Una separación

Katie Kitamura

Fragmento

cap-1

1

Todo empezó con una llamada telefónica de Isabella. Quería saber dónde estaba Christopher y me vi en la tesitura de tener que decirle que no lo sabía. A sus oídos debió de sonar increíble. No le dije que Christopher y yo nos habíamos separado seis meses atrás, ni que hacía casi un mes que no hablaba con su hijo.

Mi incapacidad para informarle del paradero de Chris­topher le pareció incomprensible, y su respuesta fue mordaz, aunque no del todo sorprendida, algo que en cierto modo solo sirvió para empeorar las cosas. Me sentí humillada y a la vez incómoda, dos sensaciones que siempre han caracterizado mi relación con Isabella y Mark. Y eso a pesar de que Christopher me decía a menudo que yo les causaba el mismo efecto, que debía esforzarme por no ser tan reservada, porque era fácil confundir esa actitud con la arrogancia.

¿No sabía que algunas personas me consideraban esnob?, me preguntó más de una vez. No lo sabía. Nuestro matrimonio se sustentaba en las cosas que Christopher sabía y yo no. No era meramente una cuestión de intelecto, aunque en ese sentido Christopher también tenía ventaja, pues sin duda era un hombre inteligente. Se trataba más bien de los datos ocultados, de información que él tenía y yo no. En pocas palabras, era una cuestión de infidelidades: la traición siempre coloca a un miembro de la pareja en una posición de conocimiento y deja al otro a oscuras.

Sin embargo, la traición no era (al menos, no necesariamente) el motivo principal del fracaso de nuestro matrimonio. Ocurrió poco a poco. Incluso después de acordar separarnos, había asuntos prácticos que atender; desmantelar el edificio de un matrimonio no es poca cosa. La perspectiva era tan abrumadora que empecé a preguntarme si alguno de los dos se lo estaba repensando, si había alguna duda enterrada en las profundidades bajo toda la burocracia, acallada entre las pilas de papeles y formularios electrónicos que intentábamos evitar a toda costa.

Por eso era comprensible que Isabella me llamase para preguntar qué había pasado con Christopher. Le he dejado tres mensajes, me dijo, pero me salta directamente el buzón de voz, y la última vez que llamé sonó un tono del extranjero…

Pronunció la palabra «extranjero» con un deje de sospecha que me resultaba familiar, con desconcierto (no podía imaginar una sola razón para que su único hijo deseara alejarse de su radio de acción) y resentimiento. Entonces volvieron a mí ciertas palabras, frases pronunciadas a lo largo de nuestro matrimonio: eres extranjera, nunca te has integrado del todo, es simpática pero no es como nosotros, tenemos la sensación de que no te conocemos (y luego, por último, lo que sin duda diría si Christopher le contase que lo nuestro se había terminado), es mejor así, cariño, en el fondo nunca formó parte de la familia.

… y por eso me gustaría saber: ¿dónde está mi hijo?

De inmediato empezó a palpitarme la cabeza. Hacía un mes que no hablaba con Christopher. Nuestra última conversación había sido por teléfono. Christopher había dicho que, aunque saltaba a la vista que no íbamos a reconciliarnos, no quería empezar el proceso —utilizó esa palabra, indicadora de algo continuo y progresivo, en lugar de un acto decisivo y singular, y por supuesto tenía razón, el divorcio era algo más orgánico, en cierto modo más contingente de lo que parecía al principio— de contárselo a la gente.

¿Podíamos mantenerlo en secreto? Al principio dudé; no era que me pareciese mal la propuesta: la decisión todavía era reciente en ese momento, e imaginaba que Christopher se sentía casi como yo, que todavía no sabíamos bien cómo contar a los demás la historia de nuestra separación. Sin embargo, lo que no me gustaba era ese aire de complicidad, que parecía incongruente con nuestro propósito. A pesar de todo, dije que sí. Christopher, al notar la vacilación en mi voz, me pidió que se lo prometiera. Prométeme que no se lo contarás a nadie, por lo menos de momento, por lo menos hasta que volvamos a hablar. Irritada, accedí, y luego colgué.

Esa era la última vez que habíamos hablado. Ahora, cuando insistí en que no sabía dónde estaba Christopher, Isabella soltó una risa seca antes de decir: No seas ridícula. Hablé con Christopher hace tres semanas y me contó que los dos os ibais juntos a Grecia. Teniendo en cuenta lo mucho que me está costando contactar con él, y dado que es evidente que tú estás aquí en Inglaterra, lo único que se me ocurre es que se haya ido a Grecia sin ti.

Me quedé tan perpleja que no pude responder. No entendía por qué le habría contado Christopher que íbamos a viajar juntos a Grecia, si yo ni siquiera sabía que él pensaba salir del país. Isabella continuó: Últimamente trabaja mucho, ya sé que ha ido allí para investigar y…

Bajó la voz de un modo que me costó descifrar, podría haber sido una vacilación genuina o su mera reproducción, Isabella era capaz de semejantes manipulaciones.

… estoy preocupada por él.

De entrada, esa confesión no me impactó demasiado y no me tomé muy en serio su preocupación. Isabella creía que la relación con su hijo era mejor de lo que era en realidad, un error natural en una madre, pero que en su caso provocaba de vez en cuando un comportamiento algo excéntrico. En otras circunstancias, la situación habría despertado en mí una sensación de triunfo: que esa mujer acudiera a mí en busca de ayuda en un asunto relacionado con su hijo habría podido significar algo hace apenas un año, hace apenas seis meses.

Ahora, lo que sentía mientras la escuchaba era sobre todo agitación e inquietud. Desde hace un tiempo está un poco raro, lo llamé para preguntarle si a los dos —otra vez «los dos», quedaba claro que no sabía nada, que Christopher no se lo había confesado— os apetecería venir a pasar unos días en el campo, respirar un poco de aire puro. Entonces fue cuando Christopher me contó que os ibais a Grecia, que tenías que terminar una traducción y que él aprovecharía para investigar. Pero ahora —soltó un breve suspiro de exasperación— me encuentro con que tú estás en Londres y él no responde al teléfono.

No sé dónde está Christopher.

Se produjo una ligera pausa antes de que volviera a la carga.

En cualquier caso, debes ir a reunirte con él de inmediato. Ya sabes lo poderosa que es mi intuición, sé que algo va mal, no devolverme las llamadas no es propio de él.

La llamada de Isabella tuvo algunas consecuencias que me resultan extraordinarias, incluso ahora. Una de ellas es que yo obedeciera a esa mujer y viajase a Grecia, un lugar que no tenía deseo alguno de visitar, con un propósito que no me quedaba en absoluto claro. Cierto, Christopher le había mentido a Isabella al decirle que íbamos a viajar juntos a Grecia. Si no quería contarle a su madre lo de la separación, habría sido más fácil inventarse alguna excusa para explicar por qué viajaba solo: que yo había tenido que ir a un congreso, que iba a pasar unos días con una amiga que tenía tres hijos y por lo tanto siempre necesitaba que le echasen una mano y le hiciesen compañía…

O podría haberle contado una verdad a medias, al menos para empezar a mentalizarla; podría haberle dicho que íbamos a tomar un poco de distancia (de qué, o de dónde, habría preguntado ella). Sin embargo, no había hecho ninguna de esas cosas, tal vez porque era más fácil mentir, o tal vez porque era más fácil dejar que su madre sacara las conclusiones que quisiera; aunque, después de nuestra conversación, quedó patente que Isabella no llevaba nada bien las situaciones que no controlaba. Entonces me di cuenta de que era preciso formalizar la situación entre nosotros. Ya había tomado la decisión de pedirle el divorcio a Christopher, así que bastaría con que fuese a Grecia y se lo plantease en persona.

Supuse que sería mi última obligación como nuera. Una hora más tarde, Isabella me llamó otra vez para decirme en qué hotel se alojaba Christopher —me pregunté cómo habría obtenido esa información— y darme el localizador de un billete de avión que había reservado a mi nombre, con salida al día siguiente. Bajo la capa de innecesarias ostentaciones de carácter y el lustre de la ociosa elegancia, era una mujer extraordinariamente capacitada, uno de los motivos por los que había sido una adversaria formidable, alguien a quien tenía motivos para temer. Pero esa etapa había acabado ya y pronto no habría campo de batalla entre nosotras.

Aun así, me percaté de que no confiaba en mí, era evidente: a sus ojos, yo no era la clase de esposa a quien podía encomendarse la tarea de encontrar a su esposo, no sin proporcionarle antes un billete de avión y la dirección del hotel en cuestión. Tal vez fuese debido a esa desconfianza patente por lo que mantuve la promesa que le había hecho a Christopher, la segunda consecuencia sorprendente de la llamada de Isabella. No le conté a su madre que nos habíamos separado, y desde hacía ya bastante tiempo, que era la única razón que me habría excusado de tener que ir a Grecia.

Ninguna madre le propondría a su nuera que fuese a Grecia para pedirle el divorcio a su hijo. Habría podido quedarme en Londres y seguir con mis asuntos. Pero no se lo conté, ni me quedé en Londres. Si Isabella hubiese sabido que me había comprado un billete para ir a pedirle el divorcio a su hijo, supongo que me habría matado, literalmente: me habría despellejado allí mismo. No sería algo imposible para ella. Como ya he mencionado, era una mujer muy capacitada. O quizá hubiera dicho que, de haber sabido que era tan fácil lograr nuestra separación, disolver las condiciones de nuestro matrimonio, me habría comprado el billete de avión mucho antes. Justo antes de colgar, me recomendó que me llevara el bañador. Le habían comentado que el hotel tenía una piscina estupenda.

Al llegar a Atenas, había un tráfico horroroso y no sé qué huelga de transporte. El pueblo en el que se alojaba Christopher estaba a cinco horas de coche de la capital, en el extremo sur de la parte continental del país. Había un coche esperándome en el aeropuerto: Isabella había pensado en todo. Me quedé dormida durante el trayecto, que empezó con tráfico denso y luego fluyó por una serie de autopistas sombrías y anodinas. Estaba cansada. Miré por la ventanilla, pero no entendí ninguna de las señales.

Me desperté con un ruido fuerte y repetitivo. Estaba muy oscuro, la noche había caído mientras yo dormía. El sonido vibró a través de todo el vehículo —taca, taca, taca, ta— y después cesó. El coche avanzaba despacio por una carretera estrecha de un solo carril. Me incliné hacia delante y le pregunté al conductor si íbamos a parar un momento o si nos quedaba todavía mucho trecho por recorrer. Ya estamos, me dijo. Ya hemos llegado. El golpeteo empezó de nuevo.

Perros callejeros, añadió el conductor. En el exterior, unas siluetas oscuras se movían alrededor del coche, la cola de los perros golpeaba la carrocería. El conductor tocó el claxon con la intención de asustar a los animales —estaban tan cerca que parecía que el coche fuera a atropellarlos en cualquier momento, a pesar de que íbamos muy despacio—, pero no se rindieron, permanecieron pegados al vehículo mientras avanzábamos hacia una grandiosa mansión de piedra. El conductor siguió tocando el claxon y bajó la ventanilla para ahuyentar a gritos a los perros.

Más adelante, un portero abrió las verjas de la propiedad. Cuando el coche las atravesó, los perros se quedaron atrás. Me di la vuelta para mirar por el cristal trasero y vi que habían formado un círculo ante las puertas, con los ojos tan amarillos como los haces de luz de los faros. El hotel se hallaba al final de una pequeña bahía, así que oí el sonido del agua en cuanto bajé del coche. Llevaba el bolso de mano y una bolsa de viaje pequeña. El portero me preguntó si tenía más equipaje y le dije que no; solo pensaba quedarme una noche, en el peor de los casos el fin de semana, aunque no lo formulé de esa manera.

El conductor comentó algo sobre el trayecto de vuelta; cogí su tarjeta y le dije que ya lo llamaría, quizá al día siguiente. Asintió y le pregunté si pensaba regresar a Atenas a esas horas, ya se había hecho tarde. Se encogió de hombros y volvió a meterse en el coche.

Al entrar en el hotel, el vestíbulo estaba vacío. Consulté la hora: eran casi las once. Isabella no me había reservado habitación, yo era una mujer que iba a reunirse con su esposo, de modo que no la necesitaba. Pedí una individual para una noche. El hombre de recepción dijo que tenía muchas habitaciones libres, es más, anunció con una franqueza sorprendente que el hotel estaba casi vacío. Estábamos a finales de septiembre y la temporada alta había terminado. Por desgracia, el agua del mar estaba muy fría para nadar, añadió, pero la piscina del hotel era climatizada y tenía una temperatura muy agradable.

Esperé hasta que terminó de tomar mis datos, y cuando me tendió la llave de la habitación le pregunté por Christopher.

¿Quiere que llame a su habitación?

Puso una expresión de alerta, pero sus manos permanecieron inmóviles detrás del mostrador, no hizo ademán de coger el teléfono; al fin y al cabo, era muy tarde.

No, negué con la cabeza. Ya intentaré localizarlo por la mañana.

El hombre asintió con aire comprensivo. Empezó a mirarme con mayor consideración, tal vez hubiera visto muchas relaciones hechas jirones como la nuestra, o tal vez no pensara nada y sencillamente tuviera una cara comprensiva por naturaleza, un rasgo que sin duda sería muy útil en su profesión. No dijo nada más al respecto. Tomé la llave y me informó sobre el desayuno e insistió en llevarme la bolsa de viaje mientras me acompañaba al ascensor. Gracias, le dije. ¿Quería que me llamaran a alguna hora para despertarme? ¿Deseaba leer el periódico por la mañana? Puede esperar, le dije. Todo puede esperar.

Cuando me desperté, la luz del sol inundaba la habitación. Alargué la mano para coger el móvil, no tenía mensajes y eran ya las nueve. Faltaba poco para que terminara el horario del desayuno, tenía que darme prisa si quería comer algo. Aun así, me quedé en la ducha más tiempo del necesario. Hasta ese momento —en la ducha de la habitación del hotel, con la visión borrosa por el agua que me caía a chorro sobre los ojos— no me había parado a reflexionar ni a imaginarme cómo podría sentirse Christopher, qué pensaría cuando me viera, cuando se topara conmigo en el hotel. Supuse que su primer pensamiento sería bastante simple, daría por hecho que yo había ido para pedirle que volviera conmigo.

¿Por qué otro motivo iba a seguir una mujer a su marido separado hasta otro país, si no era para poner fin a esa separación? Era un gesto extravagante, y los gestos extravagantes entre hombres y mujeres suelen considerarse románticos, incluso en el contexto de un matrimonio que hace aguas. Me presentaría ante Christopher y él… ¿sentiría una gran aprensión, se le encogería el corazón, se preguntaría qué diantres quería? ¿Se sentiría atrapado, temería que hubiese ocurrido alguna desgracia, que le hubiese sucedido algo a su madre, se arrepentiría de no haberle devuelto las llamadas?

¿O se sentiría esperanzado, pensaría que al fin y al cabo el destino había querido que nos reconciliáramos (¿era esa la esperanza que subyacía bajo la promesa que me había obligado a hacerle, y acaso en ese momento había sido una esperanza compartida, dado que yo había accedido?), y entonces se sentiría decepcionado, todavía más agraviado que en otras circunstancias, al enterarse de que en realidad quería pedirle el divorcio, algo que de todos modos estaba dispuesta a hacer? De pronto, me sentí mortificada por él y por mí misma, pero sobre todo por la situación. Daba por hecho —no tenía ninguna experiencia previa en la que basarme— que pedir el divorcio resultaba siempre difícil, pero no podía creer que siempre fuese tan rocambolesco como en nuestro caso, ni que las circunstancias fuesen siempre tan ambiguas.

Cuando bajé, el vestíbulo seguía vacío. Servían el desayuno en una terraza con vistas al mar. No había ni rastro de Christopher, el restaurante también estaba desierto. Más abajo no se veía una sola sombra en el pueblo, y estaba tan tranquilo que parecía inmóvil, una colección de edificios bajos alineados a lo largo de un malecón de piedra. Un gran acantilado dibujaba un lateral de la bahía, estaba desnudo y sin rastro de vegetación y proyectaba una brillante luz blanca sobre el agua, de forma que la vista desde la terraza resultaba a la vez apacible y espectacular. En la base del acantilado quedaban los restos de lo que parecían arbustos y hierba calcinados, como si hubiese habido un incendio poco tiempo antes.

Me bebí el café. Cuando el camarero lo dejó sobre la mesa, me informó de que ese hotel era el único lugar del pueblo en el que podría tomar un cappuccino, un latte, en el resto de los sitios solo ponían café griego o Nescafé. El entorno era romántico —a Christopher le gustaban los alojamientos lujosos, y el lujo y el romance eran casi sinónimos para cierta clase de personas—, y eso hizo que me sintiera incómoda. Me imaginé a Christopher allí, solo entre un montón de parejas, era el tipo de hotel que la gente reservaba para la luna de miel, o para un aniversario de boda. Sentí otra oleada de vergüenza, me pregunté a qué habría ido allí Christopher, aquel era un lugar absurdo.

Retuve un momento al camarero cuando me sirvió la tostada.

Está todo muy tranquilo. ¿Soy la última en bajar a desayunar?

El hotel está vacío. Estamos fuera de temporada.

Pero debe de haber otros clientes.

Los incendios, dijo encogiéndose de hombros. Han desanimado a la gente.

No me he enterado de los incendios.

Ha habido fuegos incontrolados por todo el país. Incendios todo el verano. Todas las colinas desde aquí a Atenas están carbonizadas. Si sale del pueblo y sube a los montes lo verá, la tierra todavía está caliente de las llamas. Salió en los periódicos. Por todo el mundo. Han venido montones de fotógrafos —imitó el clic de una cámara— todo el verano.

Se colocó la bandeja debajo del brazo y continuó hablando. Además, hicieron fotos para una revista de moda aquí, en el hotel. El incendio se había extendido hasta el acantilado, todavía se ve la parte negra… Mire. Señaló la superficie calcinada de la roca. Pusieron a las modelos junto a la piscina, con el fuego y el mar detrás —aspiró el aire entre los dientes—, quedaba muy dramático.

Asentí. Se alejó al ver que yo no añadía nada más. Sin previo aviso, se me apareció la imagen de Christopher en medio de ese reportaje fotográfico. Era poco plausible, estaba allí plantado entre las modelos, los maquilladores y los estilistas con expresión irónica, como si no supiera siquiera por dónde empezar a explicar qué hacía en medio de ese circo. Todavía parecía más extranjero y fuera de lugar. Incómoda, paseé la mirada por la terraza. Ya eran casi las diez. Estaba claro que no iba a coincidir con él en el desayuno, debía de haber bajado temprano, tal vez ya hubiera salido del hotel para pasar el día fuera.

Me levanté de la mesa y me dirigí al vestíbulo. Al hombre que me había atendido la noche anterior lo había sustituido una joven de facciones marcadas, llevaba el pelo recogido de un modo muy poco favorecedor, el estilo era demasiado sobrio para su cara redonda y suave. Le pregunté si Christopher había bajado ya esa mañana. Arrugó la frente y me di cuenta de que no quería decírmelo. Le pregunté si podía llamar a su habitación. La recepcionista no apartó los ojos de mi cara mientras marcaba el número, escuché los tonos del teléfono; por debajo de su peinado profesional, su expresión era abiertamente hosca.

Colgó.

No está en la habitación. ¿Quiere que le deje un mensaje?

Necesito hablar con él cuanto antes.

¿Quién es usted?

La pregunta fue brusca, casi hostil.

Soy su mujer.

Se quedó perpleja, y de pronto lo comprendí: Christopher era un casanova empedernido, lo hacía sin pensar, era un acto reflejo, igual que cuando alguien dice «hola, gracias, de nada», igual que cuando un hombre sujeta la puerta para que pase una mujer. Christopher era demasiado liberal en ese sentido, se arriesgaba a repartir sus encantos a diestro y siniestro. Una vez que te dabas cuenta de los parches que tapaban las zonas gastadas, costaba volver a ver esos encantos —costaba ver al hombre mismo, si tenías cierto recelo ante el carisma— de nuevo. Pero la mayor parte de la gente no pasaba suficiente tiempo en su órbita para que eso ocurriera, la mayoría era como esa joven, me di cuenta de que lo protegía, seguía a su servicio.

Todo por él, todo por él, como si le perteneciera… Me aparté del mostrador.

Por favor, dígale que su esposa lo busca.

Asintió con la cabeza.

Avíseme en cuanto vuelva. Es importante.

Murmuró algo en voz baja mientras me alejaba, sin duda me estaría maldiciendo. La esposa siempre es el objeto de las maldiciones, sobre todo en una situación así.

Me apetecería dar un paseo.

Alzó la mirada, no podía creer que yo todavía estuviera en el vestíbulo, esperaba que me marchase, se notaba que mi presencia la incomodaba. Pero casi sin querer me quedé allí plantada, era cierto que me apetecía dar un paseo y no sabía adónde ir. Me indicó cómo llegar al malecón, me dijo que el pueblo era pequeño y que era imposible perderse. Asentí y salí. Aunque estábamos en septiembre, todavía hacía calor y la luz era muy intensa. Por un momento me quedé casi cegada, creí percibir un leve olorcillo a chamusquina en el aire, como si la tierra todavía ardiese: un momento de sinestesia.

En cuanto crucé las verjas del hotel, los perros callejeros reaparecieron. Se acercaron a mí moviendo la cola como un ventilador, de un modo que no era ni amistoso ni hostil. Me gustaban los perros. Incluso habría podido tener uno, en algún momento feliz de mi vida, pero Christopher se opuso, dijo que viajábamos mucho, cosa que era cierta. Alargué la mano para tocar al perro que estaba más cerca. Tenía el pelaje corto y fino, con la superficie tan sedosa que se parecía más a tocar piel que pelo. El ojo derecho presentaba un aspecto lechoso, velado por la ceguera, pero su mirada era a la vez inteligente y desolada, una absoluta transparencia animal.

Los otros perros se retorcían a mi alrededor, me rozaban fugazmente las piernas con su cuerpo, me tocaban las manos y los dedos, y después se apartaban. Parecían querer acompañarme en mi camino hacia el malecón, se adelantaban corriendo y luego retrocedían en círculo, formando una lenta espiral de movimiento. Únicamente el perro del ojo lechoso permaneció a mi lado. Era casi mediodía. El agua de la bahía estaba limpia y azul. Unos cuantos barcos solitarios moteaban la superficie.

Gerolimenas era un pequeño pueblo pesquero, encontré un puñado de tiendas —un quiosco, un estanco, una farmacia—, pero todas estaban cerradas. Mientras seguía caminando los perros se desperdigaron por fin, y yo me dediqué a buscar a Christopher entre las escasas caras que había en la terraza de la taberna, muchas de ellas curtidas y arrugadas, bronceadas en exceso por el sol. No tenían nada en común con el semblante suave y muy cuidado de Christopher, que de haber estado allí habría destacado en contraste con esos aldeanos. Había sido un hombre atractivo —para las mujeres, para todos en general— durante toda su vida y lógicamente eso se notaba.

Tampoco encontré a Christopher entre las siluetas del malecón, hombres y mujeres ociosos, un par de pescadores. La playita e

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