Índice
Primer curso en Torres de Malory
I. Partida en el internado
II. Torres de Malory
III. La primera noche y la primera mañana
IV. La clase de la señorita Potts
V. Transcurre la primera semana
VI. La pequeña broma de Alicia
VII. Darrell pierde los estribos
VIII. Darrell y Gwendoline
IX. Alicia en apuros
X. Una extraña amistad
XI. El caso de la araña
XII. Palabras fuertes
XIII. ¡Medio trimestre, por fin!
XIV. Un día realmente hermoso
XV. Una súbita discusión
XVI. Darrell pasa un mal rato
XVII. Una maravillosa sorpresa
XVIII. Darrell y Sally
XIX. El plan de Sally
XX. ¡Buen trabajo, Mary-Lou!
XXI. Darrell tiene un disgusto
XXII. Fin del trimestre
Segundo curso en Torres de Malory
I. De vuelta a Torres de Malory
II. Tres niñas nuevas
III. El primer día de curso
IV. Aclimatándose
V. Eliminándose
VI. Tiza invisible
VII. ¡Huy!
VIII. El curso continúa
IX. Daphne, contrariada
X. Las dos Mademoiselles
XI. Una sorpresa para el segundo curso
XII. Mademoiselle Dupont lo arregla todo
XIII. ¡Pobre Elena!
XIV. Elena tiene una mala idea
XV. Una tarde terrible
XVI. A medianoche
XVII. Rumores y comentarios
XVIII. Mary-Lou
XIX. ¡Una heroína!
XX. Un paquete sorprendente
XXI. Daphne... Elena... y la señorita Grayling
XXII. Daphne confiesa. Final de curso
Tercer curso en Torres de Malory
I. Una nueva estudiante ingresa en Torres de Malory
II. Otra vez de vuelta al colegio
III. La primera noche
IV. Zerelda entra en cuarto curso
V. La llegada de Wilhelmina
VI. Bill y Trueno
VII. En la sala común de tercer curso
VIII. Zerelda pasa malos ratos
IX. En el campo de lacrosse
X. Bill y la señorita Peters
XI. Alicia recibe un paquete
XII. Los días pasan
XIII. El desafortunado ensayo de Zerelda
XIV. ¡Bill es descubierta!
XV. Mavis tiene una idea
XVI. ¿Dónde está Mavis?
XVII. Galopando a medianoche
XVIII. A la mañana siguiente
XIX. En el ensayo
XX. ¡El truco!
XXI. Mavis y Zerelda
XXII. Las cosas se arreglan
XXIII. Un estupendo final de trimestre
Cuarto curso en Torres de Malory
I. Darrell vuelve al colegio con Felicity
II. Todas regresan de nuevo
III. La primera noche
IV. Todas juntas otra vez
V. Una mañana interesante
VI. Llega Clarisa
VII. Darrell relampaguea
VIII. Tú eres la delegada de clase, ¿no?
IX. Gwendoline y Clarisa
X. ¡Un día de fiesta!
XI. Un plan fascinante
XII. Aquella noche
XIIi. La fiesta de medianoche
XIV. Se precipitan los acontecimientos
XV. Un verdadero sobresalto
XVI. Gwendoline traza un plan
XVII. Por fin mitad de trimestre
XVIII. Antes del examen
XIX. La semana del examen
XX. El asunto Connie
XXI. Darrell pone las cosas en su sitio
XXII. ¡«Ping»!
XXIII. La última semana del trimestre
Quinto curso en Torres de Malory
I. Retorno al internado
II. Más llegadas
III. La hora de cenar
IV. Noche y mañana
V. La señorita James da una buena noticia
VI. Media hora al sol
VII. Llega Gwendoline
VIII. Reunión a las cinco y media
IX. El truco de los globos
X. En la sala común
XI. Transcurren las semanas
XII. Gwendoline Mary y Maureen
XIII. Un plan... y un altercado
XIV. El plan surte efecto
XV. Una gran asamblea
XVI. El primer partido de Felicity
XVII. A mitad de trimestre
XVIII. La dictadora
XIX. Las cartas anónimas
XX. Suceden cosas
XXI. La boma de Mademoiselle
XXII. Una magnífica función
Último curso en Torres de Malory
I. EL primer día
II. La llegada de las antiguas y nuevas alumnas
III. Planes para el futuro
IV. En la habitación de la señorita Grayling
V. EN el aula de la señorita Oakes
VI. En la piscina
VII. Darrell y Gwen
VIII. El truco del imán
IX. Amanda hace una sorprendente sugerencia
X. AManda y June
XI. En la pista de tenis y en la piscina
XII. Los días transcurren
XIII. Un sobresalto y una pequeña broma
XIV. Problemas para Amanda
XV. El ecuador del trimestre
XVI. Una disputa y una broma
XVII. Jo y Deirdre
XVIII. La huida
XIX. Una mañana terrible para Jo
XX. Amanda se va a nadar
XXI. Amanda hace planes
XXII. Una broma de las de mayor éxito
XXIII. Un día desafortunado para Gwen
XXIV. El últímo día
Notas
Primer curso
en Torres de
Malory

CAPÍTULO I
Partida en el internado

Darrell Rivers se miró al espejo. Era casi hora de ir a la estación, pero la chica decidió que aún le quedaba tiempo para comprobar qué aspecto tenía con su nuevo uniforme escolar.
—Es precioso —murmuró Darrell, girando lentamente sobre sus talones—. Chaqueta parda, sombrero a tono, cinta de color naranja y blusa marrón con cinturón también de color naranja. Me gusta.
Su madre se asomó sonriente a la puerta de su habitación.
—¿Admirando tu figura? —inquirió la señora Rivers—. A mí también me encanta ese conjunto. No cabe duda de que el colegio Torres de Malory tiene un uniforme bonito. Vamos, Darrell. No conviene que perdamos el tren al principio de curso.
Darrell sentía gran excitación. Por primera vez en su vida iba a ingresar en un internado. Torres de Malory no aceptaba niñas menores de doce años. Por tanto, ella sería una de las más jóvenes del colegio. Tenía en perspectiva muchos cursos repletos de buenos ratos, camaradería, estudio y recreo.
«¿Cómo irá? —se preguntaba una y otra vez—. He leído infinidad de historias de internados, pero supongo que Torres de Malory tendrá otro ambiente. Cada colegio es diferente. Espero hacer buenas amistades allí.»
Darrell lamentaba separarse de sus amigas. Ninguna de ellas iba a ir a Torres de Malory. Había ido con ellas a una escuela de alumnas externas, y casi todas iban a seguir allí o iban a ingresar en otros internados.
Su maleta estaba llena hasta los topes. En uno de sus costados figuraba el nombre «DARRELL RIVERS» en grandes letras negras. Las etiquetas tenían las letras «T. de M.», o sea, las iniciales de Torres de Malory. Darrell sólo tenía que llevar en la mano su raqueta de tenis, protegida por un bastidor, y una maletita, en la que su madre había metido las cosas que necesitaba para la primera noche en el colegio.
—La primera tarde no podréis deshacer vuestras maletas —advirtió la señora Rivers—. Por eso es preferible que cada chica lleve un maletín con el camisón, el cepillo de dientes y todo lo necesario para el aseo. Aquí tienes un billete de diez chelines. Tienes que procurar que te dure todo el trimestre, porque a las chicas de tu curso no se les permite tener una cantidad superior a ese dinero para sus gastos.
—¡Me durará! —aseguró Darrell, metiendo el billete en su monedero—. ¡Tendré pocos gastos en la escuela! Ahí está el taxi esperando, mamá. ¡En marcha!
Ya se había despedido de su padre, antes de que saliera para su trabajo aquella mañana. El señor Rivers le había dado un fuerte abrazo, murmurando estas palabras:
—Adiós, Darrell, y buena suerte. Aprenderás mucho en Torres de Malory, porque es un buen colegio. ¡Esfuérzate en corresponder a los desvelos de tus profesoras!
Por fin estuvo todo listo para partir, incluida la maleta, depositada junto al asiento del conductor. Darrell se asomó a la ventanilla del taxi para dar una última mirada a su casa.
—¡Volveré pronto! —gritó al gato negro que se lavaba en lo alto de la tapia—. Al principio, os echaré mucho de menos a todos, pero pronto me acostumbraré, ¿verdad, mamá?
—Naturalmente —asintió su madre—. ¡Te lo pasarás divinamente! ¡A lo mejor no quieres volver a casa durante las vacaciones de verano!
Tenían que dirigirse a Londres para coger el tren de Cornualles, donde se hallaba Torres de Malory.
—Siempre hay un tren especial para Torres de Malory —declaró la señora Rivers—. Mira, allí veo un aviso. Torres de Malory. Andén 7. Vamos allí. Nos sobrará tiempo. Estaré un rato contigo y, cuando la encargada de tu alojamiento se ocupe de ti, te dejaré en compañía de ella y sus chicas.
Ambas se dirigieron al andén. Había un tren largo con letreros de destino a Torres de Malory. Todos los vagones estaban reservados a las chicas de aquel colegio. En las ventanillas había letreros con pequeñas variantes. La primera tanda de ellos decía la Torre Norte. La segunda, Torre Sur. Luego, había varios compartimentos con la indicación Torre Oeste, y otros con la de Torre Este.
—Tú perteneces a la Torre Norte —le advirtió su madre—. Torres de Malory tiene cuatro residencias distintas para sus alumnas, todas ellas coronadas por una torre. La directora dijo que tú te alojarías en la Torre Norte. Su encargada es la señorita Potts. Vamos a buscarla.
Darrell dio una mirada a las chicas del andén abarrotado. Al parecer, todas pertenecían al colegio Malory, ya que se veían chaquetas pardas y sombreros a tono, con cintas de color naranja, por todas partes. Por lo visto, todas se conocían, y hablaban y reían a grandes voces. De pronto, Darrell sintió cierta timidez.
«Nunca conseguiré conocerlas a todas —pensó contemplándolas—. ¡Cielos! ¡Qué mayores son algunas! Parecen mujeres. ¡Qué respeto me inspiran!»
Efectivamente, las chicas de los cursos superiores tenían aspecto de personas mayores. Ni siquiera miraban a las pequeñas, que se apartaban a su paso, y ellas subían a sus vagones con aire un tanto arrogante.
—¡Hola, Lottie! ¡Hola, Mary! ¡Caramba! ¡Ahí está Penélope! ¡Eh, Penny, ven aquí! ¡Hilda! ¿Cómo no me has escrito en todas las vacaciones, so vaga? ¡Jean, ven a nuestro vagón!
Las alegres voces resonaban de punta a punta del andén. Darrell buscó a su madre con la mirada. ¡Ah, allí estaba, hablando con una profesora de expresión sagaz! Sin duda, se trataba de la señorita Potts. Darrell la miró de hito en hito. Sí, le gustaba, le gustaba el centelleo de su mirada, pero su boca expresaba determinación. No le interesaba tener problemas con ella.
La señorita Potts se acercó a ella y, esbozando una sonrisa, profirió:
—¡Bien, alumna nueva! Viajarás en mi vagón, aquel de allí. Las novatas siempre van conmigo.
—¿Así que hay otras alumnas nuevas en mi curso? —preguntó Darrell, ilusionada.
—Desde luego. Otras dos. Todavía no han llegado. Señora Rivers, le presento a una chica del curso de Darrell: Alicia Johns. Ella se encargará de velar por Darrell cuando usted se despida.
—Hola —saludó Alicia, posando sus ojos brillantes en Darrell—. Soy de tu curso. ¿Quieres un asiento lateral? En ese caso, te aconsejo que te des prisa.
—Así yo me voy, querida —decidió la señora Rivers, jovialmente; y besó y abrazó a Darrell—. ¡Te escribiré en cuanto reciba carta tuya! ¡Que te diviertas!
—Lo procuraré —prometió Darrell, siguiendo a su madre con la mirada, mientras se alejaba por el andén.
No tuvo tiempo de sentirse sola, porque Alicia se hizo cargo de ella inmediatamente. Tras empujarla al vagón de la señorita Potts, la obligó a subir al estribo.
—Pon tu maletín en un asiento y yo pondré el mío en el de enfrente —ordenó Alicia—. Ahora nos instalaremos junto a la puerta para ver qué pasa. ¡Fíjate en aquello! ¡La viva estampa de lo que no debe hacer una madre al despedirse de su hija querida!
Darrell miró hacia donde señalaba su compañera. Al momento, vio a una chica más o menos de su edad, vestida con el mismo uniforme escolar, pero con una larga cabellera flotante en su espalda. La chica estaba abrazada a su madre, sollozando desconsoladamente.
—¡Ahora lo que debería hacer esa madre es sonreír, darle unas chocolatinas e irse! —gruñó Alicia—. Con una hija así es inútil intentar otra cosa. ¡Pobrecilla, qué mimada!
La madre estaba casi tan emocionada como la hija. Por su cara se deslizaban también gruesas lágrimas. La señorita Potts se dirigió hacia ella con paso firme.
—Ahora observa a Potty —masculló Alicia.
Darrell la miró, asombrada. ¡Potty! ¡Vaya nombre para una profesora!1 En todo caso, la señorita Potts no tenía el menor aspecto de loca, sino de persona perfectamente cabal.
—Voy a llevarme a Gwendoline —dijo la profesora a la chica—. Ya es hora de que suba a su vagón. Enseguida se acostumbrará al ambiente del colegio, señora Lacey.
Gwendoline parecía dispuesta a irse, pero su madre siguió abrazada.
—¿Ves? —resopló Alicia—. ¡Salta a la vista que la que tiene la culpa de que esa chica sea una tonta es su madre! Me alegro de que la mía sea sensata. La tuya también parece muy simpática, alegre y risueña.
Darrell acogió con agrado aquel elogio a su madre. Al momento vio que la señorita Potts separaba a Gwendoline de su madre y la conducía hacia ellas.
—¡Alicia! —exclamó la profesora—. ¡Aquí tienes otra!
Alicia ayudó a Gwendoline a subir al vagón.
La madre de la alumna nueva se acercó al coche y, atisbando su interior, aconsejó:
—Elige un asiento lateral, querida. Y no te pongas de espaldas a la máquina. Ya sabes que te mareas. Y...
En aquel momento, subió al vagón otra chica, baja y robusta, de rostro vulgar y con el pelo recogido en una trenza.
—¿Éste es el vagón de la señorita Potts? —preguntó la recién llegada.
—Sí —contestó Alicia—. ¿Y tú eres la tercera alumna nueva? ¿Vas a la Torre Norte?
—Sí. Soy Sally Hope.
—¿Dónde está tu madre? —inquirió Alicia—. Primero debería haberte presentado a la señorita Potts para que te tachara de la lista.
—Mamá no se ha molestado en acompañarme —repuso Sally—. He venido sola.
—¡Cielos! —exclamó Alicia—. ¡Qué madres más distintas! Unas vienen y se despiden sonrientes; otras lloran como magdalenas... y otras brillan por su ausencia.
—Alicia, no hables tanto —reconvino la señorita Potts.
La profesora conocía la locuacidad de la chica. De repente, la señora Lacey dio muestras de contrariedad y se olvidó de dar más instrucciones a Gwendoline. En lugar de ello, miró a Alicia airadamente. Por suerte, en aquel preciso momento el jefe de estación tocó el silbato y todo el mundo ocupó bulliciosamente su sitio.
La señorita Potts subió al coche con dos o tres chicas más. La puerta se cerró con estrépito. La madre de Gwendoline escudriñó el interior, pero, ¡ay!, su hija estaba arrodillada en el suelo, buscando algo que se le había caído.
—¿Dónde está Gwendoline? —profirió la señora Lacey—. ¡Tengo que despedirme de ella! ¿Dónde está?
Pero el tren ya había arrancado. Gwendoline se incorporó, y gimió:
—¡No me he despedido de mamá!
—¿Cuántas veces querías hacerlo? —espetó Alicia—. Por lo menos te despediste veinte veces.
La señorita Potts observó a Gwendoline. La había clasificado ya como el tipo clásico de hija única, egoísta y mimada, y creía que daría mucho que hacer al principio de su estancia en el internado.
Luego miró a la reposada Sally Hope. Era una niña muy especial, con sus trenzas tirantes y su semblante grave remilgado. Su madre no había acudido a despedirla. ¿Estaría triste por ello? La señorita Potts no pudo deducirlo.
Después posó la mirada en Darrell. Era muy fácil catalogar a Darrell. Nunca ocultaba nada y decía siempre lo que pensaba, aunque no tan bruscamente como Alicia.
«Es una chica simpática, franca y digna de confianza —pensó la señorita Potts—. Aunque aseguraría que es un poco traviesa. Parece inteligente. ¡Yo me encargaré de que haga uso de esa inteligencia! ¡Puedo sacar mucho partido de una chica como Darrell en la Torre Norte!»
Las colegialas entablaron una conversación.
—¿Qué aspecto tiene Torres de Malory? —preguntó Darrell—. Una vez vi una fotografía del colegio. Me pareció terriblemente grande.
—Lo es —confirmó Alicia—. Además, tiene una magnífica vista sobre el mar. Está construido en lo alto del acantilado, ¿sabes? Tienes suerte de pertenecer a la Torre Norte. ¡Es la que tiene mejor vista!
—¿Y cada torre tiene sus aulas? —interrogó Darrell.
—No —replicó Alicia meneando la cabeza—. Todas las chicas, aunque están alojadas en las cuatro torres, asisten a las mismas aulas. Hay unas sesenta alumnas en cada residencia. Pamela es la delegada de la nuestra. ¡Allí está!
Pamela era una chica alta y apacible que había subido al vagón con otra jovencita de aproximadamente su edad. Ambas parecían muy amigas de la señorita Potts y discutían vehementemente con ella los proyectos para el curso.
Alicia, otra chica llamada Tessie, Sally y Darrell también charlaban. Gwendoline permanecía sentada en su asiento lateral con expresión sombría. Nadie le prestaba la menor atención y ella no estaba acostumbrada a aquella indiferencia.
Con un leve suspiro, miró a las demás con el rabillo del ojo. La perspicaz Alicia sorprendió aquella mirada y, esbozando una sonrisa, cuchicheó a Darrell:
—¡Todo es comedia! Cuando una persona se siente desdichada de veras suele disimularlo como puede. No hagas el menor caso de nuestra querida Gwendoline.
¡Pobre Gwendoline! Ignoraba que aquella falta de compasión por parte de Alicia constituía un gran bien para ella. Había sido siempre objeto de demasiadas atenciones y la vida en Torres de Malory no iba a resultarle fácil.
—Anímate, Gwendoline —alentó la señorita Potts en tono jovial.
E inmediatamente reanudó su conversación con las chicas mayores.
—Estoy mareada —declaró Gwendoline, al fin, dispuesta a pasar a primer plano y ser compadecida a toda costa.
—Pues no lo pareces —repuso Alicia con su habitual franqueza—. ¿Verdad que no, señorita Potts? Yo siempre palidezco cuando me siento indispuesta.
Gwendoline hubiera dado cualquier cosa por estar mareada de verdad, para dar una lección a aquella deslenguada.
—¡Pues lo cierto es que estoy mareada! —murmuró débilmente, recostándose en el respaldo del asiento—. ¡Dios mío! ¿Cómo me las arreglaré?
—Aguarda un momento, buscaré una bolsa de papel —masculló Alicia, sacando una muy grande del interior de su maletín—. Tengo un hermano que siempre se marea en el coche y mamá siempre lleva bolsas de papel dondequiera que va para socorrerle. A mí me divierte mucho verle meter la nariz en la bolsa, pobre Sam, como un caballo en su morral.
Las chicas no pudieron menos de acoger con risas la anécdota de Alicia. Como es de suponer, Gwendoline no se rio. Al contrario. Dio muestras de enfado. ¡Pensar que aquella antipática chica volvía a burlarse de ella! Estaba segura de que nunca haría buenas migas con ella.
Después de aquel incidente, Gwendoline permaneció callada, y se abstuvo de hacer ningún otro intento de llamar la atención de sus compañeras. Temía otra posible salida de Alicia.
En cambio, Darrell miraba a Alicia con alborozo y simpatía. ¡Cuánto le gustaría ser su amiga! ¡Qué bien lo pasarían juntas!
CAPÍTULO II
Torres de Malory

El viaje a Torres de Malory era muy largo, pero como en el tren había coche restaurante y las chicas fueron en sucesivos turnos para almorzar, el tiempo pasó bastante deprisa. Merendaron también en el tren. Al principio, todas estaban alegres y comunicativas, pero a medida que transcurría el día, se quedaron silenciosas y algunas se durmieron. ¡Era un viaje tan largo!
Por eso fue un motivo de excitación la llegada a la estación de Torres de Malory. El colegio se hallaba a dos o tres kilómetros de distancia, por lo que, junto a la estación, aguardaban grandes coches para trasladar a las chicas a su destino.
—Vamos —ordenó Alicia tomando del brazo a Darrell—. Si nos damos prisa, podremos sentarnos en los asientos delanteros de uno de los coches, junto al conductor. ¡Date prisa! ¿Ya llevas tu maleta?
—Yo también voy con vosotras —agregó Gwendoline.
Pero mientras recogía sus cosas, las otras se alejaron y se instalaron en los asientos anteriores. Las otras chicas salieron en grupos de dos o tres, y el único mozo de la estación ayudó a los chóferes a cargar las numerosas maletas sobre los coches.
—¿Se ve Torres de Malory desde aquí? —preguntó Darrell, mirando a su alrededor.
—No. Ya te avisaré cuando se entrevea —replicó Alicia—. A la vuelta de un recodo, aparecen de golpe.
—Sí, es hermoso verlas surgir tan de repente —comentó Pamela, la apacible chica de la Torre Norte que había subido al coche detrás de Alicia y Darrell.
Y con mirada brillante, agregó:
—Creo que Torres de Malory tiene su mejor perspectiva desde ese recodo, especialmente si el sol está al fondo.
Darrell advirtió el afectuoso tono con que Pamela hablaba de su amado colegio y, posando los ojos en ella, llegó a la conclusión de que aquella chica seria le inspiraba simpatía.
Pamela sorprendió su mirada y exclamó riendo:
—Eres afortunada, Darrell. Justamente empiezas tus estudios en Torres de Malory. Tienes muchos cursos por delante. En cambio a mí ya se me acaban los días aquí. Uno o dos trimestres más y ya no volveré a Torres de Malory, salvo como antigua alumna. Aprovecha tu estancia todo lo que puedas.
—Lo haré —asintió Darrell.
Y miró al frente, en espera de vislumbrar por vez primera el colegio en el que debía estudiar por lo menos seis años.
El coche describió una curva.
—¡Mira! —profirió Alicia, tocándola con el codo—. ¡Allí, en aquella colina! El mar está al otro lado, al pie del acantilado, pero desde aquí no se ve, naturalmente.
Darrell miró en la dirección indicada. Ante sus ojos apareció un gran edificio, cuadrado y de piedra gris claro emplazado en lo alto de un risco. En realidad se trataba de un acantilado con caída casi vertical hacia el mar. A lado y lado del gracioso edificio, se alzaban dos torres redondas. Darrell entrevió otras dos detrás que formaban un conjunto de cuatro. Las torres Norte, Sur, Este y Oeste.
Las ventanas relucían. La enredadera verde que cubría parte de los muros alcanzaba en algunos puntos el tejado. El edificio tenía aspecto de castillo viejo.
«¡Mi colegio! —pensó Darrell, con un recóndito sentimiento de afecto en su corazón—. Es muy hermoso. ¡Qué afortunada soy de poder estudiar tantos años en Torres de Malory! Llegaré a amar este lugar.»
—¿Te gusta? —inquirió Alicia impacientemente.
—Sí, muchísimo —respondió Darrell—. Pero me perderé por los pasillos. ¡Es tan grande!
—No temas —la tranquilizó Alicia—. Yo te enseñaré todos los rincones. ¡Es asombroso lo pronto que una aprende a andar por allí!
El coche dobló otro recodo y Torres de Malory se perdió de vista para aparecer de nuevo, aún más cerca, en la curva siguiente. Al poco tiempo, todos los coches avanzaron entre un zumbido de motores hacia el tramo de peldaños que conducían a la gran puerta de acceso.
—¡Parece la entrada de un castillo! —comentó Darrell.
—En efecto —convino Gwendoline inesperadamente detrás de ellas—. ¡Me sentiré como una princesa de cuento de hadas subiendo esos escalones! —añadió sacudiendo su dorada melena.
—¡Me lo figuro! —exclamó Alicia, desdeñosamente—. Pero no tardarás en desechar tales ideas cuando Potty te llame la atención.
Darrell se apeó del vehículo e inmediatamente se perdió entre una multitud de chicas que se dirigían a los escalones. Buscó a Alicia con la mirada, pero había desaparecido como por encanto, así que subió los peldaños, con su maletín y su raqueta, sintiéndose algo sola y desamparada entre el bullicioso grupo de chicas. Sin la cordial Alicia sentía una especie de pánico.
A partir de aquel momento, se sucedieron unos momentos de confusión. Darrell no sabía adónde ir ni qué hacer. Buscó en vano a Alicia o a Pamela, la encargada de su residencia. ¿Debía dirigirse directamente a la Torre Norte? ¡Todas parecían saber exactamente adónde dirigirse excepto la pobre Darrell!
De pronto, vio a la señorita Potts, con gran alivio por su parte. Se acercó a ella, y la profesora la miró, sonriente:
—¡Hola! Te sientes un poco perdida, ¿verdad? ¿Dónde está esa picarona de Alicia? Debería cuidar de ti. Todas las alumnas que se alojan en la Torre Norte han de ir allí a deshacer sus maletines. El ama de llaves os está esperando a todas.
Como Darrell no tenía idea de por dónde se iba a la Torre Norte, se quedó junto a la señorita Potts en espera de que alguien la acompañase. Alicia no tardó en reaparecer, acompañada por un tropel de chicas.
—¡Hola! —le dijo a Darrell—. Te perdí. Todas éstas son alumnas de nuestro curso, pero ahora no voy a decirte sus nombres. Te harías un lío. Algunas se hospedan en la Torre Norte. Otras pertenecen a las demás residencias. Ea, vamos a la Torre Norte a ver al ama. ¿Dónde está nuestra querida Gwendoline?
—Alicia —intervino la señorita Potts con voz grave, pero con mirada centelleante—. ¡Dale una oportunidad a Gwendoline!
—¿Y Sally Hope? ¿Por dónde anda? —preguntó Alicia—. Vamos, Sally. De acuerdo, señorita Potts, las acompañaré a la Torre Norte y velaré por ellas.
Sally, Gwendoline y Darrell siguieron a Alicia. Se hallaban en un gran vestíbulo con puertas a ambos lados y una amplia escalera que ascendía formando curva.
—La sala de reuniones, el gimnasio, el laboratorio, los estudios y la sala de costura están todos en esta parte del edificio —explicó Alicia—. Venid, ahora atravesaremos el patio para ir a nuestra torre.
Darrell se preguntó qué sería aquel patio. No tardó en averiguarlo. Torres de Malory estaba construido en torno a un gran espacio alargado que era el patio. Alicia la condujo junto con las demás compañeras al exterior de una puerta situada enfrente de la entrada principal. Allí estaba el patio rodeado por todas partes de edificios.
—¡Qué lugar más bonito! —ensalzó Darrell—. ¿Qué es ese bache que hay en el centro?
A la vez indicó un gran círculo de césped verde hundido a considerable profundidad del nivel del patio. Alrededor de sus márgenes oblicuos había asientos de piedra. Parecía una pista de circo al aire libre, en posición algo hundida, con una serie de sillas de piedra alzadas a su alrededor.
—Aquí es donde representamos obras de teatro en verano —explicó Alicia—. Las actrices actúan en la pista, y las espectadoras se sientan en esas sillas de piedra. Nos divertimos de lo lindo.
En torno al círculo, sobre el nivel del patio, había un jardín bellamente cuidado, con un sinfín de rosales y toda clase de flores. Entre los macizos discurrían verdes extensiones de césped sin segar.
—Es un patio muy acogedor —observó Darrell.
—Demasiado caluroso en verano —objetó Alicia, mientras las conducía a todas al otro lado del lugar—. ¡Pero deberías verlo en el trimestre de Pascua florida! Cuando en enero volvemos al colegio y dejamos nuestras casas rodeadas de escarcha y a veces de nieve, encontramos campanillas blancas, hierbabuena y margaritas en flor en todos esos macizos de este resguardado patio. Es un espectáculo maravilloso. ¡Fijaos cómo brotan los tulipanes! ¡Y estamos sólo en abril!
En cada extremo de aquel hueco alargado rodeado de edificios se alzaba una torre. Alicia se dirigía a la Torre Norte. Era exactamente igual que las otras tres. Darrell la contempló. Tenía cuatro pisos. Alicia se detuvo en seco ante ella.
—En la planta baja está nuestro comedor, nuestras salas comunes, donde nos reunimos cuando no tenemos clase, y las cocinas. En el primer piso están los dormitorios. En el segundo hay más dormitorios. Y en el último las habitaciones del personal y los trasteros para nuestros equipajes.
—¿Y todas las residencias son iguales? —preguntó Darrell, mirando hacia lo alto de la torre—. Me gustaría dormir allí arriba, en las almenas. ¡Qué vista más hermosa tendría!
Varias chicas entraban y salían por la puerta abierta situada al pie de la Torre Norte.
—¡Date prisa! —le gritaron a Alicia—. ¡Dentro de unos minutos servirán la cena y, a juzgar por el olor, será algo estupendo!
—Siempre nos dan una buena cena el día de nuestra llegada —explicó Alicia—. Después... ya no tan buena. Cacao, galletas y para de contar. En marcha, vamos a buscar al ama.
Cada una de las torres tenía su propia ama de llaves, responsable de la salud y el bienestar de las chicas. El ama de la Torre Norte era una mujer activa y regordeta, ataviada con un delantal almidonado y un vestido estampado, muy limpia e impecable.
Alicia presentó a las alumnas nuevas:
—Aquí tiene usted otras tres a quienes reñir, dar medicinas y perseguir por los pasillos —dijo la chiquilla con una sonrisa.
Darrell observó al ama, que en aquel momento consultaba las largas listas que tenía en la mano, con el entrecejo fruncido. La mujer llevaba el pelo primorosamente recogido bajo un bonito gorro atado a la barbilla con una lazada. Su aspecto era tan impecable que Darrell tuvo la sensación de que, a su lado, ella parecía muy sucia y desaliñada. El ama le inspiraba cierto temor. Esperaba que no la obligase a tomar repugnantes medicinas con excesiva frecuencia.
De pronto, el ama levantó la vista, sonriendo. Los temores de Darrell se disiparon al momento. Era ilógico temer a una persona capaz de sonreír de aquella manera, con los ojos, los labios e incluso la nariz.
—Vamos a ver... Tú eres Darrell Rivers —dijo el ama, marcando el nombre inscrito en la lista—. ¿Traes tu certificado médico? Dámelo, por favor. Y tú eres Sally Hope, ¿no es así?
—No, yo soy Gwendoline Mary Lacey —repuso Gwendoline.
—Y no olvide usted el Mary —intervino Alicia, insolentemente—. Nuestra querida Gwendoline Mary.
—Basta ya, Alicia —reconvino el ama, marcando su lista—. Eres tan mala como solía ser tu madre a tu edad. O peor.
Alicia se explicó:
—Mamá fue alumna de Torres de Malory en su juventud —dijo a las otras—. También se alojaba en la Torre Norte, y el ama la tuvo a su cargo muchos años. Me ha encargado sus más afectuosos recuerdos, ama. Dice que le gustaría poder enviarle también a todos mis hermanos, porque está segura de que usted es la única persona capaz de dominarlos.
—Si se parecen a ti, me alegro muchísimo de no tenerlos aquí —gruñó el ama—. Con un solo miembro de la familia Johns tengo bastante. Tu madre hizo que me salieran algunas canas y tú has contribuido a que me salgan otras pocas.
La mujer esbozó una nueva sonrisa. Tenía un semblante sensato y afable que inspiraba confianza a las chicas que se ponían enfermas. ¡Pero ay de la que se fingía enferma o se mostraba perezosa o descuidada! Entonces la sonrisa del ama desaparecía como por encanto, su rostro se enfurruñaba y sus ojos destellaban peligrosamente.
Un sonoro gong resonó por toda la Torre Norte.
—Es hora de cenar —anunció el ama—. Ya desharéis las maletas luego, Alicia. Vuestro tren ha llegado con retraso y estáis todas muy cansadas. Esta noche todas las alumnas de primer curso deberán acostarse inmediatamente después de cenar.
—¡Por favor, ama! —suplicó Alicia en tono quejumbroso—. ¿No nos concederá siquiera diez minutos, después?
—He dicho inmediatamente, Alicia —replicó el ama—. Y ahora, no os entretengáis. Lavaos las manos enseguida y bajad a cenar. ¡Daos prisa!
A los cinco minutos, Alicia y sus compañeras se hallaban instaladas en el comedor, saboreando una buena cena con excelente apetito. Darrell echó una mirada a las mesas. Estaba segura de que nunca lograría conocer a todas las chicas de su residencia. Y estaba segura de que tampoco se atrevería nunca a participar de sus risas y sus charlas.
Pero naturalmente se equivocaba, porque en realidad no iba a tardar mucho en hacerlo.
CAPÍTULO III
La primera noche y la primera mañana

Después de cenar, obedeciendo la orden del ama, todas las alumnas de primer curso subieron a su dormitorio. Darrell quedó encantada con la habitación. Era una estancia larga con ventanas en toda su longitud, que, para alborozo de Darrell, tenían vistas al mar. La chica permaneció ante una de ellas, escuchando el lejano rumor de las olas en la orilla y contemplando el suave balanceo del mar azul. ¡Qué hermoso lugar era Torres de Malory!
—¡Date prisa, soñadora! —advirtió Alicia—. ¡El ama se presentará dentro de un momento!
Darrell se volvió a mirar la habitación. Había diez camas, separadas unas de otras por cortinas blancas que se podían correr y descorrer a voluntad de las chicas.
Cada una tenía una cama blanca con un edredón de color. Todos los edredones eran de diferente tono y formaban un bello conjunto a lo largo de la hilera de camas. En cada departamento había un armario para colgar ropa y una cómoda con un espejo en la parte superior. En los lados de la estancia se veían varios lavabos de agua fría y caliente.
Las chicas empezaron a deshacer sus pequeños maletines. Darrell abrió el suyo y sacó su camisón, su pañito para lavarse la cara, el cepillo de dientes y el dentífrico. De un toallero adosado a un lado de la cómoda colgaba una toalla limpia preparada para ella.
«Será divertido dormir aquí, con todas las demás —pensó Darrell—. ¡Qué bien lo pasaremos hablando por la noche! Además, supongo que también podremos improvisar algunos juegos.»
Todas las alumnas de primer curso dormían en el mismo dormitorio. Allí estaban Alicia, Darrell, Sally y Gwendoline, juntamente con otras seis chicas. Todas observaban cómo las tres alumnas iban y venían de los lavabos, se lavaban la cara y los dientes.
Una de las chicas consultó su reloj de pulsera.
—¡Meteos en la cama todas! —ordenó.
Era una chica alta, morena y apacible. Todas, excepto Gwendoline, obedecieron. Gwendoline aún estaba cepillándose su hermosa cabellera rubia. A la vez, contaba en voz baja:
—Cincuenta y cuatro, cincuenta y cinco, cincuenta y seis...
—¡Eh, tú, novata! ¿Cómo te llamas? ¡Acuéstate! —ordenó la esbelta chica morena.
—Tengo que cepillarme el pelo cien veces todas las noches —protestó Gwendoline—. ¡Ahora me has hecho perder la cuenta!
—Cierra el pico y acuéstate, Gwendoline Mary —intervino Alicia, que estaba junto a ella—. Katherine es la delegada de nuestro dormitorio y debes hacer lo que te mande.
—Pero yo prometí a m-m-ma... —empezó Gwendoline con lágrimas en los ojos—. ¡Prometí a mamá que me c-c-c-cepillaría el pelo cien veces todas las noches!
—Puedes añadir los cepillados que te falten hoy a los de mañana por la noche —repuso la delegada fríamente—. Métete en la cama, por favor.
—¡Oh, déjame terminar! —insistió Gwendoline, reanudando frenéticamente sus cepillados—. Cincuenta y siete, cincuenta y...
—¿Quieres que la zurre con mi cepillo, Katherine? —propuso Alicia incorporándose.
Con un grito de espanto, Gwendoline saltó a su cama. Las chicas se echaron a reír. Todas sabían que Alicia no tenía intención de zurrar a Gwendoline.
Gwendoline se tendió en la cama enfadada. Estaba dispuesta a hacerse la desdichada y a llorar. Así pues, recordando a su madre y a su lejano hogar, empezó a sorber el moco.
—Suénate, Gwendoline —aconsejó Alicia con voz soñolienta.
—Silencio —ordenó Katherine.
La otra obedeció. Sally Hope lanzó un pequeño suspiro. Darrell se preguntó si estaría dormida. La cortina entre su cama y la de Sally estaba descorrida. No, Sally no dormía. Permanecía con los ojos abiertos. No lloraba, pero su rostro reflejaba tristeza.
«A lo mejor está añorada», pensó Darrell.
Y recordó su hogar. Pero su sensatez le impidió ponerse tonta, aparte de que estaba demasiado excitada de hallarse en Torres de Malory como para echar realmente de menos su casa. Al fin y al cabo, había deseado con toda su alma ir allí, y allí estaba... con el firme propósito de ser muy feliz y divertirse por todo lo alto.
Por fin apareció el ama. La mujer pasó revista a las camas. Una o dos de las chicas dormían ya profundamente, rendidas de cansancio. El ama recorrió la larga habitación, arregló un edredón, dio vuelta a un grifo mal cerrado y corrió las cortinas de las ventanas, ya que había mucha luz en el exterior.
—Buenas noches —murmuró en voz baja—. ¡Y no habléis, por favor!
—Buenas noches, ama —murmuraron las chicas aún despiertas.
Darrell atisbó por encima de la sábana para ver si el ama mostraba su afable sonrisa. La mujer sorprendió la mirada de Darrell y, con una leve inclinación, le dijo sonriendo:
—¡Que duermas bien!
Luego salió silenciosamente.
Gwendoline fue la única que se esforzó en permanecer despierta. ¿Qué le había dicho su madre? «Creo que esta noche te sentirás muy desgraciada, pero sé valiente, querida, ¿oyes?»
En consecuencia, Gwendoline estaba dispuesta a permanecer despierta y a sentirse desgraciada. ¡Pero los ojos se le cerraban! Y, poco después, se quedó tan profundamente dormida como las demás. Mientras tanto, en su casa, su madre se enjugaba las lágrimas, mientras decía:
—¡Pobrecilla Gwen! ¡No debería haberla enviado tan lejos de mí! ¡Presiento que está despierta y llorando, a lágrima viva!
Pero, contra lo que suponía la buena señora, en aquel momento Gwendoline se dedicaba a dar pequeños y satisfechos ronquidos, soñando dichosamente en que sería la reina de todas aquellas chicas, la primera de la clase y la mejor deportista.
Una clamorosa campana las despertó a todas a la mañana siguiente. Al principio, Darrell no pudo recordar dónde estaba. Hasta que oyó claramente la voz de Alicia, que gritaba:
—¡Levantaos, holgazanas! ¡Tenéis que haceros la cama antes de desayunar!
Darrell saltó de la cama. El sol inundaba la habitación, ya que Katherine había descorrido las cortinas. Se alzó un fuerte murmullo de conversaciones. Las chicas se dirigían a los lavabos saltando a la pata coja. Darrell se vistió rápidamente, orgullosa de lucir la blusa parda con su cinturón de color naranja, igual que las demás. Luego se cepilló el pelo hacia atrás y se lo sujetó con dos pasadores para mantenerlo recogido y bien peinado. En cambio, Gwendoline se lo dejó suelto sobre los hombros.
—No puedes llevarlo así —advirtió Alicia—. ¡Al menos aquí en la escuela, Gwendoline!
—Siempre lo he llevado así —replicó Gwendoline, con una obstinada expresión en su bella carita de boba.
—Pues te sienta muy mal —espetó Alicia.
—¡Mentira! —profirió Gwendoline—. Dices eso porque tú tienes el pelo corto y áspero.
Alicia guiñó un ojo a Katherine, que en aquel momento se acercaba a ellas.
—Mejor será dejar que Gwendoline luzca su larga y sedosa cabellera, ¿no crees? —decidió con voz suave—. Es posible que a la señorita Potts le encante verla así.
—Pues a mi institutriz, la señorita Winter, le gustaba mucho así —insistió Gwendoline con visible complacencia.
—¡Ah! Según eso, ¿es la primera vez que vas a una escuela? —preguntó Alicia—. ¿Sólo has tenido institutriz? Eso explica muchas cosas.
—¿Qué cosas? —inquirió Gwendoline arrogantemente.
—No importa, ya lo averiguarás —masculló Alicia—. ¿Lista, Darrell? Ha sonado el gong del desayuno. Recoge bien la sábana. Eso es. Tú, Gwendoline, dobla tu camisón. Fijaos en Sally. ¡Da gusto ver una alumna nueva así! ¡Tomad ejemplo de ella! Todo a punto a su debido tiempo, sin obligar a nadie a irle detrás.
Sally esbozó una leve sonrisa. Apenas pronunciaba una palabra. No parecía tímida, pero era tan reposada y serena que a Darrell le costaba trabajo creer que era una de las nuevas. En todo momento daba la impresión de saber exactamente lo que debía hacer.
Todas bajaron al comedor. Las largas mesas estaban preparadas para el desayuno, y las chicas se instalaron en ellas, saludando cortésmente a la profesora encargada de la residencia. El ama se hallaba también presente, junto con otra persona mayor a la que Darrell no había visto el día anterior.
—Ésa es Mademoiselle Dupont —cuchicheó Alicia—. Tenemos dos profesoras francesas en Torres de Malory. Una gorda y alegre y otra flaca y avinagrada. Este curso nos toca la gorda y alegre. Las dos tienen un genio horroroso, de modo que espero que vayas bien en francés.
—Pues no, no lo voy —farfulló Darrell, deplorando interiormente su ignorancia en aquella materia.
—Mademoiselle Dupont detesta a Mademoiselle Rougier y Mademoiselle Rougier detesta a Mademoiselle Dupont —prosiguió Alicia—. Deberías ver el jaleo que arman a veces. ¡Con decirte que el ama tiene que acudir a apaciguarlas en más de una ocasión!
Darrell abrió unos ojos como naranjas. Katherine, al otro lado de la mesa, dijo riendo:
—No creas todo lo que cuenta Alicia. A veces exagera. Nadie ha visto todavía a nuestras dos Mademoiselles agarrándose por el cuello.
—¡Ah, pero lo harán algún día...! —pronosticó Alicia—. ¡Y espero estar presente para verlo!
Mademoiselle Dupont era baja, gruesa y rechoncha. Llevaba el cabello recogido en un pequeño moño sobre la coronilla. Sus ojos, negros y redondos, nunca estaban quietos. La mujer lucía un vestido negro perfectamente a su medida y unos zapatos negros ajustados en los diminutos pies.
Era corta de vista, pero no llevaba gafas. En su lugar, utilizaba unos anteojos con manija llamados lorgnettes (impertinentes), sujetos a una larga cinta negra. Cuando deseaba ver algo de cerca no tenía más que elevarlos a la altura de los ojos.
Alicia, muy hábil en el arte de imitar a la gente, solía despertar la hilaridad de sus compañeras, parpadeando como la pobre Mademoiselle y sosteniendo unas gafas imaginarias sobre su nariz. Aun así, temía tanto a Mademoiselle Dupont como las demás y procuraba no incitarla a sacar su mal genio.
—Las alumnas nuevas deben ir a saludar a la directora después de desayunar —declaró la señorita Potts—. Hay tres en el primer curso, dos en el segundo y una en el cuarto. Podéis ir todas juntas. Después, reuníos con nosotras en la sala de sesiones para rezar las oraciones de la mañana. Por favor, Pamela, ¿quieres acompañar a las chicas al despacho de la directora?
Pamela, la delegada de la residencia la Torre Norte, se puso en pie. Las alumnas nuevas, entre ellas Darrell, la imitaron, dispuestas a seguirla. Pamela las condujo por la puerta que daba al patio y luego por otra puerta perteneciente al edificio situado entre las Torres Este y Norte. Allí estaban las habitaciones de la directora y la enfermería.
Por fin llegaron ante una puerta pintada de color crema oscuro. Pamela llamó con los nudillos. Una voz profunda contestó:
—¡Adelante!
Pamela abrió la puerta.
—Le traigo a las nuevas alumnas, señorita Grayling —manifestó.
—Gracias, Pamela —murmuró la grave voz.
Y Darrell vio a una mujer de cabello gris sentada ante un escritorio, en actitud de escribir. La desconocida tenía un semblante sereno y desprovisto de arrugas, unos ojos asombrosamente azules y una boca muy firme. Darrell se sintió impresionada por aquella serena directora de voz profunda e hizo votos por no tener que comparecer nunca en su presencia por mal comportamiento.
Las nuevas alumnas se pusieron en fila ante la directora, y la señorita Grayling las miró a todas atentamente. Darrell notó que se ponía colorada, sin saber por qué. Para colmo, le temblaban un poco las rodillas. ¡Confiaba en que la señorita Grayling no le formulase ninguna pregunta! De lo contrario, tenía la certeza de no poder articular una palabra.
La señorita Grayling les preguntó sus respectivos nombres y dedicó unas breves palabras a cada una. Luego, dirigiéndose a todas en general, dijo solemnemente:
—Algún día abandonaréis el colegio para incorporaros al mundo como mujercitas. Desearía que, para entonces, pudierais hacer gala de una mente inquieta, un corazón bondadoso y un deseo de colaborar. Deberíais llevar al mundo un espíritu de comprensión de muchas cosas, juntamente con la voluntad de aceptar todas las responsabilidades y mostraros mujeres dignas de ser amadas y respetadas. Podréis aprender todo eso en Torres de Malory... si queréis. No cuento entre nuestros éxitos a las que obtienen becas y pasan los exámenes, pese al mérito que eso encierra, sino a las que aprenden a ser mujeres buenas y afables, sensatas, dignas de confianza y responsables. Nuestros fracasos los constituyen precisamente las que no aprenden esas cosas durante los años que pasan aquí.
Tales palabras fueron pronunciadas tan grave y solemnemente que Darrell apenas se atrevía a respirar. Ni que decir tiene que la chica deseó convertirse en uno de los éxitos de Torres de Malory.
—A algunas de vosotras os resultará fácil aprender esas cosas; a otras, os parecerá más difícil. Pero tanto en un caso como en otro, es necesario aprenderlas si de veras queréis ser felices cuando salgáis de aquí y os proponéis hacer felices a los demás.
Sobrevino una pausa. Por fin, la señorita Grayling tomó de nuevo la palabra, esta vez en un tono más ligero:
—Todas sacaréis un gran provecho de vuestra estancia en Torres de Malory. Procurad corresponder en la misma medida a nuestros esfuerzos.
—¡Oh! —exclamó Darrell, gratamente sorprendida, olvidando por completo que se había propuesto no pronunciar una palabra—. ¡Eso es exactamente lo que me dijo mi padre cuando se despidió de mí, señorita Grayling!
—¿De veras? —murmuró la directora, mirando con expresión risueña a la vehemente chiquilla—. Bien, puesto que tienes la suerte de tener unos padres que piensan así, supongo que serás una de las afortunadas, para las que no resultará difícil aprender las cosas de que os he hablado. Tal vez algún día la escuela Torres de Malory se sentirá orgullosa de ti.
Tras añadir otras breves palabras, la señorita Grayling despidió a las chicas, que se retiraron, muy impresionadas. Ni siquiera Gwendoline despegó los labios. Prescindiendo de lo que pudieran hacer en los años sucesivos, durante sus estudios en Torres de Malory, en aquel momento cada una de ellas estaba animada de las mejores intenciones. Que aquel deseo se mantuviera vivo o no dependía de la voluntad de cada una.
Acto seguido, las seis chicas se dirigieron a la sala de sesiones para rezar las oraciones de la mañana. Una vez allí se instalaron en sus respectivos sitios y aguardaron a que la señorita Grayling acudiese a la tarima.
Poco después, las palabras de un himno resonaron en la espaciosa sala. Había empezado el primer día de clase. Darrell cantó con toda su alma, feliz y excitada. ¡Cuánto tendría que contar a su madre cuando le escribiera!
CAPÍTULO IV
La clase de la señorita Potts

Todas las mañanas el colegio entero se reunía para rezar. Las chicas formaban grupos según los cursos, y así las alumnas de primer curso de las torres Norte, Sur, Este y Oeste se ponían juntas, al igual que las de los demás.
Darrell lanzó una mirada nerviosa a sus compañeras de curso. ¡Qué clase más numerosa parecía! Sin duda constaba de unas veinticinco o treinta chicas. La señorita Potts, encargada de su residencia, era también la profesora del primer curso. Se hallaba también presente Mademoiselle Dupont, cantando animadamente. Seguramente la maestra que estaba a su lado era la otra profesora de francés. Sin embargo, ¡qué diferentes eran ambas! Esta última era flaca, alta y huesuda. Llevaba también un moño pequeño, pero no en la coronilla, sino en la nuca. Darrell llegó a la conclusión de que tenía cara de mal genio.
Alicia le dijo quiénes eran las otras profesoras.
—Aquélla es la profesora de historia, la señorita Carton. Me refiero a la que lleva un cuello alto y quevedos. Es inteligentísima, pero terriblemente sarcástica con las chicas a las que no les gusta la historia. Y aquélla es la profesora de dibujo, la señorita Linnie, muy simpática y condescendiente.
Darrell se dijo que, sin duda, se llevaría muy bien con la señorita Linnie si de veras era tan condescendiente. Parecía amable. Era joven y llevaba la cabellera pelirroja peinada con pequeños bucles.
—Aquél es el profesor de música, el señor Young. ¿Lo ves? Siempre está o de muy buen humor o de muy malo. Nosotras procuramos averiguar su estado de ánimo cuando nos da clase de música o de canto.
Las amas de llaves de las cuatro residencias estaban también presentes en la sala para los rezos. Darrell vio a la suya y observó que tenía un aire un poco severo, como siempre que se concentraba en algo. Alicia empezó a cuchichear otra vez.
—Y aquélla es...
Los ojos de la señorita Potts se volvieron hacia ella, y Alicia interrumpió inmediatamente su cuchicheo y concentró la atención en su libro de rezos. La señorita Potts no veía con buenos ojos a la gente que cuchicheaba en las reuniones, y menos durante los rezos.
Una vez terminadas las oraciones, las chicas desfilaron a sus respectivas clases, situadas a lo largo de la parte occidental de Torres de Malory, y, poco después, aquel edificio se llenó de rumores de pasos, risas y conversaciones. El reglamento no imponía silencio en los pasillos pertenecientes a la parte del edificio donde se hallaban las aulas.
Las alumnas de primer curso entraron en su clase, una habitación con hermosas vistas al mar. Era una clase espaciosa, con la mesa de la profesora en un extremo y unos armarios en el otro. Sillas y pupitres formaban ordenadas hileras.
—¡Yo me quedo con uno junto a la ventana! —exclamó una chica gruesa, acomodándose en uno de ellos.
—¡Y yo también! —saltó Gwendoline.
Pero la chica gorda la miró, sorprendida:
—Tú eres nueva, ¿verdad? Pues en ese caso, no puedes elegir asiento. Las nuevas tienen que conformarse con los pupitres que quedan cuando las antiguas han escogido los que les gustan.
Gwendoline se ruborizó y, sacudiendo su melena rubia, adoptó una expresión huraña.
Con todo, permaneció junto al pupitre elegido, sin atreverse a ocuparlo, pero, por otra parte, resistiéndose a dejarlo, hasta que una niña bajita y delgada la empujó y dijo:
—¡Me quedo con éste! ¡Hola, Rita! ¿Cómo te han ido las vacaciones? Qué horrible tener que volver con la vieja Potty, ¿verdad?
Darrell aguardó a que todas las chicas, excepto ella, Sally, Gwendoline y una o dos más, tuvieran pupitres. Luego, ocupó uno junto a Alicia, satisfecha de su buena suerte. Alicia cambiaba impresiones con una chica instalada a su otro lado. Al parecer, la unía a ella una buena amistad.
—Darrell —dijo Alicia, volviéndose a ella—. Te presento a mi amiga, Betty Hill. Siempre nos sentamos una al lado de la otra. Lo malo es que Betty se aloja en la Torre Oeste.
Darrell sonrió a Betty, una chica vivaracha, de picarescos ojos castaños y cabellos sobre la frente. Darrell simpatizó enseguida con ella, pero sentía saber que Alicia ya tenía una amiga, porque se había hecho ilusiones de poder serlo ella. En cambio, Sally y Gwendoline no le atraían particularmente.
—¡Chist! —exclamó la chica sentada junto a la puerta—. ¡Ahí viene Potty!
Enseguida se hizo el silencio. Las chicas se levantaron con la mirada fija, atentas a los rápidos y ágiles pasos de su profesora por el pasillo. Por último, la señorita Potts irrumpió en el aula y, dirigiendo una leve inclinación de cabeza a sus alumnas, ordenó:
—¡Podéis sentaros!
Las chicas obedecieron y aguardaron en silencio. La señorita Potts sacó la lista de nombres y comprobó asistencias, prestando especial atención a otras pocas alumnas nuevas alojadas en las otras residencias. Después, volviéndose a los expectantes rostros que la observaban, profirió:
—¡Bien! El trimestre de verano es siempre el mejor de todos, ya que durante él podéis practicar la natación y el tenis, ir de excursión y dar bellos paseos. Pero, por favor, no cometáis el error de creer que el trimestre estival se reduce a un mero pasatiempo, porque no es así. Además, requiere mucho estudio. Algunas de vosotras tenéis que examinaros el próximo trimestre. Si trabajáis durante éste, todo os resultará más fácil. Pero, si perdéis el tiempo, apuesto a que oiré muchas lamentaciones y quejas el próximo trimestre.
La profesora hizo una pausa. Luego, mirando fijamente a dos o tres chicas, prosiguió:
—El trimestre pasado hubo una o dos alumnas que parecían complacerse en ser las últimas de clase cada semana. ¡A ésas les pido por favor que dejen esos puestos a las alumnas nuevas y procuren ascender unos pocos! Nunca espero gran cosa de las nuevas en su primer trimestre, pero sí espero mucho de vosotras.
Varias chicas se pusieron coloradas. La señorita Potts continuó diciendo:
—En realidad, no creo tener ninguna alumna torpe este trimestre, aunque, naturalmente, apenas conozca a las nuevas. Si sois torpes y vais a la cola, no os lo reprocharemos, claro está, pero si sois inteligentes y, aun así, ocupáis los últimos puestos, tendré mucho que decir. Y todas sabéis lo que eso significa, ¿no?
—Sí —respondieron la mayoría de las chicas con vehemencia.
La señorita Potts sonrió, y su sagaz semblante se iluminó unos instantes.
—Bien, ahora, después de todas estas amenazas, pasemos a otra cosa. Aquí hay una lista de lo que debe tener cada alumna. Si a alguna le falta algo, debe dirigirse a Katherine, la encargada de curso, y pedírselo al final de la lección. Os daré diez minutos para eso.
Poco después, la lección estaba en su apogeo. Era de matemáticas, y la señorita Potts sometió a una rápida prueba a las alumnas nuevas con objeto de comprobar si estaban a la altura de las demás y podían trabajar juntas o no. A Darrell le pareció sencillo el problema, pero Gwendoline no cesó de murmurar y gruñir en todo el tiempo, con su dorada cabellera esparcida sobre todo el pupitre.
—¿Qué ocurre, Gwendoline? —inquirió la señorita Potts en tono poco benevolente.
—Que mi institutriz, la señorita Winter, nunca me enseñó a hacer sumas así —gimió Gwendoline—. Las ponía de otro modo muy distinto.
—Pues ahora tendrás que aprender a hacerlas a mi manera —repuso la señorita Potts—. A propósito, Gwendoline, ¿por qué no te has peinado esta mañana?
—Sí me he peinado —masculló Gwendoline, levantando sus grandes ojos azules—. Me lo cepillé a fondo. Le di cuarenta...
—Está bien, no necesito detalles —interrumpió la señorita Potts—. Pero el caso es que no puedes venir a clase así. Trénzatelo después del recreo.
—¿Que me lo trence? —balbució la pobre Gwendoline, mientras sus compañeras empezaban a reír—. Pero si nunca...
—Ya basta —atajó la señorita Potts—. Si no sabes trenzártelo ni puedes llevarlo como es debido, tal vez tu madre acceda a cortártelo las próximas vacaciones.
Gwendoline se quedó tan horrorizada que Darrell tuvo que hacer un esfuerzo para no echarse a reír a carcajadas.
—¡Ya te lo advertí! —cuchicheó Alicia en cuanto la señorita Potts se volvió a escribir algo en la pizarra.
Gwendoline la miró con expresión incendiaria y le hizo una mueca. ¡Como si su madre abrigase la menor intención de cortarle su hermosa melena! ¡Y pensar que ahora tendría que trenzársela! ¡Lo malo era que ni siquiera sabía cómo hacerlo! Gwendoline estaba tan ensimismada en sus mohínos pensamientos que apenas contestó a ninguna de las preguntas de matemáticas.
Pasó parte de la mañana. A la hora del recreo las chicas salieron a jugar a sus rincones favoritos. Unas fueron a jugar una rápida partida de tenis a una de las numerosas pistas de que disponía el colegio. Otras optaron por dar un paseo por el jardín. Otras permanecieron en el patio conversando. Darrell hubiera deseado ir con Alicia, pero estaba con Betty, y Darrell tenía la certeza de que ambas amigas no deseaban la intromisión de una tercera persona. La chica observó a las otras alumnas nuevas. Dos de ellas, a quienes no conocía, ya se habían hecho amigas. Otra, que tenía una prima en el mismo curso, se fue con ella. Gwendoline había desaparecido. ¡A lo mejor había ido a trenzarse el pelo!
Sally Hope estaba sola, sentada en el césped, con su grave semblante completamente exento de expresión. Darrell se acercó a ella y le preguntó:
—¿Qué te parece Torres de Malory? A mí me gusta mucho.
Sally levantó la vista con aire arrogante.
—No está mal —masculló.
—¿Sentiste dejar tu otra escuela? —preguntó Darrell—. Yo deseaba venir a Malory, desde luego, pero me molestó tener que dejar a todas mis amigas. ¿A ti no te pasó lo mismo?
—En realidad, creo que no tengo amigas —respondió Sally, reflexionando.
Darrell consideró muy rara aquella falta de amistades. Era difícil sonsacarle algo a Sally. Era cortés y contestaba a las preguntas que se le hacían, pero no formulaba ninguna a su vez.
«En fin —pensó Darrell—. ¡Supongo que no tendré que trabar amistad con ella! ¡Cielos! ¡Aquí está Gwendoline! ¡Si a eso le llama trenzarse el pelo! ¡Ya se le ha deshecho todo!»
—¿Llevo bien el pelo? —preguntó Gwendoline con voz lastimera—. He intentado trenzármelo una y otra vez. Me parece muy mal que la señorita Potts no me lo deje llevar a mi modo. Es una antipática.
—Si quieres, te lo trenzaré yo —se ofreció Darrell, dispuesta a poner manos a la obra—. ¡Salta a la visa que tú no sabes hacer trenzas, Gwendoline!
Y trenzando hábil y rápidamente el dorado cabello de su compañera en dos largas trenzas, ató los extremos con sendas cintitas estrechas.
—¡Ya está! —exclamó, obligando a Gwendoline a dar una vuelta para ver su aspecto—. ¡Estás mucho más bonita!
Gwendoline se enfurruñó y se olvidó de dar las gracias a Darrell por su ayuda. Realmente, estaba mucho más bonita ahora.
«¡Qué mimada está! —pensó Darrell—. En fin, si me interesa poco tener a Sally por amiga, aún me interesa menos la amistad de Gwendoline. ¡De buena gana la abofetearía por los aires que se da y por todas sus estupideces!»
Sonó la campana y enseguida nutridos grupos de chicas se precipitaron a sus respectivas aulas. Darrell las imitó. Ya sabía dónde estaba su clase y los nombres de muchas de sus compañeras. ¡Pronto se sentirían como en su propia casa en Torres de Malory!
CAPÍTULO V
Transcurre la primera semana

Darrell no tardó en habituarse a su nuevo ambiente. No sólo aprendió los nombres de las chicas de su curso alojadas en la Torre Norte, sino el de todas las demás que se hospedaban allí, desde la delegada Pamela, hasta Mary-Lou, la más joven del grupo, a excepción de la propia Darrell, que era la menor. No obstante, descubrió que, en muchos aspectos, Mary-Lou era mucho más niña que ella.
En efecto, Mary-Lou parecía un gatito asustado. Le daban miedo los ratones, los escarabajos, las tormentas, los ruidos nocturnos, la oscuridad y otras mil pequeñeces. No era, pues, de extrañar que la pobre Mary-Lou tuviera siempre la mirada desorbitada. Darrell, muy reacia a asustarse por nada, se reía con gusto al ver que la pobre Mary-Lou huía al otro extremo del dormitorio por la simple presencia de una tijereta en el suelo.
En el dormitorio de primer curso de la Torre Norte había diez chicas. Katherine, la apacible encargada. Alicia, la charlatana y ocurrente picarona. Las tres alumnas nuevas, Darrell, Gwendoline y Sally. Mary-Lou, con sus grandes ojos asustados, siempre a punto de dar un respingo como un caballo nervioso ante cualquier cosa inesperada.
Estaba, además, la inteligente Irene, un portento en matemáticas y en música, generalmente la primera de clase, pero tonta perdida en las cosas corrientes de la vida. Si alguien perdía un libro, era Irene. Si alguien se metía en otra aula a deshora, era Irene. Se decía incluso que una vez había ido al aula de dibujo, creyendo que iba a haber una clase de pintura, y había permanecido allí media hora en espera de que apareciese la señorita Linnie. Todas se maravillaban de que no se le hubiera ocurrido pensar a qué obedecía la ausencia de sus compañeras.
—Pero ¿cómo es posible que pudieras estar tanto rato allí sentada sin extrañarte de que no se presentase ninguna de nosotras? —le preguntó Katherine, asombrada—. ¿En qué estabas pensando, Irene?
—Pensaba en un problema de matemáticas que nos había propuesto Potty —respondió Irene, con los ojos brillando a través de sus grandes gafas—. Era muy interesante, y había dos o tres sistemas de resolverlo. Atended...
—¡Por favor, no nos des la lata con tus matemáticas fuera de clase! —gimió Alicia—. ¡Irene, creo sinceramente que estás algo majareta!
Pero, en realidad, Irene estaba en su sano juicio. Lo único que le sucedía era que, debido a su extraordinaria inteligencia, su mente siempre trabajaba en algo, por lo que pasaba por alto las pequeñeces de la vida cotidiana. Además, tenía sentido del humor, y a la menor provocación, soltaba una explosiva carcajada que alarmaba a sus compañeras y sobresaltaba a la señorita Potts. A veces, Alicia se complacía en provocar aquella explosión y en trastornar a toda la clase.
Las otras tres chicas del curso eran Jean, una alegre y astuta escocesa, muy hábil en manejar el dinero destinado a varias sociedades escolares y centros benéficos; Emily, una plácida y estudiosa chica, muy hábil en la costura y, gracias a ello, una de las alumnas favoritas de Mademoiselle, y Violet, una niña tímida y apagada, muy al margen de todo debido a su falta de interés por nada. La mitad de la clase ni siquiera se daba cuenta de si Violet estaba presente o no.
En total eran diez chicas. Darrell tuvo la sensación de conocerlas desde hacía años, tras convivir con ellas unos pocos días. Sabía que a Irene siempre se le caían las medias, formando arrugas. Sabía que Jean hablaba con un peculiar acento escocés, áspero y cortado. Sabía que Mademoiselle detestaba a Jean porque menospreciaba su entusiasmo y su sensibilidad; Jean nunca se entusiasmaba por nada.
Darrell se había familiarizado con los constantes suspiros y lamentaciones de Gwendoline y con las miedosas exclamaciones de Mary-Lou ante algún insecto o reptil. Le gustaba la voz grave y firme de Katherine y su aire de ser capaz de hacer frente a todo. Sabía muchas cosas de Alicia, pero en eso no aventajaba a sus compañeras, ya que Alicia lo contaba todo: hablaba de sus hermanos, de sus padres, de sus perros, de sus estudios, de sus juegos, de su labor de media, de su opinión sobre todo y todos, en una palabra, de cuanto sucedía bajo el sol.
Alicia no tenía tiempo para afectaciones de ninguna clase, ni para darse aires ni lanzar suspiros. Era franca como Darrell, pero no tan bondadosa. En ocasiones, se complacía en mostrarse despectiva y mordaz, por lo que las chicas como Gwendoline la detestaban y las miedosas como Mary-Lou la temían. En cambio, Darrell simpatizaba profundamente con ella.
«¡Es tan animada! —se decía—. ¡Nadie se aburre a su lado! Me gustaría ser como ella. Todo el mundo la escucha, incluso cuando dice algo desagradable. En cambio, nadie presta atención cuando yo quiero decir algo. Me gusta mucho Alicia. Lo único que siento es que ya tenga una amiga. Es justamente la que yo hubiera elegido para intimar.»
Aun así, Darrell necesitó más tiempo para conocer a las alumnas de primer curso procedentes de las demás torres. Las veía en clase, pero no en la sala común ni en los dormitorios, ya que las alumnas de primer curso de las otras torres tenían habitaciones propias en sus respectivas residencias. Con todo, para empezar, ya era suficiente conocer a las chicas de la Torre Norte.
Tampoco sabía gran cosa de las chicas mayores que se hospedaban en su torre, ya que no coincidía con ellas en clase. Las veía en las oraciones matutinas, en alguna lección de canto, cuando el señor Young daba una clase conjunta, y a veces en las pistas de tenis o en la piscina.
Como es de suponer, se enteró de algunas cosas respecto a varias de ellas. Marylin, una alumna de sexto curso, era capitana de la sección de deportes, y la mayoría de las chicas sentían gran simpatía por ella.
—Es muy amable y se toma mucha molestia en enseñar a todo el mundo, incluso a las de primer curso —comentaba Alicia—. Sabe tanto como la vieja Remmington, la profesora de deportes, con la diferencia de que ésta no tiene paciencia con las torpes, y ella sí.
Asimismo, todas parecían apreciar mucho a Pamela, la delegada de la residencia. Además de inteligente, Pamela era muy aficionada a la literatura. Corría el rumor de que estaba escribiendo un libro. Eso impresionó mucho a las alumnas de primero. Si era tan difícil escribir una composición decente, ¿qué sería un libro?
Por el contrario, nadie simpatizaba con dos chicas, Doris y Fanny.
—Son unas hipócritas —decía Alicia, que, por supuesto, siempre estaba a punto para opinar sobre todo y sobre todos, desde Winston Churchill hasta el hijito de la cocinera de la Torre Norte—. Unas falsas beatas.
—¿Qué quiere decir eso? —inquirió Gwendoline, intrigada.
—¡Caramba! —gruñó Alicia—. ¡Qué ignorante eres! Una falsa beata es la que finge ser religiosa sin serlo. La que se tiene por mucho y a los otros por nada. La que se complace en ser una aguafiestas... Son una pareja repugnante. Siempre al acecho y espiando. Una vez que atravesé el patio a altas horas de la noche para reunirme con Betty Hill en la Torre Oeste para asistir a una fiesta de medianoche, Doris me vio desde la ventana y esperó a que regresara. Es una verdadera arpía.
—¿Y te echó el guante? —preguntó Mary-Lou con expresión alarmada.
—¡Qué va! ¿Crees que iba a dejarme cazar por las hermanas beatas? —repuso Alicia despectivamente—. La sorprendí a mi regreso y la encerré en el armario de los zapatos.
Irene lanzó una de sus explosivas carcajadas y las sobresaltó a todas.
—¡A mí nunca se me ocurrirían esas cosas tan graciosas, Alicia! —barbotó—. No me sorprende que las hermanas beatas te echen miradas furiosas cada mañana durante las oraciones. Apuesto a que están esperando a que hagas algo reprobable para delatarte.
—¡Y yo apuesto a que no se saldrán con la suya! —repuso Alicia con expresión ceñuda—. ¡Si intentan jugarme alguna mala pasada, les pagaré con la misma moneda!
—¡Sí, hazlo, hazlo! —suplicó Darrell, que tenía debilidad por las bromas y las tretas.
No siempre se atrevía a ponerlas en práctica por sí misma, pero siempre estaba a punto de secundarlas, si se presentaba la ocasión.
Darrell no tardó en conocer todas las aulas del colegio. Sabía dónde estaba la sala de dibujo, con su clara luz del norte. Aún no había tenido ninguna clase en el laboratorio, que, a decir verdad, le imponía cierto respeto. Le encantaba el gimnasio, grande, con todo su aparato de columpios, cuerdas, caballos de salto y colchones. Destacaba mucho en gimnasia, al igual que Alicia, capaz de trepar como un mono y saltar como un caballo. En cambio, Mary-Lou temía arriesgarse, y naturalmente no hacía nada si no la obligaban.
Era divertido dormir en las torres y tener las clases en los otros recintos del gran edificio. Darrell sabía dónde residían las maestras. Se hospedaban en el edificio orientado al sur, excepto las que, como la señorita Potts y Mademoiselle, vivían con las chicas para vigilarlas. Darrell no comprendía cómo podía haberse sentido tan sola y desorientada a su llegada al colegio, ya que actualmente se encontraba como pez en el agua en su nuevo ambiente.
Una de las cosas que más le gustaban era la gran piscina situada junto al mar, construida en un roquedal y con un curioso fondo, rocoso y desigual. En los márgenes crecían abundantes algas y, a veces, el rocoso lecho de la piscina estaba un poco cenagoso y resbaladizo. Pero el mar invadía diariamente la gran piscina natural, y la realzaba con un bello oleaje. Era una delicia bañarse allí.
Era muy peligroso bañarse en la costa. Las corrientes eran tan fuertes que las alumnas tenían prohibido nadar en el mar abierto. Por el contrario, la piscina era segura. En un extremo alcanzaba mucha profundidad, lo cual permitía que hubiera un hermoso trampolín.
Mary-Lou y Gwendoline eran enemigas de la piscina, Mary-Lou porque le tenía miedo al agua y Gwendoline porque detestaba la primera impresión de la zambullida. Los ojos de Alicia centelleaban de satisfacción cuando veía a la trémula Gwendoline junto a la piscina. Fueron tantas las veces que la pobre chica recibió un inesperado empujón que la echó al agua, que no tardó en acostumbrarse a meterse precipitadamente cuando advertía la proximidad de Alicia o Betty.
La primera semana transcurrió con mucha lentitud. Había mucho que aprender, dada la abundancia de cosas nuevas y excitantes. Darrell saboreaba cada minuto y pronto se habituó al ambiente. Era activa y sociable por naturaleza, y las chicas no tardaron en aceptarla con simpatía.
En cambio rechazaron a la pobre Gwendoline. En cuanto a Sally Hope, tras intentar en vano sonsacarle y arrancarle algo de su familia y de su hogar, las chicas la dejaron vivir tranquila encerrada en sí misma, y ella no hizo ninguna tentativa de salir de su interior.
—¡Ya ha pasado una semana! —anunció Alicia, unos días más tarde—. La primera semana siempre se hace muy larga. Después, los días vuelan y nos encontramos a medio trimestre sin darnos cuenta, de cara a las vacaciones. Tú te has adaptado muy pronto, ¿verdad, Darrell?
—¡Desde luego! —asintió Darrell—. Me encanta este colegio. ¡Si cada trimestre es como éste, me daré por satisfecha!
—No cantes victoria todavía —advirtió Alicia—. Al principio, todo va bien, pero cuando hayas recibido un par de reprimendas de Mademoiselle, una dosis de medicina del ama, un castigo de Potty, un sermón de la señorita Remmington y una bronca de una de las mayores...
—¡Por favor, basta ya! —instó Darrell—. No sucederá nada de eso, Alicia. ¡No trates de asustarme!
Pero, naturalmente, Alicia tenía razón. ¡No todo iba a ser coser y cantar como se imaginaba Darrell!
CAPÍTULO VI
La pequeña broma de Alicia

Darrell tenía talento y sabía utilizarlo. Gracias a ello no le resultó difícil ponerse al corriente de las lecciones y sobresalir en algunas materias, como por ejemplo, en composición. No es, pues, de extrañar que la chica se sintiera satisfecha.
«Pensé que tendría que estudiar mucho más que en mi antiguo colegio —se decía—. ¡Pero no es así! Lo malo son las matemáticas. No las domino. ¡Quisiera parecerme a Irene en ese aspecto! Ella calcula de memoria lo que yo soy incapaz de calcular por escrito.»
Total que, tras las dos primeras semanas, Darrell aflojó un poco las riendas y no se preocupó tanto de sus estudios. Al igual que Alicia, empezó a tomarle gusto a divertir un poco a sus compañeras. Ni que decir tiene que Alicia estaba encantada de tener una colaboradora en sus travesuras.
Pero Betty Hill era mucho más atrevida que Alicia. En ocasiones, Darrell se maravillaba de su osadía.
Dos profesoras eran blanco de las bromas de Betty y Alicia: Mademoiselle Dupont y la apacible y bondadosa maestra que daba clases de costura y a veces ayudaba a las chicas a preparar sus lecciones por la noche. La señorita Davies nunca parecía percatarse de que Alicia y Betty le gastaban bromas. Mademoiselle sí se daba cuenta, pero, invariablemente, caía en la trampa.
—¿Te ha contado alguien que una vez Betty metió un ratón blanco en el escritorio de Mademoiselle? —preguntó Alicia en cierta ocasión—. El pobrecillo no podía salir y, desesperado, empujó el pequeño tintero y sacó el hocico por el agujero. Mademoiselle tuvo un susto considerable.
—¿Qué hizo? —inquirió Darrell, con gran interés.
—¡Salir del aula como si la persiguieran cien perros! —contestó Alicia—. Cuando se marchó, sacamos rápidamente el ratón del pupitre y Betty se lo escondió en el cuello. De modo que cuando Mademoiselle se decidió a volver y ordenó que una de nosotras abriera su pupitre y sacara el ratón, éste había desaparecido. ¡Mademoiselle creyó haber visto visiones!
—¡Cuánto me habría gustado presenciarlo! —suspiró Darrell—. Alicia, ¿por qué no haces algo gracioso de este estilo? Por ejemplo, en la clase de matemáticas, ¿no te parece? Creo que la señorita Potts se propone meterse con mis deberes de matemáticas, y eso distraería su atención.
—¿Qué estás diciendo? —repuso Alicia, despectivamente—. ¿Cómo quieres que gaste una broma como ésa en la clase de Potty? No seas boba. Potty se da cuenta de todo. ¡Es imposible engañarla!
—Pues entonces... hazlo en la clase de Mademoiselle —suplicó Darrell—. Me gusta Mademoiselle, pero aún no la he visto enfadada y me encantaría verla en ese estado. ¡Por favor, gástale una broma!
Alicia comprendió que, si se le ocurría algo, tendría una espectadora admirativa en Darrell. Y arrugó la frente en un esfuerzo por pensar.
Betty la apremió con estas palabras:
—¿No recuerdas alguna diablura de Sam, Roger o Dick del último trimestre?
Luego, volviéndose a Darrell, explicó:
—Los tres hermanos de Alicia van todos al mismo colegio y allí hay un maestro que se llama Toggles, tan bobalicón que los chicos pueden gastarle toda clase de bromas sin que se dé por aludido.
Darrell pensó que era una suerte tener unos hermanos como Roger, Sam y Dick. A ella también le hubiera gustado tener un hermano. Pero sólo tenía una hermana menor.
—El trimestre pasado, Roger hizo una cosa muy graciosa —profirió Alicia, de pronto—. Creo que podríamos ponerla en práctica. Pero tú y Betty tendréis que colaborar, Darrell.
—¡Con muchísimo gusto! —convino Darrell—. ¿De qué se trata?
—Verás, Roger se hizo un poco el sordo —explicó—. Y fingía no entender lo que le decía el viejo Toggles. Por ejemplo, si Toggles le ordenaba: «¡Johns, no te menees en la silla!», Roger contestaba: «¿Qué dice usted, señor? ¿Que dónde está Sevilla? ¡En España, señor, en España!».
Darrell se echó a reír.
—¡Oh, Alicia! ¡Qué divertido sería! Por favor, hazte la sorda. Nosotras te apoyaremos encantadas. Prueba a hacerlo en la clase de Mademoiselle.
Las alumnas de primer curso no tardaron en enterarse de que Alicia iba a tomar el pelo a Mademoiselle y acogieron la noticia alborozadas. La excitación producida por la vuelta al colegio se había disipado ya y las chicas se sentían inquietas y deseosas de nuevas emociones.
—De acuerdo —accedió Alicia—. Yo fingiré no entender lo que diga Mademoiselle. Entonces tú, Darrell, lo repetirás en voz muy alta, y luego Betty y el resto de la clase harán lo propio. ¿Entendido? Nos divertiremos de lo lindo.
A la mañana siguiente, Mademoiselle, absolutamente ajena a aquella premeditada maquinación, entró en la clase de primer grado con una radiante sonrisa. Era un hermoso día de verano. Había recibido dos cartas de su familia, con la noticia de que tenía otro sobrinito. Llevaba un broche nuevo y se había lavado el pelo la noche anterior. Estaba de excelente buen humor.
—¡Ah, mis queridas chicas! —exclamó, sonriendo a sus alumnas—. Hoy vamos a aprovechar bien la lección, n’est ce pas? ¡Vais a hacerlo mejor que las de segundo! ¡Hasta Gwendoline me recitará los verbos sin una sola equivocación!
Gwendoline adoptó una expresión dubitativa. Desde su ingreso en Torres de Malory la había decepcionado mucho su antigua institutriz. Al parecer, la señorita Winter no le había enseñado la mitad de las cosas que debía saber una chica de su edad. Por otra parte, pensó Gwendoline, su institutriz no había tenido inconveniente en admirar sus ojos azules y su rubia cabellera, ni en alabar la dulzura de su carácter y la gracia de todas sus acciones. Naturalmente, aquellas lisonjas halagaban la vanidad de Gwendoline. Sin embargo, un poco más de ilustración le hubiera resultado muy útil en Torres de Malory.
Hubiera dado cualquier cosa por saber mucho más francés. Mademoiselle había protestado de lo poco que sabía e incluso había sugerido lecciones extra de francés, con objeto de ponerla al nivel de las demás. Pero, hasta entonces, Gwendoline se las había ingeniado para eludir aquellas lecciones adicionales, y estaba dispuesta a seguir eludiéndolas. Ya era bastante suplicio soportar cinco clases de francés a la semana para encima añadir más.
Algo perpleja, la chica correspondió a la sonrisa de Mademoiselle, con la esperanza de que Alicia empezase pronto su comedia y desviase con ella la atención de la profesora. Una vez más, Mademoiselle las miró, sonriente, diciéndose que las chicas parecían ansiosas de aprender aquella mañana. ¡Cuánto las quería! ¡Les comunicaría la noticia del nacimiento de su nuevo sobrinito! ¡Sin duda, aquello las complacería!
Mademoiselle era incapaz de reprimir el deseo de hablar de su querida familia de Francia cuando recibía noticias de ella. Por lo regular, las chicas la incitaban a hacerlo, ya que, cuanto más oían hablar de la chère Josephine, y la mignonne Yvonne, y la méchant Louise, menos explicaciones tenían que aguantar sobre verbos y géneros. Así pues, acogieron encantadas la noticia del sobrinito.
—Il est appelé Jean, se llama Juan. Il est tout petit, oh, tout petit! —agregó Mademoiselle, separando levemente las manos para mostrar el tamaño de su nuevo sobrino Juan—. Veamos, ¿qué significa eso? Il-est-tout-petit. ¿Quién lo sabe?
Alicia permanecía sentada en actitud de tensa atención, inclinándose en lo posible sobre su pupitre, con una mano detrás de una oreja. Mademoiselle reparó en ella.
—¡Ah, Alicia! ¿No me has oído bien? Lo repetiré. Il-est-tout-petit. Repítelo, por favor.
—¿Cómo dice? —interrogó Alicia, cortésmente, poniéndose las dos manos tras las orejas.
Darrell apenas podía reprimir la risa, pero se esforzó en mantener la cara seria.
—¡Alicia! —exclamó Mademoiselle—. ¿Qué te pasa? ¿Estás sorda?
—No, no estoy tonta —replicó Alicia, con expresión ligeramente sorprendida.
Alguien ahogó una risa.
—Mademoiselle te ha preguntado si estás sorda —repitió Betty en voz alta.
—¿Gorda? —farfulló Alicia, más estupefacta que nunca.
—¿ESTÁS SORDA? —vociferó Darrell, interviniendo en el juego.
Y la clase al completo intervino, a su vez.
—¿ESTÁS SORDA?
—¡Chicas! —profirió Mademoiselle, descargando el puño sobre la mesa—. ¡No os paséis! ¿Quién os ha dado permiso para meter ese ruido en clase?
—Mademoiselle —alegó Darrell, hablando como si la profesora también estuviera sorda—. A lo mejor Alicia está sorda. Tal vez tiene dolor de oídos.
—Ah, la pauvre petite —exclamó Mademoiselle, que, por padecer a veces del oído, sentía profunda compasión por las personas que se hallaban en su caso.
Y gritó a Alicia:
—¿Tienes dolor de oído?
—¿Si quiero vino? —barbotó Alicia—. No, gracias, Mademoiselle. Hoy no me apetece el vino.
Eso fue demasiado para Irene. La chica soltó una de sus explosivas carcajadas que produjo un sobresalto a las compañeras sentadas delante.
—Tiens! —exclamó Mademoiselle, dando un respingo a su vez—. ¿Qué ha sido eso? ¡Eh, Irene! ¿Por qué has hecho ese ruido tan raro? No me ha gustado nada.
—A veces no puedo evitar los molestos estornudos, Mademoiselle —tartamudeó Irene, hundiendo la nariz en su pañuelo como si fuese a estornudar otra vez.
A la vez emitió una nueva serie de ruidos raros, en su intento de ahogar sus carcajadas.
—Alicia —masculló Mademoiselle, volviéndose a la traviesa chica, que enseguida se puso las manos tras las orejas y frunció el entrecejo como aquel que se esfuerza en oír mejor—. Alicia, no me hables de vino. Dime, ¿estás resfriada?
—No, no estoy mareada —replicó Alicia, con gran confusión de Mademoiselle—. Sólo un poco cansada.
—Mademoiselle ha dicho RESFRIADA, no MAREADA —explicó Darrell, a voz en grito.
—Sí, RESFRIADA, lo contrario de ACALORADA —intervino Betty, solícitamente—. ¿Estás RESFRIADA?
—¿ESTÁS RESFRIADA? —rugieron todas a una, como un disciplinado coro.
—¡Ah, resfriada! —profirió Alicia—. ¿Por qué no habláis claro? ¡Cualquiera os entiende! Sí, desde luego, he tenido un resfriado.
—¡Ah! —exclamó Mademoiselle—. ¡Y ha afectado a tus pobres oídos! ¿Cuánto tiempo hace que tuviste ese resfriado, Alicia?
Darrell repitió la pregunta a grito pelado, y Betty imitó su ejemplo.
—¡Ah! —barbotó Alicia—. ¿Cuándo lo tuve? Hace unos dos años.
Irene volvió a sepultar la nariz en su pañuelo blanco. Mademoiselle dijo algo, desconcertada:
—Es inútil pretender que la pobrecilla siga la clase de francés. Alicia, siéntate al sol, junto a la ventana, y lee la lección en tu libro de francés. No puedes oír ni una palabra de lo que decimos.
Alicia miró a Darrell con expresión interrogante, como si no hubiera entendido las palabras de la profesora. Darrell se las repitió cortésmente a grandes voces. Desgraciadamente, Betty no pudo repetirlas, vencida por el deseo de reír. Pero el resto de las chicas se complacieron en hacerlo, de común acuerdo.
—¡NO PUEDES OÍR NI UNA PALABRA DE LO QUE DECIMOS! —bramaron
a coro.
Súbitamente, se abrió la puerta y en su marco apareció la señorita Potts, visiblemente encolerizada. Estaba dando clase a las de segundo en el aula contigua y no se explicaba a qué obedecía el griterío ensordecedor de las alumnas de primero.
—Perdone que la interrumpa, Mademoiselle, pero, ¿es necesario que las chicas repitan la lección de francés en voz tan alta? —preguntó.
—Lo siento, señorita Potts, pero no lo hacen por mí, sino por la pobre Alicia —explicó Mademoiselle.
La señorita Potts se mostró sorprendida. Sus ojos se posaron en Alicia, que se sintió molesta y adoptó el aire más inocente que pudo. Pero la señorita Potts desconfiaba por experiencia de los aires inocentes de Betty y Alicia.
—¿Qué insinúa usted, Mademoiselle —espetó—, que Alicia se ha vuelto sorda de repente? Esta mañana estaba perfectamente.
—Pues ahora está completamente sorda —le aseguró Mademoiselle.
La señorita Potts miró a Alicia con expresión severa.
—A la hora del recreo ven a verme, Alicia —le ordenó—. Me gustaría charlar un rato contigo.
Nadie se atrevió a repetir esas palabras a Alicia, pero Mademoiselle se sintió obligada a hacerlo y vociferó a la chica:
—La señorita Potts dice que...
—No se moleste en repetir lo que he dicho, Mademoiselle —interrumpió la señorita Potts—. Alicia acudirá a la cita. Te espero a las once, Alicia. Y haz el favor de ponerte en pie cuando te hablo.
Alicia se levantó, con el rostro encendido. La señorita Potts salió del aula, dando un portazo.
—¡Ay, esa puerta! —gimió Mademoiselle, que detestaba a la gente que daba portazos—. ¡Me destroza los oídos! La señorita Potts es muy buena e inteligente, pero no tiene jaquecas como yo...
—Ni dolor de oído —intervino Darrell.
Pero nadie se rio. La aparición de la furiosa señorita Potts había hecho disminuir la hilaridad de la clase.
Alicia no insistió sobre su dolor de oídos. Tomó un libro y se sentó al sol, junto a la ventana, segura de que la señorita Potts no volvería a aparecer: ¡valía la pena sacar algún provecho de su comedia! Mademoiselle se desentendió por completo de ella, y se dedicó a la infructuosa búsqueda de alguna alumna de primer curso capaz de conjugar correctamente todo un verbo francés. Al percatarse de la inutilidad de sus esfuerzos, perdió el buen humor de que había hecho gala aquella mañana e hizo pasar un mal rato a la clase.
Por fin, cuando sonó la campana del recreo, salió del aula con paso majestuoso. Las chicas se agolparon alrededor de Alicia.
—¡Oh, Alicia! ¡Por poco me muero de risa con lo de «gorda»!... ¡Qué lástima que se presentara Potty!... ¿Crees que va a darte un rapapolvo, Alicia?
—¡Darrell estuvo a punto de echar la casa abajo con sus voces! —comentó Irene—. ¡Por poco reviento de tanto contener la risa!
—Tengo que ir a ver qué quiere Potty —suspiró Alicia—. ¡Lástima no haber recordado que daba clase a las de segundo en el aula contigua! ¡Hasta luego, chicas!
CAPÍTULO VII
Darrell pierde los estribos

Alicia se llevó una buena reprimenda, juntamente con la obligación de hacer una serie de deberes extra. Al salir de la clase de la señorita Potts, tropezó de manos a boca con Mademoiselle.
—¿Ya has ido a ver a la señorita Potts, Alicia? —inquirió Mademoiselle, pensando que tal vez Alicia no había oído la orden de la señorita Potts.
—Sí, gracias, Mademoiselle —respondió Alicia, alejándose.
Mademoiselle la siguió con la mirada. ¡Qué raro! Alicia había oído perfectamente su pregunta. ¿Era posible que un dolor de oídos se curase tan pronto? Mademoiselle permaneció inmóvil, con el entrecejo fruncido. En aquel momento, la señorita Potts salió de su clase y le dijo fríamente:
—Si Alicia vuelve a mostrar síntomas de sordera, mándemela enseguida. Tengo un sistema infalible para curarla en el acto.
Y, dicho esto, se alejó. Mademoiselle notó que se le aceleraba el ritmo de la respiración.
—¡Esa diableja de Alicia... me ha tomado el pelo! —dedujo—. ¡Qué modo de engañarme! ¡Nunca más le haré caso! ¿Habrase visto desvergüenza igual?
Darrell había gozado inmensamente de aquella absurda travesura. ¡Con qué gracia había actuado Alicia! Darrell la miró con admiración y Alicia se sintió halagada. Aquellas actitudes solían inducirla a maquinar nuevas diabluras. MaryLou también la miró como si fuese un genio. Todo ello impulsó a Alicia a tomar del brazo a Darrell y a cuchichearle:
—Pronto pensaremos otra cosa, tú, Betty y yo. ¡Seremos los tres audaces diablillos, o algo por el estilo!
—¡Oh, sí! —exclamó Darrell, emocionada ante la idea de formar una banda con Betty y Alicia—. ¡Hagámoslo! ¡A lo mejor a mí también se me ocurre algo!
Aun así, decidieron no llevar a cabo ninguna tentativa hasta que hubiera transcurrido algún tiempo. Tal vez podrían intentar algo con la señorita Linnie la siguiente vez.
Gwendoline estaba celosa de la amistad que Alicia y Betty, delegadas reconocidas del primer curso, habían trabado con Darrell. Al fin y al cabo, Darrell era tan novata como ella. Con la diferencia de que Gwendoline era mucho más bonita y estaba segura de tener modales más finos.
Todo ello la indujo a tomar a Sally Hope por confidente.
—No me gusta la presunción de Darrell Rivers, ¿y a ti? —dijo a Sally en cierta ocasión—. ¡Está convencida de que es maravillosa! ¡Mira que intimar con Alicia y Betty! ¡Pensar que yo no lo haría aunque me lo pidieran!
Sally no mostró mucho interés en tales comentarios, pero Gwendoline, sin darse por aludida, siguió criticando a Darrell.
—Se considera inteligentísima, una gran jugadora de tenis y una nadadora excelente. ¡Me dan ganas de demostrarle que yo valgo el doble que ella!
—Pues ¿por qué no lo haces? —murmuró Sally, aburrida de aquella conversación—. ¡Hasta ahora te has limitado a demostrar a todo el mundo que no vales ni la mitad!
Gwendoline se quedó de una pieza. ¿Cómo era posible que la pacífica Sally Hope le dijera semejante cosa?
—De acuerdo —profirió en tono grandilocuente, mirando a Sally como si quisiera fulminarla—. Te lo demostraré con mucho gusto, Sally. En realidad, nunca lo he intentado hasta ahora porque consideraba que no valía la pena. Yo no quería venir a Torres de Malory, ni mamá tampoco lo veía con buenos ojos, pero papá se empeñó. Aprendía muchísimo con mi institutriz, la señorita Winter, y ahora haría otro tanto si quisiera.
En aquel momento, se presentó Alicia y oyó parte de aquel curioso discurso.
—No sabes jugar al tenis —comentó, riéndose sonoramente—. No sabes nadar. Chillas con sólo meter un pie en el agua fría, y ni siquiera sabes la tabla de multiplicar, chiquilla. ¡Y encima te atreves a decir que no vale la pena mostrar tus conocimientos! ¡No sabes nada, ni nunca lo sabrás, mientras estés tan apegada a ti misma!
Sally se echó a reír también, con gran enojo de Gwendoline. ¡Con qué gusto las habría abofeteado a las dos! Pero la señorita Winter le había dicho muchas veces que una señorita nunca debía hacer uso de las manos. En cualquier caso, hubiera resultado decididamente peligroso abofetear a Alicia.
Gwendoline se alejó con la cabeza erguida.
—Querida Gwendoline Mary —gritó Alicia—. La mimada de mamá, la consentida de papá y la alumna predilecta de la señorita Winter. ¡Y aún no sabe sumar fracciones!
Aquella tarde las chicas se bañaron en la piscina con verdadero placer. Alicia nadó bajo el agua todo a lo ancho de la piscina y luego retrocedió. Todas la aplaudieron.
—¿Cómo te las arreglas para contener la respiración tanto tiempo? —preguntó Darrell—. ¡Daría cualquier cosa por poder imitarte! Cuando recobres el aliento, vuelve a hacerlo, ¿quieres?
—Esta vez se me ha metido agua en las orejas —dijo Alicia, sacudiendo la cabeza con fuerza—. ¡Las tengo completamente inundadas! Esperaré a que se despejen. Mientras tanto, daré unas cuantas zambullidas.
Alicia sobresalía tanto en el arte de chapuzarse como en el de nadar. Gwendoline, chapoteando en el extremo menos profundo de la piscina, sintió profunda envidia de su compañera. Estaba segura de que ella lo hubiera hecho mejor de haber logrado superar los desagradables comienzos. Detestaba la primera impresión del agua fría. No podía soportar ir bajo el agua. Balbuceaba y boqueaba si le entraba agua por la nariz y enseguida tenía la sensación de ahogarse.
Sólo había una persona más torpe que ella en aquel aspecto. Y aquella persona era la pobre Mary-Lou. Nadie se metía mucho con ella. Hubiera sido como importunar a un indefenso gatito azorado. Gwendoline la vio vacilar cerca de ella y, sabedora de que Mary-Lou aún le temía más a la piscina que ella, experimentó una sensación de poder.
Aquel sentimiento la impulsó a vadear la corriente en dirección a Mary-Lou y a derribarla bajo el agua. Mary-Lou ni siquiera tuvo tiempo de gritar. Abrió la boca y el agua se la inundó. La chiquilla luchó desesperadamente por desasirse. Pero Gwendoline, pese a notar sus esfuerzos, la mantuvo sumergida más tiempo del que se proponía, dando rienda suelta a su despecho. Y ya no soltó su presa hasta sentir una fuerte manotada en su hombro desnudo.
Gwendoline se volvió a mirar. Era Darrell, temblando de ira. Su indignación era tan grande que parecía a punto de estallar.
—¡Eh, desalmada! —vociferó Darrell—. ¡He visto cómo zambullías a la pobre Mary-Lou, a pesar de que sabes que le tiene un miedo inmenso al agua! ¡Por poco la ahogas!
Al mismo tiempo, tiró de Mary-Lou para sacarla a la superficie del agua y la sostuvo un rato, mientras la pobre chica, con la cara amoratada, boqueaba medio asfixiada, presa de una sensación de náuseas debido a la cantidad de agua salada que había tragado.
Las demás nadaron hacia el lugar donde se desarrollaba aquella excitada escena. Darrell, con la voz trémula de ira, se dirigió de nuevo a Gwendoline con estas palabras:
—¡Espera un momento y verás! ¡Te meteré debajo del agua, Gwendoline, a ver si te gusta la experiencia!
Mary-Lou permanecía asida a Darrell con todas sus fuerzas. Gwendoline, asustada por la ira de Darrell, decidió salir de la piscina antes de que su acusadora u otra cualquiera cumpliese la amenaza, por lo que vadeó la corriente en dirección a los peldaños de salida de la piscina.
Pero en el momento en que los ascendía, Darrell, que la había seguido a través del agua tras confiar a la tutela de Alicia a la llorosa Mary-Lou, la alcanzó.
—¡No voy a zambullirte, cobarde! —profirió—. ¡Pero voy a enseñarte lo que les sucede a las desalmadas como tú!
Casi de repente, se percibió el rumor de cuatro fuertes manotadas y el grito de dolor de Gwendoline. Darrell tenía la mano recia y dura y la había asestado con toda su alma sobre Gwendoline, mientras ésta se afanaba en salir del agua. Las manotadas resonaron como tiros de pistola.
—¡Eh, Darrell! —gritó Katherine, la encargada del dormitorio—. ¡Basta ya! ¿En qué estás pensando? ¡Deja en paz a Gwendoline!
Con mirada relampagueante, Darrell se volvió a Katherine para soltarle estas palabras:
—Alguien tiene que dar una lección a esa cobarde de Gwendoline, ¿no?
—Sí, pero no tú —repuso Katherine, fríamente—. Has cometido un error al darle esas manotadas. ¡Estoy avergonzada de ti!
—¡Y yo de ti! —estalló Darrell, ante el asombro general—. Si yo fuera encargada del primer curso, procuraría que las chicas como Gwendoline aprendieran a nadar y a zambullirse y dejasen en paz a las personas como Mary-Lou. ¿Comprendes?
Ninguna había visto nunca a Darrell de aquella manera. Todas la miraban, sorprendidas.
—Sal de la piscina —ordenó Katherine—. Vamos, date prisa. Afortunadamente, no te ha visto ninguna profesora.
Darrell obedeció, temblando todavía, y, dirigiéndose al lugar donde había dejado su albornoz, se lo echó por los hombros. Luego ascendió lentamente por el acantilado, con el corazón palpitante.
¡Detestable Gwendoline! ¡Antipática Katherine! ¡Odioso Torres de Malory!
Pero antes de alcanzar la cumbre del acantilado y llegar al pequeño portillo de acceso a los jardines de Torres de Malory, la cólera de Darrell ya se había disipado y había dado paso a una profunda consternación. ¿Cómo era posible que se hubiera comportado así? ¡Pensar que se había hecho el firme propósito de reprimirse y no permitir que saltase aquella chispa de cólera que solía dominarla en su infancia!
Mucho más apaciguada, Darrell volvió al colegio, se secó con una toalla y se vistió. Había sido reprendida públicamente por Katherine. Nadie la había apoyado, ni siquiera Alicia. Para colmo, había levantado la voz a la encargada de su curso. Había obrado tan mal con Gwendoline como ella con Mary-Lou, con la diferencia de que el móvil que había impulsado a Gwendoline a casi ahogar a Mary-Lou había sido la crueldad, y en cambio el que la había inducido a ella a golpear a Gwendoline no era crueldad, sino cólera. Sin embargo, la cólera constituía, en el fondo, una crueldad, de lo que se deducía que quizá ella era tan mala como Gwendoline.
Ahora sentía haber golpeado a Gwendoline. Eso era lo malo de tener el genio vivo, que se obraba con precipitación, sin reflexionar, y luego, una vez pasado el arrebato, se sentía una terrible vergüenza, y el ánimo no se sosegaba hasta obtener el perdón de la persona ofendida, aun cuando perdurara la antipatía hacia ella.
Darrell percibió unos sollozos en el vestuario. Se asomó a mirar y vio a Gwendoline que se estaba examinando sombríamente unas marcas rojas brillantes en los muslos, o sea, donde Darrell la había golpeado. Mientras sollozaba, Gwendoline se decía: «Escribiré a mamá contándole lo ocurrido. ¡Si viera estas marcas! ¡En ésta se ven todos los dedos de Darrell!». Darrell se acercó a ella, a sus espaldas, haciéndole sobresaltarse.
—Gwendoline, siento lo sucedido. Te lo digo sinceramente. Estaba tan enfadada que no pude contenerme.
Pero Gwendoline no era lo suficientemente generosa ni benevolente para aceptar aquella sencilla disculpa. En lugar de ello se irguió con arrogancia y, mirando a Darrell como si apestara, masculló desdeñosamente:
—¡Lo menos que puedes hacer es sentirlo! Escribiré a mi madre y se lo contaré todo. Probablemente, si ella hubiera sabido que las chicas de Torres de Malory se portaban como tú, jamás me habría mandado aquí.
CAPÍTULO VIII
Darrell y Gwendoline

Las chicas que permanecieron en la piscina comentaron lo sucedido con interés y sorpresa.
—¡Quién iba a decir que la apacible Darrell iba a saltar así!
—No tiene derecho a contradecir a Katherine. Eso fue una grosería por su parte.
—Katherine, ¿piensas dar parte de lo sucedido?
Entonces, Katherine se hallaba fuera de la piscina, con su sereno rostro encendido y alterado. ¡Pensar que había simpatizado tanto con Darrell y ahora, en un instante, había cambiado tanto su opinión respecto a ella! Alicia también estaba desconcertada. Mientras meneaba la cabeza de un lado a otro para expulsar el agua de las orejas, se preguntaba, asombrada:
—¿Quién iba a suponer que Darrell tenía ese genio?
Por fin, Katherine dijo con su habitual serenidad:
—En cuanto os vistáis, id todas a la sala común.
Las chicas se miraron, sorprendidas. ¡Una reunión de primer curso! Sin duda, debido al incidente entre Darrell y Gwendoline. Tras ascender presurosamente la cuesta del acantilado, irrumpieron en el vestuario charlando con animación. Ni Gwendoline ni Darrell estaban presentes allí.
Gwendoline había subido a su dormitorio en busca de un poco de pomada para sus piernas lastimadas. La cosa no era para tanto, desde luego, pero la chica abrigaba el propósito de exagerar al máximo. Siempre había sentido celos de Darrell, y se alegraba inmensamente de tener algo contra ella. ¡Estaba segura de que, a pesar de sus disculpas, Darrell no sentía el menor arrepentimiento por lo que había hecho!
El resto de las alumnas de primer curso alojadas en la Torre Norte se reunieron en la sala común; eran ocho. Katherine se sentó sobre un pupitre y, dando una mirada a sus compañeras, declaró:
—Estoy segura de que todas convendréis conmigo en que, pese a nuestra simpatía por Darrell, no podemos pasar por alto su conducta de hoy.
—¡Por favor, Katherine, no la riñas! —suplicó Mary-Lou, con su tenue vocecilla—. Me salvó de morir ahogada, ¿te das cuenta?
—Eso no es cierto —replicó Katherine—. Gwendoline no es tan necia como para ahogar a nadie. Me figuro que simplemente estaba resentida porque le echamos en cara que no se esforzaba en nadar como es debido.
Mary-Lou tenía el firme convencimiento de que Darrell era una heroína. Había pasado tan mal rato bajo el agua y pensado tan en serio que iba a ahogarse, que la intervención de la fuerte y airada Darrell le había parecido un milagro. ¿Cómo era posible que Katherine la juzgase tan severamente? Mary-Lou no se atrevió a decir nada más, pero permaneció sentada con expresión ansiosa y preocupada, intentando hacer acopio de valor para defender a Darrell con valentía y sin temor. Pero, a pesar de sus esfuerzos, no logró su propósito.
—Opino —intervino Irene— que Darrell debería disculparse ante Katherine por haberle faltado al respeto. Y si se niega, le haremos el vacío. No le dirigiremos la palabra en una semana. Confieso que me ha sorprendido su manera de actuar.
—Y yo opino que, además, debe pedir disculpas a Gwendoline —murmuró Katherine—. ¡Oí sus manotadas desde el otro extremo de la piscina! Eso es mucho más importante que sus posibles disculpas a mí.
—¡Pero mucho más desagradable! —comentó Alicia—. ¡Qué mal rato pasaría yo si tuviera que pedir perdón por algo a nuestra querida Gwendoline Mary!
—¿Y no piensas reprender también a Gwendoline? —inquirió Jean.
—Sí —asintió Katherine—. Naturalmente. Vamos a ver, ¿dónde está Darrell? ¡Oh, Dios! Supongo que no la armará cuando le diga que debe disculparse con Gwendoline. Si todavía está enfurecida, será difícil hacerla entrar en razón. No quiero dar parte, ni hacerle el vacío. Pero nunca imaginé que fuera tan irascible.
En el momento en que Katherine pronunciaba estas últimas palabras se abrió la puerta dando paso a Darrell. La recién llegada pareció sorprenderse al ver a sus compañeras sentadas en la sala, serias y silenciosas. Katherine abrió la boca para hablarle, asombrada de su aire sosegado. Pero antes de que pudiera articular una palabra, fue atajada por la propia Darrell, que, dirigiéndose a ella, farfulló:
—Katherine, siento muchísimo haberte hablado en aquel tono. No comprendo cómo pude hacer semejante cosa. Sin duda fue debido a mi arranque de genio.
Katherine se quedó completamente desarmada. En vez de mostrarse ofendida, esbozó una sonrisa y dijo torpemente:
—Ya noté que estabas irritada, pero, Darrell...
—Tengo ese horrible defecto —prosiguió Darrell, frotándose la nariz como siempre que se sentía avergonzada de sí misma—. El genio. Siempre lo tuve. Lo he heredado de papá, con la diferencia de que él se lo reprime cuando es necesario... Quiero decir, que sólo se deja llevar por él cuando hay un motivo realmente importante para ello. En cambio, yo no sé contenérmelo. Pierdo los estribos por cualquier tontería. ¡Soy una calamidad, Katherine! Pero puedes creer que, cuando vine a Torres de Malory, me hice el firme propósito de dominarme.
Las chicas, que al principio de su entrada en la sala la habían acogido fríamente, la miraron con afectuosa simpatía. He ahí una persona que tenía un defecto, y sabía reconocerlo y lamentarlo, sin intentar disculparse por él. ¿Cómo no sentir afecto por un ser capaz de aquello?
—Bien —suspiró Katherine—, el caso es que esta tarde perdiste los estribos. Opino que Gwendoline lo tuvo todo bien merecido, Darrell, pero tú no deberías haberte tomado la justicia por tu mano. Yo soy la que debo reprenderla, o Pamela, o incluso la señorita Potts. Tú no. ¡Imagínate qué pasaría en el colegio si todas perdiésemos los estribos y empezásemos a repartir tortas cuando nos viniera en gana!
—Me hago cargo —convino Darrell—. Yo también me he hecho esta reflexión. Estoy mucho más avergonzada de mí misma, Katherine, que lo que tú puedas estarlo de mí. Daría cualquier cosa porque lo creyeses.
—Lo creo —asintió Katherine—. Pero temo, Darrell, que tendrás que hacer algo muy desagradable, algo que va a costarte mucho, antes de dar por terminado este asunto.
—¿De qué se trata? —inquirió Darrell con expresión realmente alarmada.
—Tendrás que pedir disculpas a Gwendoline —balbuceó Katherine, temiendo una reacción violenta por parte de su interlocutora.
—¿Pedir disculpas a Gwendoline? ¡Pero si ya lo he hecho! —exclamó Darrell, aliviada—. Pensé que ibas a pedirme algo fuera de lo normal. Ya te he dicho antes que enseguida me arrepiento cuando pierdo los estribos. Y entonces comprendo que debo ir a ped
