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Hechicero 1 - Hechicero

Sebastien de Castell

Fragmento

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1

EL DUELO

 

 

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Los viejos maestros hechiceros suelen decir que la magia tiene sabor. Los hechizos de ascuas recuerdan una especia que te pica en la punta de la lengua. La magia del aliento es algo sutil, casi frío, da la sensación de que sostienes una hoja de menta entre los labios. Arena, seda, sangre, hierro... Cada uno de estos elementos posee un sabor propio. Un verdadero experto, un mago de los que pueden lanzar hechizos incluso fuera de un oasis, los conoce todos.

¿Y yo? Yo no tenía la menor idea de a qué sabía la magia superior; ese era el motivo por el que me encontraba en un apuro tan grande.

Tennat me esperaba a lo lejos, entre las siete columnas de mármol que circundaban el oasis de la ciudad. Detrás de él, el sol proyectaba una sombra que se alargaba por el camino hasta donde estaba yo. Seguramente había elegido ese sitio por ese mismo efecto. Lo cierto es que funcionaba, porque ahora yo tenía la boca tan seca como la arena que pisaba, y el único sabor que notaba era el del pavor.

—No lo hagas, Kellen —me rogó Nephenia mientras apretaba el paso para alcanzarme—. No es demasiado tarde para abandonar.

Me detuve. Una cálida brisa meridional agitó las flores de los tamariscos rosados que bordeaban la calle. Unos pétalos diminutos flotaron en el aire, lanzando destellos bajo el sol de la tarde como si fueran partículas de la magia del fuego. En aquel momento, ese tipo de magia me habría venido muy bien. La verdad es que me habría conformado con cualquier tipo.

Nephenia notó mis titubeos y añadió algo que no me ayudó:

—Tennat ha estado jactándose por todas partes de que te va a dejar lisiado si apareces.

Esbocé una sonrisa, sobre todo porque era la única manera en que podía evitar que la sensación de temor que se me formaba en el estómago me subiera al rostro. Nunca había participado en un duelo de magos, pero estaba bastante seguro de que quedarte muerto de miedo delante de tu adversario no era una táctica especialmente efectiva.

—No me va a pasar nada —aseguré, y seguí caminando a buen paso en dirección al oasis.

—Kel, Nephenia tiene razón —intervino Panahsi, que resoplaba mientras se esforzaba por no quedarse atrás. Rodeaba con el brazo derecho la gruesa capa de vendas que le sostenían las costillas—. No te enfrentes a Tennat por mí.

Aflojé un poco el paso y contuve las ganas de poner los ojos en blanco. Panahsi reunía todas las condiciones para convertirse en uno de los mejores magos de nuestra generación. Cabía incluso la posibilidad de que algún día se convirtiera en representante de nuestro clan en la corte, lo cual sería una pena, porque su cuerpo, musculoso de forma natural, se veía perjudicado por lo mucho que le gustaban los pasteles de mora de los pantanos, y también le afeaba los rasgos, por lo demás apuestos, el estado en que tenía la piel como consecuencia inevitable de los dichosos pasteles. Mi pueblo conoce un sinfín de hechizos, pero ninguno que cure a quien tiene sobrepeso o la cara picada.

—Kellen, ¡no les hagas caso! —exclamó Tennat cuando llegamos al círculo de columnas de mármol blanco. Se colocó en el interior de un círculo de un metro de diámetro que había en la arena con los brazos cruzados sobre la camisa negra de lino, a la que había cortado las mangas para cerciorarse de que todos vieran que no solo le brillaban una, sino dos de sus bandas. Las tintas metálicas y tatuadas lanzaron destellos y describieron remolinos por debajo de la piel de sus brazos cuando se puso a invocar la magia del aliento y del hierro—. Me parece una tontería que estés echando tu vida a perder para defender el honor de tu amigo obeso.

Unas risitas se extendieron entre los otros iniciados, casi todos los cuales estaban detrás de Tennat, moviendo los pies con impaciencia. A todo el mundo le gusta una buena paliza. Bueno, menos a la víctima.

Quizá Panahsi no presentara el mismo aspecto que las figuras resplandecientes de los antiguos magos de guerra que aparecían talladas en las columnas que teníamos delante, pero como hechicero era el doble de bueno que Tennat. Era algo absolutamente inimaginable que hubiera perdido de forma tan estrepitosa su propio duelo. Incluso ahora, después de dos semanas en la cama y de a saber cuántos hechizos de sanación, Panahsi apenas podía acudir a las clases.

Le dirigí a mi rival la mejor de mis sonrisas. Como les pasaba a los demás, Tennat estaba convencido de que me había enfrentado a él en mi primera prueba por imprudencia. Algunos de los otros iniciados suponían que lo había hecho para vengar a Panahsi, quien, al fin y al cabo, prácticamente era mi único amigo. Otros creían que yo había asumido la noble misión de impedir que Tennat acosara a los otros estudiantes, que siguiera amedrentando a los criados sha’tep, que no contaban con hechizos propios con los que defenderse.

—Kellen, no caigas en su trampa —me dijo Nephenia mientras apoyaba una mano en mi brazo.

Sin duda, algunos creyeron que yo hacía todo aquello para impresionar a Nephenia, la chica que tenía aquella cara y aquel pelo castaño tan bonitos, y que, pese a no ser perfecta, para mí lo era. Al ver la forma en que me miraba ahora, tan intensamente preocupada porque no me pasara nada malo, nadie habría dicho que apenas se había fijado en mí durante todos los años que llevábamos juntos como iniciados. Si soy justo, la mayoría del tiempo nadie más lo había hecho. Pero el día de hoy era distinto. Hoy todos me prestaban atención, incluso Nephenia. Sobre todo, ella.

¿Era solo por pena? Quizá, pero el gesto de preocupación que se le veía en esos labios que yo deseaba besar, desde que me había dado cuenta de que cuando dos personas se besaban no se limitaban a morderse, me producía mareos. El tacto de sus dedos en mi piel... ¿Era aquella la primera vez en que me había tocado?

Como lo cierto es que no me había metido en aquella pelea solo para impresionarla, le aparté la mano suavemente y entré en el oasis.

En cierta ocasión leí que otras culturas utilizan la palabra «oasis» para hablar de una franja de terreno fértil en el desierto, pero un oasis jan’tep es algo completamente distinto. Siete columnas de mármol se alzaban por encima de nosotros, una por cada categoría de la magia verdadera. En el interior del círculo que formaban no había árboles ni vegetación, sino un manto brillante de arena plateada que, incluso cuando la agitaba el viento, nunca salía del límite que marcaban las columnas. En el centro había un estanque de piedra poco profundo, que llenaba algo que no era ni líquido ni aire, pero que brillaba y formaba olas. Aquella era la verdadera magia. El jan.

La palabra «tep» significa «pueblo», lo que debería daros una idea de lo importante que la magia es para nosotros, hasta el punto de que cuando mis antepasados llegaron a este lugar, como otros pueblos lo habían hecho antes que ellos, abandonaron sus nombres anteriores y pasaron a ser conocidos únicamente como los jan’tep, el «pueblo de la magia verdadera».

Bueno, al menos en teoría.

Me arrodillé y tracé a mi alrededor, en la arena, un círculo de protección. En realidad, quizá me pase de generoso al llamarlo «círculo».

Tennat esbozó una sonrisita y dijo:

—Huy, qué miedo me ha entrado.

A pesar de lo fanfarrón que era, Tennat no intimidaba tanto como él creía. Es cierto que tenía el cuerpo fibroso y musculado, y que parecía ser malo, pero no era muy corpulento. La verdad es que estaba tan flaco como yo, que además le sacaba una cabeza. Por algún motivo, eso le hacía parecer aún más perverso.

—¿Seguís decididos a llevar a cabo este duelo? —preguntó el maestro Osia’phest mientras se levantaba de un banco de piedra que estaba en el borde del oasis.

El viejo hechicero me miraba a mí, no a Tennat, con lo que estaba clarísimo quién debía abandonar.

—Kellen no se va a retirar —aseguró mi hermana, mientras aparecía por detrás de nuestro profesor.

Shalla solo tenía trece años, era menor que todos nosotros, pero ya se estaba sometiendo a las pruebas. Era mejor maga que todos los presentes sin contar a Panahsi, lo que demostraba el hecho de que ya lucía las bandas de la magia del aliento, del hierro, de la sangre y de las ascuas. Había magos que se pasaban la vida entera sin poder ejercer las cuatro disciplinas, pero mi hermana pequeña tenía intención de dominarlas todas.

Y ¿cuántas bandas se me habían iluminado a mí? ¿Cuántos de los símbolos que llevaba tatuados debajo de las mangas brillarían y darían vueltas cuando invocase la magia superior que definía a mi pueblo?

Ninguno.

Bueno, en el interior del oasis podía llevar a cabo los hechizos de práctica que todos los iniciados aprenden. Mis dedos conocían las formas somáticas igual de bien, o mejor, que los otros iniciados. Sabía entonar las sílabas a la perfección, visualizar la más esotérica de las geometrías con una claridad perfecta. Se me daban muy bien todos los aspectos del lanzamiento de hechizos, menos la parte que de verdad era mágica.

—Renuncia al duelo, Kellen —me pidió Nephenia—. Ya encontrarás otra manera de superar las pruebas.

Evidentemente, ahí estaba el auténtico problema. Estaba a punto de cumplir dieciséis años y esta era mi última oportunidad de demostrar que poseo magia del calibre suficiente para merecer el nombre de mago. Eso implicaba que debía superar las cuatro pruebas, empezando por el duelo. Si fracasaba, me vería obligado a unirme a los sha’tep y a pasarme el resto de la vida cocinando, limpiando u ocupándome de la gestión de la casa de alguno de mis antiguos compañeros de clase. Sería un destino humillante para cualquier iniciado, pero ¿para un miembro de mi familia, para el hijo del mismo Ke’heops? El fracaso era algo inconcebible.

Desde luego, nada de lo anterior era el motivo por el que había decidido enfrentarme a Tennat en concreto.

—No olvidéis que la protección de la ley queda suspendida para aquellos que se someten a las pruebas —nos previno Osia’phest con un tono de voz cansado y resignado—. Solo aquellos cuyo calibre les da la fuerza suficiente para enfrentarnos a nuestros enemigos al pelear pueden aspirar a recibir el nombre de mago.

El silencio se adueñó del oasis. Todos habíamos visto la lista de iniciados anteriores que se habían sometido a las pruebas antes de estar listos. Todos conocíamos las historias de cómo habían muerto. Osia’phest me volvió a mirar.

—¿De veras estás preparado?

—Pues claro —aseguré.

Esa no era la mejor de las formas de hablarle a un profesor, pero mi estrategia requería que proyectase cierta seguridad.

—Pues claro —repitió Tennat con un tonito de burla. Asumió la posición de guardia básica, con las piernas separadas a la altura de los brazos y las manos a los costados, listas para lanzar los hechizos que iba a emplear en nuestro duelo—. Esta es tu última ocasión de retirarte, Kellen. En cuanto esto empiece, no pararé hasta que caigas. —Esbozó una sonrisa, fijándose en Shalla—. No me gustaría que el terrible dolor que te voy a infligir haga sufrir innecesariamente a tu hermana.

Si Shalla percibió esa infantil imitación de la galantería por parte de Tennat, no lo mostró, sino que se limitó a quedarse donde estaba, con las manos en las caderas, mientras el viento le agitaba con elegancia el cabello rubio y brillante. Su pelo era más liso y lacio que el mío, del color de la tierra, que intentaba que no se me metiera en los ojos. Los dos teníamos la misma piel clara que nuestra madre, pero la mía lo era mucho más por haber pasado toda la vida con enfermedades intermitentes. La de Shalla realzaba sus rasgos de huesos finos que llamaban la atención de absolutamente todos los iniciados de nuestro clan. Ninguno de los cuales le interesaba, desde luego. Ella sabía que tenía más potencial que el resto de nosotros, y estaba más que decidida a hacer todo lo necesario para alcanzar el rango de señor de la magia, como nuestro padre. Los chicos no entraban en sus planes.

—Estoy seguro de que será capaz de soportar mis gritos de agonía —intervine.

Shalla vio que me fijaba en ella y me devolvió una mirada que denotaba tanta perplejidad como suspicacia. Sabía que yo haría todo lo posible por superar mis pruebas. Por eso me vigilaba tan de cerca.

«Sea lo que sea lo que crees que sabes, Shalla, no abras la boca. Te lo ruego».

—Al ser el alumno al que se le han iluminado el menor número de bandas —dijo Osia’phest—, puedes elegir la disciplina mágica del duelo, Kellen. ¿Cuál es tu arma?

Todos me miraron de hito en hito, tratando de adivinar qué iba a escoger. En el oasis, cualquiera de nosotros podía invocar una parte minúscula de las diferentes formas de magia, la suficiente para poder aprender cómo funcionaban los hechizos. Pero eso no era nada comparado con lo que podías hacer cuando ya habías logrado las bandas. Como Tennat tenía las del hierro y las del aliento, habría sido una locura por mi parte elegir cualquiera de esas dos.

—Hierro —dije lo bastante fuerte para que todos me oyeran.

Mis compañeros de clase me miraron como si me hubiera vuelto chalado. Nephenia se puso pálida. Shalla entrecerró los ojos. Panahsi empezó a protestar, pero una mirada de Osia’phest le obligó a callarse.

—No te he oído bien —repuso lentamente nuestro profesor.

—Hierro —repetí.

Tennat sonrió mientras un resplandor grisáceo en forma de remolino empezaba a salirle de la banda del antebrazo, le comenzaba a serpentear alrededor de las manos y empezaba a invocar ese poder. Todos los presentes sabían lo mucho que la magia del hierro le gustaba a Tennat, cómo te permitía destrozar y machacar a tus enemigos. Notabas cómo la excitación se iba formando en su interior, la gran emoción que le producía utilizar la magia de calibre superior. Lamenté desconocer esa sensación.

Tennat estaba tan impaciente que sus dedos ya habían empezado a describir las formas somáticas de los hechizos que iba a emplear contra mí. Una de las primeras cosas que aprendes cuando entablas un duelo es que solo un imbécil muestra sus cartas antes de que empiece la pelea, pero como era imposible que yo derrotase a Tennat con la magia del hierro, seguramente imaginó que no tenía nada que perder.

Ese era el motivo real por el que yo sonreía.

Porque llevaba varias semanas observando todos los duelos en los que Tennat se había enfrentado a los otros iniciados; había advertido que hasta los alumnos de mayor poder (los que tendrían que haber sido capaces de vencerlo fácilmente) siempre se veían obligados a rendirse.

Fue entonces cuando al fin me di cuenta.

La magia es un juego de astucia.

 

 

En el oasis reinaba el silencio, casi la paz. Creo que todos esperaban que me pusiera a soltar unas risitas nerviosas y que anunciase, antes de que fuera demasiado tarde, que todo aquello había sido una broma. Pero eché los hombros hacia atrás e incliné la cabeza a ambos lados para que me crujiera el cuello. Eso no le ayudaba en nada a mi magia, pero pensé que a lo mejor así parecía más agresivo.

Tennat soltó un resoplido lleno de confianza, parecido al que siempre soltaba, aunque en este caso más fuerte.

—Me extraña que una persona que apenas puede encender un farol de vidrio resplandeciente sin que le dé un ataque al corazón no tenga un poco más de cuidado al elegir a quién se enfrenta.

—Tienes razón —dije remangándome para que viera la tinta lisa y sin vida de mis seis bandas tatuadas—. Por eso, deberías preguntarte por qué quiero retarte ahora.

Tennat dudó unos instantes y después contestó:

—A lo mejor has estado teniendo sueños de muerte y sabes que soy quien mejor puede ayudarte a recorrer el pasadizo gris para poner fin a tus sufrimientos.

—Es posible —reconocí—. Pero pongamos por caso que lo he hecho por otra cosa.

—¿Como qué?

Yo llevaba todo un discurso preparado en el que iba a contar que me había tatuado la banda de la sombra, el séptimo tipo de magia y el más letal, el que todos teníamos prohibido. Si eso no lo asustaba, tenía otra idea, la de contarle que los magos verdaderamente grandes de la época de nuestros antepasados podían emplear la magia superior sin iluminar sus bandas. Sin embargo, cuando me disponía a explicarme, vi que un halcón volaba por encima de nosotros y decidí cambiar de táctica.

—No hace falta que ilumines tus bandas si has encontrado a tu animal de poder.

Todos alzaron la vista y miraron. En la sonrisita de Tennat se detectaba un leve atisbo de rabia, gracias al cual supe que se estaba poniendo nervioso.

—Ya nadie se relaciona con los espíritus guardianes. Además, ¿cómo iba a atraer un animal de poder alguien con tan poca magia como tú? Es imposible, Kellen. Ni en un millón de años.

Advertí que el halcón estaba a punto de caer en picado sobre un pájaro de menor tamaño. «Lánzate, por favor», musité, lo bastante fuerte para que todos lo oyeran. A mi alrededor, de repente todos contuvieron el aliento cuando las garras del halcón agarraron su presa de forma despiadada. Pensé que podría haber sido buen actor, si esa profesión no hubiera estado prohibida entre los jan’tep.

—De acuerdo, de acuerdo —dijo Osia’phest mientras agitaba las manos en el aire, como si quisiera lanzarles un hechizo de alejamiento a todas nuestras bobadas. Yo estaba bastante seguro de que el anciano sabía que yo no había obtenido ningún espíritu guardián, pero supongo que es de mala educación revelar los secretos de otro mago, incluso cuando resulta que son mentiras. A lo mejor es que le daba igual—. Soy consciente de que la tradición dicta que se observe una serie de... posturas antes de un duelo, pero creo que ya hemos tenido bastante. ¿Estáis listos para empezar?

Asentí con la cabeza. Tennat ni se molestó en hacerlo, como si la sugerencia de que pudiera no estarlo fuera un insulto.

—Muy bien —añadió Osia’phest—, voy a empezar a contar.

El anciano respiró profundamente, quizá de forma algo excesiva, dado que lo único que dijo a continuación fue:

—¡Siete!

Se levantó una brisa y mi amplia camisa de lino aleteó ruidosamente mientras chocaba contra mi piel. Me sequé las manos en ella por décima vez y carraspeé para no notar el hormigueo.

«No te pongas a toser. No ofrezcas un aspecto de debilidad. Hagas lo que hagas, no aparentes debilidad».

—Seis.

Tennat me dedicó una amplia sonrisa, como si me tuviera preparada una gran sorpresa. Yo habría sentido más miedo si no hubiera visto dirigirles la misma sonrisa a todos sus rivales antes de cada duelo. Además, ya estaba tan aterrado que me encontraba a punto de desplomarme.

—Cinco.

Por encima de nosotros, el ave volvió a lanzarse en picado; alcé la vista y le guiñé un ojo. La sonrisa de Tennat se desdibujó. Evidentemente, era capaz de creer simultáneamente que yo era un debilucho y que también había adquirido un animal de poder. Menudo idiota.

—Cuatro.

Con la mano izquierda trazó la forma somática necesaria para lanzar su hechizo de escudo. Jamás le había visto prepararlo antes que la espada. Bajó la vista a su mano para comprobar la forma. Ahora Tennat estaba un preocupado.

—Dos.

¿Dos? ¿Y qué le había pasado al tres?

«Venga, ¡no te desconcentres!».

La mano derecha de Tennat trazó la forma somática de un hechizo de ataque de hierro, lo que informalmente llamamos la «espada de las tripas». Tenía los dedos perfectamente colocados, para causarle el mayor dolor a su oponente. Seguía con la cabeza gacha, pero empezaba a parecer que sonreía de nuevo.

—Uno.

Sí, la verdad es que Tennat sonreía. A lo mejor aquello no había sido muy buena idea.

—¡Empezad! —exclamó Osia’phest.

Lo que noté a continuación fue un dolor insoportable en las entrañas.

Como ya he comentado, la magia es un juego de astucia.

Casi siempre.

 

 

A un espectador de la escena no le hubiera parecido que pasara nada. No hubo ningún destello de luz, ni el rugido de un trueno, solo se apreciaban la luz de la última hora de la tarde y los sonidos suaves de la brisa que venía del sur. La magia del hierro no suele crear efectos visuales ni auditivos; por eso la había elegido. La verdadera batalla se desarrollaba en el interior de nuestros cuerpos.

Tennat tenía extendida la mano derecha, en la que mantenía con cuidado la forma somática: con los dedos corazón unidos, formaba el signo del cuchillo; con el índice y los meñiques doblados hacia arriba, el aspecto que ofrece algo que da tirones, que rompe. El tacto aterrador de su fuerza de voluntad se me introdujo en el pecho, me fue recorriendo los órganos internos. El dolor que creó (más un horror reptante que algo afilado o contundente) hizo que me entraran ganas de tirarme al suelo y rogar clemencia.

«Vaya, es rápido y también vigoroso. ¿Por qué yo no puedo ser así de fuerte?».

Reaccioné soltando un leve atisbo de carcajada y sonriendo como si tal cosa. El gesto de Tennat me decía que le estaba poniendo muy nervioso. Seguramente a todos los demás también, porque las sonrisas de confianza no eran mi gesto más habitual.

Dejé que las comisuras de la boca se me relajaran un poco mientras entrecerraba los ojos y mi mirada se encontraba con la de Tennat. Extendí el brazo como si le asestara una puñalada al aire: un ademán demasiado exagerado y, desde luego, demasiado apresurado para que lo hiciera un iniciado como yo a la par que mantenía el hechizo de escudo. Mientras que la mano de Tennat creaba la forma somática con esmero y precisión, la mía quedaba más imprecisa, casi descuidada, algo que pocos se atreverían a llevar a cabo por el riesgo de que se rompiera.

Al principio no pasó nada. Todavía notaba la fuerza de voluntad de Tennat en mis entrañas, así que amplié un poquito mi sonrisa, lo suficiente para que él se percatara de que yo estaba convencido de que él no tenía nada que hacer. Los dolorosos tirones de mi interior empezaron a mitigarse un poco mientras la mirada de Tennat siguió clavada en mí durante varios segundos de tortura. De repente, abrió mucho los ojos, muchísimo.

Fue entonces cuando supe que yo iba a ganar.

El otro motivo por el que había elegido la magia del hierro, aunque yo no pudiera invocarla, era que, si un mago recurre a la espada de las tripas para atacar, debe emplear un segundo hechizo (un escudo de corazón) para protegerse. Pero, aunque digo que es un escudo, no hay que imaginarse un objeto grande y redondo que sirve de muro; lo que se hace es utilizar la fuerza mágica para mantener la forma y la integridad de tus propias entrañas. Debes imaginarte tu corazón, tu hígado, tu..., bueno, todo, para tratar de que no salgan despedidos. Pero si te entra un ataque de pánico (por ejemplo, si crees que el otro mago te va ganando y que nada de lo que haces funciona), puedes acabar aplastándote los órganos sin darte cuenta.

Así era como Tennat había ganado a Panahsi. Así era como había logrado hacerle tanto daño, aunque nadie más que yo (ni siquiera el propio Tennat) se había dado cuenta. Pan había puesto tanto empeño en protegerse que había acabado aplastándose los órganos internos. Ahora era Tennat quien estaba tan convencido de que sus hechizos fallaban que ejercía demasiada presión sobre ellos. Yo sentía un dolor atroz, pero lo esperaba. Estaba listo para notarlo. Tennat no.

Estuvo luchando un rato, atacándome con mayor intensidad al mismo tiempo que, inconscientemente, se desgarraba a sí mismo por dentro con su hechizo de escudo. Noté que me temblaban las piernas y que empezaba a ver borroso cuando el dolor se me hizo excesivo. Pensé que en su momento el plan me había parecido buenísimo.

De repente, Tennat salió dando traspiés de su círculo.

—¡Basta! —gritó—. ¡Me rindo..., me rindo!

La forma de los dedos que representaban su poder se esfumó en el aire. Empecé a respirar de nuevo. Hice todo lo posible por que no se me notara en el rostro la más que evidente sensación de alivio.

Osia’phest se acercó lentamente a Tennat, que estaba de rodillas y jadeando.

—Describe lo que has sentido —le exigió nuestro profesor.

Tennat levantó la mirada y se fijó en el anciano como si este fuera tonto, una impresión que el maestro daba muchas veces.

—He sentido que estaba a punto de morirme. ¡Eso es lo que he sentido!

Osia’phest hizo caso omiso del tono belicoso y añadió:

—¿Y has sentido lo mismo que con los otros estudiantes?

Una punzada de miedo recorrió mi interior cuando me percaté de que Osia’phest trataba de demostrar lo que sospechaba. Tennat me miró a mí y luego al anciano.

—Creo que... al principio no. Normalmente notas algo duro, como si una mano fuerte te tironeara, pero con Kellen es distinto..., algo peor, como si unos tentáculos me rozaran las entrañas. Al final notaba cómo me aplastaba los órganos.

Osia’phest se quedó largo rato en silencio mientras la brisa cobraba intensidad y luego disminuía en torno a nosotros. Los demás iniciados me miraban de hito en hito, preguntándose cómo era posible que alguien a quien no se le habían iluminado ninguna de las bandas hubiese vencido al mejor duelista de nuestro curso. Todos habían visto cómo Tennat flaqueaba y cómo, al narrar el episodio, daba a entender que una magia superior lo había abrumado. Al fin, Osia’phest dijo:

—Felicidades, Kellen de la Casa de Ke. Parece que has superado la primera prueba.

—También superaré las otras tres —aseguré.

«Lo he conseguido —pensé mientras en mi interior se producía un estallido de alegría—. Le he ganado. He vencido».

Ya se había acabado lo de quedarme horas y horas contemplándome las bandas de los antebrazos, deseando sin lograrlo que se rompieran los eslabones entre los sellos para que cobraran luz. Ya no me quedaría despierto por las noches preguntándome cuándo me echarían del hogar familiar, cuándo me condenarían a convertirme en sha’tep, a ejercer de comerciante, empleado o, ¡por todos mis ancestros!, en el criado personal de Tennat.

Algunos de los otros iniciados aplaudieron. Yo no creía que ninguno de ellos, al margen de Panahsi y quizá de Nephenia, hubieran querido que superase a Tennat, pero ¿entre los míos? Digamos que los vencedores le caen bien a todo el mundo. Incluso Tennat me hizo una reverencia, con la elegancia que cabía esperar en esas circunstancias. Yo no había perjudicado la posición que él ocupaba en las pruebas. A todos los iniciados se les permitían tres intentos en el duelo y él ya había ganado varios.

—Muy bien —dijo Osia’phest—. Que salga la próxima pareja y...

—¡Un momento! —exclamó una voz interrumpiendo al maestro y, con más fuerza que cualquier hechizo que yo pudiera imaginar, destruyendo todo lo que yo había hecho y lo que jamás haría. Mientras se me caía el alma a los pies, vi cómo mi hermana le daba un empujón a Osia’phest, avanzaba y se quedaba delante de mí con los brazos en jarras—. Kellen ha hecho trampas —anunció con toda sencillez.

Y así, sin más, todos mis sueños y esperanzas se desmoronaron uno tras otro.

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2

LA TRAICIÓN

 

 

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Todos me miraban fijamente y esperaban que respondiera a la acusación que mi hermana acababa de lanzarme. Mi mente, a la que no se le da bien casi nada pero que no suele tardar en inventar un amplio abanico de excusas, faroles y grandes mentiras, me falló. No es que no pudiera haber improvisado algo («¡Shalla está poseída por un demonio!», «¡La que yo tengo es la octava forma de la magia, que es secreta!», «¡El Consejo de Magos me ha enviado para poneros a todos a prueba!», «¡Esto es un sueño, estáis soñando!»), pero ¿qué explicación iba a dar que no pudiese comprobarse mediante el sencillo método de obligarme a repetir la prueba, en esta ocasión con alguien a quien mi truco no engañase?

Hice lo que nunca habría que hacer en estas situaciones. Miré a la cara a la gente que me rodeaba, esperando que alguien interviniese. Si hay una forma más clara de demostrar la culpabilidad, yo no la conozco. Curiosamente, fue mi maestro, Osia’phest, quien trató de sacarme del apuro. El anciano adoptó un gesto de fastidio e hizo un ademán de desdén.

—Chica, puede que yo tenga la obligación de permitir que formes parte de estas pruebas, pero, desde luego, no de dejar que las interrumpas. Ve a incordiar al maestro He’met.

—Pero ¡es que está haciendo trampas! —insistió mientras me señalaba—. Kellen ni siquiera está cumpliendo el...

—Shalla, márchate —le dije apretando los dientes.

Traté de dirigirle un mensaje con la mirada: «Por favor, si me quieres un poco, olvídate del tema».

Si captó lo que quería decirle, no lo demostró de ninguna manera. Shalla cruzó los brazos y se quedó donde estaba, como si estuviera a punto de contener la respiración hasta salirse con la suya.

—Está haciendo trampas, maestro Osia’phest. No ha lanzado ningún hechizo.

Tennat, que aún no era consciente de que Shalla había decidido mucho tiempo antes que él no la impresionaba lo bastante como mago para convertirse en su pareja cuando llegara el momento, aprovechó la ocasión para ponerle una mano en el brazo a mi hermana y dirigirle una sonrisa de condescendencia.

—Fíate de mí, Shalla, yo estaba ahí. Tu hermano...

—Anda, calla —dijo ella zafándose de él. Volvió a señalarme—. Kellen no ha lanzado ningún hechizo. Solo ha logrado que tú lo creyeras, y te lo has tragado porque eres tonto. Te ha convencido de que iba ganando y te ha engañado para que utilices tu propio poder en tu contra. Una idea casi inteligente, pero que no tiene nada que ver con la magia.

Se dieron la vuelta y me miraron. Panahsi. Nephenia. Todos ellos. El gesto de Tennat era de duda, y me di cuenta de que trataba de revivir la experiencia para descubrir si lo que había sentido era real o no. Algunos alumnos empezaron a soltar algunas risitas, sin saber muy bien de quién se reían.

El ardid había sido tan sencillo que nadie podía haberlo esperado. Pero ahora ya lo conocían todos.

«Shalla, ¿por qué no has podido dejar que yo tuviera algo mío, aunque solo fuera esto?».

Osia’phest torció el gesto y, cuando nuestras miradas se cruzaron, le noté una extraña dulzura en los ojos.

«Él ya lo sabía —pensé—. Lo sabía desde el principio. Pero ¿por qué no ha dicho nada?».

—Muy bien —farfulló—, tendré que consultar el tema con...

—Puede lanzar el hechizo si se esfuerza un poco más —lo interrumpió Shalla mientras entraba en el círculo que Tennat había ocupado unos momentos antes—. Kellen, los trucos no te hacen falta. Tú crees que sí, pero solo porque no crees en ti.

A pesar de lo traicionado que me sentía, estuve a punto de soltar una carcajada.

«¡Cree que me está ayudando! —me dije—. Así que Shalla intenta convertirme en el hombre que piensa que yo debería ser».

—Puedes hacerlo —insistió—. Sé que puedes ganar. ¡Eres hijo de Ke’heops! Eres mi hermano, no un sha’tep debilucho. Demuéstraselo. Que lo vean. ¡Ahora!

Extendió el brazo y de pronto noté cómo sus dedos me rodeaban el corazón. «Para», quise decirle, pero no me salió la voz. Me estaba atacando, igual de rápido y fuerte que Tennat. No obstante, en esa ocasión no iba a lograr engañarla para que se derrotara a sí misma. Debía tratar de contraatacar con la verdadera magia que albergara en mi interior. Mi mano izquierda adoptó la forma somática del escudo, cuatro dedos doblados y unidos delante del pecho, con el pulgar extendido, mientras trataba en vano de utilizar el poder del oasis. Las tintas de las bandas de hierro de mi brazo derecho se quedaron apagadas y no reaccionaron; no pude invocar suficiente magia.

«Brillad», les ordené a las bandas tatuadas.

Las coloridas tintas metálicas emitieron unos breves destellos bajo el sol, burlándose de mí.

«Brillad. ¡Tenéis que encenderos! Soy hijo del mago más poderoso del clan. Puedo hacerlo. Brillad, maldita sea. ¡Brillad!».

El dolor del ataque de Shalla no disminuía y lancé un grito. Ni siquiera ver mi sufrimiento doblegó en lo más mínimo su determinación. Estaba convencidísima de que yo era tan poderoso como todos ellos, que solo me hacía falta enfrentarme a una situación lo bastante peligrosa para que superase mi debilidad.

—Encuentra el sosiego, Kellen —musitó—. Deja que fluya.

A pesar de lo enfadado que estaba con ella, lo intenté. Traté de quedarme quieto, tal como los maestros nos enseñaban a hacer, pero lo único que notaba era cómo la fuerza de la voluntad de Shalla me aplastaba el corazón.

«Ay, antepasados, esto me empieza a doler de verdad», pensé.

—Vamos, Kellen —me instó Panahsi.

Formé el escudo con todas mis fuerzas, hice acopio de toda la voluntad que tenía, incluso más. Llegué al límite. Rebasé el límite, rompí sus barreras con la misma facilidad con que se rasga un pergamino. Las bandas seguían igual, pero ya no me importaba.

«Ah, ¿quieres ver mi fuerza de voluntad, hermana? Bueno, pues aquí la tienes; hay que ver lo mala, arrogante, estúpida y mezquina que eres. Ahí va todo lo que tengo».

De pronto, sentí esa quietud, ese vacío.

«¿Es esto de lo que siempre están hablando los maestros? ¿El silencio profundo de la mente?».

Pero ese silencio no estaba en mi mente..., sino en mi cuerpo. Llevaba un rato sin respirar... ¿Por qué había dejado de hacerlo? Obtuve la respuesta cuando me fallaron las rodillas y, sin darme cuenta, caí al suelo.

Mi hermanita me acababa de parar el corazón.

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3

EL PASADIZO GRIS

 

 

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Los miembros de mi pueblo llaman al espacio que está entre la vida y la muerte «el pasadizo gris». Se trata de un sitio sumido en las tinieblas en el que todos los magos, algún día, deben esperar la llegada de los tres truenos que los conducen al juicio de nuestros antepasados.

«Esto no es justo», pensé mientras veía cómo el mundo quedaba inclinado ante mis ojos mientras yo caía hacia atrás como una brizna de hierba recién segada por la hoz de un jardinero. Como si morir no fuera suficiente, ¿encima tenía que hacerlo de forma tan absolutamente humillante, asesinado por mi propia hermana? Yo ni siquiera había cumplido dieciséis años. Nunca había besado a una chica. De hecho, todavía no había hecho gran cosa en la vida. No podría narrar grandes logros gracias a los cuales nuestros antepasados, los primeros magos, me otorgarían mi sitio en el más allá.

Me llegó un ruido fuerte y seco, que supuse que era el que hacía mi espalda al desplomarse sobre el suelo de arena del oasis. Intenté (con cierto heroísmo, en mi opinión) respirar. No logré tomar aire.

Me planteé la posibilidad de mentirles a los antepasados, de inventarme historias de que me había enfrentado a aterradores magos hasta causarles la muerte, o de que había protegido del peligro a animales pequeños, pero sospechaba que debía de ser complicado engañar a las deidades y, además, últimamente lo de mentir no me había dado muy buenos resultados.

Los respetados ancianos de mi clan nos cuentan que la reencarnación es el castigo que imponen los dioses por los pecados de una vida mal vivida, y la pena consiste en regresar a un lugar inferior del escalafón de la vida, por ejemplo, en forma de rata o de helecho. Sin embargo, del mismo modo en que yo no había conseguido nada hasta el momento, tampoco había cometido grandes pecados. Por eso, mientras mi cuerpo quedaba tendido sobre la arena, llegué a la inevitable conclusión de que estaba a punto de cruzar el pasadizo gris y de que me mandaban volver, para que empezara de cero, en la piel de un iniciado jan’tep, algo enfermizo, y casi carente de magia.

Los ancianos me habrían regañado por unas ideas tan insolentes y me habrían recordado que el pasadizo gris constituye un período de paz y calidez, en el que el mago agonizante oye los sonidos tranquilizadores de la música, mientras las voces de aquellos a quienes más admiran honran su nombre.

Me llegó una exclamación:

—¿Yo?

Pero venía de otro sitio muy distinto. Osia’phest tenía una voz potentísima. Les pidió a gritos a los otros iniciados que se apartaran y empezó a lanzar un hechizo en el que, por lo que pude oír, aparecían muchas de las mismas sílabas que el que emplean los cocineros para que la comida no se estropee. Osia’phest es un anciano bondadoso, pero no es precisamente el mago más poderoso que existe. Su tono de voz era agudo y desesperado, lo cual es una mala forma de empezar, porque la magia superior requiere una calma absoluta y una concentración total.

«Levántate —me dije—. Respira. Osia’phest acabará convirtiéndote en una conserva, como si fueras un albaricoque seco. ¡En pie!».

Panahsi también gritaba, pedía que alguien fuera a buscar a alguno de los sanadores. Creo que se fiaba incluso menos que yo de las habilidades de Osia’phest.

Una voz sonaba sosegada, casi tranquilizadora. Nephenia me hablaba. «Intenta respirar, Kellen, solo eso». Repitió la frase muchas veces, como si mediante esa repetición pudiera convencerme para que lo hiciera.

«Queridísima Nephenia, no me estás ayudando nada —pensé—. Prueba a darme un beso, quizás algo gracias a lo cual mi corazón empiece a latir. Al menos así tendré algo que contarles a los antepasados».

Me habría reído de mí mismo si hubiera tenido disponible la parte del cuerpo necesaria para ello. ¡Quién me iba a decir que ni siquiera estando medio muerto me abandonaba la lujuria adolescente!

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