Alrededor de la tumba, en el ruinoso cementerio, estaban algunos de sus antiguos colegas publicitarios de Nueva York, que recordaron su energía y su originalidad y le dijeron a su hija, Nancy, que trabajar con él había sido un gran placer. Varios de los presentes habían viajado desde Starfish Beach, el complejo residencial para jubilados en la costa de Jersey donde él había vivido desde la festividad de Acción de Gracias de 2001; eran los ancianos a los que recientemente había dado clases de pintura. Y estaban sus dos hijos, Randy y Lonny, hombres de mediana edad nacidos de su turbulento primer matrimonio que, muy apegados a su madre, poco sabían de él que fuese digno de elogio y mucho de espantoso, y que habían acudido tan solo por sentido del deber. Su hermano mayor, Howie, y su cuñada habían viajado en avión desde California la noche anterior, y también estaba presente una de sus tres ex esposas, la de en medio, la madre de Nancy, Phoebe, una mujer alta, muy delgada y canosa, cuyo brazo derecho le pendía flácido al costado. Cuando Nancy le preguntó si quería decir algo, Phoebe sacudió tímidamente la cabeza, pero de todos modos habló en voz queda, con cierta dificultad.
–Cuesta tanto de creer… Sigo pensando en él nadando en la bahía… eso es todo. Sigo viéndolo cruzando a nado la bahía.
Y entonces le tocó el turno a Nancy, que se había encargado de organizar el funeral de su padre y había llamado por teléfono a los presentes, de modo que los deudos no se redujeran a su madre, ella misma, su hermano y su cuñada. Había una sola persona que no estaba allí porque la hubieran invitado, una mujer robusta, de cara agradable y redondeada y cabello pelirrojo teñido, que se había presentado en el cementerio diciendo ser Maureen, la enfermera particular que cuidó de él años atrás, después de que le operasen del corazón. Howie la recordó y fue a darle un beso en la mejilla.
–Empezaré por contaros algo de este cementerio –les dijo Nancy a los presentes–, porque he descubierto que el abuelo de mi padre, mi bisabuelo, no solo está enterrado en la zona más antigua, al lado de mi bisabuela, sino que fue uno de sus fundadores en 1888. La asociación que financió y levantó el cementerio estaba formada por las sociedades funerarias de organizaciones y congregaciones benéficas judías diseminadas por los condados de Union y Essex. Mi bisabuelo era el dueño de una pensión en Elizabeth que acogía sobre todo a inmigrantes recién llegados, y su bienestar le concernía más de lo que cabría pensar de un patrono. Por ello formó parte del grupo que compró el campo que había aquí, lo niveló y ajardinó, y por ello fue el primer presidente de la junta del cementerio. Entonces era relativamente joven, pero se encontraba en la plenitud de su vigor, y su nombre es el único que consta en el documento donde se especifica que el cementerio se destina a «enterrar a los miembros fallecidos de acuerdo con la ley y el ritual judíos». Como es bien evidente, el mantenimiento de las parcelas individuales, de la valla y las puertas ya no es como debería ser. Algunos elementos se han es tropeado y caído, las puertas están oxidadas, los cerrojos han de saparecido, ha habido vandalismo. Ahora este lugar se ha convertido en el trasero del aeropuerto, y lo que se oye desde varios kilómetros de distancia es el estruendo constante de la autopista de Nueva Jersey. Por supuesto, primero pensé en los lugares realmente hermosos donde podría enterrar a mi padre, los lugares en los que él y mi madre nadaban juntos cuando eran jóvenes, y los sitios de la costa donde a él le gustaba nadar. No obstante, pese a que ver el deterioro que nos rodea me rompe el corazón, como probablemente os sucede a vosotros, y tal vez incluso hace que os preguntéis por qué nos hemos reunido en un terreno tan marcado por el tiempo, quería que yaciera cerca de quienes le amaron y de los que descendía. Mi padre quería a sus padres y debía estar cerca de ellos. No deseaba que estuviera solo, enterrado en cualquier parte. –Guardó un momento de silencio para serenarse. Era una mujer de unos treinta y cinco años, de facciones delicadas y sencilla belleza, como la de su madre, y no imponía con su presencia, ni siquiera daba una impresión de valor, sino que parecía una abrumada chiquilla de diez años. Se volvió hacia el ataúd, tomó un puñado de tierra y, antes de dejarlo caer sobre la tapa, dijo quedamente, todavía con el aire de una muchacha perpleja–: Bueno, esto es todo. No podemos hacer nada más, papá.
Entonces recordó la máxima estoica que su padre decía décadas atrás, y se echó a llorar. «No se puede rehacer la realidad –le dijo–. Tómala como viene. No cedas terreno y tómala como viene.»
El siguiente en arrojar tierra sobre la tapa del ataúd fue Howie, a quien él idolatraba cuando eran niños y que a su vez siempre lo había tratado con dulzura y afecto, enseñándole pacientemente a montar en bicicleta, nadar y practicar todos los deportes en los que el mismo Howie sobresalía. Aún parecía que pudiera atravesar con el balón el centro mismo de la línea defensiva, y tenía setenta y siete años. Nunca le habían tenido que hospitalizar y, aunque los dos eran hijos de los mismos padres, él se había mantenido espléndidamente sano durante toda su vida.
Tenía la voz ronca de emoción cuando le susurró a su esposa:
–Mi hermano pequeño… No tiene ningún sentido. –Entonces se dirigió a todos los presentes–: Vamos a ver si puedo hacerlo. Hablemos de la persona. Mi hermano… –Hizo una pausa para poner en orden sus ideas, a fin de poder hablar juiciosamente. Su manera de expresarse y su agradable tono de voz eran tan parecidos a los de su hermano que Phoebe empezó a llorar, y Nancy se apresuró a tomarla del brazo–. En sus últimos años –siguió diciendo, los ojos dirigidos a la tumba–, tuvo problemas de salud, y también estaba solo… lo cual no es un problema menor. Hablábamos por telé fono siempre que podíamos, aunque hacia el final de su vida él se alejó de mí por razones que nunca han estado claras. Desde su época en el instituto sintió el impulso irresistible de pintar, y cuando se retiró de la publicidad, un campo en el que cosechó un éxito considerable, primero como director de arte y luego tras su ascenso a director creativo… en fin, después de una vida dedicada a la publicidad, pintó prácticamente cada día de todos los años que le quedaban. Podemos decir de él lo que sin duda han dicho de ellos los seres queridos de casi todos los que están enterrados aquí: debería haber vivido más. Eso es muy cierto. –Al llegar a este punto, hizo una pausa y la expresión resignada y melancólica de su semblante cedió el paso a una triste sonrisa–: Cuan do empecé a ir al instituto y por las tardes tenía entrenamiento, él se encargaba de los recados que yo tenía que hacer para mi padre al salir de la escuela. Le encantaba tener solo nueve años y, con un sobre que contenía los brillantes en el bolsillo de la chaqueta, ir en autobús hasta Newark, donde el engastador, el medidor, el pulimentador y el reparador de relojes con los que trabajaba nuestro padre se sentaban en sus respectivos cubículos, encerrados en la casa de la avenida Frelinghuysen. Esos viajes entusiasmaban al chico. Imagino que contemplar a los artesanos mientras realizaban su tarea solitaria en aquellos estrechos cuartitos le dio la idea de utilizar sus manos para crear arte. Creo que mirar las facetas de los brillantes a través de la lupa de joyero de mi padre alimentó su deseo de dedicarse al arte. –De repente Howie no pudo contener la risa, una ligera ráfaga de alivio en su penosa tarea, y comentó–: Yo era el hermano convencional. En mi caso los brillantes alimentaban el deseo de ganar dinero. –Volvió entonces a lo que había estado diciendo antes de hacer el inciso, mirando a través del soleado ventanal de sus años juveniles–. Una vez al mes nuestro padre ponía un pequeño anuncio en el Elizabeth Journal. En la época de las fiestas, entre Acción de Gracias y Navidad, lo ponía una vez a la semana: «Use su viejo reloj para el primer pago de uno nuevo». Todos esos viejos relojes que acumulaba, la mayor parte sin posibilidad de reparación, estaban amontonados en un cajón, en la trastienda. Mi hermano pequeño se pasaba horas allí sentado, haciendo girar las manecillas, oyendo el tictac, si aún funcionaban, y examinando el aspecto de cada esfera y cada caja. Eso era lo que hacía funcionar al muchacho. Un centenar, dos centenares de relojes entregados como pago inicial, y el cajón entero probablemente no valía más de diez dólares, pero para el artista en ciernes aquel cajón lleno de relojes en la trastienda era un cofre del tesoro. Solía llevarlos… siempre llevaba algún reloj sacado de aquel cajón. Uno de los que funcionaban. Y los que trataba de poner en marcha, porque le gustaban, los toqueteaba en vano… generalmente los estropeaba más de lo que estaban. En cualquier caso, así empezó a usar las manos para llevar a cabo tareas meticulosas. Mi padre siempre tenía un par de dependientas que le ayudaban, chicas que acababan de terminar el bachillerato, adolescentes o veintea ñeras. Buenas y simpáticas chicas de Elizabeth, siempre de aspecto saludable, siempre cristianas, la mayoría católicas irlandesas, cuyos padres, hermanos y tíos trabajaban en Máquinas de Coser Singer o en la fábrica de galletas o en el puerto. Él suponía que unas encantadoras muchachas cristianas harían que los clientes se sintieran más cómodos. Si se lo pedían, ellas se probarían las joyas para los clientes, harían de modelos, y, si había suerte, las mujeres acabarían comprando. Como nos decía mi padre, cuando una mujer joven y guapa lleva una joya, otras mujeres piensan que, cuando ellas la luzcan, también tendrán el mismo aspecto. Los esti badores del puerto que iban en busca de sortijas de compromiso y alianzas de boda para sus novias a veces tenían la temeridad de tomar la mano de la dependienta para examinar la piedra de cerca. A mi hermano también le gustaba estar con las chicas, y mucho antes de que pudiera empezar a comprender qué era lo que tanto le complacía. Las ayudaba a retirar el género de los escaparates y las vitrinas al final de la jornada.
Estaba dispuesto a hacer cualquier cosa para ayudarlas. Solo dejaban en los escaparates y las vitrinas los artículos más baratos, y poco antes de cerrar la tienda aquel chiquillo abría la caja fuerte que estaba en la trastienda con la combinación que mi padre le había confiado. Yo había hecho todas esas tareas antes que él, incluida la de estar lo más cerca posible de las chicas, sobre todo de las dos hermanas rubias llamadas Harriet y May. Hubo varias dependientas en el transcurso de los años, Harriet, May, Annmarie, Jean, luego Myra, Mary, Patty, también Kathleen y Corine, y todas ellas le tomaron simpatía al muchacho. A comienzos de noviembre, cuando empezaba la temporada de las fiestas, cuando mi padre abría la tienda seis noches a la semana y todo el mundo trabajaba como un mulo, Corine, la gran belleza, se sentaba con mi hermano en la trastienda y entre los dos escribían las direcciones para enviar los catálogos de la tienda a todos los clientes. Si le dabais a mi hermano una caja de sobres, era capaz de contarlos con más rapidez que nadie, gracias a la agilidad de sus dedos y a que contaba los sobres en grupos de cinco. Yo me asomaba a la trastienda y, en efecto, eso era lo que estaba haciendo… pavonearse con los sobres delante de Corine. ¡Cómo le gustaba al muchacho hacer todo lo que comportaba ser el hijo responsable del joyero! Ese era el elogio favorito de nuestro padre: «responsable». A lo largo de los años nuestro padre vendió alianzas de boda a irlandeses, alemanes, eslovacos, italianos y polacos de Elizabeth, en su mayoría jóvenes envarados de clase obrera. La mitad de las veces, después de hacer la venta, le invitaban, junto con toda su familia, a la boda. Gustaba a la gente… tenía sentido del humor, mantenía los precios bajos y concedía crédito a todo el mundo, así que allá íbamos, primero a la iglesia y luego al ruidoso banquete. Llegó la Depresión, llegó la guerra, pero también estaban las bodas, estaban nuestras dependientas, estaban los viajes en autobús a Newark con sobres que contenían brillantes por valor de centenares de dólares en los bolsillos de nuestros chaquetones. En cada sobre nuestro padre había escrito las instrucciones para el engastador o el calibrador. Había una caja fuerte Mosley, de metro y medio de altura, con ranuras para las ban dejas de joyas que guardábamos cuidadosamente cada no che y sacábamos cada mañana… y todo esto constituía el núcleo de la vida como buen chico de mi hermano. –Los ojos de Howie volvieron a posarse en el ataúd–. ¿Y ahora qué? –preguntó–. Creo que sería mejor dejarlo aquí. Seguir hablando, recordar todavía más… pero ¿por qué no recordar? ¿Qué más da otro torrente de lágrimas por parte de familiares y amigos? Cuando murió nuestro padre mi hermano me preguntó si me importaba que se quedase con su reloj. Era un Hamilton, fabricado en Lancaster, Pennsylvania, y, según el experto, el jefe, el mejor reloj que el país jamás había producido. Cada vez que vendía uno, nuestro padre nunca dejaba de asegurarle al cliente que no se había equivocado. «Mire, yo también llevo uno. Un reloj respetadísimo, este Hamilton. A mi modo de ver, el principal reloj de fabricación norteamericana, sin excepción.» Setenta y nueve con cincuenta, si mal no recuerdo. Todo lo que se vendía en aquel entonces tenía que acabar en cincuenta. El Hamilton tenía una gran reputación. Desde luego, era un reloj con clase, a mi padre le encantaba el suyo, y cuando mi hermano me dijo que le gustaría quedárselo me alegré mucho. Podría haberse quedado con la lupa de joyero y el estuche en el que nuestro padre transportaba los brillantes. Era el viejo y desgastado estuche de cuero que siempre llevaba en el bolsillo de su abrigo cuando salía de la tienda para hacer negocios. Contenía las pinzas, los diminutos destornilladores, el pequeño aro con medidores que sirven para calibrar el tamaño de una piedra redonda y los papeles blancos doblados para meter los brillantes sueltos. Los hermosos y queridos objetos con los que trabajaba, que sostenía en las manos y llevaba junto al corazón, y sin embargo decidimos enterrarlo con la lupa y el estuche con todo su contenido. Siempre guardaba la lupa en un bolsillo y el paquete de tabaco en el otro, así que metimos la lupa dentro de la mortaja. Recuerdo que mi hermano comentó: «Lo más apropiado sería ponérsela en el ojo». De tal manera puede afectarte el dolor, tan desconcertados estábamos. No sabíamos qué otra cosa hacer. Tanto si acertamos como si no, nos pareció que no podíamos hacer más que eso, porque aquellos objetos no solo eran suyos, sino que eran él… Para terminar con lo del Hamilton, el viejo Hamilton de mi padre cuya corona había que girar cada mañana y de la que se tiraba hacia fuera para mover las manecillas… excepto cuando nadaba, mi hermano lo llevaba de día y de noche. Se lo quitó para siempre hace tan solo cuarenta y ocho horas. Se lo dio a la enfermera para que lo guardara en lugar seguro mientras se sometía a la operación que acabó con él. Esta mañana, camino del cemen terio, mi sobrina Nancy me ha mostrado que ha hecho otro agujero en la correa y ahora es ella quien puede saber la hora gracias al Hamilton.
Entonces se adelantaron los hijos, los dos al final de la cuarentena y, con el cabello de un negro brillante, los ojos oscuros de elocuente mirada y la plenitud sensual de sus bocas anchas e idénticas, su aspecto era el mismo que tuvieron su padre y su tío a su misma edad. Hombres apuestos que empezaban a entrar en carnes y cuyo víncu lo entre ellos parecía ser tan estrecho como irreconciliable había sido su distanciamiento del padre fallecido. El menor, Lon ny, fue el primero en acercarse a la fosa, pero, una vez que tuvo un puñado de tierra en la mano, todo su cuerpo empezó a temblar y dio la impresión de que iba a ser presa de violentas arcadas. Le embargaba un sentimiento hacia su padre que no era antagonismo, pero su propio antagonismo le negaba los medios para librarse de él. Cuando abrió la boca, no emitió nada salvo una serie de grotescos ja deos, y parecía como si lo que le había atenazado no fuera nunca a soltarle. Tan atroz era su estado que Randy, el hijo mayor y más resuelto, el hijo regañón, acudió de in media to en su ayuda. Tomó la tierra de la mano del menor y la arrojó al ataúd en representación de los dos. Y no tuvo ninguna dificultad para hablar. «Duerme tranquilo, papá», dijo Randy, pero era terrible la ausencia en su voz de cualquier rasgo de ternura, pesar, amor o senti miento de pérdida.
La última en acercarse al ataúd fue la enfermera privada, Maureen, una luchadora a juzgar por su aspecto y buena conocedora tanto de la vida como de la muerte. Cuando, con una sonrisa, dejó que la tierra se deslizara lentamente a través de la palma curvada y cayera por el borde de su mano al ataúd, el gesto pareció el preludio de un acto carnal. Era evidente que en otro tiempo ella había pensado mucho en aquel hombre.
La ceremonia había terminado. No había habido nada memorable. ¿Habían dicho todos lo que tenían que decir? No, no lo habían hecho, y, por supuesto, claro que sí. Aquel día, de un extremo al otro del estado, habían tenido lugar quinientos entierros similares, rutinarios, normales, y, con excepción de los treinta segundos fuera de lo común aportados por los hijos (y la resurrección lograda por Howie con tan minuciosa precisión del mundo tal como existía inocentemente antes de la invención de la muerte, la vida perpetua en el Edén creado por su padre, un pa raíso de solo cuatro metros y medio de ancho por doce de largo disfrazado de joyería al viejo estilo), ni más ni menos interesante que cualquiera de los otros. Pero precisamente que sea algo corriente es lo más desgarrador, esa manera de caer en la cuenta, una vez más, de la realidad de la muerte que lo arrasa todo.
En cuestión de minutos todos se habían marchado, con paso cansino y lágrimas en los ojos se habían alejado de la actividad menos predilecta de nuestra especie, y él se quedó allí. Por supuesto, como sucede cuando muere cualquiera, aunque muchos estaban consternados, otros se mantenían impasibles o se sentían aliviados o, por razones buenas o malas, se alegraban de veras.
Aunque desde su último divorcio, diez años atrás, se había ido acostumbrando a la soledad y a arreglárselas por sí mismo, la víspera de la intervención quirúrgica yació en la cama tratando de recordar con la mayor exactitud posible a cada una de las mujeres que habían estado allí esperando a que despertara de la anestesia en la sala de recuperación, e incluso recordó a la más inútil de sus compañeras, la última esposa, con quien recuperarse de una operación de bypass quíntuple no fue precisamente una sublime experiencia. La sublime experiencia fue la enfermera privada, con su aire profesional y sin pretensiones, que le acompañó a casa cuando le dieron de alta en el hospital, que le atendió con una enérgica dedicación que propició una lenta y constante recuperación y con la que, sin que su esposa llegara a enterarse, mantuvo una prolongada relación una vez restablecida su capacidad sexual. Maureen. Maureen Mrazek. Había llamado a todas partes tratando de encontrar a Maureen. Había querido que esta vez fuese ella su enfermera, en caso de que necesitara una enfermera, cuando le dieran el alta en el hospital y volviera a casa. Pero habían transcurrido dieciséis años, y la agencia de enfermeras del hospital desconocía su paradero. Ahora tendría cuarenta y ocho años, muy probablemente estaría casada y sería madre, una mujer joven, hermosa y enérgica que habría adquirido la robustez de la mediana edad, mientras que él había perdido ya la batalla por permanecer invulnerable, pues el tiempo había transformado su cuerpo en un almacén de artilugios artificiales diseñados para evitar el derrumbe. Reprimir los pensamientos sobre su propia desaparición nunca había requerido tanta diligencia y astucia.
Toda una vida después, recordaba el trayecto al hospital acompañado por su madre para que le operasen de una hernia, en el otoño de 1942, un viaje en autobús que no duró más de diez minutos. Por lo general, si iba con su madre a alguna parte, lo hacían en el coche de la familia y su padre conducía. Pero aquel día viajaban los dos solos en el autobús, camino del hospital donde había nacido, y era ella quien mitigaba su aprensión y le permitía ser valiente. De pequeño le habían extirpado las amígdalas en el hospital, pero por lo demás nunca había vuelto allí. Ahora iba a permanecer ingresado cuatro días y cuatro noches. Era un niño de nueve años, sensato y sin problemas evidentes, pero en el autobús se sentía mucho más pequeño y descubrió que necesitaba la proximidad de su madre de una manera que creía haber superado.
Su hermano, en el primer año de instituto, estaba en clase, y su padre había ido en coche al trabajo mucho antes de que él y su madre salieran hacia el hospital. Una peque ña bolsa de viaje descansaba sobre el regazo de su madre. Conte nía un cepillo de dientes, un pijama, un albornoz y unas zapa tillas, así como los libros que él se había llevado para leer. Todavía podía recordar sus títulos. El hospital estaba a un paso de la biblioteca municipal, por lo que su madre podría traerle nuevos libros si se acababa todos los que se había llevado. Tendría que pasar una semana de convalencia en casa antes de volver a la escuela, y su inquietud por las lecciones que se estaba perdiendo aún era superior a la que le causaba pensar en la máscara de éter que, como sabía, iban a ponerle en la cara para anestesiarle. A comienzos de los años cuarenta los hospitales todavía no permitían que los padres pasaran la noche con sus hijos, por lo que dormiría sin que sus padres ni su hermano estuvieran cerca de él. Eso también le inquietaba.
Su madre era una persona de hablar educado y buenas maneras, como, a su vez, lo eran las mujeres que tomaron sus datos en la oficina de admisiones, así como las enfermeras del puesto de enfermería cuando subieron en ascensor al ala infantil de la planta quirúrgica. Su madre tomó la bolsa de viaje porque, pese a su pequeño tamaño, él no debía cargar con nada hasta que le hubiesen extirpado la hernia y se hubiera restablecido del todo. Meses atrás había descubierto la hinchazón en la ingle izquierda, y no se lo había dicho a nadie, sino que había intentado hacerla desaparecer presionándola con los dedos. No sabía con exactitud qué era una hernia o qué importancia podía tener una hinchazón localizada tan cerca de los genitales.
En aquel entonces, si la familia no quería que el niño se sometiera a una intervención quirúrgica o si carecía de medios económicos, el médico podía prescribir un rígido corsé con varillas metálicas. Él conocía a un chico de la escuela que llevaba uno de esos corsés, y uno de los motivos por los que no mencionó a nadie la hinchazón fue su temor a que también él tuviera que llevar un corsé y revelárselo a los demás chicos cuando se pusiera los pantalones cortos para la clase de gimnasia.
Cuando por fin se lo confesó a sus progenitores, el padre lo llevó al médico. Este le examinó con rapidez, estableció el diagnós tico y, tras conversar con el padre unos minutos, llevó a cabo el trámite para la intervención. Todo se hizo con asombrosa rapidez, y el médico, el mismo que le había traído al mundo, le aseguró que se pondría bien y entonces empezó a bromear sobre la tira cómica de Li’l Abner, que los dos disfrutaban leyendo en el periódico vespertino.
Sus padres le dijeron que el cirujano, el doctor Smith, era el mejor de la ciudad. Al igual que el padre del muchacho, el doctor Smith, nacido Solly Smulowitz, se había criado en los barrios bajos y era hijo de inmigrantes pobres.
Una hora después de haber llegado al hospital ya estaba en cama, aunque la intervención no tendría lugar hasta la mañana siguiente; así es como se atendía entonces a los pacientes.
En la cama vecina había un muchacho al que habían operado del estómago y aún no le permitían levantarse y caminar. Su madre estaba sentada al lado de la cama y le tomaba una mano entre las suyas. Cuando su padre le visitó, al salir del trabajo, los progenitores hablaron en yiddish, y eso le hizo pensar que estaban demasiado preocupados para hablar un inglés comprensible en presencia de su hijo. El único lugar donde él había oído hablar en yiddish era la joyería, cuando los refugiados de la guerra entraban en busca de relojes Schaffhausen, una marca difícil de encontrar, y su padre trataba de localizarlos llamando a sus conocidos. «Schaffhausen… quiero un Schaffhausen», todos sus conocimientos de inglés se reducían a decir eso. Por supuesto el yiddish solo se hablaba cuando los judíos hasídicos de Nueva York viajaban a Elizabeth una o dos veces al mes para reponer las existencias de brillantes de la tienda, pues para su padre mantener un extenso inventario en su propia caja fuerte habría sido demasiado costoso. Antes de la guerra había en Estados Unidos muchos menos comerciantes de brillantes hasídicos que los que hubo después, pero, desde el mismo comienzo, su padre prefirió tratar con ellos en lugar de hacerlo con las grandes casas dedicadas a la venta de brillantes. El comerciante que acudía con más frecuencia (y cuya ruta de emigración le había llevado a él y a su familia en unos pocos años desde Varsovia a Amberes y de allí a Nueva York) era un anciano que llevaba un gran sombrero negro y un largo abrigo negro de una clase que ya nadie usaba en las calles de Elizabeth, ni siquiera otros judíos. Tenía barba y bucles a los lados, y la bolsa que contenía los brillantes, atada a la cintura, estaba oculta bajo unas prendas interiores con flecos cuya importancia religiosa escapaba al incipiente partidario del laicismo, y a quien de hecho le parecía ridícula, incluso después de que su padre le explicara por qué los hasi dim seguían llevando lo que sus antepasados llevaban dos siglos atrás en el viejo país y vivían más o menos como lo hicieron ellos, aunque, como puntualizaba él a su padre una y otra vez, ahora estaban en Norteamérica y tenían libertad para vestirse, afeitarse y comportarse como desearan. Cuando se casó uno de los siete hijos del comerciante de brillantes, este invitó a toda la familia a la boda en Brooklyn. Todos los hombres que estaban allí tenían barba y todas las mujeres llevaban peluca, y se sentaban en distintos lados de la sina goga, según su sexo, separados por una pared (luego los hombres y las mujeres ni siquiera bailaban juntos), y tanto a él como a Howie aquella boda les pareció totalmente aborrecible. Cuando el comerciante de brillantes llegaba a la tienda, se quitaba el abrigo pero no el sombrero, y los dos hombres se sentaban detrás de la vitrina y charlaban afablemente en yiddish, la lengua que sus abuelos paternos siguieron hablando mientras vivieron en sus viviendas de inmigrantes con sus hijos nacidos en Estados Unidos. Pero cuando llegó el momento de examinar los brillantes, los dos entraron en la trastienda con el suelo de linóleo marrón, donde había una caja fuerte, un banco de trabajo y, encajado detrás de una puerta que nunca cerraba del todo, ni siquiera cuando habías logrado correr el pestillo desde dentro, un váter y un minúsculo lavabo. Su padre siempre pagaba en el acto con un cheque.
Después de cerrar la tienda con la ayuda de Howie –bajar la puerta metálica provista de candados del escaparate, conectar la alarma antirrobo y echar todos los cerrojos de la puerta principal–, el padre fue al hospital para ver a su hijo menor y le dio un abrazo.
Estaba allí cuando entró el doctor Smith para presentarse. El cirujano llevaba traje de calle en vez de bata blanca y su padre se apresuró a levantarse en cuanto lo vio entrar.
–¡Es el doctor Smith! –exclamó.
–De modo que este es mi paciente –dijo el médico. Se
acercó a la cama para pasarle un brazo por el hombro y estrecharlo con firmeza–. Bueno, mañana arreglaremos esa hernia
y quedarás como nuevo. ¿En qué posición te gusta jugar?
–De extremo.
–Bien, muy pronto estarás jugando otra vez de extremo.
Podrás jugar a lo que quieras. Pasa una buena noche y te veré
por la mañana.
Su padre se atrevió a bromear con el eminente cirujano. –Y que usted pase también una buena noche.
Cuando le trajeron la cena, sus padres se sentaron y hablaron con él como si estuvieran en casa. Hablaron en voz baja para no molestar al chico enfermo o a sus padres, que ahora guardaban silencio, la madre todavía sentada a su lado y el padre paseando sin cesar delante de la cama, saliendo al pasillo y volviendo a entrar. El muchacho ni siquiera se había movido mientras estuvieron allí.
Cinco minutos antes de las ocho una enfermera asomó la cabeza para anunciar que la visita había terminado. Los padres del otro chico volvieron a hablar entre ellos en yiddish y, después de que la madre le besara repetidamente la frente, salieron de la habitación. Al padre le corrían lágrimas por las mejillas.
Entonces sus padres se marcharon a casa para estar con su hermano y tomar una cena tardía en la cocina sin él. Su madre lo besó y abrazó con fuerza.
–Puedes hacerlo, hijo –le dijo su padre, inclinándose para besarle también–. Es como cuando te pido que hagas un recado y tomes el autobús, o te encargo una tarea en la tienda. Sea lo que sea nunca me defraudas. Eres responsable… ¡mis dos muchachos responsables! No puedo sentirme más orgulloso cuando pienso en mis hijos. Siempre hacéis el trabajo como los chicos meticulosos, cuidadosos y trabajadores que os enseñé a ser. A vuestra edad no os intimida ir a Newark y volver con brillantes de un cuarto de quilate, de medio quilate en el bolsillo. Por vuestro aspecto se diría que es alguna baratija que os ha salido en una caja de Cracker Jacks. Pues bien, si puedes hacer ese trabajo, puedes hacer este. Por lo que a ti respecta, no es más que otra tarea. Haz el trabajo, déjalo listo, y mañana todo habrá terminado. Oyes la campana y sales a pelear. ¿De acuerdo?
–De acuerdo.
–¡Mis dos muchachos geniales!
Entonces se marcharon y él se quedó a solas con el chico de la cama de al lado. Extendió el brazo hacia la mesilla de noche, donde su madre había depositado los libros, y empezó a leer El Robinson suizo. Después trató de leer La isla del tesoro. Luego pasó a Kim. A continuación metió la mano bajo la sábana para tocarse la hernia. La hinchazón había desapa recido. Sabía por experiencia que había días en los que la hinchazón remitía temporalmente, pero esta vez estaba seguro de que había remitido para siempre y ya no hacía falta que le operasen. Cuando entró una enfermera para tomarle la temperatura, él no supo cómo decirle que la hernia había desaparecido y que deberían llamar a sus padres para que lo llevaran a casa. La mujer dirigió una mirada aprobadora a los títulos de los libros que había traído y le dijo que podía levantarse para ir al lavabo, pero que por lo demás debería adoptar una postura cómoda y leer hasta que ella regresara para apagar las luces.
No le dijo nada del otro niño, del que él estaba seguro que iba a morir.
Al principio no logró conciliar el sueño porque estaba esperando que el chico se muriese, y luego tampoco lo consiguió debido a que no podía dejar de pensar en el ahogado que el mar arrojó a la playa el verano pasado. Era el cadáver de un marino cuyo buque cisterna había sido torpedeado por un subma rino alemán. La patrulla de la guardia costera que recorría la playa había encontrado el cuerpo entre los restos de petróleo y las destrozadas cajas del cargamento, en la orilla de la playa, que estaba a solo una manzana de distancia de la casa donde los cuatro miembros de la familia alquilaban una habitación durante un mes cada verano. La mayor parte de los días el agua estaba limpia y a él no le preocupaba que un hombre ahogado pudiera chocar contra sus piernas desnudas cuando se adentraba en el suave oleaje. Pero cuando el petróleo de los buques cisterna torpedeados formaba coágulos en la arena y le cubría las plantas de los pies al cruzar la playa, le aterra ba tropezar con un cadáver. O tropezar con un saboteador que llegara a tierra para colaborar con Hitler. Armados con fusiles o metralletas y con frecuencia acompañados por perros adiestrados, los guardias costeros patru llaban de día y de noche para impedir que los saboteadores desembarcaran en los miles de kilómetros de playas desier tas. Sin embargo, algunos lograban pe netrar sin que los detectaran, y se sabía que, junto con oriundos del país simpatizantes de los nazis, establecían desde la costa comunicación con los submarinos que merodeaban por las rutas de navegación de la Costa Este y que habían hundido barcos frente a la costa de Nueva Jersey desde el comienzo de la guerra. La guerra estaba más cerca de lo que imaginaba la mayoría de la gente, y el horror también. Su padre había leído que las aguas de Nueva Jersey eran «el peor cementerio de barcos» a lo largo de toda la costa norteamericana, y ahora, en el hospital, no lograba que la palabra «cementerio» dejara de atormentarle, como tampoco podía borrar de su mente aquel cuerpo hinchado que los guardias costeros habían retirado de la orilla donde yacía bañado por el suave oleaje, mientras él y su hermano miraban desde el paseo marítimo entarimado.
Poco después de caer dormido oyó ruidos en la habitación y, al despertar, vio que habían corrido la cortina entre las dos camas y que al otro lado se afanaban médicos y enfermeras. Veía sus siluetas en movimiento y les oía susurrar. Cuando una de las enfermeras salió de detrás de la cortina y se dio cuenta de que estaba despierto, acudió a su lado y le dijo quedamente:
–Anda, duérmete. Has de estar descansado para mañana.
–¿Qué pasa? –preguntó él.
–Nada –respondió la mujer–. Le estamos cambiando los
vendajes. Cierra los ojos y duérmete.
A la mañana siguiente le despertaron temprano para la operación, y allí estaba su madre, ya en el hospital y sonriéndole al pie de la cama.
–Buenos días, cariño. ¿Cómo está mi valiente muchacho? Miró la otra cama y vio que le habían quitado la ropa. Nadie podría haberle aclarado mejor lo ocurrido que la imagen del colchón desnudo y las almohadas sin funda en medio de la cama vacía.
–Ese chico ha muerto –dijo.
Ya era bastante memorable que estuviera en el hospital a su corta edad, pero incluso más memorable era que se hubiera producido una muerte durante su estancia. El primer muerto de su vida fue aquel cadáver hinchado, el segundo el muchacho de la cama vecina. Por la noche, cuando se despertó y vio las siluetas que se movían detrás de la cortina, no pudo evitar pensar: Los médicos lo están matando.
–Creo que lo han trasladado, cariño. Han tenido que llevarlo a otra planta.
En aquel momento aparecieron dos camilleros para trasladarlo al quirófano. Cuando uno de ellos le dijo que fuese al lavabo, lo primero que hizo tras cerrar la puerta fue comprobar si la hernia había desaparecido. Pero la hinchazón había vuelto. Ahora ya no había escapatoria para la operación.
Su madre tenía permitido acompañarlo junto a la camilla solo hasta el ascensor que lo llevaría a quirófano. Los camilleros empujaron la camilla dentro del ascensor, que descendió hasta abrirse ante un pasillo de estremecedora fealdad que conducía al quirófano donde estaba el doctor Smith, con bata quirúrgica y mascarilla blanca que cambiaba su aspecto por com pleto; incluso podría no haber sido el doctor Smith, po dría haber sido una persona total mente distinta, alguien que no se había criado como hijo de inmigrantes pobres llamados Smulowitz, alguien de quien su padre no sabía nada, alguien a quien nadie co no cía, alguien que acababa de entrar en el quirófano y empuñar un bisturí. En aquel momento de terror en que le aplicaban la mascarilla de éter sobre la cara como para asfixiarlo, él habría jurado que el cirujano, quienquiera que fuese, había susurrado: «Ahora voy a convertirte en una chica».
El malestar comenzó unos días después de su regreso a casa, tras un mes de vacaciones tan dichoso como no había disfrutado desde que la familia veraneara en la costa de Jersey antes de la guerra. Había pasado el mes de agosto en una casa destartalada y amueblada a medias, junto a una carretera interior de Martha’s Vineyard, con la mujer de la que era fiel amante desde hacía un par de años. Hasta entonces no se habían atrevido a vivir juntos de manera continua, y el experimento había sido un jubiloso éxito, un espléndido mes dedicado a nadar, hacer excursiones y entregarse despreocupadamente al sexo en cualquier momento del día. Cruzaban a nado una bahía hasta una zona de dunas donde podían tenderse sin que nadie los viera follar bajo el sol, poner se los bañadores, nadar de regreso a la playa y recoger en las rocas racimos de mejillones que metían en un cubo con agua marina y se llevaban a casa para cenar.
Los únicos momentos inquietantes eran por la noche, cuando caminaban juntos por la playa. El oscuro mar, el imponente fragor del oleaje y el cielo cuajado de estrellas extasiaban a Phoebe, pero a él le asustaban. La profusión de estrellas le hablaba sin ambigüedad de que estaba condenado a morir, y el ruido del mar a unos pocos metros de distancia, así como la pesadilla de la negrura más profunda bajo el frenesí del agua, le acuciaban a huir de la amenazante nada para refugiarse en su acogedora, iluminada y escasamente amueblada casa. No era esa la manera en que había experimentado la vastedad del mar y el gran cielo nocturno cuando servía virilmente en la marina poco después de la guerra de Corea… jamás fueron las campanas que doblaban. No podía entender de dónde procedía el temor, y tuvo que hacer un enorme esfuerzo para que Phoebe no se lo notara. ¿Por qué debería desconfiar de su vida cuando era dueño y señor de ella como nunca en años? ¿Por qué se imaginaba al borde de la extinción cuando, si lo pensaba con calma y franqueza, solo podía concluir que tenía por delante muchos más años pletóricos de energía? Aun así, era lo que le sucedía todas las noches durante su paseo junto al mar bajo las estrellas. No era nada aparatoso, ni deforme, ni excesivo en ningún sentido. ¿Por qué entonces, a su edad, debían acosarle pensamientos sobre la muerte? Era un hombre razonable y amable, cordial, moderado y laborioso, algo en lo que probablemente estarían de acuerdo cuantos le conocían, excepto, por supuesto, la esposa y los dos hijos cuya casa había abandonado y que, como es comprensible, no equipararían su faceta razonable y amable con el hecho de que hubiera acabado por renunciar a un matrimonio fracasado y buscara en otra parte la intimidad con una mujer a la que deseaba.
Estaba convencido de que la mayoría de la gente le consideraría chapado a la antigua. De joven, él mismo se había considerado anticuado, tan convencional y poco aventurero que, al finalizar los estudios en la escuela de arte, en vez de vivir solo, dedicarse a pintar y ganarse la vida con empleos temporales, lo cual constituía su ambición secreta, se comportó como un modelo de buen muchacho y, satisfaciendo los deseos de sus padres más que los suyos propios, se casó, tuvo hijos e ingresó en el campo de la publicidad a fin de tener una fuente de ingresos segura. Nunca se consideró nada más que un ser humano normal y corriente, que lo hubiera dado todo por que su matrimonio durase toda la vida. Tal era su expectativa cuando contrajo matrimonio. Pero lo cierto es que la vida conyugal se convirtió en una celda carcelaria, y así, tras muchos y tortuosos pensamientos que le absorbían mientras trabajaba y cuando debería estar durmiendo, de una manera intermitente y angustiosa empezó a abrirse paso para salir del túnel. ¿No es eso lo que haría un ser humano normal y corriente? ¿No es eso lo que el ser humano normal y corriente hace todos los días? Contrariamente a lo que su mujer decía a todo el mundo, no había ansiado una libertad sin cortapisas para hacer lo que le viniera en gana. Nada más lejos de la realidad. Había ansiado algo estable al tiempo que detestaba lo que tenía. No era un hombre que deseara llevar una doble vida. No le disgustaban ni las limitaciones ni los consuelos de la conformidad. Tan solo había querido eliminar de su mente los desagradables pensamientos engendrados por el oprobio de la prolongada guerra conyugal. No afirmaba ser excepcio nal. Tan solo vulnerable, frágil y confuso. Y convencido de su derecho, como un ser humano normal y corriente, a ser perdonado en última instancia por las privaciones que hubiera podido infligir a sus inocentes hijos a fin de no pasarse media vida desquiciado.
Encuentros aterradores con el final. ¡Tengo treinta y cuatro años! ¡Preocúpate por la nada, se dijo a sí mismo, cuando tengas setenta y cinco! ¡En el remoto futuro ya tendrás tiempo para angustiarte por la catástrofe defi nitiva!
Pero en cuanto hubo regresado con Phoebe a Manhattan, donde la distancia entre sus respectivos pisos era de unas treinta calles, enfermó de un modo misterioso. Perdió el apetito y la energía, sufría náuseas todo el día y no podía caminar siquiera una manzana sin sentirse débil y atur dido.
El médico no encontraba ninguna causa física. A raíz de su divorcio, él había empezado a visitar a un psicoanalista, y este atribuyó su estado a la envidia que le producía un director de arte que acababa de ser nombrado vicepresidente de la agencia.
–Eso le pone enfermo –le aseguró el analista.
Él sostuvo que su colega le llevaba doce años y era un
compañero de trabajo generoso a quien solo deseaba éxitos,
pero el analista siguió insistiendo en la «envidia profundamente arraigada» como el motivo oculto del malestar, y cuando las circunstancias revelaron que se equivocaba, no pareció
inmutarse por su diagnóstico erróneo.
En las semanas siguientes acudió a la consulta médica varias veces más, cuando por lo general solo iba por algún problema sin importancia una vez cada par de años. Pero había perdido peso y los accesos de náusea estaban em peorando. Nunca se había sentido tan mal, ni siquiera después de abandonar a Cecilia y los dos pequeños, de la subsiguiente batalla legal por las condiciones de la separación y de que el abogado de Cecilia le calificara ante el tribunal como «un conocido mujeriego» debido a su relación con Phoebe, que era una nueva redactora publicitaria de la agencia (y a quien la demandante, sentada en el estrado de los testigos, ofendida, muy alterada, como si estuviera acusando al marqués de Sade, se refirió como «la número treinta y siete en su desfile de amiguitas», cuando en verdad se adelantaba demasiado al futuro y Phoebe era todavía la número dos). Por lo menos entonces había una causa reconocible de sus sufrimientos. Pero, en esta ocasión, de la noche a la mañana había pasado de ser un hombre rebosante de salud a uno que la perdía de un modo inexplicable.
Transcurrió un mes. No podía concentrarse en su trabajo, abandonó la natación por las mañanas y por entonces no podía ni ver la comida. Un viernes por la tarde salió temprano del trabajo y tomó un taxi hasta la consulta del médico, sin haber concertado una cita ni siquiera llamar por teléfono. Tan solo telefoneó a Phoebe para decirle lo que estaba haciendo.
–Ingréseme en un hospital –le dijo al médico–. Siento que me estoy muriendo.
El médico hizo los trámites, y cuando llegó al hospital Phoebe estaba ya junto al mostrador de recepción. A las cinco de la tarde lo instalaron en una habitación, y poco antes de las siete un hombre de mediana edad, alto, bronceado y apuesto, vestido de esmoquin, entró en la habitación y se presentó como un cirujano a quien su médico había llamado para que le echara un vistazo. Iba camino de algún acontecimiento social, pero antes quiso detenerse para hacerle un examen rápido. Lo que hizo fue apretarle muy fuerte por encima de la ingle, en el lado derecho. Al contrario que el médico de cabecera, el cirujano siguió apretando, y el dolor era insoportable. Se sintió al borde del vómito.
–¿No había tenido dolor de estómago hasta ahora? –le preguntó el cirujano.
–No.
–Bueno, es el apéndice. Hay que operar.
–¿Cuándo?
–Ahora.
La siguiente vez que vio al cirujano fue en el quirófano. Se había cambiado el esmoquin por una bata quirúrgica.
–Me ha librado de un banquete muy aburrido –le dijo. No se despertó hasta la mañana siguiente. Al pie de la cama, junto con Phoebe, estaban sus padres, todos con expresiones sombrías. Phoebe, a quien no conocían (salvo por las descripciones denigratorias de Cecilia, por las diatribas telefónicas en las que terminaba diciendo: «Siento lástima por esa pequeña señorita Muffet de la canción de la araña que ocupa mi lugar… ¡de veras me da pena esa pequeña y repugnante zorra cuáquera!»), les había telefoneado a Nueva Jersey y ellos se habían puesto en camino de inmediato. Por lo que pudo apreciar un enfermero tenía dificultades para introducirle una especie de tubo en la nariz, o tal vez intentaba extraerlo. Pronunció sus primeras palabras («¡No la cagues!») antes de volver a sumirse en la inconsciencia.
Cuando volvió en sí, sus padres estaban sentados en unas sillas. Aún parecían atormentados, así como abrumados por la fatiga.
Phoebe estaba en una silla al lado de la cama y le tenía cogida la mano. Era una joven pálida y bonita, cuyo dulce aspecto no delataba su ecuanimidad y perseverancia. No manifestaba ningún temor ni permitía que se le trasluciera en la voz.
La joven tenía una considerable experiencia del padecimiento físico debido a los intensos dolores de cabeza de los que había hecho caso omiso cuando era veinteañera, pero que cuando rebasó la treintena y se convirtieron en regu lares y frecuentes comprendió que se trataba de migrañas. Era una gran suerte que fuera capaz de domir cuando le asaltaba uno de aquellos dolores, pero en cuanto recobraba la conciencia allí seguía: el increíble dolor en un lado de la cabeza, la presión en la cara y la mandíbula y, en el fondo de la cuenca del ojo, un pie que le aplastaba el globo ocular. Las migrañas comenzaban con espirales de luz, manchas brillantes que giraban ante sus ojos incluso cuando los cerraba, y entonces progresaban y se conver tían en desorientación, mareo, dolor, náusea y vómitos.
–Tienes la sensación de que no estás en el mundo –le decía luego–. En mi cuerpo no hay más que la presión en la cabeza.
Todo lo que podía hacer por ella era coger la gran cacerola en la que había vomitado y limpiarla en el baño, y luego regresar de puntillas al dormitorio y dejarla al lado de la cama para que la usara cuando volvieran a acometerle las náuseas. Durante las veinticuatro o cuarenta y ocho horas que duraba la migraña, ella no podía soportar otra presencia en la habitación a oscuras, como tampoco el más leve resquicio de luz que se filtrara por debajo de las persianas bajadas. Y ningún fármaco servía de ayuda. Ninguno era eficaz. Cuando empezaba la migraña, no había manera de detenerla.
–¿Qué ha pasado? –le preguntó él.
–Se te reventó el apéndice. Lo has tenido así durante un tiempo.
–¿Estoy muy enfermo? –preguntó con voz débil.
–La peritonitis está muy extendida. Tienes drenajes en la
herida. Te la están drenando. Y te están suministrando grandes
dosis de antibióticos. Te pondrás bien. Volveremos a nadar por
la bahía.
Eso resultaba difícil de creer. En 1943 su padre había estado a punto de morir debido a una apendicitis no diagnosticada y una grave peritonitis. Tenía cuarenta y dos años y dos hijos pequeños, y había permanecido en el hospital, alejado de su negocio, durante treinta y seis días. Cuando volvió a casa estaba tan débil que apenas pudo subir el corto tramo de escaleras hasta el piso y, después de que su mujer le ayudara a desplazarse desde la entrada hasta el dormitorio, se sentó en el borde de la cama, donde, por primera vez en presencia de sus hijos, perdió el dominio de sí mismo y se echó a llorar. Once años atrás, su hermano menor, Sammy, el adorado favorito de los ocho hijos, había muer to de apendicitis aguda cuando estudiaba tercer curso en la facultad de ingeniería. Tenía diecinueve años (había entrado en la universidad a los dieciséis) y la ambición de ser ingeniero aeronáutico. Solo tres de los ocho hijos habían cursado estudios universitarios. Sus amigos eran los chicos más inteligentes del vecindario, todos ellos hijos de inmigrantes judíos que se reunían con regularidad en la casa de alguno de ellos para jugar al ajedrez y hablar acaloradamente de política y filosofía. Él era el líder del grupo, corredor del equipo de atletismo y un genio de las matemáticas con una brillante personalidad. Era el nombre de Sammy el que su padre pronunciaba de nuevo en el dormitorio, asombrado mientras sollozaba por encontrar se de nuevo entre la familia de la que era sostén.
El tío Sammy, su padre, ahora él… el tercero derribado por el reventón del apéndice y la peritonitis. Durante los dos días siguientes, mientras perdía y recobraba la conciencia a intervalos, no estuvo claro si le esperaba el desti no de Sammy o el de su padre.
El segundo día su hermano viajó en avión desde California, y cuando él abrió los ojos y le vio al lado de la cama, un hombre corpulento y discreto, impertérrito, confiado, jovial, pensó: No puedo morirme mientras Howie esté aquí. Howie se inclinó para besarle la frente, y en cuanto se sentó en la silla al lado de la cama y cogió la mano del paciente, el presente desapareció y regresó a la infancia, y volvió a ser un niño pequeño, protegido de la preocupación y el temor por el generoso hermano que dormía en la cama al lado de la suya.
Howie se quedó cuatro días. A veces en cuatro días volaba a Manila, Singapur y Kuala Lumpur y regresaba. Había empezado a trabajar en Goldman Sachs como mensajero, y rápidamente pasó de entregar mensajes a mandamás de la sección de operaciones con divisas y empezó a invertir en acciones. Acabó al frente del arbitraje de divisas para multinacionales y grandes empresas extranjeras: productores de vino en Francia, fabricantes de cámaras fotográficas en Alemania Occidental y de automóviles en Japón, para los que convertía francos, marcos y yenes en dólares. Viajaba con frecuencia para reunirse con sus clientes y seguía invirtiendo en compañías que le gustaban, y a los treinta y dos años había conseguido su primer millón de dólares.
Howie dijo a sus padres que se fuesen a casa y descansaran, estuvo junto a Phoebe para prestar apoyo a su hermano durante los peores momentos del postoperatorio y se dispuso a emprender el vuelo de regreso solo después de que el médico le hubiera asegurado que la crisis estaba superada. La última mañana le dijo en voz baja al convaleciente:
–Esta vez tienes una buena chica. No vayas a echarlo a perder. No la dejes escapar.
En su alegría por haber sobrevivido, se preguntó: ¿Acaso hay un hombre cuyo apetito por la vida sea tan contagioso como el de Howie? ¿Puede existir un hermano más afortunado que yo?
Permaneció un mes entero en el hospital. La mayoría de las enfermeras eran jóvenes simpáticas y concienzudas de acento irlandés, que siempre parecían disponer de tiem po para charlar un poco cuando le atendían. Todas las noches, al salir del trabajo, Phoebe iba a verle y cenaba con él en la habitación; él no podía imaginar lo que habría sido verse necesitado e inválido y enfrentarse a la misteriosa naturaleza de la enfermedad sin tenerla a ella. Su hermano no tenía que advertirle que no la dejara escapar, pues él jamás había estado más decidido a perseverar con una mujer.
Al otro lado de la ventana veía mudar el color de las hojas a medida que transcurrían las semanas de octubre, y cuando le visitó el cirujano le dijo:
–¿Cuándo voy a salir de aquí? Me estoy perdiendo el otoño de 1967.
El cirujano le escuchó con seriedad, y entonces, con una sonrisa, respondió:
–¿Es que todavía no lo entiende? Ha estado a punto de perdérselo todo.
Transcurrieron veintidós años. Veintidós años de excelente salud y la ilimitada confianza en sí mismo que genera sentirse en buena forma… veintidós años escatimados al adversario que es la enfermedad y la calamidad que aguarda entre bambalinas. Como se había dicho para tranquilizarse mientras paseaba con Phoebe bajo las estrellas por Vineyard, se preocuparía por su desaparición cuando tuviera setenta y cinco años.
Llevaba más de un mes conduciendo casi todos los días a Nueva Jersey al salir del trabajo para ver a su padre moribundo, cuando un atardecer de agosto de 1989, en la piscina del City Athletic Club, sintió la angustiosa sensación de que le faltaba el aire. Había regresado de Jersey una media hora antes y había decidido restablecer su equilibrio nadando un poco antes de ir a casa. Normalmente nadaba un kilómetro y medio en el club a primera hora de la mañana. Apenas bebía, nunca había fumado y pesaba exac tamente lo mismo que cuando se licenció de la marina en 1957 y empezó a trabajar en el sector publicitario. Sabía por su desagradable experiencia con la apendicitis y la peritonitis que estaba tan expuesto como cualquiera a caer gravemente enfermo, pero, tras haber llevado siempre un estilo de vida saludable, le parecía absurdo acabar como candidato a someterse a cirugía cardíaca. Simplemente no entraba en sus planes.
Sin embargo, no pudo terminar el primer largo sin desviarse a un lado de la piscina y sujetarse allí, falto por completo de respiración. Se sentó en el borde, con las piernas en el agua, tratando de calmarse. Estaba seguro de que la falta de aire era el resultado de haber observado cómo se había deteriorado el estado de su padre en los últimos días. Pero en realidad era el suyo el que se había deteriorado, y a la mañana siguiente, cuando fue al médico, el electrocardiograma reveló unos cambios radicales que indicaban una grave oclusión de las principales arterias coronarias. Antes de que acabara el día ocu paba una cama en la unidad de vigilancia coronaria de un hospital de Manhattan, tras haberle practicado un angiograma que determinó la necesidad ineludible de intervención quirúrgica. Tenía tubos de oxígeno en la nariz y varios cables lo conectaban a un monitor de la actividad cardíaca que estaba detrás de la cama. La única incógnita era si la operación tendría lugar de inmediato o a la mañana siguiente. Para entonces eran casi las ocho de la tarde, por lo que se decidió esperar. Sin embargo, en algún momento de la noche se despertó y vio que su cama estaba rodeada de médicos y enfermeras, como lo estuviera la cama del muchacho en su habitación cuando tenía nueve años. Todos esos años él había estado vivo mientras que aquel chico estaba muerto… y ahora él era aquel chico.
Le estaban administrando parte de la medicación por vía intravenosa, y comprendió vagamente que intentaban prevenir una crisis. No podía distinguir qué murmuraban entre ellos, y entonces debió de quedarse dormido, porque cuando volvió a abrir los ojos ya era por la mañana y lo estaban colocando en una camilla para llevarlo a quirófano.
Su esposa de entonces (la tercera y la última) no se parecía en nada a Phoebe, y más que nada era un peligro en caso de emergencia. Desde luego no inspiraba confianza alguna la mañana de la intervención, cuando avanzó al lado de la camilla, llorando y retorciéndose las manos, y finalmente, sin poder dominarse, gritó:
–¿Y yo qué?
Era joven, y con poca experiencia de la vida, y tal vez había querido decir algo diferente, pero él entendió que se refería a lo que sería de ella si no sobrevivía.
–Cada cosa a su tiempo –le dijo–. Primero déjame morir. Entonces vendré y te ayudaré a sobrellevarlo.
La operación se prolongó durante siete horas. La mayor parte del tiempo estuvo conectado a una bomba corazónpulmón que bombeaba su sangre y respiraba por él. Los cirujanos le hicieron cinco injertos, y salió del quirófano con una larga herida en el centro del pecho y otra que se extendía desde la ingle hasta el tobillo derecho; de esa pierna habían extraído la vena para modelar todos los injertos menos uno.
Cuando volvió en sí en la sala de recuperación tenía un tubo metido por la garganta que le hacía sentirse como si fuera a morir asfixiado. Era horrible tenerlo allí, pero no podía comunicárselo a la enfermera que le estaba diciendo dónde estaba y qué le había ocurrido. Entonces perdió el conocimiento, y cuando volvió a despertarse el tubo seguía allí, asfixiándole, pero ahora una enfermera le explicaba que se lo quitarían en cuanto tuvieran la certeza de que podía respirar por sí solo. Cerniéndose sobre él, a su lado, estaba el rostro de su joven esposa, que le daba la bienvenida en su regreso al mundo de los vivos, donde podría seguir cuidando de ella.
Le había asignado una sola responsabilidad cuando partió hacia el hospital: retirar el coche de la calle donde estaba estacionado y dejarlo en un aparcamiento público a una manzana de distancia. Resultó que ella estaba demasiado nerviosa para rea lizar esa tarea, y más adelante él se enteró de que había tenido que pedirle a un amigo de él que la hiciera por ella. No se había percatado de que su car diólogo era un observador de las cuestiones ajenas a la medicina hasta que, mediada su estancia en el hospital, fue a verle y le dijo que no podían darle el alta si su esposa era la encargada de proporcionarle los cuidados que requeriría una vez en casa.
–No me gusta tener que decir estas cosas, y ante todo no son de mi incumbencia, pero la he observado cuando viene de visita. La señora es básicamente una ausencia en vez de una presencia, y no tengo más remedio que proteger a mi paciente.
Por entonces Howie había regresado. Había volado desde Europa, adonde había ido en viaje de negocios y también para jugar al polo. Ahora sabía esquiar, tirar al plato y jugar al waterpolo, así como al polo a caballo, pues había adquirido virtuosismo en esas actividades en el gran mundo mucho después de haber finalizado los estudios en el instituto de Elizabeth, un centro de clase media baja donde, junto con muchachos irlandeses católicos e italianos cuyos padres trabajaban en los muelles, había jugado a fútbol americano en otoño y saltado con pértiga en primavera, mientras conseguía unas notas lo bastante buenas para que le concedieran una beca en la Universidad de Pennsylvania y luego le admitieran en la Wharton School, donde obtuvo un máster en administración de empresas. Aunque su padre agonizaba en un hospital de Nueva Jersey y su hermano se recuperaba de una operación a corazón abierto en un hospital de Nueva York (y aunque se había pasado la semana viajando para estar junto a las camas de uno y otro), el vigor de Howie nunca de caía, como tampoco su capacidad de inspirar confianza. El respaldo que la saludable esposa de treinta años se reveló incapaz de proporcionar al achacoso marido de cincuenta y seis estuvo más que compensado por el jovial apoyo de Howie. Fue este quien le sugirió que contratara a dos enfermeras privadas (la enfermera de día, Maureen Mrazek, y la nocturna, Olive Parrott) para sustituir a la mujer a la que él había llegado a referirse como «la chica de portada titánicamente ineficaz», y luego, desoyendo las objeciones de su hermano, insistió en cubrir él mismo los costes.
–Has estado peligrosamente enfermo, has pasado por un infierno –le dijo Howie–, y mientras yo esté aquí, nada ni nadie va a impedir que te recuperes. Esto no es más que un regalo para asegurarnos un rápido restablecimiento de tu salud.
Estaban juntos en la puerta de la habitación. Howie hablaba con sus musculosos brazos alrededor de su hermano. Aunque aparentaba estar por encima de efusiones sentimentales, su rostro, casi una réplica del de su hermano, no podía disimular sus emociones cuando le dijo:
–Tengo que aceptar la pérdida de nuestros padres. Jamás podría aceptar perderte a ti.
Entonces se marchó en busca de la limusina que le esperaba abajo para llevarlo al hospital de Jersey.
Olive Parrott, la enfermera de noche, era una negra corpulenta, de porte y modales que le recordaban a Eleanor Roosevelt. Su padre era propietario de una plantación de aguacates en Jamaica, y su madre tenía un libro de los sueños en cuyas páginas anotaba todas las mañanas los sueños de sus hijos. En las noches en que él sentía demasiadas molestias para poder dormir, Olive se sentaba en una silla a los pies de la cama y le contaba inocentes anécdotas de su infancia en la plantación de aguacates. De acento antillano y hermosa voz, sus palabras le serenaban como no lo había hecho ninguna mujer desde que su madre se sentara a su lado y le hablara en el hospital después de la operación de hernia. Con excepción de las preguntas que le hacía a Olive, permanecía callado, contento hasta el delirio por estar vivo. Resultó que le habían intervenido en el último momento: cuando lo ingresaron en el hospital, sus arterias coronarias tenían una oclusión del noventa al noventa y cinco por ciento, y estaba al borde de un masivo y probablemente fatal ataque al corazón.
Maureen era una pelirroja pechugona y sonriente que había tenido una infancia dura en el seno de una familia irlandesa y eslava en el Bronx, y se expresaba con una brusquedad alimentada por el aplomo de una persona ruda y luchadora de la clase obrera. Tan solo verla llegar por la mañana animaba al convaleciente, aunque el agota miento posterior a la operación era tan intenso que el mero hecho de afeitarse (y ni siquiera afeitarse de pie, sino sentado en una silla) le extenuaba, y tuvo que volver a acostarse y hacer una larga siesta después de dar su primer paseo por el corredor del hospital con ella a su lado. Era Maureen quien llamaba al médico de su padre y le mantenía informado del estado en que se encontraba el moribundo hasta que tuvo fuerzas suficientes para hablar él mismo con el doctor.
Howie había dispuesto, sin darle opción a negarse, que cuando saliera del hospital Maureen y Olive cuidarían de él (y una vez más Howie correría con los gastos), por lo menos durante las dos o tres primeras semanas de convalecencia en casa. No lo consultó con la esposa, y a ella le molestó tanto el arreglo como la implicación de que era incapaz de cuidar de él por sí sola. Le irritaba sobre todo Maureen, quien hacía poco por ocultar el desprecio que sentía por la mujer del paciente.
En casa transcurrieron más de tres semanas antes de que el agotamiento empezara a remitir y él pensara en la posibilidad de volver al trabajo. El mero esfuerzo de comer sentado en una silla le obligaba a acostarse en cuanto termi naba de cenar, y por la mañana tenía que sentarse en un taburete de plástico para asearse en la ducha. Con Maureen empezó a hacer suaves ejercicios calisténicos, y día a día trataba de alargar en diez metros más el paseo que daba con ella por la tarde. Maureen tenía un novio del que le hablaba, un cáma ra de televisión con el que esperaba casarse cuando él encontrara un empleo estable, y al finalizar la jornada laboral a ella le gustaba tomarse un par de copas con los habituales del vecindario en el bar cercano a su domicilio en Yorkville. Hacía buen tiempo, y cuando paseaban él disfrutaba contemplando la figura de la mujer, que vestía polos ceñidos y faldas cortas y calzaba sandalias veraniegas. Los hombres la miraban continuamente, y ella no se arredraba en devolver la mirada con burlona agresividad si alguien se la comía con los ojos. La presencia de ella a su lado le hacía sentirse más fuerte cada día, y regresaba de los paseos encantado con todo, excepto, naturalmente, con su celosa mujer, que daba portazos y en ocasiones abandonaba el piso poco después de que él y Maureen hubieran entrado.
No era el primer paciente enamorado de su enfermera. Ni tan solo era el primer paciente enamorado de Maureen. Esta había tenido varias aventuras en el transcurso de los años, algunas con hombres bastante peor de lo que él estaba y que, como en su caso, se recuperaron por completo con la ayuda de la vitalidad de Maureen. Tenía el don de hacer sentirse esperanzados a los enfermos, tan esperanzados que en vez de cerrar los ojos para perder de vista el mundo los abrían de par en par para contemplar la vibrante presencia de aquella mujer y se sentían rejuvenecidos.
Maureen le acompañó a Nueva Jersey cuando murió su padre. A él aún no le estaba permitido conducir, por lo que la enfermera se ofreció voluntaria y ayudó a Howie a realizar los trámites en la Funeraria Kreitzer del condado de Union. En sus últimos diez años de vida su padre se había vuelto religioso y, después de jubilarse y enviudar, empezó a acudir a la sinagoga al menos una vez al día. Mucho antes de la enfermedad que desembocó en su muerte, le pidió al rabino que llevara a cabo la ceremonia fúnebre totalmente en hebreo, como si el hebreo fuese la respuesta más firme que se pudiera dar a la muerte. Para el hijo menor de su padre, el lenguaje no significaba nada. Junto con Howie, había dejado de tomarse el judaísmo en serio a los trece años (el domingo después del sábado de su bar mitzvah), y desde entonces no había puesto los pies en una sinagoga. Incluso había dejado en blanco la casilla de religión en el formulario de ingreso en el hospital, no fuera a ser que la palabra «judío» provocase la visita a su habitación de un rabino para hablarle como lo hacen los rabinos. La religión era una mentira que él había reconocido como tal en su adolescencia, y todas las religiones le parecían ofensivas, y consideraba sin sentido e infantiles sus disparates supersticiosos; no soportaba su falta absoluta de madurez: el lenguaje pueril, la rectitud, el rebaño, los ávidos creyentes. No aceptaba las mistificaciones acerca de la muerte y de Dios ni las obsoletas fantasías del paraíso. Solo existían nuestros cuerpos, hechos para vivir y morir de acuerdo con unas condiciones decididas por los cuerpos que habían vivido y muerto antes que nosotros. Si podía decirse de él que había encontrado un nicho filosófico a su conveniencia, era ese: lo había hallado pronto y de una manera intuitiva, y, por elemental que fuese, le bastaba. Si alguna vez escribía su autobiografía, la titularía Vida y muerte de un cuerpo masculino. Pero una vez jubilado intentó convertirse en pintor, no en escritor, y por ello puso ese título a una serie de sus abstracciones.
Sin embargo, nada de lo que había hecho o de aquello en lo que no creía tuvo importancia el día en que enterraron a su padre al lado de su madre en el destartalado cementerio cerca de la autopista de Jersey.
Sobre el portal por donde entró la familia al recinto original del viejo camposanto del siglo xix había un arco con el nombre de la asociación del cementerio inscrito en hebreo y, en cada uno de sus extremos, una estrella de seis puntas tallada. La piedra de las dos columnas del portal estaba muy deteriorada y desportillada, debido tanto al paso del tiempo como al vandalismo, y para entrar había que empujar una combada puerta de hierro, pero estaba desencajada de sus goznes y empotrada varios centímetros en el suelo. Tampoco la piedra del obelisco ante el que pasaron (donde estaban inscritas frases de los textos sagrados hebreos y los nombres de la familia enterrada al pie del plinto) había capeado bien el transcurso de las décadas. Al comienzo de las apretadas hileras de lápidas verticales se alzaba uno de los pequeños mausoleos de ladrillo de la sección antigua, cuya puerta con filigrana de acero y las dos ventanas originales (que en la época en que fueron en terra dos sus ocupantes debieron de tener vidrieras de colores) habían sido cegadas con bloques de ce men to para proteger el mausoleo de nuevos actos vandálicos, de modo que ahora la pequeña construcción cuadrada parecía más un cobertizo para herramientas abandonado o un váter al aire libre ya fuera de servicio que un lugar de descanso eterno en consonancia con el renombre, la riqueza o la categoría social de quienes lo erigieron para albergar a sus familiares fallecidos. Pasaron lentamente entre las lápidas verticales que tenían inscripciones en hebreo pero que en algunos casos también contenían palabras en yiddish, ruso, alemán e incluso húngaro. En la mayoría de ellas estaba grabada la estrella de David, mientras que en otras la decoración era más elaborada, con un par de manos en actitud de ben dición, una jarra o un candelabro de cinco brazos. En el lugar donde estaban las tumbas de niños y bebés (y las había en número consi derable, aunque no tantas como las de las mujeres jóvenes fallecidas en la veintena, muy probablemente durante el parto), vieron alguna lápida rematada por la escultura de un cordero o decorada con el grabado de un tronco de árbol con la mitad superior serrada, y cuando avanzaban en fila india por los tortuosos, desiguales y estrechos senderos del cementerio original hacia los espacios más nuevos y parecidos a un parque al norte, don de iba a celebrarse el entierro, era posible (en aquel pequeño cementerio fundado en un campo en el límite entre Elizabeth y Newark por, entre otros, el cívico padre del fallecido propietario de la más querida joyería de Elizabeth) contar cuántos habían perecido por la epidemia de gripe que mató a diez millones de personas en 1918.
Mil novecientos dieciocho: tan solo uno de los años terribles entre la plétora de anni horribiles sembrados de cadáveres que ensombrecerán el recuerdo del siglo xx por siempre jamás.
Permaneció junto a la tumba rodeado por sus familiares, unas dos docenas de personas, con su hija a la derecha, aferrándole la mano, sus dos hijos detrás de él y su esposa al lado de su hija. El mero hecho de estar allí, absorbiendo el golpe que era la muerte de un padre, se reveló como un sorprendente reto a su fortaleza física, y fue una suerte que Howie estuviera a su izquierda, sosteniéndole firmemente con un brazo alrededor de la cintura, para impedir que ocurriera cualquier percance desafortunado.
La relación con sus padres nunca había sido complicada. No eran más que eso, un padre y una madre. No deseaba que representaran nada más para él. Pero el espacio que ocuparon sus cuerpos estaba ahora vacío. Su materialidad, que siempre le había acompañado, ahora había desaparecido. Mediante unas correas bajaron el ataúd de su padre, una sencilla caja de pino, a la fosa que habían cavado junto a la tumba de su esposa. Allí permanecería el muerto durante más horas incluso de las que se había pasado vendiendo joyas, que no era una cifra nada desdeñable. Inauguró la tienda en 1933, el año en que nació su segundo hijo, y se deshizo de ella en 1974, cuando había vendido anillos de compromiso y alianzas matrimoniales a tres generaciones de familias de Elizabeth. Cómo había logrado reunir dinero en 1933, cómo había conseguido tener clientes en 1933, siempre había sido un misterio para sus hijos. Pero por ellos dejó su trabajo detrás del mostrador de relojes en la tienda Irvington propiedad de Abelson, en la avenida Springfield, donde trabajaba de nueve de la mañana a nueve de la noche los lunes, miércoles, viernes y sábados, y de nueve a cinco los martes y jueves, para abrir su propia tienda en Elizabeth, un local de cuatro metros y medio de ancho, con una inscripción en letras negras en el escaparate que anunció desde el primer día: «Brillantes, joyas, relojes», y debajo, en letras más pequeñas: «Reparación de toda clase de relojes y joyas». Con treinta y dos años, final mente había empezado a trabajar sesenta y setenta horas a la semana para su familia en vez de hacerlo para Moe Abelson. A fin de atraer a la gran población de clase obrera de Elizabeth y evitar que las decenas de millares de cristianos practicantes se sintieran excluidos o asustados por su apellido judío, extendió créditos sin reparos: tan solo debían hacer un pago inicial de un treinta o cuarenta por ciento. Nunca comprobaba si tenían fondos; le bastaba con cubrir costes, y entonces podían pagarle unos pocos dólares a la semana, incluso nada, y realmente no le importaba. Nunca quebró debido al sistema de crédito, y la buena voluntad que generaba su flexibilidad hacía que mereciese la pena. Decoró la tienda con algunas piezas bañadas en plata para que resultase atractiva –servicios de té, bandejas, escalfadores, candelabros que vendía baratísimos–, y por Navidad siempre decoraba el escaparate con una escena nevada y Papá Noel, pero el golpe de genio fue ponerle a la tienda no su nombre sino Joyería de Todos, que era como la conocían a lo largo y ancho del condado de Union la multitud de personas corrientes que fueron sus fieles clientes hasta que vendió sus existencias al mayorista y se jubiló a los setenta y tres años de edad. «Comprar un brillante, por pequeño que sea, es algo muy importante para un trabajador –les decía a sus hijos–. La esposa puede lucirlo por su belleza y por la categoría que le da. Y cuando se lo pone, él no es tan solo un fontanero… es un hombre cuya esposa tiene un brillante. Su mujer posee algo que es imperecedero. Porque, más allá de la belleza, la categoría y el valor, el brillante es imperecedero. ¡Un fragmento de la tierra que es eterno, y una simple mortal lo lleva en la mano!»
El motivo para dejar la tienda de Abelson, donde había tenido la suerte de cobrar su paga durante la crisis económica y los peores años de la Depresión, el motivo de que se hubiera atrevido a abrir una tienda en unos tiempos tan malos, era evidente. A cualquiera que le preguntase, e incluso a quienes no lo hacían, les explicaba: «Debía tener algo que legarles a mis dos hijos».
Dos palas permanecían erguidas con las hojas clavadas en el gran montón de tierra que había a un lado de la tumba. Pensó que los sepultureros las habían dejado allí y que más tarde las emplearían para llenar la fosa. Había imaginado que, como en el entierro de su madre, cada deudo se acercaría a la tumba para arrojar un puñado de tierra sobre la tapa del ataúd, y entonces todos volverían a sus coches. Pero su padre había solicitado al rabino los ritos judíos tradicionales, y ahora descubría que el ritual exigía que fuesen los mismos deudos, y no los empleados del cemen terio ni nadie más, quienes llevasen a cabo el entierro. El rabino se lo había dicho a Howie con antelación, pero este, por la razón que fuese, no había informado a su hermano, y de ahí su sorpresa cuando Howie, elegantemente vestido con traje oscuro, camisa blanca, corbata oscura y relucientes zapatos negros, se acercó a la tierra apilada, extrajo una de las palas y volvió a hundirla en el montón hasta sacar una palada rebosante de tierra. Luego, con paso ceremonioso, avanzó hasta la fosa, permaneció un momento inmóvil y pensativo e, inclinando un poco la pala hacia abajo, dejó que la tierra se deslizara lentamente. Al caer sobre la tapa del ataúd, produjo ese sonido que uno absorbe en lo más profundo de su ser como ningún otro.
Howie regresó para hundir la hoja de la pala en la pirámide de tierra que rebasaba con creces el metro de altura. Te nían que arrojar aquella tierra a la fosa hasta que la tumba de su padre estuviera al mismo nivel que las parcelas adyacentes.
Tardaron casi una hora en llenar la fosa. Los parientes y amigos de más edad, incapaces de blandir la pala, ayudaron arrojando puñados de tierra sobre el ataúd, y tampoco él pudo hacer más que eso, de modo que la parte más ardua de la tarea correspondió a Howie, sus cuatro hijos y los hijos de él, los seis, sin excepción, jóvenes fornidos cercanos a la treintena o que la superaban por poco. Colo cados por parejas junto al montón, palada a palada arrojaban la tierra a la fosa. Cada pocos minutos otra pareja los sustituía, y llegó un momento en que le pareció que la tarea no terminaría jamás, que estarían allí enterrando eternamente a su padre. Lo máximo que podía hacer para estar tan inmerso en la brutal franqueza del entierro como lo estaban su hermano, sus hijos y sus sobrinos era permanecer al borde de la fosa y contemplar cómo la tierra iba rodeando el ataúd. Vio que llegaba hasta la tapa, que solo estaba decorada con una talla de la estrella de David, y después siguió mirando mientras empezaba a cubrirla. Su padre yacería no solo dentro del ataúd sino también bajo el peso de aquella tierra, y de repente vio la boca de su padre como si no hubiera ataúd, como si estuvieran echando directamente sobre él la tierra que arrojaban a la fosa, llenándole la boca, cegándolo, obstruyéndole las fosas nasales y tapándole los oídos. Deseaba pedirles que parasen, exigirles que no siguieran: no quería que cubrieran la cara de su padre y bloquea ran los conductos por los cuales aspiraba la vida. He estado mirando esa cara desde que nací… ¡dejad de enterrar la cara de mi padre! Pero ellos habían encontrado su ritmo, aquellos fuertes muchachos no podían detenerse y no se detendrían, ni siquiera aunque él mismo se arrojara a la fosa y exigiese que pusieran fin al entierro. Ahora nada podía detenerlos. Seguirían adelante, y también lo enterrarían a él, si eso era necesario para finalizar la tarea. Howie estaba a un lado, la frente empapada en sudor, mirando cómo los seis primos completaban atléticamente el trabajo, dando paladas, aho ra que la meta estaba tan cerca, a una velocidad asombrosa, no como deudos que aceptan la carga de un ritual arcaico, sino como obreros de otros tiempos que echan combustible a un horno.
Ahora muchos de los ancianos lloraban y se abrazaban. La pirámide de tierra había desaparecido. El rabino dio un paso adelante y, después de alisar cuidadosamente con las manos desnudas la superficie, utilizó un palo para deli near en la blanda tierra las dimensiones de la tumba.
Había presenciado la desaparición de su padre bajo la tierra centímetro a centímetro. Se había visto obligado a seguirla hasta el final. Era como una segunda muerte, no menos espanto sa que la primera. Recordó de improviso el acceso de emoción que le sumió cada vez más profundamente en los estratos de su vida cuando, en el hospital, su padre tomó en brazos por primera vez a cada uno de sus nietos recién nacidos, examinando a Randy, más adelante a Lonny y finalmente a Nancy con la misma expresión de desconcierto y alegría.
–¿Estás bien? –le preguntó Nancy, y le rodeó con sus brazos mientras él contemplaba las líneas trazadas con el palo en el suelo, como si fueran el dibujo para un juego infantil.
–Sí, estoy bien –respondió él, estrechándola con fuerza, y entonces suspiró, e incluso se rió, al decir–: Ahora sé lo que significa que te entierren. No lo había sabido hasta hoy.
–No había visto nada tan escalofriante en toda mi vida –dijo Nancy.
–Yo tampoco –replicó él–. Es hora de irnos.
Y con él, Nancy y Howie a la cabeza, los deudos partieron lentamente, aunque él no podía empezar aún a librarse de todo cuanto acababa de ver y pensar, y su mente regresaba una y otra vez atrás mientras sus pasos se ale jaban.
Debido al viento que había soplado mientras llenaban la fosa, siguió notando el sabor terroso que revestía el interior de su boca mucho después de que hubieran abandonado el cementerio y regresado a Nueva York.
Durante los nueve años siguientes su salud se mantuvo estable. En un par de ocasiones se había visto sorpren dido por alguna crisis, pero al contrario que el chico que ocupara la cama contigua a la suya, había sorteado el desas tre. Enton ces, en 1998, cuando su tensión arterial empezó a aumentar y no respondía a los cambios de me dicación, los médicos determinaron que sufría una obstrucción de la arteria renal, que por suerte hasta entonces solo ha bía tenido como consecuen cia una pequeña pérdida de la función nefrítica, e ingresó en el hospital para someterse a una angioplastia de la arteria renal.
Una vez más tuvo suerte, y el problema se resolvió con la inserción de un stent, una cánula vasodilatadora introdu cida mediante un catéter que, a través de una punción en la arteria femoral, era dirigida por la aorta hasta la oclusión.
Tenía sesenta y cinco años, acababa de jubilarse y se había divorciado por tercera vez. Estaba asistido por el programa de Medicare, empezó a cobrar de la seguridad social y se sentó con su abogado para redactar un testamento. Redactar un testamento: esa era la mejor parte de envejecer y probablemente incluso de morir, redactarlo y, con el paso del tiempo, ponerlo al día, revisarlo y, tras reconsiderarlo todo a fondo, volver a redactar el testamento. Unos años después cumpliría la promesa que se hizo inmediatamente después de los ataques del 11 de septiembre: abandonó Manhattan y se trasladó al complejo residencial para jubilados Starfish Beach, en la costa de Jersey, a solo tres kilómetros de la población costera donde todos los años había pasado con su familia una parte de las vacaciones veraniegas. Las viviendas de Starfish Beach eran atractivas casas de una sola planta y tejado de tablillas, con grandes ventanas y puertas de vidrio correderas que daban acceso a terrazas traseras. Cada ocho de estas unidades residenciales estaban adosadas para formar un complejo semicircular que rodeaba un jardin con arbustos y un pequeño estanque. Los servicios para los quinientos residentes ancianos que vivían en aquellos complejos abarcaban una extensión de cuarenta hectáreas, e incluían pistas de tenis, un gran jardín comunal con un cobertizo para hacer traba jos de jardinería, un gimnasio, una estafeta de correos, un centro social con salas de reuniones, un estudio de cerámica, un taller de ebanistería, una pequeña biblioteca, una sala de ordenadores con tres terminales y una impresora común y un gran salón para conferencias, espectáculos y la proyección de diapositivas que ofrecían las parejas que acababan de regresar de sus viajes por el extranjero. En el centro del gran complejo residencial había una piscina de agua caliente al aire libre, de tamaño olímpico, así como otra interior más pequeña, y en el modesto centro comercial que se encontraba en el extremo de la calle principal había un restaurante decente, así como una librería, una licorería, una tienda de regalos, un banco, una agencia de corredores de bolsa, una inmobiliaria, un bufete de abogados y una gasolinera. Había una corta distancia en coche al supermercado, y si uno podía caminar, como les sucedía a la mayoría de los residentes, le resultaba fácil recorrer los ochocientos metros hasta el paseo de tablas y la ancha playa, donde un socorrista estaba de servicio durante todo el verano.
En cuanto se instaló en el complejo residencial, convir tió la soleada sala de estar de su casa de tres habitaciones en un estudio de artista, y, tras su paseo diario de seis kilóme tros por el paseo entarimado, en el que invertía una hora, se pasaba la mayor parte del resto de la jornada satisfaciendo su antigua ambición de dedicarse alegremente a la pintura, un hábito que le procuraba toda la emoción que había esperado. No añoraba nada de Nueva York, excepto a Nancy, la hija de cuya presencia nunca había dejado de disfrutar, y que ahora, divorciada y madre de dos hijos de cuatro años, ya no estaba tan protegida como él había esperado. Después del divorcio de su hija, él y Phoe be, también abru mada por la inquietud, tomaron cartas en el asunto y, cada uno por separado, pasaron más tiempo que nunca con Nancy desde que la muchacha se trasladó al Medio Oeste para estudiar en la universidad. Allí conoció al que sería su poético marido, un estudiante graduado que desdeñaba abiertamente la cultura comercial –y, en particular, la línea de trabajo del padre de ella–, y quien, al constatar que ya no era tan solo la mitad de una tranquila pareja, aficio nado a escuchar música de cámara y leer libros en su tiempo libre, sino padre de gemelos, descubrió que el tumulto de la existencia doméstica de una joven familia era insoportable, sobre todo para una persona necesitada de orden y silencio para terminar su primera novela, y acusó a Nancy de fomentar ese gran desastre al lamentarse ella continuamente de que obstaculizaba la satisfacción de su instinto maternal. Después del trabajo y durante los fines de semana
él se ausentaba cada vez más del de sorden que creaban en su pequeño piso las necesidades de las dos ruidosas y diminutas criaturas que había engendrado alocadamente, y cuando por fin se decidió a abandonar su trabajo en el mundo editorial, así como la paternidad, tuvo que regresar a Minnesota para recobrar la cordura, seguir pensando a su manera y eludir las responsabilidades tanto como le fuese posible.
Si hubiera sido por su padre, Nancy y los gemelos también se habrían trasladado a la costa. Ella podría haber utilizado el ferrocarril de Jersey para ir al trabajo y volver, dejando a los pequeños con niñeras y canguros cuyas tarifas eran la mitad de las de Nueva York, y él también habría estado cerca para cuidar de ellos, para llevarlos a la guardería e ir a buscarlos, para vigilarlos en la playa y demás. Padre e hija podrían haberse reunido una vez a la semana, ir a c
