1
Nací el 18 de octubre de 1902. En una tarde de viento, según me contaba mi madre. «Naciste, idiota, en una tarde de viento», me decía, y me revolvía el cabello como se revuelve el cabello a los niños tontos. Yo, en realidad, no he sido tonto nunca, sólo me lo hice hasta cumplir los veinte. Sin ningún plan concreto.
Mi nombre es Jaime Fanjul Andueza, hijo de Ramón Fanjul y de Conchita Andueza. Nací en Salamanca recién estrenado el reinado de Carlos VII, en el período de transición consensuada entre la IV y la V repúblicas. Siempre me pareció civilizada la costumbre, tan española, de alternar república y monarquía de forma apacible: treinta años para cada régimen, para evitar la queja. O para concentrarla.
En aquellos años Salamanca aún no tenía mar, aunque muchos empezaban a pasearse en bañador, incluso en lo más crudo del invierno, para invocarlo; y aunque no era costumbre airear la opinión delante de nadie, las tertulias abundaban en los cafés («Las tertulias, idiota, abundaban en los cafés», me contaba mi madre).
Empezaban a abandonarse los susurros de la IV república, impuestos sin respuesta por Augusto Sanfuentes, presidente adusto hasta lo espartano (se decía de él que no comía sin dos razones de peso), quien consideraba que el pueblo lo escucharía mejor desde el silencio. «¡Chusma inconsciente!», gritaba en los discursos llevándose un dedo a la boca, mientras la multitud, complacida, aplaudía tan bajito como podía.
Me contaba mi madre que nunca fue capaz de quererme, aunque eso no le impidió proveerme de alimento, pues una madre es una madre y no debe confundirse una cosa con la otra. Nunca me puso, según recuerdo, la mano encima. Salvo una vez o dos. Siempre me sentí atendido. Nunca me llamó por mi nombre. Por no cogerme cariño, decía.
Mi madre fumaba mucho, pero a veces no. Le iban y venían las ganas. Fumaba unos cigarrillos muy finos que ella creía que olían a menta. Yo la llamaba madre con un respeto profundo que conservé durante mucho tiempo, pero nunca conseguí que se girara si no le silbaba con fuerza. (En mi actual senectud sigo sin poder parar un taxi sin acordarme de ella).
Fui un niño alborotador. Valiente hasta lo temerario, aunque pude demostrarlo pocas veces porque apenas me dejaban salir de casa. Mi padre tenía un negocio próspero del que yo me avergonzaba: una mercería de dos plantas frente al mercado central a la que las señoras de Salamanca acudían a comprar ropa interior. A veces pasaba, aburridísimo, horas y horas en la tienda. Como nadie recela de un niño aburrido, el cuerpo de la mujer dejó enseguida de tener secretos para mí, quedé hastiado antes de tiempo. Al cumplir los ocho le exigí a mi padre que, en cuanto se jubilara, vendiera el negocio, o que tuviera, si no, más hijos: yo no me haría cargo de él. Con rostro neutro (pocas veces le vi manifestar emoción ninguna) me cruzó la cara de un sopapo, un bofetón seco.
Me detuve un instante para escuchar bien el pitido agudo y plano que me llenaba el cerebro. Nunca había oído nada así, estaba como hechizado. Como mi padre comenzara a reconvenirme, levanté la palma de la mano para que callara. Comprendió por mi expresión que vivía un momento singular, así que se retiró respetuoso y ordenó a los empleados que no me molestaran.
Por veinte minutos —quizá fueron más— me quedé quieto en medio de la tienda oyendo cómo el pitido crecía y decrecía, mientras hacía, curioso, todo tipo de experimentos. Me tapaba una oreja y luego la contraria, alterando del pitido su tono y frecuencia. Probaba, pulsando el cartílago del trago, ritmos sincopados; luego, simples y repetitivos. Me tapaba ambos oídos sin reducir el volumen del zumbido, intrigado por un origen que sólo podía hallarse en el centro de mí mismo; inclinaba la cabeza y el sonido, como una canica, rodaba al lado contrario hasta que alcanzaba el otro extremo, yendo y viniendo, yendo y viniendo. Y se estabilizaba de nuevo. Por fin el silbido se apagó. Con gran tristeza, fui recuperando el movimiento.
Una fila de señoras que, al ver obstruido el paso, se había formado frente a mí se dirigió a los mostradores como si nada, les parecía de lo más normal que dentro de mi cabeza se hubiera parado el tiempo. (La gente sentía entonces por los demás gran respeto). Me costó encontrar a mi padre, quien, solícito y profesional, atendía a una dama en la sección de camisones. Le pateé con fuerza la espinilla y me despedí de él por el resto del día.
Nunca volví a cruzar la entrada de la mercería, a pesar de la insistencia de mis padres. A veces mi madre me arrastraba calle abajo y acabábamos los dos en el suelo, revueltos en una nube de polvo. Mi madre jamás me entendió, sólo la ausencia de expectativas le evitó la decepción. Mi padre acabó por hacerme caso con lo de tener más hijos, así que, pocos meses después, llegaba un hermanito nuevo.
Guardo pocos recuerdos de mis primeros años. Una mariquita recorriéndome los dedos que aplasté antes de que echara a volar. Una jofaina desportillada en la cocina que nunca usó nadie. El botón de un abrigo negro en un cenicero de alpaca. La entrada embarrada de la iglesia cuando llovía, y las beatas saltando los charcos. Un niño de clase, Luisín, que, cuando le preguntaban la lección, respondía: «Si me la sé, ¿puedo cantar un poquito?». Recuerdo a mi padre leyendo el periódico con una pipa apagada en la boca. Recuerdo a la criada de pelo castaño que me ayudaba a vestirme cada mañana sin acercarse a mí, señalando sólo la prenda que me tocaba ponerme. Recuerdo un piano lejano: escalas repetidas y repetidas, y repetidas (más tarde aprendería yo a hacer lo mismo). Recuerdo una lluvia de ceniza que duró diez días y que nadie supo nunca de dónde venía. Recuerdo una lámpara de cristal verde que no me dejaban tocar, pero que tocaba. Recuerdo un libro pequeño con grabados de leones. Recuerdo haberme hecho el dormido cuando mi madre entraba en el cuarto (y cómo me miraba, y cómo acababa yo riendo, y cómo, al abrir los ojos, veía que ella ya no estaba). Recuerdo un recorte de luz en la pared con forma de mesa, el mismo cada noche. Recuerdo un frío intenso, seco, vivificante.
Recuerdo el aburrimiento infinito cuando me encerraban en casa, que nunca me dio nada a cambio: lejos de estimular la imaginación, la anulaba; quedaba en mí sólo el deseo de salir de allí, como quedaron los intentos de hacerlo de mil y una formas equivocadas.
Una vez tuvieron que rescatarme del balcón porque quedé colgado por fuera al intentar marcharme. Como he dicho, era temerario.
Recuerdo el olor a chocolate caliente los domingos por la mañana. Recuerdo el asco que me producía. Recuerdo a mis padres obligándome a beberlo, mi padre sujetándome los brazos, tapándome la nariz, mi madre vertiéndome el engrudo en la garganta como si fuera un pavo, convencida de sus propiedades mágicas: «El oro de los reyes», decía. Por motivos que nunca detalló, creía que el chocolate me sacaría el diablo del cuerpo. Mi madre leía el tarot a los vecinos y nos aseguraba que de noche se desdoblaba.
En mi casa siempre hubo un rincón para la ciencia y otro para la magia. Y un rincón para la fe, que mi padre consideraba el puente entre ambas. En el cuarto rincón estaba la jofaina.
2
La llegada de mi hermano cambió algunas cosas. Mi madre quiso llamarlo Benito, que era el nombre de un notario que se llevaba mal con mi padre. Aunque mi padre registró al pequeño como Luis, ella lo llamaba Benito igualmente: mi madre nunca prestó atención a nadie, y a la realidad menos que a nada. Al final lo llamábamos Benito todos, también mi padre.
Mi padre y su único hermano, un militar de rango retirado en Cuba, formaban la tercera generación de una dinastía mercera. Llegué a conocer a mi bisabuelo, hidalgo enjuto y sordo del que nadie imaginaría que supiera de enaguas. Un día se murió y mi madre dijo: «Vaya por Dios». Y mi padre pidió que le alcanzaran el sombrero y salió de casa.
Mi madre era hija única y procedía de una familia acomodada de Pontevedra, a la que no había vuelto a ver desde su boda. «Galicia es lejos», decía, como justificándose.
Mi hermano trajo un poco de alegría a la casa: se caía a menudo y a todos nos hacía gracia. Mientras fue un bebé, apenas le presté atención, entendía la biología de su cuerpo, el milagro de la carne, pero no aceptaba que albergara vida, vida de la de verdad, de la que sólo a veces —y sólo pasados los años— otorga al cuerpo un sentido mayor que el de la algarabía. Mi madre le daba el pecho y ojeaba revistas de moda. Se acababa la revista y se acababa el pecho. Yo a veces me escurría en la habitación de mi hermano, cuando dormía, sacudía la cuna y regresaba a mi cuarto a toda prisa. Avisada por el llanto, mi madre acudía y lo dormía otra vez. Yo lo escuchaba todo desde la cama, me levantaba de nuevo y de nuevo lo despertaba. Me gustaba ser la razón de sus respuestas, sentir que, al apretar un botón, el mundo se ponía en marcha. Así me dormía satisfecho.
Un día, al colarme en su cuarto, sacudí la cuna sin saber que mi madre seguía allí, sentada en la oscuridad, con el niño en brazos. «Este niño es tonto», dijo en voz alta, sin indignación siquiera, y me pidió que me acercara. «Aguanta la respiración», me dijo. Primero me puse rojo, luego los pulmones empezaron a moverse solos. Mi madre me miraba con calma mientras yo perdía la conciencia. Me habría bastado con abrir la boca, pero su mirada era el vacío y yo he sido cabezota siempre. Cuando me abofeteó por sorpresa, el aire volvió a mí. La nariz me empezó a sangrar. El dolor me recorrió la columna y me conectó con el suelo, me llenó de terror y alivio, y con el alivio llegó el placer, que me liberó de la muerte y me dejó sumido en profundas reflexiones. Todo lo que me ha importado en la vida ha sido, desde entonces, contradictorio. Mi madre devolvió a mi hermano a la cuna. Rebajado de causa a consecuencia, perdí el interés en despertarlo.
Benito era un niño alegre que, por razones misteriosas, me adoraba. A veces lo llevaba al parque, sólo por salir de casa (en realidad, lo llevaba la criada, yo me agarraba al carrito y mi madre sacudía la cabeza). Soñaba con un mundo en que encerraban a Benito para indultarme a mí. Le señalaba con el dedo, mortalmente serio, y él reía y reía, inmune a todo. Yo no entendía tanto amor. Me desconcertaba.
Cuando Benito cumplió tres años, nació mi hermana Andresa, Andresita. Y luego Elena, que murió enseguida. Y luego la otra Elena, que siempre se sintió sustituta y por eso aceptaba la vida como venía. En eso nos llevaba ventaja. Para entonces yo ya no le importaba a nadie y empecé a moverme con cierta soltura por Salamanca.
Piedra y frío, Salamanca era, como ahora, una ciudad absorta, uno andaba por sus calles y acababa aplastado por el peso de secretos viejos; de día bullía, pero al anochecer se vaciaban las calles y llegaban los fantasmas.
Yo iba a los Escolapios. Augusto Sanfuentes había declarado obligatoria la educación religiosa (para ahondar, decía, en las raíces cristianas, que eran las de la civilización) y Carlos VII no había encontrado motivo para cambiar nada. También en la escuela me hacía el tonto muy bien, contestaba los exámenes para pasarlos con lo justo y me escapaba de clase para atender a mi madre enferma —o eso les contaba a los curas—, que estaba de lo más sana. Los curas, que intuían la verdad, no protestaban, así que vagaba por las calles llenas de repartidores, seminaristas, criadas, y acababa en el Patio Chico, a la espalda de la catedral. A veces se me hacía tarde, pero en casa nadie se alarmaba.
La primera vez que vi un fantasma tendría unos nueve años. Atardecía en el Patio Chico, que queda más bien a la sombra: Salamanca lleva siglos ardiendo al atardecer, el sol arroja su último aliento sobre la piedra de Villamayor y no sé qué produce en ella que los muros pasan de granito a oro, salvo en el Patio Chico, un rincón que no admite milagros; allí la luz es como toca, uniforme y plana. Primero, lo vi con el rabillo del ojo, una forma escurridiza a mi izquierda. Cuando giré la cabeza, ya no estaba. Volví a tratar de mirarlo de soslayo y lo medio vi, aunque, al enfrentarlo, se desvaneció de nuevo. A los fantasmas hay que abordarlos de lado.
Con el tiempo me hice bastante bueno cazándolos, esperaba el crepúsculo y buscaba formas con el rabillo del ojo, casi siempre a la izquierda. Aprendí a discernir sus siluetas, a distinguir su sexo. Primero los veía en la soledad del Patio Chico, luego los reconocía en todas partes: en la Rúa, en la calle Libreros, en el Puente Romano, en la Plaza Mayor, frente al palacio de Anaya. Luego empecé a encontrármelos pasada la zona vieja, casi siempre al atardecer, a veces de noche, los mismos fantasmas, algunos venidos del futuro.
Al final pude verlos de frente y aprendí a hablar con ellos: «Buenas tardes, buenas noches», la mínima cortesía entre planos que se cruzan. No intercambiamos mensajes hasta mucho más adelante.
Una tarde en que mi hermano no se caía, le puse la zancadilla yo. Se dejó las rodillas en el suelo y me ofrecí a curárselas. Benito, que creía que todo era por su bien, se tragaba las lágrimas. Sonreía agradecido. Su sonrisa me atravesó el alma: lo abracé con fuerza y le juré que no volvería a hacerle daño.
Ahora que Benito tenía cuatro años, reconocía en él síntomas de humanidad y dejé de considerarlo una cobaya. Le limpié las heridas en casa, le apliqué yodo, le soplé con seriedad las rodillas mientras él me observaba en silencio. Le miré a los ojos. Asentí. Llevado por una extraña intuición, le revelé un secreto. El secreto lo he olvidado, pero en su mirada vi que él lo guardaría por siempre.
Por la noche tuve un sueño. Estaba con mi hermano en el mar, el agua nos llegaba a las rodillas. Entonces un golpe de agua lo mandó al fondo, no muy lejos de mí. Yo sumergía los brazos para recuperarlo, pero no lo encontraba. Metía la cabeza en el agua: tenía que estar cerca, pero no lo veía; lo buscaba braceando en la nada, tomaba aire de nuevo, me sumergía. Pasaban los segundos y no daba con él. El agua era oscura, casi negra, no podía ver nada. Quizá lo había alejado la corriente. La desesperación empezaba a atenazarme. Emergí para respirar, aterrorizado por el tiempo perdido, por la desorientación. Dondequiera que estuviese, sólo yo podía salvarlo…
Despertar no me trajo ningún alivio. Me sentía empequeñecido por el terror, empapado de culpa: mía era la responsabilidad de cuidarlo y ahora Benito estaba muerto; que durmiera plácidamente en la habitación de al lado no cambiaba nada. Cuando el sol se coló de nuevo por la ventana devolviendo algo de color al ropero abierto —hasta entonces, una boca negra—, yo seguía temblando. Sigo temblando ahora. Desde entonces, cierro el ropero por las noches. Por si acaso.
Mis hermanas siempre me parecieron un incordio, pero Elena, la pequeña, era sagaz y sensible. No necesitaba a nadie, no se hacía notar. No se quejaba de nada y, sin hacerse presente, jamás sobraba. Andresa era más ruidosa, más mandona. Más quejica y convencional. Con el tiempo aprendió a hablar cuando tocaba; acabó de maestra en Crespos, un pueblo de Ávila; habría preferido casarse, pero, esperando al príncipe azul, se le pasaron mil pajes. Las dos iban a las Josefinas, recitaban la tabla de multiplicar, se sabían los afluentes del Ebro. Yo me sabía los reyes godos, y, los que no, me los inventaba. Me inventé a un rey que se llamaba Deudovico.
Deudovico era un rey muy bueno y muy valiente que había matado a su padre con razón. Montado en un dragón alado, combatía con honor a los de Tarragona y guardaba un tesoro en la torre del castillo. (A veces me entretenía dibujando las batallas y Elena añadía lanzas, aferrada a su cera azul, su favorita). Deudovico tenía tres mujeres: Merovea, Goviscinta y Maricarmen Casas. Las quería mucho a las tres y les compraba lo que querían. Tuvo treinta y tres hijos y los mandó a la guerra a los treinta y tres para que no hicieran ruido en casa. Como murieran todos de uno en uno, tuvo otros treinta y tres, a quienes mandó a guerrear de nuevo. Esta vez iban de otra manera. Deudovico era también inventor. Había inventado la pólvora y había inventado el agua. Había inventado el tenedor y había hecho un acueducto que sacaba el agua del laboratorio real y la llevaba a los valles. Así nacían los ríos. Los pescadores de los valles se ponían muy contentos, porque nunca habían pescado nada.
Mis hermanas prestaban mucha atención a mis historias, casi tanta como Benito. «Lo que sabe Jaime», decían. Y luego se iban a jugar dando saltitos.
A veces los hermanos nos sentábamos y hablábamos de serpientes. Si estaban en casa, también mis padres participaban. Podíamos pasar horas y horas describiendo las cobras rey, las mambas negras, las cabeza de cobre, las boas, las cascabel, las serpientes de coral del este, las pitones birmanas, las de liga, las anacondas, las mocasín de agua. Inventábamos peleas tremebundas entre serpientes y ratas, peleas con águilas, con zorros, peleas con más serpientes. Cuando hablábamos de aquel modo, hasta nuestro cuerpo culebreaba, los seis de rodillas en el suelo, acercando los rostros unos a otros, con los brazos pegados al cuerpo, asibilando al hablar, con los ojos bien abiertos. Mi madre describía el proceso digestivo de la pitón al merendarse un caimán: seis días de digestión, dos horas de detalles. Cuando las serpientes paraban el tiempo, el servicio no quería saber nada: como por arte de magia, desaparecía de la sala.
Mis padres trataban muy bien al servicio, sobre todo a las criadas, que a mí me parecían tontas y simples. A veces nos robaban algo y a mis padres les parecía bien con tal de que de verdad lo necesitaran; para mí era inconcebible, me indignaba, pero mis padres creían firmemente en la caridad cristiana y estaban encantados de que hubiera pobres, para poder practicarla. «¿Quién, idiota, cuidaría de los pobres si no nos fuera bien?», me decía mi madre.
Los mendigos, claro está, nos esperaban a la salida de misa. A veces había que correr hasta el coche, aunque no nevara, tantos eran. Mi padre tuvo uno de los primeros coches que hubo en Salamanca, uno de esos Köhler alemanes impulsados con el pensamiento que tuvieron que dejar de fabricar porque, fuera de Alemania, la mayoría de la gente no pensaba. Mis hermanos se concentraban y el coche adquiría velocidades de vértigo. (A mí siempre se me dispensaba). A veces fallaba algo y empujábamos entre todos. O mandábamos a algún criado a por un estudiante de filosofía, para que por lo menos lo arrancara.
No fueron años felices, pero fueron ordenados y apacibles, no nos faltaba de nada. El mundo era un lugar pequeño, se sabía cuáles eran las cosas importantes. Y si no, se le preguntaba a algún mayor y te lo aclaraba.
3
Cuando murió mi madre se hizo un gran silencio en la casa, nadie se lo esperaba. Llevaba tiempo avisando: «Cada vez me cuesta más regresar al cuerpo», decía. «Cada vez tengo menos ganas».
Mi madre contaba que se salía del cuerpo por las noches, cuando mi padre dormía. Y que luego se paseaba por la casa. Decía que, gracias a Dios, nunca veía a nadie, que siempre estaba sola, como si el mundo se vaciara. Nunca le hablé de mis fantasmas. Nos contaba que a veces viajaba. Que había estado en la India y que no le había gustado: «Está todo sucio y huele como a pimentón», decía. A veces entraba en la casa de los vecinos y se enteraba de cosas. Abría los cajones, revolvía la cocina. Una vez se trajo una cuchara preciosa con la empuñadura de nácar, se despertó en la cama con ella en la mano, muy contenta. «Voy a usarla mucho», decía. «Para la mermelada». También había estado en Madrid. Había visitado Londres. «Por encima». A Pontevedra no iba. «Es lejos». Pero casi siempre se quedaba en casa, sentada en el butacón del despacho de mi padre, que nunca le dejaba usarlo de día.
Mi madre decía que podía cruzar las paredes, pero que casi nunca lo hacía, sólo si tenía mucha prisa, si sonaba el despertador y se había quedado dormida en el despacho, por ejemplo. Entonces se lanzaba contra la pared de los cuadros de caza, recorría el pasillo entero sin mover apenas los pies y atravesaba el tapiz de damasco hasta su dormitorio, para caer en su propio cuerpo haciendo ondear las sábanas. (A veces se lanzaba boca abajo y tenía que recolocarse a toda prisa, ya dentro del cuerpo, antes de abrir los ojos). Mi padre, acostumbrado a sus rarezas, sólo se quejaba de un olor extraño. Como a naranjas.
Mi madre se murió de noche. Cuando mi padre se despertó, ella ya no respiraba.
Mi padre se puso muy triste, estuvo inconsolable mucho tiempo. Ese día se aferró a su mano muerta y no dejó que nadie entrara en el cuarto. A veces oíamos ruidos, como de cajones que se abrían y cerraban. A veces gritaba. A veces hablaba con ella entre sollozos. Una vez nos pareció que ella le contestaba.
Benito se sentó en el suelo, junto a la puerta, al fondo del pasillo, como si hiciera guardia, no permitía que nadie lo apartara de allí; a la hora del almuerzo, las criadas le dejaban la comida en el suelo, en una bandeja.
Mis hermanas no sabían qué hacer. Elena lloraba y Andresita le decía que no pasaba nada. Elena se quedaba dormida y luego cambiaban el turno y consolaba ella a Andresa. A veces salían del cuarto y pedían leche con galletas.
Yo escrutaba con recelo el butacón del despacho, sobre todo por las noches, tratando de ver algo. Me giraba de modo que el asiento quedara a la izquierda, pero nunca vi nada. Estuve vigilándolo varias semanas.
A la mañana siguiente, mi padre salió del cuarto. Se quedó mirando a Benito. «Ya está», le dijo. Benito asintió sin entender mucho. Mi padre nos pidió que abriéramos las ventanas.
El día del entierro, mi padre ya no lloraba. Se movía despacito, como si cada gesto le supusiera un gran esfuerzo, tardaba en reaccionar cuando le hablaban. Me agaché junto a Benito: «Ahora te vas a enterar de lo que vale un peine», le dije. No sé por qué.
Ya en el cementerio, un amigo de mi padre me dio una azucena para que la tirara al hoyo antes de que lo taparan. Debió de parecerle un gesto tierno. Mi hermano se abrazó a mi pierna, hundiendo la cara en el muslo. Le di a Andresita la flor, para que la tirara ella.
Cuando acabó todo, no sabía qué hacer, no sabía si tenía que esperar o qué, nos fuimos cuando se fue el cura. Hubo que dejar el coche allí mismo, a la entrada del cementerio, no había manera de moverlo: Elena trataba de concentrarse, pero el coche iba a tirones y mi padre no colaboraba, no sé cómo pudimos llegar allí siquiera.
En el vagar de vuelta, mi padre nos sentó en una terraza del Campo de San Francisco. Con un hilo de voz, pidió helados para todos. El suyo se derretía en la copa (mi padre lo miraba sin verlo). Mis hermanos se comían los suyos en silencio, todos vestiditos de negro.
Elena balanceaba las piernecitas en la silla metálica. Andresita sorbía el chocolate y luego las lágrimas. Yo era el mayor, tenía catorce años. Me tomé mi copa de un trago, para no disfrutarla.
Empecé a imitar la postura de mi padre, el modo en que presidía la mesa a la hora de comer. Alzaba la barbilla. Asentía con indolencia. Benito me miraba fascinado. Elenita metía la cuchara en el helado de mi padre.
A veces, algún matrimonio conocido pasaba por delante: ellas ponían cara de tristeza, ellos levantaban el sombrero. Yo alzaba el mentón y luego lo inclinaba un poco; mi padre miraba el hueco que había dejado el dulce, ahora en manos de Elena.
Al cruzar la Plaza Mayor, mi padre parecía un reo rodeado de guardiancitos. Ya en casa, se encerró en su cuarto.
Ocupé su sitio en la mesa. No permití que nadie conversara, cenamos en completo silencio. Más tarde escuché cómo Benito hablaba con Andresita en el pasillo. «Te vas a enterar de lo que vale un peine», le decía.
Esa noche mi padre abrió la puerta de mi cuarto. Se quedó un rato allí, con el rostro fijo en mí (me incorporé sin decir nada). Él me miraba, yo le miraba. Parecía una aparición; ceniza, parecía. Sus ojos eran cuencas, su boca un agujero. Cuando se fue, sentí que se iba el frío.
Un poco más tarde, llegó mi madre, que parecía más viva que él. «¿Necesitas algo, madre?», le dije. Ella no me veía, porque no podía o porque no quería. Miraba alrededor, como buscando algo. «Madre, ¿puedo ayudarle?». Se acercó al armario, ingrávida, y trató de abrir la puerta. El asa se escurría entre sus manos transparentes. Cuando iba a levantarme para ayudarla, se coló enterita a través de la madera. Esperé unos minutos, por si aparecía de nuevo. Volví a conciliar el sueño. No sentí miedo.
Esa noche soñé que me convertía en un monstruo enorme que aplastaba las fruterías de la Rúa. Me movía muy despacio, por el peso, pero me daba igual la gente. Una niña pequeña de pelo de trigo me tendió la mano y me hizo así sentir cobarde y avergonzado. Me entraron ganas de llorar. La niña se dio la vuelta, yo la seguí.
Por la mañana, abrí el ropero, convencido de que olería a naranjas, o por lo menos a tabaco. Olía como siempre, a naftalina y lavanda.
4
Siempre me ha gustado que me digan lo que tengo que hacer. No hago caso, pero nada detesto más que el lienzo en blanco. Cuando alguien me da una orden, se dibuja en mi cabeza un mapa que puedo seguir o no; desobedecer un mandamiento procura más desahogo que hacer simplemente lo que uno quiera. Nunca he sabido, por ejemplo, qué hacer con el tiempo, pero siempre me he aburrido de forma placentera. Casi nunca he hecho nada que no fuera obligatorio, quizá porque nunca he pensado que la vida tuviera un propósito.
Aunque busco de forma natural el orden, no me parece que sea, en ningún sentido, parte de las cosas: las piñas caídas no se apilan de mayor a menor en el bosque, los copos de nieve no caen en múltiplos de siete. Hay, claro, bandadas de pájaros que migran en formación al otro extremo del mundo, bancos de peces que componen formas geométricas bajo el agua. Lo sé. Las leyes de Mendel. Las mareas. Son, a mi forma de ver, espejismos. Ilusiones que nos hacen bajar la guardia.
Por ejemplo: cuando mi madre murió, no pasó nada. Mi padre volvió a la mercería y siguió vendiendo broches y ballenas. Las pequeñas recitaban sus murgas en clase. Benito siguió imitándome (a veces se hacía el tonto mejor que yo).
La mañana en que, listo para el asalto al patriarcado, me puse el sombrero de mi padre, mi padre me lo quitó de un sopapo, se lo ajustó con un gesto suave y salió a la calle. Como cada mañana. El mundo siguió girando.
Sólo he conocido —que yo sepa— a dos asesinos en la vida. Uno había matado a dieciséis mujeres, lo conocí en París en 1964. Yo tenía sesenta y dos años y acababa de comprarle un local, él tenía no sé cuántos, entre los treinta y cinco y los cincuenta tendría, no había forma de saberlo con esa mirada de niño y esas arrugas y esas orejas. En cuanto los obreros clavaron una pala en el sótano, empezaron a salir del suelo huesos y pelos enredados. El hombre se llamaba Foissard y estaba más que harto de que nadie sospechara de él: entró en la cárcel con una sonrisa.
Al otro lo conocí en los Escolapios y se llamaba Mariano. «A veces mato niños», me dijo un día sin venir a cuento; se sentaba a mi lado. Le creí de inmediato. «¿Cómo lo haces?», le pregunté. «Ahora no. Luego». Se pasó dos semanas contestándome lo mismo cada vez que le preguntaba: «Ahora no. Luego». Hasta que un día me dijo: «Ahora. En el recreo». Y en el recreo hablamos.
«He matado queriendo y sin querer», me dijo, «¿qué quieres que te cuente primero?». «Sin querer», le dije yo, sin estar muy seguro; le miraba a los ojos por si era mentira, pero era verdad, porque no presumía. «Maté a un niño con un columpio, pero era subnormal y no cuenta. Yo estaba en el columpio, alante, atrás, alante, atrás, y se me cruzó corriendo. Era subnormal, se le escapó a su madre, echó a correr y se me cruzó, y yo, ¡pumba!, le di con el columpio. Cayó seco». Mariano no cambiaba de cara. «Se murió. Yo no quería. Pero era subnormal», insistía. «¿Y su madre?», inquirí. «Menuda se puso», dijo Mariano. Y escupió en el suelo. «Y ¿queriendo?». «Queriendo lo hago en mi pueblo, aquí no sé. En Pelabravo. Cuando las fiestas. Como hay mucho forastero, es más fácil. Me hago amigo de uno pequeño, lo llevo al río y lo tiro de una peña. He matado a un niño y a una niña. Ya no lo hago más. Si quieres, te enseño». Le dije que no quería. Le pregunté por qué lo había hecho. «No sé». Se encogió de hombros y se metió el dedo en la nariz. (No se privaba de nada). Yo le miraba intrigado, me parecía que ser malo tenía que ser otra cosa. Le pregunté que por qué había dejado de matar. «Se me ha pasado».
Tengo más recuerdos de los Escolapios. Un día que se heló el suelo del patio y casi me rompo la rabadilla. Una paloma que se quedó atrapada en el hueco de un tragaluz. Un cura que cada vez que me veía me pisaba los zapatos y se llevaba el dedo a la boca para que no protestara. Una vez que me pusieron gafas (no las usé nunca y al año fui al médico y me dijo que ya no las necesitaba). Recuerdo que nos encerrábamos a fumar en un retrete abandonado, nos pillaron y nos molieron a palos. Recuerdo que jugábamos al escondite. Recuerdo que yo corría mucho y que los curas me decían que algo bueno tenía que tener. Recuerdo que iba al dentista y que el dentista le decía a mi madre que tenía una dentadura perfecta y que mi madre le decía que algo bueno tenía que tener. Recuerdo el sonido del patio desde clase, cuando me castigaban sin recreo. Recuerdo un patio de piedra y otro de tierra. Y el Patio del Pino. Recuerdo a un niño interno que tiró, no sé por qué, un pupitre por la ventana.
Muchas cosas nos separaban a los normales de los internos. (Yo quería ser interno, pero eso no se elige). En clase estábamos juntos todos: los señoritos y los presidiarios, que eran los ricos de fuera, los de los pueblos. Los señoritos vivíamos en la calle Asadería, o en la calle Azafranal. O cerca del Hospital Civil. Los presidiarios venían de pueblos grandes o de Cáceres, tenían las orejas rojas y estaban muy toreados, sabían hacer tiragomas y hablaban con los curas de otra manera. Los internos tenían sus códigos, sus clanes. Sus historias de dormitorio. Por la mañana te decían que habían escuchado la radio o que habían saltado la tapia o que habían cortado chorizo. Te decían que habían metido una botella de aguardiente de contrabando.
Un interno, Criado Leal, que era de Fuentesaúco, suspendía siempre. A mí me caía bien, quizá porque era callado (yo también era callado). A veces me pedía que le escribiera cartas a una novia que tenía y me pagaba con garbanzos. Le escribía que las noches eran aciagas y le parecía bien. Le escribía que su amor era una sucesión de hipérboles y le parecía bien. Una vez puse que vagaba por los pasillos del colegio al caer la tarde como un centinela resucitado y le parecía bien. Apenas sabía escribir y le parecía bien todo. Supuse que su novia era inventada, o listísima, o más tonta que una taza, y seguí escribiendo a cambio de garbanzos, que no me gustan, pero a un interno no se le rechaza nada, un interno es un interno, otra casta, más hecha. Un misterio.
5
El 23 de abril de 1918 llegó a Salamanca el mar.
El movimiento promar nació, según me contaba mi padre, con el siglo. Ya en época de Sanfuentes los jóvenes se congregaban en la Plaza Mayor, o mandaban escritos al Ayuntamiento, y la policía los dispersaba con delicadeza. El alcalde salía al balcón. Explicaba que no todas las ciudades tienen mar, que ya había hablado con Madrid, que no podía hacer mucho más. Que tenía las manos atadas. Un sábado de 1909, antes de que naciera Benito, acompañé a mis padres a un desfile de protesta que salía de la Puerta de Toro y moría en el ayuntamiento. Me compraron obleas de La Alberca que vendían los barquilleros de la Alamedilla. Mi madre estaba a favor del mar. A mi padre le parecía un sinsentido todo.
Los de Valladolid querían mar también y Farcas, su diputado, había tomado la delantera. (Molina Ortiz hacía lo que podía; todos sabían del compadreo del subsecretario —vallisoletano, al cabo— con Farcas, pero nosotros confiábamos en lo nuestro). Al volver la monarquía cambió el equilibrio de fuerzas, fue entonces cuando los jóvenes comenzaron a pasearse en traje de baño por el empedrado. Las chicas llevaban sombrilla. A veces, cuando nevaba mucho, los más osados se arrojaban a la nieve, frente a los Dominicos, y nadaban, para goce de los poetas (abundantes en Salamanca a pesar del Tratado de Moderación de 1890) y para escándalo de las beatas, la mayoría promar: una paradoja.
Empezó como un rumor. Un retumbo que sacudió el suelo y derribó algunas macetas y muchas tejas. Luego llegó el olor. A todos nos pilló por sorpresa. Yo estaba en clase, aburrido, y vi que el pizarrín se movía solo. Mariano buscaba mi mirada como queriendo comprobar que no estaba malo. «No estoy malo, ¿no?», decía. El padre Julián cerró el libro y se acercó a la ventana. Para entonces, las paredes temblaban. «¡Siéntense, siéntense!», repetía el padre Julián. La ventana daba al sur, así que lo vimos todo.
Era una masa gigante. No el manto sosegado que habíamos imaginado, sino un muro fiero y gris que arrancaba las encinas, más alto que los cerros del Zurguén, más alto que la catedral misma. El estruendo era imponente. Muchos nos fuimos al suelo. En la calle la gente corría despavorida. Los mayores nos hicimos cargo de los pequeños, que lloraban en las clases con los ojos abiertos. El fin del mundo.
La masa de agua marchaba; aunque aún lejana, se antojaba ahí mismo. A veces parecía detenerse y a veces partir el mundo, la formaba un millón de jinetes. «No reces, Jaime», me dije a mí mismo. «Sobre todo, no reces; si rezas, estás perdido». Las ventanas estaban cerradas, pero olía a salazón. Llevamos a los pequeños al último piso; a unos los amontonamos en la capilla de arriba, otros encontraron protección donde los internos (que se pusieron a esconder cosas en los armarios). Unos se metían bajo la cama. Otros nos subíamos a mirar por las claraboyas del sotabanco, aupados como podíamos sobre el pasamanos.
El muro de plomo se replegó en forma de lengua y dibujó un arco perfecto que desgarró el cielo. Se paró todo de golpe. Ya no sonaba nada. Hasta los pájaros se habían detenido en lo alto.
Frenada por un segundo —que pareció una hora—, la masa cobró movimiento de golpe y la gravedad retomó el control. El muro se desplomaba.
El agua se abatió como un tronco sobre el río Tormes, ¡pataplam!, reducido ahora a la nada junto al arrabal de Santiago. Me aferré como pude a la aspillera del ventanuco. El topetazo se oyó en Francia.
Como si nada hubiera pasado, el agua se reordenó en un momento; el aire, destensado de repente, perdió la electricidad y se llenó de espuma. El Monte Olivete quedó cubierto de cabrachitos y jureles, de sardinas y congrios. El reloj del pasillo —que, como los demás relojes, se había parado— reanudó su marcha, tic, tac. Eran las doce en punto. Mil campanas repicaban en la calle.
Desde lo alto de la muralla podía verse el nuevo océano: un manto oscuro de agua que se perdía donde el horizonte. Las olas rompían contra los sillares romanos. La multitud corría San Juan de Sahagún abajo y se apiñaba junto al mirador de la Casa Lis, ahora en primera línea de playa. La satisfacción era completa, la alegría vencía al desconcierto, habíamos ganado a los de Valladolid. Los hurras se oían en todo Salamanca.
Los primeros días de playa fueron gozosos y también ásperos. Convertida la muralla en malecón, había que bajar a la Aldehuela, más al este, para bañarse. Durante seis semanas los bañistas se cruzaban con los cadáveres que los voluntarios sacaban del agua. La Vega había quedado sumergida. El Puente Romano. Los dos arrabales. De Santa Marta de Tormes no quedaba nada. Tampoco de Carbajosa de la Sagrada. Se enviaron hombres a caballo para saber si en Peñaranda estaban bien. Otros salieron en barca a buscar noticias, aunque la ciudad, en general, no las reclamaba. Se suspendieron las clases durante diez días que nos supieron a miel y a rosquilla frita.
Con el tiempo, las cosas se calmaron. Los muertos fueron enterrados como Dios manda, muchos chorreando aún agua perlada, los vivos se encontraban mejor que nunca. El clima cambió suavemente, la piedra de Villamayor resistía bien el salitre, el cielo, menos azul, estaba un poco más cerca.
La gente mudó el carácter, más extrovertido ahora («extravertido» se decía entonces, menos los introvertidos, que no decían nada). Se empezó a vestir de forma más colorida, salvo por los abrigos, que aún eran grises y pardos. Los veranos empezaban antes. Los inviernos eran igual de largos. Venían los de Madrid a bañarse.
En Valladolid dejaron de pelear y reforzaron los coches de línea para almorzar en la costa los fines de semana. El comercio salió ganando, las costumbres se relajaron un poco, los militares hicieron sitio en el cuartel a la Armada.
El horizonte se salpicaba de veleros cada año, mediada la primavera. Luego se iban y llegaba la galerna. Luego llovía. Luego helaba (se acabó el congelarse en seco: ahora, con la humedad, un abrigo no bastaba). Luego volvieron los veleros y yo cumplí los diecisiete. Regresaba el invierno. Se alternaban las habaneras con las charradas.
Llegaron a Salamanca los primeros negros, nadie sabía de dónde, con su sonrisa de marfil, con esa alegría tan de fuera, tan de negro. Eran más cristianos que ninguno, hasta un escolapio había, con sus ritmos sincopados para cantar a la Virgen. Con su fe en la fe. Con su afecto fecundo.
El día que llegó el mar, la policía dejó de medir el largo de los vestidos, hasta mi padre sonreía a veces. Cambió mucho todo. Cambié yo, más por la edad que por el susto: cuanto más me gustaba la ciudad, más sentía que no me convenía. Ni siquiera sabía nadar. Mi padre volvió a hablarme de la mercería, me cansé de hacerme el tonto. Y empezaba a ver los fantasmas también de día.
6
El día que aprobé el Examen de Estado les dije adiós a mis hermanos y me fui directo a Madrid, y de allí, esa misma tarde, a Espuria, con un poco de dinero que mi padre me había prestado y otro poco que le había robado mientras dormía la siesta. No sabía qué quería, sólo que no quería hacerlo en Salamanca.
España era, en 1919 —junto con Grecia—, el único país de Europa con dos capitales, aunque sólo en España estaban las dos tan juntas. Madrid era el centro administrativo: ministerios, museos, bancos centrales, embajadas. La corte. En Espuria estaba la universidad, los toros, los teatros. La vida. Le prometí a mi padre que, en cuanto pisara Madrid, iría directo al Banco de España, donde siempre buscaban empleados de provincias (que no llevaban el robar tan dentro), pero me fui directo a la Estación del Norte y cogí allí el primer tren a Espuria. El banco me lo imaginé al remontar la sierra.
El tren hacía apartarse a los pinos, que unas veces esperaban al último instante para hacerse a un lado y otras se quitaban con más margen. Recordé cuando íbamos a Valcuevo los domingos —años antes—, cuando perseguía con delectación a las encinas y los robles. Mis hermanos me jaleaban y yo azuzaba a las encinas: «¡Caprichosa!», gritaba. O: «¡Leñera!». O: «¡Morena!». Cada cual tenía su personalidad, yo las calaba con verlas. A veces me subía a un quejigo y galopaba por la dehesa entre vacas y alcornoques, que siempre se estaban más quietos.
Los pinos y los robles de la sierra de Madrid me desconcertaban. Los avellanos. Los chopos. Los fresnos. Los piornos. Los enebros. Los vigilaba con atención desde el tren y trataba de adivinar sus intenciones.
Espuria colgaba del valle y tenía, como Madrid, un millón de habitantes. Antes se llamaba Piorna. Antes de eso, Egara. Antes, Olade. Antes, Pintia o Pinthia. Hasta las diez de la noche se podía tocar música, cuanta más, mejor, bien y mal. A las diez era el toque de queda.
Espuria era famosa por sus peleas, que siempre sucedían de día.
Yo, que me había pegado muchas veces, deseaba hacerlo en Espuria. En Salamanca, antes del mar, venía, por ejemplo, un fuereño —con el mar, ya muchos— y te contaba que había e
