Índice
Nota de los editores
El testimonio de Yarfoz
Nota del editor
Introducción
I. Mi pueblo los Grágidos
II. Tenía Nébride treinta y siete años
III. La carta decía así
IV. ¡Cuántas veces he vuelto a leer
V. Era una gran extensión de tierra
VI. Cuarenta y dos días tardamos
VII. Dormíamos muchas noches
VIII. Este fue el modo, pues, en que entré
IX. Acudió Arriasco a Ordimbrod
X. Habíamos remontado caño por caño
XI. Dormíamos, pues, como he dicho
XII. La orilla del Dul opuesta al almarjal
XIII. Cuando, por fin, a la siguiente noche
XIV. Ya su abuelo Arriasco solía amonestarle
XV. Con aquella visita
XVI. «¡Oh, Nébride! —dijo Acranio—
XVII. La enorme impresión que el discurso
XVIII. Al día siguiente supimos de la muerte
XIX. Nébride había dejado de mirar
XX. Hay que decir primero por qué
XXI. Subimos, pues, por Yirigred
XXII. Algún tiempo después me llegaron noticias
XXIII. Cuando, una semana después, bajé
XXIV. Entramos, pues, entre los Iscobascos
XXV. Los Iscobascos sabían muy bien
XXVI. «Mi huésped —decía el rey—
XXVII. En cuanto a su relación
XXVIII. Con el rey de los Iscobascos
XXIX. Del llamado «Camino de los Iscobascos»
XXX. Más de cuatro horas
XXXI. «Así es —dijo Nébride
XXXII. Al tomar, pues, la calzada
XXXIII. Al día siguiente nos dispusimos
XXXIV. Noté que Vandren me tiraba
XXXV. Mientras seguíamos nuestro camino
XXXVI. Era Irra tan gran hablador
XXXVII. Mientras Escermes hablaba
XXXVIII. Con todo, la larga y laboriosa exposición
XXXIX. Pero, a despecho de aquellas
XL. Varios años atrás, creo que a finales
XLI. Entretanto, oímos fuera
XLII. Sí que había vuelto
XLIII. Nunca había sido tan grande
XLIV. El día anterior, cuando se despedían
XLV. Sorfos permaneció todavía
XLVI. Fue Tagrana el que puso
XLVII. La muerte de Obnelobio
XLVIII. Al día siguiente volvieron
XLIX. Tagrana, Sorfos y los cinco oficiales
L. Ya he dicho cómo la gran falla
LI. Y era Tetrecia, justamente, la ciudad
LII. Al fin llegó el oficial comisionado
LIII. Apareció, todo cubierto de polvo
LIV. El grado de sorpresa que las cosas
A modo de epílogo. La confianza en la palabra
Notas
Biografía
Créditos
«Rafael Sánchez Ferlosio, hijo de padre español y madre italiana, nació el 4 de diciembre de 1927 en la ciudad de Roma. A la edad de catorce años, en el texto de literatura española de Guillermo Díaz-Plaja y en la frase en la que el autor, retratando al infante don Juan Manuel, decía literalmente "tenía el rostro, no roto y recosido por encuentros de lanza, sino pálido y demacrado por el estudio" conoció cuál era su ideal de vida. No obstante, ha sido siempre demasiado perezoso para llegar a empalidecer y demacrarse en medida condigna a la de su ideal emulatorio, y su máximo título académico es el de bachiller. Habiéndolo emprendido todo por su sola afición, libre interés o propia y espontánea curiosidad, no se tiene a sí mismo por profesional de nada.
Narrador y ensayista, Rafael Sánchez Ferlosio pasa también por ser uno de los más grandes prosistas de la lengua española. Es autor de las novelas Industrias y andanzas de Alfanhuí (1951), El Jarama (1955) y El testimonio de Yarfoz (1986). Entre sus libros de artículos, pecios y ensayos cabe mencionar Las semanas del jardín (1974), La homilía del ratón (1986), Mientras los dioses no cambien, nada ha cambiado (1986), Vendrán más años malos y nos harán más ciegos (1994), El alma y la vergüenza (2000), La hija de la guerra y la madre de la patria (2002) y Non olet (2003). Entre los numerosos e importantes galardones que ha recibido destacan el Premio Cervantes, en 2004, y el Premio Nacional de las Letras Españolas, en 2009.
Edición en formato digital: abril de 2015
© 1986, Rafael Sánchez Ferlosio
© 2015, Penguin Random House Grupo Editorial, S. A. U.
Travessera de Gràcia, 47-49. 08021 Barcelona
© 1994, Gonzalo Hidalgo Bayal, por el epílogo
Diseño de portada: Penguin Random House Grupo Editorial / Ruxandra Duru
Fotografía de portada: Los puntos de vista, © Félix de Agüero
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ISBN: 978-84-90626-89-4
Composición digital: M.I. maqueta, S.C.P.
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Rafael Sánchez Ferlosio
El testimonio de Yarfoz
Epílogo de
Gonzalo Hidalgo Bayal

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NOTA DE LOS EDITORES
En la «Nota de los editores» correspondiente a El Jarama, dejábamos a Rafael Sánchez Ferlosio dedicado de lleno a lo que él mismo ha llamado, divertido, «altos estudios eclesiásticos», eufemismo con el que se refiere a los estudios de gramática que, al poco de haberse publicado aquella novela, emprendió en 1957, determinado a ello por la lectura de la Teoría del lenguaje, de Karl Bühler, «y quizá algo de horror o repugnancia por el grotesco papelón del literato que, tras el éxito de El Jarama, se cernía como un cuervo sobre mi cabeza». Quince años permaneció Ferlosio sumergido en esos estudios, siempre con la ayuda de anfetaminas, que le permitían permanecer «una media de cuatro días con sus cuatro noches en sesión continua de lecturas y escrituras gramaticales» para, al cabo, caer rendido y dormir «durante veinticuatro horas o más» («La forja de un plumífero», El Archipiélago. Cuadernos de Crítica de la Cultura, núm. 31, invierno de 1980, p. 76).
«Nunca me lo he pasado mejor que en aquellos quince años —del 57 al 72— de gramática, casi en exclusiva, y de mayor furor grafomaníaco», ha escrito Ferlosio. Vestigio de ese tiempo son decenas de cuadernos llenos de apuntes que el autor almacena en los altillos de su casa de Coria (Cáceres). De esos materiales, apenas ha visto la luz, recientemente (en 2009), «Guapo» y sus isótopos, según Ferlosio el único de sus escritos lingüísticos suficientemente uniforme y acabado. A esos años corresponde también la traducción de Les enfants sauvages, de Lucien Malson (a la que Ferlosio añadió un amplio comentario que superaba en extensión a la del texto original) y la redacción de Las semanas del jardín, un inclasificable ensayo sobre lingüística, retórica y narratología del que sólo llegaron a ver la luz dos de las tres partes emprendidas. A todo lo cual hay que añadir diferentes pasajes de una Historia de las guerras barcialeas empezada, según el autor, en 1969, y sobre la que, «caprichoso y tornadizo» como declara ser con los asuntos a que se dedica, volvía «a rachas», de modo que su redacción se prolongaba interminablemente.
La primera entrega de esta Historia de las guerras barcialeas no tuvo lugar hasta enero de 1980, en el número 14 de la revista Nueva Estafeta, recientemente creada por el Ministerio de Cultura y que dirigía el poeta Luis Rosales. En las páginas 4-14 se daba, firmado por Rafael Sánchez Ferlosio, un extraño texto que se presentaba como «Libro primero» de una «Historia de las Guerras Barcialeas» (recogido muy posteriormente en El geco, donde aparece bajo el título «Los lectores del ayer. Introducción de Ogai el Viejo»).* Los más próximos a Ferlosio sabían por entonces que el escritor se hallaba embarcado en un vasto proyecto narrativo de incierto desarrollo. Quien mejor conocimiento tenía del mismo —aparte de Demetria Chamorro, su mujer— era probablemente Juan Benet, a quien Ferlosio leía con frecuencia los pasajes que daba por buenos. Benet haría a Ferlosio comentarios de toda índole, hay que suponer que particularmente enjundiosos en lo que respecta a las numerosas obras de ingeniería en las que se ocupa el relato.* En cualquier caso, importa no pasar por alto esta complicidad con Benet en una empresa narrativa por la que este último no podía menos que sentir afinidad y simpatía, dados sus propios postulados como escritor.
El propio Ferlosio cuenta que fue a consecuencia de la muerte de su hija Marta, en 1985, que, para distraer su dolor, se concentró en sus escritos. Eso explica en parte la decisión de publicar simultáneamente, en 1986, nada menos que cuatro libros: una colección de artículos (La homilía del ratón), los ensayos Mientras no cambien los dioses, nada ha cambiado y Campo de Marte I. El ejército nacional, que Ferlosio califica de «sermones», y la novela El testimonio de Yarfoz.
Se comprende la sorpresa, primero, y, superada ésta, la enorme expectativa que despertó la noticia, en particular en lo relativo a la novela, transcurridos treinta años desde que el autor de El Jarama se apartara deliberadamente del género, declarando su desinterés por él. El testimonio de Yarfoz se presenta como extracto —un apéndice, de hecho— de una vasta Historia de las guerras barcialeas atribuida a cuatro autores, entre ellos ese Ogai el Viejo mencionado ya en el fragmento publicado en la Nueva Estafeta. El abrupto final del texto no dejaba dudas sobre su condición de fragmento de una obra mayor, de la que el autor sólo ha hecho una nueva entrega (el fragmento titulado «Los príncipes concordes», recogido también en El geco, y del que se dice en nota que «era el primer libro de la Historia de las guerras barcialeas»), pero de la que dice que tiene escrito «quizá dos o tres veces más». Que se aviniera a publicar el fragmento en cuestión cabe ponerlo a cuenta de la insistencia de Javier Pradera, cuñado de Sánchez Ferlosio, amigo de Juan Benet y persona muy implicada, por razones no sólo profesionales, en el lanzamiento editorial del que El testimonio de Yarfoz formaba parte y en cuyo marco esta novela venía a desempeñar la función de «cebo» para una franja amplia de lectores. En más de una ocasión ha dicho Ferlosio que el argumento decisivo para convencerlo de publicar —«con mucho esfuerzo»— el Testimonio fue su deseo de salvar el episodio de los babuinos mendicantes (en el párrafo XXX del libro), por el que su autor sigue sintiendo especial predilección. Respecto al resto de cuanto lleva escrito de la Historia de las guerras barcialeas, «no sé si podré editarlo nunca —ha dicho Ferlosio— porque tendría que trabajar muchísimo para sacar de todo aquello algo en limpio»; los dos fragmentos recogidos en 2005 en El geco completan cuanto del proyecto ha llegado a ver la luz.
La expectativa que rodeó a la aparición de El testimonio de Yarfoz fue proporcional a la perplejidad que suscitó su lectura. De nuevo, en su tercera entrega como novelista, Ferlosio parecía apuntar en dirección radicalmente distinta a la que señalaba su libro anterior. Los reseñistas del momento, tomados a contrapié, hicieron lo que pudieron, balbuciendo con más respeto que admiración unos pocos juicios esforzadamente elogiosos, salpicados en algunas ocasiones de objeciones o reticencias. El poeta, novelista y ensayista Gonzalo Hidalgo Bayal ha contado muy expresivamente el «leal entusiasmo» que sintió, en 1986, ante «la eclosión editorial del hijo pródigo», contrarrestado por el «consternado asombro» que le produjo, a su vez, «la actitud de algunos profesionales de la valoración literaria, la mala fe de ciertos medios de difusión cultural y la más que generalizada y torpe comprensión del sentido de una de las obras más valiosas y de las trayectorias más coherentes que yo he alcanzado a conocer». Embargado por la «probablemente noble y santa ira» que le produjo esto último, se resolvió a emprender un ensayo con el que se propuso «desmentir el mitificado silencio del autor y dar cuenta de la injusta adversidad crítica del 86 y el 87, definir el concepto de razón narrativa y establecer conexiones necesarias entre sus obras de ensayo y de ficción, subrayar el “don de la palabra” como base de su pensamiento, estudiar su teoría narrativa y las razones objetivas de su estilo, buscar los fundamentos de su repliegue hacia lo público e incluso añadir un par de notas de lectura sobre El testimonio de Yarfoz». Una de esas «notas de lectura» es la que cumple la función de apéndice de este volumen, segregada de Camino de Jotán. La razón narrativa de Ferlosio (Badajoz, Los Libros del Oeste, 1994), una de las más sólidas y apasionadas aproximaciones a la narrativa de este autor.
Conviene subrayar eso de las «conexiones necesarias» entre las obras de ensayo y de ficción de Ferlosio, especialmente patentes en lo que respecta a El testimonio de Yarfoz. De hecho, al coincidir la publicación de la novela con la de toda una batería de artículos y ensayos del autor, parte de los comentaristas tendieron a forzar estas conexiones, no siempre con fortuna. Hidalgo Bayal acierta con la línea en que las conexiones deben establecerse, que no es otra que la de los fundamentos «jurídicos», por así decirlo, del lenguaje, de la palabra, generadora de su propia legalidad. Desde este punto de vista, no tiene nada de azaroso que la Historia de las guerras barcialeas sea producto de esos intensos años dedicados a los estudios gramaticales, puesto que la gramática proporciona el «cuerpo de leyes» en que la palabra funda su «jurisdicción» —su «razón»—, al margen siempre de la moral y de la verdad, «esa sucia invención de mandarines». Sin extremar la metáfora más de la cuenta, valga aquí su empleo para connotar las múltiples digresiones sobre cuestiones de derecho en que se explaya El testimonio de Yarfoz, y los paralelismos evidentes que esas y otras muchas digresiones manifiestan con otras tantas tiradas de los artículos y ensayos de Ferlosio. Baste, a modo de ejemplo bien ilustrativo, este breve pasaje extraído del párrafo XXXI de la novela, susceptible de ser leído como si de un «pecio» se tratara, uno de tantos que abordan semejante cuestión:
He
