1
La noche estrellada de Van Gogh me deja alucinada. Es increíble: remolinos de estrellas, emociones desbocadas, colores vibrantes. Y es que no hay nada como el arte.
Bueno, me llamo Anny Applebaum. Tengo sesenta y cinco años y escribo una columna en el San Francisco Times sobre estilo de vida destinada a las personas mayores. Estoy en el Museo de Arte Contemporáneo de San Francisco, tomando notas para mi siguiente artículo. Normalmente escribo sobre restaurantes, gimnasios, acontecimientos sociales y cosas parecidas, y espero que una columna sobre arte sea más motivadora.
Se está haciendo tarde, así que bajo a toda prisa la escalera hasta el enorme vestíbulo de mármol donde están las impresionantes esculturas móviles de Calder y salgo a la calle. Llueve a mares; como he perdido el paraguas echo a correr, intentando no caerme con mis botas de cuero con tacón de diez centímetros. Es la hora punta y la gente se precipita hacia los tranvías con los paraguas abiertos. Dios mío, qué bonito es San Francisco, con las colinas que rodean la bahía. Soy de aquí, y nunca me canso de la ciudad. Es como vivir en una de esas bolas de cristal que se agitan.
Empapada, voy hacia Union Square, pegada a los edificios, pensando en coger el siguiente autobús para volver a casa, pero se pone a llover con más fuerza y los relámpagos rayan el cielo. Decido meterme en una cafetería hasta que pase la tormenta.
El local es pequeño y acogedor. Hay unas cuantas personas sentadas a las mesas, con sus portátiles. Me quito el abrigo y el sombrero, los sacudo para que caigan las gotas de lluvia y me acomodo al lado de la ventana. Pido un café, pensando en escribir unas notas para mi siguiente artículo, y en ese momento suena el móvil. Es Monica, la directora de mi periódico. Llevo cinco años escribiendo la columna y raramente me llama, así que sé que tiene que ser algo importante.
—¡Hola! —digo con entusiasmo.
—Malas noticias —replica Monica cortante, sin dejarme añadir nada. Está hablando por un manos libres, y me la imagino fumando un cigarrillo—. Las ventas del periódico están bajando a lo bestia.
—La columna de mañana será estupenda —me apresuro a decirle en el tono más convincente de que soy capaz—. Estoy escribiendo sobre Van Gogh, y explico que el museo es un sitio donde los mayores...
—Nuestros mayores llevan pañales, Anny. No tienen ni idea de quién es Van Gogh. No hay mercado para los ancianos. A no ser que encuentres otro enfoque, algo polémico, tendré que suprimir la columna —dice Monica en su tono cortante.
—Los mayores me escriben diciéndome que están cansados de que los clasifiquen y los discriminen por la edad y esas cosas —replico, intentando disimular que me siento molesta.
—Si el San Francisco Times no gana dinero, de nada vale que tenga seguidores —me espeta Monica—. De nada. No puedo publicar «Los mayores y la política». Casi siempre hablas de tu postura antibelicista y de lo mal que anda el mundo.
—Solo he dicho que pensaba que la guerra de Irak fue inútil y que los mayores deberían intervenir y protestar.
—No eres Christiane Amanpour. Si quisiéramos un comentarista político, contrataríamos a uno. Ya te he avisado de que tienes que moderar tus opiniones. ¡Has acusado a Asilo Feliz de mantener a la gente en condiciones terribles! Me ha llamado la propietaria del periódico. Y es una imbécil.
Me muerdo la lengua, tragándome la necesidad de decir a Monica que yo también soy mayor y que no me gusta cómo habla de los mayores, pero me digo que no debo quemar mis naves.
—Detesto la etiqueta de tercera edad. Detesto todas las etiquetas: gay, hetero, ciudadano de la tercera edad —razono en el tono más calmado que puedo—. Tengo sesenta y cinco años, pero no soy una anciana. Soy una persona. En cuanto cumples los cincuenta, si no eres una de esas amas de casa ñoñas y ricas, te relegan a la ayuda a domicilio. Me gustaría escribir sobre la discriminación por razón de edad. Eso es polémico.
—Mira, chica, la gente no quiere leer nada sobre hacerse viejo, y a nuestros lectores no les interesan las personas de la tercera edad que actúan como John Travolta en Fiebre del sábado noche. La mayoría de nuestros mayores llevan pañales y se recuperan de una apoplejía. Como no se te ocurra algo polémico y de actualidad, tendré que despedirte.
—Claro, claro. No te lo tomes a mal, Monica, pero tú tienes treinta y ocho años y no te discriminan por tu edad. En fin, ya se me ocurrirá algo.
—Oye, Anny, yo creo en ti. Hace casi seis años que trabajamos juntas. Me caes bien, pero obedezco órdenes de Bunny Silverman, que se cree que esto es el New York Times. Así que presenta algo que produzca una reacción enorme. Tengo que dejarte.
Después de colgar me entra el pánico y me tiembla todo el cuerpo. Ojalá tuviera una bolsa de papel. Cuando me pongo nerviosa soplo en una bolsa de papel. Me aprieto una servilleta contra la boca. Dios mío, por favor, no puedo perder esta columna. Necesito el dinero. Tal y como están las cosas, y a pesar de la Seguridad Social y Medicare y de que de vez en cuando vendo un cuadro, apenas gano lo suficiente. Y aquí me tienen: una columnista de sesenta y cinco años, divorciada y sin dinero que duerme en un sofá cama. Pero quiero fama, fortuna y amor eterno. Lo quiero todo. Y estoy harta de que todo el mundo me diga que soy demasiado vieja. La edad no tiene nada que ver con los sueños.
Desde que tengo uso de razón siempre he querido escribir, incluso me imaginaba ser una periodista famosa como Diane Sawyer, en algún país dejado de la mano de Dios, en medio de la lluvia, con el pelo chorreando, mientras el mundo se venía abajo y yo volvía corriendo a la redacción para escribir sobre eso. A veces es duro reconocer que ha pasado mucho tiempo y que no ha ocurrido nada importante.
Pido más café y me pongo a observar los tranvías que suben penosamente las colinas, recordando los años en que escribí una novela, que guardé en un cajón cuando me casé, y después me acuerdo de cuando tenía treinta y tantos años e iba a la Escuela de Posgrado para hacer el máster en escritura creativa. Tras el divorcio, escribí artículos para periódicos sin importancia sobre gente de la alta sociedad y reseñas de restaurantes y de inmuebles. Me iba fatal hasta que hace cinco años le entré a Monica; irrumpí en su despacho con varias listas de ideas sobre los mayores, y al final me dijo: «Vale. Te contrato. Me gustan tus ideas».
Mientras observo cómo se deslizan las gotas de lluvia por las ventanas recuerdo el día en que Donald me dijo que quería divorciarse. Yo había encontrado Viagra en uno de sus bolsillos, y cuando le interrogué, reconoció que se acostaba con Conchita, nuestra asistenta de veinte años, y me pidió el divorcio. Para colmo, se declaró insolvente. Conseguí una pequeña asignación y me mudé al apartamento de San Francisco en el que sigo viviendo. Inmediatamente después del divorcio, Donald se casó con Conchita y tuvieron dos hijos. Y luego dicen que si la gente se hunde. Y está por ver que se ponga en contacto con nuestra hija, Emily, que a sus cuarenta y un años sigue esperando que la llame. Es penoso. Me da lástima Emily. Donald y yo no hicimos buen papel como padres. Yo estaba siempre pintando o escribiendo y soñando con labrarme una carrera. Donald estaba muy liado ejerciendo de abogado y comprando casas, y desde muy jovencita Emily tuvo que desempeñar el papel de cuidadora.
Deja de llover. Pago la cuenta. Tengo intención de coger el autobús de las cinco y trabajar más tarde en las cajas. Confecciono y pinto cajas. Tengo debilidad por las cajas. Las recojo en las obras y creo dentro de ellas pequeños mundos, minúsculos retablos que sirven de inspiración a mis cuadros. Pero últimamente me he quedado sin ideas y mi trabajo me parece muy soso.
Me abotono el abrigo de cuero negro; salgo a toda prisa y subo corriendo hasta Sutter Street, donde cojo el autobús.
Me abro paso entre las personas que lo abarrotan, tratando de pillar un asiento delante.
—Eh, tranquila, ancianita —dice un chico, lleno de granos y con una parka apestosa, que me quita el asiento. Me quedo parada y asombrada unos momentos, después retrocedo y por fin encuentro un asiento junto a la ventanilla.
Mientras el autobús traquetea lentamente por las cuestas, pasando ante hileras de casas victorianas de color caramelo, veo mi reflejo en el cristal de la ventanilla y me pregunto si parezco vieja. Tengo bolsas debajo de los ojos y el pelo castaño me cae lacio hasta los hombros. Nada parecido a lo de esas chicas de los anuncios de champú, con un cabello tan sedoso que flota. Pero ¿qué significa «viejo»? En este país, cualquier cosa con más de veinte años es vieja. Cierro los ojos y recuerdo la semana pasada, en casa de Emily. Vive en Berkeley con Harry, su pareja, un arquitecto de cincuenta años, y Fred, su labrador negro. Me animaron a que me registrase en JDate, un servicio de contactos dirigido sobre todo a judíos, empeñados en que ya va siendo hora de que conozca a alguien. «Antes de que seas demasiado vieja y acabes en una residencia de ancianos, mamá», dijo Emily. Pero yo me negué y les dije que no quiero conocer a nadie por internet. Emily no para de preocuparse por mí y de decirme lo que tengo que hacer. Me pone frenética.
Desde el divorcio, aparte de ver a mis mejores amigas, Janet y Lisa —hablamos todas las noches por teléfono y nos lo contamos todo— y a mi vecino, Ryan McNally, no salgo mucho. Ryan tiene diez años menos que yo, es fotógrafo del National Geographic y ha obtenido varios premios. Vive en el mismo edificio que yo, y nos conocimos en la lavandería hace unos nueve años. Yo acababa de mudarme, y estábamos esperando a que terminaran las secadoras. Empezamos a hablar y me puse a contarle lo de mi divorcio. Él me confesó que era viudo. Nos hicimos amigos, y cuando no está viajando por cuestiones de trabajo vamos al cine, a museos e inauguraciones de exposiciones y muchas veces criticamos nuestros respectivos trabajos. Ryan sabe mucho de arte, y a los dos nos encanta. Pasa los fines de semana en su casa de campo, en Sebastopol, donde cultiva flores.
El autobús se para en Broadway y me apeo. Ya está oscuro, y la luna empieza a recortarse en el cielo. Recorro las dos manzanas que me separan de mi edificio y me detengo ante los rosales de la fachada, recordando que hace dos meses, antes de marcharse a Holanda, Ryan cortó unas rosas de color rosa y me explicó que tenía que cortar los tallos debajo del agua antes de ponerlas en un jarrón.
Entro en el portal morisco, paso junto a la falsa cascada y subo el tramo de escalones desiguales hasta mi apartamento, aspirando los dulces aromas de la cocina persa y de la comida china para llevar que flotan en los corredores. Paso ante el apartamento vacío que está enfrente del mío, pensando que no quiero morirme sola en un sofá cama como la señora Nelson, la pobre mujer a la que sacaron en una bolsa mientras todo el mundo miraba.
Abro la puerta de mi casa, contenta de tener la noche por delante.
2
Es cerca de medianoche, y no puedo dormir. Después de una cena de lo más variada, sardinas y galletas saladas, mientras veo las terribles noticias en la CNN, me pongo unos vaqueros y una camisa de faena llenos de manchas de pintura. Me recojo el pelo en una cola de caballo y pongo música de salsa. No puedo trabajar sin música. Preparo la paleta y todos los instrumentos.
Empiezo con Cajas románticas, una serie de cajas de metacrilato que encontré en Chinatown y que llené de poemas y pétalos de rosa. Luego está la colección de Cajas colgantes, cajas de caucho que encontré en una tienda de magia, que cuelgan de cuerdas delgadas, con lazadas. Pintar me estimula. Las imágenes me ayudan a ver mi realidad, a aclarar lo que desconozco o no sé explicar. Es un proceso increíble. Tengo marchante desde hace varios años, y aunque no considero que mi pintura sea una fuente de ingresos para mí, fantaseo con organizar una exposición individual de mis obras algún día.
Aunque mi apartamento es pequeño, el techo tiene una altura de cinco metros y da sensación de amplitud. Una puerta de cristal separa la zona de estar de la minúscula cocina y del comedor, que he transformado en estudio. Hace unos años Ryan me ayudó a hacer estanterías para colocar libros, pinturas y lienzos. Tengo jarrones mexicanos de colores del mercadillo de Marin llenos de rosas de té naranjas. Por muy en la ruina que esté, voy todas las semanas al mercado de flores a comprar rosas de té. En una mesa blanca y alargada pegada a la pared tengo fotografías enmarcadas de Emily, de Ryan y de otros amigos.
Perforo unos agujeros muy pequeños dentro de las cajas y les pongo unas lucecitas que resaltan los cubos de cristal del fondo. A continuación trabajo en Caja de boda, una caja cuadrada de papel maché con agujeros en la parte de arriba. Quiero que refleje el amor virginal. Meto un pincel en pintura acrílica blanca mezclada con flores secas y la aplico hasta que queda brillante. Me paso una hora pegando perlitas en los agujeros.
Cuando me siento agotada dejo de trabajar. La habitación está fría, y cierro las ventanas. Llueve torrencialmente. Las hojas amarillas, preciosas, se pegan a los cristales como estrellas mojadas; los coches pasan susurrantes por las calles frías, empapadas.
Quiero recogerlo todo antes de acostarme, así que lavo los pinceles, los pongo a secar en latas de café y guardo los tubos de pintura en un gran cubo de plástico que tengo debajo de la mesa. Por último coloco las revistas del New Yorker y los ejemplares del New York Times sobre el baúl de mimbre para mantener la apariencia de orden en el atestado apartamento. Me encanta el caos; es una forma de orden. Como padezco una ligera dislexia pongo las palabras al revés, pero tengo mi propio sistema para ordenar, y organizo por colores los pinceles, los lienzos y otras cosas. El caos me inspira. El exceso de orden me paraliza.
Estiro los brazos mientras miro una fotografía en color de Ryan que saqué hace unos meses, antes de que se marchara a Holanda. Está podando rosas. Tiene el cuerpo musculoso, en forma, y está inclinado sobre las flores. El sol le ilumina el pelo rizado y dorado con vetas grises. Al lado hay una fotografía de Emily con su labrador negro, Fred.
Salvo el lento ruido del tráfico menguante y del alarido de alguna sirena, el viejo edificio de apartamentos está en silencio. De repente me siento sola, muy sola, y me pregunto si seguiré así el resto de mi vida. A veces tengo pesadillas, sueño que me da un ictus y Emily me deja en una residencia, y allí me quedo en una tumbona, en el vestíbulo, babeando, con el cabello sucio y unas gafas de cristales gruesos, con una etiqueta de velcro con mi nombre pegada a mi bata de flores de grandes almacenes. Tiritando, me cubro los hombros con el viejo chal rojo que me tejió Emily hace años. Me da por pensar que a lo mejor Emily y Harry tienen razón y que debería registrarme en JDate. Aunque Emily se pone muchas veces mandona, más madre que hija, también muchas veces tiene razón.
Además, tampoco es para tanto. Todo el mundo está conectado, así que, ¿por qué no voy a meterme en JDate? ¿Quién se va a enterar, al fin y al cabo?
Entro en JDate usando el portátil. Me registro, y pago solo tres meses, siguiendo las indicaciones. Escribo mi apodo: LadyAnny. Después relleno un cuestionario, en el que explico que prefiero hombres de cincuenta y cinco a noventa años y que no me interesa el matrimonio, que no fumo y que soy liberal, y escribo mi anuncio:
Columnista de sesenta y cinco años busca diversión y romance con hombre que sea culto, con sentido del humor y no le asuste la lluvia. Sé valiente. No importa la edad. Ponte en contacto conmigo.
Por último subo la última fotografía que aparece en mi columna.
Tras recibir un correo que dice que ya soy oficialmente miembro de JDate, contenta por la nueva experiencia, me paso una hora viendo fotografías, sorprendida ante la enorme cantidad de hombres nacidos en los años cuarenta y cincuenta. Pero la mayoría de ellos solicitan mujeres de «no más de cuarenta, ni un solo día más, talla 36, en forma y con ingresos propios». Me río en voz alta al ver sus apodos: Dick el Diestro, Abe Potente, Harry el Colgado. Veo fotografías de astronautas, chefs, hombres en barcos de pesca con los enormes peces que han capturado, y otros aparecen en un campo de golf o junto a un avión. Lucen peinado de cortinilla; unos llevan pantalones cortos, otros, esmoquin; todos mencionan sus méritos: médico, abogado, millonario, inversor de bolsa.
Hago clic en perfiles: un viudo de sesenta y seis años diseñador de barcos, un psicoterapeuta que ha escrito un libro titulado Mujeres felices y un hombre de setenta años, alto, delgado, guapo, con ropa de esquí, en la cima de una montaña, con expresión de ser su dueño. Su apodo es Tío Genial. Según su perfil, tiene setenta años, triunfa en el comercio de los diamantes y quiere una relación romántica duradera con una mujer madura que sea inteligente e independiente. Me gusta que diga «mujer madura» refiriéndose a mí. Le envío un correo para decirle que me gustaría conocerlo.
Deseando ver JDate, a la mañana siguiente me conecto y miro mis correos. Me quedo boquiabierta al comprobar que el comerciante de diamantes ha respondido. Tío Genial dice:
Querida Anny:
Me llamo Marv Rothstein. Me gustaría que nos viéramos el viernes a las seis y media en la coctelería de Harris, para tomar unas copas y cenar. Por favor, envíame un correo para confirmarlo. Yo llevaré un traje negro y te encontraré.
Impresionada por la rapidez de su respuesta, lo busco en Google y veo con sorpresa que es un comerciante de diamantes de renombre internacional y que tiene oficinas en Sudáfrica, Bélgica y Francia. Sus clientes van desde estrellas de cine y personajes famosos hasta políticos. ¿Por qué estará en JDate?, me pregunto. Pero me digo que merece la pena conocerlo.
Le escribo:
Me llamo Anny Applebaum. Nos vemos allí a las seis y media. Yo iré de negro. Tengo el pelo largo y oscuro con mechas, y soy alta. Con deseos de conocerte,
ANNY
3
Al día siguiente a mediodía estoy en la cafetería del sótano de Macy’s, con Janet y Lisa. El enorme salón huele a enchilada, y los clientes forman largas colas para pedir comida. Janet está en su hora de comer y Lisa tiene un hueco entre dos posibles compradores de casas.
—Los vejetes son de pesadilla —dice Janet, comiendo un sándwich de pavo—. O van por ahí con fotografías de sus esposas muertas en biquini o son tan tacaños que te obligan a andar veinte kilómetros para aparcar el coche.
Janet luce uniforme de Chanel azul oscuro. Lleva el cabello, que antes era pelirrojo, teñido de naranja fuerte y recogido en la coronilla. Tiene una de esas caras imperfectas que resultan preciosas: nariz prominente, ojos oscuros y penetrantes, y los labios carnosos y rojos.
—Tú lo superas todo, Anny —dice Lisa—. Se te ocurrirá alguna idea para tu columna.
Lisa es menudita, con el pelo rubio despuntado y ojos oscuros e inteligentes. Lleva un chal azul de Hermès formando pliegues sobre los hombros de un traje gris de Armani. A su lado está su bolso turquesa de Birkin.
Janet está divorciada desde hace treinta años y es la jefa de compras de Chanel en Macy’s. Nos conocimos hace nueve años, cuando fui a comprar una barra de labios de Chanel y descubrí que las dos teníamos una hija de la misma edad y que nos habían dejado nuestros respectivos maridos; nos hicimos muy amigas. Janet se crió en un orfanato y desde entonces se las ha apañado sola. Después conocí a Lisa Berman en una comida de guías de museo, y De Kooning y Picasso nos unieron. Tiene sesenta y dos años, es viuda y promotora comercial inmobiliaria de renombre. Tiene un hijo, casado, y un nieto, y su marido murió de un ataque al corazón hace diez años.
—Pues ayer me pasé casi toda la noche navegando por JDate —anuncio, y observo sus caras para ver cómo reaccionan—. He quedado con un hombre el viernes por la noche. Vamos a vernos en Harris, para cenar y tomar unas copas. Es un comerciante de diamantes muy rico, de setenta años.
—¡Cariño, no está nada mal! —exclama Janet con entusiasmo—. Los setentones con los que yo salgo me llevan a italianos baratos. La mitad usa pañales. Si tosen, se tiran pedos. Si andan deprisa, se mean encima. La mitad de los sesentones toman Viagra, van por ahí empalmados, se inflan a Extenze y se les pone el pito como un árbol.
Lisa dice:
—Ten cuidado. Podría ser un asesino en serie.
Toma ensalada de remolacha orgánica a delicados bocaditos.
—Los hombres judíos no son asesinos en serie —le espeta Janet—. Son médicos, abogados...
—Y de los que no creen en lo de «Santa Rita, lo que se da no se quita» —dice Lisa y toma un sorbo de té frío—. ¿Os acordáis del alto ejecutivo que conocí en JDate? ¿Con fundas en los dientes, chófer, un ático...? Me regaló un Rolex de oro por mi cumpleaños. En cuanto vio que no iba a irme a la cama con él, se llevó el reloj. El reloj de su esposa muerta. Una lástima, porque entre nosotros había química.
—Ya, química pero no física —interviene Janet, metiéndose unas patatas fritas en la boca—. Yo no quiero saber nada de ellos a menos que sean enrollados. Salí con un peletero muy rico que vive a cuerpo de rey, pero es un agarrado. Usaba la tarjeta de oferta de dos por uno y se la daba de tapadillo al camarero, como si yo no me enterase.
—La verdad, Janet, no me importa si tiene dinero o...
—A lo mejor es el definitivo —me interrumpe Janet con una sonrisa burlona—. Tenemos que casarnos antes de que empecemos con los antidepresivos y las prótesis de cadera y nos veamos en un crucero a Alaska para solteros de la tercera edad. Cásate con él antes de que tu gran alegrón de la semana sea que vayan a verte los chicos con unas flores compradas en una gasolinera.
—Estoy harta del matrimonio —le replico—. No estoy segura de que se pueda vivir con el mismo hombre toda la vida. No estamos en la época de Jane Austen. Podemos elegir.
—Sí, elegir entre estar sola o con algún setentón que se hincha a Viagra —dice Janet.
—Y tanto —tercia Lisa. Mira a su alrededor y añade en un susurro—: Y Janet no lo dice en broma, lo del Viagra. Es la generación del Viagra.
Janet tuerce el gesto.
—Hasta los tíos más blandengues pueden hacerlo. Yo estuve con un magnate de los seguros que no podía ni con su alma. Con solo tocarle un testículo que daba lástima, del tamaño de una canica, se empalmaba como un burro. Myrna Goldblatt iba en un crucero coñazo con un tío riquísimo que había tomado tanta Viagra que se le quedó la cosa dentro de Myrna, y ella tuvo que llamar al capitán para que avisara a un médico y los separase, como a los perros.
—¡Dios mío! —digo, intentando no reírme—. Pobre.
—¡Janet! —la regaña Lisa.
—Anímate, cariño —dice Janet. Se calla, y sus conmovedores ojos oscuros se clavan en mi rostro—. Anny, necesitas cambiar de imagen.
Lisa asiente con la cabeza.
—Eres alta y delgada, pero necesitas bótox. Llevas una ropa demasiado poshippy. Quítate ese gris y ponte más mechas rubias. Hasid, mi peluquero, se encargará de todo. Voy a llamarlo.
—¿Por qué no me dejáis en paz? Llevo en psicoterapia nueve años, y al fin me gusta mi aspecto.
Janet y Lisa suspiran con expresión de frustración. Pero Janet se empeña en que me deje maquillar.
—Ya verás. Para la cita estarás despampanante.
Lisa tiene que volver al trabajo, y yo me pregunto, ¿qué tengo que perder? Sigo a Janet a la planta de arriba.
Macy’s parece un circo. Por los amplificadores se oye música rock a todo volumen. En el mostrador de Chanel, en medio de la planta principal, me siento en un alto taburete de madera frente a un espejo, mientras Manuel, el ayudante de Janet, me limpia la cara con bolitas de algodón empapadas en un astringente apestoso. Manuel está como un palillo, tiene unos diecinueve años, el pelo de punta y unos ojos altaneros, como puntitos oscuros. Va todo de negro y se mueve como si bailara.
—¿Usas una buena limpiadora? —pregunta con marcado acento español.
—Nivea —contesto con humildad.
—Fatal —replica Manuel, espantado—. Obstruye los poros. Por eso tienes la piel tan apagada. Hay que exfoliar.
Sus dos ayudantes, que no parecen tener más de doce años, asienten entusiasmados, como un coro griego. Una pequeña multitud de clientes ha rodeado el taburete y observa.
Janet se pone al mando, desde una escalerilla.
—Bueno, cariño, en primer lugar, vamos a ponerte una hidratante. ¡Uy, uy! Pero fíjate en esas arrugas. Cuando conozco a un hombre, piensa que tengo treinta años. Fíjate en mi piel. Está tersa. Hidratada. —Baja la voz—. Y por las noches me unto la cara y el tú ya me entiendes con aceite de oliva virgen. Porque el tú ya me entiendes se nos queda seco.
—Hidratar —repito.
—Cierra los ojos, cariño —dice Janet, echándome el aliento a tabaco en la cara—. Ahora voy a aplicarte corrector, para cubrirte esas manchas oscuras y las venitas rojas. Qué feas. Esto es muy importante, cariño.
—Vale.
A continuación me pone delineador en las cejas y me aplica sombra gris en los párpados mientras murmura: «Cargados y sensuales», y me sermonea sobre la importancia del colorete.
—Vale. Me lo pondré.
—Y actúa con indiferencia, cariño —susurra, echándome otra vez el aliento a tabaco—. A esos setentones les chifla que les hagas rabiar. Les pone cachondos. Y no te abras de piernas el primer día. Que piensen que tu tú ya me entiendes es oro.
—Solo he quedado para cenar —protesto, avergonzada ante el gentío que está cada vez más cerca del taburete.
—Aunque el mío está todo reseco y me tiño el vello, les dejo que piensen que no son suficientemente buenos para entrar ahí abajo —continúa Janet en un susurro.
Todos están pendientes de lo que dice. Me pongo colorada, pensando, tierra trágame, y confiando en que el maquillaje oculte mi bochorno.
Janet termina con el maquillaje y me pone un espejo delante para que vea mi nueva imagen. La verdad es que me gusta.
—Es estupendo. Gracias.
Janet me da un abrazo.
—Cariño, el romance está a la vuelta de la esquina. Sé alegre. Sé guapa. Exfóliate. Bebe agua.
—Vale.
—Practica ruiditos orgásmicos. Les encanta que parezcas una perra en celo.
Todo el mundo está pendiente de mi cara y de lo que dice Janet. Noto que me sonrojo, y me pregunto si se me notará con la crema de color.
Manuel murmura, arrebatado, que estoy «preciosa».
—Cuando entraste parecías una pobrecilla. Ahora estás divina.
Janet me mete un montón de muestras de Chanel en el bolso. Nos damos otro abrazo; salgo al atardecer de la calle y paro un taxi para ir a casa. No dejo de dar vueltas en la cabeza a los consejos de Janet y Lisa, planteándome cómo será ese nuevo mundo desafiante en el que voy a entrar.
4
Es viernes, y yo estoy para el arrastre. Dentro de dos hora
