Capítulo 1
Después de Navidades, el abate Servatos y el caballero Mau de Riera y del Tesor emprendieron viaje hacia el norte, uno para dirigirse a la abadía de Moridor, unida a Narbona, y el otro para trasladarse al vizcondado de Rasés, que quedaba cerca de allí, para recibir órdenes del barón de Turbit. Lo cierto es que el abate y el caballero se habían hecho tan amigos a lo largo del tiempo que eran como uña y carne. De hecho, el barón de Turbit no estaba casi nunca en sus dominios; viajaba por el sur, a lo largo de las tierras del rey Jaime —que entonces estaba madurando la posibilidad de conquistar Valencia— y perseguía tenazmente a los «buenos hombres» fugitivos del Languedoc. Para ser nombrado abate de Moridor, mosén Servatos se había tenido que hacer monje, y lo había hecho con la despreocupación y ligereza que le caracterizaban y respondiendo al principio que regía su vida, que era sacar provecho de todo sin reparar en la bondad o maldad de los medios que usaba para conseguir sus propósitos. Había logrado mantener su categoría de canónigo y hacerla compatible con su nuevo cargo, y para hacerlo se había declarado enemigo acérrimo de los «cristianos» albigenses y por el contrario se había hecho amigo del arzobispo de Narbona, que le favorecía otorgándole prebendas, de modo que cuando una iglesia quedaba vacante se abstenía de nombrar titular para que el abate Servatos pudiera aprovecharse, y hacía caso omiso del hecho de que rehusara vestir el hábito blanco y negro, de su convivencia habitual con mujeres de vida disipada, de las prácticas de usura a las que se libraba para aumentar su patrimonio y de todos los abusos que el abate compartía con su amigo Mau de Riera y del Tesor.
—Me han dicho que Ada ha dado a luz una niña que se llama Griselda.
—Eso ya no me interesa.
Aquel año de 1232 el día de Navidad caía en domingo, y en consecuencia San Esteban, el día 26, en lunes. En el hostal de la calle Ancha no había aún muchos huéspedes, ni tampoco se encargaban muchas comidas por Navidades, siendo unas fiestas muy hogareñas, de modo que María, la madre de Marc Rosas, había organizado un festín con toda la familia, servido en el que llamaban «comedor largo» donde había una mesa capaz para unos veinte comensales. El hecho de reunirse la familia en el hostal resultaba extraordinario, porque normalmente todos comían con prisas cuando y como podían, mientras servían a los huéspedes, entre plato y plato, o bien al final, cuando muchos ya se habían marchado y no quedaba gran cosa que repartir, de modo que a menudo tenían que hacer una tortilla de cebolla o improvisar alguna otra cosa fácil de preparar. Aquel día María hirvió garbanzos y arroz con carne de pollo y filete de ternera, y lo hizo en abundancia, de modo que sobró para la noche y también para llevar a los vecinos más pobres, como Porotos Pean —que era el ayudante de la beguina Rosell— o a los propios leprosos del hospital de San Lázaro, o a Guida —la madre de Blanca, la prima que había aparecido muerta y con los ojos vaciados—, o a la propia Amelia, la madre de Oliva, la muchacha que también había sido asesinada y le habían arrancado los ojos, o a Angeló, la madre de Bartolo Viola, el Péscalo, que había embarcado hacia Egipto y nunca había vuelto. A media tarde, Marc Rosas y Ada fueron a dar una vuelta por la ciudad y ella se sentía muy lenta y cachazuda.
—Es culpa de los garbanzos —dijo.
—El embarazo está muy adelantado; quizá no tendríamos que salir a caminar.
—Al contrario, dicen que caminar es muy bueno.
Aquella noche Ada se levantó unas cuantas veces tratando de ir de vientre.
—Ciertamente, los garbanzos te han sentado muy mal.
—Creo que no son los garbanzos.
—¿Qué quieres decir?
—Que ya estoy de parto.
Marc Rosas corrió a buscar al doctor Serapio, que se levantó de mala gana, porque le sucedía muy a menudo que no le dejaban dormir por culpa de un enfermo, y cuando vio a Ada dijo:
—¿Para eso me habéis llamado? ¡Todavía falta mucho! Tiene la matriz del grosor de un dinero de plata.
Ada sentía fuertes dolores y Marc no sabía qué hacer. Honesta había acudido en seguida junto a la hija y la atendía con mucho cariño, pero aparte de consolarla y rezar no podía hacer gran cosa. Así pasaron la noche y el día siguiente; Marc bajó a preparar la comida y luego la cena, y el parto parecía estancado; Ada mordía un pañuelo para no gritar y espantar a los clientes del hostal. El miércoles 28 por la mañana vino el conde Huguet, examinó a la parturienta y no pudo evitar decir:
—Este niño viene de nalgas; no creo que pueda vivir.
Miguel Rosas sudaba como si estuviera ante los fogones una mañana de agosto.
—Voy a buscar el manto de la Virgen —dijo.
Sabía que en agosto de 1218, la Virgen se les había aparecido una noche a Pedro Nolasco, Raimundo de Peñafort y el rey Jaime al mismo tiempo y les había encomendado la fundación de una orden para la redención de los cautivos cristianos que estaban en manos de los musulmanes, la orden de la Merced; entonces ya había en Barcelona advocación a la Virgen de la Merced, y el rector de San Miguel tenía incluso una imagen de la Virgen en la sacristía, con un manto que le había regalado el gremio de curtidores de la ciudad. Naturalmente, el viejo bondadoso que era el rector de San Miguel le prestó de buen grado el manto de la Virgen, y Miguel Rosas cubrió con él a la parturienta, cuyos gritos de dolor eran ya tan lastimeros que habrían podido reblandecer un corazón de piedra.
—La Virgen te protegerá y todo saldrá bien.
Todos rezaron a su alrededor, hasta el conde Huguet, que dijo entre dientes:
—Tal vez sería más conveniente decirle a Florina que le prepare un buen brebaje.
Ya fuera el manto de la Virgen, ya la fe, o las ganas de traer el niño al mundo y salir del mal paso en que se habían encontrado con su esposo, Marc Rosas, o bien la fuerza de voluntad o acaso todo eso junto, el hecho es que por la tarde, tras dos larguísimos días de padecimiento, mi madre dio a luz a Griselda, una niña con los ojos tan negros y avispados que cuando Bernardo Rosas la vio exclamó:
—¡Carajo, menudos ojos!
Ada había sufrido tanto que estaba empapada en sudor, y el manto de la Virgen había quedado tan mojado que antes de que Miguel Rosas pudiera devolverlo, tuvieron que tenderlo en la azotea. Marc Rosas, mi padre, negaba con la cabeza y decía:
—No vamos a tener más hijos.
El conde Huguet lo abrazó y dijo:
—Y que lo digas: ha sido un milagro que esta niña haya venido al mundo a salvo y que la madre haya sobrevivido.
Ada se fue recuperando poco a poco; Honesta pasaba muchas horas a su lado y estaba encantada con la niña, que se aferraba al pecho y parecía muy vivaracha; María le subía todas las tardes una escudilla de caldo de gallina, con un dedo de grasa encima, y aseguraba que era la mejor medicina que podía tomar una parturienta; Marc Rosas iba del trabajo a la cama, para comprobar cómo estaban sus «dos» mujeres, y de la cama al camino Nuevo, donde se encontraba el solar de Santa Catalina, ya limpio, vallado y con los muros de la casa empezados sobre los cimientos. Pansida dirigía los trabajos, Clemente Rosas —el hermano pequeño de Marc— acudía a echar una mano y así no pasaba tantas horas en la taberna del Jure, y también ayudaba Isidro Marsella, aquel hombre tan gracioso que cuando fruncía el entrecejo se transformaba en una vieja. Los días pasaban; el sábado 31 se habían reunido todos en el «comedor oscuro», que era una estancia cuadrada, sin ventanas y con retratos en las paredes que comunicaba directamente con la cocina del hostal de la calle Ancha. Marc Rosas había preparado lechón relleno con el hígado y los pulmones, todo picado con perejil y mejorana, más queso rallado y dos huevos para ligar la picada, cocido en el horno del patio hasta que la piel quedó crujiente, y de postres leche al horno, con un huevo por persona, manteca y azafrán de modo que quedara cuajada para formar una especie de flaón con miel por encima. Marc Rosas había subido una ración para Ada, que estaba mucho mejor y se lo agradeció en el alma, porque estaba harta de tomar caldo de gallina grasiento. Pansida había venido con su mujer, que era bajita y rechoncha como una peonza, muy alegre, y respondía al nombre de Marieta Caraba. Isidro Marsella también había traído a su mujer, que era alta y flaca y tenía una cara muy seria, a lo que contribuía su generosa papada, que contrastaba con su delgadez; su nombre era Candela Mula, y no hacía precisamente buena pareja con aquel hombre tan risueño. Clemente Rosas trajo un juego de dados, pero Marc le prohibió que los echara en la casa, pese a que él decía que era solo para adivinar la buena ventura.
Los días pasaban; el lunes Ada dejó de guardar cama, y tras la festividad de Reyes las paredes de Santa Catalina empezaron a crecer a marchas forzadas; ya superaban tres palmos la altura de un hombre bien constituido y cubrieron con vigas dos pasillos largos y dos piezas cuadradas para construir sótanos; las cámaras restantes las rellenaron con piedras, porque Marc Rosas no podía permitirse pagar tantas vigas ni cubrir tantas estancias. Isidro Marsella y Clemente Rosas cargaban piedras en la carretilla y Marc Rosas y Pansida las iban colocando con cuidado en las cavidades a rellenar. Ada vino con la niña Griselda en brazos para comprobar los progresos de «Santa Catalina»; aquella fase de la construcción era muy agradecida, porque crecía a ojos vista. Marc Rosas tomó a la niña desde lo alto de la pared y se le veía muy satisfecho: ya estaban casi en febrero y el día era más largo; la puesta de sol, con la ciudad encogida a un lado, los campanarios de las iglesias, los campos y el mar en la lejanía configuraban una estampa idílica; bien mirado, parecía que la felicidad también era posible.
—Se nota que la luz dura hasta más tarde —comentó Marc Rosas.
Griselda quería tocarle la nariz con la manita, como si le estorbase aquella prominencia en medio de la cara de su padre.
—Al empezar el año, ya crece el día un paso de gallo y por San Antonio, lleva un paso del demonio.
Desde lo alto de la pared, Marc Rosas vio acercarse una figura con rapidez. En seguida tuvo un extraño presentimiento y, a medida que se acercaba, los ademanes, la impresión que daba y después las facciones decididamente amables delataron su identidad.
—¡Anotia!
—Sí.
Era Anotia —Mateo Parella era su verdadero nombre—, el «buen hombre» que había cuidado de él en Sotera, vigilándolo día y noche con mucha paciencia junto con su mujer, Maranta, que después de morir en el hospital de los leprosos aún había sido quemada.
Marc Rosas saltó desde lo alto de la pared para abrazarlo emocionado.
—Me han dicho que podría encontrarte aquí.
—Y aquí me has encontrado.
Entonces Marc Rosas calló para no comprometerle, pero apenas tuvieron un poco de intimidad le dijo:
—Creía que habías muerto.
—Se necesita algo más que el barón de Turbit para matarme a mí.
Capítulo 2
Anotia había llegado a Barcelona predicando la pobreza, sin negar su condición de «buen cristiano», y no era consciente del peligro que corría. Aún no hacía un año que se había constituido el tribunal de la Inquisición, precisamente para perseguir a los que se hacían llamar «buenos hombres», que eran considerados herejes y la Iglesia católica los excomulgaba y hasta condenaba a muerte; la persecución se concentraba sobre todo en Occitania, lejos de Barcelona, pero no había que olvidar que el barón de Turbit había bajado desde el vizcondado de Rasés hasta Sotera para acosar a los «herejes» y que decían que Mau de Riera y del Tesor era su mano derecha, además de contar con el apoyo del «abate» Servatos, ambos bien relacionados en la ciudad.
—¿Qué me aconsejas que haga?
—En primer lugar te cortas la barba y los cabellos, te pones ropa vieja de albañil y te vienes con nosotros como si regresaras del trabajo en la obra. En segundo lugar adoptas un nombre supuesto, el que quieras, pero que no sea Anotia ni Mateo Parella, porque estos ya los conocen. En tercer lugar dejas de predicar la pobreza mientras estés en Barcelona y te confundes entre los ciudadanos sin llamar la atención.
—De acuerdo, me pondré el nombre de Pedro Grandote.
Marc Rosas rio; grandote lo era, y cuando se cortó el pelo, que tenía gris, y se quitó la túnica, aún parecía más imponente; pero Pedro era un nombre tan corriente que no iba a despertar ninguna sospecha.
Miguel Rosas aceptó a Pedro Grandote para cargar fardos en la playa y llevarlos al hostal, y Carlos de Timbos, el tejedor, le dio cobijo en una casa pobre que tenía en el barrio de la Ribera, una de aquellas casas de fachada mínima, con dos habitaciones, una puerta y una ventana. Alternando con los estibadores en la playa, Pedro Grandote encontró trabajo de mozo de cuerda y entonces, vestido de ganapán, cargando cajas con Miguel Rosas del hostal de la calle Ancha y trabajando en la obra de Marc Rosas, nadie lo relacionaba con los «cristianos».
La casa de Santa Catalina creció deprisa con los esfuerzos y trabajos de Marc Rosas y Ada, y con la ayuda de quienes demostraban ser sus amigos. Simón Robiol llegó a transportar piedras sobre parihuela con su ramera inseparable, la Garza, y Galcerán Oliver acudía a la obra con el beneplácito del conde Huguet y siempre llevaba algún presente, pero sobre todo pagaba bien el trigo molido, la manzanilla seca, cortada con esmero y colocada en saquitos, y le daba comisión de los quesos que vendía, procedentes de las masías del «conde», así como de los embutidos y las cosechas de grano, legumbres y también de las botas de vino. Mi padre solía decir que había hecho de todo para pagar la casa, y mi madre aseguraba que siempre le había ayudado.
Lo terrible fue que, cuando vino la primavera, Marc Rosas volvió a caer enfermo y no sabía quién era ni qué era cuanto había a su alrededor: para él todo era la guerra, y la revivía de día y de noche, como si aún estuviera en la trinchera del conde de Ampurias. Entonces Pedro Grandote fue de mucha ayuda. Ya le había cuidado una vez, y tenía tan buena disposición y tanto temple que podía volver a hacerlo. Naturalmente, tuvo que sujetarle, y llevarlo al hospital de los leprosos, donde la beguina Rosell le cedió un recinto en el desván, una habitación limpia y seca, soleada, donde nadie le haría caso, si es que llegaban a oírle, y donde permaneció cerca de dos meses, hasta que volvió a encontrarse bien. El mal ya duraba menos; acaso algún día menguara lo suficiente como para desaparecer. Pero se repetía siempre implacablemente; se repitió en la primavera de 1233, y en el otoño de 1234, y en la primavera de 1235, y en el otoño de 1236, y después empezó a reproducirse en primavera y otoño y duraba solo un mes; un mes en primavera y un mes en otoño. Era desesperante. Era terrible. Si se trataba de un castigo divino, Marc Rosas debía de estar purgando las culpas de alguien que había hecho algo muy gordo. Si era obra del maligno, era realmente una crueldad diabólica. Primavera y verano de 1237, y después primavera y verano de 1238; el mal siempre se repetía; ni el conde Huguet, ni el doctor Serapio, ni el talismán de la piedra zafiro, ni los conjuros de Florina tenían efecto positivo alguno sobre el mal de la guerra que se había apoderado de la cabeza del pobre Marc Rosas.
Primavera de 1239; entonces fue cuando nací yo, Juan Rosas, una mañana de abril en que mi padre, Marc Rosas, estaba enfermo; por esa época solo lo llevaban al hospital de los leprosos cuando la enfermedad adquiría tanta fuerza que no podían retenerlo en el cuarto oscuro de Santa Catalina, donde le encerraban bajo llave. En el cuarto oscuro tenía un colchón y solo lo sacaban para comer, bajo la cariñosa vigilancia de Pedro Grandote, del tío Miguel Rosas y de un vecino, Jerónimo Barbulla, que ayudaba a mi madre con generosidad y era de los pocos hombres que no temían enfrentarse con el «enfermo». Nadie hablaba de posesión diabólica, de maldición ni de locura; mi padre era el enfermo de guerra. Yo nací amoratado, decía mi madre, con el cordón umbilical enredado por el cuello; una vez limpio, la abuela Honesta me llevó al pasillo, donde había un agujero redondo practicado en la pared del cuarto oscuro por donde mi padre enfermo podía asomar la cabeza y ver el mundo exterior: el interior de la casa de Santa Catalina. La abuela Honesta me cogió en brazos para acercarme a mi padre, que reía atacado por la enfermedad, pero satisfecho en algún pliegue de su inconsciente, porque a pesar de que cuando había nacido mi hermana había asegurado que no tendrían más hijos, ahora quería, deseaba aquel hijo que era yo, aquel trozo de carne hinchado y ennegrecido que se había empeñado en nacer.
—¡Ya ves, querido Marc, qué niño tan bonito! Lo tiene todo bien; no tiene ningún defecto. ¡Ya ves!
Mi padre debió de hacer una mueca que incluso resultaba graciosa.
—¡Es el conde Huguet! —dijo—. ¡Ese es el conde Huguet!
El barón de Turbit parecía haber perdido el rastro de Anotia y tal vez ya ni le estaba buscando; tenía bastante con perseguir «herejes» a lo largo y a lo ancho de Occitania, acosándolos ahora con la colaboración de Mau de Riera y del Tesor. El abate Servatos, por otro lado, era su cómplice y obtenía pingües beneficios. Recibía delaciones de muchos feligreses que actuaban de buena fe y las trasladaba al senescal del barón de Turbit y al tribunal de la Inquisición. Encerrados en mazmorras, los herejes eran sometidos a juicio, sin defensor alguno, y si no pedían perdón por sus prédicas «equivocadas» eran torturados. Las penas incluían la confiscación de bienes y la muerte en la hoguera, que ejecutaban los soldados del barón. Con eso puede comprenderse que el barón de Turbit no tenía demasiado tiempo de preocuparse por un solo hereje, Anotia.
Marc Rosas conocía bien a Anotia —o Pedro Grandote, como se hacía llamar ahora—, sabía que además de ser un «buen hombre» —un «hereje»— era verdaderamente bueno. Nunca cometía un exceso, nunca mentía, y cuando ya tenía bastante para comer, repartía entre los pobres el dinero que le quedaba. Si todos los «herejes» eran como aquel, si la única maldad que habían cometido era oponerse a los excesos de religiosos corruptos y nobles perversos, Marc Rosas entendía que no tuvieran nada que confesar y que marcharan hacia la hoguera cantando alabanzas a Dios Padre. Lo que sobrepasaba los límites del cinismo era que hombres encargados de la justicia como el alguacil Porfirio Antón lo acusaran a él de unos asesinatos que de ninguna manera podía haber cometido, mientras clérigos y nobles institucionalizaban la muerte de una muchedumbre de gente inocente.
Porfirio Antón lo perseguía de modo implacable. Dondequiera que se producía una muerte violenta, buscaba a Marc Rosas para colgarle la culpa. Lo consideraba tocado por una maldición diabólica, si no claramente endemoniado. Cuando en febrero de 1233 cayó una fuerte nevada sobre Barcelona, Marc Rosas se había instalado en Santa Catalina con Ada y la niña Griselda, que solo tenía un año de edad, y para calentarse quemaron en el hogar todo el carbón que guardaban en el sótano. De día tuvieron que andar camino Nuevo hacia abajo y enfilar la Bòria para trasladarse al hostal de la calle Ancha; la nieve les cubría los zapatos y llegaron empapados y con los pies helados, con la niña en brazos. Cerca de la placeta que daba acceso a la iglesia de Santa Catalina, encontraron un carro atascado en la nieve, con una pobre mula abrigada con sacos que daba pena ver. El carretero era nada menos que Porotos Pean, el ayudante de la beguina Rosell; su rostro, que habitualmente denotaba beatitud, tenía una expresión desconsolada: había encontrado el cadáver helado de una muchacha desnuda, con los ojos vaciados y regueros de sangre sobre las mejillas que resbalaban hasta teñir de rojo la nieve impoluta. Cuando se supo el caso, la chica muerta resultó ser Andrea, la hija del empedrador Queros; Marc Rosas la conocía bien; había acudido con frecuencia al obrador de su padre a comprar materiales de construcción para la casa, y todavía lo visitaba, porque siempre hacía reformas; de hecho, había estado allí la tarde anterior, porque quería montar un gallinero y jaulas para conejos para mejorar su economía, poco favorecida por el escaso sueldo que le pasaba su hermano Bernardo. Andrea era una moza rubia, bien formada, pero poco atractiva, y aparte del hecho de que Marc Rosas estaba casado con Ada y la quería mucho, aparte de que era agradable y siempre le trataba con deferencia, nunca había tenido un solo pensamiento lascivo hacia aquella nueva víctima. Pero aun así tuvo que volver a vérselas con Porfirio Antón y la influencia del veguer volvió a ser definitiva para que le dejara en paz. El padre de la chica, Queros el empedrador, que era un hombre serio y buen cristiano, intercedió por Marc Rosas y le pidió perdón por los excesos del alguacil. Aquel hombre estaba desconsolado.
El acoso del alguacil Porfirio Antón a Marc Rosas no terminó aquí. En octubre de 1235 le relacionó con la muerte de otra jovencita, Rosa, la hija del carbonero Antonio Arres, que todas las semanas descargaba carbón en la cochera del hostal de la calle Ancha. Antonio Arres era un hombre alto y delgado, de cara demacrada y dientes muy largos, un hombre que siempre hablaba mal de los señores y que hacía gala de su pobreza. La hija, Rosa, echaba carbonilla con una medida de madera en los cubos que traían los parroquianos, allá en el cuchitril donde despachaba, en los bajos del palacio del conde de Cortes Devine, situado en la propia calle Montcada. Rosa era delgada como su padre, modesta, callada y fervorosa; pero era muy bonita para ser hija de su padre. De nuevo, Marc Rosas había acudido al cuchitril la tarde anterior, la había acompañado hasta su casa, a petición de la chica, porque ya era tarde y era medrosa, si no es que ya había tenido alguna mala experiencia que no se atrevía a contar. Faltó muy poco para que Porfirio Antón se ensañara con Marc Rosas. Finalmente, no tuvo suficientes argumentos para encerrarlo, pero estaba claro que se la tenía jurada.
En 1237 y 1238 hubo dos jóvenes más asesinadas, desnudas, violadas y con los ojos vaciados; una fue María, la hija de Bartolomé Vidal, un estibador que se relacionaba con Miguel Rosas y que había transportado muchos paquetes con Pedro Grandote; María era una chica morena, de cabello lacio: había aprendido a leer con la beguina Rosell y llevaba las cuentas de los barqueros con los que trataba su padre. De nuevo, Marc Rosas había ido buscarla la tarde anterior, para tratar de un envío equivocado que acababa de recibir nada menos que en la casa de Santa Catalina, y se les había visto juntos en la playa. El año siguiente, 1238, encontraron muerta a Serafina, la hija del carnicero Pujol; entonces las compras del hostal aún las hacía la abuela María, pero mi padre se quejaba de que no siempre le traía las piezas de carne que quería y a menudo iba a protestar al carnicero, y esta vez había estado allí la tarde anterior, como siempre, y había hablado con Serafina, porque su padre estaba en el campo haciéndose cargo del ganado. Serafina era alta y fuerte, rubia y nada fea; por lo visto, se enfrentó con su agresor, porque tenía el cuerpo lleno de arañazos, además de los ojos arrancados, como las demás. Contrariamente a su padre, que engañaba a quien podía, Serafina actuaba de buena fe y admitió todas las engañifas del carnicero Pujol; Marc Rosas había quedado encantado de aquella pobre chica que al día siguiente apareció muerta en medio de la calle. Cuando Porfirio Antón fue a buscar a mi padre para incriminarlo ya le rondaba la crisis que solía sobrevenirle en primavera y le dijo:
—¡Si me pones un dedo encima sabrás quién soy yo!
Marc Rosas tenía tanta determinación en la mirada que el alguacil lo pensó mejor y se marchó.
Capítulo 3
Resulta evidente que no recuerdo cómo nací, ni que apenas acabado de limpiar me presentaran a mi padre en unas circunstancias tan dolorosas. Lo sé porque a mi madre le gustaba contar cosas, y las contaba una y otra vez sin cansarse nunca. Aprendí a leer y escribir con Gabriel Rut, que era maestro de escolares, hijo de maese Tomás Rut, que había enseñado las primeras letras a mi padre y también al caballero Dalmau de Riera y del Tesor. Volveré más adelante sobre la figura de maese Gabriel Rut, que tenía el cabello rizado y le colgaba sobre las orejas como si se tratara de racimos de uvas, de granos negros llenos de polvo, pero en su caso, lo que le cubría el pelo era pura grasa. Ahora me gustaría decir que yo me sentía muy a gusto en la casa de Santa Catalina, que mi padre había construido con sus propias manos y con la ayuda de mi madre. Había un ambiente favorable, en aquella casa; se producían allí fenómenos invisibles, fenómenos que solo eran producto de mi imaginación, como si las paredes blancas pudieran hablarme, como si me pudieran contar todo lo que no había visto y que sin embargo había pasado en aquellos aposentos reducidos. En el cuarto oscuro no había ventanas; había una puerta marrón con un refuerzo en forma de cruz donde encajaban las tablas —y eso me intrigaba muchísimo, aquella cruz, porque me recordaba las cruces de la iglesia, la cruz donde había padecido Jesucristo Nuestro Señor—, y junto a la puerta se abría el agujero redondo practicado en la pared maestra, gruesa, por donde mi padre asomaba la cabeza cuando le encerraban a causa de una nueva crisis del «mal». Cuando estaba bien era el hombre más atento del mundo, lleno de inteligencia y de paciencia; de constancia, decía él. Entonces disimulábamos el agujero con un espejo redondo, por el lado del pasillo, y con un pequeño armario por el otro.
No recuerdo si sufrí mucho al nacer, tal como aseguraba Ada, ni si tenía el cordón umbilical enredado en el cuello y había estado a punto de estrangularme; no recuerdo que estuviera hinchado y amoratado, y que por eso, cuando la abuela Honesta me presentó a mi padre a través del agujero, él se echara a reír y dijera:
—¡El conde Huguet! ¡Ha nacido el conde Huguet!
Sé que mi madre guardó cama unos cuantos días, y que la abuela María le enviaba el caldo de gallina que recomendaba a todas las parturientas. Se lo traía el tío Clemente, que también hacía de cocinero cuando Marc Rosas no estaba, desde que Ramona Rosas se había casado con Melió de Timbos. Pedro Grandote pasó aquellos días, cuando yo nací, en la casa de Santa Catalina, porque cuidaba de mi padre, no fuera que cuando le sacaban a comer se escapara y Porfirio Antón lo capturara y lo encerrara en prisión. También venía Jerónimo Barbulla, uno de los pocos vecinos que había entonces por los alrededores de Santa Catalina, un hombre valiente y de muy buen trato, con ojos de mirada franca y que nunca se echó atrás ante las embestidas de mi padre enfermo y siempre le trató como persona humana. Jerónimo Barbulla se iba a dormir a su casa, porque vivía muy cerca, en un huerto con una casita donde cultivaba hortalizas y tenía muchos árboles frutales, y tenía además una esposa alta y flaca, que se llamaba Guirauda, y dos hijos, Jorge y Andrés. Jorge, muy serio y cumplidor, y Andrés, más alegre y atrevido; Jorge, de pelo rizado, moreno, y Andrés, de pelo lacio y rubio como el oro. Pedro Grandote, en cambio, dormía en el comedor, sobre una mesa grande, de patas muy bien labradas, que había hecho mi padre, porque era muy mañoso y además de ayudar en el hostal había sido aprendiz de carpintero y también de albañil. Pedro Grandote dormía sobre una frazada, y acaso ni se tapaba, porque ya era el mes de abril, casi mayo, y él estaba hecho a todo. Mi madre y yo dormíamos en el cuarto de matrimonio, y mi hermana Griselda tenía una habitación más pequeña, con una ventana que daba al huerto, a donde venían a piar los pajarillos al amanecer.
Entonces Pedro Grandote partía hacia el huerto de las Tres Torres, que más que un huerto era una masía y tenían gallinas, corderos y vacas, y de allí traía la leche recién ordeñada y Honesta la hervía para dármela a mí, porque mi madre apenas tenía. Cuando pasó el mes de mayo y mi padre se puso bien, quien iba a buscar la leche a las Tres Torres era Griselda, mi hermana, que solo tenía siete años y se entretenía mucho por el camino. Pero aquel día aún fue Pedro Grandote quien caminó hasta las Tres Torres. Regresaba con la cabeza gacha, con el aire más humilde del mundo, cuando de pronto se le atravesaron unas piernas bien provistas de botas y de calzas de las buenas, despatarradas en mitad del camino, metidas en las rodadas que dejaban los carros en la calzada.
—Buenos días nos dé Dios —dijo Pedro Grandote.
—Buenos días, Mateo Parella. ¿O debo llamarte Anotia?
Pedro Grandote se sobresaltó. Se suponía que nadie en Barcelona, exceptuando a mi padre, conocía su nombre verdadero.
—Os equivocáis, buen hombre, mi nombre es Pedro Grandote.
El hombre soltó una risita sarcástica.
—Yo creía que el «buen hombre» eras tú.
—Dejadme pasar.
—Te pillaré, Mateo Parella, Anotia; te pillaré y te meteré en chirona.
Era el alguacil Porfirio Antón. Pedro Grandote apresuró el paso, dejándolo atrás, y por fortuna Porfirio Antón no lo siguió, de otro modo se habría visto obligado a matarle.
—Tienes que irte en seguida —dijo Marc Rosas—, y ya no podrás volver a Barcelona.
No había tiempo que perder; si el alguacil Porfirio Antón aún no había reunido un pelotón de soldados para rodear Santa Catalina, lo debía de estar haciendo en aquel momento. ¿Pero cómo había descubierto que Pedro Grandote era un «cristiano»? Conocía todos sus nombres; estaba muy bien informado. Tal vez había investigado cerca del tejedor Carlos de Timbos, pero esa era gente muy celosa de su intimidad y no era lógico que desvelaran sus simpatías por el movimiento de los albigenses. No, Carlos de Timbos no había dicho nada, y Melió de Timbos tampoco.
—Pedro Cabra, el palafrenero —dijo Marc Rosas.
Corrían por callejones, evitando la bajada de la Bòria, para llegar a la calle Montcada y pedir ayuda al conde Huguet. Pedro Grandote —Anotia— se detuvo un momento.
—¡Claro, Pedro Cabra!
Florina había dado a luz una niña de ojos muy grandes y muy oscuros, de piel clara, cabello negro y barbilla perfecta que se llamaba Elena y ya tenía seis años. A menudo venía con ella y el conde Huguet a comer al hostal de la calle Ancha, y la instruía ostentosamente en las normas de comportamiento de las damas. Era una niña callada, lista, y era muy amiga de Griselda y a menudo jugaban juntas. Pedro Grandote estaba preocupado por Marc Rosas y su familia, porque sabía que, según el concilio de Tolosa, quien había alojado a un hereje veía su casa confiscada y hasta destruida, y sería llevado a prisión y muy probablemente condenado.
—Oye, Marc, déjame aquí. Ya has hecho bastante por mí; me las arreglaré solo.
—No te dejaré hasta que estés fuera de peligro.
Al llegar a la casa del conde Huguet, Galcerán Oliver comprendió en seguida la urgencia de la situación y le proporcionó el mejor caballo de la cuadra. Marc Rosas asintió, lleno de agradecimiento. Galcerán tenía un aspecto tan hierático como siempre, pero se veía a las claras que habría hecho cualquier cosa por él; fornido, con la piel bronceada de tanto rondar las masías de su señor y con un bigote recto donde ya destacaban algunos pelos blancos.
—¡No sabes cuánto te lo agradecemos!
—No hace falta que digas nada.
—¿Cómo te las apañarás con tu señor?
Galcerán Oliver acentuó su sonrisa.
—No hay problema.
Tenía una relación casi de camaradería con el conde Huguet, y Florina le respetaba y le encontraba muy «guapo», cuantos más años pasaban, más guapo lo encontraba. Pero sus fantasías aún se dirigían a Marc Rosas. A Galcerán Oliver lo encontraba guapo, pero estaba «enamorada» de Marc Rosas, siempre lo había estado. Galcerán Oliver estaba muy bien casado con Sancha, la hija de los Vila y Zafón de Gerona; tan bien casado como pudiera estar Marc Rosas con Ada, la hija del aperador Arnau Vila. Sancha era fuerte como una yegua. Florina a veces se burlaba diciendo que era en realidad una yegua con cara de mujer, de facciones grandes y mirada franca, y de mucho carácter. Nunca les faltaba dinero. No tenían contrariedades. Eran felices. El conde Huguet era muy tratable, y Sancha ya le había dado tres hijos y tres hijas, cuyos nombres había escogido en su mayor parte Florina. Ángela, la primera hija, ya tenía
