Hace días que se oyen los golpes. Vienen de detrás del lavabo del baño de abajo, donde hay un hueco tapiado bajo las escaleras. Ruth posa la mano sobre la pared y siente las vibraciones procedentes del otro lado; es un repiqueteo constante, como si alguien estuviera intentando salir.
—¿Tam? ¿Eres tú? —pregunta, acercando la boca a la pared.
Toc. Toc, toc.
Ruth intenta descifrar el código, pero su mente va a tal velocidad que es imposible que aterrice sobre algo concreto. Sin embargo, ella y Tam siempre sabían lo que la otra quería decir: a veces les bastaba una mirada para comunicarse; era como si tuvieran una especie de telepatía. Es algo habitual entre hermanas, o al menos lo había sido entre ellas en plena adolescencia, ya que Ruth era solo un año menor y se llevaban tan pocos meses que la gente creía que eran gemelas. Y ahora, después de tanto tiempo, Tam por fin la había encontrado. Qué lista era.
Toc, toc, toc. Toc.
Acerca los labios a la pared y deja que las vibraciones entren en ella.
—Vale, Tam. Creo que ya lo entiendo.
Se oye otro ruido procedente del salón; se trata de algo que también reclama su atención, aunque Ruth no cae en la cuenta de qué puede ser. Abre la puerta del baño para echar un vistazo. Allí, en el suelo, en un capazo, hay un bebé —madre mía, es Bess, su bebé; se había olvidado por completo de ella— y la pequeña está haciendo un ruido infernal. Ruth se tapa los oídos con las manos, cierra con fuerza los ojos e intenta que la cabeza deje de darle vueltas, pero el llanto es tan estridente que se mete en su interior, inundándola casi hasta ahogarla. Si Bess se callara, aunque fuera solo un rato, tendría margen para pensar, pero ese bebé no se cansa nunca. Seguro que Tam habría sabido qué hacer. Ella siempre tenía solución para todo.
Detrás de Ruth, el repiqueteo se ha transformado en golpes fuertes, como si Tam estuviera dándole puñetazos a la pared.
—¡Vale, vale, ya voy! —grita.
Va a la cocina y abre el cajón de los cubiertos para sacar el cuchillo más largo, el que Giles y ella usan para cortar sandía o trinchar el pollo asado los domingos. El cuchillo está hecho en su totalidad de una única pieza de metal y forma parte de un juego carísimo que le regalaron los compañeros de trabajo por su boda. Lo empuña y el mango helado casi hace que le duela la mano ardiente. Atraviesa el salón mientras el bebé la observa con los ojos llorosos y la boca abierta, gimiendo, con el rostro penosamente sofocado. «A lo mejor ni es mía», piensa Ruth. Después de que le practicaran la cesárea, hacía cuatro semanas, estaba tan aturdida que el cirujano bien podría haberle entregado a cualquier otra niña, o incluso cualquier otra cosa, como un bebé alienígena o el mismísimo diablo.
—Chist —dice, intentando hacerlo con cariño, pero le sale un sonido brusco y el llanto de Bess se vuelve histérico; Ruth desea de corazón ayudar a ese bebé, pero le da pánico tocarlo, porque es tan diminuto que podría aplastarlo con una sola mano—. Por favor, por favor, cállate de una vez.
Pasa por delante de la pequeña, entra en el baño de abajo y cierra de un portazo para aislarse del llanto del bebé, que se queda al otro lado. Sobre el lavabo hay una estantería con lociones hidratantes, cremas para las escoceduras del pañal y jabón líquido. Ruth lo tira todo con un golpe de muñeca y los botes se esparcen por el suelo. Ahora tiene el espacio que necesita. Se lanza hacia la pared con el cuchillo y la pintura salta y se desconcha cuando clava la hoja en la superficie.
—Ya voy —dice, jadeando por el esfuerzo—. Esta vez no te voy a abandonar, Tam.
La pared es de escayola, no de ladrillo, como ella creía, y la hendidura se va haciendo rápidamente más grande y profunda a medida que ella la ataca con fervor, satisfecha por liberar a Tam, que va a resultar mucho más sencillo de lo que imaginaba. Tras solo unos segundos, el cuchillo atraviesa la pared. Ruth retrocede, a la espera de una corriente de agua que vacíe el hueco oculto, pero no cae ni una sola gota. Pasa la mano por encima de la incisión: la pared está completamente seca.
—Tam, ¿estás ahí? —Pega la boca al agujero—. Lo siento, ¿vale? Pero deberías haber dejado que se lo contara.
Al otro lado solo hay silencio. Ruth acerca un ojo al orificio. Dentro está oscuro, pero se percibe una ocupación furtiva del espacio, como si algo acabara de pasar y hubiera agitado el aire. Introduce un dedo en la cavidad. Su piel entra en contacto con algo de carne y hueso. Grita, aparta el dedo de golpe y el cuchillo se le resbala de la mano sudorosa y cae estrepitosamente al suelo. Respira hondo, se agacha, recoge la hoja afilada y brillante, y contempla en ella el reflejo de la mujer más trastornada que ha visto en su vida.
—Dios mío. —Ruth se palpa la cara llena de salpicaduras de pintura y su reflejo en el cuchillo la imita—. ¿Qué me está pasando?
Entre la fuerza que posee y su mente desbocada, podría hacerle cualquier cosa a cualquiera, incluido a su bebé, y no sería capaz de controlarlo.
1
Un grito rompe el silencio de las tres de la mañana; se trata de dos alaridos prolongados, estridentes y feroces. El chillido de una mujer. Incluso mientras Ruth lo está escuchando, recostada en la cama sobre unas almohadas empapadas con su bebé de seis meses succionando lo que queda en el biberón, duda que el grito sea real; no es más que su cerebro privado de sueño, que está volviendo a fantasear. Pero va a tener que llamar a la policía, aunque solo sea para confirmar que el ruido es producto de su imaginación.
Deja a Bess sobre la cama, al lado de Giles, y se va con el teléfono a la habitación de al lado. No quiere despertar a la niña y tampoco tiene fuerzas para aguantar los reproches de su marido.
—¿De dónde ha dicho que venía el ruido? —le pregunta el operador cuando ella le cuenta lo que ha oído.
Ruth mira hacia el techo mientras piensa en todos los ruidos que se oyen en su casa durante el día: los trenes interurbanos que pasan a toda velocidad por delante de los huertos que hay en la parte de atrás; el murmullo constante del tráfico de la Circular Norte; las voces de los hombres que trabajan en el lavadero de coches del final de la calle…
—De la gasolinera —responde ella.
—¿Del interior del edificio?
—No estoy segura. Ya no es una gasolinera, ahora es un lavadero de coches y solo trabajan durante el día. Pero el ruido venía de esa zona. Bueno, al menos me ha parecido oír algo. ¿Alguien más ha informado de algún incidente?
—No, señora, solo usted.
Le toman los datos, la llamada finaliza y Ruth regresa a la habitación y espera al lado de la ventana con las cortinas abiertas. La camiseta vieja del gimnasio que ahora usa para dormir tiembla con su pulso acelerado y tiene una sensación en el pecho similar a las mariposas que sentía con los primeros movimientos de su bebé, solo que estas han migrado hacia su corazón, como si estuviera embarazada de ansiedad. Va a acabar llorando si le presta demasiada atención a esa sensación, así que apoya la cara contra el cristal frío para concentrarse en el exterior. En el inframundo nocturno, los minutos se deforman y se aplanan hasta que por fin una luz azul parpadea sobre el asfalto, como una premonición del subsiguiente coche patrulla. El vehículo entra en el campo de visión de Ruth y, desde el interior del coche, los agentes iluminan con las linternas el seto que bordea el lado opuesto de la calle. Ella se imagina a los o las policías maldiciendo y parpadeando con los ojos cansados mientras responden a otra de sus llamadas. El coche se pierde de vista y el ruido del motor gira en el callejón sin salida que hay al final de la calle, en el número ciento y poco de las casas adosadas, antes de que el vehículo vuelva a pasar de nuevo por delante de su casa, dejando tras de sí un silencio en cierto modo más vacío que el anterior.
Ruth espera unos minutos a ver si la policía regresa. Pero no. Se mete en el reducido espacio que queda en la cama, donde Bess se agita entre su madre y su padre, como la pequeña de sueño ligero que es. Si la cambia a la cuna se despertará, así que es mejor acostarse aun estando incómoda que hacer que el bebé se ponga a llorar de nuevo. Los minutos avanzan lentamente en el reloj. Ruth está extenuada y anhela la vieja costumbre de dormir, pero le han quitado el botón de apagado y se ve obligada a quedarse mirando al techo. En menos de tres horas tendrá que volver a levantarse.
Por fin su respiración se tranquiliza y entra en un pequeño sueño —un viento siniestro agita un círculo de árboles mientras Ruth persigue a una figura que corre entre la maleza, fuera de su alcance—, pero de nuevo la despierta otro grito. Esa vez, no reacciona. La policía ha confirmado que el ruido no es más que un fallo de su cerebro, una nueva réplica de la enfermedad que sufre desde que ha dado a luz. Ahora que tiene la certeza de la incertidumbre, siente cierta camaradería hacia esa alucinación auditiva o «paracusia», como le han dicho que se llama. En esa hora bruja solamente existen ella, su bebé y el grito; el resto de los miembros del mundo cuerdo están soñando con amor y dolor, o con la metedura de pata del día anterior. Ruth se pregunta qué pasaría si todos los bosques se incendiaran, si el humo y las cenizas ocultaran el sol y esa oscuridad se perpetuase. No se podría cultivar nada. Se acabarían las provisiones y ella se vería obligada a buscar comida llevando a cuestas a su hija, ese ser al que está inexorablemente ligada, pero al que todavía no ama. ¿Cuál de sus vecinos sería el primero en abrir brecha? ¿Durante cuánto tiempo pasarían hambre antes de empezar a comerse unos a otros?
Cierra los ojos con fuerza para ahuyentar la espiral de pensamientos e intenta ahuecar la almohada de forma que le resulte cómoda. Giles se gira hacia ella y Ruth lo observa: una sonrisa onírica parpadea en sus labios. Ella aprieta los dientes al pensar en el tipo de cansancio que tiene él, fruto de un día duro en la oficina, con demasiadas tareas y tiempo insuficiente. Recuerda cuando ella se sentía así y creía que no había nada comparable a ese agotamiento; cómo se desplomaba en el sofá con una copa de vino tras la embestida de la semana, quejándose de la política de la oficina y de las expectativas de los clientes, mientras para sus adentros se decía que los había machacado a todos. Eso era antes de ese nuevo tipo de extenuación, de esa necesidad de sueño que vibra en cada célula de su cuerpo, pero que raramente puede satisfacer. Tiene los nervios a flor de piel por el agotamiento.
Giles murmura y se ríe como si estuviera continuando alguna conversación fascinante del bar. Ruth extiende una mano para tranquilizarlo y evitar que despierte a Bess, pero teme que eso también pueda molestar a la pequeña, así que aparta el brazo y lo deja divagar. En Japón dicen que un niño es un río que fluye entre los padres y completa su paisaje, pero el valle que se ha horadado en el matrimonio de Ruth tiene la profundidad de un cañón. La pareja se llama a gritos desde orillas opuestas, esforzándose por entender el nuevo lenguaje de su cónyuge.
Son las seis de la mañana cuando empieza el día y Bess se despierta con un grito que es imposible ignorar, a menos que seas un padre dormido. Esta mezquina división del tiempo —quién obtiene qué y en qué cantidad— desalienta a Ruth. No es la persona que quiere ser y tampoco queda nada reconocible de su antiguo yo, aunque eso la molestaría menos si tuviera las fuerzas necesarias para cambiarlo. Lleva a su hija al piso de abajo para darle el biberón y se sienta con ella en el sofá, repasando mentalmente la llamada nocturna a la policía, más avergonzada si cabe por haber expuesto de nuevo sus miedos al escrutinio público. Llevaba ya bien varias semanas y estaba convencida de que por fin había vencido a los monos que se habían instalado en su cabeza tras el nacimiento de Bess, pero parece que las viejas paranoias aún siguen teniendo algún poder. O puede que simplemente sea el insomnio lo que las ha hecho volver. Quién sabe.
Ruth tiene puesta de fondo la televisión con el volumen bajo y en el canal de noticias repiten una y otra vez las imágenes de una isla flotante de desechos plásticos, retroiluminados por el cielo azul y la luz del sol. Al menos el mundo sigue girando más allá de las cuatro paredes de su casa, aunque aquello en lo que se está convirtiendo la llena de desesperanza. Giles baja tranquilamente una hora después y la pareja comparte el desayuno, por llamarlo de alguna manera. Él prepara té y tostadas y acerca triángulos carbonizados con mermelada a la boca de Ruth, entre correos electrónicos del trabajo. Ella ha dejado la taza sobre un muestrario de colores de pintura y folletos de accesorios de cocina y baño, aunque las reformas que habían empezado con tanto entusiasmo se han quedado empantanadas por la falta de tiempo y de dinero. Antes de la llegada de Bess, ella y Giles habían estado demasiado ocupados afianzando su carrera profesional y divirtiéndose como para tener la previsión de ahorrar una cantidad decente de dinero, dando siempre por hecho que se subirían al carro de la propiedad inmobiliaria cuando el mercado se estabilizara, pero este nunca dejó de subir. Entonces, con un bebé en camino y ella a punto de coger la baja por maternidad, la pareja cambió apresuradamente su espacioso piso alquilado cerca de sus amigos y de las cafeterías por una casa en un barrio asequible, demasiado alejado como para que ninguno de sus conocidos vaya a visitarlos. Ruth se pasa el día mirando fijamente las paredes de escayola vacías y las cochinillas que acechan donde el rodapié debería juntarse con el suelo.
—¿Qué tal te encuentras hoy? —le pregunta Giles, con una sonrisa tan exigua que resulta casi imperceptible—. Se te ve un poco más animada. Parece que la medicación nueva te sienta de maravilla —añade, imitando el tono cantarín que usan todos los médicos para ponerse a la altura de ella, como si fuera idiota—. ¿Qué te parece si hacemos una pequeña excursión el fin de semana?
Su amable cautela cala hondo en Ruth, como si un cubito de hielo avanzara hacia su estómago. Se pregunta si ella y Giles han llegado a conocerse de verdad en algún momento o si siempre han sido niños jugando a ser adultos. Antes de que Bess naciera, su piedra angular era la pasión por la aventura y la fe en el amor, pero ahora que la cosa se ha puesto seria lo máximo a lo que llega Giles es a darle un beso cortés en la mejilla. Ella tiene ganas de zarandearlo y gritarle: «¿Recuerdas cuando nos reíamos de las parejas que comían en silencio a la luz de las velas en San Valentín?». Giles está sentado en el sillón de enfrente con la espalda recta, las piernas juntas y las manos apoyadas sobre las rodillas, como si se estuviera preparando para algún horror nuevo que fuera necesario mantener a raya.
El biberón del bebé se resbala de la mano sudorosa de Ruth, que lo aprieta con más fuerza.
—La verdad es que me encuentro fenomenal —asegura ella con excesivo entusiasmo; se da cuenta y pisa un poco el freno—. Estoy volviendo a ser la de antes.
Giles frunce el ceño, pero disimula esbozando su sonrisa recién aprendida, esa en la que enseña todos los dientes. Siempre presente en la habitación, con ellos, se encuentra la enfermedad de Ruth, una niña salvaje que los ha arrastrado a lugares atroces y a la que todavía están empezando a domar. Ni ella ni Giles se presentaron voluntarios para recalificar el amor y convertirlo en deber, aunque ninguno de los dos tiene escapatoria. Ella sigue ahí porque Bess es su nueva realidad y Giles no puede marcharse porque es responsable de su esposa y, a su vez, de la seguridad de la hija de ambos.
—¿Seguro que no te importa quedarte sola un rato? —le pregunta Giles mientras se inclina para darle un abrazo laxo; ella huele su pelo revuelto y de repente recuerda aquellos largos fines de semana, los maratones de cine y comida a domicilio, las escapadas al dormitorio cuando les apetecía y las cosas que se susurraban porque su amor tenía la capacidad de dejarlos sin sentido—. Solo me voy a pasar un momento por la oficina —añade; lleva un mes probando a dejar sola a Ruth durante períodos cortos de tiempo, como si fuera una niña pequeña a la que dejan en la guardería unas cuantas horas—. Puedo volver a casa si lo necesitas, solo tienes que llamarme.
Ella ya lo sabe, se trata de la misma charla que le da siempre antes de irse con ensayada inexpresividad, pero Ruth capta su ansia por salir de allí y saborear la normalidad. Esas semanas que lleva ocupándose de su mujer nunca habían formado parte del trato y el estrés le ha pasado factura. Pero el hecho de que él pueda tomarse un respiro para sumergirse en el mundo real es como una brasa ardiente de resentimiento dentro del puño de Ruth. Normal, ella también saldría por patas si pudiera.
—Estaré bien, tranquilo —asegura.
Pero esas palabras nunca son fieles a la verdad. Se trata de un hábito de autosuficiencia que tiene su origen en mucho antes del inicio de esa relación, fruto de un estoicismo casi compulsivo que se remonta a su adolescencia, cuando había tenido que reunir hasta la última gota de sus fuerzas para sobreponerse a una tragedia que ella misma había desencadenado. Últimamente, sin embargo, después de haber caído tan bajo, fingir que puede arreglárselas sola tan bien como antes es lo único que le queda para conservar su dignidad.
Ruth visualiza las horas de soledad que le quedan por delante, la muerte de un día en el que se consumirá entre tareas que se reactivan en cuanto han sido completadas —el cambio de pañales, los biberones, los baños, la colada, la cocina…—, como los hongos que vuelven a brotar de una tubería rota.
—Pues de buten.
Ruth nunca había oído a Giles decir eso y su primera reacción es la de burlarse, imaginando la carcajada que soltará él y las risas que compartirán. Pero el nuevo tono medicalizado de la conversación y la alegría torpe de Giles la vencen, aunque al menos él lo está intentando. Es de agradecer que se preocupe por ella, porque ¿acaso alguien lo había hecho antes?
Giles le da una palmadita en el brazo antes de ir al baño del piso de abajo. Allí, colgado en la pared, sobre el lavabo, está el armario de las medicinas. Su tos no es lo suficientemente fuerte como para disimular el chirrido de las puertas al abrirse. Su interior le revelará si Ruth se ha tomado la medicación que le toca. Lleva con las pastillas ya casi cinco meses y, aunque ya ha superado lo peor, tomarlas a diario mantiene su enfermedad a raya. La psicosis ha eliminado fragmentos enteros de su memoria y ha dejado tan solo una imagen clara de esa época: la de la hermana que Ruth creía que estaba emparedada en el hueco de debajo de las escaleras y que parecía comunicarse con ella mediante golpes en la pared. En una ocasión, había intentado liberarla. «¿Se siente atrapada por la maternidad?», le había preguntado la psiquiatra que la había diagnosticado. «¿Aprisionada por las expectativas?». «¿Hay alguna parte de usted que desea ser rescatada?». Solo ahora, en el momento más liviano de la enfermedad, Ruth es capaz de asimilar en su totalidad el mensaje que se estaba enviando a sí misma.
Así que las actuales migajas de independencia son un gran avance en comparación con las semanas que pasó en la unidad maternoinfantil, seguidas por la supervisión en casa las veinticuatro horas del día; además, teniendo en cuenta la situación en la que la enfermedad de Ruth puso a su pequeña familia, que Giles controle su medicación es comprensible, solo que ella no puede evitar sentirse humillada por el hecho de que eso sea necesario, algo que demuestra su fracaso constante e irreversible como madre. Con lo temprano que es y ya le duelen los músculos de la mandíbula. En cuanto Bess haya acabado el biberón, tendrá que ir a por la férula de descarga, o acabará con los dientes convertidos en muñones.
Supuestamente satisfecho porque la dosis haya llegado a su destinataria, Giles vuelve al salón, guarda el ordenador y los cables enrollados en las alforjas de la bici, y se abrocha el casco. Los extremos del casquete de plástico duro le oprimen la cara y le empujan las mejillas hacia la nariz. Alguna que otra cana asoma por los laterales. Ha envejecido un año por cada mes de vida de su hija, en parte por haber tenido que hacer desde casa un trabajo que requería de su presencia a tiempo completo en la oficina, pero sobre todo por la preocupación por que lo que sea que le haya arrebatado a su esposa nunca más se la devuelva.
—Debo irme —dice Giles—. Tengo una reunión a las nueve.
—Ten cuidado ahí fuera —responde Ruth; es un chiste que compartían antes de ser padres—. No te mueras ni nada de eso.
—Lo intentaré —dice él, riéndose; sigue haciéndole gracia—. Te quiero, Ruth —le susurra Giles al oído, acercándose a ella.
Ella se para a procesar la frase y responde con un poco de retraso.
—Yo también te quiero.
O al menos eso espera. Sabe que sus sentimientos no pueden haber ido muy lejos; solo están enterrados en algún sitio y, cuando tenga cabeza para ello, enviara un equipo de búsqueda.
Giles le da un beso en la cabeza a Bess.
—Adiós, bichito. —Sus ojos resplandecen de amor—. Sé buena con mamá. —Le acaricia la mejilla a Ruth y se va.
Ella observa desde la ventana delantera cómo le quita el candado a la bici en el patio de cemento de su casa victoriana adosada. Siempre se habían planteado la búsqueda de una propiedad en términos de «encontrar algo a su medida» y «enamorarse», pero al final la decisión de comprar esa microcasa londinense al lado de las vías del tren se debió tanto al presupuesto y la urgencia como al ADN que pudiera tener la casa. Giles empuja la bici a través del portal del patio y se sube al sillín con la emoción de un niño que sale a jugar.
—Pasadlo bien —le dice con una sonrisa a Ruth antes de desaparecer calle abajo para dirigirse a su puesto de trabajo en la organización benéfica que tanto había luchado por conseguir.
Bess, saciada y agotada, deja de succionar el biberón, pero mantiene la tetina en la boca a modo de chupete. Tiene las mejillas húmedas y le tiemblan los párpados, colocada como una yonqui tras su dosis de comida. La paz que sigue a los biberones es de lo más placentera y el hecho de sentarse con un bebé en brazos, tranquilo y pesado por la leche que acaba de ingerir, le permite a Ruth transmitirle a su hija una pizca de amor. Pero es un sentimiento efímero y desaparece en cuanto los temores vuelven a arremolinarse en su interior. La piel aterciopelada de Bess, sus rasgos de tamaño muñeca y la dulce calidez de su cabecita se presentan ante Ruth como un código abstracto aún por descifrar. Besa a su hija, rozándole apenas con los labios la fontanela.
—Estoy mejorando. Las cosas van a cambiar mucho —le asegura Ruth.
Ojalá más tiempo del que comparten fuera tan fácil como cuando Bess duerme.
En el exterior, un coche blanco emite un destello al pasar por la calle. A Ruth le da un vuelco el corazón. ¿Era un coche de policía o uno de esos todoterrenos blancos grandes? Liam, el vecino, se ha comprado hace poco un Range Rover blanco, pero vive al principio de la calle y la casa de Ruth le queda demasiado lejos como para que esté buscando aparcamiento. Si se trata de la policía, es que ha pasado algo, puede que relacionado con el grito de la noche anterior, una amenaza que podría poner en riesgo a Bess. Estira el cuello para mirar por la ventana mientras un hombre pasa en dirección opuesta al coche con un cigarro en la boca y envuelto en una nube de humo del volumen de sus pulmones. Es Barry, el vecino de al lado, uno de los numerosos paseadores de perros que deambulan por la calle arriba y abajo en lugar de molestarse en ir al parque del barrio. Este echa un vistazo por encima del hombro en dirección al coche. No hay temor en sus pasos ni preocupación en su cara. La emergencia que Ruth ha imaginado no es más que su adrenalina de gatillo fácil.
Extiende la mano para coger la taza de té tibio, intentando no separar a su pequeña del biberón al estirarse. Bess se despierta, empieza a llorar, su rostro se pone colorado en un instante y Ruth llega a la conclusión de que es más fácil renunciar a la infusión. Al lado del té se encuentra la esquina de una tostada untada con mantequilla y mermelada, justo como a ella le gusta. Se le hace la boca agua. La medicación ha venido acompañada del ansia de comer alimentos dulces y ricos en hidratos de carbono, lo que ha hecho que su cuerpo rebose como un champiñón por encima de los pantalones. Las estrías en la barriga y en los muslos son las cicatrices de una guerra que nunca va a ganar. Sigue usando la ropa elástica de premamá porque es la única que le sirve con su nueva figura y tampoco tiene dinero para comprarse cosas nuevas porque se le ha acabado la baja y Giles se ha convertido en el único sustento de la familia. Tiene una chaqueta de punto llena de bolitas que odia y que ha tirado en más de una ocasión, pero siempre acaba rescatándola de la bolsa para la tienda benéfica porque es con la que más cómoda se encuentra. A Ruth nunca le ha preocupado ganar peso, lo que pasa es que siempre ha sido delgada y su nuevo cuerpo le resulta tan ajeno que no se reconoce. Ha perdido parte de su identidad con el cambio; se ha largado a tal velocidad que a Ruth le da la sensación de que se ha marchitado.
Llaman a la puerta. Va arrastrando los pies hacia la entrada, sujetando aún con una mano el biberón vacío en la boca de Bess para que el bebé no vuelva a despertarse. En la puerta principal, que da directamente a una cocina pequeña, larga y estrecha, se encuentra una mujer uniformada en cuya chaqueta se puede leer: «agente de apoyo comunitario».
—¿Señora Woodman? —pregunta la policía, arqueando las cejas.
—Sí. Soy yo. ¿Qué sucede?
—No se alarme, solo he venido a entregarle esto. —La mujer le tiende una tarjeta de visita—. Un número al que puede llamar cuando no se trate de una emergencia. Es mi extensión. Si no contesto, puede dejar un mensaje o probar con el 101.
Ruth se queda mirando la tarjeta mientras sopesa si debería explicarle que, desde la llegada de Bess, todo es una emergencia.
Al otro lado de la cancela del jardín, dos vec
