Prólogo
Portugal entró en mi vida cuando, al participar en la Festa Nazionale dell’Unità, que todos los años congregaba a millones de militantes de la izquierda italiana, vi el puesto dedicado al movimiento antifascista de aquel país, que parecía lejano y apartado, más atlántico que europeo. Años después, siendo ya un joven periodista, trabé amistad con un exiliado portugués que trabajaba en mi redacción como humilde repartidor del diario en los quioscos (más tarde llegaría a subsecretario de Estado). Cuando estalló la Revolución de los Claveles, él también, como tantos otros emigrados, emprendió el camino de regreso a Lisboa. Volví a verlo poco después, tras embarcarme en Génova hacia Barcelona y seguir en autostop hasta Madrid, para subirme al tren nocturno que iba a la capital portuguesa, recibido por un marinero en la frontera.
La atmósfera que se respiraba oscilaba entre el entusiasmo y la sorpresa, la felicidad y la inquietud, típica de las democracias recién nacidas. Para muchos jóvenes como yo, acariciados por el viento de libertad que aquellos días soplaba en Portugal, significaba dar rienda suelta a los sueños. Era como si se revelara un mundo que había permanecido cerrado casi medio siglo: exiliados que volvían tras décadas de destierro en lugares lejanos, tan distintos de Portugal; jóvenes estudiantes, huidos al extranjero para no quedar atrapados en el servicio militar, deambulando libremente por los locales del Bairro Alto; películas hasta entonces censuradas y que se proyectaban ahora en salas de cine y parques; opositores políticos que escribían libros sobre su experiencia en la cárcel; visitas a los lugares de tortura; personas que te abrían su casa, otras que te acompañaban en coche adonde les pidieras. En las calles, al olor a betún de limpiabotas y a café se le sumaba, intenso, el de los periódicos de la mañana y la tarde, recién salidos de la imprenta y pregonados por vendedores callejeros: las noticias corrían más deprisa que la efímera temporalidad de esas hojas de papel. Había expectativa e interés por lo que ocurría, hora a hora. Hice amigos con los que pasaba las veladas. Había alegría en esas tascas que abrían salas particulares para que pudiéramos charlar hasta las tantas.
De aquella esperanza saqué la inspiración para mi libro más conocido, A la revolución en un dos caballos, que dio pie al guion de la película homónima, ganadora del Festival de Locarno en 2001, la última actuación de Francisco Rabal, distribuida en todo el mundo, España incluida. Y fue justamente así: en un Citroën dos caballos de un amigo francés crucé la España de Franco para llevar a cabo una pequeña gesta heroica: traerme a Italia paquetes de carteles de la revolución portuguesa con la famosa imagen del niño de pelo rizado metiendo un clavel en el cañón de un fusil, destinados a la Festa Nazionale dell’Unità celebrada en Bolonia. ¿Qué habría pasado si la policía hubiera parado y registrado el coche?
Seamos sinceros: nos parecía que el mundo estaba al alcance de la mano y el futuro listo para que lo forjáramos a nuestro antojo. Luego, como siempre, las cosas se apagaron, cambiaron, la normalidad tuvo un efecto pacificador y los sueños murieron en la desembocadura del Tajo. Pero la revolución del 25 de abril de 1974 ha sido, tanto para mí como para otros, la única revolución tangible, vista, vivida, en mi caso como espectador exterior. Para muchas personas que hoy ya no se meten en política y no tienen sueños por cumplir, el único rasgo común que ha quedado de aquellos días es la amistad. Muchos de nosotros se han ido —este libro está dedicado a dos amigos muertos prematuramente—, otros ya no tienen batallas por pelear y se limitan a observar las transformaciones que brinda la vida. D
