El buque fantasma (Archivos NUMA 12)

Clive Cussler

Fragmento

cap-1

PRÓLOGO: LA DESAPARICIÓN

Durban, Sudáfrica, 25 de julio de 1909

Viajaban hacia el vacío, o por lo menos eso le parecía al inspector jefe Robert Swan del Departamento de Policía de Durban.

En una noche sin luna, bajo un cielo oscuro como la tinta china, Swan iba de copiloto en la cabina de un camión que avanzaba con estruendo por un polvoriento camino rural al norte de Durban. Los faros del gran Packard arrojaban haces de luz amarilla que entre parpadeos y saltos hacían poco por alumbrar el camino que tenían por delante. Al escudriñar la oscuridad, Swan nunca llegaba a distinguir más de cuarenta metros de la calzada llena de surcos.

—¿Cuánto falta para esa granja? —preguntó, volviéndose hacia un hombre delgado y fibroso llamado Morris, que estaba encajonado entre él y el conductor.

Morris echó un vistazo al reloj, se inclinó hacia el lado del volante y miró el cuentakilómetros. Tras un cálculo mental, consultó el mapa que sostenía.

—Ya tiene que faltar poco, inspector. Diez minutos o menos, diría yo.

El inspector jefe asintió y se agarró al marco de la puerta mientras proseguía la accidentada travesía. El Packard, un Tres Toneladas recién llegado de Estados Unidos, era uno de los primeros automóviles propiedad del Departamento de Policía de Durban. Había salido del barco con la cabina y el parabrisas ya personalizados. Unos trabajadores del recién constituido parque móvil, en un alarde de iniciativa, habían construido un armazón para cubrir el remolque plano y habían tendido encima una lona, aunque nadie había hecho nada para que resultara el vehículo más cómodo.

Mientras el camión daba tumbos y sacudidas sobre los baches y rodadas del camino de carros, Swan decidió que hubiese preferido ir a caballo. Pero lo que perdía en comodidad la gran máquina, lo compensaba en capacidad de carga. Además de Swan, Morris y el conductor, en la parte trasera viajaban ocho policías.

Swan se asomó por la ventanilla y volvió la cabeza para mirar hacia atrás. Les seguían cuatro pares de faros. Tres coches y otro Packard. En total, Swan llevaba consigo a casi un cuarto del cuerpo de policía de Durban.

—¿Está seguro de que necesitamos a tantos hombres? —le preguntó Morris.

A lo mejor se había pasado un poco, pensó Swan. Pero claro, los delincuentes a los que buscaban —un grupo bautizado por la prensa como la Banda del Río Klaar— también eran un grupo numeroso. Los rumores hablaban de entre treinta y cuarenta personas, según a quién se creyera.

Aunque habían empezado como salteadores de caminos del montón, asaltando al prójimo y extorsionando a quienes intentaban ganarse la vida haciendo negocios honrados en el inhóspito veld, en los últimos seis meses se habían vuelto más taimados y violentos. Reducían a cenizas las granjas de quienes se negaban a pagar por su protección; mineros y viajeros desaparecían sin dejar rastro. La verdad salió a la luz cuando capturaron a varios miembros de la banda intentando atracar un banco. Los llevaron a Durban para interrogarles, pero fueron rescatados tras un atrevido ataque que dejó tres policías muertos y otros cuatro heridos.

Era una línea que Swan no pensaba permitirles cruzar.

—No me interesa una pelea justa —explicó—. ¿Tengo que recordarle lo que pasó hace dos días?

Morris sacudió la cabeza, y Swan dio unos golpecitos con los nudillos en la pared que separaba la cabina de la parte de atrás del camión. Se abrió un panel corredero y apareció la cara de un tipo fornido, que llenó casi por entero el ventanuco.

—¿Están listos los hombres? —preguntó Swan.

—Estamos listos, inspector.

—Bien —convino Swan—. Recuerden, esta noche no habrá prisioneros.

El hombre asintió para indicar que lo entendía, pero la frase hizo que Morris le mirase de reojo.

—¿Tiene algún problema? —le espetó Swan.

—No, señor —contestó Morris, devolviendo la atención a su mapa—. Es solo que… ya casi hemos llegado. Es al otro lado de esa colina.

Swan volvió a mirar hacia delante y respiró hondo, para prepararse. Casi al momento le llegó un olorcillo a humo. Tenía un aroma característico, como de hoguera.

El Packard remontó la colina al cabo de unos instantes, y la noche negra como el carbón quedó partida en dos por un incendio naranja desatado en mitad del campo que tenían debajo. La granja ardía de parte a parte, pasto de unas llamaradas que se arremolinaban en torno a ella y se elevaban hacia el firmamento.

—Joder —exclamó Swan.

Los vehículos descendieron del altozano a toda velocidad y se dispersaron. Los hombres salieron en tropel y tomaron posiciones alrededor de la casa.

Nadie les atacó. Nadie disparó.

Morris se acercó al edificio con un destacamento. Se aproximaron con el viento a la espalda y entraron raudos en la última sección del granero, que no había prendido. Rescataron varios caballos, pero los únicos bandoleros que encontraron ya estaban muertos. Varios de ellos estaban medio quemados, pero a otros sencillamente los habían matado a tiros.

No había ninguna esperanza de apagar el incendio. La madera antigua y la pintura al aceite chisporroteaban y ardían como la gasolina. Irradiaban tanto calor que los hombres de Swan pronto se vieron obligados a retroceder para no abrasarse.

—¿Qué ha pasado? —preguntó Swan a su lugarteniente.

—Parece que se han matado entre ellos —dijo Morris.

Swan recapacitó sobre aquello. Antes de las detenciones en Durban, circulaban rumores que sugerían que la banda se estaba descomponiendo.

—¿Cuántos muertos?

—Hemos encontrado cinco. Algunos de los chicos creen que han visto dos más, dentro, pero no han podido llegar hasta ellos.

En ese momento sonaron unos disparos.

Swan y Morris se lanzaron detrás del Packard para protegerse. Después de ponerse a cubierto, varios de los agentes empezaron a responder al fuego, disparando unas cuantas veces contra el incendio.

El tiroteo continuó, con un compás extraño, entrecortado, aunque Swan no vio muestras de que ninguna bala impactara cerca de él.

—¡Alto el fuego! —gritó—. Y seguid a cubierto.

—Pero si nos están disparando —protestó uno de los hombres.

Swan sacudió la cabeza mientras continuaba el pim pam de los disparos.

—Solo es la munición, que se dispara sola por culpa del fuego.

La orden corrió a gritos de boca en boca. A pesar de sus propias instrucciones, Swan se levantó y se asomó por encima de la capota del camión.

Para entonces las llamas ya habían engullido la granja entera. Las vigas que aguantaban parecían la osamenta de un gigante en lo alto de una especie de pira funeraria nórdica. El fuego se ensortijaba a su alrededor y las atravesaba ardiendo con una extraña intensidad, blanco y naranja brillante con algún que otro destello de verde y azul. Parecía que el mismísimo infierno se hubiera levantado para consumir desde dentro a la banda y su escondrijo.

Mientras Swan observaba, se produjo una explosión enorme en el interior de la estructura que la hizo volar en pedazos. La onda expansiva tiró al suelo a Swan, que cayó de espaldas cuan largo era mientras fragmentos de cascotes repiqueteaban contra los costados del Packard.

Momentos después de la explosión, empezó a caer confeti ardiente, unos pequeños fragmentos de papel que descendían a millares, revoloteando y dejando estelas de humo y ceniza sobre el fondo del cielo negro. Cuando los pedazos tocaron el suelo, empezaron a prender fuego a la hierba seca.

Al verlo, los hombres de Swan pasaron a la acción sin demora, apisonando las ascuas con los pies para no verse envueltos en un incendio forestal.

Swan se fijó en varios fragmentos que se habían posado cerca de él. Rodó para acercase a uno de ellos, que apagó con unos golpes de la palma de la mano. Para su sorpresa, vio números, letras y la adusta cara del rey Jorge, que le devolvía la mirada.

—Billetes de diez —dijo Morris emocionado—. Son billetes de diez libras. Miles de ellos.

Cuando la noticia empezó a circular entre los hombres, estos redoblaron sus esfuerzos, corriendo de un lado a otro y reuniendo los fragmentos chamuscados con un entusiasmo algo atolondrado que rara vez demostraban cuando se trataba de recoger pruebas. Algunos de los billetes estaban unidos en fajos y no habían ardido demasiado. Otros eran como las hojas de los árboles en una chimenea, retorcidas y renegridas hasta quedar irreconocibles.

—Esto sí que es dinero que quema en las manos —bromeó Morris.

Swan soltó una risilla, pero en realidad no estaba prestando atención, porque tenía la cabeza en otra parte; estudiaba el incendio, contaba cuerpos, daba vueltas al caso como correspondía a la mente de un inspector.

Algo no encajaba, no encajaba en absoluto.

Al principio, lo achacó a la naturaleza anticlimática de la noche. La banda a la que pretendía hacerle la guerra le había quitado el trabajo de las manos. Eso lo aceptaba; lo había visto otras veces. Los delincuentes a menudo se peleaban por los despojos de sus fechorías, sobre todo cuando estaban más o menos asociados pero carecían de cabecilla, como se rumoreaba que era el caso de aquella banda.

No, pensó Swan; aquello resultaba sospechoso en un plano más profundo.

Morris pareció darse cuenta.

—¿Qué pasa?

—No tiene sentido —respondió Swan.

—¿Qué parte?

—Todo —dijo Swan—. El arriesgado atraco al banco a plena luz del día; el golpe para liberar a sus hombres; el tiroteo en la calle.

Morris le miró inexpresivo.

—No le sigo.

—Mire a su alrededor —sugirió Swan—. A juzgar por la tormenta de dinero quemado que llueve sobre nosotros, esos matones habían reunido una pequeña fortuna.

—Sí —coincidió Morris—. ¿Y qué?

—¿Por qué atracar un banco bien defendido a plena luz del día si ya estaban forrados de dinero? ¿Por qué correr el riesgo de liarse a tiros en Durban para liberar a sus compañeros, solo para matarlos al volver aquí?

Morris miró fijamente a Swan durante un largo instante antes de asentir para darle la razón.

—No tengo ni idea —dijo—. Pero es cierto: no tiene el menor sentido.

El incendio se prolongó hasta bien entrada la madrugada, y no se apagó hasta consumir la granja entera. La operación terminó sin bajas entre la policía y nadie volvió a oír hablar de la Banda del Río Klaar.

La mayoría lo consideró un golpe de suerte, pero a Swan nunca le convenció. Él y Morris repasaron los sucesos de aquella noche durante años, hasta mucho después de jubilarse. A pesar de numerosas teorías y conjeturas sobre lo que había ocurrido en realidad, nunca lograrían responder a esa pregunta.

cap-2

1

170 millas al oeste-sudoeste de Durban,

27 de julio de 1909

El SS Waratah surcaba las olas en su travesía de Durban a Ciudad del Cabo, con un visible cabeceo provocado por la marejada creciente. El humo oscuro de sus calderas alimentadas con carbón salía de la única chimenea y se alejaba en dirección contraria impulsado por un viento de proa.

Sentado a solas en el salón principal de aquel buque de vapor de ciento cincuenta metros, Gavin Brèvard, de cincuenta y un años, sintió que el navío se balanceaba pesadamente hacia estribor. Observó cómo la taza y el platillo que tenía delante se deslizaban hacia el borde de la mesa, poco a poco al principio, para luego cobrar velocidad a medida que el ángulo de balanceo del buque aumentaba. En el último segundo, estiró la mano, asió la taza e impidió que se precipitara por el borde y se estrellara contra el suelo.

El Waratah mantuvo una pronunciada escora y tardó dos minutos completos en enderezarse, lo que hizo que Brèvard empezase a preocuparse por el buque para el que había comprado un pasaje.

En una vida anterior, había pasado diez años en el mar a bordo de varios vapores. Aquellos barcos adrizaban más deprisa, a la quilla se le daba mejor enderezarse. El buque en el que viajaba le parecía descompensado, demasiado pesado en la parte de arriba. Se temía que algo iba mal.

—¿Más té, señor?

Enfrascado en sus pensamientos, Brèvard apenas reparó en el camarero vestido con el uniforme de la naviera Blue Anchor.

Tendió la taza que había salvado de la destrucción.

Merci.

El camarero se la llenó y se fue. Cuando desapareció, una nueva figura entró en la sala, un hombre de hombros anchos de unos treinta años, con el pelo rojizo y la cara sonrosada. Fue derecho hasta Brèvard y se sentó en la silla de delante.

—Johannes —dijo Brèvard a modo de saludo—. Me alegro de ver que no estás atrapado en tu camarote como los demás.

Johannes estaba un poco verde, pero al parecer aguantaba el tipo.

—¿Para qué me has hecho venir?

Brèvard dio un sorbo a su té.

—He estado pensando. Y he descubierto algo importante.

—¿Y eso qué puede ser?

—No estamos a salvo, ni mucho menos.

Johannes suspiró y apartó la vista. Brèvard comprendió. Johannes le tenía por un agonías, un hombre cargado de miedos. Pero Brèvard solo intentaba ser cauto. Había pasado años con gente persiguiéndole, años viviendo bajo la amenaza de la cárcel o la muerte. Había tenido que anticiparse a los movimientos de los demás solo para mantenerse con vida. Eso había puesto su mente en un estado de alerta constante.

—Pues claro que estamos a salvo —replicó Johannes—. Hemos adoptado identidades nuevas. No hemos dejado rastro. Todos los demás están muertos y el granero ha ardido hasta los cimientos. Solo nuestra familia sigue adelante.

Brèvard dio otro sorbo al té.

—¿Y si algo se nos ha pasado por alto?

—No importa —insistió Johannes—. Aquí estamos fuera del alcance de las autoridades. Este barco no tiene radio. Es lo mismo que estar en una isla perdida.

Eso era cierto. Mientras el buque estuviera en alta mar, podían descansar y relajarse. Pero la travesía terminaría muy pronto.

—Solo estaremos a salvo hasta que amarremos en Ciudad del Cabo —señaló Brèvard—. Si no hemos eliminado nuestro rastro tan perfectamente como creemos, quizá encontremos de comité de bienvenida a un grupo de policías o soldados de Su Majestad.

Johannes no respondió enseguida. Estaba pensando, asimilando la información.

—¿Qué sugieres? —preguntó por fin.

—Tenemos que hacer que este viaje dure para siempre.

—¿Y eso cómo lo hacemos?

Brèvard hablaba de forma metafórica. Y sabía que con Johannes tenía que ser más concreto.

—¿Cuántas armas de fuego tenemos?

—Cuatro pistolas y tres fusiles.

—¿Qué hay de los explosivos?

—Dos de las cajas aún están llenas —respondió Johannes con la frente arrugada—. Aunque no estoy seguro de que sea una buena idea traerlas a bordo.

—No pasa nada —insistió Brèvard—. Despierta a los demás, tengo un plan. Es hora de que cojamos el timón de nuestro destino.

El capitán Joshua Ilbery estaba en el puente del Waratah a pesar de que ya era la hora de que les relevase la tercera guardia. El tiempo le preocupaba. El viento empezaba a alcanzar rachas de cincuenta nudos y soplaba en la dirección contraria a la marea y la corriente. Esa extraña combinación creaba olas en forma de pirámide puntiaguda, de una altura e inclinación infrecuentes, como montones de arena compactados desde dos direcciones.

—Por ahora mantenga el rumbo —le dijo Ilbery al timonel—. Corrija cuando sea necesario, no queremos que las olas nos entren por el costado.

—Sí, señor —contestó el timonel.

Ilbery levantó los prismáticos. La luz del atardecer empezaba a menguar, y esperaba que el viento amainase por la noche.

Mientras observaba el oleaje hacia proa, Ilbery oyó que se abría la puerta del puente. Para su sorpresa, sonó un disparo. Dejó caer los prismáticos y giró sobre sus talones para ver cómo el timonel se desplomaba sobre la cubierta, agarrándose el vientre. Detrás de él había un grupo de pasajeros armados, uno de los cuales se adelantó y agarró el timón.

Antes de que Ilbery acertase a pronunciar una palabra o echar mano de un arma, un pasajero rubicundo le golpeó en la barriga con la culata de un fusil Enfield. El capitán se dobló por la mitad y retrocedió hasta chocar con el mamparo.

El hombre que le había atacado le apuntó al corazón con el cañón del Enfield. Ilbery observó que lo sostenía con unas manos encallecidas, más propias de un granjero o un ranchero que de un pasajero de primera clase. Miró al hombre a los ojos y no vio piedad. No podía estar seguro, por supuesto, pero le cabían pocas dudas: su agresor ya había disparado y matado otras veces.

—¿Qué significa esto? —preguntó Ilbery con un gruñido.

Un miembro del grupo dio un paso hacia él. Era mayor que los demás, y tenía canas en las sienes. Llevaba un traje más caro y se desenvolvía con la elegancia desenfadada de un líder. Ilbery le reconoció como un integrante del grupo que había embarcado en Durban. Brèvard, se llamaba. Gavin Brèvard.

—Exijo una explicación —insistió Ilbery.

Brèvard le miró con una sonrisilla.

—A mí me parece bastante obvio. Tomamos el control de este barco. Fijarán un nuevo rumbo; nos alejaremos de la costa y luego volveremos hacia el este. No vamos a Ciudad del Cabo.

—No puede hablar en serio —dijo Ilbery—. Nos encontramos en pleno temporal. El buque apenas responde tal y como estamos; virar ahora sería…

Gavin apuntó con la pistola a un punto situado entre los ojos del capitán.

—He trabajado en vapores alguna vez, capitán. Lo bastante para saber que este buque es inestable y no navega bien. Pero no va a naufragar, o sea que deje de mentirme.

—Este buque se hundirá sin ninguna duda —replicó Ilbery.

—Dé la orden —exigió Brèvard—, o le haré un agujero en el cráneo y pilotaré el barco yo mismo.

Ilbery entrecerró los ojos hasta reducirlos a dos rendijas.

—A lo mejor sabe navegar, pero ¿qué pasa con el resto de las tareas? ¿Piensan tripular el barco usted y esta panda?

Brèvard sonrió con sorna. Sabía desde el principio que aquel era su punto flaco, el hueco en su armadura. Iba acompañado de ocho personas más, tres de ellas niños. Aunque hubieran sido adultos, nueve personas no podían mantener los fuegos alimentados durante mucho tiempo, y menos vigilar a los pasajeros y a la tripulación, y pilotar la nave al mismo tiempo.

Pero Brèvard estaba acostumbrado a encontrar la manera de sacar partido de cualquier situación. Su vida entera era un tratado de cómo conseguir que los demás hicieran lo que él deseaba, ya fuese por la fuerza o sin que ellos supieran que cumplían su voluntad. Sabía de antemano que necesitaría una baza negociadora, y las dos cajas de explosivos le permitían volver las tornas.

—Traed al prisionero —dijo.

Ilbery observó mientras se abría la puerta del puente y aparecía un adolescente de aspecto descuidado, que hizo pasar a un hombre cubierto de carbonilla. Sangraba por la nariz rota y tenía un corte en la frente.

—¿Jefe?

—Lo siento, capitán —dijo el jefe de máquinas—. Nos han engañado. Han usado a unos niños para distraernos, y luego no hemos podido hacer nada. Tres de los muchachos han recibido disparos, pero ahí abajo hay tanto ruido que nadie ha oído nada hasta que era demasiado tarde.

—¿Qué han hecho? —preguntó el capitán con los ojos abiertos como platos.

—Dinamita —respondió el jefe—. Una docena de cartuchos pegados a las calderas tres y cuatro.

Ilbery se volvió hacia Brèvard.

—¿Está loco? No puede poner explosivos en un espacio como ese. El calor, las ascuas… Una chispa y…

—Y todos saltaremos por los aires en mil pedazos —dijo Brèvard, terminando la frase por él—. Sí, soy muy consciente de las consecuencias. La cuestión es que a mí, en tierra, me espera una soga, de las que se ajustan al cuello. Si muero, prefiero que sea una muerta gloriosa y rápida que una lenta y dolorosa. De modo que no me ponga a prueba. Tengo tres hombres ahí abajo, armados con fusiles como estos, para asegurarse de que nadie retira los explosivos, por lo menos hasta que desembarque de este buque en un puerto de mi elección. Ahora, haga lo que le digo y aleje el barco de la costa.

—¿Y luego qué? —preguntó Ilbery.

—Cuando lleguemos a nuestro destino, cogeremos unos cuantos botes, un buen montón de víveres y el dinero y las joyas de todos los pasajeros, y luego dejaremos su buque y desaparecemos. Usted y su tripulación serán libres de navegar otra vez hasta Ciudad del Cabo con una anécdota fantástica que contarle al mundo.

Apoyándose en el mamparo que tenía detrás, el capitán Ilbery se obligó a levantarse y ponerse recto. Miró a Brèvard con desprecio. El hombre le tenía en un puño y los dos lo sabían.

—Jefe —dijo sin apartar la vista del secuestrador—. Coja el timón y cambie el rumbo.

El jefe avanzó a trompicones hasta el timón, apartó al secuestrador y cumplió la orden. El timón respondió y el SS Waratah empezó a virar.

—Sabia decisión —comentó Brèvard.

Ilbery tenía sus dudas al respecto, pero sabía que no había alternativa.

Por su parte, Brèvard estaba satisfecho. Se sentó en una silla, dejó el fusil apoyado en el regazo y observó al capitán con detenimiento. Después de una vida engañando al prójimo, desde policías hasta jueces de empolvada peluca, Brèvard había aprendido que algunos hombres eran más fáciles de calar que otros. Los honrados resultaban más obvios que los demás.

Escudriñando al capitán, Brèvard lo clasificó como uno de esos últimos. Un hombre provisto de orgullo, inteligencia y un gran sentido del deber hacia los pasajeros y la tripulación. Ese sentido del deber le obligaba a aceptar las exigencias de Brèvard con el fin de proteger la vida de quienes viajaban a bordo; pero también le hacía peligroso.

Ilbery había cedido, sí, pero a la vez se mantenía erguido y derecho como un palo. Aunque se agarraba la barriga por culpa del golpe que había recibido, conservaba un fuego en la mirada que no tenían los vencidos. Todo ello sugería que el capitán no estaba dispuesto todavía a entregar su buque. Llegaría un contragolpe, más temprano que tarde.

Brèvard no culpaba al capitán. A decir verdad, le respetaba. De todos modos, tomó nota mental de que debía estar preparado.

SS Harlow. 10 millas a proa del Waratah

 

Igual que el capitán del Waratah, el del Harlow estaba en el puente. Lo exigían unas olas de diez metros y unas rachas de cincuenta nudos. Él y su tripulación realizaban constantes correcciones, en un denodado esfuerzo por impedir que el Harlow se desviara de su curso. Incluso habían bombeado más agua al interior a modo de lastre, para reducir el balanceo.

Cuando el primer oficial volvió al puente tras un recorrido de inspección, el capitán le miró.

—¿Cómo vamos, primero?

—Limpio y ordenado de proa a popa, señor.

—Excelente —dijo el capitán. Salió al alerón y echó un vistazo detrás del buque. En el horizonte se distinguían las luces de otra nave. Estaba varias millas a popa y echaba mucho humo.

—¿Qué le parece? —preguntó el capitán—. Ha cambiado de rumbo y se aleja de la costa.

—Podría tratarse de un viraje para apartarse de los bajíos —dijo el primer oficial—. O quizá el viento y la corriente lo estén empujando. ¿Alguna idea de quién es?

—No estoy seguro —contestó el capitán—. Podría ser el Waratah.

Al cabo de unos instantes, un par de destellos separados por apenas unos segundos aparecieron en la posición aproximada del buque. Emitieron un brillo blanco y después naranja, pero a aquella distancia no les llegó sonido alguno; fue como presenciar unos fuegos artificiales lejanos. Cuando se apagaron, el horizonte quedó a oscuras.

Tanto el capitán como el primero parpadearon y escrutaron aquella oscuridad.

—¿Qué ha sido eso? —preguntó el primer oficial—. ¿Una explosión?

El capitán no estaba seguro. Cogió los prismáticos y tardó un momento en dirigirlos hacia el punto correcto. No había indicios de fuego, pero sintió un escalofrío en la columna al caer en la cuenta de que las luces del buque misterioso también habían desaparecido.

—Podrían haber sido llamaradas de un incendio en la orilla, detrás de ellos —sugirió el primero—. O un relámpago.

El capitán no respondió y siguió oteando con los prismáticos, recorriendo con la mirada el horizonte. Esperaba que el primer oficial estuviese en lo cierto, pero si los fogonazos de luz procedían de la tierra o el cielo, ¿qué había sucedido entonces con las luces del buque que habían avistado hacía apenas unos instantes?

Al atracar, los dos hombres se enterarían de que el Waratah estaba desaparecido. No había arribado a Ciudad del Cabo cuando lo esperaban ni había regresado a Durban o recalado en ningún otro puerto.

En rápida sucesión, tanto la Marina Real como la naviera Blue Anchor despacharon barcos en busca del Waratah, pero regresaron con las manos vacías. No se halló ningún bote salvavidas, ni restos del buque o del cargamento; tampoco cuerpos flotando en el agua.

Con el paso de los años, colectivos náuticos, organizaciones gubernamentales y buscadores de tesoros tratarían de encontrar los restos del barco perdido. Utilizarían sonar, magnetómetros e imágenes vía satélite. Enviarían buzos, submarinos y robots sumergibles para inspeccionar diversos pecios cercanos a la costa. Pero todo fue en vano. Más de un siglo después de su desaparición, no se había encontrado un solo rastro del Waratah.

cap-3

2

Bahía de Maputo, Mozambique, septiembre de 1987

El sol descendía hacia el horizonte cuando una vetusta barca pesquera de quince metros entró en la bahía desde las aguas abiertas del canal de Mozambique. Para Cuoto Zumbana había sido una buena jornada. La bodega de su barca iba llena de pescado fresco, no se había rasgado o perdido ninguna red y el viejo motor había sobrevivido a una salida más, aunque seguía vomitando humo gris.

Satisfecho con la vida, Zumbana cerró los ojos y se volvió hacia el sol, para que bañara los curtidos pliegues de su cara. Había pocas cosas que le gustaran más que aquella gloriosa sensación. Tanta paz le aportaba que los gritos emocionados de su tripulación ni siquiera la interrumpieron al principio.

Mashua —gritó uno.

Zumbana abrió los ojos y parpadeó por culpa del brillo que el sol arrancaba al mar, como fuego líquido. Haciéndose sombra con la mano, vio lo que señalaban sus hombres: un pequeño bote de madera que cabeceaba mecido por el mar picado del atardecer. Parecía ir a la deriva, y no se veía a nadie a bordo.

—Acercadnos a él —ordenó. Encontrar un bote que pudiera vender sería la guinda de aquella buena jornada. Hasta compartiría parte del dinero con la tripulación.

La barca pesquera cambió de curso y el viejo motor resopló un poco más fuerte. No tardaron en acortar la distancia.

A Zumbana se le arrugó la cara. El bote estaba muy maltratado por las inclemencias y se diría que lo habían parcheado deprisa y corriendo. Incluso desde una distancia de quince metros se veía que buena parte de la embarcación estaba podrida.

—Alguien debe de haberlo tirado al mar para librarse de él —conjeturó uno de los marineros.

—Tal vez haya algo de valor a bordo —dijo Zumbana—. Poneos al lado.

El timonel hizo lo que le ordenaban y la barca pesquera aminoró hasta detenerse junto al maltrecho bote. Cuando los costados se tocaron, otro marinero saltó a bordo del bote. Zumbana le tiró un cabo y las dos embarcaciones pronto quedaron atadas y flotando juntas a la deriva.

Desde su posición, Zumabana vio ollas vacías y montones de trapos, desde luego nada de valor, pero cuando el marinero retiró una manta apolillada, todo pensamiento acerca del dinero quedó desterrado de su cabeza.

Bajo la vieja manta había una mujer joven y dos niños. Resultaba evidente que estaban muertos. Tenían la cara cubierta de llagas causadas por el sol y los cuerpos estaban rígidos. Tenían la ropa hecha harapos y la mujer llevaba atado al hombro un trapo ensangrentado. Un examen más detenido reveló costras en las muñecas y los tobillos, como si los tres hubieran estado esposados e inmovilizados en el pasado.

Zumbana se persignó.

—Deberíamos soltarlo —dijo uno de los marineros.

—Es un mal presagio —añadió otro.

—No. Debemos respetar a los muertos —replicó Zumbana—. Sobre todo a aquellos que parten tan jóvenes.

Los hombres le miraron con recelo pero cumplieron sus órdenes. Con un cabo bien atado, pusieron de nuevo rumbo a la orilla, con el viejo bote de doble proa a remolque tras ellos.

Zumbana se situó en la popa, donde podía mantener vigilada la pequeña embarcación. Su mirada se desplazó desde el bote hasta el horizonte. Se preguntó por los ocupantes. ¿Quiénes eran? ¿De dónde habían zarpado? ¿De qué peligro habían huido, solo para morir en alta mar? Tan jóvenes, pensó al recordar los tres cuerpos. Tan frágiles.

El bote en sí era otro misterio. El tablón superior de su costado daba la impresión de haber lucido en algún momento un nombre pintado, pero ya no resultaba legible. No veía claro si el bote llegaría hasta el puerto. A diferencia de sus pasajeros muertos, parecía muy viejo. Más, sin duda, que sus tres ocupantes. A decir verdad, le parecía que podía pertenecer a otra época.

cap-4

3

Océano Índico, marzo de 2014

El fogonazo azul de un relámpago en zig zag cruzó el horizonte. Durante un segundo o dos, iluminó la oscuridad gris en la que coincidían mar y tormenta.

Kurt Austin contemplaba esa oscuridad desde la cabina trasera de un Sikorsky Jayhawk mientras el gran helicóptero se abría paso entre cortinas de lluvia torrencial. Las turbulencias zarandeaban el aparato, y por debajo de él batían unas olas de diez metros, cuyas crestas desmochaba el viento huracanado.

Cuando el relámpago pasó, Kurt se vio reflejado en el cristal. Rondando los cuarenta y con el pelo canoso plateado, Kurt resultaba apuesto cuando la luz era favorecedora. De ello se encargaban un mentón fuerte y unos penetrantes ojos azules. Sin embargo, como un camión que pasara los días en la obra en vez de en el garaje, en su cara saltaba a la vista el kilometraje.

Las arrugas que rodeaban sus ojos eran un poco más profundas que las demás. Un surtido de cicatrices procedentes de peleas a puñetazos, accidentes de coche y otros avatares le marcaba la frente y la mandíbula. Era la cara de un hombre que parecía preparado para todo, decidido e implacable, por mucho que el helicóptero se acercara a los límites de su autonomía.

Pulsó el botón del intercomunicador y miró hacia delante, hacia el asiento del copiloto que ocupaba su amigo Joe Zavala.

—¿Algo?

—Nada —respondió Joe a voces.

Kurt y Joe trabajaban para la NUMA, la Agencia Nacional de Actividades Subacuáticas, un organismo del gobierno estadounidense dedicado al estudio y la conservación de los mares. Pero, en esos momentos, formaban parte de un equipo de rescate improvisado que respondía a la llamada de socorro de un grupo de embarcaciones que luchaban por mantenerse a flote tras verse atrapadas en una furiosa tormenta.

Mientras volaban, por la radio se oían interferencias y las conversaciones atropelladas entre la Guardia Costera Sudafricana y el pequeño grupo de embarcaciones de salvamento.

—Zafiro Dos, ¿cuál es tu posición?

—Zafiro Dos mantiene contacto con el Endless Road. Parece que va a la deriva, pero no se hunde. Hay cuatro tripulantes a la vista. Maniobramos para iniciar rescate en barquilla.

—Recibido, Zafiro Dos. Zafiro Tres, ¿cuál es tu situación?

—De vuelta con náufragos. Dos parecen sufrir hipotermia, el tercero está estable.

La tormenta había llegado en un visto y no visto desde el sudeste y había cobrado intensidad a medida que se acercaba al cabo de Buena Esperanza. Se había llevado por delante varios cargueros, entre ellos un buque portacontenedores de trescientos metros, y luego había doblado al norte y puesto la vista en un grupo de yates y otras embarcaciones de recreo que participaban en una regata amistosa de Durban a Australia.

La furia de la tormenta y lo repentino de su llegada habían llevado hasta el límite a la Guardia Costera Sudafricana, que había hecho un llamamiento a cualquiera que pudiese ayudar y había obtenido la asistencia de una fragata de la Marina Real británica, dos buques de suministro estadounidenses y un navío de investigación de la NUMA, el Condor.

Setenta millas al este del Condor, Kurt, Joe y el piloto del Jayhawk se acercaban a las coordenadas de GPS que les habían proporcionado, pero aún no habían avistado nada.

—Tendríamos que estar casi encima —dijo Kurt.

—Puede que se haya hundido —señaló el piloto.

Kurt no quería considerar esa posibilidad. Por un extraño capricho del destino, conocía a la familia del yate al que intentaban socorrer. Por lo menos, a uno de sus miembros.

—¿Cuánto combustible?

—Hacemos bingo en diez minutos.

A partir de ese momento, solo les quedaría combustible suficiente para volver al Condor, de modo que tendrían que dar media vuelta o arriesgarse a caer al agua antes de llegar y precisar ellos un salvamento.

—Apura todo lo que puedas —dijo Kurt.

—El viento de proa nos está matando.

—Será viento a favor cuando volvamos —insistió Kurt—. Sigue adelante.

El piloto se calló y Kurt miró otra vez hacia el mar.

—Capto algo —gritó Joe, apretando un auricular con la mano—. Es débil, pero creo que es su señal de emergencia. Vira a la derecha rumbo cero siete cero.

El helicóptero se ladeó para efectuar el viraje y, al cabo de unos minutos, Kurt avistó el casco de un yate de cincuenta metros escorado hacia un lado. Seguía a flote pero tenía la proa algo hundida y estaba prácticamente envuelto por las olas.

—Acércanos —ordenó Kurt.

Abrió la compuerta deslizante de la bodega y la dejó fija en esa posición. El viento y la lluvia azotaron la cabina.

Un sistema de poleas y ciento veinte metros de cuerda les permitirían izar a bordo a los supervivientes, pero no tenían montacargas, de modo que Kurt tendría que descender para agarrarlos en persona. Se enganchó el cabo al arnés que ya llevaba puesto y se deslizó hasta dejar los pies colgando por el borde.

—No veo a nadie —dijo el piloto.

—A lo mejor están agarrados a la borda —replicó Kurt—. Da una vuelta.

Kurt sentía correr la adrenalina por sus venas, una sensación que llevaba notando más o menos desde que la emisora de la Guardia Costera Sudafricana le había comunicado los detalles de la embarcación averiada.

«El yate Ethernet tiene una vía de agua grave —había transmitido el controlador sudafricano—. Jayhawk de la NUMA, socorra, por favor. Son el único medio de rescate en la zona.»

«¿Me confirman el nombre del yate?», había preguntado Kurt, que no daba crédito a lo que había oído.

«Ethernet —repitió el controlador—. Zarpó de San Francisco. Siete personas a bordo. Entre ellas Brian Westgate, su esposa y dos hijos.»

Brian Westgate se había hecho multimillonario con internet. Su mujer, Sienna, era una vieja amiga de Kurt. Años atrás, había sido el amor de su vida.

El mensaje le había sumido en un desconcierto que rara vez experimentaba, pero Kurt era de los que se recuperaban enseguida. Apartó de su cabeza cualquier pensamiento sobre el pasado y los temores de no llegar a tiempo al yate y se concentró en la tarea que tenía entre manos.

—¡Enciende el foco, Joe!

Mientras el helicóptero trazaba un círculo por encima de la embarcación en apuros y descendía hacia ella, Kurt vio que las olas batían por encima del casco. El único consuelo era que la superestructura delantera quedaba protegida por la sección de popa del yate.

Joe encendió el foco y la lluvia se convirtió en un campo de líneas oblicuas. El efecto resultó deslumbrante por un momento, pero en cuanto Joe corrigió el ángulo, Kurt pudo observar el casco con mayor claridad. Vislumbró algo naranja.

—¡Allí! Cerca del puente.

El piloto también lo vio. Maniobró para acercar el helicóptero, mientras Joe se desenganchaba y pasaba atrás para manejar el cabrestante.

—Este cable no está diseñado para izar personas —le recordó a Kurt.

—Remolca un módulo de sonar —dijo este.

—El pez solo pesa cuarenta kilos.

—Aguantará —afirmó Kurt—. Ahora, suelta cuerda.

Joe vaciló y Kurt, después de echar un vistazo abajo y observar la posición de su objetivo, estiró el brazo y pulsó el tensor él mismo. Antes de que Joe pudiera impedírselo, se lanzó por el borde del helicóptero.

Con una mascarilla apretada contra la cara y los pies rectos apuntando hacia abajo, Kurt tocó el agua en la cresta de una ola y se hundió a través de ella. Durante un largo instante, lo bañó el silencio extraño y apagado del mar. Era una reconfortante sensación de paz.

Después emergió al caos.

Las olas eran como un macizo de montañas, y las gotas del torrencial aguacero bailaban sobre la superficie allá adonde mirase.

Kurt se volvió hacia el yate medio hundido y empezó a patalear con fuerza hacia él.

Llegó a la embarcación por su punto central y se estiró para alcanzar la barandilla. Antes de que pudiera agarrarse bien, llegó la depresión de una ola y Kurt se deslizó hacia abajo por el costado del casco. Luchó para conservar la posición, hasta que llegó la siguiente ola, que lo elevó hasta dejarlo a la altura de la cubierta. Esta vez agarró con rapidez la barandilla y tiró para izarse a bordo. Cruzó la cubierta a trompicones y evitó por los pelos que otra ola se lo llevara por la borda.

Llegó al puente, donde encontró las ventanas destrozadas. No había ni rastro de la mancha naranja que había tomado por un chaleco salvavidas.

—¡Sienna! —gritó, aunque el viento volvió inútil el intento.

Se asomó al interior, que estaba inundado por varios palmos de agua que

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