Paulo. Laberinto de pasiones (Amor en la tormenta 2)

Valeria Naya

Fragmento

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Capítulo 1

Alma seguía sentada frente a su desayuno. Miraba la taza, concentrada. En realidad se hallaba a una distancia increíble del café con leche. Estaba en los recuerdos, en los brazos del único hombre que la había hecho sentirse mujer. Rememoraba la vez en que habían hecho el amor y la había atado al respaldo de la cama. Recordaba cada detalle, cada sensación... Sintió, de repente, humedad en la vagina y sus pezones se erizaron. El roce de uno contra el borde de la mesa la devolvió al presente, ese hombre ya no estaba en su vida y no volvería a estarlo. Hacía dos días que no recibía mensajes de él, se había producido el esperado silencio de aquel lado de la línea. Y ella se sentía peor aún. Tenía guardada la esperanza de que él siguiera intentando comunicarse para explicarle. Que se apareciera de improviso en su puerta. Nada. Incluso había revisado en WhatsApp su última conexión. «Hace más de un día que no se conecta, eso es extraño. ¿Habrá cambiado de línea? ¿Tendrá una con la cual se comunica conmigo y otra que usa con esa mujer? ¿Podrá ser que esté tan organizado?».

El dolor aún le corroía las entrañas, el hueco en el pecho se hacía cada vez más grande. Recordarlo, recordar lo feliz que había sido en sus brazos, era como un ácido que iba comiendo la carne alrededor del agujero, generando más dolor. Las lágrimas la invadieron y, como se encontraba sola, decidió dejarse llevar. Lloró de un modo desconsolado, se tiró arriba de la mesa y dejó salir la desesperación, la desilusión, el dolor. Cuando estaba con su familia o con sus amigas, se guardaba bien de expresar tanto su tristeza. Los sabía a todos preocupados y pendientes de ella. Cuando estaba sola, dejaba que la expresión de su tristeza saliera con toda su fuerza. Le dolía la cabeza de tanto llorar, le dolía el rostro, le dolía el cuerpo, le dolían hasta las raíces del cabello. La nona Donatella siempre decía que cuando a una persona le dolía el cabello, era porque le estaba doliendo el alma, y a ella le sucedía eso. No había parte del cuerpo que no le doliera. Hacía días que no hacía otra cosa que llorar, que preguntarse por qué. «¿Por qué me sedujo? ¿Para lastimarme después? ¿Por qué me aseguró que nunca me lastimaría si ya tenía pensado hacerlo? ¿Por qué me dijo que a su regreso viviríamos juntos, si no tenía pensado hacerlo? ¿Para qué hacerme vivir para luego matarme de este modo? ¿Y todo lo que hablamos, todos los planes, todas las palabras de amor? ¿Todo era mentira?». Por enésima vez, en ese torturante tiempo sin Paulo, se dio la respuesta a sí misma, gritando sola en la cocina:

—¡¡¡Sí, todo fue una mentira!!!! Fui una aventura sexual en Argentina, nada más.

Alma le había dado lo que quería, aunque, a juzgar por el video, no del modo que él necesitaba, y luego había vuelto a su verdadero amor, a los brazos de una mujer que era capaz de perdonarle cualquier cosa, hasta una infidelidad. Porque, en ese momento, desconfiaba hasta de que hubieran estado separados. Desconfiaba de que él le hubiera dicho que estaban separados solo para acostarse con ella. Su celular se encontraba a unos centímetros, sonó indicando la llegada de un mensaje. Se secó las mejillas y lo tomó. Era de Pato.

Amigas, no se olviden de que hoy las paso a buscar para ir a Capital a comprar los vestidos. Debemos conseguir el mío del civil y los de ustedes de la iglesia. En una hora estoy en sus puertas. Estén listas, chichis.

Alma estaba al tanto de que debían ir; la verdad era que no tenía ánimos, pero desde que había roto con Paulo, se había impuesto a sí misma no abandonar a sus amigas en sus situaciones felices, aunque ella se sintiera el ser más infeliz de la tierra. Así que con una fuerza de voluntad inverisímil, seguía acompañando a Pato en los últimos preparativos de la boda y escuchaba los relatos de Amanda y sus aventuras románticas con Germán. A pesar de todos los pronósticos, que les jugaban en contra, Germán y Amanda seguían con su relación y ambos parecían comprometidos afectivamente. Por desgracia para Alma, escuchar las ocurrencias de Germán y las situaciones románticas que generaba para Amanda la hacían recordar aún más a Paulo. Además, tener que verlo la destrozaba. No se había dado cuenta, hasta ese instante, del parecido que había entre ellos; cuestiones físicas, nada más, pero eran un recordatorio constante de Paulo. Sin ánimos, y con mucha tristeza en el alma, respondió.

Estoy terminando de desayunar. Ya estoy vestida. Cuando quieras, podés pasar.

Y había agregado una carita guiñando un ojo y con la lengua afuera, como queriendo demostrar una alegría que en verdad ya no podía existir en su interior. Intentó arreglar su rostro, los ojos hinchados de tanto llorar, la piel enrojecida, la mirada sin vida. Se lavó con agua fría para que todos sus rasgos volvieran a la normalidad; lo de la mirada no tenía arreglo.

En el camino a Capital Federal, Pato conducía, Amanda cebaba mates y Alma iba atrás, sentada junto a la hermana de Pato, que también iba con ellas para elegir el suyo. «Salida de chicas», había dicho Pato, entusiasmada. Marina, la hermana de Pato, estaba al tanto de todo lo sucedido. Miraba de reojo a Alma y se mantenía en silencio. Era una mujer dulce, tenía apenas unos años más que su hermana. Estaba casada y terminando de hacer la casa con su marido, y no querían tener hijos hasta tenerla concluida. Pato y Amanda iban adelante charlando como dos locas, riendo, haciendo bromas. Alma tomaba mate en silencio. En un momento, una lágrima silenciosa se escapó de uno de los ojos de Alma. Marina la notó. En silencio, le tomó la mano y Alma la miró sorprendida. Le hizo un gesto que le indicaba que estaba intentando darle fuerzas. Alma sonrió sin muchas ganas.

Caminaban por la calle Corrientes. Amanda y Pato iban por delante de Marina y Alma. Amanda hablaba con sus ademanes exagerados a la vez que revisaba todo el tiempo su celular. Marina y Alma, ambas de caracteres más tranquilos, caminaban unos pasos detrás, viendo las vidrieras con más tranquilidad. Marina se animó y le sugirió a Alma:

—No te veo muy bien, Almita.

—La verdad, Mari, estoy hecha pelota. Destrozada. Pero no puedo arruinarle a tu hermana el día. Está esperando con tanta felicidad la boda. Y cada preparativo es una nueva alegría. Yo, la verdad... —Los ojos se le llenaron de lágrimas y la voz se le cortó.

—Tranquila, Almi —dijo a la vez que la abrazaba. Estaban a unos pasos del comercio; Pato y Amanda habían entrado a ver un vestido. Marina sacó unos pañuelos descartables y le dio el paquetito a Alma, que se secó rápidamente las lágrimas—. Sé todo lo que pasó, pero no sé qué te explicó él.

—Nada. No lo dejé. No hablamos. No le respondí más. Ni las llamadas ni los mensajes. Lo quiero lejos de mí. Quiero transitar este dolor sola, sin más mentiras.

—Ah, pero, Almi, ¿no te parece que deberías darle la oportunidad de que se explique? Digo, de última, te va a servir para confirmar que es un mentiroso patológico.

—No. No quiero escucharlo. Tengo miedo de que me convenza y yo lo perdone, y después darme cuenta de que todo es peor.

—Ahora, yo digo, Almita, ¿tanto trabajo le costó ganarse tu confianza, que te entregaras a él, que toda tu familia lo aceptara, que tus amigas lo amenazaran, para después mandarse a mudar y mandarse semejante cagada? ¿Qué sentido tiene?

—Ninguno, Mari. Ninguno. Desde que todo esto salió a la luz, no hago otra cosa que pensar lo mismo: ¿por qué? No encuentro ninguna explicación viable. Pero los hombres a veces son animalitos que se rigen por sus instintos, tal vez solo lo movió la atracción de tenerme en su cama, nada más.

—A veces sí, a veces no, casi siempre son animalitos. —Las dos sonrieron—. A mí igual no me cierra. Te lo repito. Yo le daría la oportunidad de hablar para evaluar qué dice.

Amanda y Pato salían riendo del comercio y el tema se cortó. Siguieron eligiendo. Luego de caminar por más de tres horas, todas habían logrado lo que buscaban: Pato había conseguido una solera azul con corte debajo del busto y que luego caía entallado hasta las rodillas, sin ajustar demasiado, y con un saquito corto, tipo bolero, transparente, en el mismo color. Amanda había elegido un soberbio y sensual vestido strapless en color dorado, muy ajustado. Alma se había decidido por un vestido con un solo hombro, ajustado hasta la cadera y que luego bajaba evassé hasta el piso, tenía un corte que dejaba ver una de sus piernas; el color elegido era verde petróleo. Marina, a su vez, había elegido un vestido de ruedo irregular, en gasa color rojo intenso, era solero y tenía diferentes gajos de gasa formando la falda. Todas habían comprado y todas estaban de acuerdo con las elecciones realizadas. De hecho, Alma se hubiera decidido por un vestido negro, porque así era como se sentía, pero sus amigas habían encontrado el vestido verde petróleo y sabían que era un color que le encantaba a Alma. Se le impusieron.

«—Almita, no podés llevar el negro, dejate de joder, es muy de vieja; además, ese color no te hace brillar. Este verde petróleo es muy sensual y es un color que a vos te gusta mucho, ¿o no? —había dicho Pato, preocupada porque su amiga volviera a verse sexi a sí misma.

—Sí..., pero no estoy segura —había contestado Alma no muy convencida.

—Te queda bárbaro, Almita —terció Marina, que quería ayudarlas a alegrar a Alma—. Fijate el contraste de tu piel blanca con el color verde, increíble; la tonalidad marrón de tu cabello, todo forma un conjunto impecable.

—Sí, salvo esas ojeras horribles. Vamos a tener que gastar un pomo entero de corrector, che, el día de la boda —dijo Amanda con su naturalidad—, más vale que te pongas las pilas, nena. No vamos a poder taparlas si se marcan más.

—Te prometo hacer el intento, amiga —aseguró Alma sonriendo.

—Todas esperamos que lo hagas, Almi —agregó Pato, y, en un segundo, las tomó y formó un abrazo grupal—. Chicas, ¡cómo las quiero!, estoy feliz de vivir estos momentos con ustedes...».

Se abrazaron. El celular de Amanda sonó. Y ella fue la primera en romper el círculo. Necesitaba abrir los mensajes. Sabía que Paulo estaría llegando; ella y Germán estaban tratando de organizar el encuentro entre Paulo y Alma. De ahí que había estado toda la tarde atenta al móvil. En la última comunicación, Germán le indicaba que Paulo no había dado noticias de llegar, y todos estaban preocupados. Lo que leyó le cambió el gesto. El rostro se le puso pálido.

—Ay, Amanda, mirá que sos fría, nena. Estoy diciendo algo re sentido y te vas a ver el aparato ese —comentó Pato a modo de broma. Cuando vio que el rostro de Amanda cambiaba de color, se asustó—. ¿Qué pasó, nena? No me asustes.

—Chicas, tenemos que volver a La Plata, ya —dijo Amanda empezando a caminar enérgicamente hacia el automóvil.

—¿Qué pasa? Decinos algo —insistía Pato. Las otras dos la seguían preocupadas, pero siguiendo el mismo ritmo de Amanda. Ante la insistencia de Pato, Amanda se paró en seco y se giró. El rostro estaba por completo cambiado.

—Chicas, pasó algo y tengo que ir a acompañar a Germán. Es grave. —Guardó silencio. No sabía si decir la verdad o no. Entendió en segundos que debía hacerlo—. Alma, necesito que me escuches. Espero que no te enojes conmigo. —El gesto de Alma cambió a uno de atención. Si eso grave que había sucedido la involucraba, seguro le había pasado algo malo a alguien que ella quería—. Desde antes de viajar a España, Paulo estaba preocupado por ciertas amenazas que había recibido. —Alma hizo un mohín, se tapó los oídos como una niña y recomenzó la caminata, no quería oír nada de él. Amanda la miró y la tomó del brazo—. Me vas a oír, Alma Recabarren. Yo sé que estás enojada, yo misma lo estaba. Y lo recontra puteé por teléfono cuando me llamó.

—¿Te llamó y lo atendiste, Amanda? —gritó Alma enojada.

—Sí, Alma, lo atendí. Porque quería decirle de todo, insultarlo con todas mis fuerzas. Pero ¿sabés qué? Me re cagó. Se me puso a llorar. Te juro que al principio no le creía, sabía que iba a hacer lo que fuera para convencerme, pero escucharlo quebrarse me dio una pista de que tal vez no fuera culpable. Y me dijo que tenía pruebas de que ese video no era actual. Y hace dos días...

Alma la interrumpió.

—No quiero saber nada, Amanda. Es obvio que va a decir que no es él —insistió Alma enojada y con los ojos llenos de lágrimas.

—Pará, Almi, dejame terminar. Me envió un mensaje antes de subir al avión, me dijo que había dos hechos que demostraban claramente que no era un video actual.

—No quiero escuchar sus excusas, porque... tengo miedo —expresó Alma quebrándose.

—Ay, Almi, ¿y si tiene razón? —comentó Pato esperanzada—. Mirá si es una tramoya de esa mina para mantenerlos separados y no era verdad. Dejalo que te explique.

—Supongamos que le creo su explicación. ¿Y si me vuelve a lastimar? Chicas, yo no puedo soportar más dolor. —Alma se quebró ahí mismo, en la vereda. Las tres la abrazaron y le dieron contención.

—Chicas, vamos al coche. No quiero estar en la calle y que nos vean. Además, tengo que contarles algo peor —siguió Amanda.

—Vamos —confirmó Pato con decisión.

Entraron al vehículo, Amanda y Pato se giraron para hablar tranquilas con las pasajeras traseras. Alma se secaba las lágrimas con un pañuelo descartable.

—Calmate, Almi. Te estaba diciendo que Paulo encontró dos detalles que pueden demostrar que es un video viejo. Me lo escribió cuando subía al avión.

—¿Qué avión? —preguntó Alma mirándola asombrada.

—El avión que lo traía de vuelta a Argentina, a vos.

—¿Está acá? —dijo en un hilo de voz.

—Se suponía que debía llegar ayer, pero la familia no lo vio. Él no quiso que nadie lo fuera a buscar a Ezeiza, se alquilaba un automóvil y venía manejando solo, pero nunca llegó.

—Amanda, me estás diciendo... —La voz se quebró, las lágrimas nuevamente la embargaron—. ¿Qué le pasó? Por Dios, no me digas que...

—Pará, Almi. No sabemos nada aún. Germán se fue hoy a Ezeiza, con un amigo de la policía, a ver qué había pasado. Su avión arribó a horario ayer y aterrizó sin problemas. Pero él nunca llegó a La Plata. Están viendo. Germán me acaba de decir que tienen pruebas de que fue secuestrado.

—¿¿¿¿Secuestrado???? ¿¿Qué?? ¿¿¿Por qué??? —Alma no paraba de llorar y los nervios la encerraban en un espacio de confusión, no escuchaba claramente lo que las otras decían.

De pronto, todo se puso negro. Cuando volvió en sí, se encontraba en una camilla. Abrió los ojos y no comprendió dónde estaba ni por qué. Cuando intentó levantarse, una enfermera se acercó y le pidió que no se moviera, tenía un suero en el brazo izquierdo. Le explicó que estaba en la guardia del Hospital Fernández, que se notaba que estaba deshidratada, que no había estado alimentándose bien y que tuvo un shock, que ella buscaría a sus amigas. «¿Un shock?». Trató de hacer memoria dónde había estado antes del desmayo. Recordó la salida de compras, la charla sobre Paulo... «¡¡¡Paulo!!!». En ese momento, entraban, como una banda, las tres amigas. Se reunieron a su alrededor preguntándole cómo se sentía. Alma miró fijamente a Amanda.

—Explicame quién podría haber querido secuestrarlo y por qué —reclamó, seria.

—Almi, el día anterior a viajar para España, el gallego me pidió que nos viéramos porque quería pedirme un favor. Nos vimos. Me dijo que había recibido algunas amenazas, que él creía que tenían que ver con su investigación. No sabía si era por la inundación o por lo de YPF. El punto es que temía por vos. Me pidió que estuviera alerta, que no te dejáramos sola.

—¿Y por qué no habló conmigo? ¿O con mi viejo?

—Porque no quería preocuparte, con suerte no pasaría nada y él habría tomado medidas al divino botón. Había un amigo policía al que debía contactar si algo extraño pasaba. Por ejemplo, cuando te llegó el ramo de flores, le pregunté a él y me dijo que no había sido él, que estuviera al tanto. Como no vi otros, me relajé.

—Pero sí hubo más ramos —expresó, sorprendida, Alma.

—¿Cómo? Nunca dijiste que te hubieran llegado más —señaló Amanda.

—No, porque llegaron cuando ya me había enojado con él. Dos más. Pero los tiré a la basura. No quería nada que me lo recordara.

—¿Y tenían tarjeta? —consultó Pato, que se había mantenido en silencio.

—No recuerdo bien... Creo que tenían una tarjetita que solo decía: «Perdón». Sí, eso. Por eso asumí que eran suyas.

—Chicas, esto me huele muy mal —acotó Amanda—. El gallego no mandó ningún ramo de flores, y menos uno que dijera «Perdón». Acá hay gato encerrado.

—¿Qué te dijo Germán? ¿Qué dice el mensaje? —preguntó Alma preocupada.

—Que estuvieron en la agencia de alquiler, buscaron los datos de Paulo. Llegó a alquilar el coche, se llevó el contrato, pero nunca retiró el automóvil del estacionamiento. Luego fueron a ver a la guardia aeroportuaria. El amigo policía de Germán lo ayudó a hablar con ellos. Vieron los videos de seguridad. Paulo camina a retirar el automóvil y nunca llega. Parece que se lo llevaron ahí, en un punto ciego de las cámaras. Además, un empleado de la agencia de alquiler presenció el secuestro. Los vio. Eran tres tipos. Tenemos sus descripciones.

—¡Noooooooo! —Alma se tapaba la boca con la mano derecha—. Tenemos que ir con su familia. Tenemos que encontrarlo.

Alma tomó las riendas de la situación. En el hospital, nadie quería dejarla salir. Ella se empacó como una nena caprichosa y pidió firmar un acta donde se responsabilizaba de su salud por retirarse. Pato manejó más velozmente que nunca. La familia de Paulo las esperaba en Ezeiza. Al llegar, Amanda puso a Germán al tanto de que habían estado casi tres horas en el Hospital Fernández y explicó lo sucedido.

—¿Será prudente, Amanda, que esté acá? A ver si se nos desmaya de nuevo —comentó Germán en tono bajo, aún preocupado por la salud de Alma. Ella, a su vez, supuso lo que cuchicheaban esos dos y se acercó decidida.

—Hola, Germán, ¿qué sabés de tu primo? Y no andes con rodeos, ya sé todo y de acá no me voy.

Los rostros de Germán y Amanda se pusieron serios.

—Está bien, Alma. Mi primo ya lleva casi 48 horas desaparecido. Mi viejo está radicando la denuncia en donde corresponde. Tenemos ayuda, ya que conocemos gente de adentro de la fuerza. Están rastreando todo el área, pero el hecho de que se hayan perdido las primeras horas es una cagada. Pueden haberlo llevado a cualquier parte.

—¿Y qué van a hacer? ¿Pidieron rescate?

—Nadie se comunicó con nosotros ni con mi tía en España.

—Por Dios, Valentina debe de estar destrozada —expresó Alma recordando rápidamente a la madre de Paulo, que volvía a pasar por la situación de desaparición.

—Mi tía está volando hacia acá. Llega en unas horas. Por eso yo me quedé.

—¿Viene a Argentina? Paulo me había dicho que no había vuelto a este país. Ni siquiera cuando encontraron los restos de su esposo.

—Exacto. Ella nos alertó de que Paulo ya debería haber llegado. Lo llamó varias veces y le daba «celular apagado», eso la hizo sospechar. Las abuelas de Plaza de Mayo están en el tema. Es un hijo de desaparecido que también desaparece. Están moviendo todas sus influencias.

—Dios mío, no puedo creer nada de esto. —En ese momento sonó el celular de Alma. Atendió, era Jorge—. Hola, papi. Sí, estoy en Ezeiza. No, no estoy en el aeropuerto en sí. Estamos en un café. ¿Cómo te enteraste? —Alma hizo un silencio y escuchó atenta. Miró a Germán y a Amanda. Pato y su hermana las habían dejado a las dos y se habían ido a La Plata—. No lo puedo creer. Estoy destrozada, papi. Sí. Estamos esperando que llegue la madre, desde España. Sí, te llamo en cuanto tenga novedades. ¿Los abuelos vieron la tele? Bueno, sentate con ellos y evitá los noticieros. No quiero que se pongan nerviosos. —Cortó y miró a sus interlocutores—. Dice mi viejo que está saliendo en todos los noticieros. Incluso muestran hasta una foto de él.

—Sí. Mi viejo habló ya con varios canales de televisión. La noticia tiene que saberse, el hecho de que sea hijo de un desaparecido y, además, periodista está a su favor. Estos tipos no van a atreverse a matarlo, no van a crear otro «caso Cabezas[1]». Cuanto más medios estén cubriendo la nota, más posibilidades hay de que lo suelten.

—Amor, ¿pero no puede haber sido un secuestro al boleo? —dijo Amanda preocupada.

—No, esto no fue secuestro express ni extorsivo. Esto fue por su laburo, no queda otra. Está metido en muchas cosas peligrosas, investigó y habló del Gobierno nacional, del provincial, del municipal, ahí tenés tres fuerzas grosas. Además, trae sus enemigos de otros países, de Colombia, de Venezuela, de Irak, por ejemplo. Esto estuvo organizado, ¿cómo mierda se enteraron de que llegaba en ese vuelo?

—No sé. ¿Quiénes estaban al tanto de que venía? —preguntó Alma.

—Sabíamos mis viejos, Marcela, Amanda y yo. Nadie más. —Los tres se quedaron en silencio.

—Pero entonces... —Amanda se quedó en silencio en mitad de la frase.

—Exacto, chicas, debemos tener los teléfonos intervenidos. Eso no lo logra una bandita de chorros comunes —dijo Germán—. Ahora estamos buscando chips nuevos para todos, incluyéndolas a ustedes. No estamos seguros.

—¿Y ahora? ¿Qué hacemos? —preguntó Alma.

—Esperar.

Tres horas después llegaba el avión de Valentina. Germán, Amanda y Alma entraron al aeropuerto a buscarla. Había cámaras de televisión esperándola. Cuando salió a la sala general, caminaba buscando a su sobrino, su rostro demacrado demostraba el dolor que estaba viviendo. Primero, divisó a Alma y luego a los otros. Los ojos se le llenaron de lágrimas al verla. Ambas corrieron a darse un abrazo.

—Ay, mi niña. Qué hermoso verte aquí, saber que tú también lo buscas. Y qué desgracia conocernos en estas circunstancias.

—Valentina, Valentina... —Alma no paraba de llorar. Cerca de ellas se empezaban a juntar los periodistas, sacaban fotos, filmaban desde la distancia—. No puedo creer que esté pasando esto.

—Imagínate yo, Almita. Segunda vez en mi vida. No puedo soportar otra pérdida. Mi niño, no. —Ambas se hablaban al oído sin soltar el abrazo—. ¿Has podido hablar con él antes de que subiera al avión? ¿Os habéis amigado?

—No. Hace semanas que no hablo con él.

—Y estás aquí de todos modos. —Valentina separó el abrazo y la miró a los ojos—. Eres una gran mujer, Alma. Él te ama profundamente, te adora, niña. Eres la única que le ha puesto el mundo de cabeza, yo no he criado a un mal hombre.

—Valentina, yo...

Valentina la interrumpió.

—Mi niña, permíteme decirte solo esto. Luego vosotros deberéis hablar solos, pero déjame decirte. María de los Ángeles es una mujer vengativa, quedó muy dolida con la separación. Mi hijo nunca ha sido infiel, y no empezará a serlo justamente con la única mujer que le ha despertado ese corazón grande que tiene. Yo le creo cuando me jura que no hizo esa noche lo que muestra el video. Tú pensarás que lo defiendo, porque es mi hijo, pero sé cómo lo he criado y jamás defendería una acción tan desleal. No miente. Debes darle la oportunidad.

—Estoy acá, Valentina, es una pista de lo que siento. —En ese momento, las interrumpió Germán.

—Tía Valentina, ¿cómo estás? —dijo a la vez que intentaba abrazarla. Valentina se giró, lo estrechó rápidamente y le dio dos besos en las mejillas, a la usanza española.

—Ay, Germancito, qué grande estás, niño. Qué pena vernos en estas circunstancias. Estoy... angustiada, como es de esperarse. —Miró hacia Amanda—. Hola, bonita, soy Valentina —se presentó, ya que ni Alma ni Germán atinaban a hacerlo. Estiró la mano derecha, que estrechó la de Amanda, a la vez que le daba también los dos besos.

—Hola, Valentina. Soy Amanda, la amiga de Alma y... —Se cortó dubitativa. Ni ella ni Germán habían puesto rótulos a su relación.

—Es mi novia además, tía —expresó Germán con convicción. El rostro de Amanda se iluminó y el de Germán también. Alma los miró y, si bien se puso feliz por ellos, por estar compartiendo una relación hermosa que les hacía bien a ambos, sintió una pequeña punzada de envidia: ella no tenía a Paulo.

—Ay, pues. ¡¡¡Enhorabuena!!! Os felicito.

—Amanda es una mujer increíble. Me costó mucho convencerla de ser mi novia —agregó abrazándola.

—Así me gusta, chavales. Cuidaros mucho, ambos. Uno nunca sabe cuánto tiempo se tiene, el de arriba tiene todo armado, pero aquí, abajo, nunca sabemos hasta que es tarde. —Los ojos se le llenaron de lágrimas. Ella sola salió de ese emotivo momento—. Vamos, chavales, vamos, debo buscar y encontrar a mi niño. Ha llegado una leona enfurecida —apuntó a la vez que empezaba a caminar. Se paró en seco cuando vio que los periodistas avanzaban hacia ella con cámaras y con micrófonos—. ¿Y esto?

—Tía, todo el país se enteró, hace como cinco horas, de que Paulo fue secuestrado. Saben que estabas por llegar. Si no podés hablar con ellos, yo me encargo.

—No. Yo lo hago. —Se acercó con decisión a las cámaras, se detuvo e hizo un gesto con su mano para pedir silencio a todos los periodistas que ya la inundaban de preguntas—. Silencio, por favor. Haré una declaración y por el momento no responderé preguntas. Espero sepáis entender, he viajado más de trece horas y por una situación muy triste para mí. Necesito ver a mi familia y que me pongan al tanto de lo que se ha podido saber. Mi hijo es un colega vuestro, intachable. Ha trabajado en los lugares del planeta que os imaginéis. Viajó a Argentina para cubrir una noticia, lo sorprendió una inundación terrible que casi le quita la vida. Inició en ese momento otra investigación para encontrar a los responsables políticos de esa tragedia climática y del incendio de la destilería de YPF. Encontró a los responsables y los dejó expuestos. A mi hijo se lo llevaron porque gritó, en medio del silencio, cuáles eran las responsabilidades y las corrupciones. —Valentina cambió el rostro, se endureció, miró directamente a las cámaras—. Ahora os voy a hablaros a vosotros, a los secuestradores de mi hijo. Quiero que sepáis que, si habéis hecho esto para silenciarlo, os habéis equivocado. Su desaparición hará que cada vez más gente busque en internet sus artículos. Vais a tener que liberarlo, tarde o temprano, llegaré a vosotros. Perdí a mi esposo hace más de treinta años, cuando un gobierno de facto de este país me lo llevó. No pude luchar por él, lo haré por mi hijo, no les quepa la menor duda. —Alma tenía su mano tomada con mucha fuerza—. Tenemos la democracia a nuestro favor, todos los organismos de derechos humanos que nos apoyan y están buscándolo, y tenemos una familia fuerte que no cejará hasta encontrarlo. —Valentina le apretó a su vez la mano a Alma—. Buenas noches a todos, y en cuanto tengamos novedades, volveré a hablar con vosotros.

Valentina comenzó a caminar con paso decidido, abriendo una franja para ella. Alma, a la que aún arrastraba de la mano, Amanda y Germán, que tiraba de la maleta de su tía, la siguieron. Salieron del aeropuerto, se subieron al automóvil de Germán y partieron rumbo a La Plata.

Alma seguía conmocionada, estaba orgullosa de Valentina y de cómo había manejado la situación frente a los periodistas. La habían inundado de preguntas en cuanto había comenzado a caminar, pero se mantuvo en silencio, seria, solicitando, con mucha educación, que le permitieran pasar. No respondió a nada. Tranquila, sin nervios ni llantos.

En el camino, Germán la fue poniendo al tanto de lo que habían podido saber e investigar. Las maletas de Paulo habían sido encontradas, su celular no. De su paradero se sabía poco, solo un hombre había visto cuando se lo llevaron y eran pocas las pistas que pudo dar. El miedo del momento no le había permitido ver la patente o algo más específico para identificar a los responsables. En la imagen del secuestro, donde no se alcanzaba a distinguir cuando lo llevaron, sí se lograba ver el carrito con la maleta, que se adelantaba solo, y un automóvil color gris oscuro que salía haciendo chillar las ruedas. La imagen era muy rápida y la patente del vehículo no era nítida. Estaban tratando de aclarar la esa parte con programas que ayudaban a despixelar.

Todos regresaron, entrada la noche, a La Plata. Se encontraron en casa de los Girat. Concentraron información y organizaron las funciones. Valentina y Adrián encabezarían las acciones. Valentina iba a ir a cada programa de televisión que le diera espacio. Sin perder tiempo. Amanda buscó direcciones de los canales de aire más conocidos y organizaron la salida del otro día. Adrián seguiría hablando con las autoridades, se iba a presentar a primera hora nuevamente en las oficinas de la policía que estaba llevando adelante las pesquisas sobre el secuestro. Alma seguía en silencio, como si todo se tratase de un sueño, una pesadilla en la que se había sumergido, y ahí no estaba Paulo para salvarla... justamente.

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Capítulo 2

Paulo no tenía idea de cuánto tiempo hacía que se encontraba en ese lugar, pero tenía la certeza de que ya habían pasado varios días. Lo mantenían atado de manos. Desde el primer momento, le habían vendado los ojos, y nunca pidió que le sacaran la venda, sabía que verles el rostro a sus secuestradores implicaba su sentencia de muerte. Se mantenía sentado; a su derecha había un colchón tirado en el piso. Se sentía muy débil, la falta de alimento y las torturas diarias no le permitían moverse. Se pasaba la jornada dormitando. En toda su carrera de periodista, habían intentado lastimarlo y secuestrarlo. Siempre había logrado escapar. Era la primera vez que caía, por lo que aún se estaba reprochando su falta de cuidado. Siempre había sido un hombre frío, que calculaba los peligros de cualquier situación en segundos. En su vuelta a Argentina, el tema de Alma lo había enloquecido tanto que perdió todas las precauciones que siempre tenía.

Lo tenían casi sin ropas, descalzo, la habitación era gélida y húmeda. Sentía que el frío le calaba los huesos. Por momentos no dejaba de temblar. Los precintos, que le mantenían atadas las muñecas, le habían lastimado la piel. El cuerpo estaba lleno de golpes y laceraciones. La venda que tenía en los ojos también había producido escoriaciones. Comía lo poco que le daban, y muchas veces era tan asqueroso que lo tragaba solo pensando en mantenerse fuerte para poder escapar cuando tuviera la oportunidad.

Al no poder usar su vista, agudizaba los otros sentidos, quería tener indicios de dónde se encontraba para ayudar a la policía a hallar a los responsables, si salía de esa situación. Los sonidos: estaban alejados de la calle, no escuchaba ruidos de automóviles, sí oía, cada cierto tiempo, el traqueteo de un tren, aunque no muy cerca; en algún lugar no muy lejano, había una fábrica o algo por el estilo, percibía dos veces al día unas sirenas que él asociaba con el horario de entrada y de salida. Olores: el ambiente tenía mucho tufo a humedad, incluso algo de eso le recordaba el olor del agua sucia de la noche de la inundación. Reconocía las tres voces de sus secuestradores: uno era el que jugaba el papel de malo, era muy irascible, tenía la voz más gruesa y se notaba que era una persona corpulenta porque, cuando se movía, los pasos sonaban retumbando; el segundo era el que cumplía rol de bueno, tenía una voz un tanto más fina, se notaba una persona aseada, era el único que, al acercarse, despedía aroma a colonia. Al hablarle a Paulo, usaba bien las estructuras sintácticas y su nivel de lengua estaba por encima del coloquial; tenía mucha paciencia, pero, aun así, se dirigía a Paulo con frialdad. El tercero no hablaba mucho, pero Paulo lo identificaba por el olor. Era un hombre que tenía un fuerte tufo a tabaco mezclado con desechos, basura o algo por el estilo. No necesitaba hacerse escuchar, cuando se acercaba, con el hedor que despedía se anunciaba solo.

Paulo los escuchaba en la habitación contigua. Miraban la televisión. Estaban los tres: el violento, el calmo y el silencioso, así los identificaba. No podía escuchar lo que decían, pero reconocía la música de los distintos programas informativos. Se escuchó un golpe en la mesa, supuso que había sido el más violento.

—¡Vieja de mierda!, a mí nadie me dice eso, y encima en televisión. Qué vieja chota, tendría que hacerle tragar las palabras y hacerle mierda al hijo. Hace tres días que habla sin parar en la televisión y me está buscando.

—Pará —intervino el calmo—. El jefe nos dijo que lo trajéramos a este sucucho, que le sacáramos información, contactos que usó para sus notas. Nada más. Si lo vamos a matar, será cuando él nos lo indique.

—Pero, jetón, no entendés que la tipa esa nos está provocando. ¿Quiere ver quién la tiene más larga? Yo se la voy a mostrar, siempre la más larga es la mía.

—Calmate, ¿querés? Vos no podés hacer lo que te venga en gana, hacemos lo que se nos indicó y punto. La mina está buscando a su hijo, que diga lo que quiera, al tipo lo tenemos nosotros y no lo van a encontrar.

Paulo sintió un escalofrío. «¿Mi madre ha venido de España? ¿Es ella de quien hablan? No puede ser. Valentina nunca ha pisado Argentina nuevamente. No puede ser». El mudo estaba cerca, pudo captar la combinación casi nauseosa de su olor. Sintió que lo levantaban del piso y lo hacían caminar. Lo estaba llevando a la otra habitación.

—No... ¿Otra vez? Por favor, no me hagáis esto de nuevo —dijo Paulo, preocupado. Desde hacía algunas jornadas, una vez al día lo llevaban a otro cuarto, lo golpeaban con unas varas finas, como si fueran cañas, en la espalda, el abdomen, en las plantas de los pies y en las manos. Lo tenían descalzo, con una remera y un pantalón hecho jirones. Luego lo metían en una especie de tina y lo sumergían en agua helada durante minutos y, cuando notaban que comenzaba a ahogarse, lo dejaban subir a la superficie. Todos los días se repetía el proceso. El mudo lo trasladaba, los golpes los daban este y el violento. El calmo esperaba. Entre medio de la acción le pedía una lista, debía dar nombres y apellidos de sus contactos para todas las notas. Paulo no había dado ningún dato. Por eso seguían insistiendo. La tortura se volvía a repetir. En ese momento, estaban llevándolo para la sesión acostumbrada, nuevamente.

Lo acomodaron en la camilla donde lo acostaban cada día. Escuchó la llegada de los otros dos. Se preparaban para pegarle. El calmo los detuvo.

—A ver, querido. Esta es una situación que se va a repetir hasta que tires los nombres. Largá la lista y te dejamos en paz, ¿sí?

—No sé qué nombres queréis que os dé. No usé personas específicas en mi investigación, hice notas a las personas afectadas en la inundación, más de cien. No puedo darles esa cantidad de nombres de memoria; además, ninguno dijo lo que yo escribí, fueron mis propias conclusiones. —Paulo seguía negando la lista.

—Mirá que sos cabeza dura, gallego. Ahora entiendo que tu vieja te hizo así, porque es igual.

—¿Qué coño tiene que ver mi madre en todo esto?

—Epa... epa —intervino el violento—, parece que al pollito le salió carácter cuando van a tocar a la gallinita. La vamos a traer y le vamos a hacer lo mismo que a vos, y algunas cositas más. La vieja no está tan mal.

—La tocas y te mueres, te lo advierto. —Paulo se tensó sobre la camilla.

—¿Sí? ¿Te parece que estás en situación de amenazarme? Vos ahí atado, nosotros acá a punto de hacerte mierda. Qué boludo que sos, gallego. —El violento reía y eso enojó aún más a Paulo—. Me la voy a coger a tu vieja, gallego, por todos lados. Hace una semana que estoy encerrado con vos acá, no salgo ni para ponerla, así que estoy caliente para darle a ella y... Che, podríamos ir a buscar a la otra, la que sale al lado de la vieja en todas las notas. —Paulo confirmaba que su madre estaba en Argentina y que corría peligro también ella—, la coloradita esa, alta, de buenas tetas. —Paulo supo que hablaban de Alma que estaba con su madre, estaban juntas en televisión. Tuvo sentimientos encontrados en segundos: por un lado, sintió felicidad absoluta al saberla buscándolo; por el otro, terror, si esos tipos lograran llegar a Alma y a su madre, no sabía de qué serían capaces. En realidad, sí sabía, simplemente no quería ni imaginarlo. Comenzó a tensarse y retorcerse, quería soltarse de las ataduras y tomarlos del cuello, apretar hasta que dejasen de respirar.

—Sois unos malditos cobardes. Se les animan a dos mujeres, pero a mí, ninguno. Para secuestrarme habéis tenido que golpearme de sorpresa y de a tres. Sois unos cobardes de mierda.

El violento le pegó en el abdomen con la vara, Paulo sentía como si lo cortaran con un cuchillo muy delgado y afilado. Cada golpe era un nuevo corte, un nuevo dolor intenso que lo atravesaba y luego se concentraba en el punto donde la caña había tocado su piel. Ni siquiera podía prever dónde sería el próximo latigazo, para endurecer la zona y evitar el dolor. Eran rápidos y concisos, certeros, repartidos por todo el cuerpo, incluyendo manos y plantas de los pies. Paulo se tensaba por completo para tratar de sentir menos el padecimiento, pero luego del tercer azote ya no podía sostener su mecanismo de defensa. Una laceración lo atravesaba. Él cerraba los ojos, muy fuerte, debajo de la venda y trataba de contener los gritos que llegaban a su garganta. Emitía unos sonidos similares a gruñidos, apenas audibles. Se concentraba en generar imágenes, en su mente, que le dieran paz, que lo alejaran del sufrimiento. El rostro de Alma aparecía en esos momentos y él intentaba recordar cada detalle del bellísimo semblante de su amada. Cada tortura que soportaba le ayudaba a encontrar un nuevo detalle de la cara. Como cada tarde, el violento comenzó con los golpes y Paulo viajó, en su mente, a la cara de Alma: la nariz pequeña, la piel blanca, la fragancia de su piel, que era única. Los ojos verdes, tan expresivos, con pestañas negras que lo enmarcaban. El cabello castaño suave y hermoso, que al sol parecía tener reflejos rojizos, con sus ondas naturales. «La boca... Dios, esa boca que tanto placer me ha dado, esos labios mullidos, levemente gruesos, que saben besar y elevarme sobre el resto de los mortales, o cuando me chupa la polla, esos labios alrededor de mi polla, aprisionándola, succionando, llevándome al éxtasis...». Paulo evadía el dolor, pero cada vez aguantaba menos tiempo antes de desmayarse. Estaba a punto de hacerlo cuando al calmo le sonó el celular. Antes de atender, le pidió al violento que parara, que los golpes y los sonidos de Paulo no lo dejarían escuchar. Atendió el teléfono.

—¿Hola?, sí. Hola, jefe. Sí, estamos en la actividad de cada tarde, usted sabe. ¿Qué? ¿Está seguro? Todavía no pudimos sacarle ningún nombre. —El violento se acercó al oído de Paulo y le dijo:

—Gallego, cuando vayamos a darte el baño del día, hoy te voy a dar un changüí. Te voy a agregar un poquito de electricidad, así nos divertimos viendo cómo te portás, ¿qué te parece? Un condimento nada más. Andá preparando la picana, vos. —Paulo escuchó que uno salía del cuarto, el silencioso; el calmo seguía hablando por teléfono.

—Hijoputa, sois la peor mierda de este país —dijo Paulo en un murmullo, casi sin fuerzas.

—Ay, miralo al gallego, se hace el cocorito. Para tu información, pedazo de mierda española, mi viejo era un torturador de arte durante los años ´70, él me enseñó el oficio, ¿sabés? Y ahora con vos voy a hacer mi mejor esfuerzo, te lo prometo.

—Calmate, loco. Ya te lo dije. —El calmo cortó la comunicación y volvió a ellos—. El jefe ordenó que lo saquemos de acá, parece que los rati tienen info posta. Las características del automóvil, que somos tres. Algún buchón tiró data de dónde puede ser que lo tengamos. Nos vamos. Levanten todo.

—¿Con el Gallego, qué hacemos mientras guardamos todas las cosas para rajar? —La voz del mudo casi lo sorprendió.

—Déjenlo ahí. Muy lejos no se va a ir, está atado y golpeado, cagado de frío, débil. Dejalo ahí. Vamos —ordenó el calmo.

Paulo no entendía si era que lo iban a llevar a otro escondite, a liberar o a matar. Pero el cansancio era mayor. Los golpes, el dolor corporal, el estrés, el miedo, todo lo llevaba a sentirse adormilado. Un espacio negro iba ganando lugar, presencia.

Se sobresaltó cuando uno de sus secuestradores lo tomó de un brazo para moverlo y lo bajó de la camilla o camastro donde le pegaban cada tarde. No mediaron palabras, supo que era el mudo por el olor y el silencio. Llegaron a un lugar donde estaban los otros dos.

—Vamos, muchachos, tenemos que usar la oscuridad para sacarlo. Que nadie nos vea ni sospeche. —Paulo entendió que se había dormido durante unas cuantas horas—. Gallego, te vamos a subir al automóvil. Si te portás bien, no va a pasar nada; si gritás, te pego un tiro en las pelotas, ¿entendés? —dijo el calmo a la vez que apoyaba un caño frío sobre los testículos de Paulo.

Paulo hizo un gesto positivo con la cabeza. Dos de ellos lo tomaron de los brazos, él estaba tan débil que no podía dar un paso. Lo arrastraron, sintió un aire fresco sobre el rostro, imaginó que estaban a la intemperie, un patio o la calle tal vez. Escuchó abrirse una puerta de automóvil, luego entendió que era el baúl. Lo acostaron de costado y cerraron la tapa. El vehículo se puso en marcha. La debilidad de Paulo lo arrastró otra vez a esa manta negra, de seguridad, donde nada dolía. Se durmió nuevamente.

Se despertó cuando lo movían, eran los tres pares de brazos, como el inicio del secuestro. Sintió que lo tiraban al piso, era tierra en su espalda, estaba fría y húmeda.

—Gallego, fue un placer conocerte, pero antes de irme me voy a dar el gusto. —La voz del violento se escuchaba como si estuviera sonriendo. Se escuchó que amartillaba el arma. Paulo tuvo la certeza de que iban a dispararle—. ¿Tenés algo para decir, galleguito?

Paulo se mantuvo en silencio. Su mente decía todo aquello que su boca se negaba a pronunciar: «¡Ojalá no estuviera atado, podría romperte la cara, hijo de puta! Estos tipos me matan, no salgo con vida. Dios mío, cuida a Valentina y dale las fuerzas para sobrevivir a esto, perder a mi padre fue algo que superó porque venía yo en camino, ahora ¿cómo hará? No se merece este dolor. Virgencita, te suplico que ayudes a Alma. Ella ha debido enfrentar sola muchas cosas, no la dejes en este momento difícil y hazle llegar la certeza de que la amo y de que la amaré eternamente. Padre, sé que me estarás esperando, ese abrazo que me has debido desde que nací me lo darás en un momento. Perdón, Señor, si he ofendido a alguien, si lo he lastimado, no ha sido con intención. Sé que no he rezado mucho, pero siempre que he hablado contigo ha sido con honestidad. Lamento no haber ido a la misa en San Antonio de los Alemanes cuando estuve en Madrid, podría haberme confesado y llegar limpio a este momento. Ojalá mi corazón sincero alcance...». Sus ojos bajo la venda, apretados, vieron una tenue luz, y la tomó como una señal. Sintió paz, sonrió. El coraje no lo abandonaba nunca. Menos en ese momento en que moriría.

—Mirá que sos sorete, gallego. No largaste prenda nunca. Ni siquiera ahora que te la ves jodida de verdad. Encima te reís, dale, seguí. Me das más razones para hacerte mierda. Bueno, «vayamos por partes», dijo Jack el Destripador. —Los otros dos comenzaron a reír. El violento disfrutaba al infundir terror. Disparó sin dar aviso. Paulo sintió un dolor intenso en el muslo derecho y luego un gran ardor, como si estuvieran metiéndole un hierro candente por la herida. Sentía frío en todo el cuerpo, y temblores, la sangre comenzó a escurrirle por el costado. La garganta estaba tan seca que no pudo siquiera gritar.

—Dale, boludo. Apurate, que alguien va a escuchar, van a llamar a los rati y nos van a agarrar. Terminá de una vez —aconsejó el calmo. El violento seguía riéndose. Amartilló nuevamente y se dispuso a dar el disparo final.

—Te metiste con los tipos equivocados, gallego. Anda a escribir al infierno —dijo a la vez que disparaba. El casquillo nunca salió, la pistola se trabó—. ¿Qué? ¿Qué mierda pasa? —El violento empezó a luchar con el percutor del arma, algo se había trabado. Paulo supo qu

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