La inteligencia emocional

Daniel Goleman

Fragmento

Título

AGRADECIMIENTOS

Escuché por primera vez la expresión "alfabetización emocional" de labios de Eileen Rockefeller Growald, entonces fundadora y presidenta del Instituto para el Progreso de la Salud. Fue esta conversación casual la que despertó mi interés y dio marco a las investigaciones que finalmente se convirtieron en este libro. En el curso de estos años ha sido un placer seguir de cerca a Eileen mientras ella enriquecía este campo.

El apoyo del Fetzer Institute de Kalamazoo, en Michigan, me ha permitido contar con el tiempo para explorar más profundamente el posible significado de "alfabetización emocional", y estoy en deuda con Rob Lehman, presidente del Instituto, por su aliento crucial en los primeros momentos y por la actual colaboración con David Sluyter, director de programa del mismo. Fue Rob Lehman quien, al comienzo de mis investigaciones, me instó a escribir un libro sobre la alfabetización emocional.

Entre mis más profundas deudas está la que tengo con cientos de investigadores que a lo largo de los años han compartido sus descubrimientos conmigo, y cuyos esfuerzos están estudiados y sintetizados aquí. A Pe ter Salovey, de Y ale, le debo el concepto de "inteligencia emocional". También me he beneficiado del hecho de conocer el trabajo en curso de muchos educadores y profesionales del arte de la prevención primaria, que se encuentran a la vanguardia del nuevo movimiento de la alfabetización emocional. Sus esfuerzos prácticos para brindar mejores habilidades sociales y emocionales a los niños, y para recrear las escuelas como entornos más humanos han resultado inspiradores. Entre ellos se encuentran Mark Greenberg y David Hawkins, de la Universidad de Washington; David Schaps y Catherine Lewis, del Centro de Estudios del Desarrollo de Oakland, California; Tim Shriver, del Centro de Estudios Infantiles; Roger Weissber, de la Universidad de Illinois en Chicago; Maurice Elias, de Rutgers; Shelly Kessler, del Instituto Goddard de Enseñanza y Aprendizaje, de Boulder, Colorado; Chevy Martin y Karen Stone McCown del Centro de Aprendizaje Nueva, en Hillsborough, California; y Linda Lantieri, directora del Centro Nacional para la Resolución Creativa de Conflictos, en la ciudad de Nueva York.

Tengo una deuda especial con aquellos que estudiaron y comentaron partes de este manuscrito: Howard Gardner, de la Escuela de Educación para Graduados, de la Universidad de Harvard; Peter Salovey, del Departamento de Psicología de la Universidad de Yale; Paul Ekman, director del Laboratorio de Interacción Humana de la Universidad de California, en San Francisco; Michael Lerner, director de Commonweal en Bolinas, California; Denis Prager, entonces director del Programa de Salud de la Fundación John D. y Catherine T. MacArthur; Mark Gerzon, director de Common Enterprise, en Boulder, Colorado; Mary SchwabStone, MD, del Centro de Estudios Infantiles, de la Facultad de Medicina de la Universidad de Yale; David Spiegel, MD, del Departamento de Psiquiatría de la Facultad ge Medicina de la Universidad de Stanford; Mark Greenberg, director del Programa de Pista Rápida, de la Universidad de Washington; Shoshona Zuboff, de la Escuela de Administración de Harvard; Joseph LeDoux, del Centro de Neurología de la Universidad de Nueva York; Richard Davidson, director del Laboratorio de Psicofisiología de la Universidad de Wisconsin; Paul Kaufman, de Mind and Media, en Point Reyes, California; Jessica Brackman, Naomi Wolf y, especialmente, a Fay Goleman.

Entre quienes me ofrecieron sus opiniones valiosas y eruditas se encuentran Page DuBois, un helenista de la Universidad del sur de California; Matthew Kapstein, filósofo de ética y religión de la Universidad de Columbia; y Steven Rockefeller, biógrafo intelectual de John Dewey, del Middlebury College. Joy Nolan reunió relatos de episodios emocionales; Margaret Howe y Annette Spychalla prepararon el apéndice sobre los efectos de los programas de alfabetización emocional. Sam y Susan Harris proporcionaron el equipamiento esencial.

Mis editores de The New York Times en la última década han apoyado maravillosamente mis diversas investigaciones sobre nuevos descubrimientos a propósito de las emociones, que aparecieron por primera vez en las páginas de ese periódico y que informan gran parte de esta obra.

Toni Burbank, mi editor en Bantam Books, ofreció el entusiasmo editorial y la agudeza que incentivó mi determinación y mis ideas.

Y mi esposa, Tara Bennett-Goleman, proporcionó el nido de calidez, amor e inteligencia que alimentó la realización de este proyecto.

Título

EL DESAFIO DE ARISTOTELES

Cualquiera puede ponerse furioso… eso es fácil. Pero estar furioso con la persona correcta, en la intensidad correcta, en el momento correcto, por el motivo correcto, y de la forma correcta… eso no es fácil.

ARISTOTELES, Etica a Nicómaco

Era una tarde de agosto insoportablemente húmeda en la ciudad de Nueva York, el tipo de tarde húmeda que hace que la gente esté de mal humor. Yo regresaba al hotel y al subir al autobús que me llevaba a Madison Avenue me sorprendió oír que el conductor —un negro de mediana edad— me saludaba con un cordial "¡Hola! ¿Cómo le va?", saludo que ofrecía a todo el que subía mientras el autobús se deslizaba entre el denso tránsito del centro de la ciudad. Todos los pasajeros estaban tan sorprendidos como yo y, atrapados en el clima taciturno favorecido por el día, pocos respondieron al saludo.

Pero mientras el autobús avanzaba lentamente calle arriba se produjo una transformación lenta, casi mágica. El conductor ofreció a los pasajeros un ágil monólogo, un animado comentario sobre los escenarios que se sucedían ante nosotros: había una liquidación increíble en esa tienda, una exposición maravillosa en ese museo, ¿alguien había oído hablar de la nueva película que acababan de poner en el cine de la otra manzana? El deleite que sentía ante las variadas posibilidades que brindaba la ciudad resultó contagioso. Cuando los pasajeros bajaban del autobús, lo hacían despojados del caparazón de mal humor con que habían subido; y cuando el conductor gritaba un "¡Hasta pronto, que tenga un buen día!", cada uno respondía con una sonrisa.

El recuerdo de ese encuentro me acompañó durante casi veinte años. En la época en que viajé en ese autobús a Madison Avenue acababa de obtener el doctorado en psicología, pero en aquellos tiempos la psicología prestaba poca atención a la forma en que podía producirse semejante transformaci

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