En medio del dolor
No existe amor en paz. Siempre viene acompañado de agonías,
éxtasis, alegrías intensas y tristezas profundas.
Paulo Coelho
Arrastrando los pies, llego a mi casa. Me duele la cabeza y siento el cuerpo pesado. Una vez más agradezco a la virgencita que no hay nadie, mi hermano no ha llegado del trabajo, confirmo la hora y me doy cuenta de que tengo tiempo para ducharme y acostarme a dormir. No quiero tener que enfrentarme a un interrogatorio, por lo menos no hoy.
Necesito una aspirina con urgencia, ¡mierda! Ni siquiera sé si puedo tomar una maldita aspirina.
Al llegar al baño, me miro en el espejo, estoy pálida, tengo los ojos rojos e hinchados. No me reconozco y no me gusta mi reflejo.
Siempre he sido amante de los baños después de un día agotador, para relajarme, hoy tengo ganas de tomar una ducha rápida que acabe con todo.
«Como si una ducha hará desaparecer este dolor que siento».
Porque no solo me duele el cuerpo, sino que también me duele el alma.
Me desvisto y me meto debajo del chorro de agua caliente, y nuevamente las lágrimas me asaltan. Quiero parar de llorar, pero las lágrimas siguen cayendo, parece como si tuvieran vida propia.
«Se casó».
«Fue algo de último momento», dijo.
—Último momento, ¡una mierda! —grito—. Te casaste porque quisiste. Preferiste escogerla a ella y destrozarme la vida a mí.
Varios sollozos se escapan de mi boca y las fuerzas me abandonan. Poco a poco me deslizo contra las baldosas y me dejo caer en el piso de la bañera.
Encojo mis piernas, las rodeo con mis brazos y escondo mi cabeza entre las rodillas.
Me quedo bajo el chorro de agua caliente pensando en todo lo que ha pasado en estos últimos meses. En cómo ha cambiado mi vida. Yo, que siempre fui una persona precavida, inteligente, que intentaba evitar cualquier tipo de problemas.
No entiendo cómo me metí en algo que no iba a poder manejar. Sabía que estaba mal, pero no supe detenerme a tiempo. Mi cabeza siempre supo que él no la dejaría, pero mi corazón escogió creer. Puede que sea la romántica que llevo dentro que pensó que se quedaría conmigo como en las telenovelas o en los cuentos de hadas.
¿Quién en su sano juicio iba a dejar a una rica heredera que le permita entrar en la crema y nata de la sociedad italiana? Nadie, y mucho menos para estar con una simple empleada que apenas está comenzando en el mundo.
Salgo de la ducha cuando ya se ha acabado el agua caliente y tengo las manos arrugadas, me pongo el pijama, me meto en la cama y vuelvo a llorar. Lo último que recuerdo antes de caer rendida es que mi vida es una mierda y que soy la persona más infeliz en la faz de la tierra.
—¡Hey! —Escucho que alguien me llama mientras me dan palmaditas en el hombro. Abro los ojos y me encuentro con la mirada de preocupación de Alex, la misma que me ha lanzado en los últimos días cada vez que nos vemos—. Despierta, dormilona.
—¡Hola! —lo saludo con la voz ronca. Tengo la garganta reseca—. ¿Hace cuánto que estás en casa?
—Hace una hora más o menos. Solo he venido a bañarme y por un poco de ropa, este fin de semana me quedo con Michelle y no quería marcharme sin hablar contigo —me dice mientras me incorporo. Miro por la ventana de mi cuarto y ya ha oscurecido.
—¿Qué hora es?
—Son pasadas las ocho.
—¿Qué ocurre?
—Nada, solo que casi no te veo y quería saber cómo van tus cosas —se interesa al mismo tiempo que me examina como si fuera un bicho raro bajo un microscopio.
—No hay mucho que contar, todo está como siempre.
Mi hermano resopla.
—Como siempre significa que sigues sin alimentarte como es debido, estoy muy preocupado, Adri, cada día estás más delgada, parece que te estás consumiendo desde adentro. No puedes seguir así. Tienes que ver a un médico.
—Fui a ver a un doctor —respondo a la defensiva, un poco más alto de lo que debería, e inmediatamente me pincha la sien. Cierro los ojos, me llevo los dedos al lugar de mi molestia y masajeo en pequeños círculos—. Me ha dicho que tengo problemas de tiroides y que por eso estoy perdiendo peso.
«Y que estoy embarazada... ¡Ah! También me ha recomendado abortar».
—Me alegra escuchar eso. ¿Por qué no me comentaste que irías a verlo? Hubiera sacado un tiempo para acompañarte.
Se acomoda a mi lado y apoya la cabeza en la cabecera acolchada de mi cama.
Abro los ojos y me asalta la culpa. Alex siempre se ha preocupado y ha cuidado de mí, me duele no poder contarle la verdad.
—¿Qué más te dijo? —me pregunta, y me entra pánico, de repente tengo miedo de que haya percibido mi angustia.
—¿Qué te hace pensar que me dijo algo más?
—Por favor, Adriana, no hay que ser médico para saber que no te encuentras bien. ¿Es que no has visto lo pálida que estás? Algo más has de tener aparte de ese problema de tiroides —dice, y el tono es demasiado alto para mi cabeza.
Me acaba de llamar por mi nombre, muestra de que está hablando en serio y que no está para juegos.
—También ha dicho que tengo anemia —miento descaradamente—, debo tomar unas vitaminas, y, por favor, baja la voz que me duele la cabeza.
—Lo siento, no quiero ponerme pesado, pero entiéndeme, estoy muy preocupado por tu salud. —Ladea la cabeza y me mira detenidamente—. Le dije a mami que cuidaría de ti y últimamente siento que no te he dedicado el tiempo necesario.
—No seas exagerado, Alexander, que no soy una niña —me quejo con cierta irritación—, es solo una anemia y pronto estaré bien.
Me mira sin estar del todo convencido, así que me apresuro a decir suavizando la voz:
—Te lo prometo.
Me estudia con sus ojos grandes durante unos segundos hasta que finalmente asiente con la cabeza.
—También te desperté porque tengo que comentarte algo.
Ahora es mi turno de observarlo cautelosamente. Conozco esa mirada y por lo general viene acompañada de algo que no me va a gustar.
—Michelle no deja de quejarse de que casi no nos vemos, como últimamente estoy saliendo tarde del trabajo, a veces hago doble turno; solo la veo los fines de semana.
—Ajá.
Tomo un hondo respiro y retengo todo el aire de mis pulmones.
—Pues que me ha propuesto irnos a vivir juntos —dice y su tono de voz deja entrever que hay algo más importante aún.
Vuelvo a respirar más tranquila. No es lo que esperaba que dijera, pero teniendo en cuenta que llevan saliendo juntos tres años no es algo que me sorprenda.
—Felicidades.
Lo miro a los ojos y le digo con toda la sinceridad de la que soy capaz a pesar de mi falta de entusiasmo.
Michelle es una excelente muchacha, muy bien criada, estudiante de Medicina y, lo que es mejor aún, está loca por los huesitos de mi hermano.
—Me alegro mucho por los dos.
—Bueno, aún no le he dicho que sí, le dije que tenía que comentarlo contigo primero.
—¿Conmigo? —inquiero sorprendida—. Si me estás pidiendo permiso, de una vez te digo que no me molesta que se venga a vivir con nosotros; la casa es grande, es más, hasta sobra espacio.
Conozco tan bien a mi hermano que por la forma en que arruga la nariz, demostrando así su nerviosismo, y la manera en la que sus ojos se mueven, me da a entender que está escogiendo cuidadosamente sus próximas palabras. Eso hace que me ponga nuevamente en alerta. Presiento que no me va gustar lo que me dirá.
—He estado pensando que deberíamos vender la casa... —dice bajito—. Y mudarnos a un apartamento más pequeño y más cerca de nuestros respectivos trabajos.
«Y no podía estar más en lo cierto».
—¡¿Mudarnos!? —casi grito. ¡Qué horror! Me siento totalmente erguida, giro un poco el cuerpo y lo miro escandalizada—. ¿Quieres mudarte del lugar donde hemos vivido toda la vida?
«Esto no puede estar pasando».
Eso no. ¡Joder! No ahora.
Cuando crees que tu mundo se está desmoronando, viene tu hermano mayor y te lanza una bomba de ese calibre.
¡Dios! ¿Pero qué es lo que está pasando?
¿Acaso te he hecho algo y los ángeles de ahí arriba se lo están cobrando?
No se trata solo de cambiar de casa, si nos mudamos ya no será mi hogar, sino el de Alex y Michelle donde yo tendré un cuarto.
He vivido aquí desde niña. Mi papá compró esta casa de cuatro habitaciones porque pensaba tener una familia grande, pero mi mamá tuvo dos partos muy difíciles, en el segundo casi se muere, así que decidieron quedarse solo con nosotros dos. Aquí hemos crecido, conozco prácticamente a todo el vecindario. Cuando voy a tomar el autobús me encanta pasar por el frente de la Boulangerie y dejarme arropar por el olor a pan recién hecho, o cuando paso por el Café al doblar la esquina y Sebastián, el chico de la barra, me saluda con una amplia sonrisa.
¿Cómo sigues adelante cuando te has perdido en el camino y ya no sabes dónde ir?
Cuando te vas del hogar donde creciste, tu núcleo familiar, es un cambio drástico a nivel emocional. Dejas mucho más que una casa: dejas risas, recuerdos, personas a las que conoces desde siempre y que son parte de tu historia. Es como abandonar un poco de ti misma.
Todo me da vueltas. Cierro los ojos y apoyo la espalda en la cabecera de la cama.
—Sé que te encanta esta casa y a mí también me gusta, pero, como tú misma lo dijiste, sobra mucho espacio, desde que mamá decidió irse a vivir con la abuela es muy grande para nosotros dos —me dice sacándome de mis pensamientos—, pero ya lo hablaremos con calma.
Abro los ojos y miro el techo blanco. Primero lo de Max y ahora esto. Si aún conservara mi trabajo podría quedarme aquí, aunque la casa es grande, entre mis ahorros y mi sueldo podría con los gastos. Pero ahora sin trabajo y encima de todo embarazada. Nadie me dará trabajo en mi estado. Tampoco puedo pedirle a Alex que detenga su vida por mí. Sería egoísta de mi parte, sobre todo que todavía no tengo idea de lo que va a pasar conmigo.
—No hay nada de qué hablar. —Mis palabras se pierden en un suspiro—. Lo lógico es que te vayas a vivir con tu novia, que quieran tener su propio espacio sin tenerme a mí entre las patas.
—No hables así, que aún no es un hecho y Michelle sabe lo importante que eres para mí. Además, pensé que te agradaba...
—Y me agrada —lo corto.
Respiro con resignación.
—Quizás tengas razón. A lo mejor es hora de cambiar de página y pasar a otra cosa. De nada sirve tener dos cuartos vacíos.
Nos quedamos en silencio unos instantes.
—Pero no me iré a vivir con ustedes. Buscaré un pequeño estudio para mí y de esa forma podrás mudarte con tu novia y tener toda la privacidad que necesita una pareja joven.
—De eso nada. ¡No te vas a mudar sola y eso no es discutible! Vivimos juntos y casi ni te veo, sin mencionar el hecho de cómo has descuidado tu salud, no quiero ni imaginarme qué sería de ti si ya no viviéramos juntos.
—¡Por Dios, Alex! —digo exasperada—, soy una adulta y puedo perfectamente vivir sola. He descuidado mi salud porque no sabía que tenía un problema, ahora que lo sé voy a cuidarme mucho más.
—No he dicho que seas incapaz de vértelas por ti misma, es solo que aún no estoy preparado para que nos separemos.
—Ya no somos niños, no puedes ocuparte de mí como si fuera un bebé, tampoco puedes organizar tu vida en torno a mí. Tarde o temprano tendremos que separarnos. Ahora te vas a vivir con tu novia, más adelante vendrán los hijos y yo tendré que buscar mi espacio, ¿qué más da si lo hago ahora o dentro de uno o dos años?
—No lo sé, no me gusta la idea de que estés sola y más ahora que estás enferma.
Suspiro.
No va quitar el dedo del renglón.
—Voy a hablar con Emma para ver si me puedo quedar con ella unos meses hasta que esté mejor y así estarás más tranquilo, ¿qué dices?
—No lo sé. —Tuerce el gesto, dudoso—. Ya lo hablaremos con calma. ¡Sabes qué! Te propongo una cosa... El lunes te invito a cenar así hablamos un rato y luego vamos a ver una peli, como solíamos hacer antes... Pasamos un tiempo entre hermanos. ¿Qué te parece? —me pregunta con mucho entusiasmo. Por un momento pienso en decir que no, pero no quiero que se preocupe más por mí, y si de esa forma puedo evitar que insista en lo de mudarme con ellos, pues mejor.
—De acuerdo.
—Tenemos una cita entonces.
—Tenemos una cita —le respondo sin mucho entusiasmo.
—¿Quieres que te prepare algo para comer antes de irme? —me demanda en el momento que se levanta de la cama.
—No, estoy bien, y ya vete que vas a llegar tarde.
—Está bien. —Se inclina y me da un beso en la frente—. Me voy, pero prométeme que vas a comer y que llamarás a mamá; ayer hablé con ella y me dice que hace mucho que no la llamas.
Respondo con un pequeño «OK» antes de que salga de la habitación.
Quince minutos más tarde escucho la puerta principal cerrarse. Me tumbo nuevamente, me arropo de pies a cabeza y me vuelvo a dormir porque es lo único que puedo hacer para no sentir este dolor tan fuerte en el pecho.
El sábado me paso todo el día en cama, llorando hasta quedarme dormida, no tengo fuerzas para nada, ni siquiera para darme un baño, solo quiero quedarme adormecida y no sentir nada. Quien inventó la frase «el amor duele» no entendía una mierda de lo que es enamorarse, porque el amor de verdad, ese donde no solo entregas el corazón, sino también tu alma, tu mente, tu cuerpo, ese donde entregas todo lo que tienes, no duele... Ese te destroza.
Por lo menos así me siento yo, totalmente destrozada. Quisiera encontrar una palabra que pudiera explicar este inmenso dolor, pero no creo que exista tal cosa.
Mi teléfono no para de sonar, por lo que decido ponerlo en silencio, mientras lo hago veo que tengo varias llamadas perdidas y varios mensajes, algunos son de las chicas, otro de mi hermano y muchos de él, los cuales borro sin ni siquiera leerlos.
Vuelvo a llorar hasta quedarme nuevamente dormida.
Perderte de nuevo
Porque el amor cuando no duele mata,
porque amores que matan nunca mueren.
Contigo, Joaquín Sabina
Me despierto desorientada. Creo haber escuchado un ruido, pero no logro ubicarlo así que me tumbo en la cama otra vez. Unos instantes después vuelvo a escuchar el ruido, pero esta vez sé que se trata del timbre. Trato de ignorarlo y cubro mi rostro con la almohada para amortiguarlo, pero sea quien sea no tiene intención de desistir, por lo que me levanto por primera vez desde el viernes y, maldiciendo en silencio, decido abrir la puerta.
Entre mil personas que podrían haber tocado a mi puerta, me habría imaginado a cualquiera menos a él, tal vez porque nunca pensé que se tomaría el atrevimiento de venir a mi casa, o quizás porque pensé que estaba más claro que el agua que no quería hablar con él, que me daría el tiempo y el espacio que necesito. Así que cuando abro y encuentro a Maximiliano al otro lado de la puerta, me quedo como piedra.
—¿Qué haces aquí? —pregunto después de recuperarme de la sorpresa.
—No contestas mis mensajes, ni mis llamadas, ni mis emails. ¡¿Tienes idea de lo preocupado que estaba?!
—Pensé que el mensaje era bastante claro... No quiero hablar contigo —replico arisca antes de tratar de cerrar, pero Max introduce rápidamente la mano por el marco de la puerta y no logro cerrarla del todo.
—¡Auch! —grita.
Le he hecho daño, pero me importa una mierda. Que se joda.
—Adriana, por favor, tenemos que hablar, he tratado de darte el espacio que necesitas, pero este silencio me está volviendo loco. Necesito explicarte por qué lo hice.
—Yo no te he pedido ninguna explicación.
—Por favor, Peluche, déjame entrar. Desde que te marchaste el viernes he perdido la calma, necesito saber que estás bien, mírate, te ves pálida. ¿Has comido algo? ¿Te sientes bien?
Lo escucho tan preocupado por mí que me dan ganas de olvidarme de todo y abrazarlo, de sentirme segura como una vez lo estuve. Que me diga que todo va a estar bien, que todo ha sido una confusión y que se quedará conmigo para siempre. Pero eso no va a pasar, por más que yo lo quiera nada va a cambiar.
Miro esos ojos verdes que tanto me encantan, ojerosos, suplicantes, llenos de preocupación.
—Por favor, nena —suplica—, necesitamos hablar.
Por la determinación que veo en sus ojos estoy convencida que no se marchará hasta que hablemos; por lo que este forcejeo de nada sirve. Además, sé que tiene razón y que tarde o temprano tendremos que hacerlo. Así que termino cediendo y lo dejo pasar.
Lo miro mientras entra en mi pequeño salón que sirve de recibidor; parece cansado, tiene el pelo alborotado. Lleva unos pantalones de jogging negros, una sudadera gris y unos tenis. Max nunca va al gym los domingos; lo que me hace pensar que seguro le ha dicho a su esposa que iría al gimnasio para poder venir a verme, y me entran ganas de vomitar.
Nos quedamos en silencio estudiándonos mutuamente a una distancia prudente.
Yo, cruzada de brazos, esperando que diga algo; y él, observándome de arriba abajo. Parece nervioso y preocupado, quizás esté buscando las palabras correctas.
—¡Dios santo! Qué delgada. ¿Qué es lo que te está pasando? ¿Qué te ha dicho el doctor? —inquiere gesticulando de manera torpe. Sus palabras salen precipitadas.
Da un paso hacia mí y yo doy uno atrás. No quiero que me toque. Se pasa una mano por el pelo y toma un fuerte respiro.
—Dijiste que lo hablaríamos cuando regresara.
—Podemos dejar de fingir que esta conversación gira en torno a mi salud, cuando ambos sabemos que no es así —digo intentando mantener la calma, porque mientras más lo veo ahí parado con aire de arrepentimiento y con su cara de preocupación, como si realmente le importara lo que me pasa, más me dan ganas de agarrarlo a cachetadas—, di lo que tengas que decir y lárgate.
—Lo siento. —Hace una pausa y me mira directamente a los ojos—. De verdad lo siento, te veo y sé que estás sufriendo y me duele saber que yo soy el culpable de todo tu dolor. Nunca quise hacerte daño. Dios sabe que te amo con locura...
—No te atrevas a decir que me amas —lo corto al mismo tiempo que él da otro paso en mi dirección. Levanto la mano derecha para indicarle que no dé un paso más.
Me hierve la sangre y la tristeza que he sentido desde el viernes empieza a darle paso a la rabia.
—Si de verdad me amaras, no habrías jugado conmigo de esa forma. ¿Qué ganaste? Digo, aparte de arruinarme la vida.
—Adriana, yo no jugué contigo, siempre te dije la verdad, desde un principio te expliqué mi situación.
—¡Sabía que estabas comprometido! —grito—, pero nunca pensé que me harías algo así. Creo que merecía la cortesía de que me informaras que te ibas a casar y que dabas lo nuestro por terminado. ¿No lo crees?
—Yo no pensaba casarme, pero tuve que hacerlo. Sophia se presentó en Miami con todo organizado para la boda. Quiso sorprenderme e invitó a sus padres, a los míos, a nuestros amigos y familiares más cercanos, no pude negarme. Así que es cierto... —admite abriendo los brazos con semblante abatido—. ¡Me casé! No fue algo que tenía previsto pero lo hice, porque no podía dejarla plantada y humillada delante de sus seres queridos.
—A ella no pudiste decirle que no, pero a mí no te molestó destrozarme el corazón.
—Nunca imaginé que ella fuera capaz de semejante locura, pero de repente me vi entre la espada y la pared, enfrente de mi padre y del suyo, y no pude decirle que no, entiéndeme, no tuve otra opción.
—¡Pero lo sabías! ¿Verdad? ¿Sabías que esto acabaría conmigo? —pregunto llena de rabia y de celos—. Sin embargo no te importó.
Max tuerce el gesto y el dolor oscurece su mirada.
Él traga saliva y baja la mirada mientras yo lo observo en silencio. Cuando me vuelve a mirar sus ojos están llenos de arrepentimiento.
—¿Qué hubieras hecho tú en mi lugar? —me pregunta con la voz apagada mientras sigo en silencio. No digo nada porque la verdad todo esto me parece irreal, no entiendo qué es lo que pretende.
Me pican los ojos, pero no quiero llorar. Estoy harta de sentirme así. De sentirme una mierda, de sentir que valgo menos que ella y que esa es la razón por la que él la escogió.
—Por favor, no te quedes callada. —Y su petición es casi una súplica—. Dime algo, tu silencio me está matando, tengo tanto miedo de perderte.
Camina hasta donde estoy y toma mi cara entre sus manos.
—Me mentiste —le digo deshaciéndome de su agarre y alejándome de él—, te lo pregunté y me dijiste que no hiciera caso, que todo era un invento de la gente. Una de las cosas por la que decidí estar contigo fue porque siempre fuiste sincero, desde un principio me dijiste lo que podías o no ofrecerme y lo tomé. Tuve la opción de decirte que no y mandarte al diablo, pero lo tomé... Tomé todo lo que tenías para darme sin pedirte nada a cambio. ¿Quieres saber por qué lo hice? —le pregunto y se me quiebra la voz—, lo hice porque me diste el derecho de elegir. No me mentiste sobre tu relación, no me mentiste sobre tu situación y pensé que no me mentías sobre tus sentimientos.
—Nunca te he mentido sobre mis sentimientos. Tú sabes que te amo, creo que te he amado desde siempre.
—¡No te atrevas a hablarme de amor! —chillo alargando cada palabra—. Tú no sabes lo que es eso, cuando se ama no se le hace daño a la persona amada, no se le miente, no se la traiciona, y tú has hecho todo eso conmigo.
—Adriana, trata de entenderme por favor, te juro que esta situación es temporal.
—Es que no se trata de entender... —digo mientras las lágrimas caen libremente por mis mejillas—. Se trata de confianza y yo... ya no confío en ti.
Por primera vez veo pánico en sus ojos.
Me duele... ¡Maldición! Duele demasiado.
—Desde que me besaste la primera vez supe que te confiaría todo mi ser, que iría al fin del mundo contigo si me lo pedías, que caminaría contigo de la mano con los ojos cerrados, y haría todo eso porque sabía a ciencia cierta que eras el amor de mi vida. —Se me quiebra la voz y necesito unos minutos para tragar el nudo que se me ha formado en la garganta a través de las lágrimas—. Yo te quería tanto —le confieso en medio del llanto y del dolor—, que si me hubieras pedido dejar todo atrás, mi familia, mis amigos, mi vida, lo hubiera hecho sin pensarlo; porque un amor como el que te tenía solo se vive una vez en la vida.
Trata de acercarse, pero no se lo permito, y la desesperación se apodera de él.
—¿Por-por qué hablas en pasado? —tartamudea sin ocultar el miedo en su voz—. No me digas que ya no me amas, porque no te voy a creer. Yo mejor que nadie sé que uno no deja de amar de un día para otro, porque si no, no llevaría sintiendo esto... —se golpea el pecho—. Que siento por ti.
—No he dejado de amarte —confieso, y veo el alivio que se instala en sus ojos—, pero tampoco voy a seguir contigo.
Tan pronto como digo esas palabras en voz alta siento cómo mi corazón se hace pedazos.
—No digas eso, nena, por favor —me implora dando unos pasos hacia mí. Levanto las manos indicándole que se detenga, pero no me hace caso, llega hasta mí y se deja caer sobre sus rodillas, me rodea la cintura con sus brazos y con voz desesperada añade:
—Podemos arreglarlo, podemos hacer que esto funcione, como lo hemos hecho hasta ahora.
—Esto no está funcionando, ¿es que no te das cuenta? Estamos constantemente envueltos en un enredo de mentiras y engaños y ya no quiero seguir así. No puedo. Esta relación me está consumiendo, te he dado todo lo que tenía, ya no me queda nada que puedas tomar.
—Peluche, yo quiero todo de ti. No me puedes dejar. En esta locura de vida que tengo, tú eres todo lo que necesito.
—Si te entrego el último pedacito que queda de mí, acabarás conmigo, lo sabes, ¿verdad? Y aunque parezca imposible de creer, aún me quiero un poquito como para seguir en esta vida que me destroza un poco más cada día.
—No, no... ¡No! —grita con angustia y pega su rostro contra mi vientre al mismo tiempo que su agarre alrededor de mi cintura se reafirma.
Me desquicia verlo en ese estado. Su desesperación es la mía, su dolor es el mío, pero esto tiene que parar.
—Este matrimonio no significa nada para mí, es solo un papel, una formalidad que pienso corregir tan pronto pueda.
—Max, levántate, por favor —le pido al mismo tiempo que trato de deshacerme de su amarre.
—Esto no puede estar pasando ahora que por fin te tengo, no me puedes dejar —dice mientras se incorpora. Toma mi cabeza entre sus manos y busca mis labios, giro la cabeza e intento esquivarlo, pero él no se da por vencido y su agarre se intensifica, impidiendo cualquier movimiento de mi parte. Atrapa mis labios entre los suyos y me besa con angustia, con miedo, con desesperación, con fuerza; esa misma fuerza que me hizo perder la cabeza hace unos meses atrás, y yo le devuelvo el beso con la misma intensidad, con el mismo tormento. Nos besamos entre llantos, gemidos y dolor durante mucho tiempo, no sabría decir cuánto exactamente, pero ¿acaso importa cuando te estás despidiendo del amor de tu vida?
El beso fue perdiendo intensidad y nos separamos. Maximiliano mantiene mi cabeza entre sus manos, pega su frente a la mía y con la respiración aún forzada me dice:
—No voy a permitir que nos separemos. Sé que te hice daño, que te mentí... Pero lo hice para evitarte un sufrimiento. No te voy a dejar, porque tú eres mi vida.
Despega su frente de la mía y me mira fijamente a los ojos.
—Te amo. Te amo tanto... como nunca he amado a nadie, dime que me crees, por favor.
Y aunque parezca imposible le respondo:
—Te creo.
Le creo porque un amor tan grande no se puede fingir, porque lo sentí cada vez que me tocaba, cada vez que me hacía el amor, porque lo veo en sus ojos cada vez que me mira.
—No te voy a dejar —me dice entre cada beso que deja en mi rostro, y sé que cree en la fuerza de sus palabras.
—Pero ya lo has hecho.
—No entiendo de qué estás hablando.
—Cuando te casaste tomaste la decisión de dejarme. Porque si me conoces tan bien como sé que lo haces, sabías que no seguiría contigo después de esto. ¿Acaso estoy equivocada? —Veo cómo se debate entre si responder o no, hasta que finalmente asiente con la cabeza—. No obstante, eso no te detuvo.
—Porque pensé que entenderías y que lo superaríamos juntos —dice liberándome al fin de su contacto.
—Como te dije hace rato, no se trata de entender, se trata de hacer lo correcto, ¿qué clase de persona sería yo si continuara con lo nuestro después de eso? Tú y yo hace mucho tiempo que no estamos haciendo las cosas bien. Creímos que el amor justificaba todo, sin embargo, no es así.
—¿Tú crees que esto es lo correcto? —Sus palabras están cargadas de rabia—. ¿Te parece lo más sensato separarnos a pesar de amarnos como lo hacemos?
Camina en dirección de la ventana y me da la espalda.
—Quizás no sea lo más sensato pero sí lo más justo. Tu esposa no merece que la engañes, al igual que yo no merezco vivir así, contando los segundos para verte, mentirle a mi familia. No me parece honesto que tengamos que escondernos para poder amarnos, aprovechando cada rincón de tu oficina, de algún hotel o de un baño en una discoteca para hacer el amor.
—Lo haces ver como si fuera algo sucio, cuando lo nuestro es lo más bello que me ha pasado en la vida.
—Date cuenta que nosotros lo hacemos ver así. El amor cuando es tan grande no se debe esconder, no se debe compartir con nadie más.
—Entonces, eso es todo. ¿Te rindes? —me pregunta y su voz está cargada de una tristeza que desgarra.
«¡Dios! Esto es lo más difícil que me ha tocado hacer en mi vida».
Sin embargo aunque se me desgarre el alma, sé que es lo correcto, así que, intentando no derrumbarme, le contesto:
—Sí, eso es todo. Se acabó.
Se queda en silencio un rato mirando por la ventana, cuando se voltea veo que tiene los ojos llenos de lágrimas no derramadas y eso me quiebra aún más por dentro.
—¿Vas a volver al trabajo? —me pregunta con un hilo de voz.
—No, no voy a regresar y te voy a pedir que respetes mi decisión y que no me busques más.
Me mira durante un momento muy largo, esperando quizás que cambie de opinión. Yo le mantengo la mirada, deseando abrazarlo con todas mis fuerzas y sacarlo de esa agonía que parece estar viviendo y, de paso, despertar yo de esta maldita pesadilla.
El da un paso hacia mí y yo, teniendo miedo de que haya percibido mi indecisión, doy un paso atrás. No puedo dejar que me vuelva a tocar. Lo quiero con el alma, pero esto tiene que terminar.
—Es mejor que te vayas —le pido, porque sé que si se me acerca otra vez, no tendré las fuerzas necesarias para rechazarlo.
Él se limpia una lágrima que ha caído sobre su mejilla, respira profundo y me mira con cara de resignación.
—Te avisaré cuando tenga resueltos los papeles de tu renuncia, te lo digo para que respondas el teléfono cuando te llame.
—Gracias.
—No tienes que darme las gracias como si estuviéramos cerrando una transacción —replica arisco sin mirarme siquiera.
—Teniendo en cuenta que estoy siendo poco profesional al dejar el trabajo tirado, te agradezco el gesto.
—Será mejor que me vaya —dice dirigiéndose hacia la puerta, la abre y cuando va a cruzarla se detiene—. Aunque ya no quieras saber nada más de mí, quiero que sepas que puedes contar conmigo para lo que necesites. Cualquier cosa, siempre estaré ahí para ti porque, aunque te cueste creerlo, eres el amor de mi vida y siempre te amaré.
¿Por qué tiene que ser todo tan complicado?
—Quiero pedirte una cosa antes de irme. —Lo miro esperando que continúe—. Prométeme que te vas a cuidar, que te vas alimentar correctamente y que vas a seguir al pie de la letra todo lo que haya dicho el médico.
Pienso en mi embarazo, del cual aún no le he hablado, y eso me entristece todavía más, nunca pensé encontrarme en una situación así. Siempre soñé con formar una familia, seguir el ejemplo de mis padres, tener mis hijos y a pesar de que ahora con Maximiliano las cosas estén tan mal estoy segura que sería un gran padre.
—Te lo prometo.
Aunque es una promesa que no estoy convencida de poder cumplir.
Asiente con la cabeza y se va con aire derrotado. Me parte el corazón verlo así.
Parece una locura, pero sé que me ama y saberlo hace que duela aún más.
Por fin sola en la oscuridad de mis pensamientos, repaso los acontecimientos de estas últimas cuarenta y ocho horas y me digo que tengo que aprender a vivir sin él, que debo superar todo esto y volver a empezar con mi vida, pero eso será
