Los llamámabos submuertos, y para nosotros no eran más que una mera broma. Son muy len tos, torpes y estúpidos. Tan estúpidos que nun ca los habíamos considerado una amenaza. ¿Por qué íbamos a hacerlo? Habían existido junto a nosotros, o más bien por debajo de nosotros, como un incendio nunca apagado del todo cu yas llamas cobran fuerza de vez en cuando, des de que los primeros humanoides bajaron de los árboles. Fanum Cocidi, Fiskurhofn, todos co nocemos esas historias. Uno de los nuestros in cluso llegó a afirmar que había estado presente en Castra Regina, aunque la mayoría le considerá bamos un fanfarrón. A lo largo de las eras, he mos sido testigos de sus torpes brotes y rebrotes y de las respuestas igualmente torpes de la hu manidad ante sus estallidos. Nunca habían sido una seria amenaza, ni para nosotros ni para los diurnos que devoraban. Siempre habían sido una broma. Así que estallé en carcajadas cuando me enteré de que se había producido un peque ño brote en Kampong Raja. Recuerdo que Laila me comentó algo al respecto, hace diez años, en una cálida y serena noche.
—No es la primera vez. Me refiero a este año —me dijo, con un tono de voz teñido de una moderada fascinación, como si estuviera hablan do de algún otro fenómeno natural muy extra ño—. Algunos han comentado que ha pasado lo mismo en Tailandia y Camboya, y que quizá se haya extendido hasta Burma.
Una vez más, me eché a reír y a lo mejor hice algún comentario despectivo sobre los huma nos, probablemente me pregunté cuánto tarda rían en limpiar ese estropicio. No volví a pensar en ello hasta unos cuantos meses después. El tema seguía comentándose entre susurros. Re cuerdo que estábamos atendiendo a Anson, una visita de Australia que había venido para hacer «deporte», así era como lo llamaba él, para te ner una oportunidad de «degustar los sabores el desfile hacia la extinción 13
locales». Anson nos tenía fascinados a ambos, ya que era alto y apuesto y muy, pero que muy joven. No recordaba ninguna época anterior a los chismes electrónicos para hablar y a las má quinas de metal voladoras. Sus ojos brillaban con una envidiable energía y despreocupación.
—Han llegado a Australia —afirmó con una emoción infantil mientras nos encontrábamos en el balcón ante los fuegos artificiales del Hari Merdeka que estallaban sobre las Torres Petro nas—. ¿No es asombroso? —se preguntó, y ambos pensamos que se refería a los fuegos—. Al principio, creía que podían nadar, y así es, pero no nadan de una manera normal... es más como si anduvieran bamboleándose bajo el agua. Pero no fue así como llegaron a Queens land. Tengo entendido que llegaron en una pa tera ilegal o algo así. Por lo que sé, fue un asun to muy feo que se tapó como se pudo. ¡Ojalá hubiera tenido la oportunidad de ver a alguno! Nunca los he visto, ya me entendéis, «en carne y hueso».
—¡Vayamos a verlos esta noche! —exclamó Laila de repente.
Pude apreciar que se le había contagiado el entusiasmo de nuestro invitado. Recuerdo que repliqué algo acerca de que tendríamos que re correr una gran distancia antes de que despun tara el alba, pero entonces Laila me interrumpió:
—No, no hace falta ir hasta ahí. ¡Esta noche, podemos verlos aquí mismo! Tengo entendido que ha estallado un nuevo brote a solo unas ho ras de aquí, cerca de Jerantut. Quizá tengamos que caminar entre la maleza durante un buen rato, pero eso también forma parte de la diver sión, ¿no?
Tengo que admitir que me pudo la curiosidad. Tantos meses de rumores y toda una vida oyendo esas historias habían hecho mella en mí. Les con fesé, tal y como ahora me confieso a mí mismo, que, de hecho, quería ver a uno de aquellos sub muertos en «carne y hueso».
Cuando eres uno de los nuestros resulta fácil olvidar lo rápido que puede avanzar el resto del mundo. Muchas extensiones de jungla han de desaparecido en lo que para mí solo ha sido un mero parpadeo y han sido sustituidas por auto pistas, por urbanizaciones repletas de construc ciones idénticas y por kilómetros de plantacio nes de palmeras. En eso consiste «el progreso», «el desarrollo». Parece que fue anoche cuando Laila y yo salíamos a cazar por las violentas ca el desfile hacia la extinción 15
lles sin iluminar de esa nueva ciudad minera lla mada Kuala Lumpur. Y pensar que en su día la había seguido desde Singapur porque nuestro hogar anterior se había vuelto demasiado «civi lizado». Y, en ese momento, íbamos montados en un Lexus LSA que recorría a toda velocidad un río de asfalto y luz artificial.
No esperábamos encontrarnos con un con trol de carretera, y la policía tampoco esperaba encontrarse con nosotros. No nos preguntaron adónde íbamos, ni siquiera comprobaron nues tros carnets, ni siquiera nos indicaron que íba mos tres personas en un automóvil de solo dos asientos cuando eso era ilegal. Uno de los agen tes nos indicó con una seña que nos marchára mos; con una mano cubierta por un guante blan co nos señaló el camino por donde habíamos venido, mientras la otra la tenía apoyada tem blorosamente sobre la solapa de su pistolera. Nunca olvidaré su olor, o el olor del otro policía que se encontraba a sus espaldas, o del pelotón de soldados que se hallaba detrás de ambos. No había olido tanto miedo concentrado desde los incidentes racistas de 1969. (Oh, aquellos sí que fueron tiempos gloriosos.) Pude apreciar, por el gesto que de su rostro, que Laila se moría de ga nas de volver a ese control de carretera en cuan to concluyera nuestra aventura. Debió de ver esa misma ansiedad en mí ya que, mientras me clavaba un dedo en las costillas juguetonamente, me susurró:
—Cuidado. No es recomendable conducir bo rracho.
Varios minutos después, tras abandonar la au topista y regresar al lugar desplazándonos por entre las copas de los árboles, detectamos otro olor. Era una mezcla de aroma a terror y carne putrefacta que tuvo un impacto tremendo sobre nuestro olfato. Un segundo después, escucha mos un tiroteo lejano que nos sobresaltó.
Aquel barrio había sido construido sobre todo para los trabajadores de la plantación. Va rias hileras de casitas muy bien cuidadas ocupa ban aquellas calles anchas y recién pavimenta das. Alcanzamos a ver varias tiendas y cafeterías, así como un par de escuelas de primaria y una enorme iglesia católica, de las que por entonces tanto abundaban en nuestro país gracias a los trabajadores filipinos. Desde lo alto de la aguja de aquella iglesia, que era el punto más elevado de aquel asentamiento prefabricado, me limité a contemplar embobado la carnicería que estaba el desfile hacia la extinción 17
teniendo lugar allá abajo. Lo primero que me lla mó la atención fueron las llamas, luego las man chas de sangre, después las marcas de que algo había sido arrastrado y, por último, los agujeros de bala que podían apreciarse en diversas casas; en muchas de ellas, daba la impresión de que una turbamulta enfurecida había hecho añicos sus puertas y ventanas. Lo último en lo que me fijé fue en los cuerpos, tal vez porque ya estaban bastante fríos. La mayoría se encontraban des pedazados y no eran más que un amasijo de miembros; además, los torsos yacían entre órga nos sueltos y trozos de carne amorfos. No obs tante, algunos cadáveres permanecían razona blemente intactos. Entonces, me di cuenta de que todos ellos tenían unos agujeritos redondos justo en el centro de sus cabezas. En cuando es tiré el brazo para señalarle lo que acababa de ver a Laila, me di cuenta de que tanto ella como An son ya habían abandonado el tejado. Supuse que se habían ido al escuchar los disparos.
Por un momento, me sumí en mis recuerdos y me dejé llevar por la nostalgia gracias al ban quete sensorial que aquella masacre humana me proporcionaba. Creí estar en la década de los cincuenta, merodeando por la jungla en busca de presas humanas. Laila y yo todavía hablába mos con cariño de «La Emergencia», de cómo seguíamos los rastros de olor tanto de los insur gentes comunistas como de los comandos de la Commonwealth, de cómo atacábamos desde las sombras mientras las armas (y los intestinos) de nuestras presas se vaciaban por culpa del pánico, de cómo sorbíamos con glotonería las suculen tas últimas gotas de sus corazones, que latían frenéticamente. Durante décadas, lamentaría mos que la «La Emergencia» no hubiera durado más.
He oído en alguna ocasión que cuantos más recuerdos uno acumula en su cerebro, menos espacio queda para el pensamiento consciente. No puedo hablar por los demás, pero, a mi edad, tengo atrapados en mi viejo cráneo tantos recuer dos que equivalen a varias vidas enteras, que su fro lapsus ocasionales de «concentración». Mien tras experimentaba uno de esos lapsus, mientras me hallaba perdido en el pasado reciente y me relamía los labios de un modo inconsciente, des cendí de mi privilegiada posición desde donde podía observarlo todo, doblé la esquina de la iglesia y entonces prácticamente me choqué con uno de ellos. Se trataba de un hombre, o lo había el desfile hacia la extinción 19
sido hasta hacía poco. La parte derecha de su cuerpo seguía siendo normal y se movía con cierta agilidad, pero la parte izquierda se encon traba severamente calcinada. Un fluido viscoso y oscuro rezumaba de sus numerosas heridas aún humeantes. Tenía el brazo izquierdo seccio nado limpiamente por debajo del codo, como si una máquina se lo hubiera cortado, aunque era más probable que se lo hubieran cortado con uno de esos grandes machetes que los trabajadores utilizaban para segar la cosecha. Arrastraba li geramente la pierna izquierda, dejando así un surco no muy profundo en el suelo. En cuanto hizo ademán de abalanzarse sobre mí, retrocedí instintivamente y me agaché dispuesto a propi narle un golpe letal.
En aquel momento, sucedió algo inesperado. Ese hombre, ese engendro, pasó lentamente jun to a mí andando de manera torpe y desgarbada. No se dio la vuelta. Ni siquiera estableció con tacto visual conmigo con el único ojo bueno que le quedaba. Agité una mano delante de su cara y nada. Me coloqué junto a él y seguí el ritmo de sus pasos durante unos segundos y nada. Inclu so me puse justo frente de él. Pero no solo esa bestia silenciosa se negó a detenerse, sino que me embistió sin ni siquiera alzar los brazos. Al golpearme contra la acera, solté una inesperada carcajada al mismo tiempo que aquella abomi nación submuerta me pisaba y pasaba por enci ma de mí ¡sin darse cuenta!
Luego, me percaté de que había sido bastan te necio al esperar una reacción distinta por parte de aquel ser. ¿Por qué tendría que haberme re conocido? ¿Acaso era comida para él? ¿Acaso estaba «vivo» según la acepción humana del tér mino? Esas criaturas únicamente cumplían con su imperativo biológico, y ese imperativo los im pulsaba a buscar únicamente seres «vivos». Para su mente enferma y primitiva, yo era práctica mente invisible, un obstáculo que debía ser ig norado y, como mucho, evitado. Durante un se gundo, solo pude maravillarme de lo absurda que era la situación en que me hallaba y me reí entre dientes, como un niño, mientras esa obs cenidad patética arrastraba su mutilado cadáver en descomposición lejos de mí. Me puse en pie, eché hacia atrás el brazo derecho y lo golpeé con fuerza. Volví a soltar una risita ahogada en cuan to la cabeza se le separó de los hombros con suma facilidad y rebotó con fuerza contra la casa de enfrente para acabar deteniéndose a mis pies.
el desfile hacia la extinción 21
Su único ojo funcional seguía moviéndose, se guía buscando y, de un modo bastante ridículo, seguía ignorándome. Esa fue la primera vez que me encontré cara a cara con lo que los humanos diurnos suelen llamar «zombi».
A los meses siguientes se les podría haber lla mado «las noches de negación». Seguíamos ocu pados con nuestras cosas, como siempre, mien tras intentábamos ignorar esa amenaza que iba creciendo con paso firme a nuestro alrededor. Ha blábamos y pensábamos poco sobre los submuer tos y ni siquiera nos molestábamos en mantener nos al tanto de lo que ocurría. Se oían muchas historias, contadas tanto por humanos como por miembros de nuestra especie, acerca de que los submuertos se estaban alzando en todos los con tinentes. Esas histor
