La princesa Irulan escribe:
Cualquier estudiante consciente ha de comprender que la historia no tiene principio. Con independencia de cuándo empiece la historia, siempre hay héroes y tragedias tempranas.
Antes de que alguien pueda comprender a Muad’Dib o la actual yihad que siguió al derrocamiento de mi padre, el emperador Shaddam IV, ha de comprender contra qué luchamos. Por consiguiente, ha de remontarse a más de diez mil años de antigüedad, diez milenios antes del nacimiento de Paul Atreides.
Es ahí donde encontramos la fundación del Imperio, donde vemos a un emperador alzarse de las cenizas de la batalla de Corrin para unificar los restos diezmados de la humanidad. Investigaremos los documentos históricos más antiguos, los mitos de Dune, la época de la Gran Revuelta, más conocida como Yihad Butleriana.
La terrible guerra contra las máquinas pensantes fue la génesis de nuestro universo político y comercial. Escuchad la historia de los humanos libres que se rebelaron contra la dominación de robots, ordenadores y cimeks. Fijaos en los cimientos de la gran traición que convirtió en enemigos mortales a la Casa Atreides y la Casa Harkonnen, una violenta enemistad que se prolonga hasta nuestros días. Conoced las raíces de la hermandad Bene Gesserit, de la Cofradía Espacial y sus navegantes, de los Maestros Espadachines de Ginaz, de la Escuela de médicos Suk, de los mentat. Presenciad la vida de los zensunni errantes que huyeron al desierto de Arrakis, donde se convirtieron en nuestros soldados más grandes, los fremen.
Tales acontecimientos condujeron al nacimiento y vida de Muad’Dib.
Mucho antes de Muad’Dib, en los últimos días del Imperio Antiguo, la humanidad perdió su vigor. La civilización terrestre se había esparcido por las estrellas, pero llegó a un momento de estancamiento. Carente de ambiciones, la mayoría de la gente permitía que máquinas eficientes se encargaran de todas las tareas cotidianas. Poco a poco, los humanos dejaron de pensar, soñar… o vivir.
Entonces, llegó un hombre del lejano sistema de Thalim, un visionario que adoptó el nombre de Tlaloc, en honor de un antiguo dios de la lluvia. Habló a las multitudes lánguidas, intentó revivir su espíritu humano, sin logros aparentes. Pero algunos inadaptados escucharon el mensaje de Tlaloc.
Estos nuevos pensadores se reunieron en secreto y buscaron formas de cambiar el Imperio, siempre que pudieran derrocar a sus estúpidos gobernantes. Renunciaron a sus nombres de pila y asumieron los apelativos de grandes dioses y héroes. Entre ellos descollaban el general Agamenón y su amante Juno, cuyo talento para elegir la táctica adecuada no tenía parangón. Estos dos reclutaron al experto programador Barbarroja, quien diseñó un plan para transformar las ubicuas máquinas serviles del Imperio en intrépidos agresores, al dotar a la inteligencia artificial de sus cerebros de ciertas características humanas, incluyendo la ambición de conquistar. Después, varios humanos más se unieron a los audaces rebeldes. En total, veinte mentes geniales formaron el núcleo de un movimiento revolucionario que derrocó al Imperio Antiguo.
Victoriosos, se autodenominaron los titanes, en honor a los dioses griegos más antiguos. Guiados por el visionario Tlaloc, los veinte se distribuyeron la administración de planetas y pueblos, e impusieron sus dictados gracias a las agresivas máquinas pensantes de Barbarroja. Conquistaron casi toda la galaxia conocida.
Algunos grupos de resistentes reagruparon sus defensas en la periferia del Imperio Antiguo. Formaron su propia confederación (la Liga de Nobles), lucharon contra los Veinte Titanes y, después de muchas batallas sangrientas, conservaron su libertad. Detuvieron el empuje de los titanes y les repelieron.
Tlaloc juró que algún día dominaría a aquellos indeseables, pero al cabo de menos de una década en el poder, el líder visionario murió en un trágico accidente. El general Agamenón heredó el liderazgo de Tlaloc, pero la muerte de su amigo y mentor constituía un sombrío recordatorio de la mortalidad de los titanes.
Agamenón y su amante Juno, que aspiraban a gobernar durante siglos, aceptaron correr un grave riesgo. Ordenaron que les extirparan el cerebro mediante una operación quirúrgica y lo implantaran en contenedores susceptibles de ser instalados en diversos cuerpos mecánicos. Uno a uno, cuando los titanes restantes sintieron la proximidad de la vejez y la vulnerabilidad, todos se fueron convirtiendo en «cimeks», máquinas con mentes humanas.
La Era de los Titanes duró un siglo. Los usurpadores cimeks gobernaban sus diversos planetas, y utilizaban ordenadores y robots cada vez más sofisticados para imponer el orden. Pero un desdichado día, el hedonista titán Jerjes, ansioso por disponer de más tiempo para sus placeres, permitió un acceso excesivo a su extensa red de inteligencia artificial.
La red informática consciente se apoderó de todo un planeta, al que siguieron otros. La avería se propagó como un virus de un planeta a otro, y la «mente» informática creció en poder y alcance. La inteligente y adaptable red, que se autodenominó Omnius, conquistó todos los planetas gobernados por titanes antes de que los cimeks tuvieran tiempo de alertarse mutuamente del peligro.
A continuación, Omnius se dispuso a establecer y mantener el orden a su manera, muy estructurada, y a oprimir a los humillados cimeks. Dueños del Imperio hasta aquel momento, Agamenón y sus compañeros se convirtieron en servidores reticentes de la ubicua mente.
En la época de la Yihad Butleriana, hacía mil años que Omnius y sus máquinas pensantes gobernaban con mano de hierro los Planetas Sincronizados.
Pese a ello, grupos de humanos libres resistían en los confines del Imperio, unidos para asegurar su mutua protección, como espinas clavadas en los costados de las máquinas pensantes. Siempre que eran atacados, la Liga de Nobles se defendía con eficacia.
Pero las máquinas pensantes siempre estaban desarrollando nuevos planes.
Cuando los humanos crearon un ordenador capaz de almacenar información y aprender de ella, firmaron la sentencia de muerte de la humanidad.
HERMANA BECCA LA FINITA
Salusa Secundus pendía como un pendiente tachonado de joyas en el desierto del espacio, un oasis de riquezas y campos fértiles, plácido y agradable para los sensores ópticos. Por desgracia, estaba infestado de humanos en estado salvaje.
La flota robótica se aproximó al planeta capital de la Liga de Nobles. Las naves de guerra blindadas estaban erizadas de armas, objetos enormes de una extraña belleza con sus capas protectoras de aleación reflectante, sus adornos de antenas y sensores. Los motores de popa arrojaban fuego puro, y propulsaban las naves hasta aceleraciones que habrían aplastado a simples pasajeros biológicos. Las máquinas pensantes no necesitaban sistemas de mantenimiento vital ni comodidades físicas. En este momento, estaban concentradas en destruir a los restos de la resistencia humana agazapados en los límites exteriores de los Planetas Sincronizados.
En el interior de su nave en forma de pirámide, el general cimek Agamenón dirigía el ataque. La gloria o la venganza eran ajenas a la lógica de las máquinas pensantes, pero no a la de Agamenón. Su cerebro humano, en alerta máxima dentro de su contenedor, seguía segundo a segundo el desarrollo de los planes.
La flota principal de naves de guerra se adentró en el sistema infestado de humanos, arrolló a las tripulaciones de las sorprendidas naves de vigilancia como una avalancha surgida del espacio. Cinco de ellas abrieron fuego para detener a los atacantes, pero casi todos sus proyectiles fueron demasiado lentos para alcanzar a los invasores. Disparos afortunados destruyeron o averiaron a un puñado de naves robot, y el mismo número de naves humanas resultaron desintegradas, no porque constituyeran una amenaza concreta, sino porque se interpusieron en el camino de los proyectiles.
Solo unas cuantas naves de reconocimiento alejadas de la refriega lograron transmitir la advertencia al vulnerable Salusa Secundus. Las naves de guerra robóticas desintegraron el difuso perímetro interior de las defensas humanas, sin reducir ni un momento su velocidad, en pos del verdadero objetivo. La flota de máquinas pensantes, que se estremecían debido a la extrema deceleración, llegaría poco después de que la capital recibiera la información.
Los humanos no tendrían tiempo de prepararse.
La flota robótica era diez veces más grande y potente que cualquier otra fuerza enviada por Omnius contra la Liga de Nobles. Los humanos se habían confiado, al no haber sufrido ninguna agresión robótica a gran escala durante el último siglo de precaria guerra fría. Pero las máquinas podían esperar mucho tiempo, y ahora Agamenón y sus titanes supervivientes iban a aprovechar la oportunidad.
Descubiertas por diminutas sondas espía, la liga había instalado en fecha reciente una serie de defensas, en teoría invencibles, contra máquinas pensantes de circuitos gelificados. La inmensa flota robot esperaría a una distancia prudencial, mientras Agamenón y su pequeña vanguardia de cimeks se lanzaban a la misión, tal vez suicida, de abrir la puerta.
Agamenón no cabía en sí de impaciencia. Los desventurados humanos ya estarían disparando alarmas, preparando defensas…, muertos de miedo. Gracias al electrolíquido que mantenía vivo su cerebro incorpóreo, Agamenón transmitió una orden a las tropas de asalto cimeks.
—Vamos a destruir el corazón de la resistencia humana. ¡Adelante!
Durante un espantoso milenio, Agamenón y sus titanes se habían visto obligados a servir a la mente informática, Omnius. Aplastados bajo su férula, los ambiciosos pero derrotados cimeks habían desviado su frustración contra la Liga de Nobles. Un día, el general confiaba en revolverse contra el propio Omnius, pero hasta el momento no se había presentado la oportunidad.
La liga había dispuesto nuevos escudos descodificadores alrededor de Salusa Secundus. Tales campos destruirían los sofisticados circuitos gelificados de todos los ordenadores con inteligencia artificial, pero las mentes humanas podrían sobrevivir. Y si bien poseían sistemas mecánicos y cuerpos robóticos intercambiables, los cimeks aún tenían cerebros humanos.
Por lo tanto, podrían atravesar las defensas sin sufrir el menor daño.
Salusa Secundus llenó el campo de visión de Agamenón. El general había estudiado con todo detalle proyecciones tácticas, y aplicado la experiencia militar que había desarrollado a lo largo de siglos, además de su intuición innata para el arte de conquistar. Sus dotes habían permitido que tan solo veinte rebeldes se apoderaran de un imperio…, hasta que Omnius les despojó de todo.
Antes de lanzar este importante ataque, la supermente había insistido en realizar un simulacro tras otro, con el fin de desarrollar planes para cada contingencia. Agamenón, por su parte, sabía que era inútil planificar con excesiva precisión en lo tocante a los ingobernables humanos.
Mientras la inmensa flota robot se enfrentaba a las defensas orbitales y naves periféricas de la liga, la mente de Agamenón sondeó desde su contenedor conectado con los sensores, y sintió que le guiaban como un extensión de su desaparecido cuerpo humano. Las armas integradas formaban parte de él. Veía con un millar de ojos, y los potentes motores le daban la sensación de poseer de nuevo piernas musculosas y de poder correr como el viento.
—Preparaos para el ataque terrestre. En cuanto nuestros blindados penetren en las defensas salusanas, hemos de proceder con celeridad. —Al recordar las cámaras que grababan hasta el último momento de la batalla para el posterior escrutinio de la supermente, añadió—: Arrasaremos este asqueroso planeta por la gloria de Omnius. —Agamenón aminoró la velocidad de descenso, y los demás le imitaron—. Jerjes, toma el mando. Envía por delante a tus neocimeks.
Jerjes, vacilante como de costumbre, se quejó.
—¿Contaré con tu apoyo total? Esta es la parte más peligrosa del…
Agamenón le silenció.
—Agradece esta oportunidad de demostrar tu valor. ¡Muévete de una vez! Cada segundo de retraso concede más tiempo a los hrethgir.
Era el término despectivo que las máquinas inteligentes y sus lacayos cimeks utilizaban para designar a las sabandijas humanas.
Otra voz sonó en el comunicador: el robot al mando de la flota que luchaba contra las fuerzas defensivas humanas situadas en la órbita de Salusa.
—Esperamos vuestra señal, general Agamenón. La resistencia humana se está intensificando.
—Vamos a proceder. ¡Jerjes, obedece mis órdenes!
Jerjes, que nunca oponía gran resistencia, se abstuvo de hacer más comentarios y llamó a tres neocimeks, máquinas de última generación con mente humana. El cuarteto de naves en forma de pirámide apagó sus sistemas auxiliares, y sus transportes blindados penetraron sin guía en la atmósfera. Durante unos peligrosos momentos serían blanco fácil, y las defensas tierra-aire de la liga tal vez alcanzarían a algunos, pero el grueso blindaje les protegería de lo peor del impacto, y los mantendría incólumes incluso cuando aterrizaran con violencia en las afueras de Zimia, la capital, donde se hallaban las principales torres generadoras de escudos protectores.
Hasta el momento, la Liga de Nobles había defendido a la humanidad de la eficacia organizada de Omnius, pero los salvajes organismos biológicos apenas sabían gobernarse, y a menudo no se ponían de acuerdo a la hora de tomar decisiones importantes. En cuanto Salusa Secundus fuera aplastado, la inestable alianza se desintegraría presa del pánico, y la resistencia se desmoronaría.
Pero los primeros cimeks de Agamenón tenían que desconectar los escudos protectores. Entonces, Salusa quedaría indefenso y tembloroso, preparado para que la flota robot asestara el golpe de muerte, como una enorme bota mecánica que aplastara a un insecto.
El líder cimek colocó en posición su transporte blindado, dispuesto a dirigir la segunda oleada con el resto de la flota exterminadora. Agamenón cerró todos los sistemas informatizados y siguió a Jerjes. Su cerebro flotaba en un limbo dentro del contenedor de seguridad. Ciego y sordo, el general no sintió el calor ni las violentas vibraciones cuando su blindado se precipitó hacia el objetivo desprevenido.
La máquina inteligente es un genio maligno, escapado de su botella.
BARBARROJA,
Anatomía de una rebelión
Cuando la red sensora de Salusa detectó la llegada de la flota de guerra robótica, Xavier Harkonnen se puso en acción de inmediato. Una vez más, las máquinas pensantes querían poner a prueba las defensas de la humanidad libre.
Aunque ostentaba el rango de tercero en la milicia salusana (la rama autónoma local de la Armada de la Liga), Xavier aún no había nacido cuando se produjeron las últimas escaramuzas reales contra los planetas de la liga. La batalla más reciente había ocurrido casi cien años antes. Después de tanto tiempo, las agresivas máquinas tal vez imaginaban que las defensas humanas eran débiles, pero Xavier juró que se equivocarían.
—Primero Meach, hemos recibido un aviso urgente y unas imágenes tomadas por una nave de reconocimiento desde la periferia —dijo a su comandante—. Pero la comunicación se cortó.
—¡Miradlos! —chilló el quinto Wilby cuando vio imágenes procedentes de la red sensora exterior. El oficial de rango menor se hallaba ante una hilera de paneles de instrumentos, junto con otros soldados, dentro del edificio abovedado—. Omnius nunca había enviado algo semejante.
Vannibal Meach, el menudo pero vociferante primero de la milicia salusana, se encontraba en el centro de control de las defensas planetarias, y asimilaba con frialdad el caudal de información.
—Nuestro último informe del perímetro es de hace horas, debido al retraso con el que llegan las señales. En estos momentos, estarán trabadas en combate con nuestras naves de vigilancia, y tratarán de acercarse más. No lo conseguirán, por supuesto.
Si bien esta era la primera advertencia de la invasión inminente, reaccionó como si hubiera esperado que las máquinas se presentaran en cualquier momento.
A la luz de la sala de control, el pelo castaño oscuro de Xavier destellaba con tonos canela. Era un joven serio, proclive a la sinceridad y a desdeñar los términos medios. Como miembro del tercer rango militar, el tercero Harkonnen era el subcomandante de los puestos exteriores de la defensa local. Muy admirado por sus superiores, Xavier había ascendido con celeridad. Como sus soldados también le respetaban, era el tipo de hombre al que seguirían a la batalla sin pensarlo dos veces.
Pese al tamaño y potencia de fuego de la fuerza robótica, se obligó a mantener la calma, solicitó informes a las naves de vigilancia más cercanas y puso en alerta máxima a la flota defensiva espacial. Los comandantes de las naves de guerra ya habían dado aviso a sus tripulaciones de que estuvieran preparadas para la batalla, desde el momento en que oyeron la transmisión urgente de las naves de reconocimiento, ahora destruidas.
Los sistemas automáticos zumbaban alrededor de Xavier. Mientras escuchaba las sirenas fluctuantes, la sucesión incesante de órdenes y los informes de la situación que llegaban a la sala de control, exhaló un largo suspiro y estableció una prioridad de tareas.
—Podemos detenerles —dijo—. Les detendremos.
Su voz transmitía un tono autoritario, como si fuera mucho mayor y estuviera acostumbrado a luchar contra Omnius cada día. En realidad, era la primera vez que iba a enfrentarse a las máquinas pensantes.
Años antes, un ataque sorpresa cimek había acabado con la vida de sus padres y su hermano mayor, cuando regresaban de inspeccionar las propiedades familiares en Hagal. Las fuerzas mecánicas siempre habían significado una amenaza para la Liga de Nobles, pero los humanos y Omnius habían mantenido una paz precaria durante décadas.
—Póngase en contacto con el segundo Lauderdale, y con todas las naves de guerra de la periferia. Dígales que procuren destruir todo enemigo que encuentren a su paso —dijo el primero Meach, y luego suspiró—. Nuestros grupos de batalla pesados tardarán medio día a máxima aceleración en llegar desde la periferia, pero es posible que las máquinas estén intentando abrirse paso todavía en ese momento. Podría ser un día de gloria para nuestros chicos.
El cuarto Young obedeció la orden con eficiencia. Envió un mensaje que tardaría horas en llegar a las afueras del sistema.
Meach cabeceó con aire ausente y repitió la secuencia tantas veces ensayada. Como siempre vivían bajo la amenaza de las máquinas, la milicia salusana se entrenaba con regularidad para hacer frente a todas las eventualidades posibles, al igual que los destacamentos de la Armada en todos los sistemas principales de la liga.
—Active los escudos defensivos Holtzman que rodean el planeta y prevenga a todo el tráfico comercial aéreo y espacial. Quiero que la potencia del transmisor de escudo de la ciudad funcione a máxima potencia dentro de diez minutos.
—Eso debería bastar para freír los circuitos gelificados de cualquier máquina pensante —dijo Xavier con forzada confianza—. Todos hemos visto los experimentos.
Solo que esto no es un experimento.
En cuanto el enemigo se topara con las defensas que los salusanos habían instalado, confiaba en que se retirarían al calcular un número excesivo de bajas. Las máquinas pensantes no eran aficionadas a correr riesgos.
Echó un vistazo a un panel. Pero hay muchas.
Después, se irguió y comunicó las malas noticias.
—Primero Meach, si los datos sobre la velocidad de la flota robótica son correctos, incluso a velocidad de deceleración se desplazan casi con la misma rapidez que la señal de advertencia recibida de nuestras naves de reconocimiento.
—¡Ya podrían estar aquí! —exclamó el quinto Wilby.
Meach reaccionó al instante.
—¡Den la señal de evacuación! Que abran los refugios subterráneos.
—Evacuación en marcha, señor —informó la cuarto Young momentos después, mientras sus dedos volaban sobre los paneles. La muchacha oprimió un cable de comunicación fijo a su sien—. Estamos enviando al virrey Butler toda la información de que disponemos.
Serena está con él en el Parlamento, recordó Xavier cuando pensó en la joven de diecinueve años. Estaba muy preocupado por ella, pero no se atrevió a revelar su miedo a sus compañeros. Todo en su momento y lugar adecuados.
Vio en sus mentes los numerosos hilos que debía tejer, cumpliendo su misión mientras el primero Meach dirigía la defensa global.
—Cuarto Chiry, tome un escuadrón y escolte al virrey Butler, su hija y a todos los representantes de la liga hasta los refugios subterráneos.
—Ya tendrían que estar en camino, señor —dijo el oficial.
Xavier le dirigió una tensa sonrisa.
—¿Confía en que los políticos actúen con inteligencia?
El cuarto corrió a obedecer la orden.
Casi todas las historias han sido escritas por los vencedores de los conflictos, pero las escritas por los vencidos (si sobreviven) suelen ser más interesantes.
IBLIS GINJO,
El paisaje de la humanidad
Salusa Secundus era un planeta verde de clima templado, el hogar de cientos de millones de humanos libres alineados en la Liga de Nobles. Los acueductos transportaban abundante agua de un lugar a otro. Alrededor del centro gubernativo y cultural de Zimia, las colinas ondulantes estaban cubiertas de viñedos y olivos.
Momentos antes de que las máquinas pensantes atacaran, Serena Butler subió al estrado de discursos del Parlamento. Gracias a los servicios públicos que prestaba, así como a las argucias de su padre, se le había concedido la oportunidad de dirigirse a los representantes.
El virrey Manion Butler había aconsejado en privado a su hija que fuera sutil, que se expresara con términos sencillos.
—Paso a paso, querida. Lo que une a nuestra liga no es más que el hilo de un enemigo común, no una serie de valores o creencias compartidos. Nunca ataques el estilo de vida de los nobles.
Era el tercer discurso de su breve carrera política. En los anteriores, se había expresado con brutal sinceridad, pues aún no comprendía el ballet de la política, y sus ideas habían sido recibidas con una mezcla de bostezos y risitas provocadas por su ingenuidad. Quería terminar con la práctica de la esclavitud humana, adoptada de vez en cuando por algunos planetas de la liga. Quería que todos los humanos fueran iguales, procurar que todos recibieran alimentación y protección.
—Es posible que la verdad ofenda. Intentaba que se sintieran culpables.
—Solo conseguiste que hicieran oídos sordos a tus palabras.
Serena había suavizado el tono del discurso para incorporar el consejo de su padre, pero sin renunciar a sus principios. Paso a paso. Ella también aprendería con cada paso. Siguiendo el consejo de su padre, había hablado en privado con representantes que compartían sus puntos de vista, logrado algunos apoyos y unos pocos aliados antes de la hora de la verdad.
Alzó la barbilla, procuró que su expresión fuera más autoritaria que ansiosa y entró en la cámara de grabaciones que rodeaba el estrado como una cúpula geodésica. Su corazón rebosaba de buenas intenciones. Sintió una luz cálida cuando el mecanismo de proyección transmitió imágenes ampliadas de ella al exterior de la cúpula.
Una pequeña pantalla situada sobre el estrado permitía que viera su imagen proyectada: un rostro dulce de belleza clásica, hipnóticos ojos lavanda y pelo castaño de reflejos ambarinos con mechas doradas naturales. Llevaba en la solapa izquierda una rosa blanca procedente de sus jardines, cuidados con mimo. El proyector lograba que Serena pareciera todavía más joven, pues el mecanismo había sido manipulado por los nobles para disimular el efecto de los años sobre sus facciones.
El virrey Butler, ataviado con sus mejores galas doradas y negras, sonrió con orgullo a su hija desde su palco, situado delante del público. El sello de la Liga de Nobles adornaba su solapa, una mano humana abierta ribeteada en oro, que representaba la libertad.
Comprendía el optimismo de Serena, pues recordaba ambiciones similares que había albergado en su juventud. Siempre había sido paciente con las cruzadas de su hija. Ayudaba a la joven a recaudar fondos para los refugiados de ataques robóticos, permitía que viajara a otros planetas para atender a los heridos, o para rebuscar entre los escombros y colaborar en la reconstrucción de los edificios incendiados. Serena nunca había tenido miedo de ensuciarse las manos.
—Las mentes estrechas erigen barreras empecinadas —le había dicho su madre en una ocasión—. Pero contra estas barreras, las palabras constituyen armas formidables.
Los dignatarios hablaban entre susurros. Algunos sorbían bebidas o comían los aperitivos que les habían servido en sus asientos. Un día como otro cualquiera en el Parlamento. Apoltronados en sus villas y mansiones, no recibían de buen grado los cambios. Sin embargo, la posibilidad de herir sus egos no iba a impedir que Serena dijera lo que pensaba.
Activó el sistema de proyección auditiva.
—Muchos de vosotros pensáis que defiendo ideas necias porque soy joven, pero tal vez los jóvenes tienen la vista más aguda, en tanto los viejos se vuelven ciegos poco a poco. ¿Soy necia e ingenua…, o será que algunos de vosotros, engreídos y autosatisfechos, os habéis distanciado de la humanidad? ¿Os inclináis del lado del bien o del mal?
Vio que una oleada de indignación recorría a los reunidos, mezclada con expresiones de rechazo visceral. El virrey Butler le dirigió una penetrante mirada de desaprobación, pero transmitió un veloz recordatorio a la sala, solicitando la atención respetuosa que se concedía a todo orador.
Serena fingió no darse cuenta. ¿Es que no captaban la idea fundamental?
—Si queremos sobrevivir como especie, hemos de trascender nuestro egoísmo. Durante siglos hemos restringido nuestras defensas a un puñado de planetas clave. Aunque hace décadas que Omnius no lanza un ataque a gran escala, vivimos bajo la sombra permanente de esa amenaza.
Serena oprimió varios botones del estrado y proyectó la imagen de la bóveda celeste circundante, como un racimo de joyas en el techo. Indicó con una varita luminosa los planetas de la liga y los Planetas Sincronizados, gobernados por máquinas pensantes. Después, desvió la vara hacia regiones más extensas de la galaxia, libres de la dominación de humanos organizados o máquinas.
—Mirad estos pobres Planetas No Aliados: planetas dispersos como Harmonthep, Tlulax, Arrakis, Anbus IV y Caladan. Debido a dicha dispersión, las colonias humanas no son miembros de nuestra liga, no gozan de nuestra protección militar si en algún momento son amenazadas… por máquinas o por otros humanos. —Serena hizo una pausa, para dejar que el público asimilara sus palabras—. Muchos de los nuestros cometen el error de saquear estos planetas, con el fin de capturar esclavos para algunos planetas de la liga.
Su mirada se cruzó con la del representante de Poritrin, el cual frunció el ceño, porque se estaba refiriendo a él. El hombre contestó en voz alta y la interrumpió.
—La esclavitud es una práctica aceptada en la liga. Como carecemos de máquinas complejas, no nos queda otro remedio que aumentar nuestra mano de obra. —La miró con expresión autocomplacida—. Además, el propio Salusa Secundus mantuvo una población de esclavos zensunni durante casi dos siglos.
—Acabamos con esa práctica —replicó Serena con considerable vehemencia—. El cambio exigió un poco de imaginación y fuerza de voluntad, pero…
El virrey se levantó con la intención de calmar los ánimos.
—Cada planeta de la liga determina sus propias costumbres, tecnología y leyes. Ya tenemos bastante con un enemigo temible como las máquinas pensantes para iniciar una guerra civil entre nuestros planetas.
Su voz poseía un tono levemente paternal, una ligera reprimenda para que volviera al punto principal de su discurso.
Serena suspiró, sin rendirse, y ajustó la vara para que los planetas no aliados brillaran en el techo.
—Aun así, no podemos olvidar a todos esos planetas, objetivos ricos en todo tipo de recursos a la espera de que Omnius los conquiste.
El oficial de orden, sentado en una silla alta a un lado, golpeó el suelo con su bastón.
—Tiempo.
Se aburría con facilidad, y muy pocas veces escuchaba los discursos.
Serena continuó a toda prisa, intentando transmitir sus ideas sin parecer ansiosa.
—Sabemos que las máquinas pensantes quieren controlar la galaxia, aunque hace casi un siglo que nos dejan en paz. Han ido conquistando de manera sistemática todos los planetas de los sistemas estelares sincronizados. No os dejéis engañar por su aparente falta de interés en nosotros. Sabemos que volverán a atacar…, pero ¿cómo y dónde? ¿No deberíamos actuar antes de que Omnius lo haga?
—¿Qué es lo que queréis, madame Butler? —preguntó con impaciencia uno de los dignatarios. Alzó la voz pero no se puso en pie, como ordenaba el protocolo—. ¿Estáis defendiendo una especie de ataque preventivo contra las máquinas pensantes?
—Hemos de trabajar para incorporar los planetas no aliados a la liga, y terminar con la práctica del esclavismo. —Apuntó con la vara a la proyección del techo—. Sumarlos a nuestro bando para aumentar nuestra fuerza, y la de ellos. ¡Todos saldríamos beneficiados! Propongo que enviemos embajadores y agregados culturales con el propósito expreso de formar nuevas alianzas políticas y militares. Tantas como podamos.
—¿Quién pagará todo ese esfuerzo diplomático?
—Tiempo —repitió el oficial de orden.
—Se le conceden tres minutos más como turno de réplica, puesto que el representante de Hagal ha formulado una pregunta —dijo el virrey Butler en tono autoritario.
Serena se estaba enfureciendo. ¿Cómo era posible que aquel representante se preocupara por cantidades de dinero insignificantes, cuando el coste final era tan elevado?
—Todos pagaremos, con sangre, si no hacemos esto. Hemos de fortalecer la liga y la especie humana.
Algunos nobles empezaron a aplaudir: los representantes a los que Serena había cortejado antes del discurso. De pronto, alarmas estridentes resonaron en todo el edificio y en las calles. Las sirenas emitieron un tono conocido estremecedor (que solo se oía durante los simulacros), convocando a todos los reservistas de la milicia salusana.
—Las máquinas pensantes han penetrado en el sistema salusano —dijo una voz por los altavoces. Avisos semejantes estarían sonando por toda Zimia—. Así nos lo han advertido las naves de reconocimiento situadas en la periferia y los grupos de vigilancia en órbita.
Serena leyó los detalles cuando entregaron un resumen urgente y lacónico al virrey.
—¡Nunca hemos vista una flota robot de este tamaño! —exclamó el anciano—. ¿Cuánto hace que enviaron el aviso las primeras naves de reconocimiento? ¿Cuánto tiempo nos queda?
—¡Nos atacan! —gritó un hombre. Los delegados saltaron de sus asientos y se dispersaron como hormigas aterrorizadas.
—Preparaos para evacuar el Parlamento. —El oficial de orden se convirtió en un volcán de actividad—. Todos los refugios blindados están abiertos. Representantes, dirigíos a las zonas que os hayan sido designadas.
El virrey Butler gritó en medio del caos, procurando aparentar serenidad.
—¡Los escudos Holtzman nos protegerán!
Serena percibió la angustia de su padre, aunque la disimulaba bien.
Los representantes de la liga corrieron hacia las salidas. Los enemigos implacables de la humanidad habían llegado.
Cualquier hombre que exija más autoridad no la merece.
TERCERO XAVIER HARKONNEN,
discurso a la milicia salusana
—La flota robot acaba de atacar a nuestra guardia espacial —anunció Xavier Harkonnen desde su puesto—. El intercambio de fuego es intenso.
—¡Primero Meach! —gritó la cuarto Steff Young desde las pantallas orbitales. Xavier percibió el olor salado y metálico del sudor nervioso de Young—. Señor, un pequeño destacamento de naves mecánicas se ha separado de la flota principal robot en órbita. Configuración desconocida, pero se están preparando para un descenso atmosférico.
Señaló las imágenes e hizo hincapié en las luces brillantes que indicaban un grupo de proyectiles inactivos.
Xavier echó un vistazo a los lectores del perímetro, información en tiempo real transmitida desde los satélites defensivos situados por encima de los campos descodificadores de Tio Holtzman. En la resolución más alta vio un escuadrón de naves piramidales que se adentraban en la atmósfera, en dirección a los campos chisporroteantes.
—Se van a llevar una desagradable sorpresa —dijo Young con una sonrisa desprovista de alegría—. Ninguna máquina pensante puede sobrevivir a ese envite.
—Nuestra principal preocupación será esquivar los restos de las naves destruidas —intervino el primero Meach—. No descuidéis la vigilancia.
Pero los blindados atravesaron los campos descodificadores y siguieron avanzando. No aparecieron señales electrónicas de que hubieran penetrado en el límite.
—¿Cómo han pasado?
El quinto Wilby se secó la frente y apartó el pelo castaño de sus ojos.
—Ningún ordenador podría. —De repente, Xavier comprendió lo que estaba sucediendo—. ¡Son blindados ciegos, señor!
Young levantó la vista de sus pantallas, con la respiración entrecortada.
—Impacto en menos de un minuto, primero. La segunda oleada les pisa los talones. Cuento veintiocho proyectiles. —Meneó la cabeza—. No producen señales electrónicas.
—Rico, Powder —gritó Xavier—, trabajad con equipos de respuesta media y escuadrones de bomberos. Daos prisa. ¡Ánimo, lo hemos ensayado cientos de veces! Quiero que todos los vehículos y equipos de rescate móviles y aéreos estén preparados para intervenir antes de que la primera nave se estrelle.
—Destinad defensas a repeler a los invasores en cuanto aterricen. —El primero Meach bajó la voz y miró a sus camaradas—. Tercero Harkonnen, tome una estación de comunicaciones portátil y diríjase al punto de aterrizaje. Quiero que sea mis ojos en el escenario de los hechos. Presiento que esos blindados contienen algo desagradable.
El caos se había apoderado de las calles, bajo un cielo sembrado de nubes. Xavier, en medio de la confusión, oyó el aullido metálico de la atmósfera torturada cuando los proyectiles inactivos cayeron como balas disparadas desde el espacio.
Una lluvia de blindados piramidales golpearon el suelo. Con un estruendo ensordecedor, las cuatro primeras naves ciegas derribaron edificios, arrasaron manzanas enteras con la dispersión explosiva de la energía cinética, pero sofisticados sistemas de desplazamiento de choque protegieron el cargamento mortal que contenían.
Xavier corrió por la calle con el uniforme arrugado, el cabello sudado pegado a la cabeza. Se detuvo ante el gigantesco edificio del Parlamento. Aunque era el lugarteniente de las defensas salusanas, se encontraba en una posición insegura, pues debía dar órdenes desde tierra. No era exactamente lo que le habían enseñado en los cursos de la academia de la Armada, pero el primero Meach confiaba en su buen juicio y capacidad de actuar con independencia.
Tocó el comunicador fijo a su barbilla.
—Estoy en posición, señor.
Cinco proyectiles más se estrellaron en las afueras de la ciudad, dejando cráteres humeantes. Explosiones. Humo. Bolas de fuego.
En los puntos de impacto, los módulos inactivos se abrieron y revelaron un enorme objeto que cobraba vida dentro de cada uno. Unidades mecánicas reactivadas apartaron los restos de los escudos carbonizados. Xavier adivinó, aterrorizado, lo que iba a ver, comprendió por qué las máquinas enemigas habían logrado atravesar los escudos descodificadores. No eran mentes electrónicas, sino…
Cimeks.
Horribles monstruosidades mecánicas surgieron de las pirámides destrozadas, impulsadas por cerebros humanos extraídos quirúrgicamente. Sistemas de movilidad cobraron vida. Piernas articuladas y armas potenciadas se pusieron en movimiento.
Los cuerpos cimek emergieron de los cráteres humeantes, gladiadores en forma de cangrejo casi tan altos como los edificios derrumbados. Sus piernas eran tan gruesas como vigas maestras, erizadas de cañones lanzallamas, lanzacohetes y surtidores de gas venenoso.
—¡Soldados cimek, primero Meach! —gritó Xavier por el comunicador—. ¡Han descubierto la forma de atravesar nuestras defensas orbitales!
A lo largo y ancho de Salusa, desde las afueras de Zimia hasta el continente más alejado, las milicias planetarias habían recibido órdenes de actuar. Ya habían despegado naves defensivas diseñadas para combatir en las capas atmosféricas inferiores (kindjals), cargadas con proyectiles capaces de atravesar cualquier blindaje.
La gente huía por las calles, presa del pánico. Algunos ciudadanos estaban paralizados a causa del terror, y se limitaban a mirar lo que ocurría a su alrededor. Xavier describió a gritos lo que estaba presenciando. Oyó la voz de Vannibal Meach.
—Cuarto Young, dé órdenes de distribuir los aparatos de respiración. Encárguese de la distribución de mascarillas filtradoras entre la población. Cualquier persona que no se halle dentro de un refugio ha de llevar un respirador.
Las mascarillas no protegían de los lanzallamas ni de las detonaciones de alta energía, pero la gente podía librarse de las nubes venenosas. Mientras se colocaba el respirador, Xavier se sintió invadido por el temor de que las precauciones de la milicia no fueran suficientes.
Los soldados cimek abandonaron sus blindados y avanzaron sobre sus monstruosos pies. Arrojaron proyectiles explosivos, que abrasaron edificios y a personas aterrorizadas. Brotaron llamas de las boquillas de sus miembros delanteros, que prendieron fuego a la ciudad de Zimia. Seguían cayendo blindados del cielo, preparados para abrirse nada más tocar tierra. Veintiocho en total.
El joven tercero vio una columna de fuego y humo que caía dando vueltas con un rugido ensordecedor, tan veloz y brillante que estuvo a punto de quemar sus retinas. El blindado se estrelló en el recinto militar situado a un kilómetro de distancia, desintegró el centro de control y el cuartel general de la milicia planetaria. La onda de choque derribó a Xavier y destruyó las ventanas de docenas de manzanas.
—¡Primero! —gritó Xavier por el comunicador—. ¡Primero Meach! ¡Centro de mando! ¡Quien sea!
Pero al ver las ruinas, supo que no iba a obtener ninguna respuesta del complejo.
Mientras recorrían las calles, los cimeks escupían un humo verdinegro, una neblina aceitosa que, al asentarse, producía una película tóxica que cubría el suelo y los edificios. Entonces, llegó el primer escuadrón de bombarderos kindjal. Lanzaron una andanada de explosivos alrededor de los soldados mecánicos, que derribó tanto a cimeks como a edificios.
Xavier jadeaba, incapaz de dar crédito a sus ojos. Llamó de nuevo al comandante, pero no obtuvo respuesta. Por fin, los centros subtácticos que rodeaban la ciudad se pusieron en contacto con él para preguntar qué había pasado y pedir que se identificara.
—Tercero Harkonnen al habla —dijo. Entonces, comprendió la enormidad de lo ocurrido. Con un supremo esfuerzo, hizo acopio de valor y serenó su voz—. Soy… soy el actual jefe de la milicia salusana.
Corrió hacia el núcleo de humo grasiento. Los civiles se desplomaban a su alrededor, presos de náuseas. Echó un vistazo a los atacantes aéreos, y ardió en deseos de detentar el mando supremo.
—Es posible destruir a los cimeks —transmitió a los pilotos kindjal. Después, tosió. La mascarilla no funcionaba bien. El pecho y la garganta le escocían como si hubiera inhalado ácido, pero siguió gritando órdenes.
Mientras el ataque continuaba, las naves de emergencia salusanas sobrevolaron la zona de batalla, y arrojaron contenedores de polvos y espuma antiincendios. Escuadrones médicos provistos de mascarillas avanzaban sin vacilar.
Indiferentes a los insignificantes esfuerzos de los humanos por defenderse, los cimek continuaban su avance, no como un ejército, sino como individuos: perros mecánicos enloquecidos que sembraban la destrucción por doquier. Un soldado mecánico flexionó sus piernas de cangrejo y desintegró dos naves de rescate que descendían, para seguir su camino a continuación con movimientos siniestros.
La vanguardia de bombarderos salusanos arrojaron proyectiles explosivos contra uno de los primeros cimeks. Dos proyectiles alcanzaron el cuerpo blindado, y el tercero hizo impacto en un edificio cercano, el cual se derrumbó, sepultando bajo los cascotes el cuerpo mecánico del invasor.
Pero después de que las llamas y el humo se despejaran, el cimek volvió a la carga. La máquina asesina se liberó de los cascotes y lanzó un contraataque contra los kindjals que llegaban del cielo.
Xavier estudiaba los movimientos de los atacantes desde lejos, para lo cual utilizaba una pantalla táctica portátil. Era preciso que descubriera el plan global de las máquinas pensantes. Daba la impresión de que los cimeks tenían un objetivo definido.
No podía vacilar o perder el tiempo lamentando la muerte de sus camaradas. No podía preguntar al primero Meach qué debía hacer. Tenía que pensar con la mente despejada y tomar decisiones instantáneas. Si conseguía descubrir el objetivo del enemigo…
La flota robótica seguía disparando en órbita sobre la guardia espacial salusana, aunque el enemigo dotado de inteligencia artificial no podía atravesar los campos Holtzman. Tal vez serían capaces de derrotar a las naves de vigilancia y bloquear la capital de la liga…, pero el primero Meach ya había llamado a los grupos de batalla periféricos, y pronto toda la potencia de fuego de la Armada opondría una seria resistencia a las naves de guerra robóticas.
Vio en la pantalla que la flota enemiga mantenía sus posiciones…, como si esperara alguna señal de las tropas de asalto cimek. Las ideas se agolparon en su mente. ¿Qué estaban haciendo?
Un trío de gladiadores mecánicos arrojó explosivos contra el ala oeste del Parlamento. La hermosa fachada se derrumbó sobre la calle como una avalancha de finales de primavera. Algunos despachos gubernamentales, ya evacuados, quedaron al descubierto.
Xavier tosió a causa del humo, forzó la vista y miró a los ojos del médico que colocaba una nueva mascarilla sobre su rostro. Los pulmones de Xavier ardían, como si los hubieran empapado de combustible al que luego hubieran prendido fuego.
—Te pondrás bien —prometió el médico en tono poco convincente, mientras ponía una inyección en el cuello de Xavier.
—Más te vale. —El tercero volvió a toser y vio manchas negras delante de sus ojos—. Ahora no tengo tiempo para morir.
Xavier se olvidó de sí mismo y sintió una profunda preocupación por Serena. Menos de una hora antes, tenía que pronunciar un discurso ante la cámara de representantes. Rezó para que estuviera a salvo.
Se puso en pie y alejó al médico con un ademán, mientras la inyección obraba efecto. Conectó su pantalla táctica portátil y solicitó una vista del cielo, tomada desde las defensas kindjal. Estudió los senderos ennegrecidos de los gráciles y titánicos cimeks en la pantalla. ¿Adónde van?
En su mente, reprodujo el camino seguido por los monstruos mecánicos desde los cráteres humeantes y las ruinas del cuartel general de la milicia.
Entonces, comprendió lo que habría tenido que ver desde el principio, y maldijo por lo bajo.
Omnius sabía que los escudos descodificadores Holtzman destruirían los circuitos gelificados de las máquinas pensantes. Por eso, el grueso de la flota robótica se mantenía alejada de la órbita salusana. Si los cimeks se apoderaban de los generadores de campo, el planeta quedaría expuesto a una invasión a gran escala.
Xavier se enfrentaba a una decisión crítica, pero ya la había tomado. Le gustara o no, ahora estaba al mando. Al aniquilar al primero Meach y la estructura de mando de la milicia, los cimeks le habían puesto al frente de la situación, siquiera de forma temporal. Y sabía lo que debía hacer.
Ordenó a la milicia salusana que retrocediera y concentrara todos sus esfuerzos en defender el objetivo más vital, dejando el resto de Zimia a merced de los cimeks. Aunque tuviera que sacrificar una parte de esta importante ciudad, debía impedir que las máquinas lograran su objetivo.
A toda costa.
¿Qué influye más, el tema o el observador?
ERASMO,
expedientes de laboratorio no cotejados
En Corrin, uno de los principales Planetas Sincronizados, el robot Erasmo paseaba por la plaza embaldosada que había frente a su villa. Se movía con la agilidad que había conseguido imitar después de siglos de estudiar la elegancia humana. Su rostro de metal líquido era como un bruñido espejo carente de expresión, hasta que decidía formar una serie de emociones imitadas en la película de polímero metálico, como las antiguas máscaras teatrales.
Mediante fibras ópticas implantadas en su membrana facial, admiró las fuentes iridiscentes que le rodeaban, las cuales constituían un digno complemento de la sillería, las estatuas, los trabajados tapices y las columnas de alabastro talladas a láser de la villa. Todo lujoso y opulento, diseñado por él. Después de muchos estudios y análisis, había llegado a apreciar los patrones de la belleza clásica, y estaba orgulloso de su evidente buen gusto.
Sus esclavos humanos se encargaban de infinidad de tareas domésticas: bruñir trofeos y objetos artísticos, sacar el polvo a los muebles, plantar flores, podar los arbustos ornamentales bajo la luz púrpura crepuscular del sol gigante rojo. Cada esclavo tembloroso hacía una reverencia cuando Erasmo pasaba a su lado. Reconocía a todos, pero no se molestaba en identificarlos, si bien tomaba nota mental de cada detalle. El dato más nimio podía conducir a la comprensión total.
Erasmo tenía una piel de compuestos plastiorgánicos entretejidos con elementos neuroelectrónicos. Se jactaba de que su sofisticada red sensora le permitía experimentar sensaciones físicas reales. Bajo la reluciente ascua del gigantesco sol de Corrin, sentía la luz y el calor sobre su piel, en teoría como si fuera de verdadera carne. Vestía un grueso manto dorado ribeteado de adornos carmesíes, parte de un elegante vestuario personal que le diferenciaba de los robots inferiores de Omnius. La vanidad era otra cosa que Erasmo había aprendido al estudiar a los humanos, y le gustaba.
La mayoría de robots no gozaban de tanta independencia como Erasmo. Eran poco más que cajas pensantes móviles, meros apéndices de la supermente. Erasmo también obedecía las órdenes de Omnius, pero gozaba de mayor libertad para interpretarlas. A lo largo de los siglos, había desarrollado su propia identidad y algo parecido a un ego. Omnius le consideraba una curiosidad.
Mientras el robot continuaba andando con gracia perfecta, detectó un zumbido. Sus fibras ópticas localizaron una pequeña esfera voladora, uno de los muchos espías móviles de Omnius. Siempre que Erasmo se alejaba de las pantallas ubicuas dispuestas en todos los edificios, los ávidos ojos le seguían, grababan todos sus movimientos. Los actos de la supermente hablaban de una curiosidad insaciable…, o de una paranoia peculiarmente humana.
Mucho tiempo antes, cuando manipulaba los primeros ordenadores provistos de inteligencia artificial del Imperio Antiguo, el rebelde Barbarroja había añadido imitaciones de ciertos rasgos de personalidad y ambiciones humanas. Por consiguiente, las máquinas habían evolucionado hasta transformarse en una sola mente electrónica que conservó algunos deseos y características humanos.
En opinión de Omnius, los cimeks biológicos, compuestos de cerebros humanos y miembros mecánicos, eran incapaces de asimilar las perspectivas históricas que los circuitos gelificados de una mente informática podían abarcar. Cuando Omnius analizaba el universo de posibilidades, era como una inmensa pantalla. Había muchas formas de vencer, y siempre las tenía en consideración.
El programa básico de Omnius había sido duplicado en todos los planetas conquistados por las máquinas, y sincronizado mediante el uso de actualizaciones regulares. Carentes de rostro, pero capaces de ver y comunicarse a través de la red interestelar, existían copias casi idénticas de Omnius distribuidas por todas partes, presentes de manera vicaria en innumerables ojos espía, aparatos y pantallas de contacto.
En el momento actual, daba la impresión de que la mente informática no tenía nada mejor que hacer que fisgonear.
—¿Adónde vas, Erasmo? —preguntó Omnius desde un diminuto altavoz situado bajo el ojo espía—. ¿Por qué andas tan deprisa?
—Tú también podrías andar, si te diera la gana. ¿Por qué no te concedes piernas durante un tiempo y adoptas un cuerpo artificial, para saber cómo es? —La mascarilla de polímero metálico de Erasmo compuso una sonrisa—. Podríamos ir a pasear juntos.
El ojo espía zumbaba al lado de Erasmo. Las estaciones de Corrin eran largas, porque su órbita se alejaba mucho del gigantesco sol. Tanto inviernos como veranos se prolongaban durante miles de días. El escarpado paisaje carecía de bosques o desiertos, apenas un puñado de huertos y terrenos de labranza antiguos que no se habían sembrado desde la conquista de las máquinas.
Muchos esclavos humanos se habían quedado ciegos debido a la exposición a la potente luz solar. Como consecuencia, Erasmo había proporcionado a sus trabajadores protectores oculares. Era un amo benévolo, preocupado por el bienestar de sus recursos.
Cuando llegó a la cancela de su villa, el robot ajustó su nuevo módulo de potenciación sensorial, conectado mediante puertos neuroelectrónicos a su núcleo corporal y oculto bajo su manto. El módulo, diseñado por el propio Erasmo, le permitía reproducir los sentidos de los humanos, pero con ciertas limitaciones inevitables. Quería saber más de lo que el módulo le facilitaba, quería sentir más. En este aspecto, era posible que los cimeks superaran a Erasmo, pero nunca lo sabría a ciencia cierta.
Los cimeks, en especial los primeros titanes, constituían una pandilla de seres brutales e intolerantes, sin el menor aprecio por los sentidos y sensibilidades que Erasmo tanto se esforzaba por alcanzar. La brutalidad no era desdeñable, por supuesto, pero el sofisticado robot consideraba que se trataba de una faceta más de la conducta humana que valía la pena estudiar. Aun así, la violencia era interesante, y emplearla proporcionaba placer con frecuencia…
Sentía una extremada curiosidad por saber qué convertía en humanos a los seres biológicos racionales. Era inteligente y seguro de sí mismo, pero también quería comprender las emociones, la sensibilidad humana y las motivaciones, los detalles esenciales que las máquinas nunca conseguían reproducir con fidelidad.
Durante su larguísima investigación, que se remontaba a siglos atrás, Erasmo había asimilado el arte, la música, la filosofía y la literatura humanas. En último extremo, deseaba descubrir el epítome y la sustancia de la humanidad, la llama mágica que hacía diferentes a esos seres, esos creadores. ¿Qué les daba… alma?
Entró en su salón de banquetes, y el ojo volador se elevó hacia el techo, desde el que podía observar todo. Seis pantallas de Omnius arrojaban un resplandor gris lechoso desde las paredes.
Su villa imitaba el opulento estilo grecorromano de las propiedades en que habían vivido los Veinte Titanes antes de renunciar a su cuerpo humano. Erasmo era el propietario de fincas similares en cinco planetas, incluidos Corrin y la Tierra. Poseían instalaciones adicionales: corrales de esclavos, salas de vivisección y laboratorios médicos, así como invernaderos, galerías de arte, esculturas y fuentes. Todas ellas le permitían estudiar el comportamiento y la fisiología humanas.
Erasmo tomó asiento a la cabecera de una larga mesa provista de copas de plata y candeleros, pero con cubiertos para un solo comensal. Él. La silla de madera había pertenecido a un noble humano, Nivny O’Mura, uno de los fundadores de la Liga de Nobles. Erasmo había estudiado la organización de los humanos rebeldes, que habían erigido fortalezas contra los primeros ataques de los cimeks y las máquinas. Los ingeniosos hrethgir eran capaces de adaptarse e improvisar, de confundir a sus enemigos de maneras sorprendentes. Fascinante.
De pronto, la voz de la supermente resonó a su alrededor, en tono cansado.
—¿Cuándo concluirán tus experimentos, Erasmo? Vienes aquí día tras día, y siempre haces lo mismo. Espero ver resultados.
—Hay preguntas que me intrigan. ¿Por qué los humanos ricos comen con tanta ceremonia? ¿Por qué consideran ciertos alimentos y bebidas superiores a otros, cuando su valor nutritivo es el mismo? —La voz del robot adoptó un tono erudito—. La respuesta, Omnius, está relacionada con la brutal brevedad de sus vidas. La compensan con mecanismos sensoriales eficaces capaces de proporcionar sentimientos intensos. Los humanos poseen cinco sentidos básicos, con incontables gradaciones. El sabor de la cerveza de Yondair en contraposición con el vino de Ularda, por ejemplo. O el tacto de la arpillera de Ecaz comparada con la paraseda, o la música de Brahms con…
—Supongo que todo eso es muy interesante, desde un punto de vista esotérico.
—Por supuesto, Omnius. Tú continúa estudiándome, mientras yo estudio a los humanos.
Erasmo hizo una seña a los esclavos que le miraban, nerviosos, desde una ventanilla de la puerta de la cocina. Una sonda se extendió desde un módulo empotrado en la cadera de Erasmo y surgió por debajo de su manto. Delicados sensores neuroelectrónicos se agitaron como cobras expectantes.
—Tolero tus investigaciones, Erasmo, porque espero que desarrolles un modelo detallado capaz de predecir el comportamiento humano. He de saber cómo usar a esos seres.
Esclavos vestidos de blanco salieron de la cocina con bandejas de comida: gallina salvaje de Corrin, buey almendrado de Walgis, incluso exquisitos salmones del río Platino de Parmentier. Erasmo hundió los extremos membranosos de su sonda en cada plato y los «probó», utilizando en ocasiones un cúter para perforar la carne y saborear los jugos internos. Erasmo documentó cada sabor para su creciente repertorio.
Entretanto, continuó su diálogo con Omnius. Daba la impresión de que la supermente distribuía datos y observaba las reacciones de Erasmo.
—He estado aumentando mis fuerzas militares. Después de tantos años, ha llegado el momento de entrar en acción de nuevo.
—¿De veras? ¿O es que los titanes te están animando a adoptar una postura más agresiva? Durante siglos, Agamenón se ha impacientado con lo que él considera tu falta de ambición.
Erasmo estaba más interesado en la tarta de bayas amargas que tenía delante de él. Cuando analizó los ingredientes, se quedó perplejo al detectar un fuerte rastro de saliva humana, y se preguntó si constaba en la receta original. ¿O tal vez era debido a que algún esclavo había escupido en la masa?
—Yo tomo mis propias decisiones —dijo la supermente—. En este momento, me pareció apropiado lanzar una nueva ofensiva.
El chef empujó un carrito hasta la mesa y utilizó un cuchillo para cortar un trozo de filete salusano. El chef, un hombrecillo servil que tartamudeaba, depositó la jugosa tajada en un plato limpio, añadió una pizca de salsa marrón y la extendió a Erasmo. El cuchillo cayó de la bandeja y rebotó contra un pie de Erasmo, dejando una muesca y una mancha.
El hombre, aterrorizado, se agachó para recuperar el cuchillo, pero Erasmo extendió una mano mecánica y agarró el mango. El elegante robot se enderezó, sin dejar de hablar con Omnius.
—¿Una nueva ofensiva? ¿Es una mera coincidencia que el titán Barbarroja la exigiera como recompensa cuando derrotó a tu máquina de combate en el circo?
—Irrelevante.
El chef contempló el cuchillo y tartamudeó.
—Yo pe-personalmente lo li-limpiaré hasta que pa-parezca nunuevo, lord Erasmo.
—Los humanos son idiotas, Erasmo —dijo Omnius desde los altavoces de la pared.
—Algunos sí —admitió Erasmo, mientras movía el cuchillo con gráciles movimientos. El menudo chef rezó en silencio una oración, incapaz de moverse—. Me pregunto qué debería hacer.
Erasmo limpió el cuchillo en el delantal del tembloroso hombrecillo, y después contempló el reflejo distorsionado del individuo en la hoja metálica.
—La muerte humana es diferente de la muerte mecánica —dijo Omnius con frialdad—. Podemos duplicar una máquina, sustituirla. Cuando los humanos mueren, es para siempre.
Erasmo simuló una carcajada estentórea.
—Omnius, aunque siempre hablas de la superioridad de las máquinas, nunca reconoces en qué nos superan los humanos.
—No me tortures con otro de tus catálogos —dijo la supermente—. Recuerdo nuestra última discusión sobre este tema con absoluta precisión.
—La superioridad reside en el ojo del observador, y siempre implica filtrar detalles que no se ciñen a una idea preconcebida concreta.
Gracias a sus detectores sensoriales, que se agitaban como cilios en el aire, Omnius percibió el hedor a sudor del chef.
—¿Vas a matar a este? —preguntó Omnius.
Erasmo dejó el cuchillo sobre la mesa y oyó que el hombre emitía un suspiro.
—Es fácil matar a los humanos de uno en uno. Pero como especie, constituyen un reto mucho mayor. Cuando se sienten amenazados, forman una piña y se convierten en seres más poderosos, más amenazadores. A veces, es mejor pillarles por sorpresa.
Sin previo aviso, aferró el cuchillo y lo clavó en el pecho del chef, con fuerza suficiente para atravesar el esternón y hundirlo en el corazón.
—Así.
La sangre manchó el uniforme blanco, la mesa y el plato del robot.
El humano se desclavó del cuchillo y emitió un gorgoteo. Mientras Erasmo sostenía el arma, pensó en intentar imitar la expresión de incredulidad de su víctima con su mascarilla dúctil, pero desistió. Su rostro de robot continuó siendo un óvalo inexpresivo y reflectante. En cualquier caso, Erasmo nunca se vería obligado a adoptar una expresión semejante.
Tiró a un lado el cuchillo y hundió cilios sensores en la sangre de su plato. El sabor era muy interesante y complejo. Se preguntó si la sangre de víctimas diferentes sabría de manera diferente.
Guardias robot se llevaron el cadáver, mientras los demás esclavos, aterrorizados, se arremolinaban en la puerta, conscientes de que deberían hacerse cargo de la limpieza. Erasmo estudió su miedo.
—Ahora —dijo Omnius—, deseo comunicarte algo importante. Mis planes de ataque ya han sido llevados a la práctica.
Erasmo fingió interés, como en tantas otras ocasiones. Activó un mecanismo de limpieza que esterilizó la punta de su sonda, y luego lo ocultó bajo el manto.
—Confío en tu buen juicio, Omnius. No soy un experto en temas militares.
—Por eso mismo deberías prestar atención a mis palabras. Siempre dices que quieres aprender. Cuando Barbarroja derrotó a mi robot gladiador en el combate de exhibición, me solicitó autorización para atacar a la Liga de Nobles. Los titanes restantes están convencidos de que sin estos hrethgir, el universo sería infinitamente más eficaz y ordenado.
—Muy medieval —comentó Erasmo—. ¿El gran Omnius seguiría las sugerencias militares de un cimek?
—Barbarroja me divirtió, y siempre existe la posibilidad de que algún titán resulte muerto. No es algo tan malo, ¿verdad?
—Por supuesto —dijo Erasmo—, ya que las restricciones de la programación impiden que atentes contra tus creadores de una manera directa.
—Con frecuencia ocurren accidentes. En cualquier caso, nuestra ofensiva conquistará los planetas de la liga o exterminará a los restos de humanidad que los habitan. Doy por buena cualquier alternativa. Hay muy pocos humanos que valga la pena conservar…, tal vez ninguno.
A Erasmo no le gustaron aquellas palabras.
La mente da órdenes al cuerpo, y este obedece de inmediato. La mente se da órdenes a sí misma, y encuentra resistencia.
SAN AGUSTÍN,
antiguo filósofo de la Tierra
Aunque el ataque de los cimeks contra Zimia no había hecho más que empezar, Xavier Harkonnen sabía que la humanidad libre debía resistir hasta el último momento. Y hacer valer su victoria.
Los soldados mecánicos erizados de armas avanzaron cerrando filas. Alzaron sus brazos plateados y arrojaron proyectiles explosivos, escupieron llamas, esparcieron gas venenoso. Con cada muro derrumbado, los cimeks se acercaban más y más a la central generadora de escudo protector, una altísima torre de curvas parabólicas y complejas celosías.
En los límites de la atmósfera salusana, un despliegue orbital de numerosos satélites tejió una alambrada con amplificadores en cada nódulo. En todos los continentes, torres de transmisión alimentaron la sustancia del campo descodificador Holtzman, hasta construir una intrincada malla sobre el planeta, un tapiz de energía impenetrable.
Pero si los cimeks se apoderaban de las principales torres de la superficie, se abrirían huecos vulnerables en el escudo. Todo el tejido protector se vendría abajo.
Xavier tosió sangre y gritó en el comunicador:
—Os habla el tercero Harkonnen, que asume el mando de las fuerzas locales. El primero Meach y el centro de control han sido desintegrados.
El canal permaneció en silencio durante varios segundos, como si toda la milicia estuviera aturdida.
Xavier tragó saliva, probó el sabor metálico de la sangre en su boca, y después lanzó la terrible orden.
—Que todas las fuerzas locales formen un cordón alrededor de las torres de transmisión de escudo. Carecemos de recursos para defender el resto de la ciudad. Repito, retroceded. Esto vale para todos los vehículos de combate y naves de ataque.
Se oyeron las esperadas protestas.
—¡No puede hablar en serio, señor! ¡La ciudad está ardiendo!
—¡Zimia se quedará indefensa! ¡Esto tiene que ser una equivocación!
—¡Piénselo bien, señor! ¿Ha visto los destrozos que esos bastardos cimeks han causado ya? ¡Piense en los habitantes de nuestra ciudad!
—No reconozco la autoridad de un tercero que da órdenes tan…
Xavier acalló todas las protestas.
—El objetivo de los cimeks es evidente: intentan destruir nuestros campos descodificadores para que la flota robot pueda exterminarnos. Hemos de defender las torres a toda costa. A toda costa.
Sin hacer caso de su orden, una docena de pilotos continuaron arrojando explosivos sobre los cimeks.
Xavier gruñó en tono inflexible.
—Quien desee discutir mis órdenes lo podrá hacer después… en su consejo de guerra.
O en el mío, pensó.
Gotas escarlata mancharon el interior de su mascarilla de plaz, y se preguntó por la magnitud de los daños que ya habrían provocado los gases tóxicos en su organismo. Cada vez le costaba más respirar, pero apartó esas preocupaciones de su mente. Ahora no podía mostrar debilidad.
—¡Que todas las fuerzas retrocedan y protejan las torres! Es una orden. Hemos de reagruparnos y cambiar de estrategia.
Por fin, las fuerzas terrestres salusanas se retiraron hacia el complejo transmisor. El resto de la ciudad quedó tan vulnerable como un cordero preparado para el matadero. Y los cimeks se aprovecharon de la circunstancia con siniestro regocijo.
Cuatro soldados mecánicos atravesaron un parque lleno de estatuas y destrozaron obras magníficas. Los monstruos mecánicos derribaron edificios, pulverizaron y quemaron museos, edificios de viviendas, refugios. Cualquier objetivo les complacía.
—No cedáis terreno —ordenó Xavier a todos los canales, y silenció los gritos de indignación de las tropas—. Los cimeks intentan apartarnos de nuestro objetivo.
Los soldados mecánicos dispararon contra un campanario erigido por Chusuk para conmemorar una victoria contra las máquinas pensantes, ocurrida cuatro siglos antes. Las campanas repicaron cuando la torre se derrumbó sobre las piedras de una plaza.
A estas alturas, casi toda la población de Zimia había huido a los refugios blindados. Flotas de médicos y bomberos esquivaban el fuego enemigo para luchar contra el desastre. Muchos intentos de rescate se convertían en misiones suicidas.
En medio de la milicia congregada alrededor de las torres de transmisión, Xavier sintió un asomo de duda y se preguntó si había tomado la decisión correcta, pero ahora no se atrevía a cambiar de opinión. Le escocían los ojos a causa del humo, y le dolían los pulmones cada vez que respiraba. Sabía que tenía razón. Estaba luchando por las vidas de todos los habitantes del planeta. Incluida Serena Butler.
—¿Y ahora qué, tercero? —dijo el cuarto Jaymes Powder detrás de él. Aunque el rostro anguloso del subcomandante estaba oculto en parte por una mascarilla, sus ojos revelaban la indignación que sentía—. ¿Nos sentamos a mirar cómo esos bastardos reducen a escombros Zimia? ¿De qué sirve proteger los transmisores de escudo si no queda nada de la ciudad?
—No podemos salvar a la ciudad si perdemos nuestros escudos y abrimos el planeta al ataque de las máquinas —contestó Xavier.
Las tropas salusanas montaron una defensa alrededor de las antenas parabólicas de las torres. Tropas terrestres y vehículos blindados aguardaban en las calles y fortificaciones circundantes. Los kindjals volaban en círculos sobre la ciudad, disparaban sus armas y repelían a los cimeks.
Los miembros de la milicia aferraban sus armas, llenos de odio. Los frustrados hombres ardían en deseos de cargar contra los atacantes…, o tal vez de descuartizar lentamente a Xavier. A cada explosión o edificio destruido, las airadas tropas avanzaban un paso más hacia el motín.
—Hasta que lleguen refuerzos, hemos de concentrar nuestras fuerzas —dijo Xavier, y tosió.
Powder miró la mascarilla de plaz del tercero y vio sangre en el interior.
—¿Se encuentra bien, señor?
—No es nada.
Pero Xavier oía el resuello líquido de sus pulmones cada vez que tomaba aliento.
Notó que perdía el equilibrio, mientras el veneno continuaba quemando sus tejidos, y se apoyó en un baluarte de plasmento. Estudió la última posición que había establecido en poco tiempo y confió en que resistiría.
—Ahora que las torres están protegidas —dijo por fin Xavier—, podemos salir a cazar a nuestros atacantes. ¿Está preparado, cuarto Powder?
Powder sonrió, y los soldados lanzaron gritos de júbilo. Algunos hombres dispararon sus armas al aire, dispuestos a precipitarse a la destrucción. Como un jinete que sujetara las riendas de un corcel, Xavier les contuvo.
—¡Esperad! Prestad atención. No podemos utilizar ningún truco, ni existen puntos débiles que nos permitan ganar en astucia a los cimeks. Pero contamos con la voluntad y la necesidad de vencer…, de lo contrario lo perderemos todo. —Sin hacer caso de la sangre de su mascarilla, no sabía cómo era capaz de insuflar confianza en su voz—. Así les derrotaremos.
Durante las escaramuzas iniciales, Xavier había visto al menos a uno de los gigantescos invasores destruido por explosiones múltiples y concentradas. Su cuerpo articulado ya no era más que una carcasa humeante. Sin embargo, los bombarderos y unidades de tierra blindadas habían repartido sus ataques entre demasiados objetivos, haciendo inútiles sus esfuerzos.
—Nuestro ataque será coordinado. Elegiremos un solo blanco y lo destruiremos, un cimek en cada ocasión. Dispararemos una y otra vez, hasta que no quede nada. Después, nos dedicaremos al siguiente.
Aunque apenas podía respirar, Xavier quiso ir al frente de los escuadrones. Como tercero, estaba acostumbrado a participar activamente en los ejercicios de entrenamiento y en los simulacros.
—¿Señor? —dijo Powder, sorprendido—. ¿No debería quedarse en una zona segura? Como comandante en jefe, los procedimientos reglamentarios exigen…
—Tienes toda la razón, Jaymes —contestó en voz baja—. No obstante, voy a subir. Nos la jugamos a una sola carta. Quédate aquí y protege esas torres a toda costa.
Ascensores subterráneos depositaron más kindjals en la superficie, preparados para el lanzamiento. Subió a uno de los aparatos moteados de gris y se encerró en la cabina. Los soldados corrieron a sus naves de ataque, gritando promesas de venganza a los camaradas obligados a quedarse atrás. Después de transferir el canal de comunicaciones del kindjal a su frecuencia de mando, Xavier dio nuevas órdenes.
El tercero Harkonnen ajustó el asiento de la cabina y lanzó su kindjal. La aceleración le empujó hacia atrás y dificultó todavía más su respiración. Un hilillo de sangre resbaló por la comisura de su boca.
Las naves le siguieron, mientras un pequeño grupo de vehículos terrestres blindados se alejaba de las torres de transmisión para interceptar a los atacantes. Con las armas cargadas y las bombas preparadas para ser lanzadas, los kindjals descendieron hacia el primer cimek elegido como blanco, una de las máquinas más pequeñas. La voz de Xavier resonó en la cabina de todas las naves.
—Disparad cuando yo lo ordene… ¡Ahora!
Los defensores atacaron el cuerpo en forma de cangrejo desde todas direcciones, hasta que la máquina se derrumbó, con las patas articuladas ennegrecidas y retorcidas, y destruido el contenedor del cerebro. Gritos de júbilo resonaron en todos los canales de comunicación. Xavier eligió un segundo blanco.
—Seguidme. El siguiente.
El escuadrón de la milicia convergió sobre el segundo objetivo y golpeó como un martillo. Las unidades terrestres móviles abrieron fuego desde la superficie, mientras los kindjals lanzaban bombas desde el cielo.
El segundo cimek captó el ataque inminente y alzó sus patas metálicas para escupir chorros de llamas. Dos kindjals de Xavier fueron abatidos, y se estrellaron en edificios cercanos ya desmoronados. Bombas erráticas arrasaron toda una manzana de la ciudad.
Pero el resto del ataque concentrado logró su objetivo. Las múltiples explosiones hicieron mella en el cuerpo robótico, y el cimek quedó destrozado. Uno de sus brazos metálicos se agitó, y luego cayó sobre los escombros.
—Tres menos —dijo Xavier—. Quedan veinticinco.
—A menos que huyan antes —contestó otro piloto.
Los cimeks eran individuos, como casi todas las máquinas pensantes de Omnius. Algunos eran supervivientes de los primeros titanes. Otros (los neocimeks) eran colaboradores humanos de los Planetas Sincronizados. Todos habían sacrificado sus cuerpos físicos para acercarse más a la supuesta perfección de las máquinas pensantes.
Entre las tropas que rodeaban las torres transmisoras, el cuarto Powder utilizaba todo cuanto había en su arsenal para rechazar a cuatro cimeks que se habían acercado lo suficiente para amenazar edificios vitales. Destruyó un guerrero mecánico y obligó a otros tres a retirarse cojeando para reagruparse. En el ínterin, las fuerzas aéreas de Xavier aniquilaron a dos cimeks más.
Las tornas estaban cambiando.
Los kindjals de Xavier atacaron a una nueva oleada de invasores. Seguida de vehículos terrestres blindados y cañones de artillería, la milicia salusana arrojó proyectil tras proyectil contra el cimek que marchaba en cabeza. El bombardeo dañó las patas mecánicas y neutralizó sus armas. Los kindjals volaron en círculos para asestar el golpe definitivo.
Sin previo aviso, la torreta central que contenía el cerebro humano del cimek se separó del cuerpo. El contenedor esférico blindado se elevó hacia el cielo con un destello luminoso, fuera del alcance de las armas salusanas.
—Una cápsula de escape que contiene el cerebro del traidor. —El esfuerzo de hablar provocó que Xavier escupiera más sangre—. ¡Disparad contra ella!
Sus kindjals abrieron fuego contra la cápsula, pero sin lograr su objetivo.
—¡Maldición!
Los pilotos dispararon contra el reguero de gases de escape, pero la cápsula no tardó en perderse de vista.
—No malgastéis vuestros proyectiles —dijo Xavier por el comunicador—. Ese ya no representa ninguna amenaza.
Se sentía mareado, como a punto de sumirse en la inconsciencia…, o de morir.
—Sí, señor.
Los kindjals dieron media vuelta hacia tierra y se concentraron en el cimek siguiente.
Sin embargo, cuando el escuadrón de ataque convergió sobre otro enemigo, el cimek también expulsó su cápsula de escape.
—¡Eh! —se lamentó un piloto—. Ha huido antes de que pudiéramos derribarle.
—Lo importante es que huyan —dijo Xavier, casi inconsciente. Confió en no estrellarse—. Seguidme hacia el siguiente objetivo.
Como en respuesta a una señal, todos los cimeks restantes abandonaron sus cuerpos metálicos. Las cápsulas de escape ascendieron como fuegos artificiales, atravesaron la red descodificadora y se perdieron en el espacio, en dirección a la flota atacante.
Cuando los cimeks desistieron de la invasión, los defensores salusanos supervivientes prorrumpieron en vítores.
Durante las horas siguientes, los salusanos supervivientes salieron de los refugios, y contemplaron el cielo impregnado de humo con una mezcla de estupor y optimismo.
Después de la retirada de los cimeks, la frustrada flota robótica había lanzado una lluvia de misiles contra tierra, pero sus ordenadores también fallaron. Los sistemas antimisiles salusanos dieron cuenta de todos los proyectiles antes de que alcanzaran su objetivo.
Por fin, cuando los grupos de combate dispersos empezaron a converger sobre la flota atacante desde el perímetro del sistema Gamma Waiping, las máquinas pensantes calcularon de nuevo sus posibilidades, y al ver los resultados, decidieron desistir, dejando los restos de las naves destruidas en órbita.
En la superficie, Zimia continuaba ardiendo, y decenas de miles de cadáveres yacían entre los escombros.
Xavier había conseguido aguantar durante la batalla, pero al final era incapaz de tenerse en pie. Sus pulmones estaban inundados de sangre. Notaba un sabor ácido en la boca. Había insistido en que los médicos concentraran sus esfuerzos en los heridos graves que sembraban las calles.
Desde un balcón situado en el último piso del maltrecho Parlamento, contempló los horribles daños. El mundo se tiñó de un rojo enfermizo a su alrededor, le fallaron las piernas y cayó hacia atrás. Oyó que alguien llamaba a un médico.
No puedo considerar esto una victoria, pensó, y después se sumió en la más negra inconsciencia.
En el desierto, la línea que separa la vida de la muerte es afilada y veloz.
Poesía de acampada
zensunni en Arrakis
Lejos de las máquinas pensantes y la Liga de Nobles, el desierto nunca cambiaba. Los descendientes de los zensunni huidos a Arrakis vivían en cuevas aisladas, formando comunidades que apenas lograban subsistir en el hostil entorno. Disfrutaban de escasos placeres, pero luchaban ferozmente por sobrevivir un día más.
El sol abrasaba el desierto de arena, calentaba las dunas que ondulaban como olas que rompieran en una orilla imaginaria. Algunas rocas negras sobresalían de las islas de polvo, pero no ofrecían el menor refugio del calor o los demoníacos gusanos.
Este paisaje desolado era lo último que vería. La gente había acusado al joven, que recibiría su castigo. Su inocencia carecía de importancia.
—¡Largo de aquí, Selim! —gritaron desde las cavernas—. ¡Aléjate de nosotros!
Reconoció la voz de su joven amigo (ex amigo) Ebrahim. Tal vez el otro muchacho se sentía aliviado, porque habría tenido que ser él quien afrontara el exilio y la muerte, en lugar de Selim. Pero nadie lloraría por la pérdida de un huérfano, y la versión zensunni de la justicia había expulsado a Selim.
—Que los gusanos escupan tu pellejo —dijo una voz rasposa. Era la anciana Glyffa, que en otro tiempo había sido como una madre para él—. ¡Ladrón de agua!
La tribu empezó a arrojar piedras desde las cuevas. Una piedra afilada golpeó la tela que había arrollado alrededor de su pelo oscuro para protegerse del sol. Selim se agachó, pero no les proporcionó la satisfacción de verle encogerse. Le habían despojado de casi todo, pero mientras respirara no renunciaría a su orgullo.
El naib Dhartha, el líder de la tribu, se asomó.
—La tribu ha hablado.
Afirmar su inocencia no le serviría de nada, ni tampoco excusas o explicaciones. El joven descendió por el empinado sendero sin perder el equilibrio y se inclinó para coger una piedra de bordes afilados. La sostuvo en la palma y miró a la gente.
Selim siempre había tenido habilidad para tirar piedras. Cazaba cuervos, ratones canguro o lagartos para contribuir a la olla de la comunidad. Si hubiera apuntado con cuidado, habría podido dejar sin un ojo al naib. Selim había visto a Dhartha hablar entre susurros con el padre de Ebrahim, les había visto forjar el plan para echarle las culpas a él, en lugar de al muchacho culpable. Habían preferido culpar a Selim antes que defender la verdad.
El naib Dhartha tenía las cejas oscuras y el cabello negro, ceñido en una cola de caballo que sujetaba un aro metálico. Un tatuaje geométrico púrpura de ángulos oscuros y líneas rectas se destacaba en su mejilla izquierda. Su esposa se lo había dibujado en la cara con la ayuda de una aguja de acero y el zumo de una tintaparra que los zensunni cultivaban en sus jardines. El naib miró a Selim como si le desafiara a arrojar la piedra, porque los zensunni responderían con una lluvia de piedras grandes.
Pero ese castigo le mataría con excesiva rapidez. La tribu había optado por expulsar a Selim de su cerrada comunidad. Y en Arrakis nadie sobrevivía sin ayuda. La existencia en el desierto exigía colaboración, y cada persona contribuía. Los zensunni consideraban el robo (sobre todo el robo de agua) como el peor delito imaginable.
Selim guardó la piedra. Sin hacer caso de los insultos y los vituperios, continuó su tedioso descenso hacia el desierto.
—Selim, que no tiene padre ni madre —entonó Dhartha con una voz que recordaba el aullido grave del viento enfurecido—, Selim, que fuiste aceptado como miembro de nuestra tribu, has sido considerado culpable de robar agua de la tribu. Por consiguiente, has de atravesar la arena. —Dhartha alzó la voz y gritó para que el condenado le oyera—. Que Shaitan estruje tus huesos.
Durante toda su vida, Selim no había hecho otra cosa que trabajar para los demás. Como era de padres desconocidos, la tribu se lo exigía. Nadie le ayudaba cuando estaba enfermo, salvo tal vez la anciana Glyffa. Nadie le echaba una mano. Había visto a algunos de sus compañeros saciarse con las reservas de agua familiares, incluso a Ebrahim. Y aun así, el otro muchacho, al ver medio litrojón de agua nauseabunda sin vigilancia, lo había bebido, con la vana esperanza de que nadie le viera. Qué fácil había sido para Ebrahim culpar a su amigo cuando descubrieron el robo…
Después de expulsar a Selim de las cuevas, Dhartha se había negado a darle ni una gota de agua para el viaje, porque se consideraba un despilfarro de los recursos de la tribu. Nadie esperaba que Selim sobreviviera más de un día, aunque lograra escapar de los temidos monstruos del desierto.
Masculló para sí, a sabiendas de que no podían oírle.
—Que tu boca se llene de polvo, naib Dhartha.
Selim se alejó de los riscos, mientras su pueblo le continuaba maldiciendo desde lo alto. Un guijarro casi le rozó.
Cuando llegó a la base de la muralla rocosa, que se alzaba como un escudo contra el desierto y los gusanos de arena, caminó en línea recta, con la intención de alejarse lo antes posible. El calor seco arremetía contra su cabeza. Los que le observaban se sorprenderían sin duda al ver que se alejaba de las dunas, en lugar de refugiarse en una cueva.
¿Qué puedo perder?
Selim tomó la decisión de que nunca volvería para suplicar ayuda. Caminaría entre las dunas con la cabeza bien erguida, hasta alejarse lo máximo posible. Moriría antes que mendigar el perdón a sus iguales. Ebrahim había mentido para proteger su vida, pero el naib Dhartha había cometido un crimen mucho peor a los ojos de Selim, cuando había condenado a muerte a un huérfano inocente solo porque simplificaba la política tribal.
Selim poseía notables aptitudes para sobrevivir en el desierto, pero Arrakis constituía un entorno muy duro. Durante las diversas generaciones transcurridas desde la llegada de los zensunni, nadie había regresado del exilio. El desierto los había engullido sin dejar rastro. Se aventuraba en lo desconocido con tan solo una cuerda colgada de su hombro, un cuchillo romo al cinto y un bastón afilado, un objeto que había obtenido en el depósito de chatarra del espaciopuerto de Arrakis City.
Tal vez Selim lograría llegar a la ciudad y encontrar empleo con los comerciantes extraplanetarios, bajando el cargamento de las naves que aterrizaban o colándose de polizón en una de las naves que viajaban de planeta en planeta, y que con frecuencia tardaban años en completar su periplo. Sin embargo, muy pocas naves hacían escala en Arrakis, pues el planeta estaba alejado de las rutas comerciales principales. Por otra parte, convivir con los extraños habitantes de otros planetas tal vez exigiera demasiado a Selim. Lo mejor sería habitar solo en el desierto…, si conseguía sobrevivir.
Recogió otra piedra afilada que le habían arrojado desde arriba. Cuando los contrafuertes montañosos se perdieron en la lejanía, encontró una tercera piedra que le pareció adecuada para lanzar. A la larga, se vería obligado a cazar. Podría chupar la carne húmeda de un lagarto y vivir un poco más.
Cuando se adentró en el desierto, Selim distinguió una larga península rocosa, lejos de las cavernas zensunni. Allí estaría lejos de la tribu, pero aún podría reírse de ellos cada día que sobreviviera en su exilio. Se mofaría de aquellos aldeanos y gritaría sarcasmos que el naib Dhartha no podría oír.
Selim hundió el bastón en las blandas dunas, como si azuzara a un enemigo imaginario. Dibujó en la arena un símbolo budislámico despreciativo, con una flecha que apuntaba a las viviendas de la montaña. Su desafío le deparó una satisfacción especial, aunque el viento borraría el insulto antes de que pasara un día. Ascendió una duna c
