Capítulo 2
Sus ojos café brillaban irresistibles esa noche, pensó ella, a pesar de que apenas levantó la vista. Se incorporó y decidió cambiarse los pantalones cortos y la camiseta que llevaba por un vestido de playa con flores lilas y azules que le llegaba al tobillo; el vaivén de su ancha falda imitaba el movimiento de las olas. También se puso unas sandalias azules adecuadas para caminar en la arena y se colgó un bolso diminuto donde apenas cabía su teléfono celular. El cabello, ahora largo a media espalda, un poco distinto a como lo llevaba cuando se conocieron, estaba recogido en el inicio de su cuello con sencillez; no quería parecer muy arreglada. Salió del cuarto y caminó por el pasillo escudriñando los cuadros en las paredes y procurando no hacer ruido. Sabía que ellos eran los únicos en la casa, pero la costumbre de salir de casa a hurtadillas de su hija pudo más y se dirigió con sigilo a la sala. Allí lo encontró sentado con la impaciencia típica de los hombres cuando tienen hambre, moviendo la rodilla derecha descontroladamente y mirando el reloj de pulsera que apenas marcaba diez minutos desde la última vez que se vieron.
—Podemos irnos… ¡Estoy lista! ¿Dónde quieres cenar?
—¡Por fin! —La molestó él, como siempre hacía—. Lo que quieras, podemos ir al restaurante que está en La Marina.
—De acuerdo.
La villa donde estaban hospedados pertenecía al lujoso y popular complejo vacacional Villas Paraíso, que se erguía presuntuoso en la línea de playa de Las Galeras en la península de Samaná. Múltiples celebridades tenían propiedades allí, por lo que encontrarse a algún actor en la playa era cosa de todos los días. También las familias de alto abolengo disfrutaban los fines de semana en sus villas privadas, respirando aire fresco mientras las aguas del cristalino océano Atlántico se mecían a sus pies y el sol en eterno verano del Caribe Tropical bronceaba sus espaldas. En Villas Paraíso al traspasar la entrada principal viajabas a una dimensión paralela donde no había cuentas que saldar; solo estaban el mar, la música, las piñas dulces, las copas de vino y tú. Un verdadero paraíso tropical donde no pasaba nada pero a la vez podía pasar cualquier cosa; el cielo era literalmente el límite.
Andrés y Virginia salieron sin prisa, subieron al carrito de golf en el que podían trasladarse dentro del complejo y se dirigieron al restaurante. Él conducía y ella pretendía mirar el paisaje. Hablaron del clima, como era de esperarse, y, finalmente, para hacer más ameno el camino, ella le preguntó qué le parecía el novio… Cierto, estaban allí por una boda, la de una amiga en común. Iveth se había casado y divorciado muy joven y ahora había encontrado el amor en Gastón, un joven fotógrafo muchos años menor que ella, a quien había conocido en sus clases de yoga. Era un chico apuesto y caballeroso que había nacido y vivido en Grenoble, Francia, hasta el traslado de su padre a la República Dominicana en una misión diplomática el año anterior. Se había instalado con su familia, compuesta solamente por Gastón y su madre, Elise. Recién graduado en Periodismo por la prestigiosa universidad de su ciudad natal, había hecho también estudios especializados en fotografía, por lo que encontró quehacer rápidamente y abrió un estudio fotográfico especializado en exteriores. Hablaba, además del francés, un español fluido, un portugués respetable y un inglés vergonzoso. Todo un galán. Como hubiese dicho la tía Esther, si ella tuviera 20 años menos… En fin, Iveth y Gastón llevaban juntos unos seis meses cuando decidieron casarse y allí estaban todos unos meses después, esperando a los invitados internacionales, a los familiares y amigos cercanos de la pareja. Un grupo de amigos de la novia decidió rentar una villa y la organizadora de la boda, una chica simpática llamada Lourdes, se encargaría de gestionarla. Cuando Andrés recibió su llamada para que confirmara si iba acompañado y si podía compartir habitación, él le dijo que iría solo y que no necesitaba alojamiento, pues usaría la villa de sus padres. De inmediato, ella le preguntó si podía cederle lugar allí para guardar algunas cosas en los días previos a la celebración y si había espacio para acoger a algunos invitados de emergencia, a lo que él respondió que estaría allí desde el lunes para gestionar algunos temas de mantenimiento, por lo que estaba a la orden si necesitaba algo.
Esta boda tenía un itinerario largo, pues primero habría un ensayo el jueves, luego una cena de compromiso el viernes y, finalmente, la celebración sería el sábado. Algunos invitados llegarían desde el miércoles para el ensayo, por eso Virginia estaba allí, era una de las damas de honor y debía traer desde la ciudad todo el ajuar de la novia y otros encargos. Lourdes no tenía villas contratadas hasta el jueves, así que cuando ella llegó, debió alojarse en la villa de Andrés.
Cuando sus miradas se cruzaron en la puerta, se dieron el susto de sus vidas. Ninguno de los dos estaba esperando encontrarse con el otro, él no sabía quién era la visita que iba a alojar y ella no sabía que iba a alojarse con él… Ambos querían la cabeza de Lourdes en aquel momento. Casi dos años sin verse cara a cara y encontrarse así de repente, sin tiempo para pensar un saludo adecuado. Se verían en la boda, eso estaba claro, ambos lo sabían, pero había tiempo y alcohol suficientes para preparar el momento. Ahora, frente a frente, en el recibidor de la villa diecisiete, las palabras no les salían, el tiempo se hizo infinito y una fina llovizna de verano comenzó a caer ese 21 de junio a las dos de la tarde. Este día de solsticio sería muy largo…
Capítulo 3
Llueve a cántaros en la carretera de camino a Samaná, pasa del mediodía y Virginia solo piensa en llegar a la villa, entregar los paquetes que le encargaron llevar a la organizadora y sentarse a escribir el informe que esperan en su oficina. Su empresa de asesoría inmobiliaria está asociada a una multinacional a la que debe rendir informes cada mes y, a pesar de que el de junio no se vence hasta el viernes 23, debido a los días feriados de La Fête nationale du Quebec, su casa matriz solamente recibiría informes hasta el miércoles 21. Las horas en carretera la habían aburrido inmensamente. Se había pasado las tres horas del camino desde la capital ensayando una conversación imaginaria con Andrés, en la que él respondía justo las líneas que ella había redactado en su cabeza para él; enfrentaban sus fantasmas del pasado y quedaban como amigos por y para siempre. Sin silencios incómodos, sin confesiones inconclusas y, sobre todo, sin ilusiones. Sería inevitable verlo en la boda o inclusive antes, así que debía estar lista.
Lourdes esperaba las decoraciones con ansias y la había llamado un par de veces para comentarle que tenía el alojamiento listo, que ya estaba esperándola en la Villa 17 para recoger todo y que ella no tuviera que moverse innecesariamente. Aparcó al lado de un jeep negro en el estacionamiento de la casa; en la entrada, en un auto dorado, estaba recostada una chica agitada y ansiosa que esperaba hablando por teléfono con algún suplidor. Se emocionó al ver entrar a Virginia y la abordó enseguida a la vez que instruía a un pobre chico que la acompañaba a que sacara todo del auto, pues los estaban esperando en alguna parte.
—Aquí estarás alojada, al menos hasta el sábado, que ya debes trasladarte a la villa de la novia. ¡Gracias por venir antes, has salvado mi vida! —exclamó Lourdes, emocionada.
—¿Entonces estaré sola acá hasta el viernes? ¿Hay empleados durmiendo aquí? —preguntó Virginia mientras se adentraban en los jardines de la casa para alcanzar el timbre.
—¡Oh, no! ¡No estarás completamente sola, quiero decir! No te preocupes, los empleados no duermen en la casa, pero el dueño sí, seguro que se conocen; está invitado a la boda —dijo Lourdes entusiasta mientras tocaba la puerta.
—¡Ya va! —gritó Andrés desde dentro mientras abría la puerta.
—¡Aquí dejo a la huésped! Gracias de nuevo por tu hospitalidad. Debo irme, así que los veo luego a ambos. ¡Ciao! —se despidió presurosa Lourdes alejándose hacia el auto.
Mientras tanto, Virginia, con los nervios de punta, parada frente a él, con la computadora colgada de un hombro, la maleta a su lado en el suelo y las manos llenas de vestidos cuidadosamente guardados en sus protectores, apenas lo saludó con un:
—Hola, ¡no sabía que esta era tu casa!
—Yo tampoco sabía que eras mi huésped… ¿Necesitas ayuda? —dijo él tomando la maleta y señalando la computadora.
Ella no contestó y se limitó a seguirlo. Se veía igual que antes… ¿O más guapo? Ese último matrimonio definitivamente le había hecho bien, lástima que terminara apenas dos años después. La separación parecía no haberle afectado, no se veía triste para ser alguien que recién se había divorciado cinco o seis meses antes. ¡Cuántas cosas pasaron por su cabeza mientras caminaban hacia la habitación! «Estoy muy callada», pensó, y decidió hacer un comentario sobre el clima. Él parecía muy confundido de que ella estuviera allí, así que tal vez también estaba nervioso, ¿o quizá no? Virginia nunca había sido buena para saber lo que él pensaba… Si tan solo lo hubiera sido…
Afuera, la fina llovizna había dado paso a un sol radiante que se reflejaba en la piscina. Toda la sala parecía una extensión del jardín trasero, pues las inmensas paredes de cristal que separaban la casa del patio no tenían cerradas las cortinas. La luz inundaba la casa y los verdes paisajes del jardín trasero integraban la naturaleza con el vanguardismo, mientras el olor a vainilla desatado en el ambiente le recordó a Virginia que necesitaba un café.
Recorrieron juntos el pasillo. La casa tenía tres habitaciones en el primer piso y dos más en el segundo. Una mezzanina con vista a la piscina alojaba una terraza adornada con jardines verticales, una romántica y diminuta pérgola de madera, hamacas gemelas y la imperdible vista de la bahía. Él la condujo a una habitación del primer piso mientras le indicaba que él estaba en la de al lado, ya que arriba estaban reparando los baños y no terminarían hasta el día siguiente. Su cuarto, con amplias ventanas, también olía a vainilla y volvió a pensar en el café, esta vez fue más atrevida y se lo pidió sin titubeos a su anfitrión, que inmediatamente la llevó a la cocina y aprovechó para mostrarle el resto de la casa.
Café en mano, subieron a la mezzanina, a la cual se accedía desde la sala y, tras ver las hamacas, pensó que ese era su lugar favorito en la casa, hasta que recordó que aún debía enviar aquel informe… Sus pensamientos de plácido descanso se esfumaron en un santiamén. Le agradeció el café y le dijo que debía trabajar. Bajaron las escaleras en silencio y, al llegar al salón, Andrés se sentó en el sofá y tomó el control del televisor.
—¿Quieres que te avise para salir a cenar? Marilú se marcha a las seis de la tarde —dijo Andrés, refiriéndose a la chica encargada de la cocina.
—Sí, claro. Espero terminar este informe pronto —respondió Virginia mirando su reloj que ya marcaba las tres de la tarde.
Se marchó al cuarto. Al entrar, buscó su computadora y un lugar para colocarla. Divisó un escritorio blanco donde reposaban una máquina de café eléctrica que no había visto antes, además de café y tés variados listos para preparar y dos tazas de fina porcelana a juego con el papel tapiz primaveral de la habitación. Definitivamente este lugar había sido decorado por y para una mujer. Terminó de beber su café, encendió la computadora, comenzó a escribir y se sirvió su primera taza de té de menta.
Capítulo 4
Una leve sonrisa se dibujó en su rostro cuando escuchó la noticia de la boda. Siempre había apreciado a Iveth y sabía cuánto había sufrido en su primer matrimonio; su amistad había durado ya muchos años. Se habían conocido en la agencia de viajes donde primero habían sido compañeros y de la que ella ahora era gerente general. En esa agencia de viajes había visto a Virginia por primera vez hacía poco más de diez años. La recordaba con el cabello negro y corto bordeando sus hombros, un traje sastre gris y su voz melodiosa preguntando si podía por favor decirle dónde estaba la oficina de Iveth Castillo. Ese día él se ofreció a conducirla con la amabilidad típica de un caballero educado en Quebec y la acompañó hasta que, una vez con Iveth, ella los presentó. Algo pasó ese día, pues el resto de la tarde no pudo evitar pensar en ella un par de veces, aún no sabía por qué. Ahora, tantos años después, seguía pasando lo mismo…
Esa tarde de junio, mientras veía una película de James Bond para equilibrar las cursilerías inevitables de los días por venir y tomaba una copa de coñac sentado en la sala de la villa, el sonido de las ametralladoras fue interrumpido por el de un auto acercándose a la propiedad. La vio a través de la ventana de la sala bajar del automóvil gris platinado y empezar a descargar infinidad de vestidos, una maleta y quién sabe cuántos ajuares más. Lourdes le avisó de su huésped anticipada unos días antes, pero se refirió a ella como «Betina», y él pensó que sería una amiga del novio. Su cabello ahora largo recorría su espalda, los pantalones cortos de mezclilla dejaban ver sus piernas bien formadas y, a pesar de que ensayó más de una forma de saludar mientras esperaba detrás de la puerta a que tocaran el timbre, no consiguió disipar su sorpresa cuando finalmente salió a su encuentro.
Trató de hablar pausadamente para no evidenciar sus nervios, pero no pudo disimular su sorpresa que era tan genuina como su inquietud. Levantó su maleta y la llevó directamente a su habitación, pensó que quizá debía invitarle un trago y justo entonces ella le pidió un café. Su padre estaría avergonzado de él, ¡ella había tenido que pedirle algo de beber! Tantos años ejerciendo la diplomacia en Quebec no habían servido para nada. Andrés era hijo de un funcionario del servicio exterior asignado por muchos años a Canadá y una dama de alta sociedad dominicana, había estudiado Negocios Internacionales y hablaba con fluidez el inglés y el francés. Llegó a Quebec siendo un niño, pero guardaba recuerdos agradables de las estancias de verano con su abuela materna en Santiago de los Caballeros, la segunda ciudad más importante de su país natal. Ya retirado su padre, la familia regresó al país y él hizo lo mismo al terminar sus estudios en Quebec; sus dos hermanas menores, Anne y Sophie, sin embargo, habían nacido en Canadá y habían hecho allí su vida, solo regresaban en épocas festivas; su hermano mayor, Dante, era violinista profesional y viajaba con la filarmónica de Quebec todo el año. Todos los hijos de aquella pareja, don David y doña Sonia, habían sido educados en el más fino de los protocolos, conocían cada palabra apropiada para cualquier situación inapropiada y definitivamente todos sabían las reglas de etiqueta para recibir una visita y ¡él las había quebrantado todas!
Regla n.º 1: No hacer esperar a la gente en la puerta si ya sabemos que están allí. Espiar qué trae puesto y con quién viene no es correcto. (¡Quebrantada!).
Regla n.º 2: No se detenga a charlar en la puerta, hágales pasar y cierre la puerta. (¡Quebrantada! ¡Por poco tiempo, por suerte!).
Regla n.º 3: Preguntar si la persona desea tomar algo. (¡Quebrantada!).
Regla n.º 4: Mostrar la casa si la visita es de confianza. (¡Quebrantada!).
Había reaccionado tarde, pero al menos todavía podría mostrarle la casa y eso hizo una vez le brindó café. «¡Estoy embriagado!», pensó… ¿cómo podía haber olvidado cosas tan elementales? Pero apenas había tomado el primer sorbo de su coñac cuando escuchó el auto llegar.
Comenzó a enmendar su error mostrándole el primer piso, siguió con el segundo y se detuvieron en el entrepiso, su lugar favorito de la casa, aquel que doña Sonia había diseñado con ilusión evocando el jardín de lo que había sido su casa por casi veinte años en Quebec. Pensó dejar los jardines exteriores como última parada del tour, considerando que la piscina climatizada era un atractivo que merecía las fanfarrias finales, pero ella interrumpió bruscamente su elaborado mapa mental cuando prefirió irse a su cuarto. Mientras bajaban las escaleras pensó en fingir indiferencia, pero una vez en la sala le comentó algo sobre salir a cenar, ella asintió y así quedaron en verse más tarde.
Pulsó el botón de reanudar en su película de James Bond y unos minutos después pensó en la época en la que él también había tenido que hacer informes, se apiadó de ella y la perdonó de inmediato.
Su primer trabajo en la capital dominicana fue en aquella agencia de viajes, como encargado de los programas educativos internacionales. Pronto se hizo popular entre las chicas por su incomparable gentileza y caballerosidad, tan distinta a la actitud de los demás jóvenes. Su inteligencia era evidente y sus temas de conversación infinitos, pero sin duda su mejor atributo era su amabilidad. Allí hacía los informes, no solo de su gestión, sino que ayudaba con los suyos a los compañeros que no manejaban otros idiomas con fluidez.
Ahora corregía informes. Era profesor titular en el Instituto de Formación Diplomática y Consular. También tenía una empresa que daba servicios de traducción de documentos y de eventos. Su porte juvenil, a pesar de acercarse peligrosamente a los cuarenta, se debía a las muchas horas que pasaba nadando y jugando tenis, sus actividades deportivas preferidas. También jugaba ajedrez y disfrutaba del vino tinto si era en buena compañía. Esa tarde, mientras llegaba la hora de cenar, recordó una que otra aventura que involucraba una botella de vino y a Virginia… Se acercó un par de veces a la habitación hasta que finalmente tocó. Eran pasadas las siete.
Se sentó en la sala a esperar con visible ansiedad, hasta que unos minutos más tarde vio las flores lilas y azules de su vestido asomarse al pasillo. Salieron en el carrito de golf hablando sobre el clima y entonces ella preguntó qué le parecía el novio de Iveth. Evidentemente ella no sabía que él los había presentado, así que sin abundar en detalles le dijo que lo conocía y que era un buen muchacho.
La Marina estaba a cinco minutos de la villa, así que no tuvieron mucho tiempo para conversar. Él recuperó algo de su cortesía característica y la ayudó a salir del carrito, pues su largo vestido se quedó atrapado en el asiento. En ese momento sus rostros estuvieron tan cerca que era difícil distinguir de lejos que no eran pareja. Caminaron juntos hacia el restaurante y la luna en cuarto menguante miraba desde lejos con curiosidad cómo una pareja y tres sombras dibujaban el suelo aquella noche de solsticio.
Capítulo 5
La algarabía de los comensales de la mesa situada al final de la terraza era insostenible. «Hoy día todos los jóvenes son escandalosos y fuman incesantemente», pensó ella; no le dijo nada a su acompañante para no parecer antipática, pero la verdad es que estaban haciendo mucho ruido y con el paso de los minutos se integraban más chicos a la mesa bulliciosa. La vista, sin embargo, era preciosa; los lujosos yates delineaban el puerto en todo su esplendor, algunos con las luces encendidas reflejando en el agua sus mástiles majestuosos. En alguno de ellos celebraban fiestas y en algún otro la desolada cubierta aguardaba ansiosa a que llegaran invitados.
Andrés interrumpió sus pensamientos cuando le preguntó si quería tomar algo.
—Una copa de vino… ¡Por los viejos tiempos! —exclamó con energía, a pesar de que segundos después ya se estaba arrepintiendo de su atrevimiento.
—Los viejos tiempos… ¿Y tú piensas alguna vez en esos viejos tiempos? —le preguntó él con su característico tono jocoso, pero evidentemente ávido de una respuesta.
—Me parece que han pasado mil años desde que abandonamos el tren de la juventud. Es inevitable recordar con nostalgia esas noches en la avenida hablando tonterías. ¡He intentado recordar de qué hablábamos, pero no consigo hacerlo!, ¿tú lo recuerdas? —inquirió Virginia, mientras colocaba ambas manos en su barbilla y se inclinaba hacia Andrés con la curiosidad de una niña.
—¿Puedo traerles algo de beber? —interrumpió el mesero enérgicamente mientras los observaba expectante.
—Una botella de vino tinto, reserva. Y, por favor, traiga la bandeja de quesos como entrada —dijo Andrés al mesero y luego agregó mirando fijamente a Virginia—: ¡Como en los viejos tiempos!
Ella se sonrojó y sus pensamientos viajaron nuevamente en el tiempo a una de esas noches juveniles, donde bajo la luz de una luna llena habían caminado juntos en la Zona Colonial con un grupo de amigos, quizá siete en total. Uno de ellos, atrevido como ninguno, pasó una mano sobre su hombro y le preguntó en secreto: «¿Cuándo saldrás finalmente con Andrés?».
La tomó por sorpresa; no era algo que ella hubiera pensado responderle a él y solo le dijo: «¿Cómo puedo responderte a ti lo que no me han preguntado ni siquiera a mí? ¿Qué te hace pensar que Andrés quiere salir conmigo?». Su amigo sonrió y dijo para sí, aunque ella pudo escuchar perfectamente: «No sé cuál de los dos está más despistado», y siguió caminando con el grupo. Eso la dejó pensando el resto de la noche y no volvió a mirar a Andrés con los mismos ojos. Habían salido muchas veces juntos, pero la multitud que siempre los acompañaba era la protagonista principal de todos sus encuentros, y no ellos. Sin embargo, esa noche comenzó a pensar seriamente si el comentario de Osvaldo había tenido algo de sentido. Esa noche las cosas comenzaron a cambiar y, por primera vez en los meses que llevaban conociéndose, pensó en Andrés con la curiosidad de quien investiga un misterio digno de Agatha Christie.
La bandeja de quesos llegó antes que el vino y el maître abordó la mesa apresuradamente pidiendo disculpas en nombre del camarero y se llevó al pobre chico que, con rostro de confusión indescriptible, sostenía tembloroso la bandeja, mientras intentaba pedir disculpas también, aunque no sabía exactamente el motivo. Virginia no contuvo la risa y Andrés la contempló divertido, a la vez que recibía nuevamente al maître que estaba de regreso con el vino, que descorchó ceremoniosamente. Hicieron el primer brindis y unos minutos después el mundo a su alrededor parecía haber desaparecido. Ya no se escuchaba el bullicio de los jovencitos de la mesa del fondo. La bandeja de quesos de repente ya estaba en la mesa y ninguno notó cuándo la habían traído, la botella de vino llegaba a sus últimos instantes de vida y ni siquiera habían recordado ordenar la cena, estaban ensimismados el uno en el otro, hablando tan bajo que apenas entre ellos podían escucharse. En algún momento pidieron otra botella de vino y una bandeja de antipastos, siguieron hablando, riendo y brindando hasta que el camarero despistado interrumpió con la voz agónica de aquel que espera un regaño, para avisarles que la cocina iba a cerrar y que si iban a ordenar algo de cenar debía ser en aquel momento. Virginia se extrañó por el comentario y levantó la vista para notar que la suya era la única mesa ocupada del restaurante y que casi todas las luces estaban apagadas. Por alguna razón habían pasado más de tres horas y no habían ordenado ni siquiera la cena. No tenían hambre y coincidieron en pedir la cuenta, mirándose con complicidad y a punto de estallar en risas, salieron minutos después del restaurante a punto de alcanzar la medianoche.
—Sonia está aquí en el puerto, ¿la quieres ver? —dijo Andrés con tono galante mientras caminaban por La Marina en dirección al carrito de golf.
—¿Sonia? ¿Y por qué querría yo verla? —dijo Virginia en tono sarcástico, intentando disimular un repentino ataque de celos.
—¿No te gustan los yates? —dijo él sonriente y percibiendo, feliz, que había logrado molestarla.
—¡A veces puedes ser tan…! ¡Argghhh! —le dijo ella, molesta cuando entendió que se refería al yate de sus padres, que se llamaba igual que su mamá: Sonia.
—¡Ja, ja! ¿Estabas celosa? —le dijo mientras la tomaba del brazo y la conducía de vuelta a La Marina, de camino al bote.
La noche de solsticio definitivamente sería larga. La luna susurraba en el cielo un poema de amor, la música de un grupo de jazz emergía entusiasta desde uno de los yates vecinos y Andrés y Virginia caminaron juntos como tantas veces, pero solos por primera vez.
Capítulo 6
Aquel sueño la había despertado otra vez. Sudorosa y respirando afanosamente se puso de pie y quiso correr a la cocina, pero recordó que no era su casa. «Hay agua en la jarra del escritorio», pensó, y fue a buscarla, tomó un sorbo y recuperó el aliento. Eran las tres de la madrugada.
Recapituló la noche poco a poco y pensó que apenas haría media hora de su regreso de La Marina con Andrés. Se separaron en la puerta de su cuarto, no porque ella quisiera, pensó en ese instante, sino porque probablemente ninguno de los dos se atrevió a proponer un arreglo distinto para dormir. La habían pasado fenomenal en el yate, donde encontraron una botella de vino más y siguieron hablando de los viejos tiempos hasta que la música de jazz de la fiesta vecina se apagó y pensaron que era hora de volver. La corta distancia de La Marina a la casa hizo más fácil conducir el carrito, pero a la hora de encontrar la llave para abrir la puerta, las risas no se hicieron esperar y ambos parecían chiquillos traviesos burlándose de la situación. Virginia recordó que alguno de los dos sugirió ir a la piscina, quizás… ¡Traía puesto el traje de baño y no la pijama! Y entonces recordó que por eso se habían separado en la puerta, porque se reunirían en unos minutos en el jacuzzi. ¿Cuánto tiempo había pasado? Solo sabía que había tenido aquel sueño, por tanto, se había quedado dormida al menos unos minutos. Tomó otro sorbo de agua y, aún aturdida por el vino, decidió lanzar una mirada al patio para saber si él estaba allí esperándola. El traje de baño negro y de una sola pieza cruzaba en tirantes su espalda y dejaba al descubierto un escote discreto, pero escote al fin. Tomó un chal del mismo color que descansaba en la silla del escritorio, se envolvió en él y atravesó el pasillo. Lo vio saliendo de la cocina con un gran vaso de agua en la mano, su bañador azul y una toalla blanca colgada al cuello, estaba mojado, por ende había estado en el agua. Él la miró con cara de sorpresa y le dijo:
—Ya iba de vuelta a la habitación, ¡pensé que te habías arrepentido de ir a la piscina!
—Pues la verdad es que me quedé dormida unos minutos, pero sí que me hace falta entrar al jacuzzi y con agua muy caliente, así que vamos —dijo Virginia pensando en olvidar la desagradable sensación que le dejaba tener aquel sueño, justo cuando todo parecía haber sido olvidado.
—¿Más vino? —preguntó Andrés riendo a sabiendas de que ya habían tomado demasiado.
—No es de princesas tomar de más… —le respondió Virginia guiñándole un ojo y quitándole el vaso de agua para bebérselo ella.
Andrés se dio vuelta entornando los ojos mientras pensaba en lo mucho que le gustaba la idea de quedarse con ella en la casa. «¡Qué importa!», pensó… ¡Quizá le gustaría quedarse con ella para siempre!
Virginia se deshizo del chal y entró al jacuzzi que burbujeaba incesante. El olor a lavanda impregnaba el ambiente y el agua tibia acariciaba con ternura su cuerpo. Se sumergió por unos agradables segundos que quiso hacer eternos y, cuando salió a la superficie, Andrés ya estaba entrando al agua. No pudo evitar el sobresalto y el grito ahogado que llegó con él, provocando las burlas de Andrés por su «valentía».
—No esperaba verte de repente. ¡Me asustaste! ¡Tú también hubieras gritado! —dijo ella en tono defensivo. Y agregó, cambiando drásticamente el tema—: ¿Por qué el agua huele a lavanda?
—Mi mamá insiste en poner sales aromáticas cuando viene a meditar. Han de haberse quedado por allí —mintió Andrés; era él quien las usaba para meditar.
—Pues el gusto de tu mamá es impecable. ¡Amo la lavanda! —dijo ella, mientras se sumergía otra vez.
Andrés se sumergió también y tomó un largo y profundo respiro mientras se decía a sí mismo que había llegado el momento que por tantos años ambos habían procrastinado.
Virginia lo sintió moverse a sus espaldas y rodear con sus manos su cintura, no sabía si quedarse sumergida o salir, en pocos segundos ya no tendría que decidirlo y, aunque no estaba segura de si ella había emergido o si él la había sacado, lo cierto es que ahora la mitad de sus cuerpos estaba debajo del agua y la otra mitad estaba fuera. Ella esperó impaciente y callada, pues estaba de espaldas. Él, sin soltar su cintura, la giró muy despacio en el agua hasta que finalmente quedaron frente a frente. Las burbujas reventaban estrepitosamente por todas partes y, bajo la luna del solsticio, Andrés se inclinó hacia Virginia y la besó en los labios, primero con ternura y luego con la pasión de un amor colegial. Virginia pensó que seguía sumergida por completo en el agua. Sentía cómo sus cuerpos se acercaban hasta querer ocupar el mismo espacio, y sus manos, controladas por una fuerza superior a ella, subieron hasta alcanzar el rostro de Andrés. Sus cuerpos se enlazaban como imanes el uno al otro dentro y fuera del agua y, por un breve instante, fueron un solo cuerpo. Mientras tanto, la luna en cuarto menguante sonreía satisfecha.
Capítulo 7
Diez años atrás, el ambiente festivo de diciembre inundaba el ambiente tal y como ahora con prematura anticipación. Las luces y guirnaldas navideñas comenzaban a adornar las principales avenidas, a pesar de que el mes de octubre no había terminado. Como cada viernes, Andrés pasó a recoger a Virginia por su casa y enseguida se dirigieron a encontrarse con Marcelo, un amigo y excompañero de estudios de Andrés, que lo había ayudado a conseguir su antiguo puesto en la agencia de viajes y había sido su apoyo en esos meses en los que recién abría su empresa de traducciones. Se conocían desde hacía muchos años y habían compartido en múltiples ocasiones, sobre todo cuando acababa de llegar de Canadá.
Marcelo, extrovertido y brillante como pocos, ya era buen amigo de Virginia, pues la conocía gracias a Iveth, con quien trabajaba en la agencia. Pero no fue sino hasta que Andrés se integró al grupo que pensó en lo genial que era la compañía de Virginia para tomar vino tinto los viernes en los parques de las grandes avenidas.
Esa noche Andrés bromeó con ella al recogerla pasadas las siete y hablaron de un viaje que pronto haría todo el grupo a la playa. El teléfono de Virginia timbraba con desesperación mientras hablaban y, a pesar de que ella lo miraba e ignoraba la llamada, Andrés insistía para que lo levantara, pues alcanzaba a ver el nombre del interlocutor y moría de curiosidad. La situación se prolongó toda la noche, pues su exnovio, realmente enamorado, se negaba a dejarla ir y ella finalmente apagó en algún momento el celular. Llegaron a encontrarse en el parque de siempre, y, como era costumbre, Andrés sacó del baúl la botella de vino, las copas y el descorchador. En aquella época, Virginia trabajaba en el departamento de ventas de una constructora turística, había dejado a su novio de dos años porque ya no quería casarse con él, y exploraba la desconocida y emocionante sensación de sentarse a tomar vino con dos hombres que no eran nada más que sus amigos.
La primera vez que Marcelo la llamó para una de estas aventuras era ya tarde en la noche y, cuando vio su número en el identificador de su celular, vestía su pijama. Se acostumbraba a sus primeras semanas sin novio y las llamadas nocturnas que recibía solían ser del pobre desdichado pidiendo que lo pensara mejor, así que cuando vio que no era él, tomó la llamada enseguida. Un escandaloso –y evidentemente tomado– Marcelo se escuchaba del otro lado en medio de la música diciendo: «¡Te vamos a pasar a buscar, Andrés quiere salir contigo!». Su corazón latió violentamente, y no alcanzaba a entender con claridad el mensaje, no sabía qué significaba aquello y le respondió que ya era tarde y que estaba en pijama.
Ese fin de semana, aquella llamada fue el plato fuerte de conversación con Iveth y Gabriela, sus mejores amigas. Quizá Osvaldo tenía razón después de todo y Andrés sí quería salir con ella, o quizá era Marcelo quien realmente quería salir con ella, ¡todo tenía tantas aristas en su cabeza! Tuvo que esperar al viernes siguiente, esa vez comieron juntos, como solían hacer a veces en una plaza cercana al trabajo de ambos, y Marcelo le dijo que saldrían a las siete… Ella dijo que sí.
Y a partir de aquel viernes esas salidas se hicieron una costumbre solo interrumpida por causas mayores o por salidas en grupos más grandes. La pasaban muy bien los tres hablando, riendo y, al llegar la medianoche, saliendo a buscar algo de comer. Ya lo habían hecho un par de veces y con el tiempo empezaron a integrarse al grupo otros amigos de Virginia, así que la noche de Navidad, Andrés y Marcelo estuvieron bailando hasta el amanecer con ella y sus amigos, en una noche que, aunque memorable, no todos podían recordar con claridad. Era un grupo realmente divertido y la pasaban bien… el coqueteo era infinito entre ellos dos, pero nunca –que ellos recordaran– había pasado de puro coqueteo.
Y aquella noche, mientras tomaban su botella de vino, ella descubrió algo en su mirada que no podía descifrar. Quería arrancar las palabras de su boca, pero no podía. Moría por entrar en su cabeza, pero le preocupaba delatarse… Una doncella no puede permitirse revelar sus sentimientos jamás. Y cuando Andrés la llevaba de regreso a casa con el respeto y formalidad que lo caracterizaban, Virginia tuvo que luchar contra viento y marea para no preguntarle qué sentía por ella; quizá, de haberlo hecho, las burbujas de lavanda hubieran reventado diez años antes.
Todos esos recuerdos pasaban por su cabeza cuando el agua tibia del jacuzzi comenzó repentinamente a tornarse fría como hielo, las burbujas de lavanda dejaron de reventar y las luces que iluminaban el fondo de la piscina de un tono azul brillante se apagaron. El resto de la casa seguía iluminado, pero todo el patio permanecía a oscuras. Ocurrió de pronto y no tuvieron más alternativa que salir del agua, pues la temperatura bajó tan de prisa que parecía que todo iba a congelarse. Andrés pensó que algo se había descompuesto y quiso ver los interruptores, pero Virginia le advirtió que dejara a los expertos electricistas que vinieran en la mañana a revisar y sugirió entrar a la casa.
Las nubes comenzaron a ocultar la luna que minutos antes les sonreía y se desató una tormenta eléctrica que transformó el romántico escenario anterior. Se acurrucaron envueltos en las toallas en el sofá de la sala para calentarse y ninguno se animó a iniciar la conversación, así que se quedaron simplemente allí, recostados uno en el otro hasta que, finalmente, Andrés habló, pero ella ya estaba dormida… Así que se recostó otra vez y allí los encontró la mañana.
Capítulo 8
El avión aterrizó unos minutos antes de lo pautado en el aeropuerto de Santo Domingo. La escala en Nueva York había sido más larga de lo planeado porque se averiaron los sistemas de transporte automático del equipaje y estaban subiéndolos manualmente. La estancia en Quebec había sido corta pero agradable, sus sobrinas habían resultado ser tan adorables como en las fotografías que enviaba a la familia su hermana Sophie. La novedad de las gemelas recién nacidas había movilizado a toda la familia a Canadá por unas semanas, interrumpiendo los planes de Andrés para el mes más festivo del año. Partieron a principio de diciembre a Quebec para conocer a las niñas y compartir juntos la Navidad y el fin de año, sin embargo, a mediados de mes, con la excusa del cierre contable de su recién formada empresa de traducción, Andrés anunció que regresaría al país antes de las fiestas.
Ante las protestas de su madre, la conformidad de su padre y la indiferencia de sus hermanas, tomó el avión de regreso y en todo el viaje solo pudo pensar en ella y en el momento en que se encontrarían otra vez, en sus noches de vino tinto y ruido citadino… Quizá ahora lograría que no estuviera Marcelo, o el resto de personas que solían aparecer de la nada justo cuando hubiera querido hablar a solas con ella. Pensó que tal vez no había hecho lo suficiente para que ella notara su interés más allá de la amistad, pero eso definitivamente iba a cambiar. Ya estaba soltera… Aunque su teléfono no dejaba de sonar y ella contestaba; no siempre, pero a veces contestaba. Quizá aún quería volver con aquel novio impertinente. Durante las siete largas horas de vuelo pensó en muchas cosas, ninguna tenía que ver con la contabilidad de su compañía.
El capitán hizo el anuncio de bienvenida a la ciudad, seguido del aviso de que los mantendría en pista unos minutos esperando una puerta disponible, ya que se habían adelantado. La noche se deslizaba sigilosa por la ventana y pensó aprovechar que no era tarde para llamarla; no habían hablado ni siquiera por correo electrónico durante los diez días que había estado en Quebec, así que el sonido de su voz sería música para sus oídos. Y es que, en la soledad de la nieve que arropaba el paisaje, visto desde el jardín delantero en casa de su hermana, comprendió que la extrañaba demasiado y, aunque volver significaba pasar por primera vez la Navidad lejos de sus padres, cuando llegó el viernes y su madre le pidió descorchar el vino, decidió que descorcharía la próxima botella con Virginia.
El celular repicaba incesante con la canción de apertura de El fantasma de la ópera. Pasaban unos minutos de las nueve de la noche de aquel domingo de diciembre y Virginia preparaba su ropa para ir a trabajar al día siguiente. Sintió la música de su obra de teatro preferida inundar apasionadamente la habitación y miró la pantalla. Sorprendida de ver el nombre de Andrés Nova en su identificador, pulsó con creciente curiosidad el botón para contestar:
—¿Sí?
—¿Sí?, ¿es la forma de contestar en estos días?
—¿Llegaste? —preguntó una desconcertada Virginia.
—Casi… Aún no bajo del avión, pero sí... —dijo Andrés mientras escuchaba el intercambio de las azafatas indicando que habían aparcado el avión y podían salir.
Como su asiento estaba en primera clase, lo invitaron a salir recordándole que debía abstenerse de usar el celular en el área de migración. Se puso de pie para tomar su equipaje del maletero superior, mientras intentaba sostener el celular con su hombro para no interrumpir su conversación.
—¿De verdad estás todavía en el avión? —continuaba con incredulidad Virginia que escuchaba las bocinas dando los avisos mientras hablaban.
—¿Por qué te sorprende? —le dijo él, sin saber aún el origen de tan repentina valentía.
Ya caminaba hacia fuera y empezaron a aparecer las señales de prohibición y no tuvo más remedio que decirle que volvería a llamarla desde el automóvil.<
