UNO
Cuando era pequeña y la gente me preguntaba qué quería ser de mayor, les respondía toda clase de locuras. A una profesora le dije que quería ser una vaga para poder pasarme los días acurrucada bajo las mantas en el salón. A la madre de mi mejor amiga Emily le dije que quería ser probadora de galletas, porque eso es lo que quería ser Emily. Y a mi padre le dije que quería ser un cuchillo para poder cortar mis bocadillos de queso en dos triángulos perfectos, en lugar de los cuatro cuadrados sosos que me hacía él. Evidentemente, esta respuesta hizo que levantara las cejas y me explicara que las chicas son entes vivos que se pueden cortar; y que un cuchillo es la pieza de acero afilada que hace el corte. Pero ahora que he descubierto que la mayor parte de mi infancia fue una mentira, empiezo a pensar que mi yo del pasado no iba muy desencaminada con la respuesta del cuchillo. Nunca había estado más cerca de ser un cuchillo o de que alguno me apuñale que en las últimas semanas en la Academia Absconditi.
Cierro la puerta de la enfermería al salir y recorro un pasillo vacío iluminado con antorchas. Me bajo las mangas para tapar las vendas del antebrazo, donde la enfermera me ha untado una especie de cataplasma con un olor fuerte a agujas de pino y arcilla. No dejaba de repetir la suerte que he tenido de sobrevivir a una caída de un árbol del patio sin romperme ningún hueso. No paraba de chascar la lengua y decir: «Los jóvenes no valoráis nada». Dudo que hubiera hecho referencia a mi suerte si supiera que me tiraron del árbol porque la familia de los Leones quiere matarme.
Al volver la esquina hacia otro pasillo silencioso, me doy cuenta de que las antorchas se han apagado y que lo que queda del corredor está casi completamente a oscuras. Me acerco lentamente hasta una de las antorchas y observo con recelo las ascuas reminiscentes. ¿No deberían haberlas cambiado? ¿Y dónde están los guardias de la academia? Siempre hay uno apostado en cada pasillo. Frunzo el ceño y me pregunto si debería volver a la enfermería, cuando oigo un leve gorgoteo.
Me inclino hacia delante, reacia a adentrarme en el oscuro pasillo, como si las sombras fueran a morderme. Durante un segundo, no se oye más que el silencio y no estoy segura de si el sonido ha sido producto de mi imaginación. Entonces, el silencio se rompe con una tos ahogada y se me dispara la adrenalina.
—¡November! —se oye una voz estrangulada y se me cae el alma a los pies.
Reconozco esa voz.
—¿Ash? —grito y todo atisbo de duda desaparece.
Corro a toda velocidad entre la oscuridad.
Las botan resuenan rítmicamente contra la piedra y se me acelera la respiración a cada paso. Corro siguiendo la pared con la mano para no perder el equilibrio y busco la voz angustiada de Ash.
Delante de mí, a la izquierda, puedo ver un rayo de luz, un haz plateado que se desliza bajo una puerta cerrada. Y el sonido ahogado se vuelve más intenso a medida que me acerco. Agarro el pestillo de la puerta en la oscuridad y echo todo mi peso contra la pesada madera. Las bisagras chirrían al abrirse y me abalanzo hacia el interior de la habitación, pero me detengo tan rápido que casi pierdo el equilibrio.
No paro de jadear mientras intento controlar mi pulso desbocado. La estancia es enorme, con muros de piedra y un alto techo abovedado. Extrañamente no hay muebles, excepto en el fondo, donde hay una plataforma y un sillón fastuoso que parece un trono. Los muros están decorados con retratos caros y tapices ornamentales. Pero lo que me ha detenido a medio camino no ha sido la arquitectura o la decoración, sino los cadáveres.
Recorro el suelo con la mirada y me tapo la boca con la mano para evitar echarme a llorar. La mayoría son personas que nunca he visto, un mar de caras desconocidas, con el gesto retorcido por el dolor de sus últimos momentos. Pero luego encuentro a Ash al fondo de la habitación, arañándose la garganta y echando espuma por la boca. A sus pies está Layla y, a su lado, están Inés, Aarya y Matteo. Todos están tumbados, inmóviles, con las espaldas arqueadas y la garganta cubierta de arañazos sanguinolentos. Y delante de todos ellos, de pie y dándome la espalda, hay un hombre alto con el pelo plateado. Empieza a reírse a carcajadas.
—No, no, no... —balbuceo en un murmullo, con el pulso retumbándome en las sienes, mientras me abro paso entre los cadáveres a trompicones, presa del pánico.
La delicada mano de Layla sigue aferrada a su garganta como si luchara por respirar, pero tiene los ojos cerrados y está quieta. Se me escapa un gemido y tropiezo con el brazo de alguien, por lo que caigo al frío suelo de piedra. Me incorporo de inmediato. Los ojos desesperados de Ash se encuentran con los míos y vuelve a atragantarse al intentar llamarme.
El hombre del pelo plateado baja la mirada hacia Ash mientras se ahoga.
—¿Qué les has hecho? —grito, mientras las palabras intentan sortear el nudo que tengo en la garganta.
El hombre se arrodilla junto a Ash con un pequeño frasco azul en la mano. «Veneno», pienso, y le grito que se detenga, pero no me salen las palabras, solo un sollozo.
—Querrás decir qué hemos hecho, November —me corrige el anciano sin darse la vuelta. Su voz es como el ronroneo de un gato enorme.
Sujeta el frasco junto a la boca de Ash, pero Ash no lo mira a él, sino que observa mi mano, horrorizado. Sigo la dirección de sus ojos y descubro en mi palma un frasco azul idéntico.
El anciano vacía el líquido del frasco en la boca de Ash y chillo.
—¿November?
Me incorporo de golpe, extiendo los brazos para equilibrarme y me agarro a un cojín de terciopelo gris. El eco de un grito escapa de mis labios, tenue e inseguro.
Ash me sujeta los hombros para estabilizarme.
—Yo no... —digo antes de guardar silencio, desorientada y en tensión, con el corazón desbocado como si corriera por la habitación.
—Mira a tu alrededor, November. Respira —dice Ash calmado. Me aferro a su voz.
Echo un vistazo rápido a lo que me rodea y observo la chimenea encendida, una mesa junto a la ventana, cortinas opacas de color bermellón y Ash, vivo y sentado a mi lado en el sofá de la sala común que comparto con Layla. Todo parece normal, pero el miedo sigue en mi interior. Y aunque no sé cómo, lo único que sé, de lo único que estoy segura, es que lo que sea que pasara en ese sueño fue culpa mía.
—Tú estabas... —empiezo a decir con un tono de voz agitado y tembloroso—. Y era mi... —Pero decido pasarlo por alto, ya que no soy capaz de encontrar las palabras para describir la pesadilla que acabo de presenciar. Parecía real, muy real.
Ash me mira con empatía, como si supiera de buena mano lo que he soñado. Respiro hondo y relajo los hombros. «Ha sido una pesadilla. Solo una pesadilla. Nadie ha muerto», me digo a mí misma, pero siento la ansiedad como un sabor amargo.
—No recuerdo haberme quedado dormida —digo, me restriego la cara y me doy cuenta de que estoy sudando.
Ash me examina y me suelta los hombros, pero se queda a mi lado. Tiene el pelo negro liso acomodado a la perfección junto a las sienes y sus ojos me miran insistentes bajo sus largas pestañas. Aunque él también recibió una buena cantidad de cortes y moratones cuando le atacaron ayer, parece más sereno y elegante que yo en mis mejores días. Cuanto más lo miro, más culpable me siento. Quizá el sueño no fuera real, pero lo que sí es real es que Ash y yo seguimos con vida de milagro y que todo fue culpa mía.
—No quería despertarte. Si no, te habría llevado a la cama —dice, pero no me pregunta sobre mi pesadilla.
Por alguna extraña razón, me da la sensación de que no quiere inmiscuirse. Ya entiendo por qué Estrategia custodia los secretos de las familias, pero aún no me acostumbro a que también custodien sus propios sentimientos. Si mi mejor amiga Emily me viera despertarme aterrorizada como acabo de hacer, no solo habría insistido en que se lo contara con pelos y señales, sino que habríamos analizado el sueño hasta que el significado no fuera más que la predicción de un día con el pelo revuelto.
Echo un vistazo a la puerta del dormitorio de Layla.
—Se fue a dormir hace una hora —responde Ash a la pregunta que no le he hecho.
Vuelvo a mirarlo para comprender su gesto preocupado.
—Pero tú te has quedado —digo con cierto alivio porque lo haya hecho. A pesar de nuestro escabroso comienzo cuando llegué a la Academia Absconditi y todas las sospechas que se interpusieron entre nosotros, ahora confío plenamente en Ash.
—Estaba absorto en mis pensamientos —responde con una leve sonrisa y, aunque estoy segura de que dice la verdad, también estoy convencida de que no es la única razón por la que se ha quedado a mi lado en el sofá toda la noche. Si fuera otro chico y no acabara de tener la pesadilla más grotesca de mi vida, le haría una broma sobre lo mucho que quiere estar junto a mí. Pero conociendo a Ash, habrá sido por un motivo menos romántico, como el de intentar asegurarse de que nadie me apuñale mientras duermo.
—¿Absorto con qué? —pregunto.
—Solo pensaba en que no podemos estar seguros de quién conoce a tu padre —contesta Ash y vuelve a dirigir la conversación hacia el conflicto familiar, con lo que el poco consuelo que estaba empezando a sentir se esfuma. Debería estar ya acostumbrada, ya que el consuelo no es el estandarte de la academia. A esta escuela le importa más la supervivencia que los estudios y pone más énfasis en alianzas estratégicas que en amistades. Todo ello lo aprendí a las malas cuando descubrí que la familia más poderosa de toda Estrategia quería vengarse de mi padre. Y resulta que varios estudiantes, e incluso un profesor que resultó ser el hermano de mi padre, estaban dispuestos a matarme solo para mostrar su lealtad a esa familia.
—Es evidente que el doctor Conner sabía algo —continúa Ash—, pero ¿y el resto de los Leones en general? Creo que debemos dar por hecho que están persiguiendo a tu familia por una razón en concreto. Tenemos que averiguar cuál es si queremos encontrar a tu padre.
Una simple mención a los Leones y mi mente recuerda los cadáveres sangrientos que aparecían en mi pesadilla. Miro hacia otro lado durante un momento, sobrepasada de nuevo por la culpa de haber involucrado a Ash en todo este asunto. Me froto los ojos con el dorso de la mano.
—¿Quieres decir que los Leones nos persiguen a mi padre y a mí por una razón distinta al desafío de mis padres a lo Romeo y Julieta?
—Exacto —afirma—. Reflexiona. Tu madre era miembro de los Osos y tu padre era un León. Hace veinticinco años se enamoraron y decidieron abandonar sus respectivas familias, renunciar a su posición de poder y esconderse. —Hace una pausa y me mira con amabilidad—. ¿Y los Leones mataron a tu madre cuando tenías...?
—Seis años —respondo y me reacomodo en el sofá.
—O sea, hace once años —continúa Ash—. Y entre ese intervalo de tiempo y el mes pasado, cuando mataron a tu tía y tu padre te mandó aquí, ¿notaste alguna amenaza de los Leones?
Me froto la frente mientras repaso los recuerdos de mi infancia, en busca de algún momento en el que mi padre pareciera estresado o malhumorado, cualquier cosa que indique que los Leones venían a por nosotros. Niego con la cabeza.
—La verdad es que no. Mi padre nos habría obligado a mudarnos si hubiera sido el caso. A ver, pasamos por una mala racha cuando murió mi madre, claro, pero aparte de eso, éramos felices y nuestra vida era simple. —Mi voz se quiebra cuando me doy cuenta de que la felicidad es cosa del pasado.
Ash asiente, como si hubiera confirmado su teoría.
—¿Ves? Los acontecimientos están separados en el tiempo. La desaparición inicial de tus padres, la muerte de tu madre y el asesinato reciente de tu tía —explica.
Lo observo durante un momento, insegura.
—¿Qué quieres decir? ¿Que no crees que los Leones nos hayan estado persiguiendo todo este tiempo?
—No digo que no sea posible, pero habrían necesitado disponer de recursos durante veinticinco años seguidos. Lo más probable es que cada ataque lo instigara otro acontecimiento, algo que les proporcionara a los Leones información sobre los movimientos de tu familia. Corrígeme si me equivoco, pero por lo que he percibido en otras conversaciones, has vivido en el mismo pueblo toda tu vida, un lugar recóndito, donde no te escondías, sino que estabas integrada en la comunidad. —Espera a que lo contradiga, pero como no lo hago, continúa—: Por lo tanto, entiendo que no estabais bajo asedio, sino que estabais a salvo.
Me muerdo la uña del pulgar mientras estudio su teoría y busco algún punto débil, pero no lo encuentro.
—De acuerdo, supongamos que tienes razón —respondo—. Entonces, ¿cómo encontraron a mi tía Jo? ¿Qué cambió?
—Ahí es donde quiero llegar. Algo cambió —dice Ash—. Y supongo que la razón está relacionada con lo que sea que tu padre esté haciendo en este momento.
Dejo escapar el aire ruidosamente y mi mente vuelve a sentir miedo por mi padre. «Al menos —me digo a mí misma—, el doctor Conner está fuera de juego y soy libre de abandonar la academia». Pero en cuanto pienso en ello, me entran ganas de vomitar. El doctor Conner no está fuera de juego, está muerto, y yo he sido la causante de su muerte.
Ash casi parece arrepentirse con la mirada.
—Sé que has pasado una mala racha, pero tengo que insistir en lo importante que es que mañana vaya todo como la seda. Aún no estamos a salvo.
El estómago me da un vuelco al oír ese plural. Ash se ofreció a acompañarme hasta encontrar a mi padre. Una oferta que puede acabar con su vida.
—Nadie puede saber que nos vamos —prosigue en un tono calmado—. Tendrás que ir a clase con Layla como siempre, comer en el comedor y estudiar en la biblioteca como un día normal y corriente.
Mi mirada se cruza con la suya y cuestiono ese comentario que da a entender que este lugar tiene algo de normal.
—¿Que he pasado una mala racha? Eso sí que es quedarse corto —digo restándole importancia a lo descolocada que me siento—. Me resulta inconcebible que hace apenas un mes no tuviera ni idea de que esta escuela estrambótica existiera o que Estrategia fuera algo real. —Gesticulo abarcando la sala común—. Y a pesar de esquivar la muerte media docena de veces y que me acusaran de asesinato, los problemas no han hecho más que empezar, porque ahora mismo mi padre está en busca y captura por parte de una sociedad secreta de asesinos tan eficiente que ha alterado el curso de la historia durante miles de años.
Miro a Ash para que entienda la magnitud de lo que siento, ya que hasta mi descanso está interrumpido por pesadillas indescriptibles.
—No te diré que las cosas vayan a ser fáciles —dice y suelto un gruñido—. De hecho, están a punto de complicarse aún más.
—Qué bien se te da consolar.
En la cara de Ash aparece una sonrisa pícara.
—Te consolaré cuando esté convencido de que no vamos a morir.
A mi pesar, me echo a reír.
—Eso es literalmente lo peor que podrías... ¿No le has dicho nunca a alguien que va bien vestido, aunque no sea así? Las mentiras piadosas salvan corazones.
—Tú vas bien vestida —contesta con una mirada pícara.
Bajo la vista para contemplar mi arrugado uniforme, que consta de una blusa blanca, leggins negros y botas de cordones negras.
—¿A que sí? —digo—. Seguro que ganaría un concurso de disfraces de piratas con esta ropa.
La boca de Ash se curva en una sonrisa, pero su expresión delata algo más que diversión. Me observa como si fuera la persona más insólita e interesante que ha conocido.
—Además, ¿desde cuándo te preocupa tanto el peligro? ¿No eras tú el que siempre le restaba importancia a todo? Estás faltando a tus obligaciones —le amonesto mientras me sonrojo ligeramente bajo su mirada de admiración.
—Me preocupa el peligro si albergo ciertos sentimientos por la persona involucrada —contesta, y su respuesta me pilla desprevenida.
Nos quedamos en silencio durante un momento, ambos sentados a apenas unos centímetros el uno del otro, el aire tenso y cálido ante la luz de la chimenea. Busco una buena réplica, pero la sinceridad de Ash siempre es impredecible.
—Brendan —suelta Ash cuando no respondo, y me saca del ensimismamiento.
—¿Qué? —contesto mientras trato de seguir el hilo de sus pensamientos.
—Ten cuidado con Brendan mañana —dice en voz baja y sensata—. Ahora que Nyx está fuera de juego y Charles y el doctor Conner han muerto, no estoy seguro de cuál será el siguiente paso de los Leones, pero Brendan es el último recurso que les queda aquí. No nos conviene que ejecute sus obligaciones si sospecha nuestra intención de marcharnos.
Suspiro y mi mente navega entre los incidentes acontecidos la semana pasada: Charles murió después de intentar matarme, Nyx está desterrada en las mazmorras por intentar ensartarme con la espada. Y ahora Ash me dice que es posible que Brendan vuelva a actuar.
—¿No hay una regla universal que diga que es de mala educación atacar a la gente cuando te acaban de dar una paliza?
Ash se apoya en los cojines.
—No si formas parte de Estrategia. De hecho, eso solo te convierte en un objetivo más interesante.
Su respuesta me recuerda a una versión retorcida de un antiguo dicho: «El que la sigue la consigue». Cojo un cojín de terciopelo gris y lo abrazo contra mi pecho. Al mirar a Ash, vuelven a mi mente las imágenes de mi pesadilla. Frunzo el ceño. Sobrevivió al veneno de Conner a duras penas. ¿Qué pasará la próxima vez? ¿Cómo voy a vivir conmigo misma si Ash resulta herido o muere? Cuando Ash se ofreció a dejarlo todo para ayudarme a encontrar a mi padre, me pareció algo encomiable e incluso romántico, pero ahora me causa un nudo en el estómago.
Miro fijamente las llamas a medida que se extinguen en la chimenea.
—Ahí lo tienes: yo soy el objetivo. Pero tú no tienes por qué serlo.
—¿Qué quieres decir? —pregunta Ash con incertidumbre.
Espera un momento a que responda, pero estoy demasiado perdida en mis preocupaciones enrevesadas. Me mira de arriba abajo.
—Te alejas de mí, November, lo que significa que intentas protegerte. Y te estás frotando la palma con el pulgar, un gesto para calmarte —dice—. Podría seguir leyendo tu lenguaje corporal, pero sería más sencillo si hablaras conmigo.
Dejo de mirar el fuego danzante para observar la puerta del dormitorio de Layla, que está junto a la sala común. En un despliegue de generosidad, se ha retirado antes para darme la oportunidad de hablar con Ash, su hermano gemelo.
—La verdad es que te agradezco infinitamente que quieras venir conmigo para encontrar a mi padre. Pero piensa en el coste, Ash. En primer lugar, estarías abandonando a Layla. Si algo le pasa a tu hermana mientras estás fuera, nunca te lo perdonarías. Ni a mí tampoco. Y Layla haría lo mismo si algo te pasara a ti.
—Entonces será mejor que volvamos los dos sanos y salvos —me dice mirándome con curiosidad.
—En segundo lugar —continúo sin prestar atención a la impertinencia de Ash—, ¿qué dirá tu familia? —Teniendo en cuenta el poder que tienen Brendan y los Leones, no quiero ni pensar en las consecuencias que le acarreará a la familia de Ash si decide ir en su contra—. ¿No te expondrás a una situación vulnerable?
Ash sonríe, pero en sus ojos veo que también está preocupado por este tema.
—Nada de eso sucederá si lo conseguimos.
—Hablo en serio —insisto—. Acabas de decirme lo peligroso que es todo esto y que podríamos morir. No tenemos ni idea de lo que nos espera fuera. No sabemos si Estrategia sabe que existo...
—Sospecho que sabes más sobre ti de lo que crees —dice en voz baja.
Lo miro con la esperanza de que esté bromeando.
—Algunos de los estudiantes que hay aquí, por ejemplo, Matteo, te reconocieron en el momento en que pusiste un pie en la escuela. Tenemos que estar preparados en caso de que otros hagan lo mismo —afirma y da respuesta a mi miedo tácito—. Además, está el hecho de que Aarya le ha contado a todo el colegio quiénes son tus padres y, aunque la comunicación con el exterior está controlada y va con retraso, es posible que salga antes de que encontremos a tu padre. Por no mencionar que las sospechas aumentarán en cuanto tú y yo desaparezcamos mañana. La gente podría pensar que Blackwood nos ha dado permiso para ver a nuestras familias después de lo que ha pasado, pero es igualmente probable que sospechen que nuestra marcha se deba al deseo de vengar tu asesinato frustrado a manos de los Leones. Por lo tanto, como he dicho antes, no podemos permitir que nadie sepa nada hasta que sea totalmente necesario.
—¿Ves? —digo con énfasis—. Ayudarme te pasará factura.
—Ya te he ayudado —responde.
—Aquí dentro, sí. Pero estamos aislados y más protegidos. Cuando salgamos, serás un miembro de la familia Lobo que intenta boicotear a los Leones. Has trabajado toda la vida para demostrar que eres un líder. Esta misión imposible en la que quieres embarcarte podría acabar con eso en un segundo —contesto.
Ash suspira como si no hubiera entendido la situación.
—Y si te dejo moverte por un mundo que no conoces y plantarle cara sola a la familia de Estrategia más poderosa de todas, puedo dar por terminado mi futuro liderazgo, porque siempre sabré que no estuve ahí cuando más importaba.
Lo observo con una mirada llena de horror por todo lo que podría pasarle y, a la vez, desesperada por tenerlo junto a mí.
—Si vienes conmigo, puede que no vivas para graduarte en la academia y mucho menos para ser líder.
—Y también es posible que nunca aprenda a hablar francés sin que se note mi acento. Al final tienes que aceptar las cosas como son —sentencia Ash y la sonrisa vuelve a su rostro.
—Ash...
—November —me interrumpe y me coge de la mano; la calidez de sus dedos me pone la piel de gallina—. He sopesado el peligro. Sé muy bien el riesgo al que nos enfrentamos. Pero mi decisión es inamovible. Me voy contigo.
DOS
La luz del amanecer se cuela entre los resquicios de las cortinas opacas; estoy tumbada y despierta en mi cama con dosel mientras observo cómo la habitación se centra poco a poco. Hubo un tiempo, no hace tanto, que la oscuridad de esta escuela y la falta de electricidad me ponía de los nervios. Me sentía muy aislada en este castillo en medio del bosque, tan lejos de todo lo que conocía y amaba. Ahora me doy cuenta de que no sé cuándo cambió esa percepción, cuándo cambié yo, pero ya no me siento atrapada. Ya no me siento tan fuera de lugar como antes.
Abro las cortinas y dejo entrar la luz neblinosa. La habitación está especialmente fría y los calcetines no mantienen a raya el helado suelo de piedra. Me dirijo a mi tocador antiguo, que tiene un recipiente con agua y una toalla limpia. Me echo agua en la cara y me observo en el espejo. La sombra bajo el ojo del golpe recibido hace unas semanas apenas se nota y los cortes en los brazos y en las piernas que me hice al caer del árbol del que me tiró Felix están amoratados, pero empiezan a sanar. El moratón de la mandíbula está más oscuro que ayer y me duele todo, pero nada me preocupa tanto como encontrar a mi padre.
Miro hacia los árboles del exterior; empiezan a verse los primeros copos de nieve, que flotan y se arremolinan entre las ramas.
—Nieve —suspiro.
De inmediato siento nostalgia por Pembrook y Emily y nuestras bromas invernales. Y entonces recuerdo qué día es.
—Es 20 de diciembre —digo, y siento una opresión en el pecho.
—¡20 de dicieeembreee! —gritamos Emily y yo desde las ventanas de atrás de la camioneta de mi padre.
Hay unos quince centímetros de nieve en el suelo, los árboles centellean y la plaza del pueblo parece el escenario idílico de una postal navideña de Nueva Inglaterra.
—¿Qué decís? ¿Montamos en trineo? —pregunta mi padre desde el asiento delantero.
—Bueno... —Emily me mira de forma maliciosa—. Pensábamos en ir al lago Eastbury a patinar sobre hielo, si no te importa conducir tanto.
—Desayuno, patinar sobre hielo, chocolate caliente, trineos —enumero yo, secundando el entusiasmo de Emily—. Luego pedimos una pizza familiar, o mejor dos, y nos damos una vuelta para ver las decoraciones de Navidad de los barrios ricos.
Mi padre aparca la furgoneta delante del restaurante de Lucille y apaga el motor.
—Este es tu día, Nova. Pedid lo que queráis, soy todo vuestro.
Unos meses después de la muerte de mi madre, durante el invierno que siguió a mi sexto cumpleaños, mi padre creó el Día 20 de diciembre de Celebración del Invierno, una festividad inventada que no tenía ninguna vinculación ni nos recordaba nuestra pérdida. Emily ha participado todos los años. Y aunque sigue siendo divertido si el día 20 cae en fin de semana, es mil veces mejor cuando cae en día escolar y nuestros padres nos dejan hacer pellas.
Emily y yo nos bajamos de la furgoneta. La nieve recién caída cruje bajo nuestras botas y sonreímos con ese entusiasmo particular de quien sabe que está haciendo algo genial mientras los demás están en clase de matemáticas.
Escucho un golpe en la puerta del dormitorio y me seco la cara con la toalla.
—Pasa.
Pippa, la joven muchacha que se encarga de nuestras habitaciones entra con ropa recién planchada sobre el brazo.
—Buenos días —saluda, aunque suena más a pregunta que a afirmación. Coloca los leggins negros y la camisa blanca sobre el arcón que hay en el extremo de mi cama.
—Gracias —le digo, mientras trato de insuflar vida a mis palabras, pero mi tono de voz suena más bien incómodo.
La mirada de Pippa se desliza hasta mis brazos vendados que asoman bajo las mangas arremangadas del camisón. Arruga la frente, preocupada, y yo me bajo las mangas rápidamente, pero el gesto solo sirve para recordarme la pesadilla de anoche. Le ofrezco lo que espero que sea una sonrisa confiada, pero mi corazón no la acompaña. Si no puedo convencer a Pippa de que estoy bien y que todo es normal, no cabe ni la más remota posibilidad de que convenza a mis compañeros expertos en el engaño.
Pippa se detiene a medio camino hacia la puerta y me mira directamente a los ojos, como si quisiera decir algo, pero en ese preciso instante entra Layla y Pippa se excusa. Me controlo para no decirle adiós, abrazarla y darle las gracias por cuidarme tan bien todo el tiempo que he estado aquí. «Nadie puede saber que nos vamos», me recuerdo a mí misma.
—Yo se lo diré —dice Layla en voz baja cuando se cierra la puerta del pasillo. A pesar de haber permanecido encerrada en las mazmorras, Layla está tan serena e imperturbable como siempre. Lleva suelto el pelo largo y negro, que brilla sobre su hombro—. Aunque tu comportamiento efusivo me resulta cuestionable, Pippa es una buena persona y sé que apreciará que te despidas de ella.
Lo dice sin aspavientos, como si creyera que la educación es algo superficial. Asiento, agradecida.
—Bueno, como Ash y tú os vais esta noche, ha llegado el momento de hablar sobre dónde crees que está tu padre —dice, y mi ansiedad vuelve con toda su fuerza—. ¿Tu padre es de los que iría directamente a por su familia para vengarse por haber matado a tu tía? ¿O se escondería y recabaría información para acercarse de forma más sutil?
—Diría que no es de los que se vengan —digo, y me muerdo la uña del pulgar—. Pero si algo he aprendido en esta escuela, es que apenas conozco a mi padre. —Miro a Layla—. Deduzco que lo que ha planeado es peligroso. Si no, no me habría mandado aquí.
—Vale, empecemos por ahí —dice Layla con expresión diligente—. Si decide infiltrarse en el territorio de los Leones, sin duda lo calificaría como peligroso.
Me siento en el borde de la cama.
—Esa conclusión es justamente lo que me ha dejado en vela la mitad de la noche.
Layla se coloca el pelo tras la oreja y se sienta en la cama junto a mí.
—Si va en busca de los Leones, es probable que vaya a Reino Unido. Es la sede de su gobierno, donde vive Jag y donde cuentan con aliados más fuertes. —Cambia de postura en la cama para mirarme de frente—. Nuestra familia tiene contactos en Reino Unido. Todas las familias tienen. —Hace una pausa—. Pero me preocupa que los contactos de la familia Lobo no quieran ayudarte a ti y a Ash. No toda nuestra familia odia a los Leones tanto como nosotros. —Me mira como si acabara de tomar una decisión—. Y no podrás localizar a tu padre sin ayuda.
Le devuelvo la mirada mientras trato de descifrar el significado oculto en una frase tan sencilla.
—Estoy de acuerdo, Lay, pero ¿qué quieres decir?
—Que uses tus contactos de Oso —replica.
—Pero no sé quiénes son.
—Tú quizá no, pero Matteo, sí —responde Layla, y hago un gesto de dolor.
—No querrás que le pida ayuda a Matteo, ¿no? ¿Qué probabilidades tengo de que salga bien? Me odia —pregunto.
—No he dicho que fuera fácil, pero sería lo más sensato —contesta ella de forma realista.
Dejo escapar el aire. Sobrevivir este último día con normalidad se ha vuelto muy complicado.
TRES
Tomo asiento junto a Layla en la clase de venenos, que parece una versión medieval del laboratorio de química de un instituto. Cuenta con una chimenea enorme que caldea la clase, cuyas llamas se usan para calentar y preparar las sustancias venenosas, y también hay un caldero de piedra lleno de agua. En la Academia Absconditi no te dan gafas para protegerte en caso de accidentes explosivos con veneno, pero extinguirán el fuego si eres tú quien se está quemando. No está mal. Lo verdaderamente sorprendente, en realidad, no es la falta de medidas de seguridad en la escuela, sino que de alguna manera me he acostumbrado a un programa que alienta el peligro. Negaría con la cabeza ante la propia absurdez del asunto, pero no pasaría desapercibido entre mis compañeros. Desde que he salido de la habitación por la mañana, tanto alumnos como profesores han seguido mis pasos bajo su atenta mirada.
Estoy segura de que Aarya montó todo un espectáculo cuando le dijo a todo el mundo que mis padres eran el Romeo y la Julieta rebeldes de Estrategia: la primogénita de los Osos que se escapa con el primogénito de los Leones para acabar siendo perseguidos por los asesinos de los Leones. Eso, junto al anuncio indiferente de la directora Blackwood sobre la muerte del doctor Conner y el hecho de que Ash y yo estamos cubiertos de cortes y moratones inexplicables, me ha convertido en la diana de muchos susurros y miradas de reojo.
—Sentaos, queridos —dice la profesora Hisakawa, que siempre se dirige así a nosotros al comenzar todas las clases de veneno. Examina la clase con ojos brillantes bajo su flequillo recto—. Tenemos muchas cosas de las que hablar. No querréis perderos ni un minuto de clase.
Aarya y Felix están sentados a la mesa de madera que está frente a nosotras. Aarya le da vueltas a los viales y recipientes de cristal que tiene delante, que contienen distintas atrocidades, mientras silba. No deja de mirar por encima del hombro a Brendan, con el motivo evidente de regodearse de su papel en la muerte del doctor Conner. Lo que me sorprende y me inquieta a partes iguales es que todo el mundo asume que Brendan estuvo involucrado en el complot para matarme, pero ¿por qué no ha sufrido ninguna consecuencia? ¿Acaso su estatus como primogénito de los Leones le protege o es que no hay pruebas que lo acusen?
Decido concentrarme en Felix, que, a diferencia de Aarya, permanece quieto y tenso, por lo que la larga cicatriz que tiene en la mejilla se estira aún más por toda su cara. Parece tan machacado como Ash y yo y, por lo comedido de su postura, estoy convencida de que está tan hecho polvo como yo tras su caída en picado del árbol. Ha evitado mirarme desde que entró en la clase. Supongo que le costará mirarme ahora que sabe que le salvé la vida después de que intentara matarme.
—Atropa belladonna o belladona, sin más —dice Hisakawa con una sonrisa que desvela su pasión por los venenos—. El cáliz sagrado de todo boticario que se precie y uno de los venenos más románticos, en mi opinión.
«Atropa —pienso, y empiezo con mi análisis de siempre—, un nombre que suele hacer homenaje a la diosa griega Átropos, la más anciana de las tres Moiras, que se encargaba de elegir la forma de morir de los mortales, por eso se la relaciona con un veneno fatal. Y, por supuesto, belladonna significa “mujer bella” en italiano». Le dedico una mirada a Brendan. El veneno es lo único que ni él ni sus compinches han intentado utilizar en mi contra, aunque estoy segura de que lo habría hecho si hubiera tenido la oportunidad.
Brendan está en una mesa solo, con el mechón de pelo blanco que destaca en contraposición con la madera oscura y los muros de piedra. Nyx no ha vuelto de las mazmorras después de atacarme con la espada y es evidente que Brendan es consciente de su ausencia por la forma en que frunce el ceño cuando mira la silla vacía de Nyx. No ha establecido contacto visual conmigo, pero entrecierra los ojos y estoy segura de que se da cuenta. Layla le da un golpe a mi bota bajo la mesa, que supongo que significa: «No seas tan estúpida de provocar a Brendan cuando lo único que tienes que hacer es sobrevivir un día más».
Vuelvo a mirar a Hisakawa, de pie delante de la enorme chimenea con las manos entrelazadas detrás de la espalda, balanceándose del talón a los dedos de los pies sin parar.
—Lo más fascinante de la belladona es que no hay muchos casos confirmados de su uso como veneno. Sin embargo, uno de mis preferidos es el de Giulia Tofana, una envenenadora del siglo XVIII. Fabricaba Acqua Tofana, un «cosmético» que se vendía exclusivamente a las mujeres mayores de cincuenta años para que pudieran matar a sus maridos. En vez de aplicarse sobre la piel, este producto se vertía en la sopa. Cuando la pillaron y la ejecutaron, se cree que Tofana había ayudado a envenenar a más de seiscientos hombres de toda Italia. —Hisakawa suspira con melancolía, como alguna gente reaccionaría al escuchar un poema conmovedor—. Bien, decidme, ¿por qué me gusta tanto algo de lo que hay tan pocos casos de los que aprender?
Aarya se reclina en su silla, la viva imagen de la tranquilidad.
—Porque la belladona es especialmente accesible y crece de forma natural en todo el mundo.
—Lo que nos podría llevar a pensar que habría un exceso de casos de envenenamiento por belladona, no una escasez —interviene Hisakawa.
—Cierto —dice Aarya como si hubiera ganado un premio en una feria—, y eso es lo mejor. La belladona es efectiva. Si tenemos eso en cuenta y que se puede adquirir fácilmente, podemos concluir que la gente que la usa pasa desapercibida.
—¡Exacto! —exclama Hisakawa, que se pone de puntillas de la emoción—. ¿Y por qué los envenenadores de belladona pasan desapercibidos?
Layla abre la boca para responder, pero Brendan se le adelanta.
—Porque la belladona no se usa ni se usaba únicamente para matar. Las mujeres solían pasársela por los ojos para dilatarse las pupilas, algo muy de moda en aquella época. Si se mezcla con morfina, obtenemos «el sueño del crepúsculo», que se usaba como analgésico en los partos. E incluso hoy lo seguimos usando en medicamentos que tratan desde el párkinson a la bronquitis.
—Buena respuesta —le felicita Hisakawa, y Layla parece decepcionada por no haber podido responder—. La belladona es común. Y por eso mismo, a veces no se tiene en cuenta como causa de la muerte. Al final, la muerte se atribuye a una sobredosis o al uso prolongado de un medicamento. O incluso a un somnífero ilegal.
Brendan acepta encantado el cumplido de Hisakawa y de repente recuerdo los pergaminos de la biblioteca que conservan las notas de los mejores alumnos de cada disciplina de los últimos mil años. Ash me dijo que, si no destacabas en la academia, no eras el adecuado para liderar tu familia. Incluso después de conseguir que te admitan aquí, aún no has terminado de demostrar tu valía.
Hisakawa tamborilea los dedos por el borde de su mesa y se apoya en ella.
—Tal y como os decía en la clase de la semana pasada: sacad provecho de lo que hay a vuestro alrededor. Mimetizaos. Eso fue lo que hizo Giulia Tofana con sus cosméticos para matar maridos. Pero no solo tratamos envenenadores; también hablaremos de detección de venenos. Serás más vulnerable en una situación en la que todo parece normal y no debería serlo.
Hisakawa me mira y yo le devuelvo la mirada, en un intento de leer su expresión y ver si intenta decirme algo de vital importancia. No sería la primera vez que se complica la vida para entregarme un mensaje de la directora Blackwood.
Y hablando del rey de Roma, la puerta se abre y Blackwood entra en la clase, dejando que la puerta se cierre a su espalda. Lleva el pelo recogido en un apretado moño y va vestida con su uniforme: blusa blanca con volantes, chaqueta negra y pantalones del mismo color.
—Perdona la interrupción, profesora Hisakawa, pero hay un asunto que me gustaría zanjar sin más dilación, si no te importa.
Layla me mira preocupada.
—Por supuesto —dice Hisakawa y hace un gesto que abarca a toda la clase, como si se la ofreciera a la directora.
La pesada puerta de madera se abre con un crujido y entra Nyx custodiada por dos guardias. «Ay, no». El estómago se me hunde hasta los pies y me encojo levemente en mi silla. El pelo rizado de Nyx parece haber perdido vida y, aunque tiene delineador permanente, las marcas oscuras bajo los ojos dan la sensación de que no ha dormido desde hace semanas. Tiene la cara demacrada y los hombros caídos.
Brendan retira la silla de la mesa con la intención de levantarse y ayudarla, pero la mirada de Blackwood lo detiene a medio camino.
Los guardias no contienen a Nyx y lo único que se me ocurre es que las mazmorras deben ser una verdadera pesadilla si han conseguido dominar a una persona tan fiera y vengativa como ella.
—November —me llama Blackwood; desearía poder esconderme bajo mi mesa; más perturbador que las mazmorras de la academia es el sistema de castigo de ojo por ojo—, acércate.
Retiro mi silla y el ruido que hace se amplifica en el silencio espectral de la clase. Todo el mundo me observa.
—Enséñanos el brazo —me ordena Blackwood y, de mala gana, me bajo la camisa blanca por el hombro y dejo al descubierto un corte de diez centímetros al que le acaban de quitar los puntos.
Blackwood se vuelve hacia Nyx.
—Nyx, cambiaste tu espada roma por una de hoja afilada. Según el testimonio de tu profesor, intentaste matar a November con ella. Por esa ofensa, has permanecido en las mazmorras. Pero aún queda sin resolver la herida que infligiste. Siguiendo nuestras normas, ahora November tendrá la oportunidad de vengarse.
Blackwood extiende la mano y uno de los guardias le da un trozo de cuero enrollado del cinturón. Conforme lo va desdobla, la luz de la chimenea se refleja en la hoja de un cuchillo. Blackwood me ofrece el arma y yo la cojo a regañadientes.
—Ojo por ojo, November. Puedes hacerle un corte en el brazo de la misma forma que ella te lo hizo a ti. No se tomarán más medidas.
Me lanza una mirada de advertencia.
Sin pensar, me vuelvo hacia Layla con la esperanza de que su gesto me muestre cómo lidiar con esta pesadilla, pero su rostro no me indica nada y mira directamente a la directora.
Examino el cuchillo antes de levantar la vista hacia Nyx. Nuestros ojos se cruzan y, aunque es evidente que lo único que quiere es venirse abajo, endereza la postura y su rostro refleja orgullo. No entiendo cómo hacerle daño va a cambiar el hecho de que intentara matarme. Está claro que no estaremos empatadas. Pero tampoco puedo negarme, ya que todos creerán que soy débil. El sudor empieza a cubrir mi frente.
Blackwood me observa y ve mis dudas.
—Supongo que no necesitas más aclaración, teniendo en cuenta que no es la primera vez que te lo explico —dice haciendo referencia a mi segundo día en la academia, cuando Matteo me pegó un puñetazo en la cara—. No estás por encima de las normas, November.
Aarya respira hondo como si fuera el mejor espectáculo que ha visto en años.
Noto algo extraño en el cuchillo cuando lo tengo en la mano, como si no tuviera el peso al que estoy acostumbrada. Miro hacia la puerta y, cuando vuelvo a mirar a Nyx, el estómago me da un vuelco.
—Quiero inspeccionar el cuchillo —dice Nyx, y me saca de mis pensamientos. Por muy derrotada que parezca por fuera, su tono de voz evidencia que su fuerza no ha disminuido—. Es una clase de venenos. ¿Cómo voy a saber si no ha puesto algo en la hoja?
Todos miramos a Blackwood, que no responde de inmediato. No pensará dejar que Nyx
