—¿Cómo dices?
—En la ciudad no hay ningún Agi Robamartillos, señor.
—¿Conoces a todos y cada uno de los enanos?
—A muchos de ellos, señor. Pero a Agi Robamartillos solamente se lo encuentra en las minas, señor. Es una especie de espíritu malicioso, señor. Por ejemplo, si alguien dice: «Métetelo donde Agi mete el carbón», señor, quiere decir…
—Sí, ya me lo imagino —dijo Vimes—. ¿Me estás diciendo que ese enano acaba de decir que este disturbio lo ha empezado Juan Nadie? —El enano había desaparecido ligero doblando una esquina.
—Más o menos, señor. Discúlpeme un momento, señor. —Zanahoria cruzó la calle y se sacó dos palas pintadas de blanco del cinturón—. Voy a buscar una línea de visión con alguna torre —dijo—. Debería mandar un clac.
—¿Por qué?
—Bueno, estamos haciendo esperar al patricio, así que sería de buena educación avisarle de que llegamos tarde.
Vimes se sacó el reloj del bolsillo y se lo quedó mirando. Estaba resultando ser uno de esos días… uno de esos que le tocan a uno cada día.
Forma parte de la naturaleza del universo que la persona que siempre te hace esperar diez minutos estará lista con diez minutos de antelación el día en que tú te retrases diez minutos, y además te dejará bien claro que no lo está mencionando.
—Siento que lleguemos tarde, señor —dijo Vimes mientras entraban en el Despacho Oblongo.
—Ah, ¿llegan tarde? —dijo lord Vetinari, levantando la vista de sus papeles—. De verdad que no me había dado cuenta. Nada grave, espero.
—El Gremio de Bufones se ha incendiado, señor —dijo Zanahoria.
—¿Muchas víctimas?
—No, señor.
—Bueno, es una gran suerte —dijo lord Vetinari con cautela. Dejó su pluma—. A ver… ¿qué era lo que teníamos que tratar…? —Tiró de otro documento hacia sí y lo leyó rápidamente—. Ah, veo que el nuevo departamento de tráfico está teniendo el efecto deseado. —Señaló un montón grande de papeles—. Estoy recibiendo un número ingente de quejas del Gremio de Carreteros y Conductores de Ganado. Bien hecho. Transmítanle mi agradecimiento al sargento Colon y a su equipo.
—Lo haré, señor.
—Veo que en un día le han puesto el cepo a diecisiete carros, diez caballos, dieciocho bueyes y un pato.
—Estaba aparcado ilegalmente, señor.
—Por supuesto. Sin embargo, se empieza a repetir un extraño fenómeno.
—¿Señor?
—Muchos de los carreteros dicen que de hecho no estaban aparcados, sino que simplemente se habían parado mientras una señora extremadamente vieja y extremadamente fea cruzaba la calle extremadamente despacio.
—Eso es lo que dicen ellos, señor.
—Saben que era una anciana por su constante letanía de «oh, pobrecilla de mí, mis pobres pies», y otras expresiones similares.
—A mí ciertamente me suena a viejecita, señor —dijo Vimes, con cara de póquer.
—Por supuesto. Lo que resulta más bien raro es que varios de ellos afirman haber visto a la viejecita largarse a continuación por un callejón, y bastante deprisa. Pasaría esto por alto, claro está, si no fuera porque al parecer la misma anciana fue vista cruzando otra calle, muy despacio, a cierta distancia y poco después. Resulta un poco misterioso, Vimes.
Vimes se tapó los ojos con la mano.
—Es un misterio que tengo intención de resolver bastante deprisa, señor.
El patricio asintió con la cabeza y tomó una breve nota en la lista que tenía delante.
Al ir a apartarla a un lado, dejó al descubierto un papel mucho más manoseado y doblado muchas veces. Cogió dos abrecartas y, usándolos con meticulosidad, desdobló el papel y se lo pasó lentamente por encima de la mesa a Vimes.
—¿Sabe usted algo de esto? —dijo.
Vimes leyó las letras grandes, redondas y escritas con lápiz de colores:
QUerriDO sENor, la cRueldAz con Los pERROs sin oGar en esTa ZIUda es unA bERWeNZa, kE estA AZIendo la GUARdIA al respEZTo? FirMado la liga KONTRa la crueldAz AZIA los pERROs.
—Nada de nada —dijo él.
—Mis empleados me dicen que la mayoría de las noches pasan una nota como esta por debajo de la puerta —dijo el patricio—. Al parecer no se ve a nadie.
—¿Quiere que lo investigue? —dijo Vimes—. No debería costar encontrar a alguien en esta ciudad que babea cuando escribe y que tiene todavía peor ortografía que Zanahoria.
—Gracias, señor —dijo Zanahoria.
—Ninguno de los guardias informa de haber visto a nadie —dijo el patricio—. ¿Hay algún grupo en Ankh-Morpork que esté particularmente interesado en el bienestar de los perros?
—Lo dudo, señor.
—Entonces lo pasaré por alto pro tempore —dijo Vetinari. Dejó que la carta húmeda chapoteara al caer dentro de la papelera—. Pasando a asuntos más urgentes —cambió de tema con brío—. A ver… ¿Qué sabe usted de Jdienda?
Vimes lo miró sin parpadear.
Zanahoria carraspeó en tono educado.
—¿El río o la ciudad, señor? —preguntó.
El patricio sonrió.
—Ah, capitán, ya hace tiempo que ha dejado usted de sorprenderme. Sí, me refería a la ciudad.
—Es una de las poblaciones más importantes de Uberwald, señor —dijo Zanahoria—. Exporta metales preciosos, cuero, leña y por supuesto grasa de las profundas minas de sebo de Shmaltzberg…
—¿Hay de verdad un sitio que se llama Jdienda? —exclamó Vimes, todavía maravillándose de la velocidad con que el patricio había llegado hasta allí a partir de una carta viscosa sobre perros.
—Hablando estrictamente, señor, es más correcto pronunciarlo «Jidaenda» —dijo Zanahoria.
—Aun así…
—Y en Jidaenda, señor, «Morpork» suena exactamente como la palabra que ellos usan para denominar cierta pieza de ropa interior femenina —explicó Zanahoria—. En el mundo hay un número limitado de sílabas, si lo piensa.
—¿Cómo sabes todas esas cosas, Zanahoria?
—Oh, son historias que se me van quedando, señor. De oírlas por ahí.
—¿En serio? ¿Y qué pieza exactamente…?
—Algo extremadamente importante va a tener lugar allí dentro de unas cuantas semanas —lo interrumpió lord Vetinari—. Algo que, tengo que añadir, es vital para la prosperidad futura de Ankh-Morpork.
—La coronación del Bajo Rey —dijo Zanahoria.
Vimes desvió la mirada hacia el patricio y luego de vuelta a Zanahoria.
—¿Hay alguna clase de circular que se reparte por ahí y que a mí no me llega? —preguntó.
—Hace meses que la comunidad enanil casi no habla de otra cosa, señor.
—¿En serio? —dijo Vimes—. ¿Te refieres a los disturbios? ¿A esas peleas que hay cada noche en los bares de enanos?
—El capitán Zanahoria está en lo cierto, Vimes. Va a ser un gran acontecimiento, al que asistirán representantes de muchos gobiernos. Y de varios principados de Uberwald, claro, porque el Bajo Rey solamente gobierna aquellas zonas de Uberwald que están bajo tierra. Su favor es valioso. Borogravia y Genua estarán allí, sin duda, y es probable que incluso Klatch.
—¿Klatch? ¡Pero si todavía están más lejos de Uberwald que nosotros! ¿Para qué se molestan en ir? —Vimes hizo una pausa momentánea y luego añadió—: Ja. Parezco tonto. ¿Dónde está el dinero?
—¿Cómo dice, comandante?
—Eso es lo que mi antiguo sargento solía decir cuando estaba desconcertado, señor. Averigua dónde está el dinero y tendrás el asunto medio resuelto.
Vetinari se puso de pie y caminó hasta el ventanal, dándoles la espalda.
—Un país grande, Uberwald —dijo, dirigiéndose en apariencia al cristal—. Oscuro. Misterioso. Antiguo…
—Enormes reservas sin explotar de carbón y mineral de hierro —tomó el relevo Zanahoria—. Y sebo, por supuesto. Las mejores velas, lámparas de aceite y jabón vienen en última instancia de los yacimientos de Schmaltzberg.
—¿Por qué? Nosotros ya tenemos nuestro matadero, ¿no?
—Ankh-Morpork usa muchísimas velas, señor.
—Está claro que mucho jabón no usa —dijo Vimes.
—Hay muchísimos usos para el sebo y la manteca, señor. Nosotros mismos no podríamos abastecernos ni de lejos.
—Ah —dijo Vimes.
El patricio suspiró.
—Como es obvio, confío en poder reforzar nuestros lazos comerciales con las diferentes naciones que hay en Uberwald —dijo—. La situación allí es extremadamente volátil. ¿Sabe usted mucho sobre Uberwald, comandante Vimes?
Vimes, cuyo conocimiento de la geografía era microscópicamente detallado a menos de cinco millas de Ankh-Morpork y meramente microscópico más allá, asintió sin demasiada seguridad.
—Sucede que no es realmente un país —dijo Vetinari—. Es…
—Es más bien lo que uno encuentra antes de que haya países —apostilló Zanahoria—. Son sobre todo pueblos fortificados y feudos sin fronteras reales y con mucho bosque entre ellos. Siempre hay alguna clase de contienda en desarrollo. No hay ley aparte de la que imponen los señores locales, y abunda el bandolerismo de todas las clases.
—Nada que ver con la vida local de nuestra querida ciudad —dijo Vimes, no del todo para sí mismo. El patricio le dedicó una mirada impasible.
—En Uberwald los enanos y los trolls no han resuelto sus viejas rencillas —continuó Zanahoria—. Hay zonas amplias controladas por clanes feudales de vampiros o de hombres lobo, y también hay extensiones de terreno con una magia de fondo mucho más alta de lo normal. Es un lugar caótico, ciertamente, y nadie diría allí que estamos en el Siglo del Murciélago Frugívoro. Hay que esperar que las cosas mejoren, sin embargo, y que Uberwald acabe por unirse felizmente a la comunidad de las naciones.
Vimes y Vetinari cruzaron una mirada. A veces Zanahoria hablaba como un ensayo de educación cívica escrito por un monaguillo pasmado.
—Bien explicado —dijo por fin el patricio—. Pero hasta ese día feliz, Uberwald sigue siendo un misterio dentro de un acertijo envuelto por un enigma.
—A ver si lo he entendido bien, entonces —dijo Vimes—. ¿Uberwald es como una enorme tarta de sebo en la que todo el mundo acaba de fijarse de pronto, y ahora con la excusa de la coronación esa tenemos que ir todos allí corriendo con cuchillo, tenedor y cuchara para ponernos en el plato el trozo más grande que podamos?
—Su comprensión de la realidad política es magistral, Vimes. Únicamente le falta el vocabulario apropiado. Ankh-Morpork tiene que mandar a un representante, obviamente. Un embajador, por llamarlo así.
—No estará sugiriendo que vaya yo a ese asunto, ¿verdad? —dijo Vimes.
—Oh, nunca se me ocurriría mandar al comandante de la Guardia de la Ciudad —respondió lord Vetinari—. La mayoría de los países de Uberwald carecen de la noción de una autoridad pacificadora civil y moderna.
Vimes se relajó.
—A quien estoy mandando es al duque de Ankh.
Vimes se irguió en su asiento.
—La mayoría son sistemas feudales —continuo Vetinari—. Le dan un gran valor al rango…
—¡No acepto la orden de ir a Uberwald!
—¿Orden, su excelencia? —Vetinari se mostró asombrado y preocupado—. Por los dioses, debo de haber entendido mal a lady Sybil… Ella me dijo ayer que unas vacaciones muy lejos de Ankh-Morpork le sentarían a usted de maravilla…
—¿Ha hablado con Sybil?
—En la recepción del nuevo presidente del Gremio de Sastres, sí. Creo que usted se marchó antes de tiempo. Alguien lo llamó. Alguna emergencia, tengo entendido. Lady Sybil mencionó por casualidad que usted parecía estar, y cito sus palabras, «siempre metido en el trabajo», y una cosa llevó a la otra. Oh, cielos, confío en no haber causado ningún malentendido matrimonial…
—¡Precisamente ahora no puedo irme de la ciudad! —exclamó Vimes a la desesperada—. ¡Hay muchísimo por hacer!
—Es por eso exactamente que Sybil dice que tiene usted que salir de la ciudad —replicó Vetinari.
—Pero está la nueva escuela de formación…
—Ya funciona sin problemas, señor —dijo Zanahoria.
—La red de palomas mensajeras es un desastre completo…
—Más o menos resuelto, señor, ahora que les hemos cambiado la comida. Además, las torres de clacs parecen estar funcionando muy bien.
—Tenemos que poner en marcha la Guardia del Río…
—No se puede hacer mucho durante una semana o dos, señor, hasta que hayamos dragado la barcaza.
—Los desagües de la estación de la calle Chinchulín están…
—Tengo a los fontaneros trabajando en ello, señor.
Vimes sabía que había perdido. Había perdido nada más aparecer Sybil, porque ella siempre era una máquina de asedio fiable contra las murallas defensivas de Vimes. Pero todavía podía caer luchando.
—Ya sabe de sobra que no se me da bien el lenguaje diplomático —dijo.
—Al contrario, Vimes, parece usted haber asombrado al cuerpo diplomático aquí en Ankh-Morpork —dijo lord Vetinari—. No están acostumbrados al habla común y corriente. Les confunde. ¿Qué fue lo que le dijo usted al embajador de Istanzia el mes pasado? —Buscó entre los papeles de su escritorio—. A ver, la queja está aquí por alguna parte… Ah, sí, refiriéndose al asunto de las incursiones militares a través del río Slipnir, usted indicó que cualquier nueva transgresión resultaría en que él, personalmente, es decir el embajador, y cito: «se irá a casa en ambulancia».
—Me disculpo por eso, señor, pero yo había tenido un mal día y de verdad que él me estaba poniendo de los…
—Desde entonces las fuerzas armadas istanzianas han retrocedido tanto que ya casi han llegado al país de al lado —dijo lord Vetinari, dejando el papel a un lado—. Tengo que decir que la observación de usted únicamente seguía la orientación general de mi punto de vista, pero por lo menos fue sucinta. Al parecer usted también miró al embajador de una manera muy amenazadora.
—Solo fue la forma en que miro siempre.
—Eso está claro. Por suerte, en Uberwald usted solamente tendrá que mostrarse amigable.
—Bueno, pero no querrá que diga cosas como «¿Por qué no nos vendéis todo vuestro sebo a un precio baratísimo?», ¿verdad? —dijo Vimes a la desesperada.
—No va a hacer falta que negocie usted nada en absoluto, Vimes. De eso se encargará uno de mis secretarios, que instalará la embajada temporal y discutirá esas cuestiones con sus homólogos de las cortes de Uberwald. Todos los secretarios hablan el mismo idioma. Usted simplemente sea todo lo ducal que pueda. Y por supuesto, se hará usted con un séquito. Una comitiva —añadió Vetinari, al ver la mirada de incomprensión de Vimes. Suspiró—. Gente que vaya con usted. Sugiero a la sargento Angua, al sargento Detritus y a la cabo Culopequeño.
—Ajá —dijo Zanahoria, asintiendo con expresión alentadora.
—¿Perdón? —dijo Vimes—. Creo que debe de haber habido una conversación entera justo hace un momento y me la he perdido.
—Una mujer lobo, un troll y una enana —le aclaró Zanahoria—. Minorías étnicas, señor.
—… Pero que en Uberwald son mayorías étnicas —dijo lord Vetinari—. Los tres agentes vienen originariamente de allí, tengo entendido. Su presencia será muy elocuente.
—Por ahora a mí no me ha dicho ni mu —dijo Vimes—. Preferiría llevarme…
—Señor, eso le enseñará a la gente de Uberwald que Ankh-Morpork es una sociedad multicultural, ¿lo ve? —dijo Zanahoria.
—Ah, ya veo. «Gente como nosotros.» Gente con la que se puede hacer negocios —dijo Vimes en tono lúgubre.
—En ocasiones —dijo Vetinari en tono irritado— de verdad que me parece que la cultura del cinismo en la Guardia es… es…
—¿Insuficiente? —sugirió Vimes. Se hizo un silencio—. Muy bien. —Suspiró—. Será mejor que vaya a sacarles brillo a los nudos de mi corona, ¿verdad?
—La corona ducal, si no me falla la heráldica, no tiene nudos. Es decididamente… pinchuda —dijo el patricio, empujando por encima del escritorio un montoncito de papeles encima del cual había una tarjeta de invitación con los bordes dorados—. Bien. Haré que envíen un… un clac de inmediato. Recibirá instrucciones adicionales más adelante. Dele recuerdos a la duquesa. Y ahora, no quisiera robarles más tiempo del necesario…
—Siempre me dice eso —murmuró Vimes mientras los dos hombres bajaban las escaleras a toda prisa—. Sabe que no me gusta estar casado con una duquesa.
—Yo creía que usted y lady Sybil…
—Oh, estar casado con Sybil está bien, está bien —se apresuró a decir Vimes—. Lo de duquesa es lo único que no me gusta. ¿Dónde está todo el mundo esta noche?
—La cabo Culopequeño tiene turno de palomas, Detritus está en la patrulla nocturna con Swires y Angua está en misión especial en las Sombras, señor. ¿Se acuerda? Con Nobby…
—Oh, dioses. Sí. Bueno, cuando vuelvan mañana será mejor que les digas que vengan a verme. Por cierto, quítale esa puta peluca a Nobby y escóndela, ¿quieres? —Vimes hojeó los papeles—. Nunca he oído hablar del Bajo Rey de los enanos. Yo pensaba que «rey» en idioma de los enanos significa solamente una especie de ingeniero jefe.
—Ah, bueno, pero el Bajo Rey es bastante especial —dijo Zanahoria.
—¿Por qué?
—Bueno, todo empieza con el Bollo del Destino, señor.
—¿El qué?
—¿Le importaría dar un pequeño rodeo de vuelta a Pseudópolis Yard, señor? Eso aclarará las cosas.
La joven estaba de pie en una esquina de las Sombras. Su postura general indicaba que era, en el dialecto especializado de la zona, una dama de honor. Para ser más precisos, una dama que tenía el honor de conocer a muchos caballeros.
Balanceó su bolso como con descuido.
Aquella era una señal muy reconocible para cualquiera con la inteligencia de una paloma. Cualquier miembro del Gremio de Ladrones se limitaría a pasar con cautela por el otro lado del callejón, sin dedicarle más que un saludo caballeroso y sobre todo no agresivo con la cabeza. Hasta los ladrones autónomos menos corteses que acechaban por la zona se lo pensarían dos veces antes de echar un vistazo a aquel bolso. El Gremio de Costureras llevaba a cabo un tipo muy rápido y no revocable de justicia.
El cuerpo flaco de Fui-yo Duncan, sin embargo, no tenía la inteligencia de una paloma. El hombrecillo había estado mirando el bolso como si fuera un gato durante cinco minutos largos, y ahora la idea misma de sus contenidos lo tenía hipnotizado. Prácticamente notaba el sabor del dinero. Se puso de puntillas, agachó la cabeza, echó a correr por el callejón, agarró el bolso y se alejó varios centímetros antes de que el mundo explotara detrás de él y lo dejara tendido en el barro.
Algo empezó a babear justo al lado de su oreja. Se oyó un gruñido interminable, que no cambiaba de tono en absoluto sino que se limitaba a desplegar una promesa gutural acerca de lo que ocurriría si Duncan intentaba moverse.
Oyó pasos y con el rabillo del ojo vio un movimiento de tela de encaje.
—Venga, Fui-yo —dijo una voz—. ¿Robando bolsos? Un poco bajo, ¿no te parece? Hasta para ti. Podrías haberte hecho daño de verdad. Solo es Duncan, señorita. No dará ningún problema. Puede dejar que se levante.
Duncan sintió que el peso se retiraba de su espalda. Oyó que algo se alejaba con pasos suaves hacia la penumbra de un callejón.
—¡Fui yo, fui yo! —dijo el ladronzuelo a la desesperada mientras el cabo Nobbs lo ayudaba a ponerse de pie.
—Sí, ya sé que has sido tú, te he visto —contestó Nobby—. ¿Y sabes lo que te pasaría si te viera el Gremio de Ladrones? Que acabarías muerto en el río sin reducción de condena por buena conducta.
—Me odian porque soy buenísimo —dijo Duncan a través de su barba apelmazada—. Eh, ¿sabes el robo que hubo el mes pasado en el restaurante de Todo Jolson? Pues fui yo.
—Claro, claro, Duncan. Fuiste tú.
—Y el golpe a esas cámaras llenas de oro de la semana pasada, también fui yo. No fueron Caradecarbón y sus chicos.
—Ya, fuiste tú, ¿verdad, Duncan?
—Y ese trabajito en la orfebrería que todo el mundo dice que hizo Ron el Crujiente…
—Fuiste tú, ¿verdad?
—Pues sí —dijo Duncan.
—Y también fuiste tú el que les robó el fuego a los dioses, ¿verdad, Duncan? —dijo Nobby, sonriendo con malicia por debajo de su peluca.
—Sí que fui yo. —Duncan asintió. Se sorbió la nariz—. Claro que entonces era un poco más joven.
Miró con expresión miope a Nobby Nobbs.
—¿Por qué llevas un vestido, Nobby?
—Es confidencial, Duncan.
—Ah, vale. —Duncan cambió de postura, incómodo—. No podrías dejarme cinco o diez peniques, ¿verdad, Nobby? Llevo dos días sin comer.
Hubo un destello de calderilla en la oscuridad.
—Y ahora largo de aquí —dijo el cabo Nobbs.
—Gracias, Nobby. Si tienes algún crimen sin resolver, ya sabes dónde encontrarme.
Duncan se internó dando tumbos en la noche.
La sargento Angua apareció detrás de Nobby, abrochándose la coraza.
—Pobre desgraciado —dijo.
—Era un buen ladrón en su época —dijo Nobby, sacando un cuaderno de su bolso y apuntando unas cuantas líneas.
—Has sido muy amable al ayudarlo —dijo Angua.
—Bueno, puedo recuperar el dinero cogiéndolo de la caja para gastos —se explicó Nobby—. Y ahora sabemos quién dio el golpe de los lingotes, ¿verdad? Cuando se entere el señor Vimes, será una medalla en mi pechera.
—Escote, Nobby.
—¿Qué?
—Llevas escote, Nobby. Con un brocado de encaje bien bonito.
—Ah… sí…
—No es que quiera quejarme —dijo Angua—, pero cuando nos asignaron este trabajo pensé que era yo quien iba a hacer de cebo y tú ibas a hacer de apoyo, Nobby.
—Sí, pero, como usted está… —La expresión de Nobby se arrugó al adentrarse con temor en un territorio lingüístico desconocido— …mor… for… ló… gic… amente… dotada…
—Soy una mujer lobo, Nobby. Conozco el término.
—Ya… bueno, está claro que a usted se le va a dar mucho mejor el sigilo, y… y está claro que no está bien que las mujeres tengan que hacer de cebos en el trabajo policial…
Angua vaciló, tal como hacía a menudo cuando intentaba hablar con Nobby de cuestiones difíciles, y movió las manos delante de ella como si intentara darle forma a la masa de pan invisible de sus pensamientos.
—Es que… o sea, la gente puede… —empezó a decir ella—. Quiero decir… Bueno, ya sabes cómo llama la gente a los hombres que llevan peluca y vestido, ¿no?
—Sí, señorita. Abogados, señorita.
—Bien. Sí. Bien —respondió Angua despacio—. Ahora prueba otra vez…
—Esto… ¿actores, señorita?
Angua se rindió.
—Te queda bien el tafetán, Nobby —dijo.
—¿No cree que me hace parecer gordo?
Angua olisqueó el aire.
—Oh, no… —dijo en voz baja.
—Se me ha ocurrido ponerme colonia para hacerlo más verso-símil —se apresuró a explicar Nobby.
—¿Cómo? Oh… —Angua negó con la cabeza y volvió a coger aire—. Lo que huelo… es… otra… cosa…
—Pues me extraña, porque lo que llevo yo es tirando a acre, y la verdad es que no creo que el lirio de los valles huela así…
—No es la colonia.
—… pero es que la que vendían de lavanda podía usarse para limpiar la hojalata…
—¿Puedes volver tú solo a la comisaría de Chinchulín, Nobby? —sugirió Angua. A pesar de su pánico creciente, añadió para sí misma: «Al fin y al cabo, ¿qué es lo peor que puede pasar? Seamos serios…».
—Sí, señorita.
—Hay algo que será mejor que… resuelva.
Angua se alejó a toda prisa, con el nuevo olor llenándole las fosas nasales. Tenía que ser poderoso para combatir el Eau de Nobbs, y lo era. Vaya si lo era.
Aquí no, pensó ella. Ahora no.
Él no.
El hombre que corría trepó por una rama mojada por la nieve y por fin consiguió descolgarse hasta una rama que pertenecía al árbol de al lado. Aquello lo alejó del arroyo. ¿Hasta dónde llegaba el sentido del olfato que tenían? Hasta bastante, bastante lejos, eso lo sabía. Pero ¿tanto?
Había salido del arroyo agarrándose a otra rama que colgaba por encima del mismo. Si ellos se dedicaban a seguir las riberas, y serían lo bastante listos como para hacerlo, seguro que nunca se darían cuenta de que había abandonado el arroyo.
Se oyó un aullido, lejos y a la izquierda.
Él se dirigió a la derecha, a la oscuridad del bosque.
Vimes oyó que Zanahoria hurgaba en la oscuridad y luego el ruido de una llave en la cerradura.
—Yo creía que ahora este sitio lo dirigía la Campaña de Estaturas Igualitarias —dijo.
—Cuesta mucho encontrar voluntarios —dijo Zanahoria, invitándolo a pasar por la puerta baja y encendiendo una vela—. Yo vengo todos los días para echar un vistazo, pero nadie más parece muy interesado.
—No me imagino por qué —dijo Vimes, contemplando el Museo del Pan de los Enanos.
La única cosa positiva que se podía decir sobre los productos de panadería que lo rodeaban era que probablemente eran tan comestibles ahora como lo habían sido el día que los cocieron.
«Forjaron» sería un término más preciso. El pan de los enanos se fabricaba como alimento de último recurso y también como arma y moneda de cambio. Por lo que sabía Vimes, los enanos no eran gente religiosa en absoluto, pero las ideas que tenían sobre el pan se acercaban bastante.
Se oyó un tintineo y un ruido de algo que escarbaba en la penumbra.
—Ratas —dijo Zanahoria—. Nunca dejan de intentar comerse el pan de los enanos, las pobres. Ah, aquí estamos. El Bollo del Destino. Una réplica, claro.
Vimes se detuvo a observar aquella cosa deforme colocada sobre un pedestal polvoriento. Sí que tenía cierta forma vaga de bollo, pero solamente si alguien te lo había señalado de antemano. De otra forma, las palabras «cacho de roca» resultaban bastante precisas. Venía a tener el tamaño, y la forma, de un cojín muy desgastado a base de sentarse en él. Se veían unas cuantas pasas fosilizadas.
—Mi esposa apoya los pies en algo parecido a esto cuando ha tenido un día duro —comentó.
—Tiene mil quinientos años de antigüedad —dijo Zanahoria, con algo parecido al sobrecogimiento en la voz.
—Yo creía que este era la réplica.
—Bueno, sí. Pero es la réplica de algo muy importante, señor —dijo Zanahoria.
Vimes olfateó. El aire tenía cierto matiz acre.
—Aquí dentro huele mucho a gatos, ¿no crees?
—Me temo que entran aquí siguiendo a las ratas, señor. Cualquier rata que haya mordisqueado el pan de los enanos no suele ser capaz de correr muy deprisa.
Vimes encendió un puro. Zanahoria le dedicó una mirada de desaprobación vacilante.
—Le agradecemos a la gente que no fume aquí dentro, señor —dijo.
—¿Por qué? No sabéis seguro que no vayan a hacerlo —dijo Vimes. Se apoyó en una de las vitrinas—. Muy bien, capitán. ¿Cuál es la verdadera razón de que yo tenga que ir a… Jdienda? No es que sepa mucho de diplomacia, pero sí sé que nunca se trata de una sola cosa. ¿Qué es el Bajo Rey? ¿Por qué se pelean nuestros enanos?
—Bueno, señor… ¿Ha oído hablar alguna vez del kruk?
—¿La ley minera de los enanos? —dijo Vimes.
—Muy bien, señor. Pero es mucho más que eso. Trata sobre… cómo vive uno. Leyes de la propiedad, leyes matrimoniales, de herencias, reglas para resolver disputas de todas clases, esas cosas. Todo, en realidad. Y el Bajo Rey… bueno, se lo podría considerar el tribunal de apelación último. Cuenta con consejeros, claro, pero él tiene la última palabra. ¿Todavía me sigue?
—Por ahora tiene sentido.
—Y es coronado sobre el Bollo del Destino y se sienta en él para llevar a cabo sus juicios, porque todos los Bajos Reyes lo han hecho desde los tiempos de B’hrian Hachasangrienta, hace mil quinientos años. El Bollo… confiere autoridad.
Vimes asintió adustamente. Aquello también tenía lógica. Las cosas se hacían porque se habían hecho siempre, y la explicación era: «Pero es que siempre lo hemos hecho así». Un millón de personas muertas no pueden estar equivocadas, ¿verdad?
—¿Lo eligen, o ya nace rey o qué? —preguntó.
—Supongo que se puede decir que es elegido —dijo Zanahoria—. Pero la verdad es que un montón de enanos de alto rango lo acuerdan entre ellos. Después de escuchar a otros enanos, por supuesto. Se llama hacer sondeos. Tradicionalmente es un miembro de una de las grandes familias. Pero… esto…
—¿Sí?
—Este año las cosas son un poco distintas. Los nervios están un poco… a flor de piel.
Ah, pensó Vimes.
—¿Ha ganado el enano equivocado? —preguntó.
—Algunos enanos dirían que sí. Pero sucede más bien que todo el proceso ha sido cuestionado —dijo Zanahoria—. Por los enanos de la mayor ciudad de enanos fuera de Uberwald.
—No me lo digas, debe de ser esa ciudad que hay más al Eje de…
—Es Ankh-Morpork, señor.
—¿Cómo? ¡Nosotros no somos una ciudad de enanos!
—Tenemos cincuenta mil enanos ahora mismo, señor.
—¿En serio?
—Sí, señor.
—¿Estás seguro?
—Sí, señor.
Claro que lo está, pensó Vimes. Probablemente los conoce a todos por su nombre de pila.
—Tiene que entender, señor, que hay una especie de gran debate abierto —dijo Zanahoria— sobre cómo definir lo que es un enano.
—Bueno, hay gente que diría que se llaman enanos porque…
—No, señor. No es el tamaño. Nobby Nobbs es más bajo que muchos enanos y a él no lo llamamos enano.
—Nosotros tampoco lo llamamos humano —dijo Vimes.
—Y por supuesto, yo también soy un enano.
—¿Sabes, Zanahoria? Hace tiempo que te quiero hablar de eso…
—Adoptado por enanos y criado por enanos. Para los enanos soy un enano, señor. Sé hacer el rito de k’zakra, conozco los secretos del h’ragna, sé hacerle el ha’lk a mi g’rakha correctamente… soy un enano.
—¿Qué quieren decir esas cosas?
—No se me permite contárselo a los no enanos. —Zanahoria intentó apartarse discretamente de la trayectoria del humo del puro—. Por desgracia, algunos enanos de las montañas creen que los enanos que emigraron ya no son enanos propiamente dichos. Pero esta vez han sido las ideas de los enanos de Ankh-Morpork las que han decantado la elección del Bajo Rey, y a muchos enanos de casa no les gusta. Hay un ambiente desagradable últimamente. Familias que se pelean, esas cosas. Muchos tirones de barbas.
—¿En serio? —Vimes intentó no sonreír.
—No tiene gracia si uno es enano.
