Un vodka para Vero y que la ayude el del tercero (Ebrias de amor 1)

Ana Álvarez

Fragmento

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Prólogo

Me llamo Verónica Ramírez y esta noche de Halloween, mientras todos se divierten a mi alrededor, yo me he sentado en un parque abatida y sola. Y sin un euro. Hace una noche espléndida, la gente se ha echado a la calle, por lo que pocas pizzas he tenido que repartir. A pesar del ridículo disfraz de bruja que mi jefa me ha obligado a ponerme, nadie me ha dado una mísera propina. Son las once y no tengo con quién ir de fiesta, de modo que después de terminar el reparto me he sentado en un banco a mirar cómo se divierten los demás. He tenido un día nefasto y no me apetece ir a casa.

Aquella mañana fui, por enésima vez en mi vida, a una entrevista de trabajo y, como todas las demás, sin ningún resultado. Porque desde hace años tengo un problema con los hombres. Cuando debo hablar con alguno, a los pocos minutos lo veo sin ropa. Sin ninguna ropa. Entonces mi lengua se traba, tartamudeo, sudo, y parezco la mayor gilipollas del mundo.

En esta ocasión había hecho una de las peores entrevistas de trabajo de mi vida y os aseguro que he hecho muchas y malas. Desde el primer momento imaginé en pelotas a aquel señor que, no sé muy bien por qué, mi mente decidió ver como una bolita redonda cubierta de pelo espeso desde el cuello a los talones. Eso me hizo tartamudear más de la cuenta. Mi posible jefe, aunque ya tenía claro desde el primer momento que no iba a serlo, me preguntó algo sobre qué programas informáticos dominaba y yo solo podía pensar en sus pelotas velludas. Y en si también tendría pelo entre los dedos de los pies. Respondí con el nombre de una crema depilatoria, los nervios me hicieron cometer un lapsus por la asociación de ideas. Lo arreglé añadiendo: «Señor Yeti, puedo aprender cualquier programa con rapidez». Incapaz de soportar el bochorno de mi nueva metedura de pata, me levanté disculpándome lo mejor que pude, para salir corriendo a continuación como alma que lleva el diablo.

Por eso sobrevivo a duras penas repartiendo pizzas a domicilio los fines de semana, cuidando niños cuando surge la ocasión y probando juguetes eróticos para una conocida marca de venta online. ¿Que cómo llegué a eso? Muy fácil. A pesar de que mi contacto carnal con hombres es nulo, soy apasionada y me gusta el sexo. Empecé a usar consoladores y otros artilugios semejantes a los veinticinco años, cuando me vine a Madrid buscando el empleo de mi vida. Después solía dejar un comentario en la web y al parecer eran tan detallados que me contactaron para ofrecerme probar sus nuevos aparatos antes de ponerlos a la venta, a cambio de una cantidad de dinero bastante aceptable.

Conseguí matar dos pájaros de un tiro: ganar un sobresueldo y que los juguetes me salieran gratis. En consecuencia, no hay cacharrito que haya salido al mercado en el último año que no haya pasado por mis manos… ejem… y otras partes.

Esa es mi desastrosa vida, la que me ha llevado esta noche de Halloween a sentarme en un banco, más sola que la una. De pronto unas voces alteradas a mi alrededor me sacaron de mis negros pensamientos. Alcé la mirada y vi a tres señoras disfrazadas en el interior de un comercio chino, de esos en los que venden de todo, desde pilas para la linterna hasta alcohol de diversa graduación. Una vestida de angelito, con sus alitas y todo desplegadas en la espalda, un traje más apropiado para Navidad que para la noche más terrorífica del año. Otra de Annabelle, con el vestido blanco arrugado y cubierto de maquillaje y algo que parecía… ¿vómito? Una tercera llevaba un minidisfraz ajustadísimo de bombera sexi. Parecía que más que apagar fuegos, los quisiera encender.

Las tres discutían justo en la puerta de salida del comercio, agarradas a una botella de algo que tenía una etiqueta con un dragón. El dueño del comercio, un chino de mediana edad, trataba de poner paz entre ellas.

—Vodka Ming siete euros. Última botella —dijo a las tres mujeres que forcejeaban agarrando la bebida.

—Yo la vi primero —gritó Annabelle con voz estridente y un poco histérica mientras sujetaba el gollete con una mano y con la otra balanceaba una bolsa de esas reutilizables que se compran en los supermercados por cincuenta céntimos y cuyo contenido no llegaba a vislumbrar.

—Yo la necesito más —respondió el angelito.

—Chino Juan es mi amigo y mi vecino. El vodka es para mí. —La bombera incendiaria tiró de la botella con el consiguiente riesgo de que acabara en el suelo. El angelito se tambaleó para no soltarla y enganchó una de las alas en una estantería llena de cacerolas, que cayeron con un ruido metálico.

—Suficiente para tres. No pelea. Bolsa plástico cinco céntimos —afirmó el dependiente mostrando una bolsa blanca y anodina con la esperanza de que se fueran antes de que le destrozaran la tienda—. ¿Quiere bolsa?

Las mujeres se miraron.

—¿Y si la compartimos? Yo necesito un trago con urgencia y no hay nada más abierto —dijo Annabelle

—Vale.

—O sea, ¿pensáis que yo voy a beber de la misma botella que unas desconocidas? —Angelito puso cara de asco—. Ni muerta.

—Chino Juan tiene vasos de chupito desechables —respondió la bombera—. ¿Verdad?

—Chino Juan tiene todo. Bolsa de seis, un euro.

—De acuerdo, tráelos.

—Todo ocho euros cinco céntimos. Dos setenta por señora.

—Yo no traigo dinero —se excusó la bombera alzando las manos—. ¿Dónde quieres que lo guarde? Te pago mi parte mañana, que hay confianza.

En efecto, una simple moneda se notaría bajo el vestido.

—Yo tampoco llevo efectivo. ¿La Visa oro vale?

—Yo sí tengo —exclamó Annabelle sacando un monedero de un bolsillo escondido en el lateral de la falda.

—Vodka para señora que paga —sentenció el chino Juan impertérrito.

Las voces se alzaron de nuevo y mantuvieron mi atención. La bombera golpeó con el trasero unas alfombras que también rodaron de la estantería. Aquello era mucho más divertido que el truco o trato. Tres manos tirando de una botella a punto de estrellarse contra el suelo. El dependiente oriental, con filosofía, sujetando la bolsa de plástico y yo tratando de no reírme. A mi lado en el banco se sentó una chica disfrazada de unicornio y se sumó al espectáculo.

—¿Quién crees que ganará? —me preguntó.

—El chino, que cobrará su botella, aunque esté rota.

Annabelle tendió un billete de diez euros y agarró la bebida.

—La compartiré con vosotras. Esta noche necesito hablar con alguien y si es desconocida y está borracha, mucho mejor.

Salieron a la plaza y se sentaron en un banco frente al mío, que ahora compartía con un unicornio. Ambas seguimos atentamente la conversación de las tres mujeres, que abrieron la botella y llenaron los pequeños vasos de plástico hasta el borde.

—¡Ufff! Esto debe tener dos grados menos que el aguarrás —dijo el angelito con una mueca, olfateando el líquido incoloro. Pero tragó.

—No seas exquisita, es alcohol y, al menos yo, lo necesito. —Annabelle se bebió medio vaso de golpe. A juzgar por la mueca, debió quemarse hasta el hígado.

—Por muy malo que sea lo que te ocurre no será peor que lo mío —dijo la bombera.

—Yo os gano, seguro —afirmó el angelito terminando de un trago el contenido de su vaso—. Estaba en la fiesta de Halloween del coro…

—¿Un coro? —preguntó la bombera con una mueca—. ¿De esos que hacen gorgoritos?

—Uno de la parroquia, de canto gregoriano, en el que participo desde hace años. Y me ha llamado mi madre. Me lo estaba pasando genial, con los chicos y eso, cantando el Ave María.

—¿El Ave María en la noche de los muertos?

—El Miserere me da como grima. Suena a… difunto.

—Y te llamó tu mami para decirte que se había muerto —insinuó Annabelle.

—¡Ojalá! Solo me dijo que se había roto un tobillo.

—¿Los muertos hablan por teléfono, zumbada? ¿Cuántas copas llevas ya, tronca?

—Solo unos vasitos de anís del mono. Sí, es lo que suelo beber, guapi, ¿qué pasa?

—Nada, aquí cada una que beba lo que quiera.

—Mi madre me llamaría desde la tumba para fastidiarme —afirmó el angelito.

—Yuyu, yuyu… Acordaos de qué noche es hoy —replicó Annabelle tocando la madera del banco con la punta de los dedos.

La parricida frustrada se tragó un segundo lingotazo, esta vez con menos repugnancia. Era vodka, mi bebida favorita, y aquella noche hubiera dado algo por tomar una copa y compartir con alguien mi fracaso. Como estaban haciendo aquellas desconocidas.

—Pues eso, que estaba tan a gusto y me tuve que ir, cortándome todo el rollo. ¿Y sabéis qué hice?

—Llevar a tu madre a Urgencias.

—No, porque sabía que era mentira. No tenía voz de tobillo roto.

—¿Te cambia la voz cuando te rompes un hueso? ¡Qué chuli! —exclamó Annabelle.

—Nooo. Pero no parecía dolorida ni nada. Más bien como encantada de fastidiarme la diversión. Lo hace siempre. Y me dije que era hora de dejarle claro que no soy su niñera. Que, si le pasa algo, llame a la señora que le arregla la casa y la cuida cuando lo necesita. Me di media vuelta, y me puse a buscar algo de beber, porque a pesar de mi firme decisión me sentía muy culpable. Pero ya no había ninguna licorería abierta, y buscando, buscando, me alejé del barrio y encontré ese chino.

—Lo tuyo es de risa, tía. A mí me acaban de despedir —dije la bombera—. Yo trabajaba en el Carrefour y mi novio, el Jhonny, me convenció para quitarle las etiquetas a las botellas. Dijo que así no las podían vender, y tenía razón. Yo le hice caso y con eso de las cámaras de seguridad me pillaron, porque además me las llevaba a casa para que se las bebiera él. Bueno, yo también me daba algún que otro lingotazo.

—Eso es robar —sentenció el angelito.

—¡No se podían vender! El caso es que me han despedido y el Jhonny se ha enfadado mucho porque dice que de qué vamos a comer ahora, y a beber. Y a mí se me ha subido la mala leche y lo he echado de casa, que para eso la pago yo. O la pagaba, porque ahora no tengo curro, me van a echar del piso y acabaré debajo de un puente. Necesitaba esa botella más que tú.

—¡Debajo de los puentes hace frío! Hay mucha humedad.

—¡No te jode con la pija! En algún sitio tendré que vivir, y sin curro y sin dinero, ya me dirás.

—No… lo mío es peor —exclamó Annabelle restregándose los ojos y añadiendo un nuevo churrete al vestido—. Soy agente inmobiliaria y hace meses que no vendo un piso. Hoy he ido a un casting de esos de talentos musicales y me han echado sin ningún miramiento.

—¿A venderles un piso?

—No, a cantar. Veréis, a mí me chifla cantar, y no lo hago mal. Sé que para profesional, profesional… quizás me falta un pelín de preparación, pero no me han dado la oportunidad. Se han enfadado conmigo y me han dicho cosas terribles. Y luego, Jorge estaba en la fiesta del coworking y no me ha hecho ni caso. Por eso la botella debía ser para mí.

Yo alucinaba de ver a esas tres mujeres que no se conocían de nada contarse sus historias y me pregunté qué dirían si conocieran la mía.

De pronto el angelito reparó en el unicornio y en mí, que no perdíamos palabra de su conversación.

—Vosotras que lo habéis escuchado todo, ¿quién gana? ¿Cuál necesita más la botella?

No sé de dónde me salió la frase, quizás de saber que ellas estaban ya bastante achispadas porque, aunque solo llevaban un par de chupitos cada una, el licor debía tener graduación para tumbar a un elefante. Y yo necesitaba una copa.

—Gano yo —exclamé apartando mi timidez.

—¿Tú? ¿Qué te ocurre?

Me encogí de hombros y susurré:

—En ocasiones veo…

—¿Muertos? —preguntaron al unísono.

—Tíos en pelotas.

—¡Eso es guay, tía! ¡Molaaa!

—No tanto cuando te están haciendo una entrevista de trabajo y nunca consigues superarla porque ves las bolas peludas del tío que será tu jefe y… no dices más que estupideces como confundir programas informáticos con cremas depilatorias.

Annabelle, que seguía dueña y señora de la botella, la alzó.

—Creo que te mereces un tragui… ¿Quieeres? —arrastraba ya las sílabas a consecuencia del alcohol ingerido.

—Me vendría bien, gracias.

El angelito miró al unicornio sentado junto a mí.

—¿Tú también tienes una historia que merezca un chupito? Aún quedan tres vasos limpios y casi media botella.

—He dejado a mi novio en Villapene y me he largado con su moto.

—¡Villapene! ¡Guaaauuu! —exclamó la bombera eufórica—. ¿Había muchos?

—Solo el suyo porque es temporada baja. Pero me ha mandado a la mierda después de doce años. Yo esperaba una propuesta de matrimonio y me ha dicho de darnos un tiempo. ¿Quizás otros doce años más?

—O sea, que te ha dejado.

—No, lo he dejado yo… sin la moto. Me la he traído desde Lugo y la he aparcado por ahí a ver si se la roban —señaló con la mano una zona detrás de la plaza.

—Como la vea el Jhonny, seguro. Tiene controladas todas las del barrio y las que no conoce… ¡zas, al desguace!

El angelito cogió dos vasitos de plástico de la bolsa y los tendió para que Annabelle los llenara. El unicornio y yo nos acercamos y las cinco nos apretujamos en el banco.

—¿Queréis que os cante un poquito para que comprobéis la injusticia que han hecho hoy conmigo? Porfiii… —suplicó Annabelle.

—No sé… —Angelito no parecía muy convencida.

—Claro que sí, tronca. Seguro que lo haces genial —aceptó la bombera viendo la cara de ilusión de la propietaria de la botella.

Annabelle se arrancó nada menos que por Rocío Jurado que, aunque no era mi estilo de música, debía reconocer que pocas voces podían competir con la suya.

—«Se nos rompió el amor, de tanto usarlo…» —empezó con toda la potencia de sus pulmones.

Todas nos encogimos ante sus notas desafinadas, comprendiendo el rechazo que había sufrido, pero dispuestas a animarla por encima de todo.

—Como bien dices, en plan profesional no te veo —dijo el unicornio—, pero no lo haces mal.

—¿Verdad que no?

—Claro que no. Ese jurado no sabe lo que dice —animé a mi vez.

—Gracias, chicas… sois tupendis. Os habéis merecido que comparta con vosotras mi tesoro.

—¿Tienes un tesoro?

Ella abrió la bolsa misteriosa y sacó un tupper.

—Son las croquetas de mejillones de la Paqui. La Paqui es mi madre, y como yo canto mejor que cocino me trae a veces comida casera.

—¿He oído croquetas? —preguntó la hija de ideas asesinas con los ojos muy abiertos.

—Y empanada. Y pollo en salsa.

Abrió los tuppers y nos ofreció.

—¿No hay tenedores? —preguntó angelito con una mueca al ver el pollo que, aunque frío, desprendía un olor delicioso.

—¡No seas pija, tronca! Los mejores tenedores son las pinzas.

Y para dar ejemplo, la bombera metió la mano en el tupper y se comió un trozo de pechuga. No nos hizo falta más, todas nos abalanzamos sobre la comida. Era tarde y los estómagos rugían de hambre. Incluso el escrupuloso ángel de la guarda, eso sí, agarrando los trozos con la punta de los dedos y la nariz fruncida, dio buena cuenta del pollo. Al que siguieron la empanada cortada a pellizcos y las deliciosas croquetas de la Paqui.

Terminamos la botella entre risas y todas, achispadas, acabamos riéndonos de nuestras desgracias y problemas. Seguimos charlando hasta la madrugada y al despedirnos nos dimos cuenta de que ni siquiera sabíamos nuestros nombres. Lo que sí teníamos claro era que queríamos volver a vernos y repetir la experiencia. Puesto que era jueves, decidimos reunirnos de nuevo el jueves siguiente, porque era el día ideal. No tendríamos que lidiar con los adolescentes del fin de semana ni pelear a codazos por una mesa en algún bar abarrotado. El angelito sacó un móvil de ultimísima generación dispuesta a crear un grupo de WhatsApp.

—Yo me llamo María Jesús, pero si alguien me llama así, la saco del grupo. En el coro me llaman Chus.

—Yo soy Tere —comentó la bombera.

—¿Tere? ¡Con el nombre tan bonito que tienes! Si no te importa, yo te llamaré Teresa.

—¡Vale, tía! Como quieras.

—Yo soy Ana Isabel pero así solo me llaman en el trabajo... y Jorge, claro. Porque él forma parte mi mundo laboral. Pero como me pirra una buena copa de anís del mono, me gusta que me llamen Anisi.

—Sííí, me encaaanta. ¡Anisi! Molaaa.

Me miró en un mudo gesto con el móvil en la mano para incluirme en el grupo.

—Vero, de Verónica —expliqué como si no fuera obvio.

Y finalmente preguntó al unicornio

—¿Y tú?

—Romi.

—¿Romi? ¿Cómo los armarios de los cuartos de baño?

—En realidad Romina, y tiene una historia detrás que os contaré en la próxima reunión.

—¿Y qué nombre le ponemos al grupo? ¿Las chicas de los jueves? ¿Jueves con amigas?

Annabelle hizo un gesto con la mano.

—Como quieras, me da igual. Yo ya lo veo todo borroso.

—¡Eso! Genial, tronca. Jueves borrosos.

Chus tecleó las siglas JB. Muy apropiadas. Y así quedó establecido el grupo, formado por las amigas más variopintas y locas del mundo.

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Capítulo 1

Abril 2019

Había sido un jueves especialmente borroso. Nos pusimos a hablar sin ton ni son, como casi siempre, y cuando quise darme cuenta me había bebido ya el tercer vodka. Puesto que comí poco y temprano, los efectos eran bastante acusados cuando comencé a subir la empinada escalera de mi casa. Los escalones se movían con un vaivén acompasado, casi poético, o quizás quien me sentía poética era yo. Me agarraba con las dos manos a la barandilla y ascendía con calma, peldaño a peldaño.

Rozaba la una de la madrugada y me sobresalté al escuchar pasos a mi espalda. Pasos que subían deprisa y con agilidad. Imaginé lo primero que se le pasa a una mujer que vuelve sola y con unas copas de más de noche. ¡Un violador! ¿Me habían seguido desde el Cabify? ¿No habría cerrado bien el portal? Al ritmo que escuchaba los pasos no me daba tiempo a llegar a mi piso y resguardarme en él. Agarré el bolso con ambas manos dispuesta a vender cara mi integridad. Puse mi mejor cara de asesina, apretando la boca, abriendo mucho los ojos y, con el bolso levantado sobre mi cabeza para que el golpe fuera más contundente, lo esperé.

Sin embargo, me quedé paralizada cuando el asaltante apareció en mi campo de visión. Un hombre que rondaría los treinta y tantos, de pelo castaño claro, alto, delgado, con una barba de pocos días y los ojos más verdes que había visto nunca.

—Buenas noches —saludó sin hacer el menor gesto para agredirme.

Yo seguía con el bolso alzado sobre mi cabeza, sintiendo que la escalera giraba a mi alrededor, y también el efecto que los hombres despertaban en mí.

—Mírale a los ojos, a los ojos… —me dije cuando pasó por mi lado, en dirección al piso de arriba. ¿Iba a mi casa? Porque en el tercero no vivía nadie. Yo continuaba quieta, mirándolo como una idiota. Al ver mi inmovilidad se volvió desde un par de escalones por encima.

—¿Estás bien? ¿Te ocurre algo? —preguntó con una voz suave y agradable.

Era incapaz de responderle que temía que me atacase, de nuevo la presencia de un hombre, ¡y qué hombre!, me bloqueó. Mi imaginación se disparó y solo pude tartamudear para averiguar qué hacía en mi escalera.

—¿Dónde vas? —«Mírale a los ojos, a los ojos», me repetía la escasa lucidez que el vodka me dejaba.

—A mi casa —aclaró con una sonrisa divertida—. ¿Y tú?

—También.

—Pues no puedo ofrecerte gran cosa, acabo de mudarme.

—Yo no. —Tuve que cerrar los ojos para conjurar las imágenes lascivas que acudían a mi mente. ¡Este hombre no era una bolita velluda sino todo un Apolo!

Me di cuenta de que seguía con el bolso en alto y lo bajé de golpe. El movimiento brusco hizo que la escalera se balancease de nuevo y me agarré con fuerza al pasamanos, pero trastabillé. A través de un ojo apenas entreabierto para no mirar donde no debía, vi los escalones muy cerca de mi cara. Antes de que pudiera besar del todo el suelo unas manos fuertes me sujetaron por los brazos y me alzaron. El cuerpo del misterioso desconocido estaba a escasos centímetros de mí cuando abrí los ojos. Y volví a cerrarlos con fuerza para no ver… nada.

—¿De verdad estás bien? —preguntó solícito.

Asentí con los párpados fuertemente apretados.

—¿Dónde vas exactamente? Porque estoy seguro de que a mi casa no.

—Vivo en el segundo —musité.

—Solo falta un tramo de escalera, pero si no abres los ojos, no llegarás de una pieza.

Hice un esfuerzo y los abrí. Me esforcé en no fijar demasiado la vista en él y comencé a subir los escalones despacio y erguida, tratando de mantener un poco de dignidad. Entonces me soltó y continuó su camino. No pude evitar que mi imaginación se desbordara contemplando ese trasero que subía delante de mí, cubierto por un pantalón azul pero desnudo en mi imaginación.

Llegué a mi piso después de que él entrara en el suyo. Escuché la puerta cerrarse mientras yo intentaba buscar las esquivas llaves en el fondo de mi bolso. Al fin, me sentí a salvo entre las paredes de mi casa. Me quité los zapatos de una patada y colgué mi arma mortífera en el perchero, no sin antes sacar el móvil. Era tarde, pero las chicas no habrían llegado a su casa aún, y yo tenía que contarles lo que me acababa de ocurrir, por si había sido una alucinación y mañana no me acordaba. Por si mi sexi vecino era solo fruto de los vapores del vodka.

YO: Chicas, acabo de tener una visión apocalíptica en la escalera.

TERE: ¿Qué tipo de visión?

Y: Pensaba que venía a violarme, pero solo me ha dado las buenas noches.

ANISI: ¿Quién venía a violarte? ¿Qué has visto?

Y: El macizo de la escalera. Pero no lo ha hecho. Me ha levantado y se ha ido.

CHUS: ¿Te ha levantado de dónde?

Y: Me iba caer, la escalera se movía y además yo tenía los ojos cerrados.

T: ¿Has subido la escalera con los ojos cerrados? Estás como una puta cabra, tía. Pa haberte matao.

Y: Para no verlo.

CH: O sea, que te has encontrado a un hombre por la escalera, has cerrado los ojos para no verlo, te has caído y él te ha levantado. ¿Es eso?

Y: Más o menos. También quería darle con el bolso.

T: ¿Antes o después de cerrar los ojos?

Y: Creo que antes. O después. No lo sé.

A: Vamos a ver. ¿A quién se supone que te has encontrado, guapi?

Y: Al vecino de arriba… pero arriba no vive nadie.

CH: Mira, bonita, estás muy mal. Todo eso es fruto de la embriaguez que llevas encima y de la necesidad urgente que tienes, ¡URGENTE!, de echar un kiki de verdad.

T: El próximo jueves te arreglo una cita, aunque sea con el Jhonny, que eso de ver tíos en pelotas por todos lados no es buen síntoma.

Y: ¿Entonces creéis que todo ha sido fruto de mi imaginación?

A: ¿Tienes vecinos arriba?

Y: No.

A: Pues eso.

T: Eso.

CH: Es el vodka, cielo, y tu necesidad.

Y: Ya lo decía yo, que tener un vecino tan macizo era demasiado bonito para ser verdad.

A: Anda, duerme la mona que es lo que te hace falta.

T: Y búscate un tronco para follar, que tanto plástico te va a dar urticaria más tarde o más temprano.

ROMI: Acabo de ver los mensajes. ¿Qué me he perdido?

CH: Nada importante. Los vapores etílicos de Vero, que le hacen ver visiones.

R: ¿Más tíos en pelotas?

A: Ajá.

Apagué el móvil y traté de recordar lo ocurrido en la escalera, pero todo estaba borroso, muy borroso en mi cabeza. Me desmaquillé y me metí en la cama con la imagen de unos ojos verdes en mi mente. Quizás mis amigas tuvieran razón y esa manía de imaginar desnudo a todo hombre con el que debía mantener una conversación fuera fruto de mi subconsciente, que reclamaba tener sexo con alguien real. Nunca había tocado un pene de carne, que reaccionara a mi contacto, ni había visto los ojos de un hombre iluminarse de placer con mis caricias.

Mi mente volvió a recordar al desconocido de la escalera, ese que no podía ser real. Y puesto que las chicas del JB debían estar en lo cierto y tratarse de los efectos del vodka, no había peligro en fantasear con él ya que no iba a encontrármelo nunca más en el rellano. Mientras me dormía, rememoré su rostro, sus increíbles ojos verdes, y permití que mi imaginación bajase hasta el pecho cubierto de suave vello castaño. Ni poco ni mucho, justo como me gustaba. Dejé que mis manos lo acariciaran, que mis dedos se impregnaran de su suavidad, escuché los suaves jadeos que salían de su boca. Pensé levantarme y terminar la noche con uno de mis amantes de silicona, a los que tenía bautizados con nombres de varón, pero decidí que no. Que, aparte de que el vodka hacía cada vez más efecto y dudaba que pudiera llegar hasta el arcón donde los guardaba, aquella noche iba a ser para un hombre, aunque solo fuese producto del vodka: mi imaginario vecino del tercero.

Fantaseando con sus besos me dormí plácidamente.

***

Óscar se levantó de su mesa, dejando oscurecidos en la pantalla códigos y secuencias para dirigirse a la sala de descanso. Era habitual en él hacer una parada a media mañana y coincidir allí con su compañero y amigo Ismael para charlar unos minutos ante una taza de café. Se conocieron en la sala de espera antes de realizar la entrevista que los llevaría a los dos a cubrir puestos informáticos en AUTISA, una importante empresa del sector automovilístico. Ambos consiguieron el trabajo con una puntuación muy superior al resto de aspirantes, y cuando se volvieron a encontrar, firmando los respectivos contratos, se tomaron una copa para celebrarlo. Aquello había sido el inicio de una buena amistad, siete años atrás.

Ismael ya estaba sirviéndose de la cafetera común, había salido del departamento donde trabajaban unos minutos antes.

—¿Café? —preguntó nada más verlo.

—Sí, por favor. Pero hoy solo, sin leche. Necesito una buena dosis de cafeína.

—¡No irás a decirme que la copa de vino de anoche te ha pasado factura! —Habían cenado juntos y, puesto que tenía que conducir, fue muy moderado con la bebida.

—No fue el vino, sino un encuentro surrealista que tuve en la escalera. Apenas he pegado ojo.

—¿A qué llamas tú surrealista? Que nos conocemos y tienes una imaginación…

—Había una tía muy rara. Estaba parada en mitad de un tramo con un bolso sobre la cabeza.

—¿Como si fuera un sombrero?

—No, tenía los brazos en alto y lo sujetaba entre las manos. Y una cara muy rara, con los ojos muy abiertos y una mueca agresiva en la boca; parecía la niña de El exorcista. Por un momento pensé que iba a atacarme.

Era muy susceptible a temas paranormales y su amigo lo sabía.

—¿A atacarte por qué?

—¡Yo qué sé! ¡No me dirás que es normal estar parado en la escalera, de madrugada, con un bolso en alto!

—¡Tienes razón, muy normal no es! ¿Pasó algo más?

—Pues sí. Le di las buenas noches con mi mejor cara de inocente y al pasar por su lado, algo acojonado, tengo que confesarlo, cerró los ojos y empezó a subir los escalones.

—¿Con los ojos cerrados?

—Sí, y tropezó. Si no la sujeto, se parte la cara contra los peldaños.

—Era real, de carne y hueso. Si la tocaste…

—Claro que sí. El aliento le apestaba a alcohol a kilómetros.

—Estaba borracha. De lo más normal entonces.

—De eso no hay duda. Pero yo he estado borracho y nunca he hecho cosas tan extrañas. Vomito, me duermo, al día siguiente tengo resaca, pero nunca me ha dado por pararme en la escalera a esperar a los vecinos. Me dio un yuyu…

—¿Por qué?

—Cuando abría los ojos me miraba muy raro y los volvía a cerrar.

—¿Cómo de raro?

—No lo sé, no podría explicarlo. Como si yo fuera un bicho raro, un monstruo, un fantasma… Una visión terrorífica. Cuando la que estaba haciendo cosas extrañas era ella; yo solo subía a mi casa.

—Es posible que además de borracha estuviera drogada. Hay sustancias que provocan alucinaciones.

—Podría ser. Quizás cerraba los ojos para que no le viera las pupilas.

—Es una explicación.

—Pues no me hace gracia tener una vecina yonki.

—¿Es una vecina? A lo mejor se metió en el bloque para drogarse y tú la sorprendiste. Tenía la mercancía en el bolso e intentaba protegerla. Eso lo explicaría todo.

—Es una vecina, se quedó en el segundo. Justo debajo de mi piso. Si hubiera querido drogarse lo habría hecho en su casa.

—O no. ¿Sabes si vive con alguien?

—Ni idea. Recuerda que es mi primera noche allí. Ni siquiera he puesto aún mi nombre en el buzón.

—No te rayes, ya verás que no es preocupante. Y si no, estás de alquiler, te largas a otro sitio y punto.

—¡Como si fuera tan fácil encontrar un piso que pueda pagar yo solo! Estoy harto de compartir casa —dijo hastiado.

Ismael miró el reloj de la pared.

—Se acabó el descanso. Volvamos al trabajo, y por favor, mantenme al día sobre la niña de El exorcista.

—¡Menudo estreno del piso! Aunque, quizás el precio asequible se deba a que hay una loca en el bloque. ¡Maldita sea mi suerte!

Apuró la taza de café y se levantó dispuesto a continuar su tarea. Sabía que Ismael se lo tomaría a broma, pero él había sentido algo muy raro cuando aquella mujer lo miró. Borracha, drogada o lo que fuera, no le había gustado ni pizca.

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Capítulo 2

Cuando sonó el despertador, con su timbre estridente, quise morirme. Un dolor lacerante taladraba mi cabeza y las náuseas agitaban mi estómago como si se tratase de un tiovivo. Me arrastré hasta la ducha, puse el agua bien caliente y me obligué a permanecer bajo los chorros hasta que me sentí un poco mejor. Luego, me envolví en la toalla y salí a preparar la cafetera.

Después de vestirme, me senté a tomar una taza de café con un analgésico y comencé mi rutina diaria. Abrí las páginas de búsqueda de empleo: Infojobs, Infoempleo, Laboris… Tenía cuenta en todas y las revisaba cada día con la esperanza de encontrar un trabajo de mi especialidad y acabar con la precariedad laboral que arrastraba desde hacía años. Pero para eso necesitaba que la entrevista me la hiciera una mujer, algo que nunca sucedía.

Tras comprobar que ninguna oferta me interesaba, y puesto que me sentía un poco mejor, decidí comprobar si el misterioso hombre de la escalera existía o era solo fruto de mi imaginación. Bajé al portal y me acerqué a los buzones. En efecto, y como imaginaba, el correspondiente al tercero seguía mostrando una cartulina blanca sin ningún nombre. Experimenté una mezcla de alivio y pena. Pena de que aquel estupendo ejemplar masculino no fuera real y alivio por lo mismo. Porque no sabía cómo comportarme si me lo tuviera que cruzar a menudo por la escalera. Tenía mi comportamiento de la noche anterior algo borroso, pero, tras revisar la conversación de WhatsApp con las chicas del JB, sospechaba que había sido muy patético y vergonzoso. ¿Qué hubiera pens

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