5
—Mamá Pura quiere agua.
Unos minutos después Jaz volvió a aparecer y pronunció esas palabras. Yo estaba haciendo una lista mental de la cantidad de latas de comida y el cálculo de para cuántos días nos alcanzarían, y mi hermana regresó no sé de dónde, otra habitación, otra dimensión, de adentro de algún libro y dijo eso con su voz de niña. Y tan rápido como vino volvió a irse y yo me quedé en mi lugar, tratando de decodificar el mensaje. Mamá-Pura-quiere-agua. Había agua, por suerte. Y una vez habíamos conocido a una mujer llamada Pura. Una anciana que pasaba el tiempo sentada en la vereda bajo la única ventana de su casa, envuelta en un enorme mantón negro de lana, sin importar qué temperatura hiciera.
Pura vivía a dos puertas de la nuestra, y Jaz, que entonces tenía unos tres o cuatro años, pasaba muchas tardes junto a ella. Se hablaban, sí, de eso me acordaba. La mujer, acomodada sobre un banco de madera, se inclinaba y le hablaba muy bajo, casi al oído, mientras mi hermana hacía dibujos sobre el polvo de la vereda con un palito o ayudaba a desovillar alguna madeja. Pero siempre la mujer le estaba diciendo algo.
Cada tanto yo caminaba cerca de ellas como si tuviera que ir a algún sitio y de pronto daba media vuelta, regresaba sobre mis pasos y enseguida otra vez lo mismo, para intentar oír qué se decían. A veces me parecía que la mujer cantaba y otras que decía hijo, hija. Así me fui armando esta historia: la anciana había perdido a su único hijo, que había quedado detrás de algún muro y nunca había regresado. El muchacho, sin embargo, le enviaba cartas a su madre porque allí no había computadora ni teléfono y ella todo el tiempo las llevaba debajo de aquel mantón negro y se las leía a Jaz. O le cantaba las canciones que le había cantado a él, y en las partes de la canción que antes decía mi hijito, ahora decía hija, por mi hermana. Porque era vieja y se confundía y pensaba que el hijo había regresado, que era otra vez un niño y que estaba bien, a su lado.
No sé si algo de eso había sucedido, claro, pero esa fue la Pura que recordé cuando mi hermana dijo lo que dijo, y entonces lo más lógico fue pensar que ella también estaba confundida. Que con todo lo que habíamos pasado más el hecho de que aún no habíamos bebido nada, y la deshidratación te hace ver y oír cosas que no están ahí, Jaz estaba en shock. Así que abrí la primera botella y me prometí que le permitiría tomar más de los dos sorbos que había anotado en mi lista mental.
—¿Abro también una lata de frutas? —le pregunté.
—Mamá Pura solo quiere agua —insistió ella, y todo lo que deseé fue que mi hermana no quedara así para siempre, diciendo cualquier cosa.
*
Alguien en esa casa había usado los libros como ladrillos, y varias pilas en delicado equilibrio dividían el lugar. De este lado la mesa con el sillón, y del otro…
Ahora deliraba yo. Me quedé allí parada sin saber qué hacer a continuación. Incliné mi cabeza hacia un lado y hacia el otro como si el solo hecho de probar otro ángulo pudiera cambiar lo que estaba viendo, tal como había sucedido con la casa, desde afuera.
Pero aunque cerrara y abriera los ojos, aunque me dijera que aquello no era verdad, aunque me moviera apenas, todo seguía estando allí: el colchón en el suelo, la mujer, mi hermana.
Intenté explicármelo a mí misma: el colchón en el suelo, sobre más diarios, con más papeles y cajas alrededor, varias mantas, y debajo de ellas, la mujer. Una anciana parecida a Pura pero que no era Pura, eso seguro.
Muy blanca, muy pequeña, muy muerta.
Y como si aquella escena no fuera lo suficientemente siniestra, mi hermana se había recostado a su lado, tenía la cabeza apoyada sobre el hombro de la mujer, un brazo enredado en el brazo de ella, los ojos cerrados y una leve sonrisa dibujada en la boca.
Cuando pude dejar de ver cada detalle y observar la imagen completa, en verdad me resultó muy tierna. Y entendí. Jaz lo había ido perdiendo todo, lo único que le quedaba era esta hermana mayor que la tironeaba y la llevaba de un lado a otro sin pedirle opinión, siempre un poco fastidiada. En cambio, acurrucada junto a esa mujer que bien podía ser Pura o mamá o cualquiera de las mujeres que nos abrazaron alguna vez, se sentía en calma. Lástima que habíamos llegado tarde, lástima que esta mamá nueva ya se le había muerto.
—¿Y el agua? —preguntó mi hermana abriendo los ojos.
Le alcancé la botella y lo que pasó me perturbó aún más.
Jaz acercó el pico de la botella a los labios de la mujer, la ayudó a levantar la cabeza y le dio de beber. Y la mujer se movió apenas, suspiró, tomó un sorbo y derramó otro poco, y enseguida volvió a acostarse y siguió haciendo lo que estaba haciendo, parecer muerta. Pero todavía no lo estaba.
6
Me quedé todo ese día observando a la mujer y a Jaz hasta que la luz que se filtraba por el techo fue desvaneciéndose. Sentada sobre el piso sentía miedo, mucho miedo de darme vuelta, distraerme un segundo o levantarme y que la anciana le contagiara algo, la hiciera desaparecer debajo de su cuerpo pequeño e inmóvil, la obligara a morir junto a ella.
Mientras, me hacía una lista de preguntas. Quién era, por supuesto, pero esa no era la más importante, qué diferencia hacía un nombre u otro. Qué haríamos. Cómo la cuidaríamos, quién le daría de comer, la limpiaría. Qué pasaría con ella cuando nos fuéramos, porque quedarnos ahí no era una opción. Y qué podía pasar, porque… ¿y si la estaban buscando? ¿Y si ella esperaba a alguien y nos encontraban? Porque nadie estaba allí porque sí, y menos con todo ese equipaje. A menos que hubiera vivido siempre en ese sitio y no hubiera querido irse cuando hubo que marcharse, cuando las casas empezaron a deshacerse… De pronto me sentí infinitamente cansada. Ese cuerpo extraño apenas respiraba y ya me estaba dando un montón de trabajo. Pero qué podía hacer, nosotras necesitábamos de aquellas paredes, del techo agujereado, de las botellas de agua.
En algún momento a mí también se me cerraron los ojos y soñé con el fuego, las corridas, hasta que escuché una voz que me llamaba desde muy lejos y luego un eco que se hacía eco que se hacía eco…
*
Un rato antes de que saliera el sol me levanté e improvisé un desayuno con lo que había, y como Jaz no despertaba, le tomé el pulso a la anciana. Algo dentro de ella seguía latiendo.
Mi hermana es una niña preciosa, tiene el pelo largo y repleto de rulos despeinados que, según cómo les dé el sol, a veces parecen castaños y a veces, definitivamente cobrizos. Y tiene unos furtivos ojos miel que siempre miran hacia el costado, hacia abajo, hacia algún lugar seguro donde no haya nadie más que ella.
Yo elegí su nombre. El día en que Jaz nació, con mis seis años, insistí en que debía llamarse igual que mis flores preferidas. O Mar, porque me encantaba el mar, claro. O Nieves, porque no conocía la nieve, y eso de que ningún copo era igual a otro me parecía algo mágico y profundo a la vez.
A papá la selección le causó gracia y dijo que Jazmín era un nombre hermoso para una hija hermosa y que así todas sus niñas serían flores. Mamá, en cambio, le dio más vueltas. Preguntó si tenía voz y voto en el asunto, que era ella quien acababa de parirla. Pero en esa época era usual que yo me saliera con la mía, papá me abrazaba fuerte, me tomaba de las manos, me hacía girar por el aire y decía: lo que la pequeña quiera. Y yo siempre andaba queriendo algo.
Han pasado diez años de eso, a veces me parece que fue muy poco tiempo, que necesitaría más experiencia, más conocimientos para hacer lo que hago: andar con Jaz por el borde del mundo. Y también pienso que ha sido demasiado, que mi hermana nació en algún tiempo lejano, que no puede ser que entre ese día y este haya sucedido tanto.
*
Jaz nació en nuestra tercera casa cuando yo todavía no había comenzado la escuela y mamá me enseñaba a leer y escribir. Y los números y las cuentas y otros temas de matemáticas que nadie le enseñaría a una niña pero que a ella le apasionaban. Me hablaba de ecuaciones y teoremas, de números primos y binarios, de patrones que se repetían en el Universo. A mí me quedaba solo la música de las palabras. Cuando por la hoja desfilaban unos y ceros, en mi cabeza aparecían otras posibilidades: números en sol sostenido, números corchea, sinfonía de números. Igual aprendí, claro, y sigo buscando el hilo conductor, el patrón, el mensaje oculto en los hechos. Ahora soy yo la que intenta enseñar a Jaz, pero ella no ayuda mucho, siempre escondiéndose en los rincones, siempre mirando hacia otro lado, siempre haciendo como que no me escucha y yo sin poder saber cuánto, cómo o a qué nivel nos estamos comunicando.
A veces pasan días en que solo se comunica con gestos, en una economía del lenguaje que pareciera dar a entender que las palabras son demasiado valiosas como para ser gastadas. Como en ese momento, que me tocaba el brazo y me miraba con la cabeza un poco gacha, sí, pero me miraba muy despierta.
—Mamá Pura dice que podemos quedarnos —dijo mi hermana a modo de buenos días.
—Qué suerte la nuestra.
Yo no había oído hablar a Mamá Pura en ningún momento, no se había movido siquiera, no había abierto los ojos. Pero acepté el permiso. Y enseguida, entre ambas, nos ocupamos de la mujer. Que ni se quejaba ni ponía gesto de fastidio o dolor. Aunque tampoco parecía agradecida.
El resto de la mañana lo pasé intentando que la casa pareciera un sitio habitable, si eso era posible. No porque aquello me afectara demasiado ni porque estuviera pensando en quedarme (aunque aún no parecía seguro salir), sino porque no tenía otra cosa para hacer y necesitaba mantenerme ocupada. Mi hermana, en cambio, no quiso separarse de esa madre postiza, y no la obligué.
Lo primero fue deshacer la pared de libros, quería tener a Jaz y a la mujer a la vista todo el tiempo. Aparté esos libros, entonces, y los encimé contra las paredes, junto a todas las otras cajas, papeles y diarios. También desocupé la mesa y el sillón.
7
—Mi espacio, mi mundo —repetís imitando mi voz.
Te empujo y rodamos por la tierra hasta quedar empapados de rocío y cubiertos de pasto.
Y pienso que haber tenido un espacio-mundo por unos días no puede compararse con lo que tengo ahora: el sonido de tu voz, la forma en que levantás las cejas cuando me mirás, la tosquedad de tus manos. ¿Eras vos quien me llamaba en el sueño, esa primera noche en la casa? ¿Ese era el eco de tu voz?
Me llevaré todo eso cuando me vaya y te dejaré parte de mí: mis cosquillas, el modo en que acerco mi mano para encontrar la tuya, la melodía que tarareé hace un rato.
Espero que sea suficiente hasta que volvamos a encontrarnos.
8
Ese segundo día la casa se llenó de sol. Creo que los agujeros en el techo estaban allí a propósito. Porque incluso si hubiera electricidad nunca me habría animado a encender una luz, pero así, con los rayos filtrándose y si uno no se ponía muy exigente, el sitio era hasta acogedor. Y si llegara a llover… bueno, si llovía nos quedaríamos en algún rincón.
Luego de haber colonizado el sillón, mi segunda acción como soberana de ese reino fue solicitar la tenencia absoluta de todos los libros. Nadie se opuso. Enseguida comencé a organizarlos. Rescaté los de poesía y traté de ubicar algunas partituras, aunque no parecía haber ninguna. No era fácil, eran demasiados y no pensaba deshacer todas las pilas, pero pronto me hice de una respetable colección. Al comenzar a hojearlos me di cuenta de que todos contaban con el sello de una biblioteca (para la lista de delitos cometidos: yo no los regresaría) y en la última página se indicaba a quiénes habían sido prestados, en qué fecha y cuándo debían devolverse. Pero esa casa no había sido una biblioteca, ni antes ni nunca, eso seguro. Por lo tanto, lo más lógico seguía siendo lo que yo había pensado: que alguien había resguardado los libros de la biblioteca de la ciudad o el pueblo, otro pueblo que los muros que las despedidas que la persecución que el abandono.
Después de descubrir que los libros tenían algo en común me dio curiosidad saber qué decían tantos papeles, carpetas y qué había en las cajas. De pronto tenía un proyecto y me sentí entusiasmada. Es que alguien debía catalogar lo que había allí o aquello corría el riesgo de perderse. Y yo no podía dejar que un documento capaz de cambiar el rumbo de la humanidad, por ejemplo, o un libro único, tal vez un incunable, quedara olvidado en esa casa para siempre.
Sobre los diarios no hubo mucha sorpresa: eran los diarios del pueblo, que contaban historias muy parecidas a las historias que conocía. Lo de siempre. Los muros, el gobierno, otro gobierno, una guerra, y así hasta terminar allí. Los diarios, digo.
El contenido de las carpetas, en cambio, resultó más entretenido. Eran documentos del Registro Civil. Una hoja para un nacimiento, otra para un matrimonio, un divorcio, un viaje, un permiso de estudio, una muerte. Vidas y nombres. Algunas fotos. Los habitantes del pueblo estaban reunidos bajo el que ahora era mi techo y se me ocurrió que podía elegir el nombre de un documento, luego buscar qué libros de la biblioteca había leído esa persona y seguro que hasta encontraría alguna noticia en la que apareciera (tal vez había jugado al fútbol en el equipo local o había participado en una manifestación, o era un criminal), y así podría reconstruir parte de su vida, la línea de su tiempo.
Dejé las carpetas y comencé a abrir las cajas. Envueltos en plásticos y telas había objetos antiguos, pequeños y quebradizos. Me animé a desenvolver algunos. Un cacharro de arcilla, una figura humana de bronce, algo que parecía una flauta o un silbato, un colmillo de animal prehistórico, según una ficha. No seguí buscando. Y entonces, cuando volví a acumular las cajas contra los rincones, con cuidado, me di cuenta. Retrocedí unos pasos, me apoyé contra la pila de libros que tapizaban la puerta y observé. Los libros, los diarios, los papeles, las carpetas, las cajas. Volví a tomar uno de los documentos del Registro Civil. Busqué la firma del responsable. Era una mujer. Abrí luego cualquier libro. La firma de la bibliotecaria. Y después la firma que aparecía en las etiquetas que acompañaban cada objeto.
Encontrar su documento de identidad no fue difícil, los papeles estaban ordenados alfabéticamente. Y allí estaba, claro. Había una foto de cuando era joven. Tenía ojos marrones y el pelo oscuro y suelto y su sonrisa parecía un poco forzada, que es como uno sonríe en esas circunstancias. Me quedé mirándola un buen rato, tratando de pensar quién había sido, cómo había llegado hasta acá.
No le dije nada a Jaz, ella no hacía preguntas, solo me senté al lado de la mujer y por primera vez no manifesté rechazo ni pensé en lo inconveniente que resultaba su presencia. En cambio le tomé la mano y sentí que ella me sentía, ahora que sabía su nombre y había entendido, y que m
