París, 1992
Vivo en la rue Saint-Placide. El suelo está cubierto de botellas de vino vacías y ceniceros, el colchón está tirado en un rincón. La pintura de las paredes se ha desconchado y las ventanas no ajustan. Estamos a finales del siglo XX y vivimos en lo que se supone una sociedad avanzada. Nuestros deseos, sin embargo, nuestros deseos son los mismos. Los mismos desde el primer día en que uno de nosotros salió de una puta cueva. Amar follar comer beber dormir. Y eso es lo que hago aquí, en la ciudad más bella y civilizada de la Tierra. Amar follar comer beber dormir.
Anoche Louis ató un pañuelo rojo al picaporte. A Louis le gustan los chicos árabes, lo más cerca de los dieciocho años que pueda encontrarlos. El pañuelo significa que no debes molestar, aunque los oía a través de la puerta y lo adiviné sin necesidad de ver el pañuelo. Salí a dar una vuelta y comprar un par de botellas de vino barato y sentarme en un banco en Saint-Germain y ver pasar a las chicas guapas e imaginarme cómo sería estar con ellas, besarlas, hacerlas sonreír o reír, flirtear con ellas, follármelas, enamorarme de ellas. Con algunas sabía que jamás ocurriría. Otras podrían ser mías. Me senté y bebí y miré e imaginé hasta que ya no pude pensar más y dejé de recordar y me desperté debajo de un árbol en el Quai Voltaire y volví caminando a casa. El pañuelo rojo había desaparecido.
Louis está preparando café. Se tiene por filósofo, meteorólogo, astrónomo, políglota, artista. Vivimos en una pelotita, dice, una pelotita azul de un sistema solar menor en una pequeña galaxia de un universo infinito. Nada de lo que yo, tú o cualquiera hagamos importa un carajo. Deberíamos ser felices y dedicar los días a perseguir el placer y el dolor y todas las formas de lujuria y deseo existentes. Deberíamos asegurarnos de tener la polla dura y el coño mojado y el corazón acelerado, latiendo rápido, muy rápido. Pero no lo hacemos porque somos burros y porque todos nos consideramos importantes, pensamos que importamos, que lo que hacemos importa, de modo que dedicamos el tiempo a trabajar en empleos sin sentido, luchar y pelear y tratar de ser algo o alguien distinto a lo que somos, es decir, animales. Todo el mundo lo hace, la humanidad entera, la masa ingente, idiota y boba, todos menos yo. Yo, Louis, el Príncipe de Saint-Placide, soy más listo. Sigo los dictados de mi corazón y mi polla, y lo único que me importa son las cosas que los alegra. Así que atiende, chico. Y aprende de mí. Sigue a tu corazón y a tu polla. Y recuerda que nada de esto importa. Y serás tan feliz como yo.
Llevo en París un mes. Tengo veintiún años, he venido solo, no conocía a nadie, no hablaba una palabra de francés, hice la maleta y me largué. Lejos de los amigos, de la familia, de América. Mi vida, o lo que se suponía que era mi vida, ya no existe. Nací y me criaron para formar parte de la máquina. Un radio. Un pequeño engranaje. Un piñón obediente atrapado para siempre en su mierda de puesto. Ve a la escuela, acata las normas, consigue empleo, trabaja ahorra vota obedece, cásate compra una casa ten hijos, trabaja ahorra vota obedece enseña a tus hijos a hacer lo mismo, trabaja ahorra vota obedece, muere y púdrete en un puto agujero en el suelo. A la mierda la máquina. A la mierda la gente que la construyó. A la mierda los que la dirigen. A la mierda los que eligen formar parte de ella. Yo estoy aquí, en la ciudad más bella y civilizada de la Tierra. Creo en Louis, en sus ojos dementes, sus manos temblorosas, su voz atronadora, en su visión del tiempo y las estrellas. Sigo los dictados de mi corazón y sigo los dictados de mi polla. Cuando quieren cantar, cantamos. Cuando quieren sonreír, sonreímos. Cuando quieren bailar, bailamos. Cuando quieren arruinarse, nos arruinamos. Da igual lo que quieran, adonde quieran ir, cuánto placer o dolor encontremos, nunca trabajaremos ahorraremos votaremos obedeceremos. A la mierda la máquina. El único objetivo debiera ser quemarla. Prenderle fuego y danzar a la luz de sus putas llamas.
Así que recorro calles antiguas repletas de gente que habla un idioma que no entiendo en busca de algo que jamás encontraré, podría llamarlo libertad pero es algo más que eso, podría llamarlo iluminación pero quiero sentirme más que iluminado, podría llamarlo todo porque lo es todo para mí, amar follar comer beber dormir sentir vivir vivir vivir. Lo es todo. Quiero reducir a cenizas la puta máquina. Quiero vivir.
Los Ángeles, 2017
Mi césped está verde. Veo el océano desde algunas ventanas y una bruma amarilla encima de las relucientes torres de acero desde otras. Hay árboles y pájaros y una piscina. Tres coches en el garaje, dos niños en sus dormitorios, una esposa que duerme a mi lado. Pago la hipoteca puntualmente cada mes, igual que el resto de los recibos. Una mujer de la limpieza viene a diario, y hombres que se ocupan del jardín y los árboles y la piscina y recogen las mierdas de perro que la mascota de la familia va dejando por doquier. Tengo un pequeño cobertizo, o cabaña, o estudio, como quieras llamarlo, al fondo de la finca, lejos de la casa, lejos del ruido, lejos de la gente, lejos del mundo. Paso los días en esa pequeña edificación enfrente del ordenador, escuchando música y viendo la tele, leyendo o jugando a videojuegos, a veces trabajando, se supone que ocupado en cosas que importan, que son importantes, que la gente quiere leer y que otra gente me da dinero para que produzca. Me dan cantidades ridículas de dinero. Hago lo que quieren y les doy aquello por lo que me pagan y me odio. Y cuando me paro a pensar en lo que estoy haciendo y en cómo he llegado hasta aquí y en cuánto tengo y en cuánto he malgastado, cuando pienso en lo perdido que me siento cada segundo de cada día, en lo absolutamente perdido que estoy y me siento, joder, me dan ganas de comprarme una pistola y volarme los putos sesos. Pero no soy tan valiente. Así que paseo por el césped y me quedo mirando los árboles y escuchando a los pájaros y contemplo el océano y los rascacielos y sonrío por mis hijos y porque duermo junto a mi mujer y pago los recibos y hago mi trabajo. Y me odio. Cada minuto de cada día. Me odio.
París, 1992
Abre la puerta.
Sal.
La vida espera.
Sexo y amor y libros y arte. El sol levantándose o poniéndose. Risas y música. Un lugar tranquilo para sentarse. A leer o pensar o ver pasar el día. O no. Caminar. Entre el caos, la gente, el ruido. El claxon de un coche. Una moto. Gente charlando. Las campanillas de las puertas al abrirse y al cerrarse. Una pelea de pareja, el llanto de un bebé. Caminar o bailar o saltar o correr, hacer lo que quieras hacer, ir a donde quieras ir. Puedes encontrar algo magnífico o terrible o nada en absoluto. Éxtasis o desengaño. Aventura o aburrimiento. Abre la puta puerta.
La vida espera.
Sal.
Mi día siempre empieza de la misma manera. Voy a la panadería. Me despierte en casa o en un callejón, o en un parque, o en el piso de alguien, o en suelo o cama o bañera ajenos, voy a la panadería. Está en la planta baja del edificio donde vivo, justo debajo del piso que comparto con Louis. Es una panadería francesa normal, una boulangerie la llaman ellos con sus bonitas palabras, y tienen una en cada manzana. En la boulangerie venden pan, aunque en Francia el pan es más que pan. Es vida, espíritu, sangre, identidad, arte. Todos los franceses que conozco se toman el pan muy en serio, como se toman los estadounidenses las armas o los cristianos las oraciones. Discuten sobre quién hornea la mejor baguette, las mejores pastas, el mejor pain au chocolat, qué hora del día es mejor para comprar el pan, si debería comerse caliente o frío, qué clase de mantequilla untarle y cuánta, si puede sobrevivirse solo con pan. Si alguna vez estás con un francés y no tenéis nada de qué hablar, menciona el pan. Te contará lo rico que está en París y que en cualquier otra parte es espantoso. Y, por lo que sea, tienen razón, el pan es mejor en París. Sabe mejor huele mejor sienta mejor se ve mejor. Cuando arrancas un trozo, suena mejor. Como baguette a diario, y la mayoría de los días es lo único que como. Cinco francos, más o menos un dólar, y no tengo que preocuparme más de la comida. Puedo gastarme el dinero en cosas más importantes, libros o bolígrafos o cigarrillos o café o vino, a veces flores para las ancianas o las chicas guapas con las que me cruzo caminando por la calle. Las ancianas siempre sonríen, a veces las chicas también. Otras veces dan media vuelta y se marchan. Es una tontería que hago. Regalo flores a una desconocida. Pase lo que pase, me parece dinero bien invertido.
La panadería de abajo tiene un sencillo cartel azul y un simple mostrador de acero y cajas con pastas apetitosas y cubos detrás llenos de panes variados. Por detrás de los cubos se ven los hornos y las mesas, la harina, la masa, los rodillos, el caos organizado que produce la mercancía. La panadería es propiedad de un matrimonio mayor. Imagino que la heredaron de uno de sus padres, que la heredaron de sus padres, que la heredaron de sus padres, y así hasta remontarse a los galos con mantequilla en el pelo. El matrimonio, la pareja mayor, acude a diario, abre al amanecer y cierra a las cinco de la tarde. El marido hornea, la mujer se encarga de la caja registradora, visten delantales a juego con ribetes del mismo azul que el cartel de fuera. Sonríen a los clientes, intercambian comentarios y risas con los habituales, les venden baguettes, cruasanes, pains au chocolat, les entregan cosas cuyos nombres ignoro y soy incapaz de pronunciar, sofisticadas elaboraciones francesas que saben deliciosas y apenas cuestan nada. No les gusto, a pesar de que voy a diario. Entro, hago cola, saludo y pido una baguette en francés con mi penoso acento francés, les doy los cinco francos. La mujer no me saluda ni reconoce mi presencia en modo alguno, aparte de aceptar el dinero y entregarme la baguette. A veces saludo con la mano al hombre, que pone mala cara o desvía la mirada. Que yo sepa, por lo que he visto, soy el único estadounidense que les compra pan y deduzco que por eso no les caigo bien. Por lo general, y pese a la fama de los franceses de odiar a los estadounidenses, he descubierto que si intentas hablar francés, y no eres un gilipollas, los franceses se enrollan. Son altivos y distantes y fríos y un poco groseros, y si estás haciendo una estupidez te lo harán saber, pero son así con todo el mundo, incluso entre ellos. Hay una franqueza, una ausencia de chorradas, que valoro. Enróllate y los franceses se enrollarán. Si te comportas como un capullo, te la devolverán.
Los panaderos, no obstante, esa parejita de ancianos con delantal blanco ribeteado de azul que me vende el pan, odian a los americanos. O quizá solo a este americano. La mayoría de los días reduzco la transacción a lo más simple e indoloro posible. Pido el pan entrego el dinero cojo el pan me marcho. Otros días, sin embargo, intento entablar conversación, les pregunto de política, si son seguidores del Paris Saint-Germain, si prefieren a Manet o a Monet, si han leído a Victor Hugo y Gustave Flaubert y, en tal caso, a cuál prefieren, si alguna vez han retado a otros panaderos de la zona a ver quién elabora la mejor baguette. Tanto da lo que diga, me ignoran. Desestiman cada una de mis palabras. A veces los otros clientes se ríen, otras veces se giran, incómodos y avergonzados. En todo caso, entrego el dinero cojo el pan me marcho.
Abre la puerta.
Sal.
La vida espera.
Así que camino. Sin destino, sin plan, nada que hacer. Ningún lugar al que ir y nadie con quien quedar. No hay mejor ciudad en el mundo para pasear que París. En cada manzana hay comida y vino y arte y belleza. Los edificios son todos de un blanco roto o un gris oscuro. Ventanas altas en cada planta. Puertas de una sola hoja de madera de tres metros y medio con discretos números grabados en piedra. Las calles están atestadas. No hay cuadrícula y avanzan y giran a placer. Los Grandes Bulevares dominan la ciudad. Los Campos Elíseos con sus amplias aceras y gigantescas cafeterías y luces, el Times Square de París, limitados por un lado por el Arco del Triunfo y por el otro por la plaza de la Concordia. Saint-Denis con sus criminales y putas, pregonando ostentosamente sus cuerpos y mercancías, muerto durante el día pero cuando cae el sol late con sexo y peligro, deseo y violencia. Montparnasse con sus intelectuales y académicos discutiendo y fumando sin parar, alargando tres horas un café. Haussmann y sus grandes almacenes y sus viejas con elegantes sombreros y bolsos que cuestan más que una vivienda. Beaumarchais, Filles du Calvaire, Temple, Saint-Martin. Clichy con los fantasmas de Picasso, Dalí, Modigliani y Van Gogh. Saint-Germain, donde Hemingway y Fitzgerald bebían y peleaban y se cabreaban. Camino y observo y escucho. Me siento en bancos frente a catedrales. Me tumbo en la hierba de los parques. Vago por los museos y contemplo a los visitantes tanto como el arte. Pienso y sueño. Llevo un cuadernito de grueso papel marrón atado con un cordel, un bolígrafo, el libro que esté leyendo, un paquete de tabaco y un mechero, un fajo pequeño de billetes en el bolsillo de atrás. Me siento en cafeterías y escribo, tomo café, leo. Voy a bares por la mañana y me tomo una copa, bebo vino para almorzar, cócteles para celebrar la llegada de la tarde. Rebusco entre las pilas de las librerías, aun cuando la mayoría de los libros están en francés y no puedo leerlos. Miro los nombres de los lomos, las palabras de las páginas, huelo el papel, tanteo el peso. Camino y la mente divaga y sueño. Sueño con arte y comida. Con dinero suficiente para tener cuanto quiera de lo que quiera cuando quiera. Sueño con una provisión infinita de vino y cocaína, de sexo y de disfrutarlo con prácticamente todas las mujeres que veo. Me planto delante de los restaurantes y leo la carta de los escaparates. Miro las fotografías de las revistas del quiosco. A veces simplemente me detengo y me quedo mirando un edificio, imagino su construcción, su historia, las vidas de las personas que lo habitan, el dolor que sienten, la alegría, las cuitas, el triunfo ocasional y el fracaso incesante. Sueño con amor, un amor loco loco enajenado. No el amor de anillos y vestidos blancos e iglesias, sino de lujuria y delirio, el amor en que no puedes parar de tocar, besar, lamer, chupar y follar. El amor que rompe corazones, desencadena guerras, arruina vidas, el amor que se te queda marcado en el alma, que sientes a cada latido del corazón, que te abrasa la memoria y regresa cada vez que estás solo y en silencio y el mundo se desmorona, el amor que todavía duele, que te obliga a sentarte y mirar al suelo y preguntarte qué coño pasó y por qué. Sueño con un amor loco loco enajenado del que empieza con una mirada, con miradas que se cruzan, una sonrisa, un roce, una risa, un beso. La clase de amor que hiere y consigue que ames el dolor, hace que lo quieras, hace que anheles el puto dolor, te mantiene en vela hasta que amanece, te agita en sueños. La clase de amor que sientes a cada paso que das, a cada palabra que pronuncias, a cada respiración, a cada movimiento, que es parte de cada pensamiento de cada minuto del día. Un amor que apabulla. Que justifica nuestra existencia. Que demuestra que estamos aquí por algo. Que confirma la existencia de Dios y la divinidad, o los priva de cualquier sentido. Un amor que convierte la vida en algo más que lo que sabemos y vemos y sentimos. Que la eleva. Un amor sobre el que se han dicho y escrito y leído y llorado y gritado y cantado y sollozado tantas palabras, pero que escapa a cualquier descripción. He conocido mucho en mi vida breve, alocada, inestable, a veces maravillosa y a veces brutal pero siempre un desastre temerario, pero nunca he conocido el amor. El amor loco loco enajenado. Miedo y dolor, inseguridad, rabia, alguna alegría, paz fugaz, todos ellos son mis amigos. La amabilidad y el amor familiar siempre han salido a mi encuentro. Desdén, desprecio e ira son compañeros constantes. Pero nunca el amor.
Así que abro la puerta.
Salgo.
Camino.
Pienso.
Leo.
Escribo.
Me siento.
Observo.
Bebo.
Como pan.
Sueño.
La vida espera.
La vida y el amor.
Vida.
Amor.
Los Ángeles, 2017
A las dos semanas, otro mensaje. Respondo. Va así.
¿Qué tal el corazón, Jay?
Late.
No canta.
Desde hace años.
Cantaba muy bonito. Un poco desafinado, pero alto y contento.
Ahora permanece en silencio y a oscuras.
Siempre fue oscuro, pero de una oscuridad con estrellas. Grandes y relucientes estrellas.
Ahora es todo negro. Y silencioso. Sin estrellas.
He leído que estás casado, ¿con hijos?
¿Dónde lo has leído?
En una revista, creo. O quizá lo vi por la tele.
Ah, sí, las revistas y la tele.
¿Es verdad?
Sí.
No lo habría dicho jamás.
Ni yo.
¿Qué pasó?
Conocí a alguien con quien quería casarme.
¿Feliz?
En general sí. Al menos en esa parte de mi vida. La quiero y quiero a nuestros hijos. En ese sentido he tenido suerte.
Está bien que lo reconozcas.
Supongo.
¿Por qué esa oscuridad en el corazón?
Soy viejo.
Tienes cuarenta y cinco años.
Han sido años muy largos.
Por elección.
La mayor parte del tiempo, sí. Pero no siempre.
Ese corazón tuyo cantaba, pero también sé que sufre, siempre duele.
Una cosa alimenta a la otra.
Cantar y gritar.
Hay una fina línea entre ambos.
Cuéntame qué es lo que más te duele, Jay.
No.
Cuéntamelo.
No.
¿Por qué?
No sé quién eres.
Sí que lo sabes.
No.
¿Tantas hemos sido?
Ha habido bastantes.
¿Qué lugar ocupo entre ellas en tus recuerdos?
No lo sé.
Sí que lo sabes.
No.
Lo sabrás.
Quizá.
Quiero que vuelva a cantarte el corazón, Jay.
Y yo.
Desafinado, pero alto y contento.
Y yo.
Mis lugares favoritos de París tras dos meses en la ciudad
Le Polly Maggoo, rue du Petit Pont. Un bar cutre lleno de borrachuzos y absenta detrás de la barra. Hay tableros de ajedrez en algunas mesas y baños turcos, es decir, un simple agujero grande en el suelo. Nunca he visto una servilleta, ni papel higiénico, y las copas son fuertes y baratas y no les importa si gritas o te caes. Piden que las peleas se diriman en la acera, y el bar siempre se vacía en cuanto empieza una y todo el mundo sale a la calle y mira y anima, y a menudo los combatientes se abrazan y beben juntos al terminar. La mayoría de los clientes son turcos y argelinos aficionados a emborracharse que no pueden hacerlo en su barrio, y americanos viejos que llegaron por alguna razón pero ahora no la recuerdan y matan el tiempo emborrachándose. Las chicas no son demasiado bonitas, pero no van buscando marido y, a la décima copa, en realidad no importa qué aspecto tienen.
La sala de proyecciones del Museo Picasso, rue de Thorigny. Me siento en un banco y veo películas de Picasso pintando. Soy lo bastante joven e inocente para creerme que seré grande en algo. Soy lo bastante viejo y sabio para saber que nunca seré tan grande en nada como Picasso creando arte.
La tumba de Alexandre Dumas. Panthéon. El hijoputa escribió El conde de Montecristo. Sumo respeto.
Cactus Charly, rue de Ponthieu. Afirman servir las mejores hamburguesas con queso de Europa. Me he comido tres. A cada cual peor y, tras una vida comiendo hamburguesas con queso, jamás había probado nada tan malo como la Cactus Charly Burger, una masa de carne y queso y chili y beicon y salsa barbacoa que debiera denominarse Abominación Burger. Pero sirven bebidas enormes por casi nada y chupitos de Southern Comfort a cinco francos durante la Happy Hour y a menudo pululan inglesas y americanas borrachas dispuestas a follar en los lavabos.
Musée de l’Orangerie, Jardin des Tuileries. Siempre pensé que Monet y los Nenúfares eran la hostia de aburridos. Y la mayoría lo son. Los he visto en museos de Estados Unidos y siempre me recuerdan a pedos apestosos. Pero un día estaba deambulando por allí y acabé en las dos grandes salas ovales que contienen los ocho lienzos enormes que Monet pintó justo antes de morir. Decía que pretendía hacer algo que consiguiera que la gente se olvidara de que existía el mundo de fuera. Y lo consiguió. Son magníficos, joder. Impresionantes. Serenos. Una visión del mundo real que de algún modo resulta más bello, más sobrecogedor. Pero lo que jode es el resto de la gente en las salas. Por alguna razón siempre quieren hablar, quieren asegurarse de que en cien metros a la redonda todo el mundo se entera de que les encantan los Nenúfares. A ver si aprenden a callarse la puta boca y mirar y sentir y desaparecer. Callarse. La. Puta. Boca. Y desaparecer.
Texas Star, place Edmond Michelet. Una tontada de bar americano con la bandera texana ondeando a la entrada. Se diría que hasta el último ser humano de Texas que está en París está aquí. Lo descubrí al salir del Centro Pompidou. Sirven cerveza Lone Star y preparan tacos comestibles, que no se encuentran en ningún otro lugar de Francia, al menos que yo sepa. Una noche conocí, bebí con ella y le vomité encima a una sobrina de un expresidente estadounidense. Tomamos chupitos de tequila, yo bebía dos por cada uno de ella. La tía bebía como una esponja, yo me puse malo, vomité encima de la mesa, en las bebidas, en su regazo. Al cabo de un par de horas nos enrollamos y a la mañana siguiente me desperté en su suelo sin pantalones. Ella no estaba y no he vuelto a verla, pero cuando me apetece escuchar hablar de armas y petróleo y fútbol americano y de lo mucho que creen que mola llevar botas vaqueras, opinión que desde luego no comparto, voy al Texas Star.
Maison de Gyros, rue de la Huchette. Una calle jalonada de restaurantes griegos. Algunos elegantes, otros menos, algunos antros de comida rápida. Todos exponen en el escaparate esos pinchos giratorios con trozos amazacotados de carne de cordero. Maison D está a la vuelta de la esquina de Le Polly Maggoo, donde acostumbro a ponerme ciego. Abre hasta tarde. Es la hostia de barato. Lo descubrí una noche que iba dando tumbos, borracho hasta las trancas, y pedí la especialidad, un tercio de baguette relleno de lechuga y tomate, un cacho enorme de carne de gyro increíblemente aromática, salsas roja y blanca y patatas fritas encima. Es una comida enorme, deliciosa y absolutamente nociva para la salud. Como un Maison D (llamo así tanto al restaurante como al bocadillo) bastante a menudo, aunque rara vez lo recuerdo. También me he despertado con bocadillos Maison D enteros o a medias en los bolsillos, en la cama, por el suelo de mi casa y en pisos y bancos de parques diversos.
Pigalle. Sexo. Sexo sexo sexo sexo. Me gusta el sexo. De hecho, adoro el sexo. Ya sea dulce y tierno, o duro, rápido y guarro, o ambas cosas o algo intermedio, me flipa. Lo deseo todos los minutos de todos los días. Estaría bien que viniera acompañado de amor, de ese amor loco loco, pero rara vez ocurre. Así que lo acepto tal como llega. En Pigalle hay sexo. Sex shops, bares de estriptis, espectáculos para adultos (peña follando), números de burlesque, putas, chaperos, intercambio de parejas, gente que se pasea con ganas de echar un polvo. Algunos piden dinero a cambio, algunos tienen dinero y están dispuestos a pagar por sexo, algunos lo quieren sin más. El boulevard de Clichy está repleto de tiendas y antros y locales y teatros y espectáculos eróticos y puertas discretas que conducen a alguna perversión magnífica. Vago por Pigalle borracho, sereno, achispado, de día, de noche, por la mañana, cada vez que quiero correrme y sentirme un poco avergonzado después. No me escondo de la vergüenza. Viene con mi vida. A veces la anhelo, la busco, la necesito, tengo que sentirla, joder. La alegría intensamente cegadora de un orgasmo explosivo, el no poder mirarme después al puto espejo porque soy un cerdo asqueroso. Que así sea. Sé adónde ir para conseguirla. Y allá que voy.
Le Jardin du Luxembourg, múltiples entradas, 6ème arrondissement. Un enorme y elegante palacio rodeado de unos jardines mastodónticos y elegantes. Las extensiones de césped más exuberantes del mundo mundial. Salpicadas de viejas esculturas de mármol de reyes y reinas y príncipes y princesas muertos. Un par de parques infantiles (que evito), algunas fuentes, un puñado de bancos, algunas zonas de sombra tranquilas donde los abueletes leen libros y se sumergen en sus recuerdos y lamentos. Suelo ir al parque a dormir cuando tengo resaca, a leer cuando no, a tumbarme en el césped y beber vino y fantasear sobre algún futuro estúpido plagado de locura, fama y controversias. Montones de parejas y familias montan pícnics en el Jardin. Los observo. Me imagino en qué estarán pensando, si son tan felices y están tan contentos como aparentan. Los respeto. Sus elecciones difieren de las mías. Pero en cierto modo todos vivimos nuestro sueño.
Le Bar Dix, rue de l’Odéon. Un viejo bar de mierda en el sótano de un viejo edificio de mierda. Es pequeño, tendrá unos seis metros de ancho por doce de largo. Las paredes son de piedra y el techo, también de piedra, es abovedado, algunos viejos cuadros de mierda cuelgan alrededor. Está oscuro, la música suena alta y solo ponen temas franceses, de modo que no sé de lo que cantan, aunque sí que no hablan de ser un ciudadano respetable ni de pagar los impuestos. Alrededor de la sala hay bancos tapizados, con mesas y sillas enfrente. Todo está pegajoso. No estoy seguro de con qué pringue y no quiero saberlo. Pero las mesas y las sillas y los bancos y las paredes y las copas y las botellas y las jarras están pegajosos. La única bebida que tomo en el Bar Dix es sangría en jarra. Es fuerte y barata y sabe bien, pero también duele un poco. Más o menos como un Mad Dog francés o un Thunderbird francés. Me siento a solas con mi diario y escribo y bebo y miro a las chicas, que a menudo también están solas, normalmente vestidas de negro, con ojos tristes, y también escriben diarios y beben a solas. No es el paraíso.
La tumba de Victor Hugo. Panthéon. El hijoputa escribió El jorobado de Notre Dame y Los miserables, ambos musicales abominables, pero magníficos libros. Sumo respeto.
Berthillon, rue Saint-Louis en l’Île. En Francia llaman a las heladerías glaciers. Una palabra bonita. Glacier. Destila elegancia, como tantas otras palabras francesas. Glacier. Me gusta el helado y me gustan los glaciers. Este glacier prepara los mejores helados de Europa o eso dicen. Y está en una islita preciosa escondida detrás de Notre Dame de París. El helado sabe bien y sienta bien a la garganta, deja una sensación agradable, fría y dulce. Y me recuerda a cuando era niño, cuando la vida era simple y todo era grande e importante e increíble, cuando me asombraba y me maravillaba. De modo que tomo helado a menudo, porque sienta bien y me recuerda días más sencillos y felices. Glacier.
Shakespeare and Company, rue de la Bûcherie. Ha habido dos. La primera, que frecuentaban Hemingway y Fitzgerald y Gertrude Stein y James Joyce, la cerraron los nazis en 1941. A los nazis les encantaba matar judíos, pero no les gustaban las librerías molonas. La segunda, la que yo frecuento, la abrió en 1951 un soldado estadounidense llamado George Whitman, que pateó unos cuantos culos de nazis antilibros durante la Segunda Guerra Mundial. Han pasado por ella Allen Ginsberg, William Burroughs, Anaïs Nin y James Baldwin y Sartre y Lawrence Durrell. El local en sí es una cajita encantadora. Justo en la orilla opuesta enfrente de Notre Dame. Con una placita de piedra delante. Un exterior verde brillante con un letrero desvencijado. Dentro está lleno de libros, hermosos libros en inglés que puedo leer. Estanterías rebosantes de libros, mesas cubiertas por montones de libros, un laberinto de palabras con pequeños rincones y recovecos escondidos repletos también de libros. Hay muy poca basura, nada de thrillers horteras o novelas rosas calenturientas. Solo grandes libros, clásicos o cosas más nuevas con una seria reputación. Es una tienda de literatura más que una librería. Aquí todos están interesados en la lectura, en las palabras, en su historia, su futuro. Arriba hay alojamientos y la mayoría de los empleados viven aquí. Acogen a vagabundos, inadaptados, les dejan dormir un par de noches o uno o dos meses. Siempre hay chicas guapas en la tienda o en la placita de delante. Me gasto más dinero aquí que en ningún otro sitio de París. Es la mejor librería pequeña rara loca preciosa del mundo.
Stolly’s, rue Cloche Percé. Antro minúsculo. En Le Marais. Mesas y sillas en la acera. Sirven cerveza inglesa, cerveza francesa, todo tipo de licores. Clientela variopinta, a diferencia de la mayoría de los bares parisinos, que tienden a ser enteramente franceses o enteramente americanos o enteramente otra cosa. Casi siempre me siento fuera, sin importar el tiempo que haga, contemplo pasar a la gente, leo, escribo, pienso y sueño. Los otros clientes suelen ser gente interesante, escritores o artistas, académicos. Un antro donde se emborrachan los listos.
La Basilique du Sacré-Coeur de Montmartre. Una iglesia. En la cima de Montmartre, el punto más alto de París. No acostumbro a ser muy fan de las iglesias, menos de esta. Ataco. Las escaleras son infinitas, ni que estuviera escalando el Everest. Me detengo al menos tres veces para fumarme un cigarrillo. Una vez arriba, la vista es espectacular. Hay zonas de césped donde puedes sentarte a mirar o fumar o beber. Justo enfrente hay una plaza de piedra con un mirador. Hay turistas con cámaras, parejas jóvenes, fieles auténticos que acuden a rezar, a veces hay africanos vendiendo souvenirs, a veces la policía los echa. Normalmente subo con una botella de tinto barato y una cajetilla de tabaco, paseo hasta el borde, contemplo la ciudad, la ciudad más bella, más civilizada de la Tierra. La vista es magnífica. Me calma, me silencia, me cuenta historias, expulsa pensamientos de mi mente o centra los que se quedan. Me siento y miro y escribo en mis libretas, a veces leo,
