La senda de las rosas (Bilogía El mal de la guerra 1)

Agatha Allen

Fragmento

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Capítulo 1

Quisiera escribir la historia de mi padre, una historia de amor y de guerra, de falsedad, dolor, persecución, aventura y desventura, yo que me crie en el hostal de la calle Ancha, ante la playa de Barcelona, cerca por un lado de donde el rey Jaime mandó construir las Atarazanas, de donde habían de salir tantas naves que se aventurarían a dominar el Mediterráneo, y por el otro lado de la Torre Nueva de la muralla que se erigió en 1268, por encima de la cual aún hoy veo planear las gaviotas confundiéndose con las nubes grises que parecen amenazar la ciudad. Mi padre era un hombre alto y rubio, esbelto, y tenía mucha fuerza y una tenacidad de carácter como no he conocido en ningún otro hombre, ya fuera noble o plebeyo, ciudadano de Barcelona o adscrito a las tierras de la Nueva Cataluña. De joven era muy apuesto, caminaba muy erguido y tenía la nuca alta y plana, llena de señorío, sin que fuera más que el hijo de unos hosteleros, un cocinero experto —con cierta cultura, gracias a las enseñanzas de Tomás Rut, maestro de escolares—, de corazón noble y de inteligencia muy clara. El nombre de mi padre era Marc Rosas, y el hostal de la calle Ancha también se conocía entonces como casa Rosas. Desde lo alto del terrado se veía el mar anchuroso —inmenso, comparado con la hondonada cerrada por colinas que ocupaba la ciudad—, el mar que a veces presentaba una mancha de luz plateada donde flotaban las galeras, moviendo los remos acompasadamente como las patas de un ciempiés. También se distinguían las torres altas de los conventos y de la catedral, el tejado del Palacio Real, el contorno de las murallas romanas que protegían una serie de casitas más humildes y las elevaciones que delimitaban el valle y llegaban a conectar con el macizo de Montjuic, que parecía la cabeza de un guerrero fenomenal que hubiese enloquecido a base de beber agua de mar.

Ese es el perfil de mi Barcelona y la de mi padre, Marc Rosas, que había jugado en los mismos patios que yo, se había escondido tras las mismas barcas que yo y había conocido a algunas chicas blancas y de cabello negro, alegres y atrevidas, que debían de parecerse mucho a otras muchachas que después he conocido yo. Aquel domingo 11 de abril del año del Señor de 1227, Marc Rosas, mi padre, se había puesto ropa nueva: camisa blanca, calzas y jubón azul. Aún hacía un sol esplendoroso a media tarde, centelleando sobre la carrera del Borne como un espejo de oro, cuando Marc Rosas se acercó a Ada, la hija del aperador Arnau Vila, que tenía el obrador en la calle de los Guijarros, una travesía de la calle Ancha, muy cerca del hostal; una chica con cara de niña, de tan joven que era, con quien se entendía muy bien y a la que conocía de toda la vida. Ada estaba acompañada por Blanca, que era de su misma edad y como ella se había alquilado en el obrador de tintes de Gerard Colom; de hecho habían entrado a trabajar juntas, a la edad de seis años, y solían compartir tantos ratos como podían; se lo contaban todo y se ayudaban mutuamente en el trabajo, aunque Blanca era la preferida de Gerard Colom, no sé si porque era delgadita y de cara muy fina y tan enfermiza que a menudo le salía sangre por la nariz o por la boca, o porque era de carácter humilde y siempre ayunaba —resignada en su pobreza—, o porque Ada, que tenía los ojos más verdes del mundo, tenía también los brazos fuertes como un hombre, y era alegre como unas castañuelas y nada le hacía mella. Pero mi padre estaba enamorado de aquellos ojos tan verdes, y de los bucles negros de su cabello que relucían con el sol, de la boca perfecta sobre una barbilla voluntariosa y del pecho alto y los andares decididos de la hija del aperador Arnau Vila. Pensaba que ella también le quería por el modo como le miraba, por cómo cuchicheaba con Blanca, su amiga, y por cómo reían ambas, por los ánimos que Blanca le daba cuando Ada no miraba, a base de afirmar con la cabeza y abrir mucho los ojos como incitándole, como si le dijera:

«¡Venga, déjate de miraditas y acércate, pasa a la acción y llévatela de una vez por todas!».

Y por cómo reía acto seguido; Blanca se deshacía en carcajadas estentóreas que a menudo acababan en toses causadas por su enfermedad, porque todos sabían desde siempre que Blanca estaba enferma y era delicada como una flor.

Marc Rosas, mi padre, se acercó, decidido, a Ada, la hija del aperador Arnau Vila.

—Hola —dijo, y sonrió mostrando todos los dientes que tenía.

—Hola, Marc —fue Blanca quien contestó y devolvió la sonrisa a mi padre.

Ada proseguía su camino como si nada, como si tuviera mucha prisa, que no tenía ninguna en absoluto, con la cabeza muy alta y la espalda muy recta.

—¿Os importa que os acompañe?

—¡Qué ha de importar! —exclamó Blanca.

—Pero el hecho es que conocemos muy bien el camino —replicó Ada.

A mi padre le sorprendió un poco aquella salida extemporánea. Se conocían tanto, se miraban tanto, eran tan «amigos de toda la vida» que la frialdad de Ada tenía que ser a la fuerza fingida. Blanca, que por cierto era prima segunda de mi padre, gesticulaba ostensiblemente para quitar importancia a la altivez de Ada.

—Ahora que me acuerdo, mi madre me ha dicho que estuviera en casa a las seis —dijo Blanca, y se escabulló en seguida, sin abandonar una sonrisa maliciosa, aunque volvió a toser.

Marc Rosas y Ada se miraron de hito en hito; por mucho que ella quisiera disimularlo, se decían muchas cosas con la mirada.

—No sé qué podrá querer mi madre... —dijo aún Blanca, antes de esconderse detrás de la esquina.

—Ada, yo te quiero.

—¿Qué?

—Siempre te he querido, desde que éramos pequeños, y si tú quisieras diría a mi padre que viniera a pedirte a tu padre. Tu padre es aperador, el mío hostelero; somos gente del mismo brazo; nuestras familias se entenderían muy bien para redactar un contrato de bodas si tú me quisieras.

Ada bajó la mirada. Se fingía confusa, pero se veía a la legua que estaba encantada.

—¿Querrás?

Ada alzó los ojos verdes y los tenía llenos de luz.

—Yo sí querría, pero mi padre dice que solo tengo catorce años y que soy muy joven todavía para comprometerme.

—¿Cómo sabes que tu padre dice eso?

—Lo dice siempre.

—Pero ¿tú me quieres?

—Yo haré lo que diga mi padre.

Marc Rosas se quedó con la boca abierta y muy alicaído; estaba convencido de que ella diría que sí. La vio alejarse, con la sonrisa en los labios; la dejó marchar sin añadir palabra, y aún estaba plantado en medio del Borne cuando ella desapareció detrás de una esquina, y él pensaba:

«No me quiere, pero no puede ser que no me quiera; pero el hecho es que no me quiere».

—No hagas caso —era Blanca, que había regresado—; las mujeres, a veces, son así; hacen estas cosas, pero no las sienten.

—Estaba tan seguro de que me quería...

—Yo también estoy segura.

—Tú tienes que saberlo; a ti debe de habértelo dicho.

—Me gustaría decirte que sí, porque eres el pariente más guapo que tengo; pero la verdad es que no me ha dicho nada. En eso se muestra muy reservada y misteriosa, aunque yo creo que se pirra por ti.

Dieron unas cuantas vueltas, y no dejaban de hablar de lo mismo, Ada y Marc, Marc y Ada, cuando Blanca no tosía y Marc no tenía que darle golpecitos en la espalda o pedir un poco de agua a una buena vecina. Dieron la vuelta al Borne y se metieron en la calle de Espartería, cruzaron de prisa la calle Ancha —no fueran a verles y tuvieran que regresar a casa—, llegaron hasta la plaza del hospital de peregrinos y salieron a la playa desolada y oscura en aquella hora ya un poco fría de la tarde. El mar repasaba la orilla con sus idas y venidas interminables, mecía las barcas, dejaba cabalgar las naves sobre las olas, ante el horizonte gris, insondable en la lejanía y parecía que decía Marc y Ada, Ada y Marc a cada acometida. No había nadie, y las escasas luces que encendieron a última hora aún daban mayor impresión de soledad entre los huertos desperdigados y la espalda de las casas recogidas para pasar la noche a salvo y amparar a los ciudadanos tras sus muros.

—Es hora de volver.

—Sí, se nos ha hecho tarde.

Cuando doblaron la esquina del hospital de peregrinos casi se dieron de bruces contra la figura imponente de Dalmau de Riera y del Tesor, el hijo del barón de Riera, que, aunque debía de tener la misma edad que Marc Rosas, era más alto y grueso, con cara de bobo y Blanca habría dicho que de idiota, y soltó una risa pegajosa cuando se dio cuenta de que les había dado un buen susto.

—¿Qué hacéis por aquí a estas horas?

—¿Qué haces tú?

—Se me ha escapado Alana, la perra: ¿no la habréis visto, por un casual?

—No hemos visto nada.

—Si la veis... ¡Alana, Alana!

Dalmau de Riera y del Tesor se alejó corriendo, persiguiendo la sombra de Alana, que hacía un ruidillo muy sutil al desplazarse, una especie de pitido fino como una serpiente o un fantasma.

—¿Tú has visto algo?

—Yo no he visto nada.

Odiaba a Dalmau de Riera y del Tesor, a quien llamaba Mau, y estaba seguro de que él también le odiaba desde la mañana que se habían conocido en la escuela de maese Tomás Rut, improvisada en el hospital; Marc Rosas imitó sus andares cachazudos, dando bandazos como un barco, hinchando los carrillos y babeando al tiempo que remedaba su voz engolada que recordaba el sumidero de una pila atascada que a duras penas consiguiera tragar agua. Ahora también corrió dando bandazos, como si precisara toda la playa para desplazarse, persiguiendo la sombra de la perra Alana; incluso parecía meterse corriendo en el mar, como si fuera incorpóreo, como si lo fueran los dos, la perra y el tarado de Dalmau de Riera y del Tesor.

—¡Mira, es como si se lo hubiera tragado el mar!

—¡Ojalá fuera cierto!

Blanca no quiso que la acompañara a su casa; ya era tarde para ir a servir la cena en el hostal y su madre le iba a reñir. Luchó por reprimir una lágrima cuando ella le dedicó una última sonrisa de ánimo, antes de perderse entre las sombras del callejón. Después solo se oían sus toses; estaba tan delgada, con las piernas blancas como su nombre, que Marc Rosas pensó que podía ocultarse en la oscuridad sin ser vista, y que solo sus toses la delataban. Sintió un vacío en el pecho, como si acabara de perder su sonrisa y el apoyo que le daba no solo en el amor de la estúpida Ada, sino en las cosas de cada día, porque tenían una complicidad ejemplar. Sintió como un vuelco en el corazón, como un cachete invisible detrás de las orejas; vio pasar la sombra de un presagio y la espantó con una sonrisa. Entró armándose de coraje.

Tras la puerta de la cocina, cortando leña en el patio interior, su padre le guiñó un ojo al verle. Era una mueca de complicidad, pero no dijo nada; solo le urgió a que se apresurase con un además de la cabeza. Ramona asaba pescado ante los fogones, casi invisible entre la humareda, ella que era alta y un poco corcovada, y murmuraba algo que no se entendía, pero que se podía adivinar:

«¿Qué horas de llegar son esas?».

Entró Miguel, el mayor de los hermanos y en cambio el más bajito, con la bandeja que usaba para servir las escudillas en el comedor; sacudió la cabeza, pero tampoco dijo nada. Marc Rosas se limpió las manos en el lebrillo, se ató el delantal y se incorporó en seguida a su tarea; vertía sopa en las escudillas, llenaba las fuentes con ensalada y las adornaba con filetes de pescado ya cocido. Después —cuando Ramona se lo indicó por señas, llevándose la mano a la frente y cerrando los ojillos para dar a entender que padecía una fuerte jaqueca—, tostó pan, asó salchichas, removió las salsas y puso el costillar de la ternera al fuego para que se hiciera al ast[1] antes de que se lo terminaran de comer las moscas. Aquella noche tenían muchos parroquianos, y además avanzaban cosas para mañana. No le quedó tiempo de volver a pensar en Ada, que de haberlo tenido se habría quedado parado, incapaz de reaccionar, y tampoco pudo evocar la frialdad que le había dejado en el corazón la repentina desaparición de Blanca. Solo cuando el trabajo menguó y estaba a punto de comerse una rebanada de pan, untada con salsa de almendras, canela y vinagre, de las que habían preparado para acompañar la carne, María, su madre, se le acercó con los labios apretados y los ojillos azules centelleando.

—Me he entretenido, madre...

Era alta como un hombre, fuerte como un mozo de cuerda; tenía el pelo rojo y los ojos azul claro. No dijo ni una palabra, pero le pegó una bofetada que a Marc le ardió en la cara.

«Me lo tengo merecido».

Cuando subió a su cuarto ya no quedaba nadie a la vista. Era una buena habitación; si hacía falta, la alquilaban, pero si estaba vacante Marc Rosas se sentía muy a gusto en ella, como si fuera un señor. Plegó sus ropas y las puso en la caja. Se asomó a la ventana. Desde allí no se veía, pero en la quietud de la noche creyó oír el rumor lejano del mar que todavía repetía «Ada y Marc, Marc y Ada». La frialdad de la amada se le confundió con el vacío que le había dejado en el ánimo la repentina desaparición de Blanca. Mañana los dos se reirían de su inquietud, pensó, y se la figuró haciéndole confidencias. Mañana los dos se burlarían de su intranquilidad, ella tal vez ridiculizaría su obstinada pasión por Ada, le ayudaría a olvidarla, a pesar de que no se veía capaz de olvidarla; nunca habría creído que al día siguiente Blanca amanecería muerta, que le habrían arrancado los ojos y ya no volvería a sonreír; nunca habría creído que no volvería a verla con vida.

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Capítulo 2

Había vuelto a pensar cien veces en Ada, antes de conseguir dormirse. Olvidarla, tenía que olvidarla si quería continuar viviendo tranquilo. Se había despertado de madrugada, soñando con ella. No, no tenía que soñarla. No era más que una mujer como otra cualquiera, una ingrata. Era una joven vulgar, no aquella virgen impalpable, vestida de tules, como una princesa, que acababa de soñar. La había visto caminar con los pies descalzos, hermosos como los de la Virgen, delicadísimos, con una rosa roja prendida entre los dedos gordo y medio de cada pie, y las espinas de los tallos se le clavaban en las plantas y dejaba un rastro de sangre que brillaba como rubíes. No, rubíes no; mierda, dejaba un rastro de mierda. Ada era una mujer como cualquier otra, una mujer que cagaba y meaba, nada de vírgenes impalpables, nada de tules, nada de rosas, nada de perfumes. Era ramplona. Lentamente, fue volviéndose a quedar dormido. Era fea, cuando cagaba era fea y apestaba, como una hembra deplorable y de baja estofa.

Todavía era de noche cuando lo despertaron unos golpes insistentes en la puerta. Le pareció que el aperador Arnau Vila le pegaba en la cabeza con un mazo y quería matarle por haber tildado de vulgar a su hija Ada.

—¡Que no se te vuelva a ocurrir decir que mea y caga!

—¡Ay, ay, digo!...

—¡Marc, Marc, tienes que levantarte, Marc! Está aquí Porfirio Antón, el alguacil, y quiere verte. ¡Marc!...

Marc Rosas se levantó despacio. Se dirigió a tientas hacia la puerta. Pegó en el arcón con el pie derecho descalzo y se hizo daño. Reprimió un aullido de dolor. Detrás de la puerta, su madre sujetaba un candil y le miraba con los ojos azules muy abiertos.

—¿Qué has hecho, Marc?

—¿Qué pasa?

—Blanca, tu amiga, ha muerto —dijo Porfirio Antón—. La he encontrado en la playa con las cuencas vacías. ¿Dónde están los ojos?

—¿Qué?

—Los ojos de Blanca, ¿dónde están? ¿O acaso te los has comido?

—¿Qué dice este hombre?

Porfirio Antón era un tipo alto como una montaña, con una panza muy vistosa; tenía los brazos como palas y una cara de tan pocos amigos, sobre una abundante papada, que daba grima verle. Pegó tal tortazo al pobre Marc que lo hizo trastabillar. Marc Rosas era fuerte; había trabajado de albañil y cargaba con las piedras más grandes; sabía que si ahora se abalanzaba sobre el alguacil se librarían a una lucha feroz y le dejaría muy mal parado antes de que pudiera dominarle, si es que lo lograba. Pero si le plantaba cara el alguacil le haría matar, o lo mataría con sus propias manos y diría que se había resistido a la justicia. De modo que se contuvo; se puso el capote sobre el camisón, se calzó las botas y siguió a Porfirio Antón hasta la playa con toda la resignación de la que pudo hacer acopio.

Porfirio Antón se alumbraba con un farol. Cuando llegaron a la playa, detrás de una barca volcada, levantó la manta que la cubría y apareció Blanca espatarrada, con el cuerpo delgado y enfermizo completamente desnudo, el cabello esparcido sobre la arena y el rostro tiznado con la sangre que había derramado a través de los ojos; porque quien fuera que la hubiera acometido se había entretenido en arrancarle los ojos con los dedos, no se sabía si antes o después de violarla.

—¿Qué has hecho, maldito?

Marc Rosas lloraba, de rodillas ante el cadáver. Le pasaba la mano por los ojos y no conseguía cerrarlos. Le besó los labios, limpiándolos de sangre con sus lágrimas, y estaban helados.

—Yo no he hecho nada —dijo cuando consiguió hablar—. Yo la quería como a una hermana, la quería como a mí mismo.

—Esto no es lo que dice Dalmau de Riera y del Tesor, el hijo del barón de Riera.

—¿El Mau? ¿Qué es lo que dice el Mau?

—Que anoche os vio solos en la playa.

—Nosotros también le vimos. Buscaba a su perra, Alana. Tal vez la mató él, y el animal, que es feroz, le sacó los ojos.

—He pasado la noche con Dalmau de Riera y del Tesor en la taberna del Jure, y la perra yacía pacíficamente a su lado.

—¿Y por eso tengo que haber sido yo? ¿Yo, que habría dado mi vida por ella? ¿Yo, que la quería como carne de mi carne y sangre de mi sangre? Con todos los respetos, señor alguacil, me parece que os equivocáis.

—Eso lo veremos.

El alguacil Porfirio Antón se llevó a Marc Rosas calle arriba con la clara intención de hacerle atravesar toda la ciudad; lo empujaba y le pegaba algún que otro guantazo, y cuando Marc Rosas se quedó clavado en el sitio, decidido a no dar un solo paso más, le ató las manos por detrás y le arrastró literalmente a lo largo de la calle de la Bòria, ante los frazaderos y demás comerciantes textiles, hacia el castillo de la Corte del Veguer. Mi padre debió de pensar que el veguer haría justicia y lo soltaría, porque todos los domingos comía en el hostal Rosas con su familia y él mismo le había preparado sus buenas cazuelas de congrio con granos del paraíso —que era una especie muy apreciada que traían los comerciantes de África— y capones rellenos de albóndigas y piñones, de modo que forzosamente había de mostrarse favorable, escucharle y dejarle marchar, puesto que no había hecho nada. Pero acto seguido se desmoralizó un poco; fue cuando vio la torre de la cárcel, dorada por el sol de la mañana, imponente con las ventanas cegadas para mortificar más a los presos y para que el carcelero pudiera hacerse pagar la merced de dejarles ver la luz del día; entonces sintió el azote de un mal presagio y temió no llegar a salir con vida del castillo lóbrego a donde Porfirio Antón lo llevaba.

—Quiero ver a mi padre.

Porfirio Antón esbozó una sonrisa y lo empujó hacia dentro, más allá del patio, hacia una mazmorra hosca y maloliente, donde lo dejó tirado sobre el suelo húmedo, tras hacerle saltar de golpe tres escalones que no llegó a ver; permaneció a oscuras, con las manos aún atadas a la espalda, aturdido y desolado por cuanto acababa de ocurrir: la muerte de Blanca, que todavía no alcanzaba a creerse, y su propio infortunio. Pensó que la peste de aquel antro volvía el aire opaco, que por eso no veía más allá de sus narices, puesto que había un palmo de inmundicia en todas partes; pero no era eso, cuando los ojos se le acostumbraron a la oscuridad, empezó a distinguir cabezas de hombres con la calva llena de costras o con el pelo enmarañado y pegajoso, excesivamente largo, y el cuerpo desnudo en la piel y los huesos, o apenas cubierto con sacos. Empezó a percibir como un lamento común, una murga de tono tan bajo que apenas resultaba audible, una expresión de desespero, y todos tenían la cabeza baja o los ojos en blanco.

—¿Dónde estoy? ¿A dónde he ido a parar?

Nadie le contestaba. Aquellos hombres parecían en estado larvario, incapaces de hablar o de mirar siquiera a los demás ocupantes de la mazmorra. Había pedazos de vasijas de barro por el suelo, pegotes de mierda, y los que no permanecían tumbados, en clara derrota de los cuerpos entecos, era porque estaban encadenados a la pared y solo parecían esperar el momento propicio en que la muerte terminaría por librarles de aquel encierro aniquilador.

—¿Dónde estoy, Porfirio Antón, a dónde me habéis traído?

—No grites, no sirve de nada.

Era una voz de mujer. Se arrastró hasta la puerta, se asomó a los barrotes y en la celda de enfrente pudo ver a la que parecía dueña de aquella voz, una bola de sebo peluda, vestida con andrajos, que hilaba una rueca sucia y parecía ser el único espécimen humano capaz de comunicarse por medio de la palabra, pese a que la palabra era lo único que tenía de humano.

—¿Dónde estoy?

—En la cárcel. ¿Acaso no lo ves?

—Quiero salir de aquí. Porfirio Antón, ¡sacadme de aquí!

—De aquí solo se sale muerto, a menos que tengas mucho dinero.

Pasaron tres días y mi padre no comió ni un triste mendrugo de pan. Bebió en el abrevadero como un animal, todavía con las manos atadas, y en la oscuridad de la celda el agua negra parecía contener orina y excrementos, de lo mal que olía. Cuando se cansó de gritar y ya no se molestaba en abrir los ojos, porque comenzaba a acostumbrarse a su desgracia, unos pasos de plomo se acercaron a la puerta, que gimió al ser abierta, y una mano implacable le agarró del cabello y tiró de él hacia afuera. La luz del día le cegó los ojos y no supo quién era el gigantón que le arrastraba. Encontró a su padre en la caseta del guardián, esperándole con la más dulce de sus sonrisas. Le acarició la mejilla.

—Apresúrate —dijo—, que nos vamos.

Le desató las manos y le quedaron dos marcas muy profundas y rojas en las muñecas.

—¿A dónde vamos?

—A casa.

Examinó al gigante, que le miraba, burlón, con las manos metidas bajo la faja; era Porfirio Antón.

—No puedes condenar a un hombre al hambre y la desolación así como así.

—¡Ja, ja! ¿Qué te juegas, muchacho, a que sí puedo?

—Vamos —intervino su padre, Pau Rosas—. Haces falta en casa; tenemos mucho trabajo.

—Tienes suerte de tener un padre como el que tienes; de otro modo habrías dejado la vida allí dentro.

—¿Por qué?

—Por asesino.

—Yo no he matado a nadie.

—Eso es lo que dicen todos.

—Vamos —urgió Pau Rosas—; tu madre y tus hermanos te echan de menos.

«¿Y Ada?», debió de pensar Marc Rosas, «¿me echa de menos Ada?».

—Padre, yo no he matado a nadie.

—Nadie cree que lo hayas hecho; nadie más que Porfirio Antón.

Había tenido que pagarle treinta dineros de moneda barcelonesa de tres para que le dejara en libertad, y aun así Porfirio Antón decía que Marc Rosas era un asesino y que un día le haría condenar por su fechoría. Una vez en casa, Marc Rosas abrazó a sus hermanos y tenía ganas de llorar. Clemente, el hermano menor —el preferido de su madre—, sí estaba llorando; lo hacía de un modo tan escandaloso que uno no sabía si reía como una hiena o lloraba de verdad; pero Marc Rosas sabía que lloraba con sentimiento, porque Clemente lo quería mucho y respetaba su autoridad. Incluso Bernardo, el hermano rival, que quería desbancar a Miguel, el hermano mayor, del comedor y llegar a mandar, Bernardo, que era alto y grueso —feo como el pecado, solía decir Ada— se mostraba compungido. Marc Rosas comió mucho, hasta tres escudillas de judías con caldo de merluza en el que Ramona había desmigajado con paciencia todas las carnes de la cabeza, y mucho pan y mucho vino.

—Vete con cuidado, que te sentará mal —decía María, su madre.

—No creo que me siente mal.

Después se lavó; no en el baño del patio, donde calentaban el subsuelo con una ingeniosa chimenea y había un canalillo de agua caliente, pero sí dentro de la tina grande. Se puso calzas nuevas y una camisa blanca y se preparó para salir.

—¿A dónde vas?

—¿A dónde he de ir? A ver a la tía Guida; con la muerte de Blanca, debe de estar desconsolada.

—Sí que lo está.

Bajó hasta el tramo más marginal del barrio de la Ribera y se adentró en la calle estrecha, de casas tan pequeñas que casi no tenían fachada, donde vivía Guida, la viuda del pescador Pedro Boga, con la pequeña y juguetona Blanca, que tenía el cabello de seda y la piel de cristal... ¿Qué decía, vivía? Blanca ya no vivía, Blanca estaba muerta, ¡Dios mío! Ahogó un sollozo. La calle parecía pavimentada con piedras de las que echaba el mar, cubierta de desperdicios que no se comían ni los pobres y excrementos, de modo que uno tenía que mirar dónde ponía el pie para no pringarse. Un sujeto negro como el carbón le agarró del pecho y le dijo:

—Dame un céntimo, o te voy a degollar.

—Tendrás que degollarme, porque céntimo no tengo ni uno.

—Nadie lo diría, con lo elegante que estás.

—Limpio, es lo que estoy.

Marc Rosas se quitó al bribón de encima con facilidad. Le estaba amenazando y ni siquiera tenía un cuchillo para atacarle, y lo que es peor, no conseguía tenerse en pie. Entró en la casa de la tía Guida. La vivienda consistía en una sola habitación, que se abría a la calle, realquilada de una casa más grande donde en principio se había pensado instalar un comercio, con una cortina y sin ventana, por lo que resultaba muy oscura; aparte de la cama, donde solían dormir madre e hija, apenas había muebles, y la tía Guida se pasaba la vida sentada en aquella pieza, de paredes ennegrecidas por el fuego del hogar, donde siempre había brasas y una olla colgando de los llares, con agua caliente y sopas de pan. La tía Guida estaba sentada en la mecedora y si no rezaba debía de estar llorando. Estaba rolliza, de tanto comer pan y de no moverse; tenía el pelo rizado y era casi ciega por culpa de las cataratas. Al oír pasos se sobresaltó.

—¿Quién es?

—Soy yo, Marc Rosas.

—¡Marc, hijo mío!...

Lloró mucho; tenía un nudo en la garganta y le costaba hablar.

—Blanca, Blanquita, consuelo de mi vejez, me la han robado; muerta, me la han matado. Ya no tengo a Diodito, que tuvo que alquilarse en el campo, porque yo no podía mantenerle, y a Emma tuve que dársela al tendero de la calle del Mar cuando era pequeña y ya ni siquiera me llama mamá, cuando viene a verme; y ahora Blanca, que era la niña de mis ojos...

Marc también hubo de llorar.

—Averiguaré quién lo ha hecho y lo pagará —balbució—; por supuesto que yo no he sido.

—Tú la querías como a una hermana, ya lo sé, y ella te quería a ti, te encontraba muy guapo y te quería como a nadie.

—Averiguaré quién lo hizo; Mau de Riera y del Tesor no pudo hacerlo, pero averiguaré quién fue.

—¿Quién es Mau de Riera y del Tesor?

—Dalmau, el hijo del barón de Riera. Nos lo encontramos aquella noche.

—No puede ser; también dicen que vieron a Bartolo Viola, el tarado, y al señor don Juan de Pineda, a quien llaman el conde Huguet, pero no... Quien lo hizo tiene que ser un hombre muy mal entrañado; mira que deshonrarla y arrancarle los ojos de vivo en vivo...

La tía Guida seguía llorando. Marc Rosas le sirvió una escudilla de sopa de ajo, pero ella la rechazó. Marc Rosas estaba inquieto; no sabía que hubieran visto a Bartolo Viola aquella noche, ni al conde Huguet; Porfirio Antón no le había dicho nada al respecto; pero no podía ser...

Por la noche habló con Simón Robiol, en la taberna del Jure. Simón Robiol era el heredero de la casa Robiol del Óleo, donde tenían una almazara y un almacén que abastecía de aceite a buena parte de Barcelona. Simón Robiol era bajito, ligeramente corcovado, a pesar de ser tan joven como Marc Rosas, con el pelo peinado hacia atrás y un continente entre parsimonioso y triste que resultaba muy misterioso. Su expresión era engañosa, porque le gustaba la juerga y sabía disfrutar de las cosas buenas de la vida. Era una especie de sabio, o un filósofo de la antigüedad, y sabía seguir cualquier clase de conversación.

—Olvida al conde Huguet —dijo Simón Robiol—. Aunque no lo parezca es un señor de verdad y no sería capaz de matar ni a una mosca. Por lo que respecta a Bartolo Viola, yo no creo que haya hecho nada, ni que tenga la crueldad necesaria para maltratar a una muchacha, siendo como es; está majara y no es más que una víctima.

Simón Robiol se quedó callado: tomó un traguito de aguardiente y negó con la cabeza, poniendo los ojos en blanco.

—Por lo que respecta a Ada, la hija del aperador Arnau Vila, también la puedes olvidar; hoy la he visto con Dalmau, el vástago del barón de Riera y del Tesor, y él tenía una cara de encoñado, con sus ojos de baboso, como no se la he visto nunca a nadie.

Marc Rosas sintió que el mundo se le abría bajo los pies y le engullía muy adentro. De modo que Mau de Riera y del Tesor... Por eso le había denunciado al alguacil Porfirio Antón. ¡Cómo podía Ada caer tan bajo, si Mau era baboso y tenía cara de imbécil!...

—¿Y ella?

—Ella... digamos que consentía.

¡Consentía! Y a él le había dicho que su padre decía que era demasiado joven para comprometerse. No había sabido enamorarla. No había sabido hacerse valer. Con las mujeres uno no podía ser bueno. Le había dicho demasiado a las claras que la quería.

Marc Rosas no sentía su propia respiración, como si se le hubiera detenido el corazón. Estuvo en un tris de desmayarse, y sabía que estaba pálido como la muerte. Por fortuna también estaba presente Galcerán Oliver, del hostal Miserias, que había venido de Gerona a ver a los amigos, y era un joven alto y fuerte, cuadrado de espaldas y risueño, con el pelo muy negro y rizado y la frente alta como un emperador romano.

—¡Déjate de cuentos! —dijo Galcerán Oliver palmeándole la espalda—. Aquí entre nosotros las mujeres son solo putas, nada más que putas, y como putas hay que tratarlas.

«Es cierto, las mujeres son putas», pensó Marc Rosas.

—Mira, ¿sabes lo que te conviene? —continuó Galcerán Oliver—. Te vienes conmigo a Gerona, aprendes a cocinar en nuestra casa, porque ya sabes que el hostal Miserias es conocido en todo el mundo; tenemos mujeres a porrillo, sin ir más lejos mis hermanas están de muy buen ver; vienes a Gerona y olvidas a esa hija puta del aperador Arnau Vila.

—¿Lo dices de veras?

—¿Lo de hija puta? Mira, perdona, es una manera de hablar; ya sé...

—¿Dices de veras lo de ir a aprender a cocinar a tu casa, en el hostal Miserias de Gerona?

—Me harías muy feliz si aceptaras venir.

—Entonces, si mi madre me deja, iré.

—Bien hecho.

—Y la hija del aperador Arnau Vila...

—¿Qué?

—Mea y caga como todas...

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Capítulo 3

Unos cuantos días más tarde mi padre, Marc Rosas, se fue a Gerona con su amigo Galcerán Oliver, del hostal Miserias. Procuró no volver a toparse con Ada y lo consiguió; pero lo que no fue tan fácil fue borrarla de sus pensamientos; la imaginaba a todas horas paseando por el Borne, bajo la mirada complacida del baboso barón Mau de Riera y del Tesor, que era un imbécil. Hasta le venían a la cabeza imágenes fugaces en las que los veía a los dos caminando por la playa, ahora que ya venía el buen tiempo, con los pies descalzos y cogidos de la mano. Cogidos de la mano, ¡oh, Dios mío! Si esa visión llegaba a hacerse algún día realidad Marc Rosas estaba seguro de que moriría de la impresión, o de asco, porque el barón era un necio disfrazado de doncel noble y no so

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