La hija del samurái

Dominique Sylvain

Fragmento

TXTHija-1.xhtml

Capítulo
1

 

 

 

 

Taim san i go daun i gat bikpela singsing. Así es como un papú te invita a ir de fiesta al anochecer. Su idioma canta, su idioma baila, su idioma huele a aroma de pájaro del paraíso, a manglar, a pez payaso, a canoa. Desde que Alice encontró el diccionario de francés-pidgin en la cabina pintada de amarillo del ascensor de su edificio, se imaginaba a punto de partir. Se veía en la pista de aterrizaje, dispuesta a embarcar hacia Nueva Guinea, decidida a marcharse para olvidar entre los colores de un lugar desconocido.

Todo eso era muy bonito, pero había llegado el momento de ponerse en movimiento, su cliente la esperaba en Porte Maillot. Alice cerró el diccionario de mala gana. «Lo primero, el botiquín», pensó. Cogió una pastilla para la migraña, buscó en vano algún medicamento contra el dolor de estómago y se dirigió a la ducha. Se enjabonó con vigor, canturreando una canción que había compuesto ella: «¡Al ponerse el sol, todos iremos a bailar!».

Ocultó el azul de sus ojos con unas lentillas marrones y se maquilló cuidadosamente. Algunos pensamientos lúgubres aprovecharon la ocasión: «No irás a ninguna parte —dijo el reflejo de Alice—. Te morirás de aburrimiento en París, porque es la ciudad de Diego, de Diego Carli, el hombre de la piel suave y el corazón de esparto. Eres una desmesurada pusilánime de un metro sesenta y ocho de altura; tus años, uno tras otro, van desapareciendo en el Gran Incinerador. Ya está, eso es todo y punto. O quizá no. En ocasiones, basta con una pizca de voluntad para detener el mecanismo, ¿no es así, pequeña Alice?». Como homenaje a sus sueños de evasión, deslizó el diccionario en el bolso.

Pasó por la farmacia del Quai de Valmy. El farmacéutico era un completo desconocido y más joven de lo habitual. Decidió burlarse.

—¿Tiene algún parche contra el mal de amores?

—Eh, no…, pero…

—No importa, en su lugar, deme algo contra la acidez de estómago, por favor.

El chico rebuscó en uno de esos cajones largos y estrechos, de los que las farmacias tienen la patente, y dejó el medicamento sobre el mostrador sin saber qué decir.

—¿Cuánto le debo?

—Cinco euros con sesenta y tres, pero…

—¿Sí?

—Perdone mi curiosidad, señorita, se parece terriblemente a…, bueno, es decir, durante unos segundos la he confundido con Bri…

—¡Brigitte Bardot! ¡Bravo, bingo! A su licenciatura en farmacia hay que añadir el sentido de la fisonomía.

Alice cogió el cambio, se ahuecó el pelo como la inolvidable intérprete de Y Dios creó a la mujer y, a continuación, abandonó la farmacia y al farmacéutico cimbreando las caderas mientras agitaba unas maracas invisibles para dar ritmo a su canción: «¡Al ponerse el sol todos iremos a bailar! / ¡Por nada del mundo me perdería el singsing!».

—¡Bardot! ¡Y qué más! ¡Pues vaya descarada! —declaró una anciana, ofendida.

—A decir verdad, a mí me pareció Britney Spears —dijo el joven farmacéutico un poco aturdido.

—¿Britney Soupir?

—Una cantante americana.

—No conozco a Britney Soupir, pero esa rubita habla francés a la perfección —señaló el marido de la señora.

—Incluso he pensado que se trataba de una broma con cámara oculta —continuó el farmacéutico.

—¡Tiene razón! Todo esto es por culpa de la tele —dijo la señora—. Los jóvenes creen que viven actuando. Y ¿se ha fijado cómo hablan los presentadores? Por no mencionar las confesiones de intimidades varias delante de todo el mundo. Yo creo que eso, a la larga, nos hace mucho daño.

—Eso altera la salud mental colectiva —admitió el farmacéutico, aún confuso por lo que había visto.

—Habla como los de la tele —dijo el marido de la señora.

Ya en el Quai Valmy, Alice abrió la caja con impaciencia y tragó un gel de color rosa. Debía reconocerlo, el día anterior se pasó. Eso es lo que tenían de bueno y, a la vez, de malo las fiestas familiares: los clientes siempre te invitaban a beber, lo cual te permitía aguantar a la prole. A mitad de la fiesta, aquellos críos podridos de caprichos la echaron del escenario para instalar el karaoke. ¿Qué sentido tenía hacer de doble de Britney en playback, cuando todo el mundo se desgañitaba cantando a Jean-Jacques Goldman a pleno pulmón y, además, desafinando?

Cogió el metro en la Estación del Este, bajó en Porte Maillot y recorrió el bulevar Gouvion Saint-Cyr. La torre del Astor Maillot se hacía más grande conforme sus pasos la acercaban a ella. Uno de los pocos rascacielos de París dignos de ese nombre; algunos días, Alice tenía la sensación de vivir en un museo. Encontrar aquel diccionario le había reavivado por completo la idea de largarse a algún lugar más emocionante, y lo más alejado posible de Diego.

 

Entró en el Astor Maillot bajo la mirada evaluadora del portero y subió en el ascensor con unos americanos. Ellos iniciaron la conversación, dispuestos a preguntarle si de verdad era la cantante de su país; no obstante, el acento de Alice les salvó del equívoco. Se presentó como la presidenta del club de fans francés de Britney Spears, al que pertenecían ocho mil quinientas catorce rubias, de las cuales, no pocas eran travestís; los turistas disfrutaron de la historia con deleite. Los dejó en la planta treinta y cuatro; en ese momento, un adolescente que se dirigía a la piscina le propuso una copa en el bar de la planta cuarenta y seis. Alice le respondió que la tomaría con gusto cuando hubiera cumplido la edad legal.

Era la primera vez que un cliente le reservaba una habitación a modo de camerino. Había sospechado un plan sórdido, un pervertido deseoso de violar a Britney Spears furtivamente. Luego le vino a la memoria el nombre de Pierre Maréchal. El gerifalte de una empresa financiera. La joven ya había actuado en el cumpleaños de su hijo Gildas, en Neuilly. Ese día, el crío cumplía doce años y seguía igual de enamorado de Britney.

Como habitualmente, propuso a Maréchal inmortalizar el acontecimiento en DVD, y éste aceptó sin que el precio le doliera en prendas. Alice pensó en su primo Jules. Con tal de que llegase puntual e hiciera un trabajo correcto… A él sólo le interesaba el periodismo y resultaba difícil hacerle entender que un recuerdo familiar había que cuidarlo tanto como un reportaje para la tele.

A través de la pared de cristal del gimnasio se veía a gente levantando pesas y chapoteando en la piscina. El adolescente simulaba leer el reglamento, al tiempo que le lanzaba miradas furtivas. Alice le hizo un pequeño gesto de despedida. Introdujo la tarjeta magnética en la cerradura y entró en la 3406.

Dejó la puerta entreabierta, una potencial salida de socorro rápida, echó un vistazo por la habitación para comprobar que no se escondía ningún maniaco en alguno de los armarios. Perfecto, nada reseñable, salvo una habitación elegante y delicadas atenciones: la bañera llena de agua perfumada, una botella de Cristal de Roederer, un plato de pastas y un ramo de flores variadas, magnífico, aunque algo extraño, flores de lis mezcladas con silvestres.

Echó el pestillo y puso la cadena de seguridad. Pensó que podía curarse la resaca a la brava y se sirvió una copa de champán. Con la botella en una mano y la copa en la otra, entró en el cuarto de baño. El aroma del baño de espuma competía con el de las flores. Se sentía en una isla lejana, la arena ardiendo y todos hablando pidgin. Introdujo la punta de un dedo del pie. La espuma era densa como una docena de huevos de avestruz muy batidos; sin embargo, el agua estaba demasiado tibia. «Maréchal, ¿te parece que este baño está a buena temperatura?». Se llenó de nuevo la copa, el champán estaba delicioso.

Regresó a la habitación para disfrutar de las vistas. París desde esa perspectiva tenía mucho mejor aspecto. El Arco del Triunfo aparecía completamente amarillo bajo el sol radiante, y la brecha del bulevar Pereire dibujaba una oruga gigante. El pastelón del Sacré-Coeur impresionaba. Alice se imaginaba un enorme corazón sangrando y palpitando dentro del edificio a punto de hacer temblar las paredes.

En el periférico, los coches parecían escarabajos brillantes. Una cohorte de insectos bajo el efecto de anfetaminas girando sin cesar alrededor de París y, además, en ambos sentidos. Y los transeúntes, hormigas. En ese hormiguero, ¿dónde estaba Jules? Alice podría haberle invitado a una copa antes del espectáculo. No obstante, ese momento de paz era demasiado precioso. Por otra parte, su primo nunca había sido demasiado divertido. Filmaba la realidad porque no sabía ofrecer nada en su lugar.

Hizo un brindis imaginario con el primo Jules y todas las hormigas que pateaban treinta y cuatro plantas más abajo. El alcohol le aguzaba las ideas, imaginaba París poblado de Diegos. Dios lo había clonado y vivía en todas partes, trabajaba en cada uno de los hospitales y oficinas, subía al metro en todas las estaciones a la vez, cuarenta y cinco mil veces al día, se dejaba ver en los bancos públicos, detrás de los ventanales de los cafés y de las columnas Morris. Incluso las abuelitas con perros eran Diego. Los conductores de autobús, los porteros de los hoteles eran auténticos Diegos. Y todos los turistas y todos los primos Jules. Había tantos Diegos que confiaba, al fin, en una sobredosis, lo que le daría fuerza para alcanzar las tierras australes y los mares del sur, en lugar de llorar por un chico demasiado para ella.

Entre tanto, debía hacer el espectáculo. Tenía que recrear a Britney para el pequeño Gildas. ¿Cuántos años cumplía? Y la hora, ¿cuántos años tenía la hora? Alice miró el reloj. Resultaba extraño. Nacarado, esculpido en una concha de una isla lejana.

Se apartó de la ventana, del cinturón de escarabajos que habían salido directamente de las tumbas egipcias profanadas por los saqueadores y rodeaban la ciudad sin que lo supieran sus habitantes, de la oruga intoxicada con plutonio. No debía retrasarse. El Maréchal de la Ciudad de la Pasta la esperaba.

Dejó caer la ropa sobre la moqueta con un ruidito de alas de mariposa negra. Se puso el vestido de lentejuelas y los zapatos plateados. Y Britney Spears se dirigió a ella:

—¡Buenas tardes, Alice! Qué amable eres por haber venido.

—Normal, Britney, es mi trabajo.

—Estás guapa.

—No tanto como tú.

—Por supuesto que sí, somos exactamente iguales.

Alice sintió deseos de decirle que no, no eran en absoluto iguales. Britney era mucho, mucho más rica. Sin embargo, habría sido de mala educación hablar de ese modo a Britney Spears, sobre todo, sobre todo, porque Britney acababa de llegar. Pues sí, allí estaba en persona. Sencillamente, había pasado por la fiesta, ehh…, no, por la ventana, pero eso era muy normal. Alice siempre pensó que Britney Spears era un hada.

Había estado revoloteando por el cielo de París y luego entró ligeramente, con el viento crispando su cabello dorado y los dientes blancos como un reloj de nácar. A Alice le dio tiempo de ver su braguita de encaje.

Britney pasó detrás de Alice, entonces Alice se dio la vuelta. Un hombre empapado estaba de pie en medio de la habitación. Y Britney había desaparecido.

El hombre posó la mano sobre la mejilla de Alice. Era una mano mojada. Alice pensó: «Este hombre sólo puede ser Diego. El Diego de la Ciudad de los Diegos». Ese Diego caminó hacia la ventana y señaló el cielo. Britney Spears estaba de nuevo en el cielo pálido, y nadaba o bailaba, Alice no lo sabía muy bien. De cualquier modo, Britney sonreía, pero no a ella, era una sonrisa gratuita para nadie en particular. Alice sintió cómo una angustia roja enervaba su cuerpo. Habían sustituido su sangre por una materia en combustión. Aquello iba a arder. La ventana del Gran Incinerador estaba abierta. El clon de Diego quería que entrara por ella. Además, le decía:

—Alice, ven, ven, ha llegado el momento de tu número.

Britney, la chica despreocupada, nadaba en el cielo de esmalte, y bailaba como nunca antes había bailado, y cantaba igual que una sirena del aire.

En cuanto a Alice, ya no tenía ningún medio para resistirse a la voz de ese Diego.

 

La cámara grabó la caída hasta que el cuerpo se estrelló contra el techo de un coche.

—¡Es horrible! —gimió una mujer.

—¡Mamá, es Britney Spears! —dijo una cría, antes de echarse a llorar.

—Claro que no, Clotilde. Es otra persona.

—Hay que llamar a la policía —dijo un señor mayor.

Zoom sobre la gente y luego sobre el cuerpo.

—¡Ha perdido la cabeza! ¡Está usted enfermo, filmar a la pobre chica!

El hombre empezó a golpearle las costillas. Los puñetazos se hicieron agresivos.

—¡Apague eso de inmediato! ¡VOY A DESTROZARTE LA PUTA CÁMARA, CERDO!

El portero llegó corriendo. Lo seguían unos empleados con el uniforme del Astor Maillot. Un hombre llamaba a la policía.

La cría que había creído reconocer a su cantante favorita miró al cámara. Un barbudo vestido de rapero. Estaba pálido, pero no le temblaban las manos. El joven giró la cabeza antes de marchar hacia la avenida de Ternes, con la cámara apretada contra el pecho. Se alejó sin volverse hacia la muerta que se parecía como una hermana a Britney Spears.

TXTHija-2.xhtml

Capítulo
2

 

 

 

 

Tener un tatuaje en la espalda que abarca hasta la nalga izquierda tiene una gran ventaja: permite no sentirse demasiado desnudo una vez que te has quitado la última prenda de ropa. Al menos, así vivía la situación Ingrid Diesel, mientras cimbreaba las caderas en el escenario del Calypso. Deslizó el tanga por las piernas, igual que un animalillo mimoso, apenas domesticado, luego dio la espalda al público.

La música no llegaba a ocultar los silbidos de admiración y los ánimos del público habitual que, al fin, veía en la espalda de satén blanco la geisha, el estanque cercado de lirios y las carpas juguetonas, es decir, retozonas. Los clientes nuevos permanecieron un momento paralizados antes de unir sus gritos a los de los aficionados[1].

Precisamente, esa noche, Ingrid se sentía de un humor español. Era un torero. Y también el picador y su caballo encaparazonado y la arena salvaje de la plaza y, por supuesto, el toro, con un instinto feroz de destripar todo lo que le pasaba por delante de los cuernos.

Había elaborado una técnica impecable, el método Actors Studio del striptease. Antes de entrar en escena, hay que concentrarse. El número se prepara inventando una historia para representarla cuando llegue el momento. Las posibilidades eran limitadas. Ingrid ya se había desnudado llevando encima un uniforme de rugby completo, además de un espléndido balón ovalado y hierba de color verde eléctrico. Esto funcionaba igual con un uniforme de fútbol; o con el maillot de un as del Tour de Francia, una bici rutilante y el pelotón enganchado a su rebufo. Se había visualizado como una alpinista conduciendo, orgullosa, a sus compañeros de cordada hacia cumbres peligrosas. Había interpretado a todos los escaladores a la vez, sin olvidar las paredes de granito, los picos blancos, el cielo, las águilas de mirada inoxidable, las clavijas, las cuerdas y la tienda de campaña.

Para llevar a cabo un desnudo en solitario, no había que aventurarse en el escenario sin apoyo. El éxito dependía de los amigos a los que hubieras invitado a tu interior. En definitiva, cuando sólo te separa una suave y fina capa de epidermis de las expectativas del mundo, es necesario estar habitada por dentro.

El traje de luces y las banderillas habían desaparecido: a Ingrid únicamente le quedaban la peluca pelirroja y las sandalias de plexiglás. El torero estaba desnudo en la plaza; sin embargo, disponía de la capa roja y tenía la intención de agitarla bajo el sol de los proyectores. Dibujó un círculo y lo repitió varias veces. Los silbidos se multiplicaron hasta que cayó sobre sus pies, justo en medio del escenario, y miró fijamente a su público desde una orgullosa inmovilidad andaluza.

Entonces se convirtió en toro. No era sino una tunda de músculos ardientes, una máquina de matar al torero, de cornearlo y revolcarlo por la arena, pisoteando su cuerpo empanado de ocre. Hubo sangre y lágrimas. Ingrid terminó con una rodilla hincada en el suelo, las manos en alto manejando unas invisibles castañuelas, gotas de sudor perlando sus senos y en la mirada una paz teñida de la tristeza de quien ha vencido para no morir.

Aquel número de baile —así era como Ingrid llamaba al striptease— terminó con un franco éxito: vivas, bises y silbidos, roncos a fuerza de prorrumpir. Sin embargo, como de costumbre, Ingrid no volvió a escena. La presentación de Gabriella Tiger, conocida como La Ardiente, era el número estrella del Calypso, y no querían empachar al cliente, sino dejarlo con «una pizca de hambre». La orden procedía de dirección, es decir, de Timothy, e Ingrid la aprobaba.

De hecho, aprobaba la actitud en general de Timothy Harlen. Su jefe, y compatriota, sólo estaba ahí por el negocio y detestaba las muestras de confianza. Se dirigía a las chicas con deferencia y se preocupaba por ellas, pagándoles adecuadamente, para que no se vieran tentadas a extras con los clientes. De manera constante y sistemática, despedía de inmediato a quienes infringían la regla. Mandy, una australiana a la que descubrió con un cliente, fue víctima de ello. Por más que la chica lloró sobre su esmoquin, Timothy se mostró de una dulzura inflexible. Dominaba las sutilezas de la lengua francesa tan bien como las de la convivencia con los policías de la Brigada Antivicio, le explicó que la despedía porque el Calypso era un local «canalla, es cierto, pero con una clase que debía conservar a cualquier precio».

Ingrid recogió el traje tubo rojo, las medias, la ropa interior, la boa malva y entró en los bastidores, donde se envolvió en su albornoz con un Calypso dentro de un círculo plateado. Virginia, su compañera californiana, la saludó haciendo el signo de la victoria. En el pasillo que conducía a su camerino, se cruzó con la sustituta de Mandy, Carlota, una jamaicana algo pesada pero espléndida, que había sabido ganarse el favor del público en muy poco tiempo.

Ingrid tuvo la desagradable sorpresa de encontrar a Enrique apoyado sobre la puerta de su camerino. De todo el equipo de seguridad, era el único al que no podía aguantar. Un chico de cara e ideas aburridas, con la sensibilidad de una caja fuerte y una conversación de besugo. Las chicas que hablaban francés le llamaban Enrique el Garrote; las otras, Enric the Prick.

—¿A qué debo el honor? —preguntó con una voz dulzarrona.

—Hay flores en tu camerino.

Marcó una pausa que aprovechó para meterse uno de sus eternos chicles de fresa y plátano y componer una expresión impenetrable.

—Y las flores tienen una tarjeta. Pone «Perdón» y la firma Ben. Por tu bien espero que ese tipo no sea un cliente.

—Pues esperas bien.

—Timothy no quiere historias con los clientes, ya lo sabes.

—Y yo no quiero historias con Timothy, así que estamos todos de acuerdo. Ben es mi ex, y hasta aquí hemos llegado.

Aún pegado a la puerta, Enrique asintió con la cabeza, antes de concentrar su atención en el extintor, como si éste fuera a revelarle el sentido de la vida. Ingrid aguantó con paciencia. Enrique era el primo de la mujer de Timothy, su única debilidad, y, sobre todo, un tipo que abusaba de las series B. Dibujó con los dedos un revólver imaginario y le apuntó al corazón antes de apretar el gatillo, imitando un ruido de detonación. «Stupid motherfucker», pensó Ingrid cuando, al fin, se marchó por donde había venido. Se cerró el albornoz y entró en el camerino.

Un enorme ramo de rosas rojas esperaba sobre el tocador, y la tarjeta, por supuesto, era de Ben. Se quitó la peluca. De nuevo convertida en rubia y de nuevo convertida en Ingrid Diesel, permaneció un instante inmóvil frente a su reflejo. El enfado dejó paso a la tristeza. Todas las flores del mundo no cambiarían la situación: había dejado a Benjamin Noblet y no entraba en sus planes replantearse esa postura. Cuando su novio decidió espiarla y sacar a la luz su segunda vida, había cometido un error irreparable. Se había atrevido a seguirla y mezclarse con el gentío del Calypso. Salvo Lola Jost y Maxime Duchamp, nadie estaba autorizado a saber que Gabriella Tiger, bailarina de striptease en el distrito noveno, e Ingrid Diesel, masajista en el décimo, eran una única y misma mujer.

Se desmaquilló, se puso la ropa de calle y le regaló las embriagadoras rosas rojas a Carlota.

TXTHija-3.xhtml

Capítulo
3

 

 

 

 

A la mañana siguiente, en su gabinete de masaje, Ingrid Diesel llevaba puesta su camiseta fetiche, «I’m an angel, what about you?», pero sus efectos apaciguadores parecían inoperantes. Para aligerar su melancolía, se dispuso a disolverla en lo universal. Comparó nuestras angustias con unos barcos que, a falta del Triángulo de las Bermudas, encallaban en un archipiélago no menos fatal, el trapecio torturado de los músculos que unen los omóplatos a la columna vertebral. En ese momento, tumbado sobre una toalla y con la calma de la música balinesa, Maurice Bonin y su trapecio repleto de preocupaciones se quejaban en silencio.

Pasaron unos minutos, al ritmo de los sonidos indonesios y, luego, el hombre fastidió la tranquilidad.

—¡Ay, Ingrid…!, si tuviera tiempo, me daría masajes todos los días…

—Es verdad, Maurice, estás más tenso de lo habitual. ¿Te estresan demasiado tus alumnos de interpretación?

—Es mi hija la que me vuelve loco. Se ha encaprichado de un galán.

—¿De un galán?

—Un seductor español. Uno auténtico, con los ojos negros como el carbón, acento arrullador y todo lo demás.

—¿Lo conoces?

—Demasiado bien, pero sólo a través de los relatos de mi hija. Afirma que «es un chico muy cool, tan delicado como el hormigón». Pues bueno, ese tipo tan cool no la quiere. En consecuencia, Alice se dedica a abusar de los espirituosos y las excentricidades. Esta noche ha dormido fuera, lo sé, vivimos en la misma casa. Confío en que no haya ido a llorar al descansillo de ese dandi.

—¿Y lleva mucho tiempo así?

—Meses.

—Fuck!

—Eso mismo. Alice imagina que logrará reconquistarlo. He intentado hacerla entrar en razón. Batalla perdida. Por suerte, se agarra a su trabajo en Paris Est Une Fête. Una empresa que organiza fiestas de cumpleaños, bodas, comuniones, Bar Mitzvá…, y no me parece mal. Tiene un número en el que hace de doble de Britney Spears. Y así va tirando, mientras espera un papel serio en una comedia musical.

Ingrid reflexionó: debía de ser complicado llegar a ser alguien cuando eres el vivo retrato de otra persona. Más le hubiera valido no parecerse a nadie. O sólo un poco.

—¿Tanto se parece a ella?

—Se tiñe de rubio jet set y se pone lentillas para ocultar sus ojos azules, un buen toque de maquillaje y asunto arreglado.

—¿También es artista ese galán?

—¡Qué va!, es enfermero. Pertenecen a mundos distintos, es imposible que eso funcione.

—¿Cómo lo conoció?

—Por mi culpa. De vez en cuando, Alice actúa con mi compañía de teatro aficionado en el hospital Saint-Félicien para entretener a los enfermos. Ese tipo, Diego Carli, trabaja en Urgencias y le entró por los ojos…

—Y en el corazón.

—Pues sí. Mi hija es la impetuosidad hecha persona, y en el amor, eso se paga caro. Por supuesto, Alice vive tres vidas mientras que el común de los mortales sólo ve pasar una. Sin embargo, sufre. Tiempo atrás, a mi mujer le preocupaba. Alice no hacía nada en clase, y eso que tenía mucha capacidad para los idiomas y la geografía. Los profesores le echaban broncas continuamente y acababa cayendo mal a sus compañeros a fuerza de soltarles cuatro verdades. Los psicólogos nos hablaron de hiperactividad, quisieron medicarla. Yo les dije: «Chicos, parad el carro, dejad a mi Alice en paz y volved a vuestros estrechos baremos de normalidad gris».

Ingrid abandonó los riñones de Maurice para ocuparse de las piernas. Lo había conocido en el Aux Belles de Jour comme de Nuit, el restaurante de Maxime Duchamp, y desde entonces, de un modo natural, el buen hombre se hizo un hueco dentro de su círculo de amistades. Para Ingrid, una aventurera que, después de dar vueltas por el mundo, al fin, había echado raíces en París, los amigos formaban su familia adoptiva, con epicentro en el restaurante del pasadizo Brady, a pocos pasos del pasadizo del Deseo, donde extirpaba las cargas de preocupaciones de los trapecios doloridos. El estilo de Maurice le gustó desde el principio. Actor retirado, algunos le llamaban Papy Dynamite porque tenía un carácter tan exaltado como cautivador. Se decía que había abandonado los escenarios cuando sus lagunas de memoria alcanzaron el tamaño de los textos que representaba. De cualquier modo, ni la Casa de la Juventud y de la Cultura de la calle Delta ni quienes participaban en los talleres de teatro se quejaron jamás de su profesor.

—En momentos como éste es cuando más echamos de menos a Alexandrine. Alice habría terminado haciendo caso a su madre. Era mucho más joven que yo y ellas mantenían una bonita complicidad. Yo sólo soy un viejo bonachón que pierde los nervios con facilidad. Alice se parece a mí, tenemos el carácter de un jabalí.

—¿Tú le has transmitido el virus de los escenarios?

—Eso no es lo peor que he hecho; a los seis años, ya nos bailaba un cancán en la cocina y pataleaba para que la dejáramos ir a aplaudirme al teatro. Es una bailarina fuera de serie, no obstante, hoy en día, si no participas en Operación Triunfo o en Gran Hermano, y si no te portas como un pelota redomado, estás jodido. No hay nada mejor que los falsos rebeldes para disparar los índices de audiencia. Las personas auténticas han dejado de resultar interesantes.

Ingrid alargó la sesión de Maurice más de lo habitual. Antoine Léger debería aguardar en la sala de espera, junto con su perro, para su masaje thai semanal, pero lo entendería. De cualquier modo, Antoine era psiquiatra y siempre comprendía todo. Igual que Sigmund.

—Una noche, soñé que me cargaba al españolito. Lo empujaba y desaparecía dentro de un pozo.

—¿Un sueño despierto?

—No, un auténtico sueño dormido. Tal vez sea ésa la solución: matar en sueños a quienes te incordian.

—Quizá.

—Y tú, Ingrid, ¿cuál es tu receta contra los golpes duros? Supongo que no te darás masajes a ti misma.

—Galopo como una loca en el Supra Gym de la calle Petites Écuries.

—¿Ah, sí?

—Sí, en una cinta de correr. También levanto pesas y jamás me pierdo una clase de body combat.

—¿Y funciona?

—Más o menos.

—Yo hago kendo.

—¡La esgrima japonesa!

—Lo pueden practicar hasta los viejos cacoquímicos.

—¿Caco qué?

—Significa canoso, deslucido, vaya, muy viejo. Aquí donde me ves, con frecuencia me convierto en un anciano samurái occidental. Es un buen entrenamiento para el teatro. La respiración, la postura, todo eso.

—¡Qué coincidencia! Sueño con ir a esgrimear a Japón, con Lola, pero ella juega a no salir de casa.

—«¿Esgrimear?», ¡bonita invención! ¡Ah, Lola!, es tan simpática… —Hacía un instante que Ingrid había adivinado lo que venía a continuación—. ¿Crees que aceptaría ayudarme?

—Por supuesto, Maurice, estaba a punto de proponértelo.

—Tendríamos que llegar a saber si ese listillo se divierte a costa de mi hija, porque no hay ningún motivo para que a Alice, con su carácter, le cueste tanto desengancharse. Quizá el guaperas esté jugando al yoyó: ahora me voy, ahora vuelvo, con ella y con tres monadas a la vez. Si por lo menos fuera noble como Marivaux, mas lo dudo mucho.

—¡Muy bien, Maurice, Lola es la indicada! De algo le sirve haber sido comisaria del distrito.

—Lola organizará la vigilancia en un abrir y cerrar de ojos. Habida cuenta de su prestancia, ella sabrá interrogarlo sin que él le falte al respeto. Ni que decir tiene, pagaré sus gastos. Y os invitaré en el Aux Belles a una comilona pantagruélica. ¿Qué te parece, guapa?

—Que lo espero con impaciencia. Tengo intención de echarle una mano.

—Si no existierais habría que inventaros. Una tranquiliza, la otra persuade.

—También yo persuado algunas veces.

—¿Nunca habéis pensado en montar una agencia de detectives? El despacho Jost-Diesel, suena bien.

—Lola dice que ese oficio consiste en un 92 por ciento de casos de adulterio, un 57 de papeleo, un 71 por ciento de vacío existencial y sólo un 1,2 por ciento de diversión. Además padece esos ataques de caserismo agudo.

—Quieres decir que se ha vuelto casera.

Ingrid asintió. Durante la última época, Lola Jost apenas se dejaba ver y cultivaba una actitud de vieja osa en hibernación. Sin embargo, con ese no sé qué que revoloteaba en el ambiente, de rostro en rostro, y las prímulas compitiendo con los topos para agujerear los terrones de los jardincillos, con la primavera brincando de impaciencia, pronto no tendría excusas para encerrarse en su guarida. Ingrid insistió en los deltoides de Maurice.

—¡Eres la reina de las masajistas! —soltó con un suspiro de placer.

Los sonidos balineses destilaban sus gotitas sonoras y brillantes y tropicales, un sol atrevido se abría camino a través de los estores y creaba unas columnas de partículas danzantes, unos remolinos irisados. En el pasadizo del Deseo, el ambiente era tan estético como distendido. ¿Resistiría esa serenidad una conversación con Lola? Sin lugar a dudas, la mejor estrategia consistía en ponerla en buena disposición, proponiéndole una escapada al Aux Belles.

TXTHija-4.xhtml

Suscríbete para continuar leyendo y recibir nuestras novedades editoriales

¡Ya estás apuntado/a! Gracias.X

Añadido a tu lista de deseos