Secretos y sombras

Mary Nickson

Fragmento

cap-3

1

 

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Echada y con los ojos cerrados, Luciana descubrió que se había vuelto invisible —invisible para todos salvo para la pequeña—. Tenía la desagradable sensación de que la niña no solo la observaba, sino que además no se había dejado engañar. «Pero lo que no sabe es que voy disfrazada», pensó Luciana. «Ninguno de ellos lo sabe.»

Carlos sí lo habría sabido, y por eso ella le mandó un cáustico mensaje: «No tendrías que haberme abandonado. Habíamos quedado en que cuidarías de mí. Siempre. Pero has incumplido nuestro acuerdo y ni siquiera sé dónde estás».

Llegaban nuevos huéspedes al hotel. La avioneta que los transportaba desde la isla principal ya había aterrizado, deslizándose por la banda de asfalto que servía de pista en St. Matt con la misma naturalidad con que los patos surcan la superficie del agua, aunque los pilotos tenían que vigilar por si había cabras tumbadas en la pista de aterrizaje. El camino hasta la Old Sugar Plantation se hacía interminable porque la calzada estaba muy maltrecha en determinados puntos y los tramos mejor conservados terminaban de repente con tanta brusquedad que resultaba temerario recorrerlos a gran velocidad. Aun así, en general los taxistas que ejercían su oficio entre el aeropuerto y los hoteles de la isla conducían sus destartalados coches con la animación de un cortejo fúnebre. Las prisas no eran bien vistas entre la población de St. Matt.

La Old Sugar Plantation se extendía por la ladera boscosa de un volcán, que en realidad era lo único que había en la isla; por eso, desde el aire parecía como si al mar caribeño le hubiera salido un grano verde en la cara. Stella y Mike Burrows habían adquirido la propiedad en muy malas condiciones, aunque la estaban convirtiendo en uno de los mejores hoteles con encanto de las Antillas. De hecho era Stella, con su arrojo incansable, la única responsable. Mike consideraba que era inútil esforzarse. Como, hiciera lo que hiciese, solo recibía críticas, había decidido que le convenía más que le reprocharan su indolencia que escuchar gritar a su mujer si se equivocaba.

Luciana oyó a Stella recitando su acostumbrada bienvenida. Su voz era agridulce como un plato chino (sobre todo cuando pillaba a Mike haciendo una de sus breves siestas). Le gustaba afirmar que trataba a sus huéspedes como si fueran sus propios amigos, aunque ese trato solían recibirlo más bien los famosos o los que estaban en posesión de algún título, y no quienes consideraba que no encajaban en la atmósfera del lugar.

—Entrad y tomad un refresco. Seguro que os irá bien a ambos. Las primeras consumiciones corren por cuenta de la casa —decía Stella con mimo para dejar claro que cargaría el resto de bebidas, que además les saldrían por un ojo de la cara, en su factura.

Luciana observaba la escena con los ojos entrecerrados. Por el tono almibarado de la voz de Stella, adivinó que los recién llegados gozaban de su consideración; la misma consideración a la que ella misma se veía sujeta, a pesar de saber que la había decepcionado profundamente insistiendo en cenar en una mesa individual y resistiéndose a sus intentos de incorporarla al grupo. No obstante, daba por supuesto que Stella se vanagloriaba de contar con su nombre en la lista de huéspedes.

—Patsy y Colin estarán encantados de conoceros. Son una pareja fantástica y estamos muy contentos de tenerlos en casa —explicaba Stella a los recién llegados.

Era mentira. Luciana había oído a sir Colin Fowler, el marido en cuestión, un hombre joven, próspero y ya un tanto entrado en carnes, quejarse de todo lo imaginable, y de lo inimaginable también. Pensó que si despertaba simpatías no era tanto por su encanto como por su abultada cartera. Su bella esposa americana, que siempre ponía mala cara, parecía mortalmente aburrida y la pareja, al entender de Stella, había caído en el tedio más absoluto al traerse consigo a la niña. Luciana supuso que a Stella le disgustaban tanto los niños como a ella. «No es un lugar indicado para los pequeños ni para los convalecientes», afirmaba con rotundidad el folleto del hotel, información que se basaba más en las preferencias de los propietarios que en el hecho de que el terreno no fuera seguro.

Los huéspedes se alojaban en unos bungalows de madera distribuidos en unos exquisitos jardines y pintados con colores vivos, similares a los de las viviendas de los pueblos de la zona. Sin embargo, cualquier parecido con la realidad terminaba ahí: en los poblados, los miembros de una familia convivían en una sola habitación, pero en el hotel, cada bungalow constaba de un lujoso baño y de una habitación doble cuya decoración era más fiel al estilo de Sloane Square que al de las Antillas Menores. Reinaba el buen gusto y, a diario, cambiaban las flores frescas de los jarrones y los tocadores de mimbre: una ramita de las primorosas buganvillas que se mostraban por doquier; un ramillete de plumbago, quizá; o una única y volátil flor de hibisco. Mattie y Hazel, encargados de la limpieza de las habitaciones, realizaban preciosos adornos, alegremente despreocupados por armonizar los colores.

—Seguro que querréis ver vuestras dependencias —dijo Stella—. Os hemos instalado junto a Colin y Patsy. Ellos han bajado a la playa en nuestro minibús gratuito, pero regresarán pronto. Mike, ¿le has dicho a Sam que se encargue del equipaje de John y Delia?

Stella era buenísima recordando los nombres de pila. «La deliciosa y relajada atmósfera de una reunión de amigos en un domicilio particular», decía otra cita del folleto, escrita por Stella en persona. Mike iba por el segundo daiquiri helado y había clavado los ojos en los protuberantes pechos de Delia.

—Mike, ¿me oyes? El equipaje, querido —dijo Stella dándole un empujoncito.

Luciana, echada en una tumbona junto a la piscina, calentaba sus huesos al sol. Cuando Stella y los recién llegados se hubieron marchado, se metió en el agua azul y nadó lentamente de un extremo al otro, observada tan solo por la niña, cuya mirada era tan inescrutable y fija como la de un lagarto. «¿Qué estoy haciendo aquí, entre esta gente que no significa nada para mí?», pensó Luciana. «¡Oh, Carlos! ¿Dónde estás? ¡Vuelve conmigo!»

Chaca-chaca-chaca, cantaba un sinsonte de ojos perlados desde el franchipán. Chaca-chaca. Más tarde, otras especies de sinsontes vendrían a arremolinarse junto al bar, y sus ojos, en lugar de parecer perlados, estarían vidriosos a causa del ponche de ron.

Empezaban a regresar los huéspedes que habían ido a pasar el día fuera. Se oyeron carcajadas y besuqueos entre los Fowler y sus amigos recién llegados.

—¡Querida mía! ¡Esto es el cielo! ¡Qué lugar tan adorable!

—¡Qué ganas tenía de veros! ¡Es estupendo que estéis aquí! Teníamos muchísimas ganas de que vinierais. La mayoría de los que se alojan aquí son un muermo, unos auténticos carcamales. Hay una condesa italiana, vieja y loca, que dicen que es inmensamente rica, pero es tan desagradable que resulta difícil de creer; y también unos ingleses horteras. ¡No hace falta que te diga que no son gente de nuestro estilo!

Sus confiadas voces mostraban el absoluto desprecio que les inspiraba la presencia de los demás.

—¿Dónde está Marnie-Jane? —preguntó Delia—. Oímos que tuvisteis que traérosla.

Patsy hizo una mueca.

—Increíble, ¿verdad? Habíamos decidido que se quedara en Estados Unidos con su padre, pero resulta que él se ha marchado de luna de miel, su segunda luna de miel, y se ha desentendido de lo que habíamos acordado. Por suerte, con tanto personal como hay en este hotel no debemos preocuparnos mucho por ella.

Luciana y la niña estaban escuchando, aunque ambas parecían al margen; Luciana porque tenía los ojos cerrados, y la niña porque se había escondido tras un arbusto. Unos colibríes se lanzaban al vuelo, avanzaban y retrocedían, parecían negros durante unos instantes y luego, cuando salían a la luz, verde brillante. Un asno les hacía la competencia y rebuznaba cerca de la piscina. Chaca-chaca, cantaba el sinsonte, y los vientos alisios revolvían las hojas de las palmeras con un susurro. Hacía mucho calor. Luciana y la niña se habían marchado sigilosamente, pero nadie se había percatado de su ausencia.

De hecho, ambas habían tomado la misma dirección, pero la niña, Marnie, seguía su propia ruta misteriosa, saltando entre los arbustos y evitando los senderos principales. Bajaron por las pistas de tenis, atravesaron la plantación de frutales, donde se cultivaban con esmero mangos, papayas y guanábanas para dar a los huéspedes la impresión de que la fruta que crecía allí era la que se servía en los deliciosos desayunos, aunque en realidad se importaba de Florida la mayor parte de los productos. Una de las especialidades del hotel era un maravilloso helado hecho con unas enormes y pegajosas guanábanas, que a veces pesaban casi tres kilos. Al pie de la plantación, todo aquel encanto se desvanecía de golpe. Un portillo desvencijado, construido con palos y trozos de alambre usados, conducía a un estercolero y a unas porquerizas que apestaban. Luciana se dirigía al pedregoso sendero que llevaba al mar, a pesar de que el camino era largo y la mayoría accedía a la playa en coche o con el minibús que hacía el recorrido cada media hora. Marnie iba a encontrarse con Kenneth, el porquero. Kenneth podía llevar un cubo de comida para los cerdos en la cabeza sin derramar ni una sola miga, y además tenía otros talentos que la niña estaba empezando a descubrir.

Una bandada de garcetas hollaba la podredumbre y su plumaje recién lavado se perfilaba con cierto aire siniestro contra la porquería, como unos sacerdotes acaudalados que hubieran ido de visita a una barriada insalubre. El volcán aparecía envuelto en brumas: probablemente llovería.

Luciana recorrió el polvoriento sendero hasta que llegó al mirador de la playa. Accedió a un saledizo entre las rocas y miró hacia abajo. Más allá del arrecife, el mar era azul marino y unas grandes olas rompían en penachos de espuma, blancas contra el cielo. Allí donde el arrecife rompía el oleaje, unos colores intensos, que iban del esmeralda y el turquesa al naranja, brillaban en contraste con unos retazos negros de sombra, como si el arco iris hubiera sido catapultado contra el coral. Era un camuflaje perfecto para el enorme y coloreado pez loro, que se deslizaba discretamente por los remansos. Había que pasar un buen rato observando para poder distinguirlos, pero la mayoría de los clientes no se molestaba siquiera en mirar; estaban programados, pensaba Luciana, para moverse entre el bar y la zona de la playa donde el hotel había dispuesto las sombrillas y las tumbonas privadas.

«¡Qué sola estoy! —pensó—. Tanto da que lo esté literalmente o rodeada de gente. Ahora siempre estoy sola.»

Los pelícanos se zambullían en busca de su cena; el torpe anadeo de sus pasos en tierra se transformaba en una velocidad y una gracia extraordinarias cuando se zambullían en el agua con la precisión de unos misiles dirigidos, disponiendo sus alas articuladas para convertirlas en el timón que los conduciría exactamente donde se encontrara el pez de su elección. Aunque solo se oía el balido de las cabras en la distancia y el cacareo ocasional de un gallo sobre el siseo del mar, los recuerdos que poblaban su mente la enfurecieron. Bajó la mirada y notó que el viento le revolvía el pelo. Durante toda su vida, la belleza había sido tan consustancial a su persona que siempre dio por descontada su influencia —porque lo cierto era que había influido mucho en su vida—. La hermosura tuvo el mismo efecto que si hubiera tenido sangre real: la gente la trataba de un modo diferente. Luciana nunca había sentido la angustia de tener que agradar, como les sucede a otras mujeres menos agraciadas. Incluso con el extraño disfraz que llevaba en la actualidad, no dudaba de su belleza. La invisibilidad que conlleva la vejez la habría divertido si hubiera podido bromear con Carlos al respecto; un ataque de rabia por haberla abandonado la dejó débil y sin aliento, como si el sol ya no fuera capaz de calentarla, sino tan solo de abrasarla. Dio la espalda al mar y empezó a caminar lastimosamente por el sendero, esforzándose a cada paso.

Vio a Marnie en el claro que había junto a la pocilga, y en esa ocasión fue Luciana la observadora.

La niña estaba absorta en un extraño ritual: daba vueltas alrededor de un montón de piedras; pateaba el suelo, se agachaba y se balanceaba como en una danza ritual. Junto a ella estaba Kenneth, el porquero. Luciana pensó que tenían algo en común. «Los tres somos unos marginados: yo, porque la única persona que me importa me ha abandonado; Marnie, porque la gente que debería cuidar de ella no lo hace, y Kenneth, porque es un esperpento.»

La niña abandonó sus movimientos rítmicos cuando vio a Luciana. Se detuvo y se quedó mirándola, como un animal salvaje que olisqueara el viento para captar la hostilidad, para sopesar el peligro potencial. A continuación, y lentamente, se acercó a ella.

—Yo en su lugar, hoy no iría a contar nada a mi madre —dijo la niña como si tal cosa. Era la primera vez que se dirigían la palabra.

—No iba a hacerlo —respondió Luciana.

—Hoy está de mal humor —dijo la niña—. ¡De un humor de perros! —Y puso los ojos en blanco como quien está muy acostumbrado a los innumerables cambios de humor de los adultos sin que ello le afecte lo más mínimo. Las dos acomodaron el paso—. A usted no le gusta mi madre, ¿verdad? —preguntó la niña.

—Apenas la conozco —dijo Luciana con indiferencia—, y por eso no hay motivo alguno para que me disguste.

—De todos modos, creo que no le gusta —siguió insistiendo la niña—. Lo adivino por cómo cierra los ojos cuando ve que se acerca. Así. —Y bajó los párpados, aunque no demasiado para poder seguir caminando sin tropezar—. No le gusta, ¿verdad que no?

—No mucho —admitió Luciana, no muy dada a herir los sentimientos de los demás, pero divertida e intrigada a su pesar.

—A mí tampoco me gusta. A veces pienso que la odio. Antes la quería, pero ahora ya no. ¿Usted odia a mucha gente?

Luciana reflexionó.

—A mucha, no —le dijo, y descubrió algo sorprendente—. He odiado muchísimo, pero ahora ya no me molesto. Es demasiado cansado.

Marnie le lanzó una mirada compasiva.

—A mí me gusta odiar. Me sube un calor por dentro como cuando comes guindillas. Lo que me asusta es sentir esa especie de vacío. Porque cuando me siento vacía, tengo miedo de desaparecer sin que nadie se entere. Kenneth conoce muy bien el odio. Pregúntele, si ha perdido usted la práctica.

Caminaron por el huerto dejando el montón de basura a las mojigatas garcetas. Unas pequeñas codornices daban saltitos frente a ellas. La delgaducha muchacha de pálida tez y pelo liso no se parecía en nada a su curvilínea y rubia madre; a Luciana le molestó notar que entre ellas nacía cierta camaradería. «No te metas en lo que no te concierne», pensó. Solo deseaba alimentar su propio dolor y hurgar en las heridas para impedir que sanaran. Nada más lejos de su intención que preocuparse de las emociones ajenas, por no hablar de las de esa niña medio abandonada.

Sin embargo, al regresar al jardín y encontrarse con Mattie y Hazel, que acababan de poner toallas limpias en los bungalows, la compasión que le inspiró Marnie le resultó bastante molesta.

—¡Oh, Mar-nie-Jane! —exclamó Mattie—. Tu má no para de gritar por ti. ¡Está como furia por tu culpa! ¡Mejor tú vayas a buscarla si no quieres meterte en líos!

Mattie y Hazel sentían cariño por Marnie, pero también disfrutaban con los dramas y por eso la acompañaron a su bungalow moviéndose con la gracia de un par de gacelas. En general, los habitantes de St. Matt eran altos y elegantes; incluso Kenneth resultaba bello cuando caminaba manteniendo en equilibrio los baldes para los cerdos (siempre y cuando su cara quedara oculta, por supuesto).

Luciana regresó a su bungalow. Era la hora en que la mayoría de las huéspedes del hotel ponían todo su empeño en acicalarse para las actividades nocturnas y por eso se veía poca gente. De repente, se oyó un terrible grito. Sir Colin y lady Fowler, la «dulce pareja» que tanto valoraba Stella, ocupaban el bungalow vecino al de Luciana, y no era la primera vez que esta oía los estridentes lamentos de la niña. No obstante, ignoraba si eran de rabia o de tristeza, de miedo o simplemente fruto del mal carácter de la chiquilla, como afirmaba su madre. A Luciana le parecía más interesante su propio dolor. Algunos huéspedes se habían quejado de los gritos, pero Stella, que no iba a arriesgarse a molestar a un baronet, se había limitado a preguntar con falsa solicitud si Marnie se encontraba bien o necesitaba atención médica.

—Lo único que pasa es que se porta muy mal —dijo la bella Patsy encogiéndose de hombros—. Y no voy a fastidiar mis vacaciones porque hayamos tenido que traernos a la mocosa. Su padre la ha mimado y consentido en todo. Pero yo voy a meterla en cintura.

Luciana estaba echada en la cama. Abrió un libro, pero decidió que era mejor recrearse con una sesión de autocompasión.

Al llegar la hora de cenar, se dirigió cansinamente al edificio principal por el sendero que atravesaba el jardín y terminaba en el caserón. Los caminitos, construidos con losas planas y elevadas para que los elegantes calzados de los huéspedes no se empaparan cuando llovía torrencialmente, estaban iluminados en determinados puntos con unas lámparas fluorescentes bajas que atraían los sapos a docenas. Al atardecer, cuando anochecía y las luces se encendían, los sapos aparecían como por arte de magia arrastrando las patas con la idea de acercarse a la lámpara de su elección, «como los caballeros de cierta edad cruzando St. James Street para ir a cenar a su club», pensó Luciana. Más tarde, se les veía en cuclillas y sin moverse, esperando que les sirvieran una suculenta mosca (sin duda tan preciada para ellos como una copa de oporto de reserva).

Los lloros habían cesado, pero cuando Luciana pasó por el bungalow vecino, pudo oír unos sollozos ahogados, como si la niña llorara bajo las sábanas; ese sonido apagado era muchísimo más inquietante que los fuertes gritos que había oído antes.

Reinaba la oscuridad. Luciana consideró si debía ir a investigar la causa de tanta amargura. Tras dudar unos segundos, accionó la manija de la puerta, pero esta estaba cerrada. Dio unos golpecitos y creyó oír un suspiro en el interior. Los sollozos se detuvieron bruscamente y se produjo un silencio pesado, artificial, como si alguien estuviera aguantando la respiración.

—¿Marnie? —llamó Luciana con suavidad—. Marnie, ¿estás ahí?

No hubo respuesta.

Luciana luchó contra su ligera desazón y resistió el impulso de implicarse más. No estaba acostumbrada a que invadieran su corazón (solo a que se lo rompieran) y, mientras se daba media vuelta, reconoció esa sensación que resultaba tan persistente e incómoda como un dolor de estómago. Anduvo resuelta hacia el edificio principal, hacia los cócteles, las lucecitas y la cena de cuatro platos, aunque en su cabeza no se apagaba, para su desconcierto, el eco de la tristeza de aquella niña. Casi inconscientemente se detuvo y aguzó el oído, aunque, por la distancia, habría sido imposible oír nada que no fuera un grito.

Revivió antiguos recuerdos de la niña que había sido, una niña que también sentía terror de la oscuridad, pero los apartó de sí y, como los sapos, se encaminó decidida hacia las deslumbrantes luces estimulada por el incentivo de la cena.

cap-4

2

 

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En la Old Sugar Plantation, durante el día funcionaba el bar de la piscina, que servía deliciosos tentempiés, ensaladas y refrescos, pero por la noche, los huéspedes tomaban cócteles exóticos en el Gran Salón, que Stella había decorado con preciosos muebles antiguos de estilo colonial. En las paredes colgaba una impresionante colección de retratos en pesados marcos dorados del tipo «compre su propio antepasado»; el barniz cuarteado desfiguraba sus inexpresivos rostros. En las ocasiones en que alguien destacaba el parecido que existía entre esos personajes y los anfitriones, Stella no cabía en sí de gozo. Revoloteaba entre los huéspedes con un traje pantalón de seda azul intenso y la oscura melena suelta a la altura de los hombros. De todos modos, algunos se preguntaban si sus antepasados no estarían algo más mezclados de lo que sugerían esos falsos retratos de familia anglosajona. Stella llevaba un peinado estirado y caro, y procuraba que todos supieran que se había educado en una exclusiva escuela inglesa. Decían que tenía unos parientes ricachones que habían vivido durante varias generaciones en Gloucestershire, pero que entre sus ancestros también existía una belleza con el pelo negro como el azabache: su abuela portuguesa, lo que explicaría la pigmentación de su piel, de un moreno teatral.

De vez en cuando, la dirección del hotel ofrecía espectáculos en directo antes o después de la cena: un cantante de calipsos, una banda de percusión caribeña o unos bailarines de carnaval de una energía apabullante, que desfilaban con unas máscaras grotescas en forma de animales y pájaros, bufones o diablos, se exhibían caminando sobre zancos en el tradicional papel cómico de Moko Jumbie o bailaban el limbo al son de los tambores. El extraño e inquietante Kenneth, que formaba parte del grupo cuando terminaba su jornada laboral, se embadurnaba convenientemente con una mezcla pegajosa de tierra y melaza y se volvía irreconocible en su papel de malvado demonio Jab-Jab, con su máscara de cuernos y una retorcida cola de alambre en espiral. Era un bailarín de gran brillantez acrobática, pero Stella acababa de prohibirle actuar en el hotel porque algunos huéspedes consideraron extremadamente perturbadora su explícita interpretación sexual de Jab Molassi y porque el malicioso volteo de su cola metálica sin duda era un auténtico peligro. La decisión de Stella (entre muchos otros motivos) hizo más intenso el rencor que Kenneth sentía por los propietarios del hotel, únicos responsables de que tuviera un empleo tan importante durante el día.

Un día, tras una actuación, Luciana vio que los bailarines correteaban por el hotel y espiaban por las ventanas de los bungalows. Tropezarse con ellos inesperadamente durante la noche había sido como vivir una pesadilla inspirada en una de las crueles fantasías de El Bosco; como una de sus escenas pictóricas convertida en realidad.

Cuando Luciana llegó al bar, vio que algunos huéspedes ya estaban instalados. Stella estaba hablando con una pareja de Purley. «Aunque carecen de clase, parecen agradables y muy naturales si te tomas la molestia de tratar con ellos», había explicado Stella a unos recién llegados unas horas antes, no fuera a ser que pensaran que los de Purley eran amigos personales de ella; a pesar de que Mike encontraba al marido («llámame Reg») muy simpático y extremadamente generoso con el dinero cuando tocaba invitar a beber. Su esposa acababa de regresar de una excursión a una isla cercana en la que había descubierto una tienda bien surtida de cortinas de auténtico batik y se prodigaba en explicaciones sobre ese proceso de estampación con cualquiera que fuera lo bastante imprudente como para escucharla. Esa noche había decidido abordar a Luciana.

«La pobrecita debe de sentirse muy sola», le había dicho a Reg mientras se ponía un caftán de punto de algodón que había comprado por catálogo. «Intentemos animarla. Le diremos que se siente a cenar con nosotros.»

Luciana, a la que no le apetecía nada que la animaran, pasó de largo al oír la invitación y escuchó con satisfacción que la señora de Purley decía: «A lo mejor es sorda. ¡Eso lo explicaría todo! Quería enseñarle mis compras, pero creo que lo dejaré correr. No vamos a pasarnos toda la noche gritando, ¿no?».

Se acomodó en el sofá más alejado del salón con el libro de pasatiempos con que le gustaba amenizar sus comidas, actitud que Stella consideraba el colmo de la mala educación. Había intentado lanzarle alguna indirecta (con mucho tacto, por supuesto) diciéndole que prefería que los huéspedes no fueran al salón con libros, pero Luciana, como buena déspota, le había informado de que no precisaba que le hicieran sugerencias ni que le dieran permiso. Si le apetecía hacer crucigramas durante la cena, eso es lo que haría. Sam corrió a servirle su copa habitual. Stella no lograba entender que todo su personal mimara a Luciana de un modo especial; eso la enfurecía, porque la huésped no era de las que tiraban el dinero precisamente.

Al cabo de poco tiempo, los recién llegados y la dulce pareja entraron y se adueñaron del bar. Ese gesto acomplejó a los demás y les hizo sentirse fuera de lugar y mal vestidos, con la sensación de no emplear el lenguaje correcto y haberse colado donde no debían. Salvo la Dama de Purley, que se mantenía en sus trece («¡Ya les diría ella un par de cosas a los de la clase alta, y no muy buenas, por cierto! ¿Qué se creían?»). En casa, sin embargo, era una ávida lectora de revistas femeninas sobre famosos del cine y de la alta sociedad. La Dama de Purley acorraló a Stella contra la pared y la instruyó sobre la temperatura más adecuada que debía alcanzar la cera antes de proceder a la primera aplicación de un diseño batik con varias tintas. Mike y Reg, en la tercera ronda de copas, se habían desentendido alegremente de la pequeña comedia que se representaba frente a ellos. Luciana observaba con un placer malévolo.

Sir Colin había elegido este momento tan público para una celebración de carácter privado: el primer aniversario de su boda con Patsy. Sacó un collar de diamantes y lo abrochó al hermoso cuello de su señora. Las enormes piedras brillaban y refulgían sin cesar sobre el recién adquirido bronceado de la mujer. Stella le dirigió una mirada nerviosa; no tenía motivos para desconfiar de su personal, pero como St. Matt era una isla pobre, había un letrero que invitaba a los huéspedes a guardar los objetos de valor en la caja fuerte de su despacho.

Los que pensaban que se habían colado en una fiesta privada se vieron obligados a formar parte de ella. Patsy exigía que participaran. Iba de un grupo a otro dando ingenuos grititos de placer; de vez en cuando, ocultaba el resplandeciente adorno con la mano para que, al descubrirlo, volviera a causar sensación. Incluso se inclinó hacia Luciana, pero la mujer tenía clavado el llanto de Marnie en los oídos y no iba a dejarse engatusar por su actuación.

Colin era el esposo más adorable de cuantos había tenido (y diríase que Patsy hablaba por experiencia). Era un hombre encantador, maravilloso, fantástico, increíble, y ella lo adoraba. El resto de los huéspedes quedó atrapado en el rosáceo resplandor de la mujer; al salir a la terraza, todos pidieron más botellas de vino para cenar a la luz de las velas, y estuvieron brindando con espíritu festivo una y otra vez a la salud de Colin y Patsy.

La lluvia hizo su aparición esa noche, golpeando los tejados de los bungalows con una furia que habría bastado para botar el Arca de Noé. En lo alto, los relámpagos iluminaban el cielo y el retumbo de los truenos quebraba el firmamento. Patsy se aferró a Colin con un fingido terror que le dio muy buen resultado. Ninguno de los dos pensó en Marnie, que estaba acostada en la habitación de al lado, tensa, temiendo que si llamaba a su madre, sería peor soportar su rabia que el alarido del trueno. Curiosamente, Luciana, que nunca había tenido miedo de las tormentas, sí que pensaba en ella... aunque no tardó en apartarla de sus pensamientos.

La pareja de Purley no se enteró de nada; Reg, debido a que el ron le había dejado insensible y su esposa porque usaba tapones de cera para protegerse de los ronquidos.

A la mañana siguiente, la niebla se había desprendido del volcán y, aunque se divisaban unos oscuros nubarrones en alta mar, el cielo volvía a estar esplendorosamente azul. Stella anunció que la barbacoa que se organizaba cada semana en la playa no se había anulado. Quien no quisiera asistir debía notificarlo al personal de oficinas. En la cocina del hotel, andaban atareados empaquetando en un envoltorio estéril cestas de picnic que contenían muslos de pollo y bistecs; la fuerte vaharada del queroseno que empleaban para encender las barbacoas se mezclaba con los olores del ron, la leche de coco y la fruta con que elaboraban el ponche. Tardaron bastante en lograr que todos subieran a los minibuses, porque acordarse a la primera de coger la crema solar, los sombreros y las cámaras era demasiado esfuerzo para la mayoría de los huéspedes del hotel.

—Me pregunto si no le importaría hacernos un inmenso favor —dijo Stella acercándose a Luciana con la más dulce de las sonrisas. A pesar de que no provocó reacción alguna en ella, la anfitriona no se dio por vencida—. Es que, como supongo que usted no bajará a la playa hoy, Patsy y Colin le agradecerían mucho que vigilara un poco a la niña para que puedan estar un rato solos. Patsy cree que Marnie-Jane no tiene muy buena cara y quizá haga demasiado calor en la playa para ella. Además, he pensado que quizá le agradaría tener compañía —mintió Stella—, aunque si eso la incomoda, dígamelo, por favor.

—Nunca permito que nadie me incomode —dijo Luciana, y se sorprendió a sí misma, y también sorprendió a Stella, cuando añadió—: Marnie-Jane puede venir a comer conmigo si quiere.

Luciana se instaló a la sombra anhelando que los huéspedes se marcharan y abrió su libro, aunque la idea de vengarse de Carlos por el mal que le había hecho resultó más absorbente. Vio que Marnie se marchaba a reunirse con Kenneth. Pensó que aunque era una extraña alianza, era obvio que se había creado un vínculo especial entre la niña americana y el antillano de rizos cenicientos y cara desfigurada, cuya condición de albino había hurtado a su piel el color natural hasta el punto que parecía que, tras pasar una larga temporada en la oscuridad, aquel ser hubiera surgido de debajo de una piedra.

Marnie no se dejó ver hasta la hora de almorzar. Llegó al bar y se encaramó a un taburete que había junto a Luciana.

—He venido a hacerle compañía —le dijo la niña—. ¿Puedo tomar una Coca-Cola?

—Puedes tomar lo que te apetezca por lo que a mí respecta —contestó Luciana encogiéndose de hombros.

—Entonces, ¿puedo tomar una pina colada sin alcohol y además de una Coca-Cola?

Luciana pidió ambas cosas, además de un Campari para ella, especificando que las bebidas de la niña se cargaran en la cuenta de sus padres.

—¿No ha querido bajar a la playa? —preguntó Marnie.

—No —respondió Luciana—. Me gusta pensar que este lugar es solo para mí.

—¿Y para mí también?

—Para ti también.

—Pues a mí me habría gustado ir —dijo Marnie con nostalgia—. Quería construir un castillo de arena enorme, un palacio, y decorarlo con conchas. Quería ver los pelícanos y quería tumbarme boca abajo y observar cómo excavan los cangrejos ermitaños antes de escabullirse. ¡Ojalá hubiera podido cavar un hoyo no muy grande, con mucha rapidez, como ellos, meterme dentro y desaparecer para que nadie me encontrara! Había pensado probar las nuevas chancletas en el mar. Las chancletas no sirven igual en la piscina, claro, pero mamá dijo que a lo mejor vomitaría y ¡como se pone hecha una furia cuando vomito...!

—¿Vas a devolver? —preguntó Luciana mirando a Marnie, que estaba tomando sorbos de Coca-Cola y pina colada con una pajita.

—Ni hablar —dijo la niña con convicción—. Los refrescos no me hacen vomitar. Es la gente la que me pone enferma, pero mamá dice que me quejo del estómago a propósito para molestarla. Dice que tan cierto como que cada día sale el sol, cuando me pongo enferma me entran ganas de chincharla. ¿Usted cree que la gente te puede poner mala?

—Sí, claro. Por supuesto que sí—dijo Luciana—. Creo que las personas pueden hacer que enfermes de gravedad.

—Y... ¿es posible ponerte mala por culpa de alguien aunque ese alguien no esté contigo?

—Si ese alguien no está contigo, entonces te encuentras peor que nunca —afirmó Luciana, aunque, en realidad, no se dirigía a la niña.

—Papá no está conmigo, y por eso me encuentro mal. —Marnie sorbió la pegajosa mezcla de pina y coco y luego hizo burbujear la Coca-Cola a placer soplando con la pajita—. Cuando estaba con papá nunca me encontraba mal, pero ahora él tiene otra esposa y mamá dice que ya no querrá tenerme en su casa para que ande metiéndome en su vida.

Se quedaron sentadas la una junto a la otra compartiendo un curioso y amigable silencio hasta que Sam sugirió que pidieran el almuerzo.

—Cuénteme cosas de cuando usted era una niña —le pidió Marnie.

Luciana empezó a hablar, y sus palabras las transportaron a una realidad distinta. Para la chiquilla fue como abrir una ventana a un país nuevo y extraño, pero para Luciana fue como mirar por el lado equivocado de un telescopio; lo que percibió, a pesar de gozar de una inmensa claridad, quedaba ya muy lejos. De hecho, cuanto más lejos miraba, más vivaces resultaban los detalles.

Ambas se sorprendieron cuando se dieron cuenta de que el personal estaba arreglando el comedor porque hacía rato que había terminado el almuerzo y ellas eran las únicas personas que quedaban en la sala. Ninguna de las dos recordaba en absoluto lo que había comido.

—¿Cree usted...? —preguntó Marnie cuando se levantaban para marcharse—, ¿cree usted que podríamos hacer enfermar a alguien a propósito? ¿Cree que podríamos hacer que muriera?

—Por supuesto que sí —respondió Luciana, no muy ducha en calibrar las posibles consecuencias de sus afirmaciones.

Luciana y Marnie se separaron de mutuo y callado acuerdo, y cada una tomó su camino sin adivinar el efecto que había causado en la otra.

Al día siguiente, a la hora de almorzar, Marnie volvió a acercarse a Luciana y esta descubrió que se sentía inesperadamente complacida. A partir de entonces, la reunión se convirtió en una costumbre para ambas (hábito que convenía a todos los implicados) y, en las escasas ocasiones en que la niña no aparecía, Luciana sentía una ligera decepción.

Los días en que Luciana decidía bajar a la playa, Sam o alguien de su equipo solía apresurarse a ofrecerle una bebida (un refresco de coco, quizá, o un daiquiri helado) y trasladaban una tumbona y una sombrilla al lugar que ella elegía, lo más lejos posible del resto de los huéspedes. Marnie se sentía atraída hacia ella como un imán. A veces charlaban, pero no siempre; eso carecía de importancia. De vez en cuando, la niña le pedía indicaciones para construir un nuevo castillo de arena. La anciana parecía saber mucho de castillos y se le ocurrían buenas ideas para diseñarlos y pasar luego a su construcción. A veces, caminaban descalzas por la playa, ensimismadas en la conversación, chapoteando por la orilla del mar turquesa mientras las olas estornudaban levemente sobre la dura arena de color rosa concha.

Una noche, justo antes de cenar, empezaron los problemas. Los lamentos de la niña ya no provocaban demasiado interés, pero esa noche en particular, fueron los gritos histéricos de la madre los que atrajeron la atención de los que ocupaban los bungalows cercanos, y los que se hallaban junto a las oficinas no tardaron en oír las voces de sir Colin y el tono almibarado de Stella en un elevado crescendo de acelerado contrapunto. La Dama de Purley, captando la tragedia en el acto y deseando ponerse a investigar cuanto antes, se aplicó su maquillaje nocturno con tantas prisas que en la cara le quedaron unos restos bronce-miel sin esparcir, lo cual le confirió un sorprendente aspecto atigrado.

Cuando la práctica totalidad de los huéspedes se hallaba reunida para tomar una copa, la noticia de la desgracia ya se había propagado de un modo más o menos fidedigno. Se echaban de menos las acostumbradas sonrisas cálidas del personal; en su lugar, sus rostros recordaban la inhóspita sensación que provoca una casa cerrada a cal y canto. No cruzaban miradas entre ellos, y todavía menos con los huéspedes, y una incómoda sensación de desconfianza convirtió la charla del aperitivo en un intercambio de frases forzadas y entrecortadas. Solo Luciana, que llegó a su hora y se dirigió a su butaca habitual, parecía ajena a la atmósfera reinante.

Stella se deslizó hacia ella y se apoyó en el brazo del sofá.

—Me preguntaba si podría hablar un momentito con usted.

Luciana no contestó.

—Supongo que habrá oído que tenemos un problema —siguió diciendo Stella con sorprendente valor—. Estamos seguros de que debe de haber sido un error y que en cualquier momento aparecerá, pero resulta que la pobre Patsy ha perdido ese magnífico collar que Colin le regaló por su aniversario de boda. Ya le hemos dicho, como es de suponer, que fue una locura que no quisiera dejarlo en la caja fuerte, pero ya sabe lo fácil que es perder las cosas en el propio dormitorio. No cabe decir que la mujer está tremendamente afectada, porque sin duda tiene un gran valor sentimental para ella.

Si Luciana pensó que no era fácil perder una joya tan fantástica e impresionante en un dormitorio comparativamente tan pequeño, no lo dijo.

—Me gustaría pedirle que nos ayudara—siguió diciendo Stella.

—¿De qué manera?

—Bueno... —Stella hacía dibujitos con una uña escarlata en el respaldo del sofá—. Como ayer estuvo aquí todo el día mientras los demás pasaban el día en la playa... pues nos preguntábamos, quiero decir Mike y yo, si no habría visto algo extraño.

—¿Se refiere a si he visto un gran collar de diamantes tirado por ahí?

Stella fingió una carcajada.

—No me refiero precisamente al collar, sino a alguna otra cosa que le causara extrañeza. Como su bungalow está junto al de Colin y Patsy... —Su voz se quebró por la incertidumbre.

—No fui a su dormitorio a robar, si eso es lo que está insinuando —dijo Luciana a sabiendas; empezaba a divertirse.

Las risas de Stella tintinearon como cubitos en un vaso helado.

—¡Oh, qué mala es usted! ¡Claro que no estoy diciendo eso! Pero me temo que no es para tomárselo a broma. Tendremos que llamar a la policía si no lo encontramos, y eso puede ser muy desagradable.

Luciana pensó para sus adentros que ver a cualquiera de los huéspedes del hotel respondiendo al exhaustivo interrogatorio de la policía de St. Matt sería un espectáculo delicioso que no se perdería por nada del mundo.

—En fin —dijo Stella levantando el vuelo—, si recuerda haber visto algún detalle (o alguna persona) fuera de lo habitual, confío en que venga a decírmelo.

Era obvio que Luciana, como siempre, no les facilitaría las cosas. Stella se encontraba escindida entre su deseo de calmar a la dulce pareja y el temor a las terribles consecuencias que supondría tener a su personal bajo sospecha, por no hablar de la mala reputación que se ganaría el hotel.

Si María, reina de Escocia, tal como aparece en la ilustración original de Historia de nuestra isla, de repente se hubiera materializado en un escenario tan improbable como aquel, no habría hecho una entrada tan teatral como la que hizo Patsy, con un sencillo vestido negro, sin joyas y, en el rostro, el rastro de unas lágrimas que, por suerte, no la desfavorecían al no haberle enrojecido los ojos. Delia, que sin duda creía que la pérdida de su amiga la facultaba para desempeñar a su vez un papel protagonista en la obra, le brindaba su apoyo. El velo de la tragedia se había cernido sobre las mesas iluminadas a la luz de las velas. La Dama de Purley estaba encantada. ¿Acaso no había dicho una noche que esa exhibición desorbitada no traería nada bueno? Mientras pensaba que eran mucho más adecuadas las pulseras de madera tallada a mano que sonaban en sus pecosos brazos, siguió charlando con despreocupación con Reg (lo que era toda una proeza, porque hacía años que habían agotado los temas de interés mutuo).

A la mañana siguiente, la joya extraviada seguía sin aparecer. Habían buscado exhaustivamente por el hotel y puesto patas arriba el bungalow de Colin y Patsy. El personal había sido interrogado y permanecía en un hosco mutismo. Las pesquisas que habían llevado a cabo en otros hoteles de la isla, de las que Stella esperaba que sacaran a la luz sucesos parecidos (que probarían que se trataba de un trabajo hecho desde fuera), resultaron infructuosas. Los huéspedes del hotel sospechaban del personal y el personal sospechaba de los huéspedes del hotel. Luciana albergaba dudas sobre los miembros del grupo de danza.

Las únicas personas que se divirtieron con la situación fueron Luciana y las fuerzas de seguridad. La Dama de Purley consideró absolutamente ofensivo el interrogatorio oficial. Nunca se había sentido tan humillada, y cuando se enteró de que la policía local retendría los pasaportes de todos ellos, su indignación rebasó todos los límites. Reg se quejaría a la agencia de viajes y, por supuesto, escribiría a su representante en el Parlamento cuando llegaran a casa.

Marnie pasaba el tiempo en las porquerizas, ya que los adultos, salvo Luciana, estaban demasiado preocupados para prestarle atención. En concreto su madre, no tenía ni un solo minuto para ella. Patsy estaba en un dilema. Había descubierto que el corazón de diamantes estaba asegurado por una suma superior a su valor, que ya era considerable, y se preguntaba si tardarían mucho en reemplazarlo por uno nuevo. La visión de un aderezo todavía más espectacular flotaba ante ella como un jugoso bocado frente a un tiburón hambriento. ¿Le quedarían bien unas esmeraldas? Su otro dilema era decidir cuánto tiempo debía esperar una persona decente para dejarse ver divirtiéndose de nuevo tras ese alarde de sensibilidad. Sin importarle que los huéspedes siguieran bajo sospecha, Patsy comunicó a Delia que había decidido no estropear las vacaciones de los demás y que intentaría olvidar el asunto.

Luciana, que caminaba por el huerto hacia su mirador favorito antes de que el sol se ocultara y el paisaje quedara sumido en la oscuridad, vio a Marnie bailando alrededor de un montón de piedras y a Kenneth en cucli

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