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DOS JUICIOS «Deja de tirarte a polis negros o lárgate del Partido Comunista.»
He aquí el ultimátum, la absurda suma total del mensaje transmitido a Rose Zimmer por el conciliábulo reunido en su cocina de Sunnyside Gardens aquella noche. A finales de otoño de 1955.
Sol Eaglin, Comunista Importante, la había llamado por teléfono. Deseaba verla un «comité»; no, ningún problema, estarían encantados de ir a su casa esa misma noche después de dar una charla justo al otro lado del barrio… ¿Las diez era demasiado tarde? Una orden, no una pregunta. Sí, Sol sabía lo mucho que trabajaba Rose, lo que valoraba sus horas de sueño. Le prometió que no se alargarían.
¿Cómo ocurrió? Fácil. De forma rutinaria, de hecho. Estas cosas pasaban a diario. Podían exiliarte de la causa por sonarte la nariz o estornudar a intervalos sospechosos. Ahora, después de tanto tiempo, le tocaba a Rose. Había entornado la ventana de la cocina para oírlos llegar. Preparó café. Se colaban los ruidos de los Gardens, fumadores, amantes, adolescentes enfurruñándose en los senderos. Aunque la oscuridad invernal se había adueñado del vecindario hacía horas, era una noche de primeros de noviembre asombrosamente templada y tentadora, el último latido del recuerdo del verano en la tierra. Las ventanas de otras cocinas estaban abiertas de par en par, las voces se confundían: los numerosos enemigos de Rose, los amigos no tan numerosos, los otros, tantos otros, a los que simplemente toleraba. No obstante, camaradas todos. Según Rose, la respetaban pese a no gustarles. Un respeto que le arrebataría el comité que en ese instante entraba en su cocina.
Eran cinco, contando a Eaglin. Se habían arreglado demasiado, con americanas y chaquetas exageradas, y estaban ocupando las sillas como en un óleo soviético, posando como para un encargo intelectual. En pos de aquella quimera, el Quién-esesta-mujer Dialéctico, cuando en realidad allí no iba a darse ninguna dialéctica. Tan solo dictadura. Y el acatamiento de lo dictado. Con todo, Rose trató de ser indulgente. Esos hombres, a excepción de Eaglin, eran demasiado jóvenes para haber sobrevivido como ella a los saltos mortales intelectuales de los años treinta, el nacimiento del fascismo europeo y el Frente Popular; la guerra los cogió niños. Eran zánganos, hombres vestidos de pensamiento independiente que se habían convertido en esclavos de la jerga del partido. Ninguno de ellos importaba en esa habitación, salvo el único independiente o reflexivo, un organizador genuino y famoso, al fin y al cabo, un hombre de las plantas de producción, Sol Eaglin. Ex amante de Rose Zimmer. Eaglin viste pajarita y ahora el pelo le nace por detrás del arco más alto del cráneo como una puesta de sol invernal. Eaglin es el único lo bastante hombre para no mirarla a los ojos, el único que capta lo vergonzoso de la situación.
He aquí la costumbre comunista, el ritual comunista: el juicio de salón, la respetable turba de linchamiento se aprovechaba de tu hospitalidad mientras lanzaba una granada de política de partido contra tu compromiso, levantando el cuchillo de la mantequilla para untar una tostada y de pasada cercenarte de aquello por lo que habías dado la vida. Pero que fuera la costumbre y el ritual comunista no significaba que a aquellos chicos se les diera bien, ni que se sintieran cómodos: Rose era la veterana. Ya había pasado por un juicio semejante hacía ocho años. Estaban sudando; a ella simplemente la agotaban tantos titubeos y carraspeos.
El óleo dio conversación. Uno de los hombres se inclinó y jugueteó con el monumento a Abraham Lincoln de Rose, la mesilla de tres patas que contenía los seis volúmenes de Carl Sandburg, una fotografía de Rose con su hija junto a la estatua de Lincoln en Washington en un pequeño marco y un centavo falso conmemorativo de circunferencia similar a una rodaja de paté de hígado. El joven era rubio, como el primer marido de Rose (su único marido, aunque el cerebro de Rose caía constantemente en este error, como si tuviera por delante una nueva vida a la espera de ser numerada). Levantó el medallón y ladeó la cabeza como un idiota, como si dejarse impresionar por el peso del objeto constituyera una prometedora vía de discurso.
–Así que Abe el Honrado, ¿eh? –dijo el joven.
–Deja eso.
La miró, ofendido.
–Sabemos que es usted una entusiasta de los derechos civiles,
señora Zimmer.
Era típico de una noche así que cualquier comentario terminara yendo al grano, se pretendiera o no. He aquí, pues, el crimen que el partido había inventado para Rose: exceso de celo por la causa de la igualdad de los negros. En los años treinta Rose había sido lo que después, durante la caza de brujas, llamarían una «antifascista prematura». ¿Ahora? Una defensora de la igualdad demasiado sensual.
–Tenía algunos esclavos –dijo Rose–, pero los he liberado. Al menos, un codazo a Sol Eaglin. Desde luego, desapercibido para el joven.
Eaglin intervino, como estaba destinado a hacer, para «manejarla».
–¿Dónde está Miriam? –preguntó, actuando como si el hecho de conocer el nombre de la hija de Rose mitigara la incongruencia de su presencia en la vida de esta: ni amigo ni enemigo, a pesar de que se habían manoseado a oscuras cientos de veces.
Eaglin era un mero operario anodino, un autómata de la política del partido. Esa noche era la prueba concluyente, si es que Rose necesitaba alguna. Podías acoger a un hombre en tu cama o en tu cuerpo, tocar su sistema nervioso como Paderewski el piano, y no apartarías su cerebro un ápice del dogma de hormigón.
Ni, para el caso, del hormigón del trabajo policial. Tampoco, por cierto, había apartado nunca a ningún hombre de su mujer.
Rose respondió encogiéndose de hombros.
–Por lo visto, a su edad no debo saber dónde está.
Miriam, el prodigio, tenía quince años. Como se había saltado un curso, ya estaba en segundo del instituto y prácticamente era una fugitiva. Miriam vivía en las casas de otras familias y en el refectorio del Queens College, coqueteando con falsos intelectuales judíos y gentiles, chicos que uno o dos años antes estaban tocándose las pelotas y peleándose con tebeos enrollados o girando los taburetes en las heladerías o en los trenes elevados, la clase de chicos que se callaban, o incluso temblaban, cuando compartían la acera con Rose Zimmer.
–¿Flirteando con el primo Lenny?
–Lo único que puedo afirmar con total seguridad, Sol, es
que estará en cualquier lado menos con el primo Lenny.
Hablaban del primo segundo de Rose, Lenin Angrush, quien de hecho le había regalado el centavo falso gigante. Se consideraba numismático. ¿Miriam? ¿Darle la hora a Lenny? Ni en sueños.
–No perdamos más tiempo –propuso el joven que había tocado las cosas de Lincoln.
Rose no debería subestimar la brutal autoridad de la juventud: el joven tenía de sobra. Eaglin no era el único poder de la sala solo porque fuera el único que Rose había decidido reconocer. Ese joven se moría por distinguirse, probablemente en el contexto de alguna justa con testigos, para alcanzar la posición de protegido de Eaglin. Un simple preludio antes de apuñalar a Eaglin por la espalda. Seguro.
Pobre Sol, la verdad. Todavía hundido hasta el cuello en fangos paranoicos.
Rose sirvió café a la valiente cohorte llegada para anunciarle que había elegido al negro equivocado. Estaban hablando; la verdad es que debería escuchar el veredicto. Salvo que rompiera la relación, Rose ya no contaría con el privilegio de ejercer de secretaria de actas en las reuniones con los representantes sindicales, incluido el sindicato de su lugar de trabajo, Real’s Radish & Pickle. Despojada de su última función en el partido. Allí, en Real’s, Rose disfrutaba del honor de presenciar en horrorizado silencio cómo sus torpes camaradas intimidaban a trabajadores cuya cotidianidad, cuyas solidaridades, forjadas hombro con hombro hundiéndose hasta el codo en toneles de salmuera helada, avergonzaban a las abstracciones de los organizadores de galería engalanados con atildados tirantes y camisas de cuadros sin una sola arruga, trabajadores que no sabían lo suficiente para no dejarse avergonzar por esos disfraces de proletario de carroza de Halloween.
Ni que decir tiene que los hombres que estaban en su casa podían irse todos al carajo.
Sin embargo la habitual furia de Rose no se adecuaba a la situación. La cocina llena de bandidos morales, incluso Eaglin, le parecía sellada por la distancia, las voces, amortiguadas. Los hechos se desarrollaban ante ella como guionizados, eran algo que le ocurría a otra persona en lugar de a ella. Una obra en un acto, digna de la compañía teatral socialista de Sunnyside, que transcurría en la cocina de Rose y estaba protagonizada por su cuerpo –el tema de la polémica era el comportamiento de este–, pero por ninguna otra parte. El corazón, si es que su seno todavía contenía alguno, estaba ausente. Rose ya no estaba presente. Lo de la excomunión había concluido hacía mucho. Calentó el café y sirvió un poco más, agasajando al grupo de linchamiento con la porcelana de Meissen de su suegra, incluso mientras aludían, en términos lo bastante oblicuos para salvaguardar su propia vergüenza ya que no la de ella, a la vida sexual de Rose. Se atrevían a decirle a quién debía follarse. Más exactamente, a quién no debía follarse. O que no follase y punto. Que no jugara al solitario en la cama con hombres que, a diferencia de ellos, tenían la talla y el aplomo para desearla, para no tratarla con deferencia.
Porque esos hombres que habían ocupado su cocina, incluso en su misión de verdugos, mostraban una deferencia patética: a la fuerza de Rose, a su historia, a su pecho, cuya circunferencia duplicaba la del de ellos. Rose, que se había manifestado en contra de la fiesta de cumpleaños de Hitler por la Quinta Avenida mientras camisas pardas estadounidenses la acribillaban con verdura podrida. Rose, que se había manifestado a favor de los negros prácticamente antes que los propios interesados. Llevar la revolución a los negros, vale. Llevarse a la cama a uno en particular, no. ¡Hipócritas! El rodeo incesante que se repetía una y otra vez entre la niebla de su cháchara era «asociaciones». Les inquietaban las asociaciones de Rose. Se referían, por supuesto, a la asociación de su vagina judía comunista cada vez más vieja con el pene robusto y cariñoso del teniente negro.
Sin embargo Rose aceptaba lo que le pedían como una camarera lobotomizada: ¿Un poquito de leche o nata? ¿Con azúcar? ¿O lo prefiere solo? ¿Negro, negro? Sí, yo también. Se mordió la lengua, se tragó el ingenio. En calidad de secretaria de actas, levantó acta. Tomó nota taquigráfica de su juicio como habría hecho con el de cualquiera en un lejano bloc mental. La taquigrafía, incluso la taquigrafía mental, una actividad apenas consciente de unos dedos que garabatean una página. He aquí a Rose Zimmer, de soltera Angrush, el azote de Sunnyside, ella, que debería estar golpeando como un boxeador las sombras elásticas que llenaban su cocina, esas espectrales sombras de doctrina, y no le importaba. Ese segundo juicio era solo una triste parodia del primero, la verdad. El primero, aquel sí, aquello había sido otra cosa. Por entonces Rose era importante en el comunismo estadounidense. Por entonces estaba casada comunística e importantemente y a punto de divorciarse comunística e importantemente. Entonces era joven. Ya no.
Ahora la pluma mental dejó de arañar el bloc mental. Rose se alejó todavía más de los sucesos que se sucedían ante ella, una vida actual amenazada por el desorden.
–¿Eaglin? –dijo Rose, interrumpiendo el sonsonete de alguna insinuación.
–¿Sí, Rose?
–Vamos fuera.
Eaglin sofocó con la ceja las miradas nerviosas que siguieron como un director de orquesta haría con la batuta para que los intérpretes dejasen de afinar. Y luego Rose y él salieron a los Gardens.
El cenicero era un puro fetiche: un esferoide plano de suave granito negro, lo bastante pesado para servir de tope de una puerta de bisagras a presión o mellar un cráneo humano. Al encontrártelo otra vez lleno de colillas de Pall Mall lo arrastrabas con ambas manos a la cocina para vaciarlo en la basura de Alma
Zimmer. Luego lo lavabas en el fregadero porque Alma, suegra de Rose a su pesar, había dejado claro que quería que volviera reluciente (tanto daba que tres o cuatro fumadores, camaradas de Albert, estuvieran esperando a que regresaras para ensuciarlo). ¡Imagina buscarle sitio a ese cenicero en las maletas para huir de Lubeca! Alma lo había hecho. A saber quién había cargado con el equipaje, las muñecas de quién habían tensado el cenicero y la porcelana de Meissen envuelta en papel. Desde luego, las de Alma no. Las de los mozos, suponía Rose, y cuando no quedó ninguno, las del hermano de Alma, Lukas, o las de su hijo, Albert. Albert Zimmer. El futuro marido de Rose, un judío rico convencido de que era alemán incluso mientras los nazis ya desfilaban.
Y a saber qué otros tesoros habían quedado atrás para poder conservar estos. El cenicero, un recuerdo de la mesa de banco del difunto marido de Alma, era un pedazo de realidad alemana importado en contra de obstáculos absurdos para demostrar la irrealidad de la circunstancia presente. A saber: Broadway con la Noventa y dos, los apartamentos Knickerbocker. Una habitación en la isla de Manhattan llamativamente amueblada con lo que pudo salvarse además del cenicero, medio juego de porcelana, una o dos fotografías cruciales enmarcadas (de Alma con sus primos de vacaciones en los Alpes y que a ojos de Rose fácilmente podrían pasar por piezas de coleccionismo nazi), cortinas de encaje. Un apartamento que era más un monumento a la vida abandonada que un hogar. Dos ventanas abiertas al tráfico de Broadway para reemplazar a una casa tan alta en el distrito pudiente de Lubeca que disfrutaba de vistas panorámicas tanto del río como de las montañas, puerta con puerta nada más y nada menos que con la casa familiar del gran vástago de Lubeca, Thomas Mann, la casa de Los Buddenbrook. Alma y su banquero habían entablado más de una conversación con el escritor cuando estaba de visita, salvando la distancia de dos porches traseros. Otra vida. Antes del exilio. Alma, ex cantante de ópera en los mejores escenarios de Lubeca. Alma, flor de Lubeca. (Rose recibió su ración de esa palabra, de ese nombre sagrado: Lubeca.) Más alemana que los alemanes, apenas judía hasta que los hijos degradados de Baviera despedazaron la nación. Todo esto lo sabía el cenicero, incluso muy probablemente las sumas exactas que Alma había necesitado para comprar la huida a Nueva York de su hermano Lukas, de su hijo Albert y de ella misma, en aquel último minuto cuando, después de que la pesadilla inminente provocara un ataque al corazón al banquero, había arrancado también la venda de los ojos a Alma y Albert: eran judíos, no alemanes. Alma había tenido que venderlo todo, hasta es posible que fuera afortunada por poder conservar el cenicero.
Aquí, en los Knickerbocker, tenían el «salón», la única habitación pública, en realidad, donde, alrededor de una taza de té, Rose se rebajaba ante el desdén de Alma para conseguir su bendición al matrimonio aunque fuera de mala gana. Albert era un niño de mamá. Aquí, en la misma habitación, Rose había aprendido después a decir la suya en serias reuniones comunistas, a fumar y discutir con hombres, mientras que Alma, aislada en su alemán aristocrático, sin las ganas o la capacidad para aprender inglés, había quedado relegada a mera anfitriona de las reuniones de su célula, algo muy gratificante. Y aquí, en la primavera de 1947, había tenido lugar el primer juicio de salón de Rose, el importante, el que lo cambió todo. La reunión donde, con la perversidad clásica del partido, Albert, acusado injustamente de espía cuando era solo un bocazas incompetente, fue convertido en espía. El juicio donde Albert fue instigado a abandonar a su familia, su esposa y su hija de siete años, por el partido.
¿Dónde estaba Miriam? Justo allí. La hija a la que Albert estaba abandonando estuvo todo el tiempo en el dormitorio de Alma. Soportó el juicio como había soportado las reuniones anteriores, engullendo las bolitas de Mozart que Alma le regalaba siempre a la nieta con la que no podía conversar en inglés, solo podía arrullar el aburrimiento cada vez más evidente de la solitaria cría. Miriam permaneció sentada entre los envoltorios de las bolas jugando en silencio con su muñeca de trapo, probablemente manchándola de chocolate alemán y comprendiendo a saber si poco o si mucho, Dios no lo quiera, de lo que escuchaba. La expulsión que exiliaría a la inversa a su padre, de Nueva York, de América, para siempre.
En cuanto a Rose, por una vez no se oyó su voz. Aquel día, consciente de que si hablaba sería a gritos, Rose no dijo una sola palabra que pudiera haber despertado en Miriam, que escuchaba desde la habitación contigua, la menor alarma. Nada que la alertara de que aquella reunión era extraordinaria, de que los hombres del partido no se estaban limitando a comunicar a Albert y Rose la siguiente tarea engorrosa, el siguiente enlace o representante sindical recalcitrante al que acosar a panfletos y discursos, la siguiente reunión cultural en la que tenían que infiltrarse para nada. Si algo alarmó a la niña de siete años, sería la ausencia de la voz de su madre.
La voz que atravesaba todas las habitaciones y todas las situaciones, la voz que nunca se callaba, se calló.
Si algo alarmó a Miriam, sin duda tuvo que ser eso: la ausencia de la voz de su madre incluso cuando su madre se detuvo en el umbral, en un viaje para llevar de la cocina al salón el cenicero intransportable, y se quedó allí, mirando a la niña con los labios apretados, posiblemente con los ojos llorosos aunque lo habría negado, y luego se inclinó a acariciarle la cabeza, a amoldar la mano a lo largo del cráneo querido hasta los pelillos de la nuca. No dijo palabra de los envoltorios, algo muy poco propio de ella. En cambio, aferrando todavía el cenicero como una porra, agarró en un impulso una de las pocas bolas que quedaban, le quitó el papel y, con una mueca, se la comió entera, luego se alejó de la puerta todavía sin hablar para devolver el cenicero a su sitio antes de que la ceniza de algún fumador se volviera insostenible.
Si la niña lo recordaba –poco probable–, sería la única vez en su vida que había visto un trozo de chocolate alemán cruzar los labios de su madre.
A partir de aquel día estarían las dos solas, madre e hija, en el piso de los Gardens.
En la constelación de recuerdos de Rose, aquello era la Osa Mayor, el juicio de verdad. Algo de lo que sentirse mordazmente orgullosa: que los máximos exponentes del comunismo neoyorquino se hubieran fijado en Albert y hubieran decidido que necesitaba una corrección, un ajuste, por marido y padre disoluto, por ser un rojo borrachín que organizaba «reuniones» en la taberna de McSorley –donde lo habían escuchado ¡soviéticos de incógnito!–, y que había que presionarlo para que trabajara en el extranjero. Para que regresara a Alemania, donde sus modales distinguidos devendrían una ventaja en lugar de desentonar. ¿Un dandi judío con un inglés contaminado por un leve acento alemán? No era de una valía extraordinaria para un Partido Comunista de América que buscaba la campechanía con los obreros. ¿Un alemán nativo con un inglés impecable y dedicación exclusiva deseoso de ser repatriado? Era de máximo atractivo para la nueva sociedad que estaba gestándose entre los escombros y las sombras ruinosas.
De modo que enviaron a Albert a convertirse en ciudadano y espía de Alemania del Este.
Rose podía saborear incluso la pompa y la amenaza del comité que se había presentado en el saloncito de Alma a tomar el té y sellar la destrucción de su matrimonio. Podía envolverse como es debido en ese recuerdo del juicio que le había costado todo, que la había devuelto con el rabo entre las piernas a su familia de campesinos tenderos para admitir que no, que no había sido capaz de conservar a un hombre, al final no había podido retener al refugiado pijo. ¿Ves? El matrimonio de Rose, sin Dios, había fracasado. Y así la habían arrojado al purgatorio: Real’s Radish & Pickle, madre soltera y Queens sin Manhattan, exiliada al suburbio de los airados. Y Albert Zimmer escapó de vuelta a Europa. ¿Qué era el matrimonio fracasado de Rose sino la prueba, en contra de la fábula de la historia americana, de que las cadenas europeas no se rompen?
Y, al fin y al cabo, ¿qué eran Albert Zimmer y Rose Angrush sino una inverosimilitud brevemente contemplada? Tolerada por un instante antes de ser destruida, desmantelada desde, como mínimo, tres direcciones a la vez: la familia de Rose, la familia de Albert y el partido. ¿El alemán prácticamente asimilado juntándose con Rose la polaca, Rose la rusa, Rose la judía de Brooklyn, inmigrante de segunda generación? A diferencia de todas las comedias concebidas por escritores judíos para burlarse de las diferencias de clase desde el santuario de Hollywood, se trataba de divisiones que, precisamente, no podían salvar los lazos del amor. No estabas perdidamente enamorado, habías perdido. No era Sucedió una noche, sino Nunca pasó.
¿Cómo se le ocurrió siquiera intentarlo?
Simple. En una concurrida reunión cerca de Gramercy Park, bajo un techo alto y ornado donde retumbaban las voces, un topo conoció a otro topo. Rose estaba sentada allí, a un lado, en una ruidosa silla plegable de madera; Albert estaba sentado aquí, al otro lado de la sala, en una silla similar. Ambos perseguían tomar la palabra, conducir la inocencia y el idealismo en una dirección concreta, ambos estaban ansiosos por correr a reunirse con sus contactos y alardear de que habían reclutado al grupo y los dos se pusieron trabas enormes mutuamente. Estaba cantado: Albert y Rose se descubrieron porque sus respectivas células, separadas y descoordinadas, les habían asignado introducirse en la misma organización, la Liga Juvenil de Gramercy Park. Plantear la posibilidad de solidarizarse con la próxima revolución obrera en aquella reunión vaga y bienintencionada.
Ambos, pues, se vieron obligados en un momento dado a morderse la lengua y escuchar al otro. Hasta que, mientras peleaban por el dominio en pos de idéntico resultado, en el pensamiento de ambos surgió otra forma de pelea y el resto de los presentes se fundieron en la irrelevancia. Albert pensó: ¿Quién es esta joven Emma Goldman, esta curvilínea pueblerina de Brookyln con vestido cosido a mano que cubre las partes yiddish de su discurso con elegante retórica, con un programa doble cómico de britanismo de Loew? Rose pensó: ¿Quién es este rubio alemán con atractivo de profesor, tirantes y gafas de montura dorada? ¿Es posible que, como asegura, sea judío? Sin duda, hay que admitirlo, fue una comedia romántica de la época, pero de las que ningún guionista judío de tendencias rojas huido a Hollywood se atrevería a poner por escrito: enviados a convertir a la juventud de Gramercy, los dos perdieron de vista sus objetivos para verse solo el uno al otro.
Su encaprichamiento fue sobre todo la reunión de dos intelectos que brillaban con las mismas certezas exaltadas, dos voluntades envalentonadas por la misma gran causa, y todavía estaban descubriendo el alcance de sus simpatías políticas (aunque «políticas» era un término demasiado limitado, insuficiente para describir lo que unirse al mayor movimiento de la historia de la humanidad había hecho por su concepción de para qué era la vida), charlando a un kilómetro por minuto, apenas capaces de dejar de hablar para comerse los alimentos que estaban enfriándose en la mesa de la cocina del piso de él donde ella los había preparado o para beberse el vino que se habían servido pero que, embriagados por la causa, apenas necesitaban, cuando Albert desabrochó por primera vez el vestido de Rose y sus propios pantalones. De modo que la pelea, que comenzó en público, se consumó a puerta cerrada.
Durante una breve temporada, Rose y Albert no atendieron a ninguna urgencia salvo a las de un par de células. Dos frentes avanzando al unísono. Una síntesis total que se alcanzaba y se perdía cada noche.
Luego, cuando Rose tuvo tres faltas seguidas, se casaron. ¿Qué podía tener de malo? Eran los dos judíos. Eran los dos humanos. Los dos creían en la revolución. A ojos de cualquiera salvo de sus familias, hacían buena pareja. A cualquier «americano de verdad» el acento alemán de Albert le sonaría emparentado, si no idéntico, con el yiddish de los padres de Rose. Él era rubio y ella morena, sí. Pero espiritualmente podían confundirles por hermanos. Desde luego Albert y Rose se descubrieron firmes y orgullosos aliados frente a la mirada de cualquiera que odiara a judíos o revolucionarios. ¿No borraría enseguida la causa todas esas distinciones de clase y credo y raza, no estaban los comunistas iluminados y seculares abandonando la inhibición de copular con gentiles, no buscaba la camarada la camaradería del camarada fuera irlandés o italiano o de cualquier otra procedencia? ¿Acaso el niño concebido por encima de barreras o prohibiciones obsoletas no era el ideal de ciudadano mestizo del mundo futuro que todo camarada debiera luchar por hacer realidad?
Como para explicárselo a los judíos. En su boda precipitada y tonta (que no obstante no tenía razón para no ser tan dulce como todavía podía ser por entonces su amor en privado) (tanto daba lo pronto que estuviera destinado a acabar por ese entonces) (tanto daba los apetitos que se hubieran despertado en Rose en ese breve intervalo) (tanto daba, daba igual), Alma y su hermano miraron por encima del hombro al clan Angrush, aquel caos de hermanas de Rose y sus maridos y su progenie, de innumerables primos, como si los progenitores del shtetl hubieran recibido el mandato de poblar un Brooklyn que, según sus erróneas informaciones, no tenía judíos. Alma y su hermano Lukas, vanidoso, mayor y probablemente invertido, trataron a la familia de Rose como a los criados que se habían visto obligados a despedir justo antes de escapar de Lubeca. Los Zimmer, los progresistas, los ilustrados, los sofisticados Zimmer, en medio de judíos no alemanes, judíos semirreligiosos, judíos de pueblo, supieron al instante dónde estaba su lugar: por encima. La revolución mundial no estaba pensada para posibilitar semejante unión, gracias.
Luego, como para demostrar que el cosmos no deseaba dicha unión, el embarazo fracasó, en la intimidad de la noche se escapó de Rose a pegotes y chorretones con tanta discreción que Rose tuvo que explicárselo ella misma a Albert a las pocas semanas de casarse. Eso, después de que el médico se lo explicara a ella, diciéndole que para empezar tampoco había sido un gran embarazo si tras cinco meses se había disuelto en una noche y sin excesivos dolores. Algo no había agarrado, solo lo había intentado. Era una bendición, incluso una mitzvá. No seguir portando la cosa que no se terminaba de formar en su seno. Ahora, jovencita, toca comer carne roja y ensalada, evitar frutas exóticas como los plátanos e intentarlo de nuevo.
¿Intentarlo de nuevo? Rose se mordió la lengua. No lo había intentado. La intención de Albert era salirse a tiempo. Ahora, casados, lo intentarían.
Para entonces se habían instalado fuera de Manhattan, pero no lejos del centro de las controversias del mundo, no. A falta de Manhattan, habían formado un hogar en la utopía socialista oficial del extrarradio, en Sunnyside Gardens. Irónicamente, como descubrieron después, los Gardens habían sido diseñados a partir de una idea alemana; Lewis Mumford se inspiró en la visión de los arquitectos alemanes de una ciudad jardín, un entorno humano con hondas raíces teóricas, casas unidas alrededor de jardines, vecinos que ventilaban su
