La isla de los conejos

Elvira Navarro

Fragmento

cap-1

Voy en el autobús mientras escucho a Stevie Wonder en el iPod. Gerardo se desespera. Hay una canción que eres tú. Contra Gerardo, te evoco con todas mis fuerzas. ¿Por qué estoy aquí, haciendo un viaje que no quiero? ¿Dónde estás ahora? He apagado el móvil por temor a que llames delante de él. Le ha molestado mi retraso. Incluso ha salido fuera de la estación para ver si llegaba, para avisar al chófer de que yo aguardaba en la otra acera la luz verde del semáforo. «Iba a decirle al conductor que nos fuéramos sin ti.»

Todavía llueve. Me ha cogido la mano. «No quiero que nos enfademos en este viaje.» He tenido que quitarme los cascos y hacer que me lo repita, y eso le ha disgustado, aunque no me cuesta que cargue con las culpas: desea confiar en mí. Luego me arrepiento de mi mezquindad, pero siempre me digo: es él quien se presta. Además, me pesa su mano. Me apresa. Pienso en ti, y en que mi cobardía me ha obligado a este viaje, y otra vez oleadas de ira; he de soltarme antes de estallar bajo su peso, desembarazarme de esta cabeza que se recuesta en mi hombro. La aparto, brusca; me incorporo y simulo buscar un libro en la mochila.

Me compadezco. De veras cree que busco algo. Se ha mojado por esperar bajo el calabobos, y me mira tan desprotegido y paciente, tiritando, que me calmo. Sólo son dos días. Dos días y se acabó.

El albergue está a tres kilómetros de Talavera. Vamos en taxi. No hay nadie en la recepción, y a través de una puerta abierta nos llegan los sonidos del televisor y el reflejo itinerante de la pantalla. Entro en la gran sala y saludo: «¿Hola?». Un hombrecillo repantingado en el sofá, adormilado, se incorpora. Sin decir nada, sin sonreír siquiera, se dirige hacia nosotros. A medias enano —sin ser exactamente acondroplásico, es más bajito que yo, que soy una mujer pequeña—, nos conduce al hall. Tiene el rostro aplastado, rudo. El pelo graso, la ropa sucia —unos vaqueros raídos y un jersey granate—, las manos con las uñas negras, brutales. «Habíamos reservado una habitación.» «¿Gerardo de Paco?» «Sí.» «¿Me da el carnet?» La voz de la caverna, el sigilo. El hombrecillo camina hacia la escalera con la llave de nuestro cuarto. Le seguimos. Tercer piso. Un corredor blanco con bombillas colgando del techo. Introduce la llave en la cerradura. La estancia es grande, pero ni siquiera tiene lavabo. Gerardo vigila mis reacciones. Me observa dando por hecho la repulsión. Así de bien me conoce. Así de bien.

Se ha cerrado la puerta. Esto es lo que sé: estoy sola en una habitación con Gerardo, nuestras mochilas aún por deshacer, fuera palpita la noche. Fuera, a través de una ventana mínima tapada por una mosquitera verde, tapiada, cerrada.

—¿Y?

—Un poco sucio —digo.

—Por diez euros qué quieres.

Se agacha junto a su macuto. Saca una radio vieja, se levanta para quitarse el anorak. Sus movimientos son una exhibición de eficiencia, un reproche. Con un porro y los deportes a un volumen de geriátrico, se arrellana en una de las camas para demostrarme su saber estar en cualquier parte. Al igual que cuando se ha acuclillado junto a su mochila —donde todo se distribuye a la perfección y sólo lleva lo necesario, por no hablar, en fin, de la mochila en sí: además de barata, pues detesta lucir marcas, es una de las mejores compras de su vida. El peso va repartido entre los riñones y la espalda, de tal manera que anda ligero con ella, y tiene los bolsillos justos, y correas para portar hasta tres sacos, nada que ver con la mía, que ni siquiera es mochila, sino una bolsa con apariencia deportiva de El Corte Inglés, además de cara, poco práctica, el colmo de la estupidez, etcétera—, su asentamiento sobre la cama, con el culo y los muslos sobre una manta de cuadros llena de pelos y mugre, me condena, y respiro y mastico y huelo manta con pelos y mugre.

—¿No vamos a cenar?

—Podemos preguntar si queda algo —me responde, alargando hacia mí el brazo con el canuto. Yo niego—. Espera a que me lo acabe.

—Si dejamos pasar más tiempo no nos atenderán.

A su pesar, me sigue hasta la gran sala de televisión. Hace dos meses que no tiene hambre. Desde que se lo conté, no siente apetito por nada. El hombrecillo dormita en el sofá. Esta vez es Gerardo el que habla:

—Disculpe, ¿podrían prepararnos unos bocadillos, o servirnos cualquier cosa?

El enano nos escruta desde la penumbra con ojos alucinados, como si no nos escuchase y fuéramos presencias fantasmales.

—Un momento —dice.

Al poco, nos invita a entrar al comedor con una mueca. Está a continuación de la gran sala de la tele y tiene las mismas dimensiones; en el fondo, centellea una barra de metal por la que deslizar las bandejas apiladas en el extremo de la izquierda. El hombrecillo nos señala una mesa y va a la cocina, de donde vuelve con platos combinados: judías verdes al ajillo, salchichas y tortilla de patata reseca. La mesa luce un mantel de cuadros verdes adornado con manchas de tomate. También los cubiertos exhiben restos de alimentos. Empiezo a comer. El hombrecillo desaparece.

—No está mal, ¿no?

Me encojo de hombros. «Es asqueroso», me gustaría decir. Gerardo repite:

—Por diez euros qué quieres.

De nuevo en el cuarto, me siento en una silla y le contemplo. Está serio. Las ojeras le llegan hasta los pómulos, pesa siete kilos menos. Ha cogido el peta abandonado a medias en el cenicero y se ha puesto a fumar. Le digo:

—Haz lo que te plazca. Voy a darme una vuelta.

Abro la puerta, le echo un vistazo a mi bolsa, por la que asoma el móvil desconectado. Gerardo me ve mirándolo, constata la sospecha hacia él. A pesar de ello, me interno en el pasillo, que se divide en dos alas. Una desemboca en la escalera, y de la otra parten unos estrechos corredores con puertas rojas. Al final hay una chica en albornoz sentada en un taburete. Muy joven. «¿Has hecho los deberes?», le pregunta un muchacho que sale de un cuarto. «No», responde ella. El albornoz, abierto hasta los muslos, deja ver sus piernas nacaradas, radiantes. Se les une un tercer chaval y comentan sobre los temas de matemáticas para la selectividad. Son estudiantes de bachillerato, me digo, y durante el curso se alojan en el albergue. Adolescentes de aldeas de la sierra de Gredos. Me incomoda la voracidad con la que me observan, y me marcho sin darles tiempo a que las frases que se agolpan ya en sus bocas se conviertan en una tela de araña. Atravieso el laberinto de pasillos y puertas rojas, y desciendo la escalera. La gran sala de televisión está vacía y a oscuras; prendo la luz, un horror vacui de famosos se despliega por la pared. Hay pósteres grandes, pero también postales, recortes de revistas. Distingo: Ava Gardner, Humphrey Bogart, Vivien Leigh, Marilyn Monroe, Sara Montiel. Los New Kids on the Block se yerguen sobre la tele, y en la ventana, tapando el cristal, me sonríen Alejandro Sanz y las Spice Girls.

—Te encantan estos sitios —la voz de Gerardo se alza desde el fondo de la sala, y sólo entonces me percato de que el aire está impregnado de olor a hachís y de una humedad putrefacta.

Es él, pienso, pero podría haber sido el hombrecillo quien se agazapase ahora entre los sofás de escay, acechando a una presa.

Retornamos a la habitación, donde mi móvil también me espía con su silencio. Lo enciendo.

—¿Esperas alguna llamada? —pregunta Gerardo.

Su voz se ha quebrado, respira como si se ahogara.

—No.

—¿Por qué has tenido el móvil desconectado?

—Así no gasto batería.

—Me dijiste que habías cortado la relación. Que ya ni siquiera hablabais por teléfono.

—Lo siento —musito.

Agarro mi cepillo de dientes y me voy a los servicios preo­cupándome por el teléfono, a pesar de haber borrado los mensajes comprometedores. Cuando regreso, el aparato sigue donde lo puse, pero no me tranquilizo hasta que Gerardo va al baño y compruebo que, en efecto, no hay nada que me delate.

Me acomodo en mi cama —la manta llena de pelos y mugre—, y aguardo. Él vuelve con la bolsa de aseo mojada. Su eficiencia se ha evaporado. Coge mi móvil. Lo registra de forma compulsiva. Veo cómo pasa las llamadas perdidas, las llamadas que yo he hecho, los mensajes. Empiezo a enfadarme. Coloca el teléfono en la mesita y me mira avergonzado.

—Te convendría cambiarle el pin. Perdona.

—No te disculpes.

—Perdona —repite.

Se recuesta, se pone los auriculares y comienza a fumar. Yo me desnudo y me meto entre las sábanas.

—Apaga —digo.

Calculo que deben de ser las dos. No tengo sueño. Intento pensar en una estrategia para dejarle, para plantearle mañana, o tal vez el domingo, cuando volvamos a Madrid, que esto ha de acabarse, que yo quiero romper y que he venido a este viaje para poner fin porque ya nada tiene sentido, pero no puedo. Llevo la angustia de Gerardo pegada al cuerpo, y me inmoviliza.

Hace un par de años nos separamos seis meses debido a un trabajo que tuve en Bruselas, y durante ese tiempo le escribí largas cartas (aún estimaba que los e-mails estaban reñidos con la morosidad). Jamás opinó sobre lo que le contaba. Era como si en su lugar hubiese otra cosa, a cuyos efectos no bastaba con nombrar como celos, aunque ése era el motor de todo, sus celos, que me trasquilaban con una rara inquina, como si yo hubiera de pagar por damnificaciones futuras. Al principio no hice caso y seguí escribiéndole. Luego, a medida que su voz indolente por el teléfono y el silencio sobre mis cartas se acumulaban, me empecé a sentir culpable por escribirlas. No referían nada que despertara sospechas, pero parecía que relatar mis paseos era tapar una realidad sucia sobre la que él tenía la última palabra.

El silencio de esta habitación, de este pasillo, del albergue, es el silencio de Gerardo ante mis cartas. Da igual lo que le diga. Sólo existe su obsesión, y la cumplo a rajatabla: me comporto como si hablara de los pelos de las mantas por no mencionar otra cosa. Aunque ahora esa obsesión está justificada, el resultado es el mismo que cuando yo residía en Bruselas y no le engañaba. Lo que realmente sucede no importa tanto, o importa sólo porque sus temores al fin se encarnan. Y cómo no sentir, bajo las sábanas, su deseo prolongando ese silencio, el tanteo obsceno con el que trata de abrirme la boca. Muchas noches me espero a que se duerma por el mero placer de que se calle, de que cese. Noto entonces el desentumecimiento de mis piernas, que se extienden livianas sobre el lecho, y cómo mi respiración se relaja, y resulta milagroso soñar y moverme y vivir a mi aire, sin que Gerardo me vea.

El día es gris. Hay que adivinarlo a través de la mosquitera verde. Bajamos a recepción para indagar cómo ir a Talavera y el hombrecillo nos dice que nos lleva si aguardamos diez minutos, al cabo de los cuales aparece con una furgoneta blanca y nueva. Nos metemos en la parte de atrás, que está helada. El enano no cierra las puertas. Al rato, Gerardo le pregunta:

—¿Esperamos a alguien más?

—No —responde.

Sin embargo, no se mueve; sigue con la C15 abierta.

—Nos gustaría llegar cuanto antes a Talavera. Aún no hemos desayunado —digo.

—Podríais haberos tomado un café en la máquina. O si no, espabilad y levantaos antes. Aquí el desayuno termina a las once —replica el hombrecillo.

Con tres movimientos rápidos cierra las puertas; Gerardo murmura: «¿De qué va, es idiota o qué?», y yo le pongo una mano en el brazo para calmarle. Quiero evitar la disputa para que el enano no conduzca enloquecido, como barrunto que sucederá si se pelea con Gerardo. Me acongojan los despla­zamientos por carreteras secundarias, me vuelven supersticiosa, y detrás de cualquier voz en tono alto oigo el chirrido de los neumáticos, golpes y cuerpos volando por los aires. Es así hasta el punto de que, cada vez que subo a un coche, me preparo para morir. Sin embargo, el hombrecillo conduce lento, y lo que más me acaba oprimiendo durante el trayecto es su parsimonia. De súbito, me gustaría que la furgoneta fuera deprisa para precipitar mi miedo, que ya no es miedo, sino un extraño regocijo en abandonarme a la velocidad, a la sensación de importarme un pito que la furgoneta se estrelle. En Talavera nos comemos unos bocatas y visitamos el Museo de Cerámica. Luego paseamos durante algunas horas por la ciudad congelada, áspera, de interminable aspecto de callejuela. Volvemos al albergue en autoestop, y como me espanta meterme en la habitación, insisto en dar una vuelta por los alrededores antes de que se haga de noche. Dos carreteras, separadas por un baldío de aproximadamente un kilómetro de ancho, flanquean el edificio. Sugiero que las crucemos, pero Gerardo me dice que se ha hecho tarde. «Mejor explorar el erial.» Asiento, a pesar de que permanece el deseo de traspasar los límites del paisaje; esta ansiedad por saber qué hay más allá me lleva a caminar como si acudiera tarde a algún sitio. Avanzamos en línea recta hasta que es noche cerrada, y regresamos guiándonos por la luz del albergue y de los coches. Ni siquiera distinguimos nuestras deportivas, y fijar la mirada en el suelo produce angustia, como si fuésemos a despeñarnos o a pisar un nido de alacranes. Más que caminar, nuestros pies se aferran al terreno como garras. Al llegar a las canchas de baloncesto le pido a Gerardo que me sujete los tobillos para hacer abdominales. El suelo está frío, y me cuesta flexionar; tener a Gerardo agachado junto a mí, con la cabeza rozando mis rodillas, comienza a desagradarme, y paro. Me siento absurda y pienso que en una pareja esto es lo habitual: entregarse a las manías del otro. Tales menesteres van con el lote romántico, con la idea de que uno encuentra a un ser especial que nos ama y al que amamos, y que nos concede su beneplácito para todas las cosas estrictamente personales, como mis abdominales a las nueve de la noche en una oscura cancha de baloncesto a tres kilómetros de Talavera. Tal vez haya algo bueno en ello que he perdido de vista, quizás este absurdo resuma sólo a las parejas muertas, como la mía con Gerardo, quien afirma que todo el mundo se toma estos asuntos con naturalidad, excepto yo. «Estás loca», me dice cuando hago en voz alta razonamientos semejantes, y experimento entonces mi locura como una soledad lacerante, incluso como verdadera locura; no sé si es así, o se trata de Gerardo, que me hace creer que lo es. En su compañía pierdo el juicio, y puesto que Gerardo detenta la sensatez, asumo que sin él no seré capaz de moverme por el mundo.

En el comedor están a punto de retirar las bandejas. Ni siquiera son las diez; preguntamos a una vieja con cofia por qué cierran tan temprano. La vieja nos responde que, si queremos cenar más tarde, nos larguemos a un hotel. El menú: guisantes con chóped y filetes empanados de perfectas formas elípticas cuya aceitosa envoltura encubre un aglomerado de pollo. Sólo me como los guisantes. El chóped y el aglomerado comparten un mismo color rosa pálido. «Los filetes están crudos», dice Gerardo. En una mesa la chica de anoche departe con siete mozos de edad similar, que deben de ser la totalidad de los estudiantes. Han terminado de cenar y fuman echando la ceniza en un vaso de plástico; luego apagan los cigarros en los restos de comida.

—Voy a ducharme —anuncio al entrar en la habitación.

Saco el albornoz y las chanclas, y cuando estoy a punto de salir, Gerardo me dice:

—Puedes desnudarte aquí. Prometo no tocarte.

Me desnudo dándole la espalda. Noto su empeño en ser advertido; es un desagradable peso en la nuca que me hace enredarme en los pantalones y caer al suelo. Me levanto y me marcho envuelta en mi albornoz, con el sujetador y la camiseta puestos. Me quedo bajo la alcachofa, que escupe el agua a trompicones, hasta que los dedos se me arrugan y el espejo de los lavabos se cubre de vapor. Camino arriba y abajo abriendo las puertas de las duchas, en las que revolotean esos bichitos negros que habitan los lugares umbríos. Hago ruido con las puertas y ahuyento a los bichos; una colonia entera acaba volando en torno al espejo, del que cae un enjambre de gotas. Se me han quedado los pies fríos, y decido meterme otra vez bajo el agua; sin embargo, las paredes de los cubículos están plagadas de insectos, y no me atrevo a echarlos. Vuelvo al cuarto. Gerardo se masturba con los vaqueros bajados hasta los tobillos. No me mira. Cojo veloz mi ropa y, arrastrando el cable del secador, salgo de la habitación antes de que se corra.

Me guarezco en el baño, donde los insectos ocupan ahora los recovecos de las duchas. Temo no encontrar ningún enchufe; en tal caso, puedo ir a la sala de televisión para secarme allí el pelo. Imagino a los estudiantes de bachillerato repantingados en los sofás de escay viendo Gran Hermano 3; me asombra no visualizarlos más que ante ese programa y, al razonar sobre mi imposibilidad, me digo que ésta se debe a mi ánimo.

Pedir permiso a los estudiantes para hacer ruido con mi secador mientras ellos disfrutan del sho

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