El largo adiós (Philip Marlowe 6)

Raymond Chandler

Fragmento

cap-1

1

La primera vez que vi a Terry Lennox él estaba borracho en un Rolls-Royce modelo Silver Wraith delante de la terraza de The Dancers. El empleado del aparcamiento había sacado el coche y mantenía abierta la puerta, porque el pie izquierdo de Terry Lennox seguía colgando fuera como si se hubiera olvidado de que era suyo. Tenía un rostro juvenil, pero el pelo de un blanco marfileño. Sus ojos denotaban que llevaba demasiado alcohol en el cuerpo, pero por lo demás conservaba la misma apariencia que cualquier otro jovenzuelo en traje de etiqueta que se ha gastado demasiado dinero en un sitio que no existe más que para eso.

A su lado había una chica. Su pelo desprendía encantadores destellos color rojo oscuro, en sus labios había una sonrisa distante y sobre los hombros llevaba un visón azul que casi hacía que el Rolls-Royce pareciera un coche cualquiera. Casi. Nada lo logra.

El aparcacoches era el típico tipo más o menos duro, con una chaqueta blanca con el nombre del restaurante bordado en rojo en el bolsillo. Empezaba a hartarse.

—Oiga, señor —dijo con un toque de hostilidad en la voz—, ¿le importaría meter el pie dentro del coche para que pueda cerrar la puerta? ¿O quiere que la abra del todo para que usted se caiga?

La chica le lanzó una mirada que debería haberlo atravesado y haberle salido al menos diez centímetros por la espalda. Pero el tipo ni se inmutó. A The Dancers acude gente que hace que uno pierda la esperanza en la capacidad que tiene el dinero para mejorar a una persona.

Un deportivo descapotable, de fabricación extranjera y carrocería baja, se deslizó en el aparcamiento. Del coche salió un hombre que encendió un cigarrillo extralargo con el encendedor del salpicadero. Vestía un polo a cuadros de manga corta, unos pantalones amarillos y unas botas de montar. Echó a andar dejando una estela de humo y ni siquiera se molestó en mirar hacia el Rolls-Royce. Probablemente lo consideraba anticuado. Al pie de la escalera que llevaba a la terraza, se detuvo para ajustarse el monóculo.

—Tengo una gran idea, cariño —dijo la chica, de repente encantadora—: ¿por qué no dejamos este coche en tu casa y cogemos el descapotable? Hace una noche preciosa para dar un paseo por la costa hasta Montecito. Tengo unos amigos que dan un baile allí, junto a la piscina.

—No sabes cuánto lo siento, pero ya no tengo el descapotable —se disculpó cortésmente el joven del cabello blanco—, me vi obligado a venderlo.

Por su voz y su forma de articular las palabras, nadie habría supuesto que había tomado algo más fuerte que zumo de naranja.

—¿Que lo has vendido, cariño? ¿Qué quieres decir?

La chica se desplazó en el asiento apartándose de él, y su voz se alejó a una distancia mucho mayor.

—Quiero decir que tuve que hacerlo —respondió el hombre—. Para comer.

—Vaya, ya veo.

Si en ese instante hubiera caído una cucharada de helado sobre la piel de la chica, no se habría derretido.

El joven de cabello blanco acababa de entrar en el radio de acción del aparcacoches: en el segmento de población de ingresos precarios.

—Oye, tío —le dijo—, tengo que sacar un coche. Te veré en otro momento. Quizá.

Dejó que la puerta se abriera del todo. Al instante el borracho se deslizó del asiento y quedó sentado sobre el asfalto. Fue entonces cuando decidí hacer una buena acción y considero que meterse con un borracho es siempre un error. Aunque te conozca y le caigas bien, se puede mosquear y romperte los dientes. Lo agarré por debajo de los brazos y lo ayudé a ponerse en pie.

—Se lo agradezco mucho —me dijo en un tono educado.

La chica se deslizó tras el volante.

—Cuando se emborracha, se pone tan malditamente inglés... —comentó con voz de acero inoxidable—. Gracias por echarle una mano.

—Lo meteré en el asiento de atrás —sugerí.

—Lo siento muchísimo. Llego tarde a un compromiso. —Puso la primera y el Rolls comenzó a moverse—. No es más que un perro abandonado —añadió con una sonrisa fría—. ¿Por qué no le busca un hogar? Está muy bien enseñado. Bueno, más o menos.

Y el Rolls siguió avanzando por el camino de salida hacia Sunset Boulevard, giró a la derecha y desapareció. Cuando el aparcacoches regresó, yo seguía mirando hacia el lugar por donde se había ido. Y aún sostenía erguido al hombre, que se había quedado profundamente dormido.

—Bueno, es una manera de resolver el problema —le dije al de la chaqueta blanca.

—Desde luego —respondió con cinismo—. ¿Por qué iba a desperdiciarlo todo con un borracho? Esas curvas, ese cuerpazo.

—¿Lo conoce?

—Oí que la chica lo llamaba Terry. Por lo demás, no lo conozco de nada. Aunque solo llevo aquí dos semanas.

—¿Me trae mi coche? —le pedí, y le di el resguardo.

Para cuando llegó mi Oldsmobile, me sentía como si estuviera cargando un saco de plomo. El de la chaqueta blanca me ayudó a acomodarlo en el asiento del copiloto. El joven abrió un ojo, nos dio las gracias y volvió a dormirse.

—Es el borracho más cortés que he visto en mi vida —le comenté al aparcacoches.

—Los fabrican en todas las tallas y modelos, y con todo tipo de modales —dijo—. Y todos son unos pobres diablos. A este parece que le hicieron la cirugía plástica.

—Ya.

Le puse un dólar en la mano y me dio las gracias. Tenía razón en lo de la cirugía plástica. El lado derecho del rostro de mi nuevo amigo estaba rígido y blancuzco, lleno de cicatrices finas y tenues. Alrededor de las cicatrices, la piel tenía un aspecto lustroso. Un trabajo de cirugía plástica, y drástico.

—¿Qué va a hacer con él?

—Llevármelo a casa y darle café hasta que esté en condiciones de decirme dónde vive.

El de la chaqueta blanca me guiñó un ojo.

—Vale, amigo. Si yo estuviera en su lugar, lo tiraría en la cuneta y me largaría. Estos borrachos asquerosos no traen más que problemas. Yo tengo mi filosofía sobre estos asuntos. Tal como están las cosas hoy en día, con tanta competencia, uno tiene que reservar las fuerzas para defenderse en el cuerpo a cuerpo.

—Ya veo que ha llegado usted muy lejos con esa filosofía —le repliqué.

Me miró con desconcierto y, acto seguido, comenzó a mosquearse, pero yo ya estaba dentro del coche y en marcha.

Claro que tenía razón en parte. Terry Lennox me causó muchísimos problemas. Pero, al fin y al cabo, ese es mi trabajo.

Aquel año yo vivía en una casa de Yucca Avenue, en el distrito de Laurel Canyon. Era una pequeña casa en la ladera de una colina, en una calle sin salida flanqueada por eucaliptos, con un largo tramo de escalones de secuoya que llevaba a la puerta de entrada. Estaba amueblada y pertenecía a una mujer que se había marchado a Idaho a vivir una temporada con su hija viuda. El alquiler era bajo, en parte porque la dueña quería tener la posibilidad de volver sin avisar con mucha antelación, y en parte debido a los escalones. Estaba envejeciendo demasiado como para enfrentarse a ellos cada vez que regresaba a casa.

Quién sabe cómo logré llevar al borracho hasta arriba. Él estaba dispuesto a colaborar, pero sus piernas parecían de goma y se quedaba dormido a mitad de cada disculpa. Abrí la puerta, lo arrastré de

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