Constance

Patrick McGrath

Fragmento

cap-1

1

Me llamo Constance Schuyler Klein. La historia de mi vida empieza el día en que me casé con un inglés llamado Sidney Klein y dije adiós para siempre a Ravenswood, a Papá y a todo lo que había antes. Ahora tengo un marido, pensé, un nuevo Papá. Yo tenía intención de ser una mujer independiente. Tenía intención… en fin, de todo. Me imaginé que estaba renaciendo. Que desaparecía la voz de la burla y la desaprobación, aquella voz punzante, quejumbrosa e inquebrantablemente convencida de que yo no valía para nada, o peor, de que era innecesaria. A Sidney yo no le parecía innecesaria, y estoy hablando de un hombre que conocía mundo y que podía recitar a Shakespeare de memoria. Sidney me dijo que me quería, y cuando le pregunté por qué, me contestó que era como preguntar por qué el cielo es azul. Aquello lo cambió todo. Si antes yo recorría las calles de Nueva York con los pasos inseguros de una extraña, ahora me regocijaba de todo lo que hasta entonces me había angustiado: las multitudes, la velocidad, los ruidos, las voces.

Los demás se dieron cuenta de mi cambio. La redactora jefa adivinó mi secreto de inmediato. Me dijo que yo estaba enamorada. Intenté negarlo, porque no se me había ocurrido que pudiera ser aquello lo que me pasaba, pero insistió. Me dijo que ella sabía qué cara tenía el enamoramiento, y yo le pregunté qué cara tenía. La tuya, me dijo, y se alejó con una sonrisa inescrutable. En otra ocasión me preguntó si estaba satisfecha con mi trabajo y le dije que sí. Pues entonces aférrate a él. Di por sentado que ella me estaba diciendo que no podía amar a Sidney Klein y mi trabajo al mismo tiempo, y le dije que sí podía. Ellen Taussig era capaz de decirlo todo con un pequeño movimiento de la ceja. Pero es que es verdad, gemí por lo bajo. ¿Por qué no iba a poder? Muchos son los llamados, me dijo ella, y me echó un vistazo por encima de sus gafas. Dice mucho de lo que yo sentía por entonces el hecho de que toda la carga de escepticismo que transmitía aquella ceja depilada y enarcada no consiguiera quebrar mi confianza.

Y entonces vino la boda.

Solo después, tras el almuerzo en el restaurante, en plena deshonra de mi hermana Iris y en plena furia de Papá, me pregunté a mí misma qué creía estar haciendo. ¿Quién me creía yo que era, una persona normal? Mi nuevo mundo se arrugó como una bola de papel arrojada a las llamas y lo único que me quedó fueron unos pocos restos calcinados y unas cuantas cenizas. Degradada y humillada como estaba, me acordé de la madre de Sidney, una mujercilla demente, reumática y contrahecha que se había presentado a nuestra boda vestida de negro. Yo era un guiñapo igual que ella. Yo era la madre de Sidney. Intenté contarle lo que me estaba pasando pero él no quiso oírlo. No encajaba con su idea de mí. Era la primera vez que yo veía esto con claridad, y al verlo me di cuenta de lo tonta que había sido al pensar ni por un instante que era posible que alguien me quisiera…

El apartamento de Sidney era grande y oscuro y estaba lleno de libros. No me gustaba. Me resultaba intimidante. Todo lo que había en él parecía indicarme que allí vivía una persona lista, una persona como era debido. Me hacía sentir que en cualquier momento descubrirían que yo era una intrusa y me desahuciarían. Estaba en un piso alto de un edificio del Upper West Side de antes de la guerra, y por las noches era muy ruidoso. Todo estaba cambiando, me decía Sidney, a medida que los antiguos vecinos se mudaban a los barrios residenciales y se instalaba la gente pobre, los negros y los puertorriqueños, los inmigrantes y los recién llegados. De la calle provenían voces ásperas, toscas y extranjeras, y tenía la sensación inquietante de vivir en dos mundos al mismo tiempo y de no encajar en ninguno ni formar parte de ellos.

Sidney había adquirido el apartamento durante su primer matrimonio, que había terminado en divorcio. De aquel matrimonio había nacido un hijo, un niño llamado Howard que ahora vivía con su madre en Atlantic City. Sidney iba a menudo a verlos y estaba claro que le tenía mucho cariño al chaval, pero yo no tenía ganas de conocerlo. Prefería que Sidney no me hablara de él. Howard ya tenía madre. Entretanto, a mí me preocupaba cada vez más la cuestión de por qué me había elegido aquel hombre como esposa. Cuando se lo preguntaba, me contestaba en broma. Me decía que me había visto tan confusa en aquella fiesta literaria de Sutton Place que le había parecido que debía rescatarme antes de que yo me pusiera a gritar.

Luego fui feliz durante una temporada, o por lo menos todo lo feliz que se podía ser dadas las circunstancias. Sidney ocupaba los márgenes de mi jornada. Era el hombre con el que me despertaba por la mañana, a cuyo lado regresaba por la tarde después del trabajo y con quien me acostaba por la noche. Pero yo ya no estaba en paz mentalmente, y cada vez me sentía más incómoda con los términos del matrimonio que él había establecido. No entiendo cómo sucedió, y traté de no obsesionarme con ello, pero empecé a sospechar que había cometido una equivocación, y que nada de aquello era para mí, que en realidad era para otra persona. Una de las dificultades que yo había previsto al proponerme matrimonio Sidney era que él era mucho más culto que yo, y al cabo de un tiempo es cierto que aquello se volvió irritante. Pobre Sidney, le encantaba enseñarme cosas. Quería darme todo el conocimiento que poseía y le molestaba que no le agradeciera su generosidad. Yo le dije que ya me habían educado.

—¡Ja! —gritó él. Se inclinó hacia delante en su asiento. Tenía la mirada inflamada de desdén—. Conque eso crees, ¿eh?

Aquello fue cruel y me hizo daño. Era exactamente la clase de cosa que diría Papá. Sidney prefería a las alumnas que después de un rato de discusión se echaban atrás, pero aquella vez no me eché atrás, ya estaba harta de que me hablara de aquella manera. Fue nuestra primera pelea de verdad y a mí me asustaron mucho las cosas que solté. Le dije que era un viejo y que estaba demasiado gordo y que había sido cruel al obligarme a casarme con él. Más tarde lo abracé con fuerza en la cama, horrorizada por lo que le había dicho. Él me reconfortó. Me dijo que en realidad mi deseo imperioso de desafiarlo era una expresión de amor. Yo me aferré a aquella idea, pero más tarde me di cuenta de que no me la creía. No se lo dije, pero aquello confirmaba mi sospecha de que en realidad a Sidney no le interesaba quién fuera yo, solo el hecho de que me amoldara a la imagen mental que él se había formado de mí. A veces me sentía como un fantasma en aquel apartamento.

En otra ocasión me preguntó si podía leer unas galeradas para él.

—¿Qué pasa, te crees que yo no tengo trabajo? —le dije.

—Te pagaré.

«Te pagaré.» Estaba empezando a entender por qué había aceptado casarme con él. Papá nunca me había dado lo que a mí me hacía falta y yo creía que era culpa mía. Los hijos siempre asumen la responsabilidad de lo que les ha caído encima, sea bueno o malo. En mi caso, malo. Y desde el momento en que conocí a Sidney, había querido tenerlo a él de padre, para poder empezar otra vez desde cero. ¡Pero eso era imposible! ¡Era una idea absurda ya de entrada! Qué tonta fui al pensar que podría haber sido distinto. Pero para cuando me di cuenta ya era demasiado tarde, yo ya era la señora Klein. O la señora Schuyler Klein.

Otro problema era que él daba por sentado que yo compartía su impaciencia por formar una familia. No sé por qué me resistía tanto a la idea. La mayoría de las mujeres quieren tener hijos, ¿por qué yo no? Tal vez estuviera relacionado con las exigencias sexuales de él. Yo no me oponía terminantemente a la idea, me refiero a la idea de tener un hijo, pero ahora sí creo que la situación era una expresión más de la lucha de poder que se estaba convirtiendo en un constante susurro disonante de fondo en el matrimonio. Sidney escribía, daba charlas y a menudo viajaba a seminarios: era un hombre ocupado y estaba muy solicitado. ¿Qué pasaría si hubiera un niño en el apartamento? Yo sabía lo que pasaría: que me tocaría renunciar a mi trabajo, y no estaba preparada para dejarlo. Recuerdo que una vez le pregunté si su padre había ayudado en la casa. Él me contestó que no, que su padre dejaba las tareas domésticas a las mujeres. ¿Y por qué él era distinto?

—Porque lo he pensado detenidamente.

Él lo pensaba todo detenidamente. A veces me agotaba de tanto pensar. Tenía una mente precisa y lógica que funcionaba con una rapidez impresionante, pero no era creativo. Jamás podría haber escrito un poema, por ejemplo. Podía someter un poema a análisis crítico, pero no llegaba más allá. Le faltaba imaginación.

En aquella época le gustaba llevarse a menudo a sus alumnos a casa y montar discusiones en voz muy alta en la sala de estar. Como era un apartamento grande, y como no teníamos cuidado en este sentido, reinaba un estado de desorden crónico. Solo los esfuerzos de Gladys impedían que cayéramos en el caos absoluto. Gladys era la asistenta de Sidney, una buena cristiana de Atlanta, Georgia, como a él le gustaba definirla. Y aunque yo siempre estaba demasiado cansada para participar en aquellas discusiones que él organizaba en casa, tampoco le ponía objeción alguna. Me limitaba a irme al dormitorio, y aunque me enervaba el ruido de la conversación y las risas estridentes que llegaban hasta allí, no me quejaba. Lo que no podía era participar. A diferencia de mi hermana, no se me daban bien los grupos grandes.

Todas las semanas, como la hija diligente que fingía ser, llamaba a Papá para asegurarme de que todo iba bien en Ravenswood. A él no le gustaban demasiado las conversaciones telefónicas largas y enseguida le pasaba el aparato a Mildred Knapp. Mildred llevaba viviendo en la torre desde la muerte de Harriet. Limpiaba y cocinaba para Papá y para Iris, aunque para él hacía más cosas. Yo me la imaginaba muy bien allí plantada, con el teléfono en la mano, y a Papá haciéndole de apuntador. Mildred no podía hablar con libertad, pero no importaba. Ella y yo nunca habíamos sido amigas. Lo que yo obtenía de Mildred Knapp eran noticias de Iris. Mi hermana tenía planeado mudarse a la ciudad cuando se licenciara de su universidad del norte del estado. Como a mí, la idea de que Iris viviera en Nueva York debía de alarmar a Papá, y por eso no me sorprendió que me sugiriera que me la llevara al apartamento con Sidney y conmigo para poder desempeñar el rol de madre, igual que había hecho cuando ella era adolescente, después de la muerte de Harriet. A Sidney le parecía bien pero a mí no. Antes muerta, dije.

Por suerte para mí, Iris quería vivir en el sur de la isla, de manera que no me hizo falta negarme a acogerla. Con Iris no había nada que sucediera de forma simple. Siempre tenía que haber drama, emoción y confusión. Mientras asistía a la universidad había hecho varias visitas a Nueva York, y a mí nunca me había entristecido ponerla en el tren de vuelta al norte del estado. Daba más problemas todavía que en el instituto. Los breves periodos que pasaba con ella me agotaban. No era guapa, por lo menos en el sentido convencional. Tenía la cara demasiado gorda y los dientes mal puestos, aunque sí que tenía unos ojos bonitos y la piel cremosa. Era igual de alta que yo pero entrada en carnes. Los hombres sí que la encontraban atractiva.

En cuanto a su pelo, era rubia, aunque no tenía el cabello tan claro como yo, más bien era pajizo, y demasiado abundante considerando los pocos cuidados que le prodigaba. La veía a menudo con la cara empapada de lágrimas y el pelo húmedo y adherido a la cara, así de desastre era. Una chica imposible. Sin embargo, una semana después de llegar ya había encontrado un piso estrecho y alargado encima de un restaurante de fideos en Chinatown. Jamás descubrí cómo había conseguido que le alquilara un casero chino: todo el mundo contaba que para vivir en Chinatown había que hablar cantonés, aunque para ser precisos ella vivía más bien en The Bowery. También encontró trabajo en un hotel. Mi marido estaba impresionado. Iris le divertía, y él aprobaba la ambición que ella tenía de ser médico. Sidney creía que mi hermana llegaría a ser una buena médico en cuanto sentara la cabeza. Iris poseía lo que él denominaba una «personalidad enérgica». También decía que tenía «vitalidad desorganizada». Con lo cual quería decir que era escandalosa y tenía apetitos. Y con eso quería decir que le había cogido gusto al alcohol y también a los hombres. Atraía a los hombres mayores y le daba igual que estuvieran casados o no. Esto yo lo sabía porque siempre que ella se aposentaba en cierto bar-bodega de Greenwich Village, donde se sentía como en su casa, nada le gustaba más que atiborrarse de cócteles y contarme su vida sexual.

Nunca me he sentido cómoda conversando abiertamente sobre sexo. A Iris, en cambio, le gustaba explayarse. Con un Martini en una mano y un cigarrillo en la otra, los ojos chispeantes y el pelo alborotado, se burlaba del hecho de que me escandalizara cuando me hablaba abiertamente de sus asuntos. Se comportaba como si yo fuera de otra generación, y en cierta manera era verdad. También me decía que me había casado demasiado pronto.

—Me cae bien Sidney —dijo—, pero Nueva York está llena de hombres listos si es eso lo que quieres.

—Ya me he hartado de hombres listos —le dije.

—Basta de listos —exclamó—. Oh, Constance, no se acaban nunca. Siempre hay más.

—Iris, ¿dónde has aprendido a hablar así?

Entretanto Sidney había decidido que teníamos que organizar una cena para poder presentarle a aquel desastre de pelandusca beatnik a algunos amigos nuestros. Me dijo que a mi hermana le hacían falta amigos en la ciudad. Yo le dije que Iris era más que capaz de encontrar amigos sola. Pero era mi hermana, de manera que acepté. Fui a verla después del trabajo y le conté que le estábamos montando una cena. Ella se mostró absurdamente contenta.

—Es la primera vez que alguien monta una cena en mi honor —dijo.

Yo le dije que más le valía comportarse. Le recordé lo que había pasado en mi boda.

—Pero si yo era una niña.

La noche de la cena hacía calor y todas las ventanas del apartamento estaban abiertas. La velada me daba pavor. Mientras empezaban a llegar los invitados, Sidney preparó una jarra de Martini. Se estaba fumando un puro. Ed Kaplan preguntó dónde estaba aquella famosa hermana mía.

—Está a punto de llegar —dije.

Nos encontrábamos en una sala grande con las paredes revestidas de madera, alfombra persa cara, un par de sofás Chesterfield granate a ambos lados de una mesilla y una chimenea, todo muy masculino. Había una pared de librerías con una escalerilla sobre cojinetes de rodillos y una mesa para las bebidas. Era una sala muy calurosa en verano. Los Martinis desaparecían a toda velocidad. Los invitados hablaban muy alto. Todo el mundo estaba fumando. Ed Kaplan hizo correr la voz de que Iris no existía. Era mejor que cenáramos con la idea de Iris, decía; resultaba menos decepcionante. Todo muy ingenioso, pero los invitados seguían emborrachándose y todavía no había ni rastro de Iris. Me llevé a Sidney aparte.

—Voy a servir la cena —dije—. Llévalos a la mesa.

Ya habíamos entrado en el comedor y nos habíamos sentado cuando la oímos llamar a la puerta. Le pedí a Ed que hiciera el favor de ir a abrir. Luego oímos sus tacones de aguja repicar con elegancia en el suelo del pasillo. Iris se quedó mirando con cara de sorpresa a los allí reunidos.

—Dios, ¿llego tarde? —exclamó con voz ronca. Luego abrió mucho los ojos—. Ha habido un incendio.

Llevaba un vestido de cóctel rojo y escotado que se le ajustaba a su generosa figura, y entre los tacones y la especie de moño alto y desmañado en que se había recogido las greñas rubias sobre la cabeza, casi llegaba al metro ochenta y cinco. Fue recorriendo el perímetro de la mesa, inclinándose para estrecharle la mano a cada uno de los invitados y sin ocultar para nada su escote. Ellen Taussig, siempre tan recatada, echó un vistazo en mi dirección, pero Iris se mostró encantadora al saludarla. Le dijo que había oído hablar mucho de ella.

—Cielos —dijo Ellen—. ¿Has sido tú la que te has incendiado?

Iris se la quedó mirando y durante un par de segundos reinó el silencio en el comedor. En la calle un hombre gritó una obscenidad. De pronto Iris se dio cuenta de que aquella mujer elegante y digna estaba bromeando. Levantó la cabeza y soltó una risotada a voz en grito que a mí me sonó igual que un montón de botellas haciéndose añicos en una chimenea. Todos se sumaron al jolgorio; hasta Ellen se contagió de las carcajadas de mi hermana. Durante un rato reinó la histeria. Vaya éxito estaba teniendo.

No sé por qué aquella noche me puse a pensar en la muerte de Harriet. Siempre me resultaba doloroso acordarme de sus últimos meses. Yo tenía doce años cuando ella enfermó, todavía joven: no tenía más que treinta y siete años. Recuerdo que estaba enfadada con ella pero tuve la sensatez de no mostrarlo. Creo que lo entendió. Papá fue menos capaz que yo de afrontar la enfermedad de mi madre. Era médico. Había visto más casos de cáncer y sabía cómo terminaban. El cáncer es cáncer, dijo una vez, y lo dijo con una frialdad y una irrevocabilidad que me hizo echarme a temblar. No hubo remisión. Era un bulto en el pulmón y ella debió de pasar dolor durante un tiempo antes de decírselo a nadie. Pobre Harriet. Era una estoica, decía Papá. A los ojos de la niña que yo era por entonces, ella se volvió etérea. En aquella época casi no había nada con lo que yo no pudiera fantasear. Intentaba no mostrarme triste en su presencia, aquello era lo más duro. Pero cuando yo estaba triste, por lo menos le proporcionaba a mi madre la gratificación de consolarme. Creo que le hacía falta. De manera que le di la oportunidad de resultar útil.

Mi madre odiaba que cuidaran de ella. Cuando estaba en el hospital, parecía más pequeña y más enferma que en casa, puesto que en casa tenía cierta influencia sobre el entorno doméstico. Mildred Knapp venía todos los días y las dos se ponían de acuerdo sobre las cosas de la casa.

El funeral fue espantoso. Yo no me vine abajo porque tenía que hacerme cargo de Iris. Pero Papá sí que se vino abajo. La casa estaba llena de gente deambulando. Mildred había hecho bocadillos. Había bebidas. Yo estaba destrozada. Los adultos, sin embargo, parecían creer que aquello era una especie de cóctel. En un momento dado oí que uno de nuestros vecinos le decía a otro que el pobre médico «no había estado preparado para aquello». Yo tuve una reacción exagerada a aquellas palabras. Me vi obligada a abandonar la sala. Había un cuarto de baño debajo de las escaleras de la entrada, un pequeño lavabo de tuberías ruidosas adonde yo iba a menudo para leer o solo para pensar, cerrando la puerta con pestillo. Vomité en el retrete. Lo volví a oír: «No había estado preparado para aquello». Lo había oído antes, tal vez en un sueño. Me quedé mucho rato allí sentada, con la cabeza apoyada en las manos.

No tardó en pasárseme. Me recuperé, más o menos, y la vida continuó. Aun así, pronto volvió a ocurrirme: la segunda vez pensé que alguien me estaba diciendo algo pero no había nadie en la sala. Fue un shock darme cuenta de que estaba todo en mi cabeza. No se lo conté a nadie. Pero nunca pensé que me estuviera volviendo loca. No fue más que un mal recuerdo.

Una noche en Nueva York, Iris me preguntó si me acordaba del día en que se había muerto Harriet. No era una pregunta fácil. Yo había guardado en cajas mis recuerdos de aquellas últimas semanas y los había encerrado en una habitación de mi mente en la que nunca entraba si podía evitarlo. Yo sabía que estaba viéndola morir y una vez le pregunté a Papá cuándo iba a pasar. Me acuerdo de lo clínica y fría que fue su respuesta:

—Dentro de unos días —me dijo—. Muy pocos.

Yo no había sido consciente de que fuera a suceder tan pronto. Me rompió el corazón. ¡No hacía falta ser una niña impresionable con una tendencia imaginativa muy fuerte para beberse la copa rebosante de dramatismo de aquellas palabras! Empecé a desear que se acabara su sufrimiento. Quería que se muriera y me sentía culpable por quererlo. Pero qué piadoso sería que se acabara todo, o bien que yo pusiera fin discretamente a su vida, que me limitara a taparle la cara con una almohada y me pasara cinco minutos apretando con fuerza. Estaba segura de que aquello era lo que mi madre querría. Yo odiaba lo flaca que se había puesto, ya no era más que huesos, y odiaba también aquellos ojos apagados y drogados que me miraban, y aquel hedor atroz y dulzón a podredumbre que impregnaba siempre la habitación. Aquella mano parecida a una zarpa que se elevaba del cubrecama y me agarraba cada vez que yo me acercaba…

Yo no le podía decir esto a Iris. Ella era como Harriet, tenía un gran corazón. Era un libro abierto. Nadie decía que no fuera una persona como era debido. Recuerdo hablarle de la tristeza de aquellos días y contarle que Papá decía que la muerte era buena si traía el fin de los sufrimientos. Era como irse a dormir, decía. Jamás mencionaba el Más Allá. Siempre había sido un descreído.

—¿Sabes que todos pensamos que estaba sola cuando se murió? —me dijo entonces Iris.

Claro que lo sabía. Había momentos en que no había nadie en la habitación con ella, y fue en uno de esos momentos cuando pasó. Papá entró al cabo de unos minutos y descubrió el cadáver. Y me acuerdo de que aquel mismo día, en la cocina, mientras estábamos sentados mirando nuestras tazas de té, Mildred Knapp nos dijo que mi madre había decidido irse estando sola. Nos contó que su marido, Walter, se había ido igual. Luego se llevó de golpe la mano a la cara para taparse la boca.

Nunca me olvidaré de cómo Mildred se llevó la mano a la boca tras decir el nombre de su difunto marido. Walter. Walter Knapp. Era la primera vez que lo mencionaba. Nunca se nos había ocurrido que Mildred hubiera tenido marido, nuestra vieja y amargada Mildred. Iris también se quedó muy impresionada.

—¿Eso se puede decidir? —preguntó en voz baja.

—A veces —dijo Mildred—. Si tienes suerte.

La muerte de Harriet acabó siendo un alivio, pero Papá tardó mucho en superarla. Más adelante me di cuenta de que se sentía mal por no haber estado con ella en el último momento, para aliviar el dolor de su partida. Todo esto tenía yo en mente cuando Iris me reveló que mi madre no había muerto sola.

—¿Qué me estás diciendo?

—Que yo estaba con ella.

Me quedé pasmada. Me contó que había entrado en el dormitorio y que Harriet estaba dando boqueadas como si no consiguiera coger el aire suficiente en los pulmones. Iris pensó en ir a buscar a Papá, pero Harriet le pidió que se quedara con ella. De manera que Iris se metió en la cama con mi madre y le cogió la mano. Y entonces se murió.

—¿Cómo lo supiste?

—Se le quedaron los dedos flácidos y se hizo un silencio total.

—¿Y tú qué hiciste?

—Al cabo de un rato me fui.

—¿Y por qué no se lo contaste a nadie?

—Pensé que me iba a crear problemas.

Nos quedamos mirándonos un segundo. Luego nos echamos a reír las dos. Cómo vociferamos, oh, tormentas de júbilo. No lo pudimos evitar. Yo era la primera persona a quien Iris le contaba aquello, así de estrecha era nuestra relación. Pero al mismo tiempo sentí resentimiento. Era yo quien tendría que haber estado con Harriet al final.

Así pues, después de que Iris triunfara en la cena que Sidney había organizado en su honor, le pedí que me enseñara el hotel donde trabajaba. Yo estaba intentando cuidar de ella. Era lo que Harriet habría querido que hiciera, y me lo había tomado como el último deseo de una madre. Empezaba a anochecer y estábamos plantadas en la acera de enfrente de una casa de ladrillo rojo de la esquina de la calle Treinta y tres Oeste, cerca de Penn Station. En el cielo de Nueva Jersey divisé unas cuantas manchas de crepúsculo herrumbroso. Encima de nosotras había nubes negras. Me sentí intranquila. La última luz del día bruñía las ventanas de las casas de vecinos de la acera de enfrente y arrancaba destellos de las salidas de incendios. Al final de la manzana había un solar vacío y rodeado por una alambrada. En él había un puñado de jóvenes, ociosos y fumando. No dejaban de mirarnos. No me gustó nada. Iris me dijo que dentro no se estaba tan mal.

—No me digas.

Unos escalones anchos de piedra con barandillas metálicas ascendían hasta una puerta rematada por un dosel que tenía grabado el emblema del hotel. En la cornisa de encima había posadas varias palomas. Mientras subíamos los escalones, echaron a volar hacia la oscuridad. Nos recibió un hombre negro con uniforme raído de color gris con ribetes escarlatas. Nos dio la bienvenida al hotel Dunmore. Saludó a Iris por su nombre.

—Hola, Simon —le dijo ella—. Esta es mi hermana mayor.

Luego se sacó del bolso unas gafas de gruesa montura negra y se las puso. Las gafas la transformaron por completo. ¡Parecía una intelectual!

—No me mires con esa cara —me dijo—. Las necesito.

Entramos en un vestíbulo que tenía el suelo de azulejos y helechos polvorientos en macetas. Había viejos sillones y sofás de cuero agrupados en torno a mesillas. El lugar estaba destartalado pero todavía conservaba un vestigio de elegancia, y yo me imaginé a viajantes solitarios registrándose con sus maletas llenas de muestras y luego escabulléndose para comprar un botellín de whisky de centeno o lo que fuera. Junto al mostrador de recepción, una ancha escalera enmoquetada ascendía hacia los pisos superiores. Fue entonces cuando descubrí, porque lo oí tocar, que el Dunmore contaba con un pianista. Al parecer tocaba todas las noches en la coctelería. Se llamaba Eddie Castrol e Iris estaba ansiosa porque yo lo conociera. Le pregunté por qué.

—¿Te vas a enfadar conmigo?

—Depende de lo que vayas a decir.

El alma ya se me estaba cayendo a los pies. Ella se puso a decirme que se había liado con un hombre. Y que quería que yo lo conociera. Le avisé de que como no me dijera quién era me volvía para casa. Se lo dije con firmeza. De manera que nos sentamos en el vestíbulo media hora y ella me contó que esta vez iba en serio.

—Ah, ¿sí? —le pregunté.

Iris me llevó hasta la coctelería. Era una sala grande y oscura con mesas dispersas, una pista de baile pequeña y una barra. Los escasos clientes estaban sentados a solas o bien en parejas acurrucadas que cuchicheaban. Había lámparas con pantallas festoneadas que emitían un tenue resplandor amarillento. La atmósfera era extraña, triste y vagamente onírica, y todavía la hacía peor la presencia de un hombre con esmoquin raído que tocaba un piano de cola en la otra punta de la sala. Estaba tocando algo que no podía identificar. Una melodía extrañamente inconexa, con altibajos. Sincopada. Tengo una sensibilidad aguda para la música. Bueno, la tengo para todos los sonidos.

—¿No te recuerda a Papá? —susurró Iris.

¡Para nada! Resultaba alarmante que Iris pensara aquello. Me acompañó hasta un reservado, hizo una señal a la camarera y se quedó un momento plantada mirando a Eddie Castrol a través de sus ridículas gafas. El tipo nos dedicó una sonrisa. Iris se alejó. Yo me pedí un Martini. Le eché otro vistazo a aquel hombre que Iris pensaba que se parecía a Papá. Tenía la piel apergaminada, blanqueada por el resplandor del foco, pero no tocaba mal el piano.

Al cabo de un momento se dio cuenta de que yo lo estaba mirando. Se inclinó hacia delante, con la cabeza gacha y el cigarrillo entre los labios, clavando los dedos en las teclas igual que un pájaro que desentierra gusanos, y se puso a tocar nada menos que «Moon River». No había nadie más escuchando. La tocó despacio y con aire taciturno. Demasiado sentimental para mí.

Me perdí en mis pensamientos. Me imaginé a mi hermana en brazos de aquel individuo reptiliano. Me lo imaginé a él dándose un festín con el cuerpo suave y carnoso de ella, como si fuera un animal. Era un pensamiento inquietante. Él terminó su repertorio antes de que ella volviera, se incorporó de su banqueta de forma algo abrupta y cruzó la sala entre aplausos escasos. Ahora tenía toda mi atención. Me encendí un cigarrillo, era la noche para ello. El tipo se sentó con naturalidad en mi reservado, a mi lado, y se presentó. A continuación se volvió hacia la barra.

—¿Adónde se ha ido esa moza?

Se refería a la camarera. Me sonrió con el cigarrillo en la boca. Luego se ventiló una ginebra grande en un santiamén y se pidió otra. Borracho, pensé yo. Se tragaba la ginebra como si fuera agua. Se inclinó hacia mí y me confió que no estaría aquí si no le pagaran tan bien.

Le giré la cara.

—No me avergüences —le dije.

Me mostré fría con él. No tenía más que desprecio para aquel hombre sórdido y aquel tugurio

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