El tesoro del Khan (Dirk Pitt 19)

Clive Cussler

Fragmento

Índice

Índice

El tesoro del Khan

La tempestad del emperador

Rastros de una dinastía

Primera parte. Ola seca

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Segunda parte. El camino a Xanadú

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Capítulo 15

Capítulo 16

Capítulo 17

Capítulo 18

Capítulo 19

Capítulo 20

Capítulo 21

Capítulo 22

Capítulo 23

Capítulo 24

Capítulo 25

Capítulo 26

Capítulo 27

Capítulo 28

Capítulo 29

Capítulo 30

Capítulo 31

Capítulo 32

Tercera parte. Temblores

Capítulo 33

Capítulo 34

Capítulo 35

Capítulo 36

Capítulo 37

Capítulo 38

Capítulo 39

Capítulo 40

Capítulo 41

Capítulo 42

Capítulo 43

Capítulo 44

Capítulo 45

Capítulo 46

Capítulo 47

Capítulo 48

Capítulo 49

Capítulo 50

Capítulo 51

Capítulo 52

Capítulo 53

Capítulo 54

Capítulo 55

Capítulo 56

Capítulo 57

Capítulo 58

Capítulo 59

Capítulo 60

Capítulo 61

Capítulo 62

Capítulo 63

Un viaje al paraíso

Capítulo 64

Capítulo 65

Capítulo 66

Biografías

Notas

Créditos

Para Kerry, con mi amor

D.E.C.

LA TEMPESTAD DEL EMPERADOR

10 de agosto de 1281. Bahía de Hakata, Japón

Arik Temur oteó la oscuridad y ladeó la cabeza hacia la borda mientras el sonido de los remos hundiéndose en el agua se hacía más fuerte. Cuando el chapoteo sonó apenas a unos metros, se sumergió en las sombras y agachó la cabeza. Esta vez, pensó con siniestra expectación, los intrusos recibirían una calurosa bienvenida a bordo.

El ruido de los remos cesó, pero el entrechocar de la madera le dijo que el pequeño bote se había detenido junto a la popa del gran navío. La luna de medianoche no era más que un fino arco creciente; sin embargo, el límpido cielo aumentaba la claridad de las estrellas y bañaba el barco en una algodonosa luminosidad. Temur permaneció arrodillado y en silencio mientras observaba la oscura figura que trepaba por la popa, seguida por otra y otra más, hasta que hubo una docena de hombres en cubierta. Los intrusos vestían túnicas de seda multicolor bajo armaduras compuestas de varias capas de cuero que crujían al moverse; no obstante, lo que captó la atención de Temur fue el brillo de sus espadas de combate, los afilados catanes.

Con la trampa dispuesta y el anzuelo mordido, el comandante mongol se volvió hacia el muchacho que se hallaba junto a él y asintió. Inmediatamente, el chico empezó a hacer sonar la gran campana de bronce que sostenía entre sus brazos. El metálico repiqueteo hizo añicos la quietud de la noche.

Los intrusos, sorprendidos por la repentina alarma, se quedaron petrificados. Entonces, un ejército de treinta soldados surgió bruscamente de entre las sombras y, armados con lanzas de afiladas puntas de hierro, se lanzaron contra los invasores arrojándoselas con una furia mortal. La mitad de la partida de abordaje cayó en el acto, alcanzada por venablos que atravesaron sus armaduras. Los restantes desenvainaron las espadas e intentaron repeler el ataque, pero fueron rápidamente superados por los defensores. En cuestión de segundos, todos yacían muertos en la cubierta de la nave; todos menos uno.

Vestido con una túnica roja de seda bordada y un amplio pantalón con las perneras remetidas en sus botas de piel de oso, saltaba a la vista que no se trataba de ningún campesino recién alistado en el ejército. Con letal precisión y agilidad, sorprendió a sus atacantes dando media vuelta y arremetiendo contra ellos, desviando las lanzadas con diestros golpes de su espada. En un abrir y cerrar de ojos se acercó a tres de los soldados del barco y los abatió rápidamente de sendas estocadas; a uno de ellos casi lo cortó por la mitad de un solo tajo de su espada.

Observando aquel torbellino que diezmaba a sus tropas, Temur se puso en pie, desenvainó su arma y se lanzó hacia delante. El guerrero vio que Temur cargaba contra él y desvió hábilmente una lanzada antes de dar media vuelta y blandir su ensangrentada espada contra el mongol que se acercaba. El comandante había matado a más de veinte hombres a lo largo de su vida y esquivó sin dificultad la acometida. La punta de la hoja pasó a escasos centímetros de su pecho. Entonces, aprovechando el hueco, Temur alzó su espada y la clavó en el costado del guerrero. El hombre se puso rígido cuando el hierro atravesó su caja torácica y le traspasó el corazón; se inclinó hacia el mongol, inerme y con los ojos vueltos al cielo, y cayó muerto.

Los defensores prorrumpieron en gritos de victoria, que resonaron por toda la rada; de ese modo, el resto de la flota de invasión mongola allí reunida supo que el asalto nocturno había fracasado.

—¡Habéis luchado con bravura!— felicitó Temur a sus soldados, chinos en su mayoría, mientras se reunían junto a él—. Arrojad los cuerpos de estos japoneses al mar y limpiad de sangre la cubierta. Esta noche podremos dormir a salvo y con orgullo.

Mientras seguían los vítores, Temur se arrodilló junto al samurái y le quitó la espada de sus manos inertes. En la débil claridad de las linternas del barco estudió detenidamente el arma japonesa; admiró el fino trabajo de artesanía y la agudeza del filo, antes de enfundársela en el cinto con un gesto de satisfacción.

Mientras los cadáveres eran arrojados por la borda sin miramiento alguno, Yon, el severo capitán del barco, de origen coreano, se acercó a Temur.

—Buen combate —dijo sin expresar sentimiento alguno—, pero ¿cuántos ataques más contra mi barco voy a tener que soportar?

—La ofensiva terrestre volverá a cobrar impulso cuando llegue la flota del sur del Yangtsé. El enemigo no tardará en ser aplastado, y estas incursiones cesarán. Puede que la trampa que le hemos tendido esta noche lo desanime.

Yon soltó un gruñido de escepticismo.

—A estas alturas, mi nave y mi tripulación deberían estar de vuelta en Pusán. La invasión se está convirtiendo en un caos.

—Si bien es cierto que la llegada de ambas flotas tendría que haber estado mejor coordinada, no puede haber duda sobre el resultado final. La victoria será nuestra —repuso Temur con tozudez.

Mientras el capitán se alejaba meneando la cabeza, Temur maldijo por lo bajo. Verse obligado a contar para la batalla con un barco y una tripulación coreanos y con un ejército de soldados de infantería chinos era como tener las manos atadas a la espalda. Sabía que si conseguía llevar a tierra una división de caballería mongola, aquella isla nación quedaría sometida en una semana.

Pero desearlo no lo haría realidad, de modo que, a regañadientes, sopesó la verdad que encerraban las palabras del capitán. Lo cierto era que la invasión había empezado con mal pie y, de haber sido supersticioso, incluso podría haber llegado a pensar que alguna maldición pesaba sobre ella. Cuando Kublai, emperador de China y Khan de Khanes del imperio mongol, pidió a Japón que le rindiera tributo, y este se negó, lo natural fue que enviara una flota de invasión para acabar con tanta insolencia. Pero la flota enviada en 1274 resultó demasiado escasa. Antes de poder establecer una cabeza de playa segura, una fuerte galerna se abatió contra las naves y las diezmó mientras se encontraban ancladas.

En esos momentos, siete años más tarde, no iba a repetirse el mismo error. Kublai Khan había reunido una formidable fuerza de invasión combinando elementos de la flota oriental coreana con el principal grupo de batalla proveniente de China: la flota sur del Yangtsé. Más de ciento cincuenta mil soldados chinos y mongoles se reunirían en la isla de Kyushu, la más meridional de Japón, para aplastar a los señores de la guerra, la chusma que defendía el país. Sin embargo, la fuerza de invasión todavía debía consolidarse. La flota oriental que navegaba desde Corea había sido la primera en llegar. Deseosa de gloria, había intentado desembarcar sus tropas en la bahía de Hakata, pero no tardó en tropezar con dificultades. Enfrentada a una decidida defensa japonesa, se vio obligada a retirarse y esperar a que llegara la segunda flota.

Con creciente confianza, los guerreros japoneses empezaron entonces a llevar la lucha hasta las naves mongolas. Audaces cuadrillas a bordo de pequeños botes se deslizaban por la rada y asaltaban los anclados navíos de los invasores. Los macabros hallazgos de los cuerpos decapitados empezaron a contar la historia de los ataques de los guerreros samuráis, que se llevaban las cabezas de sus despedazadas víctimas como trofeo. Tras varias incursiones de ese tipo, la flota de invasión empezó a amarrar sus barcos unos a otros como medida de protección. La idea de Temur de dejar su barco aislado de los demás, en un extremo de la bahía para que actuara como cebo, había funcionado y llevado a la muerte al pelotón de abordaje japonés.

A pesar de que aquellos ataques nocturnos no causaban grandes daños desde el punto de vista estratégico, sí disminuían la moral de las tropas invasoras. Casi tres meses después de haber salido de Pusán, los soldados seguían a bordo de los abarrotados navíos coreanos, y los brotes de disentería empezaban a extenderse por toda la flota. A pesar de todo, Temur sabía que la llegada de los barcos del Yangtsé daría la vuelta a la situación. Tan pronto desembarcaran en masa, las experimentadas y disciplinadas fuerzas chinas derrotarían a los desorganizados guerreros samuráis. Pero, para lograrlo, tenían que llegar.

La mañana siguiente despertó limpia y soleada, con una fresca brisa que soplaba del sur. Desde la popa de su navío de apoyo mugun, el capitán Yon examinó los abarrotados lindes de la bahía de Hakata. La flota de barcos coreana era una visión impresionante por sí misma. Casi nueve mil embarcaciones de todo tipo y tamaño se extendían por la bahía. La mayoría eran panzudos y recios juncos, algunos pequeños, de no más de cinco metros; otros, como el de Yon, medían casi veinticinco. Prácticamente todos habían sido construidos a propósito para la invasión. Aun así, la Flota de Oriente, tal como se la conocía, quedaba pequeña al lado de las fuerzas que estaban por llegar.

A las tres y media de la tarde se oyó el aviso de un vigía; el clamor de gritos excitados junto con el retumbar de tambores resonó por toda la bahía. A lo lejos, en el mar, las primeras siluetas de la fuerza de invasión del sur aparecieron en el horizonte, arrastrándose hacia la costa japonesa. Hora a hora, las siluetas se multiplicaron y fueron aumentando en tamaño hasta que todo el mar quedó convertido en una masa de oscuros barcos de madera con velas de color rojo sangre. Más de tres mil naves con cien mil soldados a bordo surgieron por el estrecho de Corea formando una armada que no sería igualada hasta casi setecientos años después, durante la invasión de Normandía.

Las rojas velas de seda de la flota de guerra se agitaban en el horizonte como un turbión carmesí. Durante toda la tarde y hasta bien entrado el día siguiente, escuadra tras escuadra de juncos chinos se acercaron a la costa; se reunían en y alrededor de la bahía de Hakata mientras los comandantes militares calculaban el desembarco. Las banderas de señales fueron izadas en los buques insignias, donde los generales chinos y mongoles planeaban una nueva invasión.

Tras las defensas de sus diques marítimos, los japoneses contemplaron con horror la inmensa flota. La abrumadora contundencia del adversario pareció reforzar la determinación de algunos defensores. Otros observaron con desesperación y rezaron para que los dioses los ayudaran con alguna intervención divina. Hasta el más temerario de los samuráis reconoció que había escasas posibilidades de que sobrevivieran a tan demoledor asalto.

Pero, a miles de kilómetros hacia el sur, otra fuerza se hallaba en movimiento; una fuerza más poderosa aún que la flota de invasión del Gran Khan: una combinación de viento, lluvia y olas se fundía en una terrible masa de energía. La tempestad se había formado como hacen la mayoría de los tifones: en las cálidas aguas del Pacífico Occidental, cerca de Filipinas. La había desencadenado una tormenta aislada que había alterado el frente de altas presiones circundante haciendo que el aire caliente chocara con el frío. Tras absorber el aire caliente de la superficie del océano, los arremolinados vientos aumentaron hasta convertirse en una tempestad. Al desplazarse libremente por el mar, la tormenta fue cobrando intensidad hasta que sus vientos adquirieron una fuerza devastadora. Los vientos de superficie aumentaron más y más, hasta superar los doscientos cuarenta kilómetros por hora. Aquel súper tifón —como los llaman actualmente— se desplazó en línea recta hacia el norte antes de cambiar extrañamente de dirección hacia el noreste. En su camino se hallaban las islas meridionales de Japón y también la armada mongola.

Ante Kyushu, la flota de invasión estaba concentrada únicamente en la conquista. Ajena a la inminente tempestad, las dos escuadras se juntaron para un desembarco combinado.

—Tenemos órdenes de unirnos a las fuerzas que se despliegan en el sur —anunció el capitán Yon a Temur tras un intercambio de señales con otros barcos de la escuadra—. Fuerzas de avanzada han desembarcado ya y se han hecho con el control del puerto para que podamos descargar las tropas. Tenemos que seguir a una parte de la flota del Yangtsé fuera de la bahía de Hakata y prepararnos para desembarcar nuestros soldados como refuerzos.

—Será un alivio tener a mis hombres nuevamente en tierra firme —contestó Temur. Al igual que todos los mongoles, Temur era un guerrero de tierra acostumbrado a luchar a caballo. Atacar desde el mar era un concepto relativamente nuevo para los mongoles, una medida que el emperador había adoptado hacía pocos años como un medio necesario para subyugar Corea y el sur de China.

—Muy pronto tendrás tu oportunidad de luchar en tierra —contestó Yon mientras supervisaba el izado del ancla de piedra del barco.

A medida que seguía al cuerpo principal de la flota fuera de la bahía de Hakata y recorría la línea de la costa en dirección sur, Yon no dejaba de mirar con preocupación el cielo, que se oscurecía por el sur. Una única nube se fue haciendo más y más grande hasta que ensombreció todo el firmamento. A medida que caía la oscuridad, el viento y el mar empezaron a alterarse, y la lluvia a caer en rociones contra la nave. Muchos de los capitanes coreanos reconocieron las señales de la tempestad que se avecinaba y llevaron sus barcos mar adentro. Los marineros chinos, no tan experimentados en mar abierto, mantuvieron temerariamente sus posiciones cerca de la zona de desembarco.

Incapaz de dormir en su bamboleante litera, Temur subió al puente, donde encontró a ocho de sus hombres aferrados a la borda, enfermos por el mareo. La negra noche estaba salpicada por docenas de diminutas lucecitas que danzaban por encima de las olas, las pequeñas linternas que indicaban la presencia de las demás naves de la flota. Muchos de los barcos seguían amarrados los unos a los otros, y Temur observó que los racimos de luces subían y bajaban simultáneamente entre el oleaje.

—No podré llevar tus tropas a tierra —gritó Yon a Temur por encima del estruendo del viento—. La tormenta va en aumento. Tenemos que salir a mar abierto para evitar ser lanzados contra las rocas.

Temur no hizo ningún esfuerzo para contestar, se limitó a asentir con la cabeza. Aunque no había nada que deseara tanto como sacar a sus soldados y a sí mismo de aquel barco que no dejaba de dar bandazos, era consciente de la locura que supondría intentarlo. Yon estaba en lo cierto. Por muy desagradable que fuera la idea, no había más remedio que capear el temporal.

Yon ordenó que izaran la vela al tercio en el trinquete y viró proa hacia poniente. Dando fuertes cabezadas en el agitado mar, la robusta nave empezó a alejarse de la costa.

Alrededor del barco de Yon, la confusión reinaba entre la flota. Varios barcos chinos habían intentado llevar sus tropas a tierra a pesar del temporal, aunque en su mayoría seguían anclados a poca distancia. Algunos navíos, principalmente coreanos, siguieron al de Yon y empezaron a dirigirse mar adentro. Pocos estaban dispuestos a creer que un nuevo tifón pudiera dañar la flota como ya había ocurrido en 1274. Los escépticos no iban a tardar en verse desengañados.

El súper tifón aumentó en intensidad y se acercó aún más, llevando con él torrentes de lluvia y viento. Poco después del amanecer, el cielo se tornó negro, y la tempestad descargó con toda su furia. Impulsado por la galerna, el torrencial aguacero caía casi horizontalmente, y sus enormes gotas chocaban con la fuerza suficiente para desgarrar las velas de la indefensa flota. Las olas rompían contra la costa con mazazos atronadores que se escuchaban a kilómetros de distancia. Acompañado de vientos que superaban la escala 4 de los huracanes, el súper tifón se abatió finalmente sobre Kyushu.

En tierra, los defensores japoneses tuvieron que enfrentarse a muros de agua de tres metros de altura que barrieron la costa e inundaron casas, pueblos y sistemas defensivos, al tiempo que ahogaban a cientos de personas. Vientos devastadores arrancaron de raíz árboles centenarios y llenaron el aire de letales proyectiles. En las zonas interiores, el implacable diluvio derramó trescientos litros por metro cuadrado en una hora; anegó valles y desbordó ríos. Repentinos corrimientos de tierra mataron a incontables isleños, tras enterrar pueblos y aldeas enteras en cuestión de segundos.

Pero la tempestad en tierra no fue nada en comparación con la furia que se desató en el mar contra la flota mongola. Además de los brutales vientos y la perforante lluvia, llegaron monstruosas olas empujadas por la ira de la tormenta. Montañas de agua en movimiento rodearon la flota de invasión, hicieron zozobrar numerosos navíos y redujeron a astillas a muchos más. Los anclados cerca de la costa fueron empujados irremediablemente contra las rocas, donde se hicieron añicos. Las cuadernas se desencajaron y las tablazones se partieron ante la fuerza de las olas; docenas de naves se desintegraron sin más en el enfurecido mar. En la bahía de Hakata, los barcos que seguían abarloados fueron sacudidos sin piedad, y cuando uno de ellos se hundía se llevaba al resto con él hasta el fondo como una hilera de fichas de dominó. Encerrados en las naves que se hundían como el plomo, las tripulaciones y los soldados tuvieron una muerte rápida. Los que lograron escapar hasta la violenta superficie no tardaron en ahogarse, ya que pocos de ellos sabían nadar.

A bordo del mugun coreano, Temur y sus hombres se aferraban desesperadamente al barco mientras este era zarandeado de un lado a otro igual que un corcho dentro de una lavadora.

Yon condujo expertamente la nave entre los dientes de la tormenta luchando para mantener la proa contra las olas. En varias ocasiones, el barco escoró hasta tal punto que Yon creyó que zozobraría; sin embargo, allí estaba él al timón, con una sonrisa de determinación en su lucha contra los elementos mientras se adrizaba. De repente, apareció una monstruosa ola de doce metros de entre la oscuridad que hizo palidecer al capitán.

La descomunal muralla de agua se abatió sobre ellos con un ensordecedor estruendo. La ola rompiente barrió el barco igual que una avalancha y lo enterró entre espuma y rociones. Durante varios segundos, la nave coreana desapareció bajo las furiosas aguas. Los hombres que se hallaban bajo cubierta notaron que se les encogía el estómago por la fuerza de la inmersión pero, curiosamente, se dieron cuenta de que el bramido del viento desaparecía mientras todo se oscurecía. Según las predicciones, el barco de madera tendría que haber quedado reducido a pedazos por el impacto de la ola; sin embargo, la valiente embarcación aguantó. Mientras la ola gigante pasaba, la nave surgió de las profundidades como una aparición y siguió navegando en el frenético mar.

Temur salió despedido al otro lado del puente durante la inmersión y a duras penas pudo aferrarse al peldaño de una escalerilla mientras el agua lo cubría. Jadeó en busca de aire cuando el barco salió a la superficie y se quedó consternado al ver que los dos mástiles de la nave habían sido arrancados. Tras él sonó un angustiado grito desde el agua; se dio cuenta con horror de que Yon y otros cinco marineros coreanos habían sido barridos de la cubierta junto con un puñado de sus soldados. Un coro de aterrorizados gritos cruzó momentáneamente el aire antes de ser arrastrado por el aullido del viento. Por el rabillo del ojo, Temur alcanzó a ver al capitán y a los hombres forcejeando en el agua, pero no pudo hacer otra cosa que contemplar con impotencia cómo una enorme ola se los llevaba.

Sin mástiles ni tripulación, el barco se hallaba completamente a merced de la tempestad. Cabeceando y dando bandazos, castigado e inundado por las terribles olas, la nave tuvo innumerables ocasiones para hundirse, pero su sencilla y robusta construcción la mantuvo a flote mientras cientos de barcos chinos a su alrededor desaparecían en las profundidades.

Tras varias intensas horas de zarandeos, los vientos amainaron lentamente, y la brutal lluvia cesó. Durante un breve instante salió el sol. Temur llegó a creer que la tormenta había cesado. Pero no era más que el ojo del huracán que pasaba, ofreciendo un pasajero respiro antes de empezar de nuevo. Bajo cubierta, Temur encontró a dos marineros que seguían a bordo y los obligó a maniobrar el barco. Mientras el viento arreciaba de nuevo y la lluvia volvía a caer, Temur y los dos marineros se fueron turnando al timón para enfrentarse al mortífero mar.

Sin tener ni idea de su posición ni de la dirección en que navegaban, los hombres se concentraron valientemente en la tarea de mantener a flote la embarcación. Ignorando que en esos momentos estaban bajo los vientos ciclónicos que llegaban desde el norte, fueron velozmente empujados a través del mar abierto hacia el sur. La mayor fuerza del tifón había descargado en Kyushu, de modo que no fue tan duro como antes. Aun así, rachas de viento de ciento treinta kilómetros por hora siguieron azotando y maltratando el barco. Cegado por la violenta lluvia, Temur no tenía idea de qué rumbo llevaban. El barco estuvo a punto de embarrancar en varias ocasiones contra islas, bajíos o arrecifes que resultaban invisibles en la penumbra impuesta por la tormenta. Pero, milagrosamente, el barco resistió; los hombres de a bordo nunca llegaron a saber lo cerca que habían estado de la muerte.

El tifón arreció durante varios días antes de empezar a perder gradualmente su energía y de que la lluvia y el viento se convirtieran en una ligera borrasca. El mugun coreano, maltrecho y lleno de vías de agua, aguantó y se mantuvo a flote con tozudo orgullo. A pesar de que el capitán y la tripulación habían desaparecido, y el barco no era más que un derrelicto, habían sobrevivido a todo lo que la tempestad les había sometido. Una extraña sensación de que se hallaban en manos de la suerte y el destino se apoderó de ellos a medida que las aguas se iban calmando.

El resto de la escuadra mongola de invasión no tuvo tanta suerte y acabó brutalmente destrozada por el tifón asesino. Prácticamente toda la flota del Yangtsé se hundió bajo las arboladas olas o despedazada contra las rocas de la costa. Un confuso amasijo de maderos, fragmentos de los enormes juncos chinos, de los barcos de guerra coreanos y de las barcazas de remos se amontonaba en las orillas. En el agua, hacía ya mucho que los gritos de los moribundos se habían desvanecido, arrastrados por el viento. La mayoría de los soldados, lastrados por sus pesadas armaduras de cuero, se habían hundido hasta el fondo nada más caer al agua. Los que habían conseguido mantenerse a flote a pesar del pánico habían fallecido por las feroces e incesantes arremetidas de las olas. Los escasos afortunados que llegaron arrastrándose hasta la orilla fueron rápidamente rematados por las patrullas de guerreros samuráis que recorrían la costa. Tras la tormenta, los cadáveres se amontonaban en las playas como leña apilada, y el horizonte de Kyushu estaba hasta tal punto lleno de restos flotantes del naufragio que se dijo que un hombre podía cruzar el golfo de Imari sobre ellos y no mojarse los pies.

Lo que quedó de la flota de invasión regresó como pudo a Corea y China llevando con ella la increíble noticia de que la madre naturaleza había desbaratado nuevamente los planes de conquista de los mongoles. Para Kublai fue una derrota sin paliativos; para los mongoles constituyó la peor catástrofe desde el reinado de Gengis Khan, y demostró al resto del mundo que las fuerzas del gran imperio estaban lejos de ser invencibles.

Para los japoneses, la llegada del letal tifón fue un milagro. A pesar de la destrucción que se abatió sobre la isla de Kyushu, se consiguió evitar la conquista, y las fuerzas invasoras fueron derrotadas. Muchos creyeron que ello se debía a las incesantes plegarias elevadas a la Diosa del Sol en el templo de Ise. Había prevalecido la intervención divina, señal inequívoca de que Japón contaba con la protección de los cielos para derrotar a cualquier invasor extranjero. Tan poderosa fue la creencia en el kami kaze —o «viento divino», como se lo llamó— que perduró en la historia del país durante siglos hasta su reaparición como nombre de guerra de los pilotos suicidas al final de la Segunda Guerra Mundial.

A bordo del barco coreano que transportaba las tropas, Temur y los demás supervivientes desconocían por completo la devastación sufrida por la flota de invasión. Empujados a mar abierto, dieron por hecho que la flota se reagruparía una vez pasada la tempestad y proseguiría con los planes de desembarco.

—Tenemos que reunirnos con la flota —comunicó Temur a los hombres—. El emperador espera nuestra victoria, y nosotros debemos cumplir con nuestro deber.

Solo había un problema: después de tres días y tres noches de tormenta, zarandeados de un lado a otro, sin mástiles ni velas, no tenían forma de saber dónde se encontraban. El tiempo se había despejado, pero no avistaban otros barcos, y lo que para Temur era todavía peor: a bordo no había nadie capaz de tripular un barco en alta mar. Los dos marineros coreanos que habían sobrevivido eran el cocinero y el anciano carpintero de la nave, y ninguno poseía conocimientos de navegación.

—Japón debe de estar hacia el este —consultó Temur con el carpintero—. Construye un mástil y unas velas nuevas y utilizaremos el sol y las estrellas para orientarnos hasta que divisemos tierra y encontremos la flota de invasión.

El viejo carpintero arguyó que la nave no estaba en condiciones de navegar.

—Está muy maltrecha y hace agua por todas partes —protestó—. Debemos navegar hacia el norte, hacia Corea, si queremos salvar la vida.

Pero Temur no quiso saber nada. Se construyó un mástil de emergencia y se izaron unas improvisadas velas. Con renovada determinación, el soldado mongol convertido en marinero guió el renqueante navío hacia el horizonte de levante, ansioso por llegar a la costa y unirse a la batalla.

Pasaron dos días, y todo lo que Temur y sus hombres vieron fue mar. El archipiélago japonés nunca se materializó. La idea de cambiar de rumbo quedó descartada cuando una nueva tormenta los alcanzó desde el sudoeste. Aunque menos fuerte que la anterior, el frente de la tormenta tropical era más amplio y se desplazaba con mayor lentitud. Durante cinco días, el transporte de tropas batalló contra fuertes vientos y duros oleajes que lo dejaron aún más malparado. La nave parecía estar llegando a su límite. El mástil de emergencia y las improvisadas velas se perdieron nuevamente mientras que las vías de agua del casco mantuvieron al desdichado carpintero ocupado las veinticuatro horas del día. Pero hubo algo peor: todo el timón se desprendió. Se llevó a dos de los soldados de Temur que se aferraron a él en un vano intento de salvar la vida.

Cuando parecía que el barco ya no aguantaba más, pasó otra tormenta sin causar más daños. Al final, el tiempo mejoró, pero los supervivientes estaban más angustiados que nunca. Llevaban una semana sin ver tierra, y tanto el agua como las provisiones empezaban a escasear. Los hombres rogaron a Temur que se dirigiera hacia China, pero los vientos dominantes y las corrientes sumadas a la falta de timón lo hacían imposible. El solitario barco se hallaba abandonado en medio del océano, sin marcaciones, sin instrumentos de navegación y con escasos medios de seguir un rumbo.

A medida que las horas se convertían en días, y los días en semanas, Temur perdió la noción del tiempo. Con las provisiones agotadas, la débil tripulación tuvo que recurrir a pescar para alimentarse y a recoger agua de lluvia para beber. El tiempo encapotado dio paso a cielos despejados y a un sol radiante. Al amainar el viento, la temperatura subió. El barco y la tripulación languidecieron mientras vagaban sin rumbo, empujados por ligeras brisas en un mar en calma. La sombra de la muerte no tardó en cernirse sobre la nave. Cada amanecer llevaba el hallazgo de un nuevo cadáver; la hambrienta tripulación fallecía durante la noche. Temur contemplaba a sus demacrados soldados con un sentimiento de deshonor; en lugar de morir en combate, su destino parecía ser el de perecer de inanición en medio de un océano vacío, lejos del hogar.

Mientras los hombres dormitaban a su alrededor bajo el sol de mediodía, un súbito griterío surgió en el costado de babor de la nave.

—¡Es un pájaro! —gritó alguien—. ¡Intentad matarlo!

Temur se puso en pie rápidamente y vio a tres hombres que intentaban rodear una gran gaviota de oscuro pico. El pájaro caminaba torpemente por cubierta mientras miraba con desconfianza a los hambrientos hombres. Uno de ellos agarró un mazo de madera con su flaca y curtida mano y lo arrojó contra el ave con la esperanza de matarla o aturdirla. La gaviota esquivó ágilmente el mazo y, con un fuerte graznido, batió alas y se alzó perezosamente en el cielo. Mientras los decepcionados hombres mascullaban, Temur observó la gaviota y la siguió con la mirada mientras volaba hacia el sur y desparecía en el horizonte. Entrecerrando los ojos para intentar ver mejor la línea azul donde se fundían el cielo y la tierra, arqueó una ceja. Volvió a mirar forzando la vista todo lo posible y se tensó cuando sus ojos creyeron distinguir una pequeña protuberancia en el horizonte. Luego, su nariz se unió a la fantasía. Temur creyó oler algo. El húmedo y salobre aire al que sus pulmones se habían acostumbrado tenía en esos momentos un aroma distinto. Una fragancia dulce y ligeramente floral acarició su nariz. Respiró hondo y se aclaró la garganta antes de gritar a los hombres del puente:

—¡Tierra a la vista! —dijo con voz ronca mientras señalaba la dirección de la gaviota—. ¡Que todos los hombres que se encuentren en condiciones ayuden a que lleguemos allí!

La exhausta y demacrada tripulación cobró vida ante aquellas palabras. Tras fijar sus ojos en un lejano punto del horizonte, los hombres hicieron acopio de fuerzas y se pusieron manos a la obra. Cortaron una sección de la cubierta y la echaron por la popa donde, tras sujetarla con unos cabos, serviría de improvisado timón. Mientras tres hombres lo manejaban para hacer girar el barco, el resto se lanzó a remar. Tablas, mangos de herramientas y hasta espadas sirvieron de rudimentarios remos en una desesperada lucha por llevar a tierra al maltrecho navío.

Lentamente, el punto se fue haciendo más grande hasta que se convirtió en una reverberante isla esmeralda, con su pico montañoso. Al aproximarse al litoral descubrieron que un fuerte oleaje rompía contra una escarpada y rocosa orilla que se alzaba verticalmente. En un momento de pánico, el barco quedó atrapado en una corriente cruzada que lo arrastró hacia una ensenada rodeada de afilados peñascos.

—¡Rocas al frente! —gritó el anciano carpintero con los ojos fijos en las protuberancias que se veían por la proa.

—¡Todos los hombres al costado de babor! —gritó Temur mientras se aproximaban al oscuro muro de piedra.

La media docena de hombres que se hallaban a estribor corrieron al otro lado y se pusieron a batir el agua furiosamente con sus improvisados remos. En el último segundo, una ola apartó la proa de las rocas, y los hombres contuvieron la respiración mientras el costado de babor del casco rozaba una hilera de rocas sumergidas. El chirrido cesó, y los hombres comprendieron que la tablazón había aguantado una vez más.

—¡Aquí no se puede desembarcar! —gritó el carpintero—. ¡Hemos de dar media vuelta y salir a mar abierto!

Temur observó el imponente acantilado que se alzaba desde el mar. Ante ellos se extendía una muralla de piedra negra y gris interrumpida solamente por la oscura boca de una cueva excavada al nivel del agua.

—¡Haced virar la proa y remad! —gritó—. ¡Volved a remar!

Hendiendo el agua, los agotados soldados consiguieron apartar el barco de las rocas y alejarlo de la ensenada. Siguieron a lo largo de la costa hasta que, al cabo de un rato, vieron que su relieve se suavizaba. Al fin, el carpintero gritó las palabras que todos esperaban oír.

—¡Podemos desembarcar allí! —anunció señalando una amplia ensenada que se abría en el litoral.

Temur asintió, y los hombres guiaron la embarcación hacia el lugar con las últimas energías de sus débiles extremidades. Entraron remando en la ensenada y se dirigieron hacia una playa de arena hasta que el sucio casco embarrancó a escasos metros de la arena.

Los hombres, exhaustos, estaban demasiado agotados para saltar del barco. Temur cogió su espada y llegó a tierra firme acompañado de otros cinco hombres para ir en busca de agua y alimentos. Siguiendo el sonido de una corriente de agua, se abrieron paso a machetazos a través de una espesura de tupidos y altos helechos; tras ella hallaron una laguna de agua dulce alimentada por una cascada que caía desde una protuberancia rocosa. Llenos de júbilo, Temur y sus hombres se lanzaron de cabeza al lago y bebieron la fresca agua a grandes tragos.

Sin embargo, su alegría duró poco porque un repentino retumbar rompió el silencio. Era el batir del timbal del barco que llamaba al combate. Temur se puso ágilmente en pie y llamó inmediatamente a sus hombres.

—¡Volvamos al barco! ¡Ya!

Sin esperar a que sus hombres lo siguieran, se lanzó corriendo en dirección a la nave. Fuera cual fuera el dolor o el agotamiento que sus piernas hubieran sentido antes, se había desvanecido tras beber agua y por la inyección de adrenalina que fluía en sus venas. Corriendo a través de la espesura, oyó que el sonido del timbal iba en aumento a medida que se acercaba hasta que, por fin, atravesó un grupo de palmeras y salió a la playa.

Los veteranos ojos del soldado examinaron rápidamente las aguas circundantes y enseguida localizaron la causa de la alarma: una canoa, que ya había recorrido media ensenada, navegaba hacia el varado navío. A bordo, media docena de musculosos hombres con el torso desnudo remaban rítmicamente con sus palas de madera empujando la canoa hacia la orilla. Temur reparó en que la piel de aquellos individuos era de color broncíneo, y que la mayoría de ellos tenían el pelo oscuro, rizado y más corto que él. Varios llevaban collares de los que pendían huesos en forma de gancho.

—¿Cuáles son tus órdenes, señor? —preguntó el flaco soldado que había estado batiendo el timbal.

Temur, sabedor de que incluso un harén de viejas doncellas sería capaz de vencer a sus hombres en aquel lamentable estado, vaciló antes de contestar.

—Armaos con lanzas —ordenó sin alterarse—, y formad una línea defensiva detrás de mí, en la playa.

Los soldados supervivientes saltaron del barco y corrieron a tierra, donde formaron una línea tras Temur armados con las pocas lanzas que habían quedado a bordo. Al lamentable grupo no le quedaban muchas fuerzas, pero Temur sabía que morirían luchando por él si era necesario. Palpó la empuñadura de la espada samurái que llevaba al cinto y se preguntó si caería con aquella hoja en la mano.

La canoa siguió avanzando hacia los hombres de la playa; los remeros iban en silencio mientras la empujaban hacia la orilla. Cuando la proa se hundió en la arena, donde morían las olas, sus ocupantes saltaron a tierra y la arrastraron rápidamente fuera del agua. Luego, se quedaron de pie, junto a la embarcación. Durante unos segundos, ambos grupos se miraron fijamente. Por fin, uno de los hombres de la canoa se adelantó y se plantó ante Temur. Era bajo —no medía más de metro cincuenta— y más mayor que el resto, con el largo cabello blanco sujeto en una cola de caballo por una tira de corteza de árbol. Alrededor del cuello llevaba una ristra de dientes de tiburón y sujetaba un bastón de retorcida madera. Sus oscuros ojos brillaban, y sonrió abiertamente al mongol mostrándole una torcida colección de blancos dientes. Habló rápidamente en un lenguaje melodioso para expresar lo que pareció una bienvenida desprovista de cualquier hostilidad. Temur se limitó a asentir ligeramente sin apartar la vista de los demás hombres de la canoa. El anciano parloteó durante unos instantes; luego, volvió a la embarcación y metió la mano en su interior.

Temur aferró con más fuerza la espada japonesa y lanzó a sus soldados una mirada de advertencia. Sin embargo, se relajó al ver que el otro hombre levantaba un atún de unos quince kilos. Los demás nativos sacaron de la barca más pescado y marisco que llevaban en cestos de mimbre y los depositaron a los pies de los hombres de Temur. Los hambrientos soldados esperaron ansiosamente la señal de permiso de su comandante y después se lanzaron vorazmente sobre la comida mientras sonreían en señal de agradecimiento a sus anfitriones nativos. El anciano se acercó a Temur y le ofreció un trago de agua de un odre de cerdo.

Habiendo establecido una mutua confianza, los nativos señalaron en dirección a la espesura e hicieron gestos a los náufragos para que fueran tras ellos. Tras abandonar el barco a su pesar, Temur y sus hombres los siguieron a través de la jungla y caminaron un par de kilómetros antes de desembocar en un pequeño claro. Varias docenas de chozas con el techo de palma rodeaban un cercado donde unos cuantos pollos jugueteaban con unos cerdos. Al otro lado del claro, una choza mayor y de techo más alto servía de vivienda al jefe del poblado. Temur se sorprendió al saber que este no era otro que el anciano de blancos cabellos.

Algunos habitantes del poblado se quedaron mirando boquiabiertos a los recién llegados mientras el resto preparaba apresuradamente un festín; los guerreros asiáticos estaban siendo recibidos en la comunidad con grandes honores. El barco, la ropa y las armas de aquellos extranjeros evidenciaban su gran sabiduría, de modo que los nativos los habían convertido en sus nuevos aliados contra potenciales enemigos. Por su parte, los soldados chinos y coreanos estaban demasiado contentos de seguir con vida y aceptaron gustosamente el ofrecimiento de comida, abrigo y compañía femenina que les brindaron los amistosos lugareños. Solo Temur recibió tanta hospitalidad con reservas. Mientras masticaba un pedazo de abalón a la parrilla junto al jefe del poblado, y sus hombres disfrutaban de un momento agradable por primera vez en muchos días, se preguntó si algún día volvería a ver Mongolia.

Durante las semanas que siguieron, los hombres de la fuerza de invasión mongola se asentaron definitivamente en el poblado y poco a poco se introdujeron en la comunidad. Al principio, Temur no quiso dormir en la aldea y prefirió hacerlo en el barco, que empezaba a pudrirse. Solo cuando las castigadas cuadernas y baos cedieron, y los maltrechos restos de la nave se deslizaron al fondo de la ensenada, regresó a regañadientes a la aldea.

El recuerdo de su esposa y sus cuatro hijos bailaba en su cabeza; pero, con el barco hundido, Temur empezó a abandonar toda esperanza de regresar a su hogar. Sus hombres, que veían su nueva situación mucho más preferible a su inhóspita vida en China como soldados del emperador mongol, habían aceptado con gusto la nueva vida en aquel rincón tropical. Pero Temur no podía aceptar aquella actitud. El comandante mongol era un fiel sirviente del Khan y sabía que era su deber regresar al servicio del emperador a la primera oportu

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