El amor solo espera a quien sabe buscar
Algunos años atrás…
—¡Vieja bruja! ¿Viste cómo nos miró? —Marita hablaba susurrando al oído de un rollizo bebé que llevaba en brazos, mientras subía las escaleras hacia el cuarto de su amiga—. ¡Ah! Que le haces caso. ¿Hemos venido por ella? Estamos aquí por Vir. Me muero por verla. ¿Te parece romántico casarse solo por civil? —Le arrugó la nariz, y su hijito sonrió, se detuvo delante de la puerta del cuarto y tocó con fuerza—. Nunca imaginé que se casaría con otro que no fuera… —No terminó la frase porque, en ese instante, una hermosa muchacha vestida de blanco abrió la puerta.
—¿Qué tal? —preguntó, sonriendo, la joven e hizo un movimiento muy gracioso para lucir el vestido.
—¡Ah! —gritó Marita, y el gordito se asustó—. ¡Vir, estás preciosa! No te besamos porque vayamos a despeinarte. ¡Dios mío!, pareces un ángel.
—Gracias, gracias. Lo sé. Pero gracias. Entren. —Vir tomó la mano de su ahijado y le dio un beso—. ¿Por qué no caminas?, así me llevarías la cola. —Después de una pausa y muchos besos al bebé, preguntó—: ¿Y? ¿Qué sabes de la gente del barrio? ¿Irán?
—Bueno, Vir —respondió Marita apenada—, la verdad, no todos, les apantalló un poco el lugar en San Isidro, el hotel y toda la vaina. Pero las chicas de la Promo, casi todas.
—¡Qué bueno! —exclamó Vir—. ¿Y? ¿Viste al novio en la despedida?, ¿te pareció guapo?
—Está guapo, no tanto como… —no terminó la frase porque, aunque no tenía sentido, él bebé le dio un manazo en la cara y no dejó que terminara de decir tamaña estupidez…
—Hablé con Marielena —dijo Virna disimulando el incidente—. Me esperará en el aeropuerto mañana.
—¿Cómo está la Loca? —Desvió la conversación a un tema más seguro y, mientras su buena amiga la ayudaba en darle los últimos retoques, le contaba de su amiga Marielena y lo feliz que estaba de recibirla en EE. UU., sus planes de continuar sus estudios superiores en esa ciudad y cómo Iván, su novio, se había encargado de todos los papeleos.
—Viviremos en la misma ciudad de la loca —decía Vir—, nos vamos esta misma noche, nos quedamos en la fiesta hasta las dos y de ahí directo al aeropuerto. Mira, ahí están mis maletas.
—¿Y tu luna de miel? —preguntó Marita dando suspiros dramáticos tan comunes en ella
—Será para después —respondió Vir mientras jugaba a comerse la mano de su ahijado—. Es que Iván tiene que presentarse en la universidad el lunes en la mañana. Así que…
—¿Pero es seguro, Vir? ¿Sí seguirás tu carrera? No vaya a ser que te engañe y termines de ama de casa, o de camarera en restaurantes gringos…
—Iván se encargará de todos los trámites —la interrumpió Vir, sonriendo por la preocupación de su amiga—. Es seguro, continuaré mis estudios allá. Como lo hizo él.
—Van a ser millonarios —dijo con una sonrisa sincera—. Dicen que los dentistas ganan muy bien en los EE. UU. Tu mamá debe de estar feliz.
Como nombrada por un conjuro, en ese mismo instante, apareció la mamá de Vir. Entró a la habitación muy agitada, nerviosa, y dio una mirada a su hija de pies a cabeza revisando si todo estaba bien, porque, para ella, todo tenía que estar más que bien, todo tenía que ser perfecto.
—Bien, llegó la hora —anunció la señora Olga mientras le acomodaba el tocado a su hija—. Esperamos a tu papá y nos vamos. Ustedes vayan por delante —agregó levantando la barbilla y dirigiéndose a Marita solo con el rabillo del ojo, quien, entendiendo el mensaje, se despidió con un ligero e inaudible murmullo y desapareció rapidísimo.
—¿Puedes ser un poco más gentil?, es mi amiga —preguntó Vir cuando su amiga salió del cuarto.
—¡Por favor! —dijo la señora mientras miraba el escote del vestido de su hija—. Súbelo un poco. No me hagas hablar. ¿Cómo pudiste hacer esto? Tu tía Rita llamó diciendo que todo Abtao está en la puerta de la municipalidad haciendo escándalo y en qué fachas. ¿Qué dirá la familia de Iván? ¿Pensarán que son de nuestra familia? —La madre hablaba viéndose en el espejo detrás de su hija a la vez que retocaba su peinado e intentaba subir el escote de Vir.
—Me importa un cuerno lo que piensen —respondió Vir quitándole las manos de su busto—. Son mis amigos. ¿Cómo no los iba a invitar?
—Tanto que nos costó salir de ese barrio horroroso y tú los metes el día más importante de nuestras vidas. Una cosa era invitar a las amigas del colegio. ¿Pero los otros? ¡Qué horror! ¡Hasta el que vende picarones en la esquina! ¿Qué pensará la familia de…?
—Mamá… —la interrumpió Vir—. Aunque no lo creas, también es mi matrimonio. Tengo el derecho de invitar a quien yo quiera.
—Todo el sacrificio que hemos hecho por casarte de esta manera, tanto gasto, buscando que todo, hasta el mínimo detalle, fuera lo más caro, lo más elegante. Los salones, la orquesta, todo. Ya sabes que nos hemos endeudado por casi dos años, y tú no lo valoras y te atreves a invitar a esa gente.
—¡Basta, mamá! —exclamó Vir dándose la vuelta para mirarse en el espejo—. Y te lo repito una vez más. Yo no quería tanta payasada. Te lo dije, algo sencillo entre los más cercanos. A ti es a quien se le ocurrió hacer todo este show: hotel, orquesta, limosina, etc. Todo por impresionar a los padres de Iván.
—¿Y que querías? ¿Que pensaran que eres una pobretona, que tus padres no te pueden costear un matrimonio decente?
—Entonces no me lo saques en cara a cada rato.
—¡Ah! —gruñó la doña que, cuando estaba molesta, dirigía las baterías al esposo—. ¿Dónde está tu papá? Ese es otro, le he tenido que sacar del saco ese licor asqueroso con el que quería invitar a la familia de Iván. Ustedes dos nunca ponen de su parte para que las cosas salgan bien, siempre debo ser yo la que esté pendiente de todo, la que… —En esa parte, Vir ya no la escuchaba, por la ventana de su habitación miraba hacia la calle dando un suspiro de cansancio.
Vir, o, mejor dicho, Virna Zavala Duarte, se casaba ese día con un muchacho que había sido su novio por dos años. En realidad, seis meses viéndose y un año y siete meses por correspondencia. Lo conoció cuando ella recién había ingresado a la Facultad de Odontología de una reconocida universidad limeña. El muchacho ya había terminado la carrera e iba a la facultad por papeles que necesitaba para convalidar la profesión en los Estados Unidos, donde vivían sus padres, residentes americanos desde hacía muchos años. En una de esas idas, conoció a Vir y quedó tan enamorado, como si le hubieran hecho un amarre, cosa que, ciertamente, creía la madre de él. Al poco tiempo se hicieron pareja. Un año después, le propuso matrimonio e hicieron los planes de que ella terminara la carrera allá y vivieran felices para siempre en gringolandia.
Así que el día de la boda había llegado. Una novia muy serena bajó del auto y entró al municipio del brazo de su padre. Su madre, detrás, veía en ese momento la culminación de su más anhelado sueño: estaba casando a su única hija con el príncipe azul: profesional, apuesto, rico, de buena familia, casi extranjero. Que si ella, después de luchar constantemente, por más de veinte años para poder salir de un barrio inmundo, su hija a los veinte años se iba casar con alguien que la iba de sacar de ese país inmundo.
En cuanto a los invitados que esperaban la boda, los del lado de ella pensaban que era demasiado buena para él. No solo era que Vir era muy bonita. Aparte de sus rasgos muy finos y de tener unos ojos pardos preciosos, había en ella una expresión de vivacidad e inteligencia que sacaban chispas y opacaba por completo al muchacho blanquiñoso, alto y de mirada sosa que la esperaba en la puerta del municipio. Los del lado del novio, por su parte, pensaban que él era demasiado para ella. Como decía la madre: «Vivir toda la vida en la mejor zona de la Molina y conseguirse una muchachita de Jesús María, cuyos padres tienen un negocio de ópticas de medio pelo. Y que ella tiene que trabajar para pagarse sus estudios». Eso que la señora no sabía que en Jesús María solo estaban viviendo hacía tres años. Toda la vida y, con mucho orgullo, Vir había vivido en el populoso y nada residencial barrio de Abtao de la urbanización Colonial, de la Provincia Constitucional del Callao. Ese barrio de calles estrechas e intrincadas, de casas modestas, donde siempre había bulla, fiesta y, a veces, corría bala, donde había jugado carnavales con barro, pintura y, alguna vez, hasta con sopa. Donde había recibido su primer beso, arrinconada a una pared de frontón, media ebria y después de un campeonato de fulbito. Donde había ido a las primeras fiestas de quince años saltándose el muro de su casa, hasta caer en los brazos del enamorado. Donde se había quedado su primer amor…
A pesar de la preocupación de doña Olga, la madre de Vir, no estaban retrasados. Llegaron todos a tiempo y sin ningún sobresalto. Los invitados hablaban fuera del local esperando el momento en el que las autoridades dieran la orden para entrar. El novio miraba a lo lejos a la novia que sonreía muy hermosa, rodeada de sus amigas, pensando en lo afortunado que era y que sería muy feliz con esa encantadora mujer. Ella le hizo una señal de que entraría a los salones porque tenía mucho calor y él se quedó parado en la puerta conversando con algún invitado. Una vez que ella entró al recinto municipal, se le acercó al novio, muy discretamente, un muchacho con un terno arrugado, sin corbata, y de un aspecto totalmente descuidado; sobrio, definitivamente, no estaba. El desconocido lo tomó del hombro y, con amabilidad, le pidió un cigarrillo. Iván se lo ofreció, también de la misma manera, a ese desconocido, pensando en qué clase de amigos tenía la pobre Vir y en qué bueno que al día siguiente se iban del país. De repente el joven se apoyó más en el hombro de Iván hasta rodearlo por completo con su largo brazo y comenzó a hablar muy bajito a su oído, a medida que empezaban a caminar, primero pasos pequeños, luego pasos más largos, hasta que cinco minutos después estaban casi en la esquina del municipio. El joven del terno arrugado le dio una palmada en el hombro y se alejó caminando muy despacio hasta desaparecer en una calle angosta. Después, ante la sorpresa de todos los invitados que seguían la escena, el novio gritó: «¡Taxi!», se subió y se fue.
—No es posible. —Vir daba vueltas por la habitación del hostal mientras buscaba debajo de la cama, en los veladores, en cada rincón del cuarto. Hasta salió hacia la puerta para verificar si era el mismo cuarto en el que había estado el día anterior con Antonio. «Sí, esta es. Maldito», se dijo así misma mientras se quitaba los zapatos de novia para treparse a la cama y ver en la sucia lámpara colgante, para encontrar lo que estaba buscaba. «Nada». De repente, escuchó que tocaban la puerta.
—Lárguese —gritó Virna fuera de sí al escuchar la voz que se identificó como el encargado del hostal.
—Abra, señorita —repitió una voz juvenil—. Es urgente.
Cuando Vir abrió la puerta, vio a un jovencito que la miraba muy asustado, pero pronto, de un empujón, lo mandaron hacia delante, en el mismo instante en que Antonio ponía un pie en el marco para que ella no la cerrara.
—¡Lárgate! —vociferó ella, apoyándose con todo su cuerpo sobre la puerta.
—Abre, Vir —dijo Antonio con voz amenazante.
—Lárgate, hijo de puta.
Antonio, el muchacho del terno arrugado, empujó la puerta con tal fuerza que hizo que ella rodara por el piso. Entró y luego la cerró rápidamente. Desde el piso, ella lo miraba con cólera y pavor.
—Te dije que no te ibas a casar —habló él con los ojos enmarcados en rojo y señalando con un dedo acusador.
—Eres el más infeliz de los hombres —Vir murmuraba con rabia mientras se levantaba con dificultad—. Maldito, ¿qué le dijiste a Iván?
—¿Tú qué crees? En realidad, fue algo que le enseñé. Siempre fuiste muy descuidada, Vir. Cada vez que íbamos a un hostal, algo dejabas de recuerdo, de ahí nuestro juego: yo lo dejaba escondido. Después de semanas, regresábamos a la misma habitación y siempre estaba en el lugar en el que lo habíamos dejado.
—¿Por qué has hecho esto, Antonio? No te entiendo —Virna hablaba presionando las palmas de las manos a los lados de su frente—. ¿Por qué?
—¿Qué creías? —Él la miraba fijamente mientras daba pasos para rodearla—. ¿Que no haría nada?, ¿que te ibas a dar el lujo de casarte de blanco con tu pituquito de mierda? ¿Invitar a todo nuestra gente para que me pasaran el parte debajo de la nariz y yo me iba a quedar tan tranquilo?
—¿Crees que me iba a casar solo para molestarte? ¿Quién te has creído que eres? ¿Eh? Durante dos años te desapareciste de mi vida…
—¿Dos años? Acuérdate, Vir. Solo ayer dormimos en esa cama.
—No te apareciste en la fiesta de casualidad, sabías que estaría ahí. Lo planeaste.
—Quería hablar contigo. Fuiste tú quien, al verme, se me aventó a los brazos y terminamos aquí. Supongo que querías tu despedida de soltera conmigo. Además, yo no me fui de tu vida, tú fuiste quién decidió que era muy poca cosa para ti.
—¡Eso es mentira!
—¿Ah, sí? ¿Con quién te ibas a casar, Vir? ¿Con el novio que escogió tu mamá? ¿Qué hizo? Publicó un aviso: «Busco el novio perfecto para novia con yaya».
—Eres un miserable. —Vir se le abalanzó para arañarlo. Él la detuvo por los brazos y la arrinconó contra la pared.
—Te lo advertí. Te pedí que no te casaras, te hubieses ahorrado toda esta humillación si me hubieses escuchado, si te hubieses dignado en bajar de tu pedestal de virgencita.
—Eres un… —Vir no podía hablar, sus ojos comenzaron a llenarse de lágrimas y las palabras no salían, estaba tan agotada. Él la soltó con fuerza, luego se sentó en un sillón, se tapó los ojos con las manos y, al destaparlos, se la quedó mirando con una mirada difícil de definir: rabiosa, extraña, ausente. Se levantó de un salto, puso llave a la puerta y se dirigió donde estaba el teléfono para arrancarlo de un tirón. De ahí, se fue al baño a lavarse el rostro. Estaba de boleto, toda la noche, había estado tomando. Vir se quedó en el centro de la habitación, mirando totalmente desorientada. Podía gritar, pero no tenía fuerzas. Vio una ventana y se acercó a ella, podía salir por ahí pero…
—Malograrías tu vestido —dijo Antonio, que se había apoyado en el umbral del baño y la miraba, pero ya no estaba serio, sino sonriente—. Estás muy bonita, Vir.
—Gracias —respondió Vir con una sonrisa cínica—. Me alegra que te guste.
—Como siempre. —Antonio se acercó a ella de dos zancadas y la abrazó con fuerza—. Como un angelito. Qué suerte iba a tener el novio. ¿De verdad le dijiste que eras virgen?
—¡Vete a la mierda!
—Vamos, Vir. Se le ve cara de imbécil. Pero de ahí a tragarse que tu no…
—Nunca le dije que era virgen… —lo interrumpió Vir sacudiéndose entre sus brazos sin éxito—. Lo único que le dije era que quería esperar a estar casados para hacerlo.
—Entonces sigo siendo el único en tu vida.
—No por mucho tiempo. Hoy me tiro al primero que se cruce en mi camino.
—Ah, ¿sí? —Antonio comenzó a besarla en el cuello.
—¿Qué es lo que quieres, mierda? —Lo rechazó con fuerza hasta soltarse del abrazo—. Ya arruinaste mi matrimonio, mi viaje, mi futuro. ¿Algo más?
Antonio tomó su rostro entre las manos e hizo que ella lo mirara directamente a los ojos antes de decirle:
—¿En serio te ibas a casar con alguien que no amas? Te conozco, Vir. Apuesto a que ese encuentro de ayer no fue casual, tú también fuiste a ese lugar con la idea de encontrarme y venir aquí. Y dejar aquel recuerdo fue para que yo te rescatara de cometer esta estupidez.
—¡Qué arrogante eres! —respondió Vir, pero sin poder sostenerle la mirada. Y había empezado a temblar tanto que sintió vergüenza de que él se diera cuenta.
—No tiembles, pequeña. Estás conmigo, y no mientas tampoco.
—Bien. ¿Terminaste? Se fue el novio, me humillaste delante de todos. ¿Ya me puedo ir?
—No, Virna. Yo te salvé4 de cometer el más grande error de tu vida.
—Tú eres el gran error de mi vida. Ahora, termina esta payasada y déjame ir.
—Bien, pero primero…. —Antonio la volvió a abrazar con fuerza y comenzó a besarla. Vir apretó sus labios, lo que hizo que él soltara una carcajada sonora justo en su boca.
—Como cuando éramos niños. —La siguió besando hasta que ella comenzó a temblar con más violencia y sus labios desobedientes se abrieron lentamente. Hasta que ella no resistió más y empezó a llorar—. No llores, amor. —La había echado en la cama y estaba encima de ella—. No llores… —le decía mientras acomodaba sus cabellos y besaba tiernamente su frente.
—Es que… —balbuceaba Vir.
—¿Qué pasa, amor?
—Es que pensé… pensé… que nunca más te volvería a ver. Pensé que nunca más…
—Nunca más ibas a sentir esto…
—Pensé que nunca más estaríamos juntos.
—¿Por qué crees que hice todo esto? —dijo Antonio sonriendo—. ¿Creías que me iba perder tu noche de bodas?
Vir comenzó a reírse, pasó sus brazos alrededor de su cuello y entonces fue ella la que lo besó a él con emoción, con ternura, con pasión.
Mientras, los familiares, amigos y hasta el mismo Iván, que, arrepentido, regresó por su futura esposa, buscaban a Virna por toda Lima, imaginando que de la humillación estaría en un puente a punto de saltar, desesperados pensando solo lo peor. Si en ese momento hubiesen podido apagar todos los sonidos de la ciudad, la habrían encontrado siguiendo los alaridos apasionados de la mujer que celebraba su reencuentro con el amor.
***
Karry recorrió esas calles sintiendo tanto miedo. Nunca había recorrido sitios así, ni sola o acompañada. Cuando su prima le dijo que ahí había visto a su esposo por ese lugar, fue muy grande su sorpresa, era difícil confundir a una persona como él. ¿Qué estaba haciendo el gordo en ese sitio? ¿Había dejado su lindo y elegante departamento en La Punta por un lugar así? Y, lo más importante, ¿con quién estaba viviendo? Si era lo que ella sospechaba, la razón por la que su esposo no regresaba a casa y estaba en ese sitio, dónde todo era tierra, arena casi. Ella, ridícula, caminaba con sus tacos altísimos, con su pelo rubio cortado a la moda y lentes oscuros. Como salida de una revista de Vanidades, regia, recorría un arenal, con un sol insoportable, buscando a su marido. Karry sabía que el gordo quería volver a su casa, y la raíz de sus desdichas estaban en ese lugar. Rogó tanto por una solución, rezó tanto por una respuesta, y esta llegó de casualidad. ¡Ay, las casualidades! Cuando te toca saber, no hay poder en cielo que lo impida. Fue como lo que le pasó a su tía Mariquita. Su adorable tía cumplía veinticinco años de casada y lo celebró a lo grande, era una de sus tías millonarias. Entonces comenzaron a ocurrir las casualidades. La primera, su hijo mayor llevó a su nueva enamorada a la fiesta, a tan solo días de estar con ella. Luego vino la segunda, la enamorada, días después de esa fiesta, salió temprano del trabajo por una huelga de micros. Con dificultad encontró uno para regresar a casa y, este, tercera casualidad, se desvió de su ruta habitual por una marcha de protesta en el centro, tomó calles intrincadas, en una zona populosa del distrito de Breña, cuando, en una de esas intrincadas calles, ella ve entrar al padre de su enamorado, muy presuroso, a una quinta. Algo le pareció extraño y se le contó a él. La duda quedó por días hasta que este le dijo que la acompañase a ese sitio. Lo llevó y dieron una vuelta, era una quinta muy modesta, algo peligrosa. Había una sastrería en la entrada, quizás era el sitio donde su padre se hacia sus elegantes ternos. Ya por marcharse, de repente (la última casualidad), una niña cruzó corriendo y se tropezó con él, la pequeña levantó la cara y él la vio conocida, le sonrió nervioso y observó en qué puerta entraba la niña. Unos segundos después, tocó en aquel lugar y quién salió a abrirle era ese rostro conocido, una mujer que había sido empleada en su casa varios años atrás, unos cuantos años, como la edad de esa niña. La mujer se lo quedó mirando sorprendida y asustada, porque salieron otros dos niños más a verlo, aparte de la niña con la que se había tropezado, niños pequeños, con la cara exacta de su padre. Tía Mariquita, cuando se enteró de la traición de su esposo, de pena, se murió al año siguiente de un cáncer agresivo. Y el padre, un año después de un derrame cerebral de culpa. Entonces Karry era su tía Mariquita, la prima se había perdido buscando una dirección donde hacían arreglos de una muy rara máquina de coser, por la ciudad satélite, y vio a Renzo entrando a esa casa, hasta se había tomado la molestia de anotar la dirección y dársela. Él no tenía familia ni amigos por ahí. «Ay, gordo», pensaba Karry mientras limpiaba sus zapatos parada en la puerta de esa rústica casa y tomaba valor para tocar la puerta, «como compruebe lo que pienso, por la “Sarita”, como dices tú, “por la Sarita”, que te mato».
No puedo, no puedo, no puedo vivir sin tu amor
Antonio y Vir eran la pareja de Abtao. Destinada a ser enamorados, novios esposos, amantes desde que eran niños, era obvio que terminarían juntos. Ella era la más bonita, la más vivaz, la más intrépida. El, el más guapo, el más atleta, el más bacán. A pesar de que sus madres se odiaban. A pesar de que sus padres los habían educado de distinta manera. A pesar de que una persona con vida y experiencia hubiese pensado «dos soles no brillan en el mismo cielo». Pero verlos juntos era explosión. Una delicia en el contraste y en las coincidencias. Virna: blanca, bajita, delicada con su nariz respingada, sus ojos claros y su cabello castaño rizado. Antonio: alto, bronceado y de unos ojos y cabellos negros intensos. En carácter, ambos eran vivaces, con calle, bailarines, juguetones y con una agilidad en palabra de maratón.
Vivían a media cuadra uno del otro, se llevaban dos años de diferencia y pertenecían a la misma mancha que creció junta, acunados por la calle. Desde niño, Antonio la había marcado para él. Cuando jugaban mata gente, era a ella a quien primero le tiraba la pelota. En los carnavales, era de quien tenía que cuidarse, porque no paraba hasta revocarla en barro. Cuando jugaban botella borracha, los demás tenían que darle lugar porque él tenía que sentarse frente a ella. Cuando llegaron a la adolescencia, se juntaron y no se separaron hasta que ella terminó el colegio y tuvo que irse a vivir a otro barrio. Trataron de continuar su amor, pero en ese momento se alzó ante ellos una pared, «una maldita pared», como diría Marita. La diferencia de cómo los habían educado para hacer frente al mundo. Ella quería ser alguien en la vida, y él solo quería… vivirla.
Virna era la mayor de tres hermanos, sus padres tenían una tienda de abarrotes en el Mercado Modelo 1, que posteriormente vendieron y convirtieron en ópticas. Así que desde pequeña se hizo cargo de la casa, porque ellos, sus padres, trabajaban hasta que se juntaba la noche con el día. Cuando ella apenas comenzó a sumar y restar, la pusieron detrás del mostrador. A los catorce años Vir manejaba su propio dinero y administraba las cuentas de la familia con responsabilidad. Fue la manera como la criaron. En cambio, a Antonio, los padres le jodieron la vida desde que nació. El señor Carranza, el papá, era un sujeto de sonrisa fácil y bonachón que trabajó un tiempo en la Etapa. Luego sufrió un accidente de trabajo y se retiró de la empresa. De ahí en adelante vivió de su liquidación y de una exigua pensión. Jamás tuvo la intención de buscar algún trabajo para llevar algo más a su numerosa familia, se conformó con eso y así se quedó. Sentado todas las tardes en la puerta de la casa para conversar con los vecinos, hablar de política y contar chistes. La madre de Antonio, por su parte, era una mujer educada para ser la sirvienta del esposo e hijos; para su mala suerte, todos, los cuatro, fueron hombres. Antonio era el penúltimo y el más engreído por ser el más guapo y el más alto. Y sabría Dios por qué era su favorito. Así que, en casa de los Carranza, jamás se pensaba en el futuro, en progresar o en aspirar a una vida mejor. Si había qué comer ese día, no había problema, todo era fiesta y vacilón. Hasta antes de casarse Antonio, su madre le lavaba la ropa y hacía su cuarto. Calentaba su comida, así llegara a las 3 de la mañana después de una borrachera. No se preocuparon por darles estudios. Si trabajaban, bien; si no, igual. Como decía la señora: «En mi casa, jamás faltará cama y comida para un hijo mío». En cambio, a Virna, apenas salió del colegio a los dieciséis años, su padre le consiguió de inmediato trabajo como asistenta en una clínica odontológica de un amigo de la tienda. Por las mañanas iba a la academia. «¿Quieres ir a la universidad?, tienes que trabajar. Te pagas la mitad de la pensión y yo, la otra mitad. Así es la vida, hija». Entre el trabajo y la universidad, Virna no tenía tiempo para verse con Antonio y, poco a poco, se fueron alejando a pesar que se amaban mucho.
—Amor. Tengo que llamar a mi mamá. Deben estar preocupados por mí. —La novia que no llegó a ser esposa esa tarde, se sentó en la cama y, mientras se tapaba con una sábana, trataba de mover a Antonio.
—No, Vir, no rompas el encanto… —La atrajo hacia él mientras le besaba sus cabellos.
—Vamos, conecta el teléfono. Por favor. Les puede dar algo de la preocupación.
A regañadientes, Antonio conectó el aparato.
—¿Aló, mamá?
—¡Dios mío, Vir! —respondió la madre con un largo suspiro de alivio—. ¿Qué pasó? ¿Dónde estás, hija? Te estamos buscando como locos, hemos puesto todo Lima patas arriba buscándote.
—Estoy bien, mamá. ¿Mi papá?
—Está bien. También muy preocupado, furioso igual que yo. ¡Ay, Dios, Virna!, si supieras qué escándalo se armó luego que reconocieron a ese malnacido, y de la forma cómo te fuiste… ¡Qué horror!, basta con decirte que la gente se agarró a golpes en la puerta del municipio por defenderte a ti, a Iván o por defender a ese maldito… Fue todo tan desagradable, tan vergonzoso…
—Lo siento, mamá.
—Lo sé, hijita. —Doña Olga hablaba con una voz muy dulce, algo llorosa, tan inusual en ella—. Todo es culpa de ese desgraciado, solo Dios sabe qué le habrá dicho a Iván. Pero él regresó, hija, Iván regresó a los minutos que tú te fuiste y estaba muy arrepentido. Le explicamos quién era ese y lo entendió. Él también está preocupado buscándote. Hasta pensábamos que, de la vergüenza, de la humillación que te hizo pasar ese maldito, hubieses cometido una locura.
—No, mamá, estoy bien.
—Hija. Iván dice que todo está bien. Él también se ofuscó, reaccionó mal, pero está desesperado por encontrarte. Incluso, delante de todos, largó a la madre. Vieja maldita, poco faltó para diera saltos de felicidad de que su hijo no se hubiese casado contigo. Iván la mandó bien lejos y se quedó con n
