El ángel de Dryfield Hall

Claudia Cardozo

Fragmento

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Prólogo

Si solo…

Julia estaba convencida de que su vida se había visto constantemente marcada por esas palabras. Si solo…

Mientras daba un último vistazo tras ella a la pesada puerta de la casa que había sido su hogar durante los pasados meses y cruzaba el vestíbulo con la mirada puesta en la grandiosa escalera que había bajado mil y una veces, ignorando los gritos que provenían del exterior, se dijo que de haberse detenido a pensar en ello antes hubiera hecho las cosas de forma distinta. No tenía sentido lamentarse, sin embargo, nada de lo que hiciera cambiaría lo ocurrido y solo podía rogar por que consiguiera llegar a tiempo o lo perdería todo.

Tan pronto como arribó a lo alto de la escalera, aspiró con fuerza; no supo si para reunir el valor para adentrarse en el infierno que se cernía sobre ella o tan solo para recuperar el aliento; cualquiera que fuera la razón, en cuanto el aire entró a sus pulmones, por viciado que estuviese debido al humo, sintió que sus manos dejaban de temblar y elevó el mentón de forma casi imperceptible. Estaba lista.

No perdió mucho tiempo, solo ese instante para centrar su mente. Veía el reflejo de las llamas a lo lejos, lenguas aún pequeñas que no habían desatado del todo su furia, pero supo que no le quedaba tiempo que perder. Sin vacilar, sujetó las faldas de su vestido y atravesó el largo pasillo inhalando y exhalando con lentitud para conservar las energías que sabía que iba a necesitar.

No se detuvo hasta llegar a la habitación en la que había pasado tantas horas preciosas y sintió cómo su corazón daba un vuelco al encontrarla vacía. Las llamas empezaban a bajar por el hermoso tapiz que tanto había admirado y la chimenea de madera labrada crepitaba por el calor. De no haberse encontrado tan desesperada, se habría lamentado por esa pérdida; pero se recordó que eran solo objetos sin valor, lo verdaderamente importante continuaba perdido.

Retrocedió con cuidado de pisar seguro, atenta a cualquier sonido extraño que pudiera develar un peligro mayor que el fuego, y se detuvo un instante antes de decidir a dónde ir. Estaba allí arriba, sabía que debía de estar allí. Intentó encontrar el origen de las llamas y exhaló con fuerza al comprender que debía seguir subiendo. Se dirigió a lo más alejado del vestíbulo y buscó con ansiedad la varilla que había utilizado antes para abrir la trampilla en lo alto que llevaba al ático.

Odiaba ese lugar. Era el único rincón de la casa que le inspiraba un profundo desagrado, apenas conseguía pisarlo sin que la asaltara una sensación de temor y aprehensión, como si todos los males del infierno se condensaran allí y quien lo visitara se viera irremediablemente contaminado. Pero no podía andarse con reparos en esa situación, de modo que se esforzó para sujetar la aldaba con la varilla y tiró con todas sus fuerzas para hacer caer la escalerilla hasta que descendió con un ruido sordo a sus pies.

El calor la golpeó como una maza en cuanto impactó con su rostro y los brazos cubiertos por la delgada tela del vestido. Retrocedió un par de pasos para cubrir su cabeza, pero eso fue todo lo que dudó; de inmediato, se adelantó nuevamente y empezó a subir haciendo oídos sordos al sonido que llegaba hasta ella desde dos frentes: los gritos en las afueras y el crujido producido por las llamas en lo alto. No creía tener la opción de decidir, solo podía avanzar porque era adelante donde se encontraba él. ¿Cómo iba a abandonarlo?

Subió con tiento, dando leves golpecitos con la puntera del zapato a cada escalón para asegurarse de que el fuego no los había debilitado más de lo que ya lo estaban antes de que todo eso empezara. Incluso los contó sin reparar en lo que hacía, inquieta y con el corazón desbocado por el miedo que procuraba mantener a raya. Pese a la oscuridad de la noche, no tuvo problemas para distinguir las formas en lo alto. Figuras sombrías con reflejos del color del ámbar que irradiaba sobre ellas. Supuso que sería un efecto del fuego y de sus ojos cansados.

Se lamentó de no ser lo bastante fuerte para haber subido la varilla con ella, le hubiera sido de utilidad una vez que llegara arriba. Dio un último impulso y sacó solo la cabeza por la puerta de la trampilla, manteniendo su cuerpo tenso por la expectación. Atisbó a un lado y otro con el aliento contenido, acostumbrando su vista a la oscuridad, y reconoció los muebles y las formas que tanto le desagradaban. El fuego era más intenso allí, y al mirar hacia lo más alejado de la habitación, a la puerta que daba a la torre, contuvo un estremecimiento. El origen del fuego estaba en ese lugar, pero la madera lo contenía; estaba segura, sin embargo, de que no sería por mucho tiempo.

En ese momento el ático le pareció enorme, un espacio que hubiera podido ser usado con fines mucho más nobles que los que le habían dado en los últimos meses; de modo que Julia apenas consiguió registrar todo lo que contenía. Las figuras, además, le obstaculizaban la visión, así que no tuvo más alternativa que sacar todo el cuerpo haciendo fuerzas con los brazos hasta que se puso de pie al lado de la trampilla con los sentidos aguzados por si oía algo, cualquier cosa que le sirviera de pista.

Dio unos pasos vacilantes sin perder la compostura, segura de que daría con algo pronto. Una de las imágenes, que simulaba a un pequeño fauno de cabeza deforme, le obstaculizó el camino y estuvo tentada a darle un buen golpe y hacerla caer, un instinto que la había asaltado ya más de una vez, pero se contuvo. La rodeó y se mantuvo levemente encorvada al avanzar, entrecerrando los ojos para ver en la oscuridad y no tropezar. Advirtió entonces que parte del piso de madera estaba cubierto por una fina capa de cristal, como si se hubiesen reventado los jarrones que una de las criadas subía cada mañana con flores frescas. Julia recordaba bien que esa labor recaía muchas veces en la mayor de todas porque las más jóvenes se negaban a subir. Ella no podía culparlas.

Parecía que se hubiera producido alguna clase de lucha allí y rezó por que el vencedor, si era quien esperaba, se encontrara a salvo. Un quejido pareció responder a sus plegarias y, ladeando el rostro en dirección al sonido, atisbó en las sombras. Cuando estuvo segura de su origen, se dirigió hacia esa dirección sin vacilar, con cuidado de evitar los trozos de cristal más grandes o atravesarían las suaves plantas de sus zapatos.

Allí estaba. Un cuerpo oscuro en lo más alejado de la habitación. No necesitó una segunda mirada para saber de quién se trataba y se arrodilló a su lado con un jadeo angustiado, atenta a sus movimientos, pero él apenas respiraba con dificultad, emitiendo leves quejidos como el que había oído hacía solo un segundo, y no le costó advertir la sangre que manaba de su hombro y empapaba la nívea camisa. Acercó el rostro al suyo, conteniendo la náusea provocada por el terror a lo que podría encontrar, temerosa de ver sus ojos vacíos, de la confirmación de que había llegado demasiado tarde, pero lo sintió inhalar con fuerza, como si tan solo entonces hubiera advertido su llegada, y su aroma, el tacto suave de su mano sobre su rostro, le devolvieran el sentido.

Julia lo vio elevar la cabeza en su dirección, apenas unos centímetros, pero fue suficiente para encontrarse con sus ojos y ello le devolvió las esperanzas. Aunque débil, estaba lo bastante consciente para saber que era ella, lo vio en la mirada de reconocimiento que le dirigió, en la casi imperceptible sonrisa de alivio que asomó a sus labios. Estuvo tentada a besarlo, recorrer cada centímetro de su rostro con la yema de los dedos, pero se contuvo, determinada a sacarlo de ese lugar. Ya tendrían tiempo para eso luego. Ella se encargaría de que así fuera.

Le pasó una mano por los hombros con cuidado de no tocar el que se encontraba herido, dando una mirada rápida para descartar cualquier otra lesión y rogando que no hubiera ninguna demasiado profunda para no advertirla en ese apurado análisis. Él apretó su mano y vio cómo intentaba sostenerse sobre las piernas temblorosas, dejando caer su peso sobre ella con c

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