El ministerio de la verdad

Carlos Augusto Casas

Fragmento

Capítulo 1

1

Era un día frío y luminoso de abril y los relojes estaban dando las trece. Una mujer caminaba deprisa entre la gente, que exhibía su indiferencia sin levantar los ojos de las pantallas de los móviles. Uno de aquellos zombis de la tecnología chocó con ella, pero siguió su camino sin dirigirle la palabra. «Ya nadie se disculpa —pensó—. Lo único que compartimos todos es la prisa.»

Y ella no era una excepción. Tenía una cita con alguien que quizá podría confirmar todas sus informaciones. Solo necesitaba una prueba, algo tangible que le permitiera, por fin, descubrir la verdad.

Le llamó la atención el sonido de sus propios tacones golpeando el suelo, un repiqueteo que le recordó los besos frenéticos de dos amantes que se reencuentran. En 2030, los automóviles de gasolina habían desaparecido y las calles, ahora ocupadas por coches eléctricos, eran mucho más silenciosas. Unos metros más adelante, un griterío rompía la calma habitual. Un grupo de veinte o treinta ancianos protestaban agitando pancartas y repitiendo viejas consignas.

—¡El pueblo, unido, jamás será vencido!

Se habían concentrado a las puertas del Ministerio de la Verdad. Aquella mole gris parecía observarlos con displicencia desde los cientos de ventanas que tenía por ojos. Inalterable ante aquella insignificancia. Proyectaba esa sensación de seriedad y perdurabilidad propia de los edificios oficiales. La mujer redujo el ritmo de sus pasos para tratar de averiguar el motivo de la protesta. Los ancianos agitaban una lona en la que habían escrito, con la caligrafía frenética de los espráis: «Queremos la verdad. Por unos medios libres del poder financiero». La policía había formado un cordón en torno a los manifestantes, como anticuerpos que aislaran un virus para que no contaminase al resto del organismo. Casi tocaban a un furgón policial por anciano. La mujer observó que justo enfrente de los manifestantes se había formado una enorme cola, en su mayoría gente joven. Estaban esperando la hora de apertura de una tienda de telefonía que ese día lanzaba al mercado su último modelo de smartphone.

«Los mayores son los únicos que protestan —pensó la mujer—. Son los únicos que recuerdan y saben hasta qué punto vamos a peor. Tal vez si consiguiera sacar a la luz...»

Una chica aislada del mundo por sus auriculares volvió a chocar con ella devolviéndola a la realidad. El torrente humano seguía su curso sin importarle la protesta. Lo único que les preocupaba era alcanzar rápido su destino, fuera el que fuese. Igual que la mujer. Debía llegar a su cita ya.

El Café del Loro era una más de las muchas franquicias que se dedicaban a vender distintas combinaciones de bebidas estimulantes, y a ponerles un nombre absurdo y un precio aún más absurdo. Con la barbilla clavada en el pecho en un intento por escapar al desagradable viento, la mujer entró en el local, aunque no lo bastante rápido como para impedir que se colara tras ella un remolino de polvo y suciedad. El local estaba decorado imitando el estilo elegante y señorial de las cafeterías de mediados del siglo XX, aunque evidenciaba, sin sonrojo, la falsedad de una vulgar copia. El excesivo brillo del suelo de baldosas ajedrezado, las lámparas doradas con sus historiadas tulipas hechas de un latón envejecido para parecer bronce y la barra de madera con florituras que no presentaba ni una muesca. Aquel lugar le recordó al David de Miguel Ángel hecho de cartón piedra que había visto en un parque temático. «Ya nada es, solo parece ser. Todo es apariencia», reflexionó.

Al menos, en el local hacía calor y el olor del café inundaba la sala como el recuerdo de un fallecido reciente. Los camareros iban y venían con sus impolutos uniformes blancos y negros portando bandejas con humeantes vasos de cartón. La mujer paseó la mirada por la sala y no tardó en reconocer a su cita. El hombre que buscaba estaba sentado a la mesa más alejada de la puerta, en un rincón, con la espalda apoyada en la pared. A primera vista, le resultó atractivo. Pelo negro disciplinado con fijador, el eterno traje azul propio de los altos funcionarios del Estado —aunque le sentaba mejor que a la mayoría— y esa seguridad rayana en la prepotencia típica de los hombres con poder, acostumbrados a dar órdenes. Cuando sus ojos se encontraron con los de la mujer, él sonrió moviendo su mano con un gesto que la invitaba a acercarse. Un escalofrío recorrió el cuerpo de ella, no supo bien por qué. Acto seguido se puso en pie, convidándola a sentarse.

—Por fin nos conocemos en persona —dijo ella—. Los correos electrónicos resultan muy fríos a la larga.

—Sobre todo cuando tienes que camuflar los mensajes entre conversaciones intrascendentes. Confieso que la palabrería no es muy de mi agrado. Digamos que soy más de verso que de prosa —ironizó el hombre.

—Espero que comprenda la necesidad de hacerlo así. Nunca se sabe quién puede estar observando. Hoy en día no es seguro comunicarse vía correo electrónico.

—Hoy en día lo único seguro es que nada es seguro. Pero qué maleducado, no le he preguntado si le apetecía tomar algo...

Con uno de esos gestos incontestables que derriban imperios, llamó al camarero. La mujer pidió un cappuccino. Mientras esperaban, se fijó en que él no paraba de darle vueltas a un palito de madera que hacía las veces de cuchara dentro de su vaso de cartón. La imagen le pareció deprimente.

—Echo de menos las cucharas y las tazas de verdad —señaló el hombre como si le adivinase el pensamiento—. Aunque diría que es usted muy joven para recordar cómo eran los antiguos cafés, los pequeños bares. Antes de que cerraran y las franquicias lo ocuparan todo.

—No soy tan joven, pero gracias por el cumplido. Sí que los conocí.

El camarero trajo el cappuccino junto con el sobrecito de edulcorante. El azúcar estaba prohibido y hacía años que no se servía en ningún establecimiento. La mujer dio el primer sorbo y se limpió la espuma del labio superior con la servilleta.

—Entrar en aquellos bares era una experiencia única —continuó él—. Cada uno preparaba el café de manera distinta, las tapas, la comida... Cada local tenía su propia forma de hacer las cosas. No como ahora. Este expreso sabe igual que todos los expresos de todos los Café del Loro del mundo. Exactamente igual. Y eso nos da tranquilidad. Nos indulta de tener que tomar decisiones, nos libera de la inquietud que experimentamos al tener que enfrentarnos a algo nuevo, aunque sea tan nimio como probar un café para evaluar su sabor. Hemos cambiado libertad por seguridad.

Y, dicho esto, el hombre apuró el café de un solo trago.

—Necesito que me ayude —le pidió entonces ella.

—Digamos que cuando uno accede a entrevistarse con una periodista ya supone que quiere algo más que un cappuccino gratis. O, al menos, no solo eso.

Estaba claro que el hombre jugaba con ventaja.

—Sé lo que está pasando en el Ministerio de la Verdad. A qué se dedican en la Habitación 101.

—Y si lo sabe, ¿para qué me necesita? —respondió él con cierto aire de suficiencia.

—No tengo pruebas. Solo el testimonio de personas que prefieren permanecer en el anonimato. Así no puedo demostrar nada.

De cerca, aquel hombre le resultaba un tipo bastante anodino. Analizados individualmente, los rasgos de su cara eran toscos y asimétricos. Los ojos frenéticos como dos insectos encerrados en canicas de cristal, la nariz aguileña de los buscadores de problemas y unos pómulos tan marcados que parecían querer rasgar la piel del rostro. Pero poseía el atractivo salvaje de los grandes felinos, esa belleza que nace del poder que transmiten.

—Así que, al parecer, hasta ahora, solo cuenta con rumores, suposiciones hechas por gente sin rostro —señaló el hombre—. ¿Y qué pretende, que sea yo el primero en dar la cara?

—No, en absoluto. Lo que necesito es que me facilite alguna prueba física, un documento, una grabación, lo que sea; algo que confirme esos testimonios. Usted trabaja allí, seguro que puede conseguirme algo.

Justo entonces, el hombre comenzó a dar golpecitos en la mesa con el palito de madera mientras recorría con la mirada la clientela del local. Quería asegurarse de que nadie los escuchaba. Aparte de la suya, solo estaban ocupadas otras dos mesas. En una, una mujer trataba, sin éxito, de sacudirse las migas del cruasán mientras tecleaba en su portátil; y en la otra, una pareja joven se ignoraba mutuamente para centrar su atención en las pantallas de sus respectivos teléfonos. Una sonrisa se dibujó en el rostro del hombre. Fue apenas un instante, como un destello. Entonces la mujer volvió a sentir un escalofrío.

—Si quiere que le ayude —le respondió el hombre—, va a tener que contarme con quién ha hablado. Comprenda que no voy a jugarme el puesto por las locuras de cuatro pintamonas.

—Sabe que no puedo revelar mis fuentes, pero le aseguro que son gente solvente y que lo que me han contado es cierto. Se trata de un asunto muy grave. No le habría hecho perder el tiempo si solo fueran rumores. Seguro que usted también ha oído cosas sobre lo que sucede en esa habitación. Es importante que la verdad salga a la luz.

El hombre se recostó despacio contra la pared con los brazos cruzados detrás de la nuca.

—Ay, ustedes, los periodistas... —Suspiró, exhalando el aire de sus pulmones—. Preguntan y preguntan...

En ese instante, ella notó cómo algo en la actitud de aquel hombre empezaba a transformarse. Al principio de una forma sutil. Apenas un pequeño cambio de la expresión corporal. Pero ahora se mostraba desafiante. Como si se hubiera transformado en una persona totalmente diferente.

—Pero nunca responden...; les gusta formular preguntas, pero no contestarlas. Y eso es algo feo, muy feo.

La mujer vio que sus manos se crispaban y la intensidad de su mirada aumentaba más y más hasta llenarse de odio. La imagen de un gran felino volvió a su cabeza. Pero ya no era hermoso. Las fieras solo nos parecen bellas cuando están enjauladas, cuando no representan un peligro. Alguien acababa de abrir la puerta de la jaula de la bestia que tenía delante, y ese alguien era ella.

—Usted no es el hombre con el que había quedado, con el que llevo intercambiando mensajes desde hace meses.

—Claro que lo soy, querida. Usted quería contactar con un alto funcionario del Ministerio de la Verdad y aquí lo tiene. Aunque mucho me temo que pertenezco a un departamento distinto del que esperaba. Mire lo que me he encontrado en su buzón.

El hombre extrajo un pequeño objeto plano envuelto en papel marrón. Parecía un libro. La mujer volvió a sentir un escalofrío. Pero esta vez sabía por qué.

—Debería revisar con más frecuencia su correspondencia —señaló el hombre, que ya había rasgado el papel del envoltorio—. Es otra costumbre que estamos perdiendo desde que los bancos dejaron de enviarnos cartas. Hay que reconocer que eran los únicos que lo seguían haciendo. Otra cosa que echo de menos, además de las cucharas, es recibir una tarjeta de felicitación el día de mi cumpleaños. Decía mucho de la persona que te la enviaba. —Mientras hablaba fue desenvolviendo con parsimonia el paquete.

Cuando terminó, el hombre puso delante de la cara de la mujer la cubierta del libro. Era 1984, de George Orwell. El pánico llenó de tics el rostro de ella.

—Sabe lo que significa, ¿verdad? Claro que sí. Sus amigos, esos que se mantienen «ocultos» entre las sombras, querían avisarla de que no acudiera a esta cita, de que era peligroso. Y el mensaje en clave consistía en enviarle este libro. Lástima que nosotros llegáramos antes que usted. Dígame: ¿quién cree que se lo ha mandado?

La mujer miraba desesperada en todas direcciones buscando una vía de escape. Tenía que salir de allí, tenía que huir. Pero su cuerpo no parecía responder a las órdenes de su cerebro; permanecía inmóvil en su asiento, como un conejo que se queda paralizado al ver que se acercan los faros de un automóvil.

—¿Sabe una cosa? —continuó el hombre viendo que no contestaba—. No necesito que responda a mis preguntas porque ya conozco las respuestas. He oído cosas, muchas cosas. Las conversaciones que ha mantenido con sus amiguitos, por ejemplo. Conspirando contra el Ministerio. Urdiendo planes clandestinos para desestabilizarnos. Sí, con esos «informantes anónimos», como usted los llama. No ponga esa cara. No debería llevar el móvil encima en sus citas secretas. Ni se imagina la de cosas que podemos hacer cuando intervenimos un teléfono. Lo sé todo. ¿No me cree? Voy a hacerle una demostración.

El hombre cerró los ojos aparentando concentrarse. Con dos dedos de cada mano comenzó a masajearse las sienes, como un adivino antes del número final.

—Veo un nombre..., el del hombre que le puso tras la pista..., un periodista como usted, aunque retirado... Me está llegando el nombre, ya casi veo las primeras letras... Ga... Gabriel Romero.

Acto seguido, sus ojos se abrieron de golpe. Fríos y sin luz, como los de una muñeca gótica. La mujer vio que introducía su mano dentro del bolsillo de la chaqueta mientras inclinaba el tronco sobre la mesa para acercarse a ella.

—El mundo sería un lugar mejor sin gente haciendo preguntas como usted —sentenció el hombre.

Bajo la mesa, la mujer sintió que una mano le apretaba el muslo como un cepo y, justo después, un breve pinchazo. Cuando bajó la mirada apenas pudo ver desaparecer la jeringuilla en el bolsillo del abrigo del hombre.

—¿Le gusta la poesía? Ya nadie lee poesía. Demasiado sublime para unos tiempos tan zafios. ¿Conoce a César Vallejo? Seguro que no. «En verdad, vosotros sois los cadáveres de una vida que nunca fue. Triste destino. El no haber sido sino muertos siempre.»

La mujer comenzó a sentirse extraña, trató de gritar, pero la voz no le salía de la garganta. De pronto vio que el suelo se acercaba de golpe hacia su cara. Se había desplomado de la silla. Contempló el rostro de los camareros muy cerca del suyo mientras oía cómo el hombre pedía a gritos que llamaran a una ambulancia. La mujer notó que su cuerpo comenzaba a convulsionar con violencia, las extremidades ya no le respondían y la cabeza rebotaba contra el suelo. Lo único que sentía era el frío de las baldosas en la espalda. Sintió una ridícula sensación de vergüenza al pensar que se le había subido la falda. No quería morir con su ropa interior expuesta a las miradas de todos. No quería irse, no así. Le quedaba tanto por hacer... Entonces, el rostro del hombre ocupó todo su campo de visión, como un eclipse. Su sonrisa era brillante y amenazadora, como una sierra.

—El mundo es un lugar mucho más feliz si no sabemos la verdad.

Capítulo 2

2

—Y dime: ¿por qué has decidido ser periodista?

—Para descubrir la verdad y contársela a la gente.

Julia se arrepintió de haber pronunciado aquellas palabras en el mismo instante en que estas salieron de su boca. ¿Cómo se le podía haber ocurrido responder una simpleza semejante? La hacía parecer... ingenua, cándida, pero, sobre todo, idiota. Exactamente lo que era. Sentada frente al señor Sánchez-Bravo, el director del periódico El Observador Digital, el hombre que tenía que decidir si la contrataban como becaria o no, Julia comenzó a desear encontrarse a mil años luz de aquel despacho. Y quizá lo estuviera en pocos minutos, porque a juzgar por cómo la miraba aquel hombre por encima de sus gafas, parecía más cerca de la puerta de salida que de ocupar una mesa en la redacción.

—Seguro que respuestas así se puntúan bien en los exámenes de la facultad. Pero esto no es una clase de periodismo. Esto es un periódico. Y yo soy su director. Bienvenida al mundo real. Y ahora, déjate de eslóganes publicitarios sobre el valor de la sacrosanta información y dime por qué quieres ser periodista. La verdad.

Julia bajó la mirada en busca de la respuesta adecuada. Descubrió que sus rodillas temblaban descontroladas y que sus manos no paraban de estirar una y otra vez el borde de la falda. Fijó la mirada en sus uñas, como si acabara de darse cuenta de que las llevaba sin arreglar. Ese había sido su primer error. Se veía a la legua que se las mordía, una prueba de su nerviosismo y de su inseguridad. Parecía que necesitaba terapia en vez de unas prácticas. Luego estaba lo de la ropa. ¿Por qué narices se había puesto aquel traje? Al menos lo había combinado con unas botas altas. Parecía una camarera de planta. Una chaqueta negra, formal, y una blusa blanca sin escote. Aunque si lo repasaba con calma, tampoco estaba tan mal. Quizá el problema fuese el maquillaje. Se había tirado una hora ante el espejo tratando de ocultar los vestigios aún apreciables de la niña que fue bajo capas y capas de colorete, sombra de ojos y lápiz de labios. Al menos desechó a última hora la idea de rizarse el pelo. Se lo había recogido en una coleta alta que dejaba ver sus facciones. Odiaba su pelo negro, liso e insulso como una cortina. Lo había heredado de su madre. Su madre...

En momentos así, en los que necesitaba ayuda, era cuando más la echaba de menos. Un accidente acabó con su vida cuando Julia aún era una niña. Apenas le quedaban recuerdos de ella. Trataba de atesorarlos en su memoria: el olor de sus manos, la voz que le susurraba cuentos por las noches, la sensación de seguridad al estar entre sus brazos. Pero los recuerdos son frágiles y el tiempo los desgasta de tanto acariciarlos. Julia comenzaba a notar que algunas imágenes del pasado poco a poco se iban difuminando en su mente. Ya había olvidado el rostro de su madre. Ahora, en su cabeza, la cara que se formaba era la de las fotos que aún colgaban por su casa. Estáticas, planas, inertes.

—Sigo esperando una respuesta, Julia. A veces, lo más difícil de esta maldita profesión es decir la verdad —aseveró sin dejar de mirarla.

—Mi padre nunca ha querido que yo sea periodista. Cree que, como a él le fue mal, a mí me ocurrirá lo mismo. Me gustaría demostrarle que se equivoca. Que puedo ser mejor que él.

Sánchez-Bravo apoyó un codo sobre la mesa mientras sostenía su barbilla al tiempo que se tapaba la boca con los dedos. Un gesto demasiado artificial como para no ser una pose estudiada. Julia vio que sonreía con los ojos.

—Eso está mejor. Mucho mejor. Ahora sí me estás diciendo la verdad, pero no «toda» la verdad.

El desconcierto se hizo patente en la expresión de Julia.

—Tú lo que quieres —continuó Sánchez-Bravo—, lo que realmente quieres, es joder a tu padre. ¿No es así? Superarlo, conseguir el reconocimiento que él nunca logró. Y eso me gusta. El resentimiento es una de las grandes motivaciones de nuestro tiempo. Perfecto, pues. ¿Cuándo puedes empezar?

En ese momento, el desconcierto cedió el paso al entusiasmo.

—¿El puesto es mío?

—Claro que es tuyo, aunque no sé por qué te alegras. Es una beca no remunerada, lo que significa que el periódico podrá disponer de ti cualquier día de la semana a cualquier hora, que te ocuparás de todas las tareas que nadie quiere hacer y que no cobrarás por ello.

—Suena estupendo.

—Pues díselo a mi hija, por favor. He intentado convencerla de que aceptara el puesto unas cien veces, pero no ha habido manera. Estudias en la misma facultad que Beatriz, ¿no es así?

—Bueno, sí, vamos al mismo curso. Pero ella en el Plan A y yo en el B. De hecho, estoy aquí por ella, y por eso quería darle las gracias. A ella y a usted. Los estudiantes del Plan B no tenemos acceso a prácticas. Bea me comentó que estaban buscando a alguien en el periódico, después de lo que le pasó a esa periodista hace unos días...

—Marta Alonso, sí. Cayó fulminada en medio de un café. Paro cardiaco. Una lástima. Era una buena periodista, con tendencia a exagerar sus historias, ya me entiendes. Pero buena profesional. Estas muertes inesperadas lo dejan a uno conmocionado. Por cierto, no me des tanto las gracias. Dentro de un mes me odiarás por haberte contratado. Vamos —Sánchez-Bravo se levantó de su mesa y con un ademán la condujo fuera de su despacho de paredes de cristal—, voy a enseñarte la redacción.

Julia esperaba encontrar ese maravilloso caos resultado de la actividad frenética, la libertad y el compromiso, el imaginario que el cine y las series habían creado en torno a las redacciones de los periódicos. Una de esas salas diáfanas enormes, llenas de mesas repletas de papeles, donde se oía el repiqueteo constante de los teclados, el ruido de los teléfonos que no dejaban nunca de sonar y los gritos de los periodistas, que siempre tenían noticias importantes entre manos. Pero nada más entrar en la redacción de El Observador Digital, sintió como la decepción le daba unas palmaditas en la espalda. Se trataba de una sala pequeña y mal iluminada ocupada tan solo por tres pares de mesas enfrentadas. Unas paredes de cristal separaban la redacción de los diferentes despachos. Sus ocupantes miraban las pantallas de los ordenadores en absoluto silencio. No sonaba ningún teléfono y nadie parecía tener ninguna prisa. Más que una redacción aquello semejaba una oficina gris.

—Bueno —preguntó Julia, tratando de disimular la decepción—, ¿cuál es mi sitio?

—¿Tu sitio? ¡Ninguno! —respondió Sánchez-Bravo—. Trabajarás desde casa. La mayoría de nuestros redactores ya lo hacen. A los periódicos digitales, el teletrabajo nos ha permitido librarnos de la carga de mantener las antiguas e ineficaces redacciones, estructuras tan grandes y lentas como los dinosaurios. Y, como ellos, se extinguieron. El mundo de la información ha cambiado mucho en los últimos años. Y la forma de tratar las noticias también. Nos hemos tenido que reinventar para sobrevivir. Piensa que la gente llega a su casa cansada del trabajo. Lo último que le apetece es calentarse la cabeza con noticias aburridas que le recuerden lo mal que va todo. Quieren divertirse con algo que los distraiga, que no los haga pensar: series, películas, videojuegos... El entretenimiento es nuestro principal competidor. Y como no podemos con el enemigo, nos hemos unido a él. Nuestro trabajo es convertir la información en diversión.

Julia observó a Sánchez-Bravo algo extrañada.

—Pero hay noticias que por su trascendencia no pueden ser... entretenidas. Por ejemplo, un atentado con víctimas o una rueda de prensa del presidente donde anuncie una subida general de impuestos.

—Pues ese es el actual cometido de los periodistas y también va a ser el tuyo a partir de hoy: hacer que las noticias resulten atractivas. Piensa que, si no lo consigues, la alternativa es que la gente juegue con sus móviles o vea una serie.

—Entonces, ¿los periodistas ahora nos dedicamos a entretener y no a informar?

—Las dos cosas, Julia. Nos toca hacer las dos cosas si queremos que los medios de comunicación no desaparezcan. Pero ahora contamos con la tecnología. En el periódico, por ejemplo, sabemos los gustos, las preferencias y los temas de interés de todos nuestros suscriptores analizando qué webs visitan, qué perfiles siguen, dónde compran. Y, en función de eso, un logaritmo decide las noticias que debemos hacerles llegar. Antes era el público el que buscaba la información en el periódico, la radio o la televisión. Hoy, gracias al Big Data, es la información la que busca al público. Bueno, dime, ¿qué te parece la redacción? —preguntó Sánchez-Bravo, haciendo un gesto ampuloso con las manos, como si abriera unas enormes puertas invisibles.

—Me la imaginaba distinta —contestó Julia, aún con la decepción en la mirada de quien acaba de ver como la carroza se transformaba en una calabaza.

—Ya veo. Os suele suceder a los nuevos. En fin, tampoco pasarás mucho tiempo en ella. Y ahora hablemos de lo que queremos que hagas. Te encargarás de una de las secciones más importantes del periódico. La hemos llamado «Hoy es noticia en las redes...». —Julia lo miró confundida—. No pongas esa cara. Lo sé, lo sé, no es una de las secciones clásicas como Sucesos o Política, pero es la que nos da más dinero. La semana pasada, la gente se volvió loca discutiendo sobre la imagen de un vestido que circulaba por la red. Nadie se ponía de acuerdo sobre su color. Unos lo veían blanco y dorado, y otros, azul y negro por un efecto óptico o no sé qué. Dimos la noticia en portada y tuvo más de un millón de visitas. Y a más visitas, más anunciantes. Más anunciantes, más dinero. Esa es la secuencia que nos permite continuar con esa mala costumbre de comer tres veces diarias y pagar la hipoteca. Y precisamente quiero que tu cometido en El Observador sea ese: detectar qué es lo que bulle en las redes a diario.

—No es que me queje, ya le he dicho que le estoy muy agradecida por darme esta oportunidad, pero me preguntaba si habría la posibilidad de que me asignara a otra sección. Quiero aprender lo máximo posible durante el tiempo que dure la beca y no creo que lo haga cubriendo ese tipo de noticias... intrascendentes.

—Si esperas el tiempo suficiente, todo se convierte en intrascendente, te lo aseguro.

De pronto, una figura apareció al fondo de la sala rodeada por un séquito de guardaespaldas. Alta, con los andares impetuosos de aquellos que saben siempre adónde van. Una expresión autoritaria en la mirada y un gesto de desdén en la comisura de la boca. Uno de esos seres de los que nadie se ríe en su presencia. Su ropa, su porte, sus gestos. Todo en él parecía diseñado para infundir respeto. El mismo que provoca un revólver apuntándote. Un respeto asociado al miedo. Julia fue testigo del efecto que causó su aparición en el señor Sánchez-Bravo.

—Oh, hummm, vaya. Ya está aquí..., eh, Julia, lo siento. Me acaban de adelantar una reunión y no puedo hacer esperar al..., a mí... Mañana te llamo para contarte con qué quiero que te pongas. ¡Varona! ¡Ven aquí! Acompaña a Julia hasta la puerta.

Un hombre de unos sesenta años se levantó de una de las tres mesas y fue hacia ellos. Tenía el aspecto descuidado y trasnochado de los que hace años dejaron de preocuparse por la opinión de los demás. Ropa ancha, de colores mal combinados, con la que ocultar la barriga. Barba espesa, espolvoreada de blanco por el tiempo. Melena larga y encrespada, último reducto del joven rebelde que fue. El rostro arrugado de los que han reído mucho, aunque las bolsas bajo sus ojos parecían contener millones de lágrimas no derramadas. A Julia le cayó bien al instante. No supo por qué.

—Julia —dijo Sánchez-Bravo—, este es Alfredo Varona, uno de los pocos periodistas que siguen viniendo a la redacción. Le dejamos porque no tiene adónde ir. Su mujer lo echó de casa, ¿hace cuánto ya?

—Once años —respondió Varona.

—No sabes cómo la envidio. Esta es Julia Romero, la nueva becaria. Se incorpora mañana. Intenta que no se asuste, al menos el primer día, y trátala bien. Y tú, Julia, hazme un favor: asegúrate de que tu padre sepa que trabajas para mí. Estoy seguro de que le va a encantar. Ahora disculpa, me están esperando.

Sánchez-Bravo se dirigió deprisa al encuentro con aquella esfinge misteriosa y sus guardaespaldas, deshaciéndose en gestos de bienvenida y continuadas reverencias.

—Está esperando que el amo le dé unas palmaditas en la cabeza y le diga: «Buen chico» —señaló el tal Varona mientras contemplaba la escena junto a Julia.

—¿Quién es...? —preguntó Julia.

—¿No conoces al Gran Hermano?

—¿El «Gran Hermano»?

—Chiss. —El tal Varona se llevó un dedo a los labios pidiendo a Julia que guardara silencio—. Será mejor que no te oigan llamarlo así, al menos si quieres tener futuro como periodista. A mí me da igual que me oigan. Yo solo soy un párrafo que se acerca al punto final y al que han dejado de leer. Pero tú apenas has comenzado a escribir las primeras palabras de tu artículo y debes tener cuidado. El consejero general del Ministerio de la Verdad no es alguien que acepte las críticas, aunque se traduzcan en algo tan inocuo como un mote.

—¿Y por qué lo llaman así?

—Demasiada información para tu primer día. El gilipollas de Sánchez-Bravo ha dicho que te apellidabas Romero. Qué casualidad, yo tuve un compañero que se llamaba Gabriel Romero.

—Qué casualidad. Yo tengo un padre que se llama Gabriel Romero. Y fue periodista.

Varona se paró en seco en medio del pasillo de la redacción. Miró a Julia con ojos distintos, como si asistiera a un prodigio, y su cara entera se convirtió en una sonrisa.

—¡La hija del gran Romero! No me lo puedo creer. Pero si yo te conocí cuando eras... ¡Dios! Hablo como un viejo. ¿Cómo está tu padre?

—Triste, la mayor parte del tiempo. Y de mal humor.

—Me imagino. Desde lo de tu madre... Y lo que le hicieron. Ahora entiendo por qué ese desgraciado de Sánchez-Bravo te ha pedido que le dijeras que trabajas para él. Será miserable.

—No sabía que se conocieran.

—Sí, trabajaron un tiempo juntos. Y nunca se soportaron. Eran muy distintos. Yo era del bando de tu padre; es difícil aguantar a alguien como Sánchez-Bravo.

—¿Pasó algo entre ellos? No me gustaría que me utilizaran para saldar viejas rencillas.

—Nada grave, que yo sepa. Solo que tenían dos formas muy distintas de entender el periodismo. Ante los poderosos, Sánchez-Bravo es más de dar la patita, como acabas de ver. Y tu padre prefería morderles la mano. Uno se llevaba el premio y al otro le ponían el bozal. ¡Si yo te contara las historias que he vivido con tu padre! Gran periodista y gran bebedor también. Tengo que llamarlo. ¿Le

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