Índice
El secreto de la Atlántida
Agradecimientos
El impacto
El barco fantasma
Primera parte. A las puertas del infierno
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Segunda parte. Tras las huellas de los antepasados
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Capítulo 15
Capítulo 16
Capítulo 17
Capítulo 18
Capítulo 19
Capítulo 20
Capítulo 21
Tercera parte. El arca del siglo XXI
Capítulo 22
Capítulo 23
Capítulo 24
Capítulo 25
Capítulo 26
Capítulo 27
Capítulo 28
Capítulo 29
Capítulo 30
Capítulo 31
Cuarta parte. La ciudad bajo el hielo
Capítulo 32
Capítulo 33
Capítulo 34
Capítulo 35
Capítulo 36
Capítulo 37
Capítulo 38
Capítulo 39
Capítulo 40
Capítulo 41
Capítulo 42
Capítulo 43
Capítulo 44
Capítulo 45
Capítulo 46
Capítulo 47
Quinta parte. Cenizas, cenizas...
Sexta parte. Bendición final
Epílogo
Créditos
AGRADECIMIENTOS
Estoy en deuda con el mayor (r) Joe Andrzejewski por sus generosos y útiles consejos sobre las Fuerzas Especiales.
Asimismo, debo mi gratitud a K. Eric Drexler y Christine Peterson, los mejores en nanotecnología, por su orientación, y a John Stevens, quien me sirvió de guía a través del laberinto de la mina de Pandora. También al coronel Howard A. Buechner, a Donald Cyr, Graham Hancock, Charles Hapgood y Platón, cuyos libros y palabras me han resultado valiosísimos, y a Paul Mollar, por haberme prestado su fabuloso Skycar.
EL IMPACTO
7120 a.C.
Actual bahía de Hudson, Canadá
El intruso llegó del espacio exterior. Un cuerpo celeste nebuloso tan antiguo como el mismísimo universo, nacido de una vasta nube de hielo, rocas, polvo y gas cuando se formaron los planetas exteriores del sistema solar hace 4.600 millones de años. Poco después de que sus partículas dispersas se hubieran congelado para formar una masa sólida de 1,6 kilómetros de diámetro, empezó a surcar silenciosamente el vacío del espacio en un viaje orbital que lo llevó alrededor de un sol distante, a medio camino de las estrellas más vecinas, un viaje que duró miles de años.
El centro del cometa, su núcleo, era un conglomerado de agua helada, monóxido de carbono, gas metano y bloques irregulares de rocas metálicas. Podría describirse como una bola de nieve sucia arrojada al espacio por la mano de Dios, pero cuando describió una curva junto al sol y giró en su viaje de retorno de los confines más remotos del sistema solar, la radiación solar reaccionó con su núcleo y tuvo lugar una metamorfosis: el patito feo rápidamente se transformó en una auténtica belleza.
Cuando empezó a absorber el calor del sol y la luz ultravioleta, se formó una larga coma, que fue convirtiéndose lentamente en una enorme cola luminosa y azul que se doblaba y extendía por detrás del núcleo a lo largo de 144 millones de kilómetros. Luego se materializó otra cola más corta de polvo blanco y de más de 1.600.000 kilómetros de ancho, que se enroscó en los costados de la cola más larga como si fueran las aletas de un pez.
Cada vez que el cometa pasaba junto al sol, perdía una parte del hielo y su núcleo disminuía de tamaño. Al final, al cabo de otros doscientos millones de años, perdería la totalidad del hielo, se fragmentaría en una nube de polvo y se convertiría en una serie de meteoritos diminutos. Sin embargo, este cometa nunca describiría una órbita fuera del sistema solar ni volvería a pasar alrededor del sol. No se le permitiría tener una muerte lenta y fría en los negros confines del espacio. Al cabo de pocos minutos, su vida se extinguiría, pero en esta, su última órbita, el cometa pasó dentro de un radio de 1.440.000 kilómetros de Júpiter, cuya inmensa fuerza gravitacional lo hizo desviarse hasta tomar un rumbo de colisión con el tercer planeta desde el sol, un planeta al que sus habitantes llamaban la Tierra.
Entrando en la atmósfera terrestre en un ángulo de cuarenta y cinco grados, con una velocidad de doscientos mil kilómetros por hora y acelerándose por momentos a causa de la fuerza gravitacional, el cometa dejó una estela luminiscente cuando su masa de dieciséis kilómetros de ancho y cuatro mil millones de toneladas empezó a fragmentarse a causa de la fricción provocada por la gran velocidad. Siete segundos más tarde, el cometa deforme, después de haberse convertido en una bola de fuego cegadora, chocó contra la superficie de la Tierra con consecuencias catastróficas. El resultado de la explosión de energía cinética en el momento del impacto fue la apertura de una fosa inmensa, el doble de grande que la isla de Hawai, al evaporar y desplazar un gigantesco volumen de agua y tierra.
La Tierra entera se estremeció por el choque sísmico de un terremoto de una magnitud de doce grados. Millones de toneladas de agua, sedimentos y detritos salieron disparados hacia lo alto, arrojados a través del agujero de la atmósfera justo encima del lugar de impacto y hacia la estratosfera, junto con una lluvia colosal de roca pulverizada y ardiente que fue expelida en trayectorias suborbitales antes de regresar a la Tierra en forma de meteoritos envueltos en llamas. Las tormentas de fuego destruyeron bosques en todo el mundo. Volcanes que habían permanecido inactivos durante miles de años entraron en erupción de repente y lanzaron océanos de lava líquida que se extendieron a lo largo de millones de kilómetros cuadrados, cubriendo el suelo con una capa de hasta trescientos metros. La atmósfera se vio inundada de tanto humo y detrito —diseminado luego por todos los rincones de la Tierra por vientos huracanados— que estos ocultaron el sol durante casi un año, haciendo que las temperaturas bajasen hasta varios grados bajo cero y sumiendo a la Tierra en la oscuridad más absoluta. El cambio climático en cada rincón del mundo se produjo con una brusquedad asombrosa. Las temperaturas de las inmensas placas de hielo y los glaciares septentrionales subieron hasta situarse entre los 32 y los 37 °C, provocando una rápida fusión. Los animales acostumbrados a los climas tropicales y templados se extinguieron de la noche a la mañana. Muchos, como los mamuts, se congelaron en un abrir y cerrar de ojos, pastando en la calidez del verano, con la hierba y las flores aún sin digerir en el estómago. Los árboles, junto con hojas y frutos, se helaron. Durante días, los peces que habían salido despedidos por el impacto, cayeron de los cielos encapotados.
Olas de entre ocho y diez kilómetros de altura chocaron contra los continentes, levantándose por encima de las costas con una impresionante fuerza destructiva. El agua barrió las llanuras costeras y engulló cientos de kilómetros del interior, destruyendo todo cuanto hallaba a su paso. Cantidades interminables de restos y sedimentos de los fondos oceánicos se extendieron por las masas continentales más bajas. Hubo que esperar a que la ola gigantesca se estrellara contra el pie de las montañas para que se doblara sobre sí misma y emprendiese una lenta retirada, no sin antes cambiar el curso de los ríos, inundar las cuencas con mares donde antes no existía ninguno y convertir lagos inmensos en auténticos desiertos.
La reacción en cadena parecía interminable.
Con un leve rumor que fue transformándose en el rugido de un trueno continuo, las montañas empezaron a temblar como palmeras mecidas por la suave brisa en el momento en que las avalanchas se deslizaron por las laderas. Los desiertos y las praderas se ondularon cuando la embestida de los océanos arremetió de nuevo contra el interior. El impacto del cometa había provocado un súbito y colosal desplazamiento de la delgada corteza terrestre. La capa externa, de poco más de sesenta kilómetros de grosor, y el manto que recubría el núcleo de magma se estremecieron y retorcieron, moviendo las capas de la corteza como la piel de un pomelo retirada mediante cirugía y luego hábilmente sustituida para poder moverse alrededor del corazón interno de la fruta. Como controlada por una mano invisible, la totalidad de la corteza se movió a partir de entonces como un todo.
Continentes enteros tuvieron que desplazarse a nuevas ubicaciones. Las colinas se alzaron y se convirtieron en montañas, las islas del océano Pacífico desaparecían mientras otras surgían por primera vez. La Antártida, anteriormente al oeste de Chile, se deslizó 3.200 kilómetros al sur, donde quedó enterrada bajo capas cada vez más espesas de hielo. El inmenso pedazo de hielo que había flotado hasta entonces en el océano Índico al oeste de Australia se desplazó de repente a una zona templada y empezó a derretirse con rapidez. Lo mismo ocurrió con el antiguo polo Norte, que se había extendido a lo largo del norte de Canadá. El nuevo polo enseguida empezó a producir una gruesa capa de hielo en medio de lo que hasta entonces había sido mar abierto.
La destrucción fue implacable. Las convulsiones y secuelas se sucedieron como si no fuesen a terminar jamás. El movimiento de la delgada capa externa de la Tierra provocaba un cataclismo tras otro. El brusco deshielo de los bloques congelados, unido al efecto de los glaciares, que cubrieron los continentes desplazados súbitamente hacia zonas tropicales, hizo que el nivel del mar subiera 120 metros y anegase la tierra ya destruida por las inundaciones causadas por los maremotos. En el transcurso de un solo día, Gran Bretaña, unida hasta entonces al resto del continente europeo por una llanura seca, se transformó en una isla, mientras un desierto que llegaría a ser conocido como golfo Pérsico quedaba inundado bruscamente. El río Nilo, que hasta entonces había corrido por un extenso valle fértil para desembocar en el océano al oeste, terminaba ahora en lo que acababa de convertirse en el mar Mediterráneo.
La última gran era glaciar había terminado en un instante geológico.
El cambio radical de los océanos y de su posición en el mundo también hizo que se moviesen los polos, movimiento que alteró de forma drástica el equilibrio de rotación de la Tierra. El eje terrestre se vio desplazado temporalmente dos grados por el movimiento de los polos Norte y Sur a nuevas posiciones geográficas, y dicho desplazamiento modificó la aceleración centrífuga alrededor de la superficie externa de la esfera. Puesto que eran líquidos, los mares se adaptaron antes de que la Tierra completase otras tres revoluciones, pero la masa continental no pudo reaccionar con la misma rapidez. Los terremotos se prolongaron durante meses.
Unas tormentas feroces con vientos brutales azotaron la Tierra, destruyendo y deshaciendo todo cuanto quedaba en pie durante los siguientes dieciocho años, antes de que los polos dejaran de moverse y se asentasen por fin en su nuevo eje de rotación. Con el tiempo, el nivel del mar se estabilizó y permitió que se formasen nuevas costas mientras las extrañas condiciones meteorológicas seguían apaciguándose. Los cambios adquirieron carácter permanente. La secuencia entre el día y la noche cambió y el número de días del año disminuyó en dos. El campo magnético terrestre también se vio afectado y se trasladó 160 kilómetros hacia el noroeste.
Cientos, tal vez miles de especies de animales y peces se extinguieron inmediatamente. En las Américas, el camello de una sola giba, el mamut, un caballo de la era glaciar y el perezoso gigante desaparecieron. También se extinguieron el macairodo, pájaros enormes de 7,5 metros de altura y muchos otros animales que pesaban cincuenta kilos o más, la mayoría muertos por la asfixia provocada por el humo y los gases volcánicos.
Tampoco la vegetación terrestre escapó al apocalipsis. La vida vegetal que no había quedado reducida a cenizas por el holocausto, así como las algas de los mares, murieron por la falta de luz. Al final, más del 85 por ciento de toda la vida en la Tierra moriría por las inundaciones, los incendios, las tormentas, las avalanchas, la toxicidad de la atmósfera y, finalmente, por inanición.
Las sociedades humanas —muchas bastante avanzadas— y una gran variedad de culturas emergentes en los umbrales de una progresiva edad de oro fueron aniquiladas en un solo día, de la noche a la mañana. Millones de hombres, mujeres y niños sufrieron una muerte horrible. Desapareció cualquier vestigio de las civilizaciones emergentes y los escasos y patéticos supervivientes solo conservaron vagas remembranzas del pasado. El ataúd se había cerrado justo durante la era de mayor avance ininterrumpido de la humanidad, un viaje de diez mil años desde el primitivo hombre de Cro-Magnon a reyes, arquitectos, canteros, artistas y guerreros. Sus obras y sus restos mortales quedaron sepultados en las profundidades bajo los nuevos mares, dejando escasos fragmentos y testimonios físicos de una avanzada cultura antigua. Naciones y ciudades enteras que se erguían orgullosas apenas unas horas antes desaparecieron sin dejar rastro. El cataclismo no dejó restos prácticamente de ninguna de las civilizaciones importantes anteriores.
El reducido número de seres humanos que logró sobrevivir lo consiguió gracias a que vivían en las cotas más elevadas de los sistemas montañosos y lograron esconderse en cuevas para escapar a la furia de los elementos. A diferencia de los pueblos más avanzados de la Edad del Bronce, quienes solían agruparse y construir sus moradas en llanuras de escasa altura cerca de ríos y de las costas oceánicas, los habitantes de las montañas eran nómadas de la Edad de la Piedra. Era como si la flor y nata de su civilización, los Leonardos da Vinci, los Picassos y Einsteins de su era, se hubiesen evaporado en la nada, como si hubiesen abandonado el mundo para dejarlo en manos de cazadores nómadas primitivos, un fenómeno similar a lo ocurrido en Grecia y Roma tras la caída de su imperio, que dio paso a siglos de ignorancia y letargo creativo. Un oscurantismo neolítico envolvió en su mortaja a las civilizaciones más avanzadas, un oscurantismo que perduraría dos mil años. Despacio, muy despacio, la humanidad salió al fin de las tinieblas y empezó a construir y crear ciudades y civilizaciones de nuevo en Mesopotamia y Egipto.
Por desgracia, muy pocos de los constructores de talento y pensadores creativos de las culturas perdidas sobrevivieron. Al descubrir que su civilización había sido destruida y que nunca volvería a reconstruirse, emprendieron una búsqueda de varios siglos para erigir los misteriosos megalitos y dólmenes de enormes piedras verticales que se encuentran por toda Europa, Asia, las islas del Pacífico y Sudamérica. Mucho después de que el recuerdo de su brillante legado se difuminase y quedase relegado a poco más que un mito, los monumentos conmemorativos de la terrible destrucción sirvieron de advertencia a las generaciones venideras sobre la posibilidad de otra catástrofe. Sin embargo, en solo un milenio, sus descendientes fueron olvidando poco a poco las viejas tradiciones, se adaptaron al nomadeo y dejaron de existir como pueblos avanzados.
Durante cientos de años tras la convulsión, los seres humanos sintieron miedo a bajar de las montañas y repoblar las tierras bajas y las zonas costeras. Las naciones marineras, técnicamente superiores, no eran más que vagas sombras de un pasado distante. La construcción de barcos y las técnicas de navegación se perdieron en el olvido y tuvieron que ser reinventadas por generaciones posteriores que veneraban a sus hábiles ancestros como dioses.
Todas las muertes y la devastación fueron provocadas por un pedazo de hielo sucio del tamaño de un pueblecito agrícola del Medio Oeste. El cometa había causado sus nefastos estragos de forma despiadada y brutal. La Tierra no había sufrido tanta virulencia desde el impacto de un meteorito 65 millones de años atrás en una catástrofe que había exterminado a los dinosaurios.
A partir de entonces, durante miles de años los cometas fueron relacionados con acontecimientos catastróficos y considerados un presagio de futuras tragedias. Se les hacía responsables de cualquier cosa, desde las guerras y las epidemias de peste hasta la muerte y la destrucción. Hasta hace bien poco no se consideró a los cometas maravillas de la naturaleza, como el esplendor de un arco iris o las nubes doradas de la puesta de sol.
El diluvio bíblico y numerosas leyendas de catástrofes estaban relacionadas con esta tragedia. Las antiguas civilizaciones de los olmecas, mayas y aztecas de América Central tenían muchísimas tradiciones relacionadas con un antiguo suceso catastrófico. Las tribus indias de Estados Unidos se transmitían historias de aguas que inundaban sus tierras. Los chinos, los polinesios y los africanos hablaban de un cataclismo que había diezmado a sus ancestros.
Pero la leyenda que nació y creció a lo largo de los siglos, la que dio origen al misterio y la intriga más acuciante, fue la del continente perdido y la civilización de la Atlántida.
EL BARCO FANTASMA
30 de septiembre de 1858
Bahía de Stefansson, Antártida
Roxanna Mender sabía que si dejaba de andar moriría. Estaba al borde del agotamiento y se movía únicamente a fuerza de voluntad. La temperatura era de muchos grados bajo cero, pero era la gélida ventisca lo que le zahería la piel. La somnolencia letal que poco a poco la iba embargando consumía poco a poco sus ganas de vivir. Avanzaba hacia delante, colocando un pie delante del otro casi a ciegas, tropezando cuando perdía el equilibrio por una súbita grieta en el hielo. Respiraba con jadeos rápidos y broncos como los de un alpinista ascendiendo un pico del Himalaya sin equipo de oxígeno.
Con visibilidad prácticamente nula por culpa de las partículas de hielo que el viento le arrojaba a la cara, iba protegida con una gruesa bufanda de lana dentro de una parka forrada de pelo. Aunque apenas si entreabría los ojos entre las capas de la bufanda, los tenía irritados y enrojecidos por el azote de los diminutos gránulos. Un sentimiento de frustración invadió a Roxanna cuando levantó la vista y vio el deslumbrante cielo azul y un sol resplandeciente por encima de la tormenta. Las ventiscas cegadoras bajo los cielos despejados eran un fenómeno frecuente en la Antártida.
Sorprendentemente, rara vez nieva en la zona del polo Sur. Hace tantísimo frío que la atmósfera no puede retener el vapor de agua, por lo que la nieve que puede caer es mínima. En un año no caen más de doce centímetros de nieve sobre el continente y, de hecho, parte de la nieve que recubre el suelo tiene miles de años. El fuerte sol golpea el hielo blanco en ángulo oblicuo y su calor reflecta de nuevo hacia el espacio, contribuyendo en gran medida a las temperaturas extraordinariamente frías.
Roxanna tenía suerte. El frío no le penetraba en la ropa. En lugar de llevar prendas europeas se había vestido con la ropa que su marido había adquirido en sus relaciones comerciales con los esquimales durante sus expediciones balleneras en el Ártico. Su ropa interior consistía en una camiseta, unos pantalones cortos a la altura de la rodilla y unas botas-calcetín hechas con piel suave en contacto con sus pies. Las prendas externas la protegían contra el frío extremo. La parka le quedaba algo suelta para permitir que el calor corporal circulase, evitando la acumulación de sudor. Estaba hecha de pieles de lobo, mientras que los pantalones eran de caribú. En los pies llevaba gruesos calcetines y altas botas forradas por dentro.
El mayor peligro era romperse un tobillo o una pierna en aquella superficie irregular, pues si lograba sobrevivir, se enfrentaría a la amenaza de la congelación. Aunque su cuerpo estaba protegido, era su rostro lo que más le preocupaba. Al menor hormigueo en la mejilla o la nariz, se frotaba vigorosamente para reactivar la circulación sanguínea. Ya había visto a seis miembros de la tripulación de su marido manifestar síntomas de congelación; dos de ellos habían perdido los dedos de los pies y uno las orejas.
Por fortuna, la ventisca fue amainando y perdió su virulencia, por lo que Roxanna pudo avanzar con mayor facilidad que la hora anterior, cuando había vagado sin rumbo. El viento huracanado dejó de aullarle al oído, y oyó a los cristales de hielo resquebrajarse bajo sus pies.
Alcanzó un montículo de unos cuatro metros y medio de altura formado por el implacable hielo marino que trituraba y levantaba el témpano. La mayoría de estos montículos tenía una superficie irregular, pero este estaba erosionado, de modo que tenía los lados lisos. Hincándose de rodillas y ayudándose con las manos, empezó a trepar hacia arriba a zarpazos, retrocediendo dos pasos por cada tres que lograba avanzar.
El esfuerzo le consumió las pocas fuerzas que le quedaban. Sin saber cómo, al final logró arrastrarse hasta lo alto del montículo medio muerta de cansancio, oyendo los fuertes latidos de su corazón y con la respiración entrecortada. No sabía cuánto tiempo había permanecido allí, pero daba gracias por la tregua que le había dado el vendaval de hielo. Al cabo de unos minutos, cuando se aminoraron sus pulsaciones y su respiración recobró un ritmo regular, Roxanna se maldijo por los problemas que tan torpemente había causado. Al no llevar reloj, ignoraba las horas transcurridas desde que había abandonado el ballenero de su marido, el Paloverde.
Casi seis meses antes, el barco había sido atrapado por las placas de hielo; para mitigar el aburrimiento, Roxanna había empezado a hacer excursiones diarias, sin alejarse demasiado del barco, y a la vista de los tripulantes. Esa mañana, cuando había abandonado el barco, el cielo estaba completamente despejado, pero muy pronto se encapotó y la ventisca arreció. Al cabo de unos minutos, el barco se había desvanecido y Roxanna había empezado a vagar sin rumbo por la masa de hielo.
La mayoría de los balleneros no solían llevar mujeres a bordo, pero muchas esposas se negaban a quedarse en casa sentadas a esperar durante los tres o cuatro años que sus maridos permanecían fuera. Roxanna Mender no estaba dispuesta a pasar miles de horas sola en casa. Era una mujer fuerte, aunque menuda, de apenas metro cincuenta de estatura y de menos de cuarenta y cinco kilos de peso. Con sus ojos castaño claro y su cálida sonrisa, era una mujer guapa que casi nunca se quejaba de las dificultades y el aburrimiento, y que rara vez se mareaba a bordo. En su pequeño camarote ya había dado a luz a un niño a quien había llamado Samuel, y a pesar de que todavía tenía que decírselo a su marido, volvía a estar embarazada de casi dos meses. La tripulación la había acogido sin problemas y ella había enseñado a varios marineros a leer, había escrito cartas a sus mujeres y familias y actuado de enfermera cada vez que alguien enfermaba o sufría una herida.
El Paloverde era uno de los barcos de la flota ballenera que zarpaba de San Francisco. Era resistente, construido especialmente para las operaciones polares durante la época de caza. Con una eslora de cuarenta metros, una manga de nueve y un calado de cinco, desplazaba casi 330 toneladas. Sus dimensiones daban cabida a una enorme carga de grasa de ballena y espacio para una numerosa tripulación en travesías que podían durar hasta tres años. Su quilla, cuadernas y baos de pino provenían de los bosques de Sierra Nevada. Una vez colocados en su sitio, los tablones de ocho centímetros se unían y se sujetaban mediante clavijas de madera de roble.
Su aparejo era el de un navío de tres mástiles, y sus cabos eran nítidos, atrevidos y elegantes. Los camarotes estaban amueblados con gusto y las paredes revestidas con abeto de Washington. El camarote del capitán había sido particularmente bien amueblado por la insistencia de su esposa en acompañarle en tan largo viaje. El mascarón de proa era una figura elegantemente tallada en madera de paloverde, árbol originario del sudoeste de Estados Unidos. En la popa, el nombre del barco se leía en letras doradas. También adornaba la popa una talla del cóndor de California con las alas extendidas.
En lugar de navegar hacia el norte por el estrecho de Bering en dirección al Ártico y a las aguas habituales para la caza de la ballena, el marido de Roxanna, el capitán Bradford Mender, había conducido el Paloverde hacia el sur, hacia el Antártico. Pensaba que puesto que los resistentes balleneros de Nueva Inglaterra apenas se acercaban a la región y, de hecho, no la tenían en cuenta para sus faenas pesqueras, sería una oportunidad de oro de encontrar territorios vírgenes para la caza de ballena.
Una vez en las inmediaciones del círculo polar antártico, la tripulación cazó seis ballenas en mar abierto, a menudo abriéndose paso entre los icebergs. Luego, la última semana de marzo, el otoño antártico, el hielo empezó a acumularse sobre la superficie del mar con una rapidez asombrosa hasta alcanzar más de un metro de grosor. Aun así, el Paloverde podría haberse dirigido a aguas despejadas, pero un súbito cambio en la dirección del viento se convirtió en un vendaval huracanado que lo empujó de nuevo hacia la costa. Sin escapatoria posible, mientras el hielo arremetía contra ellos en placas mayores que el tamaño del propio barco, los miembros de la tripulación no podían más que limitarse a quedarse de brazos cruzados, impotentes, viendo cómo se cerraba aquella trampa glacial.
El hielo se amontonó rápidamente alrededor del ballenero con tanta fuerza que lo empujó hacia tierra firme, atrapándolo en un puño gigantesco. El agua clara de la costa quedó rápidamente cubierta por una capa de hielo. Mender y su tripulación trabajaron con ahínco y al final lograron que las anclas del Paloverde se aferraran a seis brazas muy cerca de la costa. Sin embargo, en cuestión de horas el barco quedó atascado en el hielo que continuaba espesándose y muy pronto un sudario blanco cubrió el resto del agua. El invierno antártico se les había echado encima, y los días eran cada vez más cortos. No había esperanzas de escapar y todavía faltaban más de siete meses para que llegase la estación templada.
Secaron, plegaron y guardaron las velas para volver a izarlas en primavera, si la providencia permitía que llegase el buen tiempo y liberaba el barco. En previsión de un largo confinamiento, inventariaron y racionaron toda la comida para los largos meses del invierno, aunque nadie sabía si los víveres a bordo alcanzarían hasta que el hielo empezase a derretirse en primavera. Sin embargo, la práctica de arrojar los cabos y anzuelos por los agujeros horadados en el hielo había dado resultados más que satisfactorios y ahora disponían de un bonito surtido de pescado antártico congelado en una despensa de la cubierta. Además, estaban los cómicos pingüinos de la costa. Al parecer, había millones de ellos; el único problema era que daba igual el modo en que el cocinero preparase su carne: el sabor era repulsivo.
Las principales amenazas eran el frío extremo y cualquier movimiento repentino del témpano. El peligro de congelamiento se vio reducido con la combustión de la grasa de las ballenas cobradas antes de quedar atrapados en el hielo. La bodega aún contenía más de cien toneles, más que suficiente para hacer que ardieran los fogones durante la peor parte del invierno antártico.
Hasta entonces, el témpano se había mantenido relativamente tranquilo, pero Mender sabía que solo era cuestión de tiempo el que se moviese y cambiase de posición. Entonces el Paloverde tal vez viese cómo su casco era reducido a astillas y sus resistentes cuadernas aplastadas como papel por culpa de un gigantesco iceberg en movimiento. Al capitán no le hacía ninguna gracia la idea de ver a su mujer y su hijo intentando sobrevivir en tierra hasta que avistasen otro barco en verano, y las posibilidades de que eso sucediese eran de mil contra una en el mejor de los casos.
Por si fuera poco, se enfrentaban además con la amenaza mortal de la enfermedad. Siete hombres mostraban síntomas de escorbuto. Lo único positivo de todo el asunto era que las alimañas y las ratas hacía tiempo que habían sucumbido al terrible frío. Las largas noches de la región antártica, el aislamiento y el viento helado alimentaban la lacra de la apatía. Mender combatía el aburrimiento mortal manteniendo a sus hombres ocupados en faenas de toda clase, labores interminables para que tuvieran la mente y el cuerpo activos todo el tiempo.
Mender, sentado al escritorio de su camarote, había calculado sus posibilidades de sobrevivir docenas de veces, pero no importaba el modo en que considerase las opciones y posibilidades: el resultado siempre era el mismo. Sus posibilidades de permanecer a flote con el barco indemne hasta que llegase la primavera eran muy remotas.
La ventisca había cesado con la misma brusquedad con que había empezado, y el sol había hecho su aparición. Entreabriendo los ojos al brillo cegador del banco de témpanos, Roxanna vio su propia sombra. ¡Qué alegría ver su sombra pese al vacío interminable que la rodeaba! Sin embargo, el corazón le dio un vuelco cuando escrutó el horizonte y divisó el Paloverde a más de un kilómetro de distancia. El casco negro estaba semienterrado en el hielo, pero la enorme bandera estadounidense ondeaba en la brisa mortecina. Se dio cuenta de que su atribulado marido la había colocado en lo alto de la jarcia del palo mayor a modo de faro. Le costaba creer que se hubiese alejado tanto. En su mente adormecida, creía haberse mantenido razonablemente cerca del barco caminando en círculos todo ese tiempo.
De pronto Roxanna divisó unas motas diminutas moverse por la superficie y advirtió que se trataba de su marido y la tripulación, que la estaban buscando. Estaba a punto de levantarse y empezar a hacer señales con la mano cuando de repente vislumbró algo completamente inesperado: los mástiles de otro barco surgiendo entre dos bloques de hielo gigantescos.
Los tres mástiles y el bauprés, junto con las jarcias, parecían intactos, con las velas recogidas y plegadas. Ahora que el viento había amainado hasta convertirse en una brisa ligera, Roxanna se apartó la bufanda de la cara y vio que la mayor parte del casco del barco estaba incrustada en el hielo. El padre de Roxanna había sido capitán de varios clíperes en la ruta comercial del té a China, y de niña había visto cientos de barcos de toda clase de aparejos y velas llegar y zarpar de Boston, pero la única vez que había visto un barco como el que estaba enterrado en el hielo había sido en un cuadro en casa de su abuelo.
Aquel barco fantasmagórico era viejo, muy viejo, con una enorme popa redondeada con ventanas y miradores sobre el agua. Era largo, estrecho y profundo. Medía unos buenos cuarenta metros de eslora y tenía al menos diez de manga. Como el barco que había visto en el cuadro. Debía de ser un buque de la Compañía Británica de las Indias Orientales de ochocientas toneladas y de finales del siglo XVIII.
Apartó la mirada del barco y agitó la bufanda en el aire para atraer la atención de su marido y la tripulación. Uno de ellos divisó el movimiento y alertó a los demás. Acto seguido se apresuraron por el hielo en dirección a ella, con el capitán Mender a la cabeza. Al cabo de veinte minutos todos se abrazaban, dando gritos de alegría por haberla encontrado con vida.
De carácter tranquilo y taciturno, Mender dio muestras de una emoción inusitada al estrechar a Roxanna entre sus brazos y, con las lágrimas congeladas en las mejillas, darle un enternecedor y prolongado beso.
—¡Oh, Dios mío! —murmuró—. Creía que estabas muerta. Es un verdadero milagro que hayas sobrevivido.
Capitán de ballenero a la edad de veintiocho años, Bradford Mender tenía treinta y seis y esta era su décima travesía. Originario de Nueva Inglaterra, hombre duro y de recursos, medía metro ochenta de estatura, era bastante corpulento y pesaba casi cien kilos. Tenía ojos azul intenso y pelo negro, con una poblada barba desde las orejas hasta la barbilla. Severo pero justo, Mender nunca había tenido problemas con los oficiales o la tripulación que no hubiese sabido solucionar con eficiencia y honradez. Extraordinario cazador de ballenas y navegante, también era un astuto hombre de negocios, y no solo era el capitán del barco sino también su propietario.
—Si no hubieses insistido en que me pusiera la ropa de esquimal que me diste, habría muerto de frío hace horas.
Tras separarse de su mujer, se volvió hacia los seis tripulantes que los rodeaban, radiantes de alegría.
—Llevemos a la señora Mender de vuelta al barco enseguida para que tome un buen plato de sopa caliente.
—No, todavía no —dijo ella, tomando a su marido del brazo y señalando el horizonte—. He descubierto otro barco.
Todos se volvieron en la dirección de su brazo extendido.
—Es un barco inglés. Lo he reconocido por un cuadro que había en el salón de mi abuelo en Boston. Parece un derrelicto.
Mender contempló la aparición, de un blanco fantasmal en su mortaja de hielo.
—Tienes razón. Parece un mercante de alrededor de 1770.
—Propongo que lo examinemos, capitán —dijo el primer oficial, Nathan Bigelow—. Puede que contenga provisiones que nos ayuden a sobrevivir hasta la primavera.
—Pues tendrán más de ochenta años… —señaló Mender con pesimismo.
—Pero el frío las habrá conservado en buen estado —le recordó Roxanna.
El capitán le lanzó una tierna mirada.
—Has pasado unas horas muy duras, esposa mía. Haré que uno de los hombres te acompañe hasta el Paloverde.
—No, marido mío —contestó ella con aire resuelto—. Pienso ver lo que haya que ver ahí. —Sin darle tiempo al capitán para protestar, la mujer descendió por la ladera del montículo helado y echó a andar en dirección a la nave abandonada.
Mender miró a su tripulación y se encogió de hombros.
—Dios nos proteja de llevarle la contraria a una mujer curiosa.
—Un barco fantasma —murmuró Bigelow—. Es una pena que haya quedado atrapado en el hielo, porque podríamos llevárnoslo a casa y solicitar los derechos de salvamento.
—Es demasiado viejo para que tenga algo de valor —repuso Mender.
—¿Qué hacéis ahí parados como pasmarotes? —exclamó Roxanna, volviéndose y llamando a los hombres con impaciencia—. Démonos prisa antes de que se desate otra ventisca.
Una vez llegaron junto al viejo barco comprobaron que el hielo se había amontonado contra el casco, de modo que les resultó más fácil alcanzar los macarrones superiores y encaramarse a las bordas. Roxanna, su marido y los miembros de la tripulación se encontraron de pie en el alcázar, cubierto por una fina capa de hielo.
Mender contempló aquella desolación y meneó la cabeza con gesto de desconcierto.
—Es asombroso que el hielo no haya aplastado el casco.
—Nunca pensé que algún día llegaría a pisar la cubierta de un barco inglés de la Compañía de las Indias Orientales —murmuró uno de los hombres con cierta aprensión—. Y menos aún de uno construido antes de que naciera mi abuelo.
—Es un magnífico barco —dijo Mender—. Yo diría que de unas novecientas toneladas. De cuarenta y cinco metros de eslora y doce de manga.
Construido y armado en un astillero del Támesis y bestia de carga de la flota mercante británica de finales del XVIII, la nave era un híbrido entre distintas clases de barcos. Había sido construido principalmente para el transporte de mercancías, pero en una época de piratas y guerras en el mar, iba armado con veintiocho cañones. Además, estaba equipado con camarotes para el transporte de pasajeros. Todo cuanto había en cubierta estaba incólume, recubierto de hielo, como esperando a una tripulación fantasma. La artillería aguardaba en silencio en las troneras, los salvavidas seguían amarrados en lo alto de los palos y todas las escotillas estaban en su sitio.
Había algo misterioso, raro e inquietante en aquel viejo barco, algo extrañamente siniestro que no pertenecía a este mundo sino a otro. Un temor irracional de que alguna espantosa y horripilante criatura estuviese esperando para darles un buen recibimiento embargó a los hombres. Los marinos son gente harto supersticiosa, y ninguno de los presentes, salvo Roxanna, sentía ninguna clase de entusiasmo inocente e infantil, sino una profunda aprensión.
—Qué extraño —exclamó Bigelow—. Es como si la tripulación hubiese abandonado el barco antes de que quedase atrapado en el hielo.
—Lo dudo —replicó Mender en tono grave—. Los salvavidas siguen en su sitio.
—Sabe Dios lo que encontraremos bajo la cubierta.
—Pues vamos a descubrirlo —dijo Roxanna con entusiasmo.
—Tú no, cariño. Será mejor que te quedes aquí.
Ella le lanzó una mirada orgullosa y empezó a menear la cabeza lentamente.
—No pienso esperar aquí sola mientras haya fantasmas merodeando por cubierta.
—Si hay algún fantasma —señaló Bigelow—, seguro que hace mucho tiempo que se ha congelado.
Mender dio órdenes a sus hombres.
—Nos dividiremos en dos grupos. Señor Bigelow, llévese a tres hombres y examine las dependencias de la tripulación y la bodega. El resto iremos a popa e inspeccionaremos los camarotes de los pasajeros y los oficiales.
Bigelow asintió.
—A la orden, capitán.
La nieve y el hielo se habían amontonado delante de la puerta que conducía a los camarotes de popa, por lo que Mender condujo a Roxanna y a sus hombres hasta la toldilla, donde les costó lo suyo levantar la escotilla que había encima de una escalera de cámara y que se había quedado atascada por el hielo. Luego desplegaron con cuidado la escalera que había en el interior. Roxanna estaba justo detrás de Mender, agarrada al cinturón que rodeaba su grueso abrigo. La blanca tez de su rostro estaba enrojecida, con una mezcla de nerviosismo e intriga.
No imaginaba que estaba a punto de entrar en una pesadilla de hielo.
En el pasillo, hallaron un enorme pastor alemán acurrucado encima de una alfombrilla. A Roxanna le pareció que el perro estaba dormido, pero Mender le dio un golpecito con la punta de la bota y el ruido sordo les indicó que estaba completamente congelado.
—Duro como una piedra —anunció Mender.
—Pobrecillo —musitó Roxanna con tristeza.
Mender señaló hacia una puerta cerrada en el extremo de popa del pasillo.
—El camarote del capitán. Tiemblo solo de pensar qué encontraremos ahí dentro.
—Tal vez nada —dijo uno de los hombres con nerviosismo—. Seguramente todo el mundo huyó del barco y se fue andando por la costa hacia el norte.
Roxanna negó con la cabeza.
—No concibo que alguien dejase morir a un animal tan hermoso solo a bordo.
Los hombres forzaron la puerta del camarote y entraron. Se encontraron con una visión dantesca: una mujer vestida con un traje de mediados o fines del siglo XVIII estaba sentada en una silla, con los ojos abiertos y mirando con estática tristeza la figura de una niña pequeña en una cuna. Había muerto congelada mientras lloraba desconsoladamente la pérdida de quien parecía ser su hija. Tenía en el regazo una Biblia abierta por el capítulo de los Salmos.
La trágica escena dejó petrificados a Roxanna y a los hombres. Su entusiasmo por explorar lo desconocido se trocó de repente en una terrible sensación de angustia. Permaneció de pie en silencio junto a los demás, mientras su respiración acallada empañaba aquella cripta con apariencia de camarote.
Mender se volvió y se dirigió a un camarote contiguo, donde encontró al capitán, sin duda el marido de la mujer. Estaba sentado a un escritorio, desplomado sobre una silla. Su pelo rojizo estaba recubierto de hielo y tenía la cara completamente blanca. Con una mano aferraba una pluma, y en el escritorio tenía una hoja de papel. Mender limpió la escarcha y leyó la hoja.
26 de agosto de 1779
Han pasado cinco meses desde que quedamos atrapados en este execrable lugar después de que la tormenta nos desviara de nuestro rumbo hacia el sur. No quedan víveres. Todos llevamos diez días sin comer. La mayor parte de la tripulación y los pasajeros han muerto. Mi hijita murió ayer y mi pobre esposa hace solo una hora. Ruego a quienquiera que encuentre nuestros cuerpos notifique a los directores de la Compañía Comercial Skylar de Liverpool nuestra suerte. Todo ha terminado. Pronto iré a reunirme con mis amadas esposa e hija.
LEIGH HUNT
capitán del Madras
El diario de a bordo encuadernado en cuero del Madras yacía sobre el escritorio a un lado del cuerpo del capitán. Mender lo retiró con cuidado de la capa de hielo que lo mantenía pegado a la madera y se lo metió dentro del grueso abrigo. A continuación salió del camarote y cerró la puerta.
—¿Qué has encontrado? —preguntó Roxanna.
—El cuerpo del capitán.
—Todo esto es terrible.
—Imagino que aún encontraremos cosas peores.
Sus palabras fueron proféticas. Se dividieron y fueron de camarote en camarote. Las dependencias más lujosas de los pasajeros se hallaban en la cabina posterior, un amplio espacio con miradores y ventanucos y camarotes de diversos tamaños en la popa, bajo la toldilla. Los pasajeros reservaban espacios vacíos; tenían que amueblarse los camarotes ellos mismos, con sofás, camas y sillas, todo amarrado fuertemente en previsión del mal tiempo. Los pasajeros más adinerados a menudo traían consigo tales objetos personales: escritorios, librerías e instrumentos musicales, incluyendo pianos y arpas. Aquí el grupo encontró casi treinta cadáveres en diversas posturas; algunos habían muerto sentados, otros tumbados en la cama, mientras que otros estaban tendidos en el suelo. Todos parecían haber tenido una muerte plácida.
A Roxanna le inquietaron los que tenían los ojos abiertos. El color del iris parecía realzado por la piel de blanco inmaculado que los rodeaba. Se estremeció cuando un hombre le tocó el pelo a una mujer. El cabello helado hizo un extraño ruido seco y se rompió en la mano del marinero.
La enorme cámara de la cubierta que había bajo los camarotes más elegantes parecía un depósito de cadáveres abarrotado. La mayoría eran hombres, muchos de ellos oficiales británicos vestidos de uniforme. Más adelante se hallaba la bodega, también llena de cadáveres congelados en hamacas colgadas encima de algunas provisiones y el equipaje del compartimiento de tercera.
Todos habían muerto sin sufrir. No había indicios de pánico, nada estaba desordenado. Todos los objetos y la mercancía estaban guardados en su sitio. De no ser por el relato final del capitán Hunt, se habría dicho que el tiempo se había detenido y que todos habían muerto tan plácidamente como habían vivido. Cuanto veían Roxanna y Mender no era un espectáculo grotesco ni aterrador, sino simplemente una trágica desgracia. Aquellas personas llevaban muertas ochenta años, olvidadas por un mundo inexorable, y aun aquellos que en su día lloraron su desaparición, hacía tiempo que también habían desaparecido.
—No lo entiendo —dijo Roxanna—. ¿Cómo murieron todos?
—Los que no murieron de hambre, se congelaron —contestó su marido.
—Pero podrían haber abierto agujeros en el hielo para pescar y cazar pingüinos como nosotros, además de quemar partes del barco para procurarse calor.
—Según las últimas palabras del capitán, el barco se desvió mucho de su rumbo hacia el sur. Supongo que quedaron atrapados en el hielo mucho más lejos de la costa que nosotros, y el capitán, creyendo que al final lograrían escapar del hielo, siguió las normas del buen navegante y prohibió las hogueras a bordo por miedo a un incendio accidental, hasta que fue demasiado tarde.
—Así que uno a uno, murieron todos.
—Cuando llegó la primavera y el hielo se derritió, en lugar de que la corriente lo arrastrara a mar abierto hasta el Pacífico Sur como derrelicto, los vientos contrarios lo empujaron hacia la costa, donde ha permanecido sepultado desde el siglo pasado.
—Creo que tiene razón, capitán —dijo el primer oficial Bigelow, acercándose desde la proa—. A juzgar por las ropas de los cuerpos, esta pobre gente no esperaba que la travesía los llevara a aguas heladas. La mayoría parecen vestidos para un clima tropical. Debían de navegar hacia Inglaterra desde la India.
—Es una gran tragedia —señaló Roxanna con un suspiro— que nada pudiera haberlos salvado.
—Solo Dios —murmuró Mender—, solo Dios. —Se dirigió a Bigelow—. ¿Qué carga transportaba?
—No he encontrado oro ni plata. Solo un cargamento variado de té, porcelana china en cajones de madera bien cerrados y balas de seda, además de un surtido de ratán, especias y alcanfor. Ah, sí, y también hay un pequeño almacén, cerrado con cadenas gruesas, justo debajo del camarote del capitán.
—¿Lo has registrado? —preguntó Mender.
Bigelow negó con la cabeza.
—No, señor. He creído mejor esperar a que usted estuviera presente. He ordenado a los hombres que rompan las cadenas.
—A lo mejor ese almacén contiene un tesoro —dijo Roxanna, mientras un arrebol teñía de nuevo sus mejillas.
—Pronto lo averiguaremos —dijo Mender—. Señor Bigelow, ¿nos muestra el camino?
El primer oficial los condujo por una escalera hasta la bodega principal de popa. El almacén estaba frente a un cañón cuya tronera estaba bloqueada por el hielo. Dos hombres del Paloverde estaban forzando el pesado candado que aseguraba las cadenas. Con ayuda de un mazo y un formón hallados en el taller del carpintero, golpearon el cerrojo hasta destrozarlo. A continuación presionaron el pestillo de la pesada puerta hasta que cedió y pudieron abrirla.
El interior estaba débilmente iluminado por una pequeña portilla en los macarrones. Había cajones de madera que iban de mamparo a mamparo. Mender se acercó a un cajón enorme e intentó levantar la tapa.
—Estos cajones no fueron embalados ni cargados a bordo por estibadores —dijo—. Al parecer, la tripulación los embaló de cualquier manera durante la travesía y el capitán los guardó bajo llave.
—No te quedes ahí parado —le ordenó Roxanna, muerta de curiosidad—. Ábrelos.
Mientras la tripulación permanecía fuera de la bodega, Mender y Bigelow empezaron a levantar la tapa de los cajones haciendo palanca. Nadie parecía sentir el frío glacial, tan subyugados estaban ante la expectativa de encontrar un tesoro de joyas y piedras preciosas. Sin embargo, cuando Mender extrajo un objeto de un cajón, sus expectativas se desvanecieron.
—Una urna de cobre —dijo, pasándosela a Roxanna, quien la sostuvo—. Muy bien esculpida. Griega o romana, creo.
Bigelow extrajo y fue pasando diversos objetos más a través de la puerta abierta. La mayoría eran pequeñas esculturas de cobre de animales de aspecto extraño y con ojos de ópalo negro.
—Son preciosas —musitó Roxanna, admirando las formas esculpidas y grabadas en el cobre—. No se parecen a nada que haya visto en ningún libro.
—Sí, son bastante extrañas —convino Mender.
—¿Tienen algún valor? —preguntó Bigelow.
—A lo mejor para un coleccionista de antigüedades o para un museo —respondió Mender—, pero dudo que lleguemos a hacernos ricos con esto… —Hizo una pausa mientras levantaba en el aire una calavera humana de tamaño natural que brilló bajo la luz tamizada—. Por Dios… ¿habéis visto esto?
—Es espantoso —masculló Bigelow.
—Parece como si la hubiera esculpido el mismísimo Satanás —murmuró un miembro de la tripulación, sobrecogido.
Sin ningún temor, Roxanna la sostuvo en el aire y examinó las cuencas vacías de los ojos.
—Parece cristal de ébano. Y veo el dragón asomando entre los dientes.
—Pues a mí me parece obsidiana —opinó Mender—, pero no me atrevería a decir cómo fue esculpida… —lo interrumpió un fuerte chasquido, al tiempo que el hielo que rodeaba la popa del navío se movía y trastabillaba.
Uno de los hombres bajó por la escalerilla a toda prisa desde la cubierta superior, gritando con voz áspera y aguda:
—¡Capitán, tenemos que irnos de aquí enseguida! ¡Una enorme grieta se está abriendo en el hielo y se están formando charcos de agua! ¡Si no nos damos prisa quedaremos atrapados!
Mender no perdió tiempo en hacer preguntas.
—¡Volvemos al barco! —ordenó—. ¡Rápido!
Roxanna envolvió la calavera en su bufanda y se la puso bajo el brazo.
—¡No tenemos tiempo para entretenernos con recuerdos! —le espetó Mender, pero ella se negó a desprenderse de la calavera.
Empujando a Roxanna por delante, los hombres se apresuraron por la escalera hasta la cubierta principal y bajaron hasta el hielo. Se quedaron horrorizados al ver que el sólido bloque de hielo se estaba agrietando y resquebrajando. Las grietas se fueron convirtiendo en arroyos serpenteantes a medida que el agua del mar se filtraba hasta aflorar en el témpano. Nadie comprendía cómo el témpano podía derretirse tan rápidamente.
Bordeando las masas de hielo, algunas de hasta doce metros de altura y saltando por encima de las grietas antes de que aumentaran de tamaño y fuese imposible cruzarlas, la tripulación y Roxanna corrían como alma que lleva el diablo. Los espantosos crujidos del hielo aplastándose a sí mismo les ponían los pelos de punta. La caminata era agotadora: a cada paso sus pies se hundían profundamente en el manto de nieve acumulado en los tramos planos del témpano.
El viento empezó a soplar e increíblemente parecía cálido, el aire más caliente que habían sentido desde que el barco quedara atrapado. Después de correr casi dos kilómetros, todos estaban al borde de la extenuación. Los gritos de sus compañeros a bordo del Paloverde, conminándolos a que se dieran prisa, los animaban al último esfuerzo. Entonces, de pronto pareció que su lucha por alcanzar el barco sería en vano. La última grieta antes del Paloverde por poco los derrotó: había aumentado hasta alcanzar los seis metros de ancho, una distancia imposible de salvar, y se estaba extendiendo rápidamente.
Tratando de evitar lo que parecía inevitable, el segundo oficial Asa Knight ordenó a los hombres de a bordo que arriaran una barca por el costado, y estos la empujaron por encima del hielo hacia la fisura, que ya casi alcanzaba los nueve metros. La tripulación hacía cuanto podía por salvar a sus compañeros antes de que fuese demasiado tarde. Tras un esfuerzo hercúleo, alcanzaron la orilla de la fisura. Para entonces el agua que se filtraba por el hielo les cubría las rodillas a Mender, Roxanna y los demás.
Empujaron rápidamente la barca al agua helada y los hombres remaron con frenesí, para alivio de quienes se encontraban al borde de la muerte en el otro lado. Subieron primero a Roxanna, seguida del resto de la tripulación y Mender.
—Estamos en deuda con usted, señor Knight —dijo Mender, estrechando la mano de su segundo oficial—. Su audaz iniciativa nos ha salvado la vida. Le estoy especialmente agradecido en nombre de mi mujer.
—E hijo —añadió Roxanna mientras dos hombres la envolvían en una manta.
Mender la miró.
—Nuestro hijo está a salvo a bordo del barco.
—No me refería a Samuel —respondió ella tiritando de frío.
Mender la miró perplejo.
—¿Me estás diciendo que estás embarazada otra vez, mujer?
—De dos meses, creo.
Mender abrió unos ojos como platos.
—¿Saliste en plena ventisca sabiendo que estabas embarazada?
—No había ninguna ventisca cuando salí —repuso ella.
—Por el amor de Dios —dijo él resoplando—, ¿qué voy a hacer contigo?
—Si usted no la quiere, capitán —terció Bigelow con aire jovial—, yo me la quedaré gustosamente.
A pesar de estar helado hasta los huesos, Mender se echó a reír mientras abrazaba a su mujer, con tanta fuerza que por poco la deja sin resuello.
—No me tiente, señor Bigelow, no me tiente.
Al cabo de media hora, Roxanna estaba con ropa seca y entrando en calor delante del enorme fogón de ladrillo y hierro fundido que usaban para derretir la grasa de ballena. Su marido y la tripulación no perdieron el tiempo confortándose. Sacaron a toda prisa las velas de la bodega y las llevaron a las jarcias. Las desplegaron, levaron anclas y, con Mender al timón, el Paloverde empezó a abrirse camino a través del hielo derretido entre inmensos icebergs en dirección a mar abierto.
Tras soportar seis meses de frío y penurias, se habían liberado milagrosamente. Pusieron rumbo a casa, no sin antes llenar las bodegas con mil setecientos barriles de esperma de ballena.
La extraña calavera de obsidiana que Roxanna se había llevado del gélido Madras fue a parar a la repisa de la chimenea de su casa en San Francisco. Cumpliendo con su deber de capitán, Mender se puso en contacto con los propietarios a la sazón de la compañía comercial Skylar Croft de Liverpool, y les envió el diario de a bordo, dándoles la posición donde habían encontrado el derrelicto en la costa del mar de Bellingshausen.
La siniestra e inerte reliquia del pasado quedó sumida en un aislamiento glacial. En 1862, una expedición compuesta por dos barcos partió del puerto de Liverpool con el objetivo de recuperar la carga del Madras, pero no consiguieron localizarlo y llegaron a la conclusión de que la nave se había perdido para siempre en el inmenso campo de hielo que rodea la Antártida.
Tendrían que pasar otros 144 años para que otro ser humano pisara de nuevo la cubierta del Madras.
PRIMERA PARTE
A LAS PUERTAS DEL INFIERNO
1
22 de marzo de 2001
Pandora, Colorado
Las estrellas menguantes de primera hora de la mañana brillaban como la marquesina de un cine vistas desde 2.700 metros por encima del nivel del mar, pero fue la luna, con su aspecto espectral, lo que atrajo la atención de Luis Márquez cuando salió de la pequeña casa de madera donde vivía: tenía un curioso halo de color anaranjado que Luis nunca había visto. Se quedó mirando el extraño fenómeno unos minutos antes de atravesar el patio en dirección a su ranchera Chevy Cheyenne de 1973 con tracción en las cuatro ruedas.
Llevaba puesta la ropa de trabajo y había salido de la casa sigilosamente para no despertar a su esposa ni a sus dos hijas. Su mujer, Lisa, se habría levantado gustosa y le habría preparado el desayuno y un bocadillo para el almuerzo, pero él insistía en que las cuatro de la mañana no eran horas para andar paseándose por la casa a oscuras.
Márquez y su familia llevaban una vida sencilla. Luis había reformado la casa, construida en 1882, con sus propias manos. Sus hijas iban al colegio en la vecina Telluride, y todo cuanto él o Lisa no podían comprar en la ciudad, una estación de esquí en pleno boom turístico, lo traían a casa en los viajes que realizaban todos los meses a Montrose, una comunidad con mayor población que se hallaba a 130 kilómetros al norte.
Para Luis, la jornada propiamente dicha no empezaba hasta que se tomaba su café y contemplaba lo que entonces era una ciudad fantasma: bajo la luz espectral de la luna, los escasos edificios que aún quedaban en pie parecían lápidas en un cementerio.
Tras el hallazgo en 1874 de vetas auríferas, los mineros acudieron en masa al valle de San Miguel y construyeron una ciudad a la que llamaron Pandora, como la hermosa muchacha que, según la mitología griega, poseía una caja que contenía toda clase de misteriosos espíritus. Una entidad bancaria de Boston adquirió las concesiones mineras, financió las excavaciones y construyó una enorme planta para el tratamiento del metal precioso a solo tres kilómetros del centro minero de Telluride, por entonces más conocido.
Llamaron a la mina El Paraíso, y muy pronto Pandora se convirtió en una pequeña ciudad industrial de doscientos habitantes con su propia oficina de correos. Las casas estaban bien pintadas, con césped muy cuidado y vallas blancas, y aunque Pandora se hallaba situada en un cañón muy estrecho de paredes verticales y con un único camino de salida y entrada, la ciudad no quedaba en absoluto aislada. La carretera que llevaba a Telluride se mantenía en perfecto estado y la compañía ferroviaria de Río Grande, la Southern Railroad, había puesto en funcionamiento un ramal secundario que llegaba hasta la ciudad para el transporte de pasajeros y mercancías a la mina y que llevaba el mineral ya procesado a través de las montañas Rocosas hasta Denver.
Había quienes sostenían que la mina estaba maldita, pues el coste en vidas humanas a lo largo de más de cuarenta años para extraer cincuenta millones de dólares en oro había sido muy elevado. Veintiocho mineros habían muerto en el interior de los pozos húmedos y hostiles —catorce en un solo accidente— mientras que casi cien habían quedado lisiados de por vida a causa de derrumbamientos en las galerías.
Antes de que la generación de viejos mineros que se habían trasladado a Telluride desapareciese por completo, muchos de ellos afirmaron reiteradamente que se podían oír los gemidos del fantasma de uno de los mineros muertos en el laberinto de dieciséis kilómetros de pozos vacíos que recorría las lúgubres paredes grises, pronunciados precipicios que casi alcanzaban los cuatro mil metros de profundidad bajo el lánguido cielo de Colorado.
Hacia 1931, todo el oro que podía extraerse del yacimiento aurífero con ayuda de sustancias químicas se había agotado, y la mina El Paraíso tuvo que cerrar. Durante los sesenta y cinco años siguientes, la mina se convirtió en un simple recuerdo y en una marca que cicatrizaba poco a poco en el vasto paisaje. No fue hasta 1996 cuando sus túneles y pozos encantados oyeron de nuevo el chacoloteo de las botas y el golpeteo de picos y palas.
Márquez dirigió la mirada a la cima de la montaña. La semana anterior, una tormenta que duró cuatro días había dejado un metro de nieve encima de las capas blancas que ya cubrían las laderas anteriormente. Las temperaturas cada vez más altas que acompañaban a la primavera convertían la nieve en una masa similar a puré de patatas. La estación de las avalanchas acababa de comenzar, las condiciones climáticas en la alta montaña eran extremadamente peligrosas y todos los esquiadores habían recibido la advertencia de no apartarse de las pistas. Márquez nunca había oído hablar de ninguna avalancha de nieve que hubiese asolado la ciudad de Pandora. Tranquilo, sabiendo que su familia estaba a salvo, desconocía qué riesgos corría él mismo cada vez que realizaba el trayecto ascendente por la empinada carretera helada en invierno y trabajaba solo en las entrañas de la montaña. Con la llegada del buen tiempo aumentaban las probabilidades de avalancha.
En todos los años que llevaba en la montaña, Márquez solo había visto un alud. La impresionante magnitud de su belleza y su fuerza al arrastrar piedras, árboles y nieve en enormes masas de nubes por el valle, además del poderoso estruendo del trueno, era una imagen que nunca había olvidado.
Finalmente, se colocó el casco, se puso al volante de la ranchera Chevy y encendió el motor, dejándolo al ralentí un par de minutos para que se calentase. A continuación enfiló con cuidado el estrecho camino sin asfaltar que conducía a la mina, el antiguo yacimiento líder en producción de oro de Colorado. Las ruedas de su vehículo dejaban hondos surcos en la nieve tras la última tormenta. Condujo con cautela, siguiendo la onda serpenteante que recorría la montaña en sentido ascendente. El abismo a la orilla de la carretera fue aumentando por momentos hasta alcanzar varios cientos de metros: un derrapaje y los equipos de rescate tendrían que sacar su cuerpo a trozos de los amasijos de la ranchera en las rocas de abajo.
La gente del lugar creía que estaba loco por haber comprado la concesión de la vieja mina El Paraíso, pues hacía mucho tiempo que su oro se había agotado. Sin embargo, nadie salvo tal vez algún banquero de Telluride habría podido imaginar que la inversión de Márquez llegase a convertirle en un hombre rico: muy sabiamente, había invertido los beneficios de la mina en propiedades inmobiliarias locales, y con el éxito de la estación de esquí había amasado casi dos millones de dólares.
A Márquez no le interesaba el oro; durante diez años había llevado a cabo prospecciones en todo el mundo en busca de piedras preciosas. En Montana, Nevada y Colorado había explorado las viejas minas abandonadas de oro y plata en busca de cristales minerales que pudiesen tallarse para obtener piedras preciosas. En el interior de un túnel de la mina El Paraíso descubrió una veta de cristales rosa en la que anteriormente los viejos mineros habían considerado carente de valor. La piedra en su estado natural, según las averiguaciones de Márquez, era rodocrosita, un cristal espectacular que se encuentra en diversas zonas del mundo en tonos rosáceos y rojo oscuro.
La rodocrosita rara vez se encuentra tallada o cortada en facetas: los cristales grandes son muy codiciados por los coleccionistas, quienes no desean verlos tallados en trozos pequeños. Las piedras limpias y transparentes procedentes de la mina El Paraíso que habían sido talladas en gemas perfectas de dieciocho quilates eran muy caras. Márquez sabía de sobras que podía retirarse y pasar el resto de su vida viviendo a cuerpo de rey, pero estaba decidido a seguir extrayendo las piedras del granito hasta que se agotasen.
Detuvo la desvencijada ranchera y salió del vehículo frente a una enorme puerta de hierro oxidada con cuatro cadenas cerradas por otros tantos candados. Con unas grandes llaves, los abrió y retiró las cadenas. A continuación empujó la puerta para abrirla. La luz de la luna penetró unos centímetros en un pozo inclinado y reveló un par de raíles que se prolongaban hacia la oscuridad.
Puso en marcha el motor colocado encima de un enorme generador portátil y acto seguido movió una palanca de una caja de empalme. El pozo quedó iluminado de repente por una serie de bombillas desnudas que jalonaban cien metros de galería, empequeñeciéndose paulatinamente hasta convertirse en diminutos destellos en la distancia. En los raíles había una vagoneta para el transporte de minerales. Parecía muy resistente y la única señal de desgaste era el óxido en los costados.
Márquez se encaramó a la vagoneta y pulsó un botón en un mando a distancia. La vagoneta empezó a deslizarse por los raíles. Adentrarse bajo tierra no era una experiencia apta para cardíacos ni claustrofóbicos, pues el reducido túnel apenas dejaba espacio para la vagoneta. Tablones de madera colocados como marcos de puerta aseguraban el bajo techo contra posibles derrumbes. Muchos travesaños estaban muy dañados, pero otros se mantenían en tan perfectas condiciones como el día en que habían sido colocados por los mineros, todos ellos fallecidos hacía mucho tiempo. La vagoneta descendió por el pozo a gran velocidad y se detuvo a unos 360 metros de profundidad, donde caía un reguero de agua filtrada por el techo del túnel.
Con su mochila y su cesto del almuerzo, Márquez bajó del vehículo y se aproximó a un pozo vertical que llegaba hasta la parte más profunda de la vieja mina El Paraíso, que estaba a 670 metros. Allí abajo, la galería y los pozos secundarios se extendían por el granito como los radios de una rueda. Según las viejas anotaciones y mapas subterráneos, debajo y alrededor de Pandora había casi 160 kilómetros de túneles.
Márquez arrojó una piedra a la oscuridad abismal. Al cabo de dos segundos la oyó chocar contra el agua. Poco después de que se cerrara la mina y se desconectase la estación de bombeo que había bajo la base de la montaña, los niveles inferiores se habían inundado. Con el tiempo, el nivel del agua había aumentado hasta llegar a menos de cinco metros del nivel de los 360 metros, donde Márquez trabajaba en la veta de rodocrosita. El lento incremento del agua, acelerado por una estación húmeda especialmente severa, indicaba que solo era cuestión de semanas para que alcanzase la boca del viejo pozo e inundase la galería principal, poniendo así punto final a las operaciones de extracción de gemas. Márquez había decidido emplearse a fondo para obtener la mayor cantidad de piedras en el escaso tiempo que le quedaba. Sus jornadas se hacían más largas a medida que luchaba por extraer los cristales rojos de la roca sin otra cosa que su pico de minero y una carretilla para transportar el mineral hasta la vagoneta.
Al adentrarse en el túnel, pasó junto a viejas vagonetas y barrenas herrumbrosas que los mineros habían abandonado al marcharse de la mina. Nadie había encontrado comprador para ese equipo, pues las minas de los alrededores también habían cerrado una a una por la misma época. Todas las herramientas quedaron arrinconadas y abandonadas en el mismo lugar donde habían sido utilizadas por última vez.
Tras recorrer 75 metros de túnel, se encontró con una estrecha grieta en la roca con la anchura justa para su cuerpo. A menos de diez metros de esa grieta se hallaba la veta de rodocrosita que estaba excavando. En el extremo de la cuerda que colgaba del techo de la hendidura, una bombilla se había fundido, por lo que la reemplazó por una de las que llevaba en la mochila. A continuación empezó a golpear con el pico la roca surcada de incrustaciones de piedra. De un tono rojizo en su estado natural, los cristales parecían cerezas confitadas en un pastel.
Un peligroso saliente de roca sobresalía justo encima de la grieta. Si quería seguir trabajando con la seguridad de que no iba a acabar aplastado por un desprendimiento, a Márquez no le quedaba más remedio que eliminarlo. Con un taladro portátil hizo un agujero en la roca y a continuación insertó una pequeña carga de dinamita que conectó a un detonador de mano. Tras desplazarse hasta el túnel principal doblando el recodo de la fisura, lo accionó. Un fuerte estruendo retumbó en las paredes, seguido por un desprendimiento de piedras y una capa de polvo que se extendió por la galería principal.
Márquez esperó unos minutos a que el polvo se aposentara antes de adentrarse con cuidado en la grieta natural. El saliente había desaparecido; convertido en un cúmulo de piedras sobre el estrecho suelo. Echó mano de la carretilla y empezó a retirar los escombros, arrojándolos a escasa distancia dentro del mismo túnel. Cuando hubo acabado de despejar la grieta, levantó la vista hacia arriba para asegurarse de que no quedaba ningún resto del saliente que pudiese resultar peligroso.
De pronto vio un agujero aparecido en el techo junto al filón de cristal. Enfocó con la luz del casco hacia arriba. El haz penetró en el agujero hasta lo que parecía una cámara interior. Azuzado por la curiosidad, recorrió cincuenta metros de túnel hasta encontrar los restos oxidados de una escalera de hierro de casi dos metros. Tras regresar al interior de la grieta, apoyó la escalera contra la pared, subió y retiró varias piedras de la boca del agujero para ensancharlo y poder colarse por él. A continuación metió el torso en el interior de la cámara y movió la cabeza, iluminando la oscuridad con la luz del casco.
Márquez se encontraba en el interior de una habitación excavada en la roca viva: parecía un cubo perfecto de cinco metros de lado. En las paredes lisas y pulidas había grabadas unas extrañas marcas: decididamente, aquello no era obra de los mineros del siglo XIX. En ese momento, bruscamente, el haz de luz se topó con un pedestal de piedra e iluminó el objeto que este sostenía.
Márquez se quedó paralizado al ver la silueta fantasmagórica de una calavera negra, cuyas cuencas vacías lo miraban fijamente.
2
El piloto ladeó el bimotor Beechcraft de la United Airlines alrededor de unas nubes de algodón e inició su descenso en dirección a la corta pista de aterrizaje de un risco del valle de San Miguel. A pesar de que ya había despegado y aterrizado en el minúsculo aeropuerto de Telluride un centenar de veces, seguía resultándole difícil concentrarse en hacer aterrizar la aeronave en lugar de quedarse absorto contemplando la increíble vista aérea de las espectaculares montañas de San Juan, coronadas por la nieve. La belleza serena de los picos y las laderas irregulares cubiertas por mantos de nieve bajo un vívido cielo azul era sencillamente un espectáculo impresionante.
Cuando el avión se hundió aún más en las entrañas del valle, las laderas de las montañas se irguieron con aire majestuoso e imponente a ambos lados. Parecían estar tan cerca que, por un momento, los pasajeros creyeron que las alas iban a rozar los chopos que poblaban los afloramientos rocosos. A continuación, el piloto accionó la palanca del tren de aterrizaje y al cabo de un minuto las ruedas chirriaron al posarse sobre la estrecha pista de asfalto.
El Beechcraft solo llevaba diecinueve pasajeros a bordo, por lo que el trámite de bajar del avión fue corto. Patricia O’Connell fue la última en pisar tierra. Siguiendo los consejos de amigos que habían estado allí para la práctica del esquí, había pedido un asiento en la parte posterior a fin de disf
