Vengador

Frederick Forsyth

Fragmento

1. EL OBRERO DE LA CONSTRUCCIÓN

1

EL OBRERO DE LA CONSTRUCCIÓN

El corredor solitario se apoyó en el declive y volvió a hacer frente al enemigo de su propio dolor. Aquello era una tortura y una terapia; esa era la razón por la cual lo hacía.

Quienes entienden de estas cosas suelen decir que, de todas las disciplinas que existen, la más brutal e implacable es el triatlón. El decatleta tiene que llegar a dominar un número mayor de habilidades, y los ejercicios basados en el lanzamiento hacen que necesite una mayor fuerza bruta; pero, en lo que respecta al tremendo aguante físico y la capacidad para llegar a hacer frente al dolor y conseguir vencerlo, hay muy pocas pruebas equiparables al triatlón.

Tal como hacía siempre durante los días en que se entrenaba, el hombre que en aquellos momentos estaba corriendo bajo el amanecer de New Jersey se había levantado bastante antes del alba. Primero fue en su camioneta hasta el lago más alejado, donde dejó su bicicleta de carreras junto al camino y la sujetó a un árbol con una cadena para que estuviera segura. Cuando pasaban dos minutos de las cinco, se puso el cronómetro en la muñeca, bajó la manga del traje de natación de neopreno para cubrir el cronómetro con ella y entró en las aguas heladas.

Lo que él practicaba era el triatlón olímpico, en el que las distancias se miden en longitudes métricas. Primero había que nadar mil quinientos metros, lo que para un estadounidense casi equivalía a una maldita milla; salir del agua, quedarse rápidamente en camiseta y pantalones cortos, y subir a la bicicleta de carreras. Luego, con el cuerpo inclinado sobre el manillar de la bicicleta de carreras, venían cuarenta kilómetros, cada uno de ellos recorrido al ritmo de un sprint. Desde hacía mucho tiempo el hombre tenía medido de un extremo a otro el recorrido a lo largo del lago, y sabía exactamente qué árbol de la otra orilla indicaba el lugar donde había dejado la bicicleta de carreras. El hombre había ido marcando sus cuarenta kilómetros por los caminos rurales, que siempre recorría durante esa hora vacía de tráfico y de gente, y sabía qué árbol era el punto más apropiado para abandonar la bicicleta e iniciar la carrera. La carrera consistía en diez kilómetros; un portalón de granja le indicaba el punto a partir del cual ya solo quedaban dos kilómetros por recorrer. Aquella mañana el hombre acababa de dejar atrás ese portalón. Los últimos dos kilómetros eran cuesta arriba, el terrible y postrer obstáculo, el tramo donde ya no había piedad.

La razón de que el dolor fuera tan intenso es que los músculos que se aplican a cada prueba son distintos. Los robustos hombros, el pecho y los brazos de un nadador normalmente no son necesarios para un ciclista especializado en pruebas de velocidad o para un corredor de maratón. En esos casos solo constituyen un peso adicional con el que se debe cargar.

El movimiento, borroso por la velocidad, de las piernas y las caderas de un ciclista no tiene nada que ver con la acción de los tendones y las fibras que proporcionan al corredor el ritmo y la cadencia necesarios para devorar los kilómetros que desfilan velozmente bajo sus pies. La repetitividad de los ritmos de un ejercicio no se corresponde con la de los del otro. El triatleta los necesita todos, y además debe igualar los rendimientos de tres atletas especializados uno detrás del otro.

A los veinticinco años de edad es una actividad cruel. A los cincuenta y uno debería poder ser denunciada acogiéndose a la Convención de Ginebra. El corredor había cumplido cincuenta y un años el mes de enero anterior. Se atrevió a echarle un vistazo a su cronómetro y torció el gesto. La cosa no estaba yendo muy bien, ya que llevaba varios minutos de más sobre su mejor marca. El corredor redobló sus esfuerzos contra el enemigo.

Los olímpicos intentan acabar en dos horas con veinte minutos, y el corredor de New Jersey había ido recortando su marca hasta dejarla en dos horas y media. Ahora ya casi había llegado a ese límite y todavía le quedaban casi dos kilómetros por recorrer.

Las primeras casas de su pueblo natal se hicieron visibles detrás de una curva en la carretera 30. La vieja aldea prerrevolucionaria de Pennington se extiende a ambos lados de la 30, justo al lado de la interestatal 95, que baja desde Nueva York y atraviesa el estado para luego seguir hacia Delaware, Pensilvania y Washington. Dentro de la pequeña población, la carretera pasa a llamarse calle Mayor.

No es que hubiera gran cosa que decir acerca de Pennington, uno más entre el millón de los pulcros, ordenados y acogedores pueblecitos que forman el subestimado y siempre pasado por alto corazón de Estados Unidos de América. Pennington cuenta con un solo cruce colocado justo en el centro, allí donde la West Delaware Avenue se encuentra con la calle Mayor; varias iglesias muy frecuentadas de las tres congregaciones, un First National Bank y un puñado de comercios y residencias un poco alejadas de la calle, desperdigadas a lo largo de los caminos jalonados por árboles.

El corredor fue hacia el cruce, medio kilómetro más adelante. Todavía era demasiado temprano para tomarse un café en la Taza de Joe, o para desayunar en Vito’s Pizza, pero el corredor no habría hecho un alto en aquellos establecimientos ni aun suponiendo que hubiesen estado abiertos.

Al sur del cruce, el corredor pasó ante la casa de blancas tablas de chilla perteneciente a la cosecha de la guerra de Secesión con su letrero de señor Calvin Dexter, abogado, colgado junto a la puerta. Eran su despacho, su letrero y su bufete legal, salvo en aquellas ocasiones en las que se tomaba unos cuantos días libres y se iba de Pennington para ir a atender su otra actividad. Tanto su clientela como sus vecinos aceptaban sin hacerse preguntas el hecho de que el abogado se tomase unas vacaciones de vez en cuando para ir a pescar, sin saber nada del pequeño apartamento alquilado bajo otro nombre que tenía en la ciudad de Nueva York.

El corredor obligó a sus piernas doloridas a que recorrieran aquellos últimos quinientos metros para llegar al recodo que conducía hasta Chesapeake Drive, en el extremo sur del pueblo. Era allí donde vivía, y la esquina marcaba el final del calvario que Dexter se imponía a sí mismo. Aflojó el paso hasta detenerse, bajó la cabeza y se apoyó en un árbol mientras, jadeante, introducía un poco de oxígeno en sus pulmones. Dos horas, treinta y seis minutos. Muy alejado de su mejor tiempo. El hecho de que probablemente no hubiera nadie en ciento cincuenta kilómetros a la redonda que, con cincuenta y un años de edad, pudiera aproximarse a dicha marca no era lo que importaba. Lo que realmente importaba, algo que Dexter nunca podría atreverse a explicar a los vecinos que sonreían y lo vitoreaban al verlo pasar, era utilizar el dolor para combatir otro dolor que siempre se hallaba presente, el dolor que no se iba nunca, el dolor de la hija perdida, el amor perdido, el todo perdido.

El corredor entró en su calle y recorrió los últimos doscientos metros andando. Vio delante de él que el chico de los periódicos lanzaba un pesado fajo al porche de su casa. El muchacho lo saludó con la mano mientras pasaba en su bicicleta; Calvin Dexter le devolvió el saludo.

Al cabo de un rato cogería su ciclomotor e iría a recuperar su camioneta. Con el ciclomotor en la trasera de la camioneta, regresaría a su casa siguiendo el camino para bicicletas que discurría junto a la carretera. Pero primero necesitaba una ducha, unas cuantas tabletas con un alto contenido energético y el zumo de varias naranjas.

Recogió el fajo de periódicos de los escalones del porche, rompió la faja de papel que los envolvía y les echó una mirada.

Calvin Dexter, el nervudo, afable y sonriente abogado de cabellos color arena de Pennington, New Jersey, había nacido sin nada que se pareciera ni remotamente a ventajas materiales.

Fue concebido en un vecindario muy pobre de Newark, en un lugar que se hallaba repleto de cucarachas y ratas, y vino al mundo en enero de 1950, hijo de un obrero de la construcción y una camarera de la fonda del barrio. Sus padres, de acuerdo con lo que marcaba la moral de la época, no tuvieron más remedio que contraer matrimonio después de que un encuentro en una sala de baile del vecindario y unas cuantas copas de alcohol demasiado barato hubieran hecho que las cosas se salieran de madre y ocasionaran la concepción de Calvin Dexter.

Su padre no era lo que Calvin llamaría un mal hombre. Después de Pearl Harbor se ofreció voluntario a las fuerzas armadas, pero el mando consideró que, como obrero especializado de la construcción, su presencia resultaría de mayor utilidad en el país, donde el esfuerzo de guerra suponía la creación de miles de nuevas fábricas, astilleros y organismos del Estado.

El padre de Calvin Dexter era un hombre duro que nunca necesitaba pensárselo dos veces antes de llegar a utilizar los puños, única ley en muchos trabajos manuales. Pero intentaba llevar una vida lo más recta posible, entregaba en casa el sobre de su sueldo sin abrir y trataba de educar a su pequeño para que quisiera a la bandera, a la Constitución y a Joe di Maggio.

Pero cuando la guerra de Corea llegó a su fin, las oportunidades de encontrar trabajo desaparecieron de golpe. Lo único que quedó fue la crisis industrial, mientras que los sindicatos habían caído en manos de la mafia.

Calvin tenía cinco años cuando su madre se fue de casa. Todavía era demasiado pequeño para que pudiese entender por qué lo había hecho. Calvin no sabía nada del matrimonio sin amor de sus padres; se limitaba a aceptar con la filosófica paciencia de los muy pequeños que las personas siempre se gritaban y peleaban como lo hacían sus padres. No sabía nada sobre el viajante de comercio que le había prometido a su madre luces brillantes y mejores vestidos. Simplemente se le dijo que ella «se había ido».

El pequeño se limitó a aceptar el hecho de que ahora su padre estaba en casa cada noche, cuidando de él en vez de ir a tomarse unas cuantas cervezas después del trabajo o contemplando con expresión lúgubre una pantalla de televisor que no se veía demasiado bien. Hasta que hubo entrado en la adolescencia Calvin no se enteró de que su madre, abandonada a su vez por el viajante de comercio, había intentado regresar a casa, pero había sido rechazada por su enfurecido y amargado esposo.

Cuando Calvin tenía siete años, a su padre se le ocurrió una idea para resolver el problema que representaba el hecho de combinar la atención de un hogar con la necesidad de desplazarse para buscar trabajo. Dejaron el piso en un edificio sin ascensor de Newark donde habían vivido y adquirieron una caravana de segunda mano. Durante diez años, aquel vehículo pasó a ser la juventud de Calvin.

El padre fue pasando de un trabajo a otro, viviendo en la caravana y con aquel chico un poco zarrapastroso que asistía a cualquier escuela local que estuviera dispuesta a aceptarlo entre sus alumnos. Era la época de Elvis Presley, Del Shannon, Roy Orbison y los Beatles, que habían venido de un país del cual Calvin nunca había oído hablar. Era la época de Kennedy, la guerra fría y Vietnam.

Los trabajos venían y se terminaban. Calvin y su padre fueron por las ciudades del norte: East Orange, Union y Elizabeth; luego pasaron a trabajar en los alrededores de New Brunswick y Trenton. Durante un tiempo estuvieron viviendo en los Pine Barrens, donde Dexter padre era capataz de un pequeño proyecto de construcción. Posteriormente se fueron al sur, hacia Atlantic City. Entre las edades de ocho y dieciséis años, Cal asistió a nueve escuelas secundarias, una por año. La educación académica que llegó a recibir durante ese período hubiera cabido en un sello de correos.

Pero sí que llegó a recibir una instrucción en otras materias, como la calle y las peleas. Como su madre, la que se había ido de casa, Calvin nunca creció demasiado y terminó midiendo un metro setenta y dos centímetros. Tampoco era corpulento y musculoso como su padre, pero su esbelto cuerpo encerraba una resistencia temible y sus puños tenían un impacto devastador. En una ocasión desafió al luchador de una feria ambulante, lo dejó sin sentido de un solo puñetazo y se llevó los veinte dólares que daban de premio.

Entonces un hombre que olía a brillantina barata fue hacia su padre y le propuso que el chico acudiese a su gimnasio para hacerle boxeador; lo que hicieron los Dexter fue trasladarse a una nueva ciudad y un nuevo trabajo.

Ni pensar en disponer de algo de dinero para las vacaciones, por lo que cuando se terminaba la escuela el chico simplemente iba a la obra con su padre. Allí preparaba café, se encargaba de los recados y hacía algún que otro trabajillo ocasional. Uno de aquellos recados lo puso en contacto con un hombre que llevaba unas gafas de sol de cristales verdosos que le explicó que tenía disponible un trabajo para las vacaciones; consistía en llevar sobres a distintas direcciones desperdigadas por todo Atlantic City sin decirle nada a nadie. Así fue como durante las vacaciones de verano del año 1965 Calvin pasó a convertirse en mensajero de un corredor de apuestas.

Un chico inteligente puede seguir observando incluso desde lo más bajo de la pirámide social. Cal Dexter podía entrar sin pagar en el cine local y maravillarse ante el glamour de Hollywood, las enormes panorámicas del salvaje Oeste, el dorado esplendor de los musicales de la pantalla grande y las delirantes payasadas de las comedias de Dean Martin y Jerry Lewis.

Todavía podía ver en los anuncios de la televisión elegantes apartamentos donde había cocinas de acero inoxidable y familias sonrientes en las que los padres parecían quererse el uno al otro. También podía contemplar las relucientes limusinas y los coches deportivos que se exhibían en las vallas publicitarias a la vera de las autopistas.

Calvin no tenía nada contra los hombres que trabajaban en las obras. Eran bastante groseros y hoscos, pero se mostraban amables con él, o por lo menos la mayoría de ellos lo eran. En la obra, él también llevaba casco de seguridad, y todo el mundo daba por hecho que cuando terminara la escuela seguiría los pasos de su padre en el oficio. Pero Calvin tenía otras ideas. Fuera cual fuese la vida que llegase a tener, se había jurado a sí mismo que estaría muy lejos del estruendo del martillo pilón y del polvo asfixiante de las mezcladoras de cemento.

Entonces fue cuando reparó en que no tenía absolutamente nada que ofrecer a cambio de esa vida mejor, más cómoda, más adinerada. Pensó en dedicarse a las películas, pero Calvin daba por sentado que todas las estrellas masculinas del cine eran hombres altos como torres, sin saber que la mayoría de ellos están bastante por debajo del metro con setenta centímetros. Si se le ocurrió pensar en aquello, fue únicamente porque una camarera le dijo que se parecía un poco a James Dean; pero como los obreros de la construcción se rieron a carcajadas, dejó correr la idea.

El deporte y el atletismo podían sacar a un chico de la calle y allanarle el camino que llevaba a la fama y la fortuna, pero Calvin había pasado tan deprisa por todas sus escuelas que nunca había tenido una oportunidad de formar parte de ningún equipo escolar.

Cualquier cosa que exigiese una educación académica, y eso sin contar con tener determinadas calificaciones, estaba descartada. Aquello dejaba disponibles empleos poco especializados: servir mesas, hacer de botones, llenarse de grasa en un garaje, conducir una camioneta de reparto. La lista era interminable, pero, vistas las perspectivas que ofrecían la mayor parte de aquellos empleos, en realidad daría igual que se quedara en la construcción. La mera brutalidad y el peligro del trabajo hacían que estuviera bastante mejor pagado que la mayoría de ocupaciones disponibles.

También estaba el delito, naturalmente. Nadie que hubiera crecido en los muelles o en los proyectos de construcción de New Jersey podía ignorar que el crimen organizado, el formar parte de una pandilla, podía terminar llevando a una vida salpicada de grandes apartamentos, coches veloces y mujeres fáciles. Se decía que el delito casi nunca terminaba llevándote a la cárcel. Calvin no era italoamericano, lo cual le impedía llegar a ser miembro de pleno derecho de la aristocracia mafiosa, pero lo cierto era que algunos anglosajones también habían conseguido subir bastante arriba dentro de ella.

Dejó la escuela a los diecisiete años y al día siguiente empezó a trabajar en la nueva obra de su padre, un complejo de viviendas públicas que iban a ser construidas en las afueras de Princeton. Un mes después, el conductor de la excavadora se puso enfermo. No había ningún sustituto. Se trataba de un trabajo que requería ciertas habilidades. Cal echó un vistazo al interior de la cabina de la excavadora y le pareció entender todo lo que veía.

—Yo podría manejarla —dijo.

El capataz no parecía muy convencido; iría en contra de todas las normas. Bastaría con que a un inspector de trabajo se le ocurriera pasar por allí y su empleo sería historia. Por otra parte, en aquel momento toda la cuadrilla tenía que quedarse cruzada de brazos porque necesitaba que les fueran cambiando de sitio montañas de tierra.

—Ahí dentro hay un montón de palancas.

—Confíe en mí —dijo el chico.

Calvin necesitó unos veinte minutos para averiguar qué palanca se encargaba de cada función. Empezó a mover la tierra. Aquello significaba una bonificación, pero seguía sin ser una auténtica carrera profesional.

En enero de 1968, Calvin cumplió dieciocho años y el Vietcong lanzó la ofensiva del Tet. Calvin estaba viendo la televisión en un bar de Princeton. Después de las noticias vinieron varios anuncios y un breve documental del ejército. En él se mencionaba que, si se estaba en buena forma física, entonces el ejército proporcionaría una educación. Al día siguiente, Calvin entró en la delegación que el ejército estadounidense tenía abierta en Princeton City y dijo:

—Quiero alistarme.

En aquella época cualquier joven de Estados Unidos, si no alegaba alguna circunstancia bastante insólita o recurría al exilio voluntario, terminaba pasando por el servicio militar obligatorio en cuanto cumplía los dieciocho años. El deseo de prácticamente todos los adolescentes, y del doble de padres, era escapar de ello. El sargento mayor sentado detrás del escritorio extendió la mano para recibir la tarjeta de reclutamiento.

—No tengo tarjeta —dijo Cal Dexter—. Me estoy ofreciendo voluntario.

Eso bastó para que le prestaran toda su atención.

El sargento mayor cogió un impreso, manteniendo el contacto ocular igual que hace una comadreja cuando no quiere que se le escape el conejo.

—Bueno, chico, eso está muy bien. Es una decisión muy inteligente por tu parte. ¿Aceptarías un consejo de un viejo veterano?

—Claro.

—Elige tres años de servicio en vez de los dos obligatorios. Así tienes una buena posibilidad de conseguir destinos mejores y ampliar tus posibilidades profesionales. —Se inclinó hacia delante como quien está compartiendo un secreto de Estado—. Con tres años, incluso podrías evitar tener que ir a Vietnam.

—Pero es que yo quiero ir a Vietnam —dijo el chico de los tejanos sucios.

El sargento mayor se lo pensó un poco antes de responder.

—Está bien —dijo finalmente, hablando muy despacio. Hubiese podido decir que allá cada cual con sus gustos, pero lo que dijo fue—: Levanta la mano derecha...

Treinta y tres años después de aquello, el antiguo obrero de la construcción pasó cuatro naranjas por el exprimidor, volvió a frotarse con la toalla la cabeza mojada, y se llevó el montón de periódicos a la sala junto con el zumo de naranja.

Estaba el periódico local, otro de Washington y uno de Nueva York, y, dentro de un envoltorio, una revista técnica. Esa fue la primera que abrió.

Lo mejor de la aviación no es una revista de gran circulación, y en Pennington solo podía obtenerse por correo. Lo mejor de la aviación va dirigida a aquellos que sienten una auténtica pasión por los aeroplanos clásicos y de la Segunda Guerra Mundial. El corredor pasó rápidamente a la sección de anuncios clasificados y estudió el apartado de demandas. Entonces se quedó inmóvil, con el zumo a medio camino de la boca; dejó el vaso y volvió a leer el anuncio. Decía así:

«VENGADOR. Buscado. Oferta seria. No hay límite de precio. Se ruega telefonear».

No había ningún torpedero en picado Grumman Vengador de la guerra del Pacífico que estuviera esperando ser comprado. Todos los aviones de ese modelo estaban expuestos en los museos.

Alguien había descubierto el código de contacto. Había un número. Tenía que corresponder a un móvil.

La fecha era el 13 de mayo de 2001.

2. LA VÍCTIMA

2

LA VÍCTIMA

Ricky Colenso no había nacido para morir a la edad de veinte años dentro de un pozo negro en Bosnia. Las cosas nunca deberían haber terminado de aquella manera. Colenso había nacido para licenciarse en una universidad y vivir su vida en Estados Unidos, con una esposa e hijos y una probabilidad bastante decente de dedicarse a disfrutar de la vida, la libertad y la felicidad. Todo terminó torciéndose porque tenía demasiado buen corazón.

En 1970 un joven y brillante matemático llamado Adrian Colenso consiguió hacerse con la plaza de profesor de matemáticas en la Universidad de Georgetown, justo al lado de Washington. Adrian Colenso tenía veinticinco años, que lo hacían notablemente joven para el puesto.

Tres años después, Adrian Colenso dio un seminario de verano en Toronto, Canadá. Entre las personas que asistieron a dicho seminario, aun cuando entendiese muy poco de lo que estaba diciendo quien lo impartía, había una estudiante asombrosamente guapa llamada Annie Edmond. Se quedó prendada del profesor y organizó una cita a ciegas a través de unas amistades.

Adrian Colenso nunca había oído hablar del padre de ella, lo cual la asombró tanto como deleitó. Annie ya había sido perseguida por media docena de cazadores de fortunas. En el coche que los llevó de vuelta al hotel Annie descubrió que aparte de tener un impresionante dominio del cálculo infinitesimal, el profesor también besaba francamente bien.

Una semana después, Colenso regresó a Washington en avión. La señorita Edmond no era la clase de joven que se da por vencida a las primeras de cambio. Dejó su trabajo, obtuvo una sinecura en el consulado canadiense, alquiló un apartamento justo al lado de la avenida Wisconsin y llegó allí con diez maletas. Dos meses después se casaron. La boda se redujo a una discreta ceremonia celebrada en Windsor, Ontario, y la pareja pasó la luna de miel en Caneel Bay, en las islas Vírgenes estadounidenses.

Como regalo, el padre de la novia le compró a la pareja una gran casa de campo en Foxhall Road, muy cerca de Nebraska Avenue, situada en una de las áreas de aire más rústico y, debido a ello, más buscada de todo Georgetown. La casa se alzaba en media hectárea de terreno boscoso y tenía piscina y pista de tenis. La asignación de la novia cubriría su mantenimiento y el salario del novio se encargaría del resto. El matrimonio se instaló en una existencia doméstica llena de amor.

El pequeño Richard Eric Steven nació en abril de 1975; pronto fue apodado Ricky.

Creció, como millones de otros niños de Estados Unidos, en la seguridad y el cariño de la casa de sus padres, haciendo todas las cosas que hacen los chicos, pasando mucho tiempo en los campamentos de verano, descubriendo y explorando las emociones de las chicas y los coches deportivos, preocupándose por los títulos académicos y la proximidad de los exámenes.

Ricky no era ni brillante como su padre, ni tonto. Había heredado la maliciosa sonrisa de su padre y el atractivo de su madre. Quienes lo conocían lo consideraban un chico encantador. Si alguien le pedía ayuda, Ricky hacía todo lo posible por ayudar. Pero nunca hubiese debido ir a Bosnia.

Se graduó de la secundaria en 1994 y el otoño siguiente fue aceptado en Harvard. Aquel invierno, viendo en la televisión el sadismo de la limpieza étnica y sus consecuencias —el sufrimiento de los refugiados, los programas de ayuda— en un lugar muy lejano llamado Bosnia, Ricky decidió que quería ayudar de algún modo.

Su madre le rogó que se quedara en Estados Unidos, diciéndole que si quería ejercitar su conciencia social había muchos programas de ayuda sin necesidad de ir tan lejos. Pero las imágenes de las aldeas destruidas, los huérfanos que lloraban y los ojos llenos de desesperación de los refugiados habían afectado profundamente a Ricky; tenía que ser Bosnia.

Unas cuantas llamadas telefónicas de su padre le hicieron saber que el responsable de la ayuda era el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados, que tenía una gran delegación en Nueva York. Ricky suplicó que le permitieran unirse a ellos al menos durante el verano, y fue a Nueva York para informarse acerca del procedimiento de inscripción.

A principios de la primavera de 1995, los tres años de guerra en Yugoslavia habían destruido la federación y sembrado la destrucción en la República de Bosnia-Herzegovina. El ACNUR estaba operando allí a gran escala, con unos efectivos de alrededor de cuatrocientos «internacionales» y varios miles de cooperantes reclutados en la zona. El dispositivo lo dirigía un antiguo soldado británico, el barbudo y siempre enérgico Larry Hollingworth, al que Ricky había visto en televisión. El muchacho quería unirse a ellos y ayudar de alguna manera.

La delegación de Nueva York se mostró tan amable como poco entusiasmada. Las ofertas de aficionados les llegaban a carretadas, y las visitas personales ascendían a varias docenas al día. Aquello era las Naciones Unidas; había procedimientos, seis meses de burocracia, se tenían que rellenar suficientes impresos como para romper los amortiguadores a una camioneta, y, dado que Ricky tenía que estar en Harvard cuando llegara el otoño, probablemente al final encontraría una negativa.

El abatido joven estaba bajando en el ascensor al inicio de la hora del almuerzo cuando una secretaria de mediana edad le dirigió una amable sonrisa.

—Si realmente quieres ayudar allí, tendrás que ir directamente a la oficina regional de Zagreb —le dijo—. Ellos aceptan a la gente de la zona. Los que se encuentran sobre el terreno no están tan pendientes de los trámites.

Croacia había formado parte de la Yugoslavia en proceso de desintegración, pero había conseguido la independencia. Ahora constituía un Estado, y muchas organizaciones habían aprovechado la seguridad que ofrecía su capital, Zagreb, para establecerse en ella. Una de esas organizaciones era el ACNUR.

Ricky mantuvo una larga conversación telefónica con sus padres, consiguió que estos terminaran otorgándole su permiso de bastante mala gana e hizo el vuelo Nueva York-Viena-Zagreb. Pero la respuesta siguió siendo la misma: había que rellenar un montón de impresos; en realidad, buscaban compromisos a largo plazo. Los aficionados que iban allí a pasar el verano suponían muchísima responsabilidad y no hacían ninguna aportación seria.

—Lo que deberías hacer es probar suerte con alguna ONG —sugirió el controlador regional, queriendo echarle una mano—. Se reúnen en la cafetería, justo aquí al lado.

El ACNUR podía ser el organismo mundial, pero con él no terminaba la cooperación. Prestar ayuda cuando ha habido algún desastre es toda una actividad económica, y para muchos una profesión. Aparte de las Naciones Unidas y los gobiernos, están las organizaciones no gubernamentales. En aquellos momentos había más de trescientas ONG en Bosnia.

De entre todas ellas, solo los nombres de alrededor de una docena le habrían sonado al gran público: Save the Children (británica), Feed the Children (Estados Unidos), Age Concern, War on Want, Médicos sin Fronteras... Todas ellas estaban allí. Algunas se basaban en la religión, otras eran de origen laico, y muchas de las más pequeñas simplemente se habían creado durante la guerra civil bosnia, impulsadas por las imágenes televisivas transmitidas incesantemente a Occidente. En la parte inferior de la escala estaban los camiones solitarios conducidos a través de Europa por un par de robustos mocetones que se habían puesto de acuerdo para hacerlo mientras tomaban una ronda en su bar favorito. El punto de despegue para iniciar el último tramo del recorrido que terminaba llevando al corazón de Bosnia era Zagreb o el puerto adriático de Split.

Ricky encontró la cafetería, pidió un café y un slivovitz para disipar los efectos del frío viento de marzo que soplaba fuera, y miró alrededor en busca de un posible contacto. Dos horas después, un corpulento barbudo con aspecto de camionero entró en la cafetería. Llevaba una gruesa zamarra de lana y pidió café y un coñac doble con una voz que Ricky situó como procedente de Carolina del Norte o del Sur. Fue hacia el hombretón y se presentó. La suerte le había sonreído.

John Slack era el organizador y distribuidor de ayuda de una pequeña organización benéfica de Estados Unidos llamada Panes y Peces, surgida recientemente de Camino de Salvación, que en un mundo pecaminoso era el sello del reverendo Billy Jones, evangelista televisivo y salvador de almas (a cambio del donativo apropiado) en la muy hermosa ciudad de Charleston. Slack escuchó a Ricky como haría alguien que ya hubiese oído aquello antes.

—¿Puedes conducir un camión, muchacho?

—Sí.

Aquello no era del todo cierto, pero Ricky suponía que un gran camión sería más o menos igual que una camioneta.

—¿Sabes leer un mapa?

—Por supuesto.

—¿Y quieres ganar un buen sueldo?

—No. Cuento con una asignación de mi abuelo.

Un destello burlón brilló en los ojos de John Slack.

—¿No quieres nada? ¿Solo ayudar?

—Eso es.

—De acuerdo, entonces quedas contratado. Yo no opero a gran escala. Voy de un lado para otro y compro alimentos, ropa, mantas, lo que sea, sobre el terreno y principalmente en Austria. Luego lo llevo en camiones a Zagreb, lleno el depósito de combustible y me dirijo hacia Bosnia. Operamos desde Travnik. Ahí abajo hay miles de refugiados.

—Por mí estupendo —dijo Ricky—. Yo pagaré mis gastos.

Slack apuró lo que quedaba de su coñac.

—Vamos, muchacho —dijo.

El camión era un Hanomag alemán de diez toneladas, y antes de cruzar la frontera Ricky ya le había cogido el truco. Tardaron diez horas en llegar a Travnik, relevándose al volante. Era medianoche cuando llegaron al recinto que Panes y Peces tenía a las afueras de la ciudad. Slack le entregó unas cuantas mantas a Ricky.

—Pasa la noche dentro de la cabina —dijo—. Por la mañana te encontraremos un alojamiento.

El dispositivo de ayuda de Panes y Peces era realmente pequeño. Se componía de un segundo camión, que se disponía a partir hacia el norte a recoger más suministros, conducido por un sueco que hablaba en monosílabos; un pequeño cobertizo rodeado por una verja de alambre metálico para mantener fuera a los saqueadores, y otro cobertizo que llamaban almacén y servía para guardar los alimentos ya descargados pero aún por distribuir; tenía tres cooperantes bosnios reclutados en la zona. Además contaba con dos Toyota Landcruiser nuevos de color negro, que se utilizaban para la distribución de los pequeños cargamentos de ayuda. Slack presentó a Ricky a todo el mundo; por la tarde, el recién llegado ya había encontrado alojamiento en la casa de una viuda bosnia. Para ir y volver de la base compró una bicicleta medio desvencijada con una parte del dinero en efectivo que guardaba dentro de un monedero de cinturón. John Slack reparó en él.

—¿Te importaría decirme cuánto dinero llevas dentro de ese monedero? —preguntó.

—He traído mil dólares —respondió Ricky confiadamente—. Solo por si había alguna emergencia.

—Mierda. No los vayas exhibiendo por ahí o la armarás. Estos tipos pueden retirarte de la vida por eso.

Ricky prometió que sería discreto. Los servicios postales, como no tardó en descubrir, eran inexistentes en la medida en que no existía ningún Estado bosnio; como resultado, no había departamento de correos estatal, y los servicios yugoslavos habían desaparecido. John Slack le dijo que cualquier conductor que fuera a Croacia o a Austria echaba al correo cartas y postales para todo el mundo. Ricky escribió rápidamente una postal que extrajo del paquete que había comprado en el aeropuerto de Viena y la echó al morral. El sueco se lo llevó al norte, y una semana después la señora Colenso recibía la postal.

Hubo un tiempo en el que Travnik había sido una próspera ciudad-mercado habitada por serbios, croatas y musulmanes bosnios. Su presencia se reflejaba en las iglesias. Había una iglesia católica para los croatas desplazados, una iglesia ortodoxa para los también desplazados serbios y una docena de mezquitas para la mayoría musulmana, los únicos a quienes se suele llamar bosnios.

Con el estallido de la guerra civil, la comunidad triétnica que había convivido en armonía durante años quedó rota. A medida que un pogromo tras otro recorría el país, la confianza interétnica se evaporaba.

Los serbios se retiraron al norte de los montes Vlasic, que dominan Travnik, y a través del valle del río Lasva entraron en Banja Luka por el lado opuesto.

Los croatas también fueron expulsados; la mayoría de ellos se trasladaron unos quince kilómetros carretera abajo hasta llegar a Vitez. De este modo se formaron tres plazas fuertes de una sola etnia, nutridas con refugiados de su grupo étnico.

En el mundo de los medios de comunicación, los serbios aparecían como impulsores de todos los pogromos, a pesar de que ellos también habían visto cómo comunidades serbias enteras eran aniquiladas cuando vivían en lugares aislados y se encontraban en minoría. La razón era que en la antigua Yugoslavia los serbios habían ejercido el control del ejército; cuando el país estalló en pedazos, se limitaron a hacerse con el 90 por ciento del armamento pesado, lo cual les proporcionó una ventaja insuperable.

Los croatas, que tampoco se quedaban cruzados de brazos cuando se trataba de aniquilar a las minorías no croatas presentes entre ellos, habían obtenido un reconocimiento irresponsablemente prematuro por parte del canciller alemán Köhl; a partir de ese momento pudieron comprar armas en el mercado mundial.

Los bosnios se hallaban básicamente desarmados, y se mantuvieron así siguiendo los consejos de los políticos europeos. Como resultado, fueron los que padecieron más brutalidades. A finales de la primavera de 1995 Estados Unidos, horrorizado y harto de estarse quieto sin hacer nada, utilizó su poderío militar para dar una buena tunda a los serbios y obligar a todas las partes a sentarse a una mesa de negociaciones en Dayton, Ohio. Los acuerdos de Dayton fueron llevados a la práctica ese mes de noviembre. Ricky Colenso no llegaría a verlo.

Cuando Ricky llegó a Travnik, la población ya había encajado un montón de obuses disparados desde posiciones serbias desperdigadas por las montañas. La mayoría de los edificios estaban envueltos en sudarios de tablas que se apoyaban contra las paredes. Si eran alcanzadas por un «inmigrante» las tablas quedaban convertidas en madera para fósforos, pero al menos salvaban la casa que había dentro. La mayor parte de los vidrios de las ventanas estaban rotos y habían sido sustituidos con plásticos. Por el momento, la mezquita principal, pintada de vivos colores, se había librado inexplicablemente de un impacto directo. Los dos edificios de mayores dimensiones de la ciudad, el gymnasium (la escuela secundaria) y la en otro tiempo famosa Escuela de Música, estaban llenos de refugiados.

Sin poder acceder a los campos de los alrededores y careciendo por ello de acceso a sus cosechas, los refugiados, que ascendían al triple de la población original, dependían de las agencias de ayuda para sobrevivir. Ahí era donde entraba en juego Panes y Peces, junto con una docena más de pequeñas ONG presentes en Travnik.

Los dos Landcruiser podían ser cargados hasta los topes con doscientos veinticinco kilos de ayuda humanitaria, y aun así llegar a las distintas aldeas y pueblecitos donde la necesidad era todavía mayor que en el centro de Travnik. Ricky accedió de buena gana a hacerse cargo del transporte de alimentos por los caminos de montaña que conducían hacia el sur.

Cuatro meses después de estar sentado en Georgetown, viendo en la pantalla del televisor las imágenes de miseria humana que lo habían llevado hasta allí, Ricky era feliz. Estaba haciendo lo que había ido a hacer. Se sentía conmovido por la gratitud de los campesinos de rostros nudosos y sus niños morenos de ojos como platos, que acudían al centro de una aldea aislada, en la que hacía una semana que no comían, para verlo descargar sacos de trigo, maíz, leche en polvo y sopa concentrada.

Ricky creía que así estaba devolviendo de alguna manera todos los beneficios y comodidades que un Dios benévolo, en el cual creía firmemente, le había otorgado en el momento de su nacimiento por el simple hecho de haberlo creado estadounidense.

No hablaba ni una palabra de serbocroata, la lengua común de toda Yugoslavia, ni el dialecto bosnio. No tenía ni idea de la geografía local, de adónde llevaban los caminos de montaña, de qué lugares eran seguros y cuáles podían ser peligrosos.

John Slack lo emparejó con uno de los cooperantes bosnios, un joven llamado Fadil Sulejman, que hablaba razonablemente bien el inglés aprendido en la escuela y que a partir de aquel momento pasó a actuar como su guía, intérprete y navegante.

A lo largo de abril y durante la primera quincena de mayo, Ricky envió cada semana una carta o una postal a sus padres, y con mayores o menores retrasos, dependiendo de quién iba a ir al norte para comprar suministros, sus cartas y sus postales llegaron a Georgetown luciendo sellos croatas o austríacos.

Fue en la segunda semana de mayo cuando Ricky se encontró solo y a cargo de la totalidad del depósito. El motor del camión del sueco Lars había sufrido una grave avería en una solitaria carretera de montaña en Croacia, al norte de la frontera pero a escasa distancia de Zagreb. John Slack había cogido uno de los Landcruiser para echarle una mano y poner de nuevo en servicio el vehículo.

Entonces fue cuando Fadil Sulejman le pidió un favor a Ricky.

Como miles de las personas que había en Travnik, Fadil se había visto obligado a huir de su casa cuando la marea de la guerra empezó a avanzar hacia ella. Le explicó a Ricky que el hogar de su familia había estado en una granja, o pequeña propiedad, en un valle situado en lo alto de las laderas de los montes Vlasic. Ahora necesitaba desesperadamente saber si quedaba algo de él. ¿Le habrían prendido fuego o se habría salvado? ¿Todavía estaría en pie? Cuando empezó la guerra, su padre había enterrado algunos tesoros familiares debajo de un granero. ¿Seguirían aún allí? En una palabra, ¿podía ir Fadil a visitar el hogar de sus padres por primera vez en tres años?

Ricky le dijo a Fadil que podía tomarse todo el tiempo libre que necesitara para ir allí, pero el verdadero problema no era ese. Solo un vehículo todoterreno podría avanzar por los caminos de montaña, resbaladizos a causa de las lluvias primaverales. Aquello significaba usar el Landcruiser.

Ricky se encontró ante un dilema. Quería ayudar, y estaba dispuesto a pagar la gasolina, pero ¿era realmente segura la montaña? En el pasado las patrullas serbias se habían dedicado a recorrerla y emplazar su artillería para bombardear Travnik, situado debajo.

De aquello ya hacía un año, insistió Fadil. Ahora las laderas del sur, donde estaba la granja de sus padres, eran totalmente seguras. Ricky titubeó y finalmente, conmovido por las súplicas de Fadil y preguntándose qué se debía de sentir cuando se pierde el hogar, accedió. Con una condición: él también iría.

De hecho, con el sol de primavera el trayecto resultaba muy agradable. Dejaron la ciudad a sus espaldas y subieron unos quince kilómetros por la carretera principal que llevaba a Donji Vakuk antes de torcer hacia la derecha.

La carretera no dejaba de ascender, además de deteriorarse hasta convertirse en un sendero, también ascendente. Por todas partes los rodeaban fresnos, hayas y robles que lucían su follaje primaveral. Era, pensó Ricky, casi como estar en la parte del Shenandoah donde había acampado en una ocasión con un grupo de la escuela. Empezaron a derrapar en las curvas, y Ricky admitió que nunca hubiesen conseguido avanzar sin la tracción en las cuatro ruedas.

Los robles cedían paso a las coníferas, y a los mil quinientos metros de altitud entraron en un valle que, invisible desde el camino que discurría muy por debajo de él, parecía una especie de refugio secreto. En el corazón del valle encontraron la granja. Su chimenea de piedra había sobrevivido, pero el resto había sido incendiado y saqueado. Varios graneros deteriorados por el tiempo, a los cuales no habían prendido fuego, se alzaban entre las viejas cercas para el ganado. Ricky miró la cara de Fadil y dijo:

—No sabes cómo lo siento.

Bajaron del todoterreno junto a la ennegrecida chimenea; Ricky esperó mientras Fadil caminaba a través de las cenizas húmedas, dando patadas aquí y allá a lo que quedaba del lugar en que se había criado. Ricky lo siguió y pasó junto al aprisco del ganado y el pozo negro, rebosante de su nauseabundo contenido engrosado por las lluvias, para ir a los graneros en los que el padre de Fadil podía haber escondido los tesoros de la familia con el fin de salvarlos de los merodeadores. Entonces oyeron agitación y gimoteos.

Los dos hombres los encontraron debajo de una lona empapada y maloliente. Había seis niños, diminutos, encogidos y aterrorizados, con edades que iban desde los cuatro años hasta los diez. Eran cuatro niños y dos niñas, la mayor de las cuales era aparentemente la madre sustituta y jefa del grupo. En cuanto vieron a los dos hombres que los miraban, se quedaron paralizados de miedo. Fadil empezó a hablarles suavemente. Pasado un rato, la chica le contestó.

—Son de Gorica, un pueblecito que queda a unos siete kilómetros de aquí siguiendo la ladera de la montaña —tradujo Fadil—. Gorica quiere decir «pequeña colina». Yo lo conocía.

—¿Qué ocurrió?

Fadil habló un poco más en el dialecto local. La chica volvió a responder, y luego se echó a llorar.

—Vinieron hombres. Serbios, paramilitares.

—¿Cuándo?

—Anoche.

—¿Y qué sucedió?

Fadil suspiró.

—Era un pueblecito muy pequeño —dijo—. Cuatro familias, veinte adultos, puede que unos doce niños... Ahora ya no queda nadie, porque todos están muertos. En cuanto empezó el combate, sus padres les gritaron que huyeran. Escaparon en la oscuridad.

—¿Huérfanos? ¿Todos ellos?

—Todos ellos.

—Santo Dios, menudo país... Tenemos que meterlos en el todoterreno y bajarlos al valle —dijo el muchacho que había venido de Estados Unidos.

Sacaron a los niños, cada uno cogido de la mano del otro mayor que él para formar una cadena, del granero a la intensa claridad del sol. Los pájaros cantaban. Era un valle muy hermoso.

Entonces vieron a los hombres donde empezaban los árboles. Había diez en dos jeeps GAZ rusos con camuflaje del ejército. Los hombres también llevaban uniformes de camuflaje. Iban fuertemente armados.

Tres semanas más tarde, después de limpiar y sacar brillo al buzón de correos, enfrentándose a otro día más sin ninguna postal, la señora Annie Colenso marcó un número de teléfono de Windsor, Ontario. Respondieron al segundo timbrazo y Annie reconoció la voz de la secretaria privada de su padre.

—Hola, Jean. Soy Annie. ¿Está ahí mi padre?

—Desde luego, señora Colenso. Ahora mismo le pongo con él.

3. EL MAGNATE

3

EL MAGNATE

Había diez jóvenes pilotos dentro del cobertizo de la escuadrilla A, y otros ocho en la puerta contigua, que correspondía a la escuadrilla B. En el exterior, dos o tres Hurricane se alineaban inmóviles sobre el reluciente verdor de la hierba del aeródromo, con ese inconfundible aspecto de hallarse al acecho que les daba la protuberancia del fuselaje detrás de la carlinga. No eran nuevos: sus remiendos de tela revelaban cicatrices de combate sobre Francia durante la quincena anterior.

El estado de ánimo que imperaba dentro de los cobertizos no podía ofrecer un contraste más marcado con el cálido sol veraniego del 25 de junio de 1940 que lucía sobre el campo de Coltishall, Norfolk, Inglaterra. El estado de ánimo que imperaba entre los hombres del escuadrón 242 de la Real Fuerza Aérea, conocido como «el escuadrón canadiense», nunca había sido más tenebroso, y lo cierto era que existía una buena razón para ello.

El 242 llevaba combatiendo casi desde que se había disparado el primer tiro en el frente occidental. Aunque perdida de antemano, habían librado la batalla por Francia desde la frontera oriental hasta la costa del Canal. Mientras la gran máquina de la guerra relámpago de Hitler seguía avanzando y dejaba a un lado al ejército francés, los pilotos que trataban de detener el torrente se encontraban con que sus bases habían sido evacuadas y trasladadas un poco más hacia atrás cuando ellos todavía estaban en el aire. Tenían que buscar desesperadamente la comida, los alojamientos, los repuestos y el combustible. Cualquiera que haya formado parte en alguna ocasión de un ejército que está batiéndose en retirada sabrá que la palabra que lo define todo en semejantes situaciones es «caos».

Cruzando de nuevo el canal desde Inglaterra, habían librado la segunda batalla, entonces sobre las arenas de Dunquerque, mientras debajo de ellos el ejército británico intentaba salvar lo que podía de la desbandada abordando cualquier cosa que flotara para regresar remando a Inglaterra, cuyos blancos acantilados eran tentadoramente visibles a través de la llanura del mar en calma.

Para cuando el último tommy de la infantería inglesa hubo sido evacuado de aquella horrible playa y los últimos defensores del perímetro pasaron a ser cautivos de los alemanes durante cinco años, los canadienses estaban exhaustos. Habían sufrido un terrible castigo: nueve muertos y tres heridos, más otros tres derribados y hechos prisioneros.

Tres semanas después todavía se encontraban atrapados en Coltishall, sin disponer de repuestos o herramientas para sustituir a los que abandonaron en Francia. Su jefe, el comandante de escuadrón Papá Gobiel, estaba enfermo desde hacía semanas, y ya no volvería a mandarlos. Aun así, los británicos les habían prometido un nuevo comandante, que esperaban en cualquier momento.

Un pequeño deportivo con la capota bajada apareció de entre los hangares y se detuvo cerca de los dos cobertizos de madera que alojaban a las tripulaciones. Un hombre se apeó de él, moviéndose con cierta dificultad. Nadi

Suscríbete para continuar leyendo y recibir nuestras novedades editoriales

¡Ya estás apuntado/a! Gracias.X

Añadido a tu lista de deseos